jueves, 7 de noviembre de 2019

El valor del azúcar

De cuando la letra era (o es) poesía. Y la melodía es (o era) importante.

Amor, yo sé que quieres llevarte mi ilusión.
Amor, yo sé que puedes también llevarte mi alma.
Pero, ay amor, si te llevas mi alma, llévate de mí también el dolor.
Lleva en ti todo mi desconsuelo y, también, mi canción de sufrir.
Ay amor, si me dejas la vida, déjame también el alma sentir.
Si sólo queda en mí dolor y vida,
ay amor, no me dejes vivir.

“Ay amor”. Ignacio Villa (Bola de Nieve). Aunque, para mí, Caetano.


(…) Yo, que he luchado contra toda la maldad.
Tengo las manos tan deshechas de apretar que ni te puedo sujetar. Vete de mí.
Seré en tu vida lo mejor de la neblina del ayer, cuando me llegues a olvidar.
Como es mejor el verso aquel que no podemos recordar.

“Vete de mí”. Ignacio Villa (Bola de Nieve). Aunque, para mí, Caetano. Incluso mejor que Antonio.


(…) Voy a navegar en tu puerto azul.
Quisiera saber de dónde vienes tú.
Vamos a dejar que el tiempo pare,
ver nuestros recuerdos en los mares
y esta soledad tan profunda.

“Soledad y el mar”. Natalia Lafourcade. Con los Macorinos.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Escúchame. Compréndelo

Salimos el domingo a hacer un largo. Éramos cuatro. A la ida nos reímos bastante. A la vuelta ya empezamos a apretar. Uno de los cuatro iba hablando sobre no sé qué y dijo -porque el corazón. Y dejó la frase en suspenso. El resuello no le daba para completarla. Los otros dos comenzaron a cantar -es un músculo sano pero necesita acción. A mí, en aquel silencio, lo que se me vino a la mente fue -es indomable y no me quiere y yo me muero por su amor. Pero me callé. No canté. Y no fue por falta de aliento. Me avergoncé de mis referentes. Me arrepiento.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Mi vida calcificada

Media maratón de la Alcudia (o del Kaki). Era el siguiente paso para mi vida calcificada. Tras las vacaciones y tras correr todas las carreras (cinco) que pude, tocaba ya pasar a la siguiente estación a la hora de probar a mi cadera izquierda. Siempre desde el respeto, que mi media hora de ejercicios diaria y mi hora semanal de piscina no me la quita nadie. Empezaron ya las semanas de setenta kilómetros, las series cortas, las series largas, los largos. La cadera se manifiesta, protesta, pero me va dejando. Y yo estoy, con la cabeza agachada, yendo día a día, colándome por todos los resquicios que me deja.

Desde noviembre pasado, en la Behobia, no veía en carrera el kilómetro once (y sucesivos). Estaba nervioso en la salida. Tenía muchas dudas de cómo iba a responder mi cuerpo. No tenía ganas de sufrir, vamos. El día era muy húmedo. La temperatura no era demasiado alta, pero se veía a la legua que iba a ir subiendo conforme avanzase la carrera. Y sombra, salvo en los pueblos, había poca. O ninguna. De hecho, hice mi calentamiento y en la salida me goteaba el sudor. Pero se trataba de probarme, así que había que correr y que fuese lo que Dios quisiera. A las nueve y media, disparo, a correr y a ver.

El circuito era bastante llevadero. Una vuelta de tres kilómetros por la Alcudia. Luego salías y, pegado al barranco, llegabas a Benimodo, le dabas una vuelta y de nuevo hacia la Alcudia entre campos de kakis donde terminabas dando otra vuelta de tres kilómetros. Dos pasos por el barranco y cuatro pasos por un túnel eran los obstáculos que suenan ridículos cuando corres carreras en la provincia de Cuenca pero que, en Valencia, convierten una carrera en una prueba alpina. Pero como mis últimas carreras habían sido en el Secarral y como aún tengo reciente subir a los Pinos del Barbero, a la ermita de Alconchel o al castillo, tachuelillas.

Enseguida cogí mi ritmo. Llevaba delante al práctico de hora y media. Mantuve la distancia hasta que, a la altura del kilómetro cinco, lo pasé. No miraba mucho el crono, pero lo justo para ver que iba bien entre 4:10-4:15 de promedio. La humedad seguía siendo alta. La temperatura iba subiendo. Pero los kilómetros pasaban. Y el cuerpo respondía.

A partir del kilómetro quince mi única obsesión era llegar a la Alcudia. Veía que el 1:29 ya lo tenía y que el 1:28 estaba a tiro. Y 1:28 era la marca que hice allí hace un par de años en unas condiciones similares, por lo que me sonaba a gloria. Tenía que llegar a la Alcudia. Eran tres kilómetros, pero allí ya habría sombra. Y con lo bien que termino siempre las carreras, el kilómetro dieciocho se convirtió en el objetivo. De ahí a meta, paseo triunfal.

Y llegué al dieciocho. Llegué a la sombra. Y estaba fundido. Cogí agua. Me la eché por la cabeza. Bebí lo que pude. Me sentó fatal. Comenzó a pasarme gente. Y gente. Y más gente. Pasamos dos veces por el túnel. Aquello era el Aubisque. Y el Gavia. Ni rastro de mi espíritu conquense. No sé cómo llegué al diecinueve. Y al veinte. Y a meta. 1:29:43.

Cuando me recuperé vi que estaba disgustado. Y me alegré. No caí en la milonga sentimental de pensar que había vuelto a correr una media cuando hace no mucho pensaba que no lo volvería a hacer. No me dejé llevar por la blandenguería y por la tendencia natural a convertir en épico y en grandioso cualquier superación de un obstáculo que pudo parecer imposible. Estaba cabreado. Soy corredor. No sé lo que me puede quedar, pero, lo que me quede, va a ser con todo. Mal que bien el peldaño de la media está tachado. Hay un peldaño superior. Seguimos.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Sonrisas y (valle de) lágrimas


Hubo una época en que la verdad estaba en los sobres de azúcar. Igual es un tanto exagerado pero, bueno, podías encontrarte citas más o menos elevadas de personajes más o menos ilustres que te podían hacer reflexionar (más o menos). No fue muy largo aquel periodo, pero lo suficiente como para que me quedase el hábito de mirar siempre que me daban un sobre para ver qué me encuentro. Vino después otra época en la que era gente quien enviaba citas de su propia cosecha para que se las publicasen y aquello se convirtió en un despropósito de obviedades pretenciosas que, afortunadamente, tampoco duró mucho. Luego se volvió a la publicidad pura y dura y allí estaba yo, buscando sabiduría donde pretendían venderte café o recordarte el nombre del bar donde estabas.

Es reciente que escribí que el camino más corto hacia la felicidad es el de la misantropía. Y no sé si es mi naturaleza la que me va llevando por ese camino o es el mundo el que me obliga. Me resulta sorprendente la necesidad de motivación que existe. Y esta motivación no pasa por palmadas en la espalda o por un –bien hecho. Da la impresión de que se ha puesto de moda instaurar una felicidad en la que todos parece que estén drogados repitiendo frases bobaliconas de una melosidad insoportable con caritas sonrientes que me resultan de un papanatismo aberrante y es en esa atmósfera en la que tenemos que vivir sintiéndonos plenos y motivados. Este fenómeno lo observo desde fuera. Con vergüenza pero desde fuera, procurando que me salpique poco y poniendo sonrisa de circunstancias cuando me toca ser receptor de alguna de esas frases. Lo malo fue este viernes, el día de nuestro almuerzo reglamentario, cuando el café vino con el sobre de la foto. Y ahí me dolió. Mal que bien el territorio de los sobres de azúcar era sacrosanto. Parecerá una tontería (es una tontería) pero me sentí alienado. Y pensé que hay que poner freno a esto. No sé si hay que reivindicar el Concilio de Trento, volver al valle de lágrimas, electroshock, guantazos preventivos o tener a toda esta panda las veinticuatro horas del día leyendo a Paulo Coelho hasta que revienten. No sé cómo. Pero que hay que erradicar esta plaga, de eso estoy seguro. O bajarme del mundo ya de una vez y que les den por saco a todos.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Refritos: los Borgia y el reloj de cuco

Pusieron “El tercer hombre” por la televisión. Empezaba a las diez de la noche. Era muy tarde para el madrugón del día siguiente. La he visto decenas (o cientos) de veces. Me la sé de memoria. Me senté. La vi. Igual que la primera vez. Igual que el resto de veces.

Pasé mucho sueño el día siguiente. No me arrepentí en ningún momento. Me vino a la memoria una entrada que había escrito sobre la película y el libro. La busqué. Principio de dos mil ocho. La leí. Entre mis entradas distingo dos tipos: de las que me avergüenzo y de las que no. Aquella estaba claramente en el primer grupo. No es que estuviese mal escrita. Era el tono. Y el afán de protagonismo. No se merecía “El tercer hombre” algo así. Me sentí en deuda. Segundo intento.

Graham Greene recibió el encargo de Alexander Korda de escribir el guion para una película que tendría que dirigir Carol Reed. Tenía Greene en aquel momento rondando una idea por la cabeza, idea que pensó en dar forma tras recibir el encargo. Esa idea era la de contar una historia en la cual alguien, tras asistir a un sepelio, se encontrase con el finado vivo y fenomenal de salud. Greene y Reed (a los dos les sobra una e), para desarrollar la trama se recorrieron todos los cafés de la Viena del final de la Segunda Guerra Mundial. Luego Greene, siguiendo su método, se encerró para escribir el relato que serviría de base para el guion definitivo de “El tercer hombre”.

Me leí el relato. Existen dos reglas básicas: nunca leas el libro que dio origen a una película que te haya gustado y nunca veas la película que se haya hecho a partir de un libro que te haya gustado. Estas dos reglas se deben seguir (salvo con “Matar a un ruiseñor” y “Carta a una desconocida”) siempre. Y con “El tercer hombre” me las salté y no hubo excepción.

“El tercer hombre” (aquí supongo que debiera advertir que voy a destripar parte de la trama). Las vicisitudes de Harry Lime, Holly Martins (en el relato, Rollo Martins. Joseph Cotten pidió cambiarle el nombre al personaje, en el libro, británico y, en la película, estadounidense, ya que el nombre de Rollo tiene connotaciones homosexuales en Estados Unidos), Anna Schmidt y Calloway por la Viena en blanco y negro, oscura, derruida y dividida en cuatro tras la Segunda Guerra Mundial, con su red de alcantarillado, con su noria, con su viejo vendiendo globos, con su niño acusando a Martins de asesinato y con la música de Antón Karas siempre presente (durante toda la lectura me acompañó la cítara). Decir que la película me parece fabulosa es quedarse corto. Y decir que el final me resulta portentoso, una obra de arte en sí mismo, también es quedarse corto, muy corto. Esa escena en la que Martins, a la salida del cementerio, hace parar el jeep a Calloway y se baja para esperar a Anna. Y ella recorre todo el paseo con la mirada fija al frente sin siquiera mirarlo y pasa de largo. Por eso, cuando al final del relato, Anna se para junto a Martins, le coge del brazo y se van juntos, cogí el libro y lo estampé contra la pared. Señor (mister) Greene, no. Anna no podía quedarse con Martins. No podía. Y no porque fuera un perdedor. Martins ha traicionado a su amigo. Vale que Harry Lime era un ser deplorable y que se merecía todo el mal del mundo. Pero Martins tenía sus valores y su concepto de la amistad y los ha traicionado. No ha traicionado sólo a Harry. Se ha traicionado a sí mismo. Y no podía ser recompensado. Anna sí que fue fiel a Harry. Ella no lo traicionó. Ella no se traicionó a sí misma. Por eso no podían quedarse juntos. Tal vez Martins alguna vez llegase a perdonarse. Anna, no. Anna nunca lo perdonaría. Fue Carol Reed, por lo visto, quien obligó a cambiar el final. Menos mal, señor (mister) Greene. Menos mal.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Los graves problemas de los habitantes del primer mundo

Tengo muchas camisetas. Y cuando digo muchas hablo de más de cien. Demasiadas. Es lo que tiene correr unas veinte carreras al año, donde casi siempre te dan una camiseta conmemorativa. Unas pocas son de algodón, que guardo como reliquias ya que son vestigios de otros tiempos, de otro siglo. Algunas más son de tirantes o de manga larga. El resto, mayoría aplastante, son de las llamadas técnicas de manga corta. Y son un problema. Un problema de espacio, claro. En la estantería de Valencia no puedo comprimirlas más. De Valencia pasan al armario del Secarral, donde se apilan en una columna que cada vez es más alta. Y dado que siempre cojo la camiseta de abajo (estructura FIFO), entre la altura y el movimiento de la base me paso el día recomponiendo la columna.

El problema, realmente, no es de espacio. Es un problema sentimental. Ya he dicho unas cuantas veces (y lo que digo cinco veces es verdad) que las camisetas se ganan y, así, cada una de esas camisetas tiene su historia. Y como tengo el hábito de acordarme de todo, cada camiseta me habla y me recuerda cómo, dónde, qué y con quién. Y así no hay manera de hacer limpia y de ajustar el inventario a las necesidades reales.

Siempre existe la opción de engañarse a sí mismo. Recuerdo unas zapatillas ya viejas que me habían dado un resultado fabuloso y que era incapaz de tirar a la basura. Ana me dijo -no las estás tirando. Las estás mandando al cielo de las zapatillas buenas. Desde entonces me despido siempre de ellas con la alegría de saber que van a ir a un sitio mejor donde, por fin, podrán descansar.

Con las camisetas comencé a usar otra estrategia. No las mando al cielo sino que trato de que tengan una segunda oportunidad. Así, ofrezco camisetas a los más cercanos. Algunos aceptan. Y yo, pues tan contento de que algunas de mis camisetas sigan viviendo y sigan siendo útiles. Lo malo es que, de vez en cuando, se las veo puestas. Y no me gusta. Y no porque piense que me están siendo infieles (que también). El asunto es que en otros cuerpos se manifiestan como lo que son: camisetas viejas, usadas y bastante feas (no les voy a dar las más nuevas, mejores o más bonitas). Y lo que yo pienso en principio que es generosidad y buenos sentimientos (con lo que eso tiene de autocomplacencia) se transforma en lo que es: me quito un problema y santas pascuas.

Y me quedo chafado. El dolor de hacer la selección de las camisetas que van a salir, el dolor que no sólo viene causado por cómo fue ganada esa camiseta sino también por el sentimiento de ingratitud de apartarla después de haber corrido con ella un montón de kilómetros, necesita ser mitigado con cualquier otro tipo de excusa. Y ya la he encontrado. Junto a mi casa han colocado un contenedor para ropa usada que gestiona una ONG. Y he visto la luz. Ya no sólo mis camisetas van a tener una segunda oportunidad sin necesidad de verlas puestas en otros. Ya no sólo sigo siendo generoso. Ahora también soy solidario. Mi autocomplacencia ha alcanzado, por tanto, un nuevo estatus. Como todo solidario que se precie, me he arrogado una estatura moral que me eleva por encima del resto. Mis camisetas me han llevado a un nivel superior. Cómo molo. Estoy a punto de decir que hago running.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

King Jorge

Los amigos son los amigos. Al final, que estén o que no estén, que los veas más o que no los veas nunca es sólo circunstancial. La amistad es un sentimiento, un sentimiento que parece que sea patrimonio de la adolescencia y de la juventud, cuando el tiempo pasa más despacio, pero que siempre encuentra resquicios pasen los años que pasen. Nunca es tarde para conocer gente. Nunca conocemos a demasiada gente. Nunca es tarde para querer.

No parece el trabajo el mejor sitio para hacer amigos. En el trabajo se producen muchas situaciones que muestran a las personas tal y como son de verdad. El trabajo puede sacar lo peor de cada uno. O lo mejor. Gente en quien refugiarte, en quien confiar, con quien desahogarte, con quien charlar, con quien sonreír o con quien reírte con ganas. Las discusiones Valencia Atlético de Madrid con Nacho; las conversaciones interminables sobre cualquier tema con Vicente (Señor del Sie7e. Qué tiempos); lo que supuso Sergio, el único rayo de sol en mitad de aquella podredumbre; Raúl, el maestro albaceteño, que tenía el don de hacerte reír en la peor de las situaciones.

Y Jorge. El señor gruñón. El señor de atribulada vida galante. El señor de buen gusto musical que he contribuido a enriquecer. El señor de excelente criterio a la hora de catalogar a las personas. El señor al que sólo tenía que mirar para entendernos.

La amistad es un sentimiento, independiente de las circunstancias. Eso no va a cambiar, Jorge. Pero ir a trabajar no va a ser lo mismo. Primero fue Raúl. Ahora, tú. Te diré que te deseo suerte y que te deseo lo mejor, pero que sepas que es mentira. Me dejas solo. Y esto no se hace. Te voy a querer siempre, eso tenlo seguro. Pero, perdonarte, nunca.

viernes, 30 de agosto de 2019

Porque en agosto, por las noches, refresca

Le preguntamos a Juanjo si se apuntaba al día siguiente a hacer una ruta con la bicicleta. Nos contestó lo siguiente:

Te quiero hablar algo está para que con Susana del producto no se.

No vino.

Le compré a Kas su bicicleta. Una maravilla. He notado una mejoría brutal. Antes me quedaba siempre y me tenían que esperar. Ahora también me quedo, pero me esperan bastante menos, dónde va a parar. Pensaba que lo importante era dar pedales, pero va a ser verdad que la máquina también influye.

Medalla de plata en la competición de relevos de natación en la aldea. Muy meritoria. Nos ganó el equipo de Silvia (y de mi hijo). Tuve mi momento de gloria puesto que hice la primera posta y toqué el primero. El que se le saliese el hombro al que iba delante de mi fue una desgracia que lamento profundamente.

Tres libros me han acompañado estas vacaciones. Dos de Lucia Berlin (me cuesta un horror no poner las tildes): “Una noche en el paraíso” y “Manual para mujeres de la limpieza” y otro de William Faulker: “Intruso en el polvo”. Me he quedado con las ganas de encontrar todo lo bueno que me habían dicho de Berlin. Le he dado todas las oportunidades. Alguna vez apuntó algo, pero fueron chispazos. Y luego, pues Faulkner. No se debe comparar, pero…bueno. Hay más literatura en cualquier signo de puntuación que no pone Faulkner que en todo Lucia Berlin.

Nos preparó Paco un almuerzo en Guillén, almuerzo (espectacular) que cogimos con ganas después de dos horas y media de bicicleta (algunos). Estando con la boca llena pasó un coche. Paró. Bajaron la ventanilla. Asomó una cabeza. “Los hombres se demuestran comiendo. Trabajar es maña”. Subió la ventanilla. Se fue.

Firmamos tablas este año Calderators y Perolators en la comida de las vacas. Unas tablas disputadas puesto que salieron muy buenas las calderetas. Y eso que Javier casi muere de insolación.

Dos días salimos a rodar Javier y yo al atardecer. Subimos hasta el vértice y luego bajamos por un camino lateral. Los dos días nos paramos a ver la puesta de sol (los atardeceres del Secarral son…No hay palabras). Los dos días tuvimos testigos femeninos. “Debajo de esta apariencia ruda, salvaje e indomable se esconde un alma tierna y un corazón sensible”.

Cinco carreras he corrido estas semanas, las cinco junto a Fernando (bueno, detrás de él). Garcimuñoz, con la sensación de haber corrido bien aunque el cronómetro decía que no. Tresjuncos, muy bien, sintiéndome poderoso. Alconchel de la Estrella, un sufrimiento, con mucho calor, la sombra de cero árboles, con unas cuantas cuestas interminables y una subida a la ermita por una senda de las de andar. Tal y como crucé la meta pensé –aquí no me veis más el pelo. Luego salieron las clasificaciones y vi que había hecho podio de la categoría y, de repente, le encontré la belleza a la carrera. Voy a poner la foto del podio, no por chuleo (bueno, sí) sino porque creo que es el podio más bonito al que he subido.

Después vino la mejor carrera del mundo. Como siempre en año impar hice podio local (y, como siempre, hice cuarto de veteranos). Corrí muy bien, con una segunda vuelta que disfruté mucho. Y, al día siguiente, y como es tradición por octavo año consecutivo, Fuentelespino, donde hice, treinta segundos arriba o abajo, el mismo tiempo de siempre. Nada cambia en Fuentelespino.

La mejor carrera del mundo sigue siendo la mejor carrera del mundo. Nos lleva trabajo, nos quita tiempo, nos deja un regusto de amargura cuando algo no sale bien, nos quita el sueño pero sigue saliendo adelante y con un nivel que, pienso, es para estar contentos. Y seguimos teniendo mucho por mejorar. Y sigue mereciendo la pena.

Tuve dos experiencias, una indirecta y otra muy directa, con padres que tienen hijos que corren muy bien y a los que tratan como galgos llevándolos de carrera en carrera para que les consigan queso, lomo o jamón y que, cuando las cosas no salen como ellos piensan, montan unos pollos que ni en una verdulería. Pobres chavales.

Nos escapamos mi hermano y yo con hijos y sobrinos al Wanda Metropolitano a ver el primer partido de Liga. Todo fue muy bien hasta que ocupamos nuestras localidades.

Me pasa esto en el Bernabéu y salgo en los periódicos. Dos pilares hay en el estadio. ¿Cinco estrellas? ¿Cómo se puede ser tan burro? Afortunadamente no se llenó y pudimos cambiarnos de sitio. Y comprobamos después dos cosas: que es indiferente quién se vaya y quién venga: la vida sigue igual (código binario, que diría el Sensei), y que Joao Félix es un jugador distinto y que va a dar que hablar.

Tres carreras se vino a correr mi hijo con nosotros. Me ganó las tres veces (de calle). En dos de ellas subió al podio. Si a eso añadimos su podio en la natación de la aldea y el que hicieron Marcos, Fernando y él en un triatlón por equipos en Las Mesas, se ha pasado un verano tremendo.

Mi hija también se ha pasado un verano para enmarcar. No la he visto. No ha parado por casa. Creo que está traumatizada porque ha descubierto que coincidimos en tres canciones (una, dos y tres), pero dudo que le dure mucho.

Nos fuimos de cena a casa de José Aníbal a comernos lo que había sobrado del aperitivo de la comida de las vacas. “Yo, que he surcado todos los mares, que he recorrido todos los continentes, que convivo a diario con gente sofisticada y de posición elevada confieso que me siento a gusto con vosotros, personas de mentes simples y de gustos sencillos”.

Seguimos este año Laura, Ana, Javier y yo con nuestras excursiones tituladas “Quién te ha visto, quién te ve”. Fuimos a Saona (Sahona), nacimiento de un río que tuvo balneario y baño para hombres y, otro, para mujeres y mulas. Ahora está seco. Y abandonado.

El Secarral sigue siendo lo más parecido al paraíso que hay en la tierra.

martes, 23 de julio de 2019

La felicidad y sus atajos

Sería un chaval. Estaría leyendo. Debió aparecer la palabra misantropía (o misántropo) en el texto. La busqué en el diccionario. Me gustó la palabra. Me gustó su significado. Me quedé pensando. -La misantropía es el camino más corto para alcanzar la felicidad. Me quedé muy a gusto con mi pensamiento. Seguí leyendo.

En esta vida, pienso, al final de lo que se trata es de ser feliz. Por la razón (o razones) que sea elegí un camino más largo para llegar a ella. Me hice un ser social. Está mi familia. He hecho amigos en cada circunstancia de mi vida. Estoy bien. No me quejo. No me arrepiento.

Recientemente un amigo, que tiene a la cincuentena aproximándose a gran velocidad, me preguntó qué cambios había notado yo desde que soy cincuentón. Como tengo alguna entrada escrita al respecto puse pose de gran orador y recité lo que escribí en su momento. Terminé. Me callé. Y luego añadí -y también que el número de personas que no me parecen unos gilipollas cada vez es menor.

Siempre se está a tiempo de coger el atajo.

martes, 16 de julio de 2019

Definitivamente ni mi cuerpo, ni mi mente, ni mi edad están en el mismo sitio


Nueva entrega de la sección "frases de mi hija". Nada que añadir. Yo sólo tomo nota. Desde la fascinación, por supuesto

martes, 9 de julio de 2019

Tú vales, chaval: Infantil. Primer año

Una temporada compleja ésta, primera de mi hijo en la categoría Infantil, con mucha diferencia todavía respecto a los de segundo año. Cambios también en el tipo de competiciones. En Benjamín y Alevín se nadan pruebas programadas. Muchos nadadores. Las gradas llenas. Con relevos. Ahora, en los controles, compiten juntos infantiles, juniors y absolutos. Pocos nadadores. Gradas vacías. Varias sesiones, donde se nadan todas las pruebas y cada uno elige. Y sin relevos. Una temporada con mucho crol y poco del resto de estilos. Siete y ocho sesiones semanales más dos de gimnasio de entrenamiento. Esto empieza a ponerse serio. De los nueve nadadores masculinos que subieron a Infantil en el club sólo tres compitieron en pruebas individuales en el autonómico de verano. El resto, por una razón o por otra, se han ido quedando en el camino. Alguna razón ha sido triste pues ha sido por motivos médicos. Alguna otra es más indignante. Nadadores con unas condiciones fabulosas para los que, hasta esta categoría, les ha sido fácil, ahora, para poder mantener su estatus, tienen que empezar a esforzarse. Y han desaparecido y con excusas peregrinas. Y los padres dando pábulo a sus argumentos. No señores, no. Vuestros hijos son unos vagos. Y flaco favor les hacéis justificándolos.

Mi hijo se sigue moviendo un (y dos. Y tres) peldaño por debajo de las mínimas autonómicas (sólo faltó este año la de 200 espalda. Un clásico. Aunque tampoco lo ha nadado) y un (y dos. Y tres) peldaño por encima de las mínimas nacionales. Y a la complejidad del deporte de competición este año ha habido que sumar los quince años, con lo que eso significa. La temporada empezó mal, estancado en los tiempos, sin apenas mejora. La relación con el entrenador se fue enturbiando. Y comenzó una espiral de negatividad que tocó fondo en el autonómico de invierno de Elche. Me tocó hablar con mi hijo y, con números en la mano, demostrarle que donde él veía un cero se podía ver un cinco o un seis. Me tocó hablar con el entrenador y, con sutileza, explicarle lo útil que puede ser una zanahoria o una palabra de reconocimiento para un chaval que respeta a la autoridad. Y, a partir de ahí, la espiral cambió de sentido. Y las marcas empezaron a llegar. Y la motivación fue subiendo.

Este año, aparte de mis breves labores mediadoras, mi papel ha sido el que tiene que ser, el de chófer y el de espectador. Cuando lo veía tan tozudo con el crol me daban ganas de recordarle sus logros en otras pruebas, pero me callé. El que nada es él. Y los que opinan son su entrenador y él. Y yo, pues eso, a conducir y a sentarme en las gradas, que este año había sitio de sobra. Y a sufrir. Y a vibrar. Porque sigo sufriendo mucho cada vez que lo veo detrás del poyete. Y sigo vibrando. Y este año ha habido momentos para no olvidar. El primer sub sesenta en el cien libre en Xirivella. El cien libre en Castellón, en el trofeo Ballester. El doscientos libre en el autonómico de verano en Sedaví. El cuatrocientos libre de Turís, con un marcón a pesar de pararse en el trescientos cincuenta pensando que había terminado (aún retumba en la piscina el - ¡sigue!- que le grité. Y aún tiene cincuenta vídeos pendientes de ver del Conde Draco que le envió Ana para ver si aprende a contar), el doscientos estilos de Xirivella, el cien espalda de Turís o el doscientos braza de Turís.

Pero si en las anteriores pruebas me emocioné, hubo dos en las que toqué el cielo. Y las dos fueron en relevos. Pocos ha habido este año, pero siempre espectaculares. Porque mi hijo en los relevos da lo que tiene y lo que no tiene. Y eso es, para mí, un don. No es no fallar al equipo. Es que el equipo sabe que puede confiar en ti. Siempre. Trofeo Delfín. Parque del Oeste. Cuatro por cien estilos mixtos. Mi hijo hace la posta de crol. La última. Llegan varios equipos muy igualados en la posta de mariposa. Salta al agua. Y los revienta. Los revienta. Ganaron. Tal y como tocó se giró hacia donde yo estaba, me miró, levantó el puño y sonrió. Y la satisfacción que había en su sonrisa era infinita. Y mi satisfacción…Segunda prueba. Autonómico de verano en Sedaví. Cuatro por cien estilos. Domingo por la tarde. Última prueba del campeonato. Llevan cuatro jornadas a cuestas. Han podido armar un equipo de relevos por los pelos, rescatando a un cuarto nadador que ha estado meses sin entrenar y que, en junio, se tiró al agua. Nadan la primera serie, la más floja. Encontrar motivación para nadar este relevo era complicado. Poco que ganar. Nada que perder. Mi hijo se tira en la posta de braza. El espaldista toca último. Salta. Y empieza a avanzar. Los demás parecen que vayan parados. Y tira. Y tira. Y tira. En el viraje ya va primero. Y hace una vuelta tremenda. Y mete un carro de segundos al resto que sus dos compañeros no tienen más que administrar. Y ganan su serie. Y el tiempo de mi hijo mejora en seis segundos el que tenía en piscina de cincuenta. Yo me froto los ojos ante lo que he visto. Y no puedo parar de gritar. La marca no se puede homologar pero dice mucho. Dice lo que eres. Dice lo que está por delante. Dice que hay un futuro, en el agua y fuera de ella, y que tú, hijo mío, te lo vas a comer. Porque tú, hijo mío, eres extraordinario.

viernes, 28 de junio de 2019

Breves

Haremos repaso y actualizaremos de manera somera los temas recurrentes que ocupan este blog para esparcimiento, solaz y deleite de las generaciones presentes y venideras.

De correr. Mi vida calcificada sigue hacia delante. La cadera me deja correr y corro, aunque cada vez más valenciano y menos secarraleño. Voy al Secarral y, en cuanto empieza a ondularse el terreno, aquello es un penaero. Y vuelvo con la autoestima hecha un Cristo y con todo el catálogo de justificaciones desgastado. Pero bajo a la terreta y corro los diez miles ya por debajo de cuarenta y uno, que no es para salir en los periódicos pero sí para ser optimista. Y recupero mi ego (un ego meninfot, claro). Aunque (tengo que contarlo) en la última subida al castillo en la capital del Secarral hice podio. Local, ya lo sé. Con peor tiempo que el año pasado, que fue calamitoso, sí. Pero las desgracias, vistas desde el podio, se relativizan muy bien. El podio siempre embellece. Y da esplendor.

De mi hijo y la natación. Queda poco para que termine la temporada, una temporada que ha sido intensa y que, seguramente, será contada. Pero haremos un pequeño adelanto. El entrenador decidió hacer un paréntesis en las competiciones de piscina e inscribió a la mayoría del equipo al autonómico de aguas abiertas. Tres mil metros en la travesía de Burriana, en la playa del Arenal. Y la jugada salió bien: primeros por equipos. Y un montón de podios, entre ellos el de mi hijo, que fue tercero en la categoría infantil. Y no sólo eso. Quedar entre los tres primeros en una categoría autonómica te convierte automáticamente (y oficialmente. Sale en el BOE) en deportista de élite. Dejando a un lado las ventajas académicas que ello supone, me quedo con el prurito. Mi hijo es deportista de élite. La madre de la Pantoja es padre de un deportista de élite. Firmo autógrafos y me hago fotos lunes y miércoles de seis a siete.

De música. Mis obsesiones musicales de los últimos días han quedado monopolizadas por un documental que me envió Sanfélix titulado, en castellano, “A veinte pasos de la fama”. El título está muy bien puesto. Delante, en los conciertos, están las estrellas. Veinte pasos detrás, los que hacen los coros. Y en este documental se cuentan las historias de muchas voces que lo intentaron y se quedaron a veinte pasos. Ganó un Óscar lo cual, en sí mismo, hace mucho que dejó de significar algo. Y las historias que cuenta, al final, tienen un poso de tristeza. Pero las personalidades que aparecen (Merry Clayton, Lisa Fischer, Claudia Lennear, Darlene Love, Tata Vega, Judith Hill, etc.) son fascinantes. Y la época que relata también lo es. Y, además, “Gimme shelter” (la mejor canción de los Rolling Stones sin duda y sin discusión) tiene su papel. Así que tengo obsesión para una buena temporada.

Del futbolín. Del alto grado de madurez que hemos alcanzado el núcleo duro del grupo de amigos que formamos unos cuantos en el colegio da fe el hecho de que sigamos siendo amigos, de que nos sigamos riendo de las mismas tonterías y de que jugar al futbolín nos siga pareciendo el deporte rey. El local que tiene el Pato en Ruzafa es nuestro centro de reunión (he estado a punto de escribir epicentro. Y centro neurálgico también. Menos mal que me he dado cuenta a tiempo). Este local es como la “Casa tomada” de Julio Cortazar. El Pato la alquila por partes y cada vez el hueco del futbolín era menor. Pero, como cabíamos, pues no pasaba nada. Hasta que ha pasado. La casa ha sido tomada por completo por los arrendatarios. Nos hemos quedado sin centro de reunión (sin epicentro. Sin centro neurálgico). Se ha cerrado una puerta, así que tendremos que abrir otras. Pero la sensación de que se ha terminado una época me atenaza el estómago. Y por más que, a estas alturas lo de cerrar épocas sea una costumbre, me sigue doliendo.

sábado, 1 de junio de 2019

El maravilloso mundo de la segunda edad y pico

Pues veo ahora de cerca como nunca. De hecho, leo y escribo sin gafas. Con ellas, para poder leer, hago ese gesto de arrugar la nariz y entornar los ojos que te pone directamente en la frontera con la tercera edad. Y me traigo ese trajín de quitármelas y ponérmelas. Porque ya no las necesito de cerca. Me lo explicaron y tiene que ver con la miopía, la presbicia y las deformaciones del globo ocular. No lo entendí bien, pero dije que sí porque tenía su lógica y porque, joder, me apetece encontrarle sus ventajas al hecho de cumplir años. No todo va a ser perder facultades (y pelo). Algo bueno tiene que tener. Vale que se supone que, con los años, uno tiene más experiencia y eres lo suficientemente inteligente para aprovecharla. Y, sí, aprendes a ser más prudente, a estar más callado y a hablar sólo cuando tienes algo que decir. El problema es el -algo que decir. Y aquí entra el anecdotario del señor mayor. Cuando viene al pelo contar una batallita (y cuando no), yo la cuento. Ni prudencia ni pensar en los demás. Otra de las ventajas de cumplir años, que pierdes el complejo y cuentas tus historias sabiendo que probablemente seas un cansino que no tiene ni puta gracia, pero te importa un carajo. Yo las cuento. Es más, si, por lo que sea, el interesantísimo y amenísimo relato fuese interrumpido, yo espero mi momento y, en cuanto puedo, retomo el hilo y lo concluyo. Nunca dejo una historieta a medias. Y si los demás no se ríen no pasa nada porque ya me río yo. Porque la teoría de la simetría de la vida se confirma y uno, conforme cumple años, vuelve con ganas al egocentrismo que ha permanecido enquistado por los complejos raros (había puesto sociales pero no me sonaba bien) que nos imponemos. Y si tienes ganas de contar algo, pues lo cuentas. Y si tienes ganas de preguntar, pues preguntas. Corriendo el otro día por el río me crucé con uno que llevaba puesta la camiseta de la última subida al castillo de la capital del Secarral. Me podría haber callado, pero no. Lo abordé y, con mucha educación, (primero pido perdón, luego disparo) le conté mi ascendencia y el porqué de mi entusiasmo al ver su camiseta (que yo también tengo, ganada (y bien ganada) con el sudor de mi frente). Resultó ser de un pueblo vecino (El Provencio) y nos citamos para las próximas carreras. Esto que acabo de contar es otro ejemplo de una de las ventajas que me ha traído cumplir años. Antes me quedaba con dudas por resolver por vergüenza. Ahora no tengo ningún problema en preguntar cuando algo me choca o me llama la atención. A quien sea y donde sea. Y me gusta. Y sí, hacerse mayor tiene un montón de contraindicaciones. Pero también tiene su encanto. Y merece la pena.

jueves, 23 de mayo de 2019

Las leyes de la vida y la madre que las parió

(Continúa esta entrada anterior).

Año 2019. Me hijo me dice que, si no tiene competición ese fin de semana, quiere que corramos la Volta a peu. Pero a degüello. A lo que dé (ahora se dice a fuego). Acepto el reto. La ilusión de volver a correr con mi hijo supera mi cadera maltrecha, mi baja forma y mi sobrepeso. La posibilidad de ser derrotado es real pero, oye, alguna vez tendrá que pasar. Y que te gane tu hijo tiene que ser motivo de orgullo. Ahora, me tiene que ganar. Que una cosa es estar flojo y otra es que yo haga prisioneros con un dorsal puesto

Se confirma que no van a Gandía a competir. Nos inscribimos. Mi preparación pasa por estar haciendo ya más de cincuenta kilómetros semanales con un par de días de calidad. La suya pasa por nadar, nadar y nadar y por no correr ni las cortinas.

Llega el día. Vamos trotando hasta la salida. Nos colocamos con tiempo y bien. Repasamos dónde tiene que esperar el que llegue primero. Suerte. Suerte. Disparo y a correr.

Sale como una exhalación. Yo cojo mi ritmo. Hago bien la Alameda. Veo un par de espaldas que son viejas conocidas en muchas batallas. Las alcanzo. Me quedo con ellas charlando hasta la calle Ruzafa. Allí mis piernas me piden más. Me despido y acelero. Y voy a más. A más. Y ni rastro de mi hijo. Los kilómetros caen volando. Llego a la Pechina y sigo pasando gente. Disfruto como hace tiempo. Y ni rastro de mi hijo. Puente del Real. Alameda. Termino pletórico en un tiempo de 25’30. Me sale a un promedio de 4:06 los seis mil doscientos metros del recorrido de este año. Hace un año me habría sabido a poco, pero el verme ya tan cerca de volver a correr a cuatro me emociona. Y con una sonrisa en la boca voy hacia el punto de encuentro pensando que, tal vez, haya adelantado a mi hijo sin darme cuenta.

No. No lo he adelantado. Me ha ganado. Por primera vez. Y allí está, con gesto cansado. –He sufrido mucho. –Es que has salido lijado. –Ya, es que veía a los primeros delante y me he pasado. Luego lo he pagado. El río se me ha hecho muy largo. -¿Y qué tiempo has hecho? Entonces alarga el brazo y me enseña el cronómetro: 23:45.

Es ley de vida que tu hijo te supere. No es malo. Todo lo contrario. Ya digo que es motivo de orgullo. Pero una cosa es que te gane y otra es que te humille. He corrido bien. He disfrutado y él me ha metido un minuto y cuarenta y cinco segundos. Me ha metido diecisiete segundos por kilómetro. Me ha metido casi dos segundos cada cien metros. Lo mínimo que uno puede desearle a su hijo es que sea mejor que uno mismo, pero dentro de unos límites. Existe algo que se llama respeto. Y esta humillación es absolutamente irrespetuosa. Por tanto, que sepas que vuelves a estar desheredado.

Hijo mío, eres extraordinario.

domingo, 19 de mayo de 2019

Diferente a todos

Antoine le ha dado al Atlético de Madrid lo mejor que tenía. Dudo que lejos de Simeone pueda superar el rendimiento que ha ofrecido junto a él, pero qué más da. Poco importa si deja un vacío, emocional y deportivo, talla XXL. ¿Duele? Claro, pero no más que en otras ocasiones, para qué nos vamos a engañar, porque en materia de desilusiones, palabras huecas y promesas que no valen nada, los atléticos ya son veteranos de Vietnam. Tienen el cuerpo cosido de puñaladas y repleto de cicatrices, así que saben que no hay mal que cien años dure, pero sí cuerpo que lo resista. Así que, sin anestesia, al grano: el que no quiera estar en el Atlético de Madrid, fuera. Esa camiseta no es mejor que ninguna otra, pero sí es especial. Y no debe lucirla quien crea que su vida puede ser mejor en otro lugar, porque si el Atleti te elige y tú no estás por la labor, mejor irse. Sin rencores.

Gracias por todo, Antoine. Ahora los que te han querido de manera incondicional volverán a hacer lo que llevan haciendo durante toda la vida: reconstruirse y reinventarse para salir adelante. Para otros, una fatalidad. Para la gente del Atleti, otro día más en la oficina. Inercia. En eso consiste un relato de vida experto en nadar contra corriente y vivir en campo contrario. Eso es el Atleti. Un sentimiento inexplicable que está por encima de jugadores, entrenadores y directivos, se llamen como se llamen. Y su único patrimonio es su gente. Esa que siempre se queda. Esa que no tiene cláusula de rescisión. Esa que nunca abandona. Esa que sabe que el Atleti no es mejor que nadie, pero es diferente a todos.

Copio parte del artículo que Rubén Uría tituló “Mejor que nadie, diferente a todos”. Lo escribió tras el anunció de Griezmann. No se puede contar mejor.

P.D. No todas las marchas son iguales.

Muchas gracias, Diego. Muchas gracias, Juanfran. Vosotros sí que dejáis hueco. Vosotros sois de los nuestros. Suerte.

martes, 14 de mayo de 2019

La cara oculta de la luna

Aquel año nos fuimos de campamento a Ochagavía, en el pirineo navarro. Aunque ya vivíamos en Valencia, mi hermano y yo seguíamos pasando quince días cada verano con el grupo scout al que pertenecíamos en Madrid. Tendría yo entonces dieciséis años. Era de los mayores. Y ser de los mayores tenía sus privilegios. Uno de ellos era que, por la noche, cuando Manada y Tropa ya estaban dormidos, nos íbamos para el pueblo. Estábamos acampados a un par de kilómetros y aquel paseo nocturno era fabuloso. El paseo, Ochagavía (qué pueblo más bonito. Pero qué pueblo más bonito) y el bar que estaba en una plaza junto a la casa cuartel. Allí nos sentábamos y nos tomábamos nuestros refrescos. Y allí estaba Asun, la hija de los dueños del bar. Evidentemente me enamoré y, evidentemente, nunca se enteró. Pasaron los días y llegó el último. Nos despedimos. Asun nos pidió que la escribiéramos algo y, en un calendario, le dejamos nuestras despedidas. Estaba yo en aquella época muy Pink Floyd y muy “The dark side of the moon” y le escribí algo que entonces me pareció brillante y que hoy me produce cierto sonrojo: Nos volveremos a ver. Tal vez en la cara oculta de la luna. Nos fuimos. Nunca he vuelto a Ochagavía (y es una pena, porque es bonito, bonito). Nunca volví a ver a Asun.

Coincidí en un trabajo con uno del Pedernoso. Este pueblo es muy cercano a la capital y a la aldea del Secarral, por lo que enseguida vimos que teníamos unos cuantos conocidos comunes y más cosas que compartíamos. Nos llevábamos bien. Estando en el taller, tuvo un problema y pensó que yo podía solucionarlo. Y me llamó. –Ven p’acá, pink floyd. Y fui. Muerto de risa. Y encantado. Aquel soplo del Secarral en mitad de la huerta valenciana me supo a gloria.

Y aquí estoy, paseando por la cara oculta de la luna. Están los restos de las bases militares soviéticas y estadounidenses que confirman que la leyenda durante la Guerra Fría era cierta. Y estando aquí, pues me acuerdo de Pink Floyd y de su disco. Y también me acuerdo de Asun. A lo mejor la veo. A lo mejor guarda la nota de despedida y viene de vez en cuando. Por si acaso. Y sigo paseando. Y de Asun vuelvo a Pink Floyd. Pink Floyd. ¿Pink Floyd? -¡Ahí tú, pink floyd!-dicho con todo el acento secarraleño en plena cara oculta de la luna. Y no sé qué preferiría.

sábado, 4 de mayo de 2019

Sobre llamar antes de entrar

Me gusta mucho “To the end” de Blur. Y el vídeo, también. Mira que la canción tiene años, sin embargo la termino de descubrir. Fue una sugerencia de Spotify. Spotify se toma la libertad de sugerirme. Igual existe la posibilidad de anular dicha opción, pero, en este caso, no me interesa. De vez en cuando acierta. Sabe que cada vez soy más melódico y me bombardea con canciones moñas y blandengues. Y yo me dejo bombardear. Aunque, en el fondo, no dejan de molestarme estas libertades.

Hace poco leí que Myspace está en desuso y, sin embargo, vale un dineral. ¿Por qué? Porque almacena muchos datos. ¿Y qué son los datos (dices mientras clavas en mi pupila…perdón)? Información. (Cuando yo estudiaba se decía que las fuentes de poder eran cuatro: los de arriba, los de abajo, el conocimiento y la información). Y, aparte de por el poder que te permite, entiendo que los datos son valiosos porque hay quien está dispuesto a pagar por ellos. ¿Quién? Pues los que pueden sacar beneficio: departamentos de mercadotecnia, ventas y demás. Y nosotros, los pardillos, los paganos, vamos repartiendo nuestros datos sin miramientos. Si es gratis. Dejamos rastro a cada paso que damos. Apretamos siempre el botón de aceptar. Seguro que se puede ser más cuidadoso (creo que bastaría con leer) pero, como no es mi caso, me tomo con resignación la publicidad que recibo y acepto que me traten de vender algo aprovechando la información que yo haya podido dar. Lo considero como parte de las reglas del juego.

El otro día comentaba que me había hecho seguidor del Crystal Palace. Lo escribí aquí. Previamente había visto unos cuantos vídeos de su afición cantando “Glad all over”. Pues bien, Google ha decidido por su cuenta informarme del Crystal Palace y en el móvil me va avisando de sus próximos partidos y me indica el minuto y el resultado durante los mismos. Lo ha decidido Google. No me ha preguntado. Y esto sí me molesta y me indigna. No deja de ser contradictorio que me dé igual que me intenten vender zapatillas, seguros de coche o lentes progresivas y, sin embargo, esto que, en apariencia, no tiene interés comercial, pues me altera. Y es que esto sí que lo considero una intromisión. Una impertinencia. Mala educación. Como, en el fondo, cuando Spotify me recomienda canciones (¿me sugiere Spotify canciones de Blur porque escribí que los Oasis están sobrevalorados?). Me indigna porque hay libertades que sólo se pueden tomar desde la confianza y, que yo sepa, señor Google, ni hemos corrido ni nos hemos tomado una caña juntos. Y como ahora sé que me lee, señor Google (gracias, por cierto) pues lo escribo. Por si acaso.

viernes, 26 de abril de 2019

La perniciosa influencia del mundo anglosajón

Me mandan un enlace de un programa de televisión que trata de la relación entre el fútbol y la música popular. Empieza, claro, con el Liverpool y “You’ll never walk alone” (del Celtic de Glasgow no dijeron nada. Se ve que cantan peor). Sigue con el Crystal Palace, que tiene como himno “Glad all over” de Dave Clark Five (aquí abro paréntesis para hablar de Alejo, la Pavlova del fútbol sala, gran jugador de futbolín e insigne miembro de la secta beatlemaniaca del sesenta y seis, que no sólo me iluminó en la senda de Elvis y de los discos de McCartney, con y sin Wings, sino que, además, me grabó in illo tempore (cuando todos los jugadores de fútbol llevaban botas negras) una cinta de noventa con canciones de los Hollies, Herman Hermits, Gerry and the Pacemakers y Dave Clark Five, cinta que se terminó borrando de tanto como la machaqué. Cierro paréntesis). En el vídeo del Crystal Palace se ve al público cantando después de una victoria. Viendo aquel vídeo, sin saber ni dónde ni en qué categoría juega, sin tener ni idea siquiera del color de su camiseta, sentí que soy del Crystal Palace de toda la vida, que siempre he sentido sus colores (sean cuales sean) como propios y que viva el Crystal Palace manque pierda porque, baby, i’m glad all over.

Me llama mi cuñado para decirme que tiene dos invitaciones para ver el Levante Huesca y que si las queremos pues él no puede ir. Le pregunto a mi hijo, dice que sí y al fútbol que nos vamos. Curiosamente las invitaciones no son para el palco sino para la grada de Orriols. Gol sur. Detrás de la portería, vamos. Nuestros sitios son tan buenos que no se ve uno de los córner. Como hay hueco, nos cambiamos. Empieza el partido. A los cinco minutos llega un grupo de chavales de doce o trece años, todos de negro. Las leyendas de sus camisetas y sus caras dicen a la legua que son ingleses. Se sientan. Tres minutos después llega otro grupo de chavales. Estos son más mayores. Quince años tendrían. En sus camisetas, no, pero en sus caras llevan a Inglaterra esculpida. Se sientan. En el campo del Levante tienen la costumbre, en el minuto 19:09, de celebrar el año de su fundación (diez años antes que los chotos, como siempre recuerdan) agitando sus bufandas. Esto gusta a los ingleses, que agitan todo lo que tienen cerca. Se van levantando. Se suben al fondo. Gol del Levante. Gritos. Palmas. A falta de diez minutos para el descanso, desaparecen. Todos al bar. Vuelven al final del descanso. Ya no se sientan. Se suben. Empiezan a cantar, a dar golpes en las chapas que cierran el estadio. Empata el Huesca. No pasa nada. Siguen cantando. De ve en cuando cuelan alguna canción de Oasis. Serán del City. Penalti a favor del Levante. Cantan. Gol. El desparrame. Gritos, abrazos, golpes en la chapa. Mi hijo y yo miramos y decimos –pensábamos que estábamos en el peor sitio y estamos en el mejor. A mitad de la segunda parte aparecen por allí tres guardias de seguridad, tres tíos con unos antebrazos como los gemelos de José Mari Bakero y unos cuellos como los de Iñaki Perurena. ¿Quién es el responsable de estos chavales? Se levanta uno, que habla español. Luego otros dos, que no. Por lo visto algunos hooligans adolescentes se están descolgando por la fachada. Los echan. Estoy a punto de interceder (nos quedábamos sin diversión) y cantarles aquello de “Un pingüino en mi ascensor” –soy la madre de un hooligan, frota que te frota. En el partido contra Italia mi niño echó la pota. Pero, pobre angelito. Si son cosas de la edad- pero, entre los antebrazos y los cuellos de los dilectos miembros de la seguridad del estadio, y mi condición de seguidor del Crystal Palace (de las mil canciones que cantaron, ninguna fue “Glad all over”) que no tiene gran simpatía por el City y que piensa que los Oasis están ciertamente sobrevalorados, pues me quedé sentado viendo con tristeza cómo desfilaban los futuros presidiarios. Luego empató el Huesca. Y no ganó de milagro. El campo parecía un velatorio. Y, ¿por culpa de quién? Mucho músculo. Poco cerebro.

Valencia es la ciudad del running. Ya ni flores, ni luz ni amor. Running. Lo ha decidido Juan Roig que para eso tiene la pasta y nos organiza esas carreras tan brutales. Pues nada, running. De vez en cuando sus secuaces me mandan correos para informarme, para motivarme o para lo que les rote que para algo son secuaces de Juan Roig y se lo pueden permitir. Esta semana me han mandado uno en el que me dicen que estoy made to run (realmente ponía que estoy #madetorun. Como de chaval estudié algo de música interpreté que estoy made to run de manera sostenida). Impresionante. Y hay gente que cobra por pensar estas cosas y mandar estos correos. Made to run. Ea. A comprar a Consum.

Tuvo mi hermano en su casa a un chaval de intercambio. El chaval provenía de los Países Bajos. En inglés tenían que entenderse. Mi hermano maneja una variedad dialectal del inglés que sólo se habla en el Secarral y así, cuando se sentaron a desayunar, le ofreció lo que había encima de la mesa y le recomendó que se hiciera unas tostadas de “Bimbo bread”.

Esta semana he recibido otro correo muy interesante. Dicho correo, encabezado por la frase –last call- me fue remitido por el Colegio Oficial de la Comunidad Valenciana (repito, Comunidad Valenciana) y en él me invitaban, pues era de mi interés (según ellos), a “The virtual breakfast”. With two balls. Lo de “vírtual” (lo escribo con tilde deliberadamente) me dejó dubitativo. Y decidí cerciorarme. Les contesté preguntando si en “The virtual breakfast” habría Bimbo bread. No me han respondido. No sé si ir.

lunes, 8 de abril de 2019

El balón y los tiempos de cólera

Partido de la liga universitaria de fútbol sala. El glorioso “Patá i Avant”, que tan excelente juego desarrollara en la liga de la Escuela y que conquistó posteriormente dos ligas universitarias y un subcampeonato, se enfrentaba a un equipo de Caminos. Como habitualmente, el “Patá i Avant” había congregado en la banda como espectadores a cero personas. Aquel equipo de Caminos sí que había llevado público. Cuatro chicas exactamente. Comenzó el partido. A los diez minutos las muchachas anunciaron que se iban. Uno de los jugadores del equipo rival, entonces en el campo, pidió el cambio para poder despedirse de manera muy cariñosa de una de las chavalas que tan poco tiempo habían aguantado el primoroso juego del “Patá i Avant”. Debía de ser su novia. Siguió el partido. Ganamos. Nada nuevo.

El otro día, Maroto (efectivamente, el hombre que más daño se ha hecho a sí mismo) me contó el primer recuerdo que tiene de mí. Era mi primer día en el colegio en Valencia, en segundo de BUP, recién llegado de Madrid. Recreo. Partido en el patio. Me puse con un equipo. No sé qué jugada hice o qué gol marqué que provocó que alguien exclamara –joder con el nuevo. Me llené de orgullo. Me hinché como un pavo. Es cierto que me estoy dejando la vanidad, pero el fútbol sigue sus propias reglas (cuando digo fútbol me refiero a dar patadas a un balón sea éste del material o del tamaño que sea). Cuando pasa un balón por mi lado ni lo miro. Cuando hablan de organizar un partido ni escucho. Pero sigo siendo un jugador de fútbol. Un jugador que ni juega ni jugará. Pero un jugador. Y mi memoria está llena de partidos ganados, de goles marcados, de partidos perdidos, de goles fallados, de grandes jugadas, de grandes errores, de compañeros fabulosos, de rivales de todos los pelajes. Y mi memoria siempre me está disparando escenas (los guerrilleros vietnamitas) y yo vivo y siento esas escenas igual que las viví y las sentí. Porque el fútbol tiene sus propias reglas. Y cuando aquel tío pidió el cambio para despedirse de su novieta no me reí ni pensé –menudo capullo (que lo era). Cuando vi aquella escena me indigné porque aquel tío le estaba faltando el respeto al fútbol. Porque bien está el amor y festejar y todas esas cosas. Pero estábamos jugando. Aquello era un partido. Y mientras estuviese el balón en juego no había en el mundo nada más importante que lo que pasaba dentro. Nada. Y pidió el cambio. Y se despidió. Muy cariñoso. Ganamos. De paliza. Da igual. Los guerrilleros me disparan regularmente la imagen del capullo este dando besitos. Y me sigue hirviendo la sangre.

sábado, 30 de marzo de 2019

La adolescencia

Una semana en Lyon ha estado mi hijo. Tocaba devolver la visita al turisto. En un autobús se subieron unos veinte chavales y para allá que salieron. Ana fue a despedirlo. Se quedó triste viendo cómo el autobús partía. Él…ni miró.

Tiene quince años el tío. No pasa nada porque se vaya una semana. Va a volver. Aunque se ha hecho raro. Yo, la verdad, le echaba bastante de menos. Nos llamaba. Nos mandaba fotos, vídeos, mensajes. Nos ha puesto a Lyon en el mapa (hay que ir). Pero… ahí había un hueco. Tengo la costumbre, por las mañanas, al irme a trabajar, antes de salir de casa, de mirar a cada de uno de mis hijos, que están dormidos. Ellos dicen que es raro, pero a mí me reconforta antes de meterme en la jungla. Y esa cama vacía…Una semana. Era sólo una semana. Además, le sugerimos de manera bastante evidente que ni imanes para el frigorífico ni “Estuve en Lyon y me acordé de ti”. Queso y embutido. Para nuestro corazón y para nuestro estómago los días pasaron despacio.

Viaje de vuelta. Salieron muy temprano. Llegada prevista, las ocho y media de la tarde. Estábamos nerviosos. Íbamos a ir los tres a recibirlo. Empiezan a mandar mensajes de que van con adelanto. Llegarán sobre las ocho. Las ocho. A mí hijo empieza a planteársele un dilema. Está la familia, su hermana, sus padres, el hogar, su habitación, el reencuentro. Por otra parte, llega a tiempo para irse a entrenar. Y no es su amor al deporte y su sentido de la responsabilidad lo que le lleva a pensar en la piscina. Está su grupo, cuatro chicos y más de diez chicas de su edad. Está su entrada triunfal cuando nadie le espera, siendo protagonista, recibiendo todas las atenciones. ¿Qué fue lo que hizo?

-Papá, voy a ir a entrenar. Llévame la mochila.

Le hemos perdonado. El queso y el embutido…hors categorie.

domingo, 24 de marzo de 2019

Mi vida calcificada

Me quedé retirándome del maratón de principios de diciembre de 2018 por culpa de una rotura de sóleo causada, seguramente, por un fuerte dolor en la cadera izquierda. Ese dolor se hizo insoportable tras pasar el maratón e iba totalmente cojo. Apenas podía andar. Volví al fisio y éste me dijo que tal vez lo que tenía escapaba a sus conocimientos y me sugirió que fuese al médico. Fui, me recetó unos antiinflamatorios de caballo y mandó unas radiografías. Los antiinflamatorios hicieron efecto, lo cual me tranquilizó. Comencé a andar como las personas. En la radiografía no salió nada extraño. ¿Cuál podía ser la causa de mis males? Cualquiera. No tenía diagnóstico. Le pedí que me hiciera una resonancia pero la médico se negó: podía andar con normalidad. –Ya, pero correr, no. Su respuesta fue tremendamente científica –No corras. Ea. Comencé a trotar. Cualquier punto de la pierna izquierda, desde la cadera hasta la planta del pie, era susceptible de quejarse. Fui subiendo el volumen. Mal corrí la San Silvestre de la capital del Secarral. Rodé la de la aldea. Tras la Navidad decidí subirme al carro de los descerebrados climaturbios, que se habían puesto el maratón de Barcelona como objetivo. Como pude les aguanté dos días. Al tercero, paré. Una cosa era correr con molestias en la cadera (algo que llevaba haciendo años) y otra ese dolor. Me recomendó Javi Ironman otro fisio que él conocía. Fui, le conté mis penas, cogió al ecógrafo y fue directo. –Está claro. Calcificaciones tendinosas en la cadera, ¿las ves? Yo dije que sí pero allí no había más que rayas blancas y grises. Empezó a hablar y a decir palabras raras refiriéndose a músculos, nervios y demás (qué bien me suena fascia lata). Me habló de desgaste. No citó la palabra vejez aunque trató de consolarme diciendo que todo el mundo termina, tarde o temprano, con la cadera calcificada, que sólo es cuestión de tiempo. Me pinchó. Me estrujó. Me retorció. Allí crujió de todo. Lloré más que con “El violinista en el tejado” y “El color púrpura” juntas. Cuando terminó pregunté (con un hilo de voz) si podría volver a correr. No dijo que no. Lo que estaba claro era que, si volvía a hacer lo mismo, me ocurriría lo mismo. Así que, en principio, nada de correr, estirar mucho la zona, que estaba totalmente acortada, entrenamiento cruzado y una tabla de ejercicios de fortalecimiento para compensar y, a partir de ahí, que fuese probando poco a poco.

Salí del fisio relativamente contento. Tenía un diagnóstico y saber cuál es el problema es el principio. Luego me puse tremendista: ¿habrá más maratones? ¿Habrá más Behobias? ¿Habrá más medias? ¿Habrá más carreras del Queso? ¿Viviré a partir de ahora de los recuerdos? Dejé pasar diez minutos y ya me centré. Lo que vaya a pasar no lo sé. Día a día. Hay que ir recuperando el terreno y ganarle la batalla a la cadera calcificada despacio, colándome por los resquicios que me deje. Me habían enseñado un camino para intentarlo. Pues empecemos a andar.

Y empezamos. Dos días de piscina a la semana evitando la patada de crol y metiendo la de braza. La bici la dejo para el verano (claro). Mis paseos. Mi rutina diaria de estiramientos y ejercicios. Otras cosas, no, pero disciplinado soy un rato. Paré dos semanas de correr. Comencé trotando veinte minutos muy suaves. Descanso. Veinte más. Semanas de diez kilómetros. De quince. De veinte. Paso a paso. Semana a semana. Subiendo. Siempre tensándole un poco más la cuerda a la cadera. Ganándole terreno. Cada día que salgo es una prueba. Cada día, al volver, es una batalla ganada. Cuatro días a la semana. Cuarenta kilómetros. Cuarenta y cinco kilómetros. Tiradas de hora y cuarto. Cambios de ritmo. La cadera se manifiesta pero no se queja. No protesta. Me deja ilusionarme. Me deja creer. Me deja seguir.

Ayer dimos un paso más. Diez kilómetros de Picassent. No me ponía un dorsal (sin contar las San Silvestres) desde la pasada Behobia a principio de noviembre. El objetivo era seguir tensando la cuerda pero con cabeza. El tiempo era lo de menos. No tengo kilómetros en las piernas para plantearme marcas y menos con los toboganes de Picassent. Salí. Cogí mi ritmo. La pierna no protestaba. Mantuve el ritmo. No iba ahogado. Iba cómodo. Pasaban los kilómetros. Pensaba que el cuerpo me iba a pedir apretar pero no me lo pidió. Respeté a mi cuerpo. La cadera iba bien y si la cadera está bien todos estamos bien. Meta. El crono marcaba un tiempo muy triste (43:50) pero no era un día triste. Ni mucho menos. Otra batalla ganada y con un dorsal puesto, sintiéndome corredor después de tantos meses. Como diría el Gran Memo, no sé dónde está mi límite pero sí sé dónde no está. Seguimos.

sábado, 16 de marzo de 2019

Dudas existenciales

Me manda Pérez un enlace con el vídeo de una versión que hizo el propio Rubén Blades de su “Pedro Navaja” (deudora de “Mack the knife”, escrita por Bertolt Brecht y Kurt Weill como acabo de averiguar (lo de Brecht y Weill. Lo de Mack, no. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida)). No descubro (creo) a nadie esta canción y la versión, ajustada al original, es tremenda. Y, una vez más, me dejo arrastrar por la melodía mientras escucho la historia. Y asiento cuando afirma que –si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos. Y siendo tan buena como es, no es perfecta porque deja un cabo suelto, una duda que me incomoda y me llena de desasosiego y que me haría abordar al propio Blades si me encontrase con él para que me la resolviese. ¿Por qué comete Pedro el crimen? ¿Por qué la mata? ¿Es para robarla? ¿Es un crimen pasional? ¿Es por encargo? ¿Negocios? Responda, señor Blades (señor Brecht). ¿Por qué?

sábado, 23 de febrero de 2019

Un hombre bueno es difícil de encontrar

Flannery O’Connor. “Cuentos completos”. Más de ochocientas páginas. Treinta y un relatos. Han sido meses de compañía. Un libro que he leído de manera intermitente, intercalando otros entre relato y relato. La desazón que nos deja despedirnos de un libro que no ha sido un libro más se ve aumentada por el tiempo que hemos estado juntos. Ahora pasará a la estantería de los libros donde vivirá una paz aparente porque, dentro de sus páginas, se esconden historias complejas, tormentosas, divertidas, terribles. Y, antes de llevarlo, quisiera dejarle cuatro líneas de despedida.

Descubrí a Flannery O’Connor en la Blogosfera, cuando un antiguo morador de criterio fiable incluyó uno de la mentada en una relación que hizo de sus relatos favoritos. Lo leí y puse a O’Connor en la lista de autores pendientes. Y nunca se cruzó en mi camino (yo no busco libros. Los encuentro) hasta mayo del año pasado. Competía mi hijo en Castellón, en una piscina que tiene un centro comercial enfrente. Llegamos, como siempre, pronto, para el calentamiento. Me dijo Pérez (que no sé si ha estado en Mallorca) que se iba a ver si le compraba algo a su mujer para el Día de la Madre. Yo tampoco tenía nada, así que me fui con él. Entramos en una librería. Y allí estaba la buena de Flannery. Sabía que no había muchas posibilidades de que fuese un buen regalo (los gustos de Ana son otros) pero me la jugué. Si le gustaba, valía como regalo. Si no, quedaba como pendiente. Sigue pendiente, pero Flannery ya estaba en mi mesita.

Flannery O’Connor murió joven, a los treinta y nueve años. Estadounidense, del sur (Georgia) y muy católica (como he leído, ser católica en Georgia es como ser protestante en Sevilla), hizo vida universitaria hasta que la diagnosticaron lupus. Se recluyó en una granja junto a su madre y junto a sus muletas, donde se dedicó a escribir, a recibir visitas y a criar pavos reales. Su relación con el mundo fue epistolar. Y, como toda persona que murió joven, lo que hizo no logra evitar que pienses en lo que dejó por hacer.

A O’Connor se la etiqueta dentro del “Gótico sureño” junto a Faulkner y otros. Y, como Faulkner, se dedica a contar historias de su pueblo. Como narradora es maravillosa. Siempre escribe en tercera persona. Cuenta las historias desde fuera pero de una manera muy cercana. Sabes lo que siente y lo que piensa cada uno de los personajes. Pero ella sólo narra. No juzga. No opina. No te predispone. Narra. Y dentro de sus relatos, en algunos no terminas de entender bien qué ha pasado y te quedas desconcertado. Pero no es frecuente. Son historias rurales, algunas veces en la ciudad, incluso en el norte, donde el contraste y el desarraigo son descarnados, con personajes de todo pelaje, blancos y negros, muchas veces rayando lo extremo. Historias donde la ingenuidad, la estupidez o el buenismo terminan siendo fatales, donde la muerte es siempre una posibilidad. Relatos polvorientos, sombríos, con personajes que hablan con acento muy marcado, con frases muy cortas, en lugares donde hubo tiempos mejores y donde el presente y el progreso son mirados como una traición al pasado. Y al cerrar el libro por última vez dejo ese mundo con toda la tristeza de una despedida y todo el dolor de la nostalgia. Flannery O’Connor, gracias. Mi estantería de libros leídos vale hoy más que ayer.

sábado, 16 de febrero de 2019

Lo esencial es invisible a los turistos


Hemos tenido recientemente en casa a un chaval de intercambio. Era (y es) francés, de Lyon. Quince años. Un figura. Un encantador de serpientes. Un fenómeno. Si no termina de presidente de Renault lo será de la república. O del hampa. En casa era un encanto. Muy educado, siempre dando las gracias, siempre dándonos besos. Fuera, según nos contaba nuestro hijo, era capaz de conseguir que, por la calle, fuesen todos pidiendo la dimisión de Macron o de que, en una hamburguesería, todos los presentes, incluidos los dependientes, bailasen el Chocolatero. Y siempre con su gorra puesta. Apenas hablaba español (soy un turisto) pero eso no era un obstáculo. Se lo pasó en grande. De hecho nos dijo que se quería venir a vivir a Valencia, principalmente porque salieron de Lyon bajo cero y con nieve y no terminaba de creerse que en la terreta se pudiera vivir en la calle en pleno mes de enero. Y también porque probó la fideuá (es bueno). Andaba justo de geografía valenciana (lo subimos al Miguelete (por supuesto) y, señalando las montañas que rodean Valencia, preguntó -¿son los Pirineos?) pero se emocionó cuando, al despedirnos, le regalamos una bolsa donde había, entre otras cosas, mandarinas y una tarrina de ajoceite (tengo una madre en España. Tengo una padre en España). Una semana más y ya habría dicho con soltura aspaiet y chitat.

No paraba de hablar. Con cuatro palabras en español, cincuenta en inglés y el traductor en el móvil enlazaba una conversación con otra. De su familia a los chalecos amarillos. De sus hábitos alimenticios a lo importante que era para él su gorra. Nos explicó Lyon y citó su aeropuerto, el Saint-Exupery. Cuando trató de informarnos sobre quién era Saint-Exupery le dije que no hacía falta. Fui a la estantería de los libros (llamarlo biblioteca me parece un tanto pretencioso) y saqué “El Principito”. Se sorprendió.

Para no saber quién fue Saint-Exupery. Catorce años tenía yo cuando, en el colegio, nos obligaron a leer “El Principito”. También “Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach. De este último luego me leí unos cuantos libros más (de títulos que no recuerdo) que me prestó Chaumel, aunque me parece que no han debido de envejecer muy bien. De hecho no tengo curiosidad ni de hojearlos. Pero “El Principito” fue otra cosa. Con catorce años yo era terreno abonado para este tipo de literatura. Y este libro germinó, así que, mi querido turisto, quítate la gorra si quieres y descansa un rato que ahora me toca hablar a mí.

martes, 5 de febrero de 2019

Ella

-Pero, ¡no dijiste que te daba igual!

-Sí, pero era un -me da igual- que significaba que, como ella me había hecho un regalo, yo iba a quedar fatal si no le hacía uno.

Siento fascinación por mi hija. Para qué negarlo. Confieso que no tengo la misma relación con mis dos hijos. No hablo de querer. Hay cosas que son imposibles de cuantificar. Hablo de mi relación con ellos. A los dos no paro de observarlos. Mi hijo siento que me lo sé. Me resultan familiares sus comportamientos. Sus reacciones. Su evolución. Sus inseguridades. Y el corporativismo masculino nos une. A mi hija la observo desde la fascinación. Sus respuestas. Su madurez. Lo claras que tiene las cosas. Las broncas que nos echa. La relación con su hermano. Mi hijo es como un perro. Necesita reconocimiento. Necesita afecto. Es afectuoso además. Mi hija es una gata. Mi hija sabe. Está en su naturaleza. No es cariñosa. Es zalamera. Sabe ser zalamera. Y no se calla. Tuvo un examen oral. Le pusieron un ocho. No se sentó. –No me parece justa esta nota para todo lo que he estudiado. Y consiguió que le repitieran el examen. Y sacó un diez. Otro examen. Antes de empezar se levantó. –Perdona (ya no se trata de usted a los profesores), pero no tienes derecho a poner este examen. Avisaste en la otra clase pero, en ésta, no. Y no lo hicieron. O el profesor que explotó harto de la clase acusándolos de niñatos y de inmaduros. Se levantó. –Tenemos doce años. No pretenderás que seamos maduros. Y me cuenta estas cosas con naturalidad, sin darse importancia. Y yo la escucho con la boca abierta, fascinado. No se posee nunca a un gato (los perros tienen dueño. Los gatos, encargados). Son los gatos los que eligen tu casa para vivir. Hija mía, aunque suene cursi y manido, gracias por elegirnos.

domingo, 27 de enero de 2019

En este mundo hay dos tipos de personas: los que prefieren la tortilla de patatas con cebolla y los que no tienen ni puta idea

Nueva entrega de la sección "Títulos sin entrada". La aportación vuelve a ser de aquel que salió con una nadadora uzbeka de natación sincronizada. Terminaré pagándole derechos de autor. He respetado el original aunque me habría gustado añadir, además de la cebolla, que fría, zapatera y, en bocadillo, con mahonesa.

P.D. Porque me apetece voy a enlazar siete vídeos de versiones hechas por los Pomplamoose grabadas en directo en estudio. Me tienen fascinados, por las canciones, por lo bien que están trabajadas y por la actitud de los músicos. Y por las manos y la forma de mirar a la cámara que tiene Nataly.

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lunes, 14 de enero de 2019

Y nosotros no podíamos ayudarlos porque se nos habrían comido también

Cormac McCarthy. “La carretera”. Lo tenía en mis manos. Rebuscando entre los libros amontonados había aparecido. No había leído nada de McCarthy. Tampoco tenía ninguna referencia sobre este libro. Pero algo había en él que me resultaba atractivo (era baratísimo). Y lo compré. Y pasó a ocupar su lugar en la estructura FIFO que forman los libros pendientes apilados en mi mesita de noche.

No te va a gustar ese libro. De hecho, no vas a ser capaz de terminártelo. Esto me lo dijo Ana. No fue una provocación. Sabe lo poco que me gusta sufrir. A ella sí que le había gustado. Tiene más aguante. Lo tomé como una advertencia, aunque tampoco me desanimó. Ya hace mucho que superé aquello de que tenía que terminarme sí o sí cualquier libro que comenzase. Y “La carretera” siguió en el montón avanzando hacia su momento.

Llegó. Empecé. Vi que Ana no iba desencaminada en lo de ser capaz de terminármelo. Sí que lo estaba en lo de que no me iba a gustar. Fui directamente al final. Lo leí. Y, viendo cómo era éste, decidí volver a empezarlo.

Me he leído el libro. Y si digo que me ha parecido un libro muy bonito quizá alguien me lo eche en cara. ¿Un libro bonito escrito a base de brochazos descarnados, de frases crudas, de imágenes lacerantes? Sí. ¿Un libro bonito en un mundo lleno de cenizas, sin vida, donde las bandas de caníbales acechan, donde la comida es escasa? Sí. Lo es. ¿Un libro bonito donde hay dos escenas tan terribles como la de los encerrados en el sótano, uno de ellos sin piernas, o la del recién nacido carbonizado? Si. Muy bonito. ¿Un libro bonito donde la enfermedad, la muerte y el suicidio están en cada paso? Sí. Así me lo ha parecido. Es la historia de un padre y un hijo. Y luego seguirá la del hijo, una historia que no está escrita en el libro pero que, a pesar de que no tiene la más mínima posibilidad, seguro que también será una historia bonita. Y así me gusta imaginármelo. Y creérmelo.

jueves, 3 de enero de 2019

Más entremeses (pero, ¿quién puede decir que alguna vez ha sido el mejor?)

Trofeo internacional de natación en Castellón. Piscina cubierta de cincuenta metros. Cronometraje electrónico. Doscientos metros libres. Mi hijo pasa por los cincuenta metros en treinta y dos segundos y por los cien en veinte. Desenterramos a Einstein para que nos explique cómo puede alguien pasar antes por los cien metros que por los cincuenta. El paso por los cien metros es homologable. Al ser cronometraje electrónico la marca se homologa automáticamente y así, en la página de la Federación Española de Natación (RFEN), en la lista de los récords nacionales, figura (figuraba. Ya no) mi hijo como plusmarquista nacional de los cien metros libres en categoría absoluta. Y no sólo eso. Estamos a la espera de que la federación internacional (FINA) lo homologue como récord del mundo ya que lo ha mejorado en veintiséis segundos.

Día de Navidad. Como soy un señor mayor me levanto en mitad de la noche para ir al baño. No puedo entrar. La puerta está atrancada. Se ha roto el pestillo o lo que sea. Amanece. Llamo a la compañía de seguros. Este tipo de anomalía no está incluida en el contrato y, siendo el día que es, no pueden enviar a casa a nadie a realizar la reparación. Igual al día siguiente. Y cobrando. Resignación. Ana consulta en YouTube. Hay un tutorial sobre esto (hay tutoriales sobre todo, sospecho). Me lo enseña. Existen tres opciones para poder abrirla. La tercera se titula: patada en la puerta. Pruebo con la primera. Desatornillo. Desmonto. Palanca. Llave inglesa. Giro. La puerta se abre. Esto que puede parecer una tontería es un momento cumbre en mi vida. Decía Woody Allen (en “Annie Hall”, creo) que a él en el ejército lo habían declarado inutilísimo, que no valía ni como prisionero. En “Bricolaje” yo no pasé del título. Inutilísimo también. Ni para cambiar una bombilla. La euforia ha sido tal que cogí la pieza rota, fui a la ferretería, compré dos nuevas, reparé la puerta y dejé una de repuesto por si acaso. Y me paso el día abriendo y cerrándola. Y, cada vez que la cierro, me suena como debe de sonar la puerta de un Rolls Royce al cerrarse. No creo haber descubierto a estas alturas mi nueva vocación pero…joder, qué satisfecho me siento.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Voy a tener una vejez muy mala

Fiestas de septiembre en la aldea del Secarral. El bar de la piscina está lleno de gente. La mayoría son chavales. La gente joven ocupamos algunas mesas. De fondo suena música. El ritmo es el de siempre, algo así como pom, popom, pom, pom. Lleva años sonando el mismo ritmo por esos altavoces. Si digo que es reggaeton probablemente sea cierto o a lo mejor no, pero es una forma de describir lo que, a mi entender, es la misma canción con distintos títulos (me pasa igual con Ketama o Manolo García). De repente, al comienzo de una canción que, sospecho, debe de ser distinta de la anterior, la chavalería se vuelve loca y empiezan todos a bailar como endemoniados. La gente joven miramos el espectáculo como quien observa un episodio del “National Geographic”. Los posesos ni reparan en nosotros. Somos invisibles para ellos.

El rock ha muerto”- dijeron Nick Cohn y Richard Meltzer a finales de los sesenta. Se ganaban la vida como críticos musicales y no como adivinos. Aunque, si aún están vivos, los imagino sacando pecho. Porque, lo que está claro, no es que el rock (o el pop) haya muerto, pero sí que está en una estantería apartada no muy lejos del jazz, los boleros, los corridos, los tangos, el soul o la bossa nova para consumo de la generación del Baby Boom (llevamos unas cuantas décadas sosteniendo el sistema y, dentro de poco, ¿quién nos sostendrá a nosotros?). Les ha costado cincuenta años tener razón (o algo parecido) pero, oye, todo llega (desde aquí vaticino el final del petróleo, del fútbol y de la energía eléctrica). Y es cierto, somos minoritarios. Y nos emocionamos cuando citamos a Otis Redding o a Elvis Presley y nuestro interlocutor no nos mira como a la momia de Tutankhamon. Y nos sentimos como un grupo de irreductibles en posesión de la verdad absoluta con la certeza de que esa verdad, irremediablemente, se extinguirá con nosotros.

Los Beatles grabaron todos sus discos durante la década de los sesenta, por lo que, durante la década presente, se ha ido celebrando el quincuagésimo aniversario de cada uno de ellos. Este año 2018 le tocaba el turno al “Álbum blanco”, el, en mi opinión, segundo mejor disco de los Beatles (el año que viene le toca al mejor). Un disco doble con treinta canciones, doce de ellas portentosas, diez fabulosas, cuatro buenísimas, tres apañadas y “Revolution 9”, un disco que me lleva acompañando desde mis quince años y que me sigue emocionando, un disco con el que me entretenía echando campeonatos (octavos, cuartos (repescando al mejor eliminado), semifinal y final), un campeonato en el que jugaban todos contra todos y donde siempre ganaba “Savoy truffle”. Y habrá que celebrar dicho aniversario o, al menos, reseñarlo aquí en mi atalaya y hacerlo, como miembro de la minoría, reivindicándolo desde la supremacía intelectual y moral que tengo sobre todos vosotros que llegáis al paroxismo con distintos subproductos. Y no me arredra el ser invisible o que, si llegáis a mirarme, lo hagáis con un gesto similar al que ponían los que oían llamar melenudos a los Beatles. Porque absolutamente nada de lo que escucháis le llega a la suela de los zapatos al “Álbum Blanco”. Porque cualquier ruido de “Revolution 9” vale más que vuestro pom, popom, pom, pom. Y no discuto que el rock y el pop vayan a morir con nosotros. Lo que no sabéis es que ésta será vuestra condena. Ni lo sabréis. Ignorantes.

sábado, 22 de diciembre de 2018