Estaba en la Behobia ya metido en el cajón para la salida. Tenía a mi lado a un grupo bastante dicharachero a los cuales no entendía nada pues hablaban en euskera (salvo los tacos, claro, que decían en perfecto castellano). Instantes antes del disparo, cuando ya los nervios te comen, empezaron a desearse suerte unos a otros (creo) y a animarse con palmadas. Uno de ellos llamó la atención del resto, se llevó los dos dedos índice a la frente y exclamó –txapela, ¿eh? Txapela. Me hizo gracia y lo adopté para mi liturgia previa a la carrera. Siempre me llevo los dedos índice a la frente y me digo –recuerda: cabeza, coneixement, txapela, ¿eh?
Volvía un día de correr, y de esto no hace mucho, y estaba ya llegando a casa. Iba callejeando cuando un coche frenó y se puso a mi lado. Me fijé y en él iban cuatro chicas de unos treinta y pocos años de rasgos sudamericanos, tal vez colombianas, tal vez venezolanas. Bajó una la ventanilla y me dijo:
-Papi, estás bueno.
Acto seguido la conductora aceleró desapareciendo. Tuve que dormir aquella noche en el rellano pues no cupe por la puerta de lo hueco que me puse. Al día siguiente todos los climaterios recibieron un correo en el que se les informaba de la creación dentro del equipo de la facción de los que están buenos –formada por mí- frente a la facción de los que no lo están –formada por todos los demás.
Me inscribí un año a la mal llamada San Silvestre valenciana (se corre el treinta de diciembre). Estaba por la salida cuando me encontré con Vicente Imán, compañero de la Escuela a quien no veía desde hacía tiempo, entre otras cosas porque al terminar la carrera se había ido a Méjico. Nos pusimos a charlar y como la conversación estaba muy interesante, aparte de que yo no estaba muy fino, decidí no disputarla y correrla tranquilamente con él. Delante de nosotros se veía una pancarta que decía –Rita nos deja con el culo al aire. Dieron la salida y comenzamos a correr. Al estirarse la carrera nos vimos detrás de los de la pancarta. Resultaron ser unos bomberos que protestaban y que corrían con mandil. Sólo con mandil (bueno, y las zapatillas). Por delante iban tapados. Por detrás no. Allí teníamos un montón de culos de bomberos delante de nosotros. No iban muy deprisa pero es que nosotros tampoco. Le dije a Vicente –Imán, me está dando apuro. Vamos a apretar. –Yo no puedo. Vete tú si quieres. Me quedé con él. Menos mal que poco a poco se nos fueron despegando y al final los perdimos de vista. Imagino que habría quien hubiese pagado por ver tanta espalda y tanto culo de bombero junto y, además, en movimiento. Como fundador y miembro único de la facción climateria de los que están buenos, y sin el menor asomo de envidia, he de decir que tampoco eran para tanto.
domingo 18 de marzo de 2012
martes 13 de marzo de 2012
Cosipói y los Urízar Azpitarte
La existencia brumosa del que pareció por un instante que iba a ser el grupo musical de mayor talento que jamás hubiese existido le ha conferido un carácter irreal que, por momentos, no permite discernir qué hay de leyenda y qué hay de veraz en su historia. Aquel grupo, que se fraguó en Valencia y que alcanzó existencia corpórea en Salamanca, estaba constituido por Luis Santángel a la batería, el Tiquis al bajo, F. Sanfélix a la flauta travesera, Zeppo tocando todo lo demás siendo María la cantante. Creados bajo la advocación de la Gran Medusa, fueron los Cosipói y los Urízar Azpitarte un grupo heterogéneo en su planteamiento con un número tal de influencias que considerarlo ecléctico sería quedarse en la superficie. Los Cosipói publicaron de manera casi clandestina un primer disco de nombre "Cosipoíto" que, en palabras de la propia banda -es como un hijo para nosotros. Un disco que contenía canciones inolvidables como “La cagaste, Barrymore”, “Famoso por sus despejes de cabeza”, “Amanita faloide”, “Fue Álex” y “Café, sí”. Este disco, sin promoción alguna, sólo con el runrún y el boca a boca convirtió a la banda y a sus miembros en verdaderas referencias siendo sus opiniones muy celebradas en los círculos culturales más selectos y pedantes.
Al primer disco le siguió el segundo (suele ocurrir), de nombre "Cosiposi", un disco más sesudo, reflexivo e intimista, que tenía la peculiaridad de que todas sus canciones se titulaban “Mónica Bellucci” y todas tenían la misma letra. Constituyó un trabajo arduo y extenuante el crear las melodías y encajarlas, pero el talento de Zeppo, siempre sorprendente, siempre excelso, superó con nota el reto. El éxito de este disco fue tal que incluso tuvieron la posibilidad de realizar una actuación en el celebérrimo local llamado "Que esto no parece Calahorra, que esto ya parece Washingtón”, actuación que fue suspendida por motivos de salud de Sanfélix, siempre tan enclenque y tan birrita. La letra de las canciones, que vamos a adjuntar, refleja a las claras un estado de ánimo inquieto y bastante pretencioso, con unas influencias siempre notorias y una lucidez que se creyó aventajada a su tiempo. La letra no ha envejecido bien, es evidente. Los destellos de una adolescencia tardía distorsionan los efectos deseados. Pero esta letra, aunque muerta en vida, es inmortal. Por eso se acompaña.
Fuimos felices.
¡Oh sí!
Nuestro amor empezó como la luna roe el terciopelo.
¡Oh también!
Te vi y tú me viste y la tierra comenzó a rodar porque hasta entonces no lo había hecho.
Nuestras miradas pusieron en marcha el resorte versátil de la partitura
neominimalista.
(Coros: Ariquitáun, taun, taun).
Tú me querías.
Yo te quería.
No he vuelto a quedar en Antioquía.
Como ephemeras en estado no larvario vivimos.
Pero el sueño
murió.
¡Oh, no!
Fuiste torpe.
Lo sabes.
Llevarte el cuchillo a la boca fue un error.
Y yo no perdono.
¡Oh, tampoco!
Ahora sufres mi desgana y mi olvido.
Te arrastras llorando por las esquinas.
Utilizas la paleta de pescado.
Dominas el código sumerio.
Pero no es suficiente.
Vivirás el latrocinio ignominioso de la presunta dejadez parda
como algo irreal.
Yo triunfo. Es mi sino.
(Coros: Ay qué dolor. Ay qué dolor).
Vivo el tiempo como la máquina descubre la llave maestra
que abre la cerradura inexistente.
No hay perdón. Yeah.
Pero el éxito minó a la banda. Las rencillas, insidias y miserias del grupo con respecto a Zeppo, verdadero motor y talento, alma pater y mater, referencia, icono, factótum, líder espiritual, carismático y de un sex-appeal desbordante e irrefrenable, fueron en aumento hasta hacerlo estallar. Preparaban entonces su tercer disco, que se iba a llamar "Pustulina Mierdalojo". Tenían ya algunas canciones preparadas, como: “Se medial”; “Ha sido pase” y “La papada intrínseca”, canciones que se perdieron por el camino verde, camino verde, desintegrándose.
Y el sueño se derrumbó. El hechizo terminó. La estrella se apagó. La luz que pareció iba a ser eterna, se consumió. Y comenzó la leyenda.
Al primer disco le siguió el segundo (suele ocurrir), de nombre "Cosiposi", un disco más sesudo, reflexivo e intimista, que tenía la peculiaridad de que todas sus canciones se titulaban “Mónica Bellucci” y todas tenían la misma letra. Constituyó un trabajo arduo y extenuante el crear las melodías y encajarlas, pero el talento de Zeppo, siempre sorprendente, siempre excelso, superó con nota el reto. El éxito de este disco fue tal que incluso tuvieron la posibilidad de realizar una actuación en el celebérrimo local llamado "Que esto no parece Calahorra, que esto ya parece Washingtón”, actuación que fue suspendida por motivos de salud de Sanfélix, siempre tan enclenque y tan birrita. La letra de las canciones, que vamos a adjuntar, refleja a las claras un estado de ánimo inquieto y bastante pretencioso, con unas influencias siempre notorias y una lucidez que se creyó aventajada a su tiempo. La letra no ha envejecido bien, es evidente. Los destellos de una adolescencia tardía distorsionan los efectos deseados. Pero esta letra, aunque muerta en vida, es inmortal. Por eso se acompaña.
Fuimos felices.
¡Oh sí!
Nuestro amor empezó como la luna roe el terciopelo.
¡Oh también!
Te vi y tú me viste y la tierra comenzó a rodar porque hasta entonces no lo había hecho.
Nuestras miradas pusieron en marcha el resorte versátil de la partitura
neominimalista.
(Coros: Ariquitáun, taun, taun).
Tú me querías.
Yo te quería.
No he vuelto a quedar en Antioquía.
Como ephemeras en estado no larvario vivimos.
Pero el sueño
murió.
¡Oh, no!
Fuiste torpe.
Lo sabes.
Llevarte el cuchillo a la boca fue un error.
Y yo no perdono.
¡Oh, tampoco!
Ahora sufres mi desgana y mi olvido.
Te arrastras llorando por las esquinas.
Utilizas la paleta de pescado.
Dominas el código sumerio.
Pero no es suficiente.
Vivirás el latrocinio ignominioso de la presunta dejadez parda
como algo irreal.
Yo triunfo. Es mi sino.
(Coros: Ay qué dolor. Ay qué dolor).
Vivo el tiempo como la máquina descubre la llave maestra
que abre la cerradura inexistente.
No hay perdón. Yeah.
Pero el éxito minó a la banda. Las rencillas, insidias y miserias del grupo con respecto a Zeppo, verdadero motor y talento, alma pater y mater, referencia, icono, factótum, líder espiritual, carismático y de un sex-appeal desbordante e irrefrenable, fueron en aumento hasta hacerlo estallar. Preparaban entonces su tercer disco, que se iba a llamar "Pustulina Mierdalojo". Tenían ya algunas canciones preparadas, como: “Se medial”; “Ha sido pase” y “La papada intrínseca”, canciones que se perdieron por el camino verde, camino verde, desintegrándose.
Y el sueño se derrumbó. El hechizo terminó. La estrella se apagó. La luz que pareció iba a ser eterna, se consumió. Y comenzó la leyenda.
jueves 8 de marzo de 2012
Se equivocaba

Ahí están, comiendo el pan que alguien les ha echado. Ocupan la ciudad, la llenan de heces y la gente les da de comer. En la plaza de la Virgen venden grano para alimentarlas y conseguir bonitas fotos con ellas cuando debieran alquilar escopetas de perdigones y, por cada diez palomas abatidas, visita guiada a la catedral gratuita con fotos con el arzobispo junto al Santo Cáliz y el brazo incorrupto de San Vicente. Pero no, la gente les echa de comer. Ceremonia inaugural del Mundial de España 82. Un niño grimoso salió al centro del campo con un balón. Lo abrió y una paloma comenzó a volar. Un momento emotivo cargado de simbolismo para algunos. Un verdadero monumento al repelús para otros. En aquella misma ceremonia cientos de personas compusieron sobre el césped la imagen de la paloma de la paz de Picasso, con su ramita de olivo en el pico. Ya podía Noé haber soltado un buitre leonado. No había ceremonia sin palomas ni sin suelta de las mismas, aunque en los Juegos Olímpicos tenían cierto encanto ya que, tras encenderse el pebetero y realizarse la suelta, siempre unas cuantas pasaban por encima de la llama olímpica donde morían socarradas. Y la paloma como símbolo del Espíritu Santo. Eso es imagen de marca. Eso es criar fama y echarse a dormir. O a defecar. Las palomas ocupando las ciudades, llenándolas de heces, sin otra utilidad que la de dar trabajo a las tintorerías, lavaderos de coches y empresas de limpiezas de fachadas. Y la gente les echa de comer. Es una invasión silenciosa. Es una invasión paciente. Las palomas educando a los humanos, domesticándolos. El Gran Palomo acecha. El Gran Palomo, que tal vez sea cojo, tal vez no, pero que seguro lleva un parche en el ojo como Aníbal Barca, observa con satisfacción cómo sus planes se van cumpliendo. La gran invasión está próxima. Las palomas conquistarán el mundo. Las palomas nos someterán. Despertemos de nuestro letargo. Destruyamos a las palomas. Aniquilémoslas. Combatamos a nuestro real enemigo. Todos a las barricadas.
sábado 3 de marzo de 2012
Benicásim über alles
Hace ya unos cuantos años estaba cambiándome en un vestuario. Tenía junto a mí a dos tíos y uno le contaba al otro el fin de semana que había pasado en Benicásim. El que estaba de oyente, en un respiro del primero, aprovechó para preguntar:
-Pero, ¿hay ambiente en Benicásim?
-La caña, nano. Alemanas por un tubo.
Y siguieron con la conversación con el segundo aceptando la respuesta. Yo, por prudencia y por educación, nada dije pero ganas me dieron de preguntarles:
-Perdona, pero ¿eso significa que sí hay ambiente o que no?
Era por ignorancia, por supuesto. No sé si cuando se juntan un grupo de alemanas, sean éstas jugadoras de voleibol, componentes del equipo de lanzamientos de la DDR o jugadoras de ajedrez, aquello es la juerga padre y no hay nadie en el contorno que no se divierta. No lo sé. Desde luego mucha fama no tienen, pues la gente se suele ir antes de pendoneo a La Habana o a Río de Janeiro que a Bremen o a Friburgo, pero ya digo que pudiera ser. De todas formas lo que me llamó la atención fue el hecho de que haya respuestas que se acepten como indiscutibles y realmente no lo sean. Y recordé entonces otro ejemplo también festero y noctámbulo. Si tú preguntas a alguien -¿qué tal lo pasaste anoche?- lo raro es que te responda dónde estuvo, con quién o haciendo qué. Lo normal es que te responda –Muy bien. Me acosté a las seis. O a las siete. O a las cinco. Y, vamos a ver, ¿qué relación tiene la hora en que te acostaste con cómo te lo pasaste? Yo no le encuentro ninguna. Y se da por hecho que cuanto más tarde te fuiste a la cama más te divertiste. Y la relación de contraejemplos que tiran por tierra dicha afirmación es infinita. Y, sin embargo, se sigue aceptando. Salí entonces corriendo del vestuario y logré alcanzar a los dos fulanos:
-Perdonad que os moleste, pero es que tengo una duda, una duda existencial. Si sales de fiesta y terminas acostándote a las mil quinientas después de haber pasado la noche en un tugurio repleto de alemanas, ¿es eso la felicidad?
-Pero, ¿hay ambiente en Benicásim?
-La caña, nano. Alemanas por un tubo.
Y siguieron con la conversación con el segundo aceptando la respuesta. Yo, por prudencia y por educación, nada dije pero ganas me dieron de preguntarles:
-Perdona, pero ¿eso significa que sí hay ambiente o que no?
Era por ignorancia, por supuesto. No sé si cuando se juntan un grupo de alemanas, sean éstas jugadoras de voleibol, componentes del equipo de lanzamientos de la DDR o jugadoras de ajedrez, aquello es la juerga padre y no hay nadie en el contorno que no se divierta. No lo sé. Desde luego mucha fama no tienen, pues la gente se suele ir antes de pendoneo a La Habana o a Río de Janeiro que a Bremen o a Friburgo, pero ya digo que pudiera ser. De todas formas lo que me llamó la atención fue el hecho de que haya respuestas que se acepten como indiscutibles y realmente no lo sean. Y recordé entonces otro ejemplo también festero y noctámbulo. Si tú preguntas a alguien -¿qué tal lo pasaste anoche?- lo raro es que te responda dónde estuvo, con quién o haciendo qué. Lo normal es que te responda –Muy bien. Me acosté a las seis. O a las siete. O a las cinco. Y, vamos a ver, ¿qué relación tiene la hora en que te acostaste con cómo te lo pasaste? Yo no le encuentro ninguna. Y se da por hecho que cuanto más tarde te fuiste a la cama más te divertiste. Y la relación de contraejemplos que tiran por tierra dicha afirmación es infinita. Y, sin embargo, se sigue aceptando. Salí entonces corriendo del vestuario y logré alcanzar a los dos fulanos:
-Perdonad que os moleste, pero es que tengo una duda, una duda existencial. Si sales de fiesta y terminas acostándote a las mil quinientas después de haber pasado la noche en un tugurio repleto de alemanas, ¿es eso la felicidad?
martes 28 de febrero de 2012
Estanis debe morir
Para nosotros el fútbol era un deporte en el cual se enfrentaban once contra once con gran entusiasmo, con un balón que era muy grande y que pesaba mucho, que se jugaba en un patatal y donde se podía ganar y se solía perder. Varios fueron los años que jugué al fútbol: uno en el secarral en una liga comarcal de juveniles y luego otros cuatro o cinco en el Politécnico, en la liga universitaria. Nuestro equipo era el “Patá i avant”, es decir, el patada a seguir, y era un nombre que se ajustaba muy bien a nuestro estilo de juego, porque nosotros jugábamos un fútbol basado en el rugby o el fútbol americano: dividíamos el campo por zonas y lo importante era siempre el ir ganando metros, por lo que, habitualmente, solíamos estar todos por detrás del balón. Es muy bonito ver el fútbol por la tele y parece muy fácil, pero es que el fútbol de la tele es irreal. Dices, vale, vamos a sacar el balón jugado. Y pasas el balón al compañero. Y el balón, que es una cosa enorme y que pesa un montón, le llega botando, y éste, entonces, pone el pie. Y el balón no se para sino que rebota y hasta que se controla ya ha llegado el delantero. Un riesgo. No jugamos al pie. Con este campo y este balón es imposible. Cambio de táctica. Cabe la posibilidad de que el portero saque al patadón. Muy bien. Saca el portero, ¿y entonces? Entonces todos se apartan. Nadie quiere saber nada. Siempre hay alguno que, sobre todo al principio, va y le da de cabeza mientras todos gritan ¡no! El balón es de hormigón armado y, aunque nos sabemos la teoría de que la cabeza ha de ir al balón y no al revés, el que ha dado el cabezazo tratará de disimular pero todos sabemos que ya está perdido para el resto del partido y que ya no hará más que deambular con enajenación mental transitoria y politraumatismo craneoencefálico. Cuando el portero saca también es tontería el tratar de controlarlo con el pie. Eso es imposible. En la tele queda bien, pero si tú pones el píe el balón saldrá disparado hacia cualquier sitio. Lo más que podíamos hacer era tratar de pararlo con la planta a contrabote. Y tampoco. Así que tirábamos el balón fuera, presionábamos el saque de banda y así íbamos avanzando hasta llegar al borde del área. Y entonces tampoco mirábamos a la portería. Parece fácil verte de frente al borde del área, dar dos pasos y pegarle con el alma. Y alguna vez sucumbíamos a la tentación. Y entonces podían pasar dos cosas: o el balón se iba a las nubes o el balón ya había botado tres veces antes de entrar en el área y llegaba despacísimo a las manos del portero con todos los rivales descojonados y los tuyos abroncándote entre risas. Por eso los goles los metíamos dando pases avanzados al compañero (jamás al pie) y metiéndonos todo el equipo con el balón dentro de la portería. Si no, ni por asomo. En aquel campo y con aquel balón era imposible. Ya digo que en la tele queda muy bien, pero siempre tuve la certeza de que los profesionales juegan sobre moqueta y con balones de goma o de playa, si no de qué esos pases largos, esos zambombazos, esos controles y esos cabezazos.
Y luego estaban nuestros sueños. Todos estábamos seguros de que teníamos aptitudes y de que allí se estaban desaprovechando. Y si no estábamos jugando en Primera era por algo circunstancial, cuestión de mala suerte. Simplemente no habíamos estado ni en el lugar ni en el momento exacto. Y estábamos todos convencidos de que alguna vez pasaría alguien que se fijaría en algo imperceptible, verdadera esencia de nuestro talento, que nos llamaría y que nos pondría en nuestro sitio natural, es decir, en Primera División y jugando Champions, Europeos y Mundiales. Porque nosotros condiciones para jugar en patatales con balones gigantes de hormigón, ninguna, pero para jugar con balones de goma o de playa sobre moqueta, vamos, Pelé y nosotros y no sé si por ese orden.
Y llegó Estanis. Estanis estudiaba en el Politécnico y jugaba en Tercera División. Nos dijeron que se estaba recuperando de una lesión y que por eso le dejaban jugar en nuestra liga, para que cogiese ritmo. Aquel tío era un fenómeno. No sé qué hacía pero todos los balones le llegaban siempre a él. Siempre estaba bien situado. Y cuando le caía el balón lo paraba y lo dejaba muerto. Y le daba de cabeza. Y no se moría. Y en sus pies el balón tenía un tamaño normal. Y era una maravilla verlo entrar por la banda. Y jugaba con las dos piernas. Y tiraba desde fuera del área y el balón llegaba a la portería a una velocidad pasmosa. Y se hinchó a meternos goles. Y ese tío jugaba en Tercera. Ese tío jugaba en cuarta categoría. Y nosotros le odiábamos, no porque fuese un mal tipo, que no lo era, ni porque fuese un alquimista que transformase el hormigón en goma, que tampoco lo era, ni por envidia, sino porque sólo andando por el campo nos estaba diciendo a gritos lo malísimos que éramos, que dejásemos de soñar, que nos dedicásemos a estudiar y nos olvidásemos del fútbol porque éramos unos paquetes, porque éramos una banda, porque éramos malos como la carne de perro. Lo odiábamos porque ese tío estaba hecho del material con el que se destruyen los sueños. Jugó poco en nuestra liga. Desapareció dejando tras de sí una estela de desencanto. Y el fútbol nunca volvió a ser lo mismo. Nosotros sí. Seguimos siendo igual de malos, pero ahora que lo sabíamos jamás volvió a tener la misma gracia.
Y luego estaban nuestros sueños. Todos estábamos seguros de que teníamos aptitudes y de que allí se estaban desaprovechando. Y si no estábamos jugando en Primera era por algo circunstancial, cuestión de mala suerte. Simplemente no habíamos estado ni en el lugar ni en el momento exacto. Y estábamos todos convencidos de que alguna vez pasaría alguien que se fijaría en algo imperceptible, verdadera esencia de nuestro talento, que nos llamaría y que nos pondría en nuestro sitio natural, es decir, en Primera División y jugando Champions, Europeos y Mundiales. Porque nosotros condiciones para jugar en patatales con balones gigantes de hormigón, ninguna, pero para jugar con balones de goma o de playa sobre moqueta, vamos, Pelé y nosotros y no sé si por ese orden.
Y llegó Estanis. Estanis estudiaba en el Politécnico y jugaba en Tercera División. Nos dijeron que se estaba recuperando de una lesión y que por eso le dejaban jugar en nuestra liga, para que cogiese ritmo. Aquel tío era un fenómeno. No sé qué hacía pero todos los balones le llegaban siempre a él. Siempre estaba bien situado. Y cuando le caía el balón lo paraba y lo dejaba muerto. Y le daba de cabeza. Y no se moría. Y en sus pies el balón tenía un tamaño normal. Y era una maravilla verlo entrar por la banda. Y jugaba con las dos piernas. Y tiraba desde fuera del área y el balón llegaba a la portería a una velocidad pasmosa. Y se hinchó a meternos goles. Y ese tío jugaba en Tercera. Ese tío jugaba en cuarta categoría. Y nosotros le odiábamos, no porque fuese un mal tipo, que no lo era, ni porque fuese un alquimista que transformase el hormigón en goma, que tampoco lo era, ni por envidia, sino porque sólo andando por el campo nos estaba diciendo a gritos lo malísimos que éramos, que dejásemos de soñar, que nos dedicásemos a estudiar y nos olvidásemos del fútbol porque éramos unos paquetes, porque éramos una banda, porque éramos malos como la carne de perro. Lo odiábamos porque ese tío estaba hecho del material con el que se destruyen los sueños. Jugó poco en nuestra liga. Desapareció dejando tras de sí una estela de desencanto. Y el fútbol nunca volvió a ser lo mismo. Nosotros sí. Seguimos siendo igual de malos, pero ahora que lo sabíamos jamás volvió a tener la misma gracia.
jueves 23 de febrero de 2012
Con el pelo alborotado
Querido diario íntimo: me acabo de arrancar un pelo de las cejas con el que creo se podría amarrar perfectamente un transatlántico. Lo tengo ahí, sobre la mesa. Es una hermosura. Tiene personalidad propia. No es un pelo de ceja sino un pelo de sí mismo. Es un ente. Queda fuera de la máxima que rige el cabello y que afirma que éste ni se crea ni se destruye, sólo se traslada. Éste no es un pelo que haya desertado de la cabeza y se haya hecho fuerte en lugares tan distinguidos como pueden ser la espalda, los hombros, la nariz o las orejas. No. Es un pelo independiente, orgulloso. Es una manifestación individual. Quizá su aparición tenga que ver con el cementerio nuclear que nos van a montar en el secarral a un tiro de piedra y ya haya comenzado con las mutaciones (de aquí a no mucho este blog será radioactivo). O quizá sea una manifestación de la pubertad, querido diario íntimo, y por eso te lo cuento, porque tal vez los quince años estén llamando a mi puerta.
domingo 19 de febrero de 2012
Y sabrás que la guerra no ha hecho más que empezar
A principios del año noventa y siete Induráin anunció su retirada. El noventa y seis debiera haber sido espectacular, el año del sexto Tour. No fue así. No hizo calor aquel julio en Francia, el Tour fue un desastre, obligaron a Miguelón a correr la Vuelta (que empezó en Valencia aquel año. La primera etapa era un circuito urbano que pasaba por Blasco Ibáñez. Me bajé con mi padre. Recuerdo, en una de las vueltas, el clamor que acompañó a los ciclistas cuando estos se acercaron: Induráin se había puesto en cabeza del pelotón e iba tirando), Vuelta en la que terminó retirado en la etapa de los Lagos. También le obligaron a intentar el record de la hora, que fue un fiasco. Así, a final de año, quemado ya con los Echávarri y Unzúe, sin ver claro lo de irse a la ONCE y sintiéndose ya en la cuesta abajo, pensó que dinero ya tenía y que para ser una vieja gloria y hacer anuncios de magdalenas mejor en el sofá de su casa que sobre la bici, por lo que dijo adiós y se fue. Nosotros nos quedamos helados. Habíamos tocado el sexto Tour con los dedos y de repente nos sentíamos huérfanos. No concebíamos la vida sin Induráin. Era impensable un mes de julio sin Induráin. Y en esas llegó L., la mujer de un amigo nuestro, y nos dijo que menos pucheros que más lo sentía ella, que al fin y al cabo había estado embarazada a la vez que la mujer de Induráin, “y que eso unía mucho”. Shit yourself little parrot.
Se ha muerto Enrique Sierra. Al carro de Radio Futura me subí gracias a mis hermanas, que eran acérrimas. Por ellas descubrí “La ley del desierto. La ley del mar”, que siempre me pareció un disco portentoso, imprescindible. También “De un país en llamas”, más flojo pero con canciones muy buenas. Y “La canción de Juan Perro”, disco casi redondo con momentos antológicos. El resto tal vez lo escuché pero fui capaz de desecharlo hasta de mi memoria. Pero Radio Futura, en mi altarcillo de objetos, seres y recuerdos queridos, ocupa un lugar destacado. Y la muerte de Enrique Sierra no es que me llene de pesar pero sí que me hace sonreír con nostalgia. Y me impresiona, aunque no hasta el punto de sentirme huérfano por su pérdida. Al fin y al cabo, vivo o muerto Enrique Sierra va a ser para mí lo mismo. Aún así el caso es que también me he acordado de L. Me gustaría encontrarme con ella, tan dada a ser siempre la que más y la que menos, tan feliz ella, tan sufrida ella. La cogería y le diría –pues yo he sentido más que tú la muerte de Enrique Sierra, aunque te parezca imposible, ¿y sabes por qué? Pues porque él y yo grabamos un disco juntos. Enrique Sierra tocaba la guitarra. Yo hice los coros. Fue en octubre del año ochenta y nueve, en la Sala Arena de Valencia. Doble disco en directo de Radio Futura. Dos noches de grabación. En el primer concierto, junto a mis hermanas y algunas amigas suyas, allí estuvimos Maroto (en un estadio anterior pero apuntando ya maneras que le llevaron a convertirse en el hombre que más daño se ha hecho a sí mismo) y yo. Sí, sí. Maroto también. Nos lo pasamos muy bien. Muy bien. Un concierto inolvidable. Si lo escuchas podrás oír nuestras voces. Tal vez hoy vayas de luto y te creas la viuda de Enrique Sierra. Pero nosotros lo sentimos más que tú. Nosotros grabamos un disco con él. Y eso une mucho.
Se ha muerto Enrique Sierra. Al carro de Radio Futura me subí gracias a mis hermanas, que eran acérrimas. Por ellas descubrí “La ley del desierto. La ley del mar”, que siempre me pareció un disco portentoso, imprescindible. También “De un país en llamas”, más flojo pero con canciones muy buenas. Y “La canción de Juan Perro”, disco casi redondo con momentos antológicos. El resto tal vez lo escuché pero fui capaz de desecharlo hasta de mi memoria. Pero Radio Futura, en mi altarcillo de objetos, seres y recuerdos queridos, ocupa un lugar destacado. Y la muerte de Enrique Sierra no es que me llene de pesar pero sí que me hace sonreír con nostalgia. Y me impresiona, aunque no hasta el punto de sentirme huérfano por su pérdida. Al fin y al cabo, vivo o muerto Enrique Sierra va a ser para mí lo mismo. Aún así el caso es que también me he acordado de L. Me gustaría encontrarme con ella, tan dada a ser siempre la que más y la que menos, tan feliz ella, tan sufrida ella. La cogería y le diría –pues yo he sentido más que tú la muerte de Enrique Sierra, aunque te parezca imposible, ¿y sabes por qué? Pues porque él y yo grabamos un disco juntos. Enrique Sierra tocaba la guitarra. Yo hice los coros. Fue en octubre del año ochenta y nueve, en la Sala Arena de Valencia. Doble disco en directo de Radio Futura. Dos noches de grabación. En el primer concierto, junto a mis hermanas y algunas amigas suyas, allí estuvimos Maroto (en un estadio anterior pero apuntando ya maneras que le llevaron a convertirse en el hombre que más daño se ha hecho a sí mismo) y yo. Sí, sí. Maroto también. Nos lo pasamos muy bien. Muy bien. Un concierto inolvidable. Si lo escuchas podrás oír nuestras voces. Tal vez hoy vayas de luto y te creas la viuda de Enrique Sierra. Pero nosotros lo sentimos más que tú. Nosotros grabamos un disco con él. Y eso une mucho.
miércoles 15 de febrero de 2012
Voy derecho al desguace con mi nuevo disfraz
Debiera ser suficiente desgracia el caer enfermo pero no, todavía hemos de complicarlo más. Siempre me funcionó el sistema de curarme los constipados corriendo o, lo que es lo mismo, no cederle ni una pizca de terreno al resfriado. El domingo me planté en la salida de una carrera medio acatarrado y con bastante tos. La temperatura era de dos grados bajo cero y la sensación térmica (como se dice ahora) era de frío del carajo. ¿Que me tenía que haber quedado en casa? Tal vez, pero yo soy un chicarrón del secarral de la Mancha Baja conquense curtido por el viento solano, y el hecho de que lleve más de treinta años en el Levante feliz y primaveral no me va a hacer zozobrar ante un poco de frío. Además, si de algo estaba convencido era de que al final de la carrera estaría lozano y radiante. Pues no. Tiritando terminé, tiritando llegué a casa y tiritando me metí en la cama de donde me levanté cuarenta horas después todavía hecho una calamidad. Y, como decía, no es el caer enfermo sino todo lo que piensas porque lo que está claro es que ya no soy un chicarrón. Soy un señor mayor. El Levante feliz se me ha anexionado y un poco de frío se me lleva por delante. A partir de ahora, cuando me constipe, nada de correr. Tendré que abrigarme bien. Tendré que ir al ambulatorio. Tendré que tomar vahos de eucalipto. Tendré que comprarme un batín para estar en casa. Y unas zapatillas calentitas de cuadros. No es caer malo sino los años que te caen, que casualmente coinciden con los que tienes. Y luego otras tonterías. A mí me da por reflexionar sobre los límites de la realidad. ¿Qué es la realidad? Pues no lo sé. El hombre percibe en tres dimensiones y a través de cinco sentidos por lo que su noción de la realidad es muy limitada. Pero como todos percibimos más o menos lo mismo pues lo aceptamos y ya está. Pero luego tienes unas décimas de fiebre y todo cambia. Todo se distorsiona. Y te preguntas, ¿dónde está la realidad, antes o ahora? ¿Es la fiebre el camino hacia la verdad? ¿Vivimos en un mundo irreal de sombras y es la enfermedad nuestro breve interludio de luz y de realidad? Y los sueños que tienes. Sueños obsesivos. El domingo por la noche a mí me dolía todo, no sabía cómo ponerme, no sabía si estaba despierto o dormido, pero no paraba de repetir: –De la estrategia me encargo yo. La estrategia es fácil, pero primero habrá que definir cuáles son los objetivos. ¿Alguien lo sabe? Sin objetivos no hay estrategia. ¡No puede haber estrategia sin objetivos! Decídmelo, por favor. ¡Decidme de una vez cuáles son los objetivos! Y así una y otra vez. Y el objetivo es estar sano. Y la estrategia hoy es cuidarse y no hacer nunca más tonterías. Nunca. Pero eso es hoy. Mañana ya veremos.
jueves 9 de febrero de 2012
Steichen y la ira
Son fiestas en el secarral. Los críos son pequeños así que, siguiendo turno riguroso, me toca quedarme mientras Ana sale con su cuadrilla. –No tardes mucho que mañana hay que madrugar. –No te preocupes. Suena el despertador a las siete. Ana está todavía en el primer sueño por no llamarlo sueño cero. Me levanto. Desayuno. Cuarto de baño con abluciones completas y todo lo que se puede hacer en el baño a esas horas. –Steichen, decía. Tenemos que ir a ver a Steichen. Pues vamos. Reina Sofía y luego Caixa Fórum, que hay una exposición de Mucha que me gustaría ver. Pues vamos también. Juega Nadal la final olímpica. No pasa nada. Me apetece ir a Madrid aunque me pierda la final. Me apetece pasar el día allí aunque sea para ejercer de turista. A lo mejor es lo que soy ya en Madrid: un turista. No me importa. Quiero ir a Madrid a ser turista y a tomar cañas, aunque tenga que ver a Steichen, a Mucha y perderme a Nadal. Pero claro, ahora no iremos. ¿Cómo vamos a ir, a la hora que se ha acostado? Me da rabia esto. Me da mucha rabia. Si se hacen planes son para cumplirlos, y que sean las fiestas de tu pueblo no es excusa. Ya sabías que eran fiestas. Lo sabías cuando fijamos la fecha. Dijiste que sí. Y ahora no iremos. Dirás que estás mala. Dirás que no puedes. Dirás que no te apetece. Y ya tendremos el lío. Ya tendremos el lío. Pues, ¿sabes lo que te digo? Que me da igual. Me da igual. Cojo el petate y me voy. ¿No dijimos que íbamos a ir a Madrid? Lo dijimos, ¿no? Pues yo me voy. Y no me importa que vengas o no. Aunque me tenga que tomar las cañas yo solo. Aunque me achicharre solo paseando por el Retiro. Yo me voy. Yo me voy.
-Ana, levanta, que es la hora.
-Ah, vale.
Y se levantó.
-Vamos a ver, ¿cómo que ah, vale? Esa no es la respuesta. La respuesta es que no quieres ir, que estás cansada, que no te apetece. ¿Tú te crees que puedes chafarme este fabuloso cabreo que me he cogido yo solo? No tienes ningún derecho. Los enfados están para disfrutarlos y yo ahora tendría que explotar para quedarme a gusto. No me puedo tragar este sapo. No puedes levantarte ahora tan tranquila y dejarme de cabreo interruptus. Eso no se hace. Eso no se hace.
-¿Tú estás tonto?
Nos fuimos a Madrid. Vimos a Steichen. Vimos a Mucha. Ganó Nadal. Tomamos cañas. Se me pasó el cabreo. Se me pasó enseguida.
-Ana, levanta, que es la hora.
-Ah, vale.
Y se levantó.
-Vamos a ver, ¿cómo que ah, vale? Esa no es la respuesta. La respuesta es que no quieres ir, que estás cansada, que no te apetece. ¿Tú te crees que puedes chafarme este fabuloso cabreo que me he cogido yo solo? No tienes ningún derecho. Los enfados están para disfrutarlos y yo ahora tendría que explotar para quedarme a gusto. No me puedo tragar este sapo. No puedes levantarte ahora tan tranquila y dejarme de cabreo interruptus. Eso no se hace. Eso no se hace.
-¿Tú estás tonto?
Nos fuimos a Madrid. Vimos a Steichen. Vimos a Mucha. Ganó Nadal. Tomamos cañas. Se me pasó el cabreo. Se me pasó enseguida.
domingo 5 de febrero de 2012
Pater familias
Si mi padre me hace algún encargo o me pide algún favor dejo todo lo que esté haciendo en ese momento, por importante que sea, y cumplo con el cometido solicitado. No me mueve ni la devoción filial ni un exagerado sentido de la obediencia. Tal y como mi padre te encarga algo, enseguida empieza con las llamadas y los recordatorios. Las veinte primeras llamadas (en menos de un día) son del tipo –perdona que te moleste, ya sé que no es importante y no corre prisa pero no te olvides que… A partir de la vigésima ya cambia el tono y empieza con el victimismo y el sedapenismo –claro, viejo que soy ya y cada vez más solo. Yo confío en mi hijo y ¿qué me encuentro? La desgana. La desidia. El olvido. Supongo que tendré que aprender la lección. Esto es lo que me espera. Es por eso que no dejo que me llame ni una vez. Voy, lo hago y una cosa menos. El problema es que ahí no termina todo pues luego viene cuando me da las gracias, algo que hace con mucho sentimiento y termina emocionado. Joder, que no es para tanto. En fin.
Más interesante se pone todo cuando el encargo tiene cierta complejidad. Pongamos un ejemplo: me pide que le pase la ITV. La complejidad viene porque tengo que ir a recoger el coche y luego devolvérselo. Vivo a un cuarto de hora andando de su casa. Yo no le veo problema: voy dando un paseo, cojo el coche, paso la inspección, se lo devuelvo, me vuelvo andando y asunto concluido. No. Otras veinte llamadas del tipo –casi mejor te recojo, luego me dejas, luego me recoges, a mitad de camino, ahí no que hay un carril bus, veinte metros detrás, mejor al otro lado de la calle y así luego aprovecho, casi mejor ven, no vengas, voy, no voy. La leche.
Cuando más disfruta mi padre es con la concentración familiar anual. Los días previos nos cose a correos sobre itinerarios, alternativas, información meteorológica y demás. El día del viaje él suele ir por delante. Ese día los de Telefónica se forran (y cuando digo Telefónica es Telefónica. Mi padre es de Telefónica y de El Corte Inglés. No digo que tenga acciones o que participe de sus beneficios. Hay gente que tiene devoción por unos colores deportivos. Otros se identifican con unas siglas políticas. Otros toman partido por unos concursantes televisivos. Mi padre es de Telefónica y de El Corte Inglés. Festeja sus resultados económicos, los cuales vive como si fueran propios, y trata de hacer proselitismo constantemente como si llevase comisión. En ese sentido mi madre se le parece sólo que ella es de Televisión Española. Vive pendiente de los resultados de audiencia del día anterior. Si gana Televisión Española está contenta. Si no, rabia. Si quieres amargarle la Nochevieja a mi madre no tienes más que comentar quiénes van a dar las Campanadas en la competencia. Sólo pensar en la posibilidad de que no va a ver las Campanadas en la Primera la hace ponerse verde de ira e indignación). Y los de Telefónica se frotan las manos ese día porque no para de llamar –por dónde vais, y los críos, hay niebla, hay un bache, hay un accidente, llueve, no llueve, no hay niebla, no hay baches, cuando llegues la primera rotonda no, la segunda, no te metas dentro, avisa cuando estés cerca y ya te guío. Y como somos cuatro hermanos en cuatro coches, pues multiplica.
Y cuando ya hemos llegado y nos sentamos los diecinueve a comer o a cenar, en una o dos mesas, mi padre está gracioso y simpaticón sintiéndose el patriarca del gran clan mientras mi madre sólo está pendiente de que nadie hable alto no vayamos a molestar y de que no sobre comida. Y los cuatro hermanos nos miramos, suspiramos y nos quedamos pensando –hay que ver lo que nos van a costar de criar.
Más interesante se pone todo cuando el encargo tiene cierta complejidad. Pongamos un ejemplo: me pide que le pase la ITV. La complejidad viene porque tengo que ir a recoger el coche y luego devolvérselo. Vivo a un cuarto de hora andando de su casa. Yo no le veo problema: voy dando un paseo, cojo el coche, paso la inspección, se lo devuelvo, me vuelvo andando y asunto concluido. No. Otras veinte llamadas del tipo –casi mejor te recojo, luego me dejas, luego me recoges, a mitad de camino, ahí no que hay un carril bus, veinte metros detrás, mejor al otro lado de la calle y así luego aprovecho, casi mejor ven, no vengas, voy, no voy. La leche.
Cuando más disfruta mi padre es con la concentración familiar anual. Los días previos nos cose a correos sobre itinerarios, alternativas, información meteorológica y demás. El día del viaje él suele ir por delante. Ese día los de Telefónica se forran (y cuando digo Telefónica es Telefónica. Mi padre es de Telefónica y de El Corte Inglés. No digo que tenga acciones o que participe de sus beneficios. Hay gente que tiene devoción por unos colores deportivos. Otros se identifican con unas siglas políticas. Otros toman partido por unos concursantes televisivos. Mi padre es de Telefónica y de El Corte Inglés. Festeja sus resultados económicos, los cuales vive como si fueran propios, y trata de hacer proselitismo constantemente como si llevase comisión. En ese sentido mi madre se le parece sólo que ella es de Televisión Española. Vive pendiente de los resultados de audiencia del día anterior. Si gana Televisión Española está contenta. Si no, rabia. Si quieres amargarle la Nochevieja a mi madre no tienes más que comentar quiénes van a dar las Campanadas en la competencia. Sólo pensar en la posibilidad de que no va a ver las Campanadas en la Primera la hace ponerse verde de ira e indignación). Y los de Telefónica se frotan las manos ese día porque no para de llamar –por dónde vais, y los críos, hay niebla, hay un bache, hay un accidente, llueve, no llueve, no hay niebla, no hay baches, cuando llegues la primera rotonda no, la segunda, no te metas dentro, avisa cuando estés cerca y ya te guío. Y como somos cuatro hermanos en cuatro coches, pues multiplica.
Y cuando ya hemos llegado y nos sentamos los diecinueve a comer o a cenar, en una o dos mesas, mi padre está gracioso y simpaticón sintiéndose el patriarca del gran clan mientras mi madre sólo está pendiente de que nadie hable alto no vayamos a molestar y de que no sobre comida. Y los cuatro hermanos nos miramos, suspiramos y nos quedamos pensando –hay que ver lo que nos van a costar de criar.
martes 31 de enero de 2012
Lamento no morro (Tu quoque?)
Lo de educar a los hijos más o menos lo tenemos claro. Más o menos. Tal y como nacieron nos sentamos con ellos y les hablamos muy seriamente: vamos a ver, que sepáis que somos de los que pensamos que en esta vida se trata de ser felices y procuraremos, en lo que esté en nuestra mano, ayudaros en ese camino. Iremos a vuestro lado como pastores con un bastón y si hay que dar un bastonazo en el suelo, lo daremos. Y el camino de vuestra felicidad lo terminaréis eligiendo vosotros aunque, y aquí tomé yo la palabra, con condiciones, claro, que no todo va a ser tan idílico. Queda terminantemente prohibido que en esta vida vuestra seáis merengues, culés, médicos, periodistas, abogados ni drogadictos. Y tú, hija mía, que sepas que si eliges el camino del convento me harás muy feliz (qué mal lo voy a pasar con mi hija). El caso es que no hemos empezado con buen pie pues mi hijo cada día es más del Barça y empiezo a pensar que esa guerra la tengo perdida aunque aún no me he rendido. Todavía es muy pronto y siempre me quedará en la manga el as del chantaje. Y por lo demás, pues ahí vamos, paso a paso, día a día.
Dentro de su educación está el tema de sus referentes culturales. Aún son muy críos pero hay que estar en guardia. La música que suena cuando vamos en el coche no es cualquiera. Los libros que hay en casa y que sus padres leen no son cualquiera. Lo mismo con el cine. Una de las razones por la cuales considero que somos una generación de supervivientes es porque conseguimos sobrevivir al “Un, dos, tres”. Te pasabas la semana escuchando cómo todo el mundo repetía la frasecita o el estribillo de algún personaje que salía allí. El bombardeo fue atroz y, aunque con taras, logramos salir adelante. Y ahora mismo vivimos en una época que no es mejor que la nuestra. Hay que estar en guardia. Hay que estar atentos. No se tata de imponer mis gustos, no. Se trata de protegerlos no de lo que no me gusta sino de lo que me repele, de mis fobias. No es lo mismo (aunque lo parezca). Los referentes culturales de mis hijos son uno de los pilares de su educación y ahí estoy, con el bastón en la mano, presto y dispuesto, repartiendo garrotazos a diestro y siniestro.
Juega el Real Madrid un partido en Málaga y marca un gol. Dos de sus jugadores lo celebran haciendo el canelo. Nada nuevo bajo el sol. Jugadores del Real Madrid haciendo el canelo es una redundancia. La prensa lo celebra como si fuese una gran noticia. Es el baile de una canción que se ha hecho popular en Brasil de un tal Michel Teló. Se avecina el peligro. Contemplar a mi hermano y a un amigo del secarral (FV) deleitándose con el vídeo con la babilla colgando me puso en alerta. Luego la actitud de otros adultos levitando al escuchar la canción de marras me hizo preocuparme más aunque, bueno, hemos sobrevivido a infinidad de canciones horrendas con bailecito que se pusieron de moda así que podremos con ésta. Lo que me asustó fue hablar con amigos cuyos hijos habían sido abducidos por la canción. Y no eran casos aislados. Eran clases enteras. Cursos enteros. Incluso mis sobrinos, mis propios sobrinos también habían sido arrastrados. La situación era límite. Estaba con el ordenador. Llegó mi crío. Lo cogió. Puso el Youtube. Escribió Michel Teló. Seleccionó la canción. Empezó a sonar y la cantó en perfecto portugués dándolo todo. No podía ser verdad. No podía ser verdad. –Hijo mío, tú no me puedes hacer esto. Tú no puedes. Ven. Ven conmigo. Mira, aquí tienes discos de Antonio Carlos Jobim, de Sergio Mendes, de Jorge Ben, de Elis Regina, de Joao Gilberto. Mira, aquí tienes discos de Toquinho, de Vinicius de Moraes, de Chico Buarque, de Caetano Veloso, de Miucha. Mira, aquí tienes discos de Roberto Carlos, de María Bethania, de Baden Powell, de María Creuza, de Astrud Gilberto. Todos estos músicos son brasileños. Todos estos músicos me gustan. Todos estos músicos son referentes para tu padre. Tu educación musical es muy importante para mí. No puede ser que el primer gañán que venga de Brasil tire por tierra mi labor de años. No me puedes hacer esto. No me lo puedes hacer.
Pues sí que ha podido. Y sin el menor remordimiento. Y todavía podía ser peor. Ya no se conforma con ganarme al fútbol en el pasillo haciendo trampas. Ahora también, el muy cabronazo, acompaña cada uno de sus goles cantando y haciendo el bailecito. Y su hermana le acompaña en los cánticos y los bailes. Acabo de empezar y ya siento que he fracasado como padre. Envaino el bastón. Haced lo que os dé la gana. Y las tablas de multiplicar que te las repase Michel Teló.
Dentro de su educación está el tema de sus referentes culturales. Aún son muy críos pero hay que estar en guardia. La música que suena cuando vamos en el coche no es cualquiera. Los libros que hay en casa y que sus padres leen no son cualquiera. Lo mismo con el cine. Una de las razones por la cuales considero que somos una generación de supervivientes es porque conseguimos sobrevivir al “Un, dos, tres”. Te pasabas la semana escuchando cómo todo el mundo repetía la frasecita o el estribillo de algún personaje que salía allí. El bombardeo fue atroz y, aunque con taras, logramos salir adelante. Y ahora mismo vivimos en una época que no es mejor que la nuestra. Hay que estar en guardia. Hay que estar atentos. No se tata de imponer mis gustos, no. Se trata de protegerlos no de lo que no me gusta sino de lo que me repele, de mis fobias. No es lo mismo (aunque lo parezca). Los referentes culturales de mis hijos son uno de los pilares de su educación y ahí estoy, con el bastón en la mano, presto y dispuesto, repartiendo garrotazos a diestro y siniestro.
Juega el Real Madrid un partido en Málaga y marca un gol. Dos de sus jugadores lo celebran haciendo el canelo. Nada nuevo bajo el sol. Jugadores del Real Madrid haciendo el canelo es una redundancia. La prensa lo celebra como si fuese una gran noticia. Es el baile de una canción que se ha hecho popular en Brasil de un tal Michel Teló. Se avecina el peligro. Contemplar a mi hermano y a un amigo del secarral (FV) deleitándose con el vídeo con la babilla colgando me puso en alerta. Luego la actitud de otros adultos levitando al escuchar la canción de marras me hizo preocuparme más aunque, bueno, hemos sobrevivido a infinidad de canciones horrendas con bailecito que se pusieron de moda así que podremos con ésta. Lo que me asustó fue hablar con amigos cuyos hijos habían sido abducidos por la canción. Y no eran casos aislados. Eran clases enteras. Cursos enteros. Incluso mis sobrinos, mis propios sobrinos también habían sido arrastrados. La situación era límite. Estaba con el ordenador. Llegó mi crío. Lo cogió. Puso el Youtube. Escribió Michel Teló. Seleccionó la canción. Empezó a sonar y la cantó en perfecto portugués dándolo todo. No podía ser verdad. No podía ser verdad. –Hijo mío, tú no me puedes hacer esto. Tú no puedes. Ven. Ven conmigo. Mira, aquí tienes discos de Antonio Carlos Jobim, de Sergio Mendes, de Jorge Ben, de Elis Regina, de Joao Gilberto. Mira, aquí tienes discos de Toquinho, de Vinicius de Moraes, de Chico Buarque, de Caetano Veloso, de Miucha. Mira, aquí tienes discos de Roberto Carlos, de María Bethania, de Baden Powell, de María Creuza, de Astrud Gilberto. Todos estos músicos son brasileños. Todos estos músicos me gustan. Todos estos músicos son referentes para tu padre. Tu educación musical es muy importante para mí. No puede ser que el primer gañán que venga de Brasil tire por tierra mi labor de años. No me puedes hacer esto. No me lo puedes hacer.
Pues sí que ha podido. Y sin el menor remordimiento. Y todavía podía ser peor. Ya no se conforma con ganarme al fútbol en el pasillo haciendo trampas. Ahora también, el muy cabronazo, acompaña cada uno de sus goles cantando y haciendo el bailecito. Y su hermana le acompaña en los cánticos y los bailes. Acabo de empezar y ya siento que he fracasado como padre. Envaino el bastón. Haced lo que os dé la gana. Y las tablas de multiplicar que te las repase Michel Teló.
viernes 27 de enero de 2012
Res publica
Churches es profesor universitario y cuando habla contigo lo hace con gravedad, con solemnidad, con mucho empaque. Lo suelo dejar un rato porque me hace mucha gracia escucharle así. Luego le doy una colleja y le digo –Churches, que soy yo. Y entonces reacciona y vuelve a ser el de siempre. Nos conocemos de hace mucho y nos conocemos bien. Fuimos juntos al colegio y de allí, a la hora de ir a la universidad, pasamos al Politécnico donde, aparte de Escuela, profesores y asignaturas, también compartimos muchas horas de fútbol y de fútbol sala. Como era buen estudiante logró meterse en una cátedra donde preparó el proyecto y donde terminó quedándose. Luego hizo el doctorado, sacó la plaza y allí está, impartiendo, investigando, conspirando, criticando y haciendo todo lo que se pueda hacer dentro de una cátedra.
No hace mucho volví a verlo. Teníamos una obra en el Politécnico y decidí pasarme por la Escuela. Me acerqué en parte por curiosidad, por ver cómo estaba y lo que había cambiado, pero sobre todo por sentimentalismo, por darme una vuelta por mi pasado. Paseando estaba por allí cuando me vi a Churches muy trajeado.
-Te veo muy guapetón. No me digas que ahora os han puesto uniforme y os patrocina Emidio Tucci. ¿La comisión se la ha quedado el conseller o es cosa del rector?
-Menos coñas. Lo que ocurre es que ahora mimamos tanto a los alumnos que, para que no se descarríen, antes de que escojan la especialidad tenemos que darles unas charlas explicativas. Todo bien mascado no les vaya a quedar alguna duda. Y para la ocasión hemos de presentarnos hechos un pincel.
-Vamos que, al final, estés en la empresa privada o estés en la empresa pública, a todos nos toca vender.
-Bueno, no te creas. Cuantos más alumnos tenga pues más tendré que trabajar. A mí no me interesa vender. Mi charla no ha sido precisamente atrayente. Más bien desoladora.
-Y supongo que los del resto de cátedras habrán hecho lo mismo que tú.
-Pues no te extrañe.
Pues eso.
No hace mucho volví a verlo. Teníamos una obra en el Politécnico y decidí pasarme por la Escuela. Me acerqué en parte por curiosidad, por ver cómo estaba y lo que había cambiado, pero sobre todo por sentimentalismo, por darme una vuelta por mi pasado. Paseando estaba por allí cuando me vi a Churches muy trajeado.
-Te veo muy guapetón. No me digas que ahora os han puesto uniforme y os patrocina Emidio Tucci. ¿La comisión se la ha quedado el conseller o es cosa del rector?
-Menos coñas. Lo que ocurre es que ahora mimamos tanto a los alumnos que, para que no se descarríen, antes de que escojan la especialidad tenemos que darles unas charlas explicativas. Todo bien mascado no les vaya a quedar alguna duda. Y para la ocasión hemos de presentarnos hechos un pincel.
-Vamos que, al final, estés en la empresa privada o estés en la empresa pública, a todos nos toca vender.
-Bueno, no te creas. Cuantos más alumnos tenga pues más tendré que trabajar. A mí no me interesa vender. Mi charla no ha sido precisamente atrayente. Más bien desoladora.
-Y supongo que los del resto de cátedras habrán hecho lo mismo que tú.
-Pues no te extrañe.
Pues eso.
domingo 22 de enero de 2012
Qué falta de respeto, qué atropello a la razón
El hecho de que a alguien le guste leer y también le guste correr no significa necesariamente que le guste leer libros sobre correr. Y aunque es agradable que la gente se acuerde de ti, no es obligatorio que cada vez que en la carátula de un libro aparece un tío corriendo ese libro termine siendo recomendado, prestado o regalado al corredor. Algunas veces se puede decir no. No siempre se puede decir no (¡maldita cortesía y educación!). Procedo a hacer la reseña de tres libros sobre correr que me fueron prestados o regalados con todo el cariño del mundo y que tuve que leer.
El primero sería el popular “De qué hablo cuando hablo de correr” de Haruki Murakami. Murakami es un fenómeno de masas y los listos tenemos tendencia a huir de los fenómenos de masas. Y cada vez que alguien que no distingue a Dostoievski de Tolstoi te mira con gesto de estupor y casi por encima del hombro te pregunta –pero, ¿cómo? ¿No te has leído el libro de correr de Murakami?- pues más te reafirmas en tu huida. Hasta que llegó mi muy querido amigo G., que sí que distingue las barbas de Dostoievski de las de Tolstoi, y, con todo el cariño del mundo, me dijo –toma. Y tomé.
Miedo me daba leer el libro. Desde el desconocimiento del autor y pensando en su nacionalidad creía que iba a tratar de recubrir de espiritualidad y de trascendencia un gesto que no deja de ser muy natural y que básicamente consiste en pegar coces contra el suelo. También me temía un exceso de épica y de grandilocuencia pues muchas veces no parece que corramos carreras sino que realicemos gestas. Y no. No fue el caso. Me gustó el libro. No deja de ser una autobiografía en la cual utiliza como eje de la misma su descubrimiento del correr y los distintos retos que fue planteándose a lo largo de su vida relacionándolos con el resto de sus actividades vitales. Y lo cuenta con naturalidad, con sencillez, sin aspavientos, sin darse importancia. Y tampoco abruma con datos, ritmos, distancias, promedios, pulsaciones y tiempos. Me gustó el libro, como ya he dicho. Y me gustó no porque me sintiese cómplice del autor y me resultasen muy familiares muchas de las cosas que trataba. Me gustó porque me gustó, porque disfruté leyéndolo, porque me hizo pasar muy buenos ratos como lector y no sólo como corredor. Aún así no he vuelto a leer nada de Murakami. Su legión de seguidores me siguen mirando por encima del hombro cuando me dicen con retintín –de Murakami te has leído sólo el libro de correr, claro. Creo que podré soportar el vivir el resto de mi vida con ese estigma.
El segundo libro sería “Elogio de la pasión pura” de Sebastián Serrano, escrito originalmente en catalán y que obtuvo el premio de novela Ramón Llull en el año 1990. Este libro me vino de parte de una amiga de Ana con todo el cariño del mundo. El hecho de que estuviese premiado no significaba gran cosa: hay premios que se ganan, hay premios que se conceden y hay premios que se compran. En esta novela hay dos partes: en la primera se nos habla de un mediofondista catalán que prepara los Juegos Olímpicos de Moscú 80. Mitad ficción, mitad realidad, el autor buscó asesoramiento atlético en el gabinete estadístico de la Señorita Pepis (estimado don Sebastián: Said Aouita no fue el primer hombre en bajar de tres treinta en mil quinientos. Hubo un inglés rubio y espigado que llegó un pelín antes). Nuestro corredor es, además, poeta y estudiante de arquitectura (para los que tengan la inmensa suerte de no conocer a los arquitectos he de informar que, ante todo y sobre todo, los arquitectos son artistas que levitan y que en sexto de carrera tienen una asignatura llamada Endiosamiento en la cual todos sacan matrícula de honor). En esta primera parte el autor pone mucho empeño en explicar la gran interrelación que existe entre arte, poesía y la carrera pedestre. Como además nuestro protagonista va y se enamora, pues su amor no es como el de los demás pues forma parte también de ese todo indisoluble. Calificar esta primera parte como de paja mental desmedida sería quedarse corto. Lo malo es que nuestro corredor, cuando tenía el podio a tiro pues uno o dos meses antes de los Juegos hace tres treinta y uno en un mitin, sufre la desgracia de la muerte de su novia en un accidente de aviación. Y entonces la muerte se une con la poesía, el amor y el arte y echan fuera a la carrera. Y adiós a los Juegos.
Comienza la segunda parte del libro. En ella vemos a nuestro protagonista convertido en un brillante arquitecto, con novia nueva y que, a su vez, recibe el encargo de escribir unos guiones para televisión sobre los próximos Juegos en Barcelona. Todo parece sonreír a nuestro héroe, pero…no. Hay algo que no encaja. Le ocurre algo parecido a lo que cantaba el gran memo de los Celtas Cortos –la música no me cansa, pero me siento vacío. Pues éste igual: soy pluscuamperfecto ultraferolítico del recoponazo máximo pero no termino de tener todos los chacras alineados. Hay cierta zozobra en mí. Cierto desasosiego. Y para recomponerse se va a visitar a una bruja o medio bruja jipiosa de mucha perspicacia y sensibilidad psíquica y de poco jabón que vive como una ermitaña en un pueblo perdido de la Catalonia profunda. La bruja, mediante unos cuantos aforismos, unas cuantas hierbas y un ponme la mano aquí (Macorina) le aleja todos sus demonios y le cura todos los males (yo hubiese resuelto el problema con una patada en los cojones, pero claro, yo no soy catalán. Ni arquitecto). Y aquí tenemos a nuestro protagonista feliz y contento con el equilibrio recuperado. ¿Y cómo celebra este momento tan hermoso? Pues sí, señores: sale a correr. Y es esa carrera una metáfora de su paz interior recuperada y del hermanamiento que siente en ese momento con el cosmos, con todas las energías positivas posibles y con todas las fuerzas de la naturaleza que puedan existir. Y así, en perfecta armonía con Casiopea, con los musgos, con las coníferas, con las abubillas y con el lirón careto dejamos a nuestro protagonista correteando y colorín, colorado, este bodrio (premio Ramón Llull. Ya ves) ha terminado.
El tercer libro sería “Correr” del francés Jean Echenoz. Este libro es algo parecido a una biografía de Emil Zatopek, el gran corredor checo. Para mí Zatopek son palabras mayores. De hecho, El Impenitente siempre va acompañado de una foto del gran Emil tirando como un poseso en el cien en la final de cinco mil de Helsinki 52. Algo he leído sobre él previamente. Bueno, sobre Zatopek he leído todo lo que he podido pues siempre me ha interesado ya que es alguien a quien admiro desde chaval. Un buen amigo corredor consideró que mi cultura estaba huérfana si no me leía este libro y me lo dejó con todo el cariño del mundo. Y me lo leí. Tras acabarlo tengo la sensación de que lo único que me ha aportado este libro ha sido una mala sangre considerable. No recuerdo nada bueno de él. Tal vez que se lee muy rápido. Y si tuviera que reseñar lo peor me quedaría con el tonito en el que el libro está escrito. Echenoz es francés y ha escrito unos cuantos libros que han debido de tener cierto éxito. Esta novela ha sido publicada gracias a la ayuda del Ministerio francés de Cultura y ya se sabe que cuanto más subvencionado está alguien más encantado está de conocerse. Y un subvencionado francés es ya la quintaesencia del comomolismo intelectualoide. A Zatopek hay que entenderlo (como a todo el mundo) dentro de su época: invasión nazi, guerra mundial, estalinismo, guerra fría, Primavera de Praga. Toda esta época está narrada de una manera muy relajada, muy chispeante pues el autor lo relativiza todo menos a él mismo, que por algo es francés y va sobrado. Sólo le ha faltado llamar Fito a Hitler, Pepe a Stalin y Locomotoro o Emilito a Zatopek. Por supuesto que Zatopek es un lelo que no sabe más que correr, algo que hace como un obseso y sin ton ni son. Y va narrando todas sus hazañas y logros siempre desde un pedestal, mirando por encima del hombro a ese bobo simplón que no es más que un pelele en manos de unos y de otros. Desde luego no cuenta nada que no supiésemos. De hecho cuenta menos, mucho menos (¡cómo se puede escribir sobre Zatopek mencionando sólo una vez a Alain Mimoun y únicamente por la fonética de su nombre!). Y tampoco logra explicar, entre otras cosas porque ni se lo ha planteado, por qué Zatopek está considerado como uno de los más grandes atletas de la historia, siendo venerado y respetado en su época y cuya leyenda sigue creciendo con el paso de los años. Que Zatopek era un ser humano y no un ser perfecto es evidente. Que Zatopek no se merece un libro así es más que evidente. Y por mucho que hayas escrito y por muchos planes que tengas para el futuro, dilecto Echanoz (yo te invito, si es que aceptas el consejo de un españolito, tan francés como eres, a que consideres entre tus planes más inmediatos la posibilidad del suicidio. Seguirás siendo un imbécil, pero ya se sabe que a un imbécil muerto se le respeta un poco más) tu pedestal es de aire y Zatopek va a seguir siendo Zatopek a pesar de ti. Y tú, hagas lo que hagas, seguirás siendo un gilipollas. Francés y gilipollas (¿valga la redundancia?). Vive la Grandeur!
El primero sería el popular “De qué hablo cuando hablo de correr” de Haruki Murakami. Murakami es un fenómeno de masas y los listos tenemos tendencia a huir de los fenómenos de masas. Y cada vez que alguien que no distingue a Dostoievski de Tolstoi te mira con gesto de estupor y casi por encima del hombro te pregunta –pero, ¿cómo? ¿No te has leído el libro de correr de Murakami?- pues más te reafirmas en tu huida. Hasta que llegó mi muy querido amigo G., que sí que distingue las barbas de Dostoievski de las de Tolstoi, y, con todo el cariño del mundo, me dijo –toma. Y tomé.
Miedo me daba leer el libro. Desde el desconocimiento del autor y pensando en su nacionalidad creía que iba a tratar de recubrir de espiritualidad y de trascendencia un gesto que no deja de ser muy natural y que básicamente consiste en pegar coces contra el suelo. También me temía un exceso de épica y de grandilocuencia pues muchas veces no parece que corramos carreras sino que realicemos gestas. Y no. No fue el caso. Me gustó el libro. No deja de ser una autobiografía en la cual utiliza como eje de la misma su descubrimiento del correr y los distintos retos que fue planteándose a lo largo de su vida relacionándolos con el resto de sus actividades vitales. Y lo cuenta con naturalidad, con sencillez, sin aspavientos, sin darse importancia. Y tampoco abruma con datos, ritmos, distancias, promedios, pulsaciones y tiempos. Me gustó el libro, como ya he dicho. Y me gustó no porque me sintiese cómplice del autor y me resultasen muy familiares muchas de las cosas que trataba. Me gustó porque me gustó, porque disfruté leyéndolo, porque me hizo pasar muy buenos ratos como lector y no sólo como corredor. Aún así no he vuelto a leer nada de Murakami. Su legión de seguidores me siguen mirando por encima del hombro cuando me dicen con retintín –de Murakami te has leído sólo el libro de correr, claro. Creo que podré soportar el vivir el resto de mi vida con ese estigma.
El segundo libro sería “Elogio de la pasión pura” de Sebastián Serrano, escrito originalmente en catalán y que obtuvo el premio de novela Ramón Llull en el año 1990. Este libro me vino de parte de una amiga de Ana con todo el cariño del mundo. El hecho de que estuviese premiado no significaba gran cosa: hay premios que se ganan, hay premios que se conceden y hay premios que se compran. En esta novela hay dos partes: en la primera se nos habla de un mediofondista catalán que prepara los Juegos Olímpicos de Moscú 80. Mitad ficción, mitad realidad, el autor buscó asesoramiento atlético en el gabinete estadístico de la Señorita Pepis (estimado don Sebastián: Said Aouita no fue el primer hombre en bajar de tres treinta en mil quinientos. Hubo un inglés rubio y espigado que llegó un pelín antes). Nuestro corredor es, además, poeta y estudiante de arquitectura (para los que tengan la inmensa suerte de no conocer a los arquitectos he de informar que, ante todo y sobre todo, los arquitectos son artistas que levitan y que en sexto de carrera tienen una asignatura llamada Endiosamiento en la cual todos sacan matrícula de honor). En esta primera parte el autor pone mucho empeño en explicar la gran interrelación que existe entre arte, poesía y la carrera pedestre. Como además nuestro protagonista va y se enamora, pues su amor no es como el de los demás pues forma parte también de ese todo indisoluble. Calificar esta primera parte como de paja mental desmedida sería quedarse corto. Lo malo es que nuestro corredor, cuando tenía el podio a tiro pues uno o dos meses antes de los Juegos hace tres treinta y uno en un mitin, sufre la desgracia de la muerte de su novia en un accidente de aviación. Y entonces la muerte se une con la poesía, el amor y el arte y echan fuera a la carrera. Y adiós a los Juegos.
Comienza la segunda parte del libro. En ella vemos a nuestro protagonista convertido en un brillante arquitecto, con novia nueva y que, a su vez, recibe el encargo de escribir unos guiones para televisión sobre los próximos Juegos en Barcelona. Todo parece sonreír a nuestro héroe, pero…no. Hay algo que no encaja. Le ocurre algo parecido a lo que cantaba el gran memo de los Celtas Cortos –la música no me cansa, pero me siento vacío. Pues éste igual: soy pluscuamperfecto ultraferolítico del recoponazo máximo pero no termino de tener todos los chacras alineados. Hay cierta zozobra en mí. Cierto desasosiego. Y para recomponerse se va a visitar a una bruja o medio bruja jipiosa de mucha perspicacia y sensibilidad psíquica y de poco jabón que vive como una ermitaña en un pueblo perdido de la Catalonia profunda. La bruja, mediante unos cuantos aforismos, unas cuantas hierbas y un ponme la mano aquí (Macorina) le aleja todos sus demonios y le cura todos los males (yo hubiese resuelto el problema con una patada en los cojones, pero claro, yo no soy catalán. Ni arquitecto). Y aquí tenemos a nuestro protagonista feliz y contento con el equilibrio recuperado. ¿Y cómo celebra este momento tan hermoso? Pues sí, señores: sale a correr. Y es esa carrera una metáfora de su paz interior recuperada y del hermanamiento que siente en ese momento con el cosmos, con todas las energías positivas posibles y con todas las fuerzas de la naturaleza que puedan existir. Y así, en perfecta armonía con Casiopea, con los musgos, con las coníferas, con las abubillas y con el lirón careto dejamos a nuestro protagonista correteando y colorín, colorado, este bodrio (premio Ramón Llull. Ya ves) ha terminado.
El tercer libro sería “Correr” del francés Jean Echenoz. Este libro es algo parecido a una biografía de Emil Zatopek, el gran corredor checo. Para mí Zatopek son palabras mayores. De hecho, El Impenitente siempre va acompañado de una foto del gran Emil tirando como un poseso en el cien en la final de cinco mil de Helsinki 52. Algo he leído sobre él previamente. Bueno, sobre Zatopek he leído todo lo que he podido pues siempre me ha interesado ya que es alguien a quien admiro desde chaval. Un buen amigo corredor consideró que mi cultura estaba huérfana si no me leía este libro y me lo dejó con todo el cariño del mundo. Y me lo leí. Tras acabarlo tengo la sensación de que lo único que me ha aportado este libro ha sido una mala sangre considerable. No recuerdo nada bueno de él. Tal vez que se lee muy rápido. Y si tuviera que reseñar lo peor me quedaría con el tonito en el que el libro está escrito. Echenoz es francés y ha escrito unos cuantos libros que han debido de tener cierto éxito. Esta novela ha sido publicada gracias a la ayuda del Ministerio francés de Cultura y ya se sabe que cuanto más subvencionado está alguien más encantado está de conocerse. Y un subvencionado francés es ya la quintaesencia del comomolismo intelectualoide. A Zatopek hay que entenderlo (como a todo el mundo) dentro de su época: invasión nazi, guerra mundial, estalinismo, guerra fría, Primavera de Praga. Toda esta época está narrada de una manera muy relajada, muy chispeante pues el autor lo relativiza todo menos a él mismo, que por algo es francés y va sobrado. Sólo le ha faltado llamar Fito a Hitler, Pepe a Stalin y Locomotoro o Emilito a Zatopek. Por supuesto que Zatopek es un lelo que no sabe más que correr, algo que hace como un obseso y sin ton ni son. Y va narrando todas sus hazañas y logros siempre desde un pedestal, mirando por encima del hombro a ese bobo simplón que no es más que un pelele en manos de unos y de otros. Desde luego no cuenta nada que no supiésemos. De hecho cuenta menos, mucho menos (¡cómo se puede escribir sobre Zatopek mencionando sólo una vez a Alain Mimoun y únicamente por la fonética de su nombre!). Y tampoco logra explicar, entre otras cosas porque ni se lo ha planteado, por qué Zatopek está considerado como uno de los más grandes atletas de la historia, siendo venerado y respetado en su época y cuya leyenda sigue creciendo con el paso de los años. Que Zatopek era un ser humano y no un ser perfecto es evidente. Que Zatopek no se merece un libro así es más que evidente. Y por mucho que hayas escrito y por muchos planes que tengas para el futuro, dilecto Echanoz (yo te invito, si es que aceptas el consejo de un españolito, tan francés como eres, a que consideres entre tus planes más inmediatos la posibilidad del suicidio. Seguirás siendo un imbécil, pero ya se sabe que a un imbécil muerto se le respeta un poco más) tu pedestal es de aire y Zatopek va a seguir siendo Zatopek a pesar de ti. Y tú, hagas lo que hagas, seguirás siendo un gilipollas. Francés y gilipollas (¿valga la redundancia?). Vive la Grandeur!
martes 17 de enero de 2012
Jai guru deva. Om
Las pasadas Navidades se programó en el secarral un ciclo de películas (cuatro) relacionadas con el pop y el rock, sin ánimo de lucro y sin el conocimiento de la SGAE. Me acerqué a ver una de ellas de nombre “Across the universe”. El título prometía. ¿Que qué me pareció la película? Mala de cojones. Era un video clip efectista sin pies ni cabeza con unos personajes (que se llamaban Jude, Lucy, Maxwell, Sadie, Jo-Jo, Prudence) empeñados en demostrar al público que acababan de salir de un congreso de majaderos. ¿Que si me gustó? Mucho. Sonaron sin parar canciones de los Beatles. No paré de cantar. Y aún podría haberme gustado más si “I am the walrus” no la hubiera interpretado Bono en su estado natural (haciendo el mendrugo), si no hubiesen sonado ni “Let it be” ni “Hey Jude” (los Beatles eran tan buenos que, puestos a hacer canciones malas, hicieron las peores) y luego pues, bueno, algunas que eché en falta (“I me mine”, “You won’t see me”, “I saw her standing there”, “I feel fine”, “Glass onion”, “Savoy truffle”, "Fixing a hole", etc.). Si a los compradores de vino se la dan con queso a mí me la dan con música. Y no sé si es un problema o no. Al final se trata de disfrutar y yo disfruto mucho, pero habiendo música de por medio pierdo enseguida el criterio. Muchas veces me planteo si las películas de Woody Allen son buenas o no. A mí me encantan, pero no sé si es por lo que son o por la música que suena, que siempre es fabulosa y me abre en canal preparado y dispuesto para absorber y disfrutar lo que me echen (abro paréntesis, uno más, pues llevo días relamiéndome contemplando el final de “Poderosa Afrodita” y su “When you’re smiling”). Y no sólo me ocurre con el cine. Cuando voy de compras detrás de Ana arrastrando los pies, tal y como entramos en Zara Home, donde cuidan muy mucho la música que ponen de fondo, doy un respingo y me sale el decorador que jamás tuve dentro y todo lo encuentro elegante, encantador, adorable, minimalista, divino y zen. Ya digo que toda esta reflexión es una tontería, que en el fondo se trata de disfrutar y darle importancia a esto es una memez, pero me sigue llamando la atención la fuerza que puede llegar a tener la música, que no sólo es capaz de llevarte donde nada ni nadie podría llevarte nunca, sino que te puede hacer perder el criterio de las cosas, que tiene el poder con su barniz de desvirtuarlo todo y hacerte pensar, creer y sentir lo que quiera. La paradoja de Lennon cambiando nuestra vida mientras repite que nothing’s gonna change my world.
jueves 12 de enero de 2012
Pamplinas
En el secarral hay una carnicería que tiene colgado en una de las paredes un cartel en el cual, clasificados según los animales de procedencia, se indican todos los artículos que se encuentran a la venta. En la columna del cerdo, en penúltimo lugar, figura el pez uña. En el secarral llevamos una dieta equilibrada pues consumiendo cerdo (perdón, gorrinaco) comemos carne y pescado.
Hace años vivía en Valencia una maricona que era conocida como La Vivaldi pues se trabajaba las cuatro estaciones de la ciudad (autobuses, Norte, Cabañal y Pont de fusta).
Mi chaval y yo antes jugábamos partidos de fútbol en el pasillo de casa. Ahora no. Mi crío ahora prefiere jugar a lo que él denomina tangas de penaltis. Algún día explicaré en qué consiste.
Estando Franco vivo y con la censura a pleno rendimiento, se publicó en “La codorniz” una viñeta en la cual figuraba una pareja de novios que paseaban cogidos del brazo. Estaban a punto de pasar bajo un puente y sobre el mismo se veía a un energúmeno que esgrimía una piedra en actitud amenazante. A los pies de la viñeta se leía -¿se la tirará o no se la tirará?
Dos amigos conversan por teléfono. Se ve que han jugado un décimo de la lotería a medias (que, por supuesto, no ha tocado) y, con la excusa de felicitar las Navidades, entre bromas y veras uno aprovecha para reclamar la mitad del importe del décimo al otro. El deudor, al otro lado del hilo, parece que se hace el remolón. El acreedor le contesta –mira que como no me pagues los diez euros me planto en tu casa el día de Nochebuena y te gonorreo todos los langostinos.
Hace años vivía en Valencia una maricona que era conocida como La Vivaldi pues se trabajaba las cuatro estaciones de la ciudad (autobuses, Norte, Cabañal y Pont de fusta).
Mi chaval y yo antes jugábamos partidos de fútbol en el pasillo de casa. Ahora no. Mi crío ahora prefiere jugar a lo que él denomina tangas de penaltis. Algún día explicaré en qué consiste.
Estando Franco vivo y con la censura a pleno rendimiento, se publicó en “La codorniz” una viñeta en la cual figuraba una pareja de novios que paseaban cogidos del brazo. Estaban a punto de pasar bajo un puente y sobre el mismo se veía a un energúmeno que esgrimía una piedra en actitud amenazante. A los pies de la viñeta se leía -¿se la tirará o no se la tirará?
Dos amigos conversan por teléfono. Se ve que han jugado un décimo de la lotería a medias (que, por supuesto, no ha tocado) y, con la excusa de felicitar las Navidades, entre bromas y veras uno aprovecha para reclamar la mitad del importe del décimo al otro. El deudor, al otro lado del hilo, parece que se hace el remolón. El acreedor le contesta –mira que como no me pagues los diez euros me planto en tu casa el día de Nochebuena y te gonorreo todos los langostinos.
domingo 8 de enero de 2012
Embolia Profunda y los Seré Yo, Seré Yo
Tenemos un vecino en la finca a quien Ana y yo llamamos “Embolia Profunda”. Es de estas personas que son sumideros de inteligencia, que tienen una actividad vital muy parsimoniosa cercana a la abulia y que resultan muy peligrosos pues tienden a arrastrarte absorbiendo tu energía. Cuando hablas con él has de tener la huida preparada pues enseguida comienzas a notar cómo te vas apagando pudiendo llegar incluso al coma cerebral. No sabemos a qué se dedica pero no parece que le vayan mal las cosas. Y ahora le ha dado por correr. Y lo hace cargado de chismes y con ropa de marca. No le falta detalle. Yo le pregunto y me cuenta sus progresos. No corre más de cuatro kilómetros y lleva un aparato que le va indicando por los auriculares si va por delante o por detrás del ritmo previsto. Siempre compite en cada entrenamiento y está feliz pues corre a un promedio de seis minutos el kilómetro. Un hombre así no puede correr deprisa, desde luego. Sabe que corro pero jamás me ha preguntado ni se ha interesado ni por mis entrenamientos ni por mis carreras. Hace poco me cambié para salir a rodar y coincidí con él en el ascensor. También iba de corto. Exclamó entonces –hombre, aquí estamos los runners de la finca.
-Vamos a ver. Lo primero, se me cuadra usted ahora mismo y lo quiero en posición de firmes cada vez que me vea. Lo segundo, a partir de ahora se va a dirigir usted a mí con la debida consideración y respeto y me va a tratar de usía, de vuecencia o de ilustrísima. Lo tercero, eso de runner se lo dice usted a su padre si es que lo conoce. Lo cuarto, usted y yo no practicamos el mismo deporte por lo que no le tolero que me trate como colega. Yo soy corredor. Usted es un trotón. Usted es chusma. Usted es la calderilla que se esparce por las carreras y hace bulto. Cuando usted llega a la meta yo ya me he duchado, aunque la carrera sea de cien metros. Cuando usted nació yo ya corría, así que lo quinto va a ser que ahora mismo se va usted al Arzobispado a solicitar audiencia para encargar un Te Deum en la catedral en acción de gracias porque yo le dirija a usted la palabra y me interese de una manera más falsa que el alma de Judas por sus progresos. ¿Lo tiene usted claro?
-Clarísimo.
-¿Cómo?
-Que sepa vuesa ilustrísima que me ha quedado muy claro.
-Está bien. Puede retirarse.
“Los runners de la finca”. Amos, no me jodas.
-Vamos a ver. Lo primero, se me cuadra usted ahora mismo y lo quiero en posición de firmes cada vez que me vea. Lo segundo, a partir de ahora se va a dirigir usted a mí con la debida consideración y respeto y me va a tratar de usía, de vuecencia o de ilustrísima. Lo tercero, eso de runner se lo dice usted a su padre si es que lo conoce. Lo cuarto, usted y yo no practicamos el mismo deporte por lo que no le tolero que me trate como colega. Yo soy corredor. Usted es un trotón. Usted es chusma. Usted es la calderilla que se esparce por las carreras y hace bulto. Cuando usted llega a la meta yo ya me he duchado, aunque la carrera sea de cien metros. Cuando usted nació yo ya corría, así que lo quinto va a ser que ahora mismo se va usted al Arzobispado a solicitar audiencia para encargar un Te Deum en la catedral en acción de gracias porque yo le dirija a usted la palabra y me interese de una manera más falsa que el alma de Judas por sus progresos. ¿Lo tiene usted claro?
-Clarísimo.
-¿Cómo?
-Que sepa vuesa ilustrísima que me ha quedado muy claro.
-Está bien. Puede retirarse.
“Los runners de la finca”. Amos, no me jodas.
miércoles 4 de enero de 2012
Yo creo. Sí creo
Por la zona del País Vasco manda la tradición de que sea el Olentzero quien reparta regalos entre niños y no tan niños en Nochebuena. Es el Olentzero un carbonero de buen comer y mejor beber que vive en mitad del monte y que sólo baja a las zonas habitadas para cumplir con su generosa tarea. Lo malo es que el Olentzero también se ha visto desbordado por el trabajo y ha de recurrir a los padres y familiares cercanos para que se encarguen de la tarea tanto a nivel logístico como a nivel económico. Vamos, y lamento ser yo el que tenga que dar esta mala noticia, que el Olentzero son los padres. A mi sobrina el gran secreto le fue revelado por una amiga de clase. Lo malo fue que ella entendió no que el Olentzero eran los padres sino que el Olentzero eran sus padres. Así:
-Amá, ¿es verdad que el Olentzero sois vosotros?
-Pues…sí. Es verdad.
-¿Y cómo lo hacéis?
La decepción de mi sobrina fue doble. Además de la desilusión natural, sus padres no tenían superpoderes.
Comentó este hecho mi cuñada con sus hermanas, que se dedican a la docencia. Una de ellas, entonces, relató la siguiente conversación que escuchó entre dos alumnos suyos.
-¿Te has enterado ya de que el Olentzero son los padres?
-Sí. Qué faena. Menos mal que a mi casa vienen los Reyes Magos.
Porque los Reyes Magos sí que existen.
-Amá, ¿es verdad que el Olentzero sois vosotros?
-Pues…sí. Es verdad.
-¿Y cómo lo hacéis?
La decepción de mi sobrina fue doble. Además de la desilusión natural, sus padres no tenían superpoderes.
Comentó este hecho mi cuñada con sus hermanas, que se dedican a la docencia. Una de ellas, entonces, relató la siguiente conversación que escuchó entre dos alumnos suyos.
-¿Te has enterado ya de que el Olentzero son los padres?
-Sí. Qué faena. Menos mal que a mi casa vienen los Reyes Magos.
Porque los Reyes Magos sí que existen.
martes 3 de enero de 2012
viernes 23 de diciembre de 2011
Gatatumba, tumba, tumba
Llegadas estas fechas en las cuales las fibras sensibles están especialmente pulsadas, quiero tener un recuerdo blogosférido especial para esos entes que me frecuentan y me dejan unos comentarios muy cariñosos que comienzan siempre con halagos desmedidos y terminan aconsejándome de una manera que me gusta pensar que es desinteresada. Quiero desear felices Navidades a los robots que tanto me quieren y tanto se acuerdan de mí. Que sepan que siempre me creo sus lisonjas pues las veo muy ajustadas a la realidad y que si nunca hago caso a sus consejos y nunca pincho en los enlaces es por dejadez, jamás por desconfianza. No prometo propósito de enmienda pero sí les deseo éxitos en el futuro y que sigan conservando esa agudeza en lo que a las loas hacia mis escritos se refiere.
Y para todos los demás, carbón.
Feliz Navidad tengáis todos, seas humano, seas máquina, seas ambas cosas o no seas ninguna.
Y para todos los demás, carbón.
Feliz Navidad tengáis todos, seas humano, seas máquina, seas ambas cosas o no seas ninguna.
martes 20 de diciembre de 2011
32356
No va a tocar. Si escribo esta entrada es para los robots que siempre me dejan los comentarios basura en las que llevan este título, para que así tengan una más donde repartir. También lo hago por la tradición, pero no va a tocar y no sólo por tradición. No toca. No puede tocar. Este número no existe. A lo mejor sí que existe pero eso está por demostrar. Y luego está el tema de las probabilidades. Los estadísticos afirman que es más probable que en un mismo punto caigan dos rayos a que te toque la lotería. Otros estadísticos, mucho más osados ellos, afinan más y afirman que es tan probable que te toque la lotería como que el Atlético de Madrid le gane en partido de Liga (o de lo que sea) al Real Madrid. Jugamos todos los amigos del secarral a un número cuya existencia no es segura y con todos los estadísticos en contra. Digo yo que habrá maneras más prácticas y elegantes de tirar el dinero. Pero no, ahí estamos, erre que erre, que sí, que este año sí, que de este año no pasa, que si no toca este año me corto… Y así estamos, pobres y mutilados. No, muchachos. Este año no va a tocar. Este año tampoco. Este año ni siquiera tengo el helicóptero reservado. No va a haber celebración. No toca. No existe. Es imposible. No.
miércoles 14 de diciembre de 2011
La cosecha de Charles Lynch
Árboles sureños soportan frutos raros.
Sangre en las hojas y sangre en la raíz.
Cuerpos negros se balancean en la brisa sureña.
Frutos extraños cuelgan de los álamos.
Escena pastoral del galante sur.
Los ojos saltones y la boca retorcida.
Perfume de magnolias,
dulce y fresco.
Y el olor repentino a carne quemada.
Aquí está el fruto para que lo arranquen los cuervos,
para que la lluvia lo tome, para que el viento lo chupe,
para que el sol lo descomponga, para que los árboles lo tiren.
Es ésta una extraña y amarga cosecha.
Abel Meeropol, bajo el seudónimo de Lewis Allan, escribió el poema titulado “Strange fruit”. Los versos hacen referencia a los cadáveres de los negros que colgaban tras su linchamiento. Posteriormente el propio Lewis Allan lo musicó y Billie Holiday lo incluyó en su repertorio. Era Billie Holiday un personaje al cual si podía ocurrirle algo malo le ocurría, entre otras muchas razones porque estaba siempre dispuesta a tener problemas. La culpa no es siempre de los demás. En realidad pocas veces la culpa es de los demás. Pero cantaba como nadie. Y cuanto peor estaba mejor cantaba. Es “Strange fruit” una canción especial. Tal vez sea discreta, tanto que incluso podría parecer anodina. Pero sabe de su grandeza y, simplemente, espera su momento. Y suena de fondo. Suena tantas veces como haga falta. No tiene prisa. Hasta que, de repente, se te insinúa. Y empiezas a estremecerte. –Aquí está pasando algo. Y la vuelves a escuchar, esta vez detenidamente, esta vez con los ojos cerrados. “Strange fruit” siempre figura en cualquier lista que se publique de las canciones más tal y más cual. No sé para qué sirven esas listas, si es que sirven para algo. Cada uno tiene sus preferencias y sus gustos. Cada cual te puede hacer la suya. Y es tal la discreción de “Strange fruit” que, cuando pienso en mis canciones favoritas, nunca me acuerdo de ella. Pero, siempre que la escucho, al terminar tengo la sensación de no ser la misma persona que comenzó a escucharla. Siento como si me hubiese recorrido y devastado un río de lava. Un río de escarcha. Un río de silencio.
P.D.
Sangre en las hojas y sangre en la raíz.
Cuerpos negros se balancean en la brisa sureña.
Frutos extraños cuelgan de los álamos.
Escena pastoral del galante sur.
Los ojos saltones y la boca retorcida.
Perfume de magnolias,
dulce y fresco.
Y el olor repentino a carne quemada.
Aquí está el fruto para que lo arranquen los cuervos,
para que la lluvia lo tome, para que el viento lo chupe,
para que el sol lo descomponga, para que los árboles lo tiren.
Es ésta una extraña y amarga cosecha.
Abel Meeropol, bajo el seudónimo de Lewis Allan, escribió el poema titulado “Strange fruit”. Los versos hacen referencia a los cadáveres de los negros que colgaban tras su linchamiento. Posteriormente el propio Lewis Allan lo musicó y Billie Holiday lo incluyó en su repertorio. Era Billie Holiday un personaje al cual si podía ocurrirle algo malo le ocurría, entre otras muchas razones porque estaba siempre dispuesta a tener problemas. La culpa no es siempre de los demás. En realidad pocas veces la culpa es de los demás. Pero cantaba como nadie. Y cuanto peor estaba mejor cantaba. Es “Strange fruit” una canción especial. Tal vez sea discreta, tanto que incluso podría parecer anodina. Pero sabe de su grandeza y, simplemente, espera su momento. Y suena de fondo. Suena tantas veces como haga falta. No tiene prisa. Hasta que, de repente, se te insinúa. Y empiezas a estremecerte. –Aquí está pasando algo. Y la vuelves a escuchar, esta vez detenidamente, esta vez con los ojos cerrados. “Strange fruit” siempre figura en cualquier lista que se publique de las canciones más tal y más cual. No sé para qué sirven esas listas, si es que sirven para algo. Cada uno tiene sus preferencias y sus gustos. Cada cual te puede hacer la suya. Y es tal la discreción de “Strange fruit” que, cuando pienso en mis canciones favoritas, nunca me acuerdo de ella. Pero, siempre que la escucho, al terminar tengo la sensación de no ser la misma persona que comenzó a escucharla. Siento como si me hubiese recorrido y devastado un río de lava. Un río de escarcha. Un río de silencio.
P.D.
sábado 10 de diciembre de 2011
So danço samba
Mi hijo es muy bueno jugando al fútbol. Pero que muy bueno. Todavía se le nota poco, eso es cierto, pero tiene detalles que hacen aventurar el infinito. Apenas utiliza la pierna derecha y se muestra un tanto indolente cuando el balón está en su campo y toca defender. Pero en cuanto cruza la línea del centro se transforma. Entonces sí que corre. Y si ve a un defensa dudar con el balón se abalanza como una rapaz. Tiene instinto el tío. Y se coloca muy bien. Otra cosa es que ningún niño de siete años tenga fuerza para dar un pase de quince metros, pero el día en que eso ocurra mi hijo estará perfectamente situado para recibir ese pase. Es un adelantado a su tiempo, desde luego.
Tenía partido un sábado por la mañana contra otro colegio. Era un día muy importante. Era un gran partido. Allí estaba él, observando en defensa y peleando en ataque. Robaron un balón. Salieron a la contra. El compañero de mi crío trató de hacer la jugada él solo. Perdió el balón al borde del área y éste quedó muerto. Lo recogió mi hijo. Se hizo el silencio. Recortó a un defensa. Recortó a otro defensa y soltó un zurdazo que entró pegado a la base del poste. Un golazo. Pero un golazo. Tengo un Romario en casa. Mi futuro laboral se despeja: seré representante de mi hijo. Voy a ver si localizo el teléfono de Gil Marín.
Tenía partido un sábado por la mañana contra otro colegio. Era un día muy importante. Era un gran partido. Allí estaba él, observando en defensa y peleando en ataque. Robaron un balón. Salieron a la contra. El compañero de mi crío trató de hacer la jugada él solo. Perdió el balón al borde del área y éste quedó muerto. Lo recogió mi hijo. Se hizo el silencio. Recortó a un defensa. Recortó a otro defensa y soltó un zurdazo que entró pegado a la base del poste. Un golazo. Pero un golazo. Tengo un Romario en casa. Mi futuro laboral se despeja: seré representante de mi hijo. Voy a ver si localizo el teléfono de Gil Marín.
domingo 4 de diciembre de 2011
Fotografías
G. se fue de viaje y estando por esos mundos le robaron la cámara de fotos. Esto fue algo que ocurrió hace ya unos cuantos años, cuando a una cámara se le ponía carrete y no tarjeta de memoria. Volvió G. del viaje y nos contó con indignación y pena el hurto. Entonces Roscoe le preguntó –sí, pero ¿llevabas muchas fotos hechas cuando te la robaron? Nos reímos a carcajadas. La cámara era buena. Había costado una pasta. Y a Roscoe sólo le importaban las fotos. Qué muchacha ésta, pensamos todos con condescendencia.
La cámara de fotos es una herramienta. Vas a una tienda y te la compras. Tal vez le tengas cariño, pero, si te la roban, puedes conseguir otra. La cámara es dinero. Saldrá de tu bolsillo, lo recuperarás por el seguro, te la regalarán, la cambiarás por cupones pero no deja de ser dinero. Es un útil que se compra. Y el dinero sólo es dinero. Las fotos no. Las fotos son otra cosa. Y G. tuvo otra cámara y habrá tenido más y algunas se pudrirán en un armario pues están obsoletas. Pero no tiene las fotos de aquel viaje. No tiene aquellas fotos. Puede ser que éstas se hubieran perdido en algún cajón o estuviesen acumulando polvo dentro de un álbum, pero las fotos seguro que no son dinero. Son otra cosa. Roscoe, con mucho retraso te pido perdón por haberme reído. Tú tenías razón.
La cámara de fotos es una herramienta. Vas a una tienda y te la compras. Tal vez le tengas cariño, pero, si te la roban, puedes conseguir otra. La cámara es dinero. Saldrá de tu bolsillo, lo recuperarás por el seguro, te la regalarán, la cambiarás por cupones pero no deja de ser dinero. Es un útil que se compra. Y el dinero sólo es dinero. Las fotos no. Las fotos son otra cosa. Y G. tuvo otra cámara y habrá tenido más y algunas se pudrirán en un armario pues están obsoletas. Pero no tiene las fotos de aquel viaje. No tiene aquellas fotos. Puede ser que éstas se hubieran perdido en algún cajón o estuviesen acumulando polvo dentro de un álbum, pero las fotos seguro que no son dinero. Son otra cosa. Roscoe, con mucho retraso te pido perdón por haberme reído. Tú tenías razón.
martes 29 de noviembre de 2011
Estudio sobre la congelación de los ruiseñores y la carbonización de las águilas
Vuelvo con las letras de canciones y retomo una que ya traté de destripar hace tiempo con un resultado pienso que mejorable. Vuelvo con una de las obras cumbres, en mi opinión, del surrealismo español: Quisiera ser. El Dúo Dinámico.
Quisiera ser… tu gran amor.
Quisiera ser el eco de tu voz
para poder estar cerca de ti.
Quisiera ser tu alegre corazón
para saber qué sientes tú por mí.
Quisiera ser un águila real
para poder volar cerca del sol
y conseguirte las estrellas y la luna
y ponerlas a tus pies, con mi amor.
Quisiera ser un pobre ruiseñor
para poder cantar cerca de ti.
Quisiera ser la más bella canción
para poder hacerte muy feliz.
Quisiera ser la aurora boreal
y darte así un mundo de color.
Y conseguirte las estrellas y la luna
y ponerlas a tus pies, con mi amor.
Y conseguirte las estrellas y ponerlas a tus pies.
Quisiera ser tu gran amor.
En realidad volvemos al tema de los límites en la creación, de hasta dónde puede llegar la lógica y si el lenguaje poético o el lenguaje metafórico tienen carta blanca para perpetrar todas las fechorías que les plazca con total impunidad. Personalmente, aunque tal vez no sea el momento, diré que sí que realizaría una serie de prohibiciones dentro de la poesía. Por una parte eliminaría cualquier referencia a astros, satélites, estaciones y fenómenos atmosféricos que ya está bien de tanta lluvia, tanto viento, tanta luna, tanto otoño y tanto sol. Y, luego, también suprimiría la construcción del tipo “el/la tal del cual” (la tarde del silencio, la nostalgia del principiante, el desprecio del paréntesis, la quimera de la ausencia). No deja de ser una estructura hecha, un truco fácil en el cual dejas caer las palabras al tuntún y siempre queda bien. Es como la tabla de multiplicar sólo que en vez de siete y cuatro dices catarsis y averno y tratas de vender la moto de tu poesía. Y no. Prohibido.
Vamos con el Dúo Dinámico. Los muchachos están enamorados y, como son un tanto extrovertidos y exhibicionistas, deciden proclamarlo a los cuatro vientos. Y piensan –vamos a echar mano del lenguaje poético porque aquí todo vale y al disparate siempre le podemos llamar surrealismo. Y así no les importa socarrar a un águila real mandándola al sol para realizar una tarea realmente hercúlea e inútil. ¿Para qué quiere nadie tener a sus pies la luna y las estrellas? ¿Eso para qué sirve? Da igual. Es poesía. Y relacionan el eco de la voz con la cercanía. Vamos a ver, las ondas sonoras están por ahí. Cuando están cerca, y según el tono y la intensidad, las oyes. Cuando están lejos, pues no. ¿El eco de tu voz? Quizá sea mejor escuchar la voz directamente que no estar pendiente del eco, pero igual eso es demasiado prosaico o demasiado práctico. ¿Se pierde lirismo siendo lógico? Se ve que sí.
Sigo con otro tema. Si hay un órgano humano sobrevalorado en demasía por la poesía es el corazón. El corazón es un músculo que se dedica a bombear sangre y al cual sólo le preocupa lo de sístole y diástole y que ni siente ni padece. Donde de verdad se siente es en el estómago. ¿A santo de qué tanto corazón? ¿Por qué se ignora de una manera tan injusta al estómago? ¿Dónde se agarran los nervios, dónde se siente la pena, de dónde nace la alegría? Siempre del estómago. ¿Entonces? No lo entiendo. Y llegan estos dos capullos y vuelven a redundar en lo del corazón y lo de sentir porqué así se sienten unos rapsodas. Que no. ¡Que no! Pregúntale a su estómago y te responderá al instante. Creemos la poesía del estómago, reivindiquémosla y llevémosla donde se merece.
Y no me quiero meter en qué clase de chica les gusta a estos dos palanganas, rodeada siempre de pobres ruiseñores cantarines. Seguro que está en una mecedora con su rebeca puesta peinando muñecas todo el día, pero si a ellos les gusta que con su pan se lo coman. Pero, y aunque vuelva a parecer que soy demasiado estricto, no veo yo a esta muchacha en el Polo Norte los meses de invierno disfrutando del colorido de la aurora boreal. Los pobres ruiseñores podrían constiparse. O tal vez congelarse. Desde luego que un mundo de color es algo muy bonito, pero un mundo de color a cuarenta grados bajo cero…no sé. A lo mejor tiene menos encanto. Aunque por otra parte Laponia es, sin duda, tierra de poetas. ¿Quién no tiene en casa varios libros de poesía de distintos autores lapones?
Y el caso es que esta canción me gusta. Me gusta mucho. Lo único es que cada vez que la escucho me hace pensar. Y la música, como la poesía, se siente, no se piensa. Y siento que pienso. Y pienso que siento. Y la canción suena y yo estoy en un bucle sintiendo y pensando. Y no entiendo cómo la gente la canta y la baila, cuando es una canción para meditar, para reflexionar profundamente sobre los límites del arte, sobre las fronteras y la tiranía de la lógica y que debiera estudiarse en la Facultad de Filosofía.
También pienso que “El final del verano” debiera estudiarse en la Facultad de Psicología. Pero esa es ya otra historia.
Quisiera ser… tu gran amor.
Quisiera ser el eco de tu voz
para poder estar cerca de ti.
Quisiera ser tu alegre corazón
para saber qué sientes tú por mí.
Quisiera ser un águila real
para poder volar cerca del sol
y conseguirte las estrellas y la luna
y ponerlas a tus pies, con mi amor.
Quisiera ser un pobre ruiseñor
para poder cantar cerca de ti.
Quisiera ser la más bella canción
para poder hacerte muy feliz.
Quisiera ser la aurora boreal
y darte así un mundo de color.
Y conseguirte las estrellas y la luna
y ponerlas a tus pies, con mi amor.
Y conseguirte las estrellas y ponerlas a tus pies.
Quisiera ser tu gran amor.
En realidad volvemos al tema de los límites en la creación, de hasta dónde puede llegar la lógica y si el lenguaje poético o el lenguaje metafórico tienen carta blanca para perpetrar todas las fechorías que les plazca con total impunidad. Personalmente, aunque tal vez no sea el momento, diré que sí que realizaría una serie de prohibiciones dentro de la poesía. Por una parte eliminaría cualquier referencia a astros, satélites, estaciones y fenómenos atmosféricos que ya está bien de tanta lluvia, tanto viento, tanta luna, tanto otoño y tanto sol. Y, luego, también suprimiría la construcción del tipo “el/la tal del cual” (la tarde del silencio, la nostalgia del principiante, el desprecio del paréntesis, la quimera de la ausencia). No deja de ser una estructura hecha, un truco fácil en el cual dejas caer las palabras al tuntún y siempre queda bien. Es como la tabla de multiplicar sólo que en vez de siete y cuatro dices catarsis y averno y tratas de vender la moto de tu poesía. Y no. Prohibido.
Vamos con el Dúo Dinámico. Los muchachos están enamorados y, como son un tanto extrovertidos y exhibicionistas, deciden proclamarlo a los cuatro vientos. Y piensan –vamos a echar mano del lenguaje poético porque aquí todo vale y al disparate siempre le podemos llamar surrealismo. Y así no les importa socarrar a un águila real mandándola al sol para realizar una tarea realmente hercúlea e inútil. ¿Para qué quiere nadie tener a sus pies la luna y las estrellas? ¿Eso para qué sirve? Da igual. Es poesía. Y relacionan el eco de la voz con la cercanía. Vamos a ver, las ondas sonoras están por ahí. Cuando están cerca, y según el tono y la intensidad, las oyes. Cuando están lejos, pues no. ¿El eco de tu voz? Quizá sea mejor escuchar la voz directamente que no estar pendiente del eco, pero igual eso es demasiado prosaico o demasiado práctico. ¿Se pierde lirismo siendo lógico? Se ve que sí.
Sigo con otro tema. Si hay un órgano humano sobrevalorado en demasía por la poesía es el corazón. El corazón es un músculo que se dedica a bombear sangre y al cual sólo le preocupa lo de sístole y diástole y que ni siente ni padece. Donde de verdad se siente es en el estómago. ¿A santo de qué tanto corazón? ¿Por qué se ignora de una manera tan injusta al estómago? ¿Dónde se agarran los nervios, dónde se siente la pena, de dónde nace la alegría? Siempre del estómago. ¿Entonces? No lo entiendo. Y llegan estos dos capullos y vuelven a redundar en lo del corazón y lo de sentir porqué así se sienten unos rapsodas. Que no. ¡Que no! Pregúntale a su estómago y te responderá al instante. Creemos la poesía del estómago, reivindiquémosla y llevémosla donde se merece.
Y no me quiero meter en qué clase de chica les gusta a estos dos palanganas, rodeada siempre de pobres ruiseñores cantarines. Seguro que está en una mecedora con su rebeca puesta peinando muñecas todo el día, pero si a ellos les gusta que con su pan se lo coman. Pero, y aunque vuelva a parecer que soy demasiado estricto, no veo yo a esta muchacha en el Polo Norte los meses de invierno disfrutando del colorido de la aurora boreal. Los pobres ruiseñores podrían constiparse. O tal vez congelarse. Desde luego que un mundo de color es algo muy bonito, pero un mundo de color a cuarenta grados bajo cero…no sé. A lo mejor tiene menos encanto. Aunque por otra parte Laponia es, sin duda, tierra de poetas. ¿Quién no tiene en casa varios libros de poesía de distintos autores lapones?
Y el caso es que esta canción me gusta. Me gusta mucho. Lo único es que cada vez que la escucho me hace pensar. Y la música, como la poesía, se siente, no se piensa. Y siento que pienso. Y pienso que siento. Y la canción suena y yo estoy en un bucle sintiendo y pensando. Y no entiendo cómo la gente la canta y la baila, cuando es una canción para meditar, para reflexionar profundamente sobre los límites del arte, sobre las fronteras y la tiranía de la lógica y que debiera estudiarse en la Facultad de Filosofía.
También pienso que “El final del verano” debiera estudiarse en la Facultad de Psicología. Pero esa es ya otra historia.
jueves 24 de noviembre de 2011
Resultado en el descanso: Honra uno, Barcos cero
Hay una viñeta de Forges en la cual el personaje central afirma que ha tenido una pesadilla: he soñado que Iberia perdía mis maletas y tenía que reclamarlas a través del 1004 de Telefónica.
Iberia no me ha perdido las maletas pero sí he tenido que hacer una reclamación telefónica precisamente a través del 1004. Efectivamente he vuelto a tener esa sensación de ser un imbécil al que le están tomando el pelo y, como diría mi amigo el Senséi, he lamentado profundamente no llamarme Charles Bronson o Steven Seagal pues hubiese resuelto el problema de otra manera con gran ovación por parte de las masas y varias vueltas al ruedo.
Me temo que más de uno habrá vivido una experiencia similar. Tienes un problema y llamas a un ente donde se supone que te lo han de solucionar y donde la única consigna que tienen es dilatar en el tiempo la llamada todo lo que sea posible pues ahí está su negocio y su beneficio: te tienen en espera, te preguntan tu nombre, te lo vuelven a preguntar, realizan comprobaciones, te vuelven a poner en espera, te preguntan el nombre, comprueban, vuelven a comprobar, siguen comprobando, te preguntan el nombre, te ponen en espera y tú, que has estado media hora concentrado antes de llamar haciendo ejercicios de respiración y leyendo a Tagore, que tienes a tu lado una efigie tamaño natural del santo Job haciéndote compañía, notas como la sensación de indefensión e impotencia va en aumento y cómo ésta se traduce en indignación, la indignación se convierte en ira y la ira explota en retórica.
Porque hay que ver lo bien que habla uno cuando está absolutamente indignado. Cómo fluyen las palabras, los argumentos, los razonamientos. Sabes que al otro lado del teléfono hay una persona con un contrato basura que trabaja para una subcontrata y que hace su trabajo que no es, precisamente, satisfacer al cliente. Aún así, te dejas llevar y bramas con gravedad, elocuencia, lógica y dignidad. Al cabo de un rato, cuando el trabajador ya ha superado el tiempo mínimo de llamada que le permite cobrar un plus, el problema queda solucionado y te piden que respondas a una encuesta posterior: pulse uno si ha quedado satisfecho con el trato recibido y pulse dos si no. Y claro, pulsé dos. Y a punto estuve de pulsar el doscientos veintidós mil doscientos veintidós.
Inmediatamente recibí una llamada: disculpe, le llamo de Telefónica. Ha manifestado disconformidad con el trato recibido y ruego me indique los problemas que haya podido tener con el fin de tratar de subsanarlos. –Espere un momento. Retiré al santo Job, puse las efigies a tamaño natural de Demóstenes y de Cicerón, uno a mi izquierda y otro a mi derecha, y comencé un discurso que merecería ser cincelado en cualquier friso. Con gran solemnidad pero con un lenguaje ágil y conciso realicé una exposición de los hechos sin olvidar situarlos dentro de un contexto macroeconómico. Mi interlocutor de vez en cuando respondía con un –ahá- y me lo imaginaba jugando al Tetris o al Buscaminas pensando –qué trabajo éste el mío, soportando constantemente a cretinos jugando a la oratoria. Pero yo pensaba –éste es mi momento. Ahora te vas a joder- y aún continué un buen rato argumentando y recreándome en el placer de escucharme y, por supuesto, creciéndome y viniéndome arriba a cada instante (creo que llegué a decir lo de sangre, sudor y lágrimas). Cuando hube terminado el fulano masculló una disculpa, dijo que tomaba nota y colgó.
Tal y como cuelgas te sientes pleno, rotundo. Nadie te aplaude pero tú estás escuchando el eco estruendoso de las ovaciones que mereces. Luego vas cayendo que no es así, que has hecho el ridículo, que se han reído de ti, que les da igual, que han conseguido lo que querían y tú tal vez lo único que has logrado es expresar el derecho al pataleo. ¿Te has desahogado? Sí. ¿Te has sentido un milhombres? Sí. ¿Y qué más? Pues poco más. Y lamenté entonces no llamarme Clint Eastwood y no tener en mis manos una Mágnum 44. O no haber enviado a Luca Brasi a que hiciese propuestas imposibles de rechazar. Ellos sí que sabían.
Iberia no me ha perdido las maletas pero sí he tenido que hacer una reclamación telefónica precisamente a través del 1004. Efectivamente he vuelto a tener esa sensación de ser un imbécil al que le están tomando el pelo y, como diría mi amigo el Senséi, he lamentado profundamente no llamarme Charles Bronson o Steven Seagal pues hubiese resuelto el problema de otra manera con gran ovación por parte de las masas y varias vueltas al ruedo.
Me temo que más de uno habrá vivido una experiencia similar. Tienes un problema y llamas a un ente donde se supone que te lo han de solucionar y donde la única consigna que tienen es dilatar en el tiempo la llamada todo lo que sea posible pues ahí está su negocio y su beneficio: te tienen en espera, te preguntan tu nombre, te lo vuelven a preguntar, realizan comprobaciones, te vuelven a poner en espera, te preguntan el nombre, comprueban, vuelven a comprobar, siguen comprobando, te preguntan el nombre, te ponen en espera y tú, que has estado media hora concentrado antes de llamar haciendo ejercicios de respiración y leyendo a Tagore, que tienes a tu lado una efigie tamaño natural del santo Job haciéndote compañía, notas como la sensación de indefensión e impotencia va en aumento y cómo ésta se traduce en indignación, la indignación se convierte en ira y la ira explota en retórica.
Porque hay que ver lo bien que habla uno cuando está absolutamente indignado. Cómo fluyen las palabras, los argumentos, los razonamientos. Sabes que al otro lado del teléfono hay una persona con un contrato basura que trabaja para una subcontrata y que hace su trabajo que no es, precisamente, satisfacer al cliente. Aún así, te dejas llevar y bramas con gravedad, elocuencia, lógica y dignidad. Al cabo de un rato, cuando el trabajador ya ha superado el tiempo mínimo de llamada que le permite cobrar un plus, el problema queda solucionado y te piden que respondas a una encuesta posterior: pulse uno si ha quedado satisfecho con el trato recibido y pulse dos si no. Y claro, pulsé dos. Y a punto estuve de pulsar el doscientos veintidós mil doscientos veintidós.
Inmediatamente recibí una llamada: disculpe, le llamo de Telefónica. Ha manifestado disconformidad con el trato recibido y ruego me indique los problemas que haya podido tener con el fin de tratar de subsanarlos. –Espere un momento. Retiré al santo Job, puse las efigies a tamaño natural de Demóstenes y de Cicerón, uno a mi izquierda y otro a mi derecha, y comencé un discurso que merecería ser cincelado en cualquier friso. Con gran solemnidad pero con un lenguaje ágil y conciso realicé una exposición de los hechos sin olvidar situarlos dentro de un contexto macroeconómico. Mi interlocutor de vez en cuando respondía con un –ahá- y me lo imaginaba jugando al Tetris o al Buscaminas pensando –qué trabajo éste el mío, soportando constantemente a cretinos jugando a la oratoria. Pero yo pensaba –éste es mi momento. Ahora te vas a joder- y aún continué un buen rato argumentando y recreándome en el placer de escucharme y, por supuesto, creciéndome y viniéndome arriba a cada instante (creo que llegué a decir lo de sangre, sudor y lágrimas). Cuando hube terminado el fulano masculló una disculpa, dijo que tomaba nota y colgó.
Tal y como cuelgas te sientes pleno, rotundo. Nadie te aplaude pero tú estás escuchando el eco estruendoso de las ovaciones que mereces. Luego vas cayendo que no es así, que has hecho el ridículo, que se han reído de ti, que les da igual, que han conseguido lo que querían y tú tal vez lo único que has logrado es expresar el derecho al pataleo. ¿Te has desahogado? Sí. ¿Te has sentido un milhombres? Sí. ¿Y qué más? Pues poco más. Y lamenté entonces no llamarme Clint Eastwood y no tener en mis manos una Mágnum 44. O no haber enviado a Luca Brasi a que hiciese propuestas imposibles de rechazar. Ellos sí que sabían.
domingo 20 de noviembre de 2011
Pamplinas
Comentaban por la radio un estudio demográfico que terminaba de publicarse y en donde se afirmaba que la tasa de natalidad en España no sólo había disminuido, sino que se pronosticaba que lo siguiese haciendo en los próximos años, con el correspondiente aumento de la edad media española. El titular que dieron fue el siguiente: Dentro de diez años seremos más viejos.
Me llegó un correo solicitando un presupuesto. El apellido del firmante era Conderana. Sé que es ere y no erre, pero no pude evitar pensar que, con ese apellido, seguro que todas las chicas te besan para averiguar cuál es la parte real.
Tras dejar a los niños en el colegio unas cuantas madres se quedaron de cháchara. Una de ellas, inglesa, tomó lo palabra:
-Oye, con todo esto de la caída de Gadaffi, ¿qué va a pasar ahora con los toros?
-¿Con los toros? ¿Qué toros?
-Con los toros de Libia.
Me llegó un correo solicitando un presupuesto. El apellido del firmante era Conderana. Sé que es ere y no erre, pero no pude evitar pensar que, con ese apellido, seguro que todas las chicas te besan para averiguar cuál es la parte real.
Tras dejar a los niños en el colegio unas cuantas madres se quedaron de cháchara. Una de ellas, inglesa, tomó lo palabra:
-Oye, con todo esto de la caída de Gadaffi, ¿qué va a pasar ahora con los toros?
-¿Con los toros? ¿Qué toros?
-Con los toros de Libia.
martes 15 de noviembre de 2011
Tres días de noviembre
Segundo domingo de noviembre y, un año más, y van cinco, a las once y dos minutos de la mañana salíamos corriendo de Behobia camino de San Sebastián. Dentro de la lotería que supone la climatología, este año nos tocó calor excesivo y así, entre los veinticuatro grados a la hora de la carrera y las casi tres semanas que estuve de parón, me apunté a la modalidad de carrera a cámara lenta. Ni siquiera la pancarta de ánimo de mi chaval en el kilómetro diecisiete me hizo acelerar. Aún así acabé fundido y con las ganas de volver a correrla los próximos quinientos años intactas. Sigue siendo la mejor carrera del mundo.
Este año la Behobia tenía para mí un nuevo aliciente. Mi sobrina tiene una amiga cuyo padre ha terminado haciendo amistad con mi hermano. Dicho padre es miembro de la directiva del C.D. Fortuna K.E., sociedad deportiva centenaria que es la que organiza la Behobia. Le comentó mi hermano que yo iba todos los años y éste le pidió a ver si podía escribirles algo para la revista que siempre editan para la carrera.
-Bien, pero ¿qué es algo?
-Pues no sé. Ahora están obsesionados con el running como fuente de turismo.
-¿Y qué es el running?
-Lo que tú haces.
-No. Yo corro.
-Pues escribe lo que quieras.
-Coméntale si le parece bien que haga una especie de crónica de nuestros tres días del fin de semana de la Behobia. Y pregúntale también si tengo que hacer mucho la pelota.
Una semana después.
-Que vale. Y que cuanto más hagas la pelota, mucho mejor.
Me senté, junté cuatro letras, las rocié de azúcar, las sumergí en almíbar, las regué con miel y las envié.
-Oye, que les ha gustado mucho.
Un mes después.
-Oye, que te lo van a publicar.
La revista de la Behobia tiene una tirada de veinticinco mil ejemplares. Iban a publicar un escrito mío en una revista con una tirada de veinticinco mil ejemplares. Vamos a pasar por alto las características de este tipo de revistas, llenas de publicidad de los patrocinadores, información general sobre la carrera, autobombo de los organizadores y algunos consejos médicos. No hace falta que profundicemos en el hecho de que estas revistas más que leerse se ojean. El dato real e incontestable es que yo iba a publicar en una revista de veinticinco mil ejemplares. Y mi ego, algunas veces aletargado pero siempre preparado para expandirse hasta el infinito, se sintió complacido.
Sábado por la mañana. Feria del corredor en el Kursaal. Había veintitrés mil inscritos a la carrera por lo que la feria estaba de bote en bote. Recogí mi dorsal, recogí la bolsa del corredor, cogí la revista y busqué mi escrito. Allí estaba. Media página la ocupaba una foto de no sé quién. El resto la ocupaba el texto. Seiscientas palabras de texto. Las seiscientas primeras de mi escrito. ¿Y el resto? No estaban. Lo habían cortado. Cupo lo que cupo y el resto a hacer puñetas. ¿Me llamaron para que lo redujese? No. ¿Me preguntaron mi opinión? No. Cortaron y ya está. Y me quedé un tanto desilusionado. Bueno, muy desilusionado.
Fui con mi hermano y me presentó al directivo. Estaba muy agobiado con el trajín de la feria. Todo el trabajo y toda la responsabilidad del mundo recaían sobre sus hombros. Estaba desbordado. Aún así charlamos un rato. Cuando ya nos íbamos a despedir le dije –antes de irme me gustaría decirte dos cosas. La primera, muy bien y, por tanto, muchísimas gracias. La segunda, muy mal y aquí tienes un papel donde os explico del mal que habéis de morir del primero al último de la directiva.
Adjunto el texto. No es obligatorio leerlo. Tampoco es gran cosa.
La Behobia San Sebastián comienza el viernes por la tarde previo cuando tres amigos de los de toda la vida se reúnen. Uno viene de Madrid. Otro viene de Valencia. El tercero vive en San Sebastián. El madrileño y el valenciano vienen solos o con su familia o con más amigos pero vienen sin falta al reclamo de la amistad, de una ciudad y de una carrera. El donostiarra acude un año más con la excusa de que este año no ha podido prepararse. Tal vez corra el año que viene. Esa misma tarde, sin haber deshecho siquiera el equipaje, los tres amigos se reúnen en la Parte Vieja. Y no necesitan a nadie. Podrían estar solos y estar a gusto, pero no es así. Para el madrileño y el valenciano, experimentados en muchas carreras y maratones por España y Europa, siempre es grato sumergirse no sólo en una ciudad como San Sebastián, que ya de por sí merece todas la excusas para acercarse, sino en una ciudad que acoge y vive una carrera como si fuese una fiesta. En la televisión se ocupan de ella de manera extensa, algo impensable en Madrid y Valencia. Y esa misma tarde la ciudad empieza a llenarse de gente delgada con la cara chupada que se miran unos a otros con gesto de complicidad y, para qué mentir, con gesto de competitividad –a éste yo le gano. Y el madrileño y el valenciano se sienten en su casa, en su ambiente. Y ya que están por la Parte Vieja, pues tendrán que tomarse algo. O si no, este año igual se pasan por el Antiguo. O por Gros. O por…
Sábado por la mañana. La intención siempre es ir temprano al Kursaal. Tiene que dar tiempo a todo. Y todo es recoger el dorsal, visitar detenidamente la feria del corredor y luego tomarse unos potes y comer como Dios manda. Lo de ir temprano no siempre lo consiguen. Con el resto cumplen escrupulosamente. Cuando uno ha ido a San Sebastián tal vez haya cosas a las que se puedan renunciar pero hay muchas otras irrenunciables. Y los pinchos y la comida, para alguien que viene de fuera, es casi sagrado. Y sin casi. Y eso que son corredores de fondo. Si fuesen lanzadores de peso dejaban la ciudad sin existencias.
La tarde del sábado es más tranquila. O muy tranquila. Al fin y al cabo el domingo hay que correr. Pero siempre hay tiempo, si queda buena tarde, para dar un paseo por Ondarreta y llegar hasta el Peine de los Vientos. Y ver la bahía conforme va cayendo la noche. Los tres amigos sentados o paseando, sin apenas hablar, disfrutando del paisaje, disfrutando del momento. No es la primera vez que lo viven, ni la segunda ni la tercera, pero hay espectáculos a los que el alma nunca se acostumbra, espectáculos en los que el alma nunca podría dejar de disfrutar.
Domingo por la mañana. La cita es temprano en la estación de Amara para coger el Topo. Aquí sí que son puntuales. Hay otras formas de acercarse a la salida pero meterse dentro de un tren lleno de corredores es parte de la fiesta y no quieren renunciar a ello. Dentro del tren coinciden con corredores de todas partes y se cuentan unos a otros experiencias y batallas en distintas carreras en cualquier parte del mundo. Los corredores cada vez viajan más y el boca a boca es fundamental. Y si alguien que habla tu mismo idioma te cuenta que en una ciudad hermosa se organiza una gran carrera ya sabes dónde tarde o temprano vas a ir.
Luego el ritual. Guardarropía, calentamiento ya concentrados y a la zona de salida, sin distracciones. La organización por cajones, el cronometraje con chip hace que se despreocupen de todo porque saben que van a hacer su carrera y van a hacer su tiempo. Y no han de preocuparse más que de correr. De correr y de disfrutar.
Dan la salida. Y a partir de ese momento ya todo es inenarrable. Han viajado mucho el madrileño y el valenciano y, en Europa, sólo han vivido algo similar en el maratón de Berlín. El hecho de que una carrera sea algo más que una carrera, que llegue a formar parte de la vida de todas las localidades que unen Behobia con San Sebastián hace que el corredor se sienta protagonista, se sienta una estrella, se sienta importante. Y cuando da igual que haga buen tiempo, que llueva o que haya temporal porque el río de gente que sale a jalear y a vitorear al corredor está ahí, imperturbable, las sensaciones dentro del corredor se disparan y se siente pleno disfrutando de una afición casi siempre incomprendida y siempre inexplicable. En la Behobia San Sebastián un corredor no se siente corredor. Se siente grande, muy grande. Y eso es algo demasiado hermoso como para perdérselo. Y éste será el quinto año consecutivo que el valenciano y el madrileño vienen a la Behobia San Sebastián. Y no será el último pues si alguien quiere buscarlos el fin de semana del segundo domingo de noviembre de los próximos mil años (o más) no hace falta que pregunten. Ya saben dónde tienen que ir. Y para que todo sea perfecto sólo faltará una cosa y esa es que el amigo donostiarra un año se prepare y corra y viva esa carrera. La carrera perfecta pasa por la puerta de su casa y él se la está perdiendo.
jueves 10 de noviembre de 2011
Elogio de lo inútil y lo aburrido
A la mili llegué con una cierta edad pero muy bisoño en casi todo. Siempre estudiando y siempre pegado a las faldas de mi madre, los chavales de dieciocho años que salían el viernes a mediodía del cuartel y volvían el lunes sin haber pegado ojo en todo el fin de semana, que traficaban con las pastillas encima de las literas y cuyo vocabulario se reducía básicamente a la expresión –qué caña, nano- me daban sopas con honda y al principio no he de negar que me intimidaban bastante. Luego les fui perdiendo el respeto, más tarde les cogí cariño y hasta me emocioné cuando me despedí de ellos.
Con quien hice más amistad durante la mili fue con los mandos. Tenían más vocabulario, sus conversaciones eran más amenas (incluso con el debido respeto) y la mayoría no eran mucho mayores que yo. El trato con los mandos me permitió descubrir algo que en su momento me dejó un tanto perplejo pues, dada mi inexperiencia, me parecía algo irreal e inverosímil.
El descubrimiento era muy simple. Un profesional tiene que trabajar cuarenta horas semanales para cobrar un sueldo. Los mandos eran profesionales. ¿Qué tenían que hacer? Realmente nada. O digamos que apenas nada. ¿Cómo completaban las cuarenta horas? Pues inventándose el trabajo. ¿Y eso cómo se consigue? Pues burocratizando todo y dándole, además, una solemnidad y un boato (para eso los militares y los curas no tienen rival) magnífico. Dentro de los mandos con los que traté había de dos tipos: los que eran conscientes que la mayor parte de su tiempo lo empleaban en algo absolutamente inútil y lo consideraban como gajes de su oficio y luego estaban los que, sospecho que para darse mucha importancia, consideraban que su trabajo era crucial para el equilibrio del universo. Los primeros solían ser bastante más majos y agradables que los segundos.
Terminé la mili y, tal y como se cerró la puerta del cuartel tras de mí (de la mili no te ibas. Te echaban) pensé que dejaba detrás un mundo completamente ficticio. Me había resultado curiosa y divertida mi experiencia militar, pero siempre tuve la sensación de que estaba viviendo en un mundo irreal. Volví a ser civil y, con dificultades (la famosa crisis del noventa y tres), me incorporé al mundo laboral en el ámbito privado. Y, oh sorpresa, descubrí que en el mundo de los beneficios, de los rendimientos y de la productividad también existía un verdadero culto a lo inútil. Y también estaba rodeado de pompa y firuletes dorados. Algunos lo llamaban Normas ISO. Otros Real Decreto una cifra barra un año. Y tenían su jerga propia. Y lo malo era que muy pocos eran conscientes de que se trataba de una gran mentira. Una gran mentira cargada de verdad ya que mueve muchos millones, pero al fin y a la postre algo tan prescindible y superfluo como…bah, no sigo que me estoy aburriendo hasta yo.
Con quien hice más amistad durante la mili fue con los mandos. Tenían más vocabulario, sus conversaciones eran más amenas (incluso con el debido respeto) y la mayoría no eran mucho mayores que yo. El trato con los mandos me permitió descubrir algo que en su momento me dejó un tanto perplejo pues, dada mi inexperiencia, me parecía algo irreal e inverosímil.
El descubrimiento era muy simple. Un profesional tiene que trabajar cuarenta horas semanales para cobrar un sueldo. Los mandos eran profesionales. ¿Qué tenían que hacer? Realmente nada. O digamos que apenas nada. ¿Cómo completaban las cuarenta horas? Pues inventándose el trabajo. ¿Y eso cómo se consigue? Pues burocratizando todo y dándole, además, una solemnidad y un boato (para eso los militares y los curas no tienen rival) magnífico. Dentro de los mandos con los que traté había de dos tipos: los que eran conscientes que la mayor parte de su tiempo lo empleaban en algo absolutamente inútil y lo consideraban como gajes de su oficio y luego estaban los que, sospecho que para darse mucha importancia, consideraban que su trabajo era crucial para el equilibrio del universo. Los primeros solían ser bastante más majos y agradables que los segundos.
Terminé la mili y, tal y como se cerró la puerta del cuartel tras de mí (de la mili no te ibas. Te echaban) pensé que dejaba detrás un mundo completamente ficticio. Me había resultado curiosa y divertida mi experiencia militar, pero siempre tuve la sensación de que estaba viviendo en un mundo irreal. Volví a ser civil y, con dificultades (la famosa crisis del noventa y tres), me incorporé al mundo laboral en el ámbito privado. Y, oh sorpresa, descubrí que en el mundo de los beneficios, de los rendimientos y de la productividad también existía un verdadero culto a lo inútil. Y también estaba rodeado de pompa y firuletes dorados. Algunos lo llamaban Normas ISO. Otros Real Decreto una cifra barra un año. Y tenían su jerga propia. Y lo malo era que muy pocos eran conscientes de que se trataba de una gran mentira. Una gran mentira cargada de verdad ya que mueve muchos millones, pero al fin y a la postre algo tan prescindible y superfluo como…bah, no sigo que me estoy aburriendo hasta yo.
sábado 5 de noviembre de 2011
San Joderse cayó en viernes
San Carlos Borromeo fue arzobispo de Milán. Sobrino del Papa Pío IV, según sus hagiógrafos fue un hombre bueno que, tras la muerte accidental de su hermano, renunció a sus riquezas y tuvo en la austeridad y en el servicio a los demás el lema de su vida. Falleció a la tempranísima edad de cuarenta y seis años en olor de santidad. Su cuerpo se conserva incorrupto en la catedral de Milán y fue canonizado en mil seiscientos diez por el Papa Pablo V.
Una semana entera he pasado estudiando una obra. Una semana, puente incluido, visitando el lugar, viendo todos los medios auxiliares y el tratamiento superficial con unos y con otros, revisando los planos una y otra vez y haciendo números. Muchos números. El esfuerzo merecía la pena. Era una obra importante que nos garantizaba cuatro meses de supervivencia. Llevamos ya mucho tiempo con la cabeza agachada viviendo al día, con un horizonte laboral muy corto, con la angustia como rutina. Y cuatro meses de oxígeno se presentaban como el paraíso, como un balneario. Cuatro meses de trabajo garantizado. De esa sensación ya sí que no me queda ni el recuerdo. El jueves tenía que estar sin falta el presupuesto. Y estuvo.
Tras leer nuestro presupuesto nos citaron para el viernes por la tarde. Era una buena señal. No significaba nada pues seguro que nos iban a estrujar con el precio y también teníamos que hablar de las condiciones de pago, pero al menos estábamos un paso más cerca para coger la obra. Mas nos habían citado en viernes. El viernes es el día más traidor de la semana, el más miserable. Nada puede salir bien un viernes. Nada. Desanimado recordé sin embargo que ese viernes se celebraba la festividad de San Carlos Borromeo. No es que tenga gran devoción por San Carlos (en realidad no la tengo por ningún santo) pero sí es San Carlos un santo por el cual siento, por distintas razones, una gran simpatía. Y a él me encomendé. –San Carlos, de ti dependemos. San Carlos, confío en ti para derrotar al viernes. San Carlos, haz ese esfuerzo por nosotros. Por favor. Por favor.
Ganó el viernes. No se puede luchar contra el viernes. El viernes no perdona. Toca seguir con la cabeza agachada. Toca seguir viviendo al día. Toca seguir con la rutina de la angustia.
Una semana entera he pasado estudiando una obra. Una semana, puente incluido, visitando el lugar, viendo todos los medios auxiliares y el tratamiento superficial con unos y con otros, revisando los planos una y otra vez y haciendo números. Muchos números. El esfuerzo merecía la pena. Era una obra importante que nos garantizaba cuatro meses de supervivencia. Llevamos ya mucho tiempo con la cabeza agachada viviendo al día, con un horizonte laboral muy corto, con la angustia como rutina. Y cuatro meses de oxígeno se presentaban como el paraíso, como un balneario. Cuatro meses de trabajo garantizado. De esa sensación ya sí que no me queda ni el recuerdo. El jueves tenía que estar sin falta el presupuesto. Y estuvo.
Tras leer nuestro presupuesto nos citaron para el viernes por la tarde. Era una buena señal. No significaba nada pues seguro que nos iban a estrujar con el precio y también teníamos que hablar de las condiciones de pago, pero al menos estábamos un paso más cerca para coger la obra. Mas nos habían citado en viernes. El viernes es el día más traidor de la semana, el más miserable. Nada puede salir bien un viernes. Nada. Desanimado recordé sin embargo que ese viernes se celebraba la festividad de San Carlos Borromeo. No es que tenga gran devoción por San Carlos (en realidad no la tengo por ningún santo) pero sí es San Carlos un santo por el cual siento, por distintas razones, una gran simpatía. Y a él me encomendé. –San Carlos, de ti dependemos. San Carlos, confío en ti para derrotar al viernes. San Carlos, haz ese esfuerzo por nosotros. Por favor. Por favor.
Ganó el viernes. No se puede luchar contra el viernes. El viernes no perdona. Toca seguir con la cabeza agachada. Toca seguir viviendo al día. Toca seguir con la rutina de la angustia.
lunes 31 de octubre de 2011
It's my party and i'll cry if i want to
Me resulta sorprendente la evolución que ha sufrido el cuerpo humano en los últimos años, especialmente en las extremidades inferiores. Cuando yo era un chaval teníamos pie, espinilla, gemelos, rodilla y muslos. Y algunos, los que eran buenos, tenían abductores. Y todas nuestras lesiones musculares se reducían a torceduras de tobillo o a tirones. – ¿Qué te pasa? -Nada. Que me ha dado un tirón. Y parabas hasta que se te iba el dolor. Ahora no. Ahora todos los chavales tienen cuádriceps, isquiotibiales, piramidal y psoas. Y luego tienen distensiones, contracturas y elongaciones. También es verdad que ahora todos los chavales van depilados mientras que otros tenemos canas hasta en las piernas. Tal vez la clave esté en los pelos. Las piernas con pelos son rudimentarias mientras que las piernas depiladas son más sofisticadas. Es probable que sea eso.
Haciendo cambios de ritmo un sábado por la mañana me pegó un pinchazo en la parte trasera del muslo que me dejó clavado. Paré una semana. Lo intenté al sábado siguiente pero tuve que volverme a casa por el dolor. Debí haber ido al fisioterapeuta pero no forma parte de mi credo. Lo curioso fue que el fisioterapeuta vino a mí. Me encontré por la calle con Marco climaterio, fisio él, a quien le conté mis penas. –Tranquilo, es una microrrotura en el isquiotibial. –Perdona, pero yo de eso no uso. Tengo pelos en las piernas. No me hizo caso. Me enseñó un par de ejercicios, reposo, calor, frío y dos semanas y media después del pinchazo ya estaba rodando por el río.
Con el parón me perdí el correr la media maratón de Valencia, como era mi intención. De hecho estaba inscrito (la última vez que le doy mi dorsal a nadie sin pedirle antes el currículo. Eso de ver mi nombre en una clasificación con un tiempo que haría tranquilamente a gatas me tiene la sangre revuelta) pero no me atreví ni a intentarlo. Siempre me quejo de que en Valencia y su provincia hay mucha afición a correr pero muy poca al atletismo. Cualquier carrera junta no menos de quinientos corredores pero, viéndola y animando, cuatro o cinco contando a los conductores que pitan cabreados. El caso es que no tengo mucho derecho a quejarme, puesto que correr sí que corro pero nunca he ido a ver una carrera. Y por esta razón, y porque muchos amigos y conocidos la corrían, me bajé el domingo por la mañana a ver la media.
La salida era a las nueve y media junto al puerto. Ocho mil quinientos inscritos. La carrera ya va cogiendo unas dimensiones importantes. Los corredores de la casa a las ocho y media estábamos situados cerca del primer kilómetro. Los negros ya pasaron destacados. Yo estaba todo el rato buscando a los conocidos, saludando a gritos porque nadie mira a los lados en la salida. El caso es que venía gente, mucha gente. Al principio estirados. Luego ocuparon la calzada. Después también las aceras. Nos tuvimos que refugiar tras un quiosco. Diez minutos estuvieron pasando corredores. Me resultó muy bonito. La calle era nuestra.
Nos fuimos paseando hasta cerca del kilómetro once. Los negros tardaron poco en llegar. El grupo ya se había ido disgregando. Pasaron volando, sin hacer ruido, sin tocar el suelo, sin esfuerzo aparente. Mi crío me preguntaba -¿estos corren más que tú? –Sí. –Pues apúntate a un gimnasio y así les ganas. No quise desengañarle. Cómo corren. Qué barbaridad. Qué naturalidad. Son realmente superiores, desde luego. Mucho después de los negros empezaron a llegar los mortales. Parecía que iban despacio. Y al rato comenzaron a llegar los conocidos (bueno, todos menos uno). Las caras eran de concentración. Saludaban pero ya sin grandes aspavientos, sin los excesos de adrenalina de la salida. No estaban para muchas bromas, desde luego, así que aplausos, ánimos, gritos y poco más.
Del kilómetro once nos pasamos al diecinueve para lo cual tuvimos que girar nuestro cuerpo ciento ochenta grados. Fue un gesto de mala educación el dar la espalda a todos los corredores que todavía iban por el once pero ver a los negros es un placer al cual no suelo tener acceso y al que no quería renunciar. Pasaron dos muy destacados (terminaron bajando de la hora). Luego comenzó un goteo. Las caras ya no eran las mismas que en el once. Al mucho rato comenzaron a llegar los mortales. La gente iba ya descompuesta. Llegan los conocidos e intentas decirles algo agradable, animarlos, aplaudirlos. Van todos al límite. Te da hasta apuro. La mayoría ni te mira. A lo sumo hacen una mueca. Visto como espectador podría parecer algo incomprensible que tantísima gente pudiese estar haciendo un esfuerzo que conllevase tanto sufrimiento. Parecía algo absurdo, ilógico. Pero yo no pensaba eso. Por una parte estaba emocionado. Me parecía algo muy hermoso, épico, homérico. Y luego estaba muerto de envidia. Cuando llegas al diecinueve, cuando ya se huele la meta, cuando algo en tu cabeza se conecta y las piernas te responden, vas muerto, sí, pero todavía puedes, puedes un poco más, y das otro paso, y otro. Y sigues corriendo. Yo aplaudía lo que podía, gritaba lo que podía. Pero no estaba en mi sitio. Estaba fuera de lugar. Mi sitio estaba justo al lado, con la cara contraída, con el gesto deshecho, con la cabeza tratando de convencerme de que es posible, de que está hecho, de que sólo un poco más para llegar al veinte, que del veinte a meta no cuenta, que ése se hace solo. Mi sitio estaba justo al lado, sudando, sufriendo y con las piernas obedeciéndome. Y volvíamos a casa y tenía un sabor de boca bastante amargo. No es fácil ser espectador cuando uno suele ser actor. No es divertido ser observador de una fiesta en la que uno siempre participa. No me gusta quedarme fuera.
Haciendo cambios de ritmo un sábado por la mañana me pegó un pinchazo en la parte trasera del muslo que me dejó clavado. Paré una semana. Lo intenté al sábado siguiente pero tuve que volverme a casa por el dolor. Debí haber ido al fisioterapeuta pero no forma parte de mi credo. Lo curioso fue que el fisioterapeuta vino a mí. Me encontré por la calle con Marco climaterio, fisio él, a quien le conté mis penas. –Tranquilo, es una microrrotura en el isquiotibial. –Perdona, pero yo de eso no uso. Tengo pelos en las piernas. No me hizo caso. Me enseñó un par de ejercicios, reposo, calor, frío y dos semanas y media después del pinchazo ya estaba rodando por el río.
Con el parón me perdí el correr la media maratón de Valencia, como era mi intención. De hecho estaba inscrito (la última vez que le doy mi dorsal a nadie sin pedirle antes el currículo. Eso de ver mi nombre en una clasificación con un tiempo que haría tranquilamente a gatas me tiene la sangre revuelta) pero no me atreví ni a intentarlo. Siempre me quejo de que en Valencia y su provincia hay mucha afición a correr pero muy poca al atletismo. Cualquier carrera junta no menos de quinientos corredores pero, viéndola y animando, cuatro o cinco contando a los conductores que pitan cabreados. El caso es que no tengo mucho derecho a quejarme, puesto que correr sí que corro pero nunca he ido a ver una carrera. Y por esta razón, y porque muchos amigos y conocidos la corrían, me bajé el domingo por la mañana a ver la media.
La salida era a las nueve y media junto al puerto. Ocho mil quinientos inscritos. La carrera ya va cogiendo unas dimensiones importantes. Los corredores de la casa a las ocho y media estábamos situados cerca del primer kilómetro. Los negros ya pasaron destacados. Yo estaba todo el rato buscando a los conocidos, saludando a gritos porque nadie mira a los lados en la salida. El caso es que venía gente, mucha gente. Al principio estirados. Luego ocuparon la calzada. Después también las aceras. Nos tuvimos que refugiar tras un quiosco. Diez minutos estuvieron pasando corredores. Me resultó muy bonito. La calle era nuestra.
Nos fuimos paseando hasta cerca del kilómetro once. Los negros tardaron poco en llegar. El grupo ya se había ido disgregando. Pasaron volando, sin hacer ruido, sin tocar el suelo, sin esfuerzo aparente. Mi crío me preguntaba -¿estos corren más que tú? –Sí. –Pues apúntate a un gimnasio y así les ganas. No quise desengañarle. Cómo corren. Qué barbaridad. Qué naturalidad. Son realmente superiores, desde luego. Mucho después de los negros empezaron a llegar los mortales. Parecía que iban despacio. Y al rato comenzaron a llegar los conocidos (bueno, todos menos uno). Las caras eran de concentración. Saludaban pero ya sin grandes aspavientos, sin los excesos de adrenalina de la salida. No estaban para muchas bromas, desde luego, así que aplausos, ánimos, gritos y poco más.
Del kilómetro once nos pasamos al diecinueve para lo cual tuvimos que girar nuestro cuerpo ciento ochenta grados. Fue un gesto de mala educación el dar la espalda a todos los corredores que todavía iban por el once pero ver a los negros es un placer al cual no suelo tener acceso y al que no quería renunciar. Pasaron dos muy destacados (terminaron bajando de la hora). Luego comenzó un goteo. Las caras ya no eran las mismas que en el once. Al mucho rato comenzaron a llegar los mortales. La gente iba ya descompuesta. Llegan los conocidos e intentas decirles algo agradable, animarlos, aplaudirlos. Van todos al límite. Te da hasta apuro. La mayoría ni te mira. A lo sumo hacen una mueca. Visto como espectador podría parecer algo incomprensible que tantísima gente pudiese estar haciendo un esfuerzo que conllevase tanto sufrimiento. Parecía algo absurdo, ilógico. Pero yo no pensaba eso. Por una parte estaba emocionado. Me parecía algo muy hermoso, épico, homérico. Y luego estaba muerto de envidia. Cuando llegas al diecinueve, cuando ya se huele la meta, cuando algo en tu cabeza se conecta y las piernas te responden, vas muerto, sí, pero todavía puedes, puedes un poco más, y das otro paso, y otro. Y sigues corriendo. Yo aplaudía lo que podía, gritaba lo que podía. Pero no estaba en mi sitio. Estaba fuera de lugar. Mi sitio estaba justo al lado, con la cara contraída, con el gesto deshecho, con la cabeza tratando de convencerme de que es posible, de que está hecho, de que sólo un poco más para llegar al veinte, que del veinte a meta no cuenta, que ése se hace solo. Mi sitio estaba justo al lado, sudando, sufriendo y con las piernas obedeciéndome. Y volvíamos a casa y tenía un sabor de boca bastante amargo. No es fácil ser espectador cuando uno suele ser actor. No es divertido ser observador de una fiesta en la que uno siempre participa. No me gusta quedarme fuera.
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