martes, 23 de julio de 2019

La felicidad y sus atajos

Sería un chaval. Estaría leyendo. Debió aparecer la palabra misantropía (o misántropo) en el texto. La busqué en el diccionario. Me gustó la palabra. Me gustó su significado. Me quedé pensando. -La misantropía es el camino más corto para alcanzar la felicidad. Me quedé muy a gusto con mi pensamiento. Seguí leyendo.

En esta vida, pienso, al final de lo que se trata es de ser feliz. Por la razón (o razones) que sea elegí un camino más largo para llegar a ella. Me hice un ser social. Está mi familia. He hecho amigos en cada circunstancia de mi vida. Estoy bien. No me quejo. No me arrepiento.

Recientemente un amigo, que tiene a la cincuentena aproximándose a gran velocidad, me preguntó qué cambios había notado yo desde que soy cincuentón. Como tengo alguna entrada escrita al respecto puse pose de gran orador y recité lo que escribí en su momento. Terminé. Me callé. Y luego añadí -y también que el número de personas que no me parecen unos gilipollas cada vez es menor.

Siempre se está a tiempo de coger el atajo.

martes, 16 de julio de 2019

Definitivamente ni mi cuerpo, ni mi mente, ni mi edad están en el mismo sitio


Nueva entrega de la sección "frases de mi hija". Nada que añadir. Yo sólo tomo nota. Desde la fascinación, por supuesto

martes, 9 de julio de 2019

Tú vales, chaval: Infantil. Primer año

Una temporada compleja ésta, primera de mi hijo en la categoría Infantil, con mucha diferencia todavía respecto a los de segundo año. Cambios también en el tipo de competiciones. En Benjamín y Alevín se nadan pruebas programadas. Muchos nadadores. Las gradas llenas. Con relevos. Ahora, en los controles, compiten juntos infantiles, juniors y absolutos. Pocos nadadores. Gradas vacías. Varias sesiones, donde se nadan todas las pruebas y cada uno elige. Y sin relevos. Una temporada con mucho crol y poco del resto de estilos. Siete y ocho sesiones semanales más dos de gimnasio de entrenamiento. Esto empieza a ponerse serio. De los nueve nadadores masculinos que subieron a Infantil en el club sólo tres compitieron en pruebas individuales en el autonómico de verano. El resto, por una razón o por otra, se han ido quedando en el camino. Alguna razón ha sido triste pues ha sido por motivos médicos. Alguna otra es más indignante. Nadadores con unas condiciones fabulosas para los que, hasta esta categoría, les ha sido fácil, ahora, para poder mantener su estatus, tienen que empezar a esforzarse. Y han desaparecido y con excusas peregrinas. Y los padres dando pábulo a sus argumentos. No señores, no. Vuestros hijos son unos vagos. Y flaco favor les hacéis justificándolos.

Mi hijo se sigue moviendo un (y dos. Y tres) peldaño por debajo de las mínimas autonómicas (sólo faltó este año la de 200 espalda. Un clásico. Aunque tampoco lo ha nadado) y un (y dos. Y tres) peldaño por encima de las mínimas nacionales. Y a la complejidad del deporte de competición este año ha habido que sumar los quince años, con lo que eso significa. La temporada empezó mal, estancado en los tiempos, sin apenas mejora. La relación con el entrenador se fue enturbiando. Y comenzó una espiral de negatividad que tocó fondo en el autonómico de invierno de Elche. Me tocó hablar con mi hijo y, con números en la mano, demostrarle que donde él veía un cero se podía ver un cinco o un seis. Me tocó hablar con el entrenador y, con sutileza, explicarle lo útil que puede ser una zanahoria o una palabra de reconocimiento para un chaval que respeta a la autoridad. Y, a partir de ahí, la espiral cambió de sentido. Y las marcas empezaron a llegar. Y la motivación fue subiendo.

Este año, aparte de mis breves labores mediadoras, mi papel ha sido el que tiene que ser, el de chófer y el de espectador. Cuando lo veía tan tozudo con el crol me daban ganas de recordarle sus logros en otras pruebas, pero me callé. El que nada es él. Y los que opinan son su entrenador y él. Y yo, pues eso, a conducir y a sentarme en las gradas, que este año había sitio de sobra. Y a sufrir. Y a vibrar. Porque sigo sufriendo mucho cada vez que lo veo detrás del poyete. Y sigo vibrando. Y este año ha habido momentos para no olvidar. El primer sub sesenta en el cien libre en Xirivella. El cien libre en Castellón, en el trofeo Ballester. El doscientos libre en el autonómico de verano en Sedaví. El cuatrocientos libre de Turís, con un marcón a pesar de pararse en el trescientos cincuenta pensando que había terminado (aún retumba en la piscina el - ¡sigue!- que le grité. Y aún tiene cincuenta vídeos pendientes de ver del Conde Draco que le envió Ana para ver si aprende a contar), el doscientos estilos de Xirivella, el cien espalda de Turís o el doscientos braza de Turís.

Pero si en las anteriores pruebas me emocioné, hubo dos en las que toqué el cielo. Y las dos fueron en relevos. Pocos ha habido este año, pero siempre espectaculares. Porque mi hijo en los relevos da lo que tiene y lo que no tiene. Y eso es, para mí, un don. No es no fallar al equipo. Es que el equipo sabe que puede confiar en ti. Siempre. Trofeo Delfín. Parque del Oeste. Cuatro por cien estilos mixtos. Mi hijo hace la posta de crol. La última. Llegan varios equipos muy igualados en la posta de mariposa. Salta al agua. Y los revienta. Los revienta. Ganaron. Tal y como tocó se giró hacia donde yo estaba, me miró, levantó el puño y sonrió. Y la satisfacción que había en su sonrisa era infinita. Y mi satisfacción…Segunda prueba. Autonómico de verano en Sedaví. Cuatro por cien estilos. Domingo por la tarde. Última prueba del campeonato. Llevan cuatro jornadas a cuestas. Han podido armar un equipo de relevos por los pelos, rescatando a un cuarto nadador que ha estado meses sin entrenar y que, en junio, se tiró al agua. Nadan la primera serie, la más floja. Encontrar motivación para nadar este relevo era complicado. Poco que ganar. Nada que perder. Mi hijo se tira en la posta de braza. El espaldista toca último. Salta. Y empieza a avanzar. Los demás parecen que vayan parados. Y tira. Y tira. Y tira. En el viraje ya va primero. Y hace una vuelta tremenda. Y mete un carro de segundos al resto que sus dos compañeros no tienen más que administrar. Y ganan su serie. Y el tiempo de mi hijo mejora en seis segundos el que tenía en piscina de cincuenta. Yo me froto los ojos ante lo que he visto. Y no puedo parar de gritar. La marca no se puede homologar pero dice mucho. Dice lo que eres. Dice lo que está por delante. Dice que hay un futuro, en el agua y fuera de ella, y que tú, hijo mío, te lo vas a comer. Porque, tú, hijo mío, eres extraordinario.

viernes, 28 de junio de 2019

Breves

Haremos repaso y actualizaremos de manera somera los temas recurrentes que ocupan este blog para esparcimiento, solaz y deleite de las generaciones presentes y venideras.

De correr. Mi vida calcificada sigue hacia delante. La cadera me deja correr y corro, aunque cada vez más valenciano y menos secarraleño. Voy al Secarral y, en cuanto empieza a ondularse el terreno, aquello es un penaero. Y vuelvo con la autoestima hecha un Cristo y con todo el catálogo de justificaciones desgastado. Pero bajo a la terreta y corro los diez miles ya por debajo de cuarenta y uno, que no es para salir en los periódicos pero sí para ser optimista. Y recupero mi ego (un ego meninfot, claro). Aunque (tengo que contarlo) en la última subida al castillo en la capital del Secarral hice podio. Local, ya lo sé. Con peor tiempo que el año pasado, que fue calamitoso, sí. Pero las desgracias, vistas desde el podio, se relativizan muy bien. El podio siempre embellece. Y da esplendor.

De mi hijo y la natación. Queda poco para que termine la temporada, una temporada que ha sido intensa y que, seguramente, será contada. Pero haremos un pequeño adelanto. El entrenador decidió hacer un paréntesis en las competiciones de piscina e inscribió a la mayoría del equipo al autonómico de aguas abiertas. Tres mil metros en la travesía de Burriana, en la playa del Arenal. Y la jugada salió bien: primeros por equipos. Y un montón de podios, entre ellos el de mi hijo, que fue tercero en la categoría infantil. Y no sólo eso. Quedar entre los tres primeros en una categoría autonómica te convierte automáticamente (y oficialmente. Sale en el BOE) en deportista de élite. Dejando a un lado las ventajas académicas que ello supone, me quedo con el prurito. Mi hijo es deportista de élite. La madre de la Pantoja es padre de un deportista de élite. Firmo autógrafos y me hago fotos lunes y miércoles de seis a siete.

De música. Mis obsesiones musicales de los últimos días han quedado monopolizadas por un documental que me envió Sanfélix titulado, en castellano, “A veinte pasos de la fama”. El título está muy bien puesto. Delante, en los conciertos, están las estrellas. Veinte pasos detrás, los que hacen los coros. Y en este documental se cuentan las historias de muchas voces que lo intentaron y se quedaron a veinte pasos. Ganó un Óscar lo cual, en sí mismo, hace mucho que dejó de significar algo. Y las historias que cuenta, al final, tienen un poso de tristeza. Pero las personalidades que aparecen (Merry Clayton, Lisa Fischer, Claudia Lennear, Darlene Love, Tata Vega, Judith Hill, etc.) son fascinantes. Y la época que relata también lo es. Y, además, “Gimme shelter” (la mejor canción de los Rolling Stones sin duda y sin discusión) tiene su papel. Así que tengo obsesión para una buena temporada.

Del futbolín. Del alto grado de madurez que hemos alcanzado el núcleo duro del grupo de amigos que formamos unos cuantos en el colegio da fe el hecho de que sigamos siendo amigos, de que nos sigamos riendo de las mismas tonterías y de que jugar al futbolín nos siga pareciendo el deporte rey. El local que tiene el Pato en Ruzafa es nuestro centro de reunión (he estado a punto de escribir epicentro. Y centro neurálgico también. Menos mal que me he dado cuenta a tiempo). Este local es como la “Casa tomada” de Julio Cortazar. El Pato la alquila por partes y cada vez el hueco del futbolín era menor. Pero, como cabíamos, pues no pasaba nada. Hasta que ha pasado. La casa ha sido tomada por completo por los arrendatarios. Nos hemos quedado sin centro de reunión (sin epicentro. Sin centro neurálgico). Se ha cerrado una puerta, así que tendremos que abrir otras. Pero la sensación de que se ha terminado una época me atenaza el estómago. Y por más que, a estas alturas lo de cerrar épocas sea una costumbre, me sigue doliendo.

sábado, 1 de junio de 2019

El maravilloso mundo de la segunda edad y pico

Pues veo ahora de cerca como nunca. De hecho, leo y escribo sin gafas. Con ellas, para poder leer, hago ese gesto de arrugar la nariz y entornar los ojos que te pone directamente en la frontera con la tercera edad. Y me traigo ese trajín de quitármelas y ponérmelas. Porque ya no las necesito de cerca. Me lo explicaron y tiene que ver con la miopía, la presbicia y las deformaciones del globo ocular. No lo entendí bien, pero dije que sí porque tenía su lógica y porque, joder, me apetece encontrarle sus ventajas al hecho de cumplir años. No todo va a ser perder facultades (y pelo). Algo bueno tiene que tener. Vale que se supone que, con los años, uno tiene más experiencia y eres lo suficientemente inteligente para aprovecharla. Y, sí, aprendes a ser más prudente, a estar más callado y a hablar sólo cuando tienes algo que decir. El problema es el -algo que decir. Y aquí entra el anecdotario del señor mayor. Cuando viene al pelo contar una batallita (y cuando no), yo la cuento. Ni prudencia ni pensar en los demás. Otra de las ventajas de cumplir años, que pierdes el complejo y cuentas tus historias sabiendo que probablemente seas un cansino que no tiene ni puta gracia, pero te importa un carajo. Yo las cuento. Es más, si, por lo que sea, el interesantísimo y amenísimo relato fuese interrumpido, yo espero mi momento y, en cuanto puedo, retomo el hilo y lo concluyo. Nunca dejo una historieta a medias. Y si los demás no se ríen no pasa nada porque ya me río yo. Porque la teoría de la simetría de la vida se confirma y uno, conforme cumple años, vuelve con ganas al egocentrismo que ha permanecido enquistado por los complejos raros (había puesto sociales pero no me sonaba bien) que nos imponemos. Y si tienes ganas de contar algo, pues lo cuentas. Y si tienes ganas de preguntar, pues preguntas. Corriendo el otro día por el río me crucé con uno que llevaba puesta la camiseta de la última subida al castillo de la capital del Secarral. Me podría haber callado, pero no. Lo abordé y, con mucha educación, (primero pido perdón, luego disparo) le conté mi ascendencia y el porqué de mi entusiasmo al ver su camiseta (que yo también tengo, ganada (y bien ganada) con el sudor de mi frente). Resultó ser de un pueblo vecino (El Provencio) y nos citamos para las próximas carreras. Esto que acabo de contar es otro ejemplo de una de las ventajas que me ha traído cumplir años. Antes me quedaba con dudas por resolver por vergüenza. Ahora no tengo ningún problema en preguntar cuando algo me choca o me llama la atención. A quien sea y donde sea. Y me gusta. Y sí, hacerse mayor tiene un montón de contraindicaciones. Pero también tiene su encanto. Y merece la pena.

jueves, 23 de mayo de 2019

Las leyes de la vida y la madre que las parió

(Continúa esta entrada anterior).

Año 2019. Me hijo me dice que, si no tiene competición ese fin de semana, quiere que corramos la Volta a peu. Pero a degüello. A lo que dé (ahora se dice a fuego). Acepto el reto. La ilusión de volver a correr con mi hijo supera mi cadera maltrecha, mi baja forma y mi sobrepeso. La posibilidad de ser derrotado es real pero, oye, alguna vez tendrá que pasar. Y que te gane tu hijo tiene que ser motivo de orgullo. Ahora, me tiene que ganar. Que una cosa es estar flojo y otra es que yo haga prisioneros con un dorsal puesto

Se confirma que no van a Gandía a competir. Nos inscribimos. Mi preparación pasa por estar haciendo ya más de cincuenta kilómetros semanales con un par de días de calidad. La suya pasa por nadar, nadar y nadar y por no correr ni las cortinas.

Llega el día. Vamos trotando hasta la salida. Nos colocamos con tiempo y bien. Repasamos dónde tiene que esperar el que llegue primero. Suerte. Suerte. Disparo y a correr.

Sale como una exhalación. Yo cojo mi ritmo. Hago bien la Alameda. Veo un par de espaldas que son viejas conocidas en muchas batallas. Las alcanzo. Me quedo con ellas charlando hasta la calle Ruzafa. Allí mis piernas me piden más. Me despido y acelero. Y voy a más. A más. Y ni rastro de mi hijo. Los kilómetros caen volando. Llego a la Pechina y sigo pasando gente. Disfruto como hace tiempo. Y ni rastro de mi hijo. Puente del Real. Alameda. Termino pletórico en un tiempo de 25’30. Me sale a un promedio de 4:06 los seis mil doscientos metros del recorrido de este año. Hace un año me habría sabido a poco, pero el verme ya tan cerca de volver a correr a cuatro me emociona. Y con una sonrisa en la boca voy hacia el punto de encuentro pensando que, tal vez, haya adelantado a mi hijo sin darme cuenta.

No. No lo he adelantado. Me ha ganado. Por primera vez. Y allí está, con gesto cansado. –He sufrido mucho. –Es que has salido lijado. –Ya, es que veía a los primeros delante y me he pasado. Luego lo he pagado. El río se me ha hecho muy largo. -¿Y qué tiempo has hecho? Entonces alarga el brazo y me enseña el cronómetro: 23:45.

Es ley de vida que tu hijo te supere. No es malo. Todo lo contrario. Ya digo que es motivo de orgullo. Pero una cosa es que te gane y otra es que te humille. He corrido bien. He disfrutado y él me ha metido un minuto y cuarenta y cinco segundos. Me ha metido diecisiete segundos por kilómetro. Me ha metido casi dos segundos cada cien metros. Lo mínimo que uno puede desearle a su hijo es que sea mejor que uno mismo, pero dentro de unos límites. Existe algo que se llama respeto. Y esta humillación es absolutamente irrespetuosa. Por tanto, que sepas que vuelves a estar desheredado.

Hijo mío, eres extraordinario.

domingo, 19 de mayo de 2019

Diferente a todos

Antoine le ha dado al Atlético de Madrid lo mejor que tenía. Dudo que lejos de Simeone pueda superar el rendimiento que ha ofrecido junto a él, pero qué más da. Poco importa si deja un vacío, emocional y deportivo, talla XXL. ¿Duele? Claro, pero no más que en otras ocasiones, para qué nos vamos a engañar, porque en materia de desilusiones, palabras huecas y promesas que no valen nada, los atléticos ya son veteranos de Vietnam. Tienen el cuerpo cosido de puñaladas y repleto de cicatrices, así que saben que no hay mal que cien años dure, pero sí cuerpo que lo resista. Así que, sin anestesia, al grano: el que no quiera estar en el Atlético de Madrid, fuera. Esa camiseta no es mejor que ninguna otra, pero sí es especial. Y no debe lucirla quien crea que su vida puede ser mejor en otro lugar, porque si el Atleti te elige y tú no estás por la labor, mejor irse. Sin rencores.

Gracias por todo, Antoine. Ahora los que te han querido de manera incondicional volverán a hacer lo que llevan haciendo durante toda la vida: reconstruirse y reinventarse para salir adelante. Para otros, una fatalidad. Para la gente del Atleti, otro día más en la oficina. Inercia. En eso consiste un relato de vida experto en nadar contra corriente y vivir en campo contrario. Eso es el Atleti. Un sentimiento inexplicable que está por encima de jugadores, entrenadores y directivos, se llamen como se llamen. Y su único patrimonio es su gente. Esa que siempre se queda. Esa que no tiene cláusula de rescisión. Esa que nunca abandona. Esa que sabe que el Atleti no es mejor que nadie, pero es diferente a todos.

Copio parte del artículo que Rubén Uría tituló “Mejor que nadie, diferente a todos”. Lo escribió tras el anunció de Griezmann. No se puede contar mejor.

P.D. No todas las marchas son iguales.

Muchas gracias, Diego. Muchas gracias, Juanfran. Vosotros sí que dejáis hueco. Vosotros sois de los nuestros. Suerte.

martes, 14 de mayo de 2019

La cara oculta de la luna

Aquel año nos fuimos de campamento a Ochagavía, en el pirineo navarro. Aunque ya vivíamos en Valencia, mi hermano y yo seguíamos pasando quince días cada verano con el grupo scout al que pertenecíamos en Madrid. Tendría yo entonces dieciséis años. Era de los mayores. Y ser de los mayores tenía sus privilegios. Uno de ellos era que, por la noche, cuando Manada y Tropa ya estaban dormidos, nos íbamos para el pueblo. Estábamos acampados a un par de kilómetros y aquel paseo nocturno era fabuloso. El paseo, Ochagavía (qué pueblo más bonito. Pero qué pueblo más bonito) y el bar que estaba en una plaza junto a la casa cuartel. Allí nos sentábamos y nos tomábamos nuestros refrescos. Y allí estaba Asun, la hija de los dueños del bar. Evidentemente me enamoré y, evidentemente, nunca se enteró. Pasaron los días y llegó el último. Nos despedimos. Asun nos pidió que la escribiéramos algo y, en un calendario, le dejamos nuestras despedidas. Estaba yo en aquella época muy Pink Floyd y muy “The dark side of the moon” y le escribí algo que entonces me pareció brillante y que hoy me produce cierto sonrojo: Nos volveremos a ver. Tal vez en la cara oculta de la luna. Nos fuimos. Nunca he vuelto a Ochagavía (y es una pena, porque es bonito, bonito). Nunca volví a ver a Asun.

Coincidí en un trabajo con uno del Pedernoso. Este pueblo es muy cercano a la capital y a la aldea del Secarral, por lo que enseguida vimos que teníamos unos cuantos conocidos comunes y más cosas que compartíamos. Nos llevábamos bien. Estando en el taller, tuvo un problema y pensó que yo podía solucionarlo. Y me llamó. –Ven p’acá, pink floyd. Y fui. Muerto de risa. Y encantado. Aquel soplo del Secarral en mitad de la huerta valenciana me supo a gloria.

Y aquí estoy, paseando por la cara oculta de la luna. Están los restos de las bases militares soviéticas y estadounidenses que confirman que la leyenda durante la Guerra Fría era cierta. Y estando aquí, pues me acuerdo de Pink Floyd y de su disco. Y también me acuerdo de Asun. A lo mejor la veo. A lo mejor guarda la nota de despedida y viene de vez en cuando. Por si acaso. Y sigo paseando. Y de Asun vuelvo a Pink Floyd. Pink Floyd. ¿Pink Floyd? -¡Ahí tú, pink floyd!-dicho con todo el acento secarraleño en plena cara oculta de la luna. Y no sé qué preferiría.

sábado, 4 de mayo de 2019

Sobre llamar antes de entrar

Me gusta mucho “To the end” de Blur. Y el vídeo, también. Mira que la canción tiene años, sin embargo la termino de descubrir. Fue una sugerencia de Spotify. Spotify se toma la libertad de sugerirme. Igual existe la posibilidad de anular dicha opción, pero, en este caso, no me interesa. De vez en cuando acierta. Sabe que cada vez soy más melódico y me bombardea con canciones moñas y blandengues. Y yo me dejo bombardear. Aunque, en el fondo, no dejan de molestarme estas libertades.

Hace poco leí que Myspace está en desuso y, sin embargo, vale un dineral. ¿Por qué? Porque almacena muchos datos. ¿Y qué son los datos (dices mientras clavas en mi pupila…perdón)? Información. (Cuando yo estudiaba se decía que las fuentes de poder eran cuatro: los de arriba, los de abajo, el conocimiento y la información). Y, aparte de por el poder que te permite, entiendo que los datos son valiosos porque hay quien está dispuesto a pagar por ellos. ¿Quién? Pues los que pueden sacar beneficio: departamentos de mercadotecnia, ventas y demás. Y nosotros, los pardillos, los paganos, vamos repartiendo nuestros datos sin miramientos. Si es gratis. Dejamos rastro a cada paso que damos. Apretamos siempre el botón de aceptar. Seguro que se puede ser más cuidadoso (creo que bastaría con leer) pero, como no es mi caso, me tomo con resignación la publicidad que recibo y acepto que me traten de vender algo aprovechando la información que yo haya podido dar. Lo considero como parte de las reglas del juego.

El otro día comentaba que me había hecho seguidor del Crystal Palace. Lo escribí aquí. Previamente había visto unos cuantos vídeos de su afición cantando “Glad all over”. Pues bien, Google ha decidido por su cuenta informarme del Crystal Palace y en el móvil me va avisando de sus próximos partidos y me indica el minuto y el resultado durante los mismos. Lo ha decidido Google. No me ha preguntado. Y esto sí me molesta y me indigna. No deja de ser contradictorio que me dé igual que me intenten vender zapatillas, seguros de coche o lentes progresivas y, sin embargo, esto que, en apariencia, no tiene interés comercial, pues me altera. Y es que esto sí que lo considero una intromisión. Una impertinencia. Mala educación. Como, en el fondo, cuando Spotify me recomienda canciones (¿me sugiere Spotify canciones de Blur porque escribí que los Oasis están sobrevalorados?). Me indigna porque hay libertades que sólo se pueden tomar desde la confianza y, que yo sepa, señor Google, ni hemos corrido ni nos hemos tomado una caña juntos. Y como ahora sé que me lee, señor Google (gracias, por cierto) pues lo escribo. Por si acaso.

viernes, 26 de abril de 2019

La perniciosa influencia del mundo anglosajón

Me mandan un enlace de un programa de televisión que trata de la relación entre el fútbol y la música popular. Empieza, claro, con el Liverpool y “You’ll never walk alone” (del Celtic de Glasgow no dijeron nada. Se ve que cantan peor). Sigue con el Crystal Palace, que tiene como himno “Glad all over” de Dave Clark Five (aquí abro paréntesis para hablar de Alejo, la Pavlova del fútbol sala, gran jugador de futbolín e insigne miembro de la secta beatlemaniaca del sesenta y seis, que no sólo me iluminó en la senda de Elvis y de los discos de McCartney, con y sin Wings, sino que, además, me grabó in illo tempore (cuando todos los jugadores de fútbol llevaban botas negras) una cinta de noventa con canciones de los Hollies, Herman Hermits, Gerry and the Pacemakers y Dave Clark Five, cinta que se terminó borrando de tanto como la machaqué. Cierro paréntesis). En el vídeo del Crystal Palace se ve al público cantando después de una victoria. Viendo aquel vídeo, sin saber ni dónde ni en qué categoría juega, sin tener ni idea siquiera del color de su camiseta, sentí que soy del Crystal Palace de toda la vida, que siempre he sentido sus colores (sean cuales sean) como propios y que viva el Crystal Palace manque pierda porque, baby, i’m glad all over.

Me llama mi cuñado para decirme que tiene dos invitaciones para ver el Levante Huesca y que si las queremos pues él no puede ir. Le pregunto a mi hijo, dice que sí y al fútbol que nos vamos. Curiosamente las invitaciones no son para el palco sino para la grada de Orriols. Gol sur. Detrás de la portería, vamos. Nuestros sitios son tan buenos que no se ve uno de los córner. Como hay hueco, nos cambiamos. Empieza el partido. A los cinco minutos llega un grupo de chavales de doce o trece años, todos de negro. Las leyendas de sus camisetas y sus caras dicen a la legua que son ingleses. Se sientan. Tres minutos después llega otro grupo de chavales. Estos son más mayores. Quince años tendrían. En sus camisetas, no, pero en sus caras llevan a Inglaterra esculpida. Se sientan. En el campo del Levante tienen la costumbre, en el minuto 19:09, de celebrar el año de su fundación (diez años antes que los chotos, como siempre recuerdan) agitando sus bufandas. Esto gusta a los ingleses, que agitan todo lo que tienen cerca. Se van levantando. Se suben al fondo. Gol del Levante. Gritos. Palmas. A falta de diez minutos para el descanso, desaparecen. Todos al bar. Vuelven al final del descanso. Ya no se sientan. Se suben. Empiezan a cantar, a dar golpes en las chapas que cierran el estadio. Empata el Huesca. No pasa nada. Siguen cantando. De ve en cuando cuelan alguna canción de Oasis. Serán del City. Penalti a favor del Levante. Cantan. Gol. El desparrame. Gritos, abrazos, golpes en la chapa. Mi hijo y yo miramos y decimos –pensábamos que estábamos en el peor sitio y estamos en el mejor. A mitad de la segunda parte aparecen por allí tres guardias de seguridad, tres tíos con unos antebrazos como los gemelos de José Mari Bakero y unos cuellos como los de Iñaki Perurena. ¿Quién es el responsable de estos chavales? Se levanta uno, que habla español. Luego otros dos, que no. Por lo visto algunos hooligans adolescentes se están descolgando por la fachada. Los echan. Estoy a punto de interceder (nos quedábamos sin diversión) y cantarles aquello de “Un pingüino en mi ascensor” –soy la madre de un hooligan, frota que te frota. En el partido contra Italia mi niño echó la pota. Pero, pobre angelito. Si son cosas de la edad- pero, entre los antebrazos y los cuellos de los dilectos miembros de la seguridad del estadio, y mi condición de seguidor del Crystal Palace (de las mil canciones que cantaron, ninguna fue “Glad all over”) que no tiene gran simpatía por el City y que piensa que los Oasis están ciertamente sobrevalorados, pues me quedé sentado viendo con tristeza cómo desfilaban los futuros presidiarios. Luego empató el Huesca. Y no ganó de milagro. El campo parecía un velatorio. Y, ¿por culpa de quién? Mucho músculo. Poco cerebro.

Valencia es la ciudad del running. Ya ni flores, ni luz ni amor. Running. Lo ha decidido Juan Roig que para eso tiene la pasta y nos organiza esas carreras tan brutales. Pues nada, running. De vez en cuando sus secuaces me mandan correos para informarme, para motivarme o para lo que les rote que para algo son secuaces de Juan Roig y se lo pueden permitir. Esta semana me han mandado uno en el que me dicen que estoy made to run (realmente ponía que estoy #madetorun. Como de chaval estudié algo de música interpreté que estoy made to run de manera sostenida). Impresionante. Y hay gente que cobra por pensar estas cosas y mandar estos correos. Made to run. Ea. A comprar a Consum.

Tuvo mi hermano en su casa a un chaval de intercambio. El chaval provenía de los Países Bajos. En inglés tenían que entenderse. Mi hermano maneja una variedad dialectal del inglés que sólo se habla en el Secarral y así, cuando se sentaron a desayunar, le ofreció lo que había encima de la mesa y le recomendó que se hiciera unas tostadas de “Bimbo bread”.

Esta semana he recibido otro correo muy interesante. Dicho correo, encabezado por la frase –last call- me fue remitido por el Colegio Oficial de la Comunidad Valenciana (repito, Comunidad Valenciana) y en él me invitaban, pues era de mi interés (según ellos), a “The virtual breakfast”. With two balls. Lo de “vírtual” (lo escribo con tilde deliberadamente) me dejó dubitativo. Y decidí cerciorarme. Les contesté preguntando si en “The virtual breakfast” habría Bimbo bread. No me han respondido. No sé si ir.

lunes, 8 de abril de 2019

El balón y los tiempos de cólera

Partido de la liga universitaria de fútbol sala. El glorioso “Patá i Avant”, que tan excelente juego desarrollara en la liga de la Escuela y que conquistó posteriormente dos ligas universitarias y un subcampeonato, se enfrentaba a un equipo de Caminos. Como habitualmente, el “Patá i Avant” había congregado en la banda como espectadores a cero personas. Aquel equipo de Caminos sí que había llevado público. Cuatro chicas exactamente. Comenzó el partido. A los diez minutos las muchachas anunciaron que se iban. Uno de los jugadores del equipo rival, entonces en el campo, pidió el cambio para poder despedirse de manera muy cariñosa de una de las chavalas que tan poco tiempo habían aguantado el primoroso juego del “Patá i Avant”. Debía de ser su novia. Siguió el partido. Ganamos. Nada nuevo.

El otro día, Maroto (efectivamente, el hombre que más daño se ha hecho a sí mismo) me contó el primer recuerdo que tiene de mí. Era mi primer día en el colegio en Valencia, en segundo de BUP, recién llegado de Madrid. Recreo. Partido en el patio. Me puse con un equipo. No sé qué jugada hice o qué gol marqué que provocó que alguien exclamara –joder con el nuevo. Me llené de orgullo. Me hinché como un pavo. Es cierto que me estoy dejando la vanidad, pero el fútbol sigue sus propias reglas (cuando digo fútbol me refiero a dar patadas a un balón sea éste del material o del tamaño que sea). Cuando pasa un balón por mi lado ni lo miro. Cuando hablan de organizar un partido ni escucho. Pero sigo siendo un jugador de fútbol. Un jugador que ni juega ni jugará. Pero un jugador. Y mi memoria está llena de partidos ganados, de goles marcados, de partidos perdidos, de goles fallados, de grandes jugadas, de grandes errores, de compañeros fabulosos, de rivales de todos los pelajes. Y mi memoria siempre me está disparando escenas (los guerrilleros vietnamitas) y yo vivo y siento esas escenas igual que las viví y las sentí. Porque el fútbol tiene sus propias reglas. Y cuando aquel tío pidió el cambio para despedirse de su novieta no me reí ni pensé –menudo capullo (que lo era). Cuando vi aquella escena me indigné porque aquel tío le estaba faltando el respeto al fútbol. Porque bien está el amor y festejar y todas esas cosas. Pero estábamos jugando. Aquello era un partido. Y mientras estuviese el balón en juego no había en el mundo nada más importante que lo que pasaba dentro. Nada. Y pidió el cambio. Y se despidió. Muy cariñoso. Ganamos. De paliza. Da igual. Los guerrilleros me disparan regularmente la imagen del capullo este dando besitos. Y me sigue hirviendo la sangre.

sábado, 30 de marzo de 2019

La adolescencia

Una semana en Lyon ha estado mi hijo. Tocaba devolver la visita al turisto. En un autobús se subieron unos veinte chavales y para allá que salieron. Ana fue a despedirlo. Se quedó triste viendo cómo el autobús partía. Él…ni miró.

Tiene quince años el tío. No pasa nada porque se vaya una semana. Va a volver. Aunque se ha hecho raro. Yo, la verdad, le echaba bastante de menos. Nos llamaba. Nos mandaba fotos, vídeos, mensajes. Nos ha puesto a Lyon en el mapa (hay que ir). Pero… ahí había un hueco. Tengo la costumbre, por las mañanas, al irme a trabajar, antes de salir de casa, de mirar a cada de uno de mis hijos, que están dormidos. Ellos dicen que es raro, pero a mí me reconforta antes de meterme en la jungla. Y esa cama vacía…Una semana. Era sólo una semana. Además, le sugerimos de manera bastante evidente que ni imanes para el frigorífico ni “Estuve en Lyon y me acordé de ti”. Queso y embutido. Para nuestro corazón y para nuestro estómago los días pasaron despacio.

Viaje de vuelta. Salieron muy temprano. Llegada prevista, las ocho y media de la tarde. Estábamos nerviosos. Íbamos a ir los tres a recibirlo. Empiezan a mandar mensajes de que van con adelanto. Llegarán sobre las ocho. Las ocho. A mí hijo empieza a planteársele un dilema. Está la familia, su hermana, sus padres, el hogar, su habitación, el reencuentro. Por otra parte, llega a tiempo para irse a entrenar. Y no es su amor al deporte y su sentido de la responsabilidad lo que le lleva a pensar en la piscina. Está su grupo, cuatro chicos y más de diez chicas de su edad. Está su entrada triunfal cuando nadie le espera, siendo protagonista, recibiendo todas las atenciones. ¿Qué fue lo que hizo?

-Papá, voy a ir a entrenar. Llévame la mochila.

Le hemos perdonado. El queso y el embutido…hors categorie.

domingo, 24 de marzo de 2019

Mi vida calcificada

Me quedé retirándome del maratón de principios de diciembre de 2018 por culpa de una rotura de sóleo causada, seguramente, por un fuerte dolor en la cadera izquierda. Ese dolor se hizo insoportable tras pasar el maratón e iba totalmente cojo. Apenas podía andar. Volví al fisio y éste me dijo que tal vez lo que tenía escapaba a sus conocimientos y me sugirió que fuese al médico. Fui, me recetó unos antiinflamatorios de caballo y mandó unas radiografías. Los antiinflamatorios hicieron efecto, lo cual me tranquilizó. Comencé a andar como las personas. En la radiografía no salió nada extraño. ¿Cuál podía ser la causa de mis males? Cualquiera. No tenía diagnóstico. Le pedí que me hiciera una resonancia pero la médico se negó: podía andar con normalidad. –Ya, pero correr, no. Su respuesta fue tremendamente científica –No corras. Ea. Comencé a trotar. Cualquier punto de la pierna izquierda, desde la cadera hasta la planta del pie, era susceptible de quejarse. Fui subiendo el volumen. Mal corrí la San Silvestre de la capital del Secarral. Rodé la de la aldea. Tras la Navidad decidí subirme al carro de los descerebrados climaturbios, que se habían puesto el maratón de Barcelona como objetivo. Como pude les aguanté dos días. Al tercero, paré. Una cosa era correr con molestias en la cadera (algo que llevaba haciendo años) y otra ese dolor. Me recomendó Javi Ironman otro fisio que él conocía. Fui, le conté mis penas, cogió al ecógrafo y fue directo. –Está claro. Calcificaciones tendinosas en la cadera, ¿las ves? Yo dije que sí pero allí no había más que rayas blancas y grises. Empezó a hablar y a decir palabras raras refiriéndose a músculos, nervios y demás (qué bien me suena fascia lata). Me habló de desgaste. No citó la palabra vejez aunque trató de consolarme diciendo que todo el mundo termina, tarde o temprano, con la cadera calcificada, que sólo es cuestión de tiempo. Me pinchó, me estrujó, me retorció. Allí crujió de todo. Lloré más que con “El violinista en el tejado” y “El color púrpura” juntas. Cuando terminó pregunté (con un hilo de voz) si podría volver a correr. No dijo que no. Lo que estaba claro era que, si volvía a hacer lo mismo, me ocurriría lo mismo. Así que, en principio, nada de correr, estirar mucho la zona, que estaba totalmente acortada, entrenamiento cruzado y una tabla de ejercicios de fortalecimiento para compensar y, a partir de ahí, que fuese probando poco a poco.

Salí del fisio relativamente contento. Tenía un diagnóstico y saber cuál es el problema es el principio. Luego me puse tremendista: ¿habrá más maratones? ¿Habrá más Behobias? ¿Habrá más medias? ¿Habrá más carreras del Queso? ¿Viviré a partir de ahora de los recuerdos? Dejé pasar diez minutos y ya me centré. Lo que vaya a pasar no lo sé. Día a día. Hay que ir recuperando el terreno y ganarle la batalla a la cadera calcificada despacio, colándome por los resquicios que me deje. Me habían enseñado un camino para intentarlo. Pues empecemos a andar.

Y empezamos. Dos días de piscina a la semana evitando la patada de crol y metiendo la de braza. La bici la dejo para el verano (claro). Mis paseos. Mi rutina diaria de estiramientos y ejercicios. Otras cosas, no, pero disciplinado soy un rato. Paré dos semanas de correr. Comencé trotando veinte minutos muy suaves. Descanso. Veinte más. Semanas de diez kilómetros. De quince. De veinte. Paso a paso. Semana a semana. Subiendo. Siempre tensándole un poco más la cuerda a la cadera. Ganándole terreno. Cada día que salgo es una prueba. Cada día, al volver, es una batalla ganada. Cuatro días a la semana. Cuarenta kilómetros. Cuarenta y cinco kilómetros. Tiradas de hora y cuarto. Cambios de ritmo. La cadera se manifiesta pero no se queja. No protesta. Me deja ilusionarme. Me deja creer. Me deja seguir.

Ayer dimos un paso más. Diez kilómetros de Picassent. No me ponía un dorsal (sin contar las San Silvestres) desde la pasada Behobia a principio de noviembre. El objetivo era seguir tensando la cuerda pero con cabeza. El tiempo era lo de menos. No tengo kilómetros en las piernas para plantearme marcas y menos con los toboganes de Picassent. Salí. Cogí mi ritmo. La pierna no protestaba. Mantuve el ritmo. No iba ahogado. Iba cómodo. Pasaban los kilómetros. Pensaba que el cuerpo me iba a pedir apretar pero no me lo pidió. Respeté a mi cuerpo. La cadera iba bien y si la cadera está bien todos estamos bien. Meta. El crono marcaba un tiempo muy triste (43:50) pero no era un día triste. Ni mucho menos. Otra batalla ganada y con un dorsal puesto, sintiéndome corredor después de tantos meses. Como diría el Gran Memo, no sé dónde está mi límite pero sí sé dónde no está. Seguimos.

sábado, 16 de marzo de 2019

Dudas existenciales

Me manda Pérez un enlace con el vídeo de una versión que hizo el propio Rubén Blades de su “Pedro Navaja” (deudora de “Mack the knife”, escrita por Bertolt Brecht y Kurt Weill como acabo de averiguar (lo de Brecht y Weill. Lo de Mack, no. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida)). No descubro (creo) a nadie esta canción y la versión, ajustada al original, es tremenda. Y, una vez más, me dejo arrastrar por la melodía mientras escucho la historia. Y asiento cuando afirma que –si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos. Y siendo tan buena como es, no es perfecta porque deja un cabo suelto, una duda que me incomoda y me llena de desasosiego y que me haría abordar al propio Blades si me encontrase con él para que me la resolviese. ¿Por qué comete Pedro el crimen? ¿Por qué la mata? ¿Es para robarla? ¿Es un crimen pasional? ¿Es por encargo? ¿Negocios? Responda, señor Blades. ¿Por qué?

sábado, 23 de febrero de 2019

Un hombre bueno es difícil de encontrar

Flannery O’Connor. “Cuentos completos”. Más de ochocientas páginas. Treinta y un relatos. Han sido meses de compañía. Un libro que he leído de manera intermitente, intercalando otros entre relato y relato. La desazón que nos deja despedirnos de un libro que no ha sido un libro más se ve aumentada por el tiempo que hemos estado juntos. Ahora pasará a la estantería de los libros donde vivirá una paz aparente porque, dentro de sus páginas, se esconden historias complejas, tormentosas, divertidas, terribles. Y, antes de llevarlo, quisiera dejarle cuatro líneas de despedida.

Descubrí a Flannery O’Connor en la Blogosfera, cuando un antiguo morador de criterio fiable incluyó uno de la mentada en una relación que hizo de sus relatos favoritos. Lo leí y puse a O’Connor en la lista de autores pendientes. Y nunca se cruzó en mi camino (yo no busco libros. Los encuentro) hasta mayo del año pasado. Competía mi hijo en Castellón, en una piscina que tiene un centro comercial enfrente. Llegamos, como siempre, pronto, para el calentamiento. Me dijo Pérez (que no sé si ha estado en Mallorca) que se iba a ver si le compraba algo a su mujer para el Día de la Madre. Yo tampoco tenía nada, así que me fui con él. Entramos en una librería. Y allí estaba la buena de Flannery. Sabía que no había muchas posibilidades de que fuese un buen regalo (los gustos de Ana son otros) pero me la jugué. Si le gustaba, valía como regalo. Si no, quedaba como pendiente. Sigue pendiente, pero Flannery ya estaba en mi mesita.

Flannery O’Connor murió joven, a los treinta y nueve años. Estadounidense, del sur (Georgia) y muy católica (como he leído, ser católica en Georgia es como ser protestante en Sevilla), hizo vida universitaria hasta que la diagnosticaron lupus. Se recluyó en una granja junto a su madre y junto a sus muletas, donde se dedicó a escribir, a recibir visitas y a criar pavos reales. Su relación con el mundo fue epistolar. Y, como toda persona que murió joven, lo que hizo no logra evitar que pienses en lo que dejó por hacer.

A O’Connor se la etiqueta dentro del “Gótico sureño” junto a Faulkner y otros. Y, como Faulkner, se dedica a contar historias de su pueblo. Como narradora es maravillosa. Siempre escribe en tercera persona. Cuenta las historias desde fuera pero de una manera muy cercana. Sabes lo que siente y lo que piensa cada uno de los personajes. Pero ella sólo narra. No juzga. No opina. No te predispone. Narra. Y dentro de sus relatos, en algunos no terminas de entender bien qué ha pasado y te quedas desconcertado. Pero no es frecuente. Son historias rurales, algunas veces en la ciudad, incluso en el norte, donde el contraste y el desarraigo son descarnados, con personajes de todo pelaje, blancos y negros, muchas veces rayando lo extremo. Historias donde la ingenuidad, la estupidez o el buenismo terminan siendo fatales, donde la muerte es siempre una posibilidad. Relatos polvorientos, sombríos, con personajes que hablan con acento muy marcado, con frases muy cortas, en lugares donde hubo tiempos mejores y donde el presente y el progreso son mirados como una traición al pasado. Y al cerrar el libro por última vez dejo ese mundo con toda la tristeza de una despedida y todo el dolor de la nostalgia. Flannery O’Connor, gracias. Mi estantería de libros leídos vale hoy más que ayer.

sábado, 16 de febrero de 2019

Lo esencial es invisible a los turistos


Hemos tenido recientemente en casa a un chaval de intercambio. Era (y es) francés, de Lyon. Quince años. Un figura. Un encantador de serpientes. Un fenómeno. Si no termina de presidente de Renault lo será de la república. O del hampa. En casa era un encanto. Muy educado, siempre dando las gracias, siempre dándonos besos. Fuera, según nos contaba nuestro hijo, era capaz de conseguir que, por la calle, fuesen todos pidiendo la dimisión de Macron o de que, en una hamburguesería, todos los presentes, incluidos los dependientes, bailasen el Chocolatero. Y siempre con su gorra puesta. Apenas hablaba español (soy un turisto) pero eso no era un obstáculo. Se lo pasó en grande. De hecho nos dijo que se quería venir a vivir a Valencia, principalmente porque salieron de Lyon bajo cero y con nieve y no terminaba de creerse que en la terreta se pudiera vivir en la calle en pleno mes de enero. Y también porque probó la fideuá (es bueno). Andaba justo de geografía valenciana (lo subimos al Miguelete (por supuesto) y, señalando las montañas que rodean Valencia, preguntó -¿son los Pirineos?) pero se emocionó cuando, al despedirnos, le regalamos una bolsa donde había, entre otras cosas, mandarinas y una tarrina de ajoceite (tengo una madre en España. Tengo una padre en España). Una semana más y ya habría dicho con soltura aspaiet y chitat.

No paraba de hablar. Con cuatro palabras en español, cincuenta en inglés y el traductor en el móvil enlazaba una conversación con otra. De su familia a los chalecos amarillos. De sus hábitos alimenticios a lo importante que era para él su gorra. Nos explicó Lyon y citó su aeropuerto, el Saint-Exupery. Cuando trató de informarnos sobre quién era Saint-Exupery le dije que no hacía falta. Fui a la estantería de los libros (llamarlo biblioteca me parece un tanto pretencioso) y saqué “El Principito”. Se sorprendió.

Para no saber quién fue Saint-Exupery. Catorce años tenía yo cuando, en el colegio, nos obligaron a leer “El Principito”. También “Juan Salvador Gaviota”, de Richard Bach. De este último luego me leí unos cuantos libros más (de títulos que no recuerdo) que me prestó Chaumel, aunque me parece que no han debido de envejecer muy bien. De hecho no tengo curiosidad ni de hojearlos. Pero “El Principito” fue otra cosa. Con catorce años yo era terreno abonado para este tipo de literatura. Y este libro germinó, así que, mi querido turisto, quítate la gorra si quieres y descansa un rato que ahora me toca hablar a mí.

martes, 5 de febrero de 2019

Ella

-Pero, ¡no dijiste que te daba igual!

-Sí, pero era un -me da igual- que significaba que, como ella me había hecho un regalo, yo iba a quedar fatal si no le hacía uno.

Siento fascinación por mi hija. Para qué negarlo. Confieso que no tengo la misma relación con mis dos hijos. No hablo de querer. Hay cosas que son imposibles de cuantificar. Hablo de mi relación con ellos. A los dos no paro de observarlos. Mi hijo siento que me lo sé. Me resultan familiares sus comportamientos. Sus reacciones. Su evolución. Sus inseguridades. Y el corporativismo masculino nos une. A mi hija la observo desde la fascinación. Sus respuestas. Su madurez. Lo claras que tiene las cosas. Las broncas que nos echa. La relación con su hermano. Mi hijo es como un perro. Necesita reconocimiento. Necesita afecto. Es afectuoso además. Mi hija es una gata. Mi hija sabe. Está en su naturaleza. No es cariñosa. Es zalamera. Sabe ser zalamera. Y no se calla. Tuvo un examen oral. Le pusieron un ocho. No se sentó. –No me parece justa esta nota para todo lo que he estudiado. Y consiguió que le repitieran el examen. Y sacó un diez. Otro examen. Antes de empezar se levantó. –Perdona (ya no se trata de usted a los profesores), pero no tienes derecho a poner este examen. Avisaste en la otra clase pero, en ésta, no. Y no lo hicieron. O el profesor que explotó harto de la clase acusándolos de niñatos y de inmaduros. Se levantó. –Tenemos doce años. No pretenderás que seamos maduros. Y me cuenta estas cosas con naturalidad, sin darse importancia. Y yo la escucho con la boca abierta, fascinado. No se posee nunca a un gato (los perros tienen dueño. Los gatos, encargados). Son los gatos los que eligen tu casa para vivir. Hija mía, aunque suene cursi y manido, gracias por elegirnos.

domingo, 27 de enero de 2019

En este mundo hay dos tipos de personas: los que prefieren la tortilla de patatas con cebolla y los que no tienen ni puta idea

Nueva entrega de la sección "Títulos sin entrada". La aportación vuelve a ser de aquel que salió con una nadadora uzbeka de natación sincronizada. Terminaré pagándole derechos de autor. He respetado el original aunque me habría gustado añadir, además de la cebolla, que fría, zapatera y, en bocadillo, con mahonesa.

P.D. Porque me apetece voy a enlazar siete vídeos de versiones hechas por los Pomplamoose grabadas en directo en estudio. Me tienen fascinados, por las canciones, por lo bien que están trabajadas y por la actitud de los músicos. Y por las manos y la forma de mirar a la cámara que tiene Nataly.

1
2
3
4
5
6
7

lunes, 14 de enero de 2019

Y nosotros no podíamos ayudarlos porque se nos habrían comido también

Cormac McCarthy. “La carretera”. Lo tenía en mis manos. Rebuscando entre los libros amontonados había aparecido. No había leído nada de McCarthy. Tampoco tenía ninguna referencia sobre este libro. Pero algo había en él que me resultaba atractivo (era baratísimo). Y lo compré. Y pasó a ocupar su lugar en la estructura FIFO que forman los libros pendientes apilados en mi mesita de noche.

No te va a gustar ese libro. De hecho, no vas a ser capaz de terminártelo. Esto me lo dijo Ana. No fue una provocación. Sabe lo poco que me gusta sufrir. A ella sí que le había gustado. Tiene más aguante. Lo tomé como una advertencia, aunque tampoco me desanimó. Ya hace mucho que superé aquello de que tenía que terminarme sí o sí cualquier libro que comenzase. Y “La carretera” siguió en el montón avanzando hacia su momento.

Llegó. Empecé. Vi que Ana no iba desencaminada en lo de ser capaz de terminármelo. Sí que lo estaba en lo de que no me iba a gustar. Fui directamente al final. Lo leí. Y, viendo cómo era éste, decidí volver a empezarlo.

Me he leído el libro. Y si digo que me ha parecido un libro muy bonito quizá alguien me lo eche en cara. ¿Un libro bonito escrito a base de brochazos descarnados, de frases crudas, de imágenes lacerantes? Sí. ¿Un libro bonito en un mundo lleno de cenizas, sin vida, donde las bandas de caníbales acechan, donde la comida es escasa? Sí. Lo es. ¿Un libro bonito donde hay dos escenas tan terribles como la de los encerrados en el sótano, uno de ellos sin piernas, o la del recién nacido carbonizado? Si. Muy bonito. ¿Un libro bonito donde la enfermedad, la muerte y el suicidio están en cada paso? Sí. Así me lo ha parecido. Es la historia de un padre y un hijo. Y luego seguirá la del hijo, una historia que no está escrita en el libro pero que, a pesar de que no tiene la más mínima posibilidad, seguro que también será una historia bonita. Y así me gusta imaginármelo. Y creérmelo.

jueves, 3 de enero de 2019

Más entremeses (pero, ¿quién puede decir que alguna vez ha sido el mejor?)

Trofeo internacional de natación en Castellón. Piscina cubierta de cincuenta metros. Cronometraje electrónico. Doscientos metros libres. Mi hijo pasa por los cincuenta metros en treinta y dos segundos y por los cien en veinte. Desenterramos a Einstein para que nos explique cómo puede alguien pasar antes por los cien metros que por los cincuenta. El paso por los cien metros es homologable. Al ser cronometraje electrónico la marca se homologa automáticamente y así, en la página de la Federación Española de Natación (RFEN), en la lista de los récords nacionales, figura (figuraba. Ya no) mi hijo como plusmarquista nacional de los cien metros libres en categoría absoluta. Y no sólo eso. Estamos a la espera de que la federación internacional (FINA) lo homologue como récord del mundo ya que lo ha mejorado en veintiséis segundos.

Día de Navidad. Como soy un señor mayor me levanto en mitad de la noche para ir al baño. No puedo entrar. La puerta está atrancada. Se ha roto el pestillo o lo que sea. Amanece. Llamo a la compañía de seguros. Este tipo de anomalía no está incluida en el contrato y, siendo el día que es, no pueden enviar a casa a nadie a realizar la reparación. Igual al día siguiente. Y cobrando. Resignación. Ana consulta en YouTube. Hay un tutorial sobre esto (hay tutoriales sobre todo, sospecho). Me lo enseña. Existen tres opciones para poder abrirla. La tercera se titula: patada en la puerta. Pruebo con la primera. Desatornillo. Desmonto. Palanca. Llave inglesa. Giro. La puerta se abre. Esto que puede parecer una tontería es un momento cumbre en mi vida. Decía Woody Allen (en “Annie Hall”, creo) que a él en el ejército lo habían declarado inutilísimo, que no valía ni como prisionero. En “Bricolaje” yo no pasé del título. Inutilísimo también. Ni para cambiar una bombilla. La euforia ha sido tal que cogí la pieza rota, fui a la ferretería, compré dos nuevas, reparé la puerta y dejé una de repuesto por si acaso. Y me paso el día abriendo y cerrándola. Y, cada vez que la cierro, me suena como debe de sonar la puerta de un Rolls Royce al cerrarse. No creo haber descubierto a estas alturas mi nueva vocación pero…joder, qué satisfecho me siento.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Voy a tener una vejez muy mala

Fiestas de septiembre en la aldea del Secarral. El bar de la piscina está lleno de gente. La mayoría son chavales. La gente joven ocupamos algunas mesas. De fondo suena música. El ritmo es el de siempre, algo así como pom, popom, pom, pom. Lleva años sonando el mismo ritmo por esos altavoces. Si digo que es reggaeton probablemente sea cierto o a lo mejor no, pero es una forma de describir lo que, a mi entender, es la misma canción con distintos títulos (me pasa igual con Ketama o Manolo García). De repente, al comienzo de una canción que, sospecho, debe de ser distinta de la anterior, la chavalería se vuelve loca y empiezan todos a bailar como endemoniados. La gente joven miramos el espectáculo como quien observa un episodio del “National Geographic”. Los posesos ni reparan en nosotros. Somos invisibles para ellos.

El rock ha muerto”- dijeron Nick Cohn y Richard Meltzer a finales de los sesenta. Se ganaban la vida como críticos musicales y no como adivinos. Aunque, si aún están vivos, los imagino sacando pecho. Porque, lo que está claro, no es que el rock (o el pop) haya muerto, pero sí que está en una estantería apartada no muy lejos del jazz, los boleros, los corridos, los tangos, el soul o la bossa nova para consumo de la generación del Baby Boom (llevamos unas cuantas décadas sosteniendo el sistema y, dentro de poco, ¿quién nos sostendrá a nosotros?). Les ha costado cincuenta años tener razón (o algo parecido) pero, oye, todo llega (desde aquí vaticino el final del petróleo, del fútbol y de la energía eléctrica). Y es cierto, somos minoritarios. Y nos emocionamos cuando citamos a Otis Redding o a Elvis Presley y nuestro interlocutor no nos mira como a la momia de Tutankhamon. Y nos sentimos como un grupo de irreductibles en posesión de la verdad absoluta con la certeza de que esa verdad, irremediablemente, se extinguirá con nosotros.

Los Beatles grabaron todos sus discos durante la década de los sesenta, por lo que, durante la década presente, se ha ido celebrando el quincuagésimo aniversario de cada uno de ellos. Este año 2018 le tocaba el turno al “Álbum blanco”, el, en mi opinión, segundo mejor disco de los Beatles (el año que viene le toca al mejor). Un disco doble con treinta canciones, doce de ellas portentosas, diez fabulosas, cuatro buenísimas, tres apañadas y “Revolution 9”, un disco que me lleva acompañando desde mis quince años y que me sigue emocionando, un disco con el que me entretenía echando campeonatos (octavos, cuartos (repescando al mejor eliminado), semifinal y final), un campeonato en el que jugaban todos contra todos y donde siempre ganaba “Savoy truffle”. Y habrá que celebrar dicho aniversario o, al menos, reseñarlo aquí en mi atalaya y hacerlo, como miembro de la minoría, reivindicándolo desde la supremacía intelectual y moral que tengo sobre todos vosotros que llegáis al paroxismo con distintos subproductos. Y no me arredra el ser invisible o que, si llegáis a mirarme, lo hagáis con un gesto similar al que ponían los que oían llamar melenudos a los Beatles. Porque absolutamente nada de lo que escucháis le llega a la suela de los zapatos al “Álbum Blanco”. Porque cualquier ruido de “Revolution 9” vale más que vuestro pom, popom, pom, pom. Y no discuto que el rock y el pop vayan a morir con nosotros. Lo que no sabéis es que ésta será vuestra condena. Ni lo sabréis. Ignorantes.

sábado, 22 de diciembre de 2018

domingo, 16 de diciembre de 2018

Siempre nos quedará el despecho

Me apunté a un concurso literario. Era de relatos y tenían que estar relacionados con correr. El premio era material deportivo. No me gustan los concursos. Desde que me estoy dejando la vanidad cada vez entiendo menos y me rechinan más los premios, desde el Balón de Oro a los Óscar, desde los Nóbel a Atleta del año. Pero “material deportivo” era un buen reclamo para echar mis principios (y prejuicios) a un lado. Además, no tenía que esforzarme mucho. Rebusqué en el archivo del blog, encontré una entrada en la cual hablaba de la Volta a Peu y de mi hijo, la pulí y la envié. Y me olvidé. Hasta anteayer. Han publicado los resultados. Ciento nueve relatos inscritos. Veinte han pasado el corte hecho por un jurado. Se hacen públicos dichos veinte y, por votación popular, se elegirá al ganador. No he pasado el corte. No pasa nada. Mi vida literaria me ha dado muchas satisfacciones privadas y apenas me ha dado alguna pública. Nada nuevo. Estamos en el mismo sitio. Pulsé en el enlace que llevaba a uno de los elegidos. En las tres primeras líneas podía leerse: “previsible realidad”, “inesperado suceso”, “inquietante anomalía” y “despiertas memorias”. Y aquí ya se me fue el aplomo a hacer puñetas y mi mal perder y mi resentimiento pasaron a primera línea. Porque, señores del jurado, por muy malo que yo sea, que ustedes consideren mejor que yo a un mendrugo que se piensa que escribir es no dejar un sustantivo sin adjetivar…que quieren que les diga. No tienen ustedes ni puta idea. Pero ni puta idea.

martes, 11 de diciembre de 2018

La soledad

Tuve un compañero en el colegio que se apellidaba Aliaga y al que apodábamos Ali Agca. No era turco, no tenía conexiones ni con Bulgaria ni con el KGB y no constaba que hubiese estado nunca en la plaza de San Pedro en el Vaticano. El origen de su apodo, como el de la mayoría en clase, era fonético. Y aunque motes buenos había muchos, el de Ali Agca era de los mejores. Al menos así siempre me lo pareció.

Tengo un compañero de trabajo que se apellida Aliaga. Es bastante más joven que yo (como la mayoría) y me llevo muy bien con él. Tiene un carácter muy guasón y siempre está de buen humor. Estaba junto a un grupo y, al acercarme yo a ellos, vi que empezaba a meterse conmigo. Me lo quedé mirando.

-La guerra que puedes llegar a dar, Ali Agca.

-¿Cómo me has llamado?

-Ali Agca. ¿No sabes quién es?

-No.

Miré alrededor.

-¿No sabéis ninguno quién es Ali Agca?

Silencio.

-No sé cuánto tardaréis en descubrirlo, pero el chiste es bueno.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Quince tres

Me alegré cuando me enteré de que habían pasado la fecha del maratón de Valencia, para no coincidir con el Gran Premio de Cheste de motociclismo, del tercer domingo de noviembre al primero de diciembre. Eran dos semanas más. Tener más tiempo para preparar un examen siempre es bienvenido. Además, en diciembre las posibilidades de que hiciera calor en carrera eran remotas. Y la preparación ya no sería tan calurosa.

Terminé agosto algo pasado de peso. No había parado, pero muy en forma no estaba. Tampoco estaba preocupado. En septiembre ya subí a setenta kilómetros semanales. La idea era llegar fino a final de mes, cuando ya empieza el entrenamiento específico. Y septiembre me fue bien, metiendo una carrera de diez kilómetros en Burjasot (donde hice podio) y sintiéndome cada vez mejor. Y sin molestias. Como repetía a quien me quería escuchar, estamos instalados en el campo base en perfectas condiciones. Podemos pensar en atacar la cumbre.

Y la atacamos. Las siguientes seis semanas, las más duras, resultaron impecables. Las series cortas, en progresión y terminando siempre muy fuerte. Las series largas, memorables, con un día de tres cuatromiles yo solo por el río hecho un barrizal corriendo bajo la no lluvia torrencial que con tanto alarmismo habían vaticinado, el día del doce mil tras Paco y el Barbas bajo la lluvia, el día del ocho más cuatro volando junto a Ernesto al final, el día de los dos seises, solo el primero, junto a Ramón y el Máquina el segundo, series en las que siempre me fui a casa con una sonrisa de oreja a oreja. Y la media de Valencia, corriendo en progresión y terminando en 1:27. Y los largos que enlacé con carreras, con la media de Xirivella, con los seis últimos kilómetros que se me cruzaron, los diez kilómetros que hice con Paco junto al Bidasoa antes de meternos en la Behobia (decir Behobia y emocionarme es todo una) y dejarme llevar. Y el último largo, veintisiete kilómetros por el Secarral, subiendo y bajando y pasando por Rada y Villaescusa y terminando en Belmonte. Faltaban dos semanas y estaba pletórico. Eufórico. Sin molestias. Y sintiéndome mejor que el año anterior. Y si en 2017 había sido 3:02, ¿bajar de las tres horas? No quería decirlo muy alto, pero…había una posibilidad.

El lunes, trece días antes de la carrera, salí a rodar una hora. Volví. Me senté. Cuando me levanté para ir a recoger a mi hijo en la piscina me dio un pinchazo en la cadera izquierda que no me dejaba ni andar. El martes volví a salir y las piernas no me iban. No sabía cómo correr por culpa del dolor. Descansé el miércoles. El jueves teníamos el diez mil que hacemos siempre diez días antes. Me sentía inseguro pero no hubo inseguridad. Veinte cuarenta y cinco en los cinco de subida, veinte ocho en los de bajada, sintiéndome cómodo, dominando. Recuperé la confianza. Tuve dolor, pero podía soportar ese dolor. Ese sábado hicimos hora y media, forzando al final un poco. Me dolía pero sin problemas. Nos despedimos y, trotando hacia mi casa, apenas a cien metros, me dio un latigazo bajo el gemelo izquierdo. Por la tarde no podía andar. Paré el domingo. Llamé al fisio el lunes. Fui por la tarde. Se centró en la cadera. Lo de debajo del gemelo sería, seguramente, un reflejo de correr apoyando mal para protegerme del dolor. La cadera estaba inflamada, irritada. Tocó, frío, calor, corrientes. Me recomendó reposo, frío, calor y drogas. Paré ese martes también. Me encontraba mucho mejor. Salí el miércoles. Acompañé a Paco hasta donde iba a hacer las últimas series de mil a ritmo de carrera (yo las iba a hacer al día siguiente). Le di la salida, bebí agua y me volví. No había avanzado ni cien metros cuando volvió a darme el latigazo bajo el gemelo. Retorné andando hasta casa. Faltaban cuatro días. Estaba todo perdido. Volví al fisio al día siguiente. Me hizo una ecografía. En la zona del sóleo (tengo sóleo. Una novedad) había una rotura muy pequeña de un milímetro de ancho por siete de largo. Cabía la posibilidad de que soldara. Mi edad no jugaba a favor pero no hay que desdeñar la musculatura de un deportista. Me pinchó, me vendó y me dejó una puerta abierta para poder correr el domingo. Era difícil pero podía ser.

Ese viernes fui a recoger el dorsal. Sentía que se lo estaba recogiendo a otro. No me veía identificado con todo lo que rodeaba al maratón. Estaba fuera. El sábado por la tarde me empecé a poner nervioso. Salí a dar un paseo (por prescripción facultativa) y no noté ninguna molestia. Por la noche, a las cuatro y media, ya estaba desvelado. Lo interpreté como una señal favorable, como si mi cuerpo hubiese mandado señales de que estaba preparado y me mente se hubiera puesto en alerta. A las siete y media había quedado con Javi y con David. Fuimos trotando. Allí me junté con Paco y con el Barbas. Calenté con prudencia. Estiré con prudencia. Hice los progresivos con prudencia. Nos metimos en el cajón. Nos deseamos suerte. Sonó el disparo. Nino Bravo comenzó a cantar “Libre”. Allá vamos. Una vez más, allá vamos.

Y ahí terminó la carrera. Tal y como salí y empecé a subir el puente de Monteolivete, el sóleo (ya que lo tengo, lo uso) comenzó a mandar señales cada vez más intensas. A mitad del puente ya tenía claro que no había nada que hacer. Comencé a abrirme. No podía. El río de gente me arrastraba. En la rotonda del Parotet pude ya salirme y me eché a un lado. Y me salí de todo el lío. Y me fui para mi casa. Hoy, en el trabajo, me han dicho que probablemente haya batido el record de quién ha corrido menos metros en un maratón. No discuto que la parida sea buena pero a mí no me ha hecho ni puta gracia. Cuando estoy jodido pido (exijo) respeto para mi dolor. Y estoy muy jodido.

El maratón es una batalla. Dieciocho veces decidí enfrentarme a él y dieciocho veces me planté en la salida preparado para la lucha. En quince de ellas crucé la meta. En tres, no. En tres ocasiones, perdí. La primera de ellas en Madrid, en 2007, cuando me retiré en el treinta y cuatro, en una carrera que me sigue atormentando por haberme suicidado de la manera en que lo hice en la primera parte y por no haber tenido arrestos suficientes para terminarla. La segunda fue en Valencia, en 2016, cuando una contractura en el abductor derecho me mandó a casa en el nueve. Ayer fue la tercera vez. Las dos anteriores reaccioné con orgullo. Volví a Madrid en 2011 para desquitarme. En Castellón 2017, tres meses después de la contractura, me colgaba la medalla. Hoy no tengo ansias de venganza. El día era ayer, en esta carrera, en mi ciudad, con mis amigos y conocidos por el circuito, con el estado de forma en que estaba, con la ilusión de las tres horas. El día era ayer y cuarenta y dos kilómetros y pico en otra ciudad no me van a quitar esta desazón, esta tristeza. He perdido y punto. Recuperarme, que los kilómetros que llevo en las piernas salgan en alguna media, en un quince, en un diez. Correr, correr y seguir corriendo. Y volver a Valencia. Volver a vencer aquí. El año que viene. Y el siguiente. Y el siguiente. Y todos.

domingo, 25 de noviembre de 2018

En este mundo hay dos tipos de personas

Está el Sistema Métrico Decimal (MKS se decía también) y luego están los números redondos. Y, a partir de ahí, establecemos barreras, metas, hitos. En el deporte sobre todo. Bajar de diez segundos en los cien metros lisos. Pasar de dos metros en salto de altura o de cinco o de seis metros en salto con pértiga. Las dos horas en maratón. Los catorce ocho miles en alpinismo. Cambiando las unidades de medida se buscarían nuevos hitos pero se seguirían buscando hitos. Puntos, lugares que distinguen a unos de otros, barreras que criban, la línea o las líneas que marcan la diferencia entre los elegidos y el resto. En el deporte. En cualquier actividad.

En este mundo hay dos tipos de personas: los que han nadado los cien metros libres en menos de un minuto y los que no. Mi hijo ya está entre los primeros. Mi hijo es ya uno de los elegidos. 59:99. Suficiente. Sobrado. Esta barrera ha caído. Esto, hijo mío, ya no te lo cuentan. Esto lo cuentas tú.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Es la historia de un amor como no hay otra igual


Diez dorsales. Diez ediciones. Diez años: 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2013, 2014, 2015, 2016 y 2018. Doscientos kilómetros entre Behobia y San Sebastián. Muchos años repitiéndome –txapela- en la salida en homenaje a aquellos euskaldunes que se animaban unos a otros tras el disparo. Diez años subiendo Irún y Ventas, con tantísima gente apostada a los lados y tan silenciosos ellos. Quizá Francia está demasiado cerca. Diez veces subiendo Gaintxurizketa. Tampoco es para tanto. Vosotros no habéis subido al castillo de mi pueblo. Los años que pasamos por Lezo, inolvidables. Las diez veces que he visto al pirata, cada vez más canoso, con sus banderas enormes y la música heavy sonando a todo meter. El paso por Rentería, siempre dando las gracias, siempre con lágrimas en los ojos, lágrimas que me duran hasta el final de la cuesta de Kaputxinos. El poco público en Pasajes. El puerto, con esa belleza industrial decadente. El paso por Trintxerpe en el pasado, un aperitivo espectacular a lo que es subir Mirakruz, mi cuesta favorita, donde los adelanto de diez en diez, donde la felicidad está en cada paso rodeado por ese pasillo de gente. La bajada hasta Jesuitas, desatado, eufórico. La avenida de Navarra, antesala muy hermosa de lo que ya es el apoteosis, lo sublime, la perfección, el paraíso. Zurriola. Kursaal. Puente del Kursaal. Boulevard. Diez años pasando frío, sintiendo la lluvia, el granizo, el vendaval, el temporal, el calor, el viento sur. Dos años en uno diecisiete, dos en uno veinte, un uno veintitrés y, el resto, cuando no era cuestión de crono. Topo, coche y autobús. Tipi tapa, tipi tapa. Diez años corriendo la Behobia San Sebastián. Diez años de felicidad absoluta. Los diez primeros.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Dentro de mil años no habrá ni tíos ni tías. Sólo gilipollas

He visto “Trainspotting” y no sé si me apetece hablar de ello. Me la dejó un compañero de trabajo para intentar subsanar lo que él consideraba una carencia y he terminado viéndola. Bien, la película es muy buena y, si la hubiese visto hace unos cuantos años, pues me habría removido y me habría hecho reflexionar e, incluso, teorizar. Pero mi presente es el de señor mayor con pocas ganas de sufrir y con la expresión “coste de oportunidad” permanentemente en los labios. Y se me ocurren mil formas mejores de pasar el rato que someterte a un encogimiento de estómago de noventa y tantos minutos. Que es un peliculón no lo niego, pero qué necesidad, señores, de padecer. Qué necesidad. Y que esto lo escriba uno del Atleti podría parecer un contrasentido pero aquí entramos en lo voluntario y lo involuntario. Y no. No estoy para pasar malos ratos a propósito. No le encuentro el sentido. Apacible empieza a escalar posiciones en mi clasificación de palabras favoritas.

martes, 16 de octubre de 2018

La piedra lunar

Un diamante que desaparece. Ricos (ladies and gentlemen) que se enamoran. Criados que se enamoran (es el mismo verbo pero el sentimiento es distinto). Tres indios (de la India) que buscan, a cualquier precio, dicho diamante. Un detective, Cuff, que cultiva rosas y que marcó el camino a Sherlock Holmes. Está el viejo Betteredge y su “Robinson Crusoe”, un personaje que bien vale un libro. Están las clases altas en la Inglaterra victoriana, que si decían –no- la policía se daba la vuelta y se iba. Está Miss Clack, la bruja metodista (según Borges), capaz de sacar de quicio a cualquiera. Está Rosanna Spearman, deforme ella, con su destino trágico, sin la menor posibilidad de ser feliz. Está Ezra Jennings, otro condenado desde el mismo día en que nació, mestizo, enfermo, rechazado, brillante, con su momento de gloria, momento que no tuvo Rosanna (pobre Rosanna). Hay seis narradores distintos. Están las “Arenas temblonas”. Y Lucy, la coja. Y Mr. Murthwaite, el aventurero. Y Luker, el usurero. Hay más de setecientas páginas de una novela que puede ser definida como policiaca, de intriga, costumbrista y, en muchas fragmentos (la ironía y la sabiduría de Betteredge son…formidables), de humor, una novela donde, al final, te importa poco quién robó el diamante porque el averiguarlo supondrá que el libro se está terminando. Hay una novela que ha sido adaptada al teatro, al cine y a la televisión, adaptaciones que, seguro, no están a la altura de la novela porque no pueden estarlo. Hay un escritor, de nombre W. Wilkie Collins, amigo de Dickens, abogado y opiómano (el opio también es protagonista del libro), que me ha resultado todo un descubrimiento. Murió en 1889 y es un descubrimiento. Hay muchos libros que me quedan por leer. Muchos escritores aún por descubrir. Esto acaba de empezar.

jueves, 11 de octubre de 2018

En la mesa, en el juego y en el karaoke se conoce al caballero

Nueva entrega de la sección "Entradas sin título". Por añadir algo, y llevarlo a lo personal, decir que, mientras en la mesa y en el juego mi caballerosidad da el pego, en el karaoke mi villanía se manifiesta en todo su esplendor.