miércoles, 28 de septiembre de 2016

Me la quitan de las manos

Se vende letra de bolero. Razón, aquí.

Sobre la puerta dejaste las sombras de aquel nuestro interludio de luz.
No te culpo del final. No llegué a creer nunca que todo acabase bien.
Quizá no fue lo más fácil seguir de aquella manera cuando hasta tu imagen era mentira.
Pero es duro ver que todo se acaba. Ya no quedan fuerzas para volver a empezar.
Y ahora, sobre un montón de papeles rayados, intento volver a ver tu cara.
Cohibido llego a intentar escribir las palabras de siempre, los lamentos de siempre.
Tal vez fragmentos de una ilusión. Sonrisas de no sé cuándo. Y es caer en lo mismo.
Vuelvo a ver el final del principio y me pregunto si alguna vez todo llegará a ser del color de la duda.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Todos a la cárcel

Hoy, de nuevo, toca tostón. Y no sé si seré capaz de explicarlo bien, pero en algún lado tengo que desahogarme.

Bien, tenemos que montar una instalación contraincendios (se puede bostezar) en la nave nueva. Nuestra actividad no tiene (entraña) gran riesgo pero, bueno, la ley es la ley, y si queremos que nos den licencia ambiental y de actividad y más potencia de consumo eléctrica, pues nos toca instalarla. Unos cuantos extintores y unas cuantas bocas de incendio debidamente equipadas. El agua que debiera salir por las mangueras (y que es difícil que llegue a salir alguna vez) tiene que tener una presión alta, por lo que no puedes enchufarte a la red de agua potable (aburrido). Nada, toca hacer acometida exterior. ¿Y con quién hay que contratar? ¿Puedes pedir varios presupuestos? No señor, tienes que ir a morir a la empresa que tiene la concesión (¿monopolio?) en la zona, empresa que pertenece a dos hermanas y a un mejicano muy famosos. Y allá que he ido, a pedir presupuesto. Y me lo han dado. Perfecto.

-Espere, que también tengo que pasarle presupuesto del contador que hay que instalar.

-¿Contador? Vamos a ver, esta línea no va a tener consumo. No tiene sentido instalarlo.

-Sólo es para asegurarnos, precisamente, de que no va a tener consumo, que siempre hay pícaros que tratan de robar agua.

-Entonces bien, pero páguenlo ustedes.

-Qué gracioso.

-¿Y cuánto es?

-Mil euros.

-¿Mil euros por un contador innecesario dentro de una instalación que no hace absolutamente ninguna falta?

-Sí. Y ya sólo faltaría añadir la cuota bimestral que han de pagar por el mantenimiento de dicho contador.

Pocos hay en la cárcel. Muy pocos.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Siéntate, Johnson

Me encontré con Johnson en plena calle. Nos estrechamos la mano efusivamente mientras le daba una palmada en su hombro con mi mano izquierda. Los traumatólogos consiguieron reconstruirme, a duras penas, la mano derecha. La izquierda la he perdido. Johnson está verdaderamente fuerte (digamos que es rocoso en lo más rocoso del término. Lo suyo no es anatomía sino geología)  y es de los que, muy risueño, eso sí, te estruja la mano cuando te la da. Y, a pesar de lo que pueda parecer, es muy sensible, y no sólo porque se dedique a las bellas artes (y se gane la vida con ello). Me contó Sanfélix que, en un viaje a Tokio, pidió si le podían indicar dónde encontrar un baño. Cuando entró y se encontró con un inodoro lleno de luces y de palancas, salió y pidió si le podían indicar dónde encontrar otro baño, ya que él no podía hacer sus cositas en un armatoste que fuese más inteligente que él. Y hoy me he acordado de Johnson. Nos han traído unas sillas de oficina que llevan guía de usuario (guide de l’utilisateur, user guide). Las sillas vienen con manual de instrucciones. Yo miro a la mía y me siento intimidado. No sé si soy digno de sentarme en ella, de estar a su altura. ¿Están los objetos a nuestro servicio o somos nosotros los que estamos al suyo? No lo sé, pero...¿qué hago? ¿Me siento o no me siento?

domingo, 4 de septiembre de 2016

La aldea apagada, la luz encendida

Al día siguiente,
-hoy-
al llegar a mi casa -Altamirano, 34- era de noche,
y ¿quién te cuida?, dime; no llovía;
el cielo estaba limpio;
-«Buenas noches, don Luis» -dice el sereno,
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares,
las ventanas,
-sí, todas las ventanas.

Gracias, Señor. La casa está encendida.

En la carretera que pasa junto a la aldea del Secarral, y justo enfrente de la misma, hay un bar. Dicho bar lleva abierto mucho tiempo, tanto como para ser parte de la vida (de la Vida) de la aldea. Durante muchos años el bar abrió temprano y cerró tarde. Un buen día decidieron reducir la jornada. No tenía sentido abrir a partir de cierta hora para sacar lo que sacaban por lo que, desde ese momento, a media tarde el bar cerraba la puerta. Y apagaba la luz. Y el tío Ino me contó que, hasta ese día, cuando llegabas tarde al pueblo, aunque no vieses a nadie, aunque pareciese que estaba desierto, el pueblo estaba vivo porque la luz del bar estaba encendida. –Tienen sus razones y hay que entenderlas, pero no saben lo que han hecho. Han apagado la luz. La aldea está cerrada. Apagada. La casa está apagada. Y ahora, ¿quién cuida de nosotros?

P.D. Mientras buscaba el verso de Luis Rosales que encabeza esta entrada me encontré con otro, también de Rosales, que.., bueno, lo pongo.

Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta
con ese mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas como estarán dentro de un año;
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo, definitivamente solo
porque todo es igual y tú lo sabes.

martes, 30 de agosto de 2016

Canciones que te salvarán el día

Dormir. Desayunar. Importante, sí. Mucho. ¿Suficiente? No. Bueno, no en mi opinión. Para ir a pecho descubierto a por el nuevo día, sin miedo, sin riesgo, hace falta un empujón, un soplido, una palmada. Antes iba de emisora en emisora haciéndome el encontradizo. Ya llevo un tiempo encomendado a Ángel Carmona y a Gustavo Iglesias y rara vez me fallan (Blur, Prefab Sprout, La Casa Azul (1 y 2), El Último de la Fila, Fuel Fandango, Sylvian y Sakamoto, Radio Futura, Camera Obscura, Lloyd Cole and the Commotions, Maika Makovski) ¿Funciona? Bien, ésta es una buena pregunta. Algunas veces sí. Los viernes, casi nunca. Pero esa sensación que tengo cuando salgo del coche y voy para el trabajo con la coraza puesta pensando –soy invulnerable. Tengo una canción que ha venido a protegerme. Empezad a disparar cuando os dé la gana- ésa, ésa no me la quita nadie.

lunes, 22 de agosto de 2016

Lecciones recordadas. Lecciones aprendidas

Bueno, dos semanas donde el tiempo pasa rápido salvo en verano, en que se ralentiza hasta detenerse. Dos semanas donde siempre se es adolescente, una adolescencia que esta vez me ha superado y se me ha llevado por delante de tal manera que, esta mañana, al reincorporarme al trabajo, al ver mi mesa llena de papeles y con dos folios escritos con todas las tareas pendientes, he pensado –joder, ¡si aquí se está de puta madre! Y aquí está el blog. Dejemos constancia de las lecciones aprendidas y recordadas. Que nos sirva de bálsamo. Que nos sirva de recordatorio.

La primera lección ya es conocida: la clave de quererse mucho es verse poco. Y, en algunos casos, ese poco empieza a tender asintóticamente a cero.

La segunda, y ésta es aprendida, es que, en lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. Y esto me parece que tendré que repetírmelo muchas veces. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta.

La tercera también es clásica: hay que ver qué poco pinta lo bueno frente a lo malo. Da igual lo bien que te lo pasaras o lo mucho que disfrutaras. Al final la cagaste y ese final puede con todo y borra lo demás. Da igual también el tiempo que nos haya llevado organizar algo y todo el trabajo que hayamos realizado. Da igual todas las cosas buenas que pudimos hacer o que nos salieron bien el día de la carrera. Al final sólo puedo pensar en la entrega de trofeos. Al final sólo puedo pensar en la cena. Podemos mejorar y lo haremos. Pero lo que salió mal devora a lo que salió bien.

Había trofeo al primer veterano, es decir, al primer atleta mayor de cincuenta años. Tal y como dieron la salida me di cuenta de que llevaba a un tío pegado a mis talones. Me fijé y vi que era mayor, de unos cincuenta y cinco años. Aquel tío tenía clara su estrategia: marcarme. Aquel tío tenía muy claro que yo era su rival. Cuarta lección aprendida: aparento la edad que tengo. Y eso entronca con el primer párrafo: macho, tienes cincuenta años. Eres un señor mayor. Compórtate como tal.

Fuimos a “La Traída”, a Mota del Cuervo, como un reto deportivo (en mi caso, cuarenta kilómetros en bicicleta y catorce y medio corriendo). Nos encontramos con un espectáculo religioso y popular realmente impresionante. Volveremos, por supuesto, en bicicleta y corriendo. Y con la lección aprendida.

Y, por último, otra ya conocida, pero nunca lo suficiente. Los trofeos que dan en las carreras siempre son horrorosos. Pero, dentro del horror, algunos son más bonitos que otros.


(Tenía que contarlo. El podio sigue siendo mi lugar natural. Tres podios en dos semanas. Algo bueno tenía que tener mi senectud ridícula adolescente).

lunes, 1 de agosto de 2016

Pasatiempos veraniegos: cero sesenta

El blanco combina con todo, 0,60.
La natación es el deporte más completo, 0,60.
La gente más humilde es la más generosa, 0,60.
Los animales son más listos que las personas, 0,60.

Frases de 0,60,
tengo para ti todas las que quieras.
¡0,60! ¡Un euro!
No valen más que eso.
Cosas que ya habías oído,
cosas básicas, obviedades,
frases que acaban en -¡tía!
Dale un bofetón a quien las diga.

La dieta mediterránea es la más sana, 0,60.
Las mejores baladas son de grupos heavy, 0,60.
Los gays son supersensibles, 0,60.
Todas las modelos son tontas… ¡eso no es 0,60!

Frases de 0,60,
tengo para ti todas las que quieras.
¡0,60! ¡Un euro!
No valen más que eso.
Cosas que ya habías oído,
cosas básicas, obviedades,
frases que acaban en -¡tía!
Dale un bofetón a quien las diga.

En España se hace el mejor doblaje.
Los más radicales con el tabaco son los ex-fumadores.
Barcelona es muy cosmopolita.
Lo que pinta Miró lo puede pintar un niño.
Me gusta el cine de verdad, no el de bombas.
Si no tienes celos es que no le quieres de verdad.
Los niños de hoy no saben jugar.
La tele atonta.
El rey es campechano.
Los Rolling Stones son incombustibles.
Yo creo en Dios, pero no en el de la Iglesia.
El rock ha muerto,
El rock ha muerto.

"0,60" Ojete calor

La letra de esta canción es una provocación, no el sentido de que nos escandaliza, sino que nos tiene, especialmente a Jose A. y a mí, buscando sin descanso frases de cero sesenta. O a lo mejor no es una provocación sino un estímulo. No sé. El caso es que hago recopilación de las pocas que tenemos por ahora con la intención de ir ampliando la lista conforme vayamos encontrando. Se admiten sugerencias.

Los negros llevan el ritmo en la sangre.
Si hay muchos camiones aparcados alrededor seguro que se come bien.
El avión es el medio de transporte más seguro.
Lo mejor de la paella es el socarrat.
La democracia es el menos malo de los sistemas políticos.
Se liga mucho cuando tienes un perro (o un hijo).
En agosto por las noches refresca.
En el País Vasco se come muy bien.
Lo peor del verano en Valencia no es el calor. Es la humedad.
Los Grammy son los Óscar de la música.
Los Golden Globe son la antesala de los Óscar.
Las elecciones son la gran fiesta de la democracia.


miércoles, 27 de julio de 2016

La crisis de los cincuenta


Vamos ahora con las mil palabras.

Salimos a las diez. Desde las nueve se iban dando salidas y a la gente joven nos dejaron para el final. Yo estaba muerto de miedo. No tenía miedo al esfuerzo ni a los dos mil metros. Tenía miedo al entorno. Tenía miedo al miedo, a no saber qué hay debajo. Nadar me gusta y, en la piscina, con una raya negra pintada en el suelo y con un bordillo cada veinticinco metros, pues claro que te cansas, pero te sientes seguro. Cuando me tiré al agua allí, en el puerto de Valencia, me sentí insignificante. Y el miedo se disparó. Pusieron una corchera. Nos teníamos que situar detrás de ella. Yo me situé detrás de los que se situaron detrás, y pegado a la derecha, ya que la primera boya se giraba hacia la izquierda. No quería golpes. Yo quería nadar tranquilo. Hacer mi carrera. Mi objetivo era muy simple: terminar. Si bajaba de cincuenta minutos, mejor. Si no quedaba el último, mucho mejor. Y si mi hijo me sacaba menos de diez minutos, matrícula de honor. Salimos. Iba a respirar cada tres brazadas. Iba a llevar la cabeza hundida y que el cuerpo fuese recto. Iba a alargar la brazada bajo el agua y aumentar el deslizamiento. No iba a dar pies. No di pies. Fue lo único. Me puse a nadar como pude. Tenía miedo. Estábamos dentro del puerto. No había corrientes. No había olas. No había medusas. No había tiburones ni serpientes marinas devoradoras de nadadores novatos. Tenía miedo igual.  –Si me pasara algo no se enteraría ni Dios. Me sentía desamparado, indefenso. Sólo podía nadar. Y eso hice: nadar, respirando cada dos brazadas, levantando la cabeza cada ocho o diez –pero, ¿dónde pijos está la boya? En cinco etapas dividí la travesía: primera boya, Veles e vents, boya en el canal, Veles e vents y meta. Las cinco fueron eternas. No veía el objetivo. Me desviaba. Levantaba la cabeza. Buscaba algún otro nadador. Le seguía. Llevábamos el chip en una muñeca. En la otra debiéramos haber llevado una brújula. Los de las canoas me gritaban que me estaba desviando. Los brazos me obedecían. No tenía amago de calambres. Me seguía sintiendo insignificante dentro del agua. Seguía nadando. Llegué a la mitad del recorrido. Giro de ciento ochenta grados y vuelta. Sin brújula. Paso el Veles e Vents. Al fondo se dibuja el tinglado. Vamos para allá. Ya huele a meta. La meta no llega. Me tuerzo. Me gritan. Voy a hacer dos mil doscientos metros por lo menos. A mí no me pillan en otra. Se acabaron las travesías. La épica que exigen los cincuenta queda sepultada con esto. Sigo nadando. Voy bien. Pero esto no es sólo nadar. Esto es una carrera de orientación. Yo quiero mi piscina, mi raya negra, mis bordillos. Veo la meta. Me voy a por ella. Aún tengo que levantar la cabeza dos veces porque me tuerzo. Llego. Toco. Voy hacia la salida. Nunca más. Nunca más.

En la salida está Nico, que me ha aconsejado en las últimas semanas –no hagas piscinas sin ton ni son. Haz bloques de doscientos a quinientos metros, forzando un poco, y que siempre sumen más de dos mil. -¡Nico, lo he hecho! Sigo andando, y sin que el par de muslos que llevo delante tuviesen la menor influencia, empiezo a pensar –el año que viene…

Habrá año que viene. Terminé. Bajé de cincuenta minutos (47`28”). No fui el último (aún llegaron ochenta detrás de mí). Mi hijo sólo me sacó nueve minutos (aunque él fue con sus amigos de campo y playa). Aún puedo mejorar. Nadando he perdido peso. Me duelen menos las piernas después de correr. No se me ha puesto cuerpo de nadador ni las tías me miran más (en realidad me miran lo mismo), pero ya tengo superada la crisis de los cuarenta y en la de los cincuenta estas cosas son secundarias. Habrá año que viene. Ayer me fui a correr por el puerto y me emocioné viendo por dónde había nadado. Volveré a ser insignificante dentro del agua. Volveré a pasar miedo. Me arrepentiré. Y lo haré mejor. Me gusta nadar.

lunes, 18 de julio de 2016

Canciones que nadie quiere compartir con nosotros

Para hacer un sándwich Elvis untamos una rebanada con una cucharada de mantequilla de cacahuete y la cubrimos con tres lonchas de bacon pasadas por la plancha sin tostarlas demasiado. Luego cortamos un plátano maduro en rodajas y cubrimos con las mismas la otra rebanada de pan de molde, añadiendo una cucharada de miel por encima del plátano. Juntamos los panes y pasamos el sándwich por la plancha con un poco de mantequilla hasta conseguir un bonito color dorado. Este sándwich debe su nombre a que, según la leyenda, era el favorito de Elvis Presley. También la leyenda afirma que le gustaba tanto que, en una noche de 1971, se llevó a dos policías desde California hasta su restaurante favorito en Denver. Los agentes le dijeron que nunca habían probado tan suculento manjar, por lo que el cantante decidió darles un paseo en su jet privado. Cuando el trío llegó al lugar, Elvis pidió que les preparasen veintidós bocadillos. Ocho mil calorías en cada sándwich. ¿Elvis gordo? Una maledicencia sin fundamento.

“Any day now”. Un día de estos me dirás adiós, mi amor. Y seguirás tu camino. Y volarás, mi pequeño pajarillo salvaje. Un día de estos me quedaré solo. En 1962 fue publicada. La música había sido compuesta por Burt Bacharach, grande entre los grandes. La letra la había escrito Bob Hilliard. Un día de estos, para mi triste sorpresa, tus ojos inquietos encontrarán a alguien. Entonces una sombra triste cubrirá la ciudad. Un día de estos el amor me dejará de lado. Chuck Jackson fue el primero que la grabó y que la llevó al éxito. Luego vinieron otras versiones, algunas mejores que otras. Un día de estos. Any day now. No vueles, mi hermoso pajarillo.

El sábado por la noche nos bajamos Javier y yo al bar de la piscina. Veníamos de una celebración familiar y todavía no teníamos sueño. No había mucha gente. Además, se fueron enseguida. Nos quedamos solos. Pedimos que nos dejaran poner música. Nos dejaron. No había nadie. No encontraron excusa. Empezamos. Cada vez uno. Dimos una vuelta muy larga, pero todos los caminos llevan a Elvis. Nos encontramos con un Elvis joven, antes de irse al servicio militar, en parte influidos por la muerte (reciente) de Scotty Moore. Y allí estuvimos hasta que Elvis, el Elvis gordo, el decadente, el residente en Las Vegas, el Elvis portentoso, terminó de comerse su sándwich de ocho mil calorías y, de manera lenta y pesada, con su cazadora de flecos y sus enormes patillas, se levantó y agarró el micrófono. “Any day now”. Elvis, Javier y yo. Elvis cantando como nunca, cantando como siempre. Javier y yo ensimismados, con los ojos cerrados, sintiendo como nunca. Sintiendo como siempre. Porque nunca tuvimos la necesidad de enamorarnos. Siempre tuvimos a las canciones. Elvis. “Any day now”. No vueles, mi hermoso pajarillo. No te vayas nunca.

martes, 12 de julio de 2016

Mi hijo ha quedado cuarto en el Autonómico (y también segundo, pero, sobre todo, cuarto)

El domingo pasado se celebró el campeonato autonómico de natación en categoría Benjamín. Allí estuvo mi hijo compitiendo en tres pruebas: el cien braza, donde llegaba con la octava mejor marca, nadando, por tanto, la final; el cuatro por cien libre y el cien mariposa, con la tercera marca y claras opciones de podio.

Vamos por orden: cien braza. Regular. Mi hijo partía con una marca de 1’ 36” y ésta fue exactamente la marca que hizo en la final. Podríamos decir que cumplió con las expectativas, pero él estaba disgustado. Esperaba hacerlo mejor y, aunque no es la braza su especialidad, el octavo puesto le supo amargo.

La siguiente prueba, y última de la jornada matinal, fue el cuatro por cien libre. Salió de primer relevista y lo hizo bien. Entregó el tercero y terminaron segundos. Plata. Podio. Un podio en un campeonato autonómico. Algo inolvidable, desde luego. Pero…no. Él tenía 1’ 12” y había hecho 1’ 13”. Él se había imaginado su posta de otra manera. Y sí, estaba en el podio habiendo sido el segundo de los cuatro de su equipo. Pero no había volado.

Durante la comida no tenía muchas ganas de hablar. Por la tarde tenía el cien mariposa, que es su prueba favorita. Supongo que tenía sus dudas. Yo le repetí lo que venía diciendo los últimos días, que la temporada la tenía hecha, que había progresado, que había entrenado y competido muy bien, y que el Autonómico era sólo la guinda, pero nada más. Y que tenía que sentirse orgulloso por todo lo que había trabajado durante el año y por los resultados que había obtenido. Y que lo que pasase esa tarde podía sumar pero nunca restar. –Y además, ya has subido al podio, qué leches. Arriba los corazones.

Cien mariposa. Por la calle tres, con una marca acreditada de 1’ 29”, mi hijo. Preparados y suena el pitido. Tal y como emerge del subacuático y pega la primera brazada, pienso –ése es mi chico. Calles tres, cuatro y cinco. Y siete. Por la calle siete aparece un convidado no esperado que, seguramente tratado por médicos de la DDR y de la URSS, y con más pelos en las piernas que todos los padres que estábamos en la grada, se escapa para no volver. Allí sigue mi hijo, nadando muy concentrado, con mucha fuerza, con ansia, con hambre. El de la calle cuatro empieza a escaparse. Llegamos al último viraje. Van emparejados los de las calles tres y cinco. El de la cinco se va adelantando poco a poco. Se escapa. Se escapa. Se va. Mi hijo queda cuarto. Cuarto. Miro el crono: 1’ 22”. Mi hijo ha mejorado siete segundos en una final. Mi hijo ha competido de una manera impresionante. Y en ese momento, dada mi tendencia exotérmica a la hora de expresar emociones, y antes los ojos extrañados de los otros padres del equipo, que me miraban con ojos de -qué pena, cuarto- comienzo a gritar: mi hijo es fabuloso. Mi hijo es un campeón. Mi hijo es un fenómeno. Mi hijo es un coloso. Y, por supuesto, podéis felicitarme. Ser segundo está bien, pero ser cuarto puede estar mejor. Y, esta vez, lo está.

Llevo cuarenta años corriendo. Igual me he puesto mil veces un dorsal. Tengo mis marcas, mis podios, mis trofeos, mis maratones, mis recuerdos. Nada parecido a este cuarto puesto. Esto de ser padre es imposible de explicar.

miércoles, 6 de julio de 2016

La soledad

Fuimos de comida. Se jubilaba un compañero y había que despedirse. Comimos bien y no bebimos mal. A mitad de la comida, pregunté.

-¿Alguien se mea?

-Y eso, ¿a qué viene?

No fui muy fino, es cierto. No pensé que debiera serlo. No pasa nada. Pero la pregunta sonó extraña. Vamos a ver, cuando estoy en grupo, comiendo y bebiendo, no me gusta ir al baño solo. Soy de la opinión de que el que no mea en compañía, o es un ladrón o es un espía (aparte de que la chufa española jamás micciona sola). No es sólo que tenga mi lado femenino muy desarrollado. Me miraron mal. Tuve que explicarme. Me miraron peor. Me sentí raro. No soy raro. Al menos, nunca lo había sido. Trabajo con ladrones. Trabajo con espías, aparentemente españoles, todos extranjeros. Dios santo (Niles), ¿dónde estoy metido?

martes, 28 de junio de 2016

Y, con ustedes, una nueva lección de estrategia empresarial

Tengo un amigo/conocido en la capital del Secarral, al que llamaremos FD, fiel seguidor de las máximas "a quien madruga, Dios le arruga", "no por mucho amanecer me levanto más temprano" y "no hagas hoy lo que puedas hacer mañana porque igual te libras de hacerlo", a quien se podría definir como un jeta y un vago redomado. El tío es un superviviente nato y, siendo su planteamiento vital una huida permanente hacia delante, la verdad es que resiste sacrificando afectos, cogiendo bajas larguísimas, teniendo accidentes sospechosos, habitualmente remunerados por las aseguradoras, tragándose su orgullo cuando toca y siempre sin pegar un palo al agua. Tuve más trato con él en tiempos y muy poco ahora (como he dicho nunca dudó en sacrificar afectos y en utilizarlos para su interés), y siempre le vi un potencial enorme. En las grandes compañías productoras que se pasan la vida tratando de optimizar sus recursos (es decir, de gastar menos y de hacerlo todo en menos tiempo, es decir, de gastar menos) se pagan buenos sueldos a grandes gurús de la organización empresarial y se contrata, sobre todo, a gente con título y que sea proactiva (no sé qué significa esta palabra pero ahora la repite todo el mundo y, viendo lo a gusto que se quedan cuando la dicen, debe de ser la releche. Me recuerda cuando se puso de moda la palabra “gestión”. Servía para todo). Y no digo que estén equivocados, pero, pensando en FD, creo que nunca se han planteado en que no debieran contratar a gente trabajadora sino a vagos redomados. Porque a alguien como FD le das cualquier puesto de la cadena y seguro que encontraría la forma de hacer su trabajo con el menor esfuerzo. Y eso es tiempo. Y el tiempo es dinero. Y le están pagando a gente por pensar cuando un vago podría ahorrar de manera natural. Por eso digo que a FD le vi siempre un gran potencial puesto que él, siendo él mismo, podría optimizar cualquier puesto en una cadena productiva. Bien es cierto que habría que hacerle contrato de un día o de horas, justo antes de que le empezase a doler la espalda o fuese atropellado por una carretilla elevadora pero, bien orientado y bien cuidado, oye, un fenómeno. Y ahora, pues nada. Un talento desaprovechado. Un superviviente. Sorteando el día a día.

miércoles, 15 de junio de 2016

El lunes fue San Antonio (Vega)

Fui nachapopero y lo sigo siendo. Lo que fue este grupo y lo que significó. Y hablo para mí. Ser nachapopero en Madrid era lo normal. Serlo en Valencia, no tanto. Y para un madrileño de quince años recién llegado a Valencia, Nacha Pop era perfecto para definirse y para diferenciarse, que de eso se trata en la adolescencia (creo). Eso y que eran buenos. Muy buenos. Seis (o siete. O cinco) discos sacaron. “Nacha Pop” (muy apañado), “Buena disposición” (glorioso), “Más números, otras letras” (colosal), el mini-lp “Una décima de segundo” (homérico), “Dibujos animados” (pasable), “El momento” (una puta mierda) y el disco en directo “Nacha Pop 80-88” (penoso). Lo que pasó después ya me interesa menos, sobre todo porque la imagen del Antonio Vega intimista, profundo, sensible, lo que sufro, cuánta pena doy y pobrecico, no es maldito, pero casi, me molesta y me desagrada a partes iguales (y me hace ser injusto, porque “El sitio de mi recreo” es una canción muy buena que no oigo nunca porque no). Y como el lunes pasado escuché un programa sobre Antonio Vega (al que le he robado el título) que se detenía y se recreaba y se relamía en las canciones de esa época de Antonio, pues decidí desde esta plataforma líder de opinión y que a las masas mueve y conmueve reivindicar al Antonio Vega que me gusta, el nachapopero, el sensible pero que daba unos saltos en el escenario espectaculares, el que escribía letras cojonudas (y en castellano) y daba poca pena. Y ahí voy. Once canciones he seleccionado porque es número primo. Van en orden inverso.

11.- “No puedo mirar”. Ya sé que esta canción no es nada del otro jueves, pero sólo hasta que Antonio canta –y esas fiestas que, en tu cumpleaños, un día dejaron de ser. He pasado toda mi vida tratando de escribir esta frase. Ésta es la frase que yo quisiera haber escrito.

10.- “Lo que tú y yo sabemos”. Mil caras que estudiar. Mil caras que olvidar.

9.- “Enganchado a una señal de bus”. Veo garras de murciélago de noche. Veo sombras que se funden con la mía. Porque todo el mundo no es igual que los demás.

8.- “Reflejo de ti”. Pero la imagen es borrosa, no puedo verte mejor. Y cuando canta –escarba como un topo bajo tierra. El aire es un veneno mortal-…tremendo.

7.- “Vidas agridulces”. Y si tu radio sintoniza mal. Tuve una época en que me pasaba la vida tarareando esta canción. Una forma (como otra cualquiera) de tratar de darme importancia. No funcionó.

6.- “Sentado al borde de ti”. Ando porque andar me lleva hacia ti. Antonio era un maestro de encajar la letra en la melodía. Aquí rizó el rizo de lo sublime.

5.- “Atrás”. Algunos han conseguido olvidar. Qué bien termina esta canción. Pero qué bien termina.

4.- “Alta tensión”. Un punto luminoso viene y va. Y esta canción termina todavía mejor.

3.- “Antes de que salga el sol”. Por el día alguien con quien no vivir. Por las noches alguien con quien no dormir. Este es el principio de la primera canción del primer disco de Nacha Pop. Y para qué decir más.

2.- “Escala real”. Para amontonar en un lado fantasmas, temores y voces de más. Y luego dice –no dar importancia a un encuentro casual. Y, después, grita. Y yo también.

1.- “Magia y precisión”. En todo el camino no hemos dado un paso en falso. Pero ni uno, Antonio. Ni uno.

miércoles, 8 de junio de 2016

Sobre padres, bodas y piscinas

Me lo contó mi hermana, pero creo que se lo escuchó a Joaquín Reyes. Éste contaba que pocas cosas hay peores que ir de boda con tus padres, principalmente por la vergüenza que pasas. Los padres, en una boda, tienen la desfachatez no de pasárselo bien sino de estar haciendo el ridículo todo el rato. Se piensan que son graciosos, cuando no lo son en absoluto, y no paran de reírse y de hacer el tonto. Y lo peor ocurre cuando empieza el baile y los ves allí, en mitad de la pista, con todos sus amigos que más que bailar están con el trote cochinero. Y tú te pasas la boda huyendo porque, como entres dentro de su radio de acción, verás a tu padre o a tu madre muy sonriente acercándose, al trotecillo, hacia ti, abriendo los brazos, contoneando el cuerpo e indicándote con los dedos –ven, hijito mío, ven a bailar conmigo.

Me he apuntado a cursillos de natación. Se me ha metido en la cabeza hacer alguna travesía a nado este verano (la crisis de los cincuenta empieza a manifestarse) y, viendo que por mi cuenta entrenaba poco, pues dos días a la semana voy a nadar junto a unas abuelas y con un monitor que es descendiente directo del doctor Mengele, porque nos mete unas tundas imponentes y refinadas. El caso es que va surtiendo efecto, porque cada vez me veo mejor. Conseguiré, espero que sin problemas, completar una travesía y, a lo mejor, hasta logro no quedar el último, por una vez, en la competición de natación de la aldea del Secarral. Lo curioso es que la calle donde damos el cursillo está justo al lado de donde entrena mi hijo. Somos vecinos en la piscina. Nos separa una corchera. Pero él nunca me mira. Él me niega. Y, aunque terminamos a la misma hora, nunca coincidimos en el vestuario. Se queda fuera estirando o charlando o lo que sea mientras hace tiempo. Y luego le cuenta a Ana la vergüenza que pasa, lo mal que nado, lo fatal que hago los ejercicios y, sobre todo, me critica por no ir depilado. Deseando está que termine el cursillo. Y supongo que debiera afectarme la vergüenza que pasa mi hijo por mi culpa, pero no me afecta en absoluto. Porque yo soy como los padres de los que habla Joaquín Reyes. Y, cuando estoy en el bordillo y lo veo allí, rodeado de sus amigos, sin mirarme, aprovecho para llamarle a gritos, preguntarle cómo está, decirle que venga a darme un beso y todo ello mientras me atuso los pelos del pecho. ¿Que soy un cabronazo? No. Sólo lo estoy preparando. Algún día iremos de boda juntos. Y ahí sí que se va a enterar.

jueves, 2 de junio de 2016

El momento decisivo de la prueba y la madre que los parió

Una de las obligaciones que teníamos era redactar la crónica de la prueba. La obligación nos la impuso la Diputación de Cuenca por haber incluido la segunda edición de nuestro duatlón cross (del Queso en Aceite, por supuesto) dentro de su circuito de duatlones y carreras de montaña. Ningún problema. Tanto a Kyezitri como a mí nos gusta escribir. Echamos un vistazo a las crónicas del resto de carreras y vimos que seguían un patrón muy definido: información general de la competición, referencias climatológicas, descripción somera de los circuitos, relación de ganadores y no mucho más. Lenguaje periodístico aséptico. Faena de aliño, que dicen los taurinos. Dos mantazos y fuera. Bien. Nos atuvimos al esquema. Pero, de vez en cuando, se nos iba la mano. Y se nos salía del corsé. Y volvíamos a la asepsia, pero nos ahogábamos un poco. Y otro requiebro. Y otro. Le dimos el visto bueno y mandó Kyezitri la crónica a la Diputación advirtiendo de que se iban a encontrar con algo ligeramente distinto a lo habitual. Y nos sentamos a esperar las felicitaciones o, al menos, a disfrutar de leer algo nuestro publicado. Y en la Diputación sacaron la goma de borrar y las tijeras de podar y compusieron una crónica, a partir de la nuestra, afásica, neutra, vacía y, por supuesto aséptica, una crónica que, si seguimos con la carrera dentro del circuito, que espero que sí, es exactamente la misma que la que vamos a enviar los próximos años, cambiando únicamente los nombres de los deportistas del podio, porque para qué nos vamos a esforzar, si al final van a hacer lo que les dé la gana. Aquí se puede leer la crónica publicada por la Diputación. Abajo está la nuestra.

A las diez comenzó la cuenta atrás. Veintidós de mayo. Duatlón Cross del Queso en Aceite. Villaescusa de Haro. Tercera prueba del Circuito de Duatlón y Carreras de Montaña de la Diputación de Cuenca. El día invitaba a correr y a montar en bicicleta (afortunadamente, el término duatling todavía no está en uso). El calor que acompañó los días previos se contuvo y alguna que otra nube ayudó a mejorar las condiciones. El día, como hemos dicho, invitaba. Y los circuitos, exigentes, divertidos. Y el paisaje, tan atractivo y verdoso en esta época del año. Y el entorno. Y el ambiente. A las diez comenzó la cuenta atrás y casi ciento veinte valientes (bueno, valientes, valientes, ochenta, que se habían atrevido a encarar el duatlón completo; el resto, los que corrían por parejas, valientes, sí, pero no tanto) salieron atacando.

Primero los competidores afrontaron un circuito de cinco kilómetros que debían correr a pie. De este primer tramo podríamos destacar tanto su belleza como su dureza. La imagen de una fila india de corredores subiendo por una senda estrecha ("singletrack", dicen los modernos) será difícilmente olvidable por los que la vieron. Tampoco la olvidarán los que la subieron. Y sufrieron. Cinco kilómetros rompepiernas por el entorno de Villaescusa de Haro, rebosante de primavera (vamos, que la hierba llegaba hasta las rodillas), pero bueno, era un Duatlón Cross. Y cross es cross, es decir, campo a través o cruza barbecho.

Tras la carrera, la bicicleta. Veinte kilómetros de recorrido por pistas, caminos y sendas. Un recorrido sin demasiado desnivel acumulado pero con la dificultad del viento de cara en gran parte del trayecto que favorecía la agrupación de corredores en pequeños pelotones. Los ciclistas volaron por sendas limpias, curveantes y divertidas para amantes del ciclismo de montaña. Y así hasta llegar a la transición, en la que vecinos de edad avanzada observaban boquiabiertos cómo los participantes se tiraban literalmente de la bici, se colocaban las zapatillas de correr y lanzaban el casco más rápidos que los cambios de ruedas en Fórmula 1.

Y, para terminar, otros dos kilómetros y medio a pie, en un circuito no tan exigente como el primer tramo de carrera, pero, teniendo en cuenta el esfuerzo acumulado, igual de duro, y que transcurría casi íntegramente por el interior de la localidad, perdón, de la hermosísima localidad de Villaescusa de Haro pasando junto a sus monumentos históricos más entrañables. Y, tras la meta, la satisfacción del objetivo conseguido acompañado por el buen ambiente reinante y por un montado de panceta, que siempre ayuda a asimilar el esfuerzo. Un esfuerzo compartido por parejas tan peculiares como la de un padre ciclista y un hijo corredor que llegaron a meta con la nieta a cuestas o la de una pareja local que sumaba 114 años, Luis Miguel y Valentín.

En el aspecto meramente competitivo hay que destacar, en categoría masculina, la victoria de Salvador González Malavia, del equipo "3HCycles-ULB-Doppio Slava", por delante de Jesús Tornero Saiz y Óscar Campillo Montoya. En categoría femenina el triunfo correspondió a Lola Castellote Requena, del equipo "C.T. Trischool" de Cuenca, seguida de Coral Torrijos Niño y de Elena Serrano del Moral. Por parejas victoria de Pedro Antonio Plaza y Francisco Javier Manzanares, del "Club de Atletismo Criptana", seguidos de la pareja local, del "Club Cerro de la Horca", Marcos Rabadán y Santiago Sánchez; el tercer puesto correspondió a la pareja del "Belmonte Nature" Luis Ruiz y Sergio Fuentes.

La entrega de trofeos estuvo protagonizada por los ya tradicionales botes-trofeo de queso en aceite que permiten saborear la victoria en pequeñas porciones. Incluso los espectadores miraban recelosos el preciado obsequio, emblema del duatlón cross y de la carrera popular a pie homónima del próximo 12 de agosto.

En resumen, un día fabuloso para disfrutar haciendo deporte (todos lo son, incluso los ventosos) en el que no hubo ningún motivo de disgusto y sí muchos de satisfacción. La organización promete que esta prueba volverá a disputarse el año que viene con el mismo nivel de dedicación y de entusiasmo y mejorada en su calidad. Que se note la experiencia que se va adquiriendo. Seguro que el próximo año el dron destinado a grabar la salida no terminará atrapado en la copa de un chopo.

sábado, 28 de mayo de 2016

Hoy va a ser el día más hermoso

Tiene que serlo. Tiene que serlo.

P.D. No se me van ni las ganas de llorar ni las ganas de liarme a puñetazos con cualquiera.

viernes, 20 de mayo de 2016

Pet sounds: donde dije digo digo Brian

Se acaban de cumplir cincuenta años de la publicación de “Pet sounds”, de los Beach Boys. Se han cumplido y se está conmemorando por todas partes. “Pet sounds” es la obra cumbre de Brian Wilson y está considerado como uno de los discos más influyentes (según George Martin, sin “Pet sounds” no habría habido “Sgt. Peppers” aunque, según Wilson, sin “Rubber soul” no habría habido “Pet sounds”. Una cosa por otra) y aparece en cualquier lista que se precie de los mejores discos de la historia. Sinfónico. Barroco. Una joya del pop sofisticado, una maravilla melódica que combina una orquesta multicolor, camino ya de la psicodelia, con las siempre pluscuamperfectas armonías vocales de The Beach Boys.

Un coñazo. Un autentico coñazo. Un disco soso, cansino, sin la menor gracia. Vale que tiene dos canciones descomunales como son “Wouldn’t it be nice” y “Sloop John B” y esa otra tan ñoña y agradable como es “God only knows”, pero, ¿uno de los mejores discos de la historia? Amos, no me jodas. ¿Del sesenta y seis? Bueno, también lo son Los cuarenta principales y Leticia Sabater. ¿Y de verdad lo van a conmemorar? ¿De verdad?

Todo esto lo pensé cuando oí que se iba a rendir homenaje a este disco. Es cierto que lo escuché en su momento un par de veces y que no me llamó la atención, por no decir que me decepcionó bastante. Y aunque tengo a los Beach Boys en un pedestal, estos homenajes se me escapaban. Pero también es cierto que soy muy vulnerable ante el entusiasmo, especialmente cuando me fío del criterio del entusiasta. Escuché parte del programa homenaje. Bueno, tal vez haya que desempolvar el disco, aunque sólo sea una vez y nada más que para reafirmarme en mi opinión.

Y lo escuché. Una vez. Dos. Veinte. Treinta veces. Sin exagerar. Sin parar. Y me reafirmo. Un coñazo. Vale que tiene siete canciones descomunales como son “Wouldn’t it be nice”, “Let’s go away for awhile”, “Sloop John B”, “I know there’s an answer”, “Here today”, “I just wasn’t made for these times” y “Pet sounds”. Vale que tiene cuatro canciones ñoñas y agradables (pero muy ñoñas. Pero muy agradables) que son “You still believe in me”, “Don’t talk (put your head on my shoulder)”, “God only knows” y “Caroline, no”, pero, ¿el resto? El resto son dos canciones (“That’s not me” y “I’m waiting for the day”) y también están muy bien. Vamos, que me la envaino. Sólo lamento que, habiéndonos conocido antes, haya tardado cincuenta años en descubrir este disco. Aunque me consuela saber que tenemos toda la vida por delante.

sábado, 14 de mayo de 2016

Mujeres

Mi hija va a nadar un día a la semana. Va a lo que llaman cursillo. Están en una calle con los que tienen, más o menos, su edad y su nivel. Ella ha ido cambiando de calle hasta que, hace unos días, me llamaron los del club de natación que llevan la piscina (al cual pertenece mi hijo) para decirme que la habían observado y que, si queríamos, podría entrar también en el club ya que tenía el nivel suficiente. También me propusieron no dar el salto inmediatamente (pasar de entrenar uno a cinco días a la semana no es fácil) sino entrar en lo que ellos llaman pre-escuela, que entrenan dos o tres días a la semana. A mí me pareció bien, pero, respondí, dejadme que lo comente con mi hija.

Se lo comenté. Se lo planteé como un logro, como un gran triunfo. Ella ni gesticuló. Si le hubiese dicho que en Ranchipur seguía lloviendo habría mostrado la misma emoción. No me dijo nada. Y yo, por supuesto, lo interpreté como un sí.

A los pocos días, al llegar a casa, Ana me dijo –tu hija quiere hablar contigo. Bien, lo que quería decirme es que no tenía el menor interés ni en entrar en el club, ni en nadar ni en competir. Mi hija sabe perfectamente que me tiene tomada la medida y que puede hacer conmigo lo que le dé la gana, pero se ve que esta vez pensó que el motivo requería un esfuerzo y, en vez de decirme un lacónico –paso- se decantó por el melodrama y, así, comenzó a llorar con unos lagrimones como puños, y entre sollozos, me dijo que no quería entrar en el club. Lo mejor de todo vino después cuando, de una manera realmente conmovedora, dijo –¡y ahora tú te sentirás decepcionado y yo no quiero decepcionarte, papá!

Bueno, bueno. Abrazado a ella le dije que no se preocupase, que no pasaba nada, que no podía obligarla y, que si ésa era su decisión, pues la aceptaba y ya está. Y, por supuesto, nada de sentirme decepcionado. Aún soltó un par de hipidos y al ratejo estaba viendo la tele como si nada hubiese pasado.

Y, es cierto, no puedo obligarla. Pero también es cierto que considero que la natación es un deporte fabuloso y una herramienta muy útil para la educación. Divertirse haciendo deporte nunca fue malo. Así, pues sí, yo respetaba su decisión, pero eso no quería decir que fuese a tirar la toalla.

Al poco tiempo fuimos a una competición de mi hijo en Castellón. Allí mi hija hizo muy buenas migas con una niña de su edad llamada Claudia. Se pasaron toda la mañana juntas. A la vuelta, le pregunté -¿qué tal con Claudia?

-Muy bien. Es una chica muy maja y lo hemos pasado fenomenal. Hemos jugado un montón y me he divertido mucho.

-Pues, ¿sabes? Claudia va a la pre-escuela. Si fueras, tendrías allí una amiga y te lo podrías pasar muy bien.

-Tampoco es tan maja.

No hay nada que hacer.

lunes, 9 de mayo de 2016

Descartes

Más entradas que pensé y no escribí, que comencé y no acabé, que terminé y que borré. Entradas como aquella que empecé al recordar cuando, en una entrevista de trabajo, me preguntaron que qué era lo más difícil de trabajar. Entonces respondí que tener que decir que no. Me puse a darle vueltas. No había por dónde cogerlo. Lo dejé. El Aviron Bayonnais, equipo de rugby francés que, de vez en cuando, juega en Anoeta. Lo sorprendente no es que juegue en San Sebastián, sino que llena el estadio. Mi hermano fue una vez a ver un partido. A la entrada le dieron la letra del himno del equipo. La cogió por educación. ¿Cómo se iba a saber él el himno? Y sí, lo cantó con el resto del público. La música se la sabía. Era la de “Vino griego” de José Vélez. (Allez, allez! Les bleus et blancs de l'Aviron Bayonnais). El mediodía en el coche camino del trabajo, cuando José Miguel López, en su “Discópolis”, en Radio 3, dentro de su serie de los mejores discos de los sesenta, esa década (puedo poner más comas), puso el “Abbey road” (de los Beatles, mamá). Lo óptimo. Lo colosal. Lo superior. La de Dios. La releche. Lo pillé en el “Because” y desde ahí, y del tirón, hasta el final. No sé cómo llegué. No sé cómo conduje. Fui poseído, una vez más, por “Abbey road”, como lo fui también el otro día cuando, en una carrera, me dieron una camiseta musculosa, de ésas sin mangas. Me la puse y no podía dejar de cantar y bailar “Súper superman”. Una carrera que utiliza para medir las distancias un patrón metro mucho más válido que la barra de platino iridiado que hay en la Oficina internacional de pesas y medidas de París, visto el tiempo que hice en la distancia que decían. Por supuesto que estaba bien medida. El metro patrón parisino está obsoleto. El día de ayer, que se suponía festivo, con la visita del Atleti al campo del Levante. Nos fuimos mi hijo y yo al hotel a ver y a animar a los jugadores. De ahí, al campo. Jugábamos en casa, visto el ambiente. Marcó Torres. Todo estaba bien. Me puse a maldecir al Sevilla, que salvó al Español, que estaba salvando al Granada. No. Si no ganamos la Liga no será por culpa del Sevilla. Hijo mío, el Atleti también hace estas cosas. Pero eso no fue obstáculo para que nos fuésemos junto al Frente Atlético y jaleásemos al equipo en su despedida. El bocadillo de figatell que me comí este sábado pasado en Gandía. Todo un descubrimiento que presagió la competición de natación que hizo mi hijo, que este año está que se sale. El primo político moteño de J.A., que no es que hable mal, sino que habla que parece una radio donde se estuvieran sintonizando emisoras. “Pero emisoras castellano manchegas”. Descartes que, una vez más, se cuelan. Bueno. Portaos bien. No hagáis que me arrepienta.

viernes, 29 de abril de 2016

Anotación en la relación de cosas que no volveré a hacer en mi próxima vida

Bien, éste es un mundo de pasiones y es cierto que, en mi opinión, es mucho mejor zambullirte en ellas que no vivir como un observador, de manera aséptica, sintiéndote juez de todo, por mucha importancia que te puedas dar desde tu atalaya (porque es mejor querer y después perder que nunca haber querido. Y muy mal debe de estar la cosa para tener a Dyango (y no Reinhardt) como referente). Y luego está también todo eso que les cuento a mis hijos de la recompensa que se recibe tras el trabajo y el sacrificio, que siempre hay que tener fe en ello y que desconfíen de todo aquello que es regalado y del triunfo fácil y de lo que se consigue sin esfuerzo. Éstas son las premisas.

En mi próxima vida no me aficionaré al fútbol. Bueno, digamos que en mi próxima vida no me haré seguidor del Atlético de Madrid. El fútbol no es, ni mucho menos, mi deporte favorito. Me gustó jugarlo y seguirlo lo sigo por el Atleti, si no de qué. Éste es un mundo de pasiones y es mejor sentir que no sentir. Sí. Y no. Porque una cosa es sentir y otra cosa es esta agonía permanente que es cada partido. Mi capacidad de sufrimiento está ya saturada hasta 2031. Dice mi hermano que, de tener otra oportunidad, y puestos a seguir a un equipo, mejor a uno que tenga una posesión del setenta por cien. Eso no significa que vayas a ganar, pero por lo menos estás un setenta por cien del tiempo más tranquilo. Pero es que el Atleti nunca tiene el balón. Vale que, al final del partido, piensas -pues tampoco nos han hecho tantas ocasiones. Pero eso es al final. Hasta entonces estás con el corazón en un puño cada vez que el balón se acerca a nuestra área. Y ganamos. Y sacamos los partidos. Y estamos ahí. Y sí, es el triunfo del trabajo, del esfuerzo, del sacrificio, de la fe. No nos regalan mucho. Pocos partidos son fáciles. Pero me está costando la salud. Se puede vivir más tranquilo, yo creo. Se puede vivir mejor. Muy bonitas las premisas, desde luego. Pero juro que, en mi próxima vida, me las saltaré. Ésta es la conclusión.

Una vida para aprender. Otra vida para poner en práctica lo aprendido. Una vida para equivocarse, para arriesgar. Otra para disfrutar. Una vida para ser del Atlético de Madrid. La otra…da igual. Volveré a ser del Atlético de Madrid. Hay cosas que no se pueden evitar. Ésta es la realidad.

lunes, 18 de abril de 2016

Y, con ustedes, una nueva entrega de “Sociología for parotets”

Bueno, yo no diría tanto. Simplemente estuve en la cena de quintos del sesenta y seis en la capital del Secarral y tomé unas cuantas notas de campo, bastante previsibles, por otra parte, que enumeraré.

Éramos muchos los llamados y fuimos cuarenta los asistentes, hijos todos del “Baby boom”. No demasiados chicos y sí bastantes chicas. Saludé a los chicos. Algunas chicas me preguntaron que quién era yo, que no me habían visto nunca. Bien empezamos. No importa. No asistí para saciar mi ego sino para profundizar en mi estudio sobre la existencia (o no) de la crisis de los cincuenta (y para juntarme con unos cuantos con los que siempre se está bien y no para sembrar ajos ni para picar en la mina sino para comer y beber, que tiene su encanto). Y observé un par de cosas.

La primera es que hay que ver qué viejos son los que tienen mi edad. Siempre he dicho que los del sesenta y seis somos jóvenes por naturaleza, pero, visto lo visto, qué poco se nos nota. Vamos, que lo que somos por naturaleza ya es otra cosa. El retrato que teníamos que envejecía por nosotros se ha desintegrado.

La segunda es que las tensiones sexuales que no quedaron resueltas en su momento no desaparecieron, sino que han permanecido aletargadas sin menguar, por mucho que pase el tiempo o por muchos años que se cumplan, esperando su oportunidad. Y aprovechan sus oportunidades. Los cincuenta también son múltiplo de quince.

Y, el resto, en la próxima entrega.

lunes, 11 de abril de 2016

Ojos negros

(…negros como la albahaca. Negros como el trigo negro. Y el negro, negro limón. Y ya que tengo que pedir perdón por el chiste malo, lo haré también por esto otro).

Ayer domingo se celebró una carrera en la vía verde de Ojos Negros. Bueno se celebraron tres: un diez mil que comenzaba en Jérica, una media maratón que empezó en Caudiel y un maratón que salió desde Barracas. Las tres carreras arrancaron a las nueve y las tres tenían la meta en Navajas. Dice el chiste que Cruzcampo sacó la Shandy con sabor a melocotón para que los que beben Shandy pudieran llamar maricón a alguien. Gracias a que había un diez mil puedo llamar maricón a alguien, porque no fui valiente (tampoco tenía ganas de hacer dos maratones en cuatro semanas) y me apunté a la media. Por el desplazamiento y las circunstancias del transporte tuve que levantarme a las cinco y media de la mañana. A las seis y cuarto salía de casa. Hay cosas que, si nos pagasen, no haríamos y ésta es una de ellas.

Mañana muy fresca y con nubes, perfecta para correr. Calentamiento por caminos de tierra alrededor del pueblo, donde he hecho amistad con un almendro. Mil y pico tíos inscritos para la media (mil sesenta y cuatro hemos terminado). Unos cuantos corredores y mucho runner. Me dice Tomás climaturbio que no me meta tanto con los runners puesto que han llenado las carreras de tías. No digo que no, pero podían aprender que, en una salida, sobre todo si es estrecha, deben colocarse con los de su nivel porque, por muy buenas que estén y por muy tontos que seamos los tíos y todo se lo perdonemos, molestan. Como los putos runners de mierda (valga la redundancia). Casi me peleo con dos de ellos que no iban ni a seis minutos kilómetro y allí estaban, haciendo tapón porque corrían con manguitos y aplicación en el móvil y ellos lo valían.

Superada la salida hay un tramo de sube y baja por caminos de tierra hasta incorporarnos a la vía. La vía verde está asfaltada aunque de aquella manera. Vas casi todo el rato hacia abajo, salvo algún cambio de pendiente a la inversa, pero siempre con pendientes suaves, En el paso por Jérica te hacen subir algún repecho pero corto y asequible. Se atraviesan varios túneles iluminados de manera muy tenue (menos mal) a los que cuesta acostumbrarse al entrar (he pensado que tendría haber corrido con un parche como los piratas, para llevarlo sobre un ojo u otro según estuviera dentro o fuera del túnel y así no perder tiempo adaptándome a la oscuridad). Dentro de los túneles había bastantes charcos y, en uno de ellos, incluso parecía que lloviese. Y tras enumerar las pegas he de decir que el recorrido me ha encantado. Precioso. Fabuloso. Un verdadero placer correr por allí. He echado de menos no correr con Fernando climaturbio, que siempre aprovecha este tipo de recorridos para darnos lecciones de botánica.

He corrido fenomenal. He disfrutado como hacía mucho. La primera mitad iba bien, pero en la segunda me han salido los kilómetros de Barcelona (y los ritmos que nos mete entrenando Gustavo) y me he hinchado a pasar gente. Iba a cuatro el kilómetro, la verdad, pero tenía la sensación de ir volando, más que nada porque caían uno detrás de otro. Y ya en Navajas, sin cadena alguna. Al final, 1:26:44. Muy contento. El tiempo hay que relativizarlo, dadas las características del recorrido, pero he disfrutado. Y el puesto en meta ha sido excesivamente bueno para el tiempo hecho (el vigésimo octavo). Como he comentado, había mucho runner. Y son una banda,

Pasé al pabellón donde se recogía la bolsa. Comí y bebí algo y salí. Al salir se pasaba junto al baño femenino. Tomás, son un montón y todas muy guapas, pero que sepas que hacen caquita de la que no huele a rosas. Qué pestuzo. Ya fuera he escuchado que, por megafonía, daban los nombres de los tres primeros en categoría masculina plus cincuenta (lo han dicho así. También decían finisher y 21k en vez de media maratón. Siempre se puede ser más gilipollas) y han dicho mi nombre. De nuevo al podio, mi lugar natural. Lo normal.


Y estaba eufórico, por mi carrera y por el podio. Y también porque me ha gustado mucho esta carrera. Una carrera singular, como puede ser la Hoz del Huécar. Una carrera que, en mi opinión, hay que hacerla por el placer de hacerla, aunque luego la compitamos porque un dorsal nos pierde. Una carrera a la que, siempre que pueda, volveré.

Y luego llegaron las malas noticias. Dos muertos. Y no eran dos inexpertos. Y es noticia en prensa, radio y televisión. Ya estamos con el alarmismo. Veremos si no nos trae consecuencias y de qué tipo. Ojos negros. Qué día tan fabuloso. Y qué pena.

domingo, 3 de abril de 2016

Contigo en la distancia

-No existe un momento del día en que pueda apartarte de mí. Los acordes de guitarra previos ya me pusieron alerta. En el coche, como tantas otras veces, la radio y yo.

Tuve durante muchos años la obsesión de poseer las canciones. No descansaba hasta que una canción que me gustaba estuviera en una estantería de mi casa en el soporte que fuera. La radio servía, principalmente, para descubrirmelas. Y, una vez bajo mi dominio, eran escuchadas a voluntad. Te tengo. Eres mía. Ahora.

Ya no las poseo. Quizá he aprendido a quererlas. Ellas siguen su camino. Yo llevo el mío. La radio suena siempre en el coche. Las canciones se suceden. Algunas las conozco. Muchas no. Las que me gustan y no conozco ni siquiera me preocupo en averiguar ni el título ni de quién es (principalmente porque siempre llevo Radio 3 y, como demostró “El mundo today”, llevan años inventándose los grupos). Y, de vez en cuando, me reencuentro con alguna de mis viejas canciones. Y me resulta mucho más placentero ese reencuentro que cuando las escucho a voluntad. –El mundo parece distinto cuando no estás junto a mí. “Contigo en la distancia”. Cuánto tiempo sin vernos. Y me he emocionado. Y he cantado, por supuesto. Y me he dejado el alma, la voz y todo lo que tenía. –Y es que te has convertido en parte de mi alma. Ya nada me conforma si no estás tú también. Las sigo teniendo, desde luego. Siguen siendo mías. Pero, cuando son ellas las que vienen libremente…suenan mejor.

lunes, 14 de marzo de 2016

Doce más uno

Que suman trece. Porque ya son trece las veces que he cruzado la meta de un maratón. Y sí, toca crónica maratoniana, la undécima en mis más de diez años en la blogosfera. Todo un clásico.

Barcelona, una carrera donde, al inscribirte, te dan la posibilidad de hacerlo con nacionalidad catalana (porque ellos lo valen). La tenía pendiente. Tanto oír hablar maravillas de ella que, cuando no pude correr Valencia por culpa del fútbol y de mi abductor maltrecho, pensé que había llegado el momento. Y me inscribí. Con nacionalidad española (porque yo lo valgo). Además, me apetecía volver a preparar un maratón en invierno, como en los viejos tiempos. Bien es cierto que los viejos tiempos son viejos, por lo que, con mi edad, mi decadencia imparable y los ochenta y cinco kilos que pesaba allá en octubre, Barcelona, sí, pero sin matarme. Desempolvé el plan de maratón que hice en 2008 (sub tres junto a Vicente Mortirolo. Qué tiempos), y me propuse cumplir a rajatabla el plan ajustando los ritmos de las series para intentar estar en tres horas y diez minutos. Como he dicho, quería preparar el maratón pero sin el sufrimiento de otras ocasiones.

Bien, cumplí el plan. Pensaba que iba a hacerlo solo, pero no fue así. Gustavo y Juan climaterios me hicieron bastante compañía. Y no sólo ellos. Alberto Delfín en los rodajes de descarga, los montañeros, Paco, Ramón el togolés cuando se escapaba, y los corredores de un diez mil en Castellón y un quince mil en Valencia donde me colé para hacer kilómetros. También me acompañaron bastante el viento (especialmente el día del largo Osa-Fuentelespino-Villaescusa del domingo de Carnaval y el día de las tres series de cinco mil) y un dolor en la cara exterior del muslo izquierdo (lo llaman vasto externo) que siempre me tenía cojo y estirando, pero que pude soportar. Y, por último, me resfrié una semana antes, pero ni aún así fallé un día y llegué a Barcelona pensando que tenía el 3:10 en las piernas (a 4:30 el kilómetro) y que si se daba bien podía incluso correr a cuatro minutos y veinticinco segundos el kilómetro.

La salida era a las ocho y media. A las siete y media ya estaba por allí. Ni una nube, buena temperatura y aire fresco. Dejo los trastos en guardarropía y caliento. A las 8:15 ya estoy en mi cajón con la camiseta verde, que sustituye a la añeja blanca y verde y que hoy debuta en carreras mayores. –No me falles. A las ocho y media Freddie Mercury empieza a dar berridos acompañado por los gorgorismos de Montserrat Caballé. Veinte mil personas detrás de la pancarta de salida. Disparo y a correr.

La salida es muy rápida. Cojo sitio enseguida y a ritmo. Durante estos primeros kilómetros estaba asustado pensando que nos habíamos equivocado, puesto que siempre me habían dicho que el circuito de Barcelona era llano y allí no parábamos de subir. Vale que no tiene un porcentaje excesivo, pero... En el cinco veo que voy bien de tiempo. En el seis pasamos junto al Nou Camp el cual, visto desde fuera, tampoco es para tanto (ese gol de Godín en 2014). Por cierto, el Nou Camp es de 1957. Y sigue siendo Nou. Curioso.

Seguimos. En el diez voy bien. Y en el quince. Subiendo. Bajando, Subiendo. En el primer tercio de la carrera no hay demasiada animación. Vamos, cuatro gatos, entre ellos dos abuelas que se me han cruzado por delante y me han hecho frenar. Una de ellas lleva la palma de mi mano marcada en la espalda de la leche que le he dado. Muy bonito el Paseo de Gracia (todo para arriba). Impresionante la Sagrada Familia. En el dieciocho entras en el Meridiano (o Meridiana. Todo para arriba). En el carril del otro lado bajan unos tíos que parecen vayan al trote y que van por delante del práctico de 2:45. A saber cómo vamos nosotros. En el quinto pino damos la vuelta y para abajo. Paso la media en 1:34:47. A 4:30. Voy bien. Me siento bien. No hace calor. El aire sopla pero no es molesto. Y casi siempre vamos por la sombra.

El veinticinco lo paso fenomenal. El treinta ya no. Poco antes del treinta me he despistado. Le he preguntado a un tío que por qué kilómetro íbamos. Me ha respondido que no compré pas. En mi mejor francés le he dicho twenty six? Twenty seven? Twenty eight? Me ha enseñado su reloj. Anem a vore, xiquet. ¿Es que no ves que no veo un pijo? Poco después ha aparecido el kilómetro 28 y ya me he centrado. Toda esa parte iba por la Diagonal y se me ha hecho eterna. En el treinta ya he visto que iba perdiendo ritmo. Pues nada, al lío.

Del treinta al cuarenta iba a tirones. Jodido, pero a tirones. Desde el cinco había agua cada dos kilómetros y medio. Había bebido cada cinco, pero a partir del treinta me he notado débil y el calor me ha empezado a molestar y he bebido en todos. Cuando bebía (y cuando iba por la sombra) me recuperaba. Cuando no, penando. En estos avituallamientos ofrecían geles y he estado tentado en tomar, pero no me he atrevido, más que nada por el posible resultado gástrico. Pero, de cara a mi vejez corredora, tendré que empezar a plantearme lo de tomar geles en carrera porque, si no hace mucho frío, sólo con agua no llego.

En el treinta y seis se vive uno de los momentos más fabulosos de este maratón (y de los que he vivido) y es cuando pasas por debajo del Arco del Triunfo, espectacular por el arco y por el gentío que hay alrededor. Tremendo. Y, poco después, Plaza de Cataluña, también espectacular. Lo malo venía más tarde, con una bajada demasiado pronunciada para las piernas que tenía entonces. Pero bueno, penando penando he llegado al cuarenta.

Del cuarenta a meta, el Paralelo. Todo para arriba. Asustado estaba por las advertencias recibidas. Y sí, subes. Pero no es la peor cuesta de la carrera. Está en el cuarenta pero, entre la animación y que iba pasando gente sin parar, la he disfrutado mucho. A mitad de la subida he notado algo extraño y caliente en mi hombro. He mirado y, efectivamente, me había cagado un palomo. –Pensaré que me va a dar suerte en lo que queda. Al final de la cuesta había un arco y subía mirándolo. –Ahí está la meta. Los cojones. Ahí está el primero de los cien arcos que han puesto. Bueno, ya que estaba arriba entro en la Plaza de ESPAÑA (cada vez que voy a la plaza de España de Barcelona digo España como lo dijo un comandante en mi jura de bandera. Este fin de semana me he hinchado) y saludo al gentío, que era enorme, y sigo hasta el último giro de noventa grados.

La meta es fabulosa. Delante del Palacio de Montjuic, con las fuentes encendidas. Preciosa. La última recta es…bueno, no se puede contar. Sólo un maratoniano sabe lo que se siente cuando se enfila la última recta de un maratón. Cruzo la meta en 3:12:33. Peor de lo previsto, pero contento. Muy contento. Mi decadencia es imparable, pero ya son trece con ésta. Y ya tengo Barcelona en mi currículo. Y el maratón es algo tan grande que derrotarlo siempre es un triunfo para sentirse orgulloso.

No quisiera terminar sin decir que el maratón de Barcelona me ha parecido un carrerón. No es especialmente llana, lo cual supone un desgaste que, a mi entender, da valor a las marcas que aquí se hacen, pero es muy bonita. Al final, Barcelona es una gran ciudad, por lo que el circuito, si tienes fuerzas, es bastante agradable de recorrer y de ver. Y el ambiente es tremendo en muchas partes del mismo. No es Valencia (la Valencia de ahora), pero si Valencia es un diez, Barcelona es un nueve. Y un nueve es un nueve. Muchas batucadas por el recorrido (lo que anima una batucada) y bastantes grupos tocando aquí y allá piezas legendarias de la música catalana como “Sultans of swing”, “Money for nothing”, “Chica de ayer” o “Personal Jesus”. Y la organización es muy buena, como se puede ver en la feria del corredor, en los avituallamientos, en los servicios, en guardarropía, en la salida y en la llegada. Por poner algún pero diré que la bolsa del corredor roza lo ridículo por su escasez, que eché de menos algún puesto de cerveza en la meta (lo mejor para neutralizar el ácido láctico) y que tuve la sensación de que el maratón en Barcelona no forma tanta parte de la vida de la ciudad como sí he sentido en Valencia o en Berlín. Pero esto último es sólo una apreciación personal.

Y ya está. Una más. Las agujetas no entienden de decadencias y se manifiestan con su vigor habitual. Y a pensar en la siguiente. Haré peor tiempo, seguro. Pero no me importa. Sólo hay un placer comparable a hacer una buena marca en maratón y es hacer una mala marca en maratón.


domingo, 6 de marzo de 2016

Valor y precio

Que tu hijo cumpla años, que coincida con el fin de semana en que el Atleti juega en Mestalla, que te vayas con él al campo, que gane el Atleti ese partido y que, además, marque Fernando Torres.

martes, 1 de marzo de 2016

L'anguila

Vuelvo a uno de mis temas favoritos y es el de la impunidad que disfrutan los artistas (o la mayoría de ellos) en nombre del arte (sólo comparable últimamente a la de los solidarios, esos grandes aprovechados del esfuerzo ajeno, en nombre de la solidaridad. Especial simpatía siento por los solidarios exhibicionistas (en un noventa y cinco por cien de los casos, valga la redundancia), principalmente por la proporcionalidad directa que guarda su grado de exhibicionismo con la autoridad moral que se arrogan. Y cierro paréntesis, que es de los artistas de quien quiero hablar).

Valga el siguiente ejemplo:


Vamos a por la lista de tópicos. Tengo que averiguar qué mal han hecho los habitantes de este pueblo para merecer este monumento y para merecerlo durante quince años (y un día. O dos). También tengo pendiente averiguar el nombre del artista, del autor, del creador y por qué no cumple condena en la cárcel de Picassent, de Fontcalent o de Albocasser, porque seguro que no cumple condena ya que no hubo ni demanda ni juicio, puesto que siempre podría alegar incomprensión o ignorancia o falta de preparación por parte del público y el juez, que también sería un acomplejado, le daría la razón. Tengo que averiguar si estoy hablando de una obra de arte reconocida o me estoy metiendo con un artista consagrado y estoy cometiendo un crimen de lesa cultura y me están poniendo ya mirando a Picassent (o a Fontcalent. O a Albocasser). Y ya, de paso, tengo que averiguar si las anguilas comen carne de artista y cuánto tardarían en devorarlo mientras sestea el pescador bajo su sombrero y los peces saltan y, sobre todo, tengo que averiguar si daría buen sabor al all i pebre, que sería, en realidad, su única posibilidad de redención.

martes, 23 de febrero de 2016

Salto di Nero

Los recuerdos y los guerrilleros vietnamitas, siempre agazapados en hoyos hechos en mitad del camino, camuflados, surgiendo de la nada, sin avisar, de repente, disparando sin piedad. Recuerdos y disparos. Guerrilleros. Memoria.

No siempre sus disparos son nocivos. No todo va a ser punzadas en el estómago ni recuerdos tristes o ridículos. No todo. Mi vida laboral me ha llevado ahora a tener mucha relación con italianos, con los cuales me entiendo en spagnolo. Escribí hace tiempo de la importancia de aprender idiomas, no tanto para poder entenderse como para poder expresarse correctamente, puesto que cada actividad de la vida requiere un idioma. Y el italiano no es un idioma para trabajar. No entiendo cómo han llegado a ser una potencia económica. Hablamos, y me aprietan, me exigen y les escucho hablar y procuro concentrarme mientras los guerrilleros vietnamitas me están disparando a Mina, a Gino Paoli, a Peppino di Capri, a Domenico Modugno, a Iva Zanicchi. Hablamos de trabajo y yo me siento en el Festival de San Remo. Hablamos de trabajo pero lo que realmente escucho son letras de canciones. Y estoy todo el rato tarareándolas. Y así no hay manera.

Seguimos con el trabajo. Estamos preparando material para una obra a ejecutar en una localidad canaria llamada Salto del Negro.

Salto del Negro.

¿Cómo voy a poder concentrarme si cada vez que escucho Salto del Negro pienso en el gran Carl Lewis, en Iván Pedroso, en Dwight Phillips, en Mike Powell, en Irving Saladino, en Ralph Boston, en Jesse Owens, en Larry Myricks y, sobre todo, en Bob Beamon aquella tarde de octubre de mil novecientos sesenta y ocho saltando ocho metros y noventa centímetros (el salto del negro por excelencia)? No hay manera. Pero es que no hay manera. Veremos qué obra nos sale. Siempre supe de la crueldad de los guerrilleros vietnamitas, pero esto es ya refinamiento, disparando balas amables con efecto, espero que no, retardado. ¿Nocivos? Pues, ya veremos.

domingo, 14 de febrero de 2016

¿Suerte? Historia secreta del mundo

Los Reyes Magos existen, aunque, de vez en cuando, eligen caminos retorcidos. Baltasar me trajo un libro, “Historia secreta del mundo”, de Emilio Gavilanes, pero se lo dejó a Kyezitri, que fue quien hizo de emisario. ¿Por qué? ¿Para qué iba a hacer preguntas? Como los niños yo cogí mi regalo y ya no tuve ojos para otra cosa.

Emilio Gavilanes defiende la inspiración frente a la transpiración. Lo hace casi pidiendo perdón. De hecho a la inspiración la llama suerte. Ni oficio ni talento. Suerte. Escribir y escribir (transpirar) está bien si tiene un sentido, si lo escrito tiene “inspiración”, si está “inspirado”. Y siente que esa inspiración, ese chispazo, le viene de fuera y que él, o sus textos, sólo son producto de la suerte. Y lo explica con naturalidad, sin falsa modestia.

Tiene su lógica. “Historia secreta del mundo” no es un libro de historia sino una colección de microrrelatos ordenados cronológicamente y que transcurren en cualquier lugar del mundo. Un microrrelato que parte de una idea que, según el autor, siempre viene de fuera. Puede ser. Sin idea no hay relato, desde luego, pero hay que salir a su encuentro. Hay que verla. Hay que encontrarla. Hay que descubrirla. ¿Suerte? Sí. Y algo más.

Porque ya tenemos la idea. Ya tenemos el material. ¿Y ahora? Pues oficio y talento. Y por arrobas tiene este hombre. Y no es por discutir con él. ¿Suerte? La suerte no escribe así, con las palabras justas y precisas (ni una de más, ni una de menos), con una prosa sobria y austera en apariencia y que parece poesía por todos los matices que contiene. Relatos que parecen escritos con brocha y están escritos con pincel. Relatos directos, descarnados, a veces muy duros, siempre hermosos y siempre dignos. ¿Suerte? No. Y, repito, no es por discutir.

Y Baltasar acertó. Los Reyes Magos existen, aunque, de vez en cuando, eligen caminos retorcidos. Realmente yo me había pedido “El gran dinero” de John Dos Passos, pero Baltasar decidió que no y no falló. Con lo difícil que es no equivocarse cuando uno regala (o recomienda) un libro. ¿Suerte? Hombre, son magos. Y hay que ser agradecido. Muchas gracias, Kyezitri. ¿Kyezitri? No, no. Quería decir muchas gracias, Baltasar. No sé en qué estaría pensando.

viernes, 5 de febrero de 2016

Brasas, viernes y sobres de azúcar

Justo al lado de nuestra nave hay un bar. Todas las mañanas, a eso de las nueve, preparan las brasas y empiezan a asar carne para el almuerzo. Y huele en toda la nave. Y, a la hora de almorzar, saco mi manzana o mi pera y me la como oliendo a chuletas asadas sintiendo pena de mí mismo. Salvo los viernes. Que se note que es viernes y no sólo por ser el día más traidor. Almuerzo valenciano reglamentario, con sus cacaos, sus olivas y su bocadillo de chuleta de aguja con patatas, de sepia a la plancha con mahonesa, de longanizas con pimientos o de lo que me entre ese día por los ojos. Porque la gente viene a Valencia y se sube al Miguelete o se va a ver a los elefantes al Bioparc, pero tendría que entrar en un bar de polígono y mirar el mostrador a la hora de almorzar. Ahí reside la esencia de la belleza.

Y las tertulias en los almuerzos. Trabajo, sí. Fútbol, sí. Y T. Me gusta sentarme cerca de T. No para de hablar. Sabía que el Valencia eliminaba a Las Palmas en la Copa porque había tenido ese “púlpito”. Y sus teorías. Les expliqué la mía de que la verdad no sólo se encuentra en las letras de los tangos, rancheras y corridos sino, especialmente, en los sobres de azúcar (a veces soy consciente de lo cansino que soy, pero no puedo evitarlo). T. respondió diciendo que eso era una gilipollez, que un día a la semana todos los que trabajan en la azucarera se encierran en una habitación, se fuman cuatro porros y empiezan a decir lo que se les ocurre. Toman nota y luego imprimen lo que más les gusta en los sobrecillos. –Mira, ésta se le ocurrió a un moro: a “Mohamed” Gandhi.

-¿Y ésta?

-Ése debe de ser el lateral derecho del Schalke 04. ¿Ves cómo se lo inventan? Qué verdad ni verdad.

Pues igual tiene razón. Y mi rostro ni me lo ha dado la vida ni me lo merezco. Pero el bocadillo de los viernes,sí.

lunes, 1 de febrero de 2016

Belleza poligonera

Esto es lo que se ve desde la ventana de mi despacho (o cubículo. O chiscón).

Y en esta calle aparco el coche.


El paisaje no lo embellece ni la luz del atardecer. Como diría el del chiste es de una fealdad esférica, se mire por donde se mire, que te empuja al desánimo. Pero aparco en la calle del Pimpollo. Y eso... imprime carácter.