viernes, 13 de abril de 2018

Rue du Marché aux Herbes

En mi opinión existen dos tipos de ciudades: las ciudades para ir y las ciudades para volver. Brujas es una ciudad para ir. Bruselas, Gante y Amberes, para volver.

La peor de las fallas que montan en Valencia vale más que el Manneken Pis.



En este reloj, con cada hora en punto, suena primero una melodía en el carillón, el prócer de la ciudad de esa hora se adelanta mientras el burgomaestre de arriba hace que tañe las señales horarias. La melodía que suena a las cuatro recuerda mucho a “A San Fermín venimos por ser nuestro patrón”.



España, capital Bruselas. Uno trabajando y seis mirando.

Bocadillo de queso preparado por Tonton Garby. Imprescindible. Por el bocadillo y por el personaje.

La estación de tren de Gante está bastante lejos del centro de la ciudad. Se puede ir andando pero estando entrenado. Es probable que mi hija (y Ana también) nos reprochen de aquí a los restos todo lo que mi hijo y yo les hicimos andar ese día. No nos agradecen que les descubriésemos rincones distintos.

Los turistas que más madrugan son los chinos.

Ser alpinista en Bélgica es como ser esquiador en Castilla La Mancha.

Me hice una foto con Jacques Brel (a quien tiraban patatas fritas al escenario, por lo visto). Y me la hice por "La chanson des vieux amants".



En Amberes saben perfectamente quién es español. Es el que, al pasar por delante de cierto café, hace una foto.



No me apuntaré, si lo hubiere, a ningún maratón en Bruselas. Qué cuestas. Cuánto adoquín.

Sólo vi a dos runners por allí. Aberronchos, unos cuantos, con su correr retorcido a ocho minutos el kilómetro y su indumentaria de algodón. Corredores sólo vi a uno y cuando me reflejaba en los escaparates. Poca gente corre en Bruselas.

Intenté llegar dos veces al Atomium, una andando y otra corriendo, una con mi hijo y la otra sólo, basándome únicamente en mi intuición y en mi sentido de la orientación. No llegué ninguna de las dos veces. Tampoco me importó. Junto al Atomium está el estadio de Heysel, lugar donde se escribió la primera de las tres páginas más tristes de la historia del Atlético de Madrid.

Mucha agua se ve por allí y me parece que es porque no la gastan. Ni una fuente en Bruselas (bueno, vi dos, pero sin agua). Y correr hora y pico buscando atomiums, basílicas, parlamentos europeos o monumentos por la independencia sin beber te hacen desear volver a la peseta.

Hay un mirador muy bonito en el estuario de Amberes. En dicho mirador había un abuelo tocando el acordeón. La escena era entrañable y muy agradable. El abuelo empezó a tocar "Los Pajaritos". Hay puñetazos en el mentón que duelen menos.

No fui al estadio olímpico de Amberes. Imperdonable.

¿Patatas fritas? ¿Gofres? ¿Mejillones? ¿Chocolate? Hay otras opciones.



Españoles se ven muchos por Bruselas. Algunos de ellos muy famosos.



El invento de la escuadra y el cartabón es posterior al diseño de las ciudades antes citadas. Si a eso añadimos que, salvo en Bruselas, los nombres de las calles están en neeerlandés, con no menos de quince letras por palabra, diremos que los planos de las ciudades nos fueron de enorme utilidad por los cojones.

En neerlandés estaba el periódico del que iba a mi lado en el tren camino de Brujas. Bajo el titular "Top fútbol" (sí, iba fisgando. Me da mucha rabia cuando me lo hacen a mí pero yo no puedo dejar de hacerlo) se leía "Jesús Gil y Gil" y, debajo, una foto del mismo y un escudo del Atleti. El texto del mismo estaba escrito con palabras de, mínimo, quince letras.

En Bruselas los nombres de las calles estaban en francés y en neerlandés. Me encantan los nombres de las calles. Algunos eran peculiares.

Ha sido el mejor viaje que hemos hecho.

domingo, 25 de marzo de 2018

He corrido en un campeonato del mundo

Ayer se disputó en Valencia el campeonato del mundo de media maratón. Y allí estuvimos. Nos lo íbamos a perder.

El final de 2017 fue de ensueño. Tres horas y dos minutos en el maratón de Valencia, volví a bajar de cuarenta minutos en un diez mil en el Pas Ras de Valencia y hora y veinticuatro largo en la media de Paiporta Picanya. 2018 empezó también muy bien, con un 38:55 en un diez mil en Valencia (también llamado 10K. Los runners más que una amenaza son una epidemia) a mitad de enero. Y con el Mundial previsto para finales de marzo el objetivo estaba claro: a por él. Pero a por él intentando bajar allí de uno veinticuatro. El Barbas preparó el plan metiendo dos carreras entre medias: un quince en Valencia y la media de Xátiva. La moral estaba por las nubes.

A partir de ahí, un desastre. Primero un resfriado y la certeza ya de que los resfriados no se curan corriendo. Antes funcionaba. Ahora no. Cuando ya veía la luz, haciendo cambios de ritmo por el puerto, chasquido en el abductor derecho. Contractura. Una semana parado. Vuelvo a arrancar. Latigazo en el mismo abductor. Tendinopatía de su puta madre. Otra semana y media. No quería ni pesarme. Lo hice. Ochenta y un kilos, cuatro más que en el maratón. Al quince de Valencia ni me inscribí. En la media de Xátiva me tuve que retirar en el tres (el latigazo tendinosuputamadre fue allí. Ciento veinte kilómetros de coche para correr tres). No todo fue malo. Dos días de series (uno haciendo cuestas en un puente que hicieron en Valencia para que pase el tranvía por donde nunca pasará el tranvía y otro de miles, haciendo el último en 3:28) y otro de cambios de ritmo por la playa de Gandía bajo la lluvia, fueron memorables, de los que no se olvidan. El resto, lo dicho, desastroso.

Me planto a dos semanas de la carrera. El abductor parece que ya no da guerra. Estoy desentrenado y con la lorza lustrosa. ¿Voy? Vamos, eso ni se cuestiona. Dicen los Somarros que el chuleo es innegociable y ésta es mi mayor motivación. Saldrá la carrera que saldrá, pero, si la corro, podré colgarme la medalla y ponerme la camiseta conmemorativa. Hay camisetas con las cuales nunca corro, que las reservo para la vida social (que no para vestir, ¿eh?) y son las de los maratones y las de las carreras singulares, ésas con las cuales, cuando las llevas puestas, te relacionas tratando a los demás de igual a igual aunque les estás mandando un mensaje evidente de –tráteme de usted. Soy mucho mejor que vos. Y poder lucir con la mayor humildad esa camiseta supera con creces la posible desazón que pueda generar una mala marca. Además, esta media ya no era el objetivo sino la primera carrera de la temporada 2018. El punto de partida. Vamos a ver cómo estamos. Fuera presión. Qué fácil es engañarse.

Diez días antes hacemos un test de diez kilómetros. 40:35 sufriendo como un perro subiendo cinco kilómetros con el aire en contra en 20:20 y bajando con el aire a favor en 20:15. El abductor no se manifiesta. Ponemos como objetivo para el día de la carrera intentar uno veintiocho, es decir, correr a 4’ 10” el kilómetro. Para cambiar de objetivo siempre estamos a tiempo.

Campeonato del mundo de media maratón. Evidentemente, esta carrera se organiza por equipos y uno ha de estar seleccionado por su país. Ahí no entrábamos. Para ese mismo día se organizó una carrera popular (aquí llamada mass race porque siempre se puede ser más gilipollas), a la misma hora y con el mismo circuito y ahí sí que entrábamos. A quien me preguntaba cuándo iba a pasar yo les respondía cuándo iban a pasar los primeros. Pocas veces se van a poder ver en Valencia tantos tíos (y tías) corriendo tanto. La semana previa por el río ha sido fabulosa. La cantidad de atletas (pero atletas de verdad, con mayúsculas) que nos hemos cruzado. Entre todos no pesaban ni la mitad de uno de nosotros, pero cómo iban, con qué facilidad. Cuando empecé a dudar de que pudiese correr la media me consolaba pensando que iba a tener la oportunidad de verlos pasar compitiendo.

Nos hemos pasado toda la semana mirando la predicción meteorológica. En realidad nos daba igual porque, pasara lo que pasara, íbamos a correr. Daban lluvia y viento. Mucho viento. El sábado amaneció despejado. El viento sí que estaba. La carrera era por la tarde. A las 17:05 ha salido la élite femenina. A las 17:30, la élite masculina con toda la chusma detrás. Había alguna nube despistada. El viento era viento.

El plan de carrera era claro: había que llegar vivo al trece, a Nuevo Centro. Hasta allí la pendiente y el viento eran desfavorables. Salgo bien. El grupo es numeroso, pero mi plan era no arriesgar demasiado ante las dudas que tenía, así que me acoplo y me dejo llevar. Paso el cinco en el tiempo previsto y cómodo. En el seis una de las nubes despistadas se aposenta y descarga un chaparrón que no ha durado ni dos minutos pero que nos ha calado hasta los huesos. No pasa nada. Endorfinas. El suelo resbala, pero se soporta. En el ocho comienza el tramo malo. Llevamos el viento de cara. Poner excusas con el tiempo queda ridículo cuando en esta carrera se ha batido un record del mundo, pero es que era así. La zona del Paláu, mortal. Del diez al doce, mortal y medio con tirabuzón. Llegamos al trece. Estoy vivo. Hago una Gran Vía fabulosa. Giramos. Guillén de Castro. Por ahí pasamos el catorce y veo que, salvo hecatombe, tengo el 1:28. Llegamos al río. Bajada y con el aire a favor. Ahí iba bien pero no tan bien como pensaba que iba a ir. No volaba. No pasaba a gente por castigo. No. Me mantenía. Los kilómetros pasaban. Tetuán. Calle de la Paz. San Vicente. Plaza del Ayuntamiento. Las piernas iban justas. Marqués de Sotelo. Xátiva. Colón. Éste es el final del maratón. No es el kilómetro dieciocho. Es el treinta y nueve. Vamos. En el diecinueve veo que, si muero, veré el 1:27 en meta. Pues habrá que morir. Ya estamos en el pasillo. Vamos. Bajo al río. No vamos a morir en la orilla (chiste malo. Perdón). A falta de quinientos metros veo que lo tengo. Subida a la pasarela final. Ya estoy otra vez aquí. En ese momento están entregando las medallas de la competición femenina. Empieza a sonar el himno de Etiopía. Saludo a las tres atletas que están en el podio. Cruzo la meta. 1:27:42. No es mal comienzo de temporada.

He corrido un campeonato del mundo de media maratón. He vivido un día muy especial. No he hecho mi mejor carrera pero sí que he disfrutado de una de las más bonitas de mi vida. He vuelto a ser protagonista en mi ciudad: Ana y los críos, los climaturios, que han vuelto a estar en todas partes, los Sanfélix, Maroto, los padres de la piscina. Tremendo. Siempre agradecido (y emocionado). Y sobre todo, sobre todo…

me he ganado el derecho al chuleo.

viernes, 16 de marzo de 2018

No está bien alegrarse del mal ajeno. No está bien alegrarse del mal ajeno. No está bien alegrarse del mal ajeno. No está bien alegrarse del mal ajeno. No está bien alegrarse del mal ajeno. No está bien alegrarse del mal ajeno. No está bien alegrarse del mal ajeno. No está bien alegrarse del mal ajeno. No está bien alegrarse del mal ajeno. No está bien alegrarse del mal ajeno.

El año dos mil catorce fue el peor de mi vida desde el punto de vista laboral. Tras dieciocho años en el hierro y en la construcción, la crisis me hizo sentirme como si fuera un experto en fabricar televisores en blanco y negro, es decir, experto en algo que ya no existía. Se abrió otra puerta en otro sector y con otro puesto y para allá que me fui. El trabajo en sí no estaba mal. El problema era el ambiente que se respiraba. Aquello era el mal por el mal. Las directrices desde arriba no eran tanto cumplir los objetivos como mantener una atmósfera angustiosa y un sistema basado en el miedo y en la desconfianza. El mal por el mal, repito. No dormí mucho aquel año pensando en el follón del día anterior y en el que seguro tendría al día siguiente. A principio de dos mil quince tuvieron, por fin, el detalle de echarme. Me dijeron que no me había adaptado y era cierto. No mencionaron que toda la producción había salido siempre en plazo y con la calidad exigida, aunque ése supongo que era un tema menor. Pero el sentimiento de culpa, herencia de la educación judeo cristiana recibida (qué bien suena lo de judeo cristiana), nunca dejó de acompañarme. Realmente pensé que aquel año no era más que el castigo que merecía por todos mis pecados pasados y, en vez de coger un subfusil y liarme a tiros, pues resignación y para adelante. Penitencia pura y dura. (¿El Impenitente?). Y cuando sonó el teléfono y me dijeron que subiese un momento. Cuando el gerente, con gesto compungido, empezó a hablar. Cuando le dije que no hacía falta que dijese nada y firmé todos los papeles que me puso delante sin ni siquiera leerlos ante su mirada atónita. Cuando recogí mis bártulos y me fui sin despedirme de nadie. Cuando cerré la puerta y comencé a llorar de rabia mientras sentía que aquella noche por fin podría dormir, decidí que aquel año dos mil catorce quedaba clausurado, que pecados y penitencias quedaban compensadas y que detrás de aquella puerta se quedaba todo y, como Santa Teresa, me sacudí los pies porque, de allí, ni el polvo del camino.

Otra penitencia que soporté aquel año fue que la radio estaba siempre puesta en el trabajo. Variaban de emisora pero allí sufrí todos los programas matinales de graciosos que no tienen gracia. Y también descubrí al inefable Javier Cárdenas y su ego desorbitado. Porque si todos los programas eran repulsivos el de Cárdenas, además, era estomagante. Si todos ofendían a la inteligencia (Michael Corleone: ese hombre) el de Cárdenas también atacaba a la boca del estómago. Y todos aquellos programas también se quedaron tras aquella puerta. Todos aquellos programas cayeron tal y como me sacudí los pies.

Pues aquella empresa ha cerrado. Me enteré esta semana. No gesticulé. No más pecados. No más penitencias. La educación judeo cristiana recibida me imposibilita alegrarme del mal ajeno. No soy un resentido. No siento rabia. “A todo cerdo le llega su San Martín” no figura en mi refranero. No. Pensemos en otra cosa.

Y lo intento. Al fin y al cabo, ¿qué más me da? Pero claro, el destino me pone trampas. Y voy por la calle y veo por la tele a Cárdenas. Y los pensamientos se encadenan. Y se empieza por Cárdenas y se termina pensando en unos cuantos hijos de la grandísima puta que deben de estar ahora jodidos y bien jodidos. Y comienzo a sentir un calorcillo que podría identificarse con el regocijo. Pero no. Lo sofoco. No puedo traicionar a mi educación. Es más, no puedo permitir que Cárdenas con su presencia pueda llegar a generarme un sentimiento positivo. Hay que pensar en otra cosa. Pensemos en otra cosa.
















Que se jodan.

domingo, 4 de marzo de 2018

Correrías nocturnas

Entramos. No nos habíamos quitado siquiera los abrigos (yo pugnaba por quitarle el vaho a mis gafas. Un clásico) cuando empezó a sonar “Blame in on the boogie”. Se oyeron gritos y me pareció que todo el mundo bailaba. –Me da que hoy tampoco vamos a ser los más viejos. No lo éramos. Luego, algo más tarde, sonó “Don`t stop ‘til you get enough”. Aquí ya no sé si la gente bailó. Me limité a cerrar los ojos.

G. trabaja a sesenta kilómetros de Valencia. Todas las mañanas madruga para coger el tren. Teniendo en cuenta que tiene la posibilidad de pedir el traslado le pregunté un día que por qué no lo hacía. -¿Estás loco? Esos viajes en tren son mi oportunidad para estar sola. En esos viajes aprovecho para leer, para escuchar música. Esos viajes son mi momento.

Aquel “Don`t stop ‘til you get enough” fue mi momento.

No tardé mucho en volverme a casa. La noche era fresca, con una humedad altísima. Los cristales de los coches se veían todos empañados. Los cristales de los coches eran un folio en blanco.

Si hubiera habido un incendio habríamos muerto todos. Hay sitios donde pasamos horas masacrándonos el estómago bebiendo licores de colores completamente hacinados que no creo que aún estén abiertos por razones de seguridad. Uno de ellos, en la calle Gobernador Viejo, tenía dentro una habitación no excesivamente refinada con las paredes llenas de escritos donde la gente plasmaba su creatividad, su despecho o sus filias. Contaba mi hermano que, una de las veces que fue, donde se sentó podía leerse –“¡Viva la olla podrida y Paolo Futre!”. Se rio. -Creo que ya sé quién ha escrito esto.

Los cristales de los coches todos empañados. Los cristales de los coches siendo folios en blanco. Veinticinco años después, el escritor misterioso atacó de nuevo.

sábado, 24 de febrero de 2018

Bienaventurados los que creen en los pasos de cebra


Se quedó extrañado. Y sorprendido. Y se sintió halagado también, para qué negarlo. No es normal que un desconocido se te acerque y te pida hacerle una foto a tu camiseta. O no debe de serlo.

-¿Y eso?
-Me gusta mucho.
-Vale. Pero no me saques la cara. Estropearía la foto.
-No te preocupes.

Y no le saqué la cara.

sábado, 10 de febrero de 2018

Barbra, Carly y la Pepsi-Cola (me miro en el espejo y no soy feliz)

La mayoría de mis compañeros de trabajo son más jóvenes (o mucho más jóvenes) que yo. Estamos ya en ese estadio. No suelo comportarme pensando en mi edad. Al final uno actúa como es (o como puede) y la edad no es más que el número de órbitas que la tierra ha completado alrededor del sol estando uno aquí. La edad es una cifra, así que no hay que darle más importancia. Ésta es la teoría, una teoría que funciona hasta que me veo en el espejo (o hasta que te hacen burla porque dices Pepsi-Cola). Siempre me he parecido a mi padre y el espejo me sigue devolviendo su imagen, con la diferencia de que ahora a quien veo es a mi padre tal y como es actualmente. Vamos, que sí, que son órbitas completadas y uno se comporta como es, pero si eres de los mayores y el espejo te dice que tienes cara de viejo, pues, coño, el aplomo y la teoría a hacer puñetas y que venga la inseguridad y el temor a estar haciendo constantemente el ridículo rodeado de chavalería que a saber qué dicen de mí en cuanto me doy la vuelta.

Esta inseguridad hace que me plantee constantemente mi comportamiento y que busque referentes, patrones de conducta. Alrededor siempre tienes tanto ejemplos como contraejemplos. Tan importante o más que hacer es no hacer, Y no sólo alrededor. Los modelos están en cualquier lugar, ahora que tenemos acceso a todo. Y, así, escuchar música ya no es sólo es una actividad del alma. Tiene también su labor pedagógica, especialmente para los acomplejados que nos dejamos dominar por nuestras inseguridades.

Busquemos vídeos musicales en los cuales participen artistas de distintas generaciones. Comencemos con mi Barbra. Aquí se puede ver a la Streisand cantando con Michael Buble el estándar “It had to be you”. Qué mujer. Qué personalidad. Qué seguridad. Da igual la diferencia de edad. Ella sabe cuándo, dónde y cómo. Y no duda. Vale que juega en su terreno (que también es el de Buble). Pero domina. Manda. Es. Mi Barbra es. Y es el mejor de los ejemplos. Como Philip Marlowe. Como Clint Eastwood. ¿Diferencia de edad? ¿Inseguridad? Amos, no me jodas.

Otro vídeo. Aquí se puede ver a Taylor Swift junto a Carly Simon interpretando en directo el “You’re so vain”. Carly Simon y su eterna boca de velociraptor, aunque juega en terreno ajeno (el concierto es de Swift) canta una canción suya. Tendría que sentirse fuerte. Poderosa. Segura. La edad de Simon es similar a la de mi Barbra. ¿Se comporta igual? Doña Croqueta, comparada con Carly Simon, seguro que está sentada a la derecha de la reina Victoria. ¿Dónde vas, Carly Simon, con esas fachas, con esos movimientos, con esa actitud? ¡Que tú eres Carly Simon! ¡Que tú escribiste “The right thing to do”! ¡Que tú no eres Taylor Swift ni tienes su edad! Desde luego, como contraejemplo es inmejorable. Pero aquí es cuando me vuelvo a desmoronar. Porque uno no es como se ve sino como lo ven los demás. Y ya puede uno sentirse Fernando Torres cuando, a lo mejor, no pasas de Raúl González. Ya puedes creerte Juan Belmonte cuando puede que seas El Platanito. Ya puedes sentirte Barbra cuando, a los ojos de los demás, tal vez seas Carly Simon. Ya puedes pensar que eres uno más del equipo cuando eres el que dices Pepsi-Cola. Y esto no es bueno para mi seguridad. No es bueno. Y el espejo no ayuda. No es fácil jugar con reglas que no son las tuyas. No es fácil ser el más viejo.

sábado, 27 de enero de 2018

Poka-Yoke madaula

Nueva entrega de la sección “Títulos sin entrada”. Cuando la sonoridad de las palabras supera a su significado.

sábado, 20 de enero de 2018

La realidad está sobrevalorada

Era su primera media maratón y me ofrecí a acompañarle durante la segunda mitad. Quedé con él en el diez. No charlamos mucho, pero eso era lo de menos: el ritmo era bueno y no dio síntomas de desfallecer.

-Sigo contigo hasta el veinte. El final ya es para ti, que te lo has ganado.

-El kilómetro veinte ya lo hemos pasado.

-No. Está en la siguiente esquina.

-Según mi reloj ya lo hemos pasado.

-Pues faltan trescientos metros.

-Mi reloj no se equivoca.

-Pues entonces puedes pararte cuando tu reloj marque los veintiún kilómetros y noventa y siete metros y medio. Lo malo es que no coincida con la pancarta que pone meta. Aunque eso supongo que será un problema menor, ¿no?


Colocamos las piezas en la mesa y procedimos a meterlas en el horno. Tuvimos que abortar ya que una de las mismas, que estaba situada en la tercera planta, tocaba con el techo. Informamos a la responsable.

-¿Y habéis sacado la mesa?

-Sí. Y bajamos la pieza.

-¿Por qué?

-Por la impenetrabilidad de los cuerpos sólidos.

-Es que es imposible que toque.

-Hombre. Imposible…

-Mira la simulación en 3D que tengo en el ordenador. ¿Ves? No toca. Entra perfectamente. Es imposible que toque. Vamos, que no toca.

-Pues lo que tú digas.


Sábado Santo. Nos íbamos a comer al campo. Entramos en la tienda a comprar. Salimos. Llovía.

-No me digas que está lloviendo.

-Pues no te lo digo.

-Es que no puede estar lloviendo.

-Hombre, lo que se dice poder…

-Según la aplicación que tengo en el móvil hoy daban todo el día soleado. No puede estar lloviendo. No puede. Imposible.

-Pues será imposible. Pero moja.

domingo, 14 de enero de 2018

El miedo y el asco

Se quedaron a ver una película de miedo. Son muy valientes los dos por lo que luego pasó lo que pasó: se metieron juntos en la cama. No se atrevía ninguno a dormir solo. Al menos al principio. Mi hijo se durmió enseguida. Mi hija no tardó en echarlo. -Respiraba muy fuerte. Y, además, le olía fatal el aliento. Así que, entre el miedo y el asco, preferí pasar miedo.

La náusea frente al terror. El dilema.

lunes, 8 de enero de 2018

La pena y la nada

"No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la ceremonia dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí -pensó- entre la pena y la nada elijo la pena".

"Las palmeras salvajes". William Faulkner.

Novivir frente a malvivir. El dilema.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Navidad que a todos los feliz sois

Feliz Navidad a todos los que sois.

P.D. Totalmente poseído por el espíritu navideño rescato la cita de una novela de Vázquez Montalbán que afirma “Yo no soy partidario de la pena de muerte salvo en casos de náusea”. Y un caso flagrante de náusea es felicitar la Navidad escribiendo un mensaje insulso, insípido y bienqueda y enviándoselo a todos tus contactos sin distinción entre unos y otros. Y mucho peor que eso es ni siquiera escribirlo. Reenvías una foto o un vídeo y te quedas tan ancho con la sensación de haber cumplido. Traigo otra cita, también elevada, y es cuando Miguelito, con Mafalda enfrente, primero piensa –yo pensaba que era su amigo y ahora resulta que sólo soy un amigo más. Y luego dice –Sos igual que todas. Y así es, chato. Al menos conmigo, porque a mí me gusta sentirme uno, no uno más. Así, o me felicitas de verdad o prefiero que no lo hagas. No se lo tengo en cuenta a quien no lo hace, pero sí que tomo nota del que mal lo hace. Y el día en que sea Dictador Supremo de una tiranía ultrafascista máxima de atmósfera irrespirable habrá ejecuciones masivas sin juicio previo para todos aquellos que cometan delito de náusea. Y, con el fin de preservar la Navidad, a ti, que perpetras felicitaciones navideñas, no te va a salvar ni el burrito sabanero, ni el pequeño tamborilero, ni el Portal de Belén ni Dios.

martes, 19 de diciembre de 2017

Luis Santángel dixit

El que sabe y puede, hace. El que sabe y no puede, enseña. El que no sabe y puede, dirige.

Y luego está el reinútil que ni sabe ni puede y que lo tengo de… Bueno, digamos que lo veo regularmente.

P.D. 1:24:55 en la media maratón de Paiporta Picanya del pasado domingo. Desde un punto de vista absoluto es mi vigésima mejor marca en media maratón, por lo que no es para tirar cohetes. Desde un punto relativo, desde abril de 2013 no bajaba de 1:25 (aquel día, incluso, bajé de 1:24). Vuelvo a lo mismo: igualar lo hecho el año anterior ya es motivo de satisfacción. Recuperar de golpe cuatro años y medio... pues eso. Que tenía que contarlo, que se me sale del pecho tanta alegría.

P.D. Me contó Garraty que el sábado pasado, tras la cena navideña de empresa (todavía no las han prohibido. Inconcebible. Indignante), se fueron a un concierto. Un grupo de cincuentones-sesentones tocaban clásicos del rock y del pop. Entre su repertorio figuraba “Back in the USSR”. Una compañera suya, mientras sonaba, manifestó que no sabía de quién era, ya que no era “de las canciones más conocidas”. Garraty hizo ademán de explicarle quiénes eran los Beatles y qué es el “Álbum Blanco” pero se contuvo. –No está la miel hecha para la boca del asno- me dijo. –Supongo que habrás hecho bien-le contesté. –Pero hay que tener aguante para reprimirse. Porque me centran a mí ese balón y lo remato quinientas veces. Se me presenta a mí esa oportunidad de hablar de “Back in the USSR”, del “Álbum Blanco” y de los Beatles y a la muchacha la terminan diagnosticando muerte por aburrimiento. Así, Garraty, quiero manifestarte públicamente mi admiración por un acto que encuentro cercano a la heroicidad. No ser cegado por la miel, ser capaz de distinguir a través de la misma las bocas de asno está al alcance sólo de los elegidos.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Frases que le hacen a uno pensar que ha fracasado como padre

(o el universo femenino se me escapa).

¿Morat? ¿Esta canción es de Morat? ¿Morat tiene una canción nueva y no la conozco? Papá, ¡estoy súper pasada de moda!

lunes, 4 de diciembre de 2017

Grandes momentos de la historia del atletismo

El límite es tratar de igualar la marca del año anterior. Mejorarla es motivo de celebración. Ser cada vez peor no nos va a quitar de correr, pero el regusto que produce ir dándole pellizcos y quiebros a la decadencia no se nos puede privar.

Pas Ras al Port de Valencia. Trigésima edición. Diez kilómetros. Siento un cariño especial por esta carrera. Cuando era estudiante y estaba en el equipo de la UPV la corríamos siempre y la corríamos por obligación ya que Jose F., ilustre miembro del equipo, era socio dels Poblats Maritims, club organizador de la misma. E íbamos obligados, claro. Y también por devoción, ya que pocas carreras se organizaban entonces en Valencia y, además, allí nos daban camiseta. Y en aquella época andábamos escasos de ellas.

Siempre que puedo voy al Pas Ras. Aunque ya no nos dejen correr por dentro del puerto y se haga por las marinas y por el paseo marítimo. Es una carrera que siento como mía. Por eso, dos semanas después del maratón, todavía sin recuperar del trancazo que la bajada de defensas posterior me produjo y con sólo cuatro rodajes muy suaves (pero muy suaves) postmaratonianos decidí obedecer a mi corazón y ningunear a la sensatez y me inscribí.

La última vez que corrí un diez mil en menos de cuarenta minutos (por debajo de cuatro minutos el kilómetro) fue en noviembre de dos mil catorce. Fue en el test previo al maratón de aquel año. Desde entonces he hecho unos cuantos y la mayoría de ellos entre 40:30 y 40:50. A veces tenía la sensación de estar corriendo siempre la misma carrera. Salía bien. Empezaba a perder tiempo del dos al seis. En el siete veía crudo bajar de cuarenta y uno y, en los tres últimos, sacaba fuerzas y terminaba entero. Cuando el Barbas llegó y me dijo –vas a bajar aquí de cuarenta. Yo te voy a llevar- respondí –ea.

Frío. Mucho frío. Siempre corro con camiseta de tirantes pero aquí con manga larga, mallas, braga y guantes. Y no me sobró nada. A las nueve, disparo y a correr. Sale el Barbas lijado y yo a su vera. Tengo el corazón en la garganta y el estómago dando saltos y aún no llevamos ni trescientos metros. –Me va a llevar, pero a la tumba. Pasamos el uno. El dos. Sigo con el estómago mal, pero las piernas van muy bien. Supongo que iré pasado de pulsaciones, pero puedo. Pasamos el cinco en 19:30. –Muy mal se nos tiene que dar. En el seis y medio el Barbas decide que su labor de liebre ha terminado y cambia el ritmo. Aguanto hasta el ocho. Pensaba que no iba a tener piernas, pero las tengo. Me quito a unos cuantos de en medio. Última recta. 39:18. Toma, toma, toma. Posponemos la decadencia. Recupero tres años. Subimos el listón. Dadme límites a mí.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Reunión de No Conformidades

Tuvimos la mejor tarde, la mejor parada.
Fuimos como el agua, recorrimos tiempo,
recorrimos pasos. No fuimos
más que otras veces, aunque lo pensamos.
Seguro que lo pensamos.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Quince

El sábado empezó mal. Me tocó trabajar y fue un desastre. De hecho hemos tenido que volver esta tarde a resolver lo que quedó pendiente. Llegué por los pelos a la competición de mi hijo. No lo descalificaron en doscientos espalda aunque, en un viraje, no vio las banderas y casi abre con el brazo el bordillo. –Mal pinta la cosa para mañana. Luego llegó el cien braza y, efectivamente, hijo mío, eres extraordinario. 1’ 18” 50 ganando su prueba (Fernando, tu reinado se tambalea). Y ahí vi el cielo abierto. Mañana tengo que estar a la altura de mi hijo. Y cuando esta mañana me he enterado de que el Madrid, como me temía, no nos pasó por encima y empatamos pensé que no sería cuestión de mal fario si no me salía la carrera. Los hados no estaban en contra. Estaba en mis manos. Y en mis piernas. Y en mi cabeza.

La preparación de este año del maratón ha sido algo distinta. La mudanza del Barbas a la capital de la Terreta nos ha traído su método. Básicamente era el de siempre (rodaje suave, rodaje semi largo, series cortas, series largas y largo) pero las series se van haciendo en progresión y se meten muchas carreras como parte del plan. Y como nosotros somos unos mansos a los que todo nos viene bien, pues nos apuntamos. A estas alturas ya no tenemos nada que perder. Y ha resultado muy ameno. Tengo dos días clavados y son los dos largos que enlazamos con las medias maratones de Valencia y de Xirivella, dos largos que terminé sin cadena, corriendo como un poseso, sintiéndome muy fuerte. Y soñaba con que el final del maratón fuese algo parecido. Los tres últimos había sufrido lo indecible (Valencia 2014, Barcelona 2016 y Castellón 2017) y pensaba que ya me tocaba sufrir menos.

No he pasado buena noche. A los desvelos tradicionales de la noche previa se han unido un par de calambres que me han hecho ver las estrellas. Pasarse la mañana y parte de la tarde de pie no es la mejor manera de descansar para un maratón. Tal vez los hados no estuviesen en contra, pero el optimismo tenía que seguir en cuarentena. Además, el abductor derecho, el que me había retirado el año anterior y que había estado mudo durante todo el plan, llevaba tres días manifestándose. Y me preocupaba.

A las siete y media había quedado con Javi y con Ángel. Mañana fresca sin una nube. Hemos ido trotando hasta el otro lado del Jamonero. Allí estaba el Barbas. Hemos calentado y, a las ocho y cuarto, me he metido en el cajón donde ya estaban Juan, Gustavo y Jose. A las ocho y media, disparo, “Libre” y a correr.

¿Cuál era el objetivo? La verdad es que durante el plan me he visto muy bien. Pero el maratón me ha dado tantos guantazos que prefería ser prudente así, cuando me preguntaban, respondía –si termino estará muy bien. Si bajo de tres diez estará muy muy bien. Si bajo de tres cinco estará muy muy muy bien. Y si bajo de tres horas estará mal medida. Así que, voy a salir a cuatro veinticinco y a ver qué pasa.

Lo de los ritmos es muy relativo. Al final corres y es el cuerpo el que manda y el reloj sólo atestigua. Nada más salir, Jose se ha ido a por las tres horas. Gustavo, como siempre, no ha cumplido lo que decía y ha salido apretando. Y nos hemos quedado Juan y yo. Juan tenía ganas de tirar e iba haciendo la goma. Yo iba a lo mío. Y he pasado el cinco y el diez a cuatro veinticinco clavado. En el nueve he mirado de reojo donde me retiré el año pasado. No he dicho nada. El abductor tampoco decía nada. Así estás muy bien. Calladito. El quince ya se me ha ido un poco. En el diecinueve, bajando Blasco Ibáñez, notaba las piernas cargadas. –Se avecina muro. Luego me he rehecho algo y he pasado la media en 1:32:48. Entre muy muy bien y muy muy muy bien.

Aquí Juan ya se ha quedado. Del veintiuno al veinticinco me he sentido fenomenal. Es la parte que pasa más cerca de casa y allí estaban Ana y los críos. Y Víctor. Y Amparo. Y Patricia y Sara. Y Sanfélix y familia (nunca falláis. Sois los mejores). En el veinticinco he tenido un bajón. Tal vez me había dejado llevar demasiado por la euforia en los kilómetros previos. Un par de gasecitos y me he recuperado. He cogido una botella de isotónico que me ha acompañado hasta el treinta. No miraba el reloj. Sabía que tenía que llegar hasta el Bioparc. Muchas veces no sabía en qué kilómetro estaba. Iba de avituallamiento en avituallamiento. Y cuando estos llegan pronto es que la cosa va bien. Y llegaban pronto.

En el treinta ya iba adelantando gente de diez en diez. Iba pensando que tranquilo, que el tío del mazo llegaría en cualquier momento y que no era cuestión de despilfarrar fuerzas, pero mi cuerpo iba por libre. En el treinta y uno he cazado a Jose (tienes dos días para estar triste pero ni un minuto más. Era el día de intentarlo y lo has intentado. ¿Ha salido mal? ¿Y qué? Lo tienes, así que terminará saliendo. Y reitero mi oferta para el año que viene. Te vienes dos meses y verás un dos en meta como una catedral).

He llegado al Bioparc. De ahí ya para meta. Seguía bien. Al pasar el treinta y cinco he mirado el reloj. –Si haces a cinco minutos el kilómetro el resto acabas en tres siete. Ronda. Archiduque Carlos. Avenida del Cid. Seguía corriendo muy entero. Tenía que llegar a San Agustín. Ahí empieza el pasillo hasta meta. Iba eufórico. Seguía pasando gente. He llegado al pasillo. Colón. Glorieta. Navarro Reverter. Allí, como en tantísimos sitios, estaban los climaturios. He empezado a gritar. Kilómetro cuarenta. Ahí me he atascado. Doscientos metros malos. Para adelante. Ya estaba hecho. Cuarenta y uno. Sanfélix y familia de nuevo. La bajada al río. -¡Ya está! ¡Ya está! Palacio de las Artes. Hemisferic. A falta de quinientos metros he mirado el reloj. Si los haces en menos de dos y medio bajas de tres tres. Museo de las Ciencias. Kilómetro cuarenta y dos. El plan del Barbas había funcionado.

Los últimos ciento noventa y cinco metros del maratón de Valencia son espectaculares (y los primeros cuarenta y dos kilómetros también. Esta carrera es fabulosa y mejora de año en año). Montan una pasarela con moqueta azul sobre el estanque del Museo de las Ciencias y, al fondo, la meta. Cuando he subido a la pasarela me he vuelto loco -¡Me lo he ganado! ¡Estoy aquí porque me lo he ganado! No quería que la meta llegase nunca. Sólo quería seguir disfrutando. Y la meta ha llegado en un suspiro. Tres horas, dos minutos y veintinueve segundos. Muy muy muy bien. Once minutos menos que hace nueve meses en Castellón. Y a la altura de mi hijo.

Tengo maratones con mejor tiempo. Eso es verdad. Pero lo de hoy no ha sido sólo cuestión de cronómetro. Me gusta correr. Correr forma parte de mi vida desde hace más de cuarenta años. Me gusta mucho correr carreras. Y de todas las carreras que pueda haber, ninguna hay como el maratón. Y nunca puedo evitar volver a enfrentarme a él. Y enfrentarse al maratón siempre es una batalla sin cuartel. Me ha derrotado, he tenido victorias pírricas y otras incontestables. Y hoy ha sido de estas últimas. No hablamos del cronómetro. Hablamos de sensaciones. Y hoy me he sentido como un torero en una faena cumbre, templando y mandando. Hoy he sometido al maratón, con todas mis dudas, con todos mis miedos, sintiéndome cada vez más poderoso, cada vez más grande. Hoy he sido feliz. Hoy he sido inmensamente feliz. Pocas cosas hay en el mundo que me produzcan sensaciones tan hermosas. Soy corredor. Soy corredor de maratón. Soy maratoniano. Soy muy afortunado.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Lagarto, lagarto

El fin de semana del diecinueve y veinte de noviembre del año dos mil dieciséis el Atlético de Madrid jugaba en casa contra el Real Madrid, mi hijo competía en las pruebas de doscientos espalda y cien braza y se celebraba el maratón de Valencia. El Atlético de Madrid perdió cero a tres, mi hijo fue descalificado en los doscientos espalda y en el kilómetro nueve me retiré del maratón.

El fin de semana del dieciocho y diecinueve de noviembre del año dos mil diecisiete el Atlético de Madrid juega en casa contra el Real Madrid, mi hijo compite en las pruebas de doscientos espalda y cien braza y se celebra el maratón de Valencia.

martes, 7 de noviembre de 2017

La montaña y mi estómago

Soy corredor de asfalto. O de pistas de tierra. No me importa subir o bajar. No le tengo miedo al cronómetro. Odio la montaña (o el trail como les gusta decir a los acomplejados quiero y no puedo que necesitan introducir términos en inglés para darse importancia). No quiero preocuparme por dónde piso. Correr, sí. Triple fractura de tibia y peroné, no. Pero una cosa sí que le reconozco a las carreras de montaña. Allí pasan cosas. Una de asfalto puede resumirse en dos líneas. Las de montaña, especialmente para los que la pisamos poco, tienen más miga.

Volvimos a “Árboles y Castillos”, una carrera por equipos y por etapas (quince esta vez) que se corre entre las localidades de la comarca valenciana del Camp del Turia. Cuatro años fuimos (2007, 2008, 2009 y 2010). Luego llegó la crisis, se acabó el patrocinio y Correcaminos dejó de organizarla. El año pasado la Mancomunidad del Camp del Turia la retomó y este año estuvimos de nuevo en la línea de salida junto a otros veinticuatro equipos, la mayoría de la zona, todos ellos de corredores. Runners, ni uno.

Tal y como empezamos a mover lo de inscribirnos, me pedí la etapa Villamarchante-Ribarroja. La conocía de 2009 y 2010, cuando la corrí, y donde me había ido muy bien. Casi trece kilómetros, con cuatro primeros llanos, luego una subida brutal a la Rodana Gran por un sendero que ni las cabras, una bajada larga por pista, una zona de toboganes también por pista, una última subida por donde tampoco se han visto nunca cabras y ya descenso hasta Ribarroja por camino.

Traté de buscar el perfil de la etapa por si había habido alguna modificación. No venía en la página oficial. Sí encontré un resumen de la etapa, donde se decía que era ideal para los amantes de las carreras de montaña. Sentí una punzada en el estómago. Luego me reí. –Exagerados. Tampoco era para tanto.

Llegamos temprano a Villamarchante porque quería rodar media hora antes. Me fui por lo que era el principio de nuestra etapa. Vi cintas puestas, aunque alguna salida no quedaba bien indicada. Me acerqué a uno de la organización y se lo hice saber. -Tranquilo, por aquí vienen los que salen de Loriguilla. Vosotros vais por la montaña, no por aquí.

Pinchazo en el estómago.

Volví hacia la zona de la salida. Empecé a ver gente pertrechada con bastones y mochilas de agua. Pinchazo en el estómago. Me acerqué a un corredor del equipo de Villamarchante. Le pregunté por el recorrido. Me informó que hasta la cima de la Rodana Gran coincidía con la carrera de montaña que organizan en el pueblo. Luego, pues como siempre. Más o menos.

Pinchazo en el estómago.

Dieron la salida. Doscientos metros, giro a la derecha y todo para arriba. Subí bien. Cogí mi sitio y, dando saltos de piedra en piedra, pues avanzaba. El problema llegó cuando empezamos a bajar. Aquello era todo roca. Yo bajaba como Chiquito de la Calzada. Me pasaron tres de los que no sé cómo hacen para bajar tan deprisa sin matarse. Llegamos abajo y nos metimos por un camino por donde se podía correr. Los tres que me habían pasado bajando me los merendé en cien metros. Vi cuatro a los lejos y les fui recortando. Llegamos a las faldas de la Rodana Gran. Empezamos a subir. Uno de ellos se puso a andar enseguida. –Pronto empiezas. Cayó. Al siguiente lo pasé corriendo. Al tercero lo pasé ya en el tramo final, cuando no te queda más remedio que andar. El cuarto fue superado cincuenta metros después de hacer cumbre.

A partir de ese momento comenzaba el terreno conquistado. Me tiré por la pista aquella oteando el horizonte buscando nuevas víctimas. No veía a nadie. Bueno, a nadie corriendo. Mucho senderista y mucho ciclista. En un cruce los tenían parados para dejarnos pasar. Al llegar, escucho:

-¡Vamos, villaescusero!

Héctor, un amigo de J.P. Subidón. Sigo corriendo. Aquí tendría que estar el agua. No hay agua. Nadie por delante. Se acaba la bajada. Comienzan los toboganes. Al final de uno de ellos, una mesa con botellas. Tenía que parar a cogerla. Yo no paro. Trato de coger una. Tiro cuatro o cinco. Sin agua, a hacer puñetas. Sigo corriendo. Nadie por delante. Veo a uno de la organización, que me indica que, a cien metros, tengo el desvío para la segunda subida sin cabras.

-¡Vas séptimo!

-¡Fenomenal!

Giro para iniciar la subida. Arriba veo la camiseta roja de mi antecesor. No lo pillo. Da igual. Subo como puedo. Llego arriba. Otro de la organización. -A la izquierda, cuarenta metros y a la derecha. Bajada técnica.

Pinchazo en el estómago.

-¿Cómo de técnica?

-Muy técnica.

Izquierda. Cuarenta metros. Miro a la derecha. Me paro. Delante de mí, el abismo. No sé lo que sentirá un saltador de esquí arriba del trampolín de Garmish Partenkirchen, pero no se debe de ir mucho. Una bajada con una pendiente demencial toda ella de tierra suelta y de piedras desprendidas sin apenas vegetación a los lados por donde poder agarrarse. Comienzo a bajar de lado. Resbalo. Me caigo. Bajo a cuatro patas boca arriba. –Que no me esté viendo nadie. Que no me hagan fotos. Estoy esperando que en cualquier momento empiecen a pasarme los que bajan como locos. No pasan. Incomprensiblemente termina el tramo malo. Vuelvo a correr. Vuelvo a ser corredor y no un pelele. Sólo hay que llegar a la carretera, cruzarla y ahí está la meta. Junto a la carretera, una chica de la organización.

-Hay que cruzar por el tubo.

El tubo es un colector de un metro de diámetro. Hala, a agacharse y a correr como un jorobado. Salgo del colector, cincuenta metros y veo las banderas de meta y escucho los gritos de los climaturbios que allí estaban. Llego. He llegado. -¿Qué tal? –Dos cosas. La primera es que el año que viene volvemos. Esta carrera es fabulosa. Y la segunda es que a mí en esta etapa no me volvéis a ver. Mi estómago es demasiado delicado para tanto pinchazo.

Aunque ahora que estoy escribiendo esto…, no lo sé. Joder, siempre igual.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Grandes momentos de la historia de la natación

Primer control de la temporada en la categoría alevín. Cuatrocientos libres y doscientos estilos. En las listas de la competición, ordenadas por tiempos, mi hijo figura en segundo lugar en los cuatrocientos libres y en quinto en los doscientos estilos. Da gusto verlo arriba en la lista sabiendo que va a nadar en la serie buena, en la de los mejores. Es un control. Es una toma de tiempos. Hay que relativizar. En la serie buena. Con los mejores.

Cuatrocientos libres. 4’ 51” 70 como marca acreditada. Sale por la calle cinco. Preparados y silbato. Pasa bien el cien. Van dos destacados y, tras ellos, mi hijo y otro emparejados. Pasa bien el doscientos, mejorando su marca. En el trescientos parece flojear. Se descuelga del tercero. Saca fuerzas de no sé dónde, se revoluciona en el último cincuenta y, en la llegada, le mete la mano al que iba delante quedando tercero. 4’ 50” 26. Bien. Primera prueba de la temporada y mejorando.

Doscientos estilos. 2’ 44” 41 como marca acreditada (en piscina de cincuenta). Sale por la calle dos. Preparados y silbato. Al terminar la mariposa va un nadador destacado con otros tres, entre los que se encuentra mi hijo, pisándole los talones. Al terminar la espalda ya van los cuatro emparejados. En la parte de braza se pone mi hijo en cabeza. Faltan cincuenta metros. A crol. Todo el mundo va bien a crol. Ciento setenta y cinco metros y me hijo sigue en cabeza. Mi hijo nada como si no hubiese un mañana. Yo grito como si no hubiese un mañana. Quince metros. Diez. Cinco. Mi hijo toca el primero. Gana. Ha ganado. Mi hijo ha nadado en la serie buena y la ha ganado. 2’ 33” 66. Un tiempazo. Hay que relativizar. Es sólo el principio. La temporada acaba de empezar. Hijo mío, eres extraordinario.

domingo, 22 de octubre de 2017

Momentos musicales

G. decidió celebrar a lo grande sus cincuenta años y su vuelta a la vida tras una operación de corazón. El hecho de tener amigos de, más o menos, mi edad con problemas cardiacos y que, además, se ponen simpaticones con las camareras más jovencitas tendría que hacerme pensar pero ya lo haré un día de estos. Alquilaron un local bastante comomolita y allá que nos fuimos a acompañarle en su celebración. Me vi en varias fotos con una frente más estrecha y un pelo rizado digno de cualquier Gibson Brother de color negro al cien por cien (de peso estoy igual. Que se jodan los gordos) y me ubiqué junto al resto de los que habían pasado más de siete años de su vida en el Politécnico junto a la puerta por donde salían las camareras con bandejas de comida y bebida, bandejas que nos ofrecían mientras soportaban el fino sentido de la galantería de alguno (no diré el nombre) que habría hecho enrojecer a los hunos. La música que sonaba de fondo había sido seleccionada por el anfitrión e incluía todos los topicazos ochenteros que en la zona de Valencia fue etiquetada como “música remember”. Esto de escuchar siempre la música no deja de ser una desgracia y, si bien me lo estaba pasando en grande con mis amigos, deseando estaba que el homenajeado se acercase por nuestra zona para, con delicadeza, decirle que muy bien todo pero que vaya puta mierda de música, Y mientras me repetía aquello de –en cuestión musical no estoy en posesión de la verdad absoluta- de repente, “This charming man” de The Smiths (gracias, Sanfélix). Y acto seguido, “All i need is everything” de Aztec Camera (gracias, Sierpe). Y cuando estaba interrumpiendo la conversación del grupo cantando desatado –i wish myself into your arms to know that all i need is everything- apareció el cincuentón reciente ya sin arritmias y muy bien todo y me has hecho tan feliz que ya no me acuerdo de lo que te tenía que decir.

Hay canciones que siento que son mías porque llevan muchos años conmigo y me resulta insoportable cuando me las quita la chusma. Sufrí mucho cuando Ana Belén hizo llegar al populacho el “Se te olvida (la mentira)” de Los Panchos. De hecho, creo que no he vuelto a escucharla. (Ana Belén ocupa un puesto de honor en mi ranking de personas más queridas por haberme hecho odiar esta canción y por las masacres que cometió con “Qué será” de Chico Buarque y el “Piano man” de Billy Joel). Se me abren las carnes cuando cualquier mendrugo que no sabe ni quién es Adamo entra en trance gilipollesco con “Mi gran noche” de Raphael. Y estoy empezando a recuperar el “Ain’t no mountain high enough” de Marvin y Tami. Hay una canción que está en el filo y es “Don’t stop me now” de Queen. Ésta canción es mía aunque no sea más que porque me compré el “Jazz” cuando Freddie Mercury terminaba de estrenar bigote. Y me fastidiaría mucho perderla porque es una canción que me revoluciona siempre. Esta mañana misma, en la media de Valencia, al paso por el dieciséis estaba sonando y de ahí a meta he ido sin cadena. Y el sábado pasado también sonó en la boda del último primo que nos quedaba por colocar por parte materna. Y sonó como paso previo al baile, para animar a la gente. Y cuando se acercó mi hermano a decirme -¿vamos ya a pegarle dos sopapos preventivos al pincha discos para que sepa quién manda aquí y a quién tiene que respetar?- le respondí –deja, deja, que tiene buena pinta. Dos sopapos, no. Doscientos teníamos que haberle dado. Vale que no iba a poner sólo música para contentar a los primos viejunos del novio, pero, coño, hazme caso en alguna de las quinientas peticiones que te he hecho, gilipollas. Y el colmo fue cuando, una de las veces, le dije, -y que sepas que en un rato volveré para pedirte canciones de los Bee Gees.

-¿De quién?

-De los Bee Gees.

-No los conozco.

-Cuando sea Dictador Supremo de una tiranía ultrafascista máxima de atmósfera irrespirable habrá ejecuciones masivas por muchísimo menos.

De la fiesta, la víspera y del baile el paso previo. Y ahí sí, ahí bailé con todo. Antes de que me la quiten.

sábado, 7 de octubre de 2017

Los Bazter tocaron mejor en Uclés que en El Pedernoso

Volvemos con la sección "Títulos sin entrada". Lo clavaste, Senséi.

domingo, 1 de octubre de 2017

For once in my life

“For once in my life” era una canción entrañable. El chaval está contento. Ha ligado (por primera vez en su vida), se siente feliz y lo canta a los cuatro vientos. Fenomenal, oye, y nosotros bien que nos alegramos por ti. Ya nos la presentarás. Eso fue hasta que llegó Stevie Wonder y convirtió una canción entrañable en una canción devastadora envuelta en un celofán que le da una apariencia inofensiva (mis canciones favoritas). Porque cuando Stevie Wonder canta –por primera vez en mi vida tengo a alguien que me necesita- piensas –menos mal. Porque hay que ver lo que ha pasado este muchacho. En la voz de Stevie esta canción es un triunfo después de mil derrotas, es la luz tras el diluvio, es coronar un ocho mil después de diez intentos fallidos y dieciséis compañeros muertos, es ganar la Champions tras haber perdido tres finales. Es un verdadero himno a la autoconmiseración y eso, para un seguidor de la Gran Medusa que tiene a la autoconmiseración, al desencanto y al sedapenismo por encima de la fe, de la esperanza y de la caridad, hace que “For once in my life” se eleve a hors catègorie. Aunque, por otra parte, pienso que esta versión tiene tanta fuerza que podría con cualquiera, aunque no simpatice con la Gran Medusa. Puedo perfectamente imaginarme a Hugh Hefner (que en paz descanse (de una vez)) cantando -For once I can say, this is mine, you can't take it. As long as I know I have love, I can make it. For once in my life I have someone who needs me- con los ojos vidriosos y creyéndosela a pies juntillas. Y a Kim Yong-un y a Mike Tyson. Y esto no está al alcance de cualquiera. Stevie, que eres uno de los grandes es una evidencia. Y que figuras en el santoral de los granmedusitas, también.

martes, 26 de septiembre de 2017

Yo no gané el Tour de Francia

Escribí hace tiempo que la principal razón por la cual nunca gané el Tour de Francia es porque en ninguna parte me habrían recibido para celebrarlo. El hecho de ser de muchos sitios es lo mismo que decir que no eres de ninguna parte. Nací en Madrid pero me fui de allí a los quince años. Desde entonces vivo en Valencia pero, a pesar de estar muy a gusto aquí, pues valenciano no soy. Y, por razones familiares, estoy muy ligado a dos pueblos de Cuenca separados seis kilómetros entre sí, la capital y la aldea del Secarral, donde he pasado a lo largo de mi vida muchas temporadas pero siempre cuando el tiempo pasa despacio. Nunca viví allí. Así, de la misma manera que uno no es como se ve sino como lo ven los demás, uno no es de donde se siente sino de donde le aceptan, por mucho que en cualquier conversación con cualquier desconocido antes de cinco minutos ya haya citado veinte veces a la capital y a la aldea. Por eso, puesto que si hubiese llegado con mi maillot amarillo diciendo –vamos a celebrarlo- me habrían respondido –tiralpijo, forastero- nunca gané el Tour.

La cosa empezó a cambiar recientemente. Siempre estuve más vinculado a la capital que a la aldea del Secarral porque allí pasé más tiempo, ya que es en la capital donde mis padres tienen casa. Tras casarnos Ana y yo la balanza entre capital y aldea comenzó a equilibrarse. Y el deporte y, sobre todo, la mejor carrera del mundo (ya llevamos cinco ediciones) hicieron que mi relación con la aldea se disparase. Y siempre corrí allí como local. Y tres veces subí al podio (las tres en edición impar. El año que viene no toca). Y el Tour de Francia volvió a aparecer en la lontananza. –Tal vez haya llegado ya el momento.

Pero siempre tuve la espina clavada con la capital. En mis sueños paseaba mi maillot amarillo seis kilómetros arriba y abajo. Sabía que tenía más fácil ser Papa o negro que local allí, pero no por ello nunca dejó de molestarme que de todas las carreras que en la capital corrí, al inscribirme detrás de mi nombre pusieran la f de forastero. Y llegó la “Subida al Castillo”, del circuito de la Diputación. Y me inscribí como miembro que soy del equipo de corredores que organiza (Somarruning). Y en el reglamento ponía que todos los miembros del equipo serían considerados locales. Y, tras mi nombre, en la lista de inscritos, no había una f sino una l. Y corrí. Y fui tercero. Y subí al podio. Y me dieron un trofeo maravilloso, trofeo que ya ha entrado a formar parte de mi colección exclusiva.

Soy local en la aldea y soy local en la capital. Mi sueño se ha cumplido. Tour de Francia, llegó el momento. Mañana mismo me compro una bici de carreras.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Vengo bordeando la orilla más seca

Nos escapamos este verano un día a Madrid mi hermano, sus dos hijos, el mío mayor y yo. Nos fuimos al Calderón. Teníamos que despedirnos. Estaban regando el césped. Las gradas se veían cuidadas. No parecían tener mucha confianza en empezar la temporada en el Wanda y tenían el estadio a punto. Dimos la vuelta al campo por dentro. Nos sentamos en la zona del Frente Atlético. Guti maricón. Nos sentamos en los banquillos. Bajamos a los vestuarios. Confieso que lo que más ilusión me hacía era hacerme una foto en el lugar que Fernando Torres ocupaba en el mismo pero a final de la temporada pasada lo habían desmontado. No hubo foto. Una pena. Estuvimos en la sala de prensa. No respondimos preguntas. Previamente habíamos estado en el museo. Emocionante. Si hubiera sido el museo de cualquier otro equipo de fútbol habría pensado –vaya puta mierda- pero el rojo y el blanco distorsiona mis entendederas. Las pasiones no se explican. Veía los trofeos y recordaba a Hugo Sánchez, a Alfredo, a Schuster, a Futre, a Simeone, a Pantic, a Kiko, a Miranda, a Falcao, a Forlán, a Godín. Hice fotos a las camisetas de Torres y de Pantic. Me relamí viendo imágenes de goles legendarios. Pero he de admitir que lo que más me emocionó del museo fue lo siguiente: 


“Buena Disposición”. Nacha Pop. Nacho García Vega. El Atleti. Se me vino el año 82 de golpe. Siempre tendré dieciséis años.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Yo salí con una nadadora de natación sincronizada uzbeka

Hay veces que tengo el título pero no tengo entrada. Hay veces que me llegan frases (en este caso, de un amigo de Ana) que piden que escriba algo que pueda estar a la altura y merezcan ese título. No lo hago y las frases terminan perdiéndose y borrándose de mi memoria. Y no. Se acabó. Abramos una nueva sección. Al igual que hay entradas sin título, creemos la sección "Títulos sin entrada". Demos la oportunidad de mostrar su brillo a lo que brillo posee.

martes, 29 de agosto de 2017

Marta

Estaba tumbado en el sofá sufriendo un apasionante Chelsea Arsenal. Estaba con un cabreo de mil demonios porque, desde la superioridad moral que poseo frente a los futboleros por ser un enamorado del atletismo (el deporte más maravilloso que existe), me resultaba inconcebible que en Teledeporte estuviesen retransmitiendo un partido de fútbol mientras se estaba corriendo la maratón femenina del pasado Mundial en Londres. Es cierto que se podía ver por internet, pero uno de los encantos que tiene la aldea del Secarral es que allí sigue siendo más efectivo el correo ordinario que el electrónico o los Whatsapp, así que, entre resignado y rabioso, esperé el descanso del partido. Conectaron. Llevaban cincuenta minutos de carrera. Una atleta iba destacada y, detrás, el grupo principal. Allí distinguí una camiseta roja y una forma de correr que me resultaba muy familiar. ¿Es Marta? Es Marta. ES MARTA. ¡ES MARTA!

Marta Esteban es de la familia. No es nada extraño cruzarte con ella corriendo por el viejo cauce del Turia. La conozco desde hace mucho. No la conozco personalmente, pero sé quien es, claro. Antes eran muy pocas chicas. Además, ella y Luis, su novio, son muy amigos de Tomás climaturbio. Y la hemos visto crecer. La hemos visto progresar. Al principio la tenía en el punto de mira. Me sacaba poco. Llegué a ganarla incluso. En Valencia. En Massamagrell. Luego empezó a estar cada vez más lejos. Y más lejos. Y más lejos. Y veíamos su progresión. Y sus marcas. Asombrosas. Y seguíamos viéndola por el río, cada vez más delgada, cada vez más deprisa, cada vez corriendo con más estilo. Y llegaron las mínimas. Y estuvo en el Mundial de medio maratón. Y llegó la mínima olímpica, aunque no fue seleccionada. No estaba entre las tres mejores. Y llegó la mínima mundialista. Y su selección. Y allí, en Londres, corría Marta y corríamos todos. Porque Marta es nuestra. Es de la familia. Entrena donde nosotros. La vemos por las carreras que corremos. Y allí estaba, en Londres, en el Mundial, corriendo con el grupo de favoritas. Nuestra Marta estaba allí. Y corrió como una campeona. Y mantuvo el tipo. Hizo un marcón. Vigésimo primera del mundo. Cuarta europea. Primera española. Espectacular. Impresionante. Marta, qué grande eres y qué orgullosos estamos.

Gonzalo, presidente y patrón (plata o plomo) de los corredores (o somarros) de la capital del Secarral, tiene un horno. Una de sus clientas, una mujer mayor, le dijo un día -pues mi sobrina también corre. Ahora todo el mundo corre, así que no era de extrañar. -Pues que se apunte con nosotros. Es más, en la última carrera que se corrió aquí, el premio local femenino quedó desierto. Lo tiene fácil -Mi sobrina es muy buena, no te creas. Gana carreras y todo. Un lunes de agosto, mientras compraba el pan, le comentó a Gonzalo -¿Sabes? Ayer estuvo corriendo mi sobrina en Londres. Y quedó muy bien, la número veintitantos. Porque, señores, ¡Marta Esteban es oriunda de la capital del Secarral! ¡Marta Esteban es de mi pueblo (bueno, de uno de ellos)! ¡Ahí tienen ustedes el porqué!

martes, 22 de agosto de 2017

Los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos

Mundial de vóley playa celebrado recientemente en Viena. A cada cambio de campo y al final de cada set por la megafonía sonaba el fragmento de alguna canción. Una de las veces pudo escucharse “Sweet Caroline”. El público la coreó. Yo también.

Mundial de atletismo celebrado recientemente en Londres (aquí abro paréntesis para volver a repetir que el atletismo es el deporte más maravilloso que existe. Y cierro paréntesis). En los escasísimos instantes en que no se estaba disputando ninguna prueba por la megafonía sonaba el fragmento de alguna canción. Una de las veces pudo escucharse “Sweet Caroline”. El estadio la coreó. Yo también.

Fuimos de boda a Valladolid. La boda era familiar. Se casaba uno de nuestros primos, jugador de rugby él. Sus compañeros de equipo no se sentaron ni un momento durante el convite. Los hermanos del novio, nuestros primos, poco menos que nos pidieron disculpas a mi hermano y a mí por el comportamiento de aquellos. Nada que disculpar. Es más, nos estábamos divirtiendo mucho. Nuestro carácter rural nos hacía sentirnos más identificados con los que comían, bebían, cantaban y bailaban que con los que sólo comían y bebían. Nuestros primos nos dieron las gracias por el intento. Pensaron que estábamos siendo amables. No nos creyeron. Sonó ”Sweet Caroline”. Los jugadores de rugby se abrazaron durante el estribillo y la corearon. ¿Sólo los jugadores de rubgy? Bueno, también se unieron los dos hermanos rurales que pudieron demostrar a sus primos que, además de amabilidad, para jugar al rugby sólo les faltó jugar al rugby, que el resto de cualidades las tenían. Y quedaron todos disculpados.

“Sweet Caroline” no es una canción cualquiera. Al menos no lo es para mí. Era una canción agradable, entrañable, bonita hasta que vi “Beautiful girls” (mi película generacional por excelencia junto a “Alta fidelidad”) y allí, en aquel bar, en pleno invierno, Timothy Hutton se sentó al piano. Uma Thurman nunca estuvo más guapa. Los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos. Y “Sweet Caroline” cruzó el umbral.

martes, 1 de agosto de 2017

Moureau

Fuimos Sanfélix y yo a ver “La notte” a la Filmoteca d'Estiu (cuando íbamos al cine. Qué tiempos). “La notte”, de Michelangelo Antonioni, con Marcello Mastroianni, Mónica Vitti y Jeanne Moureau. Terminó la película. Salimos. Comenzamos a caminar hacia casa.

-Muy lenta.

-Y un tanto aburrida.

-Bastante pretenciosa.

-Y pedante.

-Me ha encantado.

-A mí también.

Seguimos andando.

-Y tú, ¿con quién? ¿Con Mónica Vitti o con Jeanne Moureau?

Silencio.

Silencio.

Silencio.

-Creo que con Jeanne Moureau, ¿y tú?

Silencio.

Silencio.

Silencio.

-Creo que también.

Descansa en paz, Jeanne Moureau. Te quisimos aquella noche (quella notte) como sólo dos mitómanos pueden querer. Y aquel fue sólo el primer día.

lunes, 24 de julio de 2017

Bernat Picornell

Mi hijo nadó la posta de braza en el relevo de 4x100 estilos y lo hizo mejorando en cuatro segundos la marca que tenía en piscina de cincuenta metros.

Mi hijo nadó la posta de braza en el relevo de 4x100 estilos y lo hizo mejorando en cuatro segundos la marca que tenía en piscina de cincuenta metros. Y no fue en una competición convencional. Lo hizo en un campeonato de España.

Mi hijo nadó la posta de braza en el relevo de 4x100 estilos y lo hizo mejorando en cuatro segundos la marca que tenía en piscina de cincuenta metros. Y no fue en una competición convencional. Lo hizo en un campeonato de España. Y no fue en una piscina cualquiera. Fue en la Bernat Picornell, en Barcelona, piscina donde, entre otros, Alexander Popov o Janet Evans fueron campeones olímpicos en los Juegos del 92.

Hijo mío, eres extraordinario.

miércoles, 12 de julio de 2017

Cuando estás hablando con un mejicano y te entra el complejo tonto, al tratar con un extranjero, de tener que contarle todo lo que sabes sobre su país

Y entonces nombras a Chavela Vargas y resulta que no la conoce.

Por otra parte, y haciendo referencia a cierta organización, se me ha escapado -estos parecen el ejército de Pancho Villa. Él se ha reído. -Le he entendido perfectamente.