domingo, 19 de noviembre de 2017

Quince

El sábado empezó mal. Me tocó trabajar y fue un desastre. De hecho hemos tenido que volver esta tarde a resolver lo que quedó pendiente. Llegué por los pelos a la competición de mi hijo. No lo descalificaron en doscientos espalda aunque, en un viraje, no vio las banderas y casi abre con el brazo el bordillo. –Mal pinta la cosa para mañana. Luego llegó el cien braza y, efectivamente, hijo mío, eres extraordinario. 1’ 18” 50 ganando su prueba (Fernando, tu reinado se tambalea). Y ahí vi el cielo abierto. Mañana tengo que estar a la altura de mi hijo. Y cuando esta mañana me he enterado de que el Madrid, como me temía, no nos pasó por encima y empatamos pensé que no sería cuestión de mal fario si no me salía la carrera. Los hados no estaban en contra. Estaba en mis manos. Y en mis piernas. Y en mi cabeza.

La preparación de este año del maratón ha sido algo distinta. La mudanza del Barbas a la capital nos ha traído su método. Básicamente era el de siempre (rodaje suave, rodaje semi largo, series cortas, series largas y largo) pero las series se van haciendo en progresión y se meten muchas carreras como parte del plan. Y como nosotros somos unos mansos a los que todo nos viene bien, pues nos apuntamos. A estas alturas ya no tenemos nada que perder. Y ha resultado muy ameno. Tengo dos días clavados y son los dos largos que enlazamos con las medias maratones de Valencia y de Xirivella, dos largos que terminé sin cadena, corriendo como un poseso, sintiéndome muy fuerte. Y soñaba con que el final del maratón fuese algo parecido. Los tres últimos había sufrido lo indecible (Valencia 2014, Barcelona 2016 y Castellón 2017) y pensaba que ya me tocaba sufrir menos.

No he pasado buena noche. A los desvelos tradicionales de la noche previa se han unido un par de calambres que me han hecho ver las estrellas. Pasarse la mañana y parte de la tarde de pie no es la mejor manera de descansar para un maratón. Tal vez los hados no estuviesen en contra, pero el optimismo tenía que seguir en cuarentena. Además, el abductor derecho, el que me había retirado el año anterior y que había estado mudo durante todo el plan, llevaba tres días manifestándose. Y me preocupaba.

A las siete y media había quedado con Javi y con Ángel. Mañana fresca sin una nube. Hemos ido trotando hasta el otro lado del Jamonero. Allí estaba el Barbas. Hemos calentado y, a las ocho y cuarto, me he metido en el cajón donde ya estaban Juan, Gustavo y Jose. A las ocho y media, disparo, “Libre” y a correr.

¿Cuál era el objetivo? La verdad es que durante el plan me he visto muy bien. Pero el maratón me ha dado tantos guantazos que prefería ser prudente así, cuando me preguntaban, respondía –si termino estará muy bien. Si bajo de tres diez estará muy muy bien. Si bajo de tres cinco estará muy muy muy bien. Y si bajo de tres horas estará mal medida. Así que, voy a salir a cuatro veinticinco y a ver qué pasa.

Lo de los ritmos es muy relativo. Al final corres y es el cuerpo el que manda y el reloj sólo atestigua. Nada más salir, Jose se ha ido a por las tres horas. Gustavo, como siempre, no ha cumplido lo que decía y ha salido apretando. Y nos hemos quedado Juan y yo. Juan tenía ganas de tirar e iba haciendo la goma. Yo iba a lo mío. Y he pasado el cinco y el diez a cuatro veinticinco clavado. En el nueve he mirado de reojo donde me retiré el año pasado. No he dicho nada. El abductor tampoco decía nada. Así estás muy bien. Calladito. El quince ya se me ha ido un poco. En el diecinueve, bajando Blasco Ibáñez, notaba las piernas cargadas. –Se avecina muro. Luego me he rehecho algo y he pasado la media en 1:32:48. Entre muy muy bien y muy muy muy bien.

Aquí Juan ya se ha quedado. Del veintiuno al veinticinco me he sentido fenomenal. Es la parte que pasa más cerca de casa y allí estaban Ana y los críos. Y Víctor. Y Amparo. Y Patricia y Sara. Y Sanfélix y familia (nunca falláis. Sois los mejores). En el veinticinco he tenido un bajón. Tal vez me había dejado llevar demasiado por la euforia en los kilómetros previos. Un par de gasecitos y me he recuperado. He cogido una botella de isotónico que me ha acompañado hasta el treinta. No miraba el reloj. Sabía que tenía que llegar hasta el Bioparc. Muchas veces no sabía en qué kilómetro estaba. Iba de avituallamiento en avituallamiento. Y cuando estos llegan pronto es que la cosa va bien. Y llegaban pronto.

En el treinta ya iba adelantando gente de diez en diez. Iba pensando que tranquilo, que el tío del mazo llegaría en cualquier momento y que no era cuestión de despilfarrar fuerzas, pero mi cuerpo iba por libre. En el treinta y uno he cazado a Jose (tienes dos días para estar triste pero ni un minuto más. Era el día de intentarlo y lo has intentado. ¿Ha salido mal? ¿Y qué? Lo tienes, así que terminará saliendo. Y reitero mi oferta para el año que viene. Te vienes dos meses y verás un dos en meta como una catedral).

He llegado al Bioparc. De ahí ya para meta. Seguía bien. Al pasar el treinta y cinco he mirado el reloj. –Si haces a cinco minutos el kilómetro acabas en tres siete. Ronda. Archiduque Carlos. Avenida del Cid. Seguía corriendo muy entero. Tenía que llegar a San Agustín. Ahí empieza el pasillo hasta meta. Iba eufórico. Seguía pasando gente. He llegado al pasillo. Colón. Glorieta. Navarro Reverter. Allí, como en tantísimos sitios, estaban los climaturios. He empezado a gritar. Kilómetro cuarenta. Ahí me he atascado. Doscientos metros malos. Para adelante. Ya estaba hecho. Cuarenta y uno. Sanfélix y familia de nuevo. La bajada al río. -¡Ya está! ¡Ya está! Palacio de las Artes. Hemisferic. A falta de quinientos metros he mirado el reloj. Si los haces en menos de dos y medio bajas de tres tres. Museo de las Ciencias. Kilómetro cuarenta y dos. El plan del Barbas había funcionado.

Los últimos ciento noventa y cinco metros del maratón de Valencia son espectaculares (y los primeros cuarenta y dos kilómetros también. Esta carrera es fabulosa y mejora de año en año). Montan una pasarela con moqueta azul sobre el estanque del Museo de las Ciencias y, al fondo, la meta. Cuando he subido a la pasarela me he vuelto loco -¡Me lo he ganado! ¡Estoy aquí porque me lo he ganado! No quería que la meta llegase nunca. Sólo quería seguir disfrutando. Y la meta ha llegado en un suspiro. Tres horas, dos minutos y veintinueve segundos. Muy muy muy bien. Once minutos menos que hace nueve meses en Castellón. Y a la altura de mi hijo.

Tengo maratones con mejor tiempo. Eso es verdad. Pero lo de hoy no ha sido sólo cuestión de cronómetro. Me gusta correr. Correr forma parte de mi vida desde hace más de cuarenta años. Me gusta mucho correr carreras. Y de todas las carreras que pueda haber, ninguna hay como el maratón. Y nunca puedo evitar volver a enfrentarme a él. Y enfrentarse al maratón siempre es una batalla sin cuartel. Me ha derrotado, he tenido victorias pírricas y otras incontestables. Y hoy ha sido de estas últimas. No hablamos del cronómetro. Hablamos de sensaciones. Y hoy me he sentido como un torero en una faena cumbre, templando y mandando. Hoy he sometido al maratón, con todas mis dudas, con todos mis miedos, sintiéndome cada vez más poderoso, cada vez más grande. Hoy he sido feliz. Hoy he sido inmensamente feliz. Pocas cosas hay en el mundo que me produzcan sensaciones tan hermosas. Soy corredor. Soy corredor de maratón. Soy maratoniano. Soy muy afortunado.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Lagarto, lagarto

El fin de semana del diecinueve y veinte de noviembre del año dos mil dieciséis el Atlético de Madrid jugaba en casa contra el Real Madrid, mi hijo competía en las pruebas de doscientos espalda y cien braza y se celebraba el maratón de Valencia. El Atlético de Madrid perdió cero a tres, mi hijo fue descalificado en los doscientos espalda y en el kilómetro nueve me retiré del maratón.

El fin de semana del dieciocho y diecinueve de noviembre del año dos mil diecisiete el Atlético de Madrid juega en casa contra el Real Madrid, mi hijo compite en las pruebas de doscientos espalda y cien braza y se celebra el maratón de Valencia.

martes, 7 de noviembre de 2017

La montaña y mi estómago

Soy corredor de asfalto. O de pistas de tierra. No me importa subir o bajar. No le tengo miedo al cronómetro. Odio la montaña (o el trail como les gusta decir a los acomplejados quiero y no puedo que necesitan introducir términos en inglés para darse importancia). No quiero preocuparme por dónde piso. Correr, sí. Triple fractura de tibia y peroné, no. Pero una cosa sí que le reconozco a las carreras de montaña. Allí pasan cosas. Una de asfalto puede resumirse en dos líneas. Las de montaña, especialmente para los que la pisamos poco, tienen más miga.

Volvimos a “Árboles y Castillos”, una carrera por equipos y por etapas (quince esta vez) que se corre entre las localidades de la comarca valenciana del Camp del Turia. Cuatro años fuimos (2007, 2008, 2009 y 2010). Luego llegó la crisis, se acabó el patrocinio y Correcaminos dejó de organizarla. El año pasado la Mancomunidad del Camp del Turia la retomó y este año estuvimos de nuevo en la línea de salida junto a otros veinticuatro equipos, la mayoría de la zona, todos ellos de corredores. Runners, ni uno.

Tal y como empezamos a mover lo de inscribirnos, me pedí la etapa Villamarchante-Ribarroja. La conocía de 2009 y 2010, cuando la corrí, y donde me había ido muy bien. Casi trece kilómetros, con cuatro primeros llanos, luego una subida brutal a la Rodana Gran por un sendero que ni las cabras, una bajada larga por pista, una zona de toboganes también por pista, una última subida por donde tampoco se han visto nunca cabras y ya descenso hasta Ribarroja por camino.

Traté de buscar el perfil de la etapa por si había habido alguna modificación. No venía en la página oficial. Sí encontré un resumen de la etapa, donde se decía que era ideal para los amantes de las carreras de montaña. Sentí una punzada en el estómago. Luego me reí. –Exagerados. Tampoco era para tanto.

Llegamos temprano a Villamarchante porque quería rodar media hora antes. Me fui por lo que era el principio de nuestra etapa. Vi cintas puestas, aunque alguna salida no quedaba bien indicada. Me acerqué a uno de la organización y se lo hice saber. -Tranquilo, por aquí vienen los que salen de Loriguilla. Vosotros vais por la montaña, no por aquí.

Pinchazo en el estómago.

Volví hacia la zona de la salida. Empecé a ver gente pertrechada con bastones y mochilas de agua. Pinchazo en el estómago. Me acerqué a un corredor del equipo de Villamarchante. Le pregunté por el recorrido. Me informó que hasta la cima de la Rodana Gran coincidía con la carrera de montaña que organizan en el pueblo. Luego, pues como siempre. Más o menos.

Pinchazo en el estómago.

Dieron la salida. Doscientos metros, giro a la derecha y todo para arriba. Subí bien. Cogí mi sitio y, dando saltos de piedra en piedra, pues avanzaba. El problema llegó cuando empezamos a bajar. Aquello era todo roca. Yo bajaba como Chiquito de la Calzada. Me pasaron tres de los que no sé cómo hacen para bajar tan deprisa sin matarse. Llegamos abajo y nos metimos por un camino por donde se podía correr. Los tres que me habían pasado bajando me los merendé en cien metros. Vi cuatro a los lejos y les fui recortando. Llegamos a las faldas de la Rodana Gran. Empezamos a subir. Uno de ellos se puso a andar enseguida. –Pronto empiezas. Cayó. Al siguiente lo pasé corriendo. Al tercero lo pasé ya en el tramo final, cuando no te queda más remedio que andar. El cuarto fue superado cincuenta metros después de hacer cumbre.

A partir de ese momento comenzaba el terreno conquistado. Me tiré por la pista aquella oteando el horizonte buscando nuevas víctimas. No veía a nadie. Bueno, a nadie corriendo. Mucho senderista y mucho ciclista. En un cruce los tenían parados para dejarnos pasar. Al llegar, escucho:

-¡Vamos, villaescusero!

Héctor, un amigo de J.P. Subidón. Sigo corriendo. Aquí tendría que estar el agua. No hay agua. Nadie por delante. Se acaba la bajada. Comienzan los toboganes. Al final de uno de ellos, una mesa con botellas. Tenía que parar a cogerla. Yo no paro. Trato de coger una. Tiro cuatro o cinco. Sin agua, a hacer puñetas. Sigo corriendo. Nadie por delante. Veo a uno de la organización, que me indica que, a cien metros, tengo el desvío para la segunda subida sin cabras.

-¡Vas séptimo!

-¡Fenomenal!

Giro para iniciar la subida. Arriba veo la camiseta roja de mi antecesor. No lo pillo. Da igual. Subo como puedo. Llego arriba. Otro de la organización. -A la izquierda, cuarenta metros y a la derecha. Bajada técnica.

Pinchazo en el estómago.

-¿Cómo de técnica?

-Muy técnica.

Izquierda. Cuarenta metros. Miro a la derecha. Me paro. Delante de mí, el abismo. No sé lo que sentirá un saltador de esquí arriba del trampolín de Garmish Partenkirchen, pero no se debe de ir mucho. Una bajada con una pendiente demencial toda ella de tierra suelta y de piedras desprendidas sin apenas vegetación a los lados por donde poder agarrarse. Comienzo a bajar de lado. Resbalo. Me caigo. Bajo a cuatro patas boca arriba. –Que no me esté viendo nadie. Que no me hagan fotos. Estoy esperando que en cualquier momento empiecen a pasarme los que bajan como locos. No pasan. Incomprensiblemente termina el tramo malo. Vuelvo a correr. Vuelvo a ser corredor y no un pelele. Sólo hay que llegar a la carretera, cruzarla y ahí está la meta. Junto a la carretera, una chica de la organización.

-Hay que cruzar por el tubo.

El tubo es un colector de un metro de diámetro. Hala, a agacharse y a correr como un jorobado. Salgo del colector, cincuenta metros y veo las banderas de meta y escucho los gritos de los climaturbios que allí estaban. Llego. He llegado. -¿Qué tal? –Dos cosas. La primera es que el año que viene volvemos. Esta carrera es fabulosa. Y la segunda es que a mí en esta etapa no me volvéis a ver. Mi estómago es demasiado delicado para tanto pinchazo.

Aunque ahora que estoy escribiendo esto…, no lo sé. Joder, siempre igual.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Grandes momentos de la historia de la natación

Primer control de la temporada en la categoría alevín. Cuatrocientos libres y doscientos estilos. En las listas de la competición, ordenadas por tiempos, mi hijo figura en segundo lugar en los cuatrocientos libres y en quinto en los doscientos estilos. Da gusto verlo arriba en la lista sabiendo que va a nadar en la serie buena, en la de los mejores. Es un control. Es una toma de tiempos. Hay que relativizar. En la serie buena. Con los mejores.

Cuatrocientos libres. 4’ 51” 70 como marca acreditada. Sale por la calle cinco. Preparados y silbato. Pasa bien el cien. Van dos destacados y, tras ellos, mi hijo y otro emparejados. Pasa bien el doscientos, mejorando su marca. En el trescientos parece flojear. Se descuelga del tercero. Saca fuerzas de no sé dónde, se revoluciona en el último cincuenta y, en la llegada, le mete la mano al que iba delante quedando tercero. 4’ 50” 26. Bien. Primera prueba de la temporada y mejorando.

Doscientos estilos. 2’ 44” 41 como marca acreditada (en piscina de cincuenta). Sale por la calle dos. Preparados y silbato. Al terminar la mariposa va un nadador destacado con otros tres, entre los que se encuentra mi hijo, pisándole los talones. Al terminar la espalda ya van los cuatro emparejados. En la parte de braza se pone mi hijo en cabeza. Faltan cincuenta metros. A crol. Todo el mundo va bien a crol. Ciento setenta y cinco metros y me hijo sigue en cabeza. Mi hijo nada como si no hubiese un mañana. Yo grito como si no hubiese un mañana. Quince metros. Diez. Cinco. Mi hijo toca el primero. Gana. Ha ganado. Mi hijo ha nadado en la serie buena y la ha ganado. 2’ 33” 66. Un tiempazo. Hay que relativizar. Es sólo el principio. La temporada acaba de empezar. Hijo mío, eres extraordinario.

domingo, 22 de octubre de 2017

Momentos musicales

G. decidió celebrar a lo grande sus cincuenta años y su vuelta a la vida tras una operación de corazón. El hecho de tener amigos de, más o menos, mi edad con problemas cardiacos y que, además, se ponen simpaticones con las camareras más jovencitas tendría que hacerme pensar pero ya lo haré un día de estos. Alquilaron un local bastante comomolita y allá que nos fuimos a acompañarle en su celebración. Me vi en varias fotos con una frente más estrecha y un pelo rizado digno de cualquier Gibson Brother de color negro al cien por cien (de peso estoy igual. Que se jodan los gordos) y me ubiqué junto al resto de los que habían pasado más de siete años de su vida en el Politécnico junto a la puerta por donde salían las camareras con bandejas de comida y bebida, bandejas que nos ofrecían mientras soportaban el fino sentido de la galantería de alguno (no diré el nombre) que habría hecho enrojecer a los hunos. La música que sonaba de fondo había sido seleccionada por el anfitrión e incluía todos los topicazos ochenteros que en la zona de Valencia fue etiquetada como “música remember”. Esto de escuchar siempre la música no deja de ser una desgracia y, si bien me lo estaba pasando en grande con mis amigos, deseando estaba que el homenajeado se acercase por nuestra zona para, con delicadeza, decirle que muy bien todo pero que vaya puta mierda de música, Y mientras me repetía aquello de –en cuestión musical no estoy en posesión de la verdad absoluta- de repente, “This charming man” de The Smiths (gracias, Sanfélix). Y acto seguido, “All i need is everything” de Aztec Camera (gracias, Sierpe). Y cuando estaba interrumpiendo la conversación del grupo cantando desatado –i wish myself into your arms to know that all i need is everything- apareció el cincuentón reciente ya sin arritmias y muy bien todo y me has hecho tan feliz que ya no me acuerdo de lo que te tenía que decir.

Hay canciones que siento que son mías porque llevan muchos años conmigo y me resulta insoportable cuando me las quita la chusma. Sufrí mucho cuando Ana Belén hizo llegar al populacho el “Se te olvida (la mentira)” de Los Panchos. De hecho, creo que no he vuelto a escucharla. (Ana Belén ocupa un puesto de honor en mi ranking de personas más queridas por haberme hecho odiar esta canción y por las masacres que cometió con “Qué será” de Chico Buarque y el “Piano man” de Billy Joel). Se me abren las carnes cuando cualquier mendrugo que no sabe ni quién es Adamo entra en trance gilipollesco con “Mi gran noche” de Raphael. Y estoy empezando a recuperar el “Ain’t no mountain high enough” de Marvin y Tami. Hay una canción que está en el filo y es “Don’t stop me now” de Queen. Ésta canción es mía aunque no sea más que porque me compré el “Jazz” cuando Freddie Mercury terminaba de estrenar bigote. Y me fastidiaría mucho perderla porque es una canción que me revoluciona siempre. Esta mañana misma, en la media de Valencia, al paso por el dieciséis estaba sonando y de ahí a meta he ido sin cadena. Y el sábado pasado también sonó en la boda del último primo que nos quedaba por colocar por parte materna. Y sonó como paso previo al baile, para animar a la gente. Y cuando se acercó mi hermano a decirme -¿vamos ya a pegarle dos sopapos preventivos al pincha discos para que sepa quién manda aquí y a quién tiene que respetar?- le respondí –deja, deja, que tiene buena pinta. Dos sopapos, no. Doscientos teníamos que haberle dado. Vale que no iba a poner sólo música para contentar a los primos viejunos del novio, pero, coño, hazme caso en alguna de las quinientas peticiones que te he hecho, gilipollas. Y el colmo fue cuando, una de las veces, le dije, -y que sepas que en un rato volveré para pedirte canciones de los Bee Gees.

-¿De quién?

-De los Bee Gees.

-No los conozco.

-Cuando sea Dictador Supremo de una tiranía ultrafascista máxima de atmósfera irrespirable habrá ejecuciones masivas por muchísimo menos.

De la fiesta, la víspera y del baile el paso previo. Y ahí sí, ahí bailé con todo. Antes de que me la quiten.

sábado, 7 de octubre de 2017

Los Bazter tocaron mejor en Uclés que en El Pedernoso

Volvemos con la sección "Títulos sin entrada". Lo clavaste, Senséi.

domingo, 1 de octubre de 2017

For once in my life

“For once in my life” era una canción entrañable. El chaval está contento. Ha ligado (por primera vez en su vida), se siente feliz y lo canta a los cuatro vientos. Fenomenal, oye, y nosotros bien que nos alegramos por ti. Ya nos la presentarás. Eso fue hasta que llegó Stevie Wonder y convirtió una canción entrañable en una canción devastadora envuelta en un celofán que le da una apariencia inofensiva (mis canciones favoritas). Porque cuando Stevie Wonder canta –por primera vez en mi vida tengo a alguien que me necesita- piensas –menos mal. Porque hay que ver lo que ha pasado este muchacho. En la voz de Stevie esta canción es un triunfo después de mil derrotas, es la luz tras el diluvio, es coronar un ocho mil después de diez intentos fallidos y dieciséis compañeros muertos, es ganar la Champions tras haber perdido tres finales. Es un verdadero himno a la autoconmiseración y eso, para un seguidor de la Gran Medusa que tiene a la autoconmiseración, al desencanto y al sedapenismo por encima de la fe, de la esperanza y de la caridad, hace que “For once in my life” se eleve a hors catègorie. Aunque, por otra parte, pienso que esta versión tiene tanta fuerza que podría con cualquiera, aunque no simpatice con la Gran Medusa. Puedo perfectamente imaginarme a Hugh Hefner (que en paz descanse (de una vez)) cantando -For once I can say, this is mine, you can't take it. As long as I know I have love, I can make it. For once in my life I have someone who needs me- con los ojos vidriosos y creyéndosela a pies juntillas. Y a Kim Yong-un y a Mike Tyson. Y esto no está al alcance de cualquiera. Stevie, que eres uno de los grandes es una evidencia. Y que figuras en el santoral de los granmedusitas, también.

martes, 26 de septiembre de 2017

Yo no gané el Tour de Francia

Escribí hace tiempo que la principal razón por la cual nunca gané el Tour de Francia es porque en ninguna parte me habrían recibido para celebrarlo. El hecho de ser de muchos sitios es lo mismo que decir que no eres de ninguna parte. Nací en Madrid pero me fui de allí a los quince años. Desde entonces vivo en Valencia pero, a pesar de estar muy a gusto aquí, pues valenciano no soy. Y, por razones familiares, estoy muy ligado a dos pueblos de Cuenca separados seis kilómetros entre sí, la capital y la aldea del Secarral, donde he pasado a lo largo de mi vida muchas temporadas pero siempre cuando el tiempo pasa despacio. Nunca viví allí. Así, de la misma manera que uno no es como se ve sino como lo ven los demás, uno no es de donde se siente sino de donde le aceptan, por mucho que en cualquier conversación con cualquier desconocido antes de cinco minutos ya haya citado veinte veces a la capital y a la aldea. Por eso, puesto que si hubiese llegado con mi maillot amarillo diciendo –vamos a celebrarlo- me habrían respondido –tiralpijo, forastero- nunca gané el Tour.

La cosa empezó a cambiar recientemente. Siempre estuve más vinculado a la capital que a la aldea del Secarral porque allí pasé más tiempo, ya que es en la capital donde mis padres tienen casa. Tras casarnos Ana y yo la balanza entre capital y aldea comenzó a equilibrarse. Y el deporte y, sobre todo, la mejor carrera del mundo (ya llevamos cinco ediciones) hicieron que mi relación con la aldea se disparase. Y siempre corrí allí como local. Y tres veces subí al podio (las tres en edición impar. El año que viene no toca). Y el Tour de Francia volvió a aparecer en la lontananza. –Tal vez haya llegado ya el momento.

Pero siempre tuve la espina clavada con la capital. En mis sueños paseaba mi maillot amarillo seis kilómetros arriba y abajo. Sabía que tenía más fácil ser Papa o negro que local allí, pero no por ello nunca dejó de molestarme que de todas las carreras que en la capital corrí, al inscribirme detrás de mi nombre pusieran la f de forastero. Y llegó la “Subida al Castillo”, del circuito de la Diputación. Y me inscribí como miembro que soy del equipo de corredores que organiza (Somarruning). Y en el reglamento ponía que todos los miembros del equipo serían considerados locales. Y, tras mi nombre, en la lista de inscritos, no había una f sino una l. Y corrí. Y fui tercero. Y subí al podio. Y me dieron un trofeo maravilloso, trofeo que ya ha entrado a formar parte de mi colección exclusiva.

Soy local en la aldea y soy local en la capital. Mi sueño se ha cumplido. Tour de Francia, llegó el momento. Mañana mismo me compro una bici de carreras.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Vengo bordeando la orilla más seca

Nos escapamos este verano un día a Madrid mi hermano, sus dos hijos, el mío mayor y yo. Nos fuimos al Calderón. Teníamos que despedirnos. Estaban regando el césped. Las gradas se veían cuidadas. No parecían tener mucha confianza en empezar la temporada en el Wanda y tenían el estadio a punto. Dimos la vuelta al campo por dentro. Nos sentamos en la zona del Frente Atlético. Guti maricón. Nos sentamos en los banquillos. Bajamos a los vestuarios. Confieso que lo que más ilusión me hacía era hacerme una foto en el lugar que Fernando Torres ocupaba en el mismo pero a final de la temporada pasada lo habían desmontado. No hubo foto. Una pena. Estuvimos en la sala de prensa. No respondimos preguntas. Previamente habíamos estado en el museo. Emocionante. Si hubiera sido el museo de cualquier otro equipo de fútbol habría pensado –vaya puta mierda- pero el rojo y el blanco distorsiona mis entendederas. Las pasiones no se explican. Veía los trofeos y recordaba a Hugo Sánchez, a Alfredo, a Schuster, a Futre, a Simeone, a Pantic, a Kiko, a Miranda, a Falcao, a Forlán, a Godín. Hice fotos a las camisetas de Torres y de Pantic. Me relamí viendo imágenes de goles legendarios. Pero he de admitir que lo que más me emocionó del museo fue lo siguiente: 


“Buena Disposición”. Nacha Pop. Nacho García Vega. El Atleti. Se me vino el año 82 de golpe. Siempre tendré dieciséis años.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Yo salí con una nadadora de natación sincronizada uzbeka

Hay veces que tengo el título pero no tengo entrada. Hay veces que me llegan frases (en este caso, de un amigo de Ana) que piden que escriba algo que pueda estar a la altura y merezcan ese título. No lo hago y las frases terminan perdiéndose y borrándose de mi memoria. Y no. Se acabó. Abramos una nueva sección. Al igual que hay entradas sin título, creemos la sección "Títulos sin entrada". Demos la oportunidad de mostrar su brillo a lo que brillo posee.

martes, 29 de agosto de 2017

Marta

Estaba tumbado en el sofá sufriendo un apasionante Chelsea Arsenal. Estaba con un cabreo de mil demonios porque, desde la superioridad moral que poseo frente a los futboleros por ser un enamorado del atletismo (el deporte más maravilloso que existe), me resultaba inconcebible que en Teledeporte estuviesen retransmitiendo un partido de fútbol mientras se estaba corriendo la maratón femenina del pasado Mundial en Londres. Es cierto que se podía ver por internet, pero uno de los encantos que tiene la aldea del Secarral es que allí sigue siendo más efectivo el correo ordinario que el electrónico o los Whatsapp, así que, entre resignado y rabioso, esperé el descanso del partido. Conectaron. Llevaban cincuenta minutos de carrera. Una atleta iba destacada y, detrás, el grupo principal. Allí distinguí una camiseta roja y una forma de correr que me resultaba muy familiar. ¿Es Marta? Es Marta. ES MARTA. ¡ES MARTA!

Marta Esteban es de la familia. No es nada extraño cruzarte con ella corriendo por el viejo cauce del Turia. La conozco desde hace mucho. No la conozco personalmente, pero sé quien es, claro. Antes eran muy pocas chicas. Además, ella y Luis, su novio, son muy amigos de Tomás climaturbio. Y la hemos visto crecer. La hemos visto progresar. Al principio la tenía en el punto de mira. Me sacaba poco. Llegué a ganarla incluso. En Valencia. En Massamagrell. Luego empezó a estar cada vez más lejos. Y más lejos. Y más lejos. Y veíamos su progresión. Y sus marcas. Asombrosas. Y seguíamos viéndola por el río, cada vez más delgada, cada vez más deprisa, cada vez corriendo con más estilo. Y llegaron las mínimas. Y estuvo en el Mundial de medio maratón. Y llegó la mínima olímpica, aunque no fue seleccionada. No estaba entre las tres mejores. Y llegó la mínima mundialista. Y su selección. Y allí, en Londres, corría Marta y corríamos todos. Porque Marta es nuestra. Es de la familia. Entrena donde nosotros. La vemos por las carreras que corremos. Y allí estaba, en Londres, en el Mundial, corriendo con el grupo de favoritas. Nuestra Marta estaba allí. Y corrió como una campeona. Y mantuvo el tipo. Hizo un marcón. Vigésimo primera del mundo. Cuarta europea. Primera española. Espectacular. Impresionante. Marta, qué grande eres y qué orgullosos estamos.

Gonzalo, presidente y patrón (plata o plomo) de los corredores (o somarros) de la capital del Secarral, tiene un horno. Una de sus clientas, una mujer mayor, le dijo un día -pues mi sobrina también corre. Ahora todo el mundo corre, así que no era de extrañar. -Pues que se apunte con nosotros. Es más, en la última carrera que se corrió aquí, el premio local femenino quedó desierto. Lo tiene fácil -Mi sobrina es muy buena, no te creas. Gana carreras y todo. Un lunes de agosto, mientras compraba el pan, le comentó a Gonzalo -¿Sabes? Ayer estuvo corriendo mi sobrina en Londres. Y quedó muy bien, la número veintitantos. Porque, señores, ¡Marta Esteban es oriunda de la capital del Secarral! ¡Marta Esteban es de mi pueblo (bueno, de uno de ellos)! ¡Ahí tienen ustedes el porqué!

martes, 22 de agosto de 2017

Los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos

Mundial de vóley playa celebrado recientemente en Viena. A cada cambio de campo y al final de cada set por la megafonía sonaba el fragmento de alguna canción. Una de las veces pudo escucharse “Sweet Caroline”. El público la coreó. Yo también.

Mundial de atletismo celebrado recientemente en Londres (aquí abro paréntesis para volver a repetir que el atletismo es el deporte más maravilloso que existe. Y cierro paréntesis). En los escasísimos instantes en que no se estaba disputando ninguna prueba por la megafonía sonaba el fragmento de alguna canción. Una de las veces pudo escucharse “Sweet Caroline”. El estadio la coreó. Yo también.

Fuimos de boda a Valladolid. La boda era familiar. Se casaba uno de nuestros primos, jugador de rugby él. Sus compañeros de equipo no se sentaron ni un momento durante el convite. Los hermanos del novio, nuestros primos, poco menos que nos pidieron disculpas a mi hermano y a mí por el comportamiento de aquellos. Nada que disculpar. Es más, nos estábamos divirtiendo mucho. Nuestro carácter rural nos hacía sentirnos más identificados con los que comían, bebían, cantaban y bailaban que con los que sólo comían y bebían. Nuestros primos nos dieron las gracias por el intento. Pensaron que estábamos siendo amables. No nos creyeron. Sonó ”Sweet Caroline”. Los jugadores de rugby se abrazaron durante el estribillo y la corearon. ¿Sólo los jugadores de rubgy? Bueno, también se unieron los dos hermanos rurales que pudieron demostrar a sus primos que, además de amabilidad, para jugar al rugby sólo les faltó jugar al rugby, que el resto de cualidades las tenían. Y quedaron todos disculpados.

“Sweet Caroline” no es una canción cualquiera. Al menos no lo es para mí. Era una canción agradable, entrañable, bonita hasta que vi “Beautiful girls” (mi película generacional por excelencia junto a “Alta fidelidad”) y allí, en aquel bar, en pleno invierno, Timothy Hutton se sentó al piano. Uma Thurman nunca estuvo más guapa. Los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos. Y “Sweet Caroline” cruzó el umbral.

martes, 1 de agosto de 2017

Moureau

Fuimos Sanfélix y yo a ver “La notte” a la Filmoteca d'Estiu (cuando íbamos al cine. Qué tiempos). “La notte”, de Michelangelo Antonioni, con Marcello Mastroianni, Mónica Vitti y Jeanne Moureau. Terminó la película. Salimos. Comenzamos a caminar hacia casa.

-Muy lenta.

-Y un tanto aburrida.

-Bastante pretenciosa.

-Y pedante.

-Me ha encantado.

-A mí también.

Seguimos andando.

-Y tú, ¿con quién? ¿Con Mónica Vitti o con Jeanne Moureau?

Silencio.

Silencio.

Silencio.

-Creo que con Jeanne Moureau, ¿y tú?

Silencio.

Silencio.

Silencio.

-Creo que también.

Descansa en paz, Jeanne Moureau. Te quisimos aquella noche (quella notte) como sólo dos mitómanos pueden querer. Y aquel fue sólo el primer día.

lunes, 24 de julio de 2017

Bernat Picornell

Mi hijo nadó la posta de braza en el relevo de 4x100 estilos y lo hizo mejorando en cuatro segundos la marca que tenía en piscina de cincuenta metros.

Mi hijo nadó la posta de braza en el relevo de 4x100 estilos y lo hizo mejorando en cuatro segundos la marca que tenía en piscina de cincuenta metros. Y no fue en una competición convencional. Lo hizo en un campeonato de España.

Mi hijo nadó la posta de braza en el relevo de 4x100 estilos y lo hizo mejorando en cuatro segundos la marca que tenía en piscina de cincuenta metros. Y no fue en una competición convencional. Lo hizo en un campeonato de España. Y no fue en una piscina cualquiera. Fue en la Bernat Picornell, en Barcelona, piscina donde, entre otros, Alexander Popov o Janet Evans fueron campeones olímpicos en los Juegos del 92.

Hijo mío, eres extraordinario.

miércoles, 12 de julio de 2017

Cuando estás hablando con un mejicano y te entra el complejo tonto, al tratar con un extranjero, de tener que contarle todo lo que sabes sobre su país

Y entonces nombras a Chavela Vargas y resulta que no la conoce.

Por otra parte, y haciendo referencia a cierta organización, se me ha escapado -estos parecen el ejército de Pancho Villa. Él se ha reído. -Le he entendido perfectamente.

martes, 4 de julio de 2017

Tú vales, chaval. Benidorm. Barcelona

Mi hija dice que quiero más a su hermano que a ella. Sabe que no es verdad, pero es mujer y ya sabe cómo utilizar el victimismo y el chantaje emocional. Ana dice que parezco la madre de la Pantoja. Pudiera ser. Si tuviese que definirme, la frase “padre de nadador” ocuparía un lugar preponderante. Es cierto que estoy viviendo la carrera natatoria de mi hijo con mucha intensidad. No es que le presione para que mejore, ni les diga a los entrenadores lo que tienen que hacer ni trato a los otros padres en función de los tiempos que hacen sus hijos. No soy así (los hay). Pero sí que voy a donde haya que ir a la hora que sea para que el chaval nade, me sé de memoria todos sus tiempos y sufro mucho en cada competición. Disfruto con emoción contenida (mira que me cuesta) cuando las cosas salen bien y disimulo con todas mis fuerzas el disgusto que tengo cuando no salen tan bien. ¿La madre de la Pantoja? Supongo que sí.

Esta temporada ha sido muy buena. Era su primer año en categoría alevín y aquí la cosa ya empieza a ponerse seria, tanto en los entrenamientos como en el nivel en las competiciones. Y ha estado muy bien. Cada vez que se tiraba al agua mejoraba su marca. Ha crecido mucho y ha cambiado físicamente (lo normal a los trece años) y eso se nota. Y cómo entrena, en cantidad y en calidad. Y el esfuerzo tiene sus frutos. La natación (y el deporte) es una escuela de vida. Y valores tan fascistoides como son el esfuerzo, el sacrificio, la disciplina, la constancia, la fuerza de voluntad y la capacidad de sufrimiento, pues oye, a lo mejor le son útiles en el futuro. Por lo menos en el presente lo están siendo. Y no sólo eso. Siempre digo a quien quiera escucharme que lo que más valoro de todos los años que llevo corriendo son los amigos que he hecho. Luego, las experiencias que he vivido. Y ya, después, las marcas que tengo. Y trato de animar a mi hijo en ese sentido. No tengo duda de que en el deporte podrá hacer muy buenos amigos. Y los está haciendo. Y también le digo que nunca desaproveche ninguna oportunidad que tenga en forma de viaje o de ir a una competición que sea singular.

La principal competición de esta temporada para su categoría, aparte del campeonato de España, era el campeonato autonómico de verano. Cuando me enteré de que le tocaba organizar a la federación de Alicante me alegré. Mi hijo iba a tener la oportunidad de viajar y de convivir un fin de semana con el resto de nadadores. Iba a tener la oportunidad de vivir algo que será imborrable. Y cuando salió publicado que sería en Benidorm, pues nada, a Benidorm, madre, hermana y madre de la Pantoja incluidos.

Pero el viaje a Benidorm había que ganárselo. Para ir al autonómico tenía que hacer alguna mínima. Y alguna hizo. De doce pruebas se sacó la mínima en diez (100, 200, 400 y 1.500 libres, 100 y 200 braza, 100 y 200 mariposa y 200 y 400 estilos). Este dato lo he dado quinientas mil veces más que las que mi falsa modestia me permitía, pero como no es opinión sino información, pues oye, que se sepa.

Luego está el campeonato de España, que este año se celebra en Barcelona. Ahí es más caro ir. Las mínimas son mucho más exigentes. Y éstas están muy lejos. ¿Muy lejos? Sí, muy lejos.

Benidorm. Campeonato autonómico o cómo poner los pies en la tierra. Yo estoy muy orgulloso de mi hijo pero no para cegarme e ignorar que nunca será olímpico ni irá a un Mundial. Y allí lo empecé a corroborar. Cómo nadan. Tíos como armarios con catorce años. Aunque también pensé que éste era el primer año de alevín de mi hijo y será el año que viene su campeonato.

Pero también me fui a Benidorm con las mínimas para el campeonato de España en un papel. No se lo dije a mi hijo. Esto era cosa mía. Sabía que estaba poco menos que imposible, pero… ¿quién sabía?

Jornada matinal del sábado. Nadó primero el cien braza. Bien, mejorando su tiempo. Cerraron la sesión con el relevo del 4x100 libre. Mi hijo hizo la segunda posta y quedaron quintos. Lo hizo bien, mejorando. Pero en las dos pruebas habían quedado lejos de la mínima nacional. Y me sentí un tanto despagado. Y también me sentí un imbécil. Si seguía así me lo iba a perder, así que rompí las hojas con las mínimas y me concentré para la sesión de tarde, con un cien libre donde estuvo en su sitio y un mil quinientos formidable mejorando de lejos su marca y quedando segundo en su serie nadando por la calle ocho.

El domingo por la mañana se tiró tercero en el relevo de 4x200. Quedaron cuartos. Lejos del tercero, pero cuartos. Y para la tarde, y como fin de fiesta, el cuatrocientos estilos. Colosal. Fabuloso. Portentoso. Me emocioné y me emociono. Hijo mío, no harás mínimas nacionales, pero viendo cómo entrenas y, sobre todo, cómo compites, no puedo decir que esté orgulloso de ti. Lo que puedo decir es que te admiro. Lo mínimo que uno puede desearle a sus hijos es que sean mejores que uno mismo. Hijo mío, yo quiero ser como tú.

El lunes estaban todos concentrados en la piscina de cincuenta metros donde han hecho la preparación las últimas semanas. El entrenador los quiso convocar allí para comentar el fin de semana y como acto de despedida. Los que tienen mínimas seguirán entrenando allí hasta el campeonato nacional y, el resto, en la piscina del club hasta las vacaciones. Yendo para allá me llamó la presidenta. -¿Vas a venir? Pásate, que tenemos que comentar una cosa.

Por supuesto pensé si había hecho algo malo, pero no me acordaba. Entré. Saludé. Se acercó el entrenador. Me explicó que la mínima en los relevos para el campeonato de España se puede conseguir de dos maneras, bien en competición, bien por suma de tiempos individuales y, en el caso del 4x100 estilos, la tenían de esta segunda manera y habían decidido que mi hijo hiciese la posta de braza. Pero, claro, había que pagar licencia, desplazamiento y hotel y tenía que dar mi autorización.

¿Me estáis preguntando si tengo alguna objeción que pueda impedir que mi hijo nade en un campeonato de España? ¿Me estáis preguntando si tengo alguna objeción que pueda impedir que yo vea a mi hijo nadando en un campeonato de España?

Hija mía, yo te quiero mucho. No puedes ni imaginarte cuanto. Pero soy la madre de la Pantoja. Una vida abnegada y nunca reconocida, plena de ingratitud y de sinsabores y que requiere de responsabilidad y de ciertas obligaciones. Nos vamos a Barcelona.

domingo, 25 de junio de 2017

Ola de calor

Independientemente de la longitud de una carrera la salida siempre es importante. Hay que colocarse bien para poder coger el ritmo cuanto antes. En cada carrera echamos un vistazo a cómo es la salida, si es estrecha o ancha, si es una recta larga o tiene giros cercanos, si se sale por cajones según los tiempos acreditados o arreu. Y en función de ello, pues adaptas tu calentamiento para colocarte cinco, diez, quince y hasta veinte minutos antes. No se trata de salir el primero. Se trata de colocarte en tu posición según tu ritmo y pasar ya el primer kilómetro en el tiempo previsto. La gente, por lo general, suele ser respetuosa aunque, con la llegada de los runners, siempre te encuentras con bultos sospechosos nada más salir que van casi andando y que se han colocado con los negros en la cuerda porque ellos lo valen (el otro día, en Faura, en una carrera de nueve kilómetros con constantes subidas y bajadas, con una de ellas, la de la Rodana, que se subía andando dada la pendiente, una muchacha, runner ella, al grito de preparados, listos adoptó la posición de un ochocentista en la salida, inclinando el cuerpo hacia delante y levantando mucho el brazo trasero. Cien metros le duró el efecto). Y como pienso que los atletas más veteranos tenemos la obligación de enseñar a los recién llegados y como también pienso que una buena colleja a tiempo es pedagogía pura, pues me hincho a repartir magisterio a dos manos. Y en sus insultos leo su agradecimiento por haberles hecho entender la importancia de respetar una salida.

La semana pasada se celebró la tercera edición del Duatlón Cross en la aldea del Secarral. Teníamos la salida prevista las 18:30. Y vino la ola de calor. Y la alerta naranja, que terminaba a las 20:00. Y hasta esa hora decidimos retrasar la salida. Y a las ocho en punto ya estábamos colocados todos tras el arco en la línea de salida, cada uno ocupando su posición en función del ritmo al que pensaba salir. ¿Todos? Bueno, todos, todos…igual no estábamos todos. En realidad no estábamos ninguno. Eran las ocho de la tarde y tras el arco no había un alma. El termómetro marcaba treinta y siete grados. Cincuenta metros detrás del arco había una sombra y allí estábamos todos. Allí sí, a la sombra mientras el tío Javier nos regaba con una manguera. Luego ya nos reclamaron. Y tuvimos que adelantarnos y ocupar nuestro puesto. Y salimos. Nunca había visto nada así. Nunca vi una salida igual.

domingo, 18 de junio de 2017

Los chicos con las chicas

Nuestro hijo tiene trece años. Acaba de terminar primero de la ESO. Su primer año en el instituto. También es nadador y entrena a diario. En su clase hay chicas. Entrena con chicas. Va cambiando. Ha crecido. Siempre le observo. Siempre. A él y a sus amigos, a quienes muchas veces llevo y traigo de piscina en piscina. Suelo llevar a tres. Tienen sus conversaciones. Son muy chicos. Un tanto borricotes. Les va cambiando la voz. Les va cambiando el cuerpo. Siguen siendo niños.

Me llamó un día un padre para pedirme si podía acercar a su hija a la piscina donde entrenaban. Sin problema. La chica, de la edad de mi hijo y sus amigos, es muy mona. –Mira, vamos a hacer un experimento. A ver cómo se comportan estos tres cuando esté ella delante. Vamos a ver en qué punto está su adolescencia.

Ni caso. No la hicieron ni caso. Los tres siguieron con sus mismas conversaciones, con su mismo comportamiento. Yo me sentía apurado. Era yo quien trataba de darle conversación a la muchacha. La cría me respondía con monosílabos. Y aquellos tres con lo suyo. El resultado del experimento fue concluyente. Y tranquilizador, sobre todo para Ana. Ya tendrá tiempo para hacer el gamba nuestro hijo. No hay prisa.

Nuestra hija tiene diez años y medio y ya ha sufrido su primer desengaño amoroso. Está a punto de terminar quinto de primaria. Él se llama Jorge. La otra niña, Paulina. Jorge es su amigo de siempre, desde infantil. Paulina ha llegado este año. Paulina ha tejido su red sin prisa. Jorge es chico (Ana defiende la teoría de que todos los tíos somos gilipollas. No encuentro argumentos para rebatir su afirmación. No se libran ni los Premios Nóbel). Jorge ha caído. Nuestra hija siempre sintió que tenía la posesión. Paulina ha ganado y ahora nuestra hija llora. Ana fue a recogerla al colegio y se la encontró hecha un manojo de lágrimas. Un helado de chocolate y caramelo después nuestra hija parecía haber recobrado el ánimo. No te preocupes. Lo superarás. Él es tonto. Ella es tonta. Yo no sé qué hacer, si matar a Jorge o darle un abrazo porque creo que sólo podría haber una cosa peor a que ella sufra mal de amores y sería que sufriese bien de amores. Pero esto ha entrado ya en un camino que no me gusta nada. Porque a ver, hija mía, de verdad, ¿qué prisa tienes? ¿Por qué no aprendes de tu hermano?

domingo, 4 de junio de 2017

Canciones que me estaban esperando

Montar un grupo musical durante los sesenta en el Reino Unido era como juntarte con un amigo en un garaje californiano y crear una empresa de carácter informático. La probabilidad de que fuese bien era del cien por cien. Algo había en el ambiente, desde luego. Se ensalza el factor humano, pero no hay que desechar que la casualidad no existe. El mérito también estaba en el lugar y en el momento. Y el que estuvo allí entonces se lo llevó.

Uno de los grupos que apareció en el Reino Unido a mitad de los sesenta (la grandiosa Invasión Británica) era The Zombies. ¿Canciones de los Zombies? Hombre, “She’s not there” y “Time of the season”. ¿Alguna más? Pues sí. Están “How we were before”. Y “The way i feel inside”. Y “Whenever you’re ready”. Y “This will be our year”. Y “Can’t nobody love you”. Y “Care of cell 44”. Y “Gotta get a hold of myself”. E “Indication”. E “I want her, she wants me”. Y “Friends of mine” (las he enlazado todas por el gusto de volver a escucharlas. Creo que no da calambre si se pulsa encima. Y hay vídeos muy buenos). Canciones melosas, blandengues, ñoñas, muy melódicas, muy moñas. Canciones fabulosas (no podía ser de otra manera allí y entonces) que me dijeron aquello de -¿dónde has estado todo este tiempo? Porque The Zombies han tocado recientemente por España (todavía viven, sí) y, por ese motivo, pusieron por la radio algunas canciones suyas. Y saltó la alerta. Y bendita sea esta época en que tenemos acceso a todo. Y no tuve la sensación de estar descubriendo canciones. Eran canciones que me estaban esperando. Y ha sido una descortesía por mi parte haberlas hecho esperar tanto tiempo. Pero no ha parecido importarles. No tenían prisa. Sabían que, antes o después, llegaría para quedarme.

lunes, 29 de mayo de 2017

Siempre seré un niño si me tratas con cariño

Mi favorito era el pegamento Imedio. ¿Porque era el que mejor pegaba? No. Estaba el Supergén, que nunca fallaba. Ningún cromo se despegaba con Supergén. Ni ninguna foto en los trabajos del cole. ¿Porque era el que mejor olía? Todos los pegamentos olían bien. No sé cómo no me hice adicto. Pero Imedio tenía algo que lo distinguía, una característica que hacía que lo tuviese en lo más alto del podio. Cuando te quedaban restos de pegamento Imedio sobre la piel, esos restos formaban una película sólida y arrancarse esa película era un placer de dioses, un placer incomparable. ¿Incomparable? Bueno…

Mi azarosa, desde la caída del mundo de la construcción y del acero, vida laboral me ha llevado ahora hasta el sector de la fibra de carbono. Todo es nuevo. Hasta el idioma (¿Cuál es la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo highlightear? Yo highlighteo, evidentemente). El proceso de producción de las piezas de fibra de carbono es manual, con un moldeado y un curado en horno. Tras el curado, una vez hecho el desmolde y la retirada de piezas, un molde presenta el siguiente aspecto:

Es resina. No es pegamento Imedio. No está sobre mi piel. Pero sirve. Tengo resina en abundancia y todos los días. No hay vez que pase junto a los moldes antes de su limpieza que no ceda a la tentación de arrancar resina. El placer incomparable es comparable. Da igual estar en el primero o en el tercero de los cuatro días que son. Una vez más, el tiempo no cura nada.

lunes, 22 de mayo de 2017

Ferpectamente

Cuando en un reconocimiento médico te preguntan si bebes alcohol y las posibles respuestas son sí o no pues, como abstemio no soy, respondo con cierta vergüenza y con ganas de matizar la respuesta. Porque no soy un alcohólico. Soy lo que se llama un bebedor social. Incluso puedo decir que soy un bebedor geográfico, ya que a nivel del mar no pruebo el alcohol durante semanas y es subir a la meseta y hasta el agua de los floreros. Pero no tengo problemas de conciencia. No siento que sea un enfermo. Ni siquiera cuando en los reconocimientos me incluyen dentro del grupo de los que beben.

Hice la mili con veintisiete años. La hice en Paterna, muy cerca de Valencia. Entonces estaba en todo su apogeo lo que se conocía como la “Ruta del bacalao”. Mis queridos compañeros de mili tenían casi todos dieciocho años y eran asiduos a la misma. El viernes salían atacando y el lunes aparecían tras haber pasado tres noches sin dormir de discoteca en discoteca. Fumaban porros como quien respiraba y trapicheaban con pastillas con toda la naturalidad del mundo. Yo estaba escandalizado. Era mayor que ellos, pero me daban mil vueltas. Y llegué a apreciarlos de verdad, porque eran muy buenos chavales, pero su forma de divertirse, que para ellos era normal, a mí me tenía los ojos como platos.

Nos fuimos de maniobras y me tocó la no siempre reconocida labor de cantinero. En la parte trasera de un camión monté mi chiringuito y allí vivía. Tenía una visión reducida del exterior, ya que las lonas del camión la limitaban, y tenía la sensación de ser espectador de una obra de teatro con personajes que entraban y salían y con los que me relacionaba ( ahora a eso se le llama interactuar). Como la tropa se pasaba el día por ahí pegando barrigazos tenía bastante tiempo libre, tiempo que aprovechaba para leer (“Rayuela” de Cortázar. Lo recuerdo) y para irme a correr. Estábamos por la zona de Alcublas y Casinos, en plena comarca de los Serranos, y no podía desaprovechar esa oportunidad. Dejaba a alguno de los que estaban por allí despistados vigilándome el negocio y a subir y bajar. Una de las veces, tras terminar y ducharme, me subí al camión y me bebí una cerveza. En ello estaba cuando apareció la tropa en escena. Y noté que me miraban y que hablaban entre ellos. Y uno de ellos, uno de los ruteros, porreros, pastilleros, se acercó y me dijo:

-Pero Furri, ¡tú bebes!

Si me hubiese pillado con una jeringuilla en las venas no habría puesto la misma cara.

-Bueno, técnicamente sí.

-Pero, tú eres deportista. Tú corres. ¿Y bebes? No lo entiendo. ¿Tú sabes lo que estás haciendo?

Cuestión de criterios, desde luego. No tengo problemas de conciencia. No siento que sea un enfermo. Pero vamos, que a veces no es fácil.

jueves, 11 de mayo de 2017

De porqué la vida no es una película romántica

Pues seríamos nueve o diez. Diría valientes pero tampoco era para tanto. Sólo uno de nosotros era mujer. S. Treinta y tantos. Morena, de larga melena rizada. El resto, varones de todas las edades. Nos agrupamos a las diez. La ruta la había preparado el tío Javier. La mayoría llevaba focos. Algunos de ellos podían iluminar un campo de fútbol. El mío no iluminaba un futbolín. S. ni llevaba. Salimos. Enfilamos con nuestras bicicletas hacia la Gotera. Íbamos agrupados. Una ruta nocturna no es una carrera. La noche era muy cerrada, sin luna. El cielo, completamente estrellado, deslumbraba por su belleza (ya sé que suena cursi, pero es que era así). De vez en cuando parábamos. ¿Estamos todos? Sí. Trago de agua y a seguir. S. y yo solíamos ir por mitad del grupo aprovechando la luz ajena. Se oyeron voces. Alguien de los que venían detrás tuvo una avería. El resto de los traseros se pararon con él (poco he salido con ciclistas, pero de ellos puedo afirmar tres cosas: la primera es que son mentirosos patológicos. Si un ciclista te dice que todo lo que queda es bajada o que sólo quedan cien metros de subida, échate a llorar. Lo segundo es que son los que mejor comen del mundo. No hay ruta sin comida y sin bebida. Y con colmo. Así tienen la barriga que tienen la mayoría. La tercera es que son tremendamente solidarios. Saben mucho de mecánica y están deseando demostrarlo así que, si hay avería, trescientas manos se acercarán a opinar y a ayudar). S. y yo tratamos de avisar a los que iban delante, pero no oyeron nuestras voces y, con la poca luz que llevábamos, decidimos pararnos a esperar a que nos alcanzaran los de detrás.

La noche oscura.

El cielo estrellado.

S. sacó su móvil y conectó una aplicación donde podían seguirse las estrellas y las constelaciones. La aplicación se hacía acompañar por una música muy sugerente.

Estábamos pegados.

Mirábamos al cielo.

Poníamos nombre a las estrellas.

Poníamos nombre a las constelaciones.

La música sugerente sonaba de fondo

Estábamos solos.

Solos en mitad del campo.

Era verano.

Y entonces pasó lo que tenía que pasar.

Nada.

Alfa Centauro. Beta Pegaso. Gamma Minotauro. Casiopea. Ganímedes. Al rato vimos luces. Se oyeron voces. La avería estaba reparada. Nos recogieron. Recogimos a los de delante. Enfilamos hacia la aldea. Llegamos como héroes. Nos tomamos unas cervezas de tamaño ciclista. Nos las habíamos ganado. Brindamos. Brindé con la Estrella Polar y le guiñé un ojo riéndome. Ya sé que suena cursi pero es que fue exactamente así.

viernes, 5 de mayo de 2017

Tres i quatre

Sin ánimo de ofender a mis amigos bibliotecarios voy a contar mi última visita a la biblioteca municipal que tengo más cercana de casa, recientemente reinaugurada, visita que hice con ganas, más que para que ver cómo había quedado, para ver cómo habían ampliado el catálogo, puesto que han cerrado otra biblioteca del barrio y se han traído a ésta todos los libros de aquella. La labor del traslado y acondicionamiento ha resultado hercúlea, pues han tardado tres meses en realizarla. La reinuguración fue, según me contaron, bastante vistosa, ya que muchos políticos se apuntaron a la misma, los mismos, seguro, que fueron al cierre de la otra. Y, tras tres meses de espera, me acerqué dichoso. Di una vuelta, ojeé, busqué novelas de Maj Sjöwall y Per Wahlöö (espero haber puesto todas las diéresis en su sitio) y, como no encontré, pregunté a las dos mujeres, una más mayor y otra más joven, que estaban detrás del mostrador. Nunca habían oído hablar de ellos. Nada que reprochar. Yo tampoco los había oído nombrar hasta hace un par de meses. Incluso me sentí reconfortado en mi ignorancia. Al fin y al cabo ellas trabajan con libros. Buscaron en el ordenador. Allí no tenían ninguno, efectivamente, pero me informaron en qué otras bibliotecas podría encontrarlas. Di otra vuelta buscando algún libro que llevarme a casa para leer. La mayor se ofreció para aconsejarme. Acepté su ofrecimiento. Me habló de un francés. Me acerqué hacia la estantería donde estaban sus libros. La más joven se acercó también y me dijo muy bajito:

-Haz caso a la directora. Es una lectora empedernida. Yo siempre le estoy pidiendo consejo para mí y para poder aconsejar a los demás.

-Gracias.

Cogí un libro del francés.

-Sí, ése. Es muy bueno. Es el primero de una trilogía de cuatro libros que…

Ya no escuche más. Empedernida. No lo dudo. Tengo el libro del francés en casa. Igual tardo un trimestre de cuatro meses en leerlo.

domingo, 30 de abril de 2017

Harry Quebert, eres mutonto, mutonto, mutonto

Una de las infinitas discusiones musicales que mantengo con mi padre trata sobre “Carmina Burana”, de Carl Orff. Él entra en éxtasis cada vez que la escucha y yo siempre le digo que menos lobos. Que sí, que es perfecta, tan bien orquestada, con esos coros tan solemnes. No le discuto su calidad, pero ¿música? No. Matemáticas, tal vez. Relojería si acaso. Una obra que podría haber sido escrita por una computadora. Porque para ser música le falta algo. Alma, si queréis. Luego remato la discusión diciendo que hay más música en cualquier nota de cualquier composición de Jobim o en cualquier gallo que pudiese haber soltado Otis Reding que en toda“Carmina Burana” y ya entonces pasamos directamente a los insultos personales.

¡Pasen y vean! ¡Entren, señores y señoras, a ver el espectáculo de Joël Dicker, autor de la célebre novela “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, un verdadero best-seller en toda la extensión de la palabra! ¡Entren y disfruten del espectáculo del joven Joël donde nada es lo que parece! ¡Pasen y admírense de lo bien que se aprendió la teoría este alumno aventajado y de su enorme habilidad al aplicarla! ¡Entren y sorpréndanse con el espectáculo de este fabuloso ilusionista y de todos los efectos (¿dónde está la bolita? ¿Dónde está la bolita?) que desarrolla a lo largo de la obra! ¡Déjense embaucar por las artimañas de este brillante prestidigitador! ¡Trucos! ¡Sorpresas! ¡Emoción! ¡Pasen y disfruten con el espectáculo de un gran artista, de este verdadero fenómeno de la técnica narrativa, que les mantendrá pegado a sus sillas desde la primera hasta la última página!

Mi estimado Joël Dicker: Creo que tiene usted treinta y pocos años y ya está usted forrado. Ha vendido una pila enorme de libros, los han llevado al cine y está usted considerado y reconocido. Aún así, permítame que le diga desde mi ignorancia y mi insignificancia que “La verdad sobre el caso Harry Quebert” está tan cerca (o tan lejos) de la literatura como “Carmina Burana” lo está de la música.

sábado, 22 de abril de 2017

Bellas anécdotas que convertimos en tradiciones y que, desde luego, eran para tanto

Abrimos una nueva sección cuyo primer capítulo podríamos titular –Never missed a cue (with emptiness all around).

Alejo. Alejo es de la cuadrilla del futbolín, es decir, que es amigo desde siempre y para siempre. A Alejo le quiero por infinitas razones. Una de ellas, importante, es porque me abrió la puerta de una habitación en cuya entrada podía leerse –Elvis Presley, habitación de la cual no he salido ni saldré, entre otras cosas porque dentro de un millón de años Elvis seguirá siendo el Rey y, por más tiempo que pase, jamás dejará de sorprendernos y de fascinarnos.

Alejo está emparentado con la localidad valenciana de Segart, situada en plena sierra Calderona. Y allí se pasaba temporadas. Durante dos (o tres) años, coincidiendo con el fin de semana de San Vicente, Maroto (por Dios, cuánto daño se ha hecho este hombre a sí mismo), Sanfélix y yo nos subíamos a pasar un día con él. Llegábamos a media mañana, recogíamos a Alejo y nos íbamos a subir y bajar por donde Alejo nos llevase. Fueron días muy agradables, andando todo el día por el monte, comiendo donde y cuando nos apeteciera (incluida la mona de Pascua, por supuesto), días que rápidamente mitificamos puesto que Alejo iba salpicando de recuerdos cada zona que pisábamos, algunos ciertamente morbosos, y a nosotros nunca nos hizo falta demasiado para hacer de la nada un hito, un recuerdo imborrable.

Lo mejor del día llegaba al final. Con el ocaso entrábamos en Segart. La música siempre fue uno más de nosotros, así que no era extraño que cantásemos. Y la primera vez que fuimos, a la vera del pueblo, con el sol ya detrás del horizonte, comenzamos a cantar “Are you lonesome tonight?”, por supuesto engolando la voz puesto que es imposible cantar canciones de Elvis sin engolar la voz (cuando digo imposible es imposible. Inténtelo ustedes). Y, al llegar al momento del recitado, surgió Alejo. Y mientras nosotros, muy bajito, tarareábamos uuuu, Alejo soltó aquello -I wonder if you're lonesome tonight. You know someone said that the world's a stage and each must play a part, etc. Y lo dijo con una chulería que ya hubiera querido para sí Elvis. Y, claro, aquello se convirtió en un momento cumbre, en un recuerdo imborrable, en un hito, en tradición. Y lo repetimos las siguientes veces que volvimos. Y entró a formar parte de mi memoria, pues no hay vez que escuche “Are you lonesome tonight?” sin que Alejo desplace a Elvis y sea a él a quien realmente escuche haciendo el recitado y no al Rey. Y se quedó a vivir ya para siempre en el fin de semana de San Vicente, porque da igual donde esté: cometas en la playa, la mona de Pascua y la voz de Alejo diciendo -Now the stage is bare and i'm standing there with emptiness all around. And if you won't come back to me then make them bring the curtain down.

lunes, 17 de abril de 2017

Mentes complejas, placeres sencillos

Volvía de la capital del Secarral camino de la aldea. No sé cuántos botellines nos habíamos tomado. Amigos y cerveza. Amigos de los de siempre, de los de toda la vida (y lo que nos queda). En la radio, Ella Fitzgerald (¡Ella es el swing, Zeppo! ¡Ella es el swing!). "From this moment on". "Bewitched". La felicidad tiene que ser algo muy parecido a esto.

domingo, 2 de abril de 2017

España, capital Estocolmo

Gunvald Larsson permanecía junto a la ventana observando a seis operarios en la calle, que a su vez observaban a un séptimo, apoyado en una pala.

-Esto me recuerda una historia-dijo. -Durante la mili, estábamos fondeados en Kalmar con un dragaminas. Yo estoy en la cabina de mando junto al segundo de a bordo, y el vigía viene y me dice -Mi teniente, hay un hombre muerto en el muelle. -Chorradas- dije. -No, mi teniente- insiste- en el muelle hay un muerto, de pie. -¡No hay muertos de pie en los muelles!- digo- ¡A ver si te espabilas un poco, Johansson! -Pero, mi teniente -repite- ¡tiene que estar muerto! Le he estado vigilando todo el tiempo y lleva horas sin moverse. Entonces el segundo de a bordo va, se levanta, se asoma por la portilla y dice -Bah, es sólo un operario municipal.

El obrero de la calle dejó caer la pala y se fue con los demás. Eran las cinco y seguía siendo viernes.

-¡Vaya organización!- dijo Gunvald Larsson. -Todo el tiempo parados, mirando.

-¿Y tú que haces?- pregunto Melander.

-Pues aquí parado, mirando. Y si el jefe local de policía tuviera su despacho en frente, sin duda se pondría delante de su ventana a mirarme a mí. Y si el jefe nacional de la policía estuviera aquí, en la planta de arriba, miraría al jefe local. Y si el ministro del Interior...

-Anda, calla y coge el teléfono- interrumpió Melander.

"El hombre del balcón". Maj Sjöwall y Per Wahlöö. 1967.

lunes, 27 de marzo de 2017

Grafarpögn Hantverkargatan

Son muchas las horas que paso en las piscinas ejerciendo de padre de nadador. Y son muchos los ratos que paso con la mayoría del resto de padres que ejercen. Las conversaciones que mantenemos suelen moverse casi siempre por los mismos sitios: actualidad, fútbol, competiciones, la educación de los hijos, viajes, entrenamientos y críticas. De vez en cuando echo de menos hablar de otros temas y lanzo un globo sonda pero cuando te responden -¿los qué?- tras mencionar a los Kinks mientras suena de fondo “You really got me”, pues casi mejor nos quedamos donde estamos.

Había un padre que no tenía muy controlado. Se relacionaba poco y parecía un tanto huraño. Y en una competición apareció con una camiseta con la carátula de un disco de Thelonious Monk y Miles Davis. Y te podrá gustar o no el jazz, pero un tío que se pone esa camiseta seguro que tiene muchas cosas interesantes que contar, así que a por él que me fui.

-Me gusta tu camiseta.

Nos hemos hecho muy amigos. De la música pasamos al cine y del cine a la literatura (da la casualidad que también es del sesenta y seis y de que estudiamos en la misma Escuela. La casualidad no existe). Y, por una vez, no se trató sólo de una sucesión entusiasta de monólogos, sino que estamos ejerciendo cierta influencia el uno en el otro. Él ya ha empezado a leer a Dostoievski y, puesto que es un fanático de la novela negra, me hizo una lista de sus autores y libros favoritos, comenzando por los nórdicos y por ellos he empezado. Dos libros me he leído ya y me apetece comentarlos.

¿Existe Islandia? Bueno, en los mapas sale. Y hace no demasiado un volcán de por allí dejó a un montón de aviones en tierra. La lista de islandeses famosos ocupa lo mismo que la de héroes italianos. Yo, realmente, sólo conozco a tres: Bjork, Gudjohnsen y Finnbogason. Y ahora he de añadir a un cuarto: Arnaldur Indridason, autor de “La mujer de verde” (también publicada como “Silencio sepulcral”), primero de los libros recomendados leídos. En unas excavaciones que se han hecho en Rejkiavik (todos juntos: Rejkiavik, Rejkiavik) aparecen unos huesos humanos. A partir de ahí se van desarrollando dos historias paralelas que, a su vez, se van desdoblando y que terminarán convergiendo. ¿Que qué me ha parecido el libro? Muy bueno. Muy bien escrito, con unos personajes muy bien desarrollados (salvo, quizá, los dos ayudantes del inspector Erlendur, protagonista de la investigación, que podían haber dado más juego) y con una trama que te posee por completo. ¿Que si me ha gustado? No. Nada. Bien está que la literatura te haga sentir, pero todo dentro de un límite. Porque ésta no es una novela sino un fenómeno atmosférico, y no precisamente el anticiclón de las Azores, sino uno de esos accidentes meteorológicos que abren los noticieros con recuento de víctimas y balance de los daños. Porque una cosa es sufrir y otra es lo que te ocurre leyendo este libro, uno de los que puedes decir, y sin pretensiones efectistas, que no eres la misma persona al terminarlo que cuando lo empezaste. Y no, no me gusta sufrir tanto. No me gusta sufrir tantísimo. Así que, señor Indridason, bienvenido a mi lista de islandeses conocidos, perdón por su cuarto puesto y me temo que hasta nunca salvo que algún día se cierren las heridas que su libro me ha causado, algo que dudo ya que estoy de acuerdo con su inspector Erlendur cuando afirma que el tiempo no cura nada.

Maj Sjöwall y Per Wahlöö (espero haber puesto todas las diéresis en su sitio) son (o fueron) un matrimonio sueco que entre 1965 y 1975 escribieron y publicaron diez novelas, de treinta capítulos cada una, protagonizadas por el inspector Martin Beck. Ambos eran comunistas convencidos y decidieron utilizar el soporte de novela negra para dejar caer sus críticas contra el, entonces, idílico modelo sueco (pero, ¿cómo? ¿Suecia no era el paraíso?). “Roseanne” fue la primera de estas novelas y ésta es la que me he leído, no porque mi mente cuadriculada me obligue a seguir el orden (no es necesario) sino porque fue la que encontré en la biblioteca. Para dar mi opinión sobre dicha novela utilizaré un símil tan poco sueco y tan valenciano como son las mascletaes. ¿Cómo me gusta que sea una mascletá? Para mí lo fundamental es el ritmo. Una buena mascletá no ha de perder nunca el ritmo, un ritmo que debe ir creciendo de manera progresiva, sin cortes ni altibajos. El comienzo tendrá que ser ya poderoso y ha de terminar con un terratremol apoteósico y prolongado que te reviente tanto los tímpanos como los lacrimales. Podrá tener otro tipo de aditamentos pero, manteniendo esta estructura, el cum laude ya se lo doy. Pues bien, “Roseanne” me ha parecido una mascletá de las buenas. Tiene un ritmo fabuloso, tanto que parece que haya sido escrito utilizando un metrónomo. El libro comienza con la aparición de un cadáver (una novela negra sin muerto es como un belmonteño sin chándal: inconcebible), continúa con un ritmo implacable que va aumentando sin pausa para terminar con una sucesión de escenas que te dejan sin respiración. Sí que aparecen críticas contra la sociedad sueca, pero siempre desde la ironía, una ironía que te provoca desde la sonrisa hasta la carcajada, y siempre dejadas caer como quien no quiere la cosa. Así que aquí estoy, dejándome las manos aplaudiendo al senyor pirotecnic. Mis queridos Maj y Per, ruego me hagan un hueco en sus agendas. Creo que tenemos nueve citas pendientes.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Metáfora


Bueno, sí. Es un ciprés pequeño vencido por el viento que se apoya en otro más grande. Y la letra lambda escrita en vegetal. Pero también es algo más. ¿El qué? Pues…eso. Algo más.

jueves, 9 de marzo de 2017

Sabes que te lo has pasado bien cuando ha sonado “El tiburón” y la has bailado

La frase es de Ana y es perfectamente extrapolable, Y a ello vamos. Siguiendo con la crisis de los cincuenta estaba pendiente quedar con la gente de la Escuela. De hecho se está moviendo una reunión de la promoción pero, como parece que va para largo, pues seis de los que éramos más amigos decidimos hacer un ensayo general. Y quedamos para cenar. He de decir que a cuatro de los cinco igual hacía diez años que no los veía. Siempre supe de ellos, pero, verlos, pues no. Y volvió a ocurrir aquello de juntarse y como si nos hubiésemos visto ayer (a veces pienso que los efectos del tiempo, sus propiedades curativas, sus efectos en la memoria y demás, están sobrevalorados. Hay muchas cosas inalterables, más de las que nos imaginamos). Tras cenar pues había que tomarse algo. Llegamos a un local donde un caballero hacía labores de portero. Nos dijo que podíamos entrar. –Gracias, joven. ¿Tienen algún reservado geriátrico? No quisiéramos incomodar. –No se preocupen. No creo que haya nadie tan joven como ustedes. Nos reímos. –Será cabrón el tío. Entramos. Volvimos a reírnos. Resulta que el de la puerta había dicho la verdad. Ser los más jóvenes. Qué sensación. Para no perder las buenas costumbres me acerqué al que ponía la música –Perdone, ¿podría poner “You should be dancing”? –Es que aquí sólo ponemos música en español. –Me parece fenomenal. Y allí estuvimos. Fue una gran noche. ¿Porque nos juntamos después de tanto tiempo? También. ¿Porque no paramos de charlar y de reírnos? También. ¿Porque siempre se está a gusto con los amigos? También. Pero no sólo por eso. Parafraseando a Ana, sabes que te lo has pasado bien cuando ha sonado “La revolución sexual” de La Casa Azul y la has bailado como un poseso (reumático, pero poseso). Lo pasamos bien. Muy bien. Y lo supimos.