domingo, 26 de febrero de 2017

Catorce prima

El maratón no es una carrera más. Sadam Hussein podría haberla definido como “la madre de todas las carreras”. Leí hace poco un artículo sobre el maratón y allí aparecían las palabras emoción y sentimiento. Y es cierto. Es la carrera que despierta las emociones más intensas. Por eso el maratón es diferente. Por eso cada maratón es distinto. Da igual los que corras; siempre sabremos cuántos hemos hecho y siempre distinguiremos perfectamente uno de otro (en mi caso recuerdo hasta la camiseta y las zapatillas con las que hice cada uno). Un maratón que empieza, para mí, diez semanas antes, cuando comienzo a seguir el plan a rajatabla, y que incluye no sólo los kilómetros sino los compañeros de los mismos. El plan no variará pero todos son distintos. Cada uno tiene sus ritmos. Cada uno, su compañía. Dentro del plan hay un día señalado y es un test de diez kilómetros diez días antes que te informa (y te miente) sobre tu estado de forma real. Ese día suele ser prácticamente festivo, ya que nos solemos juntar unos cuantos, vayamos a correr o no el maratón. Nos acompañamos y nos repetimos al final aquello de –ya está todo hecho (esta última vez lo hice solo. Me sentí muy extraño). Otro día muy especial para mí es cuando, unas treinta y seis horas antes de la carrera, salgo a rodar media hora muy suave. Ese rodaje lo hago siempre solo porque tiene algo de litúrgico. Me siento como un torero en la capilla de la plaza antes de salir al ruedo. Sentimiento y emoción en estado puro (unos lo llaman recogimiento. Otros, miedo). Y llega el día de la carrera. Y sales. Y cruzas la meta. Y el maratón no termina ahí. Todavía queda. Quedan los abrazos. Quedan las felicitaciones. Queda la crónica para los climaterios. Queda la entrada del blog. Queda cuando guardo el dorsal en la carpeta de los elegidos. Queda cuando permito a la camiseta oficial de la carrera la entrada junto al resto (las camisetas no se compran. Se ganan). Quedan las agujetas. Y queda el acto final, aquel en el que, definitivamente, se cierra el maratón y es cuando voy a la capital del Secarral y, en la casa familiar, sobre el armario que hay en mi habitación, donde están todas mis copas y mis medallas (mi altarcillo), cuelgo la medalla. Y la miro. Y las miro a todas. Y ese orgullo al mirarlas es el que siempre me empuja a volver, a pesar de las promesas, a pesar de los dolores, a pesar del sufrimiento, a pesar de saber que el maratón es de todo menos sano. Emoción y sentimiento. Algo más que una carrera. Mucho más.

lunes, 20 de febrero de 2017

Catorce

El pasado veinte de noviembre, en el kilómetro nueve, decía adiós en el maratón de Valencia. Y juré venganza. Cuando me retiré en Madrid en 2007, a pesar de que había sido por mi culpa, por ir a un ritmo que no era el mío en un perfil como aquel, me sentí derrotado por Madrid, y fue en 2011 cuando volví y sentí que la afrenta había quedado resarcida. Esta vez, a pesar de que fue un problema muscular, me sentí derrotado por el maratón. Y al maratón tenía que volver, a ajustar cuentas pendientes.

Castellón. No tiene medalla de oro. No es un major. No tiene el brillo de otras carreras, aunque puede presumir (y presume) de tener una campeona olímpica en su palmarés. Ni siquiera la ciudad figura entre las cincuenta capitales de provincia más bonitas de España. Pero su maratón estaba a trece semanas de Valencia. Y cuando uno suspende en maratón en noviembre en Valencia tiene la opción de volver a examinarse en febrero en Castellón (de hecho te hacen descuento). Las fechas encajaban. Además, desde Valencia puedes levantarte, ir, correr y volver. Y su circuito medía, exactamente, cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros. Y eso, para lo mío, era más que suficiente.

Pero sí, queda muy bonito y muy heroico decir –voy a Castellón a vengarme- pero luego hay que prepararlo. Y conforme la rabia iba menguando, ver todo lo que quedaba por delante, con las piernas llenas con los kilómetros de los meses previos, se me hacía duro. Menos mal que Gustavo decidió sumarse al reto. Era un regalo envenenado, ya que Gustavo nos lleva siempre al retortero, pero siempre es mejor acompañado que solo.

La preparación fue muy irregular. La lesión que me retiró resultó ser, al final, una contractura y a la semana ya estaba corriendo. Yo siempre corro con molestias en la cadera izquierda, algo a lo que me he acostumbrado y que soporto bien. El problema venía con los dolores que aparecían en la zona del abductor derecho, dolores que me hicieron levantar el pie más de un día de series cortas y que llegaron a su máxima expresión en la media de Picanya-Paiporta, cuatro semanas antes, y que me obligaron a retirarme en la primera vuelta (empezaba a ser una costumbre lo de retirarse). Ahí lo vi todo perdido, aunque decidí seguir los consejos de Rafa de visitar al fisio porque a lo mejor no era tan grave. Fui y me dijeron palabras como desequilibrio, piramidal, psoas y algunas más que no recuerdo, me mandaron unos cuantos ejercicios (he hecho más sentadillas en estas últimas cuatro semanas que en toda mi vida) y no me cerraron la puerta. De hecho la semana siguiente a la retirada no la perdí y llegué a hacer, aunque muy tranquilos, más de setenta kilómetros. Entonces levanté la cabeza, me estudié el plan, vi que quedaban tres días especialmente duros y determiné que si los superaba decentemente y sin dolor, me inscribía. 6x1000 (con Paco) a 3’42” de promedio, 1x12.000 (solo y con mucho viento) a 4’14” y 1x10.000 (solo) a 4’08”. No tuve dolores. Aquel mismo jueves, diez días antes de la carrera, me inscribí.

Aquí he de hacer mención a Gustavo. En Picanya hizo 1:24. Estaba como un tiro. Y, a partir de ahí, dolores (el ciático) y a parar. Una putada. Una pena. Te debe una el maratón, desde luego.

Castellón, diecinueve de febrero. Llevaban toda la semana dando lluvia pero, al final, no. Nubes al principio. Luego, no. Doce grados al principio. Luego, no. Decían 3.800 inscritos aunque han (hemos) terminado 1.500, por lo que no me cuadra mucho. A las seis y media salíamos de Valencia Ramón, Gustavo (que habían decidido venir a acompañarme. No sé si me quedarán días en este mundo para poder terminar de agradecérselo) y yo. A las siete y media estábamos por la salida. Calentando ya he visto que por allí había nivel y que runners había muy pocos. Baste decir que apenas se veían camisetas de la carrera, las favoritas de los runners. Me he confiado a la hora de entrar en mi cajón de salida y me ha tocado sufrir una cola enorme, con los nervios que ello te genera, ya que han puesto un pasillo muy estrecho. A las 8:56 entraba. A las 9:00, disparo y a correr.

A pesar de ese detalle, he de decir que la organización me ha gustado. La feria estaba bien, la bolsa del corredor era decente, daban agua cada dos kilómetros y medio, bebida isotónica cada cinco (en botellas de un tercio de litro. Una pena. La de bebida que se ha tirado) y geles y alimento sólido cada cinco también. El problema es que Castellón no es muy grande y hemos pasado veinte veces por cada sitio. Y tampoco es muy llana (¿de la Plana? Amos, no me jodas). No es el Himalaya, pero estás siempre subiendo y bajando. No son grandes pendientes, pero te acaban minando. Y la subida a la universidad y la vuelta desde el Grao tocan las narices. Pero, por lo general, muy bien, con mucho ambiente en muchas zonas (o en una zona por donde pasábamos muchas veces. No lo sé. Hoy he agradecido no conocer Castellón, porque te tiene que reventar ser consciente de todas las vueltas que estás dando). Una carrera con un regusto entrañable que recordaba al maratón de Valencia en febrero, mi maratón sin ninguna duda.

Mi objetivo era acabar. Por supuesto que iba a ir a lo que diese, pero la marca no era lo primordial. No estaba tan fino como para Valencia. No había podido entrenar tan bien. Aunque he de confesar que, como estaba bien de peso y, al final, había acumulado dos preparaciones, tenía la sensación de que, si el adbuctor o el psoas me dejaban, iba a terminar muy entero.

A pesar de no haberme colocado bien en la salida, he pasado el primer mil en 4:35. Perfecto. Pensaba que mi ritmo podía estar entre 4:25 y 4:30 el kilómetro y a ese ritmo iba. Los diez primeros kilómetros parecía la princesa del guisante: todo me molestaba, todo me dolía, todo me alarmaba. Pero no. Falsas alarmas. Iba avanzando. En el cielo había nubes, la temperatura era agradable y había una brisa que no molestaba. Y Ramón y Gustavo, que estaban por todas partes. Sí que existe el don de la ubicuidad. Puedo dar fe.

He pasado la media en 1:34:30. No estaba mal. Tampoco estaba para florituras, pero bueno. No tenía molestias. O tenía las habituales. La media estaba en el Grao, en el punto más bajo de la carrera. He hecho la vuelta muy bien. Pero ya no había nubes. Y la temperatura iba subiendo. Al pasar el treinta he visto que todavía iba a 4:30 de promedio pero he pensado –me da que no vas a terminar muy entero hoy. Joder, qué pedazo de muro. Ni siquiera la belleza arquitectónica y monumental de Castellón me servía de alivio. Menos mal que Ramón y Gustavo seguían siendo omnipresentes. Iba mendigando por un poco de sombra, por algo de aire. Llevaba mal cuerpo, no me entraba el agua y mucho menos el isotónico. Y los putos adoquines. Tendrían que prohibirlos. Lo que es el maratón, vamos, lo que te hace preguntarte siempre -¿de verdad es esto necesario? Y así, paso a paso, y de manera inexplicable, los kilómetros han ido cayendo (muy lentamente) y he llegado hasta el cuarenta. Y luego el cuarenta y uno. Y ya hemos subido la última cuesta y entrado en el parque Ribalta y, ya que estaba allí, pues he cruzado la meta. 3:13:21. He tenido días mejores pero había vuelto a cruzar la meta del maratón. Lo había vuelto a derrotar (y, sobre todo y más importante, había terminado el sufrimiento). Ya son catorce.

Casi salgo de la zona de meta. No podía moverme. No se me iban las ganas de vomitar. Quería comer y no podía. Quería beber y tampoco (Telepizza patrocinaba la carrera y había un montón de pizza. Imposible acercarme. Menos mal que estaba por allí la gente de la federación de atletismo (la carrera era también campeonato de España) que no ha dejado ni una miga). He cogido sitio para que me dieran un masaje y ya he reviscolado un poco. Y vuelta a Valencia. Conducía Ramón. Gracias a Dios.

Y ya está vengada Valencia. Sentía que tenía unas agujetas pendientes y aquí están. Unas agujetas gloriosas. Y también he sumado Castellón a mi currículo. Ahora me toca descansar y a pensar en las siguientes. Me apetece mucho empezar a correr carreras cortas. Me apetece volver al agua. Lo que hago siempre en estas fechas pero que siempre parece nuevo. Y ya sin ánimo de revancha, sólo por diversión. Porque, como dice Robert Reford en “El golpe” –la venganza no lo es todo…pero ayuda.

sábado, 11 de febrero de 2017

Canciones que no quiero compartir con nadie

Mis cassettes han desaparecido del lugar donde acumulaban polvo y han terminado dentro de una caja que, por supuesto, no voy a tirar, pero que tampoco sé dónde colocar. La caja no cierra bien y, por una ranura, asoma el lomo de una de ellas donde se puede leer Esclarecidos. Esta cinta se la grabé a Ana con mis canciones favoritas de los mismos, cinta que, con el tiempo, terminé escuchando mucho más que ella (no se debe regalar música. No se debe regalar música). Pensando en Esclarecidos pregunté a Google y me encontré con una entrevista de hace no demasiados años a Cristina Lliso, que aún sigue en la brecha. Hacía ella repaso del grupo afirmando, entre otras muchas cosas, que “Dragón negro” fue su disco más redondo (sí y no, querida Lliso. “Rojo” también merece un monumento). Además, se lamentaba del poco éxito que tuvo el que fuera su último disco, “La fuerza de los débiles”, disco que ella consideró como demasiado arriesgado. Hombre, no sé si arriesgado. Contundente si era. Y con canciones muy buenas. Y volví a escucharlo. Y, mientras lo hacía, le pregunté a Google por ese disco y leí palabras como influido, trip hop, Massive Attack, Tricky y Portishead. Portishead. Nunca he escuchado a Portishead (bueno, “Glory box” sí). Y me apetece. Vamos por orden. Empecemos por el primer disco. “Dummy”. Y he llegado a la segunda canción, de título “Sour times”. Y de aquí no salgo. No puedo salir. Y, por supuesto, deslumbrado como estoy, enamorado como estoy, la quiero sólo para mí. No quiero compartirla con nadie.

sábado, 28 de enero de 2017

Camaféus

Unos vecinos nuestros tienen un Smart. El coche lleva las letras CMF en su matrícula. Camafeo. Éste es su nombre.

Lo que se le hizo a la música durante los años ochenta debiera haber sido juzgado pon el Tribunal de la Haya. Hay algunas excepciones (Prefab Sprout, Cocteau Twins y algunos (pocos) más) pero los ejemplos de lo que durante esos años se perpetró podrían sepultar a los contraejemplos. Un genocidio de lesa cultura que ha quedado impune. Entre los ejemplos podría figurar “Rock me Amadeus” de un austriaco llamado Falco. Apareció a mitad de la década aprovechando el éxito (incomprensible) de la película de Milos Forman sobre Mozart y Salieri. La canción es tan mala como pegadiza. Cada vez que veo el coche de mis vecinos, y lo veo a diario ya que, al ser pequeño y manejable (cero sesenta), lo aparcan siempre frente al portal, empiezo a cantar, sin poder evitarlo, camafeo, camafeo, rock, rock me, camafeo.

Cuando mi carnet de identidad decía que yo ya era un adolescente, pues no lo era. Y pocas cosas hay más tristes que estar desubicado. Y el mayor templo que existió dedicado a mi desubicación estaba situado en una discoteca que había en la capital del Secarral. Algunas veces me daban arrebatos de personalidad y me iba a casa, pero esos arrebatos eran infrecuentes (mi hermano me los prohibía). Y así, pues muchas horas pasé en aquella discoteca, malbebiendo, nobailando, escuchando una música dirigida directamente a la boca del estómago, con “Rock me Amadeus” como uno de los himnos, y pensando –no se puede perder más el tiempo (cuando digo que si aquellos años los hubiese pasado en coma no habría sido una gran pérdida no es broma). Cada vez que veo el coche de mis vecinos, y lo veo a diario, mientras canto rock, rock me, camafeo, me veo sufriendo en aquella discoteca riéndome de lo que no me hacía gracia y nohablando con chicas porque para qué.

G. y T. eran y son primos. G. era de nuestra cuadrilla (entonces La Peña. Aún faltaba para ser absorbidos por los Faisanes). T. era miembro de las Pepas (aquí una breve semblanza sobre ellas). A G. y T. les gustaba “Rock me Amadeus”. Les gustaba mucho. O eso decían. A lo mejor no les gustaba tanto, pero no tenían muchos más temas de conversación, aparte de hablar de la familia. Y quedaron que, cuando sonase, tendrían que bailarla juntos, ya que ése, y no la sangre, era su gran nexo de unión. Supongo que T. lo diría por quitárselo de en medio, pero G. sí se lo tomó en serio. Y cuando, una tarde, en la discoteca sonó el himno, G. se fue a buscar a T. Y la bailaron. T. con una mezcla de desgana y asco que se esforzaba poco en disimular. G. con cara de circunstancias comprobando la relatividad del tiempo, pues nunca se imaginó que aquella canción fuese tan larga. Cada vez que veo el coche de mis vecinos, y lo veo a diario, mientras canto rock, rock me, camafeo y me recuerdo sufriendo en aquella discoteca, veo a T. y a G. bailando sin mirarse, arrepentidos, desganados, solos.

Qué ganas tengo de que mis vecinos cambien de coche.

O de que lo rematriculen.

O de que lo aparquen en el quinto pino.

lunes, 16 de enero de 2017

Vaselina

Los graciosos que tienen que hacer un chiste cada que se mencionan las palabras conejo o almeja. O cinco. Y tener que reír la gracia. La de chistes que me ha tocado soportar con la palabra correr. Y con la vaselina. Lo útil que es la vaselina. Nunca falta en mi casa. Antes de los chistes y de los malos pensamientos habrá que explicar qué es una rozadura, las que tiendo a sufrir corriendo (venga, chiste) y cómo se previenen. Maroto, el hombre que más daño a sí mismo, y yo. No sé dónde íbamos. –Si ves una farmacia, avisa, que tengo que comprar vaselina. Y ahora Maroto hará un chiste. No. No lo hizo. No dijo nada. Éste es mi chico, sí señor. Farmacia. Entro. Sujeto la puerta para que pase Maroto. Veo que se queda fuera.

-¿No entras conmigo?

-No.

No hizo un chiste, pero…

miércoles, 11 de enero de 2017

Hogar, dulce hogar

Vuelo transoceánico con destino a San Juan de Puerto Rico. El avión pertenece a una compañía aérea estadounidense y el vuelo transcurre en un cortés inglés norteamericano. El avión aterriza sin problemas. Del pasaje surgen unos cuantos aplausos tímidos. Una voz, proveniente sin duda de dentro de la cabina, suena en la megafonía:

-Ese aplauso boricua sonó pendejo.

La ovación, en un entusiasta español (spanglish) puertorriqueño, es atronadora.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Perdón por el retraso

El 32356 no tocó (tremenda novedad), lo cual significa que ya es Navidad, por lo que, como diría un amigo mío (Sanfélix), felices y celebro.

lunes, 26 de diciembre de 2016

I think there's something you should know

Vivo o muerto, George Michael será siempre esta canción y este vídeo (indisolubles). Podría hablar de otras canciones, de recuerdos, de batallas, pero sería distraernos de lo verdaderamente importante, que es lo que es, así que doy las gracias, me callo y vuelvo a escucharla y a verlo.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Estuve en León y me acordé de mí mismo

Existe una categoría de ciudades que podríamos definir como: menos mal que no vivo aquí porque si no pesaría doscientos kilos, y León figura entre ellas. Vean ustedes la siguiente foto:


Éste es el pincho que nos pusieron cuando nos pedimos tres botellines. Podría poner otra foto de los bocadillos de calamares o de la pila de sándwiches mixtos que acompañaron a sendos reos de vinos. Dentro del mapa de las dos Españas, (ciudades donde ponen pincho con las cañas y donde no), mapa a cuya elaboración pienso consagrar mi vida cuando por fin pueda comprar mi tiempo, León sin duda figura con letras de oro en la España fetén. Treinta y seis horas estuvimos allí y la mayor parte del tiempo comiendo y bebiendo. Ya empezamos en el tren. Los villaescuseros que íbamos nos fuimos a la cafetería y allí, pues nada -¿vais a la boda del novio? –Nosotros vamos a la de la novia, pero creo que es en el mismo sitio. Pues habrá que brindar. Pues venga. Salimos del tren hermanados con otros invitados. Y ya allí pues nos unimos al resto del grupo. Y vinos. Y tapas. Y habrá que tomarse algo. Y se nos acercó una chiquita recomendándonos un local. –Como aún es pronto os podemos poner la música que pidáis. -¿A los Bee Gees? –Música tan antigua no tenemos. –Error. Entramos en otro. -¿Podrías poner “You should be dancing”? –Si te la tengo te la pongo. “Night fever”. No te me la tenía pero sirvió. Allí nos quedamos. Un buen rato además. Y a la mañana siguiente, la boda. Y el convite. Con los aperitivos yo ya no podía más. Estoy de café, pacharán y gin tonic. Faltaba la comida. Y cayó. Y también cayeron por la noche los vinos y los bocadillos de calamares. ¿Doscientos kilos? O pue que blinque, que dicen en mi pueblo. Menos mal que no vivimos allí. Menos mal.

Existe una categoría de ciudades que podríamos definir como: me encantaría vivir aquí, y León figura entre ellas. El sábado por la mañana saqué un rato para hacer una de las cosas que más me gustan: turismo en zapatillas. Salí a rodar y callejeé, me perdí y me volví a perder. Y no me importó. Es más, me fastidió encontrarme pues eso significaba tener que volver. Qué ciudad. Y no sólo por su monumentalidad, que es tremenda. Había gente por todas partes y no eran turistas. Una ciudad viva. No me lo esperaba y no niego que me fascinó. Han sido horas las que hemos estado allí. Pocas. Muy pocas. Pero las suficientes para saber que allí tenemos que volver y con tiempo. O con todo el tiempo.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Sueltos (en primera persona)

“Robinson Crusoe”, en mi opinión, habría sido mejor libro si Defoe lo hubiese escrito en tercera persona. Crusoe, que llega náufrago a una isla y termina creando una explotación agrícola y ganadera sólo con sus manos y con un sistema de defensa espectacular. No tiene wi-fi ni monta una central nuclear pero sólo porque en el siglo dieciocho no se estilaba. Y si te lo cuentan en tercera persona, aunque la tentación del –sí hombre, y qué más- está siempre presente, pues puedes creértelo. Y si te crees la trama, el libro gana. Pero, al estar escrito en primera persona, te pasas todo el rato diciendo- ¡Venga ya! ¡Fantasma! ¡Chulo! - y eso no ayuda. Está claro que ésta es una opinión particular, puesto que el libro ha soportado bien el paso de los siglos, fruto en parte por la envidia que me genera el protagonista ya que, si yo naufragase y apareciese en una isla desierta, salvo que me encontrase allí un Corte Inglés perfectamente montado (lo primero que me llevaría a una isla desierta), no sobreviviría ni cuarenta minutos. Pero me reafirmo: Robinson Crusoe, en tercera persona, un tío admirable. Y un buen libro. En primera, un capullo. Y ya no es lo mismo.

Acabo de terminarme la autobiografía de Agassi. Aquí si está bien empleada la primera persona porque, si lo hubiese escrito en tercera, pues no sé si lo habríamos entendido. (Pero, este tío, ¿quién se cree que es? ¿Julio César?). Me cae bien Agassi porque a Steffi Graf le cae bien y todo lo que hace y ha hecho Steffi siempre me pareció perfecto. Y eso que Agassi pertenece al periodo oscuro del tenis, a la época entre McEnroe y Federer, los años de plomo (Lendl, Wilander, Sampras, Becker, Edberg, Courier, Kafelnikov, Chang, Bruguera, Costa, Kuerten, Moyá, Corretja), pero no por ello deja de ser un periodo apasionante puesto que el tenis lo es. En una de esas reseñas que te ponen en la contraportada (¡Magnífico! ¡Extraordinario! ¡El mejor libro de la última década!) dice algo así como que la sensación que te acompaña durante su lectura es similar a una conversación con un amigo. Y esa sensación es la que he tenido. Nos hemos tomado unas cervezas Agassi y yo y él me ha contado su vida  (yo no le he contado la mía. No me preguntó). Y es una vida bastante interesante. Y no sólo habla de tenis. La verdad es que el libro está bien escrito y resulta muy ameno. A veces es un poco pelota y bienqueda (también se le hizo el culo gaseosa cuando Mandela le dijo –la eme con la o, mo). Se pone muy cansino cuando le da por contar lo solidario que es (solidario exhibicionista, valga la redundancia) y explicarlo con argumentos ultraferolíticos. Pero se le perdona. Por Steffi y por él. Y por cuando comenzó a llorar tras ganarle a Medvedev el Roland Garros del año 99 (momento inolvidable y que me puso un nudo en la garganta que aún me dura). Y porque, a pesar de la vida que ha vivido hasta ahora, parece un tío normal. Como le escuché una vez a David Ferrer hablando de Nadal y de él –sólo hemos tenido la suerte de destacar en una actividad que tiene gran notoriedad. Pero eso no nos hace mejores que los demás. Somos personas normales porque no tenemos porqué no serlo. Y Agassi parece de la pasta de Ferrer y de Nadal. Y eso está bien.

martes, 6 de diciembre de 2016

George

El veintinueve de noviembre de dos mil uno estaba en Libreville. Era mi tercer viaje allá en menos de un año. Ya no estaban en el piso ni Gloria ni su hijo Marvin. La generosidad de Gloria con un dinero que no era suyo se volvió en su contra y decidieron prescindir de ella. Y pensé que, sin Gloria como cocinera, ama de llaves y alma, aquel piso donde nos alojábamos todos los que interveníamos en la obra estaría deshumanizado. Pero no. No era así. Allí estaban Eva y su marido. Y Jose. Y aquel chaval de gafas y aquel tío mayor de quienes no recuerdo el nombre aunque tengo sus caras aquí delante. Eva, que me ofreció un bocadillo de tortilla francesa cuando llegué tras tirarme más de veinticuatro horas viajando, un bocadillo al que le puso tomate porque su condición de catalana le impedía no hacerlo. Eva, que me pregunto si “yo era el de la foto”. Si, era yo. Aquel día descubrí que me había convertido en un personaje dentro de la colonia española en Libreville. Eva y su marido, del Español. Jose, madridista. Los otros dos, culés. Y el Atleti en segunda. Todo el día en la obra. Y por la noche, a beber cerveza. Los obligué a ir al Café de Flore, a ver si aún estaba Lyrette, la camarera por antonomasia. No estaba. Ya no trabajaba allí. Y era veintinueve de noviembre cuando, teniendo como teníamos la televisión encendida por tener ruido de fondo, vi que George Harrison acaparaba la información. Y pensé -pobrete mío. Se sabía que estaba enfermo. Y si la televisión gabonesa le dedicaba tanto rato sólo podía significar una cosa. Y me dio pena. No fue como cuando te enteras de la muerte de cualquier personaje célebre que sí, te impresiona. Pero como tu vida no va a cambiar, esté esa persona viva o muerta, pues bueno. Con George fue distinto. Y no sólo porque era un Beatle. Ringo es un tío simpático, cae bien y ya está. Lennon y McCartney han hecho una barbaridad de canciones antológicas y también coparon infinidad de veces los premios “Tonto del bote” y “Tonto del capirote” (cuando mataron a Lennon se empezó a hablar de la maldición de los Beatles. Nadie dijo nunca que la verdadera maldición era que McCartney siguiera vivo haciéndonos pasar vergüenza constantemente). George era otra cosa. A George lo queríamos. Por sus orejas. Por su bigote. Por “Savoy truffle”. Por su solo de guitarra en “The end”. Por “I, me, mine”. Por el poso que tenían sus canciones, que eran suyas, escasas, inconfundibles, demoledoras. Y le queríamos. Y hablo en plural porque Sanfélix volvió a abrir la caja de los truenos (ya no sé si cuando se hace referencia a la magdalena de Proust uno queda como pedante o como ordinario) enviándome este pasado veintinueve un correo sobre él y sobre la forma que George había elegido para, una vez más, haberle gallina piel de. Y compartimos gallina. Y piel. Y de. Y recordé cuando: Libreville, Café de Flore, bocadillo de tortilla con tomate. Y recordé a George. Y sonreí sabiendo que todavía le quiero y le queremos y que todavía él sigue siendo nuestro y nosotros suyos. Completamente.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Canciones tristes

Cuando, señor, nació mi retoño
no era momento para que él llegara.
Nació con cara de hambre
y yo todavía no tenía ni nombre para darle.
Cómo fui tirando, no sé explicarle.
Fuimos saliendo juntos y, en su niñez,
un día me dijo que llegaría lejos 

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

Llega sudado y veloz del trabajo,
y trae siempre un regalo que me desconcierta.
Tantas cadenas de oro, señor,
que no hay suficientes cuellos para llevarlas.
Me trajo un bolso con muchas cosas dentro.
Llave, libreta, rosario y talismán.
Un pañuelo y un fajo de documentos,
para, al final, poder estar yo identificada,

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

Llega a la favela con el cargamento.
Pulsera, cemento, reloj, neumático, grabadora.
Rezo hasta que vuelve aquí arriba.
Esta ola de atracos es un horror.
Yo le consuelo y él me consuela a mí.
Lo cojo en mi regazo para que él me acune.
De repente despierto, miro hacia un lado
y el travieso ya se fue a trabajar,

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

Llega impreso, portada, retrato,
con venda en los ojos, pie de foto y las iniciales.
Yo no entiendo a esta gente, señor,
haciendo tanto alboroto.
El pequeño, en el descampado,
creo que está riéndose.
Creo que está lindo boca arriba.
Se lo dije desde el principio, señor.
Él dijo que llegaría lejos.

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

"O meu guri". Chico Buarque. (Aquí la letra original).


Se marcho a la calle esta mañana
al entierro de su compañero.
Por la decisión de su mirada
yo sabía que iba al matadero.
Cuando ya hubo anochecido
lo trajeron malherido
y pensé –qué inútil oblación.
Sólo era un niño.

Qué dirán los que mandaban.
Qué dirán sus compañeros.
Quién sabrá si, al verse morir,
siguió creyendo.

Me dirán que fue simiente, me dirán,
me dirán que fue todo un valiente.
Me dirán no hay mas camino, me dirán,
me dirán que era su destino.
Pero, ¿quién dirá conmigo,
si le queda algún amigo,
ahora que me ven todos llorar?
¡Sólo era un niño!

"Sólo era un niño". Mocedades. Letra y música de Juan Carlos Calderón.

Historias con una madre y un hijo. Dramas. No sé si habrá canciones más tristes.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Kilómetro nueve

Muy poca historia esta vez, tristemente. Estaba bien de forma y bien de peso. Había seguido el plan a rajatabla, con unos días mejores que otros, pero muy animado al final. El día prometía. Hemos salido Garraty y yo juntos. Bien. A la altura del kilómetro cuatro llevábamos un grupo numeroso delante que obstruía el paso. Lo hemos sorteado como hemos podido. A partir de ese momento se ha empezado a manifestar un dolor intenso en la cara interna de mi muslo derecho, supongo que en el abductor. Y me he asustado. Todos los dolores los tengo en la pierna izquierda y nos llevamos bien. Pero la pierna derecha nunca me duele. He seguido. El dolor iba en aumento. En el siete he levantado el pie. El dolor no cedía. En el ocho he parado. Un alma caritativa ha aparecido con un bote de Réflex. He vuelto a arrancar. Pero no. No. No era dolor sólo. Por ahí dentro algo estaba a punto de romperse. En el kilómetro nueve he visto a Juan Luis climaterio y me he salido. A él le ha tocado soportar mi disgusto y mi tendencia al drama. Y ya está. No hay más. Me duele. Estoy tumbado y me duele hasta al respirar. No sé lo que tengo. Me toca entrar en la espiral de médicos y fisios y ver qué y por qué. Y volver. Volver al asfalto. Volver al maratón. Mi segunda retirada y las dos en un maratón. De la primera ya me desquité. De la segunda… esto no puede quedar así.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Se han separado Las Increíbles

Pues sí. Se han separado. El legendario equipo de raspall que quedó subcampeón de su colegio en tercero de primaria y campeón al año siguiente no defenderá su título este año. La conmoción ha superado a la producida tras la disolución de los Beatles o de ABBA. Inconcebible. Inexplicable. Todavía resuenan los ecos de su gran triunfo de la temporada pasada, título reconocido con una copa que una de sus componentes restriega a su hermano día sí y día también puesto que sí, mucho competir, mucho nadar y muchas medallas, pero una copa vale más. Y en la cima se separan. ¿Por qué? No ha trascendido. Tal vez la presencia de un Yoko Ono (aunque no hace falta un hombre para que salte por el aire un grupo femenino. Se bastan ellas solas). Puestos al habla con una de las integrantes de Las Increíbles, al ser interrogada se encogió de hombros y respondió de manera enigmática. –Cada una ha de seguir su camino. No pasa nada. La vida sigue. Pronto volverá la competición. Habrá otros equipos. Habrá otro campeón. Pero no estarán Las Increíbles. La vida sigue, sí. Pero el raspall no volverá a ser lo mismo.

martes, 8 de noviembre de 2016

Usted no puede pasar. La fiesta no es para feos

Pues vas a pasar un día de fiesta. Vas con tus amigos. Y al día siguiente no estás bien. No lo estás. La resaca ya no procede y el resacón, menos. Tenía que estar corriendo camino de Rada y no puedo. ¿He disfrutado? Sí. O no. Al final haces tonterías de las que te arrepientes, tonterías de las que te avergüenzas. Al final hay indeseables que te generan una tensión que no se merecen. Y la competición de mi hijo. No he estado. Me la he perdido. Y lo que tenía que ser no es. Y te levantas con sentimiento de culpa, arrepentido y avergonzado por lo que has hecho, por lo que has escrito (¡no eres gracioso! ¡No lo eres!), por la rabia que has sentido, por el mal cuerpo que llevas. Y me vuelvo cabizbajo, cariacontecido. ¿He disfrutado? No me acuerdo.

Me subí al coche. Por supuesto llevaba el cd de grandes éxitos de ABBA, La tradición dice que hay que ir escuchando a ABBA y entrar en la capital del Secarral cantando “Thank you for the music”. Esta vez iba sólo, sin H., pero no por ello iba a dejar de respetar la tradición. Antes de ABBA no me maté de milagro. No paraba de bailar. Rumbas. O rumba catalana. O las dos cosas. Una hora bailando al volante. Qué programa escuché tan fabuloso. Y ese momento de entrar y localizar a tus amigos y abrazarte a ellos. Sentirte a gusto con ellos. Luego, sí, todas las cosas malas que se acumulan, que se agolpan, que te piden explicaciones a la mañana siguiente, que se te agarran al estómago, que no te dejan dormir. Lo malo siempre gana a lo bueno. Pero hoy no quiero. No quiero. ¿He disfrutado? No me acuerdo. Pero sí que me acuerdo. Y quiero acordarme.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Dos minutos de odio (te curan las heridas)

La escena se sitúa de noche en el viejo cauce del Turia bajo el puente de Calatrava, donde se estrecha el paso por los campos de fútbol. Actores: un runner, un hipster, un perro y yo. El runner lleva todo el hato de runner, con su iPhone (seguro que era un iPhone) en el brazo y los auriculares puestos. El hipster lleva barba hipster, pelo hipster y una bicicleta que seguro que es muy molona y que tiene unas ruedas muy pequeñas. El perro es enorme. Yo voy haciendo series, concretamente diez de ochocientos metros, cinco río arriba y cinco río abajo.

Bien, el runner baja trotando. Baja muy motivado. Para ello lleva toda la tarde preparando una lista de canciones (playlist dirá él) específica para este entrenamiento, canciones que habrá compartido en las redes sociales ya que piensa que todas las naciones extranjeras están pendientes tanto de su selección musical como de sus progresos runnerísticos. Baja chafando huevos (es runner, no lo olvidemos), pero los chafa ebrio de motivación musical. Lo veo venir. En su ensimismamiento es incapaz de seguir una línea. No mira hacia el frente. No veo hacia dónde va a tirar. Yo estoy en mi segunda serie. Voy pensando en abrirme porque el capullo no me da seguridad cuando, de repente, aparece el hipster en su microbici. Viendo que dudo decide colarse entre los dos y gira, echándome hacia un lado por donde aparece, suelto, el perro enorme, que me trago sin remedio.

Mientras ruedo por el suelo pienso tres cosas: ahora el perro se revuelve y me pega un bocado; ahora el dueño viene a recriminarme que haya maltratado a su perro y ya la tenemos liada; ahora viene el dueño (o el runner. O el hipster. O los tres) y se deshace en disculpas. Ninguna de las tres. Me levanto escopetado y sigo corriendo (estoy haciendo series. Ni siquiera he parado el crono) soltando palabras amables que nadie ha recogido y con las que nadie se ha sentido aludido.

Pues he hecho unas series fabulosas. Tengo levantadas las rodillas y las palmas de las manos, pero nada grave. Un poco molesto pero, teniendo en cuenta que voy a chulear más con mis heridas que cuando tenía diez años, asumible. Pero ese escozor, junto al recuerdo del careto del runner, la barbita del hipster y la no correa del perro me ha hecho motivarme infinitamente más que al cretino éste su selección musical. Porque pocas motivaciones como el odio. Y he volado. Y ojalá que en mis carreras se repartan estos tres a lo largo de los kilómetros. Estos gilipollas, que mal rayo les parta, son mi única esperanza para poder reverdecer viejas marcas.

martes, 25 de octubre de 2016

Ya estaba así cuando llegué

“Carne de Bakunin” expandió su mente y llegó la obsesión, una más. Porque sí, aquí está de nuevo The Cansin One para contarnos lo rematadamente buenos que son…Klaus & Kinski.

Pues sí. Muy buenos. Y sí, una obsesión. Marina y Alejandro. Ya no están. Tres discos y unas cuantas canciones sueltas. No les dio la música para vivir y se hartaron. Cumplen uno de los requisitos fundamentales para ser objetos de mi devoción: ya no existen (el otro es estar muerto). He escuchado todo lo que he encontrado. He visto vídeos, actuaciones. He leído entrevistas. Hasta curioseé en el perfil en Linkedin de Marina. Obsesionado. Absorbido. Deslumbrado. Fascinado. Canciones descomunales como “Nunca estás a la altura”, “Por qué no me das tu dinero”, “Ya estaba así cuando llegué”, “Contrato”, “La pensión”. Lo bien que titulan: “Mengele y el amor”, “Tierra, trágalos”, “In the Goethe”, “Mamá, no quiero ir al colegio”, “Deja el odio para después de comer”, “Luego vendrán los madremías”. Unas letras que se adivinan muy buenas, pero es que Marina canta muy bajito y no vocaliza del todo bien (no conozco ni un murciano que lo haga). Tampoco sabe bailar y cantar a la vez. Y estamos enamorados de ella, por supuesto. ¿Su estilo? Nuestra intención es hacer canciones por deleite personal, manteniendo el tono casero. Nos gusta ser eclécticos, que es lo que se suele decir cuando se carece de estilo y personalidad. Discrepo, pero no voy a discutir. Hay tres tipos de canciones: las que me gustan, las que no me gustan y las que desconozco. Y Klaus & Kinski han conseguido meter en el primer tipo varias de las suyas, dentro del epígrafe –me gustan una barbaridad. Se fueron. A lo mejor Alejandro sigue haciendo música, porque era un fenómeno. Marina de clases. Alguna vez nos han llegado a relacionar con el rollo shoegazer por nuestro endémico desparpajo y salero en el escenario, lo que provoca una perfecta comunicación expresiva con nuestros pies. Alejandro dice que le gusta oír lo que dicen las canciones en mi vocecita. A mí también, Alejandro. Y he llegado a tiempo para vuestras canciones pero no llegué a tiempo de miraros a los pies. Y esto siento que me lo he perdido.

sábado, 15 de octubre de 2016

Vamos a ver

La relación proveedor cliente debiera ser de igual a igual pero no es así. Aquí el que tiene el poder siempre tiene en su mano el hacer uso de él. Durante la mayor parte de mi vida profesional estuve en el lado del proveedor y, bueno, sonrisas y buenas palabras. Ahora estoy en el lado del cliente. Y no me gusta abusar de la fuerza, pero ahora las normas las impongo yo. Y son mis normas. Además, ¿para qué he cumplido cincuenta años? ¿Para ser campechano, dinámico y de apariencia juvenil? Pues no. Ahora ya puedo quitarme la careta y mostrarme como lo que realmente soy: un viejo gruñón, intransigente y cascarrabias. Y así, vamos a ver si lo tenemos claro: a mí se me trata de usted. De usted. Soy una persona mayor. Si no, no hace falta que se esfuerce. Ese chaval que me tiende la mano muy sonriente en plan colega guiñándome un ojo. Vamos a ver, tío guiñitos. Si tiene usted un tic en el ojo, contrólelo. Si me está mandando un mensaje subliminal con aviesas intenciones, no preciso que me enseñe Cuenca. Si pretende ir de tío guay conmigo y piensa que así me voy a fijar en su catálogo, salga y vuelva a entrar. Inténtelo de nuevo. Pero la próxima será su última oportunidad. El que me mandó un presupuesto adjunto a un correo donde me explicaba los pasos a seguir en caso de haceptarlo. No sé si lo haceptaré. Aceptarlo desde luego que no. O aquel que se presentó mascando chicle (se han dado dos casos). Y no es que mascase chicle. Es que lo hacía con la boca abierta. Vamos a ver, ¿usted sabe por qué odio yo a Ferguson, a Irureta y a Joaquín Caparrós? Porque son tan cerdos como usted. ¿Qué le hace pensar que tengo gran interés en ver su campanilla? ¿Qué concepto tiene usted de mí para presentarse mascando chicle y, además, de esa manera? No hace falta que me entregue su oferta. No me interesa. O aquel que vino a entregar un presupuesto con pantalón corto blanco, camiseta de algodón ceñida blanca con cuello de pico y espardeñas blancas. Vamos a ver. ¿Estamos en Ibiza? ¿Pone ahí fuera en el rótulo de nuestra empresa after hours? Pues tiene tres opciones: o esperarse a que esto sea Ibiza, esperar a que cambiemos el rótulo o irse a casa a cambiarse y presentarse aquí vestido como Dios manda y no como un mamarracho. Lo dejo a su elección. O aquel representante que vino con una camisa de flores con sólo el último botón abrochado. Vamos a ver, señor Pectus Lupus. Podría pasar por alto el vergel que lleva en la camisa y su notable influencia en el efecto invernadero. Pero no puedo dejar de solidarizarme con sus ojales vacíos e infrautilizados. Tiene diez segundos para subsanar la injusticia.

Como he dicho no me gusta abusar de las posiciones ventajosas, y no sólo porque he estado muchos años en el otro lado y porque sé que todo puede cambiar en un momento y no conviene ir por ahí cerrándome puertas. Pero me encanta cuando me lo ponen a huevo.

domingo, 9 de octubre de 2016

Carne de you should be dancing

Este viernes pasado Gustavo Iglesias hizo su “Top Gus” sobre los Bee Gees. Normalmente no puedo opinar, pero esta vez sí que podía y se me empezaron a llevar los demonios cuando, en su relación de diez mejores canciones, no figuraban ni “Massachussets”, ni “I started a joke”, ni “How deep is your love” ni “How can you mend a broken heart” (en lo referente al criterio musical no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio musical no estoy en posesión de la verdad absoluta), aunque todo cambió cuando puso en lo más alto del podio “You should be dancing”. Y se lo perdoné todo. Y quizá fue excesivo, porque una cosa es que una canción te pueda hacer sentir protegido e invulnerable para el resto del día y otra es entrar a trabajar andando con paso firme y mirada al frente (como los Bee Gees) alternando con pasos de baile a lo John Travolta Tony Manero. Echadme viernes a mí que me los como. Y fue un buen viernes. Por muchas razones, entre otras porque a media mañana apareció “Carne de Bakunin” de Klaus & Kinski.

-¿Qué es triunfar?- dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. Dinero y vanidad, desde luego. Esos son los patrones. ¿He triunfado como escritor? Evidentemente, no. ¿Por qué? Pues por la misma razón que no triunfé ni en el fútbol ni en el atletismo: porque soy malo de cojones. ¿Fue eso un motivo para jugar menos al fútbol o para dejar de correr? No. Leí una vez que el mayor triunfo de un deportista es no dejar nunca de serlo. Y me gustó la frase. Espero se pueda aplicar al mundo de la escritura. ¿Que no me lee ni Dios? ¿Y qué? No dejemos nunca de escribir. Sigamos triunfando.

Pero la vanidad es la vanidad. Y siempre echaré en falta haberme perdido los focos y el oropel, en parte por todas esas respuestas tan fabulosas que tenía preparadas para las entrevistas que me iban a hacer. A veces la vida es una mierda simplemente porque la realidad no te obedece. Anda que no me gustaría ver pasar por delante de mí los cadáveres (y no sólo en sentido metafórico) de todos los hijoputas que me amargaron la existencia o de todos los gilipollas que me tocó y me toca sufrir. Pero no, no pasan, por mucho mal de ojo que les haya echado o les eche. Ni siquiera se han molestado en deshacerse en disculpas o en suplicar mi perdón. Y todas las peroratas que preparé, todos los discursos espectaculares, todas las grandes argumentaciones que hubieran convencido a españoles y a extranjeros y que se fueron al limbo únicamente porque nadie me preguntó. Mira que jode tener preparada la respuesta y que nadie te haga la pregunta. Y no me refiero a quién gano el ciento diez vallas en Munich 72 (Rodney Milburn). Me refiero a no tener la oportunidad de ganar, triunfar, epatar, dar la vuelta a la tortilla, doblegar, convencer, vengarte cuando lo tienes preparado. La vida es injusta porque esas cosas apenas pasan, al menos a mí, de la misma manera que ha sido injusta por todas las respuestas de gran literato brillante e ingenioso que tenía preparadas para las cientos de entrevistas que me iban a hacer y que parece ser que no.

Aunque según se mire. Hay una escena en “El tercer hombre” que tengo grabada (en realidad las tengo todas) y es aquella en la que secuestran a Joseph Cotten Holly Martins y lo llevan al coloquio literario donde entra como un gran escritor y sale como un escritor (ridículo) de novelas del oeste. Siempre temí la pregunta -¿cuáles son tus influencias?- porque sí, podría hablar de Dostoievski, Conrad o Faulkner, que para algo me los he leído prácticamente de pe a pa, pero habría quedado en evidencia enseguida si al entrevistador le hubiese dado por rascar y hubiese comprobado lo poco que quedé impregnado de estos escritores. Y habría tenido que decir la verdad: mi mayor influencia fueron siempre las letras de las canciones. Y ahí se habría terminado la entrevista. Y se me habría puesto cara de Holly Martins. Porque, para qué nos vamos a engañar, escuché “Carne de Bakunin” y mi mente volvió a expandirse como en los tiempos del Niño Gusano. Mi sensibilidad es la que es. Y me pareció colosal escuchar en una canción frases como –pero es que hoy la madurez me ha revelado un grave conflicto moral- o - puede que encuentre una nueva organización para la gestión de los medios de producción. Y esta sensibilidad me parece que no me va a llevar por el camino ni de las entrevistas, ni de la gloria literaria ni pijos. Aunque esa lectura del discurso de ingreso en la RAE (Teoría aplicada sobre la influencia de las letras de las canciones en la literatura) bajo los acordes de “You should be dancing” dirigiéndome al atril andando con paso firme y mirada al frente alternando con pasos de baile a lo John Travolta Tony Manero…pero no. La realidad nunca nos obedece. La vida es una mierda.

P.D. Premio Nobel para Bob Dylan. Las letras de las canciones ya son, oficialmente, literatura.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Me la quitan de las manos

Se vende letra de bolero. Razón, aquí.

Sobre la puerta dejaste las sombras de aquel nuestro interludio de luz.
No te culpo del final. No llegué a creer nunca que todo acabase bien.
Quizá no fue lo más fácil seguir de aquella manera cuando hasta tu imagen era mentira.
Pero es duro ver que todo se acaba. Ya no quedan fuerzas para volver a empezar.
Y ahora, sobre un montón de papeles rayados, intento volver a ver tu cara.
Cohibido llego a intentar escribir las palabras de siempre, los lamentos de siempre.
Tal vez fragmentos de una ilusión. Sonrisas de no sé cuándo. Y es caer en lo mismo.
Vuelvo a ver el final del principio y me pregunto si alguna vez todo llegará a ser del color de la duda.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Todos a la cárcel

Hoy, de nuevo, toca tostón. Y no sé si seré capaz de explicarlo bien, pero en algún lado tengo que desahogarme.

Bien, tenemos que montar una instalación contraincendios (se puede bostezar) en la nave nueva. Nuestra actividad no tiene (entraña) gran riesgo pero, bueno, la ley es la ley, y si queremos que nos den licencia ambiental y de actividad y más potencia de consumo eléctrica, pues nos toca instalarla. Unos cuantos extintores y unas cuantas bocas de incendio debidamente equipadas. El agua que debiera salir por las mangueras (y que es difícil que llegue a salir alguna vez) tiene que tener una presión alta, por lo que no puedes enchufarte a la red de agua potable (aburrido). Nada, toca hacer acometida exterior. ¿Y con quién hay que contratar? ¿Puedes pedir varios presupuestos? No señor, tienes que ir a morir a la empresa que tiene la concesión (¿monopolio?) en la zona, empresa que pertenece a dos hermanas y a un mejicano muy famosos. Y allá que he ido, a pedir presupuesto. Y me lo han dado. Perfecto.

-Espere, que también tengo que pasarle presupuesto del contador que hay que instalar.

-¿Contador? Vamos a ver, esta línea no va a tener consumo. No tiene sentido instalarlo.

-Sólo es para asegurarnos, precisamente, de que no va a tener consumo, que siempre hay pícaros que tratan de robar agua.

-Entonces bien, pero páguenlo ustedes.

-Qué gracioso.

-¿Y cuánto es?

-Mil euros.

-¿Mil euros por un contador innecesario dentro de una instalación que no hace absolutamente ninguna falta?

-Sí. Y ya sólo faltaría añadir la cuota bimestral que han de pagar por el mantenimiento de dicho contador.

Pocos hay en la cárcel. Muy pocos.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Siéntate, Johnson

Me encontré con Johnson en plena calle. Nos estrechamos la mano efusivamente mientras le daba una palmada en su hombro con mi mano izquierda. Los traumatólogos consiguieron reconstruirme, a duras penas, la mano derecha. La izquierda la he perdido. Johnson está verdaderamente fuerte (digamos que es rocoso en lo más rocoso del término. Lo suyo no es anatomía sino geología)  y es de los que, muy risueño, eso sí, te estruja la mano cuando te la da. Y, a pesar de lo que pueda parecer, es muy sensible, y no sólo porque se dedique a las bellas artes (y se gane la vida con ello). Me contó Sanfélix que, en un viaje a Tokio, pidió si le podían indicar dónde encontrar un baño. Cuando entró y se encontró con un inodoro lleno de luces y de palancas, salió y pidió si le podían indicar dónde encontrar otro baño, ya que él no podía hacer sus cositas en un armatoste que fuese más inteligente que él. Y hoy me he acordado de Johnson. Nos han traído unas sillas de oficina que llevan guía de usuario (guide de l’utilisateur, user guide). Las sillas vienen con manual de instrucciones. Yo miro a la mía y me siento intimidado. No sé si soy digno de sentarme en ella, de estar a su altura. ¿Están los objetos a nuestro servicio o somos nosotros los que estamos al suyo? No lo sé, pero...¿qué hago? ¿Me siento o no me siento?

domingo, 4 de septiembre de 2016

La aldea apagada, la luz encendida

Al día siguiente,
-hoy-
al llegar a mi casa -Altamirano, 34- era de noche,
y ¿quién te cuida?, dime; no llovía;
el cielo estaba limpio;
-«Buenas noches, don Luis» -dice el sereno,
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares,
las ventanas,
-sí, todas las ventanas.

Gracias, Señor. La casa está encendida.

En la carretera que pasa junto a la aldea del Secarral, y justo enfrente de la misma, hay un bar. Dicho bar lleva abierto mucho tiempo, tanto como para ser parte de la vida (de la Vida) de la aldea. Durante muchos años el bar abrió temprano y cerró tarde. Un buen día decidieron reducir la jornada. No tenía sentido abrir a partir de cierta hora para sacar lo que sacaban por lo que, desde ese momento, a media tarde el bar cerraba la puerta. Y apagaba la luz. Y el tío Ino me contó que, hasta ese día, cuando llegabas tarde al pueblo, aunque no vieses a nadie, aunque pareciese que estaba desierto, el pueblo estaba vivo porque la luz del bar estaba encendida. –Tienen sus razones y hay que entenderlas, pero no saben lo que han hecho. Han apagado la luz. La aldea está cerrada. Apagada. La casa está apagada. Y ahora, ¿quién cuida de nosotros?

P.D. Mientras buscaba el verso de Luis Rosales que encabeza esta entrada me encontré con otro, también de Rosales, que.., bueno, lo pongo.

Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta
con ese mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas como estarán dentro de un año;
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo, definitivamente solo
porque todo es igual y tú lo sabes.

martes, 30 de agosto de 2016

Canciones que te salvarán el día

Dormir. Desayunar. Importante, sí. Mucho. ¿Suficiente? No. Bueno, no en mi opinión. Para ir a pecho descubierto a por el nuevo día, sin miedo, sin riesgo, hace falta un empujón, un soplido, una palmada. Antes iba de emisora en emisora haciéndome el encontradizo. Ya llevo un tiempo encomendado a Ángel Carmona y a Gustavo Iglesias y rara vez me fallan (Blur, Prefab Sprout, La Casa Azul (1 y 2), El Último de la Fila, Fuel Fandango, Sylvian y Sakamoto, Radio Futura, Camera Obscura, Lloyd Cole and the Commotions, Maika Makovski) ¿Funciona? Bien, ésta es una buena pregunta. Algunas veces sí. Los viernes, casi nunca. Pero esa sensación que tengo cuando salgo del coche y voy para el trabajo con la coraza puesta pensando –soy invulnerable. Tengo una canción que ha venido a protegerme. Empezad a disparar cuando os dé la gana- ésa, ésa no me la quita nadie.

lunes, 22 de agosto de 2016

Lecciones recordadas. Lecciones aprendidas

Bueno, dos semanas donde el tiempo pasa rápido salvo en verano, en que se ralentiza hasta detenerse. Dos semanas donde siempre se es adolescente, una adolescencia que esta vez me ha superado y se me ha llevado por delante de tal manera que, esta mañana, al reincorporarme al trabajo, al ver mi mesa llena de papeles y con dos folios escritos con todas las tareas pendientes, he pensado –joder, ¡si aquí se está de puta madre! Y aquí está el blog. Dejemos constancia de las lecciones aprendidas y recordadas. Que nos sirva de bálsamo. Que nos sirva de recordatorio.

La primera lección ya es conocida: la clave de quererse mucho es verse poco. Y, en algunos casos, ese poco empieza a tender asintóticamente a cero.

La segunda, y ésta es aprendida, es que, en lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. Y esto me parece que tendré que repetírmelo muchas veces. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta.

La tercera también es clásica: hay que ver qué poco pinta lo bueno frente a lo malo. Da igual lo bien que te lo pasaras o lo mucho que disfrutaras. Al final la cagaste y ese final puede con todo y borra lo demás. Da igual también el tiempo que nos haya llevado organizar algo y todo el trabajo que hayamos realizado. Da igual todas las cosas buenas que pudimos hacer o que nos salieron bien el día de la carrera. Al final sólo puedo pensar en la entrega de trofeos. Al final sólo puedo pensar en la cena. Podemos mejorar y lo haremos. Pero lo que salió mal devora a lo que salió bien.

Había trofeo al primer veterano, es decir, al primer atleta mayor de cincuenta años. Tal y como dieron la salida me di cuenta de que llevaba a un tío pegado a mis talones. Me fijé y vi que era mayor, de unos cincuenta y cinco años. Aquel tío tenía clara su estrategia: marcarme. Aquel tío tenía muy claro que yo era su rival. Cuarta lección aprendida: aparento la edad que tengo. Y eso entronca con el primer párrafo: macho, tienes cincuenta años. Eres un señor mayor. Compórtate como tal.

Fuimos a “La Traída”, a Mota del Cuervo, como un reto deportivo (en mi caso, cuarenta kilómetros en bicicleta y catorce y medio corriendo). Nos encontramos con un espectáculo religioso y popular realmente impresionante. Volveremos, por supuesto, en bicicleta y corriendo. Y con la lección aprendida.

Y, por último, otra ya conocida, pero nunca lo suficiente. Los trofeos que dan en las carreras siempre son horrorosos. Pero, dentro del horror, algunos son más bonitos que otros.


(Tenía que contarlo. El podio sigue siendo mi lugar natural. Tres podios en dos semanas. Algo bueno tenía que tener mi senectud ridícula adolescente).

lunes, 1 de agosto de 2016

Pasatiempos veraniegos: cero sesenta

El blanco combina con todo, 0,60.
La natación es el deporte más completo, 0,60.
La gente más humilde es la más generosa, 0,60.
Los animales son más listos que las personas, 0,60.

Frases de 0,60,
tengo para ti todas las que quieras.
¡0,60! ¡Un euro!
No valen más que eso.
Cosas que ya habías oído,
cosas básicas, obviedades,
frases que acaban en -¡tía!
Dale un bofetón a quien las diga.

La dieta mediterránea es la más sana, 0,60.
Las mejores baladas son de grupos heavy, 0,60.
Los gays son supersensibles, 0,60.
Todas las modelos son tontas… ¡eso no es 0,60!

Frases de 0,60,
tengo para ti todas las que quieras.
¡0,60! ¡Un euro!
No valen más que eso.
Cosas que ya habías oído,
cosas básicas, obviedades,
frases que acaban en -¡tía!
Dale un bofetón a quien las diga.

En España se hace el mejor doblaje.
Los más radicales con el tabaco son los ex-fumadores.
Barcelona es muy cosmopolita.
Lo que pinta Miró lo puede pintar un niño.
Me gusta el cine de verdad, no el de bombas.
Si no tienes celos es que no le quieres de verdad.
Los niños de hoy no saben jugar.
La tele atonta.
El rey es campechano.
Los Rolling Stones son incombustibles.
Yo creo en Dios, pero no en el de la Iglesia.
El rock ha muerto,
El rock ha muerto.


"0,60" Ojete calor

La letra de esta canción es una provocación, no el sentido de que nos escandaliza, sino que nos tiene, especialmente a Jose A. y a mí, buscando sin descanso frases de cero sesenta. O a lo mejor no es una provocación sino un estímulo. No sé. El caso es que hago recopilación de las pocas que tenemos por ahora con la intención de ir ampliando la lista conforme vayamos encontrando. Se admiten sugerencias.

Los negros llevan el ritmo en la sangre.
Si hay muchos camiones aparcados seguro que se come bien.
El avión es el medio de transporte más seguro.
Lo mejor de la paella es el socarrat.
La democracia es el menos malo de los sistemas políticos.
Se liga mucho cuando tienes un perro (o un hijo).
El agua con limón es lo que mejor quita la sed.
Lo importante es tener salud.
En agosto por las noches refresca.
En el País Vasco se come muy bien.
La realidad supera a la ficción.
Lo peor del verano en Valencia no es el calor. Es la humedad.
Los Grammy son los Óscar de la música.
Los Golden Globe son la antesala de los Óscar.
Marco incomparable.
Las elecciones son la gran fiesta de la democracia.
El metro es el taxi de los pobres.


miércoles, 27 de julio de 2016

La crisis de los cincuenta


Vamos ahora con las mil palabras.

Salimos a las diez. Desde las nueve se iban dando salidas y a la gente joven nos dejaron para el final. Yo estaba muerto de miedo. No tenía miedo al esfuerzo ni a los dos mil metros. Tenía miedo al entorno. Tenía miedo al miedo, a no saber qué hay debajo. Nadar me gusta y, en la piscina, con una raya negra pintada en el suelo y con un bordillo cada veinticinco metros, pues claro que te cansas, pero te sientes seguro. Cuando me tiré al agua allí, en el puerto de Valencia, me sentí insignificante. Y el miedo se disparó. Pusieron una corchera. Nos teníamos que situar detrás de ella. Yo me situé detrás de los que se situaron detrás, y pegado a la derecha, ya que la primera boya se giraba hacia la izquierda. No quería golpes. Yo quería nadar tranquilo. Hacer mi carrera. Mi objetivo era muy simple: terminar. Si bajaba de cincuenta minutos, mejor. Si no quedaba el último, mucho mejor. Y si mi hijo me sacaba menos de diez minutos, matrícula de honor. Salimos. Iba a respirar cada tres brazadas. Iba a llevar la cabeza hundida y que el cuerpo fuese recto. Iba a alargar la brazada bajo el agua y aumentar el deslizamiento. No iba a dar pies. No di pies. Fue lo único. Me puse a nadar como pude. Tenía miedo. Estábamos dentro del puerto. No había corrientes. No había olas. No había medusas. No había tiburones ni serpientes marinas devoradoras de nadadores novatos. Tenía miedo igual.  –Si me pasara algo no se enteraría ni Dios. Me sentía desamparado, indefenso. Sólo podía nadar. Y eso hice: nadar, respirando cada dos brazadas, levantando la cabeza cada ocho o diez –pero, ¿dónde pijos está la boya? En cinco etapas dividí la travesía: primera boya, Veles e vents, boya en el canal, Veles e vents y meta. Las cinco fueron eternas. No veía el objetivo. Me desviaba. Levantaba la cabeza. Buscaba algún otro nadador. Le seguía. Llevábamos el chip en una muñeca. En la otra debiéramos haber llevado una brújula. Los de las canoas me gritaban que me estaba desviando. Los brazos me obedecían. No tenía amago de calambres. Me seguía sintiendo insignificante dentro del agua. Seguía nadando. Llegué a la mitad del recorrido. Giro de ciento ochenta grados y vuelta. Sin brújula. Paso el Veles e Vents. Al fondo se dibuja el tinglado. Vamos para allá. Ya huele a meta. La meta no llega. Me tuerzo. Me gritan. Voy a hacer dos mil doscientos metros por lo menos. A mí no me pillan en otra. Se acabaron las travesías. La épica que exigen los cincuenta queda sepultada con esto. Sigo nadando. Voy bien. Pero esto no es sólo nadar. Esto es una carrera de orientación. Yo quiero mi piscina, mi raya negra, mis bordillos. Veo la meta. Me voy a por ella. Aún tengo que levantar la cabeza dos veces porque me tuerzo. Llego. Toco. Voy hacia la salida. Nunca más. Nunca más.

En la salida está Nico, que me ha aconsejado en las últimas semanas –no hagas piscinas sin ton ni son. Haz bloques de doscientos a quinientos metros, forzando un poco, y que siempre sumen más de dos mil. -¡Nico, lo he hecho! Sigo andando, y sin que el par de muslos que llevo delante tuviesen la menor influencia, empiezo a pensar –el año que viene…

Habrá año que viene. Terminé. Bajé de cincuenta minutos (47`28”). No fui el último (aún llegaron ochenta detrás de mí). Mi hijo sólo me sacó nueve minutos (aunque él fue con sus amigos de campo y playa). Aún puedo mejorar. Nadando he perdido peso. Me duelen menos las piernas después de correr. No se me ha puesto cuerpo de nadador ni las tías me miran más (en realidad me miran lo mismo), pero ya tengo superada la crisis de los cuarenta y en la de los cincuenta estas cosas son secundarias. Habrá año que viene. Ayer me fui a correr por el puerto y me emocioné viendo por dónde había nadado. Volveré a ser insignificante dentro del agua. Volveré a pasar miedo. Me arrepentiré. Y lo haré mejor. Me gusta nadar.

lunes, 18 de julio de 2016

Canciones que nadie quiere compartir con nosotros

Para hacer un sándwich Elvis untamos una rebanada con una cucharada de mantequilla de cacahuete y la cubrimos con tres lonchas de bacon pasadas por la plancha sin tostarlas demasiado. Luego cortamos un plátano maduro en rodajas y cubrimos con las mismas la otra rebanada de pan de molde, añadiendo una cucharada de miel por encima del plátano. Juntamos los panes y pasamos el sándwich por la plancha con un poco de mantequilla hasta conseguir un bonito color dorado. Este sándwich debe su nombre a que, según la leyenda, era el favorito de Elvis Presley. También la leyenda afirma que le gustaba tanto que, en una noche de 1971, se llevó a dos policías desde California hasta su restaurante favorito en Denver. Los agentes le dijeron que nunca habían probado tan suculento manjar, por lo que el cantante decidió darles un paseo en su jet privado. Cuando el trío llegó al lugar, Elvis pidió que les preparasen veintidós bocadillos. Ocho mil calorías en cada sándwich. ¿Elvis gordo? Una maledicencia sin fundamento.

“Any day now”. Un día de estos me dirás adiós, mi amor. Y seguirás tu camino. Y volarás, mi pequeño pajarillo salvaje. Un día de estos me quedaré solo. En 1962 fue publicada. La música había sido compuesta por Burt Bacharach, grande entre los grandes. La letra la había escrito Bob Hilliard. Un día de estos, para mi triste sorpresa, tus ojos inquietos encontrarán a alguien. Entonces una sombra triste cubrirá la ciudad. Un día de estos el amor me dejará de lado. Chuck Jackson fue el primero que la grabó y que la llevó al éxito. Luego vinieron otras versiones, algunas mejores que otras. Un día de estos. Any day now. No vueles, mi hermoso pajarillo.

El sábado por la noche nos bajamos Javier y yo al bar de la piscina. Veníamos de una celebración familiar y todavía no teníamos sueño. No había mucha gente. Además, se fueron enseguida. Nos quedamos solos. Pedimos que nos dejaran poner música. Nos dejaron. No había nadie. No encontraron excusa. Empezamos. Cada vez uno. Dimos una vuelta muy larga, pero todos los caminos llevan a Elvis. Nos encontramos con un Elvis joven, antes de irse al servicio militar, en parte influidos por la muerte (reciente) de Scotty Moore. Y allí estuvimos hasta que Elvis, el Elvis gordo, el decadente, el residente en Las Vegas, el Elvis portentoso, terminó de comerse su sándwich de ocho mil calorías y, de manera lenta y pesada, con su cazadora de flecos y sus enormes patillas, se levantó y agarró el micrófono. “Any day now”. Elvis, Javier y yo. Elvis cantando como nunca, cantando como siempre. Javier y yo ensimismados, con los ojos cerrados, sintiendo como nunca. Sintiendo como siempre. Porque nunca tuvimos la necesidad de enamorarnos. Siempre tuvimos a las canciones. Elvis. “Any day now”. No vueles, mi hermoso pajarillo. No te vayas nunca.

martes, 12 de julio de 2016

Mi hijo ha quedado cuarto en el Autonómico (y también segundo, pero, sobre todo, cuarto)

El domingo pasado se celebró el campeonato autonómico de natación en categoría Benjamín. Allí estuvo mi hijo compitiendo en tres pruebas: el cien braza, donde llegaba con la octava mejor marca, nadando, por tanto, la final; el cuatro por cien libre y el cien mariposa, con la tercera marca y claras opciones de podio.

Vamos por orden: cien braza. Regular. Mi hijo partía con una marca de 1’ 36” y ésta fue exactamente la marca que hizo en la final. Podríamos decir que cumplió con las expectativas, pero él estaba disgustado. Esperaba hacerlo mejor y, aunque no es la braza su especialidad, el octavo puesto le supo amargo.

La siguiente prueba, y última de la jornada matinal, fue el cuatro por cien libre. Salió de primer relevista y lo hizo bien. Entregó el tercero y terminaron segundos. Plata. Podio. Un podio en un campeonato autonómico. Algo inolvidable, desde luego. Pero…no. Él tenía 1’ 12” y había hecho 1’ 13”. Él se había imaginado su posta de otra manera. Y sí, estaba en el podio habiendo sido el segundo de los cuatro de su equipo. Pero no había volado.

Durante la comida no tenía muchas ganas de hablar. Por la tarde tenía el cien mariposa, que es su prueba favorita. Supongo que tenía sus dudas. Yo le repetí lo que venía diciendo los últimos días, que la temporada la tenía hecha, que había progresado, que había entrenado y competido muy bien, y que el Autonómico era sólo la guinda, pero nada más. Y que tenía que sentirse orgulloso por todo lo que había trabajado durante el año y por los resultados que había obtenido. Y que lo que pasase esa tarde podía sumar pero nunca restar. –Y además, ya has subido al podio, qué leches. Arriba los corazones.

Cien mariposa. Por la calle tres, con una marca acreditada de 1’ 29”, mi hijo. Preparados y suena el pitido. Tal y como emerge del subacuático y pega la primera brazada, pienso –ése es mi chico. Calles tres, cuatro y cinco. Y siete. Por la calle siete aparece un convidado no esperado que, seguramente tratado por médicos de la DDR y de la URSS, y con más pelos en las piernas que todos los padres que estábamos en la grada, se escapa para no volver. Allí sigue mi hijo, nadando muy concentrado, con mucha fuerza, con ansia, con hambre. El de la calle cuatro empieza a escaparse. Llegamos al último viraje. Van emparejados los de las calles tres y cinco. El de la cinco se va adelantando poco a poco. Se escapa. Se escapa. Se va. Mi hijo queda cuarto. Cuarto. Miro el crono: 1’ 22”. Mi hijo ha mejorado siete segundos en una final. Mi hijo ha competido de una manera impresionante. Y en ese momento, dada mi tendencia exotérmica a la hora de expresar emociones, y antes los ojos extrañados de los otros padres del equipo, que me miraban con ojos de -qué pena, cuarto- comienzo a gritar: mi hijo es fabuloso. Mi hijo es un campeón. Mi hijo es un fenómeno. Mi hijo es un coloso. Y, por supuesto, podéis felicitarme. Ser segundo está bien, pero ser cuarto puede estar mejor. Y, esta vez, lo está.

Llevo cuarenta años corriendo. Igual me he puesto mil veces un dorsal. Tengo mis marcas, mis podios, mis trofeos, mis maratones, mis recuerdos. Nada parecido a este cuarto puesto. Esto de ser padre es imposible de explicar.