viernes, 27 de marzo de 2020

Confinados: Pablo

La canción preferida de Pablo es “Cumpleaños feliz”. Todos los días lo celebra. Varias veces. Y desde primerísima hora de la mañana. Alterna ésta con su segunda canción favorita: “Estrellita, ¿dónde estás?”. No aparece la estrella. Y la busca. Intensamente. No desfallece. No se desanima. Y llega con entusiasmo a su momento predilecto que ocurre cada día a las ocho de la tarde, cuando sale al balcón a aplaudir. Y aplaude. Y se ríe. Y señala a la calle. Echa de menos la calle. Correr por el rellano no es lo mismo. No logra que se le olvide. Pablo tiene muy claro que mamá es suya, se ponga su padre como se ponga. Ya puede reclamar derechos por antigüedad o por lo que sea. Mamá es suya y punto. Pablo tiene dos años (infinitas veces celebrados). No recordará estos días y que los tuvo que pasar encerrado. Nosotros, los vecinos de al lado, nunca los olvidaremos. Y algunos de esos recuerdos serán a través de los ojos (y de la voz) de Pablo. Y la estrellita no estará. Y siempre será su cumpleaños.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Confinados (dos)

Me cae fenomenal el profesor que tiene mi hijo de “Lengua y literatura castellana”. No lo conozco. No me hace falta. Los ha puesto a leer a todos. Mi hijo no paraba de renegar pero, a regañadientes, me confesó que las “Leyendas” de Becquer le habían gustado (¿a quién no?). Organizó para esta primavera una excursión literaria (me temo que no se realizará) que iba a pasar, entre otros sitios, por el pueblo natal de Fray Luis de León. Y hoy, cuarto día de encierro (y segundo de Ofrenda), les ha mandado un correo a sus alumnos. En él les hablaba de libros relacionados con epidemias y encierros (“La peste” de Albert Camus y “Decamerón” de Boccaccio). También citaba otro libro, de título “Los novios”, situado, en tiempos de peste, en el Milán del siglo XVII. El profesor ofrecía como premio dicho libro al primero de sus alumnos que le dijese el autor del mismo y que lo relacionase con los versos:

Libiamo, libiamo ne'lieti calici
Che la belleza infiora.
E la fuggevol ora s'inebrii
A voluttà.

Y con la siguiente frase en latín:

Requiem aeternam dona eis, Domine.

¿He dicho que me cae fenomenal? Corta se queda la frase. Muy corta.

Por cierto, con un poco de cultura general y con la ayuda de Google y Wikipedia… ¡HEMOS GANADO! Perdón, ha ganado mi hijo. Sí, ha ganado él, él solito. No sé en qué estaría yo pensando.

lunes, 16 de marzo de 2020

Confinados

Hoy es dieciséis de marzo. Esta mañana tendríamos que haber hecho nuestra tradicional ronda fallera, es decir, haber quedado para visitar corriendo todas las fallas principales, en medio de la despertá y cruzándonos con noctámbulos y noctívagos que retornaban tambaleantes a sus cuarteles. Hay silencios estruendosos. Y el pobre caballo, sin nadie que le oriente si tiene que caminar hacia delante o hacia detrás. Un efecto colateral al que nadie parece prestar atención.

No tengo perro. Pero tengo carro de la compra. Esta mañana he cogido mi carro y me he ido a comprar al Mercadona de Tombuctú, donde tampoco tenían papel higiénico. No pasa nada. Mañana me iré al Mercadona de Omsk a ver si tienen.

Por cierto, me han dejado entrar en Mercadona. Habían advertido de ciertas restricciones de acceso, entre otras a las personas mayores. Y no me he visto afectado por dicha restricción. Estoy contentísimo.

Vivo en una finca sin azotea. Los trasteros están cubiertos por una cubierta metálica inclinada. Me toca correr subiendo y bajando escaleras. Insufrible. Tengo un plan establecido que arrancó ayer subiendo (y bajando), en total, veinte pisos. Hoy han sido veintiuno. Veo pasar mi vida por delante entre dos y tres veces por sesión. Me falta el aire. Mañana tocan veintidós. Como, según mis cálculos, el encierro terminará en Valencia el veintiuno de abril, al final del yo me quedo en casa estaré en disposición de ganar no la subida al hotel Bali o la subida al Empire State, sino la subida a la Torre de Babel.

No hace falta mirar el reloj. De vez en cuando escucho en los balcones a la gente aplaudir o gritar y sé que es en punto. También tengo una vecina que, regularmente, agarra el micrófono y se pone a cantar por el balcón “Resistiré” del Dúo Dinámico. Me dan ganas de subir a hacerle los coros. A un metro de distancia, claro.

No fui previsor (hoy tenía previsto ir a la Feria del Libro de Ocasión a hacer acopio) y sólo tengo “Un mundo para Julius” de Bryce Echenique (por ahora, muy bueno) para aguantar el encierro. Me veo haciendo algo que nunca hay que hacer: releer. Chejov, supongo. Cuando lo leí no entendí porqué era considerado el gran maestro del relato corto. Volveremos a intentarlo.

Y si suspenden la Champions digo yo que el campeón debiera ser el que haya eliminado al anterior campeón. En boxeo lo hacen así. Y se respeta.

Qué largo va a ser esto. Menos mal que soy como el junco, cuya estructura le permite doblarse pero sin dejar de permanecer erguido.

jueves, 20 de febrero de 2020

Amparo

Amparo es Amparo. Con la música puesta. Cantando. Lo canta todo. O algo así. Canta muy mal, fuera de tono, inventándose la letra y siempre un segundo por detrás de la melodía, pero es la que mejor canta mal. Limpia, te pregunta, te cuenta, te saluda. Te saluda siempre. Todas las veces que te cruces con ella. Baila con su escoba. En su casa tiene un fantasma que no le deja dormir. Me pregunta que de qué parte de Argentina soy, que al resto de argentinos que hay en la empresa no los entiende nada y a mí me entiende todo. Tiene un ex que, le cuentes lo que le cuentes, su ex, también. Nunca se queja. Nunca protesta. Canta. Saluda. Te cuenta. Amparo es feliz. No sólo ella. Todos lo somos. Nos contagia. Nos hace sentir mejor. No lo sabe. No es consciente. No sabe el bien que hace. Tampoco lo pretende. De todos los que estamos aquí trabajando, para mí ella es la única imprescindible. El resto, todos, somos sustituibles. Pero, lo que ella hace, nadie. Ninguno. Y la necesitamos.

viernes, 14 de febrero de 2020

Vida y destino

Hace una semana que me terminé “Vida y destino”, de Vasili Grossman. La desazón que te provoca el despedirte de un libro que ha sido más (muchísimo más) que un libro apenas mengua con el paso de los días. Pensé que era de justicia escribir algo. Vi, dado mi nivel intelectual, que me iba a quedar en una sucesión de frases entusiastas que apenas iba a aportar nada al que me pudiera leer y que no iba a hacer justicia. Y decidí no hacerlo. Pero. Pero. Pero. Me puede la emoción. Tengo que escribir, aunque no sea más que para gritar que pocos libros como “Vida y destino”. Para mí. En mí.

Unión Soviética, 1942. A un lado, Hitler. En el otro, Stalin. En medio, las personas. Dos sistemas en los que el individuo no existe frente al colectivo. Y éste es un relato protagonizado por individuos. Muchas historias. Muchos escenarios. Muchos protagonistas, con sus nombres, sus apellidos, sus patronímicos, sus diminutivos. No sé cuántos viajes a la galería de personajes del final del libro para saber quién. Liudmila, buscando (y encontrando) a su hijo Mitia; Sofía Ossipovna, la médico solterona judía que muere en la cámara de gas siendo madre; Shtrum, vencedor en la derrota, perdedor en la victoria; la carta de Anna Semionovna a su hijo; la casa 6/I, con sus propias reglas; Novikov, llevando a sus tanques al triunfo y perseguido por haber seguido (con éxito) su criterio ignorando órdenes; la vida en una central eléctrica permanentemente bombardeada; la vida en los campos de concentración nazis, en los campos de trabajo soviéticos, en la estepa calmuca, en el frente de Stalingrado, en el tren de ganado que transporta como ganado a los judíos; los interrogatorios en la Lubianka; los burócratas de la retaguardia, permanentemente menospreciando y llenando de barro a los que luchan en el frente; Seriozsha y su telegrafista (¿qué fue de ellos?); el vivir con miedo, la delación permanente, la deskulakización de 1937, los comisarios políticos, las condenas a diez años sin derecho a correspondencia; las historias de amor. Un libro inagotable. Mucho más que un libro.

Grossman, ucraniano y judío, lo escribió con la esperanza de que alguna vez fuese publicado, pero sin la certeza de que eso fuese a ocurrir. Era un personaje respetado en la Unión Soviética por sus crónicas y sus libros. Ello le permitió librarse de las purgas de Stalin contra los judíos, aunque siempre estuvo, por una razón o por otra, bajo sospecha. Muere Stalin y presenta su manuscrito confiando en el aperturismo del régimen de Nikita Krushchev (también lo he visto escrito Jrushchov). Se le requisa, se requisan todas las copias y hasta las cintas de la máquina de escribir que usó para su redacción. Siguió en libertad, aunque murió al poco tiempo de cáncer. Quedó una copia de un borrador. Sajarov la microfilmó y logró sacarla. En Suiza, en 1980, dieciséis años después de la muerte de Grossman, se publicó por primera vez “Vida y destino”.

Cuarenta años después cierro el libro tras leer su última página, despidiéndome con toda la tristeza del mundo pensando que ya nunca más volveré a leerme por primera vez “Vida y destino” y pensando que, si alguna vez alguien se entretiene en hacer repaso de mis méritos, espero que incluyan que yo me leí este libro.

Y poco más. A sabiendas de la pobreza de este texto recurriré al viejo truco de enriquecerlo apoyándome en otras opiniones e informaciones. Así, aquí una biografía de Grossman, aquí un artículo sobre la novela y aquí otro, que, en mi opinión, complementa al anterior.

Porque, qué novela. Qué novela.

viernes, 31 de enero de 2020

El carro de la compra

Nos turnamos. Por la mañana lleva uno el coche y, por la tarde, el otro. Lo hacemos cuando las competiciones de nuestros hijos están cerca. Y ellos son amigos y nosotros nos llevamos bien, así que, todo son ventajas.

La competición era a las cinco y media de la tarde y, por el calentamiento, a las cuatro y cuarto ya estábamos allí. Junto a la piscina hay una gran superficie (antes se decía hipermercado). -Voy a aprovechar para hacer la compra- me dice el otro padre, al que llamaremos O. -Te acompaño, si no te importa- respondo. No tenía gran cosa que hacer.

Allí estamos los dos, con nuestro carro, recorriendo los pasillos, cargando leche, fiambre, detergente, bebida. Yo empujaba (el carro) y él buscaba, miraba, leía, dirigía, cargaba. Pasivo. Activo.

La compra está hecha, así que nos vamos hacia las cajas. Llegando, escucho a O. que dice:

-Esto, para la fiesta.

Y le veo que coge un bote de lubricante para las zonas erógenas de una marca muy conocida.

Dos varones, adultos, de mediana edad, en la caja con el carro lleno y un bote de lubricante en la cúspide del mismo. La cajera empieza a pasar los productos. Probablemente no puso ninguna cara pero pude (pudimos) leer en el fondo de su pensamiento y noté (notamos) la guasa y el retintín.

Estuvimos, me temo, demasiado simpáticos con ella. Y quizá nos excedimos con la ostentación, sospecho que ridícula, de heterosexualidad que hicimos. No sé si la llegamos a convencer. Si es que llegó a pensar algo.

miércoles, 29 de enero de 2020

El maravilloso mundo de hacer listas. Hoy: Burt Bacharach

Burt Bacharach tiene la bonita costumbre de dejarme estupefacto. Nunca llegó y dijo -hola, soy Burt Bacharach y éste es mi repertorio. No. Siempre estuvo agazapado. Y se ha entretenido en todos los años en que llevo escuchando música en dejar caer sus canciones para que las fuese encontrando. El ritual siempre fue el mismo. Suena una canción en mitad de distintas situaciones. La canción no busca protagonismo. Pero lo encuentra. Algo salta. Alerta. Escucho la canción. Busco datos para identificarla. Título. Cantante. Y detrás, Burt Bacharach. Sonriendo. Lo he vuelto a hacer. Y yo, rendido. Cabrón. Te quiero.

Burt Bacharach tiene noventa y un años. Está vivo, pero ya en la lanzadera. Se morirá y todos querremos hacerle un homenaje y demostrar que somos los más conmocionados y los más conmovidos. Podría esperarme. No pasaría nada. Pero es que el otro día me entretuve en hacer una lista de las veces que Burt Bacharach me sonrió burlonamente mientras yo tenía los ojos como platos. Nueve veces. Y la lista me quema. Me adelanto a los homenajes. Te doy las gracias en vida.

Radio 80. Mi hermano la llamaba Radio Fósil. Hace mucho que esta emisora desapareció. Fue absorbida y su programación cambió. En aquella emisora, que alternaba con Radio 3 en nuestro equipo de música, Dionne Warwick aparecía con cierta asiduidad. “Do you know the way to San Jose”. Y fue sembrando. “Always something there to remind me” (mejor que la version de la gran Sandie Shaw). Y se hizo sitio. “Walk on by” (he de reseñar la versión de Gloria Gaynor, que tuvo su hueco en cierta fase de mi vida). Y, sin gran estruendo, Dionne se quedó con mi corazón para manejarlo a su antojo. “Never fall in love again”. ¿Y quién estaba detrás de todas estas canciones?

Otro hallazgo, entre muchos, que debo a Radio 80 fue Herb Alpert & The Tijuana Brass. “This guy’s in love with you”. Y así como no me atrevo a competir con Dionne (ni con los que vienen después), con Herb sí que me atrevía y esta canción me he visto muchas veces cantándola con ella (todas ellas) cayendo rendida a mis pies. La música de Burt Bacharach y mi voz. Su encanto y mi voz. Nunca pasó pero que la realidad no moleste nuestros sueños.

Pasó mucho tiempo hasta que Burt volvió a aparecer, Y lo hizo con fuerza. Incluso le dediqué una entrada. “Any day now”. Elvis Presley. Aquella noche inolvidable en el bar de la piscina de la Aldea. No vueles, mi hermoso pajarillo.

Antes he confesado mi amor por Dionne Warwick. Y si lo de Dionne es amor, lo de Marilyn McCoo es amor y medio. Persiguiendo a Marilyn (la voz solista de The Fifth Dimension) descubrí a Laura Nyro (le debo una entrada entusiasta y vehemente) y, de vídeo en vídeo, llegué a “One less bell to answer” (cuyos primeros versos dicen -una llamada menos que atender, un huevo menos que freír. El letrista habitual de Burt Bacharach era Hal David. Se supone que era bueno. Entre el huevo sin freír y aquello de- tal y como me levanto, y antes de maquillarme, rezo una pequeña oración por ti- tengo mis dudas). Y aquí me quedé.

Something big”. Esta canción tiene la culpa de esta entrada. Llegó hace dos semanas. Se va a quedar. Lo sé.

Y termino con un clásico o, por decirlo de otra manera, con el clásico: “The look of love”. Hay mil versiones de esta canción. Es un estándar. Manida. Sobada. Cansina. O no. Dionne es el amor. Marilyn, amor y medio. Gladys Knight es otra cosa. El triamor. El hexaamor. El decaamor. Aquel vinilo doble de grandes éxitos de Gladys Knight and the Pips que me regaló Ana hace ya…mucho. Allí, Gladys, como sólo ella sabe cantar. Y detrás, Burt. Sonriendo. Y con los ojos llenos de lágrimas, como tantas otras veces, cabrón. Te quiero.

viernes, 17 de enero de 2020

Tú vales, chaval. Erasmus

-Me han seleccionado en el instituto para un proyecto de Robótica.

-Bien, ¿no?

-Sí. Y os convocarán a una reunión para explicároslo.

-Vale.

No le hicimos más caso. Era extraño que nos fuesen a citar para explicarnos lo que era un trabajo de instituto, pero, como mi hijo ya no contó nada más y no parecía darle importancia, pues se quedó el tema apartado.

Nos convocaron. Fuimos. Lo primero que nos llamó la atención fue que allí estábamos muy pocos padres. Llegaron los profesores. Buenas tardes. Buenas tardes. Empiezan a explicarnos. Se trataba de un proyecto de los llamados Erasmus. En él, un instituto francés, uno alemán y otro español tenían que elaborar un robot para trabajar en un invernadero con la misión de proporcionar distintos datos. El trabajo debían desarrollarlo los alumnos seleccionados siguiendo un programa de trabajo detalladísimo elaborado hasta la última coma por los alemanes (claro) y bajo la supervisión de un tutor. El criterio de selección de los alumnos estaba basado en el expediente, en idiomas y en actitud. Y habían seleccionado a nueve del total de los tres últimos cursos.

Aquí hago un punto y aparte porque Ana y yo, como el resto de padres, a cada frase que pronunciaban los profesores más se nos abrían los ojos con la información que íbamos recibiendo y más nos hinchábamos como pavos. Que nuestro hijo es fabuloso, en fin, qué vamos a decir. Que sus notas son buenas, nada, ahí están. Que se lo reconozcan y sea recompensado por ello, pues oye, decir que nos llena de orgullo y de satisfacción es poco.

Siguieron. Dentro del plan de trabajo estaban incluidas estancias de diez días de los alumnos en los distintos institutos. Y éste era el motivo principal de la convocatoria, no sólo el informarnos. Por una parte se trataba de aprobar que nuestros hijos fuesen a salir al extranjero durante esos días, siendo menores de edad. Por otra parte, el presupuesto era ajustado y éste incluía los viajes pero no las estancias por lo que las mismas serían en régimen de intercambio, es decir, que durante diez días tendríamos que alojar a un francés y a un alemán en casa. Nos repartieron un papel que debíamos rellenar y nos dieron un plazo de una semana para que nos lo pensásemos.

Ana y yo nos miramos. Nada que pensar. Firmamos y le dimos la hoja a los profesores en ese instante. Siempre les digo a mis hijos que no desaprovechen nunca una oportunidad y una como ésta no es frecuente. Y no es mi hijo temeroso ante la posibilidad de salir. Todo lo contrario. Y tener a dos inquilinos en casa…pues ya nos apañaremos. No es nuestra casa precisamente el palacio de Versalles, pero encontraremos la solución (me veo durmiendo en el suelo). Y después de la experiencia con el turisto lionés, hasta nos apetecía.

El instituto alemán está cerca de Heidelberg. Mi conocimiento de geografía alemana es escaso, pero Google solventó rápido esa carencia. Sobre la ubicación del instituto francés, los profesores dijeron Martinica varias veces. En una de ellas levanté la mano.

-Perdonen. Cuando dicen Martinica, ¿se refieren a Martinica?

-No hay otra.

Al Caribe. Diez días en el Caribe. El cabronazo de nuestro hijo se va diez días al Caribe a trabajar, dicen. A desarrollar un proyecto, dicen. ¿Y nos dan una semana para que nos lo pensemos?

Al llegar a casa, nuestro hijo nos recibió con una sonrisa de medio lado. ¿Por qué no nos habías contado nada? Prefería que os enteraseis así. Además, no me habríais creído.

Y ahí van con el proyecto. Y ya está preparando el primer viaje. Será pronto. No tendrá que llevar demasiado equipaje puesto que un bañador ocupa menos que un abrigo. Escribí a los profesores. Me manejo mejor por escrito que de palabra y debía darles las gracias. Me siento en deuda con un grupo de personas que, sabiendo que existen partidas para estas actividades, las pelean para que sus alumnos puedan beneficiarse y vivir experiencias que jamás olvidarán. Experiencias que no son sólo de trabajo, no sólo de viajar, de conocer gente de otros lugares o de ver otros paisajes. Otras vivencias que con el tiempo verán que no son tan frecuentes. Los profesores (la profesora) no se limitó (que ya era bastante) a conseguir la beca para sus alumnos. Escribió. Llamó. Prensa. Y, al poco, envió un correo a los padres. El próximo miércoles por la tarde tendrán los alumnos que estar en el instituto ya que, desde allí, partiremos hasta el ayuntamiento donde nos recibirá el alcalde.

-Qué suerte tienes.

-No sé si ir. Igual no llego a entrenar.

- ¿Que no sabes si ir? Tú vas sí o sí. Primero, por educación. Segundo, porque hay cosas que puede que sólo te ocurran una vez y a muy pocos les pasa y tú vas a poder contarlo. Y, tercero, porque tienes el encargo de, como haya una oportunidad, decirle al alcalde que tu padre no quisiera morirse sin escuchar una mascletá desde el balcón del ayuntamiento.

No hubo oportunidad. No pasa nada. No puedo sentir rencor por esto. El orgullo tan inmenso que siento me lo impide. Porque, hijo mío, eres extraordinario.

jueves, 2 de enero de 2020

San Silvestre

El pasado día treinta y uno celebramos en la Aldea del Secarral la quinta edición de nuestra San Silvestre (porque San Silvestre se celebra el día treinta y uno de diciembre. Proliferan carreras con este nombre que se disputan en días anteriores a cuyos equipos organizadores recomiendo/exijo que busquen en el santoral el nombre apropiado, que luego vienen las confusiones). A las ocho y media de la mañana, con una temperatura primaveral de cero grados y con hielo por doquier, allí estábamos ya los cuatro de siempre preparándolo todo. Este año hicimos un pequeño cambio, ya que, por circunstancias, no tomamos como centro de operaciones el salón de la Casa Grande sino el patio del Ayuntamiento. Pensando dónde poner los altavoces Kyezitri sugirió el balcón del Ayuntamiento. Su sugerencia fue aceptada y allá que nos subimos él y yo cargando con los mismos. Como Kyezitri tiene enchufe fue abriendo las dependencias, el salón de plenos y el balcón. Colocamos los altavoces y, tras varios intentos, los conectamos. Una vez conectados levanté la vista y me vi en el balcón del Ayuntamiento, flanqueado por las banderas reglamentarias. Y fue inevitable.

¡Vecinos de la Aldea! ¡Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación!

Si Pepe Isbert hubiese sido estadounidense, habría estados con su nombre.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Algo contigo

Chico Novarro realmente se llama Bernardo Mitnik aunque sus amigos le llaman Miki. Es argentino, hijo de ucraniano y de rumana judía. Su padre quería que fuese contable pero él prefirió ser músico. Y es músico. Ha compuesto unas seiscientas canciones. Ha trabajado en televisión, en el teatro. Se ganó la vida tocando en distintas orquestas en Argentina, en Chile, en Colombia. Estuvo en un dúo llamado Los Novarros. El otro componente era más alto y le llamaban Largo Novarro. Fue músico de jazz. Escribió tangos. Tuvo relación con Jobim, con Armando Manzanero, con Olga Guillot, con Dorival y Nana Caymmi, con Astor Piazzolla. En una fiesta fue poco menos que empujado hasta el piano. Allí se sentó y comenzó a tocar y a cantar. Lo hizo para sí mismo. Cantaba boleros. La gente de la fiesta empezó a arremolinarse a su alrededor. Allí estaba también Vinicius de Moraes quien, con su vehemencia habitual (“¡Ése e un filho da puta! ¡Filho da puta!”) le sugirió/conminó a que escribiese también boleros.

Un amigo mío dice que ser “el amigo gay” está muy bien cuando uno es gay. Cuando no se es, pues mal. Chico era el amigo gay de Ella (la llamaremos así). Pero, como su orientación sexual era otra, pasó lo que suele ocurrir en estos casos: se enamoró. Y, como pasa el cien por cien de las veces, ella (Ella)…pues no.

Tenemos entonces al bueno de Chico sufriendo de mal de amores, con el corazón hecho añicos y sintiendo retumbar en sus oídos la voz de Vinicius de Moraes llamándole filho da puta. ¿Qué hizo? Sacó un folio, cogió un bolígrafo y escribió:

¿Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo?

Y ya no escribió más. Intentó seguir pero se vio incapaz. No sabía cómo continuar aquella frase. Y pasó un año, un año en el que el folio con esa frase escrita estuvo sobre la mesa acumulando polvo y esperando y reclamando su momento. Y su momento llegó al año. Chico se sintió preparado y pudo continuar con la letra y escribió la música. Y publicó entonces un bolero: “Algo contigo”.

La canción fue un éxito. El mundo siguió girando y, en uno de sus giros, permitió que Chico y Ella volviesen a coincidir. Ella, después de hablar de lo que hablasen, le manifestó su intención (también vivía de la música) de hacer una versión de “Algo contigo”.

Chico la miró. Lo que había en su mirada, no lo sé. Lo que dijo sí es conocido. –Pero, ¿es que no sabes que esta canción la escribí por ti?

Si dijo Ella algo tampoco se sabe. Lo que sí es sabido es que Ella nunca llegó a grabar una versión de esta canción.

P:D. Mi versión favorita de “Algo contigo” es y será siempre ésta.

P.D. He escuchado esta historia en la segunda parte de “Hoy empieza todo”, en Radio 3. La ha contado un músico argentino. No me he quedado con su nombre. No sólo te cojo la historia. Tampoco te cito. Lo siento. Pero muchas gracias.

martes, 10 de diciembre de 2019

Me gustan los carteles con los textos en cirílico o en alemán

Tenemos este cartel en la cocina de casa. Fue un regalo navideño de Adela. El de la camiseta roja creo que es Vladimir Kuts, leyenda del fondo soviético y mundial en los años cincuenta (aquí un artículo sobre él buenísimo). Me gusta pensar que es él. Pero aunque no lo fuera. Es en “La soga” donde uno de los personajes dice (cito de memoria) –no le haga caso. Sabe que no elige las palabras por su significado sino por su fonética. Este cartel no se hizo un hueco en casa por su significado. Lo hizo por su sonoridad, por su luz, por sus colores, por lo que irradia. Y por su texto en cirílico, que es parte del cartel. Parte de lo que es. Parte de su belleza. Y no por lo que dice. No sé lo que dice. A quién le importa lo que dice.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Dieciséis

En la crónica de mi vida calcificada me quedé en la media maratón de la Alcudia. Faltaban entonces ocho semanas para el maratón en Valencia. Y el maratón, un año más, era el objetivo. Estaba la deuda de la retirada del año anterior. Estaba el temor de volver a romperme. Pero cada día era un paso adelante. Y allí estábamos, como siempre, con las semanas de noventa a cien kilómetros, con las series, con los dieciocho trescientos, con los cinco dosmiles, con los quince cuatrocientos, con los siete milquinientos, con los dos cincomiles, con los largos. Todo marchaba. Todo funcionaba. La rutina de los ejercicios. El entrenamiento. La cadera, que me respetaba. No había objetivo para el maratón. El maratón era el objetivo. Y salir. Pelearlo. Disputarlo. A lo que fuera. A lo que diese. Como siempre.

El día de la media maratón de Valencia salí de casa, rodé una hora, me colé en el dos (espero que no lea esto la organización) y me salí en el veinte. Del dos al catorce fui por debajo de 4:30. Del catorce al veinte a 4:15. A cinco semanas del maratón estaba pletórico. Eufórico. Salí a rodar al día siguiente. Doce kilómetros tranquilos. Me notaba muy cansado. Me molestaba la cara posterior del muslo izquierdo. No le di importancia. Agujetas, pensé. El martes nos tocaban series. Catorce de quinientos. Seguía notando algo raro en el mismo sitio. Comenzamos con las series. Las iba haciendo en los tiempos previstos. Llegó la última, la que se hace con lo que queda (todas hieren. La última, mata). A falta de doscientos metros la parte trasera del muslo se me bloqueó. Me quedé paralizado. Fisio. Inflamación del ciático. Antiinflamatorios. Para tres días y prueba. Paro tres días. Salgo. Ruedo media hora muy suave. Tocaban tres cuatromiles. Empiezo con el primero. A los dos minutos levanto el pie. Esto no está claro. Me pongo a trotar. Dos minutos después, latigazo en el mismo sitio. Fisio. Hematoma. Ecógrafo. Desgarro en el abductor mayor (tengo abductor mayor. Aprendo anatomía a la fuerza). Reposo. ¿Cuánto? Vuelve en diez días. Adiós a la Behobia (lo cual no quitó el viaje a San Sebastián y que me bajase a Pasajes y a Gros a, como dirían los cursis, devolver una infinitésima parte de lo que la Behobia me había dado tantas veces, animando y jaleando muerto de pena y de envidia en un día fabuloso para correr y para las endorfinas, un día de lluvia, granizo y viento). Diez días de natación y de pensar, de darle vueltas, de rabia, de negatividad, de impotencia, de resignación, de tristeza.

Pasaron los diez días. Fisio (nos quejamos de los precios de las carreras pero es una cantidad mínima comparado con lo que nos dejamos en fisios). Parece que todo está en orden. Prueba en la elíptica y en la bicicleta estática. Pruebo (la elíptica es un instrumento del demonio. Hay torturas mucho más placenteras). No noto nada extraño. Sal mañana ya a correr. Y no vendas ni regales tu dorsal del maratón.

Faltaban doce días para la carrera. Había perdido tres semanas, tres semanas de las cruciales. El plan no podía ser otro ya que salir a rodar. Hacer kilómetros pero con cabeza y a un ritmo tranquilo. No tenía sentido ni forzar ni pasarme. Corría dos días. Descansaba uno. El domingo anterior salimos e hicimos veinte kilómetros, la mitad de los cuales fueron por debajo de cinco minutos el kilómetro. Aguanté bien. La lesión no se manifestaba. Decidí no vender el dorsal. Ni regalarlo.

La semana previa hice mis kilómetros sin sobresaltos. Recogí mi dorsal el viernes. Pasé el sábado de víspera con el miedo habitual. Y a las cuatro de la mañana ya estaba desvelado. Y dándole vueltas. Tenía mucho miedo a romperme, a que mi musculatura saltara por cualquier sitio, a tener que retirarme otra vez. Tenía miedo a la falta de kilómetros y a que me pasasen factura al final. Javi me había dicho que iba a salir a 4:40 el kilómetro. Me pareció un buen autobús para subirme, para probar. Y, entre miedo y miedo, también veía una primera mitad de carrera prudente y una segunda mitad desatada, desbocada, sin cadena.

A las siete y media habíamos quedado David, Zazo, Javi y yo. No hacía frío a esa hora. Mal asunto. Calentamos. En el punto de encuentro ya vimos al Barbas, a Quique, a Juan, a Ernesto, a Palazón, a Jorge. Abrazos. Suerte. Nos fuimos a los cajones. A las ocho y media, disparo, “Libre” y a correr.

Salimos. Javi es un reloj y lo fue. Palazón, David, un amigo de David y yo pegados a él. En el dos yo iba empapado de sudor. Los kilómetros empezaron a pasar. Seguíamos a ritmo. El cinco, clavado. Y el diez. En el catorce noté como una descarga eléctrica en la zona del desgarro. Me asusté. No paré. Fue sólo un susto. Seguí. Seguimos. Quince. En el dieciocho nos cogió por detrás (desde que trabajo con argentinos me hace mucha gracia esta expresión) Zazo, que había salido en un cajón posterior. Veinte. Media maratón en 1:38:08. Normalmente, si va todo bien, cuando paso la media es como si me quitaran un lastre y acelero. Esta vez vi que pesaba lo mismo. Las piernas aguantaban pero no iban frescas, ni mucho menos. Notaba el calor. Iba incómodo. Pero tocaba seguir. A 4:40. Veinticinco. Treinta. Parecíamos relojes. Y allí seguíamos los seis.

A partir del treinta ya hay pocas estrategias. Cada uno va como puede, a su ritmo, al ritmo que le dejan las piernas. Se me fueron Zazo y Palazón. Luego Javi. Agaché la cabeza. Apreté los dientes. Aquello iba a ser largo. Hay que llegar a la Gran Vía. Al Bioparc. Al puente del Nueve de Octubre. A Archiduque Carlos. Iba mal pero los kilómetros llegaban. Hay veces que nunca llegan pero esta vez sí. A por la avenida del Cid. Allí me sentí aliviado. Aunque me hubiese roto muscularmente habría llegado. Puestos a andar, lo mismo me daba desde allí irme a casa que a la meta. San Agustín. Ahí empieza el pasillo. Cabeza agachada. Oía los gritos, los aplausos. Voy a llegar. Voy a llegar. Porta de la Mar. Plaza de América. Jacinto Benavente. Mis piernas saben que llegan. Mi cabeza sabe que llega. Mi abductor mayor y mi cadera saben que yo voy a llegar, que voy a volver a cruzar la meta de un maratón. Bajada al río. Ciudad de las Ciencias. Kilómetro cuarenta y dos.

Subo a la moqueta sobre el estanque. Faltan ciento noventa y cinco metros. Esos metros son míos. Sólo míos. Esta vez no grito. Sólo pienso: estoy aquí. Vuelvo a estar aquí. He hecho mil horas de ejercicios y estiramientos para volver a estar aquí. No hay nada que se pueda comparar a estar otra vez aquí. Cruzo la meta. 3:19:37.

Palazón, Juan, Ernesto, David, Barbas, Zazo. No veo a Javi. Ni a Carmelo. Ni a José Julio. Quique y Jorge no van a venir. Paco viene con retraso. Me despido. No puedo andar. Tengo las piernas completamente tiesas. Estoy empapado y tengo frío. He sufrido. He hecho mi segunda peor marca en Valencia. Y voy andando hacia casa con mi medalla colgando y con una sonrisa que me ocupa toda la cara. Feliz. Absolutamente feliz.

Las tres semanas que estuve parado lo que más pensaba y repetía era que mi cuerpo ya no soportaba un plan de maratón, que se había roto el año anterior y que éste se había vuelto a romper, que me estaba mandando señales demasiado evidentes como para no escucharlas. Y no pasa nada, me repetía. Puedo seguir corriendo, puedo seguir haciendo cincuenta kilómetros a la semana y competir hasta medias maratones. Puedo disfrutar sin necesidad de largos, catorce de quinientos o siete de milquinientos. Pero también soñaba con poder despedirme desde dentro, de que mi cuerpo me diese una tregua y me dejase decir adiós al maratón desde la moqueta azul. Y mis plegarias fueron atendidas. Y llegué a la moqueta azul. Y no me despedí. Es demasiado hermoso correr un maratón como para decirle adiós. El maratón de Valencia ha crecido tanto y es una carrera tan colosal, tan portentosa, tan fabulosa, tan tremenda como para seguirla como espectador y no desde dentro. Tiene que haber otra forma de prepararlo. Bastaría con ser menos agresivo con el plan, con entrenar a otros ritmos. Y tendré que aprender a hacerlo. Porque no me puedo despedir. Porque quiero volver. Porque tengo que volver. Porque voy a volver.

jueves, 7 de noviembre de 2019

El valor del azúcar

De cuando la letra era (o es) poesía. Y la melodía es (o era) importante.

Amor, yo sé que quieres llevarte mi ilusión.
Amor, yo sé que puedes también llevarte mi alma.
Pero, ay amor, si te llevas mi alma, llévate de mí también el dolor.
Lleva en ti todo mi desconsuelo y, también, mi canción de sufrir.
Ay amor, si me dejas la vida, déjame también el alma sentir.
Si sólo queda en mí dolor y vida,
ay amor, no me dejes vivir.

“Ay amor”. Ignacio Villa (Bola de Nieve). Aunque, para mí, Caetano.


(…) Yo, que he luchado contra toda la maldad.
Tengo las manos tan deshechas de apretar que ni te puedo sujetar. Vete de mí.
Seré en tu vida lo mejor de la neblina del ayer, cuando me llegues a olvidar.
Como es mejor el verso aquel que no podemos recordar.

“Vete de mí”. Ignacio Villa (Bola de Nieve). Aunque, para mí, Caetano. Incluso mejor que Antonio.


(…) Voy a navegar en tu puerto azul.
Quisiera saber de dónde vienes tú.
Vamos a dejar que el tiempo pare,
ver nuestros recuerdos en los mares
y esta soledad tan profunda.

“Soledad y el mar”. Natalia Lafourcade. Con los Macorinos.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Escúchame. Compréndelo

Salimos el domingo a hacer un largo. Éramos cuatro. A la ida nos reímos bastante. A la vuelta ya empezamos a apretar. Uno de los cuatro iba hablando sobre no sé qué y dijo -porque el corazón. Y dejó la frase en suspenso. El resuello no le daba para completarla. Los otros dos comenzaron a cantar -es un músculo sano pero necesita acción. A mí, en aquel silencio, lo que se me vino a la mente fue -es indomable y no me quiere y yo me muero por su amor. Pero me callé. No canté. Y no fue por falta de aliento. Me avergoncé de mis referentes. Me arrepiento.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Mi vida calcificada

Media maratón de la Alcudia (o del Kaki). Era el siguiente paso para mi vida calcificada. Tras las vacaciones y tras correr todas las carreras (cinco) que pude, tocaba ya pasar a la siguiente estación a la hora de probar a mi cadera izquierda. Siempre desde el respeto, que mi media hora de ejercicios diaria y mi hora semanal de piscina no me la quita nadie. Empezaron ya las semanas de setenta kilómetros, las series cortas, las series largas, los largos. La cadera se manifiesta, protesta, pero me va dejando. Y yo estoy, con la cabeza agachada, yendo día a día, colándome por todos los resquicios que me deja.

Desde noviembre pasado, en la Behobia, no veía en carrera el kilómetro once (y sucesivos). Estaba nervioso en la salida. Tenía muchas dudas de cómo iba a responder mi cuerpo. No tenía ganas de sufrir, vamos. El día era muy húmedo. La temperatura no era demasiado alta, pero se veía a la legua que iba a ir subiendo conforme avanzase la carrera. Y sombra, salvo en los pueblos, había poca. O ninguna. De hecho, hice mi calentamiento y en la salida me goteaba el sudor. Pero se trataba de probarme, así que había que correr y que fuese lo que Dios quisiera. A las nueve y media, disparo, a correr y a ver.

El circuito era bastante llevadero. Una vuelta de tres kilómetros por la Alcudia. Luego salías y, pegado al barranco, llegabas a Benimodo, le dabas una vuelta y de nuevo hacia la Alcudia entre campos de kakis donde terminabas dando otra vuelta de tres kilómetros. Dos pasos por el barranco y cuatro pasos por un túnel eran los obstáculos que suenan ridículos cuando corres carreras en la provincia de Cuenca pero que, en Valencia, convierten una carrera en una prueba alpina. Pero como mis últimas carreras habían sido en el Secarral y como aún tengo reciente subir a los Pinos del Barbero, a la ermita de Alconchel o al castillo, tachuelillas.

Enseguida cogí mi ritmo. Llevaba delante al práctico de hora y media. Mantuve la distancia hasta que, a la altura del kilómetro cinco, lo pasé. No miraba mucho el crono, pero lo justo para ver que iba bien entre 4:10-4:15 de promedio. La humedad seguía siendo alta. La temperatura iba subiendo. Pero los kilómetros pasaban. Y el cuerpo respondía.

A partir del kilómetro quince mi única obsesión era llegar a la Alcudia. Veía que el 1:29 ya lo tenía y que el 1:28 estaba a tiro. Y 1:28 era la marca que hice allí hace un par de años en unas condiciones similares, por lo que me sonaba a gloria. Tenía que llegar a la Alcudia. Eran tres kilómetros, pero allí ya habría sombra. Y con lo bien que termino siempre las carreras, el kilómetro dieciocho se convirtió en el objetivo. De ahí a meta, paseo triunfal.

Y llegué al dieciocho. Llegué a la sombra. Y estaba fundido. Cogí agua. Me la eché por la cabeza. Bebí lo que pude. Me sentó fatal. Comenzó a pasarme gente. Y gente. Y más gente. Pasamos dos veces por el túnel. Aquello era el Aubisque. Y el Gavia. Ni rastro de mi espíritu conquense. No sé cómo llegué al diecinueve. Y al veinte. Y a meta. 1:29:43.

Cuando me recuperé vi que estaba disgustado. Y me alegré. No caí en la milonga sentimental de pensar que había vuelto a correr una media cuando hace no mucho pensaba que no lo volvería a hacer. No me dejé llevar por la blandenguería y por la tendencia natural a convertir en épico y en grandioso cualquier superación de un obstáculo que pudo parecer imposible. Estaba cabreado. Soy corredor. No sé lo que me puede quedar, pero, lo que me quede, va a ser con todo. Mal que bien el peldaño de la media está tachado. Hay un peldaño superior. Seguimos.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Sonrisas y (valle de) lágrimas


Hubo una época en que la verdad estaba en los sobres de azúcar. Igual es un tanto exagerado pero, bueno, podías encontrarte citas más o menos elevadas de personajes más o menos ilustres que te podían hacer reflexionar (más o menos). No fue muy largo aquel periodo, pero lo suficiente como para que me quedase el hábito de mirar siempre que me daban un sobre para ver qué me encuentro. Vino después otra época en la que era gente quien enviaba citas de su propia cosecha para que se las publicasen y aquello se convirtió en un despropósito de obviedades pretenciosas que, afortunadamente, tampoco duró mucho. Luego se volvió a la publicidad pura y dura y allí estaba yo, buscando sabiduría donde pretendían venderte café o recordarte el nombre del bar donde estabas.

Es reciente que escribí que el camino más corto hacia la felicidad es el de la misantropía. Y no sé si es mi naturaleza la que me va llevando por ese camino o es el mundo el que me obliga. Me resulta sorprendente la necesidad de motivación que existe. Y esta motivación no pasa por palmadas en la espalda o por un –bien hecho. Da la impresión de que se ha puesto de moda instaurar una felicidad en la que todos parece que estén drogados repitiendo frases bobaliconas de una melosidad insoportable con caritas sonrientes que me resultan de un papanatismo aberrante y es en esa atmósfera en la que tenemos que vivir sintiéndonos plenos y motivados. Este fenómeno lo observo desde fuera. Con vergüenza pero desde fuera, procurando que me salpique poco y poniendo sonrisa de circunstancias cuando me toca ser receptor de alguna de esas frases. Lo malo fue este viernes, el día de nuestro almuerzo reglamentario, cuando el café vino con el sobre de la foto. Y ahí me dolió. Mal que bien el territorio de los sobres de azúcar era sacrosanto. Parecerá una tontería (es una tontería) pero me sentí alienado. Y pensé que hay que poner freno a esto. No sé si hay que reivindicar el Concilio de Trento, volver al valle de lágrimas, electroshock, guantazos preventivos o tener a toda esta panda las veinticuatro horas del día leyendo a Paulo Coelho hasta que revienten. No sé cómo. Pero que hay que erradicar esta plaga, de eso estoy seguro. O bajarme del mundo ya de una vez y que les den por saco a todos.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Refritos: los Borgia y el reloj de cuco

Pusieron “El tercer hombre” por la televisión. Empezaba a las diez de la noche. Era muy tarde para el madrugón del día siguiente. La he visto decenas (o cientos) de veces. Me la sé de memoria. Me senté. La vi. Igual que la primera vez. Igual que el resto de veces.

Pasé mucho sueño el día siguiente. No me arrepentí en ningún momento. Me vino a la memoria una entrada que había escrito sobre la película y el libro. La busqué. Principio de dos mil ocho. La leí. Entre mis entradas distingo dos tipos: de las que me avergüenzo y de las que no. Aquella estaba claramente en el primer grupo. No es que estuviese mal escrita. Era el tono. Y el afán de protagonismo. No se merecía “El tercer hombre” algo así. Me sentí en deuda. Segundo intento.

Graham Greene recibió el encargo de Alexander Korda de escribir el guion para una película que tendría que dirigir Carol Reed. Tenía Greene en aquel momento rondando una idea por la cabeza, idea que pensó en dar forma tras recibir el encargo. Esa idea era la de contar una historia en la cual alguien, tras asistir a un sepelio, se encontrase con el finado vivo y fenomenal de salud. Greene y Reed (a los dos les sobra una e), para desarrollar la trama se recorrieron todos los cafés de la Viena del final de la Segunda Guerra Mundial. Luego Greene, siguiendo su método, se encerró para escribir el relato que serviría de base para el guion definitivo de “El tercer hombre”.

Me leí el relato. Existen dos reglas básicas: nunca leas el libro que dio origen a una película que te haya gustado y nunca veas la película que se haya hecho a partir de un libro que te haya gustado. Estas dos reglas se deben seguir (salvo con “Matar a un ruiseñor” y “Carta a una desconocida”) siempre. Y con “El tercer hombre” me las salté y no hubo excepción.

“El tercer hombre” (aquí supongo que debiera advertir que voy a destripar parte de la trama). Las vicisitudes de Harry Lime, Holly Martins (en el relato, Rollo Martins. Joseph Cotten pidió cambiarle el nombre al personaje, en el libro, británico y, en la película, estadounidense, ya que el nombre de Rollo tiene connotaciones homosexuales en Estados Unidos), Anna Schmidt y Calloway por la Viena en blanco y negro, oscura, derruida y dividida en cuatro tras la Segunda Guerra Mundial, con su red de alcantarillado, con su noria, con su viejo vendiendo globos, con su niño acusando a Martins de asesinato y con la música de Antón Karas siempre presente (durante toda la lectura me acompañó la cítara). Decir que la película me parece fabulosa es quedarse corto. Y decir que el final me resulta portentoso, una obra de arte en sí mismo, también es quedarse corto, muy corto. Esa escena en la que Martins, a la salida del cementerio, hace parar el jeep a Calloway y se baja para esperar a Anna. Y ella recorre todo el paseo con la mirada fija al frente sin siquiera mirarlo y pasa de largo. Por eso, cuando al final del relato, Anna se para junto a Martins, le coge del brazo y se van juntos, cogí el libro y lo estampé contra la pared. Señor (mister) Greene, no. Anna no podía quedarse con Martins. No podía. Y no porque fuera un perdedor. Martins ha traicionado a su amigo. Vale que Harry Lime era un ser deplorable y que se merecía todo el mal del mundo. Pero Martins tenía sus valores y su concepto de la amistad y los ha traicionado. No ha traicionado sólo a Harry. Se ha traicionado a sí mismo. Y no podía ser recompensado. Anna sí que fue fiel a Harry. Ella no lo traicionó. Ella no se traicionó a sí misma. Por eso no podían quedarse juntos. Tal vez Martins alguna vez llegase a perdonarse. Anna, no. Anna nunca lo perdonaría. Fue Carol Reed, por lo visto, quien obligó a cambiar el final. Menos mal, señor (mister) Greene. Menos mal.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Los graves problemas de los habitantes del primer mundo

Tengo muchas camisetas. Y cuando digo muchas hablo de más de cien. Demasiadas. Es lo que tiene correr unas veinte carreras al año, donde casi siempre te dan una camiseta conmemorativa. Unas pocas son de algodón, que guardo como reliquias ya que son vestigios de otros tiempos, de otro siglo. Algunas más son de tirantes o de manga larga. El resto, mayoría aplastante, son de las llamadas técnicas de manga corta. Y son un problema. Un problema de espacio, claro. En la estantería de Valencia no puedo comprimirlas más. De Valencia pasan al armario del Secarral, donde se apilan en una columna que cada vez es más alta. Y dado que siempre cojo la camiseta de abajo (estructura FIFO), entre la altura y el movimiento de la base me paso el día recomponiendo la columna.

El problema, realmente, no es de espacio. Es un problema sentimental. Ya he dicho unas cuantas veces (y lo que digo cinco veces es verdad) que las camisetas se ganan y, así, cada una de esas camisetas tiene su historia. Y como tengo el hábito de acordarme de todo, cada camiseta me habla y me recuerda cómo, dónde, qué y con quién. Y así no hay manera de hacer limpia y de ajustar el inventario a las necesidades reales.

Siempre existe la opción de engañarse a sí mismo. Recuerdo unas zapatillas ya viejas que me habían dado un resultado fabuloso y que era incapaz de tirar a la basura. Ana me dijo -no las estás tirando. Las estás mandando al cielo de las zapatillas buenas. Desde entonces me despido siempre de ellas con la alegría de saber que van a ir a un sitio mejor donde, por fin, podrán descansar.

Con las camisetas comencé a usar otra estrategia. No las mando al cielo sino que trato de que tengan una segunda oportunidad. Así, ofrezco camisetas a los más cercanos. Algunos aceptan. Y yo, pues tan contento de que algunas de mis camisetas sigan viviendo y sigan siendo útiles. Lo malo es que, de vez en cuando, se las veo puestas. Y no me gusta. Y no porque piense que me están siendo infieles (que también). El asunto es que en otros cuerpos se manifiestan como lo que son: camisetas viejas, usadas y bastante feas (no les voy a dar las más nuevas, mejores o más bonitas). Y lo que yo pienso en principio que es generosidad y buenos sentimientos (con lo que eso tiene de autocomplacencia) se transforma en lo que es: me quito un problema y santas pascuas.

Y me quedo chafado. El dolor de hacer la selección de las camisetas que van a salir, el dolor que no sólo viene causado por cómo fue ganada esa camiseta sino también por el sentimiento de ingratitud de apartarla después de haber corrido con ella un montón de kilómetros, necesita ser mitigado con cualquier otro tipo de excusa. Y ya la he encontrado. Junto a mi casa han colocado un contenedor para ropa usada que gestiona una ONG. Y he visto la luz. Ya no sólo mis camisetas van a tener una segunda oportunidad sin necesidad de verlas puestas en otros. Ya no sólo sigo siendo generoso. Ahora también soy solidario. Mi autocomplacencia ha alcanzado, por tanto, un nuevo estatus. Como todo solidario que se precie, me he arrogado una estatura moral que me eleva por encima del resto. Mis camisetas me han llevado a un nivel superior. Cómo molo. Estoy a punto de decir que hago running.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

King Jorge

Los amigos son los amigos. Al final, que estén o que no estén, que los veas más o que no los veas nunca es sólo circunstancial. La amistad es un sentimiento, un sentimiento que parece que sea patrimonio de la adolescencia y de la juventud, cuando el tiempo pasa más despacio, pero que siempre encuentra resquicios pasen los años que pasen. Nunca es tarde para conocer gente. Nunca conocemos a demasiada gente. Nunca es tarde para querer.

No parece el trabajo el mejor sitio para hacer amigos. En el trabajo se producen muchas situaciones que muestran a las personas tal y como son de verdad. El trabajo puede sacar lo peor de cada uno. O lo mejor. Gente en quien refugiarte, en quien confiar, con quien desahogarte, con quien charlar, con quien sonreír o con quien reírte con ganas. Las discusiones Valencia Atlético de Madrid con Nacho; las conversaciones interminables sobre cualquier tema con Vicente (Señor del Sie7e. Qué tiempos); lo que supuso Sergio, el único rayo de sol en mitad de aquella podredumbre; Raúl, el maestro albaceteño, que tenía el don de hacerte reír en la peor de las situaciones.

Y Jorge. El señor gruñón. El señor de atribulada vida galante. El señor de buen gusto musical que he contribuido a enriquecer. El señor de excelente criterio a la hora de catalogar a las personas. El señor al que sólo tenía que mirar para entendernos.

La amistad es un sentimiento, independiente de las circunstancias. Eso no va a cambiar, Jorge. Pero ir a trabajar no va a ser lo mismo. Primero fue Raúl. Ahora, tú. Te diré que te deseo suerte y que te deseo lo mejor, pero que sepas que es mentira. Me dejas solo. Y esto no se hace. Te voy a querer siempre, eso tenlo seguro. Pero, perdonarte, nunca.

viernes, 30 de agosto de 2019

Porque en agosto, por las noches, refresca

Le preguntamos a Juanjo si se apuntaba al día siguiente a hacer una ruta con la bicicleta. Nos contestó lo siguiente:

Te quiero hablar algo está para que con Susana del producto no se.

No vino.

Le compré a Kas su bicicleta. Una maravilla. He notado una mejoría brutal. Antes me quedaba siempre y me tenían que esperar. Ahora también me quedo, pero me esperan bastante menos, dónde va a parar. Pensaba que lo importante era dar pedales, pero va a ser verdad que la máquina también influye.

Medalla de plata en la competición de relevos de natación en la aldea. Muy meritoria. Nos ganó el equipo de Silvia (y de mi hijo). Tuve mi momento de gloria puesto que hice la primera posta y toqué el primero. El que se le saliese el hombro al que iba delante de mi fue una desgracia que lamento profundamente.

Tres libros me han acompañado estas vacaciones. Dos de Lucia Berlin (me cuesta un horror no poner las tildes): “Una noche en el paraíso” y “Manual para mujeres de la limpieza” y otro de William Faulker: “Intruso en el polvo”. Me he quedado con las ganas de encontrar todo lo bueno que me habían dicho de Berlin. Le he dado todas las oportunidades. Alguna vez apuntó algo, pero fueron chispazos. Y luego, pues Faulkner. No se debe comparar, pero…bueno. Hay más literatura en cualquier signo de puntuación que no pone Faulkner que en todo Lucia Berlin.

Nos preparó Paco un almuerzo en Guillén, almuerzo (espectacular) que cogimos con ganas después de dos horas y media de bicicleta (algunos). Estando con la boca llena pasó un coche. Paró. Bajaron la ventanilla. Asomó una cabeza. “Los hombres se demuestran comiendo. Trabajar es maña”. Subió la ventanilla. Se fue.

Firmamos tablas este año Calderators y Perolators en la comida de las vacas. Unas tablas disputadas puesto que salieron muy buenas las calderetas. Y eso que Javier casi muere de insolación.

Dos días salimos a rodar Javier y yo al atardecer. Subimos hasta el vértice y luego bajamos por un camino lateral. Los dos días nos paramos a ver la puesta de sol (los atardeceres del Secarral son…No hay palabras). Los dos días tuvimos testigos femeninos. “Debajo de esta apariencia ruda, salvaje e indomable se esconde un alma tierna y un corazón sensible”.

Cinco carreras he corrido estas semanas, las cinco junto a Fernando (bueno, detrás de él). Garcimuñoz, con la sensación de haber corrido bien aunque el cronómetro decía que no. Tresjuncos, muy bien, sintiéndome poderoso. Alconchel de la Estrella, un sufrimiento, con mucho calor, la sombra de cero árboles, con unas cuantas cuestas interminables y una subida a la ermita por una senda de las de andar. Tal y como crucé la meta pensé –aquí no me veis más el pelo. Luego salieron las clasificaciones y vi que había hecho podio de la categoría y, de repente, le encontré la belleza a la carrera. Voy a poner la foto del podio, no por chuleo (bueno, sí) sino porque creo que es el podio más bonito al que he subido.

Después vino la mejor carrera del mundo. Como siempre en año impar hice podio local (y, como siempre, hice cuarto de veteranos). Corrí muy bien, con una segunda vuelta que disfruté mucho. Y, al día siguiente, y como es tradición por octavo año consecutivo, Fuentelespino, donde hice, treinta segundos arriba o abajo, el mismo tiempo de siempre. Nada cambia en Fuentelespino.

La mejor carrera del mundo sigue siendo la mejor carrera del mundo. Nos lleva trabajo, nos quita tiempo, nos deja un regusto de amargura cuando algo no sale bien, nos quita el sueño pero sigue saliendo adelante y con un nivel que, pienso, es para estar contentos. Y seguimos teniendo mucho por mejorar. Y sigue mereciendo la pena.

Tuve dos experiencias, una indirecta y otra muy directa, con padres que tienen hijos que corren muy bien y a los que tratan como galgos llevándolos de carrera en carrera para que les consigan queso, lomo o jamón y que, cuando las cosas no salen como ellos piensan, montan unos pollos que ni en una verdulería. Pobres chavales.

Nos escapamos mi hermano y yo con hijos y sobrinos al Wanda Metropolitano a ver el primer partido de Liga. Todo fue muy bien hasta que ocupamos nuestras localidades.

Me pasa esto en el Bernabéu y salgo en los periódicos. Dos pilares hay en el estadio. ¿Cinco estrellas? ¿Cómo se puede ser tan burro? Afortunadamente no se llenó y pudimos cambiarnos de sitio. Y comprobamos después dos cosas: que es indiferente quién se vaya y quién venga: la vida sigue igual (código binario, que diría el Sensei), y que Joao Félix es un jugador distinto y que va a dar que hablar.

Tres carreras se vino a correr mi hijo con nosotros. Me ganó las tres veces (de calle). En dos de ellas subió al podio. Si a eso añadimos su podio en la natación de la aldea y el que hicieron Marcos, Fernando y él en un triatlón por equipos en Las Mesas, se ha pasado un verano tremendo.

Mi hija también se ha pasado un verano para enmarcar. No la he visto. No ha parado por casa. Creo que está traumatizada porque ha descubierto que coincidimos en tres canciones (una, dos y tres), pero dudo que le dure mucho.

Nos fuimos de cena a casa de José Aníbal a comernos lo que había sobrado del aperitivo de la comida de las vacas. “Yo, que he surcado todos los mares, que he recorrido todos los continentes, que convivo a diario con gente sofisticada y de posición elevada confieso que me siento a gusto con vosotros, personas de mentes simples y de gustos sencillos”.

Seguimos este año Laura, Ana, Javier y yo con nuestras excursiones tituladas “Quién te ha visto, quién te ve”. Fuimos a Saona (Sahona), nacimiento de un río que tuvo balneario y baño para hombres y, otro, para mujeres y mulas. Ahora está seco. Y abandonado.

El Secarral sigue siendo lo más parecido al paraíso que hay en la tierra.

martes, 23 de julio de 2019

La felicidad y sus atajos

Sería un chaval. Estaría leyendo. Debió aparecer la palabra misantropía (o misántropo) en el texto. La busqué en el diccionario. Me gustó la palabra. Me gustó su significado. Me quedé pensando. -La misantropía es el camino más corto para alcanzar la felicidad. Me quedé muy a gusto con mi pensamiento. Seguí leyendo.

En esta vida, pienso, al final de lo que se trata es de ser feliz. Por la razón (o razones) que sea elegí un camino más largo para llegar a ella. Me hice un ser social. Está mi familia. He hecho amigos en cada circunstancia de mi vida. Estoy bien. No me quejo. No me arrepiento.

Recientemente un amigo, que tiene a la cincuentena aproximándose a gran velocidad, me preguntó qué cambios había notado yo desde que soy cincuentón. Como tengo alguna entrada escrita al respecto puse pose de gran orador y recité lo que escribí en su momento. Terminé. Me callé. Y luego añadí -y también que el número de personas que no me parecen unos gilipollas cada vez es menor.

Siempre se está a tiempo de coger el atajo.

martes, 16 de julio de 2019

Definitivamente ni mi cuerpo, ni mi mente, ni mi edad están en el mismo sitio


Nueva entrega de la sección "frases de mi hija". Nada que añadir. Yo sólo tomo nota. Desde la fascinación, por supuesto

martes, 9 de julio de 2019

Tú vales, chaval: Infantil. Primer año

Una temporada compleja ésta, primera de mi hijo en la categoría Infantil, con mucha diferencia todavía respecto a los de segundo año. Cambios también en el tipo de competiciones. En Benjamín y Alevín se nadan pruebas programadas. Muchos nadadores. Las gradas llenas. Con relevos. Ahora, en los controles, compiten juntos infantiles, juniors y absolutos. Pocos nadadores. Gradas vacías. Varias sesiones, donde se nadan todas las pruebas y cada uno elige. Y sin relevos. Una temporada con mucho crol y poco del resto de estilos. Siete y ocho sesiones semanales más dos de gimnasio de entrenamiento. Esto empieza a ponerse serio. De los nueve nadadores masculinos que subieron a Infantil en el club sólo tres compitieron en pruebas individuales en el autonómico de verano. El resto, por una razón o por otra, se han ido quedando en el camino. Alguna razón ha sido triste pues ha sido por motivos médicos. Alguna otra es más indignante. Nadadores con unas condiciones fabulosas para los que, hasta esta categoría, les ha sido fácil, ahora, para poder mantener su estatus, tienen que empezar a esforzarse. Y han desaparecido y con excusas peregrinas. Y los padres dando pábulo a sus argumentos. No señores, no. Vuestros hijos son unos vagos. Y flaco favor les hacéis justificándolos.

Mi hijo se sigue moviendo un (y dos. Y tres) peldaño por debajo de las mínimas autonómicas (sólo faltó este año la de 200 espalda. Un clásico. Aunque tampoco lo ha nadado) y un (y dos. Y tres) peldaño por encima de las mínimas nacionales. Y a la complejidad del deporte de competición este año ha habido que sumar los quince años, con lo que eso significa. La temporada empezó mal, estancado en los tiempos, sin apenas mejora. La relación con el entrenador se fue enturbiando. Y comenzó una espiral de negatividad que tocó fondo en el autonómico de invierno de Elche. Me tocó hablar con mi hijo y, con números en la mano, demostrarle que donde él veía un cero se podía ver un cinco o un seis. Me tocó hablar con el entrenador y, con sutileza, explicarle lo útil que puede ser una zanahoria o una palabra de reconocimiento para un chaval que respeta a la autoridad. Y, a partir de ahí, la espiral cambió de sentido. Y las marcas empezaron a llegar. Y la motivación fue subiendo.

Este año, aparte de mis breves labores mediadoras, mi papel ha sido el que tiene que ser, el de chófer y el de espectador. Cuando lo veía tan tozudo con el crol me daban ganas de recordarle sus logros en otras pruebas, pero me callé. El que nada es él. Y los que opinan son su entrenador y él. Y yo, pues eso, a conducir y a sentarme en las gradas, que este año había sitio de sobra. Y a sufrir. Y a vibrar. Porque sigo sufriendo mucho cada vez que lo veo detrás del poyete. Y sigo vibrando. Y este año ha habido momentos para no olvidar. El primer sub sesenta en el cien libre en Xirivella. El cien libre en Castellón, en el trofeo Ballester. El doscientos libre en el autonómico de verano en Sedaví. El cuatrocientos libre de Turís, con un marcón a pesar de pararse en el trescientos cincuenta pensando que había terminado (aún retumba en la piscina el - ¡sigue!- que le grité. Y aún tiene cincuenta vídeos pendientes de ver del Conde Draco que le envió Ana para ver si aprende a contar), el doscientos estilos de Xirivella, el cien espalda de Turís o el doscientos braza de Turís.

Pero si en las anteriores pruebas me emocioné, hubo dos en las que toqué el cielo. Y las dos fueron en relevos. Pocos ha habido este año, pero siempre espectaculares. Porque mi hijo en los relevos da lo que tiene y lo que no tiene. Y eso es, para mí, un don. No es no fallar al equipo. Es que el equipo sabe que puede confiar en ti. Siempre. Trofeo Delfín. Parque del Oeste. Cuatro por cien estilos mixtos. Mi hijo hace la posta de crol. La última. Llegan varios equipos muy igualados en la posta de mariposa. Salta al agua. Y los revienta. Los revienta. Ganaron. Tal y como tocó se giró hacia donde yo estaba, me miró, levantó el puño y sonrió. Y la satisfacción que había en su sonrisa era infinita. Y mi satisfacción…Segunda prueba. Autonómico de verano en Sedaví. Cuatro por cien estilos. Domingo por la tarde. Última prueba del campeonato. Llevan cuatro jornadas a cuestas. Han podido armar un equipo de relevos por los pelos, rescatando a un cuarto nadador que ha estado meses sin entrenar y que, en junio, se tiró al agua. Nadan la primera serie, la más floja. Encontrar motivación para nadar este relevo era complicado. Poco que ganar. Nada que perder. Mi hijo se tira en la posta de braza. El espaldista toca último. Salta. Y empieza a avanzar. Los demás parecen que vayan parados. Y tira. Y tira. Y tira. En el viraje ya va primero. Y hace una vuelta tremenda. Y mete un carro de segundos al resto que sus dos compañeros no tienen más que administrar. Y ganan su serie. Y el tiempo de mi hijo mejora en seis segundos el que tenía en piscina de cincuenta. Yo me froto los ojos ante lo que he visto. Y no puedo parar de gritar. La marca no se puede homologar pero dice mucho. Dice lo que eres. Dice lo que está por delante. Dice que hay un futuro, en el agua y fuera de ella, y que tú, hijo mío, te lo vas a comer. Porque tú, hijo mío, eres extraordinario.

viernes, 28 de junio de 2019

Breves

Haremos repaso y actualizaremos de manera somera los temas recurrentes que ocupan este blog para esparcimiento, solaz y deleite de las generaciones presentes y venideras.

De correr. Mi vida calcificada sigue hacia delante. La cadera me deja correr y corro, aunque cada vez más valenciano y menos secarraleño. Voy al Secarral y, en cuanto empieza a ondularse el terreno, aquello es un penaero. Y vuelvo con la autoestima hecha un Cristo y con todo el catálogo de justificaciones desgastado. Pero bajo a la terreta y corro los diez miles ya por debajo de cuarenta y uno, que no es para salir en los periódicos pero sí para ser optimista. Y recupero mi ego (un ego meninfot, claro). Aunque (tengo que contarlo) en la última subida al castillo en la capital del Secarral hice podio. Local, ya lo sé. Con peor tiempo que el año pasado, que fue calamitoso, sí. Pero las desgracias, vistas desde el podio, se relativizan muy bien. El podio siempre embellece. Y da esplendor.

De mi hijo y la natación. Queda poco para que termine la temporada, una temporada que ha sido intensa y que, seguramente, será contada. Pero haremos un pequeño adelanto. El entrenador decidió hacer un paréntesis en las competiciones de piscina e inscribió a la mayoría del equipo al autonómico de aguas abiertas. Tres mil metros en la travesía de Burriana, en la playa del Arenal. Y la jugada salió bien: primeros por equipos. Y un montón de podios, entre ellos el de mi hijo, que fue tercero en la categoría infantil. Y no sólo eso. Quedar entre los tres primeros en una categoría autonómica te convierte automáticamente (y oficialmente. Sale en el BOE) en deportista de élite. Dejando a un lado las ventajas académicas que ello supone, me quedo con el prurito. Mi hijo es deportista de élite. La madre de la Pantoja es padre de un deportista de élite. Firmo autógrafos y me hago fotos lunes y miércoles de seis a siete.

De música. Mis obsesiones musicales de los últimos días han quedado monopolizadas por un documental que me envió Sanfélix titulado, en castellano, “A veinte pasos de la fama”. El título está muy bien puesto. Delante, en los conciertos, están las estrellas. Veinte pasos detrás, los que hacen los coros. Y en este documental se cuentan las historias de muchas voces que lo intentaron y se quedaron a veinte pasos. Ganó un Óscar lo cual, en sí mismo, hace mucho que dejó de significar algo. Y las historias que cuenta, al final, tienen un poso de tristeza. Pero las personalidades que aparecen (Merry Clayton, Lisa Fischer, Claudia Lennear, Darlene Love, Tata Vega, Judith Hill, etc.) son fascinantes. Y la época que relata también lo es. Y, además, “Gimme shelter” (la mejor canción de los Rolling Stones sin duda y sin discusión) tiene su papel. Así que tengo obsesión para una buena temporada.

Del futbolín. Del alto grado de madurez que hemos alcanzado el núcleo duro del grupo de amigos que formamos unos cuantos en el colegio da fe el hecho de que sigamos siendo amigos, de que nos sigamos riendo de las mismas tonterías y de que jugar al futbolín nos siga pareciendo el deporte rey. El local que tiene el Pato en Ruzafa es nuestro centro de reunión (he estado a punto de escribir epicentro. Y centro neurálgico también. Menos mal que me he dado cuenta a tiempo). Este local es como la “Casa tomada” de Julio Cortazar. El Pato la alquila por partes y cada vez el hueco del futbolín era menor. Pero, como cabíamos, pues no pasaba nada. Hasta que ha pasado. La casa ha sido tomada por completo por los arrendatarios. Nos hemos quedado sin centro de reunión (sin epicentro. Sin centro neurálgico). Se ha cerrado una puerta, así que tendremos que abrir otras. Pero la sensación de que se ha terminado una época me atenaza el estómago. Y por más que, a estas alturas lo de cerrar épocas sea una costumbre, me sigue doliendo.

sábado, 1 de junio de 2019

El maravilloso mundo de la segunda edad y pico

Pues veo ahora de cerca como nunca. De hecho, leo y escribo sin gafas. Con ellas, para poder leer, hago ese gesto de arrugar la nariz y entornar los ojos que te pone directamente en la frontera con la tercera edad. Y me traigo ese trajín de quitármelas y ponérmelas. Porque ya no las necesito de cerca. Me lo explicaron y tiene que ver con la miopía, la presbicia y las deformaciones del globo ocular. No lo entendí bien, pero dije que sí porque tenía su lógica y porque, joder, me apetece encontrarle sus ventajas al hecho de cumplir años. No todo va a ser perder facultades (y pelo). Algo bueno tiene que tener. Vale que se supone que, con los años, uno tiene más experiencia y eres lo suficientemente inteligente para aprovecharla. Y, sí, aprendes a ser más prudente, a estar más callado y a hablar sólo cuando tienes algo que decir. El problema es el -algo que decir. Y aquí entra el anecdotario del señor mayor. Cuando viene al pelo contar una batallita (y cuando no), yo la cuento. Ni prudencia ni pensar en los demás. Otra de las ventajas de cumplir años, que pierdes el complejo y cuentas tus historias sabiendo que probablemente seas un cansino que no tiene ni puta gracia, pero te importa un carajo. Yo las cuento. Es más, si, por lo que sea, el interesantísimo y amenísimo relato fuese interrumpido, yo espero mi momento y, en cuanto puedo, retomo el hilo y lo concluyo. Nunca dejo una historieta a medias. Y si los demás no se ríen no pasa nada porque ya me río yo. Porque la teoría de la simetría de la vida se confirma y uno, conforme cumple años, vuelve con ganas al egocentrismo que ha permanecido enquistado por los complejos raros (había puesto sociales pero no me sonaba bien) que nos imponemos. Y si tienes ganas de contar algo, pues lo cuentas. Y si tienes ganas de preguntar, pues preguntas. Corriendo el otro día por el río me crucé con uno que llevaba puesta la camiseta de la última subida al castillo de la capital del Secarral. Me podría haber callado, pero no. Lo abordé y, con mucha educación, (primero pido perdón, luego disparo) le conté mi ascendencia y el porqué de mi entusiasmo al ver su camiseta (que yo también tengo, ganada (y bien ganada) con el sudor de mi frente). Resultó ser de un pueblo vecino (El Provencio) y nos citamos para las próximas carreras. Esto que acabo de contar es otro ejemplo de una de las ventajas que me ha traído cumplir años. Antes me quedaba con dudas por resolver por vergüenza. Ahora no tengo ningún problema en preguntar cuando algo me choca o me llama la atención. A quien sea y donde sea. Y me gusta. Y sí, hacerse mayor tiene un montón de contraindicaciones. Pero también tiene su encanto. Y merece la pena.

jueves, 23 de mayo de 2019

Las leyes de la vida y la madre que las parió

(Continúa esta entrada anterior).

Año 2019. Me hijo me dice que, si no tiene competición ese fin de semana, quiere que corramos la Volta a peu. Pero a degüello. A lo que dé (ahora se dice a fuego). Acepto el reto. La ilusión de volver a correr con mi hijo supera mi cadera maltrecha, mi baja forma y mi sobrepeso. La posibilidad de ser derrotado es real pero, oye, alguna vez tendrá que pasar. Y que te gane tu hijo tiene que ser motivo de orgullo. Ahora, me tiene que ganar. Que una cosa es estar flojo y otra es que yo haga prisioneros con un dorsal puesto

Se confirma que no van a Gandía a competir. Nos inscribimos. Mi preparación pasa por estar haciendo ya más de cincuenta kilómetros semanales con un par de días de calidad. La suya pasa por nadar, nadar y nadar y por no correr ni las cortinas.

Llega el día. Vamos trotando hasta la salida. Nos colocamos con tiempo y bien. Repasamos dónde tiene que esperar el que llegue primero. Suerte. Suerte. Disparo y a correr.

Sale como una exhalación. Yo cojo mi ritmo. Hago bien la Alameda. Veo un par de espaldas que son viejas conocidas en muchas batallas. Las alcanzo. Me quedo con ellas charlando hasta la calle Ruzafa. Allí mis piernas me piden más. Me despido y acelero. Y voy a más. A más. Y ni rastro de mi hijo. Los kilómetros caen volando. Llego a la Pechina y sigo pasando gente. Disfruto como hace tiempo. Y ni rastro de mi hijo. Puente del Real. Alameda. Termino pletórico en un tiempo de 25’30. Me sale a un promedio de 4:06 los seis mil doscientos metros del recorrido de este año. Hace un año me habría sabido a poco, pero el verme ya tan cerca de volver a correr a cuatro me emociona. Y con una sonrisa en la boca voy hacia el punto de encuentro pensando que, tal vez, haya adelantado a mi hijo sin darme cuenta.

No. No lo he adelantado. Me ha ganado. Por primera vez. Y allí está, con gesto cansado. –He sufrido mucho. –Es que has salido lijado. –Ya, es que veía a los primeros delante y me he pasado. Luego lo he pagado. El río se me ha hecho muy largo. -¿Y qué tiempo has hecho? Entonces alarga el brazo y me enseña el cronómetro: 23:45.

Es ley de vida que tu hijo te supere. No es malo. Todo lo contrario. Ya digo que es motivo de orgullo. Pero una cosa es que te gane y otra es que te humille. He corrido bien. He disfrutado y él me ha metido un minuto y cuarenta y cinco segundos. Me ha metido diecisiete segundos por kilómetro. Me ha metido casi dos segundos cada cien metros. Lo mínimo que uno puede desearle a su hijo es que sea mejor que uno mismo, pero dentro de unos límites. Existe algo que se llama respeto. Y esta humillación es absolutamente irrespetuosa. Por tanto, que sepas que vuelves a estar desheredado.

Hijo mío, eres extraordinario.

domingo, 19 de mayo de 2019

Diferente a todos

Antoine le ha dado al Atlético de Madrid lo mejor que tenía. Dudo que lejos de Simeone pueda superar el rendimiento que ha ofrecido junto a él, pero qué más da. Poco importa si deja un vacío, emocional y deportivo, talla XXL. ¿Duele? Claro, pero no más que en otras ocasiones, para qué nos vamos a engañar, porque en materia de desilusiones, palabras huecas y promesas que no valen nada, los atléticos ya son veteranos de Vietnam. Tienen el cuerpo cosido de puñaladas y repleto de cicatrices, así que saben que no hay mal que cien años dure, pero sí cuerpo que lo resista. Así que, sin anestesia, al grano: el que no quiera estar en el Atlético de Madrid, fuera. Esa camiseta no es mejor que ninguna otra, pero sí es especial. Y no debe lucirla quien crea que su vida puede ser mejor en otro lugar, porque si el Atleti te elige y tú no estás por la labor, mejor irse. Sin rencores.

Gracias por todo, Antoine. Ahora los que te han querido de manera incondicional volverán a hacer lo que llevan haciendo durante toda la vida: reconstruirse y reinventarse para salir adelante. Para otros, una fatalidad. Para la gente del Atleti, otro día más en la oficina. Inercia. En eso consiste un relato de vida experto en nadar contra corriente y vivir en campo contrario. Eso es el Atleti. Un sentimiento inexplicable que está por encima de jugadores, entrenadores y directivos, se llamen como se llamen. Y su único patrimonio es su gente. Esa que siempre se queda. Esa que no tiene cláusula de rescisión. Esa que nunca abandona. Esa que sabe que el Atleti no es mejor que nadie, pero es diferente a todos.

Copio parte del artículo que Rubén Uría tituló “Mejor que nadie, diferente a todos”. Lo escribió tras el anunció de Griezmann. No se puede contar mejor.

P.D. No todas las marchas son iguales.

Muchas gracias, Diego. Muchas gracias, Juanfran. Vosotros sí que dejáis hueco. Vosotros sois de los nuestros. Suerte.