miércoles, 20 de septiembre de 2017

Vengo bordeando la orilla más seca

Nos escapamos este verano un día a Madrid mi hermano, sus dos hijos, el mío mayor y yo. Nos fuimos al Calderón. Teníamos que despedirnos. Estaban regando el césped. Las gradas se veían cuidadas. No parecían tener mucha confianza en empezar la temporada en el Wanda y tenían el estadio a punto. Dimos la vuelta al campo por dentro. Nos sentamos en la zona del Frente Atlético. Guti maricón. Nos sentamos en los banquillos. Bajamos a los vestuarios. Confieso que lo que más ilusión me hacía era hacerme una foto en el lugar que Fernando Torres ocupaba en el mismo pero a final de la temporada pasada lo habían desmontado. No hubo foto. Una pena. Estuvimos en la sala de prensa. No respondimos preguntas. Previamente habíamos estado en el museo. Emocionante. Si hubiera sido el museo de cualquier otro equipo de fútbol habría pensado –vaya puta mierda- pero el rojo y el blanco distorsiona mis entendederas. Las pasiones no se explican. Veía los trofeos y recordaba a Hugo Sánchez, a Alfredo, a Schuster, a Futre, a Simeone, a Pantic, a Kiko, a Miranda, a Falcao, a Forlán, a Godín. Hice fotos a las camisetas de Torres y de Pantic. Me relamí viendo imágenes de goles legendarios. Pero he de admitir que lo que más me emocionó del museo fue lo siguiente: 


“Buena Disposición”. Nacha Pop. Nacho García Vega. El Atleti. Se me vino el año 82 de golpe. Siempre tendré dieciséis años.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Yo salí con una nadadora de natación sincronizada uzbeka

Hay veces que tengo el título pero no tengo entrada. Hay veces que me llegan frases (en este caso, de un amigo de Ana) que piden que escriba algo que pueda estar a la altura y merezcan ese título. No lo hago y las frases terminan perdiéndose y borrándose de mi memoria. Y no. Se acabó. Abramos una nueva sección. Al igual que hay entradas sin título, creemos la sección "Títulos sin entrada". Demos la oportunidad de mostrar su brillo a lo que brillo posee.

martes, 29 de agosto de 2017

Marta

Estaba tumbado en el sofá sufriendo un apasionante Chelsea Arsenal. Estaba con un cabreo de mil demonios porque, desde la superioridad moral que poseo frente a los futboleros por ser un enamorado del atletismo (el deporte más maravilloso que existe), me resultaba inconcebible que en Teledeporte estuviesen retransmitiendo un partido de fútbol mientras se estaba corriendo la maratón femenina del pasado Mundial en Londres. Es cierto que se podía ver por internet, pero uno de los encantos que tiene la aldea del Secarral es que allí sigue siendo más efectivo el correo ordinario que el electrónico o los Whatsapp, así que, entre resignado y rabioso, esperé el descanso del partido. Conectaron. Llevaban cincuenta minutos de carrera. Una atleta iba destacada y, detrás, el grupo principal. Allí distinguí una camiseta roja y una forma de correr que me resultaba muy familiar. ¿Es Marta? Es Marta. ES MARTA. ¡ES MARTA!

Marta Esteban es de la familia. No es nada extraño cruzarte con ella corriendo por el viejo cauce del Turia. La conozco desde hace mucho. No la conozco personalmente, pero sé quien es, claro. Antes eran muy pocas chicas. Además, ella y Luis, su novio, son muy amigos de Tomás climaturbio. Y la hemos visto crecer. La hemos visto progresar. Al principio la tenía en el punto de mira. Me sacaba poco. Llegué a ganarla incluso. En Valencia. En Massamagrell. Luego empezó a estar cada vez más lejos. Y más lejos. Y más lejos. Y veíamos su progresión. Y sus marcas. Asombrosas. Y seguíamos viéndola por el río, cada vez más delgada, cada vez más deprisa, cada vez corriendo con más estilo. Y llegaron las mínimas. Y estuvo en el Mundial de medio maratón. Y llegó la mínima olímpica, aunque no fue seleccionada. No estaba entre las tres mejores. Y llegó la mínima mundialista. Y su selección. Y allí, en Londres, corría Marta y corríamos todos. Porque Marta es nuestra. Es de la familia. Entrena donde nosotros. La vemos por las carreras que corremos. Y allí estaba, en Londres, en el Mundial, corriendo con el grupo de favoritas. Nuestra Marta estaba allí. Y corrió como una campeona. Y mantuvo el tipo. Hizo un marcón. Vigésimo primera del mundo. Cuarta europea. Primera española. Espectacular. Impresionante. Marta, qué grande eres y qué orgullosos estamos.

Gonzalo, presidente y patrón (plata o plomo) de los corredores (o somarros) de la capital del Secarral, tiene un horno. Una de sus clientas, una mujer mayor, le dijo un día -pues mi sobrina también corre. Ahora todo el mundo corre, así que no era de extrañar. -Pues que se apunte con nosotros. Es más, en la última carrera que se corrió aquí, el premio local femenino quedó desierto. Lo tiene fácil -Mi sobrina es muy buena, no te creas. Gana carreras y todo. Un lunes de agosto, mientras compraba el pan, le comentó a Gonzalo -¿Sabes? Ayer estuvo corriendo mi sobrina en Londres. Y quedó muy bien, la número veintitantos. Porque, señores, ¡Marta Esteban es oriunda de la capital del Secarral! ¡Marta Esteban es de mi pueblo (bueno, de uno de ellos)! ¡Ahí tienen ustedes el porqué!

martes, 22 de agosto de 2017

Los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos

Mundial de vóley playa celebrado recientemente en Viena. A cada cambio de campo y al final de cada set por la megafonía sonaba el fragmento de alguna canción. Una de las veces pudo escucharse “Sweet Caroline”. El público la coreó. Yo también.

Mundial de atletismo celebrado recientemente en Londres (aquí abro paréntesis para volver a repetir que el atletismo es el deporte más maravilloso que existe. Y cierro paréntesis). En los escasísimos instantes en que no se estaba disputando ninguna prueba por la megafonía sonaba el fragmento de alguna canción. Una de las veces pudo escucharse “Sweet Caroline”. El estadio la coreó. Yo también.

Fuimos de boda a Valladolid. La boda era familiar. Se casaba uno de nuestros primos, jugador de rugby él. Sus compañeros de equipo no se sentaron ni un momento durante el convite. Los hermanos del novio, nuestros primos, poco menos que nos pidieron disculpas a mi hermano y a mí por el comportamiento de aquellos. Nada que disculpar. Es más, nos estábamos divirtiendo mucho. Nuestro carácter rural nos hacía sentirnos más identificados con los que comían, bebían, cantaban y bailaban que con los que sólo comían y bebían. Nuestros primos nos dieron las gracias por el intento. Pensaron que estábamos siendo amables. No nos creyeron. Sonó ”Sweet Caroline”. Los jugadores de rugby se abrazaron durante el estribillo y la corearon. ¿Sólo los jugadores de rubgy? Bueno, también se unieron los dos hermanos rurales que pudieron demostrar a sus primos que, además de amabilidad, para jugar al rugby sólo les faltó jugar al rugby, que el resto de cualidades las tenían. Y quedaron todos disculpados.

“Sweet Caroline” no es una canción cualquiera. Al menos no lo es para mí. Era una canción agradable, entrañable, bonita hasta que vi “Beautiful girls” (mi película generacional por excelencia junto a “Alta fidelidad”) y allí, en aquel bar, en pleno invierno, Timothy Hutton se sentó al piano. Uma Thurman nunca estuvo más guapa. Los buenos tiempos nunca parecieron tan buenos. Y “Sweet Caroline” cruzó el umbral.

martes, 1 de agosto de 2017

Moureau

Fuimos Sanfélix y yo a ver “La notte” a la Filmoteca d'Estiu (cuando íbamos al cine. Qué tiempos). “La notte”, de Michelangelo Antonioni, con Marcello Mastroianni, Mónica Vitti y Jeanne Moureau. Terminó la película. Salimos. Comenzamos a caminar hacia casa.

-Muy lenta.

-Y un tanto aburrida.

-Bastante pretenciosa.

-Y pedante.

-Me ha encantado.

-A mí también.

Seguimos andando.

-Y tú, ¿con quién? ¿Con Mónica Vitti o con Jeanne Moureau?

Silencio.

Silencio.

Silencio.

-Creo que con Jeanne Moureau, ¿y tú?

Silencio.

Silencio.

Silencio.

-Creo que también.

Descansa en paz, Jeanne Moureau. Te quisimos aquella noche (quella notte) como sólo dos mitómanos pueden querer. Y aquel fue sólo el primer día.

lunes, 24 de julio de 2017

Bernat Picornell

Mi hijo nadó la posta de braza en el relevo de 4x100 estilos y lo hizo mejorando en cuatro segundos la marca que tenía en piscina de cincuenta metros.

Mi hijo nadó la posta de braza en el relevo de 4x100 estilos y lo hizo mejorando en cuatro segundos la marca que tenía en piscina de cincuenta metros. Y no fue en una competición convencional. Lo hizo en un campeonato de España.

Mi hijo nadó la posta de braza en el relevo de 4x100 estilos y lo hizo mejorando en cuatro segundos la marca que tenía en piscina de cincuenta metros. Y no fue en una competición convencional. Lo hizo en un campeonato de España. Y no fue en una piscina cualquiera. Fue en la Bernat Picornell, en Barcelona, piscina donde, entre otros, Alexander Popov o Janet Evans fueron campeones olímpicos en los Juegos del 92.

Hijo mío, eres extraordinario.

miércoles, 12 de julio de 2017

Cuando estás hablando con un mejicano y te entra el complejo tonto, al tratar con un extranjero, de tener que contarle todo lo que sabes sobre su país

Y entonces nombras a Chavela Vargas y resulta que no la conoce.

Por otra parte, y haciendo referencia a cierta organización, se me ha escapado -estos parecen el ejército de Pancho Villa. Él se ha reído. -Le he entendido perfectamente.

martes, 4 de julio de 2017

Tú vales, chaval. Benidorm. Barcelona

Mi hija dice que quiero más a su hermano que a ella. Sabe que no es verdad, pero es mujer y ya sabe cómo utilizar el victimismo y el chantaje emocional. Ana dice que parezco la madre de la Pantoja. Pudiera ser. Si tuviese que definirme, la frase “padre de nadador” ocuparía un lugar preponderante. Es cierto que estoy viviendo la carrera natatoria de mi hijo con mucha intensidad. No es que le presione para que mejore, ni les diga a los entrenadores lo que tienen que hacer ni trato a los otros padres en función de los tiempos que hacen sus hijos. No soy así (los hay). Pero sí que voy a donde haya que ir a la hora que sea para que el chaval nade, me sé de memoria todos sus tiempos y sufro mucho en cada competición. Disfruto con emoción contenida (mira que me cuesta) cuando las cosas salen bien y disimulo con todas mis fuerzas el disgusto que tengo cuando no salen tan bien. ¿La madre de la Pantoja? Supongo que sí.

Esta temporada ha sido muy buena. Era su primer año en categoría alevín y aquí la cosa ya empieza a ponerse seria, tanto en los entrenamientos como en el nivel en las competiciones. Y ha estado muy bien. Cada vez que se tiraba al agua mejoraba su marca. Ha crecido mucho y ha cambiado físicamente (lo normal a los trece años) y eso se nota. Y cómo entrena, en cantidad y en calidad. Y el esfuerzo tiene sus frutos. La natación (y el deporte) es una escuela de vida. Y valores tan fascistoides como son el esfuerzo, el sacrificio, la disciplina, la constancia, la fuerza de voluntad y la capacidad de sufrimiento, pues oye, a lo mejor le son útiles en el futuro. Por lo menos en el presente lo están siendo. Y no sólo eso. Siempre digo a quien quiera escucharme que lo que más valoro de todos los años que llevo corriendo son los amigos que he hecho. Luego, las experiencias que he vivido. Y ya, después, las marcas que tengo. Y trato de animar a mi hijo en ese sentido. No tengo duda de que en el deporte podrá hacer muy buenos amigos. Y los está haciendo. Y también le digo que nunca desaproveche ninguna oportunidad que tenga en forma de viaje o de ir a una competición que sea singular.

La principal competición de esta temporada para su categoría, aparte del campeonato de España, era el campeonato autonómico de verano. Cuando me enteré de que le tocaba organizar a la federación de Alicante me alegré. Mi hijo iba a tener la oportunidad de viajar y de convivir un fin de semana con el resto de nadadores. Iba a tener la oportunidad de vivir algo que será imborrable. Y cuando salió publicado que sería en Benidorm, pues nada, a Benidorm, madre, hermana y madre de la Pantoja incluidos.

Pero el viaje a Benidorm había que ganárselo. Para ir al autonómico tenía que hacer alguna mínima. Y alguna hizo. De doce pruebas se sacó la mínima en diez (100, 200, 400 y 1.500 libres, 100 y 200 braza, 100 y 200 mariposa y 200 y 400 estilos). Este dato lo he dado quinientas mil veces más que las que mi falsa modestia me permitía, pero como no es opinión sino información, pues oye, que se sepa.

Luego está el campeonato de España, que este año se celebra en Barcelona. Ahí es más caro ir. Las mínimas son mucho más exigentes. Y éstas están muy lejos. ¿Muy lejos? Sí, muy lejos.

Benidorm. Campeonato autonómico o cómo poner los pies en la tierra. Yo estoy muy orgulloso de mi hijo pero no para cegarme e ignorar que nunca será olímpico ni irá a un Mundial. Y allí lo empecé a corroborar. Cómo nadan. Tíos como armarios con catorce años. Aunque también pensé que éste era el primer año de alevín de mi hijo y será el año que viene su campeonato.

Pero también me fui a Benidorm con las mínimas para el campeonato de España en un papel. No se lo dije a mi hijo. Esto era cosa mía. Sabía que estaba poco menos que imposible, pero… ¿quién sabía?

Jornada matinal del sábado. Nadó primero el cien braza. Bien, mejorando su tiempo. Cerraron la sesión con el relevo del 4x100 libre. Mi hijo hizo la segunda posta y quedaron quintos. Lo hizo bien, mejorando. Pero en las dos pruebas habían quedado lejos de la mínima nacional. Y me sentí un tanto despagado. Y también me sentí un imbécil. Si seguía así me lo iba a perder, así que rompí las hojas con las mínimas y me concentré para la sesión de tarde, con un cien libre donde estuvo en su sitio y un mil quinientos formidable mejorando de lejos su marca y quedando segundo en su serie nadando por la calle ocho.

El domingo por la mañana se tiró tercero en el relevo de 4x200. Quedaron cuartos. Lejos del tercero, pero cuartos. Y para la tarde, y como fin de fiesta, el cuatrocientos estilos. Colosal. Fabuloso. Portentoso. Me emocioné y me emociono. Hijo mío, no harás mínimas nacionales, pero viendo cómo entrenas y, sobre todo, cómo compites, no puedo decir que esté orgulloso de ti. Lo que puedo decir es que te admiro. Lo mínimo que uno puede desearle a sus hijos es que sean mejores que uno mismo. Hijo mío, yo quiero ser como tú.

El lunes estaban todos concentrados en la piscina de cincuenta metros donde han hecho la preparación las últimas semanas. El entrenador los quiso convocar allí para comentar el fin de semana y como acto de despedida. Los que tienen mínimas seguirán entrenando allí hasta el campeonato nacional y, el resto, en la piscina del club hasta las vacaciones. Yendo para allá me llamó la presidenta. -¿Vas a venir? Pásate, que tenemos que comentar una cosa.

Por supuesto pensé si había hecho algo malo, pero no me acordaba. Entré. Saludé. Se acercó el entrenador. Me explicó que la mínima en los relevos para el campeonato de España se puede conseguir de dos maneras, bien en competición, bien por suma de tiempos individuales y, en el caso del 4x100 estilos, la tenían de esta segunda manera y habían decidido que mi hijo hiciese la posta de braza. Pero, claro, había que pagar licencia, desplazamiento y hotel y tenía que dar mi autorización.

¿Me estáis preguntando si tengo alguna objeción que pueda impedir que mi hijo nade en un campeonato de España? ¿Me estáis preguntando si tengo alguna objeción que pueda impedir que yo vea a mi hijo nadando en un campeonato de España?

Hija mía, yo te quiero mucho. No puedes ni imaginarte cuanto. Pero soy la madre de la Pantoja. Una vida abnegada y nunca reconocida, plena de ingratitud y de sinsabores y que requiere de responsabilidad y de ciertas obligaciones. Nos vamos a Barcelona.

domingo, 25 de junio de 2017

Ola de calor

Independientemente de la longitud de una carrera la salida siempre es importante. Hay que colocarse bien para poder coger el ritmo cuanto antes. En cada carrera echamos un vistazo a cómo es la salida, si es estrecha o ancha, si es una recta larga o tiene giros cercanos, si se sale por cajones según los tiempos acreditados o arreu. Y en función de ello, pues adaptas tu calentamiento para colocarte cinco, diez, quince y hasta veinte minutos antes. No se trata de salir el primero. Se trata de colocarte en tu posición según tu ritmo y pasar ya el primer kilómetro en el tiempo previsto. La gente, por lo general, suele ser respetuosa aunque, con la llegada de los runners, siempre te encuentras con bultos sospechosos nada más salir que van casi andando y que se han colocado con los negros en la cuerda porque ellos lo valen (el otro día, en Faura, en una carrera de nueve kilómetros con constantes subidas y bajadas, con una de ellas, la de la Rodana, que se subía andando dada la pendiente, una muchacha, runner ella, al grito de preparados, listos adoptó la posición de un ochocentista en la salida, inclinando el cuerpo hacia delante y levantando mucho el brazo trasero. Cien metros le duró el efecto). Y como pienso que los atletas más veteranos tenemos la obligación de enseñar a los recién llegados y como también pienso que una buena colleja a tiempo es pedagogía pura, pues me hincho a repartir magisterio a dos manos. Y en sus insultos leo su agradecimiento por haberles hecho entender la importancia de respetar una salida.

La semana pasada se celebró la tercera edición del Duatlón Cross en la aldea del Secarral. Teníamos la salida prevista las 18:30. Y vino la ola de calor. Y la alerta naranja, que terminaba a las 20:00. Y hasta esa hora decidimos retrasar la salida. Y a las ocho en punto ya estábamos colocados todos tras el arco en la línea de salida, cada uno ocupando su posición en función del ritmo al que pensaba salir. ¿Todos? Bueno, todos, todos…igual no estábamos todos. En realidad no estábamos ninguno. Eran las ocho de la tarde y tras el arco no había un alma. El termómetro marcaba treinta y siete grados. Cincuenta metros detrás del arco había una sombra y allí estábamos todos. Allí sí, a la sombra mientras el tío Javier nos regaba con una manguera. Luego ya nos reclamaron. Y tuvimos que adelantarnos y ocupar nuestro puesto. Y salimos. Nunca había visto nada así. Nunca vi una salida igual.

domingo, 18 de junio de 2017

Los chicos con las chicas

Nuestro hijo tiene trece años. Acaba de terminar primero de la ESO. Su primer año en el instituto. También es nadador y entrena a diario. En su clase hay chicas. Entrena con chicas. Va cambiando. Ha crecido. Siempre le observo. Siempre. A él y a sus amigos, a quienes muchas veces llevo y traigo de piscina en piscina. Suelo llevar a tres. Tienen sus conversaciones. Son muy chicos. Un tanto borricotes. Les va cambiando la voz. Les va cambiando el cuerpo. Siguen siendo niños.

Me llamó un día un padre para pedirme si podía acercar a su hija a la piscina donde entrenaban. Sin problema. La chica, de la edad de mi hijo y sus amigos, es muy mona. –Mira, vamos a hacer un experimento. A ver cómo se comportan estos tres cuando esté ella delante. Vamos a ver en qué punto está su adolescencia.

Ni caso. No la hicieron ni caso. Los tres siguieron con sus mismas conversaciones, con su mismo comportamiento. Yo me sentía apurado. Era yo quien trataba de darle conversación a la muchacha. La cría me respondía con monosílabos. Y aquellos tres con lo suyo. El resultado del experimento fue concluyente. Y tranquilizador, sobre todo para Ana. Ya tendrá tiempo para hacer el gamba nuestro hijo. No hay prisa.

Nuestra hija tiene diez años y medio y ya ha sufrido su primer desengaño amoroso. Está a punto de terminar quinto de primaria. Él se llama Jorge. La otra niña, Paulina. Jorge es su amigo de siempre, desde infantil. Paulina ha llegado este año. Paulina ha tejido su red sin prisa. Jorge es chico (Ana defiende la teoría de que todos los tíos somos gilipollas. No encuentro argumentos para rebatir su afirmación. No se libran ni los Premios Nóbel). Jorge ha caído. Nuestra hija siempre sintió que tenía la posesión. Paulina ha ganado y ahora nuestra hija llora. Ana fue a recogerla al colegio y se la encontró hecha un manojo de lágrimas. Un helado de chocolate y caramelo después nuestra hija parecía haber recobrado el ánimo. No te preocupes. Lo superarás. Él es tonto. Ella es tonta. Yo no sé qué hacer, si matar a Jorge o darle un abrazo porque creo que sólo podría haber una cosa peor a que ella sufra mal de amores y sería que sufriese bien de amores. Pero esto ha entrado ya en un camino que no me gusta nada. Porque a ver, hija mía, de verdad, ¿qué prisa tienes? ¿Por qué no aprendes de tu hermano?

domingo, 4 de junio de 2017

Canciones que me estaban esperando

Montar un grupo musical durante los sesenta en el Reino Unido era como juntarte con un amigo en un garaje californiano y crear una empresa de carácter informático. La probabilidad de que fuese bien era del cien por cien. Algo había en el ambiente, desde luego. Se ensalza el factor humano, pero no hay que desechar que la casualidad no existe. El mérito también estaba en el lugar y en el momento. Y el que estuvo allí entonces se lo llevó.

Uno de los grupos que apareció en el Reino Unido a mitad de los sesenta (la grandiosa Invasión Británica) era The Zombies. ¿Canciones de los Zombies? Hombre, “She’s not there” y “Time of the season”. ¿Alguna más? Pues sí. Están “How we were before”. Y “The way i feel inside”. Y “Whenever you’re ready”. Y “This will be our year”. Y “Can’t nobody love you”. Y “Care of cell 44”. Y “Gotta get a hold of myself”. E “Indication”. E “I want her, she wants me”. Y “Friends of mine” (las he enlazado todas por el gusto de volver a escucharlas. Creo que no da calambre si se pulsa encima. Y hay vídeos muy buenos). Canciones melosas, blandengues, ñoñas, muy melódicas, muy moñas. Canciones fabulosas (no podía ser de otra manera allí y entonces) que me dijeron aquello de -¿dónde has estado todo este tiempo? Porque The Zombies han tocado recientemente por España (todavía viven, sí) y, por ese motivo, pusieron por la radio algunas canciones suyas. Y saltó la alerta. Y bendita sea esta época en que tenemos acceso a todo. Y no tuve la sensación de estar descubriendo canciones. Eran canciones que me estaban esperando. Y ha sido una descortesía por mi parte haberlas hecho esperar tanto tiempo. Pero no ha parecido importarles. No tenían prisa. Sabían que, antes o después, llegaría para quedarme.

lunes, 29 de mayo de 2017

Siempre seré un niño si me tratas con cariño

Mi favorito era el pegamento Imedio. ¿Porque era el que mejor pegaba? No. Estaba el Supergén, que nunca fallaba. Ningún cromo se despegaba con Supergén. Ni ninguna foto en los trabajos del cole. ¿Porque era el que mejor olía? Todos los pegamentos olían bien. No sé cómo no me hice adicto. Pero Imedio tenía algo que lo distinguía, una característica que hacía que lo tuviese en lo más alto del podio. Cuando te quedaban restos de pegamento Imedio sobre la piel, esos restos formaban una película sólida y arrancarse esa película era un placer de dioses, un placer incomparable. ¿Incomparable? Bueno…

Mi azarosa, desde la caída del mundo de la construcción y del acero, vida laboral me ha llevado ahora hasta el sector de la fibra de carbono. Todo es nuevo. Hasta el idioma (¿Cuál es la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo highlightear? Yo highlighteo, evidentemente). El proceso de producción de las piezas de fibra de carbono es manual, con un moldeado y un curado en horno. Tras el curado, una vez hecho el desmolde y la retirada de piezas, un molde presenta el siguiente aspecto:

Es resina. No es pegamento Imedio. No está sobre mi piel. Pero sirve. Tengo resina en abundancia y todos los días. No hay vez que pase junto a los moldes antes de su limpieza que no ceda a la tentación de arrancar resina. El placer incomparable es comparable. Da igual estar en el primero o en el tercero de los cuatro días que son. Una vez más, el tiempo no cura nada.

lunes, 22 de mayo de 2017

Ferpectamente

Cuando en un reconocimiento médico te preguntan si bebes alcohol y las posibles respuestas son sí o no pues, como abstemio no soy, respondo con cierta vergüenza y con ganas de matizar la respuesta. Porque no soy un alcohólico. Soy lo que se llama un bebedor social. Incluso puedo decir que soy un bebedor geográfico, ya que a nivel del mar no pruebo el alcohol durante semanas y es subir a la meseta y hasta el agua de los floreros. Pero no tengo problemas de conciencia. No siento que sea un enfermo. Ni siquiera cuando en los reconocimientos me incluyen dentro del grupo de los que beben.

Hice la mili con veintisiete años. La hice en Paterna, muy cerca de Valencia. Entonces estaba en todo su apogeo lo que se conocía como la “Ruta del bacalao”. Mis queridos compañeros de mili tenían casi todos dieciocho años y eran asiduos a la misma. El viernes salían atacando y el lunes aparecían tras haber pasado tres noches sin dormir de discoteca en discoteca. Fumaban porros como quien respiraba y trapicheaban con pastillas con toda la naturalidad del mundo. Yo estaba escandalizado. Era mayor que ellos, pero me daban mil vueltas. Y llegué a apreciarlos de verdad, porque eran muy buenos chavales, pero su forma de divertirse, que para ellos era normal, a mí me tenía los ojos como platos.

Nos fuimos de maniobras y me tocó la no siempre reconocida labor de cantinero. En la parte trasera de un camión monté mi chiringuito y allí vivía. Tenía una visión reducida del exterior, ya que las lonas del camión la limitaban, y tenía la sensación de ser espectador de una obra de teatro con personajes que entraban y salían y con los que me relacionaba ( ahora a eso se le llama interactuar). Como la tropa se pasaba el día por ahí pegando barrigazos tenía bastante tiempo libre, tiempo que aprovechaba para leer (“Rayuela” de Cortázar. Lo recuerdo) y para irme a correr. Estábamos por la zona de Alcublas y Casinos, en plena comarca de los Serranos, y no podía desaprovechar esa oportunidad. Dejaba a alguno de los que estaban por allí despistados vigilándome el negocio y a subir y bajar. Una de las veces, tras terminar y ducharme, me subí al camión y me bebí una cerveza. En ello estaba cuando apareció la tropa en escena. Y noté que me miraban y que hablaban entre ellos. Y uno de ellos, uno de los ruteros, porreros, pastilleros, se acercó y me dijo:

-Pero Furri, ¡tú bebes!

Si me hubiese pillado con una jeringuilla en las venas no habría puesto la misma cara.

-Bueno, técnicamente sí.

-Pero, tú eres deportista. Tú corres. ¿Y bebes? No lo entiendo. ¿Tú sabes lo que estás haciendo?

Cuestión de criterios, desde luego. No tengo problemas de conciencia. No siento que sea un enfermo. Pero vamos, que a veces no es fácil.

jueves, 11 de mayo de 2017

De porqué la vida no es una película romántica

Pues seríamos nueve o diez. Diría valientes pero tampoco era para tanto. Sólo uno de nosotros era mujer. S. Treinta y tantos. Morena, de larga melena rizada. El resto, varones de todas las edades. Nos agrupamos a las diez. La ruta la había preparado el tío Javier. La mayoría llevaba focos. Algunos de ellos podían iluminar un campo de fútbol. El mío no iluminaba un futbolín. S. ni llevaba. Salimos. Enfilamos con nuestras bicicletas hacia la Gotera. Íbamos agrupados. Una ruta nocturna no es una carrera. La noche era muy cerrada, sin luna. El cielo, completamente estrellado, deslumbraba por su belleza (ya sé que suena cursi, pero es que era así). De vez en cuando parábamos. ¿Estamos todos? Sí. Trago de agua y a seguir. S. y yo solíamos ir por mitad del grupo aprovechando la luz ajena. Se oyeron voces. Alguien de los que venían detrás tuvo una avería. El resto de los traseros se pararon con él (poco he salido con ciclistas, pero de ellos puedo afirmar tres cosas: la primera es que son mentirosos patológicos. Si un ciclista te dice que todo lo que queda es bajada o que sólo quedan cien metros de subida, échate a llorar. Lo segundo es que son los que mejor comen del mundo. No hay ruta sin comida y sin bebida. Y con colmo. Así tienen la barriga que tienen la mayoría. La tercera es que son tremendamente solidarios. Saben mucho de mecánica y están deseando demostrarlo así que, si hay avería, trescientas manos se acercarán a opinar y a ayudar). S. y yo tratamos de avisar a los que iban delante, pero no oyeron nuestras voces y, con la poca luz que llevábamos, decidimos pararnos a esperar a que nos alcanzaran los de detrás.

La noche oscura.

El cielo estrellado.

S. sacó su móvil y conectó una aplicación donde podían seguirse las estrellas y las constelaciones. La aplicación se hacía acompañar por una música muy sugerente.

Estábamos pegados.

Mirábamos al cielo.

Poníamos nombre a las estrellas.

Poníamos nombre a las constelaciones.

La música sugerente sonaba de fondo

Estábamos solos.

Solos en mitad del campo.

Era verano.

Y entonces pasó lo que tenía que pasar.

Nada.

Alfa Centauro. Beta Pegaso. Gamma Minotauro. Casiopea. Ganímedes. Al rato vimos luces. Se oyeron voces. La avería estaba reparada. Nos recogieron. Recogimos a los de delante. Enfilamos hacia la aldea. Llegamos como héroes. Nos tomamos unas cervezas de tamaño ciclista. Nos las habíamos ganado. Brindamos. Brindé con la Estrella Polar y le guiñé un ojo riéndome. Ya sé que suena cursi pero es que fue exactamente así.

viernes, 5 de mayo de 2017

Tres i quatre

Sin ánimo de ofender a mis amigos bibliotecarios voy a contar mi última visita a la biblioteca municipal que tengo más cercana de casa, recientemente reinaugurada, visita que hice con ganas, más que para que ver cómo había quedado, para ver cómo habían ampliado el catálogo, puesto que han cerrado otra biblioteca del barrio y se han traído a ésta todos los libros de aquella. La labor del traslado y acondicionamiento ha resultado hercúlea, pues han tardado tres meses en realizarla. La reinuguración fue, según me contaron, bastante vistosa, ya que muchos políticos se apuntaron a la misma, los mismos, seguro, que fueron al cierre de la otra. Y, tras tres meses de espera, me acerqué dichoso. Di una vuelta, ojeé, busqué novelas de Maj Sjöwall y Per Wahlöö (espero haber puesto todas las diéresis en su sitio) y, como no encontré, pregunté a las dos mujeres, una más mayor y otra más joven, que estaban detrás del mostrador. Nunca habían oído hablar de ellos. Nada que reprochar. Yo tampoco los había oído nombrar hasta hace un par de meses. Incluso me sentí reconfortado en mi ignorancia. Al fin y al cabo ellas trabajan con libros. Buscaron en el ordenador. Allí no tenían ninguno, efectivamente, pero me informaron en qué otras bibliotecas podría encontrarlas. Di otra vuelta buscando algún libro que llevarme a casa para leer. La mayor se ofreció para aconsejarme. Acepté su ofrecimiento. Me habló de un francés. Me acerqué hacia la estantería donde estaban sus libros. La más joven se acercó también y me dijo muy bajito:

-Haz caso a la directora. Es una lectora empedernida. Yo siempre le estoy pidiendo consejo para mí y para poder aconsejar a los demás.

-Gracias.

Cogí un libro del francés.

-Sí, ése. Es muy bueno. Es el primero de una trilogía de cuatro libros que…

Ya no escuche más. Empedernida. No lo dudo. Tengo el libro del francés en casa. Igual tardo un trimestre de cuatro meses en leerlo.

domingo, 30 de abril de 2017

Harry Quebert, eres mutonto, mutonto, mutonto

Una de las infinitas discusiones musicales que mantengo con mi padre trata sobre “Carmina Burana”, de Carl Orff. Él entra en éxtasis cada vez que la escucha y yo siempre le digo que menos lobos. Que sí, que es perfecta, tan bien orquestada, con esos coros tan solemnes. No le discuto su calidad, pero ¿música? No. Matemáticas, tal vez. Relojería si acaso. Una obra que podría haber sido escrita por una computadora. Porque para ser música le falta algo. Alma, si queréis. Luego remato la discusión diciendo que hay más música en cualquier nota de cualquier composición de Jobim o en cualquier gallo que pudiese haber soltado Otis Reding que en toda“Carmina Burana” y ya entonces pasamos directamente a los insultos personales.

¡Pasen y vean! ¡Entren, señores y señoras, a ver el espectáculo de Joël Dicker, autor de la célebre novela “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, un verdadero best-seller en toda la extensión de la palabra! ¡Entren y disfruten del espectáculo del joven Joël donde nada es lo que parece! ¡Pasen y admírense de lo bien que se aprendió la teoría este alumno aventajado y de su enorme habilidad al aplicarla! ¡Entren y sorpréndanse con el espectáculo de este fabuloso ilusionista y de todos los efectos (¿dónde está la bolita? ¿Dónde está la bolita?) que desarrolla a lo largo de la obra! ¡Déjense embaucar por las artimañas de este brillante prestidigitador! ¡Trucos! ¡Sorpresas! ¡Emoción! ¡Pasen y disfruten con el espectáculo de un gran artista, de este verdadero fenómeno de la técnica narrativa, que les mantendrá pegado a sus sillas desde la primera hasta la última página!

Mi estimado Joël Dicker: Creo que tiene usted treinta y pocos años y ya está usted forrado. Ha vendido una pila enorme de libros, los han llevado al cine y está usted considerado y reconocido. Aún así, permítame que le diga desde mi ignorancia y mi insignificancia que “La verdad sobre el caso Harry Quebert” está tan cerca (o tan lejos) de la literatura como “Carmina Burana” lo está de la música.

sábado, 22 de abril de 2017

Bellas anécdotas que convertimos en tradiciones y que, desde luego, eran para tanto

Abrimos una nueva sección cuyo primer capítulo podríamos titular –Never missed a cue (with emptiness all around).

Alejo. Alejo es de la cuadrilla del futbolín, es decir, que es amigo desde siempre y para siempre. A Alejo le quiero por infinitas razones. Una de ellas, importante, es porque me abrió la puerta de una habitación en cuya entrada podía leerse –Elvis Presley, habitación de la cual no he salido ni saldré, entre otras cosas porque dentro de un millón de años Elvis seguirá siendo el Rey y, por más tiempo que pase, jamás dejará de sorprendernos y de fascinarnos.

Alejo está emparentado con la localidad valenciana de Segart, situada en plena sierra Calderona. Y allí se pasaba temporadas. Durante dos (o tres) años, coincidiendo con el fin de semana de San Vicente, Maroto (por Dios, cuánto daño se ha hecho este hombre a sí mismo), Sanfélix y yo nos subíamos a pasar un día con él. Llegábamos a media mañana, recogíamos a Alejo y nos íbamos a subir y bajar por donde Alejo nos llevase. Fueron días muy agradables, andando todo el día por el monte, comiendo donde y cuando nos apeteciera (incluida la mona de Pascua, por supuesto), días que rápidamente mitificamos puesto que Alejo iba salpicando de recuerdos cada zona que pisábamos, algunos ciertamente morbosos, y a nosotros nunca nos hizo falta demasiado para hacer de la nada un hito, un recuerdo imborrable.

Lo mejor del día llegaba al final. Con el ocaso entrábamos en Segart. La música siempre fue uno más de nosotros, así que no era extraño que cantásemos. Y la primera vez que fuimos, a la vera del pueblo, con el sol ya detrás del horizonte, comenzamos a cantar “Are you lonesome tonight?”, por supuesto engolando la voz puesto que es imposible cantar canciones de Elvis sin engolar la voz (cuando digo imposible es imposible. Inténtelo ustedes). Y, al llegar al momento del recitado, surgió Alejo. Y mientras nosotros, muy bajito, tarareábamos uuuu, Alejo soltó aquello -I wonder if you're lonesome tonight. You know someone said that the world's a stage and each must play a part, etc. Y lo dijo con una chulería que ya hubiera querido para sí Elvis. Y, claro, aquello se convirtió en un momento cumbre, en un recuerdo imborrable, en un hito, en tradición. Y lo repetimos las siguientes veces que volvimos. Y entró a formar parte de mi memoria, pues no hay vez que escuche “Are you lonesome tonight?” sin que Alejo desplace a Elvis y sea a él a quien realmente escuche haciendo el recitado y no al Rey. Y se quedó a vivir ya para siempre en el fin de semana de San Vicente, porque da igual donde esté: cometas en la playa, la mona de Pascua y la voz de Alejo diciendo -Now the stage is bare and i'm standing there with emptiness all around. And if you won't come back to me then make them bring the curtain down.

lunes, 17 de abril de 2017

Mentes complejas, placeres sencillos

Volvía de la capital del Secarral camino de la aldea. No sé cuántos botellines nos habíamos tomado. Amigos y cerveza. Amigos de los de siempre, de los de toda la vida (y lo que nos queda). En la radio, Ella Fitzgerald (¡Ella es el swing, Zeppo! ¡Ella es el swing!). "From this moment on". "Bewitched". La felicidad tiene que ser algo muy parecido a esto.

domingo, 2 de abril de 2017

España, capital Estocolmo

Gunvald Larsson permanecía junto a la ventana observando a seis operarios en la calle, que a su vez observaban a un séptimo, apoyado en una pala.

-Esto me recuerda una historia-dijo. -Durante la mili, estábamos fondeados en Kalmar con un dragaminas. Yo estoy en la cabina de mando junto al segundo de a bordo, y el vigía viene y me dice -Mi teniente, hay un hombre muerto en el muelle. -Chorradas- dije. -No, mi teniente- insiste- en el muelle hay un muerto, de pie. -¡No hay muertos de pie en los muelles!- digo- ¡A ver si te espabilas un poco, Johansson! -Pero, mi teniente -repite- ¡tiene que estar muerto! Le he estado vigilando todo el tiempo y lleva horas sin moverse. Entonces el segundo de a bordo va, se levanta, se asoma por la portilla y dice -Bah, es sólo un operario municipal.

El obrero de la calle dejó caer la pala y se fue con los demás. Eran las cinco y seguía siendo viernes.

-¡Vaya organización!- dijo Gunvald Larsson. -Todo el tiempo parados, mirando.

-¿Y tú que haces?- pregunto Melander.

-Pues aquí parado, mirando. Y si el jefe local de policía tuviera su despacho en frente, sin duda se pondría delante de su ventana a mirarme a mí. Y si el jefe nacional de la policía estuviera aquí, en la planta de arriba, miraría al jefe local. Y si el ministro del Interior...

-Anda, calla y coge el teléfono- interrumpió Melander.

"El hombre del balcón". Maj Sjöwall y Per Wahlöö. 1967.

lunes, 27 de marzo de 2017

Grafarpögn Hantverkargatan

Son muchas las horas que paso en las piscinas ejerciendo de padre de nadador. Y son muchos los ratos que paso con la mayoría del resto de padres que ejercen. Las conversaciones que mantenemos suelen moverse casi siempre por los mismos sitios: actualidad, fútbol, competiciones, la educación de los hijos, viajes, entrenamientos y críticas. De vez en cuando echo de menos hablar de otros temas y lanzo un globo sonda pero cuando te responden -¿los qué?- tras mencionar a los Kinks mientras suena de fondo “You really got me”, pues casi mejor nos quedamos donde estamos.

Había un padre que no tenía muy controlado. Se relacionaba poco y parecía un tanto huraño. Y en una competición apareció con una camiseta con la carátula de un disco de Thelonious Monk y Miles Davis. Y te podrá gustar o no el jazz, pero un tío que se pone esa camiseta seguro que tiene muchas cosas interesantes que contar, así que a por él que me fui.

-Me gusta tu camiseta.

Nos hemos hecho muy amigos. De la música pasamos al cine y del cine a la literatura (da la casualidad que también es del sesenta y seis y de que estudiamos en la misma Escuela. La casualidad no existe). Y, por una vez, no se trató sólo de una sucesión entusiasta de monólogos, sino que estamos ejerciendo cierta influencia el uno en el otro. Él ya ha empezado a leer a Dostoievski y, puesto que es un fanático de la novela negra, me hizo una lista de sus autores y libros favoritos, comenzando por los nórdicos y por ellos he empezado. Dos libros me he leído ya y me apetece comentarlos.

¿Existe Islandia? Bueno, en los mapas sale. Y hace no demasiado un volcán de por allí dejó a un montón de aviones en tierra. La lista de islandeses famosos ocupa lo mismo que la de héroes italianos. Yo, realmente, sólo conozco a tres: Bjork, Gudjohnsen y Finnbogason. Y ahora he de añadir a un cuarto: Arnaldur Indridason, autor de “La mujer de verde” (también publicada como “Silencio sepulcral”), primero de los libros recomendados leídos. En unas excavaciones que se han hecho en Rejkiavik (todos juntos: Rejkiavik, Rejkiavik) aparecen unos huesos humanos. A partir de ahí se van desarrollando dos historias paralelas que, a su vez, se van desdoblando y que terminarán convergiendo. ¿Que qué me ha parecido el libro? Muy bueno. Muy bien escrito, con unos personajes muy bien desarrollados (salvo, quizá, los dos ayudantes del inspector Erlendur, protagonista de la investigación, que podían haber dado más juego) y con una trama que te posee por completo. ¿Que si me ha gustado? No. Nada. Bien está que la literatura te haga sentir, pero todo dentro de un límite. Porque ésta no es una novela sino un fenómeno atmosférico, y no precisamente el anticiclón de las Azores, sino uno de esos accidentes meteorológicos que abren los noticieros con recuento de víctimas y balance de los daños. Porque una cosa es sufrir y otra es lo que te ocurre leyendo este libro, uno de los que puedes decir, y sin pretensiones efectistas, que no eres la misma persona al terminarlo que cuando lo empezaste. Y no, no me gusta sufrir tanto. No me gusta sufrir tantísimo. Así que, señor Indridason, bienvenido a mi lista de islandeses conocidos, perdón por su cuarto puesto y me temo que hasta nunca salvo que algún día se cierren las heridas que su libro me ha causado, algo que dudo ya que estoy de acuerdo con su inspector Erlendur cuando afirma que el tiempo no cura nada.

Maj Sjöwall y Per Wahlöö (espero haber puesto todas las diéresis en su sitio) son (o fueron) un matrimonio sueco que entre 1965 y 1975 escribieron y publicaron diez novelas, de treinta capítulos cada una, protagonizadas por el inspector Martin Beck. Ambos eran comunistas convencidos y decidieron utilizar el soporte de novela negra para dejar caer sus críticas contra el, entonces, idílico modelo sueco (pero, ¿cómo? ¿Suecia no era el paraíso?). “Roseanne” fue la primera de estas novelas y ésta es la que me he leído, no porque mi mente cuadriculada me obligue a seguir el orden (no es necesario) sino porque fue la que encontré en la biblioteca. Para dar mi opinión sobre dicha novela utilizaré un símil tan poco sueco y tan valenciano como son las mascletaes. ¿Cómo me gusta que sea una mascletá? Para mí lo fundamental es el ritmo. Una buena mascletá no ha de perder nunca el ritmo, un ritmo que debe ir creciendo de manera progresiva, sin cortes ni altibajos. El comienzo tendrá que ser ya poderoso y ha de terminar con un terratremol apoteósico y prolongado que te reviente tanto los tímpanos como los lacrimales. Podrá tener otro tipo de aditamentos pero, manteniendo esta estructura, el cum laude ya se lo doy. Pues bien, “Roseanne” me ha parecido una mascletá de las buenas. Tiene un ritmo fabuloso, tanto que parece que haya sido escrito utilizando un metrónomo. El libro comienza con la aparición de un cadáver (una novela negra sin muerto es como un belmonteño sin chándal: inconcebible), continúa con un ritmo implacable que va aumentando sin pausa para terminar con una sucesión de escenas que te dejan sin respiración. Sí que aparecen críticas contra la sociedad sueca, pero siempre desde la ironía, una ironía que te provoca desde la sonrisa hasta la carcajada, y siempre dejadas caer como quien no quiere la cosa. Así que aquí estoy, dejándome las manos aplaudiendo al senyor pirotecnic. Mis queridos Maj y Per, ruego me hagan un hueco en sus agendas. Creo que tenemos nueve citas pendientes.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Metáfora


Bueno, sí. Es un ciprés pequeño vencido por el viento que se apoya en otro más grande. Y la letra lambda escrita en vegetal. Pero también es algo más. ¿El qué? Pues…eso. Algo más.

jueves, 9 de marzo de 2017

Sabes que te lo has pasado bien cuando ha sonado “El tiburón” y la has bailado

La frase es de Ana y es perfectamente extrapolable, Y a ello vamos. Siguiendo con la crisis de los cincuenta estaba pendiente quedar con la gente de la Escuela. De hecho se está moviendo una reunión de la promoción pero, como parece que va para largo, pues seis de los que éramos más amigos decidimos hacer un ensayo general. Y quedamos para cenar. He de decir que a cuatro de los cinco igual hacía diez años que no los veía. Siempre supe de ellos, pero, verlos, pues no. Y volvió a ocurrir aquello de juntarse y como si nos hubiésemos visto ayer (a veces pienso que los efectos del tiempo, sus propiedades curativas, sus efectos en la memoria y demás, están sobrevalorados. Hay muchas cosas inalterables, más de las que nos imaginamos). Tras cenar pues había que tomarse algo. Llegamos a un local donde un caballero hacía labores de portero. Nos dijo que podíamos entrar. –Gracias, joven. ¿Tienen algún reservado geriátrico? No quisiéramos incomodar. –No se preocupen. No creo que haya nadie tan joven como ustedes. Nos reímos. –Será cabrón el tío. Entramos. Volvimos a reírnos. Resulta que el de la puerta había dicho la verdad. Ser los más jóvenes. Qué sensación. Para no perder las buenas costumbres me acerqué al que ponía la música –Perdone, ¿podría poner “You should be dancing”? –Es que aquí sólo ponemos música en español. –Me parece fenomenal. Y allí estuvimos. Fue una gran noche. ¿Porque nos juntamos después de tanto tiempo? También. ¿Porque no paramos de charlar y de reírnos? También. ¿Porque siempre se está a gusto con los amigos? También. Pero no sólo por eso. Parafraseando a Ana, sabes que te lo has pasado bien cuando ha sonado “La revolución sexual” de La Casa Azul y la has bailado como un poseso (reumático, pero poseso). Lo pasamos bien. Muy bien. Y lo supimos.

viernes, 3 de marzo de 2017

Siempre se puede ser más gilipollas

Porque esta foto no está tomada en Iniesta's Little Castle, como pudiera parecer, sino en Castillejo de Iniesta, provincia de Cuenca.

domingo, 26 de febrero de 2017

Catorce prima

El maratón no es una carrera más. Sadam Hussein podría haberla definido como “la madre de todas las carreras”. Leí hace poco un artículo sobre el maratón y allí aparecían las palabras emoción y sentimiento. Y es cierto. Es la carrera que despierta las emociones más intensas. Por eso el maratón es diferente. Por eso cada maratón es distinto. Da igual los que corras; siempre sabremos cuántos hemos hecho y siempre distinguiremos perfectamente uno de otro (en mi caso recuerdo hasta la camiseta y las zapatillas con las que hice cada uno). Un maratón que empieza, para mí, diez semanas antes, cuando comienzo a seguir el plan a rajatabla, y que incluye no sólo los kilómetros sino los compañeros de los mismos. El plan no variará pero todos son distintos. Cada uno tiene sus ritmos. Cada uno, su compañía. Dentro del plan hay un día señalado y es un test de diez kilómetros diez días antes que te informa (y te miente) sobre tu estado de forma real. Ese día suele ser prácticamente festivo, ya que nos solemos juntar unos cuantos, vayamos a correr o no el maratón. Nos acompañamos y nos repetimos al final aquello de –ya está todo hecho (esta última vez lo hice solo. Me sentí muy extraño). Otro día muy especial para mí es cuando, unas treinta y seis horas antes de la carrera, salgo a rodar media hora muy suave. Ese rodaje lo hago siempre solo porque tiene algo de litúrgico. Me siento como un torero en la capilla de la plaza antes de salir al ruedo. Sentimiento y emoción en estado puro (unos lo llaman recogimiento. Otros, miedo). Y llega el día de la carrera. Y sales. Y cruzas la meta. Y el maratón no termina ahí. Todavía queda. Quedan los abrazos. Quedan las felicitaciones. Queda la crónica para los climaterios. Queda la entrada del blog. Queda cuando guardo el dorsal en la carpeta de los elegidos. Queda cuando permito a la camiseta oficial de la carrera la entrada junto al resto (las camisetas no se compran. Se ganan). Quedan las agujetas. Y queda el acto final, aquel en el que, definitivamente, se cierra el maratón y es cuando voy a la capital del Secarral y, en la casa familiar, sobre el armario que hay en mi habitación, donde están todas mis copas y mis medallas (mi altarcillo), cuelgo la medalla. Y la miro. Y las miro a todas. Y ese orgullo al mirarlas es el que siempre me empuja a volver, a pesar de las promesas, a pesar de los dolores, a pesar del sufrimiento, a pesar de saber que el maratón es de todo menos sano. Emoción y sentimiento. Algo más que una carrera. Mucho más.

lunes, 20 de febrero de 2017

Catorce

El pasado veinte de noviembre, en el kilómetro nueve, decía adiós en el maratón de Valencia. Y juré venganza. Cuando me retiré en Madrid en 2007, a pesar de que había sido por mi culpa, por ir a un ritmo que no era el mío en un perfil como aquel, me sentí derrotado por Madrid, y fue en 2011 cuando volví y sentí que la afrenta había quedado resarcida. Esta vez, a pesar de que fue un problema muscular, me sentí derrotado por el maratón. Y al maratón tenía que volver, a ajustar cuentas pendientes.

Castellón. No tiene medalla de oro. No es un major. No tiene el brillo de otras carreras, aunque puede presumir (y presume) de tener una campeona olímpica en su palmarés. Ni siquiera la ciudad figura entre las cincuenta capitales de provincia más bonitas de España. Pero su maratón estaba a trece semanas de Valencia. Y cuando uno suspende en maratón en noviembre en Valencia tiene la opción de volver a examinarse en febrero en Castellón (de hecho te hacen descuento). Las fechas encajaban. Además, desde Valencia puedes levantarte, ir, correr y volver. Y su circuito medía, exactamente, cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros. Y eso, para lo mío, era más que suficiente.

Pero sí, queda muy bonito y muy heroico decir –voy a Castellón a vengarme- pero luego hay que prepararlo. Y conforme la rabia iba menguando, ver todo lo que quedaba por delante, con las piernas llenas con los kilómetros de los meses previos, se me hacía duro. Menos mal que Gustavo decidió sumarse al reto. Era un regalo envenenado, ya que Gustavo nos lleva siempre al retortero, pero siempre es mejor acompañado que solo.

La preparación fue muy irregular. La lesión que me retiró resultó ser, al final, una contractura y a la semana ya estaba corriendo. Yo siempre corro con molestias en la cadera izquierda, algo a lo que me he acostumbrado y que soporto bien. El problema venía con los dolores que aparecían en la zona del abductor derecho, dolores que me hicieron levantar el pie más de un día de series cortas y que llegaron a su máxima expresión en la media de Picanya-Paiporta, cuatro semanas antes, y que me obligaron a retirarme en la primera vuelta (empezaba a ser una costumbre lo de retirarse). Ahí lo vi todo perdido, aunque decidí seguir los consejos de Rafa de visitar al fisio porque a lo mejor no era tan grave. Fui y me dijeron palabras como desequilibrio, piramidal, psoas y algunas más que no recuerdo, me mandaron unos cuantos ejercicios (he hecho más sentadillas en estas últimas cuatro semanas que en toda mi vida) y no me cerraron la puerta. De hecho la semana siguiente a la retirada no la perdí y llegué a hacer, aunque muy tranquilos, más de setenta kilómetros. Entonces levanté la cabeza, me estudié el plan, vi que quedaban tres días especialmente duros y determiné que si los superaba decentemente y sin dolor, me inscribía. 6x1000 (con Paco) a 3’42” de promedio, 1x12.000 (solo y con mucho viento) a 4’14” y 1x10.000 (solo) a 4’08”. No tuve dolores. Aquel mismo jueves, diez días antes de la carrera, me inscribí.

Aquí he de hacer mención a Gustavo. En Picanya hizo 1:24. Estaba como un tiro. Y, a partir de ahí, dolores (el ciático) y a parar. Una putada. Una pena. Te debe una el maratón, desde luego.

Castellón, diecinueve de febrero. Llevaban toda la semana dando lluvia pero, al final, no. Nubes al principio. Luego, no. Doce grados al principio. Luego, no. Decían 3.800 inscritos aunque han (hemos) terminado 1.500, por lo que no me cuadra mucho. A las seis y media salíamos de Valencia Ramón, Gustavo (que habían decidido venir a acompañarme. No sé si me quedarán días en este mundo para poder terminar de agradecérselo) y yo. A las siete y media estábamos por la salida. Calentando ya he visto que por allí había nivel y que runners había muy pocos. Baste decir que apenas se veían camisetas de la carrera, las favoritas de los runners. Me he confiado a la hora de entrar en mi cajón de salida y me ha tocado sufrir una cola enorme, con los nervios que ello te genera, ya que han puesto un pasillo muy estrecho. A las 8:56 entraba. A las 9:00, disparo y a correr.

A pesar de ese detalle, he de decir que la organización me ha gustado. La feria estaba bien, la bolsa del corredor era decente, daban agua cada dos kilómetros y medio, bebida isotónica cada cinco (en botellas de un tercio de litro. Una pena. La de bebida que se ha tirado) y geles y alimento sólido cada cinco también. El problema es que Castellón no es muy grande y hemos pasado veinte veces por cada sitio. Y tampoco es muy llana (¿de la Plana? Amos, no me jodas). No es el Himalaya, pero estás siempre subiendo y bajando. No son grandes pendientes, pero te acaban minando. Y la subida a la universidad y la vuelta desde el Grao tocan las narices. Pero, por lo general, muy bien, con mucho ambiente en muchas zonas (o en una zona por donde pasábamos muchas veces. No lo sé. Hoy he agradecido no conocer Castellón, porque te tiene que reventar ser consciente de todas las vueltas que estás dando). Una carrera con un regusto entrañable que recordaba al maratón de Valencia en febrero, mi maratón sin ninguna duda.

Mi objetivo era acabar. Por supuesto que iba a ir a lo que diese, pero la marca no era lo primordial. No estaba tan fino como para Valencia. No había podido entrenar tan bien. Aunque he de confesar que, como estaba bien de peso y, al final, había acumulado dos preparaciones, tenía la sensación de que, si el adbuctor o el psoas me dejaban, iba a terminar muy entero.

A pesar de no haberme colocado bien en la salida, he pasado el primer mil en 4:35. Perfecto. Pensaba que mi ritmo podía estar entre 4:25 y 4:30 el kilómetro y a ese ritmo iba. Los diez primeros kilómetros parecía la princesa del guisante: todo me molestaba, todo me dolía, todo me alarmaba. Pero no. Falsas alarmas. Iba avanzando. En el cielo había nubes, la temperatura era agradable y había una brisa que no molestaba. Y Ramón y Gustavo, que estaban por todas partes. Sí que existe el don de la ubicuidad. Puedo dar fe.

He pasado la media en 1:34:30. No estaba mal. Tampoco estaba para florituras, pero bueno. No tenía molestias. O tenía las habituales. La media estaba en el Grao, en el punto más bajo de la carrera. He hecho la vuelta muy bien. Pero ya no había nubes. Y la temperatura iba subiendo. Al pasar el treinta he visto que todavía iba a 4:30 de promedio pero he pensado –me da que no vas a terminar muy entero hoy. Joder, qué pedazo de muro. Ni siquiera la belleza arquitectónica y monumental de Castellón me servía de alivio. Menos mal que Ramón y Gustavo seguían siendo omnipresentes. Iba mendigando por un poco de sombra, por algo de aire. Llevaba mal cuerpo, no me entraba el agua y mucho menos el isotónico. Y los putos adoquines. Tendrían que prohibirlos. Lo que es el maratón, vamos, lo que te hace preguntarte siempre -¿de verdad es esto necesario? Y así, paso a paso, y de manera inexplicable, los kilómetros han ido cayendo (muy lentamente) y he llegado hasta el cuarenta. Y luego el cuarenta y uno. Y ya hemos subido la última cuesta y entrado en el parque Ribalta y, ya que estaba allí, pues he cruzado la meta. 3:13:21. He tenido días mejores pero había vuelto a cruzar la meta del maratón. Lo había vuelto a derrotar (y, sobre todo y más importante, había terminado el sufrimiento). Ya son catorce.

Casi salgo de la zona de meta. No podía moverme. No se me iban las ganas de vomitar. Quería comer y no podía. Quería beber y tampoco (Telepizza patrocinaba la carrera y había un montón de pizza. Imposible acercarme. Menos mal que estaba por allí la gente de la federación de atletismo (la carrera era también campeonato de España) que no ha dejado ni una miga). He cogido sitio para que me dieran un masaje y ya he reviscolado un poco. Y vuelta a Valencia. Conducía Ramón. Gracias a Dios.

Y ya está vengada Valencia. Sentía que tenía unas agujetas pendientes y aquí están. Unas agujetas gloriosas. Y también he sumado Castellón a mi currículo. Ahora me toca descansar y a pensar en las siguientes. Me apetece mucho empezar a correr carreras cortas. Me apetece volver al agua. Lo que hago siempre en estas fechas pero que siempre parece nuevo. Y ya sin ánimo de revancha, sólo por diversión. Porque, como dice Robert Reford en “El golpe” –la venganza no lo es todo…pero ayuda.

sábado, 11 de febrero de 2017

Canciones que no quiero compartir con nadie

Mis cassettes han desaparecido del lugar donde acumulaban polvo y han terminado dentro de una caja que, por supuesto, no voy a tirar, pero que tampoco sé dónde colocar. La caja no cierra bien y, por una ranura, asoma el lomo de una de ellas donde se puede leer Esclarecidos. Esta cinta se la grabé a Ana con mis canciones favoritas de los mismos, cinta que, con el tiempo, terminé escuchando mucho más que ella (no se debe regalar música. No se debe regalar música). Pensando en Esclarecidos pregunté a Google y me encontré con una entrevista de hace no demasiados años a Cristina Lliso, que aún sigue en la brecha. Hacía ella repaso del grupo afirmando, entre otras muchas cosas, que “Dragón negro” fue su disco más redondo (sí y no, querida Lliso. “Rojo” también merece un monumento). Además, se lamentaba del poco éxito que tuvo el que fuera su último disco, “La fuerza de los débiles”, disco que ella consideró como demasiado arriesgado. Hombre, no sé si arriesgado. Contundente si era. Y con canciones muy buenas. Y volví a escucharlo. Y, mientras lo hacía, le pregunté a Google por ese disco y leí palabras como influido, trip hop, Massive Attack, Tricky y Portishead. Portishead. Nunca he escuchado a Portishead (bueno, “Glory box” sí). Y me apetece. Vamos por orden. Empecemos por el primer disco. “Dummy”. Y he llegado a la segunda canción, de título “Sour times”. Y de aquí no salgo. No puedo salir. Y, por supuesto, deslumbrado como estoy, enamorado como estoy, la quiero sólo para mí. No quiero compartirla con nadie.

sábado, 28 de enero de 2017

Camaféus

Unos vecinos nuestros tienen un Smart. El coche lleva las letras CMF en su matrícula. Camafeo. Éste es su nombre.

Lo que se le hizo a la música durante los años ochenta debiera haber sido juzgado pon el Tribunal de la Haya. Hay algunas excepciones (Prefab Sprout, Cocteau Twins y algunos (pocos) más) pero los ejemplos de lo que durante esos años se perpetró podrían sepultar a los contraejemplos. Un genocidio de lesa cultura que ha quedado impune. Entre los ejemplos podría figurar “Rock me Amadeus” de un austriaco llamado Falco. Apareció a mitad de la década aprovechando el éxito (incomprensible) de la película de Milos Forman sobre Mozart y Salieri. La canción es tan mala como pegadiza. Cada vez que veo el coche de mis vecinos, y lo veo a diario ya que, al ser pequeño y manejable (cero sesenta), lo aparcan siempre frente al portal, empiezo a cantar, sin poder evitarlo, camafeo, camafeo, rock, rock me, camafeo.

Cuando mi carnet de identidad decía que yo ya era un adolescente, pues no lo era. Y pocas cosas hay más tristes que estar desubicado. Y el mayor templo que existió dedicado a mi desubicación estaba situado en una discoteca que había en la capital del Secarral. Algunas veces me daban arrebatos de personalidad y me iba a casa, pero esos arrebatos eran infrecuentes (mi hermano me los prohibía). Y así, pues muchas horas pasé en aquella discoteca, malbebiendo, nobailando, escuchando una música dirigida directamente a la boca del estómago, con “Rock me Amadeus” como uno de los himnos, y pensando –no se puede perder más el tiempo (cuando digo que si aquellos años los hubiese pasado en coma no habría sido una gran pérdida no es broma). Cada vez que veo el coche de mis vecinos, y lo veo a diario, mientras canto rock, rock me, camafeo, me veo sufriendo en aquella discoteca riéndome de lo que no me hacía gracia y nohablando con chicas porque para qué.

G. y T. eran y son primos. G. era de nuestra cuadrilla (entonces La Peña. Aún faltaba para ser absorbidos por los Faisanes). T. era miembro de las Pepas (aquí una breve semblanza sobre ellas). A G. y T. les gustaba “Rock me Amadeus”. Les gustaba mucho. O eso decían. A lo mejor no les gustaba tanto, pero no tenían muchos más temas de conversación, aparte de hablar de la familia. Y quedaron que, cuando sonase, tendrían que bailarla juntos, ya que ése, y no la sangre, era su gran nexo de unión. Supongo que T. lo diría por quitárselo de en medio, pero G. sí se lo tomó en serio. Y cuando, una tarde, en la discoteca sonó el himno, G. se fue a buscar a T. Y la bailaron. T. con una mezcla de desgana y asco que se esforzaba poco en disimular. G. con cara de circunstancias comprobando la relatividad del tiempo, pues nunca se imaginó que aquella canción fuese tan larga. Cada vez que veo el coche de mis vecinos, y lo veo a diario, mientras canto rock, rock me, camafeo y me recuerdo sufriendo en aquella discoteca, veo a T. y a G. bailando sin mirarse, arrepentidos, desganados, solos.

Qué ganas tengo de que mis vecinos cambien de coche.

O de que lo rematriculen.

O de que lo aparquen en el quinto pino.

lunes, 16 de enero de 2017

Vaselina

Los graciosos que tienen que hacer un chiste cada que se mencionan las palabras conejo o almeja. O cinco. Y tener que reír la gracia. La de chistes que me ha tocado soportar con la palabra correr. Y con la vaselina. Lo útil que es la vaselina. Nunca falta en mi casa. Antes de los chistes y de los malos pensamientos habrá que explicar qué es una rozadura, las que tiendo a sufrir corriendo (venga, chiste) y cómo se previenen. Maroto, el hombre que más daño a sí mismo, y yo. No sé dónde íbamos. –Si ves una farmacia, avisa, que tengo que comprar vaselina. Y ahora Maroto hará un chiste. No. No lo hizo. No dijo nada. Éste es mi chico, sí señor. Farmacia. Entro. Sujeto la puerta para que pase Maroto. Veo que se queda fuera.

-¿No entras conmigo?

-No.

No hizo un chiste, pero…

miércoles, 11 de enero de 2017

Hogar, dulce hogar

Vuelo transoceánico con destino a San Juan de Puerto Rico. El avión pertenece a una compañía aérea estadounidense y el vuelo transcurre en un cortés inglés norteamericano. El avión aterriza sin problemas. Del pasaje surgen unos cuantos aplausos tímidos. Una voz, proveniente sin duda de dentro de la cabina, suena en la megafonía:

-Ese aplauso boricua sonó pendejo.

La ovación, en un entusiasta español (spanglish) puertorriqueño, es atronadora.