martes, 6 de diciembre de 2016

George

El veintinueve de noviembre de dos mil uno estaba en Libreville. Era mi tercer viaje allá en menos de un año. Ya no estaban en el piso Gloria ni su hijo Marvin. La generosidad de Gloria con un dinero que no era suyo se volvió en su contra y decidieron prescindir de ella. Y pensé que, sin Gloria como cocinera, ama de llaves y alma, aquel piso donde nos alojábamos todos los que interveníamos en la obra estaría deshumanizado. Pero no. No era así. Allí estaban Eva y su marido. Y Jose. Y aquel chaval de gafas y aquel tío mayor de quienes no recuerdo el nombre aunque tengo sus caras aquí delante. Eva, que me ofreció un bocadillo de tortilla francesa cuando llegué tras tirarme más de veinticautro horas viajando, un bocadillo al que le puso tomate porque su condición de catalana le impedía no hacerlo. Eva, que me pregunto si “yo era el de la foto”. Si, era yo. Aquel día descubrí que me había convertido en un personaje dentro de la colonia española en Libreville. Eva y su marido, del Español. Jose, madridista. Los otros dos, culés. Y el Atleti en segunda. Todo el día en la obra. Y por la noche, a beber cerveza. Los obligué a ir al Café de Flore, a ver si aún estaba Lyrette, la camarera por antonomasia. No estaba. Ya no trabajaba allí. Y era veintinueve de noviembre cuando, teniendo como teníamos la televisión encendida por tener ruido de fondo, vi que George Harrison acaparaba la información. Y pensé -pobrete mío. Se sabía que estaba enfermo. Y si la televisión gabonesa le dedicaba tanto rato sólo podía significar una cosa. Y me dio pena. No fue como cuando te enteras de la muerte de cualquier personaje célebre que sí, te impresiona. Pero como tu vida no va a cambiar, esté esa persona viva o muerta, pues bueno. Con George fue distinto. Y no sólo porque era un Beatle. Ringo es un tío simpático, cae bien y ya está. Lennon y McCartney han hecho una barbaridad de canciones antológicas y también coparon infinidad de veces los premios “Tonto del bote” y “Tonto del capirote” (cuando mataron a Lennon se empezó a hablar de la maldición de los Beatles. Nadie dijo nunca que la verdadera maldición era que McCartney siguiera vivo haciéndonos pasar vergüenza constantemente). George era otra cosa. A George lo queríamos. Por sus orejas. Por su bigote. Por “Savoy truffle”. Por su solo de guitarra en “The end”. Por “I, me, mine”. Por el poso que tenían sus canciones, que eran suyas, escasas, inconfundibles, demoledoras. Y le queríamos. Y hablo en plural porque Sanfélix volvió a abrir la caja de los truenos (ya no sé si cuando se hace referencia a la magdalena de Proust uno queda como pedante o como ordinario) enviándome este pasado veintinueve un correo sobre él y sobre la forma que George había elegido para, una vez más, haberle gallina piel de. Y compartimos gallina. Y piel. Y de. Y recordé cuando, Libreville, Café de Flore, bocadillo de tortilla con tomate. Y recordé a George. Y sonreí sabiendo que todavía le quiero y le queremos y que todavía él sigue siendo nuestro y nosotros suyos. Completamente.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Canciones tristes

Cuando, señor, nació mi retoño
no era momento para que él llegara.
Nació con cara de hambre
y yo todavía no tenía ni nombre para darle.
Cómo fui tirando, no sé explicarle.
Fuimos saliendo juntos y, en su niñez,
un día me dijo que llegaría lejos 

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

Llega sudado y veloz del trabajo,
y trae siempre un regalo que me desconcierta.
Tantas cadenas de oro, señor,
que no hay suficientes cuellos para llevarlas.
Me trajo un bolso con muchas cosas dentro.
Llave, libreta, rosario y talismán.
Un pañuelo y un fajo de documentos,
para, al final, poder estar yo identificada,

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

Llega a la favela con el cargamento.
Pulsera, cemento, reloj, neumático, grabadora.
Rezo hasta que vuelve aquí arriba.
Esta ola de atracos es un horror.
Yo le consuelo y él me consuela a mí.
Lo cojo en mi regazo para que él me acune.
De repente despierto, miro hacia un lado
y el travieso ya se fue a trabajar,

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

Llega impreso, portada, retrato,
con venda en los ojos, pie de foto y las iniciales.
Yo no entiendo a esta gente, señor,
haciendo tanto alboroto.
El pequeño, en el descampado,
creo que está riéndose.
Creo que está lindo boca arriba.
Se lo dije desde el principio, señor.
Él dijo que llegaría lejos.

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

"O meu guri". Chico Buarque. (Aquí la letra original).


Se marcho a la calle esta mañana
al entierro de su compañero.
Por la decisión de su mirada
yo sabía que iba al matadero.
Cuando ya hubo anochecido
lo trajeron malherido
y pensé –qué inútil oblación.
Sólo era un niño.

Qué dirán los que mandaban.
Qué dirán sus compañeros.
Quién sabrá si, al verse morir,
siguió creyendo.

Me dirán que fue simiente, me dirán,
me dirán que fue todo un valiente.
Me dirán no hay mas camino, me dirán,
me dirán que era su destino.
Pero, ¿quién dirá conmigo,
si le queda algún amigo,
ahora que me ven todos llorar?
¡Sólo era un niño!

"Sólo era un niño". Mocedades. Letra y música de Juan Carlos Calderón.

Historias con una madre y un hijo. Dramas. No sé si habrá canciones más tristes.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Kilómetro nueve

Muy poca historia esta vez, tristemente. Estaba bien de forma y bien de peso. Había seguido el plan a rajatabla, con unos días mejores que otros, pero muy animado al final. El día prometía. Hemos salido Garraty y yo juntos. Bien. A la altura del kilómetro cuatro llevábamos un grupo numeroso delante que obstruía el paso. Lo hemos sorteado como hemos podido. A partir de ese momento se ha empezado a manifestar un dolor intenso en la cara interna de mi muslo derecho, supongo que en el abductor. Y me he asustado. Todos los dolores los tengo en la pierna izquierda y nos llevamos bien. Pero la pierna derecha nunca me duele. He seguido. El dolor iba en aumento. En el siete he levantado el pie. El dolor no cedía. En el ocho he parado. Un alma caritativa ha aparecido con un bote de Réflex. He vuelto a arrancar. Pero no. No. No era dolor sólo. Por ahí dentro algo estaba a punto de romperse. En el kilómetro nueve he visto a Juan Luis climaterio y me he salido. A él le ha tocado soportar mi disgusto y mi tendencia al drama. Y ya está. No hay más. Me duele. Estoy tumbado y me duele hasta al respirar. No sé lo que tengo. Me toca entrar en la espiral de médicos y fisios y ver qué y por qué. Y volver. Volver al asfalto. Volver al maratón. Mi segunda retirada y las dos en un maratón. De la primera ya me desquité. De la segunda… esto no puede quedar así.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Se han separado Las Increíbles

Pues sí. Se han separado. El legendario equipo de raspall que quedó subcampeón de su colegio en tercero de primaria y campeón al año siguiente no defenderá su título este año. La conmoción ha superado a la producida tras la disolución de los Beatles o de ABBA. Inconcebible. Inexplicable. Todavía resuenan los ecos de su gran triunfo de la temporada pasada, título reconocido con una copa que una de sus componentes restriega a su hermano día sí y día también puesto que sí, mucho competir, mucho nadar y muchas medallas, pero una copa vale más. Y en la cima se separan. ¿Por qué? No ha trascendido. Tal vez la presencia de un Yoko Ono (aunque no hace falta un hombre para que salte por el aire un grupo femenino. Se bastan ellas solas). Puestos al habla con una de las integrantes de Las Increíbles, al ser interrogada se encogió de hombros y respondió de manera enigmática. –Cada una ha de seguir su camino. No pasa nada. La vida sigue. Pronto volverá la competición. Habrá otros equipos. Habrá otro campeón. Pero no estarán Las Increíbles. La vida sigue, sí. Pero el raspall no volverá a ser lo mismo.

martes, 8 de noviembre de 2016

Usted no puede pasar. La fiesta no es para feos

Pues vas a pasar un día de fiesta. Vas con tus amigos. Y al día siguiente no estás bien. No lo estás. La resaca ya no procede y el resacón, menos. Tenía que estar corriendo camino de Rada y no puedo. ¿He disfrutado? Sí. O no. Al final haces tonterías de las que te arrepientes, tonterías de las que te avergüenzas. Al final hay indeseables que te generan una tensión que no se merecen. Y la competición de mi hijo. No he estado. Me la he perdido. Y lo que tenía que ser no es. Y te levantas con sentimiento de culpa, arrepentido y avergonzado por lo que has hecho, por lo que has escrito (¡no eres gracioso! ¡No lo eres!), por la rabia que has sentido, por el mal cuerpo que llevas. Y me vuelvo cabizbajo, cariacontecido. ¿He disfrutado? No me acuerdo.

Me subí al coche. Por supuesto llevaba el cd de grandes éxitos de ABBA, La tradición dice que hay que ir escuchando a ABBA y entrar en la capital del Secarral cantando “Thank you for the music”. Esta vez iba sólo, sin H., pero no por ello iba a dejar de respetar la tradición. Antes de ABBA no me maté de milagro. No paraba de bailar. Rumbas. O rumba catalana. O las dos cosas. Una hora bailando al volante. Qué programa escuché tan fabuloso. Y ese momento de entrar y localizar a tus amigos y abrazarte a ellos. Sentirte a gusto con ellos. Luego, sí, todas las cosas malas que se acumulan, que se agolpan, que te piden explicaciones a la mañana siguiente, que se te agarran al estómago, que no te dejan dormir. Lo malo siempre gana a lo bueno. Pero hoy no quiero. No quiero. ¿He disfrutado? No me acuerdo. Pero sí que me acuerdo. Y quiero acordarme.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Dos minutos de odio (te curan las heridas)

La escena se sitúa de noche en el viejo cauce del Turia bajo el puente de Calatrava, donde se estrecha el paso por los campos de fútbol. Actores: un runner, un hipster, un perro y yo. El runner lleva todo el hato de runner, con su iPhone (seguro que era un iPhone) en el brazo y los auriculares puestos. El hipster lleva barba hipster, pelo hipster y una bicicleta que seguro que es muy molona y que tiene unas ruedas muy pequeñas. El perro es enorme. Yo voy haciendo series, concretamente diez de ochocientos metros, cinco río arriba y cinco río abajo.

Bien, el runner baja trotando. Baja muy motivado. Para ello lleva toda la tarde preparando una lista de canciones (playlist dirá él) específica para este entrenamiento, canciones que habrá compartido en las redes sociales ya que piensa que todas las naciones extranjeras están pendientes tanto de su selección musical como de sus progresos runnerísticos. Baja chafando huevos (es runner, no lo olvidemos), pero los chafa ebrio de motivación musical. Lo veo venir. En su ensimismamiento es incapaz de seguir una línea. No mira hacia el frente. No veo hacia dónde va a tirar. Yo estoy en mi segunda serie. Voy pensando en abrirme porque el capullo no me da seguridad cuando, de repente, aparece el hipster en su microbici. Viendo que dudo decide colarse entre los dos y gira, echándome hacia un lado por donde aparece, suelto, el perro enorme, que me trago sin remedio.

Mientras ruedo por el suelo pienso tres cosas: ahora el perro se revuelve y me pega un bocado; ahora el dueño viene a recriminarme que haya maltratado a su perro y ya la tenemos liada; ahora viene el dueño (o el runner. O el hipster. O los tres) y se deshace en disculpas. Ninguna de las tres. Me levanto escopetado y sigo corriendo (estoy haciendo series. Ni siquiera he parado el crono) soltando palabras amables que nadie ha recogido y con las que nadie se ha sentido aludido.

Pues he hecho unas series fabulosas. Tengo levantadas las rodillas y las palmas de las manos, pero nada grave. Un poco molesto pero, teniendo en cuenta que voy a chulear más con mis heridas que cuando tenía diez años, asumible. Pero ese escozor, junto al recuerdo del careto del runner, la barbita del hipster y la no correa del perro me ha hecho motivarme infinitamente más que al cretino éste su selección musical. Porque pocas motivaciones como el odio. Y he volado. Y ojalá que en mis carreras se repartan estos tres a lo largo de los kilómetros. Estos gilipollas, que mal rayo les parta, son mi única esperanza para poder reverdecer viejas marcas.

martes, 25 de octubre de 2016

Ya estaba así cuando llegué

“Carne de Bakunin” expandió su mente y llegó la obsesión, una más. Porque sí, aquí está de nuevo The Cansin One para contarnos lo rematadamente buenos que son…Klaus & Kinski.

Pues sí. Muy buenos. Y sí, una obsesión. Marina y Alejandro. Ya no están. Tres discos y unas cuantas canciones sueltas. No les dio la música para vivir y se hartaron. Cumplen uno de los requisitos fundamentales para ser objetos de mi devoción: ya no existen (el otro es estar muerto). He escuchado todo lo que he encontrado. He visto vídeos, actuaciones. He leído entrevistas. Hasta curioseé en el perfil en Linkedin de Marina. Obsesionado. Absorbido. Deslumbrado. Fascinado. Canciones descomunales como “Nunca estás a la altura”, “Por qué no me das tu dinero”, “Ya estaba así cuando llegué”, “Contrato”, “La pensión”. Lo bien que titulan: “Mengele y el amor”, “Tierra, trágalos”, “In the Goethe”, “Mamá, no quiero ir al colegio”, “Deja el odio para después de comer”, “Luego vendrán los madremías”. Unas letras que se adivinan muy buenas, pero es que Marina canta muy bajito y no vocaliza del todo bien (no conozco ni un murciano que lo haga). Tampoco sabe bailar y cantar a la vez. Y estamos enamorados de ella, por supuesto. ¿Su estilo? Nuestra intención es hacer canciones por deleite personal, manteniendo el tono casero. Nos gusta ser eclécticos, que es lo que se suele decir cuando se carece de estilo y personalidad. Discrepo, pero no voy a discutir. Hay tres tipos de canciones: las que me gustan, las que no me gustan y las que desconozco. Y Klaus & Kinski han conseguido meter en el primer tipo varias de las suyas, dentro del epígrafe –me gustan una barbaridad. Se fueron. A lo mejor Alejandro sigue haciendo música, porque era un fenómeno. Marina de clases. Alguna vez nos han llegado a relacionar con el rollo shoegazer por nuestro endémico desparpajo y salero en el escenario, lo que provoca una perfecta comunicación expresiva con nuestros pies. Alejandro dice que le gusta oír lo que dicen las canciones en mi vocecita. A mí también, Alejandro. Y he llegado a tiempo para vuestras canciones pero no llegué a tiempo de miraros a los pies. Y esto siento que me lo he perdido.

sábado, 15 de octubre de 2016

Vamos a ver

La relación proveedor cliente debiera ser de igual a igual pero no es así. Aquí el que tiene el poder siempre tiene en su mano el hacer uso de él. Durante la mayor parte de mi vida profesional estuve en el lado del proveedor y, bueno, sonrisas y buenas palabras. Ahora estoy en el lado del cliente. Y no me gusta abusar de la fuerza, pero ahora las normas las impongo yo. Y son mis normas. Además, ¿para qué he cumplido cincuenta años? ¿Para ser campechano, dinámico y de apariencia juvenil? Pues no. Ahora ya puedo quitarme la careta y mostrarme como lo que realmente soy: un viejo gruñón, intransigente y cascarrabias. Y así, vamos a ver si lo tenemos claro: a mí se me trata de usted. De usted. Soy una persona mayor. Si no, no hace falta que se esfuerce. Ese chaval que me tiende la mano muy sonriente en plan colega guiñándome un ojo. Vamos a ver, tío guiñitos. Si tiene usted un tic en el ojo, contrólelo. Si me está mandando un mensaje subliminal con aviesas intenciones, no preciso que me enseñe Cuenca. Si pretende ir de tío guay conmigo y piensa que así me voy a fijar en su catálogo, salga y vuelva a entrar. Inténtelo de nuevo. Pero la próxima será su última oportunidad. El que me mandó un presupuesto adjunto a un correo donde me explicaba los pasos a seguir en caso de haceptarlo. No sé si lo haceptaré. Aceptarlo desde luego que no. O aquel que se presentó mascando chicle (se han dado dos casos). Y no es que mascase chicle. Es que lo hacía con la boca abierta. Vamos a ver, ¿usted sabe por qué odio yo a Ferguson, a Irureta y a Joaquín Caparrós? Porque son tan cerdos como usted. ¿Qué le hace pensar que tengo gran interés en ver su campanilla? ¿Qué concepto tiene usted de mí para presentarse mascando chicle y, además, de esa manera? No hace falta que me entregue su oferta. No me interesa. O aquel que vino a entregar un presupuesto con pantalón corto blanco, camiseta de algodón ceñida blanca con cuello de pico y espardeñas blancas. Vamos a ver. ¿Estamos en Ibiza? ¿Pone ahí fuera en el rótulo de nuestra empresa after hours? Pues tiene tres opciones: o esperarse a que esto sea Ibiza, esperar a que cambiemos el rótulo o irse a casa a cambiarse y presentarse aquí vestido como Dios manda y no como un mamarracho. Lo dejo a su elección. O aquel representante que vino con una camisa de flores con sólo el último botón abrochado. Vamos a ver, señor Pectus Lupus. Podría pasar por alto el vergel que lleva en la camisa y su notable influencia en el efecto invernadero. Pero no puedo dejar de solidarizarme con sus ojales vacíos e infrautilizados. Tiene diez segundos para subsanar la injusticia.

Como he dicho no me gusta abusar de las posiciones ventajosas, y no sólo porque he estado muchos años en el otro lado y porque sé que todo puede cambiar en un momento y no conviene ir por ahí cerrándome puertas. Pero me encanta cuando me lo ponen a huevo.

domingo, 9 de octubre de 2016

Carne de you should be dancing

Este viernes pasado Gustavo Iglesias hizo su “Top Gus” sobre los Bee Gees. Normalmente no puedo opinar, pero esta vez sí que podía y se me empezaron a llevar los demonios cuando, en su relación de diez mejores canciones, no figuraban ni “Massachussets”, ni “I started a joke”, ni “How deep is your love” ni “How can you mend a broken heart” (en lo referente al criterio musical no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio musical no estoy en posesión de la verdad absoluta), aunque todo cambió cuando puso en lo más alto del podio “You should be dancing”. Y se lo perdoné todo. Y quizá fue excesivo, porque una cosa es que una canción te pueda hacer sentir protegido e invulnerable para el resto del día y otra es entrar a trabajar andando con paso firme y mirada al frente (como los Bee Gees) alternando con pasos de baile a lo John Travolta Tony Manero. Echadme viernes a mí que me los como. Y fue un buen viernes. Por muchas razones, entre otras porque a media mañana apareció “Carne de Bakunin” de Klaus & Kinski.

-¿Qué es triunfar?- dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. Dinero y vanidad, desde luego. Esos son los patrones. ¿He triunfado como escritor? Evidentemente, no. ¿Por qué? Pues por la misma razón que no triunfé ni en el fútbol ni en el atletismo: porque soy malo de cojones. ¿Fue eso un motivo para jugar menos al fútbol o para dejar de correr? No. Leí una vez que el mayor triunfo de un deportista es no dejar nunca de serlo. Y me gustó la frase. Espero se pueda aplicar al mundo de la escritura. ¿Que no me lee ni Dios? ¿Y qué? No dejemos nunca de escribir. Sigamos triunfando.

Pero la vanidad es la vanidad. Y siempre echaré en falta haberme perdido los focos y el oropel, en parte por todas esas respuestas tan fabulosas que tenía preparadas para las entrevistas que me iban a hacer. A veces la vida es una mierda simplemente porque la realidad no te obedece. Anda que no me gustaría ver pasar por delante de mí los cadáveres (y no sólo en sentido metafórico) de todos los hijoputas que me amargaron la existencia o de todos los gilipollas que me tocó y me toca sufrir. Pero no, no pasan, por mucho mal de ojo que les haya echado o les eche. Ni siquiera se han molestado en deshacerse en disculpas o en suplicar mi perdón. Y todas las peroratas que preparé, todos los discursos espectaculares, todas las grandes argumentaciones que hubieran convencido a españoles y a extranjeros y que se fueron al limbo únicamente porque nadie me preguntó. Mira que jode tener preparada la respuesta y que nadie te haga la pregunta. Y no me refiero a quién gano el ciento diez vallas en Munich 72 (Rodney Milburn). Me refiero a no tener la oportunidad de ganar, triunfar, epatar, dar la vuelta a la tortilla, doblegar, convencer, vengarte cuando lo tienes preparado. La vida es injusta porque esas cosas apenas pasan, al menos a mí, de la misma manera que ha sido injusta por todas las respuestas de gran literato brillante e ingenioso que tenía preparadas para las cientos de entrevistas que me iban a hacer y que parece ser que no.

Aunque según se mire. Hay una escena en “El tercer hombre” que tengo grabada (en realidad las tengo todas) y es aquella en la que secuestran a Joseph Cotten Holly Martins y lo llevan al coloquio literario donde entra como un gran escritor y sale como un escritor (ridículo) de novelas del oeste. Siempre temí la pregunta -¿cuáles son tus influencias?- porque sí, podría hablar de Dostoievski, Conrad o Faulkner, que para algo me los he leído prácticamente de pe a pa, pero habría quedado en evidencia enseguida si al entrevistador le hubiese dado por rascar y hubiese comprobado lo poco que quedé impregnado de estos escritores. Y habría tenido que decir la verdad: mi mayor influencia fueron siempre las letras de las canciones. Y ahí se habría terminado la entrevista. Y se me habría puesto cara de Holly Martins. Porque, para qué nos vamos a engañar, escuché “Carne de Bakunin” y mi mente volvió a expandirse como en los tiempos del Niño Gusano. Mi sensibilidad es la que es. Y me pareció colosal escuchar en una canción frases como –pero es que hoy la madurez me ha revelado un grave conflicto moral- o - puede que encuentre una nueva organización para la gestión de los medios de producción. Y esta sensibilidad me parece que no me va a llevar por el camino ni de las entrevistas, ni de la gloria literaria ni pijos. Aunque esa lectura del discurso de ingreso en la RAE (Teoría aplicada sobre la influencia de las letras de las canciones en la literatura) bajo los acordes de “You should be dancing” dirigiéndome al atril andando con paso firme y mirada al frente alternando con pasos de baile a lo John Travolta Tony Manero…pero no. La realidad nunca nos obedece. La vida es una mierda.

P.D. Premio Nobel para Bob Dylan. Las letras de las canciones ya son, oficialmente, literatura.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Me la quitan de las manos

Se vende letra de bolero. Razón, aquí.

Sobre la puerta dejaste las sombras de aquel nuestro interludio de luz.
No te culpo del final. No llegué a creer nunca que todo acabase bien.
Quizá no fue lo más fácil seguir de aquella manera cuando hasta tu imagen era mentira.
Pero es duro ver que todo se acaba. Ya no quedan fuerzas para volver a empezar.
Y ahora, sobre un montón de papeles rayados, intento volver a ver tu cara.
Cohibido llego a intentar escribir las palabras de siempre, los lamentos de siempre.
Tal vez fragmentos de una ilusión. Sonrisas de no sé cuándo. Y es caer en lo mismo.
Vuelvo a ver el final del principio y me pregunto si alguna vez todo llegará a ser del color de la duda.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Todos a la cárcel

Hoy, de nuevo, toca tostón. Y no sé si seré capaz de explicarlo bien, pero en algún lado tengo que desahogarme.

Bien, tenemos que montar una instalación contraincendios (se puede bostezar) en la nave nueva. Nuestra actividad no tiene (entraña) gran riesgo pero, bueno, la ley es la ley, y si queremos que nos den licencia ambiental y de actividad y más potencia de consumo eléctrica, pues nos toca instalarla. Unos cuantos extintores y unas cuantas bocas de incendio debidamente equipadas. El agua que debiera salir por las mangueras (y que es difícil que llegue a salir alguna vez) tiene que tener una presión alta, por lo que no puedes enchufarte a la red de agua potable (aburrido). Nada, toca hacer acometida exterior. ¿Y con quién hay que contratar? ¿Puedes pedir varios presupuestos? No señor, tienes que ir a morir a la empresa que tiene la concesión (¿monopolio?) en la zona, empresa que pertenece a dos hermanas y a un mejicano muy famosos. Y allá que he ido, a pedir presupuesto. Y me lo han dado. Perfecto.

-Espere, que también tengo que pasarle presupuesto del contador que hay que instalar.

-¿Contador? Vamos a ver, esta línea no va a tener consumo. No tiene sentido instalarlo.

-Sólo es para asegurarnos, precisamente, de que no va a tener consumo, que siempre hay pícaros que tratan de robar agua.

-Entonces bien, pero páguenlo ustedes.

-Qué gracioso.

-¿Y cuánto es?

-Mil euros.

-¿Mil euros por un contador innecesario dentro de una instalación que no hace absolutamente ninguna falta?

-Sí. Y ya sólo faltaría añadir la cuota bimestral que han de pagar por el mantenimiento de dicho contador.

Pocos hay en la cárcel. Muy pocos.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Siéntate, Johnson

Me encontré con Johnson en plena calle. Nos estrechamos la mano efusivamente mientras le daba una palmada en su hombro con mi mano izquierda. Los traumatólogos consiguieron reconstruirme, a duras penas, la mano derecha. La izquierda la he perdido. Johnson está verdaderamente fuerte (digamos que es rocoso en lo más rocoso del término. Lo suyo no es anatomía sino geología)  y es de los que, muy risueño, eso sí, te estruja la mano cuando te la da. Y, a pesar de lo que pueda parecer, es muy sensible, y no sólo porque se dedique a las bellas artes (y se gane la vida con ello). Me contó Sanfélix que, en un viaje a Tokio, pidió si le podían indicar dónde encontrar un baño. Cuando entró y se encontró con un inodoro lleno de luces y de palancas, salió y pidió si le podían indicar dónde encontrar otro baño, ya que él no podía hacer sus cositas en un armatoste que fuese más inteligente que él. Y hoy me he acordado de Johnson. Nos han traído unas sillas de oficina que llevan guía de usuario (guide de l’utilisateur, user guide). Las sillas vienen con manual de instrucciones. Yo miro a la mía y me siento intimidado. No sé si soy digno de sentarme en ella, de estar a su altura. ¿Están los objetos a nuestro servicio o somos nosotros los que estamos al suyo? No lo sé, pero...¿qué hago? ¿Me siento o no me siento?

domingo, 4 de septiembre de 2016

La aldea apagada, la luz encendida

Al día siguiente,
-hoy-
al llegar a mi casa -Altamirano, 34- era de noche,
y ¿quién te cuida?, dime; no llovía;
el cielo estaba limpio;
-«Buenas noches, don Luis» -dice el sereno,
y al mirar hacia arriba,
vi iluminadas, obradoras, radiantes, estelares,
las ventanas,
-sí, todas las ventanas.

Gracias, Señor. La casa está encendida.

En la carretera que pasa junto a la aldea del Secarral, y justo enfrente de la misma, hay un bar. Dicho bar lleva abierto mucho tiempo, tanto como para ser parte de la vida (de la Vida) de la aldea. Durante muchos años el bar abrió temprano y cerró tarde. Un buen día decidieron reducir la jornada. No tenía sentido abrir a partir de cierta hora para sacar lo que sacaban por lo que, desde ese momento, a media tarde el bar cerraba la puerta. Y apagaba la luz. Y el tío Ino me contó que, hasta ese día, cuando llegabas tarde al pueblo, aunque no vieses a nadie, aunque pareciese que estaba desierto, el pueblo estaba vivo porque la luz del bar estaba encendida. –Tienen sus razones y hay que entenderlas, pero no saben lo que han hecho. Han apagado la luz. La aldea está cerrada. Apagada. La casa está apagada. Y ahora, ¿quién cuida de nosotros?

P.D. Mientras buscaba el verso de Luis Rosales que encabeza esta entrada me encontré con otro, también de Rosales, que.., bueno, lo pongo.

Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa, y has cerrado la puerta
con ese mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas como estarán dentro de un año;
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo, definitivamente solo
porque todo es igual y tú lo sabes.

martes, 30 de agosto de 2016

Canciones que te salvarán el día

Dormir. Desayunar. Importante, sí. Mucho. ¿Suficiente? No. Bueno, no en mi opinión. Para ir a pecho descubierto a por el nuevo día, sin miedo, sin riesgo, hace falta un empujón, un soplido, una palmada. Antes iba de emisora en emisora haciéndome el encontradizo. Ya llevo un tiempo encomendado a Ángel Carmona y a Gustavo Iglesias y rara vez me fallan (Blur, Prefab Sprout, La Casa Azul (1 y 2), El Último de la Fila, Fuel Fandango, Sylvian y Sakamoto, Radio Futura, Camera Obscura, Lloyd Cole and the Commotions, Maika Makovski) ¿Funciona? Bien, ésta es una buena pregunta. Algunas veces sí. Los viernes, casi nunca. Pero esa sensación que tengo cuando salgo del coche y voy para el trabajo con la coraza puesta pensando –soy invulnerable. Tengo una canción que ha venido a protegerme. Empezad a disparar cuando os dé la gana- ésa, ésa no me la quita nadie.

lunes, 22 de agosto de 2016

Lecciones recordadas. Lecciones aprendidas

Bueno, dos semanas donde el tiempo pasa rápido salvo en verano, en que se ralentiza hasta detenerse. Dos semanas donde siempre se es adolescente, una adolescencia que esta vez me ha superado y se me ha llevado por delante de tal manera que, esta mañana, al reincorporarme al trabajo, al ver mi mesa llena de papeles y con dos folios escritos con todas las tareas pendientes, he pensado –joder, ¡si aquí se está de puta madre! Y aquí está el blog. Dejemos constancia de las lecciones aprendidas y recordadas. Que nos sirva de bálsamo. Que nos sirva de recordatorio.

La primera lección ya es conocida: la clave de quererse mucho es verse poco. Y, en algunos casos, ese poco empieza a tender asintóticamente a cero.

La segunda, y ésta es aprendida, es que, en lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. Y esto me parece que tendré que repetírmelo muchas veces. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio y al gusto musical, no estoy en posesión de la verdad absoluta.

La tercera también es clásica: hay que ver qué poco pinta lo bueno frente a lo malo. Da igual lo bien que te lo pasaras o lo mucho que disfrutaras. Al final la cagaste y ese final puede con todo y borra lo demás. Da igual también el tiempo que nos haya llevado organizar algo y todo el trabajo que hayamos realizado. Da igual todas las cosas buenas que pudimos hacer o que nos salieron bien el día de la carrera. Al final sólo puedo pensar en la entrega de trofeos. Al final sólo puedo pensar en la cena. Podemos mejorar y lo haremos. Pero lo que salió mal devora a lo que salió bien.

Había trofeo al primer veterano, es decir, al primer atleta mayor de cincuenta años. Tal y como dieron la salida me di cuenta de que llevaba a un tío pegado a mis talones. Me fijé y vi que era mayor, de unos cincuenta y cinco años. Aquel tío tenía clara su estrategia: marcarme. Aquel tío tenía muy claro que yo era su rival. Cuarta lección aprendida: aparento la edad que tengo. Y eso entronca con el primer párrafo: macho, tienes cincuenta años. Eres un señor mayor. Compórtate como tal.

Fuimos a “La Traída”, a Mota del Cuervo, como un reto deportivo (en mi caso, cuarenta kilómetros en bicicleta y catorce y medio corriendo). Nos encontramos con un espectáculo religioso y popular realmente impresionante. Volveremos, por supuesto, en bicicleta y corriendo. Y con la lección aprendida.

Y, por último, otra ya conocida, pero nunca lo suficiente. Los trofeos que dan en las carreras siempre son horrorosos. Pero, dentro del horror, algunos son más bonitos que otros.


(Tenía que contarlo. El podio sigue siendo mi lugar natural. Tres podios en dos semanas. Algo bueno tenía que tener mi senectud ridícula adolescente).

lunes, 1 de agosto de 2016

Pasatiempos veraniegos: cero sesenta

El blanco combina con todo, 0,60.
La natación es el deporte más completo, 0,60.
La gente más humilde es la más generosa, 0,60.
Los animales son más listos que las personas, 0,60.

Frases de 0,60,
tengo para ti todas las que quieras.
¡0,60! ¡Un euro!
No valen más que eso.
Cosas que ya habías oído,
cosas básicas, obviedades,
frases que acaban en -¡tía!
Dale un bofetón a quien las diga.

La dieta mediterránea es la más sana, 0,60.
Las mejores baladas son de grupos heavy, 0,60.
Los gays son supersensibles, 0,60.
Todas las modelos son tontas… ¡eso no es 0,60!

Frases de 0,60,
tengo para ti todas las que quieras.
¡0,60! ¡Un euro!
No valen más que eso.
Cosas que ya habías oído,
cosas básicas, obviedades,
frases que acaban en -¡tía!
Dale un bofetón a quien las diga.

En España se hace el mejor doblaje.
Los más radicales con el tabaco son los ex-fumadores.
Barcelona es muy cosmopolita.
Lo que pinta Miró lo puede pintar un niño.
Me gusta el cine de verdad, no el de bombas.
Si no tienes celos es que no le quieres de verdad.
Los niños de hoy no saben jugar.
La tele atonta.
El rey es campechano.
Los Rolling Stones son incombustibles.
Yo creo en Dios, pero no en el de la Iglesia.
El rock ha muerto,
El rock ha muerto.

"0,60" Ojete calor

La letra de esta canción es una provocación, no el sentido de que nos escandaliza, sino que nos tiene, especialmente a Jose A. y a mí, buscando sin descanso frases de cero sesenta. O a lo mejor no es una provocación sino un estímulo. No sé. El caso es que hago recopilación de las pocas que tenemos por ahora con la intención de ir ampliando la lista conforme vayamos encontrando. Se admiten sugerencias.

Los negros llevan el ritmo en la sangre.
Si hay muchos camiones aparcados alrededor seguro que se come bien.
El avión es el medio de transporte más seguro.
Lo mejor de la paella es el socarrat.
La democracia es el menos malo de los sistemas políticos.
Se liga mucho cuando tienes un perro (o un hijo).
El agua con limón es lo que mejor quita la sed.
Lo importante es tener salud.
En agosto por las noches refresca.
En el País Vasco se come muy bien.
Lo peor del verano en Valencia no es el calor. Es la humedad.
Los Grammy son los Óscar de la música.
Los Golden Globe son la antesala de los Óscar.
Las elecciones son la gran fiesta de la democracia.
El metro es el taxi de los pobres.


miércoles, 27 de julio de 2016

La crisis de los cincuenta


Vamos ahora con las mil palabras.

Salimos a las diez. Desde las nueve se iban dando salidas y a la gente joven nos dejaron para el final. Yo estaba muerto de miedo. No tenía miedo al esfuerzo ni a los dos mil metros. Tenía miedo al entorno. Tenía miedo al miedo, a no saber qué hay debajo. Nadar me gusta y, en la piscina, con una raya negra pintada en el suelo y con un bordillo cada veinticinco metros, pues claro que te cansas, pero te sientes seguro. Cuando me tiré al agua allí, en el puerto de Valencia, me sentí insignificante. Y el miedo se disparó. Pusieron una corchera. Nos teníamos que situar detrás de ella. Yo me situé detrás de los que se situaron detrás, y pegado a la derecha, ya que la primera boya se giraba hacia la izquierda. No quería golpes. Yo quería nadar tranquilo. Hacer mi carrera. Mi objetivo era muy simple: terminar. Si bajaba de cincuenta minutos, mejor. Si no quedaba el último, mucho mejor. Y si mi hijo me sacaba menos de diez minutos, matrícula de honor. Salimos. Iba a respirar cada tres brazadas. Iba a llevar la cabeza hundida y que el cuerpo fuese recto. Iba a alargar la brazada bajo el agua y aumentar el deslizamiento. No iba a dar pies. No di pies. Fue lo único. Me puse a nadar como pude. Tenía miedo. Estábamos dentro del puerto. No había corrientes. No había olas. No había medusas. No había tiburones ni serpientes marinas devoradoras de nadadores novatos. Tenía miedo igual.  –Si me pasara algo no se enteraría ni Dios. Me sentía desamparado, indefenso. Sólo podía nadar. Y eso hice: nadar, respirando cada dos brazadas, levantando la cabeza cada ocho o diez –pero, ¿dónde pijos está la boya? En cinco etapas dividí la travesía: primera boya, Veles e vents, boya en el canal, Veles e vents y meta. Las cinco fueron eternas. No veía el objetivo. Me desviaba. Levantaba la cabeza. Buscaba algún otro nadador. Le seguía. Llevábamos el chip en una muñeca. En la otra debiéramos haber llevado una brújula. Los de las canoas me gritaban que me estaba desviando. Los brazos me obedecían. No tenía amago de calambres. Me seguía sintiendo insignificante dentro del agua. Seguía nadando. Llegué a la mitad del recorrido. Giro de ciento ochenta grados y vuelta. Sin brújula. Paso el Veles e Vents. Al fondo se dibuja el tinglado. Vamos para allá. Ya huele a meta. La meta no llega. Me tuerzo. Me gritan. Voy a hacer dos mil doscientos metros por lo menos. A mí no me pillan en otra. Se acabaron las travesías. La épica que exigen los cincuenta queda sepultada con esto. Sigo nadando. Voy bien. Pero esto no es sólo nadar. Esto es una carrera de orientación. Yo quiero mi piscina, mi raya negra, mis bordillos. Veo la meta. Me voy a por ella. Aún tengo que levantar la cabeza dos veces porque me tuerzo. Llego. Toco. Voy hacia la salida. Nunca más. Nunca más.

En la salida está Nico, que me ha aconsejado en las últimas semanas –no hagas piscinas sin ton ni son. Haz bloques de doscientos a quinientos metros, forzando un poco, y que siempre sumen más de dos mil. -¡Nico, lo he hecho! Sigo andando, y sin que el par de muslos que llevo delante tuviesen la menor influencia, empiezo a pensar –el año que viene…

Habrá año que viene. Terminé. Bajé de cincuenta minutos (47`28”). No fui el último (aún llegaron ochenta detrás de mí). Mi hijo sólo me sacó nueve minutos (aunque él fue con sus amigos de campo y playa). Aún puedo mejorar. Nadando he perdido peso. Me duelen menos las piernas después de correr. No se me ha puesto cuerpo de nadador ni las tías me miran más (en realidad me miran lo mismo), pero ya tengo superada la crisis de los cuarenta y en la de los cincuenta estas cosas son secundarias. Habrá año que viene. Ayer me fui a correr por el puerto y me emocioné viendo por dónde había nadado. Volveré a ser insignificante dentro del agua. Volveré a pasar miedo. Me arrepentiré. Y lo haré mejor. Me gusta nadar.

lunes, 18 de julio de 2016

Canciones que nadie quiere compartir con nosotros

Para hacer un sándwich Elvis untamos una rebanada con una cucharada de mantequilla de cacahuete y la cubrimos con tres lonchas de bacon pasadas por la plancha sin tostarlas demasiado. Luego cortamos un plátano maduro en rodajas y cubrimos con las mismas la otra rebanada de pan de molde, añadiendo una cucharada de miel por encima del plátano. Juntamos los panes y pasamos el sándwich por la plancha con un poco de mantequilla hasta conseguir un bonito color dorado. Este sándwich debe su nombre a que, según la leyenda, era el favorito de Elvis Presley. También la leyenda afirma que le gustaba tanto que, en una noche de 1971, se llevó a dos policías desde California hasta su restaurante favorito en Denver. Los agentes le dijeron que nunca habían probado tan suculento manjar, por lo que el cantante decidió darles un paseo en su jet privado. Cuando el trío llegó al lugar, Elvis pidió que les preparasen veintidós bocadillos. Ocho mil calorías en cada sándwich. ¿Elvis gordo? Una maledicencia sin fundamento.

“Any day now”. Un día de estos me dirás adiós, mi amor. Y seguirás tu camino. Y volarás, mi pequeño pajarillo salvaje. Un día de estos me quedaré solo. En 1962 fue publicada. La música había sido compuesta por Burt Bacharach, grande entre los grandes. La letra la había escrito Bob Hilliard. Un día de estos, para mi triste sorpresa, tus ojos inquietos encontrarán a alguien. Entonces una sombra triste cubrirá la ciudad. Un día de estos el amor me dejará de lado. Chuck Jackson fue el primero que la grabó y que la llevó al éxito. Luego vinieron otras versiones, algunas mejores que otras. Un día de estos. Any day now. No vueles, mi hermoso pajarillo.

El sábado por la noche nos bajamos Javier y yo al bar de la piscina. Veníamos de una celebración familiar y todavía no teníamos sueño. No había mucha gente. Además, se fueron enseguida. Nos quedamos solos. Pedimos que nos dejaran poner música. Nos dejaron. No había nadie. No encontraron excusa. Empezamos. Cada vez uno. Dimos una vuelta muy larga, pero todos los caminos llevan a Elvis. Nos encontramos con un Elvis joven, antes de irse al servicio militar, en parte influidos por la muerte (reciente) de Scotty Moore. Y allí estuvimos hasta que Elvis, el Elvis gordo, el decadente, el residente en Las Vegas, el Elvis portentoso, terminó de comerse su sándwich de ocho mil calorías y, de manera lenta y pesada, con su cazadora de flecos y sus enormes patillas, se levantó y agarró el micrófono. “Any day now”. Elvis, Javier y yo. Elvis cantando como nunca, cantando como siempre. Javier y yo ensimismados, con los ojos cerrados, sintiendo como nunca. Sintiendo como siempre. Porque nunca tuvimos la necesidad de enamorarnos. Siempre tuvimos a las canciones. Elvis. “Any day now”. No vueles, mi hermoso pajarillo. No te vayas nunca.

martes, 12 de julio de 2016

Mi hijo ha quedado cuarto en el Autonómico (y también segundo, pero, sobre todo, cuarto)

El domingo pasado se celebró el campeonato autonómico de natación en categoría Benjamín. Allí estuvo mi hijo compitiendo en tres pruebas: el cien braza, donde llegaba con la octava mejor marca, nadando, por tanto, la final; el cuatro por cien libre y el cien mariposa, con la tercera marca y claras opciones de podio.

Vamos por orden: cien braza. Regular. Mi hijo partía con una marca de 1’ 36” y ésta fue exactamente la marca que hizo en la final. Podríamos decir que cumplió con las expectativas, pero él estaba disgustado. Esperaba hacerlo mejor y, aunque no es la braza su especialidad, el octavo puesto le supo amargo.

La siguiente prueba, y última de la jornada matinal, fue el cuatro por cien libre. Salió de primer relevista y lo hizo bien. Entregó el tercero y terminaron segundos. Plata. Podio. Un podio en un campeonato autonómico. Algo inolvidable, desde luego. Pero…no. Él tenía 1’ 12” y había hecho 1’ 13”. Él se había imaginado su posta de otra manera. Y sí, estaba en el podio habiendo sido el segundo de los cuatro de su equipo. Pero no había volado.

Durante la comida no tenía muchas ganas de hablar. Por la tarde tenía el cien mariposa, que es su prueba favorita. Supongo que tenía sus dudas. Yo le repetí lo que venía diciendo los últimos días, que la temporada la tenía hecha, que había progresado, que había entrenado y competido muy bien, y que el Autonómico era sólo la guinda, pero nada más. Y que tenía que sentirse orgulloso por todo lo que había trabajado durante el año y por los resultados que había obtenido. Y que lo que pasase esa tarde podía sumar pero nunca restar. –Y además, ya has subido al podio, qué leches. Arriba los corazones.

Cien mariposa. Por la calle tres, con una marca acreditada de 1’ 29”, mi hijo. Preparados y suena el pitido. Tal y como emerge del subacuático y pega la primera brazada, pienso –ése es mi chico. Calles tres, cuatro y cinco. Y siete. Por la calle siete aparece un convidado no esperado que, seguramente tratado por médicos de la DDR y de la URSS, y con más pelos en las piernas que todos los padres que estábamos en la grada, se escapa para no volver. Allí sigue mi hijo, nadando muy concentrado, con mucha fuerza, con ansia, con hambre. El de la calle cuatro empieza a escaparse. Llegamos al último viraje. Van emparejados los de las calles tres y cinco. El de la cinco se va adelantando poco a poco. Se escapa. Se escapa. Se va. Mi hijo queda cuarto. Cuarto. Miro el crono: 1’ 22”. Mi hijo ha mejorado siete segundos en una final. Mi hijo ha competido de una manera impresionante. Y en ese momento, dada mi tendencia exotérmica a la hora de expresar emociones, y antes los ojos extrañados de los otros padres del equipo, que me miraban con ojos de -qué pena, cuarto- comienzo a gritar: mi hijo es fabuloso. Mi hijo es un campeón. Mi hijo es un fenómeno. Mi hijo es un coloso. Y, por supuesto, podéis felicitarme. Ser segundo está bien, pero ser cuarto puede estar mejor. Y, esta vez, lo está.

Llevo cuarenta años corriendo. Igual me he puesto mil veces un dorsal. Tengo mis marcas, mis podios, mis trofeos, mis maratones, mis recuerdos. Nada parecido a este cuarto puesto. Esto de ser padre es imposible de explicar.

miércoles, 6 de julio de 2016

La soledad

Fuimos de comida. Se jubilaba un compañero y había que despedirse. Comimos bien y no bebimos mal. A mitad de la comida, pregunté.

-¿Alguien se mea?

-Y eso, ¿a qué viene?

No fui muy fino, es cierto. No pensé que debiera serlo. No pasa nada. Pero la pregunta sonó extraña. Vamos a ver, cuando estoy en grupo, comiendo y bebiendo, no me gusta ir al baño solo. Soy de la opinión de que el que no mea en compañía, o es un ladrón o es un espía (aparte de que la chufa española jamás micciona sola). No es sólo que tenga mi lado femenino muy desarrollado. Me miraron mal. Tuve que explicarme. Me miraron peor. Me sentí raro. No soy raro. Al menos, nunca lo había sido. Trabajo con ladrones. Trabajo con espías, aparentemente españoles, todos extranjeros. Dios santo (Niles), ¿dónde estoy metido?

martes, 28 de junio de 2016

Y, con ustedes, una nueva lección de estrategia empresarial

Tengo un amigo/conocido en la capital del Secarral, al que llamaremos FD, fiel seguidor de las máximas "a quien madruga, Dios le arruga", "no por mucho amanecer me levanto más temprano" y "no hagas hoy lo que puedas hacer mañana porque igual te libras de hacerlo", a quien se podría definir como un jeta y un vago redomado. El tío es un superviviente nato y, siendo su planteamiento vital una huida permanente hacia delante, la verdad es que resiste sacrificando afectos, cogiendo bajas larguísimas, teniendo accidentes sospechosos, habitualmente remunerados por las aseguradoras, tragándose su orgullo cuando toca y siempre sin pegar un palo al agua. Tuve más trato con él en tiempos y muy poco ahora (como he dicho nunca dudó en sacrificar afectos y en utilizarlos para su interés), y siempre le vi un potencial enorme. En las grandes compañías productoras que se pasan la vida tratando de optimizar sus recursos (es decir, de gastar menos y de hacerlo todo en menos tiempo, es decir, de gastar menos) se pagan buenos sueldos a grandes gurús de la organización empresarial y se contrata, sobre todo, a gente con título y que sea proactiva (no sé qué significa esta palabra pero ahora la repite todo el mundo y, viendo lo a gusto que se quedan cuando la dicen, debe de ser la releche. Me recuerda cuando se puso de moda la palabra “gestión”. Servía para todo). Y no digo que estén equivocados, pero, pensando en FD, creo que nunca se han planteado en que no debieran contratar a gente trabajadora sino a vagos redomados. Porque a alguien como FD le das cualquier puesto de la cadena y seguro que encontraría la forma de hacer su trabajo con el menor esfuerzo. Y eso es tiempo. Y el tiempo es dinero. Y le están pagando a gente por pensar cuando un vago podría ahorrar de manera natural. Por eso digo que a FD le vi siempre un gran potencial puesto que él, siendo él mismo, podría optimizar cualquier puesto en una cadena productiva. Bien es cierto que habría que hacerle contrato de un día o de horas, justo antes de que le empezase a doler la espalda o fuese atropellado por una carretilla elevadora pero, bien orientado y bien cuidado, oye, un fenómeno. Y ahora, pues nada. Un talento desaprovechado. Un superviviente. Sorteando el día a día.

miércoles, 15 de junio de 2016

El lunes fue San Antonio (Vega)

Fui nachapopero y lo sigo siendo. Lo que fue este grupo y lo que significó. Y hablo para mí. Ser nachapopero en Madrid era lo normal. Serlo en Valencia, no tanto. Y para un madrileño de quince años recién llegado a Valencia, Nacha Pop era perfecto para definirse y para diferenciarse, que de eso se trata en la adolescencia (creo). Eso y que eran buenos. Muy buenos. Seis (o siete. O cinco) discos sacaron. “Nacha Pop” (muy apañado), “Buena disposición” (glorioso), “Más números, otras letras” (colosal), el mini-lp “Una décima de segundo” (homérico), “Dibujos animados” (pasable), “El momento” (una puta mierda) y el disco en directo “Nacha Pop 80-88” (penoso). Lo que pasó después ya me interesa menos, sobre todo porque la imagen del Antonio Vega intimista, profundo, sensible, lo que sufro, cuánta pena doy y pobrecico, no es maldito, pero casi, me molesta y me desagrada a partes iguales (y me hace ser injusto, porque “El sitio de mi recreo” es una canción muy buena que no oigo nunca porque no). Y como el lunes pasado escuché un programa sobre Antonio Vega (al que le he robado el título) que se detenía y se recreaba y se relamía en las canciones de esa época de Antonio, pues decidí desde esta plataforma líder de opinión y que a las masas mueve y conmueve reivindicar al Antonio Vega que me gusta, el nachapopero, el sensible pero que daba unos saltos en el escenario espectaculares, el que escribía letras cojonudas (y en castellano) y daba poca pena. Y ahí voy. Once canciones he seleccionado porque es número primo. Van en orden inverso.

11.- “No puedo mirar”. Ya sé que esta canción no es nada del otro jueves, pero sólo hasta que Antonio canta –y esas fiestas que, en tu cumpleaños, un día dejaron de ser. He pasado toda mi vida tratando de escribir esta frase. Ésta es la frase que yo quisiera haber escrito.

10.- “Lo que tú y yo sabemos”. Mil caras que estudiar. Mil caras que olvidar.

9.- “Enganchado a una señal de bus”. Veo garras de murciélago de noche. Veo sombras que se funden con la mía. Porque todo el mundo no es igual que los demás.

8.- “Reflejo de ti”. Pero la imagen es borrosa, no puedo verte mejor. Y cuando canta –escarba como un topo bajo tierra. El aire es un veneno mortal-…tremendo.

7.- “Vidas agridulces”. Y si tu radio sintoniza mal. Tuve una época en que me pasaba la vida tarareando esta canción. Una forma (como otra cualquiera) de tratar de darme importancia. No funcionó.

6.- “Sentado al borde de ti”. Ando porque andar me lleva hacia ti. Antonio era un maestro de encajar la letra en la melodía. Aquí rizó el rizo de lo sublime.

5.- “Atrás”. Algunos han conseguido olvidar. Qué bien termina esta canción. Pero qué bien termina.

4.- “Alta tensión”. Un punto luminoso viene y va. Y esta canción termina todavía mejor.

3.- “Antes de que salga el sol”. Por el día alguien con quien no vivir. Por las noches alguien con quien no dormir. Este es el principio de la primera canción del primer disco de Nacha Pop. Y para qué decir más.

2.- “Escala real”. Para amontonar en un lado fantasmas, temores y voces de más. Y luego dice –no dar importancia a un encuentro casual. Y, después, grita. Y yo también.

1.- “Magia y precisión”. En todo el camino no hemos dado un paso en falso. Pero ni uno, Antonio. Ni uno.

miércoles, 8 de junio de 2016

Sobre padres, bodas y piscinas

Me lo contó mi hermana, pero creo que se lo escuchó a Joaquín Reyes. Éste contaba que pocas cosas hay peores que ir de boda con tus padres, principalmente por la vergüenza que pasas. Los padres, en una boda, tienen la desfachatez no de pasárselo bien sino de estar haciendo el ridículo todo el rato. Se piensan que son graciosos, cuando no lo son en absoluto, y no paran de reírse y de hacer el tonto. Y lo peor ocurre cuando empieza el baile y los ves allí, en mitad de la pista, con todos sus amigos que más que bailar están con el trote cochinero. Y tú te pasas la boda huyendo porque, como entres dentro de su radio de acción, verás a tu padre o a tu madre muy sonriente acercándose, al trotecillo, hacia ti, abriendo los brazos, contoneando el cuerpo e indicándote con los dedos –ven, hijito mío, ven a bailar conmigo.

Me he apuntado a cursillos de natación. Se me ha metido en la cabeza hacer alguna travesía a nado este verano (la crisis de los cincuenta empieza a manifestarse) y, viendo que por mi cuenta entrenaba poco, pues dos días a la semana voy a nadar junto a unas abuelas y con un monitor que es descendiente directo del doctor Mengele, porque nos mete unas tundas imponentes y refinadas. El caso es que va surtiendo efecto, porque cada vez me veo mejor. Conseguiré, espero que sin problemas, completar una travesía y, a lo mejor, hasta logro no quedar el último, por una vez, en la competición de natación de la aldea del Secarral. Lo curioso es que la calle donde damos el cursillo está justo al lado de donde entrena mi hijo. Somos vecinos en la piscina. Nos separa una corchera. Pero él nunca me mira. Él me niega. Y, aunque terminamos a la misma hora, nunca coincidimos en el vestuario. Se queda fuera estirando o charlando o lo que sea mientras hace tiempo. Y luego le cuenta a Ana la vergüenza que pasa, lo mal que nado, lo fatal que hago los ejercicios y, sobre todo, me critica por no ir depilado. Deseando está que termine el cursillo. Y supongo que debiera afectarme la vergüenza que pasa mi hijo por mi culpa, pero no me afecta en absoluto. Porque yo soy como los padres de los que habla Joaquín Reyes. Y, cuando estoy en el bordillo y lo veo allí, rodeado de sus amigos, sin mirarme, aprovecho para llamarle a gritos, preguntarle cómo está, decirle que venga a darme un beso y todo ello mientras me atuso los pelos del pecho. ¿Que soy un cabronazo? No. Sólo lo estoy preparando. Algún día iremos de boda juntos. Y ahí sí que se va a enterar.

jueves, 2 de junio de 2016

El momento decisivo de la prueba y la madre que los parió

Una de las obligaciones que teníamos era redactar la crónica de la prueba. La obligación nos la impuso la Diputación de Cuenca por haber incluido la segunda edición de nuestro duatlón cross (del Queso en Aceite, por supuesto) dentro de su circuito de duatlones y carreras de montaña. Ningún problema. Tanto a Kyezitri como a mí nos gusta escribir. Echamos un vistazo a las crónicas del resto de carreras y vimos que seguían un patrón muy definido: información general de la competición, referencias climatológicas, descripción somera de los circuitos, relación de ganadores y no mucho más. Lenguaje periodístico aséptico. Faena de aliño, que dicen los taurinos. Dos mantazos y fuera. Bien. Nos atuvimos al esquema. Pero, de vez en cuando, se nos iba la mano. Y se nos salía del corsé. Y volvíamos a la asepsia, pero nos ahogábamos un poco. Y otro requiebro. Y otro. Le dimos el visto bueno y mandó Kyezitri la crónica a la Diputación advirtiendo de que se iban a encontrar con algo ligeramente distinto a lo habitual. Y nos sentamos a esperar las felicitaciones o, al menos, a disfrutar de leer algo nuestro publicado. Y en la Diputación sacaron la goma de borrar y las tijeras de podar y compusieron una crónica, a partir de la nuestra, afásica, neutra, vacía y, por supuesto aséptica, una crónica que, si seguimos con la carrera dentro del circuito, que espero que sí, es exactamente la misma que la que vamos a enviar los próximos años, cambiando únicamente los nombres de los deportistas del podio, porque para qué nos vamos a esforzar, si al final van a hacer lo que les dé la gana. Aquí se puede leer la crónica publicada por la Diputación. Abajo está la nuestra.

A las diez comenzó la cuenta atrás. Veintidós de mayo. Duatlón Cross del Queso en Aceite. Villaescusa de Haro. Tercera prueba del Circuito de Duatlón y Carreras de Montaña de la Diputación de Cuenca. El día invitaba a correr y a montar en bicicleta (afortunadamente, el término duatling todavía no está en uso). El calor que acompañó los días previos se contuvo y alguna que otra nube ayudó a mejorar las condiciones. El día, como hemos dicho, invitaba. Y los circuitos, exigentes, divertidos. Y el paisaje, tan atractivo y verdoso en esta época del año. Y el entorno. Y el ambiente. A las diez comenzó la cuenta atrás y casi ciento veinte valientes (bueno, valientes, valientes, ochenta, que se habían atrevido a encarar el duatlón completo; el resto, los que corrían por parejas, valientes, sí, pero no tanto) salieron atacando.

Primero los competidores afrontaron un circuito de cinco kilómetros que debían correr a pie. De este primer tramo podríamos destacar tanto su belleza como su dureza. La imagen de una fila india de corredores subiendo por una senda estrecha ("singletrack", dicen los modernos) será difícilmente olvidable por los que la vieron. Tampoco la olvidarán los que la subieron. Y sufrieron. Cinco kilómetros rompepiernas por el entorno de Villaescusa de Haro, rebosante de primavera (vamos, que la hierba llegaba hasta las rodillas), pero bueno, era un Duatlón Cross. Y cross es cross, es decir, campo a través o cruza barbecho.

Tras la carrera, la bicicleta. Veinte kilómetros de recorrido por pistas, caminos y sendas. Un recorrido sin demasiado desnivel acumulado pero con la dificultad del viento de cara en gran parte del trayecto que favorecía la agrupación de corredores en pequeños pelotones. Los ciclistas volaron por sendas limpias, curveantes y divertidas para amantes del ciclismo de montaña. Y así hasta llegar a la transición, en la que vecinos de edad avanzada observaban boquiabiertos cómo los participantes se tiraban literalmente de la bici, se colocaban las zapatillas de correr y lanzaban el casco más rápidos que los cambios de ruedas en Fórmula 1.

Y, para terminar, otros dos kilómetros y medio a pie, en un circuito no tan exigente como el primer tramo de carrera, pero, teniendo en cuenta el esfuerzo acumulado, igual de duro, y que transcurría casi íntegramente por el interior de la localidad, perdón, de la hermosísima localidad de Villaescusa de Haro pasando junto a sus monumentos históricos más entrañables. Y, tras la meta, la satisfacción del objetivo conseguido acompañado por el buen ambiente reinante y por un montado de panceta, que siempre ayuda a asimilar el esfuerzo. Un esfuerzo compartido por parejas tan peculiares como la de un padre ciclista y un hijo corredor que llegaron a meta con la nieta a cuestas o la de una pareja local que sumaba 114 años, Luis Miguel y Valentín.

En el aspecto meramente competitivo hay que destacar, en categoría masculina, la victoria de Salvador González Malavia, del equipo "3HCycles-ULB-Doppio Slava", por delante de Jesús Tornero Saiz y Óscar Campillo Montoya. En categoría femenina el triunfo correspondió a Lola Castellote Requena, del equipo "C.T. Trischool" de Cuenca, seguida de Coral Torrijos Niño y de Elena Serrano del Moral. Por parejas victoria de Pedro Antonio Plaza y Francisco Javier Manzanares, del "Club de Atletismo Criptana", seguidos de la pareja local, del "Club Cerro de la Horca", Marcos Rabadán y Santiago Sánchez; el tercer puesto correspondió a la pareja del "Belmonte Nature" Luis Ruiz y Sergio Fuentes.

La entrega de trofeos estuvo protagonizada por los ya tradicionales botes-trofeo de queso en aceite que permiten saborear la victoria en pequeñas porciones. Incluso los espectadores miraban recelosos el preciado obsequio, emblema del duatlón cross y de la carrera popular a pie homónima del próximo 12 de agosto.

En resumen, un día fabuloso para disfrutar haciendo deporte (todos lo son, incluso los ventosos) en el que no hubo ningún motivo de disgusto y sí muchos de satisfacción. La organización promete que esta prueba volverá a disputarse el año que viene con el mismo nivel de dedicación y de entusiasmo y mejorada en su calidad. Que se note la experiencia que se va adquiriendo. Seguro que el próximo año el dron destinado a grabar la salida no terminará atrapado en la copa de un chopo.

sábado, 28 de mayo de 2016

Hoy va a ser el día más hermoso

Tiene que serlo. Tiene que serlo.

P.D. No se me van ni las ganas de llorar ni las ganas de liarme a puñetazos con cualquiera.

viernes, 20 de mayo de 2016

Pet sounds: donde dije digo digo Brian

Se acaban de cumplir cincuenta años de la publicación de “Pet sounds”, de los Beach Boys. Se han cumplido y se está conmemorando por todas partes. “Pet sounds” es la obra cumbre de Brian Wilson y está considerado como uno de los discos más influyentes (según George Martin, sin “Pet sounds” no habría habido “Sgt. Peppers” aunque, según Wilson, sin “Rubber soul” no habría habido “Pet sounds”. Una cosa por otra) y aparece en cualquier lista que se precie de los mejores discos de la historia. Sinfónico. Barroco. Una joya del pop sofisticado, una maravilla melódica que combina una orquesta multicolor, camino ya de la psicodelia, con las siempre pluscuamperfectas armonías vocales de The Beach Boys.

Un coñazo. Un autentico coñazo. Un disco soso, cansino, sin la menor gracia. Vale que tiene dos canciones descomunales como son “Wouldn’t it be nice” y “Sloop John B” y esa otra tan ñoña y agradable como es “God only knows”, pero, ¿uno de los mejores discos de la historia? Amos, no me jodas. ¿Del sesenta y seis? Bueno, también lo son Los cuarenta principales y Leticia Sabater. ¿Y de verdad lo van a conmemorar? ¿De verdad?

Todo esto lo pensé cuando oí que se iba a rendir homenaje a este disco. Es cierto que lo escuché en su momento un par de veces y que no me llamó la atención, por no decir que me decepcionó bastante. Y aunque tengo a los Beach Boys en un pedestal, estos homenajes se me escapaban. Pero también es cierto que soy muy vulnerable ante el entusiasmo, especialmente cuando me fío del criterio del entusiasta. Escuché parte del programa homenaje. Bueno, tal vez haya que desempolvar el disco, aunque sólo sea una vez y nada más que para reafirmarme en mi opinión.

Y lo escuché. Una vez. Dos. Veinte. Treinta veces. Sin exagerar. Sin parar. Y me reafirmo. Un coñazo. Vale que tiene siete canciones descomunales como son “Wouldn’t it be nice”, “Let’s go away for awhile”, “Sloop John B”, “I know there’s an answer”, “Here today”, “I just wasn’t made for these times” y “Pet sounds”. Vale que tiene cuatro canciones ñoñas y agradables (pero muy ñoñas. Pero muy agradables) que son “You still believe in me”, “Don’t talk (put your head on my shoulder)”, “God only knows” y “Caroline, no”, pero, ¿el resto? El resto son dos canciones (“That’s not me” y “I’m waiting for the day”) y también están muy bien. Vamos, que me la envaino. Sólo lamento que, habiéndonos conocido antes, haya tardado cincuenta años en descubrir este disco. Aunque me consuela saber que tenemos toda la vida por delante.

sábado, 14 de mayo de 2016

Mujeres

Mi hija va a nadar un día a la semana. Va a lo que llaman cursillo. Están en una calle con los que tienen, más o menos, su edad y su nivel. Ella ha ido cambiando de calle hasta que, hace unos días, me llamaron los del club de natación que llevan la piscina (al cual pertenece mi hijo) para decirme que la habían observado y que, si queríamos, podría entrar también en el club ya que tenía el nivel suficiente. También me propusieron no dar el salto inmediatamente (pasar de entrenar uno a cinco días a la semana no es fácil) sino entrar en lo que ellos llaman pre-escuela, que entrenan dos o tres días a la semana. A mí me pareció bien, pero, respondí, dejadme que lo comente con mi hija.

Se lo comenté. Se lo planteé como un logro, como un gran triunfo. Ella ni gesticuló. Si le hubiese dicho que en Ranchipur seguía lloviendo habría mostrado la misma emoción. No me dijo nada. Y yo, por supuesto, lo interpreté como un sí.

A los pocos días, al llegar a casa, Ana me dijo –tu hija quiere hablar contigo. Bien, lo que quería decirme es que no tenía el menor interés ni en entrar en el club, ni en nadar ni en competir. Mi hija sabe perfectamente que me tiene tomada la medida y que puede hacer conmigo lo que le dé la gana, pero se ve que esta vez pensó que el motivo requería un esfuerzo y, en vez de decirme un lacónico –paso- se decantó por el melodrama y, así, comenzó a llorar con unos lagrimones como puños, y entre sollozos, me dijo que no quería entrar en el club. Lo mejor de todo vino después cuando, de una manera realmente conmovedora, dijo –¡y ahora tú te sentirás decepcionado y yo no quiero decepcionarte, papá!

Bueno, bueno. Abrazado a ella le dije que no se preocupase, que no pasaba nada, que no podía obligarla y, que si ésa era su decisión, pues la aceptaba y ya está. Y, por supuesto, nada de sentirme decepcionado. Aún soltó un par de hipidos y al ratejo estaba viendo la tele como si nada hubiese pasado.

Y, es cierto, no puedo obligarla. Pero también es cierto que considero que la natación es un deporte fabuloso y una herramienta muy útil para la educación. Divertirse haciendo deporte nunca fue malo. Así, pues sí, yo respetaba su decisión, pero eso no quería decir que fuese a tirar la toalla.

Al poco tiempo fuimos a una competición de mi hijo en Castellón. Allí mi hija hizo muy buenas migas con una niña de su edad llamada Claudia. Se pasaron toda la mañana juntas. A la vuelta, le pregunté -¿qué tal con Claudia?

-Muy bien. Es una chica muy maja y lo hemos pasado fenomenal. Hemos jugado un montón y me he divertido mucho.

-Pues, ¿sabes? Claudia va a la pre-escuela. Si fueras, tendrías allí una amiga y te lo podrías pasar muy bien.

-Tampoco es tan maja.

No hay nada que hacer.

lunes, 9 de mayo de 2016

Descartes

Más entradas que pensé y no escribí, que comencé y no acabé, que terminé y que borré. Entradas como aquella que empecé al recordar cuando, en una entrevista de trabajo, me preguntaron que qué era lo más difícil de trabajar. Entonces respondí que tener que decir que no. Me puse a darle vueltas. No había por dónde cogerlo. Lo dejé. El Aviron Bayonnais, equipo de rugby francés que, de vez en cuando, juega en Anoeta. Lo sorprendente no es que juegue en San Sebastián, sino que llena el estadio. Mi hermano fue una vez a ver un partido. A la entrada le dieron la letra del himno del equipo. La cogió por educación. ¿Cómo se iba a saber él el himno? Y sí, lo cantó con el resto del público. La música se la sabía. Era la de “Vino griego” de José Vélez. (Allez, allez! Les bleus et blancs de l'Aviron Bayonnais). El mediodía en el coche camino del trabajo, cuando José Miguel López, en su “Discópolis”, en Radio 3, dentro de su serie de los mejores discos de los sesenta, esa década (puedo poner más comas), puso el “Abbey road” (de los Beatles, mamá). Lo óptimo. Lo colosal. Lo superior. La de Dios. La releche. Lo pillé en el “Because” y desde ahí, y del tirón, hasta el final. No sé cómo llegué. No sé cómo conduje. Fui poseído, una vez más, por “Abbey road”, como lo fui también el otro día cuando, en una carrera, me dieron una camiseta musculosa, de ésas sin mangas. Me la puse y no podía dejar de cantar y bailar “Súper superman”. Una carrera que utiliza para medir las distancias un patrón metro mucho más válido que la barra de platino iridiado que hay en la Oficina internacional de pesas y medidas de París, visto el tiempo que hice en la distancia que decían. Por supuesto que estaba bien medida. El metro patrón parisino está obsoleto. El día de ayer, que se suponía festivo, con la visita del Atleti al campo del Levante. Nos fuimos mi hijo y yo al hotel a ver y a animar a los jugadores. De ahí, al campo. Jugábamos en casa, visto el ambiente. Marcó Torres. Todo estaba bien. Me puse a maldecir al Sevilla, que salvó al Español, que estaba salvando al Granada. No. Si no ganamos la Liga no será por culpa del Sevilla. Hijo mío, el Atleti también hace estas cosas. Pero eso no fue obstáculo para que nos fuésemos junto al Frente Atlético y jaleásemos al equipo en su despedida. El bocadillo de figatell que me comí este sábado pasado en Gandía. Todo un descubrimiento que presagió la competición de natación que hizo mi hijo, que este año está que se sale. El primo político moteño de J.A., que no es que hable mal, sino que habla que parece una radio donde se estuvieran sintonizando emisoras. “Pero emisoras castellano manchegas”. Descartes que, una vez más, se cuelan. Bueno. Portaos bien. No hagáis que me arrepienta.

viernes, 29 de abril de 2016

Anotación en la relación de cosas que no volveré a hacer en mi próxima vida

Bien, éste es un mundo de pasiones y es cierto que, en mi opinión, es mucho mejor zambullirte en ellas que no vivir como un observador, de manera aséptica, sintiéndote juez de todo, por mucha importancia que te puedas dar desde tu atalaya (porque es mejor querer y después perder que nunca haber querido. Y muy mal debe de estar la cosa para tener a Dyango (y no Reinhardt) como referente). Y luego está también todo eso que les cuento a mis hijos de la recompensa que se recibe tras el trabajo y el sacrificio, que siempre hay que tener fe en ello y que desconfíen de todo aquello que es regalado y del triunfo fácil y de lo que se consigue sin esfuerzo. Éstas son las premisas.

En mi próxima vida no me aficionaré al fútbol. Bueno, digamos que en mi próxima vida no me haré seguidor del Atlético de Madrid. El fútbol no es, ni mucho menos, mi deporte favorito. Me gustó jugarlo y seguirlo lo sigo por el Atleti, si no de qué. Éste es un mundo de pasiones y es mejor sentir que no sentir. Sí. Y no. Porque una cosa es sentir y otra cosa es esta agonía permanente que es cada partido. Mi capacidad de sufrimiento está ya saturada hasta 2031. Dice mi hermano que, de tener otra oportunidad, y puestos a seguir a un equipo, mejor a uno que tenga una posesión del setenta por cien. Eso no significa que vayas a ganar, pero por lo menos estás un setenta por cien del tiempo más tranquilo. Pero es que el Atleti nunca tiene el balón. Vale que, al final del partido, piensas -pues tampoco nos han hecho tantas ocasiones. Pero eso es al final. Hasta entonces estás con el corazón en un puño cada vez que el balón se acerca a nuestra área. Y ganamos. Y sacamos los partidos. Y estamos ahí. Y sí, es el triunfo del trabajo, del esfuerzo, del sacrificio, de la fe. No nos regalan mucho. Pocos partidos son fáciles. Pero me está costando la salud. Se puede vivir más tranquilo, yo creo. Se puede vivir mejor. Muy bonitas las premisas, desde luego. Pero juro que, en mi próxima vida, me las saltaré. Ésta es la conclusión.

Una vida para aprender. Otra vida para poner en práctica lo aprendido. Una vida para equivocarse, para arriesgar. Otra para disfrutar. Una vida para ser del Atlético de Madrid. La otra…da igual. Volveré a ser del Atlético de Madrid. Hay cosas que no se pueden evitar. Ésta es la realidad.

lunes, 18 de abril de 2016

Y, con ustedes, una nueva entrega de “Sociología for parotets”

Bueno, yo no diría tanto. Simplemente estuve en la cena de quintos del sesenta y seis en la capital del Secarral y tomé unas cuantas notas de campo, bastante previsibles, por otra parte, que enumeraré.

Éramos muchos los llamados y fuimos cuarenta los asistentes, hijos todos del “Baby boom”. No demasiados chicos y sí bastantes chicas. Saludé a los chicos. Algunas chicas me preguntaron que quién era yo, que no me habían visto nunca. Bien empezamos. No importa. No asistí para saciar mi ego sino para profundizar en mi estudio sobre la existencia (o no) de la crisis de los cincuenta (y para juntarme con unos cuantos con los que siempre se está bien y no para sembrar ajos ni para picar en la mina sino para comer y beber, que tiene su encanto). Y observé un par de cosas.

La primera es que hay que ver qué viejos son los que tienen mi edad. Siempre he dicho que los del sesenta y seis somos jóvenes por naturaleza, pero, visto lo visto, qué poco se nos nota. Vamos, que lo que somos por naturaleza ya es otra cosa. El retrato que teníamos que envejecía por nosotros se ha desintegrado.

La segunda es que las tensiones sexuales que no quedaron resueltas en su momento no desaparecieron, sino que han permanecido aletargadas sin menguar, por mucho que pase el tiempo o por muchos años que se cumplan, esperando su oportunidad. Y aprovechan sus oportunidades. Los cincuenta también son múltiplo de quince.

Y, el resto, en la próxima entrega.