lunes, 22 de mayo de 2017

Ferpectamente

Cuando en un reconocimiento médico te preguntan si bebes alcohol y las posibles respuestas son sí o no pues, como abstemio no soy, respondo con cierta vergüenza y con ganas de matizar la respuesta. Porque no soy un alcohólico. Soy lo que se llama un bebedor social. Incluso puedo decir que soy un bebedor geográfico, ya que a nivel del mar no pruebo el alcohol durante semanas y es subir a la meseta y hasta el agua de los floreros. Pero no tengo problemas de conciencia. No siento que sea un enfermo. Ni siquiera cuando en los reconocimientos me incluyen dentro del grupo de los que beben.

Hice la mili con veintisiete años. La hice en Paterna, muy cerca de Valencia. Entonces estaba en todo su apogeo lo que se conocía como la “Ruta del bacalao”. Mis queridos compañeros de mili tenían casi todos dieciocho años y eran asiduos a la misma. El viernes salían atacando y el lunes aparecían tras haber pasado tres noches sin dormir de discoteca en discoteca. Fumaban porros como quien respiraba y trapicheaban con pastillas con toda la naturalidad del mundo. Yo estaba escandalizado. Era mayor que ellos, pero me daban mil vueltas. Y llegué a apreciarlos de verdad, porque eran muy buenos chavales, pero su forma de divertirse, que para ellos era normal, a mí me tenía los ojos como platos.

Nos fuimos de maniobras y me tocó la no siempre reconocida labor de cantinero. En la parte trasera de un camión monté mi chiringuito y allí vivía. Tenía una visión reducida del exterior, ya que las lonas del camión la limitaban, y tenía la sensación de ser espectador de una obra de teatro con personajes que entraban y salían y con los que me relacionaba ( ahora a eso se le llama interactuar). Como la tropa se pasaba el día por ahí pegando barrigazos tenía bastante tiempo libre, tiempo que aprovechaba para leer (“Rayuela” de Cortázar. Lo recuerdo) y para irme a correr. Estábamos por la zona de Alcublas y Casinos, en plena comarca de los Serranos, y no podía desaprovechar esa oportunidad. Dejaba a alguno de los que estaban por allí despistados vigilándome el negocio y a subir y bajar. Una de las veces, tras terminar y ducharme, me subí al camión y me bebí una cerveza. En ello estaba cuando apareció la tropa en escena. Y noté que me miraban y que hablaban entre ellos. Y uno de ellos, uno de los ruteros, porreros, pastilleros, se acercó y me dijo:

-Pero Furri, ¡tú bebes!

Si me hubiese pillado con una jeringuilla en las venas no habría puesto la misma cara.

-Bueno, técnicamente sí.

-Pero, tú eres deportista. Tú corres. ¿Y bebes? No lo entiendo. ¿Tú sabes lo que estás haciendo?

Cuestión de criterios, desde luego. No tengo problemas de conciencia. No siento que sea un enfermo. Pero vamos, que a veces no es fácil.

jueves, 11 de mayo de 2017

De porqué la vida no es una película romántica

Pues seríamos nueve o diez. Diría valientes pero tampoco era para tanto. Sólo uno de nosotros era mujer. S. Treinta y tantos. Morena, de larga melena rizada. El resto, varones de todas las edades. Nos agrupamos a las diez. La ruta la había preparado el tío Javier. La mayoría llevaba focos. Algunos de ellos podían iluminar un campo de fútbol. El mío no iluminaba un futbolín. S. ni llevaba. Salimos. Enfilamos con nuestras bicicletas hacia la Gotera. Íbamos agrupados. Una ruta nocturna no es una carrera. La noche era muy cerrada, sin luna. El cielo, completamente estrellado, deslumbraba por su belleza (ya sé que suena cursi, pero es que era así). De vez en cuando parábamos. ¿Estamos todos? Sí. Trago de agua y a seguir. S. y yo solíamos ir por mitad del grupo aprovechando la luz ajena. Se oyeron voces. Alguien de los que venían detrás tuvo una avería. El resto de los traseros se pararon con él (poco he salido con ciclistas, pero de ellos puedo afirmar tres cosas: la primera es que son mentirosos patológicos. Si un ciclista te dice que todo lo que queda es bajada o que sólo quedan cien metros de subida, échate a llorar. Lo segundo es que son los que mejor comen del mundo. No hay ruta sin comida y sin bebida. Y con colmo. Así tienen la barriga que tienen la mayoría. La tercera es que son tremendamente solidarios. Saben mucho de mecánica y están deseando demostrarlo así que, si hay avería, trescientas manos se acercarán a opinar y a ayudar). S. y yo tratamos de avisar a los que iban delante, pero no oyeron nuestras voces y, con la poca luz que llevábamos, decidimos pararnos a esperar a que nos alcanzaran los de detrás.

La noche oscura.

El cielo estrellado.

S. sacó su móvil y conectó una aplicación donde podían seguirse las estrellas y las constelaciones. La aplicación se hacía acompañar por una música muy sugerente.

Estábamos pegados.

Mirábamos al cielo.

Poníamos nombre a las estrellas.

Poníamos nombre a las constelaciones.

La música sugerente sonaba de fondo

Estábamos solos.

Solos en mitad del campo.

Era verano.

Y entonces pasó lo que tenía que pasar.

Nada.

Alfa Centauro. Beta Pegaso. Gamma Minotauro. Casiopea. Ganímedes. Al rato vimos luces. Se oyeron voces. La avería estaba reparada. Nos recogieron. Recogimos a los de delante. Enfilamos hacia la aldea. Llegamos como héroes. Nos tomamos unas cervezas de tamaño ciclista. Nos las habíamos ganado. Brindamos. Brindé con la Estrella Polar y le guiñé un ojo riéndome. Ya sé que suena cursi pero es que fue exactamente así.

viernes, 5 de mayo de 2017

Tres i quatre

Sin ánimo de ofender a mis amigos bibliotecarios voy a contar mi última visita a la biblioteca municipal que tengo más cercana de casa, recientemente reinaugurada, visita que hice con ganas, más que para que ver cómo había quedado, para ver cómo habían ampliado el catálogo, puesto que han cerrado otra biblioteca del barrio y se han traído a ésta todos los libros de aquella. La labor del traslado y acondicionamiento ha resultado hercúlea, pues han tardado tres meses en realizarla. La reinuguración fue, según me contaron, bastante vistosa, ya que muchos políticos se apuntaron a la misma, los mismos, seguro, que fueron al cierre de la otra. Y, tras tres meses de espera, me acerqué dichoso. Di una vuelta, ojeé, busqué novelas de Maj Sjöwall y Per Wahlöö (espero haber puesto todas las diéresis en su sitio) y, como no encontré, pregunté a las dos mujeres, una más mayor y otra más joven, que estaban detrás del mostrador. Nunca habían oído hablar de ellos. Nada que reprochar. Yo tampoco los había oído nombrar hasta hace un par de meses. Incluso me sentí reconfortado en mi ignorancia. Al fin y al cabo ellas trabajan con libros. Buscaron en el ordenador. Allí no tenían ninguno, efectivamente, pero me informaron en qué otras bibliotecas podría encontrarlas. Di otra vuelta buscando algún libro que llevarme a casa para leer. La mayor se ofreció para aconsejarme. Acepté su ofrecimiento. Me habló de un francés. Me acerqué hacia la estantería donde estaban sus libros. La más joven se acercó también y me dijo muy bajito:

-Haz caso a la directora. Es una lectora empedernida. Yo siempre le estoy pidiendo consejo para mí y para poder aconsejar a los demás.

-Gracias.

Cogí un libro del francés.

-Sí, ése. Es muy bueno. Es el primero de una trilogía de cuatro libros que…

Ya no escuche más. Empedernida. No lo dudo. Tengo el libro del francés en casa. Igual tardo un trimestre de cuatro meses en leerlo.

domingo, 30 de abril de 2017

Harry Quebert, eres mutonto, mutonto, mutonto

Una de las infinitas discusiones musicales que mantengo con mi padre trata sobre “Carmina Burana”, de Carl Orff. Él entra en éxtasis cada vez que la escucha y yo siempre le digo que menos lobos. Que sí, que es perfecta, tan bien orquestada, con esos coros tan solemnes. No le discuto su calidad, pero ¿música? No. Matemáticas, tal vez. Relojería si acaso. Una obra que podría haber sido escrita por una computadora. Porque para ser música le falta algo. Alma, si queréis. Luego remato la discusión diciendo que hay más música en cualquier nota de cualquier composición de Jobim o en cualquier gallo que pudiese haber soltado Otis Reding que en toda“Carmina Burana” y ya entonces pasamos directamente a los insultos personales.

¡Pasen y vean! ¡Entren, señores y señoras, a ver el espectáculo de Joël Dicker, autor de la célebre novela “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, un verdadero best-seller en toda la extensión de la palabra! ¡Entren y disfruten del espectáculo del joven Joël donde nada es lo que parece! ¡Pasen y admírense de lo bien que se aprendió la teoría este alumno aventajado y de su enorme habilidad al aplicarla! ¡Entren y sorpréndanse con el espectáculo de este fabuloso ilusionista y de todos los efectos (¿dónde está la bolita? ¿Dónde está la bolita?) que desarrolla a lo largo de la obra! ¡Déjense embaucar por las artimañas de este brillante prestidigitador! ¡Trucos! ¡Sorpresas! ¡Emoción! ¡Pasen y disfruten con el espectáculo de un gran artista, de este verdadero fenómeno de la técnica narrativa, que les mantendrá pegado a sus sillas desde la primera hasta la última página!

Mi estimado Joël Dicker: Creo que tiene usted treinta y pocos años y ya está usted forrado. Ha vendido una pila enorme de libros, los han llevado al cine y está usted considerado y reconocido. Aún así, permítame que le diga desde mi ignorancia y mi insignificancia que “La verdad sobre el caso Harry Quebert” está tan cerca (o tan lejos) de la literatura como “Carmina Burana” lo está de la música.

sábado, 22 de abril de 2017

Bellas anécdotas que convertimos en tradiciones y que, desde luego, eran para tanto

Abrimos una nueva sección cuyo primer capítulo podríamos titular –Never missed a cue (with emptiness all around).

Alejo. Alejo es de la cuadrilla del futbolín, es decir, que es amigo desde siempre y para siempre. A Alejo le quiero por infinitas razones. Una de ellas, importante, es porque me abrió la puerta de una habitación en cuya entrada podía leerse –Elvis Presley, habitación de la cual no he salido ni saldré, entre otras cosas porque dentro de un millón de años Elvis seguirá siendo el Rey y, por más tiempo que pase, jamás dejará de sorprendernos y de fascinarnos.

Alejo está emparentado con la localidad valenciana de Segart, situada en plena sierra Calderona. Y allí se pasaba temporadas. Durante dos (o tres) años, coincidiendo con el fin de semana de San Vicente, Maroto (por Dios, cuánto daño se ha hecho este hombre a sí mismo), Sanfélix y yo nos subíamos a pasar un día con él. Llegábamos a media mañana, recogíamos a Alejo y nos íbamos a subir y bajar por donde Alejo nos llevase. Fueron días muy agradables, andando todo el día por el monte, comiendo donde y cuando nos apeteciera (incluida la mona de Pascua, por supuesto), días que rápidamente mitificamos puesto que Alejo iba salpicando de recuerdos cada zona que pisábamos, algunos ciertamente morbosos, y a nosotros nunca nos hizo falta demasiado para hacer de la nada un hito, un recuerdo imborrable.

Lo mejor del día llegaba al final. Con el ocaso entrábamos en Segart. La música siempre fue uno más de nosotros, así que no era extraño que cantásemos. Y la primera vez que fuimos, a la vera del pueblo, con el sol ya detrás del horizonte, comenzamos a cantar “Are you lonesome tonight?”, por supuesto engolando la voz puesto que es imposible cantar canciones de Elvis sin engolar la voz (cuando digo imposible es imposible. Inténtelo ustedes). Y, al llegar al momento del recitado, surgió Alejo. Y mientras nosotros, muy bajito, tarareábamos uuuu, Alejo soltó aquello -I wonder if you're lonesome tonight. You know someone said that the world's a stage and each must play a part, etc. Y lo dijo con una chulería que ya hubiera querido para sí Elvis. Y, claro, aquello se convirtió en un momento cumbre, en un recuerdo imborrable, en un hito, en tradición. Y lo repetimos las siguientes veces que volvimos. Y entró a formar parte de mi memoria, pues no hay vez que escuche “Are you lonesome tonight?” sin que Alejo desplace a Elvis y sea a él a quien realmente escuche haciendo el recitado y no al Rey. Y se quedó a vivir ya para siempre en el fin de semana de San Vicente, porque da igual donde esté: cometas en la playa, la mona de Pascua y la voz de Alejo diciendo -Now the stage is bare and i'm standing there with emptiness all around. And if you won't come back to me then make them bring the curtain down.

lunes, 17 de abril de 2017

Mentes complejas, placeres sencillos

Volvía de la capital del Secarral camino de la aldea. No sé cuántos botellines nos habíamos tomado. Amigos y cerveza. Amigos de los de siempre, de los de toda la vida (y lo que nos queda). En la radio, Ella Fitzgerald (¡Ella es el swing, Zeppo! ¡Ella es el swing!). "From this moment on". "Bewitched". La felicidad tiene que ser algo muy parecido a esto.

domingo, 2 de abril de 2017

España, capital Estocolmo

Gunvald Larsson permanecía junto a la ventana observando a seis operarios en la calle, que a su vez observaban a un séptimo, apoyado en una pala.

-Esto me recuerda una historia-dijo. -Durante la mili, estábamos fondeados en Kalmar con un dragaminas. Yo estoy en la cabina de mando junto al segundo de a bordo, y el vigía viene y me dice -Mi teniente, hay un hombre muerto en el muelle. -Chorradas- dije. -No, mi teniente- insiste- en el muelle hay un muerto, de pie. -¡No hay muertos de pie en los muelles!- digo- ¡A ver si te espabilas un poco, Johansson! -Pero, mi teniente -repite- ¡tiene que estar muerto! Le he estado vigilando todo el tiempo y lleva horas sin moverse. Entonces el segundo de a bordo va, se levanta, se asoma por la portilla y dice -Bah, es sólo un operario municipal.

El obrero de la calle dejó caer la pala y se fue con los demás. Eran las cinco y seguía siendo viernes.

-¡Vaya organización!- dijo Gunvald Larsson. -Todo el tiempo parados, mirando.

-¿Y tú que haces?- pregunto Melander.

-Pues aquí parado, mirando. Y si el jefe local de policía tuviera su despacho en frente, sin duda se pondría delante de su ventana a mirarme a mí. Y si el jefe nacional de la policía estuviera aquí, en la planta de arriba, miraría al jefe local. Y si el ministro del Interior...

-Anda, calla y coge el teléfono- interrumpió Melander.

"El hombre del balcón". Maj Sjöwall y Per Wahlöö. 1967.

lunes, 27 de marzo de 2017

Grafarpögn Hantverkargatan

Son muchas las horas que paso en las piscinas ejerciendo de padre de nadador. Y son muchos los ratos que paso con la mayoría del resto de padres que ejercen. Las conversaciones que mantenemos suelen moverse casi siempre por los mismos sitios: actualidad, fútbol, competiciones, la educación de los hijos, viajes, entrenamientos y críticas. De vez en cuando echo de menos hablar de otros temas y lanzo un globo sonda pero cuando te responden -¿los qué?- tras mencionar a los Kinks mientras suena de fondo “You really got me”, pues casi mejor nos quedamos donde estamos.

Había un padre que no tenía muy controlado. Se relacionaba poco y parecía un tanto huraño. Y en una competición apareció con una camiseta con la carátula de un disco de Thelonious Monk y Miles Davis. Y te podrá gustar o no el jazz, pero un tío que se pone esa camiseta seguro que tiene muchas cosas interesantes que contar, así que a por él que me fui.

-Me gusta tu camiseta.

Nos hemos hecho muy amigos. De la música pasamos al cine y del cine a la literatura (da la casualidad que también es del sesenta y seis y de que estudiamos en la misma Escuela. La casualidad no existe). Y, por una vez, no se trató sólo de una sucesión entusiasta de monólogos, sino que estamos ejerciendo cierta influencia el uno en el otro. Él ya ha empezado a leer a Dostoievski y, puesto que es un fanático de la novela negra, me hizo una lista de sus autores y libros favoritos, comenzando por los nórdicos y por ellos he empezado. Dos libros me he leído ya y me apetece comentarlos.

¿Existe Islandia? Bueno, en los mapas sale. Y hace no demasiado un volcán de por allí dejó a un montón de aviones en tierra. La lista de islandeses famosos ocupa lo mismo que la de héroes italianos. Yo, realmente, sólo conozco a tres: Bjork, Gudjohnsen y Finnbogason. Y ahora he de añadir a un cuarto: Arnaldur Indridason, autor de “La mujer de verde” (también publicada como “Silencio sepulcral”), primero de los libros recomendados leídos. En unas excavaciones que se han hecho en Rejkiavik (todos juntos: Rejkiavik, Rejkiavik) aparecen unos huesos humanos. A partir de ahí se van desarrollando dos historias paralelas que, a su vez, se van desdoblando y que terminarán convergiendo. ¿Que qué me ha parecido el libro? Muy bueno. Muy bien escrito, con unos personajes muy bien desarrollados (salvo, quizá, los dos ayudantes del inspector Erlendur, protagonista de la investigación, que podían haber dado más juego) y con una trama que te posee por completo. ¿Que si me ha gustado? No. Nada. Bien está que la literatura te haga sentir, pero todo dentro de un límite. Porque ésta no es una novela sino un fenómeno atmosférico, y no precisamente el anticiclón de las Azores, sino uno de esos accidentes meteorológicos que abren los noticieros con recuento de víctimas y balance de los daños. Porque una cosa es sufrir y otra es lo que te ocurre leyendo este libro, uno de los que puedes decir, y sin pretensiones efectistas, que no eres la misma persona al terminarlo que cuando lo empezaste. Y no, no me gusta sufrir tanto. No me gusta sufrir tantísimo. Así que, señor Indridason, bienvenido a mi lista de islandeses conocidos, perdón por su cuarto puesto y me temo que hasta nunca salvo que algún día se cierren las heridas que su libro me ha causado, algo que dudo ya que estoy de acuerdo con su inspector Erlendur cuando afirma que el tiempo no cura nada.

Maj Sjöwall y Per Wahlöö (espero haber puesto todas las diéresis en su sitio) son (o fueron) un matrimonio sueco que entre 1965 y 1975 escribieron y publicaron diez novelas, de treinta capítulos cada una, protagonizadas por el inspector Martin Beck. Ambos eran comunistas convencidos y decidieron utilizar el soporte de novela negra para dejar caer sus críticas contra el, entonces, idílico modelo sueco (pero, ¿cómo? ¿Suecia no era el paraíso?). “Roseanne” fue la primera de estas novelas y ésta es la que me he leído, no porque mi mente cuadriculada me obligue a seguir el orden (no es necesario) sino porque fue la que encontré en la biblioteca. Para dar mi opinión sobre dicha novela utilizaré un símil tan poco sueco y tan valenciano como son las mascletaes. ¿Cómo me gusta que sea una mascletá? Para mí lo fundamental es el ritmo. Una buena mascletá no ha de perder nunca el ritmo, un ritmo que debe ir creciendo de manera progresiva, sin cortes ni altibajos. El comienzo tendrá que ser ya poderoso y ha de terminar con un terratremol apoteósico y prolongado que te reviente tanto los tímpanos como los lacrimales. Podrá tener otro tipo de aditamentos pero, manteniendo esta estructura, el cum laude ya se lo doy. Pues bien, “Roseanne” me ha parecido una mascletá de las buenas. Tiene un ritmo fabuloso, tanto que parece que haya sido escrito utilizando un metrónomo. El libro comienza con la aparición de un cadáver (una novela negra sin muerto es como un belmonteño sin chándal: inconcebible), continúa con un ritmo implacable que va aumentando sin pausa para terminar con una sucesión de escenas que te dejan sin respiración. Sí que aparecen críticas contra la sociedad sueca, pero siempre desde la ironía, una ironía que te provoca desde la sonrisa hasta la carcajada, y siempre dejadas caer como quien no quiere la cosa. Así que aquí estoy, dejándome las manos aplaudiendo al senyor pirotecnic. Mis queridos Maj y Per, ruego me hagan un hueco en sus agendas. Creo que tenemos nueve citas pendientes.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Metáfora


Bueno, sí. Es un ciprés pequeño vencido por el viento que se apoya en otro más grande. Y la letra lambda escrita en vegetal. Pero también es algo más. ¿El qué? Pues…eso. Algo más.

jueves, 9 de marzo de 2017

Sabes que te lo has pasado bien cuando ha sonado “El tiburón” y la has bailado

La frase es de Ana y es perfectamente extrapolable, Y a ello vamos. Siguiendo con la crisis de los cincuenta estaba pendiente quedar con la gente de la Escuela. De hecho se está moviendo una reunión de la promoción pero, como parece que va para largo, pues seis de los que éramos más amigos decidimos hacer un ensayo general. Y quedamos para cenar. He de decir que a cuatro de los cinco igual hacía diez años que no los veía. Siempre supe de ellos, pero, verlos, pues no. Y volvió a ocurrir aquello de juntarse y como si nos hubiésemos visto ayer (a veces pienso que los efectos del tiempo, sus propiedades curativas, sus efectos en la memoria y demás, están sobrevalorados. Hay muchas cosas inalterables, más de las que nos imaginamos). Tras cenar pues había que tomarse algo. Llegamos a un local donde un caballero hacía labores de portero. Nos dijo que podíamos entrar. –Gracias, joven. ¿Tienen algún reservado geriátrico? No quisiéramos incomodar. –No se preocupen. No creo que haya nadie tan joven como ustedes. Nos reímos. –Será cabrón el tío. Entramos. Volvimos a reírnos. Resulta que el de la puerta había dicho la verdad. Ser los más jóvenes. Qué sensación. Para no perder las buenas costumbres me acerqué al que ponía la música –Perdone, ¿podría poner “You should be dancing”? –Es que aquí sólo ponemos música en español. –Me parece fenomenal. Y allí estuvimos. Fue una gran noche. ¿Porque nos juntamos después de tanto tiempo? También. ¿Porque no paramos de charlar y de reírnos? También. ¿Porque siempre se está a gusto con los amigos? También. Pero no sólo por eso. Parafraseando a Ana, sabes que te lo has pasado bien cuando ha sonado “La revolución sexual” de La Casa Azul y la has bailado como un poseso (reumático, pero poseso). Lo pasamos bien. Muy bien. Y lo supimos.

viernes, 3 de marzo de 2017

Siempre se puede ser más gilipollas

Porque esta foto no está tomada en Iniesta's Little Castle, como pudiera parecer, sino en Castillejo de Iniesta, provincia de Cuenca.

domingo, 26 de febrero de 2017

Catorce prima

El maratón no es una carrera más. Sadam Hussein podría haberla definido como “la madre de todas las carreras”. Leí hace poco un artículo sobre el maratón y allí aparecían las palabras emoción y sentimiento. Y es cierto. Es la carrera que despierta las emociones más intensas. Por eso el maratón es diferente. Por eso cada maratón es distinto. Da igual los que corras; siempre sabremos cuántos hemos hecho y siempre distinguiremos perfectamente uno de otro (en mi caso recuerdo hasta la camiseta y las zapatillas con las que hice cada uno). Un maratón que empieza, para mí, diez semanas antes, cuando comienzo a seguir el plan a rajatabla, y que incluye no sólo los kilómetros sino los compañeros de los mismos. El plan no variará pero todos son distintos. Cada uno tiene sus ritmos. Cada uno, su compañía. Dentro del plan hay un día señalado y es un test de diez kilómetros diez días antes que te informa (y te miente) sobre tu estado de forma real. Ese día suele ser prácticamente festivo, ya que nos solemos juntar unos cuantos, vayamos a correr o no el maratón. Nos acompañamos y nos repetimos al final aquello de –ya está todo hecho (esta última vez lo hice solo. Me sentí muy extraño). Otro día muy especial para mí es cuando, unas treinta y seis horas antes de la carrera, salgo a rodar media hora muy suave. Ese rodaje lo hago siempre solo porque tiene algo de litúrgico. Me siento como un torero en la capilla de la plaza antes de salir al ruedo. Sentimiento y emoción en estado puro (unos lo llaman recogimiento. Otros, miedo). Y llega el día de la carrera. Y sales. Y cruzas la meta. Y el maratón no termina ahí. Todavía queda. Quedan los abrazos. Quedan las felicitaciones. Queda la crónica para los climaterios. Queda la entrada del blog. Queda cuando guardo el dorsal en la carpeta de los elegidos. Queda cuando permito a la camiseta oficial de la carrera la entrada junto al resto (las camisetas no se compran. Se ganan). Quedan las agujetas. Y queda el acto final, aquel en el que, definitivamente, se cierra el maratón y es cuando voy a la capital del Secarral y, en la casa familiar, sobre el armario que hay en mi habitación, donde están todas mis copas y mis medallas (mi altarcillo), cuelgo la medalla. Y la miro. Y las miro a todas. Y ese orgullo al mirarlas es el que siempre me empuja a volver, a pesar de las promesas, a pesar de los dolores, a pesar del sufrimiento, a pesar de saber que el maratón es de todo menos sano. Emoción y sentimiento. Algo más que una carrera. Mucho más.

lunes, 20 de febrero de 2017

Catorce

El pasado veinte de noviembre, en el kilómetro nueve, decía adiós en el maratón de Valencia. Y juré venganza. Cuando me retiré en Madrid en 2007, a pesar de que había sido por mi culpa, por ir a un ritmo que no era el mío en un perfil como aquel, me sentí derrotado por Madrid, y fue en 2011 cuando volví y sentí que la afrenta había quedado resarcida. Esta vez, a pesar de que fue un problema muscular, me sentí derrotado por el maratón. Y al maratón tenía que volver, a ajustar cuentas pendientes.

Castellón. No tiene medalla de oro. No es un major. No tiene el brillo de otras carreras, aunque puede presumir (y presume) de tener una campeona olímpica en su palmarés. Ni siquiera la ciudad figura entre las cincuenta capitales de provincia más bonitas de España. Pero su maratón estaba a trece semanas de Valencia. Y cuando uno suspende en maratón en noviembre en Valencia tiene la opción de volver a examinarse en febrero en Castellón (de hecho te hacen descuento). Las fechas encajaban. Además, desde Valencia puedes levantarte, ir, correr y volver. Y su circuito medía, exactamente, cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros. Y eso, para lo mío, era más que suficiente.

Pero sí, queda muy bonito y muy heroico decir –voy a Castellón a vengarme- pero luego hay que prepararlo. Y conforme la rabia iba menguando, ver todo lo que quedaba por delante, con las piernas llenas con los kilómetros de los meses previos, se me hacía duro. Menos mal que Gustavo decidió sumarse al reto. Era un regalo envenenado, ya que Gustavo nos lleva siempre al retortero, pero siempre es mejor acompañado que solo.

La preparación fue muy irregular. La lesión que me retiró resultó ser, al final, una contractura y a la semana ya estaba corriendo. Yo siempre corro con molestias en la cadera izquierda, algo a lo que me he acostumbrado y que soporto bien. El problema venía con los dolores que aparecían en la zona del abductor derecho, dolores que me hicieron levantar el pie más de un día de series cortas y que llegaron a su máxima expresión en la media de Picanya-Paiporta, cuatro semanas antes, y que me obligaron a retirarme en la primera vuelta (empezaba a ser una costumbre lo de retirarse). Ahí lo vi todo perdido, aunque decidí seguir los consejos de Rafa de visitar al fisio porque a lo mejor no era tan grave. Fui y me dijeron palabras como desequilibrio, piramidal, psoas y algunas más que no recuerdo, me mandaron unos cuantos ejercicios (he hecho más sentadillas en estas últimas cuatro semanas que en toda mi vida) y no me cerraron la puerta. De hecho la semana siguiente a la retirada no la perdí y llegué a hacer, aunque muy tranquilos, más de setenta kilómetros. Entonces levanté la cabeza, me estudié el plan, vi que quedaban tres días especialmente duros y determiné que si los superaba decentemente y sin dolor, me inscribía. 6x1000 (con Paco) a 3’42” de promedio, 1x12.000 (solo y con mucho viento) a 4’14” y 1x10.000 (solo) a 4’08”. No tuve dolores. Aquel mismo jueves, diez días antes de la carrera, me inscribí.

Aquí he de hacer mención a Gustavo. En Picanya hizo 1:24. Estaba como un tiro. Y, a partir de ahí, dolores (el ciático) y a parar. Una putada. Una pena. Te debe una el maratón, desde luego.

Castellón, diecinueve de febrero. Llevaban toda la semana dando lluvia pero, al final, no. Nubes al principio. Luego, no. Doce grados al principio. Luego, no. Decían 3.800 inscritos aunque han (hemos) terminado 1.500, por lo que no me cuadra mucho. A las seis y media salíamos de Valencia Ramón, Gustavo (que habían decidido venir a acompañarme. No sé si me quedarán días en este mundo para poder terminar de agradecérselo) y yo. A las siete y media estábamos por la salida. Calentando ya he visto que por allí había nivel y que runners había muy pocos. Baste decir que apenas se veían camisetas de la carrera, las favoritas de los runners. Me he confiado a la hora de entrar en mi cajón de salida y me ha tocado sufrir una cola enorme, con los nervios que ello te genera, ya que han puesto un pasillo muy estrecho. A las 8:56 entraba. A las 9:00, disparo y a correr.

A pesar de ese detalle, he de decir que la organización me ha gustado. La feria estaba bien, la bolsa del corredor era decente, daban agua cada dos kilómetros y medio, bebida isotónica cada cinco (en botellas de un tercio de litro. Una pena. La de bebida que se ha tirado) y geles y alimento sólido cada cinco también. El problema es que Castellón no es muy grande y hemos pasado veinte veces por cada sitio. Y tampoco es muy llana (¿de la Plana? Amos, no me jodas). No es el Himalaya, pero estás siempre subiendo y bajando. No son grandes pendientes, pero te acaban minando. Y la subida a la universidad y la vuelta desde el Grao tocan las narices. Pero, por lo general, muy bien, con mucho ambiente en muchas zonas (o en una zona por donde pasábamos muchas veces. No lo sé. Hoy he agradecido no conocer Castellón, porque te tiene que reventar ser consciente de todas las vueltas que estás dando). Una carrera con un regusto entrañable que recordaba al maratón de Valencia en febrero, mi maratón sin ninguna duda.

Mi objetivo era acabar. Por supuesto que iba a ir a lo que diese, pero la marca no era lo primordial. No estaba tan fino como para Valencia. No había podido entrenar tan bien. Aunque he de confesar que, como estaba bien de peso y, al final, había acumulado dos preparaciones, tenía la sensación de que, si el adbuctor o el psoas me dejaban, iba a terminar muy entero.

A pesar de no haberme colocado bien en la salida, he pasado el primer mil en 4:35. Perfecto. Pensaba que mi ritmo podía estar entre 4:25 y 4:30 el kilómetro y a ese ritmo iba. Los diez primeros kilómetros parecía la princesa del guisante: todo me molestaba, todo me dolía, todo me alarmaba. Pero no. Falsas alarmas. Iba avanzando. En el cielo había nubes, la temperatura era agradable y había una brisa que no molestaba. Y Ramón y Gustavo, que estaban por todas partes. Sí que existe el don de la ubicuidad. Puedo dar fe.

He pasado la media en 1:34:30. No estaba mal. Tampoco estaba para florituras, pero bueno. No tenía molestias. O tenía las habituales. La media estaba en el Grao, en el punto más bajo de la carrera. He hecho la vuelta muy bien. Pero ya no había nubes. Y la temperatura iba subiendo. Al pasar el treinta he visto que todavía iba a 4:30 de promedio pero he pensado –me da que no vas a terminar muy entero hoy. Joder, qué pedazo de muro. Ni siquiera la belleza arquitectónica y monumental de Castellón me servía de alivio. Menos mal que Ramón y Gustavo seguían siendo omnipresentes. Iba mendigando por un poco de sombra, por algo de aire. Llevaba mal cuerpo, no me entraba el agua y mucho menos el isotónico. Y los putos adoquines. Tendrían que prohibirlos. Lo que es el maratón, vamos, lo que te hace preguntarte siempre -¿de verdad es esto necesario? Y así, paso a paso, y de manera inexplicable, los kilómetros han ido cayendo (muy lentamente) y he llegado hasta el cuarenta. Y luego el cuarenta y uno. Y ya hemos subido la última cuesta y entrado en el parque Ribalta y, ya que estaba allí, pues he cruzado la meta. 3:13:21. He tenido días mejores pero había vuelto a cruzar la meta del maratón. Lo había vuelto a derrotar (y, sobre todo y más importante, había terminado el sufrimiento). Ya son catorce.

Casi salgo de la zona de meta. No podía moverme. No se me iban las ganas de vomitar. Quería comer y no podía. Quería beber y tampoco (Telepizza patrocinaba la carrera y había un montón de pizza. Imposible acercarme. Menos mal que estaba por allí la gente de la federación de atletismo (la carrera era también campeonato de España) que no ha dejado ni una miga). He cogido sitio para que me dieran un masaje y ya he reviscolado un poco. Y vuelta a Valencia. Conducía Ramón. Gracias a Dios.

Y ya está vengada Valencia. Sentía que tenía unas agujetas pendientes y aquí están. Unas agujetas gloriosas. Y también he sumado Castellón a mi currículo. Ahora me toca descansar y a pensar en las siguientes. Me apetece mucho empezar a correr carreras cortas. Me apetece volver al agua. Lo que hago siempre en estas fechas pero que siempre parece nuevo. Y ya sin ánimo de revancha, sólo por diversión. Porque, como dice Robert Reford en “El golpe” –la venganza no lo es todo…pero ayuda.

sábado, 11 de febrero de 2017

Canciones que no quiero compartir con nadie

Mis cassettes han desaparecido del lugar donde acumulaban polvo y han terminado dentro de una caja que, por supuesto, no voy a tirar, pero que tampoco sé dónde colocar. La caja no cierra bien y, por una ranura, asoma el lomo de una de ellas donde se puede leer Esclarecidos. Esta cinta se la grabé a Ana con mis canciones favoritas de los mismos, cinta que, con el tiempo, terminé escuchando mucho más que ella (no se debe regalar música. No se debe regalar música). Pensando en Esclarecidos pregunté a Google y me encontré con una entrevista de hace no demasiados años a Cristina Lliso, que aún sigue en la brecha. Hacía ella repaso del grupo afirmando, entre otras muchas cosas, que “Dragón negro” fue su disco más redondo (sí y no, querida Lliso. “Rojo” también merece un monumento). Además, se lamentaba del poco éxito que tuvo el que fuera su último disco, “La fuerza de los débiles”, disco que ella consideró como demasiado arriesgado. Hombre, no sé si arriesgado. Contundente si era. Y con canciones muy buenas. Y volví a escucharlo. Y, mientras lo hacía, le pregunté a Google por ese disco y leí palabras como influido, trip hop, Massive Attack, Tricky y Portishead. Portishead. Nunca he escuchado a Portishead (bueno, “Glory box” sí). Y me apetece. Vamos por orden. Empecemos por el primer disco. “Dummy”. Y he llegado a la segunda canción, de título “Sour times”. Y de aquí no salgo. No puedo salir. Y, por supuesto, deslumbrado como estoy, enamorado como estoy, la quiero sólo para mí. No quiero compartirla con nadie.

sábado, 28 de enero de 2017

Camaféus

Unos vecinos nuestros tienen un Smart. El coche lleva las letras CMF en su matrícula. Camafeo. Éste es su nombre.

Lo que se le hizo a la música durante los años ochenta debiera haber sido juzgado pon el Tribunal de la Haya. Hay algunas excepciones (Prefab Sprout, Cocteau Twins y algunos (pocos) más) pero los ejemplos de lo que durante esos años se perpetró podrían sepultar a los contraejemplos. Un genocidio de lesa cultura que ha quedado impune. Entre los ejemplos podría figurar “Rock me Amadeus” de un austriaco llamado Falco. Apareció a mitad de la década aprovechando el éxito (incomprensible) de la película de Milos Forman sobre Mozart y Salieri. La canción es tan mala como pegadiza. Cada vez que veo el coche de mis vecinos, y lo veo a diario ya que, al ser pequeño y manejable (cero sesenta), lo aparcan siempre frente al portal, empiezo a cantar, sin poder evitarlo, camafeo, camafeo, rock, rock me, camafeo.

Cuando mi carnet de identidad decía que yo ya era un adolescente, pues no lo era. Y pocas cosas hay más tristes que estar desubicado. Y el mayor templo que existió dedicado a mi desubicación estaba situado en una discoteca que había en la capital del Secarral. Algunas veces me daban arrebatos de personalidad y me iba a casa, pero esos arrebatos eran infrecuentes (mi hermano me los prohibía). Y así, pues muchas horas pasé en aquella discoteca, malbebiendo, nobailando, escuchando una música dirigida directamente a la boca del estómago, con “Rock me Amadeus” como uno de los himnos, y pensando –no se puede perder más el tiempo (cuando digo que si aquellos años los hubiese pasado en coma no habría sido una gran pérdida no es broma). Cada vez que veo el coche de mis vecinos, y lo veo a diario, mientras canto rock, rock me, camafeo, me veo sufriendo en aquella discoteca riéndome de lo que no me hacía gracia y nohablando con chicas porque para qué.

G. y T. eran y son primos. G. era de nuestra cuadrilla (entonces La Peña. Aún faltaba para ser absorbidos por los Faisanes). T. era miembro de las Pepas (aquí una breve semblanza sobre ellas). A G. y T. les gustaba “Rock me Amadeus”. Les gustaba mucho. O eso decían. A lo mejor no les gustaba tanto, pero no tenían muchos más temas de conversación, aparte de hablar de la familia. Y quedaron que, cuando sonase, tendrían que bailarla juntos, ya que ése, y no la sangre, era su gran nexo de unión. Supongo que T. lo diría por quitárselo de en medio, pero G. sí se lo tomó en serio. Y cuando, una tarde, en la discoteca sonó el himno, G. se fue a buscar a T. Y la bailaron. T. con una mezcla de desgana y asco que se esforzaba poco en disimular. G. con cara de circunstancias comprobando la relatividad del tiempo, pues nunca se imaginó que aquella canción fuese tan larga. Cada vez que veo el coche de mis vecinos, y lo veo a diario, mientras canto rock, rock me, camafeo y me recuerdo sufriendo en aquella discoteca, veo a T. y a G. bailando sin mirarse, arrepentidos, desganados, solos.

Qué ganas tengo de que mis vecinos cambien de coche.

O de que lo rematriculen.

O de que lo aparquen en el quinto pino.

lunes, 16 de enero de 2017

Vaselina

Los graciosos que tienen que hacer un chiste cada que se mencionan las palabras conejo o almeja. O cinco. Y tener que reír la gracia. La de chistes que me ha tocado soportar con la palabra correr. Y con la vaselina. Lo útil que es la vaselina. Nunca falta en mi casa. Antes de los chistes y de los malos pensamientos habrá que explicar qué es una rozadura, las que tiendo a sufrir corriendo (venga, chiste) y cómo se previenen. Maroto, el hombre que más daño a sí mismo, y yo. No sé dónde íbamos. –Si ves una farmacia, avisa, que tengo que comprar vaselina. Y ahora Maroto hará un chiste. No. No lo hizo. No dijo nada. Éste es mi chico, sí señor. Farmacia. Entro. Sujeto la puerta para que pase Maroto. Veo que se queda fuera.

-¿No entras conmigo?

-No.

No hizo un chiste, pero…

miércoles, 11 de enero de 2017

Hogar, dulce hogar

Vuelo transoceánico con destino a San Juan de Puerto Rico. El avión pertenece a una compañía aérea estadounidense y el vuelo transcurre en un cortés inglés norteamericano. El avión aterriza sin problemas. Del pasaje surgen unos cuantos aplausos tímidos. Una voz, proveniente sin duda de dentro de la cabina, suena en la megafonía:

-Ese aplauso boricua sonó pendejo.

La ovación, en un entusiasta español (spanglish) puertorriqueño, es atronadora.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Perdón por el retraso

El 32356 no tocó (tremenda novedad), lo cual significa que ya es Navidad, por lo que, como diría un amigo mío (Sanfélix), felices y celebro.

lunes, 26 de diciembre de 2016

I think there's something you should know

Vivo o muerto, George Michael será siempre esta canción y este vídeo (indisolubles). Podría hablar de otras canciones, de recuerdos, de batallas, pero sería distraernos de lo verdaderamente importante, que es lo que es, así que doy las gracias, me callo y vuelvo a escucharla y a verlo.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Estuve en León y me acordé de mí mismo

Existe una categoría de ciudades que podríamos definir como: menos mal que no vivo aquí porque si no pesaría doscientos kilos, y León figura entre ellas. Vean ustedes la siguiente foto:


Éste es el pincho que nos pusieron cuando nos pedimos tres botellines. Podría poner otra foto de los bocadillos de calamares o de la pila de sándwiches mixtos que acompañaron a sendos reos de vinos. Dentro del mapa de las dos Españas, (ciudades donde ponen pincho con las cañas y donde no), mapa a cuya elaboración pienso consagrar mi vida cuando por fin pueda comprar mi tiempo, León sin duda figura con letras de oro en la España fetén. Treinta y seis horas estuvimos allí y la mayor parte del tiempo comiendo y bebiendo. Ya empezamos en el tren. Los villaescuseros que íbamos nos fuimos a la cafetería y allí, pues nada -¿vais a la boda del novio? –Nosotros vamos a la de la novia, pero creo que es en el mismo sitio. Pues habrá que brindar. Pues venga. Salimos del tren hermanados con otros invitados. Y ya allí pues nos unimos al resto del grupo. Y vinos. Y tapas. Y habrá que tomarse algo. Y se nos acercó una chiquita recomendándonos un local. –Como aún es pronto os podemos poner la música que pidáis. -¿A los Bee Gees? –Música tan antigua no tenemos. –Error. Entramos en otro. -¿Podrías poner “You should be dancing”? –Si te la tengo te la pongo. “Night fever”. No te me la tenía pero sirvió. Allí nos quedamos. Un buen rato además. Y a la mañana siguiente, la boda. Y el convite. Con los aperitivos yo ya no podía más. Estoy de café, pacharán y gin tonic. Faltaba la comida. Y cayó. Y también cayeron por la noche los vinos y los bocadillos de calamares. ¿Doscientos kilos? O pue que blinque, que dicen en mi pueblo. Menos mal que no vivimos allí. Menos mal.

Existe una categoría de ciudades que podríamos definir como: me encantaría vivir aquí, y León figura entre ellas. El sábado por la mañana saqué un rato para hacer una de las cosas que más me gustan: turismo en zapatillas. Salí a rodar y callejeé, me perdí y me volví a perder. Y no me importó. Es más, me fastidió encontrarme pues eso significaba tener que volver. Qué ciudad. Y no sólo por su monumentalidad, que es tremenda. Había gente por todas partes y no eran turistas. Una ciudad viva. No me lo esperaba y no niego que me fascinó. Han sido horas las que hemos estado allí. Pocas. Muy pocas. Pero las suficientes para saber que allí tenemos que volver y con tiempo. O con todo el tiempo.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Sueltos (en primera persona)

“Robinson Crusoe”, en mi opinión, habría sido mejor libro si Defoe lo hubiese escrito en tercera persona. Crusoe, que llega náufrago a una isla y termina creando una explotación agrícola y ganadera sólo con sus manos y con un sistema de defensa espectacular. No tiene wi-fi ni monta una central nuclear pero sólo porque en el siglo dieciocho no se estilaba. Y si te lo cuentan en tercera persona, aunque la tentación del –sí hombre, y qué más- está siempre presente, pues puedes creértelo. Y si te crees la trama, el libro gana. Pero, al estar escrito en primera persona, te pasas todo el rato diciendo- ¡Venga ya! ¡Fantasma! ¡Chulo! - y eso no ayuda. Está claro que ésta es una opinión particular, puesto que el libro ha soportado bien el paso de los siglos, fruto en parte por la envidia que me genera el protagonista ya que, si yo naufragase y apareciese en una isla desierta, salvo que me encontrase allí un Corte Inglés perfectamente montado (lo primero que me llevaría a una isla desierta), no sobreviviría ni cuarenta minutos. Pero me reafirmo: Robinson Crusoe, en tercera persona, un tío admirable. Y un buen libro. En primera, un capullo. Y ya no es lo mismo.

Acabo de terminarme la autobiografía de Agassi. Aquí si está bien empleada la primera persona porque, si lo hubiese escrito en tercera, pues no sé si lo habríamos entendido. (Pero, este tío, ¿quién se cree que es? ¿Julio César?). Me cae bien Agassi porque a Steffi Graf le cae bien y todo lo que hace y ha hecho Steffi siempre me pareció perfecto. Y eso que Agassi pertenece al periodo oscuro del tenis, a la época entre McEnroe y Federer, los años de plomo (Lendl, Wilander, Sampras, Becker, Edberg, Courier, Kafelnikov, Chang, Bruguera, Costa, Kuerten, Moyá, Corretja), pero no por ello deja de ser un periodo apasionante puesto que el tenis lo es. En una de esas reseñas que te ponen en la contraportada (¡Magnífico! ¡Extraordinario! ¡El mejor libro de la última década!) dice algo así como que la sensación que te acompaña durante su lectura es similar a una conversación con un amigo. Y esa sensación es la que he tenido. Nos hemos tomado unas cervezas Agassi y yo y él me ha contado su vida  (yo no le he contado la mía. No me preguntó). Y es una vida bastante interesante. Y no sólo habla de tenis. La verdad es que el libro está bien escrito y resulta muy ameno. A veces es un poco pelota y bienqueda (también se le hizo el culo gaseosa cuando Mandela le dijo –la eme con la o, mo). Se pone muy cansino cuando le da por contar lo solidario que es (solidario exhibicionista, valga la redundancia) y explicarlo con argumentos ultraferolíticos. Pero se le perdona. Por Steffi y por él. Y por cuando comenzó a llorar tras ganarle a Medvedev el Roland Garros del año 99 (momento inolvidable y que me puso un nudo en la garganta que aún me dura). Y porque, a pesar de la vida que ha vivido hasta ahora, parece un tío normal. Como le escuché una vez a David Ferrer hablando de Nadal y de él –sólo hemos tenido la suerte de destacar en una actividad que tiene gran notoriedad. Pero eso no nos hace mejores que los demás. Somos personas normales porque no tenemos porqué no serlo. Y Agassi parece de la pasta de Ferrer y de Nadal. Y eso está bien.

martes, 6 de diciembre de 2016

George

El veintinueve de noviembre de dos mil uno estaba en Libreville. Era mi tercer viaje allá en menos de un año. Ya no estaban en el piso ni Gloria ni su hijo Marvin. La generosidad de Gloria con un dinero que no era suyo se volvió en su contra y decidieron prescindir de ella. Y pensé que, sin Gloria como cocinera, ama de llaves y alma, aquel piso donde nos alojábamos todos los que interveníamos en la obra estaría deshumanizado. Pero no. No era así. Allí estaban Eva y su marido. Y Jose. Y aquel chaval de gafas y aquel tío mayor de quienes no recuerdo el nombre aunque tengo sus caras aquí delante. Eva, que me ofreció un bocadillo de tortilla francesa cuando llegué tras tirarme más de veinticuatro horas viajando, un bocadillo al que le puso tomate porque su condición de catalana le impedía no hacerlo. Eva, que me pregunto si “yo era el de la foto”. Si, era yo. Aquel día descubrí que me había convertido en un personaje dentro de la colonia española en Libreville. Eva y su marido, del Español. Jose, madridista. Los otros dos, culés. Y el Atleti en segunda. Todo el día en la obra. Y por la noche, a beber cerveza. Los obligué a ir al Café de Flore, a ver si aún estaba Lyrette, la camarera por antonomasia. No estaba. Ya no trabajaba allí. Y era veintinueve de noviembre cuando, teniendo como teníamos la televisión encendida por tener ruido de fondo, vi que George Harrison acaparaba la información. Y pensé -pobrete mío. Se sabía que estaba enfermo. Y si la televisión gabonesa le dedicaba tanto rato sólo podía significar una cosa. Y me dio pena. No fue como cuando te enteras de la muerte de cualquier personaje célebre que sí, te impresiona. Pero como tu vida no va a cambiar, esté esa persona viva o muerta, pues bueno. Con George fue distinto. Y no sólo porque era un Beatle. Ringo es un tío simpático, cae bien y ya está. Lennon y McCartney han hecho una barbaridad de canciones antológicas y también coparon infinidad de veces los premios “Tonto del bote” y “Tonto del capirote” (cuando mataron a Lennon se empezó a hablar de la maldición de los Beatles. Nadie dijo nunca que la verdadera maldición era que McCartney siguiera vivo haciéndonos pasar vergüenza constantemente). George era otra cosa. A George lo queríamos. Por sus orejas. Por su bigote. Por “Savoy truffle”. Por su solo de guitarra en “The end”. Por “I, me, mine”. Por el poso que tenían sus canciones, que eran suyas, escasas, inconfundibles, demoledoras. Y le queríamos. Y hablo en plural porque Sanfélix volvió a abrir la caja de los truenos (ya no sé si cuando se hace referencia a la magdalena de Proust uno queda como pedante o como ordinario) enviándome este pasado veintinueve un correo sobre él y sobre la forma que George había elegido para, una vez más, haberle gallina piel de. Y compartimos gallina. Y piel. Y de. Y recordé cuando: Libreville, Café de Flore, bocadillo de tortilla con tomate. Y recordé a George. Y sonreí sabiendo que todavía le quiero y le queremos y que todavía él sigue siendo nuestro y nosotros suyos. Completamente.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Canciones tristes

Cuando, señor, nació mi retoño
no era momento para que él llegara.
Nació con cara de hambre
y yo todavía no tenía ni nombre para darle.
Cómo fui tirando, no sé explicarle.
Fuimos saliendo juntos y, en su niñez,
un día me dijo que llegaría lejos 

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

Llega sudado y veloz del trabajo,
y trae siempre un regalo que me desconcierta.
Tantas cadenas de oro, señor,
que no hay suficientes cuellos para llevarlas.
Me trajo un bolso con muchas cosas dentro.
Llave, libreta, rosario y talismán.
Un pañuelo y un fajo de documentos,
para, al final, poder estar yo identificada,

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

Llega a la favela con el cargamento.
Pulsera, cemento, reloj, neumático, grabadora.
Rezo hasta que vuelve aquí arriba.
Esta ola de atracos es un horror.
Yo le consuelo y él me consuela a mí.
Lo cojo en mi regazo para que él me acune.
De repente despierto, miro hacia un lado
y el travieso ya se fue a trabajar,

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

Llega impreso, portada, retrato,
con venda en los ojos, pie de foto y las iniciales.
Yo no entiendo a esta gente, señor,
haciendo tanto alboroto.
El pequeño, en el descampado,
creo que está riéndose.
Creo que está lindo boca arriba.
Se lo dije desde el principio, señor.
Él dijo que llegaría lejos.

Míralo. Míralo.
Míralo, ah mi pequeño, míralo.
Míralo, es mi pequeño.
Y aquí llega.

"O meu guri". Chico Buarque. (Aquí la letra original).


Se marcho a la calle esta mañana
al entierro de su compañero.
Por la decisión de su mirada
yo sabía que iba al matadero.
Cuando ya hubo anochecido
lo trajeron malherido
y pensé –qué inútil oblación.
Sólo era un niño.

Qué dirán los que mandaban.
Qué dirán sus compañeros.
Quién sabrá si, al verse morir,
siguió creyendo.

Me dirán que fue simiente, me dirán,
me dirán que fue todo un valiente.
Me dirán no hay mas camino, me dirán,
me dirán que era su destino.
Pero, ¿quién dirá conmigo,
si le queda algún amigo,
ahora que me ven todos llorar?
¡Sólo era un niño!

"Sólo era un niño". Mocedades. Letra y música de Juan Carlos Calderón.

Historias con una madre y un hijo. Dramas. No sé si habrá canciones más tristes.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Kilómetro nueve

Muy poca historia esta vez, tristemente. Estaba bien de forma y bien de peso. Había seguido el plan a rajatabla, con unos días mejores que otros, pero muy animado al final. El día prometía. Hemos salido Garraty y yo juntos. Bien. A la altura del kilómetro cuatro llevábamos un grupo numeroso delante que obstruía el paso. Lo hemos sorteado como hemos podido. A partir de ese momento se ha empezado a manifestar un dolor intenso en la cara interna de mi muslo derecho, supongo que en el abductor. Y me he asustado. Todos los dolores los tengo en la pierna izquierda y nos llevamos bien. Pero la pierna derecha nunca me duele. He seguido. El dolor iba en aumento. En el siete he levantado el pie. El dolor no cedía. En el ocho he parado. Un alma caritativa ha aparecido con un bote de Réflex. He vuelto a arrancar. Pero no. No. No era dolor sólo. Por ahí dentro algo estaba a punto de romperse. En el kilómetro nueve he visto a Juan Luis climaterio y me he salido. A él le ha tocado soportar mi disgusto y mi tendencia al drama. Y ya está. No hay más. Me duele. Estoy tumbado y me duele hasta al respirar. No sé lo que tengo. Me toca entrar en la espiral de médicos y fisios y ver qué y por qué. Y volver. Volver al asfalto. Volver al maratón. Mi segunda retirada y las dos en un maratón. De la primera ya me desquité. De la segunda… esto no puede quedar así.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Se han separado Las Increíbles

Pues sí. Se han separado. El legendario equipo de raspall que quedó subcampeón de su colegio en tercero de primaria y campeón al año siguiente no defenderá su título este año. La conmoción ha superado a la producida tras la disolución de los Beatles o de ABBA. Inconcebible. Inexplicable. Todavía resuenan los ecos de su gran triunfo de la temporada pasada, título reconocido con una copa que una de sus componentes restriega a su hermano día sí y día también puesto que sí, mucho competir, mucho nadar y muchas medallas, pero una copa vale más. Y en la cima se separan. ¿Por qué? No ha trascendido. Tal vez la presencia de un Yoko Ono (aunque no hace falta un hombre para que salte por el aire un grupo femenino. Se bastan ellas solas). Puestos al habla con una de las integrantes de Las Increíbles, al ser interrogada se encogió de hombros y respondió de manera enigmática. –Cada una ha de seguir su camino. No pasa nada. La vida sigue. Pronto volverá la competición. Habrá otros equipos. Habrá otro campeón. Pero no estarán Las Increíbles. La vida sigue, sí. Pero el raspall no volverá a ser lo mismo.

martes, 8 de noviembre de 2016

Usted no puede pasar. La fiesta no es para feos

Pues vas a pasar un día de fiesta. Vas con tus amigos. Y al día siguiente no estás bien. No lo estás. La resaca ya no procede y el resacón, menos. Tenía que estar corriendo camino de Rada y no puedo. ¿He disfrutado? Sí. O no. Al final haces tonterías de las que te arrepientes, tonterías de las que te avergüenzas. Al final hay indeseables que te generan una tensión que no se merecen. Y la competición de mi hijo. No he estado. Me la he perdido. Y lo que tenía que ser no es. Y te levantas con sentimiento de culpa, arrepentido y avergonzado por lo que has hecho, por lo que has escrito (¡no eres gracioso! ¡No lo eres!), por la rabia que has sentido, por el mal cuerpo que llevas. Y me vuelvo cabizbajo, cariacontecido. ¿He disfrutado? No me acuerdo.

Me subí al coche. Por supuesto llevaba el cd de grandes éxitos de ABBA, La tradición dice que hay que ir escuchando a ABBA y entrar en la capital del Secarral cantando “Thank you for the music”. Esta vez iba sólo, sin H., pero no por ello iba a dejar de respetar la tradición. Antes de ABBA no me maté de milagro. No paraba de bailar. Rumbas. O rumba catalana. O las dos cosas. Una hora bailando al volante. Qué programa escuché tan fabuloso. Y ese momento de entrar y localizar a tus amigos y abrazarte a ellos. Sentirte a gusto con ellos. Luego, sí, todas las cosas malas que se acumulan, que se agolpan, que te piden explicaciones a la mañana siguiente, que se te agarran al estómago, que no te dejan dormir. Lo malo siempre gana a lo bueno. Pero hoy no quiero. No quiero. ¿He disfrutado? No me acuerdo. Pero sí que me acuerdo. Y quiero acordarme.

jueves, 3 de noviembre de 2016

Dos minutos de odio (te curan las heridas)

La escena se sitúa de noche en el viejo cauce del Turia bajo el puente de Calatrava, donde se estrecha el paso por los campos de fútbol. Actores: un runner, un hipster, un perro y yo. El runner lleva todo el hato de runner, con su iPhone (seguro que era un iPhone) en el brazo y los auriculares puestos. El hipster lleva barba hipster, pelo hipster y una bicicleta que seguro que es muy molona y que tiene unas ruedas muy pequeñas. El perro es enorme. Yo voy haciendo series, concretamente diez de ochocientos metros, cinco río arriba y cinco río abajo.

Bien, el runner baja trotando. Baja muy motivado. Para ello lleva toda la tarde preparando una lista de canciones (playlist dirá él) específica para este entrenamiento, canciones que habrá compartido en las redes sociales ya que piensa que todas las naciones extranjeras están pendientes tanto de su selección musical como de sus progresos runnerísticos. Baja chafando huevos (es runner, no lo olvidemos), pero los chafa ebrio de motivación musical. Lo veo venir. En su ensimismamiento es incapaz de seguir una línea. No mira hacia el frente. No veo hacia dónde va a tirar. Yo estoy en mi segunda serie. Voy pensando en abrirme porque el capullo no me da seguridad cuando, de repente, aparece el hipster en su microbici. Viendo que dudo decide colarse entre los dos y gira, echándome hacia un lado por donde aparece, suelto, el perro enorme, que me trago sin remedio.

Mientras ruedo por el suelo pienso tres cosas: ahora el perro se revuelve y me pega un bocado; ahora el dueño viene a recriminarme que haya maltratado a su perro y ya la tenemos liada; ahora viene el dueño (o el runner. O el hipster. O los tres) y se deshace en disculpas. Ninguna de las tres. Me levanto escopetado y sigo corriendo (estoy haciendo series. Ni siquiera he parado el crono) soltando palabras amables que nadie ha recogido y con las que nadie se ha sentido aludido.

Pues he hecho unas series fabulosas. Tengo levantadas las rodillas y las palmas de las manos, pero nada grave. Un poco molesto pero, teniendo en cuenta que voy a chulear más con mis heridas que cuando tenía diez años, asumible. Pero ese escozor, junto al recuerdo del careto del runner, la barbita del hipster y la no correa del perro me ha hecho motivarme infinitamente más que al cretino éste su selección musical. Porque pocas motivaciones como el odio. Y he volado. Y ojalá que en mis carreras se repartan estos tres a lo largo de los kilómetros. Estos gilipollas, que mal rayo les parta, son mi única esperanza para poder reverdecer viejas marcas.

martes, 25 de octubre de 2016

Ya estaba así cuando llegué

“Carne de Bakunin” expandió su mente y llegó la obsesión, una más. Porque sí, aquí está de nuevo The Cansin One para contarnos lo rematadamente buenos que son…Klaus & Kinski.

Pues sí. Muy buenos. Y sí, una obsesión. Marina y Alejandro. Ya no están. Tres discos y unas cuantas canciones sueltas. No les dio la música para vivir y se hartaron. Cumplen uno de los requisitos fundamentales para ser objetos de mi devoción: ya no existen (el otro es estar muerto). He escuchado todo lo que he encontrado. He visto vídeos, actuaciones. He leído entrevistas. Hasta curioseé en el perfil en Linkedin de Marina. Obsesionado. Absorbido. Deslumbrado. Fascinado. Canciones descomunales como “Nunca estás a la altura”, “Por qué no me das tu dinero”, “Ya estaba así cuando llegué”, “Contrato”, “La pensión”. Lo bien que titulan: “Mengele y el amor”, “Tierra, trágalos”, “In the Goethe”, “Mamá, no quiero ir al colegio”, “Deja el odio para después de comer”, “Luego vendrán los madremías”. Unas letras que se adivinan muy buenas, pero es que Marina canta muy bajito y no vocaliza del todo bien (no conozco ni un murciano que lo haga). Tampoco sabe bailar y cantar a la vez. Y estamos enamorados de ella, por supuesto. ¿Su estilo? Nuestra intención es hacer canciones por deleite personal, manteniendo el tono casero. Nos gusta ser eclécticos, que es lo que se suele decir cuando se carece de estilo y personalidad. Discrepo, pero no voy a discutir. Hay tres tipos de canciones: las que me gustan, las que no me gustan y las que desconozco. Y Klaus & Kinski han conseguido meter en el primer tipo varias de las suyas, dentro del epígrafe –me gustan una barbaridad. Se fueron. A lo mejor Alejandro sigue haciendo música, porque era un fenómeno. Marina de clases. Alguna vez nos han llegado a relacionar con el rollo shoegazer por nuestro endémico desparpajo y salero en el escenario, lo que provoca una perfecta comunicación expresiva con nuestros pies. Alejandro dice que le gusta oír lo que dicen las canciones en mi vocecita. A mí también, Alejandro. Y he llegado a tiempo para vuestras canciones pero no llegué a tiempo de miraros a los pies. Y esto siento que me lo he perdido.

sábado, 15 de octubre de 2016

Vamos a ver

La relación proveedor cliente debiera ser de igual a igual pero no es así. Aquí el que tiene el poder siempre tiene en su mano el hacer uso de él. Durante la mayor parte de mi vida profesional estuve en el lado del proveedor y, bueno, sonrisas y buenas palabras. Ahora estoy en el lado del cliente. Y no me gusta abusar de la fuerza, pero ahora las normas las impongo yo. Y son mis normas. Además, ¿para qué he cumplido cincuenta años? ¿Para ser campechano, dinámico y de apariencia juvenil? Pues no. Ahora ya puedo quitarme la careta y mostrarme como lo que realmente soy: un viejo gruñón, intransigente y cascarrabias. Y así, vamos a ver si lo tenemos claro: a mí se me trata de usted. De usted. Soy una persona mayor. Si no, no hace falta que se esfuerce. Ese chaval que me tiende la mano muy sonriente en plan colega guiñándome un ojo. Vamos a ver, tío guiñitos. Si tiene usted un tic en el ojo, contrólelo. Si me está mandando un mensaje subliminal con aviesas intenciones, no preciso que me enseñe Cuenca. Si pretende ir de tío guay conmigo y piensa que así me voy a fijar en su catálogo, salga y vuelva a entrar. Inténtelo de nuevo. Pero la próxima será su última oportunidad. El que me mandó un presupuesto adjunto a un correo donde me explicaba los pasos a seguir en caso de haceptarlo. No sé si lo haceptaré. Aceptarlo desde luego que no. O aquel que se presentó mascando chicle (se han dado dos casos). Y no es que mascase chicle. Es que lo hacía con la boca abierta. Vamos a ver, ¿usted sabe por qué odio yo a Ferguson, a Irureta y a Joaquín Caparrós? Porque son tan cerdos como usted. ¿Qué le hace pensar que tengo gran interés en ver su campanilla? ¿Qué concepto tiene usted de mí para presentarse mascando chicle y, además, de esa manera? No hace falta que me entregue su oferta. No me interesa. O aquel que vino a entregar un presupuesto con pantalón corto blanco, camiseta de algodón ceñida blanca con cuello de pico y espardeñas blancas. Vamos a ver. ¿Estamos en Ibiza? ¿Pone ahí fuera en el rótulo de nuestra empresa after hours? Pues tiene tres opciones: o esperarse a que esto sea Ibiza, esperar a que cambiemos el rótulo o irse a casa a cambiarse y presentarse aquí vestido como Dios manda y no como un mamarracho. Lo dejo a su elección. O aquel representante que vino con una camisa de flores con sólo el último botón abrochado. Vamos a ver, señor Pectus Lupus. Podría pasar por alto el vergel que lleva en la camisa y su notable influencia en el efecto invernadero. Pero no puedo dejar de solidarizarme con sus ojales vacíos e infrautilizados. Tiene diez segundos para subsanar la injusticia.

Como he dicho no me gusta abusar de las posiciones ventajosas, y no sólo porque he estado muchos años en el otro lado y porque sé que todo puede cambiar en un momento y no conviene ir por ahí cerrándome puertas. Pero me encanta cuando me lo ponen a huevo.