jueves, 14 de enero de 2021

Yo no sé. Sólo sé

Me siento en la obligación de pagar una deuda. A pesar de mi afición a hacer listas, sería incapaz de hacer una con mis canciones favoritas. Da igual la cantidad: diez, cien, mil. Imposible. Empezaría e iría añadiendo conforme las fuese recordando o fuesen apareciendo. Y sería tan injusto con los descartes que prefiero ni planteármelo. Pero eso no quita que, si tuviese que elegir una, sólo una, lo tendría clarísimo. Y sé la respuesta desde que tenía… no sé. Seis, siete años. Y no es porque sea mi canción favorita. Es porque es mi canción. Y ésta no es otra que “Esta tarde vi llover” de Armando Manzanero. Y ahora que está tan reciente su muerte, siento que por lo menos tengo que citarlo, no tanto para darle las gracias (esto ya lo he hecho muchas veces durante su vida, por ésta y por otras canciones) como para…joder, pues porque era un grande. Y qué menos. Y para poder decir aquello que da igual donde estés porque eterno ya eres.

viernes, 8 de enero de 2021

Solsticio de invierno

Salí a rodar (solo) mis doce kilómetros reglamentarios. Volvía por el puente del tranvía por donde no pasa ningún tranvía. Bajando vi delante a uno que iba corriendo mientras se acomodaba unos auriculares y la capucha de un chubasquero. Lo pasé. Me saludó. Lo saludé. Dijo no sé qué. Como vi que tenía ganas de charlar y yo no tenía ninguna prisa, le esperé. Empezó a contarme que venía de hacer series. Le gusta hacerlas por el puerto. Allí tiene su circuito. También por el PAI de Nazaret. Me dijo que llevaba en esto del running (sic) desde principio de año y que tenía la teoría (menos de un año corriendo y ya tenía teorías) de que, si se va a competir en asfalto, las series hay que hacerlas en asfalto. Estaba entrenando duro. Se había propuesto preparar una 15K (sic) (segundo paréntesis, no sé cuál). Y tenía un objetivo ambicioso. Para ello había diseñado un plan de entrenamiento (menos de un año corriendo y ya preparaba planes de entrenamiento) que se resumía en pocos kilómetros pero siempre intensos, con un porcentaje muy alto de calidad.

Yo le iba escuchando. Tenía a mí lado a una gacelilla, a un tierno gazapillo. Me habría bastado medio zarpazo y un leve movimiento de mandíbula para haberlo descuartizado y haber despedazado sus restos. No lo hice. Le dije que ajá, que muy bien, que fenomenal, que por supuesto y que claro que sí. Nos despedimos. Nos dimos los nombres, para cuando volviésemos a coincidir. Se fue. Cruzando el Jamonero me sentía desconcertado. Lo había dejado vivo. Esto no me había pasado nunca. He disfrutado machacando cada gallito que se me ha cruzado por el camino tirando de marcas y de currículo. Me lo he pasado en grande tratando con condescendencia a todo corredor impúber con el pecho hinchado que me he encontrado. Y éste se fue crudo. Entero. Y se fue así porque no quise masacrarlo. No tuve ganas. No me apeteció. Y aquí entra mi desconcierto. ¿Qué me está pasando? ¿Fue sólo un momento puntual o hay algo más de fondo? ¿Es éste el camino hacia la misantropía, el de la desgana? ¿Estoy en la antesala de la vejez? ¿Me tengo que preocupar?

sábado, 2 de enero de 2021

Juan Valdés (segunda parte)

Conté, hace ya unos cuantos años, la anécdota (brillante) de cuando estábamos Maroto y yo en un local apoyados en la barra y vimos acercarse a un camarero muerto de risa. -Ahora sí que ya lo he visto todo. Toma nota: bombón descafeinado de máquina, del tiempo tocado de Baileys. (Y, como entonces, enlazo aquí sin venir a cuento “Juan Valdés”, de Los Enemigos, porque sí, porque es una canción que, cogiendo aceituna, siempre por estas fechas, me pasaba el día cantado –currando como un enano, de uno en uno cojo el grano. Pobre Juan Valdés (¡éste sí!), pobre Juan Valdés (¡éste no!)- y porque me apetece más que nunca cantar este año en que no cogeremos aceituna).

Me hubiera gustado ver la cara de aquel camarero cuando, el otro día, tras un almuerzo corredor bien ganado, Paco, siguiendo la estela de la mayoría, se pidió un cremaet. -Pero el mío, por favor, con café descafeinado.

Hablando de camareros. Estábamos en San Sebastián. Llegó la hora de los cafés. Mi turno.

-Querría un bombón. No sé si sabe lo que es.
-Aquí no hacemos guarradas con el café.
-Y un cortado, ¿podría ser?
-Podría.
-Gracias.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Tú vales, chaval. Castellón

De todas las competiciones que pueda haber, las más bonitas (o de las más bonitas) son las competiciones por equipos. Bonitas y crueles. Bonitas por el ambiente que tienes, por la convivencia, por cómo vive el grupo, el equipo, cada prueba, la competición. Crueles porque la presión es muy alta y no me refiero sólo a la que te ejercen los demás. Competir mal no es fácil de digerir. Fallarle al equipo cuesta mucho más de superar. Y el miedo a fallar te puede atenazar.

En el club de mi hijo hay un grupo de nadadores en categoría absoluta de buen nivel. Bueno, hay uno de categoría excepcional, tres o cuatro que son buenos y otros cuatro que se defienden. Haciendo números hablaron con el club para que los inscribiesen para la Copa de España. Dentro de la segunda división hay doce plazas a las que se acceden por concurso. Se presentaron y…hubo suerte. Bueno, suerte y marcas.

La competición estaba prevista que se celebrase en Castellón a mediados de diciembre. Mi hijo está en su primer año de junior y entrena con los mayores. Le comentó el entrenador que, para completar el equipo, y como reserva, lo iba a inscribir. Para él fue una inyección de motivación tremenda. Yo miraba las noticias y, dudando que se pudiese celebrar la competición, observaba rogando que, por favor, no la suspendiesen.

Pasaban los días y no mejoraban los datos. Pero la competición seguía. La Comunidad Valenciana estaba cerrada y tenían que venir nadadores de toda España. Pero la competición seguía prevista. Le dicen que lo van a inscribir en el cincuenta espalda. Es su peor estilo, pero todo sea por competir en la Copa. Una semana antes uno de los nadadores comunica que no podrá incorporarse hasta el sábado por la tarde. A mi hijo le toca sustituirlo en los cien y doscientos braza. Se acerca el fin de semana y nada parece que pueda detener la competición. Salen las listas. El nivel es descomunal. Viene un equipo de Madrid, escisión del Canoe, que acaba de hincharse a ganar medallas en los Campeonatos de España. Viene un equipo de Barcelona que ha fichado a unos cuantos rusos para la competición. Dos nadadores que han sido olímpicos. Nada de esto puede con la ilusión de mi hijo, de sentirse parte del equipo, de saber que va a vivir una Copa de España desde dentro. Yo, además, le refuerzo. Siempre nadas bien los relevos. Nunca fallas a tus compañeros. Lo vas a hacer bien. ¿Y qué es hacerlo bien? Dar más de lo que tienes. El puesto es secundario.

Salen un viernes por la mañana. Quedan para almorzar. Cogen los coches. Se van al hotel. Mi hijo, con sus dieciséis años, en un grupo en el que el siguiente tiene veinte. A media tarde se van para la piscina. Calientan. Comienza la competición. Está prohibido el paso a la instalación salvo para jueces, técnicos y nadadores. La competición se puede seguir a través de la página de la federación española. Si en la grada se sufre, detrás de una pantalla de ordenador se sufre por dos. Llegan los doscientos braza. Ahí está mi chico. Se tira. Pasa el cincuenta y el cien pegado a sus vecinos de calle. El segundo cien se le hace eterno. Se descuelga. Llega. Ha mejorado, en la misma prueba, sus marcas en cincuenta, cien y doscientos braza (se homologan). Nada que reprochar. Todo lo contrario. Hablo con él. Está contento. Ha sufrido más que en ninguna otra prueba que haya nadado en su vida pero ha sido valiente (palabras textuales –le he echado huevos. Hasta ahora moderaba su lenguaje delante de mí. El juntarse con los mayores le refuerza en todos los sentidos) y se siente satisfecho. Fenomenal entonces.

Sábado por la mañana. Cien braza. Ahí está mi chico. Sale valiente. Pasa el cincuenta bien (mejor que el día anterior) pero la vuelta no va. Se queda. Se descuelga. Toca. Sale el crono. Dos segundos y medio más que en el día anterior en el paso por el cien. Le escribo tratando de relativizar, preguntando si ha notado la fatiga del doscientos braza. Me responde con dos palabras.

-He fallado.

Le pregunto que si quiere hablar. No me contesta. A las cuatro y cuarto me escribe. Nada el cuatrocientos estilos. Le han cambiado la prueba con otro nadador. Estrategia de entrenador. Cuatrocientos estilos. No es lo mismo que, para terminar, te falte llegar a la esquina a que te falte llegar a la esquina pasando por el Mortirolo. Le llamo. Me lo coge. Está hundido. No se quita la prueba de la mañana de la cabeza. No se ve con ánimo para afrontar la prueba de la tarde. Tiene miedo. Está tocado. Sobrepasado. Me dice que esta competición no es para él, que le viene muy grande. Trato de tranquilizarlo. No te eches toda la responsabilidad sobre los hombros. Tú eres el chaval del filial al que han llamado para el primer equipo para completar la convocatoria. No llevas el peso. No eres el responsable. Estás para aportar en la medida de tus posibilidades. Aprovecha que estás allí para disfrutarlo. Que no se convierta en un mal recuerdo. No son tantos los nadadores que han nadado en una Copa de España. Y a ti esto ya no te lo va a quitar nadie. Sal ahí, cómete el cuatro estilos, haz tu carrera y nada más. El resto, el puesto, el tiempo, es secundario. Sal y nada un cuatrocientos estilos en una Copa de España. Sal y sube al Mortirolo en una Copa de España. Sólo por eso ya muy pocos podrán toserte a partir de ahora.

Cuatrocientos estilos. Ahí está mi chico. Estoy muerto de miedo pero, al verlo antes de subir al poyete, me tranquilizo. –Va a salir bien. Se tira. Hace una mariposa fabulosa (mejora su marca en cincuenta y en cien). Me asusto pensando en que se va a hundir. Pero no. Se descuelga pero va a su ritmo. Y pasa la espalda. Y la braza. Y llega el crol. Y toca. Ha mejorado en dieciocho segundos su marca en piscina de cincuenta. No paro de gritar y de saltar delante de la pantalla. Le escribo. Me contesta con un -¡VAMOS!- que lo dice todo. En una Copa de España (el mejor nadador del club, un tío que ha sido campeón de España en todas las categorías, incluida la absoluta. Un tío que ha tenido el record de España y que ha estado en competiciones internacionales con la selección, les dice –ahora sí que lo he vivido todo como nadador. Sólo me faltaba nadar una Copa de España con mis amigos, con mis colegas, con mi club. Y ya lo he hecho, lo hemos hecho) has nadado de una manera fabulosa levantándote después de haber caído. En un cuatrocientos estilos has vuelto a demostrar y a demostrarte lo que eres y de lo que eres capaz. Porque tú, hijo mío, no eres el mejor (en un deporte que se mide con el cronómetro no hay mucha posibilidad de mentira). Pero sí eres el más grande. Porque tú, hijo mío, eres extraordinario.



jueves, 24 de diciembre de 2020

viernes, 18 de diciembre de 2020

Son cuatro mil setecientos treinta y cinco días, son

Vamos a suponer que la tierra es una esfera perfecta. Dicha esfera tiene un radio de seis mil trescientos setenta y un kilómetros. Aceptamos este dato como bueno. Si no ha cambiado la fórmula, diremos entonces que la distancia mínima que hay que recorrer para dar la vuelta al mundo es de cuarenta mil treinta kilómetros.

Desde el uno de enero de dos mil ocho me apunto semanalmente todos los kilómetros que hago corriendo. Saco promedios, comparo un año con otro y voy sumando también los totales. Y este jueves diecisiete de diciembre de dos mil veinte llegué a los cuarenta mil treinta kilómetros. Me ha costado casi trece años dar la vuelta al mundo corriendo (bueno, recorrer la distancia. Viajar, he viajado poco). Cuatro mil setecientos treinta y cinco días. Lo habría hecho antes sin lesiones ni confinamientos, pero bien está así. Me sale casi a ocho kilómetros y medio diarios. Algo más de cincuenta y nueve semanales. Tres mil ochenta y seis anuales. No voy a decir que objetivo cumplido porque esto no era un objetivo. He pasado por el hito y, porque puedo, chuleo. Y sigo. Y si paso por otro hito que sea rimbombante, pues hala. Y seguiré. Corriendo. Chuleando. Porque puedo.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Test de inteligencia

Dentro del término municipal de Picassent se encuentra un centro penitenciario. Yo trabajo en Picassent, concretamente en el polígono. Cada vez que digo dónde trabajo, la probabilidad de que alguien haga un chiste relacionado con la cárcel es del cien por cien.

Vamos a ver, señores. No. Ése no es el camino. Vamos a dar un paso más. Está bien tratar de ser gracioso, de intentar crear buen ambiente pero no podemos quedarnos ahí, en lo obvio. No podemos ser de los que esperan que alguien diga cinco para hacer su gracia. Hay que esforzarse. El domingo pasado, día del maratón de Valencia, salí a correr pronto, me metí en el recorrido, hice un rato, di la vuelta, volví por donde había ido y, casualmente, me crucé con la media y el maratón y pude verlas. No había un alma por la calle. Sólo los voluntarios que cortaban calles y se preparaban para los avituallamientos. ¿Cuántos, a la ida, me dijeron -¡que vas el primero!- (un clásico cuando calientas por cualquier circuito un día de carrera) y -¡que vas al revés!- a la vuelta? Pongamos dos de cada tres. Mal. No. De verdad, agradezco la intención pero me sabe a nada el esfuerzo. Vamos a esmerarnos. Vamos a intentarlo. El ingenio existe pero hay que trabajarlo. No podemos quedarnos en lo fácil, en lo de siempre. Hay que aportar. Hay que crecer. Al terminar de correr siempre estiro. Varios de los ejercicios los hago apoyado en una pared. Tres de cada cuatro personas que pasan, sean conocidos o no, me dicen que si estoy sujetando la casa, que si la voy a mover, que si no sé qué de la Torre de Pisa. Innecesario. Que no. Tenemos que exigirnos, ser brillantes, originales. ¿Queremos ser graciosos? Pues vamos a serlo, pero de verdad. Con estilo. Con clase. No somos obvios. Vamos a dar el paso siguiente. Vamos a esforzarnos. Vamos a crecer.

viernes, 27 de noviembre de 2020

El mejor amigo del hombre

Si mobiliario viene de movimiento, ésta es la foto del mueble más mueble que tenemos en casa. Llegó cuando mi hijo daba sus primeros pasos. Fueron muchos los partidos en el pasillo. Al principio me ganaba a trampas. Luego ya, sin trampas. De los partidos pasamos a los tiros a puerta, a los juegos a un solo toque. Más tarde, a las tandas de penaltis. Mi hija también se apuntaba. Luego ya dejamos de jugar. Pero el balón nunca se fue. Siempre está. En todas partes. No tiene un sitio fijo. Donde lo vemos, lo pateamos. A la escuadra del sofá. Al marco de cualquier puerta, tratando de que dé en los dos palos y luego entre. El balón es el mueble que más ejerce como tal y que, además, realiza una labor psicológica primordial donde las haya. Puedes ir pensando en cualquier cosa. Puedes estar decaído. Enfadado. El balón tiene el don de aparecer entonces en tu camino. Y logra que, un segundo después, hayas marcado el gol de la victoria, con lo que eso significa. Y que lo celebres como corresponde. Y, si fallas, pues marcas el rechace, que también da mucha alegría. Y problema olvidado. El mueble más mueble no tiene más que ventajas. Siempre está en el sitio oportuno. El mejor amigo del hombre. Nuestro mejor amigo.

sábado, 14 de noviembre de 2020

El coche de mi padre

No aparentaba tristeza. Ni pena. Nada. Tan tranquilo. Sin parar de hablar. Yo tenía un nudo en la garganta. Estaba sacando su coche del aparcamiento sabiendo que no iba a volver. El último viaje. Me explicaba por dónde ir. Sabía que no era por ahí, que tendríamos que dar vuelta pero quería dejarle decidir. Tenía ese derecho. Era su coche. Su último coche. Me pidió que se lo llevara. Se iba a deshacer de él. No está ya para conducir. Ha sido capaz de reconocerlo. Mis padres se han hecho mayores. Son mayores. Lo viven de manera distinta. Mi madre intenta aparentar que está mejor de lo que está y siempre anda haciendo cosas que no debe. Mi padre es a la inversa. Se recrea contándonos lo fatal que se encuentra y disfruta bromeando con lo poco que le queda. Y aún tiene cuerda. Pero son mayores. Se han hecho mayores. Mi padre ha perdido visión en un ojo. Se siente inseguro al volante. Cada viaje es una aventura. Y ya no. Ya no. Y me llamó para que le llevase el coche al concesionario que lo va a intentar vender. Y, a mi lado, no paraba de hablar. No daba importancia al hecho. Y no era un elemento mecánico (y electrónico) el que hacía su último viaje. Era el coche de mi padre. Y el coche de mi padre ha sido un Ochocientos cincuenta, un Mil quinientos, un R-12, un Supermirafiori, los tres Peugeot cuatrocientos algo. El coche de mi padre es parte de mi vida, de la vida de mi familia, de cuando yo era un niño, de cuando éramos seis. Y tuve que ser yo el que condujese aquel coche, el coche de mi padre, por última vez, el que cerrase su puerta, el que le diese la llave al vendedor. Nos volvimos dando un paseo. Le acompañé. Él seguía hablando de sus cosas. Le escuchaba. Aguanté. Nos despedimos. Me quedé solo. Todos los días empieza y termina algo. Depende de nosotros cómo queramos solemnizarlo o relativizarlo. Pero no fui capaz de relativizar que el coche de mi padre ya sea pasado, que esta página se haya cerrado. Y lloré. Lloré desde mis pocos meses. Lloré por todos estos años.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Contigo en la distancia

Hoy tenía que haberse celebrado la Behobia San Sebastián. Éste era nuestro fin de semana anual donostiarra. Llegará el día de ajustar cuentas con el virus, lo que nos dio y lo que nos quitó. Y la congoja que tengo desde el viernes a mediodía y la nostalgia que siento por no estar donde tendríamos que estar (no sé si se puede usar la palabra nostalgia para reflejar lo no vivido, pero que me denuncien) hará que pase factura por esto.

La carrera llevaba tiempo suspendida. Pero dejaban correr en San Sebastián. No descarté respetar la tradición y mantuve este fin de semana marcado en rojo en el calendario. Laboralmente ya lo tenía organizado. Y la cosa empezó a ponerse fea. Y cerraron Aragón. Y Cataluña. Tenía que dar demasiado rodeo. Castilla La Mancha. Murcia. Todo cerrado. Luego ya llegó Ximo y su peluquín y tomó la heroica decisión de cerrar la Comunidad Valenciana. Ya no es que no pudiera entrar. Ahora tampoco podía salir. Y Jose desde Madrid no lo tenía mejor. Y Fer, en San Sebastián, tampoco nos auguraba un buen recibimiento por parte de la Ertzaintza. Tiramos la toalla. Quitamos el rojo del calendario.

Mi vida corredora actualmente es muy placentera. Mantenimiento físico y mental. Cinco días a la semana, unos sesenta kilómetros totales y a ritmos bastante llevaderos. Por supuesto que echo de menos a las carreras pero, hasta que vuelvan, tranquilidad. No me lesiono así que, a lo mejor, estoy prolongando mi vida corredora. Sólo una cosa me preocupa y es que me he acomodado y me veo incapaz de hacer calidad. Ni pizca de ganas de hacer series ni de sufrir. Confío en el poder de la mente y en que, cuando vuelva a tocar, dé un paso al frente, pero empiezo a no estar seguro, si alguna vez llega ese día, de que mi mente vaya a ser tan poderosa.

El jueves pasado tenía que haber salido a correr. Pero estuvo lloviendo todo el día. Bueno, no llovió. Debe de haber otros verbos para reflejar lo que pasó aquí el jueves pasado: jarrear, diluviar. Una barbaridad, vamos. Laboralmente el día también fue muy intenso. Así, había salido de mi casa a las seis y media de la mañana y, por el agua, llegué casi a las ocho de la tarde. En el grupo tentaron para salir a rodar pero mi cuerpo se refugió en el sofá. Estaba muerto. Ello me obligó a salir el viernes por la tarde. Y estuvo bien. Ayer sábado hubo una prueba de la copa del mundo del triatlón en Valencia. Y ese viernes salí por el puerto y me fui cruzando con tíos que se veía a la legua que eran de élite con camisetas de distintas nacionalidades y que iban en bicicleta o corriendo y charlando a ritmos en los cuales nosotros no llegaríamos a decir dos sílabas y que saludaban al pasar. Muy majos. Y ya el sábado nos dimos por la mañana nuestra habitual vuelta de dieciséis kilómetros por el estanque de Cabecera, subiendo bien y bajando mejor. Noté fatiga al final por la salida del viernes pero no demasiada. Ahora, después de ducharme, cuando me senté, pensé: como haya un incendio muero aquí sentado. Estaba cansado y con colmo.

Jose, Fer y yo tenemos en grupo que, normalmente, es muy tranquilo y que este fin de semana ha tenido bastante actividad. Charlábamos el sábado y, en éstas, Jose dijo que él pensaba hacer la Behobia. En Majadahonda o donde fuera, pero que iba a salir a hacer veinte kilómetros el domingo. Antes de que mi dolor de piernas pudiese decir nada, ya le había respondido. –Dime la hora. No vas a correr solo. Contigo en la distancia. Fer se comprometió a salir a aplaudir y a animar (su especialidad), y así quedamos.

A las once salía esta mañana de casa. Ni cansancio ni nada. A por los veinte kilómetros. El plan era sencillo: vas, corres diez kilómetros y ya no hay más narices que volver. He decidido ir hacia el sur. Me he acercado al puerto, he girado hacia la derecha, he cruzado por el puente de Astilleros, he bordeado Nazaret cerca del muro, me he incorporado al carril bici, he llegado a la playa de Pinedo, he seguido por el paseo hasta el Saler, media vuelta y ya directo hasta el Jamonero y, de ahí, a casa. Día primaveral. Miles de ciclistas por el carril bici (nada que protestar. Era yo el invasor). Millones de personas por la zona de la playa (nada que protestar. Estaban en su derecho). Todas las fuentes cerradas (no he bebido agua hasta el diecisiete. Aquí sí que he protestado. Será legal, pero protesto). Me lo he pasado fenomenal. Ni rastro de fatiga. El poder de la mente. Hoy tocaba honrar a la Behobia y acompañar en la distancia a Jose y lo he hecho como correspondía, yendo vivo y cómodo y volviendo apretando y disfrutando. No ha sido lo mismo porque nada puede ser lo mismo. Seguiremos ajustando cuentas cuando corresponda. Pero esta mañana me he sentido bien. Con congoja. Con nostalgia. Muy bien.

martes, 27 de octubre de 2020

Never live like common people

En la radio estaban haciendo un especial con canciones del llamado Britpop. Sonó “Disco 2000”. Llegué a casa. Volví a escucharla. Pulp. Veo que también son de Pulp “Common people” y “Miles end”, canciones que me gustaban pero que nunca me preocupé de saber de quiénes eran. Tiro del hilo. Escucho. Leo. Veo vídeos. Conozco a Jarvis Cocker. Me enamoro de Candida Doyle (los teclados sobre un escenario embellecen sobremanera hasta a las personas más discretas). Desgasto “Different class”, uno de los discos más redondos que haya escuchado nunca. “His ‘n’ hers”. “This is hardcore”. Muy buenos. Me hago una lista de canciones de donde no puedo salir: “Mis-shapes”, “I spy”, “Live bed show” (puro Bowie), “Monday morning”, “Bar Italia”, “Lipgloss”, “Babies”, “Do you remember the first time”, “Something changed”, “Party hard”, “Underwear”, “Cocaine socialism”. Y “Common people”, canción que, como he dicho, conocía, explota ante mis ojos y se convierte en el himno que lleva veinticinco años siendo. Y descubro sitios donde me hubiera gustado estar. Y donde podría haber estado.

Nacimos demasiado tarde. Esta frase nos ha acompañado a Sanfélix y a mí desde que nos conocemos. Tenemos innumerables argumentos que confirman nuestra tesis. En cuestión de música o de literatura, cualquier tiempo pasado fue infinitamente mejor. No niego que, en mi caso, hubiese algo de pose. Me gusta ser un listo y cada día más, sobre todo porque cada vez tengo menos dudas de tener razón. Y naciendo demasiado tarde viví demasiado tarde. Porque a los Pulp los tuve ahí, delante de mis narices. Jarvis bailaba como un karateka mientras yo estaba en otro sitio anterior. Estaba muy bien, pero en otro sitio. No fui ajeno a mi tiempo (Nacha Pop, Prefab Sprout, Los Enemigos o El Niño Gusano pueden dar fe) pero fueron excepciones. Soy un listo y estoy en posesión de la verdad. Pero los Pulp han sido un golpe en mi línea de flotación, un gol por toda la escuadra. He perdido veinticinco años por ni siquiera mirar lo que tenía delante. Y ahora me arrepiento.

jueves, 22 de octubre de 2020

Y última

Había ido a estudiar a la biblioteca. Antes de marcharse pasó a la cafetería y se sentó con un grupo a tomar algo. Estaba animado el local, con bastante gente, estudiantes todos o, al menos, con edad de serlo. En una mesa cercana estaban sentadas dos chicas. Notó que una de las chicas le miraba. La sorprendió varias veces. Él también comenzó a mirarla. Le sorprendió varias veces. Llegó el momento de irse. Se levantó. Para salir tenía que pasar junto a la mesa de las dos chicas. Al llegar a su altura sonrió y, sin hablar, le dio a la chica de las miradas una flor de papel que había hecho con unas servilletas. La cogió. Sonrió. Dijo gracias. Salió. Fin de la escena primera.

sábado, 3 de octubre de 2020

Drácula

Me sentí dolido cuando me miró con cara de –paleto- al responder -no- a la pregunta de si me había leído “Drácula” de Bram Stoker. A ver, no me gusta pasarlo mal. Lo que tenga que ver con el terror o los sustitos o la angustia no me apetece. Además, ya me había leído “Frankenstein” y había tenido bastante. Este último argumento es un rato estúpido, porque a ver qué tiene que ver Frankenstein con Drácula pero, en mi mente, van de la mano. No sé por qué. Siempre salen en la misma frase. Todo esto lo pensé. No argumenté el porqué no. Pero, seducido por la vehemencia con la que me habló de esta novela, y dolido en mi amor propio por su mirada, decidí darle al libro una oportunidad y lo rescaté de la estantería de biblioteca.

Ya lo he terminado. Para evitar pasar malos ratos y ahorrarme sustos o similares, lo primero que hice fue buscar un resumen y leérmelo. Una vez vacunado, me leí el libro. Casi del tirón. Se lee muy bien. La estructura me gustó, construida a base de fragmentos de diarios o de cartas, escritos cada vez por uno de los personajes. Y es interesante la novela, singular, ágil. ¿Brillante? No. Para mí la novela tiene un pero que me impide ponerle una nota más alta (y no es sólo, mis queridos mal pensados, para no darle la razón al que reparte miradas altivas).

El pero es que todos los personajes protagonistas (menos el conde (un fenómeno) y el loco Renfield (un cansino)) son unos capullos de tomo y lomo, una panda de pijos británicos (y un estadounidense, que es al que le toca palmar al final. No iba a morir un inglés, no) del siglo XIX (sólo hay tres que trabajan, pero, aunque no se dice, debieron pedir una excedencia en lo que dura el libro, porque vamos, ni un palo al agua) más cursis que yo qué sé, no tan histriónicos como los personajes de Frankenstein (tengo que compararlos, ya que siempre están juntos) pero siempre con los sentimientos a flor de piel, con unas exaltaciones de la amistad (cuando no se han tomado siquiera un té juntos, muchísimo menos tocado de anís que diese algo de credibilidad), una admiración y un reconocimiento de los unos por los otros permanentemente expresados (refuerzo positivo elevado a la k-ésima potencia) que suena ridículo (¡coño! ¡Que os acabáis de conocer!), con un Van Helsing (un abuelete que ha sido interpretado en el cine por Hugh Jackman. Olé ahí) que tiene una leche con la mano vuelta de romperte los nudillos. Así, al principio del libro, con Jonathan Harker pasando calamidades en el castillo del conde Drácula, pues sufres y simpatizas con él. Además, está mi proverbial bonhomía, que hace que vaya siempre con los buenos. Pero conforme iba avanzando con el libro, leyendo los diálogos y los pensamientos de estos gilipollas, me he hecho tan fanático de Drácula (dudo mucho que éste fuese el objetivo del autor, de ahí su aprobado ramplón) como de Fernando Torres (espectacular su documental). Y he seguido la segunda mitad del libro como se sigue una prórroga. Y como el final también es muy colchonero (¡huy! ¡Casi!), que viva el conde Drácula (y sus vampiresas) y que vivan los malos cuando son menos insoportables que los buenos.

martes, 22 de septiembre de 2020

L'utilisation aveugle de la technique de name-dropping et ses conséquences nulles

Dentro de la sección “me da igual que no interese a nadie”, hoy voy a escribir sobre un tema de gran trascendencia: las canciones (cinco) que tardé en descubrir que eran originalmente francesas. Iré siguiendo el orden cronológico que dicte mi memoria. El esquema será sencillo: canción escuchada primero, quizá alguna otra versión que me apetezca poner y versión original en perfecto francés. Poca prosa. Datos concretos. Si acaso, recordar a Facundo Cabral en su “No soy de aquí” quien, al hacer relación de todas las cosas que le gustaban (tenía un gusto excelente y estuvo toda la vida añadiendo versos a la canción), incluía también las canciones en francés.

“Beyond the sea”. George Benson y sus punteos silabeados. La versión de Bobby Darin también es muy agradable. “La mer”. Charles Trenet.

“My way” de Frank Sinatra (la de Nina Simone es mejor). Ya escribí sobre esta canción, así que abreviaremos: “Comme d’habitude”. Claude François.

“Un anno d’amore” de (¿la sin par, excelsa, fabulosa, maravillosa?) Mina. Nadie la ha cantado como ella, pero a Nino lo que es de Nino. “C’est irréparable” de Nino Ferrer.

“I wish you love” de Rosemary Clooney (tía de). Esta canción la han cantado todos, pero me quedo con Rosemary. Con ella hasta me creo (poco) la letra (en inglés), en la que le desea lo mejor a aquel con quien acaba de romper. “Que reste-T-il de nos amours” de (otra vez) Charles Trenet. La letra original (todo un canto al desamor), mucho mejor.

Y “Watch what happens” de Sergio Mendes & Brasil 66 (gran año). Mi favorita también, aunque la de Chris Montez consigue un segundo puesto muy digno. La original, “Recit de Cassard” (no estoy seguro de que se titule así) de Michel Legrand, de la película “Los paraguas (parapluies) de Cherburgo (Cherbourg)”.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Yo tenía que haber nacido en otra familia porque aquí estáis todos atontaos


Cinco minutos más

No había mucho que esperar. Épocas malas. Sueños descuidados y designios en vano.

Cigarrillos a medias, como sus conversaciones con amantes. No le van los pulmones, pero sí el corazón.

Tiene esperanzas. Muchas. Pero no ganas.

Pelea por lo que quiere, hasta mata, pero lo hace por los suyos; puños rígidos, pero corazón grato.

Sabe lo que tiene, hasta que lo pierde, y actúa antes de pensar, pero no se arrepiente, porque él nunca falla.  

No da abrazos, dice que eso es de débiles, ni gasta su tiempo en tonterías, aunque sus ojeras le delatan.

Tampoco da besos, eso es para gente que se quiere, y él no quiere, idolatra.

Nada le hace temblar, es aburrido a veces y piensa más de lo que dice, pero siempre pide cinco minutos más cuando le ponen a Sinatra.

Este texto es de mi hija. Lo he copiado literalmente. Todavía no ha cumplido catorce años. Antes sentía fascinación por ella. Ya es devoción.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Porque en agosto, por las noches, refresca

Bueno, eso de que refresca vamos a dejarlo. Porque no sé cuántas olas de calor hemos tenido (o, realmente, una sola). Y nuestra habitación da a levante y la pared de la misma absorbe el calor que para qué. Y si a eso añadimos las riñas de gatos nocturnas, los cien mil pájaros que vienen a canturrear al alba a la higuera que tenemos junto a la ventana, el cachorro de perro de la casa vecina que está descubriendo al mundo y a sí mismo y lo hace ladrando, y un gallo cercano de garganta prodigiosa y un ansia descomunal por demostrarlo a cualquier hora, cada mañana me levantaba recitando aquello de “feliz aquel que huye del mundanal ruido” y pensando que empiezo a no estar preparado para tanta belleza de la vida bucólica.

La vida con mascarillas tiene alguna cosa buena, especialmente para los que tendemos hacia la asociabilidad (o, por decirlo de otra manera, para los que cada vez aguantamos menos a la gente o, mejor dicho, cada vez aguantamos a menos gente) y aún tenemos ciertos complejos que nos impiden decir no o vete a hacer puñetas. Así, pensando en el bien común, y de manera absolutamente generosa, mi vida pública (por decirlo de alguna manera) durante estas vacaciones ha sido escasa. He comprobado, tanto en la Aldea como en la Capital, que el concepto Unidad Familiar es de una elasticidad asombrosa (es gracioso reencontrarte con hermanos y sobrinos con la mascarilla puesta y ver qué poco dura) y lo difícil que es luchar contra lo que es natural. Y, dentro de esa naturalidad, los que somos prudentes y sólo tenemos cien posibilidades de contagio por hora criticamos a los que tienen ciento una por su inconsciencia y a los que tienen noventa y nueve por su obsesión enfermiza.

Y la asociabilidad se ha convertido en lectura. Cinco libros han caído estas vacaciones. Me terminé “Manual para mujeres de limpieza” de Lucia Berlin, que había dejado a medias el verano anterior (y que confirmó mi idea de que Lucia Berlin no es para tanto. Si alguien tiene interés, con leerse su biografía ya tiene todos los relatos leídos). Seguí con “Tres maneras de inducir un coma” de Alba Carballal, de quien se dice que es la nueva Eduardo Mendoza. Y yo soy el nuevo Carl Lewis. Más tarde me leí “Los asquerosos”, de Santiago Lorenzo, y ni sí ni no sino todo lo contrario. Luego llegó “2666” de Roberto Bolaño y aquí me tengo que detener porque llegamos a un hito. No voy a hacer una reseña. Sólo puedo decir que me leía las páginas de diez en diez, de quince en quince, de cincuenta en cincuenta. No podía parar. He pasado de mirar a Bolaño con retintín (salvo las cien primeras páginas de “Los detectives salvajes” no entendía tanto furor por él) a convertirme a su secta. No tengo calificativos suficientes para ensalzar este libro. Como tampoco los tengo para “El gigante enterrado” de Kazuo Ishiguro, escritor al que no conocía (y es premio Nobel) pero que ya no se me escapa. Una novela esta última que comienza de una manera lenta, tediosa, casi anodina y que va creciendo conforme el novelista va retirando con una habilidad enorme “la niebla” (esto último lo entenderán los que la hayan leído) de nuestros ojos hasta, al menos en mi caso, desbordar en muchos momentos mi capacidad de emocionarme. He leído en varios sitios que esta es una novela que nunca se termina (aunque el final es…) porque siempre te acompaña y creo que va a ser cierto. Hablaba el otro día con Kyezitri (culpable de la lectura de uno de estos dos últimos libros al cien por cien y del otro al cincuenta) de los escritores que te empujan a no escribir y Bolaño e Ishiguro son dos de ellos. Porque esa capacidad de narrar, ese sentido del ritmo, esas historias, esos personajes, esa estructura, ese uso del lenguaje…eso es talento. 2020 será el año de muchas cosas, casi todas malas. Pero, para mí, al menos por ahora, será el año de “Vida y destino”, “2666” y “El gigante enterrado”. Y compensa.

No ha sido un verano muy musical. Una conversación con mi hermana pequeña (que musicalmente es casi tan lista como yo) con un par de cervezas haciéndonos confesiones inconfesables y deslizando nombres como Justin Bieber, Gloria Estefan, Sugababes, Beyonce, Olivia Newton-John, Dua Lipa, Ariana Grande o Kylie Minogue. Alguna noche que bajé al bar de la piscina y vi que siempre tenían la misma música (iba a decir que siempre tenían la misma cinta puesta), con canciones españolas ochenteras y charlamos sobre Gabinete Caligari y sus mejores momentos (“La sangre de tu tristeza”, “Camino Soria”, “Tócala, Uli”, “Que Dios reparta suerte”, “Sólo se vive una vez”, “El calor del amor en un bar”) y poco más. No hemos llegado a poner música este año. Nos quedamos con las ganas Javier y yo de hacer una sesión de Britpop que teníamos preparada y que hubiera tenido el éxito de crítica y público habitual. Aún así, quiero reseñar que, a pesar de haber escuchado poco, se han presentado tres canciones en mi vida con la intención de quedarse (y yo encantado): “Estar triste también es bonito” de Antifan (con una letra fabulosa), “The sands of Mexico” de los Chieftains (que recuerda a Buena Vista Social Club y tiene una historia detrás muy interesante) y “My future” de Billie Eilish (mi hija tenía razón).

No hubo este verano mejor carrera del mundo, aunque el día trece de agosto salimos unos cuantos a hacer el recorrido porque una cosa es que no hubiese carrera y otra muy distinta que no haya habido carrera. Eché de menos Fuentelespino, Garcimuñoz, Alconchel, Tresjuncos, Montalbanejo. Pero rodar por el Secarral sigue siendo algo inenarrable y muy pocos días perdoné el dar una vuelta. He salido solo y también bien acompañado (a veces es muy fácil ser social). Con Luis Enrique, con Nacho, con mi hijo, con Javi, con Javier y sus rodajes galantes (le encanta hacerse el encontradizo). Y luego han estado las salidas con Fernando, que más que salidas eran rutas, buscando sitios, tratando de ver corzos, disfrutando y siempre a buen ritmo (yo. Fernando iba tocando la guitarra). Algún día se nos fue de las manos y llegamos hasta diecinueve kilómetros, hartos de subir y bajar y volviendo desatados que nos quedábamos sin luz. Quizá fueron estos los únicos metros de verdadera calidad que haya hecho en meses. Sin carreras a la vista (la semana pasada suspendieron la Behobia. Este lunes, el maratón de Valencia) pocas ganas de hacer series y cambios de ritmo tengo. Pero de correr no se me van las ganas. Sigue siendo un placer en sí mismo. Y en el Secarral, EL PLACER. Con mayúsculas.

Nuestra excursión anual de título “quién te ha visto, quién te ve” nos llevó este año al Molino Blanco, en Carrascosa. Y así como otros años estas visitas tenían un poso amargo este año fue todo lo contrario. Lo han arreglado, han echado gallinas (y un borrico), han puesto un merendero y, los fines de semana, puedes almorzar allí como un campeón. Además han hecho un canódromo que están empezando a explotar. Nos acercamos un domingo con las bicicletas a ver las carreras de galgos y disfrutamos del ambiente y confraternizamos con los Montoya, los Carmona, los Heredia y con la Benemérita, que merodeaba por allí. No apostamos. Eso nos faltó. Tampoco hizo falta.

Y poco más. Le cerveza sigue estando igual de buena y he vuelto a prometerme a mí mismo que no beberé nada con gas en meses. Me ha llamado la atención lo disciplinada que es la gente con el uso de las mascarillas. Incluso los moteros. Los veías en sus motos circulando por la Aldea con la mascarilla puesta. El casco no lo llevaban. La mascarilla, sí. Cada uno es libre de elegir de lo que no quiere morir. Contar las veces que pasa Juan en patinete o en moto por delante de casa sigue siendo entretenido. Las vistas de Toledo desde la zona de los cigarrales siguen siendo un espectáculo grandioso, similar a corretear por sus calles al amanecer. Vamos a comenzar a apadrinar casetas de campo. Hugo tendrá que aprender a vivir sin “canguitos” aunque ya sabe dónde está Albacete. Los sustos que costará superar. La ausencia que no se superará nunca. Ahora nos vamos pero no estaremos mejor. Qué bien se está donde se está bien.

lunes, 31 de agosto de 2020

Porque en agosto, por las noches, refresca: los esforzados de la ruta

Planeamos irnos hasta Manjavacas con las bicicletas. Que no hubiese Traída este año no significaba que no fuésemos a hacer una visita. Somos unos sentimentales. Normalmente para la Traída formamos dos grupos. Unos salimos desde la Aldea con la primera luz, vamos en bicicleta hasta Mota pasando por Monreal. En Mota dejamos las bicicletas y nos vamos corriendo hasta la ermita de Nuestra Señora de Manjavacas. Y allí nos unimos a los moteños que acompañan (que se traen) en procesión (corriendo) a la imagen de la Virgen desde la ermita hasta el pueblo. Un segundo grupo sale en bicicleta desde la Capital y, pasando por Santa María, va directo hasta la ermita. Acompañan también a la procesión (detrás y en bicicleta). En Mota ya nos juntamos y hacemos la vuelta juntos, en bicicleta, pasando esta vez por Monreal.

A las ocho y media habíamos quedado Fer y yo en la Capital. Los únicos sentimentales. El Moro estaba que sí, que no, que no tengo bicicleta, que a ver si la tengo. A las nueve menos veinte salimos. Cero nubes en el cielo. Temperatura que ya avisaba que los veintititantos grados no los íbamos a ver.

A las nueve y cinco llama el Moro. Tengo la bicicleta. Volvemos a por él. Nos encontramos. Y ya partimos, definitivamente, El Trío Sentimental. Primera etapa: Santa María.

Lo primero que he de decir (en el cuarto párrafo) es que los tres que íbamos somos del mismo pelaje. Ni relojes inteligentes, ni GPS, ni nada parecido. No sabemos nunca ni cuántos kilómetros hacemos, ni el desnivel que acumulamos, ni los promedios. Y nada ni nadie nos va marcando el camino. Nos basamos siempre en nuestra intuición, en nuestra experiencia y, sobre todo, en la posición del sol. Y sol había. Todo. Nada que temer.

Para ir a Santa María cogimos un camino del que, constantemente, salían ramales. Como el Moro se sentía muy seguro, pues nada, le seguíamos sin ceder a las tentaciones en forma de cruces. Nos gusta ir a Santa María pasando por Sahona para poder decir aquello de –qué pena. Con lo que esto fue- y la idea era pasar por allí. El caso es que llegamos a Santa María y ni rastro de Sahona. No sé por dónde fuimos. No era por donde otras veces pero, como habíamos llegado, no protestamos. Allí nos hicimos una foto junto al letrero de la calle Posturas, otra junto al letrero de la calle del capitán Palomo, bebimos agua y para Manjavacas.

No sé cuántos kilómetros habrá entre Santa María y Manjavacas. Pongamos quince. Hicimos veinte. No exagero. Fer empezó guiando. Desertó. El zig-zag cobró una nueva dimensión. Desandamos no sé cuántas veces. Algún Ser Superior se apiadó de nostros y nos puso una higuera a mitad de camino. Nos atiborramos de higos. Cada caseta blanca que aparecía en la lontananza se convertía en el objetivo. Trescientas veinticinco casetas blancas después, acertamos. Viva la Virgen de Manjavacas. Allí dimos una vuelta, descansamos, nos hicimos una foto junto a una imagen en cerámica que homenajea a la Traída (todos los Anderos (y Anderas) tienen la misma cara), llenamos los bidones en una fuente (agua salobre. Imbebible) y vuelta para Santa María.

Los quince kilómetros de la vuelta los hicimos en catorce novecientos. Espectacular. Cogimos un camino y nos llevó del tirón. Estábamos pletóricos. Nos autoimpusimos con orgullo, honor y merecimiento la medalla de los (no tan) Jóvenes Exploradores. Tiramos el agua salobre, rellenamos y a por la última etapa.

No había nada que temer en la última etapa. Desde Santa María se ve la Capital. El castillo, en todo lo alto, nos servía de guía. Sólo había que volver por donde habíamos ido. Y eso hicimos. O no. Yo todo el rato iba viendo la iglesia de El Pedernoso enfrente y el castillo a la iquierda. –Estoy empezando a ponerme nervioso. –Tranquilo, enseguida sale un camino hacia la izquierda y lo cogemos. –Oye… -Tranquilo. –Es que… -Tranquilo. –El caso es… -Tranquilo. Y ya cuando pasamos junto al cartel que nos anunciaba que acabábamos de entrar en El Pedernoso advertí que el próximo que dijese tranquilo sería servido en caldereta. Sin cruzar la carretera, por fin, cogimos una pista y nos encaminamos teniendo el castillo enfrente.

Todo el paisaje de los lugares que he mencionado es muy manchego. Hay muy pocos árboles (la de la higuera fue la única sombra que tuvimos) pero el colorido es precioso. El verde de las viñas, el rojo de la tierra, el amarillo de los sembrados recién segados. Es un paisaje que no cansa. Salvo el de El Pedernoso. Esto es de una aridez insufrible, con una tierra de un color grisáceo blanquecino cercana al horror. El paseo por aquella pista, con un sol que ya no sabía cómo torturarnos más, con unos montones de estiércol que no nos dejaban respirar y con unos cuantos buitres volando sobre nosotros no podía ser más deprimente. Pero sí podía. La pista se convirtió en camino. El camino, en senda. Y, la senda…se acabó. Estábamos en mitad de la nada. Cargando con las bicicletas fuimos cruzando barbechos hasta que, por fin, llegamos al camino que pasa por detrás de la antigua caseta del Butano, un camino conocido. Nos faltaban seis kilómetros pero ya estábamos en casa.

El último tramo, antes de entrar al pueblo, es de subida. En mitad de la misma, el Moro se paró.

-No puedo más.

-Pero hombre…

-¡QUE NO PUEDO MÁS!

Silencio.

Cinco minutos después.

-Vamos.

Entramos. Era la una y cinco. Llevábamos más de cuatro horas al sol. No paramos para despedirnos. Ni una cerveza. Nada. El Trío Sentimental. Nunca más.

miércoles, 22 de julio de 2020

En la muerte de Emitt Rhodes

No tengo mucho que contar. Lo conocí hace poco. Tres canciones suyas entraron a formar parte de mi cancionero. Muy McCartney me sonaba. Fui poco original en la apreciación (“los Beatles en un solo hombre”). Apenas he leído sobre él. No estoy impresionado. Ni conmovido. Pero si todavía grabase cintas seguro que las canciones de Emitt Rhodes las colaría. Y como esto es lo más parecido que tengo a grabar cintas, aprovecho la excusa. Allá van mis tres favoritas.




lunes, 13 de julio de 2020

Grandes reflexiones que cambiarán la faz de la tierra

Le escuché hace años al Cholo Simeone que, como su carrera futbolística había transcurrido principalmente entre España e Italia, en estos dos países habían pasado sus hijos (los mayores. Ahora tiene más) la infancia. Y contaba que estos, cuando hablaban entre ellos, lo hacían en italiano o en español. Pero el español que utilizaban era, por decirlo de alguna manera, el de España. Hablaban sin un acento definido. O no tan acusado. Sólo cuando hablaban con sus padres lo hacían con acento argentino. Es decir, que los chavales, distinguían de manera natural no sólo el idioma que debían utilizar sino, también, su variante. Se adaptaban sin esfuerzo al entorno.

Coincidí hace poco con un amigo inglés que está casado con una española. Tienen una hija que es bilingüe de nacimiento. Me contaba su padre que le fascinaba cómo su hija pensaba en los dos idiomas indistintamente y que no tenía que concentrarse para hablar en uno o en otro. Lo hacía y punto. También me contó los problemas que había tenido la muchacha en clase de inglés. Sabía más inglés que la profesora. Y su inglés no era como el del resto de los alumnos. Y los otros alumnos se reían de ella. Y su hija no lo llevaba bien. Y necesitó ayuda. Por una parte me acordé de los hijos del Cholo. No dije nada, pero, puestos a resolver posibles problemas, también pensé, por otra parte, que no hubiera estado mal que su madre le hubiese enseñado inglés también. Y su padre, español. Y que su hija hubiese hablado un inglés impecable y otro con sus erres, sus jotas y sus zetas bien sonoras. Y un español perfecto y otro con acento guiri. Su hija lo llevaría mejor.

domingo, 28 de junio de 2020

Cosas que no me van a pasar nunca

Anna Karina llevándome el desayuno a la cama mientras me canta –Jamás te dije que te amaré siempre, mi amor. Tú nunca prometiste adorarme toda la vida.

domingo, 21 de junio de 2020

@Jokin4318

La noticia ha salido publicada en todas partes. Más que noticia es una historia. Tuve miedo de que cayese en manos del sensacionalismo. No parece. Voy a escribir sobre ella. Tal vez no aporte nada. Seguramente. No voy a decir que la he vivido desde dentro. Pero sí que he sido espectador de la misma. Y fue un puñetazo en la boca del estómago.
 
Pocas cosas hay tan bonitas como una pista de atletismo. El anillo de cuatrocientos metros. El tartán, antes rosa, ahora rosa, azul, verde. Los pasillos. Los fosos. La jaula. Las colchonetas. Los listones. Y las páginas que se han escrito ahí dentro. Nada hay como el atletismo. Nada tan hermoso. Tan indescriptible. Tan grandioso. Para la gloria. Para la tragedia. Para la leyenda.
 
Mi afición al atletismo es tan entusiasta como solitaria. Durante muchos años estuve suscrito a la revista de la federación. Con la llegada de internet y la facilidad de acceso a la información (y a los vídeos) comenzó una nueva época. He buceado en muchos sitios y ahora me muevo en Twitter. No tengo perfil pero esto no es obstáculo para poder seguir a un grupo de devotos (Juan Manuel Botella, Fernando Miñana, Miguel Villaseñor, Juanma Bellón, Luis Montes, Gerardo Cebrián, Óscar Fernández, Juan Carlos Hernández, Ángel Cruz, Miguel Calvo, Daniel Cean-Bermúdez (éste escribe más de automovilismo, pero, cuando habla de atletismo, o de cualquier otro deporte…maravilloso), Andrés (no sé el apellido), Ignacio Romo…). Un grupo de fanáticos que, además, se relacionan, comparten, se estimulan, creando un ambiente fabuloso entre ellos. Gracias a todos estos estoy al día. Deben (debemos) de ser coetáneos pues la mayoría llegaron (llegamos) al atletismo con Coe, Ovett y Lewis. Y todos tienen (tenemos) en común que son (somos) unos nostálgicos de tomo y lomo y siempre están contando batallas pretéritas con cualquier excusa. Todos los días son buenos para celebrar algún aniversario. Y siempre enlazan vídeos de dichas carreras, saltos o lanzamientos. Y todos los días son buenos para emocionarte y para que se te pongan los pelos como escarpias.
 
A los nombres citados faltaría añadir el de Joaquín Carmona (que firma como @Jokin4318. Les ahorro la obviedad de explicarles el por qué de esa cifra), una verdadera eminencia en el atletismo, siempre dando datos, informando, contando, aportando, enseñando (gracias a él sé que soy mejor en maratón que Björn Ulvaeus, de ABBA). Discreto (luego se ha sabido que corregía al resto fechas, tiempos, lugares pero siempre de manera privada), educado, brillante. Una persona de referencia dentro del grupo. Viendo las retransmisiones del Mundial de Doha me partía de risa porque, cada vez que Gerardo Cebrián tiraba de memoria, al instante ya estaba rectificando porque Joaquín Carmona le había soplado que no, que casi, que tres centímetros más, que cuarenta y nueve veintitrés en el paso por el cuatrocientos, que en los Bislett, que en 1979.
 
Lo curioso es que nadie conocía a Joaquín Carmona. El resto lleva toda la vida en el atletismo. Son periodistas, exatletas, entrenadores, personas de la federación, estadísticos. Se conocen de siempre. Se han visto. Pero a Joaquín Carmona nadie le había visto nunca. Y era inconcebible que alguien con esos conocimientos sobre este mundo fuera un desconocido. Nadie dudaba de que se trataba de un pseudónimo. Y el resto estaba muy entretenido tratando de encontrar quién estaba detrás de ese nombre. Se hacían quinielas. Fulanito dice que él no es pero no sé yo, no sé yo.
 
El quince de marzo último Joaquín dejó de publicar. Y los días pasaban y seguía sin escribir. Otro más, pensé. Desde 2006, en que empecé a relacionarme con el mundo también a través de una pantalla de ordenador, he visto pasar a tantísima gente, he leído a tantos que, un buen día (o malo) dejaron de escribir, han sido tantos los que un día estaban y, al día siguiente, no (este cuaderno podría ser un modesto ejemplo) que, al ver que no escribía pues ya ni pena ni rabia. Sólo resignación. Uno más.
 
Pero el grupo de aficionados no adoptó la misma actitud. Se preguntaban unos a otros. Le escribían pidiendo que se manifestase, que estaban preocupados. No había respuesta. Ni dónde acudir. Hasta que el pasado trece de junio, Alfredo Varona, en “La bolsa del corredor” lanzó un SOS público. ¿Alguien sabe? ¿Alguien puede decir algo? ¿Alguien puede tranquilizarnos?

Alguien sabía. Alguien, desde Turín, le contó a Alfredo quién era Joaquín Carmona y dónde estaba. Y el quince de junio Alfredo Varona, en “La bolsa del corredor” escribió un artículo que corrió como la pólvora y que nos dejó a todos estupefactos, descompuestos, sobrecogidos, descolocados. Joaquín Carmona, pues ese es su verdadero nombre, es un vasco que vive en Madrid y que vive en la indigencia. Un sin techo que malvive en las calles y que, en las bibliotecas públicas, se informa, cuenta, escribe, nos ilumina, se abre al mundo. Y con la alarma y el confinamiento, no tuvo dónde escribir, dónde recargar su portátil, wi-fi donde engancharse.

Aquí, con el corazón arrugado y el estómago encogido, decidí echarme a un lado. Como he dicho, tuve miedo de que esta historia cayese en manos del sensacionalismo. No sé porqué ni cómo alguien con la capacidad de Joaquín ha podido terminar en esa situación. Sé que se ha reunido dinero y ya no duerme en la calle. Sé que la federación va a hacer algo. Sólo lo conozco de lo que le he leído. Y le aprecio de veras. Cuando empecé a leer el artículo que contaba que había aparecido fue, como dije, un verdadero puñetazo en el estómago. Le deseo lo mejor. Que no vuelva a tener que pasar por algo parecido. Pero lo que de verdad deseo es que siga siendo el mismo. Que no cambie. Y que vuelva a escribir. Todos los días entro. Quince de marzo. “Mariano Haro: El león de Becerril”. Ahí sigue. El día que vuelva…Sólo espero que llegue el día en que vuelva. Y sea como siempre.

martes, 2 de junio de 2020

¿Te acuerdas del momento en que te diste cuenta?

"Al final - concluye Pipe Areta -, siempre acabamos volviendo a aquella pregunta que nos habla de la alegría de la infancia y de los sueños de la juventud: ¿te acuerdas cuando éramos felices y no nos dábamos cuenta?".

Cita extraída de este artículo.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Red roses for a blue lady

Venía Luis Santángel de Londres y nos fuimos al aeropuerto a recibirlo. No teníamos veinte años y aquel viaje, para el grupo de amigos, fue todo un acontecimiento. Llegamos con tiempo (en el BIJ rojo de Maroto, sorprendentemente vivos dada su forma de conducir). No tenía entonces Manises tanto tráfico aéreo como ahora. No éramos muchos en la zona de espera. En un lateral estaba un hombre muy trajeado con un ramo de rosas. Nos pareció muy mayor pero no creo que tuviera los treinta y cinco. La puerta se abría. Él miraba. No era ella. Se abría. No era ella. Se siguió abriendo. La zona de espera se vació. Quedábamos él y nosotros. Salió Luis Santángel. Nos fuimos. Él se quedó. Solo. Me sigo acordando. Me gustaría pensar que llegó después y que se emocionó con sus flores. Pero estoy convencido de que ella no llegó nunca.

P.D.

miércoles, 13 de mayo de 2020

La Podeda

Ya nadie hará ruido por la mañana ni nos despertará tosiendo. Nadie lanzará los troncos a la chimenea desde el pasillo. No habrá más melodías de una sola nota. Nadie montará el chiringuito. Ni la huerta. Ni los Móviles de Calder. Nadie me reprochará lo sucio que llevo el coche. Ni me explicará cada vez cómo se arrastran las redes. Ni cómo se pliegan. Ni cómo se llena una espuerta. Ni cómo se vacía. No protestaré más porque, de todos los tiempos verbales que existen, sólo uses el imperativo. No volveré a alterarme porque eres incapaz de seguir un orden. Nadie verá crecer la hierba mientras conduce. Ni me preguntará si hace calor en Valencia. Ya no olerá a puro. Ni habrá poca lumbre. No habrá nadie en la Poveda. No serán de nadie esos atardeceres. Me quedaré sin saber si pasé la prueba, si sé andar por el campo, si sé comer del perol. No nos encontraremos un jabalí colgando en la cochera. No habrá conejos en la nevera. Habrá menos dulce en casa. Nadie les explicará a los caminantes despistados en mitad del campo que buscan un cuarto de baño que todo lo que ven es un cuarto de baño. No habrá más podas artísticas. El árbol de la entrada perderá su esfericidad. Nadie cortará leña. A nadie le importará la marcha que llevo. Los pájaros camparán a sus anchas. El perol dejará de ser milagroso. El botijo ya no tendrá gracia. Las ciruelas. La mata. La balsa. De nadie. Los que regalan flores ya no serán maricas. La Academia tendrá pendiente crear una palabra que identifique a los nietos huérfanos de abuelo. Nadie será capaz de bajar los tableros. Ni los bancos. Nadie pondrá las bombillas. La era estará vacía. Da igual los que seamos. Nadie parecerá que tira el desodorante al aire y se pone debajo, como si fuese lluvia. De nadie será la tumbona. Para nadie volverá a florecer el cerezo. Para nadie. Porque nadie. Nunca. Imposible.

sábado, 9 de mayo de 2020

Grandes personajes

P., que considera que lo opuesto a quitar es desquitar.

S., que reprochaba a un compañero que no le hubiese informado de un trabajo hecho. -¿Y cómo pretendías que me enterase? ¿Por telequinesis?

La misma S., que afirmó que, antes de entrar, era imprescindible realizar una limpieza exhausta de la zona.

R. (que no es familia de S.) que, tras serle explicado el nuevo proceso, mostró su satisfacción ya que, ahora, se podría tener información más precisa, más exhausta.

I., que piensa (y así lo manifiesta) que un suceso que ocurre muchas veces es un suceso ocurrente.

F., que expresó a su audiencia que no era éste un buen momento para rascarse las vestiduras.

sábado, 25 de abril de 2020

Confinados: sobre mi hija y la reina del baile

Quejarme de no poder correr, con todo lo que está pasando, sería reprochable y con razón. Empecé con rabia (la cacareada resistencia al cambio. Habrá una palabra en inglés para ello) subiendo y bajando escaleras. En cuanto me enteré de que era ilegal, lo dejé. No iba a tener problemas con mis vecinos, pero por si acaso. Además, para qué. Me centré en mis ejercicios diarios de fortalecimiento y estiramiento por mi cadera calcificada y, con resignación, pues a agachar la cabeza y ya cambiará el viento.

A mi hijo también, como era previsible, no sólo se le han acabado los entrenamientos en la piscina, sino que, desde la federación, ya han dado por concluida la temporada. Aún así, los entrenadores, todas las semanas, les mandan un plan y, cada tarde, se conectan por categorías y hacen juntos los ejercicios correspondientes. Hacen grupo, no pierden demasiado la forma y llenan los días. Y ya cambiará el viento.

Mi hija parece que haya nacido para vivir confinada y en cuarentena. Con sus trece años y su adolescencia esplendorosa, ha encajado con naturalidad la situación y se ha adaptado perfectamente. Está de buen humor, mantiene el ingenio y su mordacidad en forma y, de alguna manera, siempre está ocupada y nunca se la oye quejarse. Y es raro.

Entre todos los quehaceres de mi hija ninguno tenía que ver con el ejercicio físico. Y aquí entró mi hijo y le preparó por su cuenta una tabla de ejercicios (alguna de las suyas con un factor de corrección de 0,10) para que la hiciera diariamente. Si la hubiésemos preparado Ana o yo nos la habría roto en la cara muerta de risa, pero su hermano tiene bastante predicado sobre ella, así que aceptó y se propuso cumplirla a rajatabla.

Y está cumpliendo. Diariamente. No falla nunca. Cuando vi la naturaleza de los ejercicios y que eran asequibles a un cuerpo madurito y lleno de teclas con demanda de fatiga, decidí apuntarme. Mi hija me aceptó y allí estamos los dos, día tras día, cumpliendo como campeones de tal forma que, en cuanto llegue el verano, voy a salir a todas partes sin camiseta.

Entrenamos con música. Antes de comenzar hacemos una selección de ocho canciones alternando, una ella, otra yo y, así, sucesivamente. Cada uno las elige a su gusto, pero con la intención oculta de impresionar al de enfrente. Tenemos gustos muy distintos y nos recatamos poco a la hora de decirnos -vaya castaña. Ella mantiene la portería a cero (es dura la tía. Y mira que pongo canciones buenas, buenas). Y reconozco que me clavó un golazo por la escuadra con “Listen before i go” de Billie Eilish. La escucho de manera clandestina porque, la verdad, es una barbaridad y no quiero reconocerle su gol.

El no compartir gustos musicales con tus hijos debiera entrar dentro de lo normal. Pero yo lo llevo fatal. Joder, tengo un gusto del cual estoy más que orgulloso (porque es espectacular) y pienso que sería una buena herencia. Y no encajo que no sea así. Y llevo mal sus rechazos. Es más, creo que están resultando mis intentos contraproducentes. La diferencia generacional es una barrera demasiado alta para que yo pueda saltarla. Tendré que desistir. (Desistiré erguido frente a todo. Perdón. El subconsciente).

Ahí estamos con nuestros ejercicios. Termina mi canción seleccionada, que yo he gozado y que ella ha devuelto a corrales. Empieza la suya. “Dancing queen”. Se me ponen los ojos como platos. -Se ha tenido que equivocar- pienso. O se ha colado alguna sin querer. Sin incorporarse siquiera, dice -esta canción es un himno.

No todo está perdido. Sólo hay que dejar que ella encuentre el camino. Y lo va a encontrar. Estoy seguro.

lunes, 20 de abril de 2020

Todos los caminos llevan a Cole Porter

Nacimos demasiado tarde. Sanfélix siempre me lo recuerda. No le rebato porque estoy de acuerdo. Todo son argumentos a su favor (aprovecho este momento para reivindicar "Midnight in Paris", de Woody Allen. Y, ya que estamos, todas sus películas). Cole Porter. Precisamente fue Sanfélix junto al resto de la cuadrilla de amigos del colegio/futbolín quien me abrió sus puertas cuando me regalaron un cd doble con música de Berlin, Gershwin y Porter, uno de esos regalos que te marcan la vida (comparable, quizá, a cuando J. Andrés me regaló “Los hermanos Karamazov”) y que te enseñan el camino hacia el monte Parnaso, donde Cole Porter tiene voz y voto.

Creo que mi programa favorito de radio es “Mundo Babel”, en Radio 3. El sábado pasado hicieron un especial sobre Cole Porter. Me pilló yendo hacia el trabajo (estoy confinado a tiempo parcial). Entré a la planta levitando, con unas ganas de bailar tremendas, deseando encontrarme con Ginger Rogers o con Cyd Charisse (¿por qué estas cosas no me pasan nunca?). En casa ya terminé de escuchar el programa. Que la música te lleva donde nada ni nadie es una frase que repito hasta el hartazgo porque es verdad. Y desde esta nube en la que estoy vuelvo a cometer el error de tratar de compartir mi entusiasmo. Porque, Sanfélix, nacimos demasiado tarde. Pero, al menos, tenemos el consuelo de que en esta época es más fácil (y más rápido) encontrar las cosas. Y mostralas. Y vernos sentados escuchando a Ray Conniff y a su orquesta tocando “You do something to me”. O completamente emocionados teniendo a Ella Fitzgerald delante en el escenario (¡Ella es el swing! ¡Ella es el swing!) cantando “You’re the top”. O discutir sobre quién hace una mejor versión de “Just one of those things”, si la propia Ella, Oscar Peterson o Bryan Ferry. Sólo un consuelo, ya. Porque, Sanfélix, sí. Tarde. Demasiado.

miércoles, 15 de abril de 2020

Confinados: caballero

Fue Ramón el que nos avisó de que se necesitaba sangre y de que los del Centro de Transfusiones iban a estar en la Fuente de San Luis. Era una buena excusa para escapar un rato del confinamiento. Pensé en ir andando. Lloviznaba. Un día formidable para reencontrarte con la calle. No quise tentar a la suerte. La policía estaría patrullando. O algún vecino me podría gritar. Cogí el coche. Aparqué relativamente cerca pensando en tener que hacer menos recorrido a la vuelta. Crucé. Vi un furgón de la policía que se acercaba. Al llegar a mi altura bajaron la ventanilla.

-Caballero, ¿hacia dónde se dirige?

Me encanta que me traten de usted. Cada vez más. Me suena bien. Me hace sentir cómodo. El tuteo es impertinente. Que te hablen de usted denota educación. Elegancia. Pero que, además, te llamen caballero…eso fue una sinfonía para mis oídos. Me dieron ganas de abrazarles. No procedía. Respondí. Me dejaron ir. Nos deseamos buenos días. Yo se los deseé de corazón.

sábado, 11 de abril de 2020

Confinados: ajetes

Hoy es Sábado Santo. Hoy es un día grande. Quedamos temprano y nos repartímos las tareas. Hay que rebuscar los ajos tiernos (ajetes). Hay que hacer la compra. Las cañas. La Casilla. El aperitivo. El asado. El revuelto. El postre. Luego viene Kas con el resoli. Oliendo (apestando) a humo prolongamos el día con unos digestivos en donde nos quieran aceptar. Y nos aceptan. Somos buenos clientes. Los primeros años, sólo los amigos. Luego ya empezaron a venir las novias. Las mujeres. Los críos. Comemos bien. Lo pasamos bien. Muy bien. Es el primer Sábado Santo de mi vida que no paso en el Secarral. El primer Sábado Santo en décadas que no comemos en el campo. Hemos quedado a la una y media para tomarnos las cañas juntos. Nos reíremos de nuestra torpeza tratando de conectarnos. Nos reiremos de todo. Son días raros pero los hay más raros. Aunque hoy todos, cada uno en su casa, comerá revuelto de ajetes tiernos. No sabrán igual. Pero sabrán.