lunes 20 de julio de 2009

El hombre de la cabeza imposible

En un luminoso parque infantil el hombre de la cabeza imposible no puede pasar desapercibido. El poder hipnótico de su cogote logra que el universo entero fluya hacia él. Sentado en un banco ve a sus hijos hilvanar danzas macabras mientras absorbe la vida y el tiempo. Y los sueños. También los sueños le pertenecen.

jueves 16 de julio de 2009

El yerno de Dios

Si los corredores constituimos una secta, los climaterios somos otra secta dentro de la gran secta. Bien agradecido le estoy al Pibe pues fue él quien me captó. Corredor tardío él, con toda la pasión de los advenedizos, disfruta no sólo corriendo sino haciendo grupo, haciendo piña, haciendo clan. Un personaje singular el Pibe. En todas partes está, a todo el mundo conoce, a todo el mundo enreda. A él se le podría aplicar aquel viejo chiste en el cual se le vería junto a Benedicto Ratzinger mientras la gente pregunta -¿quién ese señor de blanco que está con el Pibe? Un personaje muy especial. Y es mi amigo.

Anda fastidiado ahora el Pibe. Le han detectado un tumor y está con las pruebas, con las quimioterapias y pendiente de un transplante de médula. Hablo bastante con él. Cuando te enfrentas a un enfermo uno siempre está dubitativo, esperando a ver cómo está el otro para reaccionar. No sé cuando se encuentre a solas cómo andará, pero aparentemente está muy entero. Habla con mucha naturalidad de su enfermedad y te cuenta todo el proceso sin pena, sin congoja, con fastidio pero sin quejarse. Vive día a día y no se plantea más. No ha dejado de trabajar ni tampoco de correr. Esta mañana hemos estado tomando un café y me contaba lo bien que le viene. No busca ahora competir ni hacer marcas. Simplemente se encuentra mejor corriendo. Quema toxinas, que le rezuman, duerme mejor, siente que le echa un pulso a su enfermedad y le eleva la autoestima. No es un enfermo. Está enfermo. No es lo mismo.

Tenemos el resto de la secta unas ganas enormes de que supere ya todo esto por dos motivos. El primero es obvio. El segundo no es otro que nos ha hecho prometer que celebraremos su curación el primer domingo de noviembre en Nueva York dándonos una vuelta de cuarenta y dos kilómetros y pico. Y, bueno, el Pibe es el Pibe, pero Nueva York también es Nueva York. Y ese abrazo en Central Park al final de la carrera haría sollozar hasta a la madrastra de Blancanieves.

Como contaba, esta mañana hemos estado tomando un café juntos. Hemos charlado de fútbol y de la quimioterapia, de la morosidad en las constructoras valencianas y del transplante de médula, de los amigos comunes y de los enemigos comunes. Ya estábamos a punto de irnos cuando ha sacado una bolsa y me ha dicho –toma, esto es para ti.







Todavía estoy llorando. Pibe, ¿cómo no te voy a querer?

lunes 13 de julio de 2009

Bradomín

Las Sonatas de Valle-Inclán pueden considerarse como cuatro narraciones independientes. Su nexo es el personaje principal, el Marqués de Bradomín, y cada relato corresponde a una estación el año, a un periodo distinto de la vida del Marqués, está situada en un lugar diferente (Italia, Méjico, Galicia y Navarra) y cada historia tiene un nombre de mujer: María Rosario, la Niña Chole, Concha y María Antonieta.

El orden que Valle-Inclán siguió para escribir sus Sonatas fue: Otoño (1902), Estío (1903), Primavera (1904) e Invierno (1905). Nunca dejó Valle-Inclán a lo largo del resto de su vida de revisar constantemente estas historias. Nunca dejó de trabajar en ellas.

El personaje central es el Marqués de Bradomín, un Don Juan feo, católico y sentimental que narra en primera persona y de una manera distante lo que podríamos llamar sus memorias amorosas. En ellas está muy presente tanto el amor como la muerte, pero también toca sin tapujos temas como el erotismo, la homosexualidad, el incesto o el adulterio. El Marqués de Bradomín figura con mayúsculas en la relación de personajes centrales de la literatura española. Sólo puedo decir que es un ser fascinante.

Leyendo las Sonatas he de confesar que he sonreído, he reído, me he estremecido, he sufrido, he llorado, he jaleado, he reprendido, me he ensimismado, he padecido de melancolía, de nostalgia. Siempre digo que hay libros que se leen y hay libros que se viven. Hay libros que se te llevan por delante. Las Sonatas son unos de esos libros.

Y la Sonata de Primavera puedo confesar sin pretender ser exagerado que es una de las historias más hermosas que jamás haya leído. La Sonata de Primavera es la belleza misma.

miércoles 8 de julio de 2009

La llave de la vida

Cuando algo nos emociona nos esforzamos rápidamente por tratar de compartirlo. Es muy placentero coincidir en gustos y en emociones con alguien, y le damos una importancia bárbara, pero no debiera ser lo primordial, Sin embargo es complicado de evitar. Basta que escuchemos una canción que nos guste para recomendarla. Basta disfrutar con un libro para freír a todas tus amistades regalándoselo. O una película. Y suele ser algo fallido. No se debieran regalar libros. No se debiera recomendar música. Ni películas. Es algo demasiado personal. Cada uno a disfrutar de sus propias sensaciones y, cuando aparezca por casualidad alguien con quien compartirlas, pues a recrearse en ello. Y si no, pues a disfrutar igualmente.

Alguna vez escribí que soy de aquellos que no tuvo necesidad de enamorarse (aunque lo he hecho, y de manera muy vehemente aunque siempre defendí aquello de que el amor no existe, que es sólo un invento de poetastros propio de las sociedades acomodadas con las necesidades primarias cubiertas) porque siempre tuve las canciones. Éstas me han llevado por vericuetos y por lugares inconcebibles e inimaginables. En mi lista de temas pendientes tengo escrito: Back in the USSR-Dear prudence-Glass onion. Cada vez que me pongo el Álbum Blanco de los Beatles y escucho las tres primeras canciones entro en un estado de felicidad absoluta tal que siempre pienso que ese sería un buen momento para morirme. ¿Compartir esa sensación? Imposible. No se puede explicar. Quien lo sienta, lo entenderá. Quien no, sólo puede pensar –vaya cretino.

A pesar de todo este preámbulo, confieso que tengo intención de pecar, de volver a caer en el error. Recientemente he descubierto un disco que me tiene absorbido. Ese disco no es otro que el “Songs in the key of life” de Stevie Wonder. Venir ahora sacando pecho y contando las excelencias de un disco del año setenta y seis no es muy inteligente, pero es que me gusta tanto que no puedo evitarlo. Canciones estándar como “Isn`t she lovely” o “Sir Duke”. Canciones veneradas por los mitómanos (y con razón. Con muchísima razón) como “I wish” o “As”. O mis favoritas, maravillas como “Love`s in need of love today”, "Summer soft" o “Knocks me of my feet”. ¿Cuántas canciones buenas ha de tener un disco para que sea considerado fabuloso? Pues éste tiene más. En fin, que pido perdón, que esto no se debe hacer, que es un error, que ya sé que me estoy contradiciendo, pero es que no lo puedo evitar. No lo puedo evitar.

domingo 5 de julio de 2009

Fray Luis es un gran placer

Empiezan ahora los Sanfermines. Si alguna vez hubiese ido podría contar mis experiencias, pero ni he estado ni creo que vaya a estar nunca. La verdad es que sólo fui una vez a Pamplona. Quedamos allí mi hermano, José Ángel, el riojano de Arnedo, y yo con nuestras familias a pasar el día. El lugar de la cita fue el mejor de los lugares para quedar: la puerta grande de la plaza de toros. Hicimos paseando el recorrido del encierro (que me pareció muy corto), pasamos junto al Ayuntamiento (la plaza de delante, donde se agolpan los mozos, es pequeñísima) y vimos a San Fermín a quien le pedimos nos guiase en el camino de vuelta dándonos su bendición. Pasamos un día muy agradable. Cuando nos despedimos fuimos a recoger los coches y al mío se lo había llevado la grúa. Había aparcado en zona azul, pero siendo domingo uno de mayo supuse (una vez más la suposición como madre de todos los errores) que, al igual que en Valencia, siendo doblemente festivo el día se podría aparcar sin necesidad de pagar. Error. En domingo sólo se permitía aparcar a los residentes. En conveniente leer los carteles cuando uno está fuera de casa. Lo curioso es que se habían llevado el mío, matricula de Valencia, y no el de mi hermano, matrícula de San Sebastián, que estaba aparcado justo al lado y en zona azul también. Recordé entonces una frase que escuché a uno: de Pamplona para arriba, Euskal Herría. De Pamplona para abajo, Andalucía. Pocos días después jugaron la final de Copa Osasuna y el Betis. No siento la menor simpatía por el Betis, pero me sentí de repente tan andaluz que a punto estuve de dislocarme un codo de tantos cortes de manga que di en homenaje a la policía municipal de Pamplona cuando el Betis ganó la Copa del Rey.

Así que poco puedo contar sobre los Sanfermines, aunque el que sí que estuvo por allí un año fue mi hermano. Se estaba celebrando con gran pompa y boato el cuarto centenario del fallecimiento de Fray Luis de León en su localidad de nacimiento, donde sigue emplazado el castillo más bonito del mundo. Parte de la pompa y el boato consistió en hacer camisetas conmemorativas. Mi hermano subió a Pamplona con una cuantas con el fin de hacer patria y promoción de los eventos. No se vio a ningún yanqui por B., por lo que podemos calificar como de fracaso su gestión. Ahora, sumido en el ambiente general, dice que tantos tragos como daba él de calimocho, los mismos tragos le obligaba a beber al Fray Luis de la camiseta. –Bebe, Fray Luis. Bebe. A ver si vas a ser tú el único. Y el caso es que a nadie le llamaba la atención aquello. No sé. Creo que nunca iré por San Fermín.

miércoles 1 de julio de 2009

Dioses y tumbas

Dos amigos tengo en Arnedo, La Rioja: Jesús y José Ángel, a los que quiero como amigos que son. Jesús se casó a principios de noviembre del año noventa y tres y, por supuesto, mi hermano y yo subimos para su boda. Ésta se celebró a mediodía. Al final de la tarde llevaba yo un pedal king size urbi et orbi de jaque mate. Me puse malo. Muy malo. Malísimo. El Atleti, una vez más, contribuía a aumentar mis pesares pues iba perdiendo cero a tres en el descanso contra el Barcelona, con tres goles de Romario. Estábamos en un bar. Apenas podía mantenerme sentado. Uno tres. Dos tres. Tres tres. Cuando Caminero marcó el cuatro tres todos mis males desaparecieron. No sé cómo no nos echaron aquella noche de Arnedo a mi hermano y a mí. Todas las canciones que escuchamos fueron coreadas por nosotros y todas absolutamente todas contenían la palabra Caminero repetida infinidad de veces, con especial mención al “Tocar madera” de Manolo Tena, desde entonces rebautizada como “Soy Caminero”. (Esa costumbre la mantuvimos. La canción “La estatua del jardín botánico” de Radio Futura, al llegar al estribillo no dice aquello de “soy metálico en el jardín botánico” sino que realmente dice “soy Milinko. Soy Milinko Pantic. Y las faltas yo las tiro por la escuadra del portero y meto gol”. No es una gran rima, pero corearla abrazado a tus amigos colchoneros después de haber ganado la Liga es verdaderamente emotivo). Después vino el Mundial de Estados Unidos. Y la temporada del doblete, con el regate de Caminero a Nadal en el Nou Camp, y su gol en Mestalla, y sus goles en Compostela, y…

Han detenido o han imputado o yo qué sé a Caminero relacionado con una historia de tráfico de drogas y blanqueo de dinero. Mucho se está hablando estos días y se seguirá hablando de Michael Jackson, un personaje que, como Maradona, se habría hecho un gran favor a sí mismo muriéndose hace unos cuantos años. Espero no tener que decir nunca lo mismo de Caminero.

domingo 28 de junio de 2009

Sección de necrológicas

Este domingo se ha celebrado en la localidad valenciana de Andilla, en la comarca de Los Serranos, la sexta edición del Raid 3+2. Se trata de una competición por equipos y relevos estando cada equipo formado por tres atletas y dos ciclistas.

Rafa climaterio se puso en contacto hará cosa de un mes con el corredor conocido en este blog como El Impenitente pues tenía un compromiso con un alumno suyo ciclista y necesitaba corredores. El Impenitente tiene un problema con la palabra no, aparte que le gustan estas competiciones por equipos y le dio su asentimiento.

Tras colgar, El Impenitente entró en la página de la carrera y empezó a llorar por los rincones y a darse de cabezazos con las paredes. Otra carrera de montaña y, además, a finales de junio. Con la fresca.

Por si esto fuera poco, El Impenitente tiene la puñetera costumbre de estar en forma a destiempo. A pesar que durante junio no ha competido nada y está sólo de mantenimiento, saliendo a rodar cuatro días con unos cincuenta kilómetros semanales, pues le fue asignada la tercera etapa. La más larga. La más dura. Diecisiete kilómetros seiscientos metros con una ascensión acumulada de setecientos quince metros. Llano tibetano.

Llegó el día de autos. Las previsiones meteorológicas anunciaban una temperatura de unos treinta grados y nubes entre una o ninguna. Las previsiones se cumplieron en su plenitud.

A las nueve salieron Rafa y Fernando climaterio y los dos ciclistas. A eso de las diez Fernando le daba el relevo a El Impenitente.

La carrera de éste, pues lo normal. Subiendo tramos al veinte por cien, bajando agarrándose a los pinos para no matarse, suplicando por una brizna de aire. No había avituallamientos líquidos propiamente dichos sino fuentes. Y gracias, pues se podía parar y beber y recuperar un poco.

De manera incomprensible, una hora y veintipico minutos después, El Impenitente llegó a la meta. Dio dos pasos y dijo –tenía razón mi abuela. Desde luego esta vida no es para llegar a viejo. Acto seguido cayó al suelo desplomado. Tantas veces había contado batallitas de sus carreras diciendo aquello de –casi me muero- y, esta vez, sin el casi. Muerto. Espichado. Finito. C`est fini. Kaputt.

De cuerpo presente y todavía con el rigor mortis tuvo arrestos para volver a Valencia y organizar sus propias exequias. Fue enterrado esa misma tarde. Sorprendió a los asistentes que, una vez depositado el ataúd en la sepultura, se abriese el féretro y El Impenitente comprobase la nivelación del mismo utilizando sofisticados medios. Los más cercanos contaron que le oyeron mascullar entre dientes –si he de estar aquí esperando el día de la Resurrección de los Muertos y el Juicio Final, quiero hacerlo en postura completamente horizontal. Ni muerto quiero volver a ver una cuesta, por muy poca pendiente que tenga. Ni muerto.

martes 23 de junio de 2009

Gea

Este fin de semana pasado celebramos la octava concentración familiar. Tenemos la, en teoría, sana costumbre de juntarnos una vez al año en algún lugar medianamente equidistante mis padres, sus hijos, hijos políticos y nietos y pasar un fin de semana juntos. Empezamos en Javier (Navarra), dos años en Navarrete (La Rioja), dos años en Herreros (Soria), Sigüenza (Guadalajara), Torrecaballeros (Segovia) y este año acampamos en Gea de Albarracín teniendo tanto Albarracín como Teruel a un tiro de piedra. Diecinueve somos, con nueve críos entre nueve años y cuatro meses. No pasamos desapercibidos.

Podría hablar de la belleza de Albarracín, del calor que pasamos en Teruel, del mausoleo de los Amantes, del mudéjar, del Torico, del hermosísimo verde de las choperas de Gea, de mis correrías madrugadoras por la sierra de Albarracín, subiendo y bajando como si no costase, del tormentón que nos cayó el viernes. Podría hablar, pero no, pues creo que si algo resume este viaje es que he llegado a la conclusión de que es muy duro sobrevivir a tu propia familia.

Yo quiero mucho a todo el mundo, pero la clave de querer a los tuyos es que estén lejos. La distancia hace el cariño, no el roce. Es desesperante. O es que tengo poca paciencia. Siempre voy concentrado a estos viajes. Pero acabo condenado. Quedamos a desayunar a las nueve, que tampoco hay que madrugar mucho, para que nos cunda la mañana. Me pego el madrugón para correr temprano y a las nueve desayunar. Aparecen a las diez la mayoría. Después de comer, siesta y nos vamos a Albarracín. Vámonos. Estamos viendo una película. ¿Hemos hecho no sé cuántos kilómetros de coche para ver la televisión? Joder, Car, siempre estás amargado. Sí, lo estoy. Yo me voy. Allí nos vemos. Y así una y otra y otra. Soy cuadriculado. Me gusta aprovechar el tiempo. Me pone malo la dejadez, la desgana, la desidia. Yo ya he dicho que sólo vuelvo si nos reunimos en un balneario que tenga animador infantil. Los críos a hacer puñetas y nosotros con los chorritos y las burbujitas. Si no, acabaremos en “El caso” (si es que existe todavía). O a un campamento militar y todo el puto día haciendo instrucción. No hay nada más lindo que la familia unida, unida por unos lazos kilométricos.

jueves 18 de junio de 2009

Trompos y peonzas

No sé por qué, pero parece que nos encanten los alardes generacionales, con sus recuerdos, sus fetiches y sus iconos. Los publicistas se dieron cuenta hace tiempo de ello y no es raro encontrarse en los anuncios con Parchís, con los Simple Minds o con la digestión de tres horas. Y raro es que esas conversaciones sobre nuestros tiempos (y aquí abro un paréntesis pues he recordado una tira de Mafalda en la cual ésta preguntaba a su padre sobre cómo fueron sus tiempos, y aquel comenzaba a contarle batallitas de infancia y adolescencia, comparándose con los actuales. Mafalda sentenciaba algo así como: pensaba, papá, que me ibas a responder que estos son tus tiempos, pero ya veo que estás acabado. Cierro paréntesis) no terminen con un –nosotros sí que tuvimos infancia, con el yo-yo, las peonzas, las canicas, las chapas, los Madelman, el churro va, el fútbol jugando en una era, con dos piedras definiendo la portería y no estas generaciones que vienen, que con tanta Play Station y con tanto Disney Channel van a acabar todos tarados y atrofiados.

Se ha puesto de moda entre la chavalería, al menos en Valencia, el jugar a la peonza. Es una peonza un tanto extraña, de plástico, con una corona y con un cordel que lleva una arandela en el extremo que se engancha a la corona, distinta a lo que nosotros llamábamos trompo aunque similar. Mi sobrino tiene una. Estuve tratando de bailar aquella peonza pero imposible. Y sin embargo los chavales hacer virguerías con ellas. Va a resultar que no están tan perdidas estas generaciones. Va a resultar que tienen futuro. Les gusta la peonza. Disfrutan con ella. Tengamos esperanza. Confiemos en ellos.

Teniendo mi sobrino una, a mi crío se le antojó, claro. Y su padre no le compró una peonza de plástico. Le compró un trompo de los de toda la vida, de madera, con la punta metálica. No lo pinté de colorines ni le puse una chincheta en su extremo superior porque ahora no está de moda ni la barbarie ni las pinturas tribales cuando se juega al trompo sino que se dedican a los malabarismos. Y cogí el trompo, enrollé el cordel, lo tiré y bailó. A la primera. Después de la intemerata de años bailé el trompo a la primera. A partir de ahora se cambia la expresión. Ya no se dirá nunca es como montar en bicicleta, que nunca se olvida. Es como bailar el trompo, que tampoco se olvida. Por supuesto tuve una regresión brutal y estuve pelándome con mi hijo por jugar con el trompo e hice la única monería que sabía hacer (cogerlo con la mano) un millón de veces. Y ya le he dicho a mi hermano que se vaya preparando, que este verano, si no lo impide el lumbago, reeditaremos el mundial de chapas. Todavía guardamos aquellas chapas. En España está Pirri, en Alemania Breitner y en Holanda Rep. Vigencia absoluta. Lo dicho: la regresión.

domingo 14 de junio de 2009

Lucernarios

Hoy toca desahogo laboral. Tal vez, dados mis antecedentes, debiera huir de relacionar blog y trabajo, pero habré de hacer honor a lo de Impenitente.

Nos ha surgido un trabajo a realizar en el parque de proveedores de una multinacional del automóvil. No es una estructura excesivamente complicada aunque tiene sus cosas. Nos ha contratado una constructora con la cual nunca habíamos trabajado, con una jefa de obra de nombre MJ con quien todavía no tengo demasiada confianza, y el proyecto y la dirección facultativa la lleva una ingeniería de Barcelona.

Como siempre, la estructura es para ayer. Los planos de proyecto son de aquella manera y, una vez medida la obra, coinciden las cotas teóricas con las reales en nada absolutamente. Dadas las urgencias, y con la aquiescencia de MJ, decidí, como hago habitualmente, tirar por el camino del medio, definir la estructura buscando yo las soluciones a las indefiniciones y buscar luego la aprobación de la dirección facultativa. No digo que mis soluciones sean las mejores, pero son soluciones a comentar y a discutir como paso previo a la ejecución del trabajo.

Me cité con la dirección facultativa en obra para comentar los planos. Me encontré con una chica de treinta y pocos años, recién llegada de Barcelona, con el pelo corto y el tatuaje de un bicho detrás de la oreja. Me presenté, extendí mis planos y comencé a comentar todo lo que había hecho. Ella, muy displicente, mirándome por encima del hombro, me dijo más o menos que quién me creía yo que era y que me atuviese al proyecto, que no tenía porqué inventar nada pues estaba todo perfectamente definido.

Y aquí es donde quiero detenerme. Que tiren por tierra tu trabajo con un deje de soberbia sienta bastante mal. Pero cuando piensas o crees que en el tonito hay también cierto deje de superioridad porque yo soy de una gran urbe y tú un puñetero provinciano, pues jode más. Imagino que el que es un imbécil soberbio lo es en Barcelona, en la Coruña y en Alconchel de la Estrella y creer que en su soberbia hay cierta componente de superioridad geográfica no deja de reflejar cierto complejo de inferioridad. El caso es que en estas situaciones, supongo que para mi desgracia, me sale el chuleta madrileño que llevo dentro. Recogí mis planos con mucha parsimonia y le dije que no se preocupase, que me ceñiría al proyecto hasta la última coma.

Cuando llegué a mi cubículo hice una relación de todas las indefiniciones y carencias de los planos. Le remití las cotas reales con el fin que ajustase el proyecto a la realidad y le pedí detalles constructivos de todo absolutamente pues le dejé caer que no tenía intención de pensar lo más mínimo, limitándome a plasmar los planos a la realidad y, lo que no tuviese claro o lo viese inviable se lo haría saber pero sin proporcionar ni solución ni alternativa. Por supuesto le hice saber que hasta que no tuviese respuesta satisfactoria la obra se paraba. Traté de hacerme con MJ para explicarle mis intenciones mas no me cogió el teléfono. Tendría que haber hablado con MJ antes de haber enviado el correo, pero estando tan cabreado como estaba, remití el correo con copia a MJ y ya está.

Aquella noche dormí poco. Sabía que me había precipitado, que me había dejado llevar por la chulería y que tendría que haber contado hasta cien, haber hablado con MJ, que para algo es quien paga, y, después, haber actuado. Las obras hay que sacarlas adelante y buscar enfrentamientos no te conduce más que a tener problemas.

A las ocho de la mañana del día siguiente sonó el teléfono. Era MJ.

-Veo que ya conoces a la dirección facultativa.
-Mira, lo siento. No sé si es que la pillé con el pie cambiado o fui yo el que llevaba el morro torcido, el caso es que sé que no he hecho bien.
-¿Cómo? Has hecho bien. Has hecho muy bien. Llevamos toda la obra soportando a la estúpida ésta y sus aires y es que estoy ya hasta los mismísimos (y aquí abro un paréntesis pues la muchacha empezó a echar exabruptos e improperios que parece mentira se puedan decir tantos tacos en tan poco tiempo). Y mira, mantenme informada, pero hasta que no tengas todo claro no hagas absolutamente nada, ¿de acuerdo? Pero nada.
-Muy bien. Sólo una cosa quiero plantearte, tú que la has tratado más: ¿ésta tía es así de imbécil o tal y como el Euromed sale de Sants su imbecilidad va en aumento hasta llegar al máximo en la Estación del Norte de Valencia?
-Me parece que las dos cosas. Sí, las dos cosas.

Y aquí estamos. La obra sigue parada. Imagino que la muchacha estará demasiado ocupada alimentando al bicho de detrás de su oreja o tratando de recomponer su ego que ha sido insolentado de manera impertinente por un puto valenciano.

miércoles 10 de junio de 2009

Dudas y cromosomas

Cierta herencia que me ha transmitido mi padre, que más que herencia es una tara, es el afán por comparar las cosas. No llego a su extremo enfermizo que le impide disfrutar pues, por ejemplo, nada es la Novena de Beethoven, pero sí que tengo tendencia al más, al menos, al mejor o al peor, entre otras cosas por esta pose de listillo marisabidillo que practico. No puedo evitar aquello de sí, bueno, no está mal aquella grabación pero la versión de los Franklin Smirrors que grabaron en los sótanos de los Bataclaims en noviembre del 73 es incomparablemente mejor. De lo de ser un petulante jactancioso no culpo a mi padre. Eso es mío.

El caso es que no siempre soy capaz de elucidar favoritismos y me queda la duda. Me pasa con unas cuantas canciones (cualquier excusa es buena para hacer una lista de canciones). No sé qué versión me gusta más. Y ya sé que no tengo obligación de tener una favorita, que puedo disfrutar plenamente de las dos o las tres versiones, pero es que la dictadura del cromosoma es feroz.

Hago relación de algunas de mis dudas a ver si veo la luz.


Rock and Roll: ¿la original de Led Zeppelin o la versión de Jerry Lee Lewis?

Señora: ¿la original de Serrat o la versión de Los Enemigos? (aunque cuando Josele dice aquello de: ese con quien sueña su hija, ese ladrón que os desvalija de su amor soy yo, Señora, debiera figurar en cualquier antología de lo que sea).

Don`t you worry about a thing: ¿la original de Stevie Wonder o la versión de Incognito?

Bridge over troubled water: ¿la original de Simon and Garfunkel o la versión de Aretha Franklin?

Personal Jesús: ¿la original de Depeche Mode o la versión de Johnny Cash?

I heard it through the grapevine: ¿la original de Marvin Gaye, la versión que hizo triunfar esta canción de Gladys Knight and the Pips o la pantanosa de la Creedence?

What a fool believes: ¿la original de los Doobie Brothers o la versión Aretha Franklin?

Sentado na beira do caminho: ¿la original de Roberto y Erasmo Carlos o la versión de Ornella Vanoni y su Appuntamento?

My way: ¿Sinatra o Nina Simone?


Y unas cuantas más de las cuales no encontré enlace en el youtube.

domingo 7 de junio de 2009

Roger Federer

Siempre pensé que el tenis murió el día en que John McEnroe se retiró. Hubo un ligero espejismo con Miroslav Mecir pero, desde entonces, lo que hay en vez de tenistas son pegadores de raquetazos. Supongo que será la evolución natural en el deporte. Cada vez todo es mucho más físico, más atlético. Dudo mucho que ninguno de los que consiguieron la plata en baloncesto en Los Ángeles 84 (Corbalán, Epi, Sibilio, Martín, Romay, Solozabal, Margall, Iturriaga, de la Cruz, Llorente, Fernando Arcega, Jiménez y Beirán. Todavía me acuerdo) pudiesen jugar siquiera en la ACB. Y tampoco tengo muy claro que el mejor McEnroe fuese capaz de hacerle un juego a Nadal. Ahora se juega a otro ritmo, con otra velocidad. El talento se supedita al músculo y esas cosas que siempre se dicen.

Alguno me podrá acusar de nostálgico. Eso es seguro. Comentaba el otro día que difícil es idolatrar a alguien que es más joven que tú mientras que era sencillísimo elevar a los altares a quien estaba en su mejor momento coincidiendo con mis veinte años. En ese aspecto soy tendencioso y no lo niego.

Y en éstas estaba cuando llegó Federer. De la misma manera que Zidane era un futbolista distinto hiciese lo que hiciese, Federer también me pareció siempre alguien diferente. No sé si es la elegancia. No sé si es la apostura. No sé si es su carácter. No lo sé. El caso es que siempre voy con Federer. No puedo evitar el ir con él, juegue contra quien juegue.

Roger Federer acaba de ganar Roland Garros. No sólo ha sido un acto de justicia deportiva. Ha sido un acto de justicia estética, de justicia emocional, de justicia poética si queréis. Federer se merecía tener el Grand Slam. Se lo merecía. No he pasado buena noche. No voy a decir que estaba tan nervioso como cuando la final del Europeo de fútbol o del Mundial de baloncesto, pero casi. Llevo todo el día con el estómago encogido. Y he saltado cuando Soderling ha tirado fuera el último punto. Y se me ha caído alguna lagrimilla al ver a Federer llorar (los emotivos tenemos que estar unidos). Y ahora estoy muy contento, la verdad. Esto no me va quitar de trabajar mañana, pero tampoco me quitó el gol de Torres.

Siguiendo con los mitos, fue un placer el ver ayer a Steffi en la entrega de premios. Steffi, sigues siendo y estando perfecta.

Por último, felicitar a Televisión Española por impedirnos ver casi todos los primeros puntos de los juegos pares y por cortar la perorata de Federer a la mitad. Chavales, dedicaos a otra cosa, por favor. Vuestros méritos políticos han de ser indudables para estar donde estáis, porque, desde luego, por vuestra capacidad profesional no será, panda de inútiles.

miércoles 3 de junio de 2009

Clavos

Mi prueba favorita en pista siempre fue la del kilómetro, los mil metros. No es olímpica pues aquí mandaban los ingleses y, aunque aceptaron las distancias en metros, impusieron la media, el cuarto, el octavo y el dieciseisavo de milla. Mi devoción por esta distancia tiene mucho de romanticismo pues esa era la prueba que corría cuando empecé en esto de competir allá a mediados de los setenta. Comenté hace tiempo mi devoción por la pista y a ella me dediqué, alternándola con el cross y con un par de maratones hasta finales de los ochenta. Mis pruebas iban del ochocientos hasta el dos mil, pero siempre el kilómetro como distancia predilecta, las dos vueltas y media.

Los mil metros también tienen su marca mítica para los que estamos a años luz de la elite: bajar de tres minutos. La primera vez que lo hice tenía diecisiete años y no estoy seguro que fuese real, pues corrí en una carretera entre dos puntos kilométricos camino del Pedernoso: 2`54”. Un día muy feliz. Luego en pista lo refrendé y lo rebajé muchas veces hasta dejar mi mejor marca en un agónico (pues casi me muero) 2`42” en las pistas del Saler. Y ahí me quedé. Se acabó la juventud. Se acabó la gasolina. Nos pasamos al diesel.

Ya ha terminado la temporada. Comenzó de una manera dubitativa (Behobia-San Sebastián, media de Valencia, media de Picaña-Paiporta), se entonó después (San Silvestre Vallecana y media de Sagunto) cumpliendo con nota (con muy buena nota) en el punto central de la temporada, el maratón de Valencia. Acabó el maratón, me encontré en el chasis (setenta y cuatro kilos. Mil años que no pesaba tan poco. Todos mis conocidos que no corren, al verme, se agruparon en dos bandos: los que piensan que estoy enfermo y los que piensan que estoy gilipollas, que he perdido los papeles. Los que corren, sin embargo, opinan que estoy muy bien. No sé a quién hacer caso) y decidí aprovecharlo. Tenía como mejor marca en media maratón 1h. 22`09” en Almansa 08. En Moncada, un mes después del maratón, hice 1h. 21`06” en un día memorable. Luego hice un quince mil en Massamagrell (siguiendo la estela de Chema Martínez, de la Ossa, Marta Domínguez y de un montón de negros) mejorando mi marca en dos minutos y corriendo por debajo de tres cuarenta y ocho el kilómetro. Estaba pletórico. Y decidí preparar a conciencia la media maratón del Puerto de Sagunto.

Aquella preparación fue fabulosa. Las series me salían a tiempos espectaculares. Los entrenamientos los acababa muy fuerte. Y empecé a pensar que no es que tuviese a tiro bajar de uno veintiuno, sino que hacerlo de uno veinte estaba a mi alcance. Y llegó el día de la carrera. Y me planté en la salida. Y érase que se era una lechera que llevaba un cántaro lleno de leche en la cabeza. Y salimos. Tuve sensaciones muy buenas. Me veía corriendo muy bien. Pero el reloj decía que no. Acabé muerto con 1h. 22`37”. Muerto y destrozado. En la meta nadie estaba contento. A finales de mayo el calor y la humedad ya son excesivos. Tal vez esa era la excusa. Tal vez no era el día. Cuando vi la clasificación comprobé que había quedado el treinta y siete de casi mil cien participantes. Realmente había hecho buena carrera. No suelo quedar tan delante. Me sirvió de consuelo. Había corrido bien en el día y en el lugar equivocado. Ya llegará otoño. Trataré de no engordar mucho. En otoño daré el salto.

Pero tal y como hacía las series antes de la carrera se me metió en la cabeza intentar volver a bajar de tres en el kilómetro. Lo dejé caer a los climaterios pero no se dieron por aludidos, así que, una vez más, cuando quiero hacer algo, lo hago. Si alguien se apunta, mejor. Si no, no pasa nada.

Pistas del Politécnico. Ruedo quince minutos para calentar. Me dirijo a un rincón donde he dejado mis trastos. Saco mis zapatillas de clavos. Me las pongo. Hacía casi veinte años que no me ponía mis zapatillas de clavos. No son feas. No están pasadas de moda. Son un modelo vintage. Me pongo de pie. Piso la pista. No soy un corredor. No soy un trotón. No soy un traga millas. Soy un atleta. Un atleta. Vuelvo a sentirme un atleta. Ultimo el calentamiento, hago unos progresivos y me dirijo a la línea de salida. Miro a mi derecha y compruebo que no estoy sólo. Allí están Jim Ryun, Peter Snell, John Walter, Sebastián Coe, Said Aouite, Steve Scott, Steve Cram, José Manuel Abascal, Roger Bannister, José Luis González…Les sonrío, les guiño un ojo, digo pum y salgo atacando.

La estrategia es muy simple: rodillas en la perpendicular, cadera alta, talón al culo y pulsaciones a tope. Paso el doscientos en treinta y cuatro y el cuatrocientos en uno cero nueve. En el quinientos no es el talón el que va al culo sino que es el culo el que está en el talón, pero al paso por el seiscientos digo tilín, tilín y, en la última vuelta, no hay dolor. Primera curva. Contrarrecta. Curva del doscientos y última recta. Cruzo la meta. Según mi crono, dos minutos, cincuenta y nueve segundos y ochenta y ocho centésimas. Suficiente. He bajado de tres. A mis cuarenta y tres años he vuelto a bajar de tres. Estoy contento. Estoy muy contento. Estoy hecho un chaval.

P.D.
Os quiero.

domingo 31 de mayo de 2009

Uruguayo

Escribí hace ya bastante tiempo sobre los mitos. Decía entonces que vivíamos malos tiempos para los mitómanos, sin duda por el exceso de información, que hace que los personajes no aparezcan difuminados ni envueltos en neblina, lo que dificulta su idealización. A mayor conocimiento de las personas y sus miserias, menor capacidad de mitificación, desde luego.

Con el tiempo me di cuenta que sí pero no. Otro enemigo peligroso para los mitómanos es la edad. Conforme uno se hace mayor va perdiendo capacidad de emoción y de sorpresa, tornándose uno en un ser resabiado y escéptico. Además, cuando se tiene el nicho de mitos principalmente en el mundo del deporte, como es mi caso, difícil es idolatrar a alguien que no es que sea más joven que tú, sino que es muchísimo más joven que tú. Hasta los treinta fueron innumerables (Carlos Lopes, Sebastian Coe, Edwin Moses, Dietmar Moegenburg, John McEnroe, Perico, Induráin, Gárate, Ufarte, Milinko Pantic, Larry Bird, etc.). Desde los treinta…pues no sé. Quizá Roger Federer.

Terminó la Liga. El Atlético de Madrid ha quedado cuarto. Sirve más o menos lo que escribí hace un año. Quedar a veinte puntos del primero no creo que sea algo para celebrar. Sigo teniendo la costumbre de fijarme en el primero. Sigo pensando que ese debiera nuestro sitio. Imagino que estaré equivocado y no sé si alguna vez rectificaré o me caeré del guindo. Hasta entonces, pues bueno, a sufrir y a tratar de encontrar satisfacción en lo que no dejan de ser triunfos intermedios. Jugaremos la previa y, si la pasamos, pues estaremos entretenidos los martes y los miércoles viento al Atleti jugando en Anfield o en el Philips Stadium. Bien. Luego llegará el cruce de octavos y el mejor jugador estará en el banquillo y a hacer puñetas, pero ya llegará ese día. Hasta entonces veamos el lado bueno o el vaso medio lleno.

Desde luego, si este año hemos quedado cuartos ha sido gracias a Forlán. Treinta y dos goles, Pichichi y Bota de Oro en un equipo calamitoso como el nuestro. ¿Es motivo éste suficiente como para venerarlo? Hombre, pues…no sé. Desde luego no llego a los extremos de alguien que vive en mi casa, a quien nunca le importó el fútbol ni mucho menos el Atleti que lleva dos años tragándose los resúmenes especialmente cuando marca Forlán y, además, se sube la camiseta o se la quita. No llego a esos extremos de forlanismo. Es un buen jugador con una buena temporada llevando una camiseta como podría haber llevado otra pues no es la suya especialmente. No habré de idolatrar a Forlán. No habré de mitificarlo. Simplemente, beso el suelo por donde pisa. Diego, muchas gracias. Y, por favor, no te vayas. Por favor.

miércoles 27 de mayo de 2009

Grandes personajes (tres)

Maroto es el hombre que más daño se ha hecho a sí mismo. Maroto es mi amigo y le quiero, pero una cosa no quita a la otra.

Rara vez he visto a Maroto emocionarse. Ni siquiera con su Levante. No sé si es que está hecho de pedernal o es que considera un síntoma de debilidad o flaqueza el mostrar la menor emoción. Parece como si sintiese en un estadio superior por poder controlar sus sentimientos y por mantener un gesto de indiferencia mientras los demás estamos al borde de las lágrimas. Podría recorrer las siete maravillas del mundo sin alterar el gesto. Incólume. Hierático.

Pero tiene un punto débil. Sólo uno que yo sepa. Ante un níspero Maroto pierde el sentido, el aplomo, el saber estar, los papeles, la educación y hasta el habla. Los nísperos le pueden. Ante los nísperos pierde su flema. Es tanta su pasión que llegó, incluso, a escribirles una oda, la celebérrima “Oda al níspero”, que aquí recuperamos.

Viniste de la China.
Marco Polo me cae bien.
En Callosa d`en Sarriá
estableciste tu reino
níspero inmortal.
Posees una pulpa comestible
de color anaranjado.
No eres como la pulpa del tamarindo
que cantaban los Tres Sudamericanos.
Me gustaba Alma María.
Bueno, no me gustaba.
A mí sólo me gustas tú
níspero adorado
también conocido como achras, sapota,
manikara, sapotaceae, chicozapote
y zapote.
Eres aromático y carnoso
de intenso sabor dulce
pero ácido. Me gusta la acidez.
La prefiero a la basicidad.
Los ph bajos me excitan la imaginación
y las entendederas.
Aunque eres rico en azúcar
eres bajo en calorías.
Nunca dejarás de sorprenderme
nisperito mío
por eso te amo.
Destaca en tu composición
sobre todo el potasio
mi elemento de la tabla periódica
favorito.
Tienes también, cómo no,
propiedades antioxidantes.
Dicen de ti que ayudas a expulsar
piedras de la vejiga
si se te mezcla con corteza de rábano.
Picaruelo, eso no me lo habías contado.
Todavía tienes secretos para mí.
Nunca te terminaré de descubrir.
Me llenas el alma con tus sortilegios.
No eres como esos amigos míos
de moral laxa
que tanto me decepcionan,
que vejan a sus seres queridos.
Yo le tiro a todo lo que se mueve
siempre desde el respeto y la educación
porque soy un hombre sensible
tan sensible como el Cholo Simeone.
Pero me descentro, nisperejo,
que combinas tan bien
en helados, postres y batidos.
Qué excelente mermelada produces.
Eres de los primeros frutos del verano.
Aconsejan elegir aquellos
que tienen rayas.
Como mi Levante.


Una desgracia que sufrimos habitualmente los que le conocemos es su escasa noción de la dimensión. Cuando dice las terribles palabras –yo me encargo de comprar la comida- ya sabemos todos que vamos a pasar hambre. Hace unas cuentas muy raras. Piensa que tenemos un estómago de un niño de cuatro años y calcula una longaniza, una morcilla y un choricillo por cabeza. Y el irte a pasar el día al campo de torrà como dicen en Valencia o a asar carne, con el hambre que da el campo y con lo bueno que está todo a la brasa y haberte terminado tu ración y ver que podrías comerte cincuenta longanizas, noventa morcillas, seiscientos choricillos, noventa trozos de panceta, treinta y cinco chuletas, dos forros de cabeza y un bidón de ensalada de tomate, aceite y sal más tranquilamente es para matar a alguien. No me lo vuelve a hacer. Es la segunda vez que me lo hace pero no me lo vuelve a hacer. La próxima vez que me invite y diga que se encarga de todo yo me llevo un gorrino entero. Allí no se va quedar con hambre ni el Mahatma Gandhi ni Obélix ni el que asó la manteca. Que no.

domingo 24 de mayo de 2009

Ferpectamente

Vuelvo con mis letras de canciones que pretenden justificar situaciones irregulares o anómalas, esta vez no en un tono sentimental sino humorístico. Hoy: la antropofagia. Fuagrás. Los Enemigos.

Oh, qué órgano
tan saludable y tan brillante,
este hígado
debiera estar en un estante.
Mi abuelo
lo cuidaba no poco y sí
y sí bastante.

Más no sirvió
de nada este esmero tan chocante,
y es que el tren se lo llevó
a mi abuelo por delante.
(Pobre)cico se quedó
mucho más feo que antes.
El tren se lo llevó. ¡Ay!

Mi abuela, que es muy ahorrativa
y mucho más
y mucho más, ahora que antes,
le aplicó una lavativa, aprovechó
aprovechó
el muerto por partes.

Y es que el tren se lo llevó
a mi abuelo por delante.
(Pobre)cico se quedó
mucho más feo que antes.
El tren se lo llevó. ¡Ay!

Preparando
estas viandas así pasó,
en vez de echarse un amante,
así pasó mi pobre abuela sus pocos
sus pocos
años restantes.

Y pudimos comprobar
primos, tíos y demás
lo rico que llega a estar
si es de buena calidad
lo rico, qué bien que sabe.

¡Abuela,
qué bien que sabe tu fuagrás!
¡Abuela,
qué bien que sabe!
¡Abuela,
cómo nos gusta tu fuagrás!
¡Abuela!


Ésta fue la primera letra de canción que copié en mi vida altisonante. Entonces la puse porque sí. Hoy me he buscado otra excusa. No la he encontrado en el youtube pues me hubiese gustado enlazarla. Tengo verdadera debilidad por esta canción. Creo que es mi favorita de Los Enemigos, y eso es mucho decir. Recuerdo cuando fui junto a Luis Santángel de concierto a una sala que está en la calle San Vicente y que ha tenido mil nombres, en pleno mes de julio, con cuarenta grados en aquel tugurio y una humedad del noventa por cien, él con su legendaria sudadera negra de Los Enemigos, los dos completamente entregados a Josele dejándonos la voz –abuela, cómo nos gusta tu fuagrás (si Josele escribe fuagrás es porque se escribe así. Josele está por encima de la RAE). Fue aquel un momento imborrable.

Pero vamos a la letra. Aquí se nos cuenta una historia que se ciñe a la antropofagia gastronómica. No es como en “Las aventuras de Arthur Gordon Pym” de Edgar Allan Poe, cuando los náufragos sortean quién ha de morir para que los demás puedan sobrevivir. El sorteo es una escena sobrecogedora, pero mucho más cruel es cuando el perdedor agacha la cabeza y, al instante, es macheteado, descuartizado y sus partes puestas en salazón. Un libro muy instructivo. No, aquí vemos a un grupo de comensales degustando con satisfacción un paté de hígado. Un hígado muy cuidado, no como el de las ocas pero, aún así, la abuela, con su esmero, obtiene un resultado muy celebrado por su parentela.

Y llegado a este punto no sé seguir.

miércoles 20 de mayo de 2009

Tiempo y silencio

Decía Borges que no se sentía especialmente orgulloso de los libros que había escrito pero que, sin embargo, lo que verdaderamente le enorgullecía era los libros que había leído. Parafraseando desde la distancia a Borges diré que me enorgullezco de los libros que he leído pero que siento un vértigo enorme por los libros que aún tengo pendientes, que son infinitos. Basta leer algo que te guste e indagar un poco sobre su autor, sobre su obra, sus preferencias o sus coetáneos para que el número de libros pendientes se dispare.

Estaba yo en el año noventa y tres en la mili. Curioseando me encontré con dos cajones llenos de libros con toneladas de polvo acumulado que formaron parte en su momento de alguna biblioteca y que en cualquier remodelación o traslado pasaron al olvido. –Mi Sargento Primero, ¿da usted su permiso para robar unos cuantos libros? –Hombre, permiso no tienes, pero voy a salir y volveré en una hora.

Uno de los libros que, sorprendentemente, apareció en mi taquilla fue “Tiempo de silencio” de Martín-Santos. Luego pasó a casa de mis padres hasta que, recientemente, me lo encontré y, bueno, me lo leí. Este libro forma parte del plan de estudios y no deja de ser un clásico contemporáneo, por lo que no voy a descubrirlo. Es una historia sórdida en un Madrid sórdido en un periodo sórdido (finales de los cuarenta). Me ha gustado mucho, claro. Además tuve una sensación muy gozosa, y es que este libro, con esa prosa tan rica y tan exuberante, te estimula a escribir. Tal y como lees te entran ganas de emborronar páginas, algo que, hasta ahora, sólo me había sucedido con Cortázar y con las canciones de El Niño Gusano. Así que el placer al leerlo fue doble.

Y, tal como acabas, pues buscas información sobre Martín-Santos y ves que su obra en muy breve pues murió muy joven de accidente, pero resulta que formaba parte del círculo de los Aldecoa, de Benet, de Sánchez Ferlosio, de Martín Gaite y, claro, como comentaba al principio, el abanico se amplía, y los autores de cabecera aumentan en número, y habrá que leer algo de los citados y, por tanto, los libros pendientes se disparan y cuántas cosas me quedan por leer y por qué no tendrá el día cincuenta horas.

domingo 17 de mayo de 2009

Lovers at first sight, in love forever

Recientemente me enteré que existe la especialidad de catador de tabaco. Sabía que existían los catadores de vino y de café, pero de los de tabaco, ni idea. Pensaba que el tabaco era pura química y fácil de controlar e, incluso, de desarrollar y no es así. El catador de tabaco trabaja para los departamentos de control de calidad y para investigación y desarrollo, aparte de estudiar a la competencia. Me alegré que no se pierda el factor humano en este aspecto. Lo que me sorprendió es, y he aquí lo paradójico, que la normativa europea impide fumar en el puesto de trabajo siempre que éste sea en un local cerrado. El catador de tabaco tendrá su despacho, pero para realizar sus catas ha de salir a la intemperie. El catador de tabaco no puede desarrollar su trabajo en su puesto de trabajo. Cuando, como es el caso que conozco, uno trabaja para una compañía tabaquera en Alemania junto a Luxemburgo, la intemperie en invierno resulta un tanto incomoda. Vestirte como un esquimal para desarrollar tu trabajo cuando tienes tu despacho tan acogedor y tan calentito pues tiene su aquel.

Como me ha quedado un tanto pobre la entrada, trataré de empobrecerla aún más. También recientemente me enteré de que el perro de dibujos animados Scooby-Doo debe su nombre al “Strangers in the night” de Sinatra. No sé si fue William Hanna o Joseph Barbera el que tomó el nombre del final de la canción y con ella bautizó al chucho.

Ya ves.

jueves 14 de mayo de 2009

Monsieur Parvulesco

Rellenó Juan el siguiente cuestionario en su blog y, como siempre, me sigue costando horrores resistirme a contestar preguntas. Toca alarde exhibicionista y pretencioso.


1. A pocos segundos de finalizar el juego, le has dado la victoria a tu equipo con una magnífica anotación. ¿Qué deporte es? ¿En qué equipo juegas? ¿Qué número llevas en tu camiseta?

15 de mayo de 1974. Final de la Copa de Europa. Se disputa en Heysel, en Bruselas, y la juegan el Bayern de Munich y el Atletico de Madrid. Al final del segundo tiempo el resultado es empate a cero. Prórroga. Al poco de comenzar la misma marca Luis Aragones de libre directo. A falta de treinta segundos para terminar la segunda parte empata Schwarzenbeck. Todo parece indicar que se va al partido de desempate. Van a sacar de centro Gárate y El Impenitente. Gárate está hundido. El Impenitente le mira. Hay algo de fe en su mirada. Sacan, ceden hacia atrás a Adelardo y salen corriendo. Adelardo cuelga el balón. Gárate, pese al marcaje de Beckenbauer, consigue parar con el pecho y El Impenitente, con el siete a la espalda, con el número con el que siempre jugaría al fútbol y fútbol sala, viniendo desde atrás la empalma y la clava por la escuadra. Sepp Maier ni se mueve. El Atlético de Madrid es campeón de Europa.


2. Te han elegido para cantar una canción en Viña del Mar. ¿Qué canción cantarías?

Hombre, si es en Viña del Mar cantaría “Pavo real” del Puma. Viva la numeración.


3. Estás nuevamente en un escenario pero ahora tocas con una banda. ¿Qué banda es? ¿Qué canción tocan? ¿Qué instrumento tocas?

Toda mi vida deseé ser un Jordanaire y haber acompañado a Elvis haciéndole los coros. ¿Qué canción? Kentucky rain.


4. Te falta una palabra para completar un crucigrama pero no la escribirás porque es la palabra que más odias. ¿Qué palabra es?

Soy muy maniático con el tema del lenguaje, aunque creo que la palabra que más me rechina es “genial”. No tengo demasiado buen concepto de la gente que utiliza esa muletilla constantemente.


5. Acabas de ganar un Oscar por tu actuación. ¿En qué película actuabas? ¿Cuál era tu personaje? ¿A quién le dedicas el premio?

Tantas veces he citado en mi vida blogosferita “El tercer hombre” que no pasará nada porque lo haga una vez más. Mi papel sería el de Joseph Cotten/Holly Martins. Dedicaría el premio a Graham Greene, a Carol Reed, a Orson Welles, a Trevor Howard y a Alida Valli. Y concluiría mi discurso diciendo: Viva B. Viva el Paulino. Vivan los Faisanes. Viva el Pilón.


6. Función sorpresa. Se apagan las luces y en la pantalla aparece esa escena que más te gusta del cine. ¿Qué película es? ¿Cuál es la escena?

No sé si será la escena que más me gusta, pero le tengo aprecio. “El manantial”, de King Vidor. Final de la película. Patricia Neal sube por el montacargas de un rascacielos en obras. Arriba, en la cumbrera del rascacielos, en la cima del mundo está Gary Cooper (Howard Roark), esperando. No he visto nunca hombre tan atractivo en mi vida como Gary Cooper en esa película. Nunca he visto a una mujer que sea tan rotunda y tan absoluta como lo es Gary Cooper en su masculinidad en esa película (mi componente gay latente está desatada). La primera vez que vi “El manantial” me fascinó. La segunda, me gustó menos. No la veré una tercera vez. Me gusta tenerla idealizada.


7. Es fin de semana, enciendes la TV y para sorpresa tuya han vuelto a programar un programa que te gustaba mucho en tu infancia. ¿Cuál es esa serie?

Mazinger Z, aunque no estoy muy seguro que quisiese volver a verla. Ahora, si repusiesen “Canción triste de Hill Street” rompería mi voto de abstinencia televisiva. Y es que Furillo era mucho Furillo.


8. Encuentras un paquete a la puerta de tu casa, la tarjeta dice que es para ti. Lo abres y es justo lo que deseas en estos momentos ¿Qué es?

Una carta en la cual Mónica Bellucci me confiesa su amor y me pide que nos fuguemos a una isla desierta donde pasaríamos fogosamente el resto de nuestra existencia. La rechazaría, por supuesto, pero se lo contaría a todo el mundo: Yo rechacé a Mónica Bellucci, que se humilló por mi amor.


9. No pudiste resistir y te comiste todo el pastel que guardábamos en la nevera. ¿De qué sabor era?

Teniendo en cuenta que soy fundador y miembro único de la plataforma “La tarta de manzana existe”, pues eso.


10. Las Horas del Olimpo te han elegido para que borres un personaje de la historia. ¿Cuál borrarás?

Pues borraría bien a Adán o bien a Eva y a hacer puñetas la humanidad.


11. No conformes, las Horas del Olimpo te piden que intercambies papeles con un personaje histórico. ¿Con quién intercambiarás papeles?

Ya que estamos bíblicos, pues con el sabio Salomón.


12. Encontramos una foto del momento más alegre en tu vida hasta este día. ¿Recuerdas cuál es?

Veinticinco de mayo de mil novecientos noventa y seis. Kiko acaba de cruzar el balón ante la salida del portero del Albacete y lo festeja tirando un beso al público. Como momento alegre aquel es inolvidable.


13. También encontramos una foto del momento más vergonzoso en tu vida hasta este día. ¿Recuerdas cuál es?

Más que una foto yo pondría un vídeo un tanto largo pues iría desde mis dieciocho hasta mis veintitrés años. Es una sucesión constante de momentos vergonzosos.


14. ¡Felicidades! Has sido elegido para un viaje al planeta Marte. Lleva contigo cinco cosas personales y cinco cosas que representen a tu país. ¿Qué llevarás?

No sé si considerar a Ana y a mis hijos como cosas personales, pero me los llevaría. Luego, además, me llevaría el Corte Inglés y el Decathlón, por si acaso hubiese de quedarme una temporada larga. Y si he de llevarme cinco cosas que representen a España, pues me llevaría grabados cinco pasodobles: La entra de la murta, Amparito Roca, Nerva, España cañí y, por supuesto, (aunque no sé si es un pasodoble) El Fallero.


15. Has vuelto a nacer y puedes elegir tu primera palabra. ¿Cuál será?

Buenos días.


16. Te van a fusilar por ese defecto que no puedes corregir. ¿Cuál es?

Pues me fusilarían por listillo, por marisabidillo, por pedantón.


17. ¡Ganaste la Lotería! ¿Qué es lo primero que comprarías?

Mi tiempo.


18. Puedes escoger cualquier marca y modelo de automóvil que quieras. ¿Cuál escogerías?

Me encanta ir andando a los sitios.

martes 12 de mayo de 2009

Y agrupar los silencios que puedan quedar

Ha muerto Antonio Vega. Este hombre me ha hecho demasiado feliz como para no dedicarle aunque sea unas líneas de agradecimiento. A vuelapluma y deprisa y corriendo copio la crónica que hice del concierto que dio Nacha Pop en Viveros hace casi un par de años.

Anoche tocó Nacha Pop en Valencia, más concretamente en Viveros, dentro de los conciertos de la Feria de Julio.

Dado que se trata no sólo de un grupo cuyas canciones son muy de mi gusto sino que, además, forma parte de mi adolescencia y de varias de mis múltiples juventudes, allá que me fui.

Como prueba del nueve irrefutable de mi gran capacidad proselitística nachapopera (perdón por los palabros) está el hecho de que me fui solo al concierto.

Como no tenía entrada me fui con tiempo dándome un paseo. Comenzaba a las diez. A las nueve y media ya estaba por allí. Estaban entonces haciendo las pruebas de sonido.

A las diez menos diez abrieron las puertas. A las diez éramos cuatro gatos.

A las diez y media aquello tenía otra cara. Había bastante gente. No sé cuántos son bastantes, pero sí un tercio de la explanada de Viveros. Yo por entonces ya estaba a punto de subirme al escenario y explicar la lógica de identidad, que las diez son las diez, no las diez y media, que es una falta de respeto enorme hacer esperar. Comenzaba también ya a dolerme la espalda. Vamos, que mi estado de ánimo no era el más indicado para escuchar un concierto.

A las diez y media se apagaron las luces y salieron al escenario. Comenzaron con “Antes de que salga el sol”. Por el día alguien con quien no vivir. Por la noche alguien con quien no dormir.

Todos mis males se diluyeron. Comencé a cantar y a saltar y no paré en la hora y media que duró aquello. De hecho ahora apenas tengo voz.

Siete estaban sobre el escenario. Un batería, tres guitarras, un bajista y dos tíos a los teclados. Sonaron muy bien. Muy potentes.

Entre el repertorio que yo hubiese elegido y el repertorio que tocaron no hubo apenas coincidencia. No tocaron “No necesitas más”, ni “Reflejo de ti”, ni “¿Qué hiciste conmigo anoche?”, ni “Atrás”, ni “Agárrate a mí”, ni “Vidas agridulces”, ni “No puedo mirar”, ni “Enganchado a una señal de bus”, ni “Magia y precisión”, ni “Como hasta hoy”, ni “Escala real”, ni “Pagas caro mi humor”, ni “Sentado al borde de ti”, ni “Lo que tú y yo sabemos”, ni…

Aún así disfruté como un chiquillo. Quizá influyó en mi euforia los cinco mil porros que se fumaron los tres que estaban delante de mí, también bastante entregados a la causa y que cantaron todas las canciones. De hecho, desde la mitad del concierto, formamos una entente y nos dedicamos a pedir, entre canción y canción, “Atrás” a grito pelado. No nos hicieron ni puto caso.

Nacho está igual que siempre. Quizá con menos pelo, pero el tío es inmutable. No paró en todo el concierto. También estaba por ahí Fernando Illán, que estuvo con Nacho y Brooking en Rico. A éste lo vi hinchado, abotargado, sin brillo.

Antonio está muy mal. Muy mal, muy mal. Está muy delgado, blanco, demacrado, cadavérico, envejecido, sin voz. Apenas se puede mover. Están todos pendientes de él no vaya a desplomarse en cualquier momento. Michael Jackson tiene un aspecto más saludable y agradable. Ahora, dentro de sus limitaciones, algo de voluntad sí que tiene. Está empeñado en tocar todos los punteos de las canciones y, de vez en cuando, acierta con alguno. Pero da igual. A Antonio se lo perdonamos todo. Son muchos años y nos ha hecho disfrutar demasiado como para reprocharle nada.

El primer bis fue “Chica de ayer”. Todo el mundo la coreó. No tengo demasiada simpatía por esta canción, pero también la canté con la poca voz que me quedaba entonces. Por cierto, Antonio escribió esta canción cuando estaba en la mili. El noble y leal ejército español es lo que tiene.

El concierto me supo a poco. Me faltó una hora, por lo menos.

Dicen que están componiendo y que tienen intención de sacar un disco pronto. No sé yo si Antonio aguantará. Confiemos. Si sacan disco, pues nos lo compraremos, aunque fuese un tributo al sintoísmo. Son de la familia y a la familia se le termina perdonando todo.

Como dijo Nacho al final del concierto, hasta dentro de diecinueve años. Por aquí estaremos. Me llevaré entonces a mis hijos, aunque sea arrastras, para que se avergüencen de su padre, a ver si entonces puedo quedarme a gusto coreando “tan sólo hay algo que funciona mal y es que su amigo se ha echado atrás”.


Muchas gracias, Antonio. Gracias por todo.

jueves 7 de mayo de 2009

Propuestas

Pepe comenzó siendo albañil, pero, como es muy hábil, osado y tiene don de gentes terminó siendo constructor. Lleva una cuadrilla bastante amplia y trabajo nunca le falta. Lo conozco desde hace más de doce años y nos llevamos muy bien. Está ahora a punto de jubilarse pero, aún así, sigue en forma el tío. Nuestras conversaciones suelen ser muy curiosas pues su castellano no es muy bueno y mi valenciano es peor, por lo que tenemos unas charlas en un castellano valenciano raro, lo cual nos hace reírnos bastante.

Hará cosa de diez años vino por nuestra oficina por un trabajo que estábamos haciendo. Habíamos terminado ya de hablar de la faena cuando se me quedó mirando y me dijo:

-Oye, Impenitente, ¿por qué no te casas con mi hija?
-¿Cómo?
-Que te podrías casar con mi hija. Tú eres muy buen chico, me llevo bien contigo y serías un yerno fenomenal.
-Pero si yo no conozco a tu hija.
-Tú por eso no te preocupes. Te va a gustar seguro. No es fea. Lo único es que tiene un carácter insoportable, pero ya te encargarías tú de dulcificarla.
-Pero bueno, Pepe. Que yo tengo novia, y me voy a casar.
-¿Desde cuándo ha sido eso problema? Además, con lo modernos que sois ahora los jóvenes seguro que lo solucionáis en un momento.
-No sé yo. No conoces a mi novia.
-Mira, Impenitente, si te casas con mi hija te regalo un piso.
-¿Un piso?
-Un piso. Piénsatelo y dime que sí. Eres mi oportunidad. No voy a conseguir que esta chica se vaya nunca de casa y es que no hay quién la aguante. No hay quién la aguante.

E., el delineante, había asistido a la conversación y estaba muerto de risa. Al poco rato llegó mi jefe.

-Mire, jefe, que le cuente el Impenitente la oferta que le ha hecho Pepe.
-¿Te ha ofrecido trabajo?
-No, me ha pedido que me case con su hija.
-Pero, cuéntaselo todo- dijo E.
-Me ha dicho que, si me caso con su hija, me regala un piso.
-Y tú, ¿qué le has contestado?
-No le he dicho nada.
-Tú eres tonto. Dile que sí, hombre. Dile que sí. Que Pepe los duros los toca pero bien y a su sombra vas a vivir muy tranquilo. Dile que sí. Acepta, no seas tonto.

No acepté. Acabamos casándonos Ana y yo. Todavía nos queda una temporada para terminar de pagar el piso. Sigo viendo con frecuencia a Pepe. Nunca olvida hablarme de su hija. Sigue teniendo un carácter insoportable. Creo que sigue viviendo con sus padres.

lunes 4 de mayo de 2009

La felicidad

Conseguí encerrarme un rato en la habitación. Puse un viejo vinilo de grandes éxitos de Gladys Knight and the Pips (qué fabulosamente fabulosa es Gladys Knight. Y qué graciosos son su hermano y sus primos). Sonaba en aquel momento el celebérrimo “Midnight train to Georgia” cuando la pequeña Berta, con sus dos años y medio, entró muy silenciosa en la habitación, se puso a mi lado y se quedó escuchando. Al poco rato dijo:

-Papa: me gusta. ¿Bailas?

Y allí estuvimos, mi hija y yo, bailando “Midnight train to Georgia”. Y “Baby, don`t change your mind”. Y “You and me against the world”. Y “I`ve got to use my imagination” Y “The look of love”. Y fue entonces cuando Berta se marchó, dejando olvidado en el suelo un pequeño zapato de cristal.

jueves 30 de abril de 2009

Oxímoron

En plena conversación futbolera uno de los interlocutores afirma que hay futbolistas (concretamente un portero peliteñido afortunadamente ya retirado, aunque quiso mi fatalidad que fuese testigo directo de su acto de despedida, y que, por desgracia, sigue consumiendo oxígeno en la faz de la tierra) que, en su afán de ser más competitivos y de estar en mejor forma practican el sexo tántrico. Otro interlocutor, con ánimo de resultar gracioso, pregunta entonces si un brasileño que jugaba en el Barcelona cuyo nombre empezaba por Ro y terminaba por dinho también practicaba el tantrismo, a lo que el interlocutor primero respondió que un brasileño tántrico era un oxímoron. El graciosito rio con ganas y, en cuanto llegó a casa, buscó el significado de oxímoron.

Un oxímoron es una figura literaria que consiste en armonizar dos conceptos opuestos en una misma expresión. ¿Ejemplos? Luz oscura, realidad virtual, placer espantoso…La figura opuesta al oxímoron es el pleonasmo, que no deja de ser una forma de redundancia (subir para arriba, lo vi con mis propios ojos…). El oxímoron es una figura literaria pero también puede ser una figura visual, pues ver a un futbolista leyendo no deja ser algo extraño. O auditiva, y aquí que cada cual piense en una canción que le encanta interpretada o perpetrada por un cantante que detesta.

Pido perdón a los lectores si explicando qué es un oxímoron ofendo a su cultura o a su inteligencia. He escrito esto pensando en aquel graciosito que prefirió disimular riendo antes que confesar su ignorancia, graciosito que llevaba mis mismos zapatos, por cierto.

domingo 26 de abril de 2009

Los parias de la tierra

Unos doscientos cuarenta kilómetros hay de distancia entre Valencia y los pueblos del secarral conquense de donde son mis padres y de donde proviene buena parte de mi familia. Doscientos cuarenta kilómetros que ahora, con la autovía, se recorren en dos horas tranquilamente (bueno, dos y pico, teniendo en cuenta los radares, el carnet por puntos y dando por buena la leyenda que afirma que la principal industria en volumen de facturación de la provincia de Cuenca es la Guardia Civil de Tráfico, a cuyas arcas he sido invitado a contribuir no una ni dos veces), pero que en aquella época, a principios de los ochenta, cuando nos vinimos a Valencia, con una carretera de doble sentido siempre llena de camiones, no te quitaba nadie las tres horas de viaje. Tenía mi padre entonces un Supermirafiori y ahí nos metíamos los seis, los cuatro hermanos detrás. En tres horas nos daba tiempo a pelearnos cincuenta veces, a cantarnos todo nuestro repertorio otras tantas (siempre hemos sido muy cantarines. Y lo seguimos siendo) o todos los villancicos inimaginables por Navidad y a hacer cualquier barrabasada. Todo menos dormir. Dormir nunca fue lo nuestro.

Era ya verano y el calor era insoportable. Lo del aire acondicionado entonces en los coches era algo utópico o para ricos, así que sudando veníamos, hartos. A veinticinco kilómetros de llegar a B., a la altura de Villalgordo, no sé que haríamos mi hermano y yo que mi padre pegó un frenazo, se echó al arcén y se giró hacia nosotros:

-Fuera ahora mismo del coche.
-Pero…
-¡He dicho que fuera ahora mismo del coche!

Nos bajamos. Siempre fuimos muy obedientes. Mi padre arrancó y salió pitando dejándonos allí a los dos.

-Y ahora, ¿qué hacemos?
-Vamos a ir andando que volverá en seguida, no te preocupes.

Quince minutos después allí no volvía nadie a por nosotros. Era mediodía y el sol pegaba pero bien.

-El cabrón este no vuelve.
-¿Y si hacemos auto stop?
-Vale.

Seguimos andando hasta que, a lo lejos, vimos acercarse una furgoneta. Sacamos nuestros pulgares y la furgoneta paró. Nos acercamos corriendo. El conductor entonces nos pareció muy mayor, aunque no creo que tuviese más de treinta y cinco años.

-¿A dónde vais?
-A B.
-Venga, camaradas. Subid, que os llevo.

Subimos a la furgoneta, cuyo interior estaba decorado de una manera un tanto monótona y recargada: allí había hoces y martillos por todas partes.

-Pero bueno, camaradas, ¿qué hacíais en mitad de la carretera a estas horas, con la que está cayendo?

Buena pregunta. En la actualidad a mi padre, por haber abandonado a dos menores en mitad de la carretera, le hubiesen metido en la cárcel, le hubiesen quitado la patria potestad y Telecinco hubiese hecho todos los telediarios durante una semana desde el lugar exacto donde fuimos expulsados del coche para escarnio de nuestro padre y para sensibilización y adoctrinamiento de la sociedad. En el año ochenta y dos la situación era muy distinta, pero, aún así, no quedaba muy bien contar a un desconocido que estábamos en mitad de la carretera debido a que mi padre nos había echado del coche porque estaba hasta los huevos de nosotros.

-No, hemos madrugado esta mañana y hemos empezado a andar. Nos hemos picado y hemos llegado hasta aquí y ahora estamos cansados y, con el calor que hace, hemos decidido hacer auto stop para volver.
-¿Andando desde B. hasta Villalgordo?
-Sí.
-¿Por la carretera?
-Sí.

Nos miró. Mucha pinta de llevar seis horas andando al sol no teníamos, por lo que pensaría –qué más da averiguar la verdad.

Mientras tanto mis padres y mis hermanas siguieron avanzando. Al llegar a V., nuestro otro pueblo, seis kilómetros antes de B., vio mi padre a su amigo Ángel y paró a saludarlo.

-¿Llegáis ahora?
-Ahora llegamos.
-Mucho calor para viajar.
-Mucho.
-¿Y los chicos? ¿Se han quedado en Valencia?
-No, los he dejado en mitad de la carretera, a la altura de Villalgordo.
-Será una broma.
-No.
-Pero ¿tú estás tonto? ¿Qué quieres? ¿Que se mueran de una insolación? ¿Que los arrolle un camión? ¿O prefieres que los secuestren?

Aparcó mi padre el coche, se subió al de Ángel y salieron a buscarnos.

Nosotros seguíamos trayecto con nuestro camarada, hablando de Valencia, del mundial de fútbol, que España iba a ganar y no ganó, de la revolución, de la lucha de clases y de la famélica legión. A punto estábamos ya de comenzar a cantar “La Internacional” cuando, a la entrada de V., vimos a nuestra madre y hermanas.

-¡Pare, pare!
-¿Qué pasa?
-Nos bajamos aquí, que hemos visto a nuestra madre y nos quedamos con ella.
-¿Seguro, camaradas?
-Seguro.

Nos apeamos.

-Muchas gracias. Muchísimas gracias.
-De nada. De nada. Y hasta la victoria siempre, camaradas.
-Hasta luego.

Mi madre y hermanas empezaron a llorar cuando nos vieron. Estaban bastante asustadas, pensando lo peor. Nos abrazamos.

-¿Habéis visto a vuestro padre?
-No. ¿Dónde está?
-Se ha ido con Ángel a buscaros.
-Pues no los hemos visto.

A los diez minutos aparecieron. No creo que el padre del Hijo Pródigo, al ver retornar a su vástago, estuviese tan sobreactuado como lo estuvo nuestro querido progenitor al vernos.

-¡Hijos míos! ¡Hijos míos! ¿Estáis bien? ¿Os ha pasado algo? ¡Perdonadme! ¡Perdonadme!

Todo esto lo decía colmándonos de abrazos y besos. Pasados los momentos emotivos, nos subimos al coche y nos fuimos para B. Seis kilómetros quedaban. Durante el camino no sé qué hicimos que mi padre nos amenazó con volver a bajarnos.

miércoles 22 de abril de 2009

Autoestima primaveral

Primavera en el cauce viejo del río Turia en Valencia. Un atleta alto, delgado, con gafas y cuarentón va rodando tranquilamente. En el césped, junto al Palau, una mujer de mediana edad está sentada leyendo un libro. Al pasar el corredor por delante, ella pregunta:

-¿Qué? ¿Preparándote para estar bien este verano?
-Bueno, más o menos.
-Pues a ti no te hace falta. ¡Macizazo!

Guapo que es uno.

domingo 19 de abril de 2009

Can you hear the drums?

El hecho de llevarme año y medio con mi hermano hace que me resulte imposible imaginarme muy buena parte de mi vida sin él. En el noventa y seis se subió para San Sebastián y, por supuesto, no somos de los que concebimos la razón de que la distancia sea el olvido, pero, hasta entonces, siempre compartimos habitación. Tengo dos hermanas a las que quiero como hermanas que son pero mi hermano…bueno. Mi hermano es otra cosa.

Tantos años juntos, haber crecido juntos, haber compartido casi todo pues da para mucho. Miles de partidos de fútbol, de baloncesto en nuestra habitación con una papelera encima del armario, ligas y campeonatos del mundo de chapas, cromos …bueno, la infancia. Y la adolescencia. Y unas cuantas juventudes. También cuando le dio por aprender a tocar la guitarra, con un gusto musical el suyo tan infame (en contraste con el mío, siempre tan brillante y exquisito), que canalicé regalándole un montón de partituras de los Beatles. Él practicaba y yo me hinchaba a cantar con mucho sentimiento, que si oh, and this boy would be happy just to love you, but oh, my, that boy won't be happy 'til he's seen you cry o bien one day you'll look to see I've gone, for tomorrow may rain so I'll follow the sun. Muy buenos ratos.

También hemos salido de fiesta juntos muchas veces. Muchísimas. Y volvíamos a las tantas. Y como dos cueceleches. Mi padre no se despertaba ni a tiros, pero mi madre dormía como las liebres. Y aprendimos a ser sigilosos y a llegar a casa, fuera cual fuese nuestro estado, y a meternos en la cama sin hacer el menor ruido. En Valencia no era complicado, pero en el secarral el pasillo estaba lleno de taburetes trampa que sorteábamos andando con la mano pegada a la pared. Era bastante cómico. Una de aquellas veces conseguimos llegar a la habitación sin sobresaltos. Me estaba desvistiendo cuando mi hermano fue a retirar la colcha de su cama olvidando que había dejado la guitarra encima. El ruido que puede hacer una guitarra chocando contra una pared a las tantas de la mañana no es que sea estruendoso, es que es el estrépito mismo.

-Bien, Fernando. Bien.
-Joder, tío. Ni acordarme de la guitarra.

Entonces se abrió la puerta y apareció mi padre, el que nunca se había despertado por enorme que hubiese sido la patada que habíamos dado a cualquier taburete trampa. Mi madre iba detrás. Y también se oía a mis hermanas. Llevaban un susto de muerte.

-¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? ¿Os ha pasado algo? ¿Qué ha sido eso? ¿Estáis bien?

En una situación así lo peor que puede hacer uno es partirse de risa. Hicimos lo peor, claro.

-Ya hablaremos mañana. Ya hablaremos.

Es ciertamente saludable el levantarse a pintar con el frescor matinal otoñal en el secarral manchego y con un resacón del quince. Y muy placentero.

jueves 16 de abril de 2009

Espasmos y sudores (revisado)

Éste no es un blog de actualidad. Ni pretende serlo. No creo que nadie acuda aquí en busca de información. (O casi nadie. Recuerdo una entrada que escribí en mi otra vida contando un día que salí a correr y pasé junto al Foredeck o edificio Veles i Vents, en el puerto, que estaba entonces en la fase histérica de terminación ficticia de la obra. Me crucé con un grupo de chicas/mujeres que se encargaban de la limpieza del edificio (o eso ponía en su ropa de trabajo) y estaban en su descanso tomando café. A mi paso empezaron a gritarme todo tipo de imprecaciones lascivas y, para qué negarlo, estimulantes. Pasado bastante tiempo recibí un comentario anónimo que decía, más o menos literalmente, lo siguiente: he llegado aquí buscando información sobre el Foredeck y voy y me encuentro con una gilipollez tan grande como ésta). Y no tengo intención de modificar su esencia. Ni su forma.

Pero ayer el Gobernador del Banco de España compareció públicamente. Y, entre otras cosas, recomendó retrasar le edad de jubilación. Todavía me quedan unos cuantos (muchos) años, pero, aún así, tengo hoy un desasosiego que no me tengo.

Y para no quedarme con mal sabor de boca, o para no desvirtuar demasiado este blog, o porque sí, o porque me apetece, o porque siempre he de estar justificándome contaré que, desde que me levanté esta mañana, Shirley Bassey ha estado tratando de endulzarme el día y no deja que se vaya de mi mente “Moonraker”. ¿Es ésta una canción fabulosisimadecojonesydelcoponazomaximo o es sólo una apreciación personal?

domingo 12 de abril de 2009

Ciruelas

Recientemente escuché por la radio a un periodista contar con entusiasmo como Rafa Muñoz, el nadador cordobés, había batido el record del mundo de no sé cuál prueba de natación. –Pero esa no es la mejor noticia-afirmaba feliz el hombre. –Lo mejor es que ha hecho mejor tiempo que el que hizo Michael Phelps en la final olímpica de Pekín. Y se quedó tan ancho el tío. No sé si sería este mismo periodista al que escuché definir a un multimillonario norteamericano como un ilustre filantropólogo, o el que informó que un equipo de ingenieros agrónomos de cierta universidad española estaba desarrollando cultivos de alterne. Si no lo era, debían ser primos hermanos.

Dado el nivel del periodismo español (perdón, Juan), no creo que nadie le reprendiese (¿o debiera decir reprimiese?) por su comentario, pero si así hubiese sido, me lo imagino tratando de justificarse. –Mira, estaba sumido en el aborigen de la redacción y, de repente, me dijeron que tenía que dar las noticias y, al verme frente al micrófono me sentí completamente efusivo (que no ofuscado). Pero, vamos, no creo que sea para tanto, que parece que le estéis buscando las cosquillas al gato, que estas cosas no dejan de ser gases del oficio.

Pobre hombre, a su edad, porque ya se le veía tullidito al tío, tener que verse con éstas. Y es que es lo que pasa siempre, que, a la vejez, ciruelas.

domingo 5 de abril de 2009

Ivan Fiodorovitch

No sé si la distinción entre la gente de ciencias y de letras es muy exacta aunque tal vez sí que lo sea. Yo estudié ciencias y me he movido casi siempre con gente de ciencias y, la verdad, es que todos parecemos cortados por el mismo patrón. Aparte de las camisas de rayas y las gafas, pocos compañeros he tenido que no sean racionales y pragmáticos, con un sentido del humor pedantón para iniciados y que dejan su visceralidad para el fútbol y poco más. Saben calcular un edificio con todas sus instalaciones pero pocos saben quién es Madame Bovary y aún estos dudan si fue Flaubert o Balzac su autor.

En mi casa siempre hubo libros. Mi madre es una impenitente lectora y, aunque no comparto sus gustos, seguí su ejemplo y nunca dejé que en mi mesita faltase un libro. Durante todos mis años de estudiante, que fueron muchísimos, fui lector pero sin obsesionarme. No era prioritaria la lectura. Tenía que estudiar. Y mucho deporte, claro. Entonces leía siempre de prestado. No tenía un criterio muy definido y me leía lo que me recomendaban. Tengo en un altar a unos cuantos amigos que me llevaron a autores como Cortázar, Mendoza y Vargas Llosa así como tengo en mi lista negra a otras personas que me recomendaron encarecidamente “Como agua para el chocolate”, “La casa de los espíritus” y uno de Martín Vigil que creo se llamaba “Primer amor, primer dolor” y cuyo contenido hacía justicia a un título tan infame.

Terminó mi época de estudiante, pasó la mili y, tras una serie de avatares, acabé dentro del mundo de la construcción. En este mundillo el apocalipsis llega dos veces al año (bueno, llegaba. Ahora vivimos con la soga al cuello, al día, pero esa es otra historia): poco antes de las vacaciones de verano y a final de año. Es entonces cuando a la gente le entra la histeria, bien para poder irse de vacaciones tranquilo, bien por temas fiscales o de facturación. Hace ya unos cuantos años, a principios de julio, me llamó un constructor con quien trabajamos bastante para decirme que tenía contratada una faena pero la fase de estructura debía dejarla terminada en ese mes. Nosotros estábamos saturados. No podíamos hacerle el trabajo. Por no dejarlo en la estacada me comprometí con él a suministrarle el material y en ayudarle a buscar quien lo montase.

El caso fue que una obra que teníamos que comenzar se paralizó por tema de licencias y permisos. Le llamé –tranquilo, Jesús que te vamos a hacer la obra. Se puso tan contento que me dijo -¿qué quieres que te regale? Yo me reí –nada, hombre, con que nos pagues es suficiente. –Te voy a regalar un libro. Uno que me gustó mucho cuando lo leí. –Que no hace falta. –Que sí.

Al día siguiente nos vimos en la obra y se presentó con “Los hermanos Karamazov”. –Hombre, muchas gracias. -¿Has leído algo de Dostoievski? –No. –Ójala te guste tanto como a mí me gustó.

Los clásicos rusos son una cosa que está ahí. Ves esos tochos tan enormes y nunca te acercas a ellos. Dan mucha pereza. Y crees que vas a pasar mucho frío leyéndolos. Yo miraba a Karamazov y sus ochocientas páginas y pensaba, -bueno, habrá que hacerse el ánimo.

Y me hice el ánimo.

Hay libros que se leen. Hay libros que se viven. Hay libros que te entretienen. Hay libros que te arrasan. Karamazov no es lo que me gustó, lo que disfruté, lo que sufrí, lo que viví, lo que sentí leyéndolo. Fue un punto de inflexión. Fue replantearme mi vida lectora. Fue el pensar que tengo infinitos libros por leer, no el enorgullecerme por los que he leído. Y me salió la vena de ciencias y vi que leer es cuestión de disciplina, cuestión de ritmo. Y leer se convirtió en algo prioritario y el encontrar tiempo para leer una necesidad. Lo que se puede sentir leyendo no quería perdérmelo. Y como el tiempo siempre es limitado decidí centrarme en los clásicos, en los de toda la vida. Me leí casi todo Dostoievski y ya, de paso, todo lo que olía a ruso (aquí siempre me acuerdo de una cita de Borges, quien afirmaba que los rusos demostraron que no hay nadie imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad...). Cada libro que lees te das cuenta de lo que te falta. Seguí con el XIX, francés y británico, me metí con los norteamericanos de principio del XX, retorné a los sudamericanos de la segunda mitad del XX y luego, claro, los españoles del XIX. Y Cervantes, por supuesto. Y aquí sigo, leyendo mucho menos de lo que quisiera, viendo con pesar como muchos libros pasan por mí sin dejarme demasiado poso, pero siempre disfrutando y siempre con ganas de leer más.

Desde entonces cogí la costumbre de regalar libros. Sé que es algo que no se debe hacer pues es un regalo que uno hace pensando en sí mismo, no en el otro. Uno regala los libros que le gustan. Suelen ser regalos fallidos pero es que, y aunque sea un acto de egoísmo o de vanidad, me gustaría ser alguna vez para alguien lo que Jesús supuso y supone para mí por haberme regalado Karamazov.

miércoles 1 de abril de 2009

Témporas y asonancias

Hoy vamos a recordar la efímera experiencia como agente literario que vivió mi querido amigo G.

Creo que ya conté en etapas anteriores mi vida como poetastro. Empecé a escribir poesía allá cuando tenía diecisiete o dieciocho años. Al principio, para qué nos vamos a engañar, lo hacía por si caía alguna rosca y por todas partes iba a todo quisque dándole la brasa con mis cuadernos y con mis poses. Envié a unos cuantos concursos y tuve mi momento de gloria con un premio que me dieron en Almenara (esto tendré que contarlo algún día). Luego la tontería se me fue pasando, tal vez porque roscas cero, y me di cuenta que escribir me gustaba y que el placer estaba en escribir, independientemente del reconocimiento o de la calidad, así que fui completando cuadernos que no vieron la luz y que guardo con verdadero cariño pues, aunque sean bastante flojos, me lo pasé en grande llenándolos.

Por aquella época G. y yo frecuentábamos la noche valenciana de una manera discreta e invisible, pues nadie se daba cuenta de nuestra existencia. Empleábamos voluntariosamente la táctica del pescador con resultados nulos, a pesar de nuestra belleza inmarcesible, blonda la suya, cetrina la mía, nuestra elegancia sin par, nuestro saber estar y nuestra brillante conversación. Atribuíamos nuestra carencia absoluta de resultados a dos razones: la primera, que nuestro sudor apenas desprendía feromonas lo cual no estimulaba la pituitaria de nuestros objetos de deseo. La segunda, que no teníamos culo y sin culo no se va a ninguna parte. Nos reafirmaba en nuestras creencias Maroto, el hombre que más daño se ha hecho a sí mismo, con quien salíamos de vez en cuando y que era un fenómeno de la torpeza, de la inoportunidad y de las ocurrencias sonrojantes pero el tío, con culo y feromonas, oye, un campeón.

En una de aquellas noches salió el tema de mis versitos y G. me empezó a decir que por qué no enviaba a concursos que a lo mejor me podía sacar una pasta. Yo le respondí que no tenía intención, que escribía para mí, que si me obsesionaba con el reconocimiento perdería la esencia y que si tal y que si cual. El insistió. Yo persistí. Entonces se ofreció a encargarse él de todo.

-¿Cómo de todo?
-Tú déjame los cuadernos. Yo hago una selección y me dedico a enviar a concursos.
-¿Tú estás seguro?
-Pues sí.
-¿Y qué pasa si ganamos algo?
-Pues nos lo repartimos. Un diez por ciento para mí y el resto para ti.
-Poco me parece. Mejor un veinte para ti y un ochenta para mí.
-Como quieras.
-Y me hago yo cargo de los gastos.
-Tampoco serán tantos. Sellos, fotocopias y encuadernación.
-Por eso.
-¿Hecho?
-No.
-¿Por qué?
-Pues porque no. No me gusta. No me gusta la idea.
-Si tú ni te vas a enterar.
-Aún así.
-Pues otra cosa. Lo que podríamos hacer es ahorrar todo lo que ganemos y lo emplearemos en ponernos culo.
-¿Culo?
-Culo.
-Hecho.

Se llevó los cuadernos, pasó el tiempo y no volvimos a hablar del tema hasta que volvimos a hablar del tema.

-¿Cómo van nuestros negocios?
-Bueno, acabo de enviar a un concurso.
-¿Has enviado a muchos?
-Éste ha sido el primero.
-Vaya, ¿y a cuál has enviado?
-Al Adonáis.
-¿Al Adonáis? ¿Y por qué no me propones directamente para el Cervantes o para el Nóbel? Es más dinero.
-Aquí medianías las justas. Aquí, o todo, o nada.

Fue nada de una manera absolutamente injusta, dado mi enorme peso en la lírica hispano parlante y mi renombre en los círculos político académico culturales. Fue nada, y el no ganar aquel premio tuvo un efecto sorprendente en G., que se vio arrasado por el desánimo y sin fuerzas para continuar con su labor.

-Abandono.
-Chico, qué rápido. ¿Y eso?
-Es muy complicado.
-¿Y nuestro culo?
-Pues sin culo.

Y sin culo seguimos.