martes, 5 de febrero de 2019

Ella

-Pero, ¡no dijiste que te daba igual!

-Sí, pero era un -me da igual- que significaba que, como ella me había hecho un regalo, yo iba a quedar fatal si no le hacía uno.

Siento fascinación por mi hija. No lo puedo negar. Confieso que no tengo la misma relación con mis dos hijos. No hablo de querer. Hay cosas que son imposibles de cuantificar. Hablo de mi relación con ellos. A los dos no paro de observarlos. Mi hijo siento que me lo sé. Me resultan familiares sus comportamientos. Sus reacciones. Su evolución. Sus inseguridades. Y el corporativismo masculino nos une. A mi hija la observo desde la fascinación. Sus respuestas. Su madurez. Lo claras que tiene las cosas. Las broncas que nos echa. La relación con su hermano. Mi hijo es como un perro. Necesita reconocimiento. Necesita afecto. Es afectuoso además. Mi hija es una gata. Mi hija sabe. Está en su naturaleza. No es cariñosa. Es zalamera. Sabe ser zalamera. Y no se calla. Tuvo un examen oral. Le pusieron un ocho. No se sentó. –No me parece justa esta nota para todo lo que he estudiado. Y consiguió que le repitieran el examen. Y sacó un diez. Otro examen. Antes de empezar se levantó. –Perdona (ya no se trata de usted a los profesores), pero no tienes derecho a poner este examen. Avisaste en la otra clase pero, en ésta, no. Y no lo hicieron. O el profesor que explotó harto de la clase acusándolos de niñatos y de inmaduros. Se levantó. –Tenemos doce años. No pretenderás que seamos maduros. Y me cuenta estas cosas con la mayor naturalidad, sin darse importancia. Y yo la escucho con la boca abierta, fascinado. No se posee nunca a un gato. Son los gatos los que eligen tu casa para vivir. Hija mía, aunque suene cursi y manido, gracias por elegirnos.

domingo, 27 de enero de 2019

En este mundo hay dos tipos de personas: los que prefieren la tortilla de patatas con cebolla y los que no tienen ni puta idea

Nueva entrega de la sección "Títulos sin entrada". La aportación vuelve a ser de aquel que salió con una nadadora uzbeka de natación sincronizada. Terminaré pagándole derechos de autor. He respetado el original aunque me habría gustado añadir, además de la cebolla, que fría, zapatera y, en bocadillo, con mahonesa.

P.D. Porque me apetece voy a enlazar siete vídeos de versiones hechas por los Pomplamoose grabadas en directo en estudio. Me tienen fascinados, por las canciones, por lo bien que están trabajadas y por la actitud de los músicos. Y por las manos y la forma de mirar a la cámara que tiene Nataly.

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lunes, 14 de enero de 2019

Y nosotros no podíamos ayudarlos porque se nos habrían comido también

Cormac McCarthy. “La carretera”. Lo tenía en mis manos. Rebuscando entre los libros amontonados había aparecido. No había leído nada de McCarthy. Tampoco tenía ninguna referencia sobre este libro. Pero algo había en él que me resultaba atractivo (era baratísimo). Y lo compré. Y pasó a ocupar su lugar en la estructura FIFO que forman los libros pendientes apilados en mi mesita de noche.

No te va a gustar ese libro. De hecho, no vas a ser capaz de terminártelo. Esto me lo dijo Ana. No fue una provocación. Sabe lo poco que me gusta sufrir. A ella sí que le había gustado. Tiene más aguante. Lo tomé como una advertencia, aunque tampoco me desanimó. Ya hace mucho que superé aquello de que tenía que terminarme sí o sí cualquier libro que comenzase. Y “La carretera” siguió en el montón avanzando hacia su momento.

Llegó. Empecé. Vi que Ana no iba desencaminada en lo de ser capaz de terminármelo. Sí que lo estaba en lo de que no me iba a gustar. Fui directamente al final. Lo leí. Y, viendo cómo era éste, decidí volver a empezarlo.

Me he leído el libro. Y si digo que me ha parecido un libro muy bonito quizá alguien me lo eche en cara. ¿Un libro bonito escrito a base de brochazos descarnados, de frases crudas, de imágenes lacerantes? Sí. ¿Un libro bonito en un mundo lleno de cenizas, sin vida, donde las bandas de caníbales acechan, donde la comida es escasa? Sí. Lo es. ¿Un libro bonito donde hay dos escenas tan terribles como la de los encerrados en el sótano, uno de ellos sin piernas, o la del recién nacido carbonizado? Si. Muy bonito. ¿Un libro bonito donde la enfermedad, la muerte y el suicidio están en cada paso? Sí. Así me lo ha parecido. Es la historia de un padre y un hijo. Y luego seguirá la del hijo, una historia que no está escrita en el libro pero que, a pesar de que no tiene la más mínima posibilidad, seguro que también será una historia bonita. Y así me gusta imaginármelo. Y creérmelo.

jueves, 3 de enero de 2019

Más entremeses (pero, ¿quién puede decir que alguna vez ha sido el mejor?)

Trofeo internacional de natación en Castellón. Piscina cubierta de cincuenta metros. Cronometraje electrónico. Doscientos metros libres. Mi hijo pasa por los cincuenta metros en treinta y dos segundos y por los cien en veinte. Desenterramos a Einstein para que nos explique cómo puede alguien pasar antes por los cien metros que por los cincuenta. El paso por los cien metros es homologable. Al ser cronometraje electrónico la marca se homologa automáticamente y así, en la página de la Federación Española de Natación (RFEN), en la lista de los récords nacionales, figura (figuraba. Ya no) mi hijo como plusmarquista nacional de los cien metros libres en categoría absoluta. Y no sólo eso. Estamos a la espera de que la federación internacional (FINA) lo homologue como récord del mundo ya que lo ha mejorado en veintiséis segundos.

Día de Navidad. Como soy un señor mayor me levanto en mitad de la noche para ir al baño. No puedo entrar. La puerta está atrancada. Se ha roto el pestillo o lo que sea. Amanece. Llamo a la compañía de seguros. Este tipo de anomalía no está incluida en el contrato y, siendo el día que es, no pueden enviar a casa a nadie a realizar la reparación. Igual al día siguiente. Y cobrando. Resignación. Ana consulta en YouTube. Hay un tutorial sobre esto (hay tutoriales sobre todo, sospecho). Me lo enseña. Existen tres opciones para poder abrirla. La tercera se titula: patada en la puerta. Pruebo con la primera. Desatornillo. Desmonto. Palanca. Llave inglesa. Giro. La puerta se abre. Esto que puede parecer una tontería es un momento cumbre en mi vida. Decía Woody Allen (en “Annie Hall”, creo) que a él en el ejército lo habían declarado inutilísimo, que no valía ni como prisionero. En “Bricolaje” yo no pasé del título. Inutilísimo también. Ni para cambiar una bombilla. La euforia ha sido tal que cogí la pieza rota, fui a la ferretería, compré dos nuevas, reparé la puerta y dejé una de repuesto por si acaso. Y me paso el día abriendo y cerrándola. Y, cada vez que la cierro, me suena como debe de sonar la puerta de un Rolls Royce al cerrarse. No creo haber descubierto a estas alturas mi nueva vocación pero…joder, qué satisfecho me siento.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Voy a tener una vejez muy mala

Fiestas de septiembre en la aldea del Secarral. El bar de la piscina está lleno de gente. La mayoría son chavales. La gente joven ocupamos algunas mesas. De fondo suena música. El ritmo es el de siempre, algo así como pom, popom, pom, pom. Lleva años sonando el mismo ritmo por esos altavoces. Si digo que es reggaeton probablemente sea cierto o a lo mejor no, pero es una forma de describir lo que, a mi entender, es la misma canción con distintos títulos (me pasa igual con Ketama o Manolo García). De repente, al comienzo de una canción que, sospecho, debe de ser distinta de la anterior, la chavalería se vuelve loca y empiezan todos a bailar como endemoniados. La gente joven miramos el espectáculo como quien observa un episodio del “National Geographic”. Los posesos ni reparan en nosotros. Somos invisibles para ellos.

El rock ha muerto”- dijeron Nick Cohn y Richard Meltzer a finales de los sesenta. Se ganaban la vida como críticos musicales y no como adivinos. Aunque, si aún están vivos, los imagino sacando pecho. Porque, lo que está claro, no es que el rock (o el pop) haya muerto, pero sí que está en una estantería apartada no muy lejos del jazz, los boleros, los corridos, los tangos, el soul o la bossa nova para consumo de la generación del Baby Boom (llevamos unas cuantas décadas sosteniendo el sistema y, dentro de poco, ¿quién nos sostendrá a nosotros?). Les ha costado cincuenta años tener razón (o algo parecido) pero, oye, todo llega (desde aquí vaticino el final del petróleo, del fútbol y de la energía eléctrica). Y es cierto, somos minoritarios. Y nos emocionamos cuando citamos a Otis Redding o a Elvis Presley y nuestro interlocutor no nos mira como a la momia de Tutankhamon. Y nos sentimos como un grupo de irreductibles en posesión de la verdad absoluta con la certeza de que esa verdad, irremediablemente, se extinguirá con nosotros.

Los Beatles grabaron todos sus discos durante la década de los sesenta, por lo que, durante la década presente, se ha ido celebrando el quincuagésimo aniversario de cada uno de ellos. Este año 2018 le tocaba el turno al “Álbum blanco”, el, en mi opinión, segundo mejor disco de los Beatles (el año que viene le toca al mejor). Un disco doble con treinta canciones, doce de ellas portentosas, diez fabulosas, cuatro buenísimas, tres apañadas y “Revolution 9”, un disco que me lleva acompañando desde mis quince años y que me sigue emocionando, un disco con el que me entretenía echando campeonatos (octavos, cuartos (repescando al mejor eliminado), semifinal y final), un campeonato en el que jugaban todos contra todos y donde siempre ganaba “Savoy truffle”. Y habrá que celebrar dicho aniversario o, al menos, reseñarlo aquí en mi atalaya y hacerlo, como miembro de la minoría, reivindicándolo desde la supremacía intelectual y moral que tengo sobre todos vosotros que llegáis al paroxismo con distintos subproductos. Y no me arredra el ser invisible o que, si llegáis a mirarme, lo hagáis con un gesto similar al que ponían los que oían llamar melenudos a los Beatles. Porque absolutamente nada de lo que escucháis le llega a la suela de los zapatos al “Álbum Blanco”. Porque cualquier ruido de “Revolution 9” vale más que vuestro pom, popom, pom, pom. Y no discuto que el rock y el pop vayan a morir con nosotros. Lo que no sabéis es que ésta será vuestra condena. Ni lo sabréis. Ignorantes.

sábado, 22 de diciembre de 2018

domingo, 16 de diciembre de 2018

Siempre nos quedará el despecho

Me apunté a un concurso literario. Era de relatos y tenían que estar relacionados con correr. El premio era material deportivo. No me gustan los concursos. Desde que me estoy dejando la vanidad cada vez entiendo menos y me rechinan más los premios, desde el Balón de Oro a los Óscar, desde los Nóbel a Atleta del año. Pero “material deportivo” era un buen reclamo para echar mis principios (y prejuicios) a un lado. Además, no tenía que esforzarme mucho. Rebusqué en el archivo del blog, encontré una entrada en la cual hablaba de la Volta a Peu y de mi hijo, la pulí y la envié. Y me olvidé. Hasta anteayer. Han publicado los resultados. Ciento nueve relatos inscritos. Veinte han pasado el corte hecho por un jurado. Se hacen públicos dichos veinte y, por votación popular, se elegirá al ganador. No he pasado el corte. No pasa nada. Mi vida literaria me ha dado muchas satisfacciones privadas y apenas me ha dado alguna pública. Nada nuevo. Estamos en el mismo sitio. Pulsé en el enlace que llevaba a uno de los elegidos. En las tres primeras líneas podía leerse: “previsible realidad”, “inesperado suceso”, “inquietante anomalía” y “despiertas memorias”. Y aquí ya se me fue el aplomo a hacer puñetas y mi mal perder y mi resentimiento pasaron a primera línea. Porque, señores del jurado, por muy malo que yo sea, que ustedes consideren mejor que yo a un mendrugo que se piensa que escribir es no dejar un sustantivo sin adjetivar…que quieren que les diga. No tienen ustedes ni puta idea. Pero ni puta idea.

martes, 11 de diciembre de 2018

La soledad

Tuve un compañero en el colegio que se apellidaba Aliaga y al que apodábamos Ali Agca. No era turco, no tenía conexiones ni con Bulgaria ni con el KGB y no constaba que hubiese estado nunca en la plaza de San Pedro en el Vaticano. El origen de su apodo, como el de la mayoría en clase, era fonético. Y aunque motes buenos había muchos, el de Ali Agca era de los mejores. Al menos así siempre me lo pareció.

Tengo un compañero de trabajo que se apellida Aliaga. Es bastante más joven que yo (como la mayoría) y me llevo muy bien con él. Tiene un carácter muy guasón y siempre está de buen humor. Estaba junto a un grupo y, al acercarme yo a ellos, vi que empezaba a meterse conmigo. Me lo quedé mirando.

-La guerra que puedes llegar a dar, Ali Agca.

-¿Cómo me has llamado?

-Ali Agca. ¿No sabes quién es?

-No.

Miré alrededor.

-¿No sabéis ninguno quién es Ali Agca?

Silencio.

-No sé cuánto tardaréis en descubrirlo, pero el chiste es bueno.

lunes, 3 de diciembre de 2018

Quince tres

Me alegré cuando me enteré de que habían pasado la fecha del maratón de Valencia, para no coincidir con el Gran Premio de Cheste de motociclismo, del tercer domingo de noviembre al primero de diciembre. Eran dos semanas más. Tener más tiempo para preparar un examen siempre es bienvenido. Además, en diciembre las posibilidades de que hiciera calor en carrera eran remotas. Y la preparación ya no sería tan calurosa.

Terminé agosto algo pasado de peso. No había parado, pero muy en forma no estaba. Tampoco estaba preocupado. En septiembre ya subí a setenta kilómetros semanales. La idea era llegar fino a final de mes, cuando ya empieza el entrenamiento específico. Y septiembre me fue bien, metiendo una carrera de diez kilómetros en Burjasot (donde hice podio) y sintiéndome cada vez mejor. Y sin molestias. Como repetía a quien me quería escuchar, estamos instalados en el campo base en perfectas condiciones. Podemos pensar en atacar la cumbre.

Y la atacamos. Las siguientes seis semanas, las más duras, resultaron impecables. Las series cortas, en progresión y terminando siempre muy fuerte. Las series largas, memorables, con un día de tres cuatromiles yo solo por el río hecho un barrizal corriendo bajo la no lluvia torrencial que con tanto alarmismo habían vaticinado, el día del doce mil tras Paco y el Barbas bajo la lluvia, el día del ocho más cuatro volando junto a Ernesto al final, el día de los dos seises, solo el primero, junto a Ramón y el Máquina el segundo, series en las que siempre me fui a casa con una sonrisa de oreja a oreja. Y la media de Valencia, corriendo en progresión y terminando en 1:27. Y los largos que enlacé con carreras, con la media de Xirivella, con los seis últimos kilómetros que se me cruzaron, los diez kilómetros que hice con Paco junto al Bidasoa antes de meternos en la Behobia (decir Behobia y emocionarme es todo una) y dejarme llevar. Y el último largo, veintisiete kilómetros por el Secarral, subiendo y bajando y pasando por Rada y Villaescusa y terminando en Belmonte. Faltaban dos semanas y estaba pletórico. Eufórico. Sin molestias. Y sintiéndome mejor que el año anterior. Y si en 2017 había sido 3:02, ¿bajar de las tres horas? No quería decirlo muy alto, pero…había una posibilidad.

El lunes, trece días antes de la carrera, salí a rodar una hora. Volví. Me senté. Cuando me levanté para ir a recoger a mi hijo en la piscina me dio un pinchazo en la cadera izquierda que no me dejaba ni andar. El martes volví a salir y las piernas no me iban. No sabía cómo correr por culpa del dolor. Descansé el miércoles. El jueves teníamos el diez mil que hacemos siempre diez días antes. Me sentía inseguro pero no hubo inseguridad. Veinte cuarenta y cinco en los cinco de subida, veinte ocho en los de bajada, sintiéndome cómodo, dominando. Recuperé la confianza. Tuve dolor, pero podía soportar ese dolor. Ese sábado hicimos hora y media, forzando al final un poco. Me dolía pero sin problemas. Nos despedimos y, trotando hacia mi casa, apenas a cien metros, me dio un latigazo bajo el gemelo izquierdo. Por la tarde no podía andar. Paré el domingo. Llamé al fisio el lunes. Fui por la tarde. Se centró en la cadera. Lo de debajo del gemelo sería, seguramente, un reflejo de correr apoyando mal para protegerme del dolor. La cadera estaba inflamada, irritada. Tocó, frío, calor, corrientes. Me recomendó reposo, frío, calor y drogas. Paré ese martes también. Me encontraba mucho mejor. Salí el miércoles. Acompañé a Paco hasta donde iba a hacer las últimas series de mil a ritmo de carrera (yo las iba a hacer al día siguiente). Le di la salida, bebí agua y me volví. No había avanzado ni cien metros cuando volvió a darme el latigazo bajo el gemelo. Retorné andando hasta casa. Faltaban cuatro días. Estaba todo perdido. Volví al fisio al día siguiente. Me hizo una ecografía. En la zona del sóleo (tengo sóleo. Una novedad) había una rotura muy pequeña de un milímetro de ancho por siete de largo. Cabía la posibilidad de que soldara. Mi edad no jugaba a favor pero no hay que desdeñar la musculatura de un deportista. Me pinchó, me vendó y me dejó una puerta abierta para poder correr el domingo. Era difícil pero podía ser.

Ese viernes fui a recoger el dorsal. Sentía que se lo estaba recogiendo a otro. No me veía identificado con todo lo que rodeaba al maratón. Estaba fuera. El sábado por la tarde me empecé a poner nervioso. Salí a dar un paseo (por prescripción facultativa) y no noté ninguna molestia. Por la noche, a las cuatro y media, ya estaba desvelado. Lo interpreté como una señal favorable, como si mi cuerpo hubiese mandado señales de que estaba preparado y me mente se hubiera puesto en alerta. A las siete y media había quedado con Javi y con David. Fuimos trotando. Allí me junté con Paco y con el Barbas. Calenté con prudencia. Estiré con prudencia. Hice los progresivos con prudencia. Nos metimos en el cajón. Nos deseamos suerte. Sonó el disparo. Nino Bravo comenzó a cantar “Libre”. Allá vamos. Una vez más, allá vamos.

Y ahí terminó la carrera. Tal y como salí y empecé a subir el puente de Monteolivete, el sóleo (ya que lo tengo, lo uso) comenzó a mandar señales cada vez más intensas. A mitad del puente ya tenía claro que no había nada que hacer. Comencé a abrirme. No podía. El río de gente me arrastraba. En la rotonda del Parotet pude ya salirme y me eché a un lado. Y me salí de todo el lío. Y me fui para mi casa. Hoy, en el trabajo, me han dicho que probablemente haya batido el record de quién ha corrido menos metros en un maratón. No discuto que la parida sea buena pero a mí no me ha hecho ni puta gracia. Cuando estoy jodido pido (exijo) respeto para mi dolor. Y estoy muy jodido.

El maratón es una batalla. Dieciocho veces decidí enfrentarme a él y dieciocho veces me planté en la salida preparado para la lucha. En quince de ellas crucé la meta. En tres, no. En tres ocasiones, perdí. La primera de ellas en Madrid, en 2007, cuando me retiré en el treinta y cuatro, en una carrera que me sigue atormentando por haberme suicidado de la manera en que lo hice en la primera parte y por no haber tenido arrestos suficientes para terminarla. La segunda fue en Valencia, en 2016, cuando una contractura en el abductor derecho me mandó a casa en el nueve. Ayer fue la tercera vez. Las dos anteriores reaccioné con orgullo. Volví a Madrid en 2011 para desquitarme. En Castellón 2017, tres meses después de la contractura, me colgaba la medalla. Hoy no tengo ansias de venganza. El día era ayer, en esta carrera, en mi ciudad, con mis amigos y conocidos por el circuito, con el estado de forma en que estaba, con la ilusión de las tres horas. El día era ayer y cuarenta y dos kilómetros y pico en otra ciudad no me van a quitar esta desazón, esta tristeza. He perdido y punto. Recuperarme, que los kilómetros que llevo en las piernas salgan en alguna media, en un quince, en un diez. Correr, correr y seguir corriendo. Y volver a Valencia. Volver a vencer aquí. El año que viene. Y el siguiente. Y el siguiente. Y todos.

domingo, 25 de noviembre de 2018

En este mundo hay dos tipos de personas

Está el Sistema Métrico Decimal (MKS se decía también) y luego están los números redondos. Y, a partir de ahí, establecemos barreras, metas, hitos. En el deporte sobre todo. Bajar de diez segundos en los cien metros lisos. Pasar de dos metros en salto de altura o de cinco o de seis metros en salto con pértiga. Las dos horas en maratón. Los catorce ocho miles en alpinismo. Cambiando las unidades de medida se buscarían nuevos hitos pero se seguirían buscando hitos. Puntos, lugares que distinguen a unos de otros, barreras que criban, la línea o las líneas que marcan la diferencia entre los elegidos y el resto. En el deporte. En cualquier actividad.

En este mundo hay dos tipos de personas: los que han nadado los cien metros libres en menos de un minuto y los que no. Mi hijo ya está entre los primeros. Mi hijo es ya uno de los elegidos. 59:99. Suficiente. Sobrado. Esta barrera ha caído. Esto, hijo mío, ya no te lo cuentan. Esto lo cuentas tú.

lunes, 12 de noviembre de 2018

Es la historia de un amor como no hay otra igual


Diez dorsales. Diez ediciones. Diez años: 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2013, 2014, 2015, 2016 y 2018. Doscientos kilómetros entre Behobia y San Sebastián. Muchos años repitiéndome –txapela- en la salida en homenaje a aquellos euskaldunes que se animaban unos a otros tras el disparo. Diez años subiendo Irún y Ventas, con tantísima gente apostada a los lados y tan silenciosos ellos. Quizá Francia está demasiado cerca. Diez veces subiendo Gaintxurizketa. Tampoco es para tanto. Vosotros no habéis subido al castillo de mi pueblo. Los años que pasamos por Lezo, inolvidables. Las diez veces que he visto al pirata, cada vez más canoso, con sus banderas enormes y la música heavy sonando a todo meter. El paso por Rentería, siempre dando las gracias, siempre con lágrimas en los ojos, lágrimas que me duran hasta el final de la cuesta de Kaputxinos. El poco público en Pasajes. El puerto, con esa belleza industrial decadente. El paso por Trintxerpe en el pasado, un aperitivo espectacular a lo que es subir Mirakruz, mi cuesta favorita, donde los adelanto de diez en diez, donde la felicidad está en cada paso rodeado por ese pasillo de gente. La bajada hasta Jesuitas, desatado, eufórico. La avenida de Navarra, antesala muy hermosa de lo que ya es el apoteosis, lo sublime, la perfección, el paraíso. Zurriola. Kursaal. Puente del Kursaal. Boulevard. Diez años pasando frío, sintiendo la lluvia, el granizo, el vendaval, el temporal, el calor, el viento sur. Dos años en uno diecisiete, dos en uno veinte, un uno veintitrés y, el resto, cuando no era cuestión de crono. Topo, coche y autobús. Tipi tapa, tipi tapa. Diez años corriendo la Behobia San Sebastián. Diez años de felicidad absoluta. Los diez primeros.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Dentro de mil años no habrá ni tíos ni tías. Sólo gilipollas

He visto “Trainspotting” y no sé si me apetece hablar de ello. Me la dejó un compañero de trabajo para intentar subsanar lo que él consideraba una carencia y he terminado viéndola. Bien, la película es muy buena y, si la hubiese visto hace unos cuantos años, pues me habría removido y me habría hecho reflexionar e, incluso, teorizar. Pero mi presente es el de señor mayor con pocas ganas de sufrir y con la expresión “coste de oportunidad” permanentemente en los labios. Y se me ocurren mil formas mejores de pasar el rato que someterte a un encogimiento de estómago de noventa y tantos minutos. Que es un peliculón no lo niego, pero qué necesidad, señores, de padecer. Qué necesidad. Y que esto lo escriba uno del Atleti podría parecer un contrasentido pero aquí entramos en lo voluntario y lo involuntario. Y no. No estoy para pasar malos ratos a propósito. No le encuentro el sentido. Apacible empieza a escalar posiciones en mi clasificación de palabras favoritas.

martes, 16 de octubre de 2018

La piedra lunar

Un diamante que desaparece. Ricos (ladies and gentlemen) que se enamoran. Criados que se enamoran (es el mismo verbo pero el sentimiento es distinto). Tres indios (de la India) que buscan, a cualquier precio, dicho diamante. Un detective, Cuff, que cultiva rosas y que marcó el camino a Sherlock Holmes. Está el viejo Betteredge y su “Robinson Crusoe”, un personaje que bien vale un libro. Están las clases altas en la Inglaterra victoriana, que si decían –no- la policía se daba la vuelta y se iba. Está Miss Clack, la bruja metodista (según Borges), capaz de sacar de quicio a cualquiera. Está Rosanna Spearman, deforme ella, con su destino trágico, sin la menor posibilidad de ser feliz. Está Ezra Jennings, otro condenado desde el mismo día en que nació, mestizo, enfermo, rechazado, brillante, con su momento de gloria, momento que no tuvo Rosanna (pobre Rosanna). Hay seis narradores distintos. Están las “Arenas temblonas”. Y Lucy, la coja. Y Mr. Murthwaite, el aventurero. Y Luker, el usurero. Hay más de setecientas páginas de una novela que puede ser definida como policiaca, de intriga, costumbrista y, en muchas fragmentos (la ironía y la sabiduría de Betteredge son…formidables), de humor, una novela donde, al final, te importa poco quién robó el diamante porque el averiguarlo supondrá que el libro se está terminando. Hay una novela que ha sido adaptada al teatro, al cine y a la televisión, adaptaciones que, seguro, no están a la altura de la novela porque no pueden estarlo. Hay un escritor, de nombre W. Wilkie Collins, amigo de Dickens, abogado y opiómano (el opio también es protagonista del libro), que me ha resultado todo un descubrimiento. Murió en 1889 y es un descubrimiento. Hay muchos libros que me quedan por leer. Muchos escritores aún por descubrir. Esto acaba de empezar.

jueves, 11 de octubre de 2018

En la mesa, en el juego y en el karaoke se conoce al caballero

Nueva entrega de la sección "Entradas sin título". Por añadir algo, y llevarlo a lo personal, decir que, mientras en la mesa y en el juego mi caballerosidad da el pego, en el karaoke mi villanía se manifiesta en todo su esplendor.

jueves, 4 de octubre de 2018

De porqué el despecho es uno de los motores del universo

France Gall, que había ganado Eurovisión en 1965 con “Poupée de cire, poupée de son” (aunque, para mí, será siempre la intérprete de esta canción que dio pie a esta tremenda versión), tuvo una relación sentimental no muy larga (un breve interludio de amor, un romance efímero), con el también cantante Claude François. Cuando terminaron (cuando cortaron), Claude, junto a Jacques Revaux, escribió “Comme d’habitude” (“Como de costumbre”, según el traductor de Google), una canción cuya letra narraba en primera persona lo fría que podía ser la vida en pareja cuando la relación (el interludio) se va a pique.

La canción no tuvo gran éxito. Pero tampoco pasó del todo desapercibida. Ken Pitt, representante de David Bowie, vio posibilidades en ella debidamente traducida al inglés. Habló con su representado, quien, más que traducir, reescribió la letra con un payaso de circo como protagonista. El título, “Even a fool learns to love” (que podíamos traducir como “Aquí hasta el más tonto se enamora”). La canción se grabó, pero no se llegó a publicar. No lo debieron de tener muy claro en la compañía discográfica.

Otro que le vio potencial a la canción fue Paul Anka. Compró los derechos y reescribió la canción. La nueva letra hablaba de un hombre al que le quedan dos Telediarios (en el ocaso de su vida) que hace balance y que saca pecho pues superó todos los obstáculos siendo siempre fiel a si mismo. La tituló “My way” (que podría traducirse al valenciano como “Perque me va a eixir del piu”). Paul Anka vio que, siendo él veintiañero, no resultaba una canción muy creíble en su boca. Y pensó en Frank Sinatra para interpretarla. Sinatra la grabó y la canción, aunque tuvo poca repercusión al principio, terminó convirtiéndose en el himno que es ahora, con la curiosidad de que Sinatra jamás mostró ningún entusiasmo por ella (más bien todo lo contrario) y con la certeza de que la versión de Nina Simone es mucho mejor, dónde va a parar.

Y aquí tenemos a David Bowie herido en su orgullo. Y una herida en el orgullo de Bowie tiene que ser una herida muy grande. ¿Esto iba a quedar así? En absoluto. Venganza. Y Bowie inició lo que iba a ser una parodia de “My way”. Y comenzó a jugar con unos acordes muy similares. Y jugando, jugando…”Life on Mars?”. Porque sí, señores, “Life on Mars?” no es más que el resultado de un ataque de cuernos. “Life on Mars?” nunca habría existido si la vanidad de Bowie no hubiera comenzado a sangrar. Con “Life on Mars?” el ansia de venganza quedó saciada, la hemorragia taponada y la herida cerrada. Y creo que, tal y como se desarrollaron las cosas, todos salimos ganando.

P.D. Esta historia, mejor contada, aquí.

sábado, 29 de septiembre de 2018

¿Qué hay detrás de la cortina?

Ya sabemos quiénes ocupan los dos primeros puestos en la clasificación de curiosos.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Más entremeses (soy el segundo cuando puedo)

(Me temo que entremés también es una palabra viejuna).

Me llaman la atención aquellos que, cuando alguien pregunta - ¿os apetece arroz? – responden -es que comí ayer. Me choca porque soy capaz de comer dos días seguidos el mismo alimento y sin la sensación de estar haciendo ni un esfuerzo ni un sacrificio. Es más, no me importa cenar lo que ha sobrado de la comida. Y estoy vivo. Y mi estómago resiste. Y no sé si soy raro o no.

La anécdota me la contó el Senséi. Cerca de la capital del Secarral hay un pueblo conocido como la “Capital del ajo”. Hay mucho inmigrante (migrante) allí, proveniente principalmente del norte de África. Una furgoneta que transportaba trabajadores tuvo un accidente y ese accidente terminó en juicio. En el mismo le preguntaron al conductor - ¿Cuántas personas iban en la furgoneta? -Personas, dos. Y luego, gente de ésa, cinco o seis. Cuento la anécdota porque sí, sin la menor intención de hacer un símil con las empresas donde hay piso de arriba -oficinas- y piso de abajo -producción, mano de obra directa. Lejos de mí la idea de insinuar que la distinción entre personas y gente de ésa es cotidiana en el mundo laboral.

El pasado sábado el plan nos marcaba nueve kilómetros en series largas. En vez de hacerlas por el río decidimos irnos a Burjassot, donde organizaban un diez mil. Con treinta grados de temperatura, una humedad por encima del setenta por cien y unas cuestas muy bonitas, decidí tomarme la carrera como un entrenamiento, es decir, salir a cuatro quince el kilómetro y, si la segunda mitad estaba bien, apretar. Salió bien. No fui nunca agónico, me sentí cómodo y en la segunda mitad me vi sobrado de fuerzas. Me salió la carrera por debajo de cuatro diez. Terminé contento, disfrutando y con la sensación de haber cumplido.

No tengo la intención de contar a partir de ahora todos mis entrenamientos, salvo que sean noticiosos. Y éste lo fue. Cuatro climaterios habíamos ido a la carrera: Palazón, el Barbas, el Máquina y yo. Tras la misma nos quedamos en la zona de avituallamiento comentando nuestras peripecias y pensando que, si escurriésemos la ropa que llevábamos puesta, podríamos llenar una piscina olímpica. Nos fuimos para los coches. Pasamos junto a la meta. Estaban las clasificaciones puestas. Miramos. El Barbas cuarto de su categoría que era segundo puesto que los premios no se acumulaban. Y el Máquina y yo primero y segundo de la nuestra. Volvía al podio, mi lugar natural. Otro bonito trofeo para mi colección. Otra maravilla que añadir al altarcillo que tengo en una habitación de la casa familiar de la capital del Secarral puesto que Ana considera que tanta belleza no encaja con la decoración de nuestra casa. Y otra ciudad patrimonio de la humanidad (Burjassot) que se une a excelsas capitales (Belmonte, Garcimuñoz, Formentera, Moncada, Pedroñeras, Villaescusa, Navajas, Montalbo, Alfafar) en la lista de lugares afortunados que tuvieron la dicha de verme en un podio.

martes, 18 de septiembre de 2018

Mi novio

A veces pensaba que si del diccionario hubiesen retirado las palabras “mi novio”, la muchacha se habría quedado muda. Es joven (aunque utilice palabras viejunas) y un tanto sosainas. Y cuando me corta el pelo siempre me habla de su novio. Bien. Asiento, le doy la razón y, como suele tener buena música y todavía no me ha hecho ningún destrozo, vuelvo cuando en mis parietales aparecen unos volúmenes de pelo que parecen moños de fallera (el punto crítico). Moños. Cita. Corte de pelo. La vi lustrosa. Recia. De buen año. Comenzamos a hablar. Tuvimos esa bonita conversación (que nunca he tenido) sobre el calor y el frío húmedo de la costa frente al calor y el frío seco del interior. Me dijo aquello (que jamás nadie me ha dicho) de que -seguro que en tu pueblo en verano, por las noches, refresca. Ni rastro de “mi novio”. Le pregunté por sus vacaciones. En Valencia. ¿No has ido a tu pueblo? (del interior de Valencia. En la ribera del Turia). No. Había roto con “mi novio”. Al principio del verano. Y él (que es del mismo pueblo) sí que había ido. Con su nueva novia (porque tenía nueva novia). Y no tuvo ganas de ir y encontrárselos. Y se quedó en Valencia. Con una amiga. -Al principio, con el estrés, adelgacé un poco. Luego se le pasó el estrés y se dedicó a la cerveza y a las tapas (ella dijo cervecita y tapitas). Cinco kilos (kilitos). Propósito para otoño: adelgazar.

Llevaba unas tijeras en la mano. No dije nada. Asentí. La historia, para un cotilla, era interesante. Pero no suficiente. Por una vez no me quedé con la superficie. Vamos a ver, yo vengo de los “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Yo vengo de “es tan corto el amor, es tan largo el olvido”. Vengo de “¿por qué será que se me viene todo el amor de golpe cuando me siento triste y te siento lejana?”. Vengo de las letras de Enrique Santos Discépolo. Vengo de los dramones de José Alfredo Jiménez. El desamor es un género. El mal de amores es un género. Mal está que te pase, pero, joder, si te pasa, conságrate a ello. Con orgullo. Con grandeza. Con dignidad. ¿Estrés? ¿Tapitas y cervecita? No sé cuántos cortes de pelo hemos estado juntos tú, “mi novio” y yo. Muchos y creo que se merecía una despedida como Dios manda, con silencios elocuentes, con lágrimas incontrolables rodando por las mejillas, con frases que se rompían por los sollozos. Algo elegante, sobrio, sentido. Algo a la altura de un género que ocupa parte de la literatura y la mayoría de las letras de las canciones. ¿Estrés? ¿Tapitas y cervecita? Hermosa mía, nunca te he dicho nada pero deja las tijeras encima de la mesa, que tenemos que hablar.

martes, 11 de septiembre de 2018

Entremeses (tontás na más)

No sólo es mi cuerpo el que es más viejo que yo. También mi vocabulario. Ya conté lo que se rieron de mí cuando dije “Pepsi-Cola”. Y tenían que haber visto la cara de mi hija cuando utilicé la palabra “calcamonía”. Y la expresión de la gente que tenía delante al decir “…entonces éramos Ana y yo novios”. Éramos novios. Cómo me miraron. Me sentí un personaje sacado de una comedia de Arniches.

Cuando me enteré de la muerte de Aretha Franklin pensé que tendría que escribirle algo. Vamos, que tenía esa obligación para con alguien que ha hecho mi vida mejor. Luego ya me apacigüé. Para qué, piensas. Ella mucho no lo va a agradecer. Y al resto tampoco parece que vaya a importarle demasiado la exhibición de mi fabuloso y nunca lo suficientemente ensalzado gusto musical. Y lo dejé estar. Y es una pena. Porque mira que son buenas “See saw”, “I never loved a man”, “Don’t play that song” o “A brand new me” entre otras muchas. Pero no. Me lo quedaré para mí. Que se fastidien.

Hay una mosca que viene todos los días a visitarme. Suele venir casi siempre a la misma hora. Raro es el día en que no la mato. No parece importarle. Nunca olvida volver. Es un ritual. Todos los días son distintos. Todos los días son iguales.

lunes, 27 de agosto de 2018

Porque en agosto, por las noches, refresca

Discusión del verano: el tomate, ¿es o no es una fruta?

Capítulo de grandes frases: “Yo a misa, aposta, no voy”.

Tres carreras en tres días consecutivos. Tres estados de ánimos distintos. Desde la desolación absoluta tras la “Subida al castillo”, pasando por la apertura de un atisbo de esperanza en la mejor carrera del mundo para disfrutar en Fuentelespino sintiéndome corredor.

Menos moscas y más avispas. Y las avispas comportándose como moscas.

Medalla de bronce en relevos en el campeonato de natación de la aldea. Seis equipos había, ¿eh? (esto para los mal pensantes). Ganó el equipo de mi hijo. La remontada que hizo en la última posta…brutal.

Tuve mis quince minutos de gloria.

Heteropatriarcado y micromachismo. En la mejor carrera del mundo, poco antes de la salida, estaban mis primas A. y C. haciéndose fotos justo delante de la línea de arranque. Y allí se quedaron. Eugenio se acercó para advertirlas, dada su inexperiencia corriendo, de que se si quedaban allí corrían el peligro de ser arrolladas y de terminar en el suelo. Y se fueron para atrás. Una mujer se acercó -claro, las mujeres detrás y los hombres delante. ¿Por qué no pueden las mujeres ponerse delante? ¿Por qué? Eugenio ni contestó.

Más grandes frases: “No es lo mismo frío que refrescao”.

La dura vida de las camareras en la mejor carrera del mundo. “Yo es que un tercio de cerveza no quiero. Abre una botella, me la das, yo bebo lo que me apetezca y luego me cobras lo que quieras”.

Me contó Javier una tira de Mafalda, en la cual el padre se queda enganchado de la espalda y dice -me parece que soy más joven que mi cuerpo. Algo así está empezando a ocurrirme. La vigorexia vacacional en el Secarral ha sido la de siempre. He cumplido con lo que tenía previsto. Pero ya no recupero como antes. Y no es que no recupere. Agacharme es una proeza. Levantarme del suelo, proeza y media. Ponerme los pantalones, una odisea. Mi cuerpo está mayor para lo que mi mente pretende.

Alberto, Chimo, Javier y yo, por unanimidad, decidimos declarar “Santorini” como la canción del verano.

Una de las infinitas cosas buenas que tiene el Secarral es que pude estallar la guerra mundial que sea que allí no nos enteramos. Pero de la muerte de Aretha Franklin sí que nos enteramos. Y le hicimos un homenaje.

Victoria absoluta de los Perolators sobre los Calderators en las calderetas de la comida de las vacas. Como ya no es noticia nuestro triunfo lo celebramos con naturalidad. Previamente habíamos decidido incluir las frases “bocadillo de panceta” y “hay cuerva” en el catálogo de “Frases más hermosas”. Terminó la comida de forma memorable. Fuimos a tomar café. Me subí al coche con José A. Me dijo que mirase, que creía que llevaba algún cd de La Mode. Lo llevaba. “La evolución de las costumbres”. Once días después sigo sin voz. Son los tiempos modernos que nos toca vivir. Se aplazó el sueño eterno, es mejor no reír. Se hacen ferias de muestras de la modernidad. A los cuentos de niños se les cambia el final.

Otra gran frase: “No tenéis hartura, del verbo harturar”.

Leí una vez que si un pobre se tropieza y cae en público, da pena, mientras que si es un rico el que cae, da risa. En el “Baile del vermú” tropecé con un bordillo (me lo comí entero) y me fui de bruces contra el suelo delante de un montón de gente. Dejando a un lado el ridículo y la vergüenza (me fui a casa), sentí además que era pobre de solemnidad. Cuando el Senséi me declaró, posteriormente, campeón del mundo de treinta metros vallas, y tanto Somarros como el resto de Faisanes empezaron a guasear sobre mi trompazo sentí que algo de patrimonio sí que tengo.

Dos libros me han acompañado estas vacaciones (y los dos los tengo a medias): “Cuentos completos”, de Flannery O’Connor y “Pregúntale al polvo” de John Fante. Los Ángeles años treinta. Sur de los Estados Unidos a mediados del siglo veinte. ¿Quién dice que no he viajado?

Otro viaje en el espacio y en el tiempo. Nos fuimos de excursión a la laguna de “La Celadilla”, que fuera en otra época lugar vacacional con su camping y sus piscinas y que hoy está totalmente abandonado. Por lo menos, en lo que queda de laguna, hay patos. Y un bicho mezcla de caimán y monstruo del lago Ness al que escuché acercarse entre las cañas cuando me aproximé a la laguna y que hizo que también fuera proclamado campeón del mundo de los treinta metros lisos.

Mi hijo y yo renovamos nuestros votos rojiblancos: nos fuimos de visita al Wanda Metropolitano. Vaya hermosura de estadio. Me hice fotos con las placas de Milinko Pantic y de Fernando Torres en el Paseo de la Fama. Nos hicimos fotos con los trofeos de la Europa League y de la Supercopa de Europa (qué golazo de Saúl. Por cierto, no vuelvo a ver un partido con mi padre, merengón él. Me ha desheredado ya por completo. Se molestó conmigo cuando le deseé la muerte a Sergio Ramos y defendí la nobleza y el pundonor de Diego Costa. La forma en que celebré los goles fueron más clavos en mi ataúd. Pero me da igual). Nos emocionamos con la sala dedicada a Torres. En realidad nos emocionamos con todo.

Qué bien se está cuando se está bien.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Canciones para enseñar el búlgaro

Cuando me dedicaba a mejorar la vida de las personas grabándoles cintas, éstas solían comenzar de dos maneras. En la primera sonaban seguidas “Mick’s blessings” de la Style Council, “Mustang Sally” de Wilson Pickett y "Try (just a little be harder)” de Janis Joplin. Las del segundo tipo comenzaban con “She caughy the Katy” de los Blues Brothers. Qué canción tan buena es esta última. Y qué poco conocida. Me ha sorprendido esto siempre. Una canción perfecta para el chuleo. La mejor canción para hacer un strip tease. La gloria se la llevó Joe Cocker (que levante la mano el que no haya visto a un mínimo de diez capullos haciendo el gilipollas cada vez que suena “You can leave your hat on”) pero no hay color. De hecho, sigo recogiendo agradecimientos de todos aquellos a los que mejoré la vida. El resto…que se queden con Joe Cocker.

jueves, 26 de julio de 2018

Anexo

Otra característica de los corredores (que podríamos añadir al decálogo, que pasaría a ser un undecálogo, si es que existe esa palabra) es que, cuando alguien se te acerca y te dice -te veo más guapo- nos sienta como un tiro. Mira que la vanidad es poderosa y que somos débiles ante los halagos, pero estar guapos sólo significa una cosa: he vuelto a engordar. Acabo de tocar fondo. Porque sí, a los corredores no nos gusta estar guapos. Queremos estar feos. Queremos dar lástima. Queremos que la gente nos pregunte si estamos enfermos. Entonces es que estamos en forma. Y ni la vanidad puede con esa sensación.

martes, 17 de julio de 2018

El escarabajo más grande del mundo

Me gusta más envenenar manzanas que quitarles la piel.

Y mi ángel guardia quemará todas las pruebas que demuestren que un día estuve allí. ¡Qué bien sabe no existir!

No te gustan mis discos ni mi ropa. No te gusta mi forma de bailar.

El Capitán Mosca en el restaurante chino vigila a la mafia tras sus dos palillos.

Soy como una vieja atracción que un día sirvió para pasarlo bien.

Hay luz en la casa del fabricante de alas de mariposa. Ahora está eligiendo algunos colores que hagan juego con tu cara.

Y en el bar del aeropuerto todo el día viendo el NO-DO.

Pasarás la página y verás que estás preso otra vez en el más triste final, el más triste final, el más triste final de un cuento.

Tristemente, con esa mirada que hace que a los hombres les huela el sudor fuerte.

Queremos conocer dónde nos fabrican. Queremos conocer a quien nos fabrica.

Un telescopio poned, en su cabeza a rosca poned. Para ver lo que no hay que ver. Para ver lo que nadie vio.

Si tuvieras que comerte, ¿por dónde empezarías? ¿Qué parte comerías la primera?

Si te dejo pasar todo acabará mal. Te llevarás las cosas más bellas.

Una vez que puse mi mente hecha pedazos en la máquina de exprimir naranjas, salió un líquido blanco que servía como combustible para cualquier nave.

No, ninguno de nosotros estamos hechos con frío.

Y aunque nos creamos especiales todos preguntamos los nombres de las calles.

Estoy tan cansado de ser como soy. Todo lo que dije lo dijo alguien ya.

Llevo años planeando la caricia que aún no he dado.

Eres la capital del peor país del mundo. Todos los que allí viajaron estuvieron de paso.

Ya no como en el plato del perro. Por la noche vuelvo a tener sueño. Tengo un podio en mi casa, soy el primero cuando quiero.

Y lo que digo cinco veces es verdad.

Veinte años de "El escarabajo más grande de Europa". Diez años sin Sergio Algora.

jueves, 12 de julio de 2018

No hay nieve en St. Moritz

“Casi llueve en Formentera”. “Cayó la niebla en Baden Baden”. El recurso es bien sencillo: fenómeno meteorológico y lugar geográfico con sonoridad e imagen de marca. Ya está el título. O la frase brillante. Y funciona. Nadie se queda con el dato descriptivo. Todos a imaginar. Todos a evocar.

P.D. El título está sacado de un chiste de Eugenio, sí. No podemos ocultar nuestros referentes.

lunes, 2 de julio de 2018

Tú vales, chaval: Sedaví

Hay veces que me planteo por qué sigo escribiendo aquí. No tengo respuesta. O sí. Tengo el hábito adquirido y, cuando algo se cruza, empiezo a pensar cómo contarlo. Y no es sólo por rutina. Me gusta. Me entretiene. Me divierte. Y queda escrito. Y queda como crónica de una época. Algo parecido a un diario. Y también me gusta pensar que algún día mis hijos leerán lo que escribo. Y que podría gustarles incluso.

Autonómico de verano alevín. Piscina de Sedaví. La competición más importante del año tras el Nacional. Siete pruebas por delante: 100 y 200 mariposa, 200 y 400 estilos y los tres relevos (4x100 y 4x200 libres y 4x100 estilos). ¿Objetivos? Bueno, en cinco de ellas (los tres relevos, 200 mariposa y 400 estilos) mi hijo (y su equipo) están entre los cuatro primeros. Y luego están las mínimas para el campeonato de España. En individuales, lejanas. Pero en relevos…bueno. Podía ser.

No. No hubo mínimas. No hubo podios. Malas caras, sí. Empezó el fin de semana con mi hijo y su preadolescencia indicándome cómo debía comportarme, indicaciones que se resumen en -no quiero que me avergüences, no quiero verte, no quiero oírte. Siguió con rabia, con impertinencias, con malos gestos. Terminó abrazado a mí, llorando. Tres semanas después de tocar el cielo en Gandía salió cruz. Y no fue cruz, hijo mío. No lo fue.

Te toca aprender a ti, hijo mío. Tienes que aprenderlo tú. En cuanto encuentre un resquicio trataré de hablar contigo y de hacerte entender lo que no vas a entender porque te has quedado con lo malo. Por eso lo escribo, por si algún día lo lees. Tu error, vuestro error, fue soñar y creeros vuestros sueños. ¿Es eso malo? No, es bonito. Y sí lo es si luego te genera esa frustración, esa rabia. Pero no fue cruz, hijo mío. No lo fue. Acuérdate de cuando veíamos la llegada en el maratón de tu profesora, con un tiempo de casi cinco horas, y me preguntaste por qué levantaban todos los brazos cuando cruzaban la meta. –Porque han ganado. -¿Han ganado? –No sólo gana el primero. Y tú este fin de semana ganaste. Y si te sientes triste por haber sido cuarto en el dos mariposa y en el cuatro estilos no tienes ningún derecho a estarlo. Porque nadaste como un campeón. Nadaste de manera portentosa. Y te ganaron. No perdiste. No es lo mismo. Y tus cuartos puestos son de oro, hijo mío. Más que eso. Y sí, fuisteis sextos en el 4x100 libre. ¿Y? ¿Quién falló? Ninguno. ¿Entonces? ¿Y por qué teníais esa cara tras el cuatro por cien estilos? ¡Si habíais quedado cuartos! ¡Si sacasteis fuerzas de donde ya no había nada después de cuatro sesiones! ¿Y el cuatro por doscientos? Ahí si que tengo algo que reprocharte. Sí que es verdad que falló quien tú ya sabes. Pero el que falló no es sólo tu compañero. Es tu amigo. Y un amigo vale infinitamente más que los tres segundos que os habrían dado el bronce. Y pedirás perdón. De eso ya me encargaré yo. Pero ese relevo… La posta que hiciste…Cumplí a rajatabla. No te avergoncé. No me oíste ni me viste gritar. Pero eso no significa que no lo hiciese. Porque esa posta es de lo mejor que yo te he visto. Porque tú, hijo mío, tienes un don y es que nunca le fallas al equipo. Nunca te he visto hacer un mal relevo. Nunca. Y eso es algo maravilloso. ¿Y estás triste? ¿Cómo puedes estar triste? Me da igual que este año no haya Nacional. Me da igual que no haya habido podio. No tienes derecho a estarlo. No tienes ningún derecho.

Hijo mío, eres extraordinario.

martes, 19 de junio de 2018

Valencia no se acaba nunca

El guante me lo lanzó Sanfélix y lo recogí: elegir mis cinco lugares favoritos de Valencia. Como él mismo dijo, es como elegir tus cinco canciones favoritas de los Beatles. No es fácil. Uno siempre tiene la sensación de estar siendo injusto. Puede ser. También he de decir que mis cinco elegidos se impusieron solos. No tuve que pensar. Me limité a tomar nota. Los reseño.

El primer lugar que elegiría sería el faro del puerto. Ya escribí sobre él y sobre la relación que nos une. Ahora, definitivamente, nuestra relación es a distancia. Cerraron el paso y ya ni los domingos puedo colarme para ir a visitarlo. Pero desde la playa se ve. Y desde algún punto de la Marina Norte. Yo le saludo y él me manda sus luces. Todo está bien entre nosotros.


El segundo lugar que destacaría tiene que ver con lo que fue mi vida nocturna festera. Guardo muy buenos recuerdos de la zona de Xúquer, en especial de un local llamado “Piccolo”. O del Carmen (la mejor música de Valencia se escuchaba en el “Lips”). O de Polo y Peyrolón (la camarona de “Mosquito”. Hors categorie). O de Benimaclet (qué bien sonaba “Born to be wild” en el “Andén”). Incluso de Juan Llorens. Pero mi zona fue siempre la plaza del Cedro. No mi zona favorita. Mi zona. Allí podría quedarme con “El Asesino” o con “Velvet”. O con “Colores”. O con “Tranvía”, aunque pillara a contramano. Incluso con “Matisse” y su ingente concentración de memos por metro cuadrado. Pero me quedo con “Tendur”. “Tendur” fue el centro geográfico de los jueves culturales. A veces estábamos muchos, pero siempre éramos Sanfélix, la Fallera y yo. Y fue una época buena. Muy buena.

Valencia, como la mayoría, es una ciudad de río. Luego creció, paso al otro lado y llegó hasta el mar. Pero es una ciudad de río y, es más, es una ciudad de recodo de río. Lo que hay fuera o es Ensanche o es menos Valencia (cuando vine a vivir aquí, allá por el año ochenta y uno, la gente que vivía por mi barrio (siempre he vivido al otro lado) no decía -me voy al centro- sino -me voy a Valencia. Y para ir a Valencia se tiene que cruzar por los puentes que hay sobre el cauce. Puentes hay muchos. Y alguno más se hará. Desde que vivo aquí he visto construirse ocho. Seis con pilares. Dos no. No tiene sentido construir puentes sin pilares en un cauce seco, pero oye, el ínclito Calatrava es así y se lo permitieron. Con pilares o sin pilares, los puentes siempre tienen mucho encanto. Unen. Por dos siento predilección. El primero sería el puente de Aragón. El motivo es sentimental (por supuesto). Maroto, Sanfélix, Ojos, Quino y yo, yendo y viniendo del colegio, lo transitábamos a diario. Y la mayoría de los días nos cruzábamos sobre él con María y Mª Luz, a quienes saludábamos muy sonrientes. Pero mi favorito es otro, vecino del anterior, y es el pont de la Mar. Todo de piedra, peatonal él, con sus escalinatas y sus altares, era cruzado por mi hermano y por mí cuatro veces al día, yendo y volviendo del colegio, en aquel nuestro primer año en Valencia, todavía desubicados, todavía llenos de nostalgia. En este puente resonaban los pasos (mis pasos en esta calle resuenan en otra calle donde oigo mis pasos pasar en esta calle donde sólo es real la niebla) de dos chavales de catorce y quince años que iban y volvían. En este puente mis recuerdos vuelven y mis sentimientos se aceleran. En este puente todavía resuenan los pasos, nuestros pasos.


En el cruce de la calle Landerer con la calle Caballeros hay un edificio (o un palacio) que pertenece el Gremio de Pasteleros o Panaderos y que fue rehabilitado no hace mucho. En dicha rehabilitación participamos. Fue una obra muy bonita y, como toda rehabilitación, una obra viva, muy entretenida. Y fue bonita por algo más. Al ir a la obra, siempre aparcaba fuera del centro histórico. Y para ir a ella iba callejeando. Aquella obra me permitió recorrerme todo el casco antiguo de Valencia. Aquella obra me permitió perderme una y otra vez por todas aquellas calles. Por eso, ese cruce entre Landerer y Caballeros figura entre mis lugares favoritos de Valencia. Ni fue nuestra mejor obra ni es el rincón más bonito. Pero estoy en deuda con él.


El quinto lugar tiene que ver con correr. En Valencia está el Viejo Cauce del Turia. Siete kilómetros ajardinados dentro de la ciudad y muchos más en el llamado Parque Fluvial. Bastante llano, con carriles, fuentes, kilómetros marcados. Un verdadero paraíso para el que quiera, entre otras cosas, correr. ¿Es mi lugar favorito? No. Si viviese fuera lo echaría de menos. Vivo aquí y sólo lo piso cuando quedo. Si no, pues puerto, playa, me voy hasta Port Saplaya, vuelvo por Alboraya y por la Ronda, me voy por el carril bici hasta Pinedo y luego, si toca, pues hasta el Saler. Hay muchos sitios. Pero ninguno de estos es mi favorito. Mi lugar especial, mi quinto lugar, como todos, tiene el barniz de la nostalgia. Año ochenta y dos. Los cuatro que corríamos nos juntábamos en la Alameda, con su kilómetro de fuente a fuente. Allí conocí a Paco, a José Carlos, a Quique, a Enrique, a Ángel, a Guillermo, a Pedro. Todos juntos preparamos el maratón de febrero del ochenta y tres. En la Alameda terminó aquel maratón. En la Alameda, en el año dos mil diez, terminó el maratón en el que tengo mi mejor marca. La gente dice que el lugar natural del corredor en Valencia en el Viejo Cauce, pero no es verdad. El lugar natural, el verdadero templo del corredor en Valencia es la Alameda y de fuente a fuente. Y yo soy corredor.

lunes, 11 de junio de 2018

Tú vales, chaval: Gandía

El pasado 17 y 18 de febrero, en Gandía, se disputó el campeonato provincial de invierno de natación en categoría alevín. Para allá que nos fuimos contando medallas. Y sin medallas volvimos, en parte porque no dieron (las dos de relevos hubieran caído), y en parte porque mi hijo no tuvo su mejor fin de semana en sus pruebas. Hasta aquel momento cada competición de esta temporada era una fiesta, siempre mejorando, cada vez más arriba. Mi hijo daba muestras de cordura, pero yo estaba desatado. Y llegué a presionarle cuando faltó a algún entrenamiento porque no se encontraba bien. Y tuve ramalazos que nada tienen que ver con el deporte y sí con la soberbia. Aquel fin de semana fue una cura de humildad importante. Le pedí disculpas, di un paso atrás y le dejé hacer. Él es el protagonista. Yo debo limitarme a facilitarle que disfrute de su deporte. Ése ha de ser mi papel.

Este fin de semana pasado, en Gandía, se disputó el campeonato provincial de verano de natación en categoría alevín. Estos fueron los resultados de mi hijo:

100 metros mariposa. Marca acreditada: 1:10:77. Marca realizada: 1:09:17. Puesto: 3º.

200 metros braza. Marca acreditada: 2:51:07. Marca realizada: 2:48:99. Puesto: 2º.

100 metros braza. Marca acreditada: 1:18:50. Marca realizada: 1:19:36. Puesto: 4º (a cuatro décimas del bronce).

Relevos 4x100 libres. Primera posta. Marca acreditada: 1:02:38. Marca realizada: 1:01:56 (se homologa). Puesto del equipo: 2º.
200 metros mariposa. Marca acreditada: 2:33:09. Marca realizada: 2:31:03. Puesto: 1º. Es decir, PRIMERO.

Relevos 4x100 estilos. Posta de mariposa. Yo le cronometré 1:08 pero los jueces han declinado homologar mi cronometraje. Cabrones. Puesto del equipo: 2º.

Dieron medallas. Un oro, tres platas y un bronce. Cinco podios. Seis, puesto que el club ganó por equipos. Mi papel es el que es. No fui contando medallas. Soy el padre de un nadador. Nada más. Él es el que nada. Él es el que entrena, el que compite. Mi papel es el de facilitarle que lo haga. Pero este Provincial de Gandía no me lo quita nadie.

Hijo mío, eres extraordinario.

sábado, 2 de junio de 2018

Let's be careful out there

Al principio éramos pocos. La jornada comenzaba con una reunión en la cual me tocaba hablar a mí. Comentábamos los problemas del día anterior y las novedades que pudiera haber. La plantilla fue creciendo. La charla de inicio se mantuvo. Por un vídeo que era muy popular entre la gente de planta, las reuniones terminaban siempre con un “a tiró” antes de que cada uno ocupase su puesto. Seguimos creciendo. Y creciendo. No dejamos de aumentar producción. Paramos. Reestructuramos y, al comienzo de la nueva temporada, dejé de dar mi charla diaria inicial. El último día no pude evitarlo. Comentamos lo que nos esperaba a partir del día siguiente y -perdonadme, pero, como ésta es mi última charla, me gustaría terminar diciendo algo que siempre deseé decir:

-Tengan cuidado ahí fuera.

El sargento Esterhaus. El capitán Furillo. Joyce Davenport, Fay, Belker, Joey Coffey, Lucy Bates, Renko, Bobby Hill. No veo la televisión. El poco tiempo que me queda lo dedico a escuchar música y a leer, bien literatura, bien sobre atletismo. Me estoy perdiendo todas las series. No tengo conversación, ya que nunca sé de lo que hablan los demás. Pero sé lo que pueden ser las series. Soy hijo de “Canción triste de Hill Street”.

domingo, 27 de mayo de 2018

Tú lo eras todo y yo era nada

Cena recalentada cuando llegas tarde a casa.
La imbécil de tu hermana que te pica y que se pasa.

No había sido un buen día. A veces transiges. A veces saltas. Para enfadarse hay que valer. Cuando te enfadas y discutes, si luego te quedas mal, pues mejor no enfadarte. Trata de resolverlo de otra manera. Ésa es la teoría. Aquel día me salté la teoría. Y me subí al coche lleno de rabia y con el estómago protestando.

La loca de tu madre que te chilla y no se cansa.
Y el viejo derrotado que se baba y amenaza.

El gesto es mecánico. Arranco el coche y pongo la radio. No sé qué canciones sonaron. No escuchaba. No prestaba atención. Tampoco sabía muy bien por dónde iba. Siempre hago el mismo recorrido para salir del polígono, así que el coche marchaba solo. Yo iba concentrado en mi ira. Iba cargado de razón. Iba soltando discursos justificando mi actitud. Y el estómago mortificándome, dando la réplica, diciendo –sabes que no.

¿Dónde has estado?
¡Mira qué facha!
¿Qué horas son estas?
¡Vete a la cama!

La radio seguía con su cantinela. Supongo que por algún lugar se abrió una rendija y la radio aprovechó su momento. Y empezaron a sonar unos acordes al piano. Eran familiares. Muy familiares. La ira empezó a dejar paso a otras sensaciones. La música estaba empezando, una vez más, a hacer su trabajo.

Un beso en un portal. Un abrazo. Hasta mañana.
Qué hombre me sentía cuando a ti te acompañaba.

Las canciones. Siempre las canciones. Hacen conmigo lo que quieren. Siempre me llevan donde quieren. Estoy indefenso ante ellas. Todo pasó a un segundo plano. Todo lo anterior pareció lejano.

Tú lo eras todo y yo era nada.
Pisábamos los charcos, tan lejos estabas.

“Tú lo eras todo y yo era nada” ¿Quién puede no cantar a voz en grito esta parte de la canción? ¿Quién puede hacerlo sin lágrimas en los ojos? ¿Quién puede no sentirse identificado, sea como sea o como haya sido tu vida? “Tú lo eras todo y yo era nada”. ¿Dónde estaba el tío que había salido enfadado? ¿Dónde había quedado mi ira? ¿Qué hay en el mundo que pueda competir con “Tú lo eras todo y yo era nada”?

¿Dónde has estado?
¡Mira qué facha!
¿Qué horas son estas?
¡Vete a la cama!

domingo, 20 de mayo de 2018

Fernando

Creo que es en “Hannah y sus hermanas” donde el personaje que interpreta Woody Allen dice –al contrario de lo que la gente piensa no es “te quiero” la frase más hermosa sino “es benigno”. Para mí existe y ha existido una frase más hermosa y ésta fue siempre “gol de Torres”. Independientemente de la camiseta con la que jugara. Fernando Torres no ha sido un jugador de fútbol. Ha sido otra cosa. Una pasión. Un sentimiento. Nuestro hermano. Nuestro hijo. Alguien de quien siempre estábamos pendiente, a quien mandamos a desarrollarse lejos. Siempre disfrutamos de sus triunfos pues eran los nuestros porque le queríamos y porque él nunca olvidó hacernos partícipes de ellos. Y cuando las cosas no le fueron bien sufrimos como sólo un padre o un hermano puede sufrir. Sus lesiones, sus malos controles, cada vez que se dejaba el balón atrás, cada vez que la tiraba a las nubes o le sacaba el balón el portero, cada vez que lo dejaban en el banquillo. Y cuando volvió a casa sentimos que ya estábamos todos. Los sentimientos muchas veces escapan a la realidad y ya no se trata de números, de trofeos o de palmarés. La frase “gol de Torres” a partir de hoy se escuchará muy lejana como paso previo a que deje de escucharse. A partir de hoy el fútbol será un deporte y, mientras estén las camisetas rojiblancas sobre el campo, habrá emoción y habrá sentimiento. Pero ya no será lo mismo. Y no será lo mismo porque no estará sobre el campo el hombre (el Niño) que nos hizo vivir el fútbol de otra manera, que nos hizo de cada partido que él jugó algo muchísimo más intenso que un partido de fútbol. Todo será distinto. Los goles volverán a ser goles. No habrá ningún gol que valga más que los demás. Y “gol de Torres” será sólo un recuerdo. Un recuerdo maravilloso. Un recuerdo inolvidable. La frase más bonita.