martes, 22 de septiembre de 2020

L'utilisation aveugle de la technique de name-dropping et ses conséquences nulles

Dentro de la sección “me da igual que no interese a nadie”, hoy voy a escribir sobre un tema de gran trascendencia: las canciones (cinco) que tardé en descubrir que eran originalmente francesas. Iré siguiendo el orden cronológico que dicte mi memoria. El esquema será sencillo: canción escuchada primero, quizá alguna otra versión que me apetezca poner y versión original en perfecto francés. Poca prosa. Datos concretos. Si acaso, recordar a Facundo Cabral en su “No soy de aquí” quien, al hacer relación de todas las cosas que le gustaban (tenía un gusto excelente y estuvo toda la vida añadiendo versos a la canción), incluía también las canciones en francés.

“Beyond the sea”. George Benson y sus punteos silabeados. La versión de Bobby Darin también es muy agradable. “La mer”. Charles Trenet.

“My way” de Frank Sinatra (la de Nina Simone es mejor). Ya escribí sobre esta canción, así que abreviaremos: “Comme d’habitude”. Claude François.

“Un anno d’amore” de (¿la sin par, excelsa, fabulosa, maravillosa?) Mina. Nadie la ha cantado como ella, pero a Nino lo que es de Nino. “C’est irréparable” de Nino Ferrer.

“I wish you love” de Rosemary Clooney (tía de). Esta canción la han cantado todos, pero me quedo con Rosemary. Con ella hasta me creo (poco) la letra (en inglés), en la que le desea lo mejor a aquel con quien acaba de romper. “Que reste-T-il de nos amours” de (otra vez) Charles Trenet. La letra original (todo un canto al desamor), mucho mejor.

Y “Watch what happens” de Sergio Mendes & Brasil 66 (gran año). Mi favorita también, aunque la de Chris Montez consigue un segundo puesto muy digno. La original, “Recit de Cassard” (no estoy seguro de que se titule así) de Michel Legrand, de la película “Los paraguas (parapluies) de Cherburgo (Cherbourg)”.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Yo tenía que haber nacido en otra familia porque aquí estáis todos atontaos


Cinco minutos más

No había mucho que esperar. Épocas malas. Sueños descuidados y designios en vano.

Cigarrillos a medias, como sus conversaciones con amantes. No le van los pulmones, pero sí el corazón.

Tiene esperanzas. Muchas. Pero no ganas.

Pelea por lo que quiere, hasta mata, pero lo hace por los suyos; puños rígidos, pero corazón grato.

Sabe lo que tiene, hasta que lo pierde, y actúa antes de pensar, pero no se arrepiente, porque él nunca falla.  

No da abrazos, dice que eso es de débiles, ni gasta su tiempo en tonterías, aunque sus ojeras le delatan.

Tampoco da besos, eso es para gente que se quiere, y él no quiere, idolatra.

Nada le hace temblar, es aburrido a veces y piensa más de lo que dice, pero siempre pide cinco minutos más cuando le ponen a Sinatra.

Este texto es de mi hija. Lo he copiado literalmente. Todavía no ha cumplido catorce años. Antes sentía fascinación por ella. Ya es devoción.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Porque en agosto, por las noches, refresca

Bueno, eso de que refresca vamos a dejarlo. Porque no sé cuántas olas de calor hemos tenido (o, realmente, una sola). Y nuestra habitación da a levante y la pared de la misma absorbe el calor que para qué. Y si a eso añadimos las riñas de gatos nocturnas, los cien mil pájaros que vienen a canturrear al alba a la higuera que tenemos junto a la ventana, el cachorro de perro de la casa vecina que está descubriendo al mundo y a sí mismo y lo hace ladrando, y un gallo cercano de garganta prodigiosa y un ansia descomunal por demostrarlo a cualquier hora, cada mañana me levantaba recitando aquello de “feliz aquel que huye del mundanal ruido” y pensando que empiezo a no estar preparado para tanta belleza de la vida bucólica.

La vida con mascarillas tiene alguna cosa buena, especialmente para los que tendemos hacia la asociabilidad (o, por decirlo de otra manera, para los que cada vez aguantamos menos a la gente o, mejor dicho, cada vez aguantamos a menos gente) y aún tenemos ciertos complejos que nos impiden decir no o vete a hacer puñetas. Así, pensando en el bien común, y de manera absolutamente generosa, mi vida pública (por decirlo de alguna manera) durante estas vacaciones ha sido escasa. He comprobado, tanto en la Aldea como en la Capital, que el concepto Unidad Familiar es de una elasticidad asombrosa (es gracioso reencontrarte con hermanos y sobrinos con la mascarilla puesta y ver qué poco dura) y lo difícil que es luchar contra lo que es natural. Y, dentro de esa naturalidad, los que somos prudentes y sólo tenemos cien posibilidades de contagio por hora criticamos a los que tienen ciento una por su inconsciencia y a los que tienen noventa y nueve por su obsesión enfermiza.

Y la asociabilidad se ha convertido en lectura. Cinco libros han caído estas vacaciones. Me terminé “Manual para mujeres de limpieza” de Lucia Berlin, que había dejado a medias el verano anterior (y que confirmó mi idea de que Lucia Berlin no es para tanto. Si alguien tiene interés, con leerse su biografía ya tiene todos los relatos leídos). Seguí con “Tres maneras de inducir un coma” de Alba Carballal, de quien se dice que es la nueva Eduardo Mendoza. Y yo soy el nuevo Carl Lewis. Más tarde me leí “Los asquerosos”, de Santiago Lorenzo, y ni sí ni no sino todo lo contrario. Luego llegó “2666” de Roberto Bolaño y aquí me tengo que detener porque llegamos a un hito. No voy a hacer una reseña. Sólo puedo decir que me leía las páginas de diez en diez, de quince en quince, de cincuenta en cincuenta. No podía parar. He pasado de mirar a Bolaño con retintín (salvo las cien primeras páginas de “Los detectives salvajes” no entendía tanto furor por él) a convertirme a su secta. No tengo calificativos suficientes para ensalzar este libro. Como tampoco los tengo para “El gigante enterrado” de Kazuo Ishiguro, escritor al que no conocía (y es premio Nobel) pero que ya no se me escapa. Una novela esta última que comienza de una manera lenta, tediosa, casi anodina y que va creciendo conforme el novelista va retirando con una habilidad enorme “la niebla” (esto último lo entenderán los que la hayan leído) de nuestros ojos hasta, al menos en mi caso, desbordar en muchos momentos mi capacidad de emocionarme. He leído en varios sitios que esta es una novela que nunca se termina (aunque el final es…) porque siempre te acompaña y creo que va a ser cierto. Hablaba el otro día con Kyezitri (culpable de la lectura de uno de estos dos últimos libros al cien por cien y del otro al cincuenta) de los escritores que te empujan a no escribir y Bolaño e Ishiguro son dos de ellos. Porque esa capacidad de narrar, ese sentido del ritmo, esas historias, esos personajes, esa estructura, ese uso del lenguaje…eso es talento. 2020 será el año de muchas cosas, casi todas malas. Pero, para mí, al menos por ahora, será el año de “Vida y destino”, “2666” y “El gigante enterrado”. Y compensa.

No ha sido un verano muy musical. Una conversación con mi hermana pequeña (que musicalmente es casi tan lista como yo) con un par de cervezas haciéndonos confesiones inconfesables y deslizando nombres como Justin Bieber, Gloria Estefan, Sugababes, Beyonce, Olivia Newton-John, Dua Lipa, Ariana Grande o Kylie Minogue. Alguna noche que bajé al bar de la piscina y vi que siempre tenían la misma música (iba a decir que siempre tenían la misma cinta puesta), con canciones españolas ochenteras y charlamos sobre Gabinete Caligari y sus mejores momentos (“La sangre de tu tristeza”, “Camino Soria”, “Tócala, Uli”, “Que Dios reparta suerte”, “Sólo se vive una vez”, “El calor del amor en un bar”) y poco más. No hemos llegado a poner música este año. Nos quedamos con las ganas Javier y yo de hacer una sesión de Britpop que teníamos preparada y que hubiera tenido el éxito de crítica y público habitual. Aún así, quiero reseñar que, a pesar de haber escuchado poco, se han presentado tres canciones en mi vida con la intención de quedarse (y yo encantado): “Estar triste también es bonito” de Antifan (con una letra fabulosa), “The sands of Mexico” de los Chieftains (que recuerda a Buena Vista Social Club y tiene una historia detrás muy interesante) y “My future” de Billie Eilish (mi hija tenía razón).

No hubo este verano mejor carrera del mundo, aunque el día trece de agosto salimos unos cuantos a hacer el recorrido porque una cosa es que no hubiese carrera y otra muy distinta que no haya habido carrera. Eché de menos Fuentelespino, Garcimuñoz, Alconchel, Tresjuncos, Montalbanejo. Pero rodar por el Secarral sigue siendo algo inenarrable y muy pocos días perdoné el dar una vuelta. He salido solo y también bien acompañado (a veces es muy fácil ser social). Con Luis Enrique, con Nacho, con mi hijo, con Javi, con Javier y sus rodajes galantes (le encanta hacerse el encontradizo). Y luego han estado las salidas con Fernando, que más que salidas eran rutas, buscando sitios, tratando de ver corzos, disfrutando y siempre a buen ritmo (yo. Fernando iba tocando la guitarra). Algún día se nos fue de las manos y llegamos hasta diecinueve kilómetros, hartos de subir y bajar y volviendo desatados que nos quedábamos sin luz. Quizá fueron estos los únicos metros de verdadera calidad que haya hecho en meses. Sin carreras a la vista (la semana pasada suspendieron la Behobia. Este lunes, el maratón de Valencia) pocas ganas de hacer series y cambios de ritmo tengo. Pero de correr no se me van las ganas. Sigue siendo un placer en sí mismo. Y en el Secarral, EL PLACER. Con mayúsculas.

Nuestra excursión anual de título “quién te ha visto, quién te ve” nos llevó este año al Molino Blanco, en Carrascosa. Y así como otros años estas visitas tenían un poso amargo este año fue todo lo contrario. Lo han arreglado, han echado gallinas (y un borrico), han puesto un merendero y, los fines de semana, puedes almorzar allí como un campeón. Además han hecho un canódromo que están empezando a explotar. Nos acercamos un domingo con las bicicletas a ver las carreras de galgos y disfrutamos del ambiente y confraternizamos con los Montoya, los Carmona, los Heredia y con la Benemérita, que merodeaba por allí. No apostamos. Eso nos faltó. Tampoco hizo falta.

Y poco más. Le cerveza sigue estando igual de buena y he vuelto a prometerme a mí mismo que no beberé nada con gas en meses. Me ha llamado la atención lo disciplinada que es la gente con el uso de las mascarillas. Incluso los moteros. Los veías en sus motos circulando por la Aldea con la mascarilla puesta. El casco no lo llevaban. La mascarilla, sí. Cada uno es libre de elegir de lo que no quiere morir. Contar las veces que pasa Juan en patinete o en moto por delante de casa sigue siendo entretenido. Las vistas de Toledo desde la zona de los cigarrales siguen siendo un espectáculo grandioso, similar a corretear por sus calles al amanecer. Vamos a comenzar a apadrinar casetas de campo. Hugo tendrá que aprender a vivir sin “canguitos” aunque ya sabe dónde está Albacete. Los sustos que costará superar. La ausencia que no se superará nunca. Ahora nos vamos pero no estaremos mejor. Qué bien se está donde se está bien.

lunes, 31 de agosto de 2020

Porque en agosto, por las noches, refresca: los esforzados de la ruta

Planeamos irnos hasta Manjavacas con las bicicletas. Que no hubiese Traída este año no significaba que no fuésemos a hacer una visita. Somos unos sentimentales. Normalmente para la Traída formamos dos grupos. Unos salimos desde la Aldea con la primera luz, vamos en bicicleta hasta Mota pasando por Monreal. En Mota dejamos las bicicletas y nos vamos corriendo hasta la ermita de Nuestra Señora de Manjavacas. Y allí nos unimos a los moteños que acompañan (que se traen) en procesión (corriendo) a la imagen de la Virgen desde la ermita hasta el pueblo. Un segundo grupo sale en bicicleta desde la Capital y, pasando por Santa María, va directo hasta la ermita. Acompañan también a la procesión (detrás y en bicicleta). En Mota ya nos juntamos y hacemos la vuelta juntos, en bicicleta, pasando esta vez por Monreal.

A las ocho y media habíamos quedado Fer y yo en la Capital. Los únicos sentimentales. El Moro estaba que sí, que no, que no tengo bicicleta, que a ver si la tengo. A las nueve menos veinte salimos. Cero nubes en el cielo. Temperatura que ya avisaba que los veintititantos grados no los íbamos a ver.

A las nueve y cinco llama el Moro. Tengo la bicicleta. Volvemos a por él. Nos encontramos. Y ya partimos, definitivamente, El Trío Sentimental. Primera etapa: Santa María.

Lo primero que he de decir (en el cuarto párrafo) es que los tres que íbamos somos del mismo pelaje. Ni relojes inteligentes, ni GPS, ni nada parecido. No sabemos nunca ni cuántos kilómetros hacemos, ni el desnivel que acumulamos, ni los promedios. Y nada ni nadie nos va marcando el camino. Nos basamos siempre en nuestra intuición, en nuestra experiencia y, sobre todo, en la posición del sol. Y sol había. Todo. Nada que temer.

Para ir a Santa María cogimos un camino del que, constantemente, salían ramales. Como el Moro se sentía muy seguro, pues nada, le seguíamos sin ceder a las tentaciones en forma de cruces. Nos gusta ir a Santa María pasando por Sahona para poder decir aquello de –qué pena. Con lo que esto fue- y la idea era pasar por allí. El caso es que llegamos a Santa María y ni rastro de Sahona. No sé por dónde fuimos. No era por donde otras veces pero, como habíamos llegado, no protestamos. Allí nos hicimos una foto junto al letrero de la calle Posturas, otra junto al letrero de la calle del capitán Palomo, bebimos agua y para Manjavacas.

No sé cuántos kilómetros habrá entre Santa María y Manjavacas. Pongamos quince. Hicimos veinte. No exagero. Fer empezó guiando. Desertó. El zig-zag cobró una nueva dimensión. Desandamos no sé cuántas veces. Algún Ser Superior se apiadó de nostros y nos puso una higuera a mitad de camino. Nos atiborramos de higos. Cada caseta blanca que aparecía en la lontananza se convertía en el objetivo. Trescientas veinticinco casetas blancas después, acertamos. Viva la Virgen de Manjavacas. Allí dimos una vuelta, descansamos, nos hicimos una foto junto a una imagen en cerámica que homenajea a la Traída (todos los Anderos (y Anderas) tienen la misma cara), llenamos los bidones en una fuente (agua salobre. Imbebible) y vuelta para Santa María.

Los quince kilómetros de la vuelta los hicimos en catorce novecientos. Espectacular. Cogimos un camino y nos llevó del tirón. Estábamos pletóricos. Nos autoimpusimos con orgullo, honor y merecimiento la medalla de los (no tan) Jóvenes Exploradores. Tiramos el agua salobre, rellenamos y a por la última etapa.

No había nada que temer en la última etapa. Desde Santa María se ve la Capital. El castillo, en todo lo alto, nos servía de guía. Sólo había que volver por donde habíamos ido. Y eso hicimos. O no. Yo todo el rato iba viendo la iglesia de El Pedernoso enfrente y el castillo a la iquierda. –Estoy empezando a ponerme nervioso. –Tranquilo, enseguida sale un camino hacia la izquierda y lo cogemos. –Oye… -Tranquilo. –Es que… -Tranquilo. –El caso es… -Tranquilo. Y ya cuando pasamos junto al cartel que nos anunciaba que acabábamos de entrar en El Pedernoso advertí que el próximo que dijese tranquilo sería servido en caldereta. Sin cruzar la carretera, por fin, cogimos una pista y nos encaminamos teniendo el castillo enfrente.

Todo el paisaje de los lugares que he mencionado es muy manchego. Hay muy pocos árboles (la de la higuera fue la única sombra que tuvimos) pero el colorido es precioso. El verde de las viñas, el rojo de la tierra, el amarillo de los sembrados recién segados. Es un paisaje que no cansa. Salvo el de El Pedernoso. Esto es de una aridez insufrible, con una tierra de un color grisáceo blanquecino cercana al horror. El paseo por aquella pista, con un sol que ya no sabía cómo torturarnos más, con unos montones de estiércol que no nos dejaban respirar y con unos cuantos buitres volando sobre nosotros no podía ser más deprimente. Pero sí podía. La pista se convirtió en camino. El camino, en senda. Y, la senda…se acabó. Estábamos en mitad de la nada. Cargando con las bicicletas fuimos cruzando barbechos hasta que, por fin, llegamos al camino que pasa por detrás de la antigua caseta del Butano, un camino conocido. Nos faltaban seis kilómetros pero ya estábamos en casa.

El último tramo, antes de entrar al pueblo, es de subida. En mitad de la misma, el Moro se paró.

-No puedo más.

-Pero hombre…

-¡QUE NO PUEDO MÁS!

Silencio.

Cinco minutos después.

-Vamos.

Entramos. Era la una y cinco. Llevábamos más de cuatro horas al sol. No paramos para despedirnos. Ni una cerveza. Nada. El Trío Sentimental. Nunca más.

miércoles, 22 de julio de 2020

En la muerte de Emitt Rhodes

No tengo mucho que contar. Lo conocí hace poco. Tres canciones suyas entraron a formar parte de mi cancionero. Muy McCartney me sonaba. Fui poco original en la apreciación (“los Beatles en un solo hombre”). Apenas he leído sobre él. No estoy impresionado. Ni conmovido. Pero si todavía grabase cintas seguro que las canciones de Emitt Rhodes las colaría. Y como esto es lo más parecido que tengo a grabar cintas, aprovecho la excusa. Allá van mis tres favoritas.




lunes, 13 de julio de 2020

Grandes reflexiones que podrían cambiar la faz de la tierra

Le escuché hace años al Cholo Simeone que, como su carrera futbolística había transcurrido principalmente entre España e Italia, en estos dos países habían pasado sus hijos (los mayores. Ahora tiene más) la infancia. Y contaba que estos, cuando hablaban entre ellos, lo hacían en italiano o en español. Pero el español que utilizaban era, por decirlo de alguna manera, el de España. Hablaban sin un acento definido. O no tan acusado. Sólo cuando hablaban con sus padres lo hacían con acento argentino. Es decir, que los chavales, distinguían de manera natural no sólo el idioma que debían utilizar sino, también, su variante. Se adaptaban sin esfuerzo al entorno.

Coincidí hace poco con un amigo inglés que está casado con una española. Tienen una hija que es bilingüe de nacimiento. Me contaba su padre que le fascinaba cómo su hija pensaba en los dos idiomas indistintamente y que no tenía que concentrarse para hablar en uno o en otro. Lo hacía y punto. También me contó los problemas que había tenido la muchacha en clase de inglés. Sabía más inglés que la profesora. Y su inglés no era como el del resto de los alumnos. Y los otros alumnos se reían de ella. Y su hija no lo llevaba bien. Y necesitó ayuda. Por una parte me acordé de los hijos del Cholo. No dije nada, pero, puestos a resolver posibles problemas, también pensé, por otra parte, que no hubiera estado mal que su madre le hubiese enseñado inglés también. Y su padre, español. Y que su hija hubiese hablado un inglés impecable y otro con sus erres, sus jotas y sus zetas bien sonoras. Y un español perfecto y otro con acento guiri. Su hija lo hubiera llevado mejor.

domingo, 28 de junio de 2020

Cosas que no me van a pasar nunca

Anna Karina llevándome el desayuno a la cama mientras me canta –Jamás te dije que te amaré siempre, mi amor. Tú nunca prometiste adorarme toda la vida.

domingo, 21 de junio de 2020

@Jokin4318

La noticia ha salido publicada en todas partes. Más que noticia es una historia. Tuve miedo de que cayese en manos del sensacionalismo. No parece. Voy a escribir sobre ella. Tal vez no aporte nada. Seguramente. No voy a decir que la he vivido desde dentro. Pero sí que he sido espectador de la misma. Y fue un puñetazo en la boca del estómago.
 
Pocas cosas hay tan bonitas como una pista de atletismo. El anillo de cuatrocientos metros. El tartán, antes rosa, ahora rosa, azul, verde. Los pasillos. Los fosos. La jaula. Las colchonetas. Los listones. Y las páginas que se han escrito ahí dentro. Nada hay como el atletismo. Nada tan hermoso. Tan indescriptible. Tan grandioso. Para la gloria. Para la tragedia. Para la leyenda.
 
Mi afición al atletismo es tan entusiasta como solitaria. Durante muchos años estuve suscrito a la revista de la federación. Con la llegada de internet y la facilidad de acceso a la información (y a los vídeos) comenzó una nueva época. He buceado en muchos sitios y ahora me muevo en Twitter. No tengo perfil pero esto no es obstáculo para poder seguir a un grupo de devotos (Juan Manuel Botella, Fernando Miñana, Miguel Villaseñor, Juanma Bellón, Luis Montes, Gerardo Cebrián, Óscar Fernández, Juan Carlos Hernández, Ángel Cruz, Miguel Calvo, Daniel Cean-Bermúdez (éste escribe más de automovilismo, pero, cuando habla de atletismo, o de cualquier otro deporte…maravilloso), Andrés (no sé el apellido), Ignacio Romo…). Un grupo de fanáticos que, además, se relacionan, comparten, se estimulan, creando un ambiente fabuloso entre ellos. Gracias a todos estos estoy al día. Deben (debemos) de ser coetáneos pues la mayoría llegaron (llegamos) al atletismo con Coe, Ovett y Lewis. Y todos tienen (tenemos) en común que son (somos) unos nostálgicos de tomo y lomo y siempre están contando batallas pretéritas con cualquier excusa. Todos los días son buenos para celebrar algún aniversario. Y siempre enlazan vídeos de dichas carreras, saltos o lanzamientos. Y todos los días son buenos para emocionarte y para que se te pongan los pelos como escarpias.
 
A los nombres citados faltaría añadir el de Joaquín Carmona (que firma como @Jokin4318. Les ahorro la obviedad de explicarles el por qué de esa cifra), una verdadera eminencia en el atletismo, siempre dando datos, informando, contando, aportando, enseñando (gracias a él sé que soy mejor en maratón que Björn Ulvaeus, de ABBA). Discreto (luego se ha sabido que corregía al resto fechas, tiempos, lugares pero siempre de manera privada), educado, brillante. Una persona de referencia dentro del grupo. Viendo las retransmisiones del Mundial de Doha me partía de risa porque, cada vez que Gerardo Cebrián tiraba de memoria, al instante ya estaba rectificando porque Joaquín Carmona le había soplado que no, que casi, que tres centímetros más, que cuarenta y nueve veintitrés en el paso por el cuatrocientos, que en los Bislett, que en 1979.
 
Lo curioso es que nadie conocía a Joaquín Carmona. El resto lleva toda la vida en el atletismo. Son periodistas, exatletas, entrenadores, personas de la federación, estadísticos. Se conocen de siempre. Se han visto. Pero a Joaquín Carmona nadie le había visto nunca. Y era inconcebible que alguien con esos conocimientos sobre este mundo fuera un desconocido. Nadie dudaba de que se trataba de un pseudónimo. Y el resto estaba muy entretenido tratando de encontrar quién estaba detrás de ese nombre. Se hacían quinielas. Fulanito dice que él no es pero no sé yo, no sé yo.
 
El quince de marzo último Joaquín dejó de publicar. Y los días pasaban y seguía sin escribir. Otro más, pensé. Desde 2006, en que empecé a relacionarme con el mundo también a través de una pantalla de ordenador, he visto pasar a tantísima gente, he leído a tantos que, un buen día (o malo) dejaron de escribir, han sido tantos los que un día estaban y, al día siguiente, no (este cuaderno podría ser un modesto ejemplo) que, al ver que no escribía pues ya ni pena ni rabia. Sólo resignación. Uno más.
 
Pero el grupo de aficionados no adoptó la misma actitud. Se preguntaban unos a otros. Le escribían pidiendo que se manifestase, que estaban preocupados. No había respuesta. Ni dónde acudir. Hasta que el pasado trece de junio, Alfredo Varona, en “La bolsa del corredor” lanzó un SOS público. ¿Alguien sabe? ¿Alguien puede decir algo? ¿Alguien puede tranquilizarnos?

Alguien sabía. Alguien, desde Turín, le contó a Alfredo quién era Joaquín Carmona y dónde estaba. Y el quince de junio Alfredo Varona, en “La bolsa del corredor” escribió un artículo que corrió como la pólvora y que nos dejó a todos estupefactos, descompuestos, sobrecogidos, descolocados. Joaquín Carmona, pues ese es su verdadero nombre, es un vasco que vive en Madrid y que vive en la indigencia. Un sin techo que malvive en las calles y que, en las bibliotecas públicas, se informa, cuenta, escribe, nos ilumina, se abre al mundo. Y con la alarma y el confinamiento, no tuvo dónde escribir, dónde recargar su portátil, wi-fi donde engancharse.

Aquí, con el corazón arrugado y el estómago encogido, decidí echarme a un lado. Como he dicho, tuve miedo de que esta historia cayese en manos del sensacionalismo. No sé porqué ni cómo alguien con la capacidad de Joaquín ha podido terminar en esa situación. Sé que se ha reunido dinero y ya no duerme en la calle. Sé que la federación va a hacer algo. Sólo lo conozco de lo que le he leído. Y le aprecio de veras. Cuando empecé a leer el artículo que contaba que había aparecido fue, como dije, un verdadero puñetazo en el estómago. Le deseo lo mejor. Que no vuelva a tener que pasar por algo parecido. Pero lo que de verdad deseo es que siga siendo el mismo. Que no cambie. Y que vuelva a escribir. Todos los días entro. Quince de marzo. “Mariano Haro: El león de Becerril”. Ahí sigue. El día que vuelva…Sólo espero que llegue el día en que vuelva. Y sea como siempre.

martes, 2 de junio de 2020

¿Te acuerdas del momento en que te diste cuenta?

"Al final - concluye Pipe Areta -, siempre acabamos volviendo a aquella pregunta que nos habla de la alegría de la infancia y de los sueños de la juventud: ¿te acuerdas cuando éramos felices y no nos dábamos cuenta?".

Cita extraída de este artículo.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Red roses for a blue lady

Venía Luis Santángel de Londres y nos fuimos al aeropuerto a recibirlo. No teníamos veinte años y aquel viaje, para el grupo de amigos, fue todo un acontecimiento. Llegamos con tiempo (en el BIJ rojo de Maroto, sorprendentemente vivos dada su forma de conducir). No tenía entonces Manises tanto tráfico aéreo como ahora. No éramos muchos en la zona de espera. En un lateral estaba un hombre muy trajeado con un ramo de rosas. Nos pareció muy mayor pero no creo que tuviera los treinta y cinco. La puerta se abría. Él miraba. No era ella. Se abría. No era ella. Se siguió abriendo. La zona de espera se vació. Quedábamos él y nosotros. Salió Luis Santángel. Nos fuimos. Él se quedó. Solo. Me sigo acordando. Me gustaría pensar que llegó después y que se emocionó con sus flores. Pero estoy convencido de que ella no llegó nunca.

P.D.

miércoles, 13 de mayo de 2020

La Podeda

Ya nadie hará ruido por la mañana ni nos despertará tosiendo. Nadie lanzará los troncos a la chimenea desde el pasillo. No habrá más melodías de una sola nota. Nadie montará el chiringuito. Ni la huerta. Ni los Móviles de Calder. Nadie me reprochará lo sucio que llevo el coche. Ni me explicará cada vez cómo se arrastran las redes. Ni cómo se pliegan. Ni cómo se llena una espuerta. Ni cómo se vacía. No protestaré más porque, de todos los tiempos verbales que existen, sólo uses el imperativo. No volveré a alterarme porque eres incapaz de seguir un orden. Nadie verá crecer la hierba mientras conduce. Ni me preguntará si hace calor en Valencia. Ya no olerá a puro. Ni habrá poca lumbre. No habrá nadie en la Poveda. No serán de nadie esos atardeceres. Me quedaré sin saber si pasé la prueba, si sé andar por el campo, si sé comer del perol. No nos encontraremos un jabalí colgando en la cochera. No habrá conejos en la nevera. Habrá menos dulce en casa. Nadie les explicará a los caminantes despistados en mitad del campo que buscan un cuarto de baño que todo lo que ven es un cuarto de baño. No habrá más podas artísticas. El árbol de la entrada perderá su esfericidad. Nadie cortará leña. A nadie le importará la marcha que llevo. Los pájaros camparán a sus anchas. El perol dejará de ser milagroso. El botijo ya no tendrá gracia. Las ciruelas. La mata. La balsa. De nadie. Los que regalan flores ya no serán maricas. La Academia tendrá pendiente crear una palabra que identifique a los nietos huérfanos de abuelo. Nadie será capaz de bajar los tableros. Ni los bancos. Nadie pondrá las bombillas. La era estará vacía. Da igual los que seamos. Nadie parecerá que tira el desodorante al aire y se pone debajo, como si fuese lluvia. De nadie será la tumbona. Para nadie volverá a florecer el cerezo. Para nadie. Porque nadie. Nunca. Imposible.

sábado, 9 de mayo de 2020

Grandes personajes

P., que considera que lo opuesto a quitar es desquitar.

S., que reprochaba a un compañero que no le hubiese informado de un trabajo hecho. -¿Y cómo pretendías que me enterase? ¿Por telequinesis?

La misma S., que afirmó que, antes de entrar, era imprescindible realizar una limpieza exhausta de la zona.

R. (que no es familia de S.) que, tras serle explicado el nuevo proceso, mostró su satisfacción ya que, ahora, se podría tener información más precisa, más exhausta.

I., que piensa (y así lo manifiesta) que un suceso que ocurre muchas veces es un suceso ocurrente.

F., que expresó a su audiencia que no era éste un buen momento para rascarse las vestiduras.

sábado, 25 de abril de 2020

Confinados: sobre mi hija y la reina del baile

Quejarme de no poder correr, con todo lo que está pasando, sería reprochable y con razón. Empecé con rabia (la cacareada resistencia al cambio. Habrá una palabra en inglés para ello) subiendo y bajando escaleras. En cuanto me enteré de que era ilegal, lo dejé. No iba a tener problemas con mis vecinos, pero por si acaso. Además, para qué. Me centré en mis ejercicios diarios de fortalecimiento y estiramiento por mi cadera calcificada y, con resignación, pues a agachar la cabeza y ya cambiará el viento.

A mi hijo también, como era previsible, no sólo se le han acabado los entrenamientos en la piscina, sino que, desde la federación, ya han dado por concluida la temporada. Aún así, los entrenadores, todas las semanas, les mandan un plan y, cada tarde, se conectan por categorías y hacen juntos los ejercicios correspondientes. Hacen grupo, no pierden demasiado la forma y llenan los días. Y ya cambiará el viento.

Mi hija parece que haya nacido para vivir confinada y en cuarentena. Con sus trece años y su adolescencia esplendorosa, ha encajado con naturalidad la situación y se ha adaptado perfectamente. Está de buen humor, mantiene el ingenio y su mordacidad en forma y, de alguna manera, siempre está ocupada y nunca se la oye quejarse. Y es raro.

Entre todos los quehaceres de mi hija ninguno tenía que ver con el ejercicio físico. Y aquí entró mi hijo y le preparó por su cuenta una tabla de ejercicios (alguna de las suyas con un factor de corrección de 0,10) para que la hiciera diariamente. Si la hubiésemos preparado Ana o yo nos la habría roto en la cara muerta de risa, pero su hermano tiene bastante predicado sobre ella, así que aceptó y se propuso cumplirla a rajatabla.

Y está cumpliendo. Diariamente. No falla nunca. Cuando vi la naturaleza de los ejercicios y que eran asequibles a un cuerpo madurito y lleno de teclas con demanda de fatiga, decidí apuntarme. Mi hija me aceptó y allí estamos los dos, día tras día, cumpliendo como campeones de tal forma que, en cuanto llegue el verano, voy a salir a todas partes sin camiseta.

Entrenamos con música. Antes de comenzar hacemos una selección de ocho canciones alternando, una ella, otra yo y, así, sucesivamente. Cada uno las elige a su gusto, pero con la intención oculta de impresionar al de enfrente. Tenemos gustos muy distintos y nos recatamos poco a la hora de decirnos -vaya castaña. Ella mantiene la portería a cero (es dura la tía. Y mira que pongo canciones buenas, buenas). Y reconozco que me clavó un golazo por la escuadra con “Listen before i go” de Billie Eilish. La escucho de manera clandestina porque, la verdad, es una barbaridad y no quiero reconocerle su gol.

El no compartir gustos musicales con tus hijos debiera entrar dentro de lo normal. Pero yo lo llevo fatal. Joder, tengo un gusto del cual estoy más que orgulloso (porque es espectacular) y pienso que sería una buena herencia. Y no encajo que no sea así. Y llevo mal sus rechazos. Es más, creo que están resultando mis intentos contraproducentes. La diferencia generacional es una barrera demasiado alta para que yo pueda saltarla. Tendré que desistir. (Desistiré erguido frente a todo. Perdón. El subconsciente).

Ahí estamos con nuestros ejercicios. Termina mi canción seleccionada, que yo he gozado y que ella ha devuelto a corrales. Empieza la suya. “Dancing queen”. Se me ponen los ojos como platos. -Se ha tenido que equivocar- pienso. O se ha colado alguna sin querer. Sin incorporarse siquiera dice -esta canción es un himno.

No todo está perdido. Sólo hay que dejar que ella encuentre el camino. Estoy tan contento que mañana la voy a sacar a pasear una hora sin alejarnos un kilómetro de casa. Si ella quiere, claro. Que no sé yo.

lunes, 20 de abril de 2020

Todos los caminos llevan a Cole Porter

Nacimos demasiado tarde. Sanfélix siempre me lo recuerda. No le rebato porque estoy de acuerdo. Todo son argumentos a su favor (aprovecho este momento para reivindicar "Midnight in Paris", de Woody Allen. Y, ya que estamos, todas sus películas). Cole Porter. Precisamente fue Sanfélix junto al resto de la cuadrilla de amigos del colegio/futbolín quien me abrió sus puertas cuando me regalaron un cd doble con música de Berlin, Gershwin y Porter, uno de esos regalos que te marcan la vida (comparable, quizá, a cuando J. Andrés me regaló “Los hermanos Karamazov”) y que te enseñan el camino hacia el monte Parnaso, donde Cole Porter tiene voz y voto.

Creo que mi programa favorito de radio es “Mundo Babel”, en Radio 3. El sábado pasado hicieron un especial sobre Cole Porter. Me pilló yendo hacia el trabajo (estoy confinado a tiempo parcial). Entré a la planta levitando, con unas ganas de bailar tremendas, deseando encontrarme con Ginger Rogers o con Cyd Charisse (¿por qué estas cosas no me pasan nunca?). En casa ya terminé de escuchar el programa. Que la música te lleva donde nada ni nadie es una frase que repito hasta el hartazgo porque es verdad. Y desde esta nube en la que estoy vuelvo a cometer el error de tratar de compartir mi entusiasmo. Porque, Sanfélix, nacimos demasiado tarde. Pero, al menos, tenemos el consuelo de que en esta época es más fácil (y más rápido) encontrar las cosas. Y mostralas. Y vernos sentados escuchando a Ray Conniff y a su orquesta tocando “You do something to me”. O completamente emocionados teniendo a Ella Fitzgerald delante en el escenario (¡Ella es el swing! ¡Ella es el swing!) cantando “You’re the top”. O discutir sobre quién hace una mejor versión de “Just one of those things”, si la propia Ella, Oscar Peterson o Bryan Ferry. Sólo un consuelo, ya. Porque, Sanfélix, sí. Tarde. Demasiado.

miércoles, 15 de abril de 2020

Confinados: caballero

Fue Ramón el que nos avisó de que se necesitaba sangre y de que los del Centro de Transfusiones iban a estar en la Fuente de San Luis. Era una buena excusa para escapar un rato del confinamiento. Pensé en ir andando. Lloviznaba. Un día formidable para reencontrarte con la calle. No quise tentar a la suerte. La policía estaría patrullando. O algún vecino me podría gritar. Cogí el coche. Aparqué relativamente cerca pensando en tener que hacer menos recorrido a la vuelta. Crucé. Vi un furgón de la policía que se acercaba. Al llegar a mi altura bajaron la ventanilla.

-Caballero, ¿hacia dónde se dirige?

Me encanta que me traten de usted. Cada vez más. Me suena bien. Me hace sentir cómodo. El tuteo es impertinente. Que te hablen de usted denota educación. Elegancia. Pero que, además, te llamen caballero…eso fue una sinfonía para mis oídos. Me dieron ganas de abrazarles. No procedía. Respondí. Me dejaron ir. Nos deseamos buenos días. Yo se los deseé de corazón.

sábado, 11 de abril de 2020

Confinados: ajetes

Hoy es Sábado Santo. Hoy es un día grande. Quedamos temprano y nos repartímos las tareas. Hay que rebuscar los ajos tiernos (ajetes). Hay que hacer la compra. Las cañas. La Casilla. El aperitivo. El asado. El revuelto. El postre. Luego viene Kas con el resoli. Oliendo (apestando) a humo prolongamos el día con unos digestivos en donde nos quieran aceptar. Y nos aceptan. Somos buenos clientes. Los primeros años, sólo los amigos. Luego ya empezaron a venir las novias. Las mujeres. Los críos. Comemos bien. Lo pasamos bien. Muy bien. Es el primer Sábado Santo de mi vida que no paso en el Secarral. El primer Sábado Santo en décadas que no comemos en el campo. Hemos quedado a la una y media para tomarnos las cañas juntos. Nos reíremos de nuestra torpeza tratando de conectarnos. Nos reiremos de todo. Son días raros pero los hay más raros. Aunque hoy todos, cada uno en su casa, comerá revuelto de ajetes tiernos. No sabrán igual. Pero sabrán.

viernes, 27 de marzo de 2020

Confinados: Pablo

La canción preferida de Pablo es “Cumpleaños feliz”. Todos los días lo celebra. Varias veces. Y desde primerísima hora de la mañana. Alterna ésta con su segunda canción favorita: “Estrellita, ¿dónde estás?”. No aparece la estrella. Y la busca. Intensamente. No desfallece. No se desanima. Y llega con entusiasmo a su momento predilecto que ocurre cada día a las ocho de la tarde, cuando sale al balcón a aplaudir. Y aplaude. Y se ríe. Y señala a la calle. Echa de menos la calle. Correr por el rellano no es lo mismo. No logra que se le olvide. Pablo tiene muy claro que mamá es suya, se ponga su padre como se ponga. Ya puede reclamar derechos por antigüedad o por lo que sea. Mamá es suya y punto. Pablo tiene dos años (infinitas veces celebrados). No recordará estos días y que los tuvo que pasar encerrado. Nosotros, los vecinos de al lado, nunca los olvidaremos. Y algunos de esos recuerdos serán a través de los ojos (y de la voz) de Pablo. Y la estrellita no estará. Y siempre será su cumpleaños.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Confinados: requiem aeternam

Me cae fenomenal el profesor que tiene mi hijo de “Lengua y literatura castellana”. No lo conozco. No me hace falta. Los ha puesto a leer a todos. Mi hijo no paraba de renegar pero, a regañadientes, me confesó que las “Leyendas” de Becquer le habían gustado (¿a quién no?). Organizó para esta primavera una excursión literaria (me temo que no se realizará) que iba a pasar, entre otros sitios, por el pueblo natal de Fray Luis de León. Y hoy, cuarto día de encierro (y segundo de Ofrenda), les ha mandado un correo a sus alumnos. En él les hablaba de libros relacionados con epidemias y encierros (“La peste” de Albert Camus y “Decamerón” de Boccaccio). También citaba otro libro, de título “Los novios”, situado, en tiempos de peste, en el Milán del siglo XVII. El profesor ofrecía como premio dicho libro al primero de sus alumnos que le dijese el autor del mismo y que lo relacionase con los versos:

Libiamo, libiamo ne'lieti calici
Che la belleza infiora.
E la fuggevol ora s'inebrii
A voluttà.

Y con la siguiente frase en latín:

Requiem aeternam dona eis, Domine.

¿He dicho que me cae fenomenal? Corta se queda la frase. Muy corta.

Por cierto, con un poco de cultura general y con la ayuda de Google y Wikipedia… ¡HEMOS GANADO! Perdón, ha ganado mi hijo. Sí, ha ganado él, él solito. No sé en qué estaba pensando.

lunes, 16 de marzo de 2020

Confinados

Hoy es dieciséis de marzo. Esta mañana tendríamos que haber hecho nuestra tradicional ronda fallera, es decir, haber quedado para visitar corriendo todas las fallas principales, en medio de la despertá y cruzándonos con noctámbulos y noctívagos que retornaban tambaleantes a sus cuarteles. Hay silencios estruendosos. Y el pobre caballo, sin nadie que le oriente si tiene que caminar hacia delante o hacia detrás. Un efecto colateral al que nadie parece prestar atención.

No tengo perro. Pero tengo carro de la compra. Esta mañana he cogido mi carro y me he ido a comprar al Mercadona de Tombuctú, donde tampoco tenían papel higiénico. No pasa nada. Mañana me iré al Mercadona de Omsk a ver si tienen.

Por cierto, me han dejado entrar en Mercadona. Habían advertido de ciertas restricciones de acceso, entre otras a las personas mayores. Y no me he visto afectado por dicha restricción. Estoy contentísimo.

Vivo en una finca sin azotea. Los trasteros están cubiertos por una cubierta metálica inclinada. Me toca correr subiendo y bajando escaleras. Insufrible. Tengo un plan establecido que arrancó ayer subiendo (y bajando), en total, veinte pisos. Hoy han sido veintiuno. Veo pasar mi vida por delante entre dos y tres veces por sesión. Me falta el aire. Mañana tocan veintidós. Como, según mis cálculos, el encierro terminará en Valencia el veintiuno de abril, al final del yo me quedo en casa estaré en disposición de ganar no la subida al hotel Bali o la subida al Empire State, sino la subida a la Torre de Babel.

No hace falta mirar el reloj. De vez en cuando escucho en los balcones a la gente aplaudir o gritar y sé que es en punto. También tengo una vecina que, regularmente, agarra el micrófono y se pone a cantar por el balcón “Resistiré” del Dúo Dinámico. Me dan ganas de subir a hacerle los coros. A un metro de distancia, claro.

No fui previsor (hoy tenía previsto ir a la Feria del Libro de Ocasión a hacer acopio) y sólo tengo “Un mundo para Julius” de Bryce Echenique (por ahora, muy bueno) para aguantar el encierro. Me veo haciendo algo que nunca hay que hacer: releer. Chejov, supongo. Cuando lo leí no entendí porqué era considerado el gran maestro del relato corto. Volveremos a intentarlo.

Y si suspenden la Champions digo yo que el campeón debiera ser el que haya eliminado al anterior campeón. En boxeo lo hacen así. Y se respeta.

Qué largo va a ser esto. Menos mal que soy como el junco, cuya estructura le permite doblarse pero sin dejar de permanecer erguido.

jueves, 20 de febrero de 2020

Amparo

Amparo es Amparo. Con la música puesta. Cantando. Lo canta todo. O algo así. Canta muy mal, fuera de tono, inventándose la letra y siempre un segundo por detrás de la melodía, pero es la que mejor canta mal. Limpia, te pregunta, te cuenta, te saluda. Te saluda siempre. Todas las veces que te cruces con ella. Baila con su escoba. En su casa tiene un fantasma que no le deja dormir. Me pregunta que de qué parte de Argentina soy, que al resto de argentinos que hay en la empresa no los entiende nada y a mí me entiende todo. Tiene un ex que, le cuentes lo que le cuentes, su ex, también. Nunca se queja. Nunca protesta. Canta. Saluda. Te cuenta. Amparo es feliz. No sólo ella. Todos lo somos. Nos contagia. Nos hace sentir mejor. No lo sabe. No es consciente. No sabe el bien que hace. Tampoco lo pretende. De todos los que estamos aquí trabajando, para mí ella es la única imprescindible. El resto, todos, somos sustituibles. Pero, lo que ella hace, nadie. Ninguno. Y la necesitamos.

viernes, 14 de febrero de 2020

Vida y destino

Hace una semana que me terminé “Vida y destino”, de Vasili Grossman. La desazón que te provoca el despedirte de un libro que ha sido más (muchísimo más) que un libro apenas mengua con el paso de los días. Pensé que era de justicia escribir algo. Vi, dado mi nivel intelectual, que me iba a quedar en una sucesión de frases entusiastas que apenas iba a aportar nada al que me pudiera leer y que no iba a hacer justicia. Y decidí no hacerlo. Pero. Pero. Pero. Me puede la emoción. Tengo que escribir, aunque no sea más que para gritar que pocos libros como “Vida y destino”. Para mí. En mí.

Unión Soviética, 1942. A un lado, Hitler. En el otro, Stalin. En medio, las personas. Dos sistemas en los que el individuo no existe frente al colectivo. Y éste es un relato protagonizado por individuos. Muchas historias. Muchos escenarios. Muchos protagonistas, con sus nombres, sus apellidos, sus patronímicos, sus diminutivos. No sé cuántos viajes a la galería de personajes del final del libro para saber quién. Liudmila, buscando (y encontrando) a su hijo Mitia; Sofía Ossipovna, la médico solterona judía que muere en la cámara de gas siendo madre; Shtrum, vencedor en la derrota, perdedor en la victoria; la carta de Anna Semionovna a su hijo; la casa 6/I, con sus propias reglas; Novikov, llevando a sus tanques al triunfo y perseguido por haber seguido (con éxito) su criterio ignorando órdenes; la vida en una central eléctrica permanentemente bombardeada; la vida en los campos de concentración nazis, en los campos de trabajo soviéticos, en la estepa calmuca, en el frente de Stalingrado, en el tren de ganado que transporta como ganado a los judíos; los interrogatorios en la Lubianka; los burócratas de la retaguardia, permanentemente menospreciando y llenando de barro a los que luchan en el frente; Seriozsha y su telegrafista (¿qué fue de ellos?); el vivir con miedo, la delación permanente, la deskulakización de 1937, los comisarios políticos, las condenas a diez años sin derecho a correspondencia; las historias de amor. Un libro inagotable. Mucho más que un libro.

Grossman, ucraniano y judío, lo escribió con la esperanza de que alguna vez fuese publicado, pero sin la certeza de que eso fuese a ocurrir. Era un personaje respetado en la Unión Soviética por sus crónicas y sus libros. Ello le permitió librarse de las purgas de Stalin contra los judíos, aunque siempre estuvo, por una razón o por otra, bajo sospecha. Muere Stalin y presenta su manuscrito confiando en el aperturismo del régimen de Nikita Krushchev (también lo he visto escrito Jrushchov). Se le requisa, se requisan todas las copias y hasta las cintas de la máquina de escribir que usó para su redacción. Siguió en libertad, aunque murió al poco tiempo de cáncer. Quedó una copia de un borrador. Sajarov la microfilmó y logró sacarla. En Suiza, en 1980, dieciséis años después de la muerte de Grossman, se publicó por primera vez “Vida y destino”.

Cuarenta años después cierro el libro tras leer su última página, despidiéndome con toda la tristeza del mundo pensando que ya nunca más volveré a leerme por primera vez “Vida y destino” y pensando que, si alguna vez alguien se entretiene en hacer repaso de mis méritos, espero que incluyan que yo me leí este libro.

Y poco más. A sabiendas de la pobreza de este texto recurriré al viejo truco de enriquecerlo apoyándome en otras opiniones e informaciones. Así, aquí una biografía de Grossman, aquí un artículo sobre la novela y aquí otro, que, en mi opinión, complementa al anterior.

Porque, qué novela. Qué novela.

viernes, 31 de enero de 2020

El carro de la compra

Nos turnamos. Por la mañana lleva uno el coche y, por la tarde, el otro. Lo hacemos cuando las competiciones de nuestros hijos están cerca. Y ellos son amigos y nosotros nos llevamos bien, así que, todo son ventajas.

La competición era a las cinco y media de la tarde y, por el calentamiento, a las cuatro y cuarto ya estábamos allí. Junto a la piscina hay una gran superficie (antes se decía hipermercado). -Voy a aprovechar para hacer la compra- me dice el otro padre, al que llamaremos O. -Te acompaño, si no te importa- respondo. No tenía gran cosa que hacer.

Allí estamos los dos, con nuestro carro, recorriendo los pasillos, cargando leche, fiambre, detergente, bebida. Yo empujaba (el carro) y él buscaba, miraba, leía, dirigía, cargaba. Pasivo. Activo.

La compra está hecha, así que nos vamos hacia las cajas. Llegando, escucho a O. que dice:

-Esto, para la fiesta.

Y le veo que coge un bote de lubricante para las zonas erógenas de una marca muy conocida.

Dos varones, adultos, de mediana edad, en la caja con el carro lleno y un bote de lubricante en la cúspide del mismo. La cajera empieza a pasar los productos. Probablemente no puso ninguna cara pero pude (pudimos) leer en el fondo de su pensamiento y noté (notamos) la guasa y el retintín.

Estuvimos, me temo, demasiado simpáticos con ella. Y quizá nos excedimos con la ostentación, sospecho que ridícula, de heterosexualidad que hicimos. No sé si la llegamos a convencer. Si es que llegó a pensar algo.

miércoles, 29 de enero de 2020

El maravilloso mundo de hacer listas. Hoy: Burt Bacharach

Burt Bacharach tiene la bonita costumbre de dejarme estupefacto. Nunca llegó y dijo -hola, soy Burt Bacharach y éste es mi repertorio. No. Siempre estuvo agazapado. Y se ha entretenido en todos los años en que llevo escuchando música en dejar caer sus canciones para que las fuese encontrando. El ritual siempre fue el mismo. Suena una canción en mitad de distintas situaciones. La canción no busca protagonismo. Pero lo encuentra. Algo salta. Alerta. Escucho la canción. Busco datos para identificarla. Título. Cantante. Y detrás, Burt Bacharach. Sonriendo. Lo he vuelto a hacer. Y yo, rendido. Cabrón. Te quiero.

Burt Bacharach tiene noventa y un años. Está vivo, pero ya en la lanzadera. Se morirá y todos querremos hacerle un homenaje y demostrar que somos los más conmocionados y los más conmovidos. Podría esperarme. No pasaría nada. Pero es que el otro día me entretuve en hacer una lista de las veces que Burt Bacharach me sonrió burlonamente mientras yo tenía los ojos como platos. Nueve veces. Y la lista me quema. Me adelanto a los homenajes. Te doy las gracias en vida.

Radio 80. Mi hermano la llamaba Radio Fósil. Hace mucho que esta emisora desapareció. Fue absorbida y su programación cambió. En aquella emisora, que alternaba con Radio 3 en nuestro equipo de música, Dionne Warwick aparecía con cierta asiduidad. “Do you know the way to San Jose”. Y fue sembrando. “Always something there to remind me” (mejor que la version de la gran Sandie Shaw). Y se hizo sitio. “Walk on by” (he de reseñar la versión de Gloria Gaynor, que tuvo su hueco en cierta fase de mi vida). Y, sin gran estruendo, Dionne se quedó con mi corazón para manejarlo a su antojo. “Never fall in love again”. ¿Y quién estaba detrás de todas estas canciones?

Otro hallazgo, entre muchos, que debo a Radio 80 fue Herb Alpert & The Tijuana Brass. “This guy’s in love with you”. Y así como no me atrevo a competir con Dionne (ni con los que vienen después), con Herb sí que me atrevía y esta canción me he visto muchas veces cantándola con ella (todas ellas) cayendo rendida a mis pies. La música de Burt Bacharach y mi voz. Su encanto y mi voz. Nunca pasó pero que la realidad no moleste nuestros sueños.

Pasó mucho tiempo hasta que Burt volvió a aparecer, Y lo hizo con fuerza. Incluso le dediqué una entrada. “Any day now”. Elvis Presley. Aquella noche inolvidable en el bar de la piscina de la Aldea. No vueles, mi hermoso pajarillo.

Antes he confesado mi amor por Dionne Warwick. Y si lo de Dionne es amor, lo de Marilyn McCoo es amor y medio. Persiguiendo a Marilyn (la voz solista de The Fifth Dimension) descubrí a Laura Nyro (le debo una entrada entusiasta y vehemente) y, de vídeo en vídeo, llegué a “One less bell to answer” (cuyos primeros versos dicen -una llamada menos que atender, un huevo menos que freír. El letrista habitual de Burt Bacharach era Hal David. Se supone que era bueno. Entre el huevo sin freír y aquello de- tal y como me levanto, y antes de maquillarme, rezo una pequeña oración por ti- tengo mis dudas). Y aquí me quedé.

Something big”. Esta canción tiene la culpa de esta entrada. Llegó hace dos semanas. Se va a quedar. Lo sé.

Y termino con un clásico o, por decirlo de otra manera, con el clásico: “The look of love”. Hay mil versiones de esta canción. Es un estándar. Manida. Sobada. Cansina. O no. Dionne es el amor. Marilyn, amor y medio. Gladys Knight es otra cosa. El triamor. El hexaamor. El decaamor. Aquel vinilo doble de grandes éxitos de Gladys Knight and the Pips que me regaló Ana hace ya…mucho. Allí, Gladys, como sólo ella sabe cantar. Y detrás, Burt. Sonriendo. Y con los ojos llenos de lágrimas, como tantas otras veces, cabrón. Te quiero.

viernes, 17 de enero de 2020

Tú vales, chaval. Erasmus

-Me han seleccionado en el instituto para un proyecto de Robótica.

-Bien, ¿no?

-Sí. Y os convocarán a una reunión para explicároslo.

-Vale.

No le hicimos más caso. Era extraño que nos fuesen a citar para explicarnos lo que era un trabajo de instituto, pero, como mi hijo ya no contó nada más y no parecía darle importancia, pues se quedó el tema apartado.

Nos convocaron. Fuimos. Lo primero que nos llamó la atención fue que allí estábamos muy pocos padres. Llegaron los profesores. Buenas tardes. Buenas tardes. Empiezan a explicarnos. Se trataba de un proyecto de los llamados Erasmus. En él, un instituto francés, uno alemán y otro español tenían que elaborar un robot para trabajar en un invernadero con la misión de proporcionar distintos datos. El trabajo debían desarrollarlo los alumnos seleccionados siguiendo un programa de trabajo detalladísimo elaborado hasta la última coma por los alemanes (claro) y bajo la supervisión de un tutor. El criterio de selección de los alumnos estaba basado en el expediente, en idiomas y en actitud. Y habían seleccionado a nueve del total de los tres últimos cursos.

Aquí hago un punto y aparte porque Ana y yo, como el resto de padres, a cada frase que pronunciaban los profesores más se nos abrían los ojos con la información que íbamos recibiendo y más nos hinchábamos como pavos. Que nuestro hijo es fabuloso, en fin, qué vamos a decir. Que sus notas son buenas, nada, ahí están. Que se lo reconozcan y sea recompensado por ello, pues oye, decir que nos llena de orgullo y de satisfacción es poco.

Siguieron. Dentro del plan de trabajo estaban incluidas estancias de diez días de los alumnos en los distintos institutos. Y éste era el motivo principal de la convocatoria, no sólo el informarnos. Por una parte se trataba de aprobar que nuestros hijos fuesen a salir al extranjero durante esos días, siendo menores de edad. Por otra parte, el presupuesto era ajustado y éste incluía los viajes pero no las estancias por lo que las mismas serían en régimen de intercambio, es decir, que durante diez días tendríamos que alojar a un francés y a un alemán en casa. Nos repartieron un papel que debíamos rellenar y nos dieron un plazo de una semana para que nos lo pensásemos.

Ana y yo nos miramos. Nada que pensar. Firmamos y le dimos la hoja a los profesores en ese instante. Siempre les digo a mis hijos que no desaprovechen nunca una oportunidad y una como ésta no es frecuente. Y no es mi hijo temeroso ante la posibilidad de salir. Todo lo contrario. Y tener a dos inquilinos en casa…pues ya nos apañaremos. No es nuestra casa precisamente el palacio de Versalles, pero encontraremos la solución (me veo durmiendo en el suelo). Y después de la experiencia con el turisto lionés, hasta nos apetecía.

El instituto alemán está cerca de Heidelberg. Mi conocimiento de geografía alemana es escaso, pero Google solventó rápido esa carencia. Sobre la ubicación del instituto francés, los profesores dijeron Martinica varias veces. En una de ellas levanté la mano.

-Perdonen. Cuando dicen Martinica, ¿se refieren a Martinica?

-No hay otra.

Al Caribe. Diez días en el Caribe. El cabronazo de nuestro hijo se va diez días al Caribe a trabajar, dicen. A desarrollar un proyecto, dicen. ¿Y nos dan una semana para que nos lo pensemos?

Al llegar a casa, nuestro hijo nos recibió con una sonrisa de medio lado. ¿Por qué no nos habías contado nada? Prefería que os enteraseis así. Además, no me habríais creído.

Y ahí van con el proyecto. Y ya está preparando el primer viaje. Será pronto. No tendrá que llevar demasiado equipaje puesto que un bañador ocupa menos que un abrigo. Escribí a los profesores. Me manejo mejor por escrito que de palabra y debía darles las gracias. Me siento en deuda con un grupo de personas que, sabiendo que existen partidas para estas actividades, las pelean para que sus alumnos puedan beneficiarse y vivir experiencias que jamás olvidarán. Experiencias que no son sólo de trabajo, no sólo de viajar, de conocer gente de otros lugares o de ver otros paisajes. Otras vivencias que con el tiempo verán que no son tan frecuentes. Los profesores (la profesora) no se limitó (que ya era bastante) a conseguir la beca para sus alumnos. Escribió. Llamó. Prensa. Y, al poco, envió un correo a los padres. El próximo miércoles por la tarde tendrán los alumnos que estar en el instituto ya que, desde allí, partiremos hasta el ayuntamiento donde nos recibirá el alcalde.

-Qué suerte tienes.

-No sé si ir. Igual no llego a entrenar.

- ¿Que no sabes si ir? Tú vas sí o sí. Primero, por educación. Segundo, porque hay cosas que puede que sólo te ocurran una vez y a muy pocos les pasa y tú vas a poder contarlo. Y, tercero, porque tienes el encargo de, como haya una oportunidad, decirle al alcalde que tu padre no quisiera morirse sin escuchar una mascletá desde el balcón del ayuntamiento.

No hubo oportunidad. No pasa nada. No puedo sentir rencor por esto. El orgullo tan inmenso que siento me lo impide. Porque, hijo mío, eres extraordinario.

jueves, 2 de enero de 2020

San Silvestre

El pasado día treinta y uno celebramos en la Aldea del Secarral la quinta edición de nuestra San Silvestre (porque San Silvestre se celebra el día treinta y uno de diciembre. Proliferan carreras con este nombre que se disputan en días anteriores a cuyos equipos organizadores recomiendo/exijo que busquen en el santoral el nombre apropiado, que luego vienen las confusiones). A las ocho y media de la mañana, con una temperatura primaveral de cero grados y con hielo por doquier, allí estábamos ya los cuatro de siempre preparándolo todo. Este año hicimos un pequeño cambio, ya que, por circunstancias, no tomamos como centro de operaciones el salón de la Casa Grande sino el patio del Ayuntamiento. Pensando dónde poner los altavoces Kyezitri sugirió el balcón del Ayuntamiento. Su sugerencia fue aceptada y allá que nos subimos él y yo cargando con los mismos. Como Kyezitri tiene enchufe fue abriendo las dependencias, el salón de plenos y el balcón. Colocamos los altavoces y, tras varios intentos, los conectamos. Una vez conectados levanté la vista y me vi en el balcón del Ayuntamiento, flanqueado por las banderas reglamentarias. Y fue inevitable.

¡Vecinos de la Aldea! ¡Como alcalde vuestro que soy os debo una explicación!

Si Pepe Isbert hubiese sido estadounidense, habría estados con su nombre.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Algo contigo

Chico Novarro realmente se llama Bernardo Mitnik aunque sus amigos le llaman Miki. Es argentino, hijo de ucraniano y de rumana judía. Su padre quería que fuese contable pero él prefirió ser músico. Y es músico. Ha compuesto unas seiscientas canciones. Ha trabajado en televisión, en el teatro. Se ganó la vida tocando en distintas orquestas en Argentina, en Chile, en Colombia. Estuvo en un dúo llamado Los Novarros. El otro componente era más alto y le llamaban Largo Novarro. Fue músico de jazz. Escribió tangos. Tuvo relación con Jobim, con Armando Manzanero, con Olga Guillot, con Dorival y Nana Caymmi, con Astor Piazzolla. En una fiesta fue poco menos que empujado hasta el piano. Allí se sentó y comenzó a tocar y a cantar. Lo hizo para sí mismo. Cantaba boleros. La gente de la fiesta empezó a arremolinarse a su alrededor. Allí estaba también Vinicius de Moraes quien, con su vehemencia habitual (“¡Ése e un filho da puta! ¡Filho da puta!”) le sugirió/conminó a que escribiese también boleros.

Un amigo mío dice que ser “el amigo gay” está muy bien cuando uno es gay. Cuando no se es, pues mal. Chico era el amigo gay de Ella (la llamaremos así). Pero, como su orientación sexual era otra, pasó lo que suele ocurrir en estos casos: se enamoró. Y, como pasa el cien por cien de las veces, ella (Ella)…pues no.

Tenemos entonces al bueno de Chico sufriendo de mal de amores, con el corazón hecho añicos y sintiendo retumbar en sus oídos la voz de Vinicius de Moraes llamándole filho da puta. ¿Qué hizo? Sacó un folio, cogió un bolígrafo y escribió:

¿Hace falta que te diga que me muero por tener algo contigo?

Y ya no escribió más. Intentó seguir pero se vio incapaz. No sabía cómo continuar aquella frase. Y pasó un año, un año en el que el folio con esa frase escrita estuvo sobre la mesa acumulando polvo y esperando y reclamando su momento. Y su momento llegó al año. Chico se sintió preparado y pudo continuar con la letra y escribió la música. Y publicó entonces un bolero: “Algo contigo”.

La canción fue un éxito. El mundo siguió girando y, en uno de sus giros, permitió que Chico y Ella volviesen a coincidir. Ella, después de hablar de lo que hablasen, le manifestó su intención (también vivía de la música) de hacer una versión de “Algo contigo”.

Chico la miró. Lo que había en su mirada, no lo sé. Lo que dijo sí es conocido. –Pero, ¿es que no sabes que esta canción la escribí por ti?

Si dijo Ella algo tampoco se sabe. Lo que sí es sabido es que Ella nunca llegó a grabar una versión de esta canción.

P:D. Mi versión favorita de “Algo contigo” es y será siempre ésta.

P.D. He escuchado esta historia en la segunda parte de “Hoy empieza todo”, en Radio 3. La ha contado un músico argentino. No me he quedado con su nombre. No sólo te cojo la historia. Tampoco te cito. Lo siento. Pero muchas gracias.

martes, 10 de diciembre de 2019

Me gustan los carteles con los textos en cirílico o en alemán

Tenemos este cartel en la cocina de casa. Fue un regalo navideño de Adela. El de la camiseta roja creo que es Vladimir Kuts, leyenda del fondo soviético y mundial en los años cincuenta (aquí un artículo sobre él buenísimo). Me gusta pensar que es él. Pero aunque no lo fuera. Es en “La soga” donde uno de los personajes dice (cito de memoria) –no le haga caso. Sabe que no elige las palabras por su significado sino por su fonética. Este cartel no se hizo un hueco en casa por su significado. Lo hizo por su sonoridad, por su luz, por sus colores, por lo que irradia. Y por su texto en cirílico, que es parte del cartel. Parte de lo que es. Parte de su belleza. Y no por lo que dice. No sé lo que dice. A quién le importa lo que dice.