viernes, 28 de marzo de 2025

Guiñar. Dije guiñar

Me estaban esperando.

Suele ocurrir cuando eres un listo y te dedicas a corregir a los demás. O a puntualizarles. O a ampliar sus comentarios. O a iluminarles con tu conocimiento sin que nadie te lo haya pedido.

Me estaban esperando.


El jugador de snooker que aparece en la foto se llama Xiao Guodong y tiene una peculiaridad: es zurdo de ojo. Nunca había oído ese concepto. Diestros o zurdos son términos que siempre había escuchado relacionados con las extremidades. Y los ambidextros (yo digo ambidextro y no ambidiestro y es otro motivo por el que me estaban esperando). Y los cruzados (mi hermano y mi hijo son diestros de mano y zurdos de pie). Y nunca me planteé que, cuando uno tiene un lado dominante, a la hora de apuntar no utilice el ojo de ese lado. Con una escopeta. Con un taco de billar. Eres diestro y tu ojo derecho es el que dirige. El izquierdo se suele cerrar. Y en la foto se ve a Xiao Guodong manejando el taco con la derecha y pasando la cabeza para que sea su ojo izquierdo quien transmita la información. Zurdo de ojo. El snooker no es sólo entretenimiento. También es una fuente de aprendizaje.

Comida familiar en casa de mi madre. Estábamos todos. No venía a cuento, pero decidí hacerles partícipes de mi hallazgo y empecé a hablarles, con tono engolado, del concepto -zurdo de ojo. Estaba en mitad de mi perorata cuando dije -guiñar el ojo derecho.

Pero (parece ser) no dije guiñar.

Dije giñar.

O jiñar.

Y cayeron sobre mí como lobos, como guerrilleros en una emboscada.

Aguanté el chaparrón como pude. Empecé negándolo. Terminé riéndome junto a ellos.

Pero mi orgullo está herido.

Muy herido.

Yo, a veces, perdono, pero jamás olvido.

Esto no quedará así.

viernes, 21 de marzo de 2025

Breves

Pues vendí un libro.

Feria del libro antiguo y de ocasión en Valencia. Voy mirando casi todo. En mi mente llevaba la consigna Bradbury-Hammett-Ishiguro-Camilleri sin negar la posibilidad a cualquier otro. Dos mujeres mayores me interrumpían el paso. Una sujetaba en su mano “El misterio de la cripta embrujada”, de Eduardo Mendoza. La otra, de manera, en mi opinión, pobre, trataba de explicarle quién era Mendoza. -No te vas a meter, Car. No vas a decir nada. No quieren saber tu opinión. No necesitan lo que les puedas contar. Limítate a bordearlas y sigue tu camino.

-Con ese libro se va a usted a reír a carcajadas.

Imposible luchar.

Con todo el entusiasmo del mundo les hablé del libro y de su autor (igual me excedí cuando pedí para él el Nóbel, el Balón de Oro, el Bunyol d’Or amb Fulles de Llorer i Brillants y su beatificación). El caso fue que me escucharon atentas (al menos lo parecía). Y me hicieron preguntas. Y cuando vi que se lo llevaban, el señor mayor cansino que llevo dentro (y fuera) sonrió satisfecho levantando la cabeza, oteando nuevas víctimas.


En un libro, de uno de los personajes se nos dice que tenía los ojos azules, seguramente de tanto mirar al mar. Que el color de los ojos dependiera de lo que estamos mirando. Que dependiera de nuestros pensamientos. De nuestros sentimientos. De nuestros deseos. Que el color de los ojos fuera un reflejo del exterior. Del interior.

Y pensé que lo que parecía poesía sería un crimen. Que sea la mirada la que hable, si quiere, y dejemos a los ojos con su color como están. No los molestemos.


Le contaba un niño a su madre cuánto le gustaba la lluvia. ¿Y eso? Porque el abuelo está en el cielo. Y cuando llueve, llueve un poco de él. Y me gusta verla. Y me gusta mojarme. Porque sé que está en ella.

martes, 18 de marzo de 2025

Mi madre es Fallera Mayor

Y también es artista fallera.

Bueno, esto último no es del todo cierto. Más bien es colaboradora del artista. Ayudante. Peona.


Y ésta es su falla.

miércoles, 12 de marzo de 2025

Watson

Me gustan los libros de Sherlock Holmes. Las novelas. Los relatos. Los leo como quien va a ver a un mago o a un prestidigitador, y en cada una de sus deducciones, aplaudo asombrado. No trato de anticiparme, de averiguar, de buscar los errores, de encontrarle el truco. Soy un espectador entregado. Entusiasta.

El personaje de Sherlock Holmes está inspirado, por lo visto, en un profesor que tuvo Arthur Conan Doyle en la facultad. Joseph Bell se llamaba, y fue precursor del uso del método analítico en la medicina forense. Conan Doyle ya comenzó a escribir en sus años de estudiante, y retomó la escritura, según cuenta, cuando se estableció como oftalmólogo en Londres. Como ningún paciente entraba en su consulta, tenía tiempo. Y fue entonces cuando creó al personaje de Sherlock Holmes, que tuvo un éxito inmediato.

Conan Doyle no tenía ningún aprecio por el personaje, de quien decía que ”desgastaba su mente”, y no paró hasta que, en el relato “El problema final” lo mató. La muerte de Sherlock Holmes no fue bien aceptada por el público británico, que inundó de cartas suplicando, pidiendo, insultando y amenazando al autor, quien terminó resucitando al personaje en “El regreso de Sherlock Holmes” (no sé si habrá habido muchos casos en la historia de resurrecciones como ésta. Yo he de decir que, después de leer “El mundo perdido” creo que también me habría unido a los que rogaban insultaban amenazaban para que Conan Doyle se hubiera centrado en las historias de Holmes y se hubiese dejado de otros esfuerzos).

Las novelas y los relatos de Sherlock Holmes están contados por el doctor Watson, que ejerce de lo que se llama narrador testigo. Viven juntos para poder pagar entre los dos el alquiler del apartamento de Baker Street que Holmes ya tenía visto. Sherlock fascina desde el primer momento (“Estudio en escarlata”) a Watson, quien abandona su profesión (siendo doctor, dejamos al lector que adivine cuál) y se dedica a acompañar al detective y a contar sus andanzas.

En un episodio de “Big Bang Theory”, Sheldon y Amy Farrah Fowler terminan de ver “En busca del arca perdida”. Sheldon está entusiasmado porque Amy haya visto por primera vez la película. Amy, sin gran emoción, concede que le ha gustado. Y luego añade que el personaje de Indiana Jones es absolutamente prescindible, que no aporta nada a la trama, puesto que ésta habría sido la misma sin él. Sheldon protesta, trata de argumentar en contra…y no tiene argumentos. Y el resto del grupo, también fanáticos del personaje, por supuesto se indignan... y tampoco pueden replicar.

Pues lo mismo me pasa a mí con el doctor Watson. ¿Qué aporta él a la trama?

Nada. Está allí, lo ve y lo cuenta. Si el autor se hubiera inclinado porque estos libros estuvieran escritos en primera persona por Holmes, o en tercera persona utilizando un narrador omnisciente (me apetecía mucho escribir omnisciente), Watson sería absolutamente innecesario.

Alguno dirá que hacía falta para que Holmes pueda pagar el alquiler del apartamento de Baker Street, pero eso tiene fácil solución. Otros dirán que, al ser médico, puede resultar de ayuda en las investigaciones. Aquí replicaremos que Watson sí, estudió medicina. Luego se hizo médico militar, lo mandaron a Afganistán, a los cinco minutos ya estaba herido, cogió el tifus, lo repatriaron y, estando convaleciente, conoció a Sherlock. Es decir, que estudiar, sí que estudió, pero ejercer, ejerció poco. Habrá quien defienda que su inteligencia sirve de complemento a la de Holmes, pero es que Watson es muy cortito y no dice más que obviedades y naderías. Está ahí para dar oportunidad a que Sherlock se luzca en sus réplicas ridiculizándolo. Ya, pero ¿y su amistad? ¿Qué amistad? Las relaciones de amistad se establecen en planos de igualdad. Y un personaje tan arrogante, tan narcisista, tan soberbio como Sherlock Holmes reconoce pocos iguales. ¿Sherlock y Watson amigos? No. Lo único que se me ocurre, y aquí voy a jugar a ser psicólogo (barato) es que, en el fondo, Holmes no deja de ser un acomplejado y necesita a su lado a un ser menor, a un bufoncillo, que le jalee, le admire y sienta fascinación por él (pensaba hacer una referencia de mi entorno laboral, pero no la haré). Es por lo único que podría tener sentido el personaje de Watson. Pero estoy convencido que, de no haber existido, las novelas y relatos de Sherlock Holmes serían igual de buenos y nadie le habría extrañado.

Por tanto, tenemos a un personaje completamente intrascendente y carente de atractivo convertido en una celebridad mundial. Siempre se dijo que Ringo Starr era el ser más afortunado de la historia. Me temo que el doctor Watson puede disputar con ventaja ese honor.

jueves, 6 de marzo de 2025

Las Chicas Derry

Hacíamos sesiones de dos, tres, cuatro capítulos. Pero dejamos el último aparte. Una última sesión. De despedida. Digna. Respetuosa. Con honores. Los devotos nos sentamos cada uno en su sitio con solemnidad. Entregados. Con un nudo en la garganta. Con el estómago encogido.

En “The Derry Girls” se cuentan las aventuras de cinco adolescentes, estudiantes de secundaria, en la ciudad de Londonderry (para los protestantes probritánicos) o Derry (para los católicos proirlandeses) en la Irlanda del Norte de los años noventa, con el IRA atentando, con el ejército británico en todas partes, con algaradas, barricadas, revueltas y manifestaciones permanentes, con el alto el fuego, con las negociaciones, con el Acuerdo de Viernes Santo, con el referéndum. Las cinco chicas protagonistas (una es un chico, se llama James, es inglés y no es homosexual, pero como él se define en uno de los capítulos como una Chica Derry, no seré yo quien se lo niegue) estudian en un colegio católico, se consideran irlandesas (fenianas), tienen personalidades muy distintas y forman una unidad.

La serie es muy divertida. Las situaciones. Los diálogos. Los personajes. Tan divertida como humana. Es el mayor mérito que le doy: cómo te conquista. No desde el humor sino desde el sentimiento. Erin, Michelle, Orla, Clare, James. Son cinco y son una. Y son nuestras cinco. Su suerte es la nuestra. Sus despropósitos, sus éxitos, sus alegrías, sus problemas, sus aventuras, sus dramas los compartimos. Y no sólo ellas cinco. Hay una primera fila de personajes secundarios que también nos adoptan (todas las madres, especialmente la de Erin. Y el abuelo Joe). Una segunda fila donde estarían el tío Colm (qué personaje), el padre Peter (y su pelo), Eammon, Ciaran, el tendero (fabuloso), a los cuales sentimos también. Y también hay otros dos personajes, tal vez secundarios pero esenciales. Para la serie. Para mi recuerdo: la hermana Michael y el padre de Erin, Gerry, el personaje que más crece a lo largo de la serie. No hay frase ni gesto en ellos dos que no sea para enmarcar. Para celebrar. Para admirar. Desde luego que detrás hay una guionista. Y una directora. Es la misma (Lisa McGee). Y también está la música, que juega su papel y muy bien jugado (“Rock the boat” nunca volverá a ser la misma canción). Cada episodio es una historia. En cada episodio hemos reído y nos hemos emocionado. Todos los capítulos nos llevaron por el camino de la alegría, de la melancolía, de la ironía, de la esperanza. Todos los episodios nos enseñaron el camino de la felicidad. Y despedirse de ese camino…no es fácil.

Y terminó la última escena. Y no nos movimos. Como cuando, especialmente con las películas de Woody Allen, nos quedábamos sentados en la butaca a leer los créditos, con la excusa de la música, hasta que encendían las luces. No nos movimos. Nos cogimos de la mano. Nos abrazamos. Quisimos decir algo. Callamos. Y, en silencio, huérfanos, tristes, negándonos a despedirnos, no nos movimos.

viernes, 28 de febrero de 2025

¿Cuánto?

Me escribe pidiéndome mi número del DNI. Se lo mando. Al rato me envía un archivo. Lo abro. Dos entradas para el Valencia Atlético de Madrid en Mestalla. ¿Y eso? Te invito. Muchas gracias, hombre. Decidimos vivirlo como cuando era un chaval y nos recorríamos todos los hoteles para que se hiciera fotos con los futbolistas, especialmente con los del Atleti, que, además, le firmaban la camiseta. Más de dos horas antes allí estábamos, en la puerta del hotel, con nuestras camisetas y nuestras bufandas. Muchísima gente. Más que nunca. La mayoría, argentinos (pensé en pedir una excedencia). Apenas vimos a los jugadores. Sale el autobús. Nos vamos para Mestalla y, ya que estamos, también recibimos al autobús del Valencia. Aquí no gritamos. Damos una vuelta, nos tomamos una cerveza y entramos al estadio (ver el verde del césped dentro del campo sigue siendo una experiencia muy hermosa). Las entradas que ha comprado mi hijo son de Gol Norte. Arriba. Donde se pone la afición visitante. Lo comprobamos al llegar, rodeados de camisetas rojiblancas. Cantamos. Animamos. Y como además el partido se dio bien (para nosotros), celebramos los goles como toca, sin necesidad de ser discretos tratando de no ofender, abrazándonos a derecha e izquierda. Al final del partido empezó a llover. Aguantamos hasta que los jugadores vinieron a aplaudirnos y a ser aplaudidos. Nos calamos hasta los huesos volviendo a casa. Fue una tarde memorable.

Tanto insistió Ana que decidimos hacerla caso. Y así, en el sofá, ella, nuestra hija y yo sentados para empezar a ver una serie titulada “The Derry Girls”. Episodios no muy largos. Veintitantos minutos. Vimos el primero. Y un segundo y un tercero. Seguidos. Son tres temporadas. Diecinueve capítulos en total (igual escribo sobre la serie, porque es…). Ana disfrutando de verla de nuevo, de nuestras reacciones y de que le demos la razón. Y nosotros dos, disfrutando. Juntos. Porque la serie la tenemos que ver juntos, cada uno en su sitio del sofá. Y nos organizamos para coincidir. Y no se avanza si falta uno. Sesiones de dos, tres, cuatro episodios. Uno al lado del otro.

¿Cuánto multiplica el valor de las cosas cuando las haces con tus hijos? ¿Y cuánto más lo multiplica cuando son ellos los que las quieren hacer contigo sin tener ya por qué?

jueves, 20 de febrero de 2025

Las grullas del ocaso

Bo, todas las noches, le pedía a su hermana Saya que le contase un cuento. Y Saya, siguiendo el ritual que su hermano de tres años esperaba, respiraba hondo, asentía tres veces y comenzaba el mismo relato que su padre, el Guji, el sacerdote Shinto, le contaba a ella cuando era una niña: la historia de las grullas que volaban durante el crepúsculo y la del niño que, en una aldea pequeña entre las montañas, las observaba y soñaba con volar como ellas.

Hisako Matsubara nació en Kyoto en 1935 y era hija de un sacerdote shinto o sintoísta, llegando ella a ser sacerdotisa. Estudió en Japón y en Estados Unidos, se casó con un físico alemán y se instaló en Colonia, donde se doctoró. Comenzó a escribir en prensa y llegó a publicar tres novelas y cinco libros de ensayo, todo ello, curiosamente, en alemán.

Bo no se limitaba a escuchar el cuento. Repetía los gritos de las grullas (traa...traa…traa, shraa…shraa…shraa). El niño del relato agitaba los brazos intentando volar. Los otros niños se reían de él. Saya, con sus diez años, estaba preocupada: Bo tenía fiebre y no pensaba que fuera bueno que se alterase. Pero Bo no quería renunciar a su cuento. Los otros niños ponían una trampa para cazar al mapache (pobre mapache). El niño de la aldea se acostaba y escuchaba el canto de la salamanquesa (gok…gok…gok), del grillo (chinchiro-rin…chinchiro-rin), del viento (srrr…srrr…srrr), de las estrellas (pikka…pikka) y también de las grullas (traa…traa…traa…). Y entendía lo que decían.

Una de las novelas que Matsubara escribió es “Pájaros del crepúsculo”. La traducción del título es incorrecta por tres razones. La primera, porque el original se llama “Grullas del crepúsculo”. La segunda, por la simbología de las grullas, en concreto, en Japón, simbología que se pierde con "pájaros". Y la tercera, porque en uno de los capítulos finales se narra un cuento de unas grullas volando durante el ocaso. El libro nos sitúa en Kyoto, una de las pocas ciudades japonesas que no fue bombardeada por los Estados Unidos, en 1945, cuando el emperador, el Tenno, anunció por radio la rendición del Japón (soportar lo insoportable).

La gran grulla blanca que guiaba la bandada, la más experimentada, la que conocía todas las montañas, todos los valles, los ríos, los lagos, los vientos, la lluvia, los rayos, la más sabia, la más prudente, la que había sobrevivido a los dientes de la marta, a las garras del halcón, la que sabía esquivar las flechas de los cazadores, vio que se acercaba una tormenta y decidió que debían de posarse junto a la aldea de la montaña a esperar a que pasase el temporal. (¡No! ¡Una trampa!). Bajando en círculos se posaron en un arrozal. Y una de las grullas cayó en la trampa para cazar al mapache. El niño de la aldea, que lo había escuchado, saltó de la cama y fue hasta allí. –He venido a ayudaros. –Te sacaremos los ojos- respondieron. Y la gran grulla blanca dijo –No. No le hagáis daño. Es un niño bueno.

El libro no cuenta una historia lineal. Es más bien una sucesión de escenas que dibujan aquella realidad. Aquel momento. Los personajes principales son Saya, una niña de diez años, hija del Guji, el gran sacerdote sintoísta, un hombre abierto, crítico, respetuoso. Su madre, nieta de un samurái, que se aferra a la tradición de manera enfermiza y que no soporta la flexibilidad de su marido. También están los hermanos de Saya, Ryo, el mayor, y Bo, de tres años; sus compañeras de clase, y su maestra, y los vecinos del barrio de los telares y los estadounidenses, que se van incorporando a la vida en Kyoto.

El niño de la aldea fue a su casa y volvió con hierbas, ungüentos, algodón y vendas. Liberó a la grulla y curó sus heridas. La tormenta había pasado. –Eres un niño bueno- le dijo la gran grulla blanca. –Puedes formular un deseo. –Me gustaría volar contigo. –Sube a mis espaldas. Sube. Sube. Duerme bien. Duerme, para que pueda llevarte muy lejos, al lugar donde el tiempo nunca se acaba.

En este libro podemos ver el paso de un Japón imperialista y supremacista, con un emperador mitificado de carácter divino, a una nación derrotada con un emperador humano que se dirige a su pueblo por radio anunciando la rendición con una voz ridícula y atiplada. Podemos sentir el hambre. El temor a las bombas. A las represalias. A los saqueos. A las violaciones. Podemos escuchar los rumores que cuentan que en Hiroshima y en Nagasaki ha debido de ocurrir algo terrible. Podemos sentir la vida en el barrio. Observar sus costumbres, sus tradiciones, sus creencias. El sometimiento de las mujeres con respecto a los hombres. El desprecio a los coreanos. El contraste con los estadounidenses. Las reflexiones sobre el monoteísmo y el politeísmo. Los padres que han perdido a sus hijos en la guerra. Los hijos que vuelven. El chantaje emocional de la madre. Es un libro duro, pero contado de una manera amable. Como si estuviese escrito a través de los ojos de un niño. Parece inevitable, cuando escribe un japonés (aunque sea en alemán), no decir delicadeza y sensibilidad, pero, en este caso, es cierto. Es un libro irregular. A veces maniqueo en exceso. O demasiado amable. No importa. Al menos yo, lo perdono. Por lo que me ha hecho sentir. Emocionarme. Disfrutar.

Bo se ha quedado dormido. Saya lo arropa. Está ardiendo de fiebre. Sentada junto a él piensa en sus exámenes. En sus ilusiones. Una beca. Salir. Aprender inglés. En las conversaciones con su padre. En una tierra sin años, donde el tiempo no exista. La lámpara se apaga. El sueño le vence. Se acurruca junto a su hermano. Piensa que tendría que avisar a su padre. Bo tiene demasiada fiebre. Pero se queda dormida.

Y Saya sentada junto a la tumba de Bo susurrando -¿dónde estás?

Y Saya sentada junto a la tumba de Bo, recorriendo con sus dedos las letras de su nombre, cantándole sus canciones favoritas.

Algunas veces toda la belleza cabe en unas pocas páginas.

Algunas veces toda la tristeza cabe en unas pocas líneas.

jueves, 13 de febrero de 2025

Échate dos cantecitos

Según leí, cuando, en 1992, Kiko Veneno grabó “Échate un cantecito”, ya había desistido de vivir únicamente de la música. Se había buscado otro trabajo y componía sin presión y por afición. Fue, parece ser, Santiago Auserón y su empeño quienes lograron que se grabara este disco. Salió y triunfó. Un éxito. En Radio 3 sonaba a todas horas. Y mis hermanas y yo éramos (y somos) muy de Radio 3. Nos compramos el vinilo. Y lo desgastamos a base de bien.

Las conversaciones que tengo con uno de los padres de la piscina (el de la camiseta de Thelonious Monk), más que charlas parecen campeonatos de “soltar nombres” (name dropping en inglés). A veces le digo que debiéramos llevar un árbitro que nos diga quién gana. O para que nos despidamos cuando el primero llegue a cien. Como somos un tanto pedantes y capullos, lo pasamos muy bien. Y cuando tenemos público, lo pasamos mejor. Hace poco estuvimos de comida y nos juntamos ocho y creo que nos excedimos. Debiéramos pedir perdón al resto. Cuando lo pienso, algo de vergüenza sí que siento. Aunque eso no quita que disfrutase.

Uno de los nombres que salió aquel día fue “Échate un cantecito”. Repasamos canciones. Recitamos partes de éstas. Me sorprendió que las recordase tan bien. Porque igual hacía veinte años que no escuchaba este disco. Y al llegar a casa, lo puse.

No lo escuché entero. Me recreé en mis favoritas: “Echo de menos”, “Joselito”, “En un Mercedes blanco”, “Salta la rana” y en ese himno inmortal con un protagonista que tiene mi misma cara y que se titula “Lobo López”. Y siguen siendo muy buenas. Pedí perdón por haber estado tanto tiempo ausente. Y me entretuve con las letras. Degustando. Saboreando. Rimas fáciles. Frases cortas. Parecen simples. No lo son. Y por las noches todo es cambio de postura. Y encuentro telarañas por las costuras; Ya llegó la hora de la Zarzamora y sube la atmósfera del bar; ¡Qué pena de muchacho! - le dice la gente en los bares, cuando juegan a las máquinas y recogen lo que les sale; Salta la rana y, mientras salta, canta esta canción. Recuerda la letra. Sólo dice -ay, corazón; Vamos, Lobo López. Me has llegado al alma. Estoy tan ansiosa por ver esas cosas que tus ojos me hablan.

El sábado, corriendo, íbamos Palazón (que no tiene una camiseta de Thelonious Monk) y yo charlando y me contó una entrevista a Kiko Veneno que había escuchado. Resulta que acababa de vender su Mercedes blanco. Porque tenía un Mercedes blanco (en un Mercedes blanco llegó a la feria del ganado). Le preguntaron si le habían reconocido. -Bueno, cuando firmamos. Y, por lo que me dijo, aquel hombre fue consciente de que lo que había comprado no era sólo un coche.

No tengo datos. No puedo afirmarlo con certeza. Es sólo una impresión. Una sensación. Pero, aún así, me atrevo a asegurar que lo que vuelve después de mucho tiempo, lo hace siempre dos veces.

viernes, 7 de febrero de 2025

Córrele, córrele

Iba corriendo esta semana por el paseo marítimo. El atardecer era fresco. Poca gente paseando. Estaba a lo mío cuando escuché, con un acento que debía de ser mejicano, que me decían -córrele, córrele.

Uno, dos, uno, dos. El clásico. El eterno. En el último cuarto del siglo pasado (dicho así suena peor de lo que es. O no), ver pasar a alguien corriendo era la excepción y había que hacérselo notar. El uno, dos, uno, dos (herencia, me temo, de la instrucción en la mili) era lo habitual. Había otros que se esforzaban por ser originales, con escaso resultado -que te pillan. Que vas el último. Ya no los coges. Aunque, al menos, lo intentaban.

Años después, estando en París, salí temprano a correr y, de madrugada, me gritaron un, deux, un deux. En francés me sonó mejor. Me sentí internacional. Había ascendido un peldaño.

El padre de mi amigo Gabi trabajaba en La Casera y me consiguió dos camisetas de algodón con el logo de la marca. Eran escasas en aquel tiempo las carreras y extraño que en ellas dieran camisetas, así que aquellas eran de las pocas que tenía para correr. Hizo entonces una campaña publicitaria La Casera con el eslogan -corre para darte sed. El mensaje caló. Puedo dar fe. El uno, dos, uno, dos fue, durante una temporada, desbancado.

Más tarde empezó a imponerse el -corre, Forrest. Corre. Y aquí también logré la internacionalidad. Fue durante la Copa del América, cuando Valencia se llenó de angloparlantes. Run, Forrest. Run.

Es más reciente lo de -correr es de cobardes. Pero se aproxima, en cantidad, al uno, dos, uno, dos. Aquí solía responder con lo de -y de malos toreros. Y me quedaba con las ganas de pararme y explicarles el origen de dicha frase (la de los cobardes), yo, que hice la mili en Artillería.

Por mucho que me dijeran, nunca me acostumbré. Y lo llevé mal. No tuve ningún altercado, aunque, bastantes veces, respondí, y no siempre con ironía o sarcasmo. A degüello. Podría haber mirado hacia otro lado (también lo hice) pero me sentaba fatal que quisieran ridiculizarme o que intentasen ser graciosos (con resultados pésimos) a mi costa. Si aún me hubiera reído, pues vale. Pero eso jamás pasó.

Ahora corre todo el mundo. Corredores, algunos, y runners (ay), la mayoría. En Valencia los ves por todas partes. No llamamos la atención. Somos parte del paisaje. Y no llevo del todo bien ser uno más. Ser masa. Ser invisible. Y así, cuando me dijeron lo de -córrele, córrele- me emocioné. Les sonreí y a punto estuve de pararme y abrazarles. Me sentí especial. Y fue curioso. Cosas que antes odiaba y que, sin embargo ahora, descubro que echo de menos. Tenemos una categoría nueva. Nunca terminamos de conocernos.

sábado, 1 de febrero de 2025

A veinte pasos

Fue Javier quien me descubrió el Northern soul, el que me atiborró de canciones de este estilo y quien consiguió que se quedara con un hueco dentro de mi selecto y exquisito gusto musical (dejo para la próxima vida la intención de aprender a bailarlo y de manera digna, ya que tengo la esperanza (enorme) de que, entonces, seré más flexible y estaré más coordinado). Y, en agradecimiento, de vez en cuando le descubro cosas. El otro día, de hecho, le mandé este vídeo:


Fue Sanfélix quien me aconsejo que viera un documental titulado “A veinte pasos de la fama”. En él se cuentan historias de grandes voces que fueron muy valoradas haciendo coros, que en algún momento intentaron convertirse en estrellas (recorrer hacia adelante los veinte pasos) y que, salvo Darlene Love, tuvieron que hacer el camino de vuelta. El documental me pareció muy bueno, aunque te deja un regusto triste, amargo. Es bonito. Y duro.

Uno de mis sueños recurrentes desde que era un chaval fue imaginarme siendo estrella de la música. No me he visto veces como Elvis Presley, Otis Redding, Teddy Pendergrass o Robert Plant, actuando sobre un escenario, dominándolo, llenando estadios. Y también yendo por la calle, siendo reconocido, adorado, ejerciendo una de mis actitudes favoritas: la falsa modestia. No pasó. Tampoco es una frustración puesto que ni siquiera lo intenté. Era un juego. Muy divertido, desde luego. Aunque tengo que decir que, últimamente, mi sueño está cambiando. Porque tengo muchas dudas de que hubiera estado a la altura. ¿Habría sido una gran estrella? No. Vuelvo a uno de mis discursos favoritos y es el identificar triunfo con vanidad y dinero y defender que no hay nada más falso que la vanidad y el dinero. Y con mi ego siempre a punto de desbordarse, de haber tenido un reconocimiento masivo me habría convertido seguro en un ser despreciable y grotesco. Así, cada vez me imagino menos delante en el escenario. Pero sí veinte pasos detrás. Porque ahora veo que mi sitio hubiera estado ahí, siendo un Jordanaire, un Blue Note, un Pip o, en el vídeo que he enlazado arriba, una de las dos chicas de los coros (flexible y coordinado). Tal vez nadie me hubiera reconocido por la calle ni estaría en la lista de afectados en cualquier incendio incontrolado en Los Ángeles, pero habría sido más feliz. Porque el mundo veinte pasos detrás no siempre tiene porque ser triste, amargo. También puede ser un sitio donde soñar estar.

domingo, 26 de enero de 2025

Umberto Eco. Una opinión

Cuando falleció Umberto Eco en 2016, su biblioteca contaba con más de treinta mil libros contemporáneos y mil quinientos libros antiguos. En una aparente paradoja, Eco se enorgullecía de no haber leído la mayoría de esos libros porque eran la posibilidad de conocer lo que no conocía. En palabras del propio Eco: "Es una tontería pensar que tienes que leer todos los libros que compras, ya que es una tontería criticar a aquellos que compran más libros de lo que nunca podrán leer. Hay cosas en la vida de las que necesitamos tener siempre un montón, incluso aunque sólo usemos una pequeña porción. Si, por ejemplo, consideramos los libros como medicina, entendemos que es bueno tener muchos en casa en lugar de pocos: cuando quieres sentirte mejor, entonces vas al "armario de medicinas" y eliges un libro. No uno al azar, sino el libro correcto para ese momento. ¡Es por eso que siempre debes tener una posibilidad de elección de nutrición! Los que compran un sólo libro, leen sólo ése y luego se deshacen de él, simplemente aplican la mentalidad de consumidor a los libros, es decir, los consideran un producto de consumo, un bien. Los que aman los libros saben que un libro es cualquier cosa menos una mercancía".

Tal vez no parezca muy inteligente, y seguramente no lo sea, pero, cuando leí esto, me piqué.

No creo que Umberto Eco vaya a removerse en la tumba por mi opinión. Debería.

Personalmente, que Eco tuviera una biblioteca con treinta mil libros contemporáneos y más de mil quinientos antiguos, me parece muy bien. Olé por él, que tenía espacio y podía llenarlo. 

Su visión de los libros, lo que significan, su necesidad de ellos también me parece respetable. Y aunque no me pareciera. Es la que es. Es la suya. Y ya está.

Lo que no me parece bien es que, para justificar su postura, menosprecie otras. Y ahí me sentí dolido. Más que dolido, me molestó. Molestarme, tampoco exactamente. Me pareció un gilipollas. Así mejor. 

Porque, parece ser, el que se compra o saca un libro para leerlo no es un lector sino un consumidor.

Por lo visto, un libro sólo es un libro si está en una estantería sin leer por si acaso alguna vez ejerce de fármaco. Un libro leído en una estantería ya se ha convertido en mercancía. O igual hay unos parámetros que marcan la diferencia. Leído a partir de equis tiempo: libro. Por debajo: mercancía.

Cuando miro en nuestra biblioteca (modesta, pero biblioteca) los libros que tenemos, todos leídos, y me recreo recordando lo que fueron muchos de ellos, mi emoción, según Eco, debiera ser la misma que si viera tornillos o maletas.

Tener un montón de libros sin leer en las estanterías de tu propia biblioteca te da la posibilidad de conocer lo que no conoces. Tenerlos en las estanterías de las bibliotecas municipales o en las librerías, no.

Porque amar los libros consiste en apilarlos sin leer.

Un gilipollas.

viernes, 17 de enero de 2025

Saludos muchos amigos

En Valencia hay un paseo de la fama. Realmente se llama “Paseo de la Mostra de Valéncia”. Está en el Paseo Marítimo, entre las Arenas y el hospital. No tiene el brillo del de Hollywood. Ni su atractivo. Desde luego los turistas que han colonizado Valencia, y que se conocen los rincones de la ciudad mejor que nosotros, lo ignoran. Tal vez las baldosas de Tony Leblanc, Antonio Ozores, Jaime de Armiñán. Ismael Merlo o Victoria Vera no les resulten demasiado atractivas. Paso por allí una o dos veces por semana (corriendo, claro). Nunca vi a nadie haciéndose una foto. A pocos vi leyendo las placas. Nadie se fija. Es más, las pisan. Hombre, no son lápidas, pero…no sé. Da cosa pasar por encima. Al menos a mí. Y a pocos más, parece. Quizá llamarlo paseo de la fama sea un poco pretencioso. Quizá sea un sinsentido.

Me siento muchas veces esclavo de mis recuerdos. De mis complejos. De mis manías. Muchas calles, muchos lugares me dicen algo. Por trabajo. Por haber estado allí antes. Y pasar sin más no puedo hacerlo. ¿Cómo no voy a acercarme, si aquella obra la hicimos nosotros? ¿Cómo no voy a mirar, si aquí estuvimos, aquí vimos, aquí pasamos? ¿Cómo no voy a recordar? Y cuando me toca ir andando a algún sitio, no elijo la ruta más corta, sino la que, en ese momento, me dicten las emociones.

Y luego, además, está el saludar a los amigos, a los referentes. Junto al Palau, hay una placa:
Y pasando por allí, ¿cómo no me voy a acercar a presentar mis respetos a Nino Bravo?

Y cada vez que voy por el Paseo Marítimo y me cuelo por el paseo de la fama (de lo Mostra).
¿Cómo no voy a saludar a Tip? ¿Cómo no voy a asegurarme de que nadie lo pisa?

sábado, 11 de enero de 2025

Más sobre "La princesa prometida"

En “La princesa prometida” hay dos narradores. Uno de ellos, que podría confundirse con William Goldman, cuenta al principio como, siendo niño, cayó enfermo y en su convalecencia su padre, un emigrado a Estados Unidos natural de Florín, un país europeo situado en la península escandinava, le leyó la novela original, escrita por el autor florinés S. Morgenstern. El libro entusiasmó al chaval. De hecho, la novela arranca con la siguiente frase del primer narrador “Éste es el libro que más me gusta de todo el mundo, aunque nunca lo he leído”.

Pasan los años. El narrador pseudo Goldman ya es padre y decide regalarle a su hijo el libro original (cuyo título es "La princesa prometida. Un relato clásico de amores verdaderos y grandes aventuras escrito por S. Morgenstern"). Les cuesta encontrarlo en las distintas librerías de Nueva York donde manda buscarlo ya que los pocos ejemplares que localizan están en florinés, hasta que, por fin, hallan uno en inglés (supongo).

Al preguntarle a su hijo que qué le parece, averigua que éste abandonó la lectura al segundo capítulo. Y se siente descorazonado. Coge el libro, empieza a leerlo y descubre entonces que éste es más un tratado sobre Florín, político, geográfico, económico y de costumbres (de hecho lo compara con “Moby Dick”, que podría haber sido una fabulosa novela de aventuras y que es un compendio sobre cetología (y relacionados) sólo para interesados (e insoportable para los que no. Y ésta es mi opinión, que me lo leí entero, aún no sé por qué)) y que su padre sólo le había leído los fragmentos relacionados con las aventuras. Decide entonces hacer una revisión de la novela de Morgenstern y dejar únicamente lo que su padre le leyó. A partir de este momento, comenzamos a leer la novela contada por el segundo narrador mientras, en cursiva, van apareciendo los comentarios del narrador casi Goldman sobre las partes eliminadas y sobre cualquier cosa.

(Es un poco lioso, ya lo sé. O no he sabido explicarlo bien. Como comenté, este libro tiene muchos juegos o trucos o divertimentos del autor. Si alguien tiene alguna duda, que levante la mano).

Dos de los personajes principales son Westley y Buttercup, que viven una historia de amor. Tienen que separarse y el reencuentro se produce tras mucho tiempo y muchas vicisitudes, ignorando ella quién es realmente él. Cuando por fin lo averigua, el narrador Morgenstern priva a los lectores de cómo fue ese momento continuando con el relato y diciendo, textualmente, que su mujer se encuentra muy disgustada y engañada por la no inclusión de dicha escena, y que quiere hacerlo público.

Aquí toma la palabra el narrador Goldman. Nos cuenta que hasta ahora había omitido todas las referencias a la esposa de Morgenstern puesto que el autor original la utilizaba para ensalzarse con sus comentarios, dándose un bombo innecesario para el relato. Pero que esta vez la cita ya que está de acuerdo con ella, puesto que se arrebata al lector la vivencia de un momento que debiera ser inolvidable. Y en su indignación, el pseudo Goldman confiesa que ha escrito cómo fue ese reencuentro y que su intención inicial era publicarlo, pero que había topado con la negativa de la editorial, que consideraba poco ético que añadiera un texto que no estaba en el original, aunque, negociando, al menos había logrado que quien quisiera leerlo podría escribir a la siguiente dirección:

Urban del Rey
Ballantine Books
201 East 50th Street
Nueva York, Nueva York 10022
 
Y la editorial se comprometía a enviar por correo (postal) el texto. Y el otro Goldman animaba a que el lector escribiera, aunque sólo fuera para hacer gastar dinero a la editorial.

Ya estaba a punto de bajar a comprar un sobre y un sello (creo que aún venden) cuando recordé que la novela es de 1973. Y decidí consultar con Google. Y me encontré con que la dirección era real. Y que los lectores habían escrito a mansalva, menos al principio, más cuando triunfó la película y la novela se aprovechó de ello. Y que la editorial contestaba a las cartas. Pero no enviaban el relato del reencuentro, sino que, siguiendo con el juego, mandaban un texto legal en el que explicaban que los abogados florineses herederos del legado de Morgenstern habían demandado tanto al pseudo Goldman como a la editorial y esto imposibilitaba que el texto fuera remitido.

Y también me encontré con que esa dirección ya no existía (bueno, la dirección, sí, pero que ya no era la de la editorial) y que si escribía me sería devuelta la carta.

Tampoco me importó.

Porque lo que me pude divertir mientras leía esta parte.

Porque este libro es muchos libros.

lunes, 6 de enero de 2025

Libros y películas. "La princesa prometida"

A principios de los años setenta, William Goldman era ya un reconocido novelista aunque aún le quedaba un trecho en el camino de la fama. También era padre de dos niñas pequeñas. Y todas las noches, para dormir, les contaba historias de princesas, de espadachines, de duelos, de gigantes, de piratas, de caballeros, de magos. A sus hijas les encantaba. Y su mujer siempre le animaba a que escribiese esas historias. Pensó en hacer un relato. Pero Buttercup, Westly, Íñigo Montoya, Fezzik, Vizzini, el conde Ruger y Humperdinck le poseyeron, y terminó escribiendo una novela a la que tituló “La princesa prometida” y que fue publicada en 1973.

Más tarde Goldman escribió “Marathon man”. Y el guion de “Dos hombres y un destino”. Y adaptó “Todos los hombres del presidente”. Y “Un puente lejano”. Dos Óscar. Reconocimiento. Éxito. Y escribió también el guion de “La princesa prometida”, confiando en que sería llevada al cine. Y lo fue. Aunque le costó. La película, dirigida por Rob Reiner, se estrenó en 1987 y a punto estuvo de ser deficitaria. En los noventa fue rescatada y se convirtió en una película de culto.

Tengo “La princesa prometida” clasificada dentro de la categoría “películas que he visto mil veces y que no me importaría ver otras mil”. Nunca me canso. Por la historia, por los personajes, por los diálogos, por la ironía, por las interpretaciones, por los combates, por su sensibilidad, por su inteligencia, por su humor. Incluso por la música del, en mi opinión, sobrevalorado (salvo cuatro o cinco excepciones) Mark Knopfler. Siempre me pareció una película redonda, una fiesta de principio a fin.

Pues el libro es mejor.

¡Hombre! Ya está aquí el listo. Hay cosas que nunca cambiarán. El enterado marisibidillo diciendo “pues el libro es mejor” (les dejo a ustedes decir esta frase con el tono de voz que quieran) cuando es el único que se lo ha leído frente a los miles que son devotos de la película.

No te lo discuto. Pero es que el libro es mejor.

Y no por las partes que no se incluyeron en el guion (el “Zoo de la Muerte”, por ejemplo. O las historias de Fezzik e Íñigo Monyoya. O por cómo convence Yeste a Domingo Montoya para que éste le fabrique las espadas más complejas). Es por cómo está escrito, por cómo plantea la historia, por cómo juega el autor con el lector (a uno de los juegos creo que le dedicaré una entrada, porque me encantó), por el humor que desborda. Es cierto que el guion es muy fiel al libro (el autor fue fiel a sí mismo) y éste es un libro que se ve. Lees y estás viendo los paisajes, los decorados, las escenas, a los personajes. Porque los personajes no pueden ser otros que los actores que los interpretaron (aunque el príncipe Humperdinck estaba contrahecho). Haber visto la película engrandece al libro.

Aún así el libro es mejor.

Salvo por un detalle.

Por el final.

En la película, el abuelo cierra el libro y sientes que los protagonistas van camino de la felicidad, de la esperanza, de un futuro sin nubarrones. Un triunfo del amor verdadero.

En el libro, no hay ningún abuelo que cierre el libro y lees los últimos párrafos. Íñigo está herido, a Westley la píldora milagrosa está a punto de dejarle de hacer efecto, el caballo de Buttercup pierde una herradura y Fezzik, que lidera el grupo, se equivoca de camino. Y las huestes del príncipe Humperdinck están a punto de alcanzarles con aviesas intenciones.

Cuando lo acabé, tengo que confesar que estaba indignado.

Y he decidido crear una plataforma con el único objetivo de conseguir que, obligatoriamente, todos los libros y todas las películas acaben bien, plataforma que, por supuesto, se llamará –Hola. Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir.

Siempre habrá alguien que me replique con aquello de que la vida no es justa (cero sesenta), pero, por eso mismo, la ficción sí ha de serlo, entendiendo por justicia las finales felices.

Porque un libro como éste no puede terminar así.

Un libro tan bueno.

Un libro mejor que la mejor (una de ellas. Cuartofinalista) película.

miércoles, 1 de enero de 2025

Me gusta callejear por Valencia

A una competición de natación el padre de un chaval, que acababa de entrar en el club, se presentó con una camiseta de Thelonious Monk. Te podrá gustar o no el jazz, pero, pensé, un tío que lleva esa camiseta sí o sí tiene algo que contar. Me presenté de manera muy sutil –me gusta tu camiseta. Empezamos a hablar y, aunque nuestros hijos ya no nadan y no existe excusa para coincidir, seguimos hablando.

¿Quién es una persona interesante? Aquella que tiene algo que contar. Y a quien merece la pena escuchar. Ésta sería la respuesta inmediata. Y supongo que la correcta. Y cada cual ya se hará su lista. Pero, para mí, la respuesta está incompleta. Yo añadiría –aquella que tiene algo que contar y no hace ruido. ¿La discreción multiplica el interés? En mi opinión, sí. El placer de encontrar más que el de buscar. El placer de descubrir más que el de ver. Con las personas también ocurre.

¿Ponerse una camiseta es hacer ruido? Hombre, tiene toda la pinta. Aunque he de decir que, con el tiempo, le pregunté cuánta gente se había acercado a él a decirle algo de su camiseta y me respondió que fui el único. -Vaya. Ya lo siento. Tal vez no fue ruido y sí una señal para quien la pudiera interpretar. Igual se trata de eso, de leer las señales. Cuánto más fáciles de interpretar, menor el interés. Y a la inversa. ¿Y dónde te las encuentras? En los sitios más inverosímiles. Y dudo mucho que sea en el café bar de la foto. Porque me temo que las personas verdaderamente interesantes no se citan donde se citan personas interesantes.

viernes, 27 de diciembre de 2024

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Nueve razones para amar a The Marías

Cuando mi hija me dice -tienes que escuchar esto- lo dejo todo. Y obedezco. Nuestra guerra musical es realmente una ocupación por su parte. Ella sigue su camino. No me pregunta. Conoce mis gustos. Por eso, si me sugiere algo y añade -te gustará- sé que va a ser así. Y por una parte siento que me ha vuelto a marcar un gol. Pero no un gol de Julio Salinas. El gol de Mendieta al Barcelona. Un golazo. Y por otra, en la derrota, la sonrisa. En la rabia, el orgullo.

-Tienes que escuchar a “The Marías”. Te gustarán.

Dos semanas llevo. Sin parar. Con la boca abierta. Podría decir que tal vez recuerden a Billie Eilish, a Sade, a Radiohead. Podría decir que son canciones casi siempre tranquilas (tiempos medios), con una melodía cuidada, con una voz que te canta sólo a ti, con un bajo que te habla, con una construcción de las mismas que hace que te rodeen y te absorban, que te posean. Y que te enamores. Podría decirlo. Nueve razones adjunto. Mis nueve predilectas.

I don’t know you.

Déjate llevar.

Ruthless. Una canción que se titula "Despiadado" no puede ser mala (las palabras más bonitas empiezan por des). Una de mis  preferidas. Y cuando entra la trompeta del final me dan ganas de ponerme a enviar cartas sólo para escribir en el remite -El Paraíso.

Cariño. Cariño, pintas en color. Tal vez las letras no sean su fuerte, pero, a veces, somos de perdón fácil.


Si me voy. Ésta es una colaboración con un fulano que firma como Cuco, que seguramente será una celebridad (y que, por lo visto, colecciona macetas). Pero el sello de The Marías en la canción es evidente.

Run your mouth. Ésta es la favorita de mi hija. Y ella sabe.


No one noticed. Y ésta no sé si es la canción más triste del mundo o la más hermosa. O las dos cosas. Y pocos finales como éste. Muy pocos. Lo que se escribe con el alma, llega al alma.

P.D. Adjunto de propina el concierto del Tiny Desk de The Marías. Una delicia. Por si alguno se ha convertido.

viernes, 13 de diciembre de 2024

La vejez

Fue Sanfélix quien me enseñó la palabra onironauta y su significado (aquel que es consciente de sus sueños mientras duerme). También me contó que escuchó a Buenafuente decir que debiera estar recogido por la RAE el término orinonauta, que sería quien todas las noches se levanta en mitad del sueño para ir al baño.

He notado últimamente que tengo tendencia a marearme cuando me pongo en pie de manera brusca. Como apenas dura un segundo o dos, no le doy demasiada importancia. Corriendo un día con Paco salió el tema. Me respondió que a él le sucede lo mismo. Y que no es algo infrecuente. De hecho, hasta tiene nombre: hipotensión ortostática. Suena imponente.

No es lo peor tener que levantarme cada noche para ir al baño. No es lo peor tener que sentarme en la cama un rato antes de ponerme en pie para no marearme. No es lo peor. Lo peor es tener a Félix Rodríguez de la Fuente en mi cabeza narrando la secuencia: El orinonauta (nautus mingitatis) despierta de su letargo. Perezoso, intenta posponer lo que su cerebro ya sabe que es inevitable. Lentamente se incorpora. Sentado, aguarda, receloso de la hipotensión ortostática, hasta que considera que ha llegado el momento. Prudente, con movimientos carentes de agilidad, se pone de pie y, de manera titubeante, torpe, como un cervatillo recién nacido, da un primer paso. Luego un segundo. Sopesa. Analiza. Y entonces, y sólo entonces, el orinonauta, seguro, firme, con energía, se dirige a su objetivo.

Y en ese instante Félix se va y me quedo solo.

sábado, 7 de diciembre de 2024

La mitomanía

El plan marca, previo al maratón, un último rodaje de media hora. Siempre me gustó hacerlo el viernes por la noche y en soledad. Y, con mi tendencia al melodrama, llevaba ese rodaje al terreno litúrgico. Le daba solemnidad. Repasaba el entrenamiento hecho: kilómetros, personas, lugares. Y lo convertía en emoción pura. En un momento épico. Verdi habría hecho una gran ópera con este libreto. O Andrew Lloyd Weber.

El año pasado, por fuerza, lo hice el sábado por la mañana. Y este año repetí. Fue menos solemne. Fue más festivo. Programan varios actos (para runners de manual) en el viejo cauce del Turia y, la verdad, da alegría ver al río con tanta gente de tantas nacionalidades. Bajé al río por el Jamonero, subí hasta el puente de la Mar y volví por donde había ido. No sé si escuché hablar en español en algún momento. Las camisetas que llevaban con los me crucé no las tenía controladas. Y es bonito vivir un momento así.

También te cruzas esa mañana con los atletas de élite. Son muy fáciles de distinguir. Por la velocidad a la que trotan, por el color de su piel y porque su peso se da en gramos y no en kilogramos. Es fascinante verlos. Esa facilidad. Esa ligereza. Y esa rapidez. Aun yendo despacio.

Estando a punto de salir del río vi a un grupo de gente haciéndose fotos. Al pasar a su lado me fijé en ellos.

Y entonces lo vi.

En el medio.

Menudo.

Tímido.

Amable.

Sonriente.


Era Bekele.

Me clavé. Y me quedé mirándolo. Embobado. Extático.

Me sacó de mi ensimismamiento un chaval con cara de hooligan inglés que me pidió si podía fotografiarle junto a él (Él).

No sé cómo hice la foto. Me temblaban las piernas.

Le devolví el teléfono al chaval. Me dio las gracias y me deseo salud (qué majete). Me aparté tres metros y volví a fijar mi mirada en él (Él).

Igual tenía la boca abierta.

Sí sé que los ojos se me llenaron de lágrimas.

Joder, es que era Bekele. ¡ES QUE EL TÍO QUE TENÍA A MENOS DE CUATRO METROS ERA KENENISA BEKELE!

No sé cuánto tiempo más estuve allí.

No dejó ni un momento de hacerse fotos. Ni una mala cara. Ni un mal gesto.

Me fui a casa.

Y se lo conté a todo el mundo.

domingo, 1 de diciembre de 2024

Diecisiete

Decidí darme una última oportunidad. Muy inteligente no parecía después de haberme lesionado preparando o corriendo los maratones de 2016, 2018, 2019, 2021 y 2023, pero pensé que mi cuerpo tenía un resquicio y podía intentar colarme por él.

Aprovechar el resquicio pasaba por no prepararlo. O, mejor dicho, no hacerlo con el plan habitual, con sus series cortas y largas y con largos a ritmo o en progresión. Preparé un plan mucho más simple: diez semanas de ochenta kilómetros. Ni una serie. Sólo rodajes a ritmos tranquilos. Algún día de ritmo objetivo de carrera, sin tener ni idea de cuál iba a ser. Un semilargo entre semana de hora y media y, los sábados, largo, desde dos horas hasta dos horas y cuarenta minutos. El objetivo sólo era uno: cruzar la meta del maratón. No importaba el cronómetro. Era una cuestión personal, desde luego. Mucho había ahí de orgullo, de esto no puede quedar así. Aunque también sabía que, si fracasaba, ya no me quedaba alternativa. Pero había que intentarlo.

Dos fases podemos decir que ha tenido este plan. En la primera, los días pasaban. Hice muchos rodajes en soledad. Variaba el recorrido pero, si lo pienso, dejaron poco hueco en mi memoria. Si acaso las dos medias maratones que corrí como parte del largo: L’Alcudia y Valencia. Las dos me dejaron buenas sensaciones: hice cinco o seis kilómetros antes y corrí la carrera a un ritmo tranquilo sin mirar el reloj en ningún momento, terminando con bastante fuerza y sujetando al cuerpo. Ni una molestia. Ni un dolor.

El veintinueve de octubre pasó en la provincia de Valencia lo que pasó. Y a partir de esa fecha tendríamos que añadir otro condicionante: el sentimiento de culpa. Cuando ves todo lo que ves y en tu ciudad no ha pasado nada, cuando tu puesto de trabajo no se ha visto afectado y sólo paramos, en total, cinco días por problemas con los accesos y alertas varias, sientes hasta vergüenza. Este sentimiento de culpa no voy a negar que tiene cierta dosis de cinismo. Compré algo mi conciencia ayudando a mi hermana en Catarroja dos días y acompañando a mi hijo y a sus amigos a Aldaia varios días, pero no mucho. Al final, yo volvía a mi casa, sin barro por las calles, con luz y agua caliente, con historias que contar, con el corazón sobrecogido, avergonzándome por ser un privilegiado pero sin hacer nada por cambiarlo.

Y estaba el maratón. ¿Se iba a celebrar? Buena pregunta. Pero dejar de entrenar… Que yo corriera o dejara de correr no iba a cambiar la situación de nadie, pero pensar en correr en estas circunstancias… Negocié con mi conciencia, fácilmente corrompible, y me permitió correr a horas intempestivas de manera clandestina por los circuitos más solitarios que conocía. Y eso hice. Me cruzaba con muy poca gente. Nadie me miraba mal. Nadie me reprochaba nada. Y yo, sintiéndome culpable, sumando kilómetros. Sin molestias. Sin dolor. Y volviendo, un año más, a la Behobia San Sebastian, que corrí igual que L’Alcudia y Valencia, en tiempos y en sensaciones, aunque con más sidra en el cuerpo.

Anunciaron que el maratón se celebraba. La parte emocional, como era de prever, siempre se puede revertir (será un abrazo a esta ciudad herida y una promesa de recuperación, un momento en el que el deporte se convierte en esperanza y en ayuda para quienes más lo necesitan). En cuando pudieron solventar lo relacionado con la seguridad y la sanidad, que me temo era el mayor obstáculo, dijeron adelante. Ni me alegré ni me dejé de alegrar. Vale que había trabajado mucho para estar en la salida, pero, conforme se acercaba la fecha, los nervios y el miedo empezaron a aparecer.

Porque hay cosas que no cambian. Da igual las que lleves. Da igual el objetivo. El miedo a lesionarme. El miedo a volver a retirarme. El miedo a sufrir. El miedo a fallar. Te atenaza el estómago. Te despierta por la noche.

Pero el miedo no es excusa. El entrenamiento estaba hecho, cumplido a rajatabla. Sin molestias. Sin dolor. Me había ganado el derecho a estar en la salida. Y allí iba a estar. Con miedo. Y con ilusión.

Mi grupo tenía como hora de salida las 8:45. A las 8:43, per a ofrenar noves glòries a Espanya. A las 8:45, disparo y Nino Bravo: “Mi tierra”. ¿Es posible más adrenalina, más emoción? No. Con un nudo en la garganta, a correr.

Tenía en la cabeza que la carrera se parecería a las medias y a la Behobia que corrí. Iría a ritmo, sin reloj, y, al final, terminaría poderoso. Pero en el diez no tenía buenas piernas. Ni en el quince. Había otra cosa: el calor. Y la humedad. Los termómetros marcaban veinte grados. No parecía excesivo. Pero tengo comprobado que, si al llegar a los avituallamientos te apetece más echarte el agua por la cabeza que bebértela, es que la cosa no pinta bien. Y desde el quince ha sido así.

Al pasar la media me he sentido mejor. Y he creído que todas las dudas previas eran más producto de la sugestión (cuando te has lesionado tantas veces, te fijas en cada pisada) que reales. Hasta el veinticinco he ido muy bien. Hasta el treinta, bien. Hasta el treinta y cinco casi bien. Y a partir de ahí…

Pues jodido. No me he hundido. He bajado el ritmo, pero tampoco tanto. No miraba los hitos kilométricos. Sólo pensaba: hay que llegar a Archiduque Carlos, a la avenida del Cid, a plaza España, a la plaza de San Agustín. Y entrar en la calle Colón. Porque de ahí a meta, es una fiesta.

Realmente esta carrera es una fiesta en muchos sitios. Qué barbaridad de gente animando. Y los últimos tres kilómetros son para disfrutarlos…

Si puedes. Porque no pasaban nunca. Iba sufriendo. La cabeza, por el calor, se me iba. Buscaba la sombra. Sólo quería llegar. El tramo del río se me ha hecho eterno. Sólo he respirado cuando he visto a mi hijo, justo antes de bajar la rampa. Le he abrazado y ya me he ido hacia meta.

Cinco años hacía que no terminaba un maratón. Cinco años soñando con llegar a la pasarela antes de entrar a meta. Cinco años pensando cómo sería este momento, cómo lo celebraría, cómo me resarciría de tanta frustración.

No lo he disfrutado. Iba muy justo. Sólo quería llegar. Sólo miraba la meta. Y ésta no se acercaba. Me quedaban cien metros, noventa y nueve, noventa y ocho… Milagrosamente, la meta ha llegado. ¿Felicidad? No. Alivio. Y dolor. Y mal cuerpo.

Casi peor que los últimos kilómetros ha sido salir del recinto. Más de media hora andando, o mal andando con el dolor de piernas que tenía. Mareado, me he bebido y me he comido todo lo que me han dado. No quería pararme y tumbarme porque igual me sacaban en ambulancia.

Por fin he salido. Fuera estaba mi hijo esperando. He buscado una fuente. He bebido. Me he mojado la cabeza. -¿Te importa que me tumbe? A ver si me recupero por lo menos para llegar a casa.

Y mi hijo, que es un cabronazo, ha querido dejar constancia del momento.

A partir de ahí, he empezado a sonreír. Y he empezado a disfrutar lo que había hecho, lo que había vuelto a hacer. La maratón es la carrera que despierta los sentimientos más intensos, para bien y para mal. Y ha esperado a que me recuperase. Y he empezado a emocionarme. –Lo has vuelto a hacer, Car. Lo has vuelto a hacer.

Y cada minuto que pasa más estoy en una nube. Sé que esto dura dos días, que me esperan tres de odiar las escaleras, pero no me importa. Es más, he echado tanto de menos las agujetas maratonianas que hasta las estoy deseando.

Y en mi felicidad pienso en mi hijo, que hoy estaba en todas partes; en la avenida del Puerto, con Sanfélix, Lucía y Larry (no falláis nunca), con Ana (¿ves como tenías que bajar?). Pienso en los climaturios, ubicuos, especialmente Ramón. Pienso en los que han estado con la aplicación, siguiéndome. En los que han estado pendientes. Y la emoción sube. Y el agradecimiento. Corro para mí, no lo voy a negar. Pero no correr solo, sentir tanta compañía, hace que cruzar la meta sea mucho más especial.

Y mi orgullo queda saciado. Fui de revés en revés, pero hoy, sufriendo, he ganado yo. Diecisiete cinco (en cuatro décadas distintas, por cierto). Hoy río yo. Y no río solo por mí. Río también por una persona que siempre trató de apartarme del maratón pero que nunca falló en Blasco Ibáñez para verme pasar y animarme. Hoy no ha podido estar. Pero no por ello ha dejado de ser porque nunca dejará de ser. Y sé que, entre reproches, hoy también habría reído. Y su risa es hoy también mi compañía. Y mi alegría.

domingo, 24 de noviembre de 2024

La máquina y la suerte


Ésta es la foto de mi promoción. En ella, la máquina, la locomotora, es una más. Era parte de nosotros, de nuestro sentimiento, de nuestro orgullo. Aquellos eran años relativamente permisivos. Aún así, se pretendía restringir el que nos subiésemos, restricciones que, como ya conté, nos saltábamos regularmente. Y nos las saltamos también para la foto (yo, de hecho, estoy subido a la máquina. Qué hermosa mata de pelo, tan negra, tan rizada). ¿Riesgo? Tal vez. Pero la máquina era uno de los nuestros. No podíamos hacernos aquella foto en otro lugar. Éramos un equipo.

El otro día le estuve hablando a mi hijo de la complicidad que tuvimos nosotros con la máquina, de lo que nos identificamos con ella. Y le pregunté si ellos, ahora, tenían el mismo sentimiento. -No- me respondió. De hecho, ahora a la locomotora ni nos acercamos. No se puede tocar.

- ¿Y eso?

-Da mala suerte. Si la tocas, no terminas la carrera. Sólo la pueden tocar los que ya tienen el título.

No sé quién haría correr ese bulo. Pero si lo hizo por un motivo de seguridad, aquí dejo escrito mi reconocimiento. Donde no llegan ni la advertencia, ni la amenaza, ni la prohibición, llega la superstición. Lo dicho, un genio.

lunes, 18 de noviembre de 2024

Mi madre y sus cuadernos

Mi madre siempre lleva una libreta debajo del brazo. Y nunca se separa de ella.

Realmente son dos. Una dentro de la otra. Si le preguntas, te las enseña.

Mi madre no para de hablar. Recuerda sobre todo a la gente de Villaescusa. Y habla de todos en presente. Al principio tratamos de corregirla. Desistimos rápido. La verdad ya es sólo una parte. Su verdad es la verdad.

Aunque a veces duda. Y te pregunta. Y créanme, no siempre es fácil responder -Car, me han dicho que papá está muerto. ¿Es cierto?

El otro día me enseñó una lista de nombres. Me dijo que eran los personajes de “Eloísa está debajo de un almendro”, de Jardiel Poncela. - ¿Tenéis el libro ahí arriba? -No, está en casa. ¿Ya no te acuerdas? -Sí que me acuerdo, mamá. Se suele recordar dónde se leyeron los libros que nos gustaron. La lista no era de los personajes. Era de sus compañeros. Una se llama Eloísa y sacó sus conclusiones. Me habló de cada uno de los nombres que tenía escritos. Y escuchándola, sí: todos eran personajes.

Como siempre está contando historias, le pidieron, supongo que como parte de una metodología, que las escribiese.

Y ella aceptó. Y escribe. Escribe en su cuaderno. En sus cuadernos. Y luego lo lee en voz alta.

Mi madre siempre ha tejido. No sé cuántos jerséis, bufandas, paños, muñecos habrá hecho a sus hijos y a sus nietos. Pero ahora ya no hace ganchillo. Ya no hace punto.

Mi madre siempre buscó la compañía de la televisión. Y hasta hablaba con ella. Pero ya no la ve.

Mi madre ha leído mucho. Libros. Novelas. Ha leído siempre. Pero ahora ya no lee.

Mi madre ahora escribe.

Escribe en sus libretas.

Y nunca se separa de ellas.

martes, 12 de noviembre de 2024

Refritos: Los veranos que pasamos en nuestros cráneos de elefante

Cuando voy a San Sebastián, tengo la sensación de que, en cualquier momento, me voy a cruzar con Teresa Iturrioz. No ha pasado nunca. O, a lo mejor, sí, pero no me di cuenta. No es algo obsesivo. Tampoco es una necesidad. Aunque pensar que podría ocurrir me resulta muy agradable (la pregunta ahora mismo sería inmediata: ¿hay algo que no sea agradable en San Sebastián?).

Hubo una temporada en la que me recorría los hoteles con mi hijo para que pudiera hacerse fotos con futbolistas. No sé cuántas tiene (puede presumir de haberse fotografiado con un Balón de Oro que jugó una temporada en el Atlético de Madrid). Muchas. Nunca tuve la tentación de hacerme yo también una foto con alguien. Es más, me preguntaba con quién me la haría, a quién le pediría un autógrafo. Ídolos tengo unos cuantos, desde luego, pero me siento incapaz de molestarlos. En una situación así, preferiría guardar en mi memoria el hecho de estar contemplándolo que tener un recuerdo físico que lo constate o haber hablado con él.

Con Teresa Iturrioz sería lo mismo si me cruzara con ella. No le diría nada. Me limitaría a mirarla. No la molestaría. Sólo contemplarla. Es ella. Y observarla me llevaría a un único lugar. Porque, para mí, Teresa Iturrioz, es una canción. Es un vídeo.


Según Blogger, que cuenta estas cosas, no me queda mucho para llegar a las mil entradas en este cuaderno. Y me pregunto si lo celebraré. Por una parte, ya que numeramos en base diez, está la fascinación que producen los números terminados en cero, que parecen más números que el resto y merecen alharacas. Por otra, entendería festejarlo o reseñarlo si me sintiera orgulloso de todo lo que escribí. Y no. No borro aquello de lo que me avergüenzo (aunque de vez en cuando entro y cambio cosas) porque no deja de ser el reflejo de un periodo (y porque, dado que tengo un ego inflamable, me viene bien para recordarme lo imbécil que puedo llegar a ser). Pero que no lo borre no significa que crea que merecen reconocimiento. Así que, no sé. Cuando llegue el momento, veré lo que hago.

A Teresa Iturrioz, a “Fotos” y al vídeo ya les dediqué una entrada. La canción hace poco se cruzó, recordé y la busqué. Al releerla, la eché en el cubo de las que restan, de las que hacen fuerza para que el escrito número mil no tenga fuegos artificiales. De aquella sólo salvaría el título (lo he mantenido) y por cortesía con Sanfélix, que fue quien me iluminó con la canción (y van…) y, sobre todo, con su comentario respecto al vídeo: me gustan esas miradas excéntricas a lo Gloria Swanson o Salvador Dalí. No concibo un verano sin cráneo de elefante, decía Salvador. Pude haber sepultado de nuevo la entrada en el olvido. No lo he hecho. Y la he reescrito de manera muy distinta a la anterior. ¿Por qué? Tal vez algún día me cruce con Teresa. De hecho, estoy convencido de ello. Y, por supuesto, no le diré nada. Pero, al mirarla, mientras tarareo año ocho, el quinto mes evocando a Gloria Swanson, podré pensar -volví a escribir sobre usted. Y creo que esta vez hice algo digno.

viernes, 1 de noviembre de 2024

¡Ñác!


 

Hace poco, le dedicaron el programa “Imprescindibles”, de Televisión Española, a Lolo Rico. Y Lolo Rico era “La bola de cristal”. Y ”La bola de cristal” era el programa que veíamos sin falta todos los sábados por la mañana a mediados de los ochenta. Tenía diversas secciones. Mis favoritas eran los episodios de “La familia Monster” o de “La pandilla”, “La cuarta parte”, con Javier Gurruchaga como protagonista y, sobre todo, las distintas actuaciones musicales de grupos de la época (siempre recuerdo la sorpresa y la alegría que me llevé cuando salió Nacha Pop y tocó “Pagas caro mi humor”). “La bola de cristal” era un programa gamberro, irreverente, iconoclasta, que empezó siendo gracioso y terminó siendo incómodo para el poder, poder que no dudó en censurarlo para terminar suprimiéndolo. Y, sobre todo, “La bola de cristal” fue un programa que no sólo nos marcó. Era un programa que enorgullecía a quien lo veía. Y nos reconocíamos unos a otros cuando lo comentábamos. No éramos cualquiera. Éramos seguidores de “La bola de cristal”. Y ese sentimiento no ha menguado con el paso del tiempo. Nos seguimos reconociendo. Y lo recordamos con orgullo.

Hay un canal en YouTube que se llama VynilRoute. En él entrevistan a músicos. Como YouTube no me espía, me va sugiriendo entrevistas de este canal y suelo ir picando. Por supuesto, me centro en aquellos que pienso tienen algo que decir, cuya música me gusta y mucho, y que no me sacan tantos años. He visto a Josele Santiago, a Jaime Urrutia, a Ramón Arroyo, a Ñete, a Mario Gil, a Fernando Márquez el Zurdo. Algunos están muy tocados. En otros me ha chocado que por lo que para mí son importantes (Mario Gil en La Mode, Ñete en Nacha Pop) para ellos sea un periodo de su vida, pero ni mejor ni peor que el resto (abro paréntesis para recordar a George Harrison. Leí una vez que para él los Beatles eran sólo una parte, una temporada. Pero ni mucho menos el todo. A mí me daban vueltas los ojos. Nosotros no salimos de los Beatles y los Beatles están (o estaban) fuera de los Beatles). Tengo unos cuantos pendientes. No sé si es una buena idea para un mitómano escuchar a la persona cuando se es un personaje. Por ahora no va mal la cosa. Seguiré asumiendo el riesgo.

La explosión de grupos que hubo en España durante finales de los setenta y primera mitad de los ochenta sigue viva. Las canciones de lo que se conoció como “La movida madrileña” y todos los que vinieron de Vigo están vigentes. Raro es poner cualquier emisora y no encontrarte con temas de esa época. Siempre suelen sonar canciones que ya están estandarizadas. En el trabajo, en la planta, la radio (las radios) se conectan antes incluso de fichar. Y como siempre escucho la música, por muchas veces que haya oído ciertas canciones, las siento como mías. Y cuando, alguna vez, aparecen himnos que tenía perdidos en mi memoria (“La máscara” de Armas Blancas, “Ana Frank” de Comité Cisne, “El eterno femenino” de La Mode, “No necesitas más” de Nacha Pop, "Las líneas de la mano" de Radio Futura o “La cantante” de La Unión), tengo que encadenarme a la silla para no ponerme a saltar en mitad de la planta cantando como un poseso.

La tira de Mafalda que encabeza esta entrada siempre me ha acompañado. Y la recuerdo cuando alguien (nuestros hijos) me pregunta por mis tiempos y le respondo –estos todavía son mis tiempos. Pero es una frase hecha para quedar bien. Empiezo a distorsionar. Y en esta distorsión puedo hablar no sólo de música. También de películas y de libros. Puedo contar que en el trabajo empiezo a sentirme obsoleto. Puedo relatar lo incómodo que me siento en este mundo de positivismo y buenismo, de eslóganes motivadores, de necesidad permanente de refuerzo, de los nuevos predicadores diciendo obviedades, de los ofendidos y de la censura permanente. Muy incómodo (estoy hasta perdiendo vocabulario. De cada diez palabras que digo, nueve son gilipollez o gilipollas). Siempre me llamó la atención lo grabados que se quedan ciertos años en la memoria. Y en el alma. La adolescencia. La juventud. Aquellos años pasaron despacio y todo lo que ocurría eran acontecimientos. Ahora el tiempo pasa muy deprisa, tan deprisa que no le damos importancia. Es como si fueran años ajenos a nosotros. Los primeros fueron nuestros tiempos. Estos, no. Estos dejan poco rastro. Y, recordando a Mafalda y a su tira, nunca quise renunciar al presente. Pero, cuando miro al presente y lo que me rodea, añoro “La bola de cristal”. Y me refugio en ella. Y en muchas canciones que llegaron a mí en años muy concretos. Y seguiré diciendo que estos son mis tiempos, porque en algunas cosas sí que lo son. Pero en muchas otras, no. Porque en mis tiempos sí que había grupos y se hacían canciones y programas de televisión que merecían la pena. Porque empiezo a estar un poco ñác.

jueves, 24 de octubre de 2024

Dieciocho

Hoy cumple nuestra hija dieciocho años.

Es una fecha señalada. Un hito. Ya es mayor de edad.

También es un dato. Legal. Estadístico, si quieren.

Pero no real.

Porque ella (Ella) no cumple hoy dieciocho años.

Son los dieciocho años los que la cumplen a ella (Ella).

Porque son los dieciocho los que anhelaban que ella (Ella) llegara.

Son los dieciocho los que hoy tienen un brillo y un esplendor diferente.

Porque no ha sido mi hija la que ha llamado a la puerta de los dieciocho y ha pedido permiso para entrar.

Han sido los dieciocho años quienes la esperaban con la puerta abierta, con luces, fanfarrias y fuegos artificiales.

Y ella (Ella), con su madurez, con su clarividencia, con su aplomo, con su seguridad, ha cruzado el umbral.

Ella, con su criterio, con su capacidad para distinguir a los idiotas de los que no lo son (no sé si esto es una ventaja, hija mía), con su humor, con su rapidez mental, con su facilidad para argumentar, ha entrado en los dieciocho bajo palio.

Ella, con sus concesiones a la infancia, su Padington, su calendario de adviento. Con sus momentos de ingenuidad. De ternura. Con su competitividad. Con su gusto musical, todavía un tanto confuso pero direccionado ya hacia la brillantez, ha sido recibida por los dieciocho con todos los honores.

Ella, universitaria, capaz, íntegra, con su “método”, con sus referentes, con su sentido de la amistad, ha entrado en los dieciocho para darles esplendor.

Feliz cumpleaños, hija mía. Muchas felicidades. Ya sabes que somos tres en casa los que te queremos tanto como te admiramos como te tememos como te respetamos como te necesitamos como te celebramos.

Y felicidades también a los dieciocho años. Porque hoy es un día de fiesta para vosotros. Pero no un día de fiesta cualquiera. Hoy es también vuestro gran día.

sábado, 19 de octubre de 2024

Mendoza y Mendoza

Tuve una época en la que repetía con frecuencia que, si alguna vez tenía hijos, les pondría de nombre Mateo Garralda y Javier Miranda (como nombres compuestos). Mateo Garralda era un jugador de balonmano. Javier Miranda, no. No cumplí, pero sigo pensando que eran unos nombres fabulosos. El primero, por su sonoridad. El segundo, no sólo por eso.

Existen dos tipos de personas: los que odian a los profesores de sus años escolares que les obligaron a leer libros (libros que aborrecieron) y los que se sienten en deuda con ellos. Soy de los segundos, por varias razones. La principal de ellas, “La verdad sobre el caso Savolta”, de Eduardo Mendoza.

Me gusta releer el final de este libro. Y lo hago de vez en cuando. No sé si fue por la edad en que me lo leí, no sé si es por lo bueno que me pareció (y me parece), el caso es que se me quedó grabado. Y me marcó mucho. Esa forma de narrar me desbordó. Y la historia. Y la época. Y los personajes: Cortabanyes, Lepprince, Enric Savolta, Maria Rosa Savolta, Claudedeu, Domingo Pajarito de Soto, Nemesio Cabra, Max, el comisario Vázquez, María Coral y, sobre todo, Javier Miranda, un tipo de personaje que descubrí entonces y que fui encontrándome después con otros nombres y con el que nunca he sabido si simpaticé con él más que me identifiqué o las dos cosas por igual.

Con este libro descubrí a Eduardo Mendoza. Y no me quedé aquí. He leído la mayoría de sus libros (de hecho, tengo uno en la mesita). Pero, cuando hablo de él, y suelo hacerlo con entusiasmo, siempre cito cinco de sus seis primeros, que fueron los que más me gustaron, influyeron, impactaron y me dejaron más poso.

Y aquí suelo hacer dos grupos. En el primero estarían el citado Savolta y el titulado “La ciudad de los prodigios”. Dos novelas, en mi opinión, colosales. Fabulosamente narradas, muy trabajadas, con una gran labor de documentación pues la ciudad de Barcelona es una de las protagonistas en las dos historias, la Barcelona de unas épocas muy concretas. Dos novelas que se leen mientras se disfrutan y se admiran. Dos novelas de las que te dejas las últimas páginas por leer porque no quieres que se terminen nunca.

En el segundo grupo incluiría “El misterio de la cripta embrujada”, “El laberinto de las aceitunas” y “Sin noticias de Gurb”. Con estos tres libros he llegado a llorar de risa. Son historias disparatadas (el detective protagonista de las dos primeras debiera figurar como uno de los caracteres clásicos de la literatura española). No sé si clasificarlas como comedias o como entremeses o como divertimentos del autor. Porque parecen escritas por Eduardo Mendoza para pasar el rato. Y como este tío tiene un talento natural para contar las cosas y que te provoquen desde sorpresa pasando por la sonrisa hasta la carcajada, terminas estos libros después de haber pasado un rato fabuloso y los guardas con la sensación de haber leído historias menores.

¿Por qué distingo las novelas de Mendoza en dos grupos? Hace poco releí “Sin noticias de Gurb” (las novelas de Mendoza pueden releerse. No pierden nada, por muchos años que hayan pasado desde la primera vez) y me hice esta pregunta. Tal vez por separar drama y comedia. Tal vez porque valoramos más el trabajo, el esfuerzo y la seriedad y le damos un grado mayor. Una nota más alta. O porque pensamos (o pienso) que jamás sería capaz de escribir una novela como “La verdad sobre el caso Savolta” pero, “El laberinto de las aceitunas”, pues oye, si me pongo… Y releyendo Gurb, pensé –hay que ser muy bueno para escribir con esta facilidad, para que parezca sencillo algo tan brillante, para que dé la sensación de que todo esto se ha construido sin esfuerzo. Y cuando lo terminé, cuando vi que lo había disfrutado tanto como hacía treinta años o como disfruto leyendo la conversación del final de Savolta entre el comisario Vázquez y Javier Miranda, sentí que siempre fui injusto hablando de dos Mendozas y menospreciando a uno respecto del otro. Eduardo Mendoza sólo hay uno. Y es uno de los grandes.

jueves, 10 de octubre de 2024

Por la calle de la Amargura

No sé cuándo podré comprar definitivamente mi tiempo. Trabajando no será. Un golpe de suerte no ocurrirá dada mi nula tendencia al juego. Y por herencia no parece. Llegará, cuando llegue, el día de mi jubilación, me temo. No antes. Pero lo tengo todo preparado. Lo primero que haré será irme a Saint Jean Pied de Port y empezar a andar hacia Santiago de Compostela al ritmo que me marque el camino. Cuando termine, comenzaré la ruta de las dos Españas, es decir, donde ponen tapa en el aperitivo y donde no, recreándome en la primera y pasando de puntillas por la segunda. Mi hermano, que tiene un año y medio menos que yo, me dijo que él tiene intención de hacer la ruta de los platos de cuchara por España y creo que llegaré a tiempo para unirme a él de fabada en cocido. Después…supongo que tendré que hacer la digestión y decir aquello de –como en casa, en ninguna parte.

Hay una sensación que cada vez me gusta más y es la de estar en un sitio donde nunca antes había estado. Y cada vez disfruto más del encanto de estar perdido. Que todo lo que vea sea nuevo, distinto. Creo que he aprendido a viajar. Antes pedía un plano y era un poco ingeniero haciendo turismo: si en el plano numeraban quince puntos interesantes que visitar, tenía que tachar los quince optimizando la ruta. Ahora los planos son para guardarlos en nuestra colección de sitios donde hemos estado. Porque cada vez me gusta más deambular, vagar, observar. Las calles. Los paisajes. A la gente. Porque cada vez me gusta más encontrar que buscar. Y cuando estás en un sitio distinto, si abres los ojos puedes encontrarte muchas cosas. Tal vez no lo veas todo, pero, si te vas más rico que llegaste, el viaje ha cumplido su cometido.

En el Secarral tenemos nombres de lugares que me encantan: Casa del Aire, Fuente El Beso, Laguna de los Capellanes, Fuente del Cabalgador, las Aguardas, Cruz Cerrada, la Vereda, la Semilla, Sierra de la Villa. Y he decidido coleccionar nombres bonitos. Nombres que vengan a mí. Nombres que me encuentren. Y así, en mis paseos camino de Santiago o buscando la tapa perfecta o el cocido más contundente, en cualquier lugar en el que esté, siempre habrá huecos para enriquecer el viaje, para leer, para mirar, para hallar nombres de lugares, de rincones, de plazas, de calles. Para aumentar mi colección. Y no sólo será por eso.

Porque seguro que el tiempo se disfruta más en la calle de las Impertinencias.

Y todo sabe mejor en la calle de los Galanes.

Y nada hay como perderse por la calle de la Amargura.

viernes, 4 de octubre de 2024

Barton Fink

“Barton Fink”, la película de los hermanos Coen, fue estrenada en 1991. Ganó premios importantes, la crítica le fue favorable y recaudó dos terceras partes de su presupuesto (en lenguaje matemático, éxito de crítica + fracaso de público = película de culto). Acabamos de verla. Me ha gustado mucho. Siempre supe que nací para ser un gafapasta.

Y como gafapasta que soy, voy a argumentar mi opinión. Y, la verdad, sólo encuentro razones para haberla rechazado. De hecho, no sé si la entendí bien, si capté todos los detalles. O algunos. He buscado, he leído sobre ella y parece que me quedé, una vez más, en la punta del iceberg (esto de la punta del iceberg creo que es la primera vez que se usa. O la segunda). Aprendiz de gafapasta. No apruebo ni la montura de las gafas.

Porque la película es rara.

Y fascinante.

Y rara.

Las interpretaciones de Turturro y Goodman (John y John). El hotel. El dueño del estudio y su lacayo. El trasunto de Faulkner y su secretaria amante. La foto de la mujer en la playa. La ola rompiendo sobre la roca. El escritor y el folio en blanco. El pasillo en llamas. El botones. Los detectives. Los zapatos en las puertas de las habitaciones. La caja.

Un peliculón.

¿Por qué?

No lo sé.

Bueno, sí, pero no soy capaz de explicarlo. Corazón razones razón ignora.

Y escuchando a mi corazón, a mi estómago y a mis vísceras, acepto su lógica y la doy por buena.

Así que, un peliculón.

Y sigo como gafapasta frustrado.

viernes, 27 de septiembre de 2024

La soledad

La fórmula que aparece en la imagen se utiliza para el cálculo de intercambiadores de calor, siendo el término UA el que se desglosa.


No se trata de aprenderlo. No voy a preguntar. No va a haber examen.

Quien sí se lo tuvo que aprender fue mi hijo. En una asignatura llamada "Transmisión de calor". El profesor, cuarenta y pico años, con gafas, camisa, pantalón y bolsito en bandolera como atuendo, un tipo serio aunque, según mi hijo, dejaba caer de vez en cuando, textualmente, algún chiste de cuñado, explicaba la fórmula escribiendo en la pizarra y al llegar al término UA, no dijo ua, ni u a sino que gritó ¡JU! ¡JA! Siguió explicando la fórmula y, al terminar, se giró.

Los alumnos lo miraban con cara de -¿qué le pasa a este tío?- mitad desconcertados, mitad extrañados, mitad aburridos (mejor que mitad, un tercio cada uno. Que se note que soy de ciencias) y entonces:

-Qué pasa. ¿No os reís? ¿No os ha hecho gracia? ¿No sabéis de qué estoy hablando? ¿No sabéis qué es ¡JU! ¡JA!? ¿No conocéis a Chimo Bayo? ¿De verdad que no lo conocéis? ¿De verdad? No puede ser. Nos extinguimos. Por supuesto que nos extinguimos.

Se giró de nuevo y siguió explicando en la pizarra. No hubo más chistes aquel día.