martes, 6 de diciembre de 2022

De porqué no me voy a leer más libros de Pierre Lemaitre

Porque no me gusta sufrir.

Lo argumentaré un poco.

Realmente lo explica él en el prólogo de uno de sus libros. Se queja de que la gente le reproche el poco cariño que siente por sus personajes. Él lo justifica diciendo que si la vida es cruel y esas cosas aunque al final concede que el autor es dueño del destino de sus personajes. Y ya no argumenta más.

Es decir, que eres un desalmado de tomo y lomo.

El primer libro que leí de Lemaitre fue “Irene” (recomendado por la directora de una biblioteca cercana a mi casa. Es el primero de una trilogía de cuatro libros protagonizado por Camille Verhoeven). El libro es de esos de giro inesperado, de los que piensas que estás leyendo una cosa y luego es otra. Me estaba gustando. Y de hecho, me gustó. Pero lo que le hacen a esa pobre mujer… ¿Por qué eres tan miserable de hacernos simpatizar para luego soltarnos ese mazazo? ¿Piensas que es divertido? Ésta fue la primera vez que me juré a mí mismo que no volvería a leerme un libro de este tío.

El segundo fue “La gran serpiente”, que es el primero que escribió. Lo tuvo años guardado en un cajón. Lo sacó. Lo releyó. Pensó que, si quería publicarlo, tenía que reescribirlo entero. Le dio pereza y decidió publicarlo tal cual. Me lo recomendaron en casa. Me lo he leído. La historia es buena aunque está escrita de una manera muy floja. El final es un tanto disparatado. Y había una pareja muy tierna. Muy entrañable. Eran adorables en su timidez. ¿Era necesario hacerles ese agujero en el vientre? ¿Era necesario que viésemos sus vísceras esparcidas por toda la habitación? Ésta fue la segunda vez que me juré a mí mismo no volver a leer un libro de este miserable.

El tercero ha sido “Vestido de novia”. También me lo recomendaron en casa. Cuatro partes tiene. Las tres primeras están escritas, en mi opinión, de manera primorosa. En la cuarta creo que el editor le estaba apremiando para que terminase, ya que acelera el final en exceso. En la primera parte sufres con el destino del personaje principal aunque lo soporté. En la segunda se muestra el camino que lleva a la primera y no pude soportarlo. Sabía dónde iba a llegar y me abstuve de seguir padeciendo el cómo. Cincuenta páginas me salté. Cuando empecé la tercera vi que no estaba preparado para continuar y me fui directamente a leer el final. Como me reconfortó volví a la tercera parte y, con angustia, a pesar de todo, ya me terminé el libro. Y sí, está muy bien y tal. Pero no me ha compensado. En serio. Como diría mi madre, perdono el beso por el coscorrón.

Y por tercera vez me juro a mí mismo que jamás volveré a leer un libro de este hijo de la grandeur.

Y esta vez lo pongo por escrito.

A ver si aprendo.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Grandes momentos (de gloria) de la historia de la música

Volvamos a citar a la magdalena de Proust y a su poder evocador de los sentidos, y no sólo por el regusto que me produce sentirme pedante y pretencioso cuando digo magdalena y Proust, sino porque esta vez está bien traída (creo) la referencia.

Hablando con una compañera de trabajo, me contó que, en el pasado, había formado parte de una coral habiendo llegado a cantar en un escenario importante “Carmina Burana”. Y fue como mojar la magdalena en el té (o en la manzanilla) porque del fondo de mi memoria comenzaron a surgir imágenes y recuerdos que tenía guardados con siete candados, y que fueron imposibles de frenar.

Cinco años canté en el coro del colegio. Cinco (cuatro de ellos, junto a mi hermano. La mayoría de ellos en la primera fila. Nos costó dar el estirón). Tenía nueve años cuando entré y catorce cuando salí. Todos los viernes por la tarde, ensayo. El director del coro nos recomendaba no hacer deporte para que nuestra voz no sufriera. (Yo hacía atletismo tres días a la semana y jugaba al fútbol los siete. Y siempre trataba de esconderme para que no me viera. Me gustaba cantar en el coro, pero correr y jugar al fútbol, también. (Otro paréntesis para reseñar lo poco que he evolucionado en todos estos años, porque correr y cantar (el fútbol me dejó hace tiempo) siguen estando aquí)). Cuando actuábamos lo hacíamos con un pantalón gris, polo de cuello cisne blanco y chaqueta azul marino. Cantamos en el ayuntamiento de Madrid, en la catedral de Toledo, en el Teatro de la Zarzuela, en el salón de actos del colegio infinidad de veces (una de ellas, acompañados por una orquesta de cuerda, llegamos a cantar el “Coro de esclavos” de Nabucco), en el Palacio de Congresos y Exposiciones, en el Parque de Atracciones. Nuestro repertorio estaba basado en canciones que escribía el director del coro (infames), villancicos, jotas navarras (el director era navarro), alguna incursión en la música clásica (pocas), canciones de misa (el director era cura) y algo del folclore hispanoamericano (“El cumbanchero”, “Alma llanera” “Adiós, casita blanca”), que es lo que recuerdo con más cariño.

También pertenecíamos al grupo scout del colegio. Y, tras venirnos a Valencia, y durante cuatro años, seguimos yendo a los campamentos de verano del grupo. Estábamos aquel año en Ochagavía, en el pirineo navarro (nota recordatorio: No he vuelto. Volveré) y nos organizaron una excursión a Sos del Rey Católico, donde alumnos del colegio estaban allí haciendo no sé qué. Llegamos. Nos recibieron en una sala. Y, de repente, empezaron a cantar. En un rincón. Había allí unos cuantos miembros del coro (no he dicho que nos hacíamos llamar cantores). Y me pareció todo tan ridículo, pasé tanta vergüenza ajena viendo cantar a aquellos chavales, con sus vocecillas, con las manos atrás, aquellas canciones tan horrorosas que tan bien conocía que algo saltó dentro de mí que decidió renegar de todo mi pasado en el coro y procuré evitar que ese recuerdo volviera a mi mente y eliminar de mi infancia todo lo vivido y cantado en aquel grupo.

Y así ha sido (más o menos) durante todos estos años. Alguna vez los guerrilleros vietnamitas que son los recuerdos disparaban imágenes, aunque, con ironía y sin demasiado esfuerzo, las devolvía a su sitio. Pero, tal y como escuchaba a mi compañera contar lo de su coro, en mi mente comenzaron a fluir todos aquellos recuerdos de manera incontrolada (e incontrolable. No hay quien pare al poder evocador de los sentidos. Mira que me gusta decir esta frase). Y cuando me contó su interpretación de “Carmina Burana”, sin ánimo de competir con ella (quizá un poco sí), empecé yo a contarle dos de mis momentos de gloria en aquel coro, seguramente bochornosos, pero que, ya que han vuelto, no tengo más remedio que relatar.

El primero tiene que ver con la radio. Radio Intercontinental organizó un concurso. Y nos inscribieron. Fuimos al estudio. Cantamos. No sé la audiencia. Me la imagino. Nos clasificamos para la final. Ésta se celebró en el pabellón de deportes del Real Madrid (donde jugaba el equipo de baloncesto. Ahora allí hay una torre enorme). Nos obligaron a cantar con una camiseta azul celeste de la marca de batidos “Ryalcao”, que patrocinaba el concurso. Cantamos. No ganamos. Tampoco sé la audiencia de la retransmisión de aquel concurso. Me la imagino. Lo que sí recuerdo es que el acto central de aquel concurso fue un concierto que dio Parchís. Porque sí, señoras y señores, yo he visto actuar en directo a Parchís. Y no sólo eso. He compartido escenario con ellos (nosotros un rato más tarde, es cierto. Pero el escenario era el mismo). Y si éste no es un momento de gloria, habrá que cambiar la definición de este término.

El segundo tiene que ver con la televisión. Trescientos millones, trescientos millones, que se unen en un programa de habla hispana. Al que haya sido capaz de tararear esta sintonía no tengo que explicarle mucho. Al que no, pues contarle que a finales de los setenta, principios de los ochenta se hacía un programa de nombre “300 millones” que se emitía a todos los países de hispanohablantes (trescientos millones (cifra exacta) hablábamos español entonces). Y en aquel programa, y ante una audiencia millonaria (todos  lo vieron aquel día) el maravilloso coro de cantores del colegio, con sus pantalones grises, polos de cuello de cisne blancos y chaquetas azul marino, cantó. La repercusión, de haberla, nunca llegó a nuestros oídos. Pero si esto no es un momento de gloria, la definición de este término carece de sentido.

lunes, 14 de noviembre de 2022

Es la historia de un amor como no hay otra igual

Desde 2018 no cruzaba la meta en la Behobia San Sebastián.

Dos años lesionado.

Un año de pandemia.

No tenía otro objetivo este año que cruzar esa meta.

Desde que me recuperé de la última lesión no hay más plan que correr cuatro días a la semana y hacer sobre cincuenta y cinco kilómetros en esos cuatro días.

Me da igual el ritmo.

Me adapto. 

Y no me he lesionado.

Carreras sigo corriendo. Con las mismas sensaciones. Los ritmos son otros, pero he aprendido a relativizarlo.

Y siempre está la máxima de Miguel Ángel: “No menosprecies los tiempos de este año, que el año que viene te parecerán extraordinarios”.

Después de verano ya subí a sesenta kilómetros semanales.

Algún largo de veintidós kilómetros.

¿Series? No. O sí. ¿Que Javi quiere hacer diez de cuatrocientos? ¿Que el Barbas quiere hacer ocho de mil? ¿Que Paco quiere hacer cuatro dosmiles?

Me apunto.

A mi ritmo.

Otra máxima: “No mata la bala.

Mata la velocidad”.

Hacer un mil por debajo de cuatro minutos el kilómetro es casi ciencia ficción.

Yo, que tengo diecinueve medias maratones por debajo de ese ritmo.

Pero he aprendido a relativizarlo.

Sesenta kilómetros.

Algún quinto día ha caído alguna semana.

Llegaba bien a la Behobia.

Sin lesiones.

El sábado del fin de semana anterior, tuve fiebre.

Decidí cuidarme.

Ese domingo rodé ocho kilómetros a cinco y luego hice diez a cuatro treinta.

El lunes y el martes, corrí.

El miércoles, nadé.

El jueves, corrí.

El viernes trabajé, me metí seis horas de coche y cenamos en una sidrería.

El sábado corrí por la mañana. Luego, que si zuritos y pinchos.

El sábado por la tarde decidí centrarme en mi cuidado porque no terminaba de estar recuperado. 

Amaneció el domingo.

Amenazaba calor.

A las ocho y media ya estábamos por la salida y la amenaza era real.

Calentamos.

Salimos a las diez y seis minutos.

El objetivo era bajar de hora y media, es decir, correr a cuatro minutos y treinta segundos el kilómetro. 

No es la Behobia, con todo el desnivel que tiene, carrera de ritmo si no que hay que ir controlando los promedios y no cebarse.

Salimos juntos Carlos, Jorge y yo.

En el kilómetro dos se me fueron.

No iba bien.

Nada bien.

El calor.

Muy torpe de piernas.

Pensé -hoy no es día de cronómetro. Es día de llegar.

Se me cruzó subir Irún.

Se me cruzó Gaintxurizketa.

Pero iba en el grupo.

No me descolgaba.

Pasé el diez en 45:22. Veintidós segundos por encima del objetivo.

No estaba tan mal.

No quise pensar más.

Pasamos Rentería.

No hay muchas cosas en el mundo comparables a cruzar Rentería en una Behobia.

Subimos Kaputxinos.

Voy pasando gente.

No dejo de pasar gente.

Subo Mirakruz entero.

Pienso que estoy en el filo, que el calor en algún momento me va a tirar.

Pero sólo miro hacia delante.

En el dieciocho vuelvo a mirar el reloj.

Estoy catorce segundos por encima del objetivo.

Aquí hay que morir.

Y morí.

En el diecinueve ya estaban enjugados los catorce segundos.

Y en meta aún metí otros dieciocho.

1:29:42.

He vuelto a cruzar la meta de la Behobia.

Cumplí el primer objetivo.

Acabarla.

Y el segundo.

Acabarla por debajo de hora y media.

Sufrí mucho.

No estoy ya para sufrir tanto.

Deambulé un rato hasta que me fui recuperando.

Y empecé a sonreír.

He vuelto a cruzar la meta de la Behobia San Sebastián.

Por undécima vez.

No pierde brillo el lograrlo.

Todo lo contrario.

No puedo dejar de sonreír.

He vuelto a cruzar la meta de la Behobia San Sebastián.

Soy un hombre feliz.

martes, 1 de noviembre de 2022

Reconciliaciones

“El Asesino”. Música contundente. Guitarrera. El cartel de los Burning. El póster de Jimi Hendrix. El futbolín. Los baños, con los retratos de Boris Vian y de un mafioso italiano al que nosotros llamábamos Diego de Siloé (sólo porque, la primera vez que fuimos, alguien dijo -ése es Boris Vian- y otro (sospecho que Santángel. Es su humor) respondió -Sí. Lo é. Y ya bautizamos al mafioso del sombrero) en la entrada. “El Asesino”, con su público contundente, guitarrero, de pelo largo y de recuerdos de pelo largo.

Volvimos a “El Asesino”. Está Jimi. No están los Burning. Ni Boris. Ni Diego. La música seguía siendo guitarrera. Se acercó el camarero. Pedimos. Nos presentamos como antiquísimos clientes. Preguntamos por los ausentes. Le explicamos cómo era el local y lo que fue para nosotros. -Todas las noches alguien me cuenta la misma historia. Me sentó mal. Mi orgullo no lleva bien que me consideren uno más. Torcí el morro. Se empezó a enderezar cuando sonó “Desde el jergón” de Los Enemigos. -En pocos sitios en Valencia sonarán Los Enemigos. Sonrió el camarero. Terminamos nuestras cervezas. Nos levantamos. El camarero puso “La cuenta atrás” (tú vales, chaval). El perdón se culminó. Y, para celebrarlo, nos pedimos otras. Aquel tío sabía cómo rectificar. Y apreciamos su gesto.

Vas nadando y, de repente, hay alguien de pie en mitad de la calle. Levantas la vista y te encuentras con un abuelo. Le pides explicaciones y te mira con cara de no saber de qué le estás hablando. Miras alrededor y hay un montón de abuelos. Tienen su clase de aqua gym. No esperan. No preguntan. Se plantan en mitad y les da igual todo. Y salgo del agua rezando en arameo. Y ellos allí dando saltitos mientras un motivado, en el bordillo, hace los ejercicios que los abuelos imitan o no, pues siempre están los espíritus libres que siguen su propia inspiración gimnástica (y acuática). Y lo hacen siguiendo el ritmo de una música a todo volumen, una música programada por no sé quién y que incluye desde Bisbal hasta Sonia y Selena. Entro en el vestuario. Voy a la ducha. Se oye más la música en el vestuario que en la piscina. Rosalía y “Despechá”. “Feed from desire”. Raffaella Carrá. “Fiesta”. Con los primeros canciones de esta canción, ovación. –Desde esta noche cambiara mi vida, desde esta noche, desde esta noche. Los abuelos están cantando. No sé si darán saltitos o harán los ejercicios reglamentarios pero cantar, están cantando. Y empiezo a perdonarles. Y pienso que, oye, en el futuro, tal vez ya no pueda correr y quién sabe si hacer ejercicios en el agua podría ser beneficioso. Y si a eso añadimos cantar canciones de Raffaella Carrá, oye, pues gana enteros. Y me acordé de mi hija cuando dice eso de –tu yo presente encontrándose con tu yo futuro. Y se me fue el enfado. Y empecé a sonreír. Y…oye. Y me ha dicho si no estás tú, qué voy a hacer, si no estás tú.

domingo, 23 de octubre de 2022

A felicidade

Ayer por la tarde tocó Toquinho en el Auditorio de Castellón y allí estuvimos Ana y yo.

El viaje desde Valencia lo hicimos escuchando canciones de los discos de La Fusa. Es normal que uno vaya a un concierto entregado de antemano. Nosotros llegamos entregados, rendidos, cautivos y desarmados.

Fue Sanfélix quien nos avisó del concierto. No pudo venir (lo que te extrañé. Lo que habrías disfrutado). Cuando le conté que ya tenía las entradas, me contestó –vaticino que vas a llorar. Es bueno en sus vaticinios, aunque éste no era del todo complicado.

Tardaron en abrir las puertas, lo cual nos permitió ver cómo eran nuestros compañeros de gustos y emociones (los Toquinhers, como dijo Ana). He perdido la costumbre de ser de los más jóvenes. Está bien de vez en cuando. Las señoras mayores me miraban como si fuera un caramelito. Esto sí que fue una novedad.

Toquinho es un buen compositor y un guitarrista fabuloso. Pero, sobre todo, es alguien que estuvo ahí, que compuso y tocó durante diez años junto a Vinicius de Moraes, que actuó en los distintos locales de La Fusa en Argentina con Vinicius, María Creuza y María Bethania, que convivió en el exilio italiano con Chico Buarque, que mamó de los pechos del Maestro Soberano Antonio Carlos Jobim (¿es blasfemia decir que es el ser más próximo a Dios que ha habido nunca en la tierra?) y de Joao Gilberto. Y además es un tío de una humanidad arrolladora, que habla y a quien no puedes dejar de escuchar, que cuenta batallas de Vinicius y Chico Buarque, que cita a Mastroianni y a Picasso, que te embelesa. Es un hombre al que te llevarías a casa porque quisieras estar siempre escuchándolo tocar, cantar, hablar.

Con puntualidad brasileña comenzó el concierto. Salió Toquinho con su guitarra, saludó y empezó a tocar “Corcovado”.

Y, a partir de ahí, felicidad. Hora y media de felicidad, de emoción absoluta, de lágrimas rodando por las mejillas. Podría hablar del batería, del bajista y de Camilla Faustino, la cantante que le acompañaba (cantaba maravillosamente bien. Bailaba raro). Podría citar “Corcovado”, “Canto de Ossanha”, “Berimbau”, “Chega de saudade”, “A tonga da mironga do Kabuleté” (la única que pude cantar. Los Toquinhers forelluts en la flor de la vida no son mucho de cantar), “Samba en preludio”, “E de manha”, “Aquarela”, “Tarde em Itapoa”, “Se todos fossem iguais a você”, “Eu sei que vou te amar”, “Samba de Orly”, "Tristeza". Pero el concierto no fue eso. No fue los datos que pudiera aportar. No es una lista de canciones u otros detalles. Fue belleza. Fue sonreír, llorar, sentir. Fue sentimiento. Hora y media de sentimiento. Fue felicidad. Fuimos felices. Todos. Toquinho sabe. Llegamos conquistados. Salimos con nuestra devoción renovada. Y sellada. Por siempre.

sábado, 15 de octubre de 2022

Churro

Siempre se pasan al castellano. Automáticamente. Y me molesta. En serio. No me siento cómodo. Ellos hablan en valenciano y, al hablar yo (en valenciano), la conversación pasa rápidamente al castellano. Puede parecer deferencia. Respeto. Y no dudo que lo sea. Pero siempre he pensado que hay algo más. Mi valenciano es el que es: un castellano traducido literalmente. Y mi acento es el que es: el de un madrileño del Secarral. Churro, que dicen por aquí. Y sí, por mucha voluntad que ponga, mi valenciano chirría. Y habrá deferencia, educación y respeto. No lo dudo. Y también pienso que hay respeto a su propia lengua y que no soportan que llegue un churro distorsionando, perpetrando. Y por eso me molesta además. No sólo porque me sienta incómodo haciéndoles que cambien la lengua. También siento que me están señalando. Y que me están llamando churro con todas las letras.

No me quería ir a casa. Eran las dos de la mañana. Habíamos salido los tres por el Cedro y, a las dos, se fueron. Y no tenía ganas de irme. Seguir solo de fiesta no dejaba de parecerme un poco patético (si tengo complejos ahora, con treinta y pocos…), pero es que no me apetecía. Y me fui a Velvet. Y me pedí una cerveza. Y, con mi cerveza, escuchaba la música (que desconocía, para variar) y miraba a la gente. Tenía a mi lado a un grupo de chicos y chicas muy bullanguero. Se me dirigieron dos de ellos en valenciano. Les contesté en su lengua. Me incorporaron a su grupo. Charlé con unos y con otros. Pasé un buen rato hasta que ya nos despedimos. Y todo lo que hablé aquella noche con ellos fue en valenciano. Todo. Aquella noche no fui churro.

Mucho se ha escrito sobre el efecto que el alcohol produce a la hora de hablar lenguas foráneas (y muy poco sobre lo que atrofia el oído, por cierto) y en aquel rato el teorema volvió a demostrarse (una vez más). Y, ¿fue sólo efecto del alcohol? Supongo que sí. No me ha vuelto a pasar. Pero es igual. Porque aquella noche no fui churro. No lo fui. Aquella noche fue...el meu moment.

lunes, 10 de octubre de 2022

No dance usted

No bailamos. No dejo de darle vueltas. Javier y yo. Nuestras cervezas. Sentados en una mesa en un rincón. Fuera no había sitio, donde estaba la música más baja y la gente charlando. Dentro la música estaba más alta. Allí bailaban un montón de chavales con pinta de Erasmus. Nos metimos en un rincón. No queríamos molestar. Sólo sentarnos, tomarnos una cerveza y hablar un rato. No contábamos con aquellos dos tíos pinchando música disco setentera. No conocíamos ninguna canción (Carrie Lucas. The Ritchie Family. Información cortesía de Shazam). Daba igual. Aquellos tíos nos estaban provocando. Y se nos iban los pies. Se nos iban en cada canción. Y aquellos chavales bailando. Y la vergüenza de convertir aquella pista en una geropista con nuestra (mi) presencia. El complejo. Los complejos. El pensar que mi hijo podría haber estado allí. Y Javier diciendo –vamos a bailar. –No. –Vamos. –No. Y aquellos dos cabrones disparándonos sin piedad. Y Javier y yo, que sentimos la música de manera muy similar, amarrados a la silla, sonriendo, celebrando cada disparo encajado con alegría, eufóricos…pero sin bailar. Nos levantamos. Estuvimos tentados de acercarnos a esos dos hijos de puta y abrazarlos por habernos hecho tan felices. No lo hicimos. Nos fuimos. Sonrientes. Frustrados. La noche tan buena que pasamos. Y no bailamos. No bailamos.

domingo, 2 de octubre de 2022

sábado, 24 de septiembre de 2022

Orgullos y obviedades

Me preguntó mi hija cuál era mi grupo musical favorito. Los Beatles, por supuesto. ¿Y tu cantante? Elvis Presley. Rey de reyes. Me miró de arriba a abajo. Eres un poco obvio, ¿no?

Me dolió. ¿Obvio yo? Perdona, pero no. Que transite por caminos muy trillados no significa que sea uno más. Mi capacidad de sentir es una entre mil millones. Y mi gusto musical es único e incomparable. Y el que yo pueda decir Beatles, Elvis, Jobim, Otis, Chico Buarque, Beach Boys, Marvin, Aretha, Sinatra o Gladys Knight no desmerece mi estatus, mi soledad en la cima del buen gusto. Es más, lo engrandece. La refuerza. Así que, no. Obvio, no. En absoluto.

Se rio. Había conseguido su objetivo. Entré al trapo. Debiera haber sido adulto y haberla mirado yo de arriba abajo y haberla llamado ignorante o algo así o haberme sentado a esperar a que en el futuro termine dándome la razón. Pero no. Balbuceé justificaciones. No sé si la convencí. Era lo de menos. Sólo vio que mi orgullo estaba herido y se marchó triunfal.

Y sigue herido. Gracias a Ángel Carmona descubrí una canción titulada “Caballitos de mar” de Los Estanques con Anni B Sweet. La canción se convirtió en obsesión porque es una barbaridad de canción. De ahí pasé al disco que han hecho juntos: “Burbuja cómoda y elefante inesperado”. Trece canciones. Llevo dos semanas escuchándolo en bucle. Aparte de la citada hay otras canciones que me fascinan: “He bebido tanto” (que estoy) “Muerto de sed” (son dos pero hay que escucharlas seguidas), “Bla, bla, bla”, “Tu pelo de flores”, “Brillabas”, “Llévame al cielo”… Los Estanques hacen (según su propia definición) pop psicodélico progresivo. Anni B Sweet hace un pop más melódico. Y la combinación es, en mi opinión, fabulosa. ¿Y por qué lo cuento? Aparte de mi naturaleza emocionalmente exotérmica, Los Estanques, principalmente, reúnen dos requisitos. El primero, que son muy buenos. El segundo, que, todavía, son minoritarios. Y ello me permite poder presumir. Darme importancia. Ir de experto. De entendido. Y tratar con displicencia los gustos musicales de los demás. Porque yo, hija mía, no soy obvio. Soy un tío de gran sensibilidad con una cultura musical exquisita. Y además, soy un listo. Un listo. ¿Te ha quedado claro?

domingo, 18 de septiembre de 2022

Si seguís de casquera no os vamos a sentir cuando cantéis la línea

Nuevo capítulo de la sección “Títulos sin entrada” escuchado en la capital del Secarral en un fin de semana bastante enriquecedor, ya que conocimos a un camarero que es una mina:

¿Qué desea?
Un tercio de cerveza.
¿Grande o pequeño? 

 ¿Qué desea?
Un gin tonic.
¿Con tónica?

lunes, 12 de septiembre de 2022

Verano del veintiocho

Acabo de terminar “El vino del estío” de Ray Bradbury (“Dandelion wine” en el original. Lo escribo porque me encanta decir dandelion. Suena muy bien).

Qué bonito es este libro.

Pero qué bonito.

Pero qué tremendamente bonito.

Lo puse en la lista de posibles tras leer la reseña de uno que fue y ya no es, y de futuros después de leerme “Crónicas marcianas”. Nunca lo busqué con demasiado ahínco, eso es cierto (los libros no se buscan. Se cruzan. Se encuentran). Si iba a alguna librería o a alguna biblioteca, miraba a ver si estaba. Cuando algún amigo invisible pedía sugerencias, lo sugería. No lo encontraban. Descatalogado. No sé. Al final, pues hice algo que no sé si es legal o no: lo busqué en pdf (no me lo crucé. Me salté el procedimiento. Ha merecido la pena). Y lo imprimí (viva el papel).

La traducción es mejorable.

Las erratas, los errores ortográficos, los acentos que faltan indican que mucho celo en la revisión de los textos no se ha tenido.

Aun así…

Qué bonito es este libro.

Pero qué bonito.

Pero qué tremendamente bonito. 

 “El vino del estío” es un libro de relatos situado en la localidad de Green Town, en Illinois, durante el verano de 1928. El nexo de los relatos, aparte de la ciudad/pueblo/villa (veintitantos mil habitantes), son los hermanos Spaulding, Douglas y Tom, de doce y diez años. Green Town tiene su bruja, su asesino, su cañada, sus casas con porche, su cine y su trapero. Green Town no existe, dicen. Da igual. Exista o no nadie nos puede quitar este verano. Todos tenemos, al menos, un verano en nuestra vida. Ahora tengo un verano más.

Porque…

Qué bonito es este libro.

Pero qué bonito.

Pero qué tremendamente bonito.

Hemos leído en los cuadernos de Tom y de Douglas; hemos visto cómo Douglas descubría que estaba vivo, que los amigos pueden marcharse y, también, que habrá de morir; hemos conocido al abuelo y su relación con las máquinas cortacésped; nos hemos calzado las zapatillas “pies livianos” de Douglas; nos hemos sentado en el porche y hemos escuchado; hemos visto a Leo Auffman construir la “Máquina de la Felicidad” (y hemos descubierto a Lena Auffman, un personaje que se merecería un libro para ella sola); hemos pasado por la cañada de noche; hemos sacudido las alfombras; vimos cómo la señora Bentley descubría el presente; disfrutamos de la Máquina del Tiempo (pobre Ching Ling Soo) y sufrimos con su final; hemos saludado a la señorita Fern y a la señorita Roberta en su Máquina Verde; hicimos el último viaje en el tranvía con el señor Tridden; hemos leído (con dificultad. Leer con los ojos llenos de lágrimas no es fácil) la historia de Bill Forrester y Helen Loomis, una de las más hermosas historias de amor que jamás se hayan escrito; pudimos despedir a la bisabuela; ayudamos a secuestrar a Madame Tarot (porque conocemos su secreto); aprendimos a calcular la temperatura por el canto de las chicharras; odiamos a la tía Rose y ayudamos a que la abuela recuperase su arte; vimos cuál es la mejor manera de conservar cada uno de los días del verano. Y también conocimos al trapero (¡No, señora, trapero no!). Y también se merece un libro.

En Green Town he sido feliz.

En Green Town he pasado uno de los veranos de mi vida.

Porque…

Qué bonito es este libro.

Pero qué bonito.

Pero qué tremendamente bonito.

martes, 6 de septiembre de 2022

No saben

Un compañero de trabajo, extranjero él, me comentó que una de las cosas que más le choca de los españoles es lo cuadriculados que somos con las comidas en los distintos horarios y en distintas fechas. Lo explico con ejemplos. Aquí no se desayuna paella, no se almuerza cocido, no se come leche con cereales, no se cena caldereta, no se toma gazpacho en invierno, no se comen lentejas en verano, los buñuelos, sólo en Fallas; las torrijas, en Semana Santa y así, los ejemplos que queramos.

- ¿Es que no es de esta manera en todas partes?

-Pues no.

-No sabéis.

jueves, 1 de septiembre de 2022

Mi padre y la intelectualidad

Mi padre siempre ha sido un manitas y de ello se aprovechaba mi abuela materna, que, a la mínima, lo tenía pintando, reparando, podando o subido a cualquier escalera.

Un día mi padre estaba con el genio cruzado y protestó.

-Abuela, ¿sabe usted que tiene una hija y tres hijos?

-Ay, pero es que mis hijos son intelectuales.

-¿Y yo qué soy? ¿Gilipollas?

viernes, 26 de agosto de 2022

Serás como una luz que alumbre mi camino

A mí me gusta ir por Villarrubio y por Almendros. Y es por una razón sentimental: por ahí íbamos siempre cuando éramos pequeños. Ir por Saelices es igual de rápido y más cómodo, pero esa carretera no me dice nada. La otra, sí. Por muy estrecha que sea y por mucha curva que tenga. A la ida, por no discutir, me fui por Saelices. A la vuelta, como iban medio dormidos, me salí por Villarrubio. Cuando quisieron protestar, ya era tarde.

Yendo por la antigua nacional, ya dentro de Villarrubio, vi el siguiente cartel:

Clavé el coche. Di marcha atrás (hay poco tráfico por esa carretera). Era cierto lo que acababa de ver. “Ruta Nino Bravo”. Vaya. En Villarrubio tuvo Nino Bravo el accidente. Igual habían creado una ruta en su memoria y aquí estaba una estación. La última. Tendré que averiguarlo, pensé.


Poco después, frente a la harinera, junto al desvío, vi otro cartel. La ruta estaba en el pueblo. Han hecho un paseo de gravilla blanca cercado por unas barandillas de madera y con carteles cada cincuenta metros. Aparqué el coche. Ana y mi hijo se quedaron (principios de agosto a las seis de la tarde. Más cerca de los cuarenta que de los treinta grados). Mi hija y yo salimos a rendir tributo.


En los carteles está la biografía de Nino con muchas fotos y, luego, letras de canciones (yo habría puesto algunas otras). Tal y como íbamos andando, mi hija dijo:

 

-Esto hay que hacerlo con música.

 

Y puso en el móvil “Un beso y una flor”.

 

Pocas canciones hay tan buenas como “Un beso y una flor”.

 

Poquísimas letras se han escrito mejores que la de “Un beso y una flor”.

 

Esta ruta hay que hacerla con música y cantando. Allí, los dos, donde ni las chicharras se atrevían a estar, de día viviré, pensando en tus sonrisas.

 

El final de la ruta está al otro lado de la carretera. Hay más carteles y una cruz donde fue el accidente.

Al llegar allí, le dije a mi hija -pon “Te acuerdas, María”.

La única canción posible.


En aquel lugar.


En aquel momento.

sábado, 20 de agosto de 2022

Pepe

¿He dicho alguna vez que lo mejor de cualquier vivencia es la gente (buena) que te permite conocer? Con la mejor carrera del mundo no iba a ser distinto. Esta carrera me ha dado algún disgusto, preocupaciones, quebraderos de cabeza, bastante trabajo y grandes (enormes) satisfacciones pero, sobre todo, me ha permitido conocer, convivir y compartir trabajo y emociones con gente fenomenal, gente como Pepe.

Para que una carrera como la nuestra (la mejor del mundo) siga reuniendo a quinientos adultos y doscientos niños y que la gran mayoría se vayan contentos y quieran volver, no hay más secreto que un equipo motor entusiasta de cuatro (cinco) personas basado en la confianza, perfectamente engranado y en donde todos tenemos claro nuestro cometido, y un montón de gente colaborando (y algunas otras cosas, pero no me voy a extender). Y esa colaboración nace de la naturaleza de cada uno. No podemos dar nada a cambio salvo las gracias (y alguna botella de agua). Y no tenemos gracias suficientes para la gente que dedica parte de su tiempo y su esfuerzo para ayudar a que todo salga.

Pepe siempre sintió esta carrera como algo suyo. Bastante mayor que nosotros, él estaba para lo que hiciera falta. Cargar, colgar, mover, llevar, arrastrar. El primero. Sin esconderse. Y luego, correr la carrera. Porque para él correr esta carrera era uno de sus objetivos del año. Era mayor, sí. Pero el reto de terminarla le guiaba. Y no hacerla…inconcebible.

Pepe vivía en Valencia. O, mejor dicho, pasaba allí la mayor parte del año. Y éramos casi vecinos. Y si en la aldea nos veíamos, en la terreta nos seguíamos viendo. Por el río, por la calle…Y lo que empezó siendo cortesía y educación pasó rápido a ser afecto.

Dejamos de coincidir. No nos veíamos tan a menudo. Y llegó la noticia: cáncer. Y lo que es peor: avanzado. Cumples años y esta noticia no es nueva. Pero siempre es un golpe en el estómago. En el mentón. No te acostumbras nunca. Las minas explotan cerca. No dejan de explotar. Y cada vez son más.

Estaba en la esquina de Carolina Álvarez con Trafalgar esperando a que mi hijo saliese de entrenar. Alguien me tocó en el hombro. Me giré. Con una gorra. Demacrado. Sin pelo. Encogido. No lo reconocí. Pero era Pepe. No quiero pensar cuál fue mi primer gesto. El que él vio. Mi impresión fue enorme. Me recompuse. Me abracé a él. Empezamos a hablar. Hablamos mucho rato. Mucho. Lo que nos dijimos. Cómo nos lo dijimos, Cómo me habló él de su enfermedad. Cómo la afrontaba. Los pasos siguientes que tenía que dar. Vinieron a buscarle. Nos abrazamos. Se fue.

Esa conversación nos marcó a los dos. Siempre nos la recordábamos, lo que nos había supuesto. El afecto pasó a ser algo mucho más profundo. Volvimos a vernos con más frecuencia. El tratamiento comenzó a hacer efecto. Recuperó peso. Color. Ánimo. Vino al duatlón. Corrió la carrera. El otro día hablaba de lo que es ganar. Cuando Pepe cruzó la meta y alzó los brazos…no creo que hubiera nadie más feliz que él. Y pocas recompensas hay al esfuerzo de preparar esta carrera como ver su cara en aquel momento.

Un día me dijo que tenía un regalo para mí. Sacó una bolsa. Era una camiseta del equipo de atletismo “Valencia Terra i Mar”. De tirantes. Talla 2XL. Se la había dado su yerno. Me la puse. Parecía Milburn, Shorter, Prefontaine o Wottle en Munich 72. Me sobraba por todas partes. Agradecí el regalo. Yo soy muy mío con las camisetas. No me pongo cualquiera. Me las tengo que haber ganado. Aquella la guardé en un cajón en la aldea. Y allí se quedó.

Marzo de 2020. Nos encerraron en casa. Llegó el verano. Pregunté por él. Me dijeron que volvía a estar delicado. Nos cruzamos por la calle un día. Delgado. Apagado. Cansado. Sin brillo. Vi el desánimo en su cara. No quiso hablar apenas conmigo. Se fue rápido. Y traté de negarme lo que acababa de ver.

Noviembre de 2020. Me entró un mensaje de Nacho. Decía lo que no querría haber leído. Estábamos entonces incomunicados. No podíamos viajar de una provincia a otra. En el tanatorio aquella tarde estábamos los valencianos de la aldea. Y una corona de flores donde se leía “Tus amigos de Villaescusa” que lo decía todo. Yo miraba a la sala y miraba aquel texto y sólo podía pensar –Pepe, tal vez no lo parezca, pero aquí estamos todos. Pero todos. No podía ser menos por ti.

Este año se ha vuelto a celebrar la mejor carrera del mundo como la hicimos hasta 2019. En 2020 nos juntamos unos cuantos el día trece de agosto a las nueve de la tarde. Nos hicimos algunas fotos, que se publicaron, y nos dimos las dos vueltas al circuito. En 2021 fue algo más íntimo: Fernando y yo. Foto (que guardamos cada uno pero que no se publicó. Somos de naturaleza discreta ambos) y las dos vueltas. En 2022 hemos vuelto a salir después de contar diez a la inversa mientras sonaba “Thunderstruck”.

Y tanto en 2021 como en 2022, he corrido con una camiseta de tirantes del “Valencia Terra i Mar” de la talla 2XL.

Porque, mientras yo pueda, Pepe no va a dejar de correr esta carrera.

lunes, 15 de agosto de 2022

Mi padre y el Chato

Setenta y tantos años tendría entonces mi padre. Iba callejeando por la capital del Secarral. A lo lejos vio venir al Chato. Ni se inmutó. Tenía el hábito bien entrenado. No viene nadie. Ignorar. Obviar. Un objeto sin interés. Una piedra. Una planta. Nada que llame su atención. Indiferencia.

Pero esta vez fue distinto. Al pasar por su lado, mi padre…

-Chato.

-Sí.

-¿Tú sabes por qué tú y yo no nos hablamos?

-La verdad es que no.

-Yo sí que me acuerdo. Éramos unos críos. Estábamos jugando en el parque. Nos peleamos. -¡A mí no me vuelvas a hablar en lo que te queda de vida!

-¡No jodas!

-Han pasado más de sesenta años de aquello.

-Hemos sido un poco tontos, ¿no?

-¿Un poco?

Se dieron un abrazo. A día de hoy, se siguen hablando.

miércoles, 10 de agosto de 2022

Ganar

Ganar es mejorar, crecer, superarse, conseguir el objetivo, sentirse satisfecho, recompensado, persistir, levantarse…

¡Y TAMBIÉN ES QUEDAR EL PRIMERO! ¡OLE, OLE, OLE! ¡TOMA, TOMA, TOMA!

viernes, 5 de agosto de 2022

Mi padre y el tiempo

Uno de los entretenimientos de mi padre es atender las llamadas que los comerciales hacen regularmente a su casa. Primero los escucha y, después, los corrige, los orienta, los educa, los aconseja. Nunca les compra nada, pero él se siente a gusto así, transmitiendo su experiencia y sintiendo que es útil.

Llamó una vez uno de los de carácter agresivo. Mi padre trató de apaciguarlo. Aquel no se sometía. Es más, terminó faltando el respeto. Era inconcebible para él que mi padre no atendiese a su oferta, que prefiriese seguir perdiendo dinero.

-Mira. Sé que pierdo dinero en cada momento. Pierdo dinero con la electricidad. Pierdo dinero con el teléfono. Pierdo dinero cuando compro carne. Cuando compro verdura. Sé que siempre podría comprar más barato. Pero eso me supondría tiempo. Y créeme, pago a gusto ese dinero por poder disponer de tiempo. Lo pago muy a gusto. Y no te creas que con ese tiempo hago grandes cosas. Qué va. Ese tiempo lo dedico a no hacer nada. Porque lo que más me gusta es no hacer nada.

El comercial colgó. No estaba preparado para la lección. Aún no lo está.

domingo, 31 de julio de 2022

The cansin one

Iba corriendo por el río. Iba solo. A la altura del puente de Serranos veo que baja uno con una camiseta que me resulta familiar: una roja que dieron en una de las subidas al castillo en la capital del Secarral. ¿Esta camiseta corriendo por Valencia? No lo dudé. A por él. Creo que le pedí perdón antes pero, inmediatamente, pregunté. Era de El Provencio. Vivía en Valencia. Corría algunas de las carreras del Circuito de la Diputación. Charlamos un rato y, una vez satisfecha mi curiosidad, le di las gracias y seguimos cada uno nuestro camino.

Iba corriendo por la Marina Sur. Iba solo. Paro en una de las fuentes a beber. Veo que se acerca un grupo de cuatro chavales que tendrían sobre veinte años y que no podían negar que eran guiris. Uno de ellos llevaba una camiseta en la que se veía la portada del “What’s going on?” de Marvin Gaye. No me retengo. A por él. En inglés creo que le pedí perdón. Luego le dije que ese disco era muy bueno. Se miró la camiseta. Tenía toda la pinta de que no sabía lo que llevaba, que se la había comprado porque parecía un negro simpático. Me dio igual. Le hablé del disco y de Marvin Gaye. Tres de los chavales se fueron. Éste aguantó por compromiso. Le dije que, con su camiseta, me había hecho feliz. Le di las gracias y me despedí. Él puso cara de ver el cielo abierto.

Puedo ser un señor mayor cansino en varios idiomas.

miércoles, 27 de julio de 2022

¿Y si...?

Llevábamos tres reuniones de una hora buscando la forma de resolver un problema que no existía y que, si apareciese, tenía fácil (y barata) solución. Al tercer día ya me cansé y les pregunté que por qué no dedicábamos nuestro tiempo y nuestra energía a otros problemas, que, con números delante, demostré que debían ser atacados. La respuesta fue antológica.

-Ya, pero ¿y si…?

No discutí. Si todo vale en nombre del arte y de la solidaridad, nada se puede hacer tampoco frente al -¿y si…?

lunes, 4 de julio de 2022

Tú vales, chaval. Castellón

Domingo, siete de la tarde. Cuatro por cien estilos, categoría junior. Campeonato autonómico. Castellón. Héctor en la espalda. Mi hijo en la braza. Álvaro en la mariposa. Luis en el crol. No es una prueba más. Es la última prueba. Nueve años en el club. No está siendo el mejor final, la mejor despedida. Pero ahí están los cuatro amigos (seis, con el otro Héctor y con Ignacio, que también son) con una amistad que nació en el agua, que ha crecido dentro y fuera y que durará siempre por poco que se empeñen. Y ahí están estos nueve años, con tantas horas, tantos viajes, tantas competiciones, tantos momentos que no hay nada malo que pueda empañarlos. Y es la última prueba. Se cierra una puerta, sí. Y la que se abre es infinita. Tienen que pasar muchas cosas. Van a pasar muchas cosas. Pero estos cuatro amigos nadando este relevo en una competición de este nivel seguramente no volverá a ocurrir. Y mi hijo compitiendo con este gorro, tampoco. Y en este relevo están estos nueve años, todo lo bueno que hemos vivido, la felices que hemos sido, lo que nos hemos emocionado. Ese relevo no es crono, no es el puesto. No tiene nada que ver con esto. Este relevo, estas cuatro postas, son emoción. Emoción pura. Y ese abrazo vuestro al final vale por todos los podios del mundo. Porque vosotros, chavales, no sois los mejores pero sí los más grandes. Porque vosotros, chavales, sois extraordinarios.

miércoles, 29 de junio de 2022

Ella

Los chavales ahora se pasan la vida graduándose. Una costumbre adquirida que se ha agarrado bien. Una graduación, como espectador hablo (y este año hemos tenido dos), es un acto donde sólo hay dos sentimientos posibles: la emoción y la vergüenza ajena. No caben más. Cuando son pequeños, más de lo primero que de lo segundo. Cuando se hacen mayores, debiera estar permitido el alcohol u otras sustancias para poder soportarlo. O un subfusil.

Y ya que se gradúan, tendrán que celebrarlo. Y se van de fiesta. Aquí no hay baile. Sí hay discotecas. Y macrofiestas. Mi hija estuvo en una de ésas. No le gustó. Multitud de adolescentes de quince y dieciséis años borrachos hacinados en un local (donde el alcohol no está permitido. El viaje en autobús ya fue un espectáculo) a cuarenta grados no fue de su agrado. Me alegro. Se sentó fuera con sus amigos y ahí estuvo charlando. Hasta que empezó a sonar “Gimme! Gimme! Gimme!”. Entonces entró y bailó. No sólo eso. Me escribió un mensaje que decía –papá, está sonando Abba. Los lazos paterno filiales son normalmente solidos. Si encima están sellados por Abba, indisolubles.

Al día siguiente nos estuvo contando a Ana y a mí la noche anterior. De repente se va y vuelve con una petaca. -¿Y eso? –No la quiero. La compramos para pasar alcohol a la discoteca, pero ya no la necesito. Igual a vosotros os viene bien. Queda ginebra y no la voy a tirar. Seguro que os la bebéis.

Ana y yo con la boca abierta. Por una parte, tratando de reaccionar para reprenderla por haber cometido un acto legal y moralmente reprobable. Por otro, estupefactos ante la naturalidad y la confianza de nuestra hija con nosotros. Aún seguimos con la boca abierta. Aún no hemos reaccionado. 

Aquella tarde se sentó y se puso a dibujar. Adjunto uno de los dibujos que hizo.


¿Alguna vez he contado todo lo que mi hija me fascina?

viernes, 24 de junio de 2022

Y dirás la verdad

Me estoy leyendo "El huerto de Emerson”, de Luis Landero. Al principio de este libro Landero avisa de sus intenciones: tiene necesidad de escribir pero nada que contar. Y cuando uno está en esta situación sólo puede acudir a la memoria, a lo vivido (No escribas lo que sientes, escribe lo que recuerdas y dirás la verdad). A partir de aquí llena páginas de retazos, de imágenes, de pensamientos en los que siempre parte de recuerdos. Y como talento (y sobre todo, oficio) tiene, pues, sin tener nada que contar, no deja de decirnos cosas.

Otro valor que le encuentro a este libro es lo cercano que muchos capítulos me resultan. No voy a decir que Landero y yo hayamos vivido en algún momento vidas paralelas, pero sí que tiene el don de que estés siempre, tal y como lees, pensando –yo también. Yo no, ¿Seré yo así? ¿Habría hecho lo mismo? ¿Cómo lo habría escrito en mi huerto de Emerson? No es un libro que leas como algo ajeno, sino que, al menos a mí, no sé a los demás, te hace pensar, recordar, plantearte algunas cosas. Él juega con las palabras y sus recuerdos y parece que lo haga con un capote o con una muleta y me lleva y me trae por los terrenos en los que él se está entreteniendo.

Un ejemplo. Hay un capítulo titulado “Iluminaciones” en el que trata sobre su infancia (el único Paraíso Terrenal que hemos llegado a conocer) y recuerda frases que escuchó en determinadas circunstancias y que pensó en su momento que le acercaban al mundo de los adultos y que, si las repetía, le harían ser respetado. Frases que no han soportado el paso del tiempo pero que jamás le han abandonado. Cuando, en una tertulia familiar, un tío suyo, que hablaba poco pero con gran solemnidad, dijo –El problema de las grandes ciudades es que los taxis libres van más despacio que los ocupados, y eso entorpece el tráfico. O cuando, en una tienda de ultramarinos, escuchó al tendero decir –aquí no trabajamos el mejillón pequeño.

Y lees este capítulo y piensas cómo lo habrías escrito y empiezas a buscar en tu infancia las frases que quedan de entonces y recuerdas a un profesor en el primer día de clase diciendo –me llamo Enrique y tengo dos apellidos alemanes: López Fernández. O aquel otro profesor que abría los brazos suspirando –donde no hay mata, no hay patata. O aquella escena de Barrio Sésamo donde, basándose en el “Let it be”, cantaban la canción titulada “Letra b” con un estribillo fabuloso –bababebibebaba, letra b. O aquella vecina que, al entrar en casa a recoger algo, dijo –por favor, no se levanten.  O que los tres lagos más importantes de Suecia son el Vänern, el Vättern y el Mälaren. Frases que siempre me han acompañado y que se cuelan cada vez que tienen oportunidad y que procuro ocultar entre sonrisas porque son parte de mi paraíso, de cuando vivía en un domingo prodigioso y no tienen sentido ahora que somos ciudadanos de lunes, feos y tristes.

miércoles, 8 de junio de 2022

La soledad

Mi empresa, en su afán por “promover hábitos saludables” (qué grima da esta frase, aunque más grima da que digan healthy. También tenemos de esos), nos trae fruta todos los días para ser consumida por los trabajadores. Esta mañana me he cruzado con la frutera.

-Hoy os traigo unas peras buenísimas. Y mañana os voy a traer unas paraguayas fabulosas.

- ¿Para qué?

- ¿Para qué va a ser? Pues para que os las comáis.

Otra que no se sabe el mejor chiste de la historia.

sábado, 28 de mayo de 2022

El azúcar del Turia, la sequedad del Tormes

Salvo una vez, que lo hice en Madrid, siempre he donado sangre en Valencia. Y aquí son muy zalameros. Utilizan eslóganes motivadores como “Colabora con la fábrica de la vida”, te tratan como un héroe, te dicen siempre cuántas vidas has salvado y, aunque luego vienen con el chantaje emocional, siempre terminan como López Vázquez en “Atraco a las tres”. Al principio me chirriaba. Menos pasarme la mano por el hombro y más desgravaciones fiscales. Pero como no era posible (por lo visto), pues se me fue pasando y me acostumbré a los mimos y a las caricias saliendo siempre de donar con la autoestima y la falsa modestia por las nubes.

Ya que durante buena parte del pasado mes de septiembre viví en un hospital en Salamanca, aproveché una mañana para donar dentro del hospital. Había oído hablar de la sequedad y la parquedad de los castellanos viejos pero nunca se sabe hasta qué punto los mitos son mitos.

- ¿Es la primera vez que dona?

-No.

Me piden el DNI.

-No figura usted en la base de datos.

-Nunca he donado aquí.

Me toman los datos, dirección incluida.

- ¿Quiere que le enviemos información que facilite sus futuras donaciones?

-No.

- ¿Por qué?

Este “¿por qué?” escrito no hace justicia a la energía y rotundidad con que fue expresado y a cómo retumbo en la sala.

-A ver. Si me la quieren mandar, envíenmela. Ha visto que no vivo aquí. Vivo un poco lejos. Y no tengo intención de cruzarme España de punta a punta para donar ya que tengo alternativas más cercanas. Pero, si se queda más tranquilo, me la mandan y punto.

A regañadientes puso -no.

Médico. Me pregunta si alguna vez he sido rechazado como donante. Sí. ¿Motivo? Bradicardia. Se me queda mirando con cara de - ¿desde cuándo eso ha sido motivo para no donar? Me sentí un blandengue. Con gesto condescendiente me mandó para la sala. Me cogieron enseguida. Me pusieron la aguja. Abrí y cerré la mano. Me quitaron la aguja. Me pusieron el algodón y el esparadrapo, me doblaron el brazo y me mandaron a la sala de al lado a sentarme y a beber líquido.

-Perdone que les diga cómo tienen que hacer su trabajo, pero esto no es así. En Valencia, una vez te retiran la aguja, nos dejan cinco minutos tumbados antes de dejarnos levantarnos para evitar mareos y desmayos.

-Eso es una tontería. Levántese y váyase ahora mismo a la otra sala.

Obedecí. No me maree. No me desmayé. Pasé miedo en el trayecto.

En Valencia, a la semana de donar, más o menos, te mandan, antes una carta, ahora un correo electrónico, donde te comunican los resultados de tu donación, diciéndote, si es el caso, que has sido negativo en hepatitis, VIH y algunas cosas más, que tu sangre es apta y donde, por supuesto, te halagan al borde de la deificación. En Salamanca recibí un SMS que ponía textualmente -Los resultados de las pruebas analíticas de su donación de sangre con fecha tal han sido normales.

Y luego añadían.

-Muchas gracias.

De nada, hombre. De nada.

viernes, 20 de mayo de 2022

Se va pensando -qué vida

A las cinco de la mañana ha sonado el despertador. A las cinco y media salgo de casa. Abro la puerta y me encuentro a mi hijo tratando de meter la llave en la cerradura. Viene de celebrar el final de curso.

-Pues sí que es verdad que madrugas.

-Anda y vete a la cama.

Mientras bajo en el ascensor pienso que menos mal que jamás me encontré con mi padre en una situación similar. Y, por supuesto, recordé “Arroz blanco”. -Luego con paso cansino y la cabeza agachada se va pensando -qué vida. Yo a currar y éste, de farra.

viernes, 13 de mayo de 2022

Motivos para sentirse orgulloso

Hay canciones que me poseen. Llegan, se cuelan y ya no puedo salir de ellas. Y las escucho de manera obsesiva. Sin parar. Diez, quince, veinte veces. Un día, otro, otro, otro. ¿Ejemplos? Ahora me vienen a la memoria “Murmullo” de Buena Vista Social Club, “Se todos fossem iguais a voce” de Toquinho, Vinicius y María Creuza, “Any day now” de Elvis Presley, “Wanting you” de April Stevens, “Ángel guardia” de El Niño Gusano o “Goodbye Joe” de Laura Nyro. Canciones que se convierten en hitos, en imprescindibles en mi vida.

No puedo competir con TikTok. Yo le sugiero canciones a mi hija y ni me escucha. Mira que veo que tiene un criterio que yo podría enriquecer, pero no me tiene en cuenta. Sólo hace caso a sus amigos. Y a TikTok. Me tiene apartado. Y cuando, a través de TikTok, llega a alguna joya del siglo XX (donde están la mayoría de las joyas) me lo comenta. Entonces me crezco, le hablo de esa canción, del autor, de otras canciones del mismo y en ese momento descubro que hace ya mucho rato que dejó de escucharme. Sigue su camino y lo tiene claro. Llegará, pero no quiere coger mi atajo.

Pero que no me escuche no quiere decir que ella no sepa cuáles son mis debilidades, lo que me gusta, lo que me emociona. -Papá, tienes que escuchar esta canción. -¿TikTok? -Sí. Es trend en TikTok (lo cual debe de ser la leche). –Venga.

Lana del Rey.


No salgo de aquí.

No puedo salir.

Mi hija me descubre canciones que me poseen, que me desarbolan, que me absorben, que me obsesionan.

Mi hija me trae hitos, canciones imprescindibles.

No quiere coger mi atajo.

Cogeré yo el suyo.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Aquí el fenómeno negando el Empirismo

 


Algún día disertaré sobre artistas, poetas y filósofos urbanos, sobre las normas a las que les sometería, sobre lo que les exigiría, sobre los riesgos que asumirían al perpetrar, sobre las penalizaciones que les aplicaría. Algún día lo haré.

miércoles, 27 de abril de 2022

Tú vales, chaval. Castellón

Éste es el noveno año que mi hijo compite en natación y siempre con el mismo club. Son pocos, en general, los que nadan en Valencia. La natación es un deporte minoritario y, siendo así, sería de entender que todos estuvieran unidos defendiendo y sintiendo su deporte. Pues no. Como en cualquier colectivo en España, en la natación también caben ególatras acomplejados y demás miserias que hace que se cumpla aquello de –para qué vamos a vivir bien pudiendo vivir mal. El verano pasado hubo una desbandada de nadadores en el club, en parte porque se enseñó la puerta de salida a dos entrenadores. Mi hijo decidió quedarse, principalmente porque no hubo una alternativa mejor. Quería seguir nadando, la piscina está cerca de casa y sus amigos también se quedaron. ¿Con la misma motivación de siempre? No exactamente.

Mi hijo tenía mucha confianza con uno de los entrenadores que fue ido. Tiene ya dieciocho años. Su prioridad ahora mismo es académica. Tiene un objetivo exigente y está yendo a por él. Nadar está como complemento físico y mental, aparte de sus amigos y el grupo que tiene en el agua. No le gustan muchas cosas que ve dentro. No le gusta la línea que se está siguiendo pero él se centra en lo suyo y tres o cuatro días a la semana de entrenamiento siempre sacaba. Y con esos metros las marcas le iban saliendo. En su línea, pero manteniendo o mejorando.

Llegó el autonómico de invierno. Sin haber hecho un metro de preparación en piscina de cincuenta metros, donde se hizo el campeonato, se tiró en sus pruebas y en cuatro de los relevos y rayó a un nivel muy digno. Estuvo como en Elche en al autonómico de verano. Los entrenadores, los mismos que en la charla de motivación dijeron que los nadadores allí presentes eran la esencia, del club, representaban los valores del mismo, llevaban su adn (odio esta expresión), le empezaron a marear sobre lo que podría hacer si doblase, si gimnasio, si tal y si cual. Y, por supuesto, que confiaban en él para la Copa Autonómica que se iba a celebrar en Castellón, competición que se disputa por equipos, donde iba a ser uno de los puntales del mismo y donde iba a nadar todos los relevos.

Diez días después se entera de que el club está en tratos con varios nadadores, llamémosle mercenarios, para que compitan en la Copa. Mi hijo le pregunta a su entrenador que qué hay de cierto y en qué medida le va a afectar a él. Le responde, repito, diez días después de adn, esencia y valores, que no está claro que vaya a nadar ninguna prueba y que se olvide de los relevos.

La respuesta de mi hijo fue clara: de aquí a final de temporada voy a entrenar cuando pueda y eso, como mucho, será uno o dos días por semana. La natación pasa a un segundo, tercer, cuarto plano. No pienso nadar ni una prueba individual más. Sólo voy a preparar los relevos junior en el autonómico de verano y por no dejar tirado a mis amigos (son cuatro). Si me queréis llevar a la Copa, me lleváis. Y si no, pues no me llevéis.

Cuando me lo contó traté de hacer de adulto y pensé que tenía que aportar mesura y equilibrio. Ayudar, tranquilizar, explicar otros puntos de vista. Pero no lo hice. Todo lo contrario. Fue mi hijo el que me tuvo que sujetar porque yo ya me iba directo al club con un subfusil y doscientos litros de gasolina a perpetrar una masacre. Cuando te engañan a ti te molesta. Cuando se están riendo de tu hijo, es algo infinitamente peor.

Lo llevaron. Tres pruebas. Ni un relevo. Debió de ser una decisión dolorosa para el responsable del equipo porque no le dirigió la palabra en toda la competición. Aunque seguro que disfrutó al dejar fuera a nadadores de manera arbitraria. Una decisión inteligente para alguien que cobra un sueldo que, proviene, en buena parte, de las cuotas que pagan los socios de un club. Un nadador indignado por una injusticia es un padre rabioso con un pie fuera. Así allí, con el grupo, donde se animaban y cantaban a unos nadadores, donde, como he dicho, se ninguneaba a otros, donde el relevo lo nadaron los ucranianos, el italiano, el vasco y el argentino mientras los valores, la esencia y el adn con suerte nadaron alguna prueba, él nadó tres. Estuvo en su marca en cuatrocientos estilos. Mejoró tres segundos en el cien braza. Mejoró cuatro segundos en el doscientos estilos. Porque da igual que no te hablen. Porque da igual que ni te lo agradezcan. Porque es lo mismo que este equipo ya no sea tu equipo. A ti a casta y a orgullo a ti no te gana nadie. A ti a carácter y a coraje no te gana nadie. Porque tú sí que tienes valores. Y yo nunca dejaré de admirarte. Porque tú, hijo mío, eres extraordinario.

martes, 19 de abril de 2022

Motivos para sentirse orgulloso

La secuencia es sencilla. Mi hija va andando. Ve algo que le llama la atención. Le hace una foto. Le añade un texto y me lo envía.


Muy orgulloso.