jueves, 25 de julio de 2024

Un tres de septiembre

Fue un tres de septiembre.
Siempre recordaré ese día. Sí que lo haré.
Porque ése fue el día en que murió papá.
Nunca tuve la oportunidad de verlo.
Nunca escuché nada más que cosas malas sobre él.
Mamá, dependo de ti para conocer la verdad.
Mamá bajó la cabeza y dijo, hijo.
Papá fue un bala perdida.
Donde quiera que pusiera su sombrero ahí estaba su hogar.
Y cuando murió, todo lo que nos dejó fue abandono.

En 1972 The Temptations grabaron “Papa was a rolling stone”. Hubo una versión previa, que pasó sin pena ni gloria. Norman Whitfield, uno de sus coautores, produjo esta versión.

¡Mamá! ¿Es cierto lo que dicen de que papá no trabajó ni un día en su vida?
Las malas lenguas murmuran por la ciudad que
papá tenía otros tres hijos.
Y otra esposa. Y eso no está bien.
Escuché algunas conversaciones. Papá predicaba en la tienda.
Hablaba de salvar almas y todo el tiempo estafaba y sangraba.
Traficaba con basura y robaba en el nombre del Señor.
Mamá bajó la cabeza y dijo, hijo.
Papá fue un bala perdida.
Donde quiera que pusiera su sombrero ahí estaba su hogar.
Y cuando murió, todo lo que nos dejó fue abandono.

La canción fue un éxito. El mayor que tuvieron los Temptations (y también el último). Un himno para la Motown. Soul (psicodélico) de denuncia de los males de la comunidad. Era la época. Una introducción musical larguísima, con su bajo, sus instrumentos de cuerda, su trompeta, la guitarra, las palmas. Un éxito para The Temptations, aunque ellos protestaron. Tanta parte musical les restaba protagonismo. Ay, el ego de los artistas.

¡Mamá! Escuché que papá se consideraba a sí mismo un experto en todos los oficios.
Dime, ¿fue esto lo que envió a papá a la tumba tan pronto?
La gente dice que papá hubiera suplicado, pedido prestado, robado
para pagar sus deudas.
¡Mamá! La gente dice que papá nunca pensó mucho.
Que pasó la mayor parte de su tiempo persiguiendo mujeres y bebiendo.
Mamá, dependo de ti para conocer la verdad.
Mamá miró hacia arriba con lágrimas en los ojos y dijo, hijo.
Papá fue un bala perdida.
Donde quiera que pusiera su sombrero ahí estaba su hogar.
Y cuando murió, todo lo que nos dejó fue abandono.

“Papa was a Rolling stone”, para mí, no es una canción. No sé cómo calificarla. Es una historia, un musical, una representación, un drama. Esa introducción, que te va preparando, que te abre porque sabes que algo va a ocurrir, algo que no es bueno, algo que te va a sobrecoger. Y en ese entorno de tinieblas se ilumina el escenario y, allí, la madre y al hijo. Y cuando el hijo dice - It was the third of september- ya sabes que la tragedia está desencadenada. Y ese hijo queriendo saber, con ansia, preguntando si todo eso que le han contado sobre su padre es cierto, que no puede ser verdad. Y esa mujer, derrotada, cansada, abatida, que sólo murmura una letanía. Y esa música, esa instrumentación, que son nubarrones negros, llenos de carga eléctrica. Y llegará el final de la canción y la luz en la escena se irá apagando. Y el hijo, sin saber, sabrá. Y eso le acompañará siempre. Y la madre seguirá muerta en vida. Más muerta si cabe. Su hijo ya conoce la verdad. It was the third of september.


P.D. Qué buenos son los vídeos de "Soul train". Qué buenos son.

jueves, 18 de julio de 2024

Lo hicimos. Lo hicieron

Se me hace raro que España haya ganado el Europeo de fútbol y no haber escrito nada.

Con lo que vivimos aquí y por aquí en el pasado con los otros dos Europeos y el Mundial. Con la Selección. Y con los triunfos (y los dramas) del Atlético de Madrid.

Siento que cada vez estoy más lejos del fútbol.

No es del todo cierto. Me emociono hablando del Brasil del 82. O puedo recitar la alineación del equipo que ganó la Copa en el 91 y el 92, o la del equipo que hizo el doblete en la temporada 95-96. Y el gol de Maceda a Alemania en el 84 me sigue poniendo la carne de gallina. Y me siguen creando desazón los partidos de cuartos contra Bélgica, Italia, Inglaterra.

Pero sí que me voy alejando de la actualidad. Y mi pérdida de interés tiene algo de orgulloso. El fútbol ha devorado al resto de deportes y yo soy del resto de deportes, empezando por el atletismo y siguiendo por, bueno, ciclismo, tenis, natación, baloncesto, balonmano… Todos son bonitos. Bonitos en sí mismos. El fútbol, si le quitas la pasión, se queda muy cojo. Y, aparte del orgullo, con el Atleti tengo la sensación de que todos los partidos ya los he visto y de que soy incapaz de distinguir una temporada de otra. Y muy motivado no estoy. Y con la Selección, después de haber vivido lo que vivimos en 2008, 2010 y 2012, es como si hubiera quemado toda mi devoción y pasado a ser un espectador que mira de reojo.

Antes, que esperaba las convocatorias del Seleccionador con ansia, con nervios. Y opinaba. Y me enfadaba. Y protestaba.

Ahora, que la leo y veo que no conozco ni a la mitad y no sé ni dónde juega la mayoría.

Hemos ganado el Europeo, sí. Pero no me siento con el derecho de celebrarlo con la camiseta puesta yendo a la fuente (ahora es una rotonda desecada) de la plaza del Cedro con Maroto y con Sanfélix. De los siete partidos que hemos jugado, sólo he visto enteros dos. Y sí, veo al equipo y, de alguna manera, me identifico con ellos. Y el día de la final sufrí y disfruté como en los viejos tiempos.

Pero me subí al carro al final, cuando aquello empezaba a oler a victoria.

Así que, por si alguna vez generaciones futuras entran en este cuaderno buscando información, que sepan que España ganó el Europeo de fútbol de 2024. Y lo hizo mereciéndolo con un equipazo al que daba gusto ver jugar siendo un equipo.

Pero esta vez no siento que pueda utilizar la primera persona del plural a la hora de hablar de este título.

Porque no me lo gané.

jueves, 11 de julio de 2024

Instrumentos desafinados

Luis Landero ha vuelto a cruzarse en mi vida. “Caballeros de fortuna”. Su segunda novela. Landero me gusta. Mucho. Su forma de escribir. El lenguaje que utiliza. El sabor de cada una de sus frases. Sus personajes. Sus destellos mágicos.

Sus padres le habían contado algunas cosas maravillosas que ocurrían en el mundo. Le habían contado por ejemplo que las chicharras se alimentan de rocío y que, cuando se juntaban muchas, podía pasar que al amanecer ellas se hubieran comido ya todos los brillos y el sol no encontrase entonces un asidero donde agarrarse y prender su lumbre. En ese caso era preciso que todos los gallos uniesen sus fuerzas para orientar con sus cantos al sol y ayudarlo a salir. Pero, ¿Qué ocurriría si un día vencieran las chicharras y no saliese el sol? ¿Cómo sería vivir siempre de noche?

Hay escritores, la mayoría, que, cuando los lees, te iluminan el camino de la lectura pero te cierran el de la escritura. Disfruta leyendo pero no intentes hacer lo que yo hago, porque no eres capaz. Ni lo serás. Hay otros, pocos (sólo recuerdo a Cortázar y a Landero), que te estimulan a lo contrario. Escribe. Deja salir lo que tienes. No te importe si es bueno o malo. Eso es indiferente. Disfruta escribiendo. Luego, rómpelo si quieres. O no lo leas. Pero que nadie, que ningún miedo, que ningún complejo frene el placer de convertir en palabras lo que ahora mismo te recorre.

Y no sólo a escribir. Algunas veces te sugieren ideas un tanto peculiares. Y serán mejores o peores, pero, en su momento, te parecen ingeniosas y divertidas.

Un día se le ocurrió desde las brumas de su septiembre infuso que podía afinar las esquilas de las cabras para que hiciesen música, y se pasaba las tardes templándolas con una lima y concertándolas entre sí. Aquella campanillería sonaba desde luego a música del demonio, pero él no se cansaba de asegurar que, combinando los graves con los agudos al andar presto o largo de los animales, y dirigiendo luego sus movimientos con maestría de pastor de orquesta, había conseguido sacar algunos compases de zarzuelas famosas

Y me puse a pensar en la película “Babe, el cerdito valiente”. Y pensé en esos campeonatos de perros (cerdos) pastores. Y pensé en lo bonito que sería ver a todas las ovejas (cabras) entrando en el redil mientras con las esquilas tocan “La Zarzamora” o el “Coro de los esclavos judíos” de Nabucco.

Conforme iba avanzando en la novela, lleno de euforia y de estímulos, decidí que tendría que escribir sobre ella. Y entonces, crecido como estaba, pensé es describirla como una sinfonía interpretada por instrumentos desafinados (no como los cencerros, todos perfectamente afinados). Tuve un segundo de autocomplacencia hasta que caí en dos cosas. Primera, relacionado con las personas, ¿Quién está afinado y quién desafinado? Y segundo, ¿Cuántas grandes novelas escritas no son sinfonías cuyos personajes están fuera de tono? Más que una descripción parecería una categoría. Ana terminó de rematarme, cuando me dijo que ni siquiera era original. Y era cierto. Juan Antonio Vallejo-Nágera, que era psiquiatra, escribió “Concierto para instrumentos desafinados”.

Deambulando por Google buscando reafirmar la brillantez y la originalidad de mi idea sobre los instrumentos desafinados, me encontré con este vídeo (sin imágenes).




Haré un pequeño resumen del mismo. A finales de los sesenta, principios de los setenta, en el Reino Unido, dentro del mundo musical, hubo un personaje de nombre Gavin Bryars que se movía cómodamente en la fina línea que separa ser un transgresor de ser un sinvergüenza. Una de las ideas que tuvo fue la de crear una orquesta, a la que llamó Portsmouth Sinfonía, donde ninguno sabía tocar el instrumento que portaba. Empezó como una broma, y terminó convirtiéndose en un fenómeno de culto, llegando a tener hasta ochenta miembros. Lo que era un chiste, fue revestido de cierto contenido filosófico (celebración del amauterismo, burla del fracaso, aparición del prepunk). Grabaron discos (sólo una toma por grabación), hicieron giras y, un buen día, dejaron de actuar. Según las malas lenguas, porque ya habían aprendido a tocar. Supongo que sería porque, o bien ya no eran graciosos, o bien ya no se divertían. O por las dos cosas.

Vuelvo al libro. Y, aunque sea poco original, no renuncio al símil de los instrumentos desafinados (lo que Landero despierta, con Landero se queda). Tras conocer a los personajes, a los instrumentos, vemos como sus caminos comienzan a entrecruzarse y uno de los instrumentos, con el que simpatizo, tal vez el que mejor suena (tendría un pie fuera en la Portsmouth Sinfonía), siempre en la escala de los grises, empieza a tocar en la longitud de onda del resto de los colores. Y lo que hasta ese momento era una obertura deliciosa que había disfrutado como espectador, pasa en esos momentos de color a ser una sinfonía con un ritmo allegro giocoso ma non troppo vivace (toma ya). Y va subiendo el ritmo. Y los colores son más vivos. Y en el final del último movimiento, con cuerdas, vientos y percusiones allegro molto, el instrumento desafinado, en quien he invertido mi ilusión, mis sueños, mis deseos, observa como todos los colores se diluyen delante de él y su vida se funde en negro de manera irremisible.

Y los cencerros empiezan a sonar como una música del demonio.

Y lo que era una hermosa sinfonía se convierte a mis ojos y en mis oídos en “Así habló Zaratustra” tocada por la Portsmouth Sinfonía.

Y compruebo, una vez más, que mi simpatía por los personajes influye en mi opinión. En mi juicio. En mi crítica. Que mi oído musical está lleno de prejuicios.

Y esto no cambia mi devoción por Landero. Ni por asomo. Cómo narra. Cuánto hay en cada una de sus frases.

Sin embargo, en este caso, en “Caballeros de fortuna”, al llegar a la última página, no tengo la sensación de cerrar el libro porque se haya acabado sino porque, como la Portsmouth Sinfonía, ha dejado de ser divertido.

jueves, 4 de julio de 2024

Mis comidas preferidas, todas fallecidas

Hablando con una compañera de trabajo, cité un episodio de “Bob Esponja”. Me miró extrañada. -A mí es que “Bob Esponja” me pilló mayor- respondió. Y fue paradójico, puesto que tiene veinticinco (o treinta) años menos que yo. Ella es mayor para “Bob Esponja”. Yo, no.

En casa, las frases (y las canciones) de “Bob Esponja” son habituales (de hecho, estamos prácticamente de acuerdo con mi hermana MJ, quien afirma que -todo está en “Bob Esponja”). También son parte de la familia los personajes (y las citas. Y las canciones) de “Hora de aventuras” y de “Historias corrientes”. Llegaron a casa con nuestros hijos. Se supone que somos los padres los que educamos, los que orientamos, los que velamos. En estos tres casos, ellos abrieron la puerta y nosotros entramos y nos acomodamos estupefactos. ¿Quién enseña a quién? ¿Quién orienta a quién?

No sólo nos ha ocurrido con lo que antes se conocía como “dibujos animados” (nunca he escuchado a nuestros hijos utilizar esta expresión). También con algunas películas que llegaron de la misma manera. En mi caso, hay dos que son muy especiales, una con cada uno de ellos. Para mi hijo y para mí, “Cars” es nuestra película. Pocas veces agradecí tanto el carácter obsesivo de los niños y el que nunca se cansen como las setecientas mil veces que la vimos. Puedo repetir los diálogos de memoria. Y de verdad, no sé a quién de los dos le gusta más. Con mi hija, nuestra película es “Up” (la película más bonita del mundo). Una vez me dijo que, si alguna vez se casa, ella y yo bailaremos juntos esta canción en su boda. Les aseguro que ese día no habrá pañuelos suficientes.

Son buenos. Desde luego, mucho mejores que nosotros. Tienen que serlo. Sólo hay ver sus referentes, con lo que se han criado, de dónde parten, qué es para ellos lo natural. No hablo sólo de nuestros hijos. Hablo de su generación. Cuanto más los observo, más claro lo tengo. Y viendo a Rigby y a Mordecai, a Finn y a Jake y a Bob Esponja, a Patricio (sí, a Patricio también) y a Calamardo, entiendo porqué.

viernes, 28 de junio de 2024

Veintitrés minutos de odio no curan las heridas

En la aldea del Secarral organizamos un duatlón cross. La carrera pertenece al circuito de la diputación de Cuenca. Llevamos ya ocho ediciones. Son, más o menos, cinco kilómetros a pie, veinte en bicicleta y otros dos finales corriendo. Se puede hacer de manera individual o por equipos, corredor más ciclista.

Odio esta carrera.

Los cinco kilómetros primeros a pie son exigentes, por pistas y sendas, con zonas con el piso muy suelto e irregular, con bastante desnivel. La parte de bicicleta tiene de todo. El último tramo a pie es rápido, con sus cuestas, pero por pistas y asfalto, la mayoría dentro del pueblo.

Odio esta carrera.

Nunca la he hecho completa. No soy ciclista, así que siempre la disputé por equipos. He tenido tres parejas distintas de baile. Las dos primeras me dejaron porque perdieron la bicicleta y las ganas de encontrarla. Mi compañero actual siempre sabe dónde la deja y no creo que eso cambie.

La odio.

Y no es porque me toque trabajar. Eso no me importa. Es más, me gusta. No es por el segundo tramo de carrera, que podría parecer que va a costar después del esfuerzo anterior, pero que se hace muy cómodo, especialmente si uno se queda en tierra de nadie, ya que sólo se trata de mantener el puesto.

Odio el primer tramo. Corro mal. Quedo mal. No disfruto nada. Sufro como un perro. Siempre termino pidiendo perdón a mi compañero por lo mal que lo he hecho. En la última edición íbamos seis en cinco segundos cuando llegamos a un tramo de senda de más de un kilómetro. Me metieron un minuto en esa parte. No sé correr ahí. Todo es maldecir. Renegar. Padecer.

Y odiar.

Empecé a trotar un poco, después del primer tramo, diez minutos antes de cuando estaba previsto que llegara mi compañero con la bici. Y noté un dolor en el talón enorme. No podía correr. Pero, ¿cómo no iba a hacerlo? ¿Cómo iba a dejar tirado a mi compañero? Es más, hizo un carrerón. Y me entregó el testigo como segundo local. Y como los primeros iban terceros en la general, vi que teníamos la oportunidad de volver a ver el mundo desde el sitio más alto. Y sabía que Fernando venía detrás, y él me mete treinta segundos por kilómetro mínimo. Ni dolor en el talón ni carrera cómoda manteniendo la posición. No sé cómo corrí. Sí sé que lo hice con el corazón en la boca pasado de pulso y mirando hacia atrás en cada giro. Llegué. Podio. Primeros.

Y cojo. Se pasará rápido. No. No pasaba rápido. No iba a mejor. Y volvió el tremendismo. El apocalipsis que supone estar lesionado. No me voy a curar nunca. No voy a volver a correr. -Sería gracioso que te despidieses de las carreras arriba en el podio. Sería gracioso si me sintiera orgulloso de ello. Porque fuimos primeros a pesar de mí.

Y mi odio por esta carrera llegó al máximo. No sólo me hunde el orgullo y la autoestima. No sólo me hace padecer físicamente hasta el límite para tener un resultado mediocre. Además, me lesiona.

Cuatro semanas. Cuatro semanas de intentos y vuelta a los veinte metros. Cuatro semanas de reafirmar mi amistad con el fisio. Cuatro semanas de pinchazos, masajes, corrientes y calor (y canciones deleznables. Sólo canté la versión de Betty Missiego de “Sin ti”. El resto…prefiero la punción seca). Cuatro semanas de piscina y bicicleta estática. Cuatro semanas de estirar y estirar. Cuatro semanas hasta que me dijo: prueba a rodar el sábado y el domingo. Mínimo, cuarenta minutos. Procura correr sin apoyar el talón. Quiero verte el lunes, a ver qué tal.

Salí ese sábado por la mañana porque soy muy obediente. El día anterior, trabajando, di un paso en falso y vi la Vía Láctea. Y estuve toda la tarde cojo. No voy a correr en la vida. No voy a volver a correr. Jamás se me irá este dolor. Sin la menor ilusión, probé a trotar sin apoyar el talón.

Cincuenta minutos.

Fui a las esquelas y volví.

No iba cómodo, pero iba.

Por la tarde no podía moverme. No sólo me dolía el talón. También, de cambiar la pisada, el gemelo, el sóleo (porque tengo sóleo) y más cosas de las que ignoro el nombre. Dar dos pasos era un suplicio. Y no dejaba de sonreír. -Vale, no puedo andar. Pero puedo correr.

El domingo, lo mismo.

Y en mi cabeza armé mi plan de entrenamiento hasta final de año.

Veo luz.

El dolor va a menos y los minutos corridos, a más.

Aunque mi odio no ha menguado.

La luz no ciega mi odio.

Porque odio esta carrera.

sábado, 22 de junio de 2024

La dalia azul

A principios de 1945 los estudios cinematográficos de la Paramount tenían un serio problema: su estrella más importante, Alan Ladd, debía reincorporarse al ejército tres meses después y no había ni un metro grabado de película que el estudio pudiera comercializar mientras él estuviera ausente. Y teniendo en cuenta que el tiempo estimado para hacer una película de calidad o de clase A entonces era de año y medio (cinco meses para escribir el guion, tres meses para rehacer el guion más lo que llevase la selección del elenco, la elección del director que, por supuesto, cuestionaría el guion y el elenco, retrasando el inicio con sus imposiciones, el rodaje, el montaje y la escritura de la partitura musical), las posibilidades de solucionar el problema se veían nulas.

Raymond Chandler trabajaba entonces para el cine. Había colaborado en varios guiones (entre ellos el de “Perdición”, de Billy Wilder, obra maestra absoluta por los siglos de los siglos. Y perdón por el entusiasmo). Había vendido los derechos de dos de sus novelas (“Adiós, muñeca” y “El sueño eterno”), aunque no había participado en los guiones de las mismas (otro paréntesis para decir que en el guion de “El sueño eterno”, otra obra maestra absoluta por los siglos de los siglos, tanto la película como el libro (perdón de nuevo por el entusiasmo), participó William Faulkner). Gracias al cine Chandler vivía como nunca había vivido. Pero no estaba contento. No le gustaba el trato que recibía por parte de la industria cinematográfica, que él consideraba humillante. No dejaba de ser un empleado y sus escritos eran manipulados según el interés del productor, del director o de la propia película. Y su ego de autor, a pesar de los dólares en el banco y de su casa al sur de California, sufría.

John Houseman era entonces uno de los productores de la Paramount y también era un buen amigo de Chandler. Estando comiendo juntos, el escritor le contó que tenía una novela muy avanzada y que se había quedado estancado. Y que estaba pensando en convertirla en un guion y vendérselo al cine. Dos días después, la Paramount había comprado “La dalia azul” y había contratado a Raymond Chandler para desarrollar el guion de la película que protagonizaría Alan Ladd. John Houseman sería el productor de la misma.

Tres semanas después la mitad del guion ya estaba en manos del estudio. Y se fijó el comienzo del rodaje a la vuelta de otras tres semanas. Se contrató al director. Para el reparto, por contrato, se tenía que consultar a la estrella, a Alan Ladd y, dado que éste era muy bajito, sólo ponía como condición que los actores y actrices fueran, como mucho, tan altos como él. Como protagonista femenina se contrató a Veronica Lake, que daba la talla. Más problemas hubo con el papel de Helen. No tenían muchas opciones y la actriz elegida era más alta que Alan. Éste trató de vetarla. Trataron de convencerle con el argumento de que, en las escenas conjuntas, ella siempre saldría o sentada o tumbada. Y como además, Helen muere pronto, Ladd terminó aceptando.

El rodaje llevaba muy buen ritmo. Incluso adelantaba plazos. Sólo había un problema: el resto del guion no llegaba. No se terminaba. Chandler estaba bloqueado. El estudio le ofreció una prima para estimularlo, pero aquello agravó el problema: Chandler lo consideró una ofensa. Una degradación. Una deshonra. Habían atacado a su ética personal.

Estando John Houseman en su despacho, se presentó Raymond Chandler para decirle que se veía incapaz de terminar el guion. Aunque había una posibilidad, muy dolorosa para él. La había discutido mucho con su mujer, pero era la única salida que veía. Chandler le contó los problemas que había tenido en el pasado con el alcohol, y lo difícil que le fue dejarlo, no sólo por el sufrimiento físico sino porque el alcohol le daba energía y seguridad en sí mismo. Y le fue muy duro renunciar a aquello. Y ahora, para poder terminar, necesitaba de aquella energía y de aquella seguridad. Es decir, que terminaría el guion pero lo haría borracho. Sacó un papel y mostró su lista de exigencias: dos Cadillac con sus chóferes que estuvieran en la puerta de su casa para llevar y traer al médico que debería vigilarlo y ponerle inyecciones de glucosa para resistir; para llevar y traer las páginas del guion escritas al estudio; para llevar y traer a la doncella al mercado y para lo que hiciera falta. Además, necesitaba seis secretarias, en turnos de a dos, que estuvieran aptas permanentemente para cuando él empezara a dictar y que luego mecanografiasen los textos. También requería de una línea telefónica directa libre en todo momento para poder hablar con la productora durante el día y con la centralita del estudio por la noche. Y por supuesto, un vaso, bourbon y agua.

El estudio aceptó. No tenía otra opción, desde luego. Durante los últimos ocho días de rodaje, Chandler no probó alimento sólido. Estuvo, salvo cuando dormitaba (con su gato negro al lado), con un vaso en la mano, bebiendo lo justo para mantenerse en el estado de euforia que necesitaba. Sólo paraba de ocho a diez de la noche, cuando escuchaba un programa de radio de música clásica junto a su mujer. Ocho días dictando, releyendo y corrigiendo. Y el guion se terminó. El rodaje se pudo concluir seis días antes de lo previsto. Y Alan Ladd volvió el ejército con su trabajo terminado.

Y “La dalia azul” se estrenó. Las críticas no fueron muy buenas (un entretenimiento más, una película carente de importancia) pero el público no opinó lo mismo. Fue un éxito comercial, con una recaudación que llenó de felicidad a los ejecutivos de la Paramount.

¿Y Raymond Chandler? Pues enfadado. El Departamento de Marina estadounidense (tenía esa potestad) rechazó que el asesino fuera un veterano de la Guerra del Pacífico herido (más bourbon para poder reescribir). El director modificó un diálogo por necesidad sin consultarlo con él. La escena final es distinta de la del guion. Y luego está la interpretación de Verónica Lake, que daba la talla, pero que no estuvo a la altura. Las críticas no fueron especialmente cariñosas con ella. Chandler, de hecho, la llamaba Morónica Lake (moron, en inglés, entonces, significaba deficiente mental. Ahora se dirá de otra manera). Aun así, Chandler fue candidato aquel año a los Óscar al mejor guion original.

No he visto la película. La he buscado, pero no la he encontrado. Lo que sí he hecho es leerme el guion. Y, bueno. No está mal. Es entretenido. El problema es cuando lo comparas. Y está muy lejos de “El largo adiós” o de “El sueño eterno”. Digamos que es un Raymond Chandler menor. Pero un Chandler siempre es un Chandler. Y por muy bajo que sea el tono, por mucho barro que haya, siempre encuentras alguna perla. Algún diamante. Siempre.


No te compliques tanto la vida, Eddie. Cuando un individuo se la complica demasiado, es desdichado. Y cuando se es desdichado, la suerte se escapa.


Johnny: (Levantando los ojos y mirándola). Y no hay nada que arreglar. Además, aunque pudiera, yo no querría. Y a ti, ¿qué te sucede? (vuelve a comer).

Joyce: ¿A mí? Soy huérfana. Tengo siete hermanos…

Johnny: ¿Sólo siete?

Joyce: Todos tocan el violín.

(Johnny no sonríe).

Joyce: Pero no simultáneamente.


Johnny se vuelve.

Johnny: Es una despedida. (Pausa). Y no me gusta despedirme.

Joyce: No tiene por qué hacerlo.

Johnny no responde. Se limita a mirarla.

Joyce: Pero ha sido hermoso conocerme, ¿no? Y ahora todo ha terminado. Es como si nunca me hubiese visto.

Johnny: Todos los hombres la hemos visto en alguna parte…El problema consiste en dar con usted.

Joyce le mira sin pronunciar palabra.

Johnny: Sólo que yo no la he encontrado a tiempo.

sábado, 15 de junio de 2024

Varios

Uno de mis amigos corredores es dentista. U odontólogo, que queda más elegante. En uno de nuestros rodajes empezamos a hablar de la vanidad y del ego en el mundo laboral, que se manifiesta, especialmente, en las redes sociales profesionales. Me contó la opinión de un profesor que tuvo, el cual echaba de menos en el mundo sanitario foros donde los profesionales comentasen errores propios. Equivocaciones en el diagnóstico. Fallos en el tratamiento. Comenté que, donde yo me muevo, existe la cultura del error (se llama Calidad), no para castigar o perseguir (no siempre, vamos), sino por lo que una equivocación, bien canalizada, te permite aprender y mejorar. No va mal encaminado tu profesor- le dije- aunque me temo que hace falta mucha humildad para reconocer un error y hacerlo público, aunque sea con fines didácticos. - ¿Cómo estáis de humildad en tu sector? -pregunté. Con maldad. Por supuesto.

Empezó a hablar de fútbol.

Nuestro plan cinéfilo de recuperación ha tenido dos momentos que me gustaría reseñar. El primero sería con “El indomable Will Hunting”. No me la esperaba. Empecé a verla con la sensación de que sería muy obvia en su trama. Me da igual que lo sea. También fui con mis prejuicios sobre Robin Williams. Se me han ido. Hay escenas, hay diálogos que son… Mi yo escéptico hablaba solo. Car, que te estás emocionando. Car, que estás llorando. Car. ¡Pero, Car! Fui con las expectativas que fui y terminé conquistado. Y tengo que contarlo.

A la segunda película que quiero comentar llegué, al contrario que la anterior, con las expectativas muy altas. Altísimas. Tenía miedo a la decepción. No. “El viaje de Chihiro” multiplicó por diez mis expectativas. Por cien. Por mil. Un antiguo morador de lo que ahora es un páramo tenía la categoría POM donde incluía sus películas favoritas (OM es de obra maestra. La P les concedo que la adivinen). Yo la incluiría en esa categoría. Por mil razones. Y porque adoro sobre todas las cosas al personaje de Chihiro. Y, por supuesto, también viajaría a su parque temático, aunque sólo fuera por hacerme esta foto.

Y, para terminar. Decir que no me gustan los Arctic Monkeys. No me gustan. No me gustan. Aunque mi hija me marcó un gol con ellos. Y luego, una canción que llegó por sí misma. Y luego otra. Así que, no me gustan los Arctic Monkeys, salvo, por ahora, tres razones.



jueves, 6 de junio de 2024

Hoy no me he ganado el sueldo

Vi esta gráfica y me hizo gracia.


Leí esta cita de Julio Cortázar y me encantó. También me hizo escribir muchas cosas. Luego, las borré todas. Cortázar tiene ese poder. Al menos, conmigo.

De todos nuestros sentimientos, el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida. Es la vida misma defendiéndose.

Y vi este vídeo y me emocioné.


jueves, 30 de mayo de 2024

Gladys Knight y el zapato de cristal

Luis Lapuente, el Doctor Soul, dedicó su hora en “Los ultrasónicos” (Radio 3) a Gladys Knight. La excusa fue que, este pasado veintiocho de mayo, ella cumplió ochenta años. Contó su historia (la de ella, con y sin Pips). Recordó una escena, y eso me gustó mucho, de “Alta fidelidad” (llevo años citando a esta película y a “Beautiful girls” como mis películas generacionales. Y lo sigo sintiendo así, por más que pase el tiempo). Y sobre todo, puso canciones. Algunas muy de mi gusto. Otras, menos. Y me piqué. Y decidí felicitar yo también a Gladys Knight, por supuesto haciendo mi lista. Con lo me gusta a mí hacer listas de canciones (¿Cómo no me voy a sentir identificado con “Alta fidelidad”?). Con lo me gusta enlazarlas y así vuelvo a escucharlas. Y allí estaba. “Midnight train to Georgia”, "Best thing that ever happened to me", “I’ve got to use my imagination”, “I heard it through the grapevine”, “The look of love”, “You and me against the world”, “How do you say goodbye”, "Baby don't change your mind", “Friendship train”, "It should have been me", "Daddy could swear, i declare", "The end of our road", "Still such a thing"... También me entretuve buscando entradas en las que, de alguna manera o de otra, Gladys Knight había tomado parte. Y me encontré con una que escribí hace quince años. Una que se había perdido en mi memoria. Esta entrada.

Y sentí que, como felicitación, recordar aquel momento era infinitamente mejor.

viernes, 24 de mayo de 2024

Por las lejanas montañas va cabalgando un jinete

A veces tengo ganas de hacer una lista de cosas que no extraño relacionadas con mis hijos. Pasan los años y tenemos tendencia a la nostalgia y a embellecer lo que vivimos. Pero no volvería a pisar un parque. Las horas que pasé allí debieran ser convalidadas de alguna manera. Pensar que no he de volver a una feria de atracciones con ellos siendo pequeños (la verdadera encarnación del infierno en la tierra) me hace sonreír. Y tampoco echaré de menos las graduaciones. Al menos, algunas de ellas. Cuando eran pequeños tuvieron su encanto (lo que lloré al terminar mi hija Primaria). Pero conforme se han ido haciendo mayores…

La gente piensa que ciertos elementos externos pueden hacer que tu personalidad cambie. Y no siempre es así. Pondré varios ejemplos. El primero de ellos, los disfraces. No tienes gracia. No eres gracioso. ¿Qué te hace pensar que, cuando vas disfrazado, sí que lo eres? No lo intentes, de verdad. Ahórranos el pasar esa vergüenza. Lo mismo pasa con los micrófonos y los escenarios. No tienen ese poder. ¿Por qué piensas que sí? ¿Por qué te sientes brillante micrófono en mano con público delante cuando eres el mismo mendrugo de tomo y lomo que eres abajo? ¿Por qué, de repente, te sientes poseída por el espíritu de Nuria Espert y declamas totalmente sobreactuada el “Camino a Ítaca” de Konstantinos Kavafis cuando te cuesta hacer creíble la tabla del siete a pie llano? ¿Por qué?

Tenemos tendencia, como generación, a creernos el centro y el ejemplo de todo. Lo nuestro sí que era un plan de estudios, no como el de ahora. Nosotros sí que estábamos preparados, no como los de ahora. Nosotros sí que fuimos capaces de evolucionar y de adaptarnos, no como los de ahora. Nosotros sí que nos divertíamos, no como los de ahora. Y empiezo a dudar. La tendencia que tenemos a ser sobreprotectores hace que veamos el futuro de nuestros hijos con miedo y con preocupación. Miedo y preocupación que ellos no tienen. Claro, es que no saben. Son unos inconscientes. No lo sé. Más bien creo que somos nosotros los que seríamos incapaces de vivir (o, al menos, de adaptarnos) en el mundo que vemos que se aproxima. Pero ellos sí. Ellos lo viven de manera natural porque es su mundo. Nosotros comparamos. Y siempre salimos ganando. Y tal vez venciésemos en nuestro terreno, pero, en éste, perdemos por goleada. Porque son mejores que nosotros. Mucho mejores.

Ayer fue la graduación de mi hija. Su k-ésima graduación. Una vez más, un lugar y un momento donde sólo caben dos sentimientos: la emoción y la vergüenza. Los ratos de vergüenza (de discurso en discurso, de actuación en actuación) …pues nada. Con las gafas quitadas (parecerá un disparate, pero quitarme las gafas me ayuda a aislarme), con los oídos tapados tarareando “El jinete” de José Alfredo Jiménez y tratando de ensimismarme pensando en lo que tenía delante. Y los de emoción, pues viviéndolos con los ojos vidriosos. Porque fueron preciosos, hija mía. Porque estabas radiante. Deslumbrante. Porque nunca dejarás de fascinarme. Porque estoy orgulloso de ti.

sábado, 18 de mayo de 2024

Un relato dickensiano en dos ciudades

En inglés existe el término dickensiano (dickensian) y hace referencia a unas condiciones, tanto de trabajo como de vida, infrahumanas. El que un nombre forme parte de un idioma (que no del diccionario. Hace poco me enteré de que el inglés no tiene academia ni diccionario oficial. Curioso que los británicos, que todo lo reglamentan, nunca se hayan metido con el idioma) indica la magnitud del personaje. Y su vigencia.

Los clásicos siempre han tenido un poder magnético sobre mí (aunque no me guste la expresión, antes se decía que son –un must, es decir, que pueden considerarse imprescindibles, obligatorios) y así, cuando en “El club de los libros libres” vi un ejemplar de “Historia de dos ciudades” de Charles Dickens, me sentí culpable por no habérmelo leído todavía. Y decidí borrar ese sentimiento.

“Historia de dos ciudades” tiene uno de los principios más celebres de la literatura. Y es de justicia esa celebridad. Porque es una maravilla:

Era el mejor de los tiempos y el peor; la edad de la sabiduría y la de la tontería; la época de la fe y la de la incredulidad; la estación de la luz y la de las tinieblas; era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación; todo se nos ofrecía como nuestro y no teníamos absolutamente nada; íbamos todos derechos al cielo, todos nos precipitábamos en el infierno.

Y no es sólo este comienzo. La primera parte del libro parece escrita por un genio en estado de gracia. Utilizando un símil deportivo, pensaba en un jugador de baloncesto que pide el balón porque sabe que es imposible que falle un tiro (o, ahora que tenemos tan reciente el Mundial, cuando un jugador de snooker, al entrar en mesa, ya sabe que va a hacer un ciento cuarenta y siete). Y pensé, ya que no hay diccionario, en ampliar la acepción de dickensiano con el concepto –cuando te sientes Michael Jordan o Ronnie O’Sullivan. Esta primera parte es una fiesta. O yo la sentí así. No por la trama, sino por cómo está contada. Cada palabra, cada frase, son deslumbrantes. Me he reído a carcajadas. He sufrido. Me he emocionado. He vivido. Pero siempre con los ojos como platos. Dice Rafa, de “El club de los libros libres”, que si un libro lo sientes como tuyo, tienes la obligación de quedártelo. Y pensé entonces, -Rafa, lo siento, pero éste no vuelve.

A partir de cierto punto, el libro cambia. Aquí sentía que estaba leyendo el trabajo de un artesano. Un muy buen artesano que sabe cómo construir historias, cómo crear personajes (aunque simpatiza, en mi opinión, en exceso con algunos de ellos, convirtiéndolos, en su pluscuamperfección, en repelentes), cómo dejar flecos abiertos para luego jugar con las sorpresas. Un trabajo bien hecho, concienzudo, escrito por un profesional con oficio. Pero no es la primera parte. Por seguir con los símiles deportivos, al principio estás viendo jugar a Roger Federer. Después, a David Ferrer. ¿Ferrer fue bueno? Muy bueno. ¿Fue Federer? Nadie ha sido ni será Federer.

En este libro se narra una historia que transcurre entre París y Londres (ahora que doy una hora de inglés a la semana y me creo bilingüe, puedo decir que la traducción del título (“A tale of two cities”) no es la mejor porque lleva a la confusión. Aquí no se cuenta la historia de París y de Londres) durante el final del siglo XVIII, es decir, poco antes y durante la Revolución Francesa y el Reinado del Terror. Hemos pasado unos años en la Bastilla y unos meses en La Force, hemos aprendido de juicios, de tribunales populares y de leyes; nos sabemos el camino hasta Dover y desde Calais, también sabemos de bancos y de desenterrar cadáveres, de remendar zapatos y de enfermedades mentales; hemos odiado a los nobles, hemos visto cómo viven las clases inferiores francesas (Dickens siendo dickensiano esta vez en el país de enfrente), hemos odiado a las masas, hemos tomado y destruido la Bastilla, hemos conocido a Madame Guillotine y hemos visto rodar cabezas (muchas cabezas. Muchísimas cabezas) mientras las mujeres de la primera fila hacían calceta (todavía no se habían inventado las pipas) y contaban. Hemos pasado un buen rato (un clásico siempre es un clásico) aunque, conforme pasaba el libro, con la duda de si tenía derecho a quedármelo o si tenía que devolverlo. ¿Me estaba gustando? Sí. ¿Lo sentía como mío? Buena pregunta.

Y llegué al último capítulo.

La redención de Sydney Carton.

Siete páginas.

Larry Bird. Carl Lewis. John McEnroe. Sócrates. Pantani. Katie Ledecky. Judd Trump.

Este libro no sale de mi casa.

jueves, 9 de mayo de 2024

Nuevas historias (apasionantes) de mi vida corredora: el plan Moorcroft

En mi tercer año universitario leí una entrevista a un atleta de entonces (Cayetano Cornet) en la que contaba que decidió dedicarse de lleno al atletismo porque no quería quedarse con la duda de dónde podría haber llegado. Me gustó y pensé que por qué no podía intentarlo yo también. Tenía claro que nunca sería un atleta de élite (y que no era muy inteligente dedicarme de lleno), pero no había sido un mal atleta colegial en mis años en Madrid, y aunque, una vez en Valencia, había corrido muchos kilómetros, pocos fueron de calidad, y tenía la duda de qué potencial real tenía como atleta. Así, entonces, de la revista “Atletismo español”, a la que estaba suscrito, saqué el plan de entrenamiento de quien tenía el récord del mundo de cinco mil metros (David Moorcroft. 13:00:41. No he tenido que consultarlo) y lo adapté al tiempo que disponía. 

Y fui cumpliéndolo. Para esto sí que he sido siempre muy disciplinado.

Celebraron una carrera en el Politécnico. Unos cuatro kilómetros. Fui quinto, pero por mi culpa. Salí conservador, se me fueron, cambié el rimo a mitad de prueba y me faltaron quinientos metros para pelear por la carrera.

Y me empezó a brillar la mirada. Y se me puso sonrisa de estrella del mediofondo.

Me metí en el equipo de atletismo del Politécnico.

Había un cross en Castellón. Me preguntaron si quería ir. Teníamos que hacer noche. Me apunté. No conocía a nadie, pero yo andaba por allí pavoneándome como Steve Ovett. Me sentía muy seguro de mí mismo.

A la hora de la cena, vi entrar a Ramón. Ramón había sido compañero de mi hermano en el colegio y sabía que corría más que yo.

-Vaya. Ya no gano.

Me levanté a saludarlo. Mis andares entonces no recordaron a Steve Ovett y fueron un tanto más modestos.

-Habrás venido a ganar, ¿no?

- ¿Ganar? Pero, ¿tú sabes cómo corre aquí la gente?

Volviendo a mi mesa, sentí que el Steve Ovett que pensaba que llevaba dentro estaba en Nueva Zelanda.

Día de la carrera. Justo antes de la salida recordé lo que siempre nos decía Joaquín, nuestro entrenador en el colegio, antes de un cross -aquí se sale a tope y se coge sitio. Y, después, a sufrir.

Y decidí utilizar esa táctica.

Cinco segundos después de la salida, yendo a tope, fui consciente de cuál era mi nivel real y qué clase de atleta era. Aquellos tíos volaban.

Sufrí como un perro. En los últimos metros conseguí adelantar a dos. No sé cómo quedé. Lo que sí sé es que delante de mí habían llegado más que detrás.

Se me fue la sonrisa de estrella del mediofondo.

Acababa de tener la certeza de que era muy malo.

Confirmé que mi futuro como atleta era muy limitado.

Pero no perdí el brillo en la mirada.

Porque, a pesar de haber sufrido como sufrí, a pesar de haber quedado como había quedado, en el fondo me había divertido.

Porque a mí eso de correr me gustaba mucho.

(Los psicólogos deportivos creo que a esto le llaman motivación intrínseca).

Y ser tan malo no me iba a hacer renunciar a algo que me gustaba.

Y seguí con el plan Moorcroft.

viernes, 3 de mayo de 2024

Yo estaba allí


1983. Tenía diecisiete años. Venía de correr los maratones de Valencia y de Madrid. Me sentía muy fuerte. Pocas carreras había entonces. Muy pocas. No tenía consciencia de cuál era mi nivel real. Primera Volta a Peu (no era cierto, puesto que este año se cumple el centenario de la carrera. Digamos que fue la primera de la era moderna). Ocho kilómetros. Me puse delante. Quería probarme. Quería saber. Dieron la salida. Tropecé. Caí. Me arrollaron. No podía levantarme. No me dejaban. Pasé miedo. Mucho. A los golpes. A la asfixia. A cualquier cosa. Se despejó la zona. Vi a Pepe Toni a mi lado. Me vio caer y esperó. Me cogió de la mano, tiró y salimos corriendo. Con rabia. Crucé la meta. No recuerdo qué tiempo hice. No recuerdo cómo quedé. Me dieron una camiseta. Amarilla. De algodón. Ponía Mazola en el pecho. Muy fea. La más bonita del mundo. No tenía muchas camisetas entonces. Las del colegio para hacer educación física (gimnasia para nosotros). Sentí que era un regalo enorme (mi fetichismo por las camisetas sospecho que viene de lejos). La llevé con orgullo. Me la había ganado. Terminó desintegrándose por el uso. Vinieron más camisetas. Pocas como aquella.

Han hecho una exposición sobre la carrera. Me emocioné cuando vi esta foto. Me sentí parte de la historia. Porque yo estaba allí.

viernes, 26 de abril de 2024

Varios

Me gusta correr por la zona de la huerta de Alboraya. Es un viaje en el tiempo, además. Por allí entrenaba cuando era estudiante. Un lugar solitario. Y lo sigue siendo. Si te cruzas con alguien que también va corriendo, nos saludamos. Como entonces. Cuando éramos pioneros. Cuando éramos los raros. Y siento lo mismo que aquellos días, días de camisetas de algodón, de zapatillas pesadas. Lo mismo.

Ir a trabajar y que por la radio programen la versión de Eddie Cochran de “Hallelujah i love her so”. Que en una de las radios que suenan por la planta, donde siempre se escuchan las mismas canciones, empiece a oír la versión de los Ramones de “Needles and pins”. Y que me acerque hasta allí como un marinero con el canto de las sirenas. E imaginarme a Joey Ramone perforado por las agujas y los alfileres al verla. Y volver a mi sitio y buscar a Petula Clark (mi Petula) y su versión de la canción en francés (“La nuit n’en finit plus”). Lo larga que es la noche cuando te puede la tristeza y anhelas tener esperanza. Escuchar en un concierto una versión (colosal) de “A change is gonna come”. Y llegar a casa y sentir la necesidad de buscar primero la original, de Sam Cooke. Y después, a Otis Reding. Porque, como leí una vez, Sam Cooke te desborda el corazón. Otis te traspasa el alma.

He descubierto recientemente a Emilia Pardo Bazán. Fue gracias a Ana, que me acercó a “Los pazos de Ulloa”. Y me gustó mucho. También llegué entonces a Pardo Bazán como personaje. Desde luego, en mi opinión, su biografía merece ser leída. Y libro que se cruza suyo, libro que es tenido en cuenta. Acabo de terminarme uno con dos relatos o con dos novelas cortas (sigo sin saber con cuántas páginas se pasa de uno a otra). Uno de ellos se titulaba “La última fada” (confiemos en que quede alguna más) y me pareció totalmente innecesario. El otro, de título “Morriña”, me ha dejado muy tocado. La historia parece un sainete. Pardo Bazán narra derrochando prosa siendo la ironía protagonista permanente (qué envidia escribir así). Los personajes son caricaturizados. Todos. Todos menos uno (bueno, y otros personajes menores). Éste ves desde el principio que está condenado. Que su suerte sólo puede ser una. Pero, viendo el tono en que está escrito, crees que habrá otra salida. Tienes esa esperanza porque, bueno, simpaticé mucho con este personaje. Y no. No la hay. Y al final ves que esta historia es un drama. Y mi duda es pensar que hasta qué punto es lícito utilizar este lenguaje y este tono para contar una historia así. No vengo a prohibir nada, desde luego. Es más, entiendo a doña Emilia, satirizando para denunciar lo que vale la vida de unos y lo que vale la de otros. Pero, no sé, doña Emilia. No discuto que el libro esté muy bien escrito y que tal vez alcance su intención. Sin embargo, siento que le ha faltado el respeto a quien sólo es un personaje, aunque es más que un personaje. Y me duele.

viernes, 19 de abril de 2024

Reuniones

Considero que trabajar es lo que uno hace entre reunión y reunión. Mi opinión no está demasiado bien vista en mi empresa, ya que su política es la opuesta. Pero bueno, ir a reuniones, de vez en cuando, tiene sus cosas buenas, especialmente cuando la gente se cree Demóstenes y se empeña en utilizar palabras que no son las suyas, eligiéndolas por su sonoridad, no por su significado, sin saber que puede haber un cabronazo tomando nota y con un archivo que se enriquece día a día.

Porque está el que saltea los problemas.

Está el que pide un plano escotado. Y lo curioso es que, a las cotas, luego, no las llama escotes sino cuotas. De donde se deduce que escote, cuota y cota significan lo mismo.

Está el que afirma -tenemos que recaudar información.

Y la que dice -voy a hacer un resumen de lo que hemos hablado para aportar clarividencia.

Y el que nos quiere contar que ha desmontado una máquina. Pero realmente no la desmonta puesto que unos días la descuartiza y, otros, la desarticula.

El que nos informa de que ha abierto un paso entre una zona y otra al que él llama obertura. Y yo feliz, pensando que va a venir la Primitiva de Liria o la Filarmónica de Viena a tocar a la planta.

El que nos trae información en un tríptico y nos dice -en este críptico podéis leer…

El que nos adelanta que la máquina empezará a fallar porque tiene la adolescencia programada.

El que pide que abran la ventana para que transpire la habitación.

Y el que se disculpa porque tiene que salir a beber agua puesto que se encuentra disecado.

sábado, 13 de abril de 2024

Homérico

Cuando, en la entrada anterior, hice referencia a los adjetivos que requerirían autorización, dudé con –homérico. Por una razón. En la RAE, relacionan el término con Homero. Y no es una palabra que se use mucho (sólo conozco a una persona que se haya leído “La Iliada” y “La Odisea”). El omitirla no suponía nada. Pero sí que me apetecía ponerla porque, para mí, homérico no tiene que ver con Homero sino con Michaleen (Miquelino) Flynn, el personaje de “El hombre tranquilo”, la película de John Ford. Y ser devoto de esta película debiera autorizar a su uso. Dudé, como he dicho, aunque, al final, acepté lo que escribe la RAE, no vaya a ser que me amonesten.

Nuestra deriva viendo películas recuperando el tiempo no tiene un criterio muy definido aunque sí: vemos la que nos apetece. Yo intento hacer parada de vez en cuando en mis nichos: Woody Allen y películas clásicas. Y disfruto el doble, en estos casos, porque siempre es un placer ver, por ejemplo, “Annie Hall”, “La Rosa Púrpura del Cairo” o “El Halcón Maltés” y, además, comprobar que no han perdido nada, que me siguen emocionando, conmoviendo o fascinando. Y el placer puede ser triple cuando le descubres una de estas películas a alguien y ves que cae a sus pies.

Ana no había visto “El hombre tranquilo”. Y me planteó el verla, pues había escuchado algo en la radio sobre esta película que la animó. Con lágrimas en los ojos dije que sí, con lágrimas en los ojos la busqué, con lágrimas en los ojos la encontré y con lágrimas en los ojos la vi. Porque es un peliculón y lo seguirá siendo en los próximos cien mil millones de años (o más). La historia. Los personajes. Cómo está contada. Los colores. Los paisajes. Innisfree. La música. La pelea. La lista negra. John Wayne siendo John Wayne. Maureen O’Hara siendo Mary Kate Danaher, porque nunca habrá una mujer como Mary Kate Danaher. Y los personajes secundarios, que son principales todos: Danaher, Miquelino, el cura católico, el pastor anglicano y su mujer. No pierde esta película con el tiempo. Gana. Gana cada vez que la ves.

Y también gana adeptos. El cartel que se ve ha llegado a casa para quedarse. Ya somos dos los fieles, los acérrimos, los devotos. Y también ya puedo decir –homérico- tranquilo, porque hay alguien que me entiende.

sábado, 6 de abril de 2024

Stendhaliano

El escritor francés Henry-Marie Beyle, que firmaba con el seudónimo de Stendhal, estando de visita en la basílica de la Santa Cruz, en Florencia, comenzó a sentir taquicardias, mareos y sudores mezclados con sentimientos de emoción y de felicidad intensa, y tuvo que abandonar el lugar. Esta reacción ante la belleza, que el propio Stendhal contó en su libro “Roma, Nápoles y Florencia”, fue catalogada, con el paso de los años, como un síndrome siendo bautizado como “el síndrome de Stendhal”.

Existen una serie de adjetivos de uso común que, en mi opinión, debieran limitarse. Son aquellos que hacen referencia a distintos autores (dantesco, berlanguiano, cartesiano, platónico, kafkiano). Entiendo que, para utilizarlos, uno debiera estar autorizado (creo que ahora se dice empoderado). Para ello se tendría que pasar un examen que demuestre tus conocimientos sobre el autor adjetivado y, con el carnet que se te otorgue, ahora sí dar un uso correcto a dichos términos y, sobre todo, ponerlos en boca de quien se lo merece, no de cualquiera.

La estación de Canfranc fue inaugurada en 1928. Se construyó con la intención de tener otro punto de unión por tren entre España y Francia. Situada en el pirineo aragonés, estando en suelo español, la mitad de la estación pertenecía a Francia (si digo que gozaba de extraterritorialidad queda mejor), por lo que hubo que construirla con unas dimensiones considerables pues tenía que alojar todos los requerimientos, tanto funcionales como administrativos, por duplicado. La estación tuvo años de mucha vigencia, especialmente tras la Guerra Civil y durante la Segunda Guerra Mundial. Luego fue cayendo en desuso, cerrándose en 1970. Tras años de abandono, y después de diversos planes, la estación ha sido rehabilitada, siendo explotada como un hotel de lujo, habiéndose acondicionado también tanto la explanada ferroviaria como todos los edificios auxiliares adyacentes.

La estación. La marquesina delantera (siempre se me irán los ojos al hierro) y trasera. La montaña que protege (o que acecha) a la estación, a su espalda, con su cumbre nevada. El cielo blanco, haciendo difícil distinguir qué era cielo y qué era montaña. El sonido del río Aragón. La estación. La estación. La estación.

Mareos, no. Taquicardias, bueno, habíamos subido toda la cuesta andando. Sudores, el aire era frío y, aún así, me quité la bufanda y me abrí el abrigo. Felicidad, plena. Emoción, absoluta.

Y, sobre todo, y aunque no sea un adjetivo y esté pendiente de crearse el comité que legitime el uso de ciertas palabras, me considero con el derecho de apropiarme a mi conveniencia del nombre de Stendhal. Al fin y al cabo me leí las peripecias de Julien Sorel en “Rojo y negro” (incluido en mi lista titulada “libros que pasaron por mi vida sin pena ni gloria pero que me permiten chulear e ir de listo”) y las vicisitudes de Fabrizio del Dongo en “La cartuja de Parma” (un tostonazo salvo en su primera parte, donde se cuenta la batalla de Waterloo de manera, en mi opinión, fabulosa). Así, aunque sea de manera oficiosa, tengo el carnet que me autoriza (me empodera) a decir con propiedad que delante de la estación de Canfranc (qué maravilla) no sufrí un síndrome cualquiera, no. Lo que sentí en aquel sitio en aquel instante puede ser catalogado como “síndrome de Stendhal”. Y creo que es lo mínimo que ese lugar se merece.

lunes, 1 de abril de 2024

Humo

En una entrevista que leí hace poco que le hacían a Eliud Kipchoge (para los que corremos, un semidiós), destacaban el siguiente titular: “Si la mente lo cree, las piernas obedecerán”.

En el primer año en que compitió mi hijo tuvimos que ir a Mislata. Allí, a la entrada de la piscina, en un tablero, habían colgado un decálogo del nadador. El punto uno decía –No vas a ser olímpico. Lo argumentaba con datos: la cantidad de nadadores que va a unos Juegos (cada cuatro años) en relación al número de licencias que hay en todo el mundo estaba por debajo del 0‘1%.

Aquel primer punto me acompaña regularmente. Porque estoy ya un tanto cansado de tanta positividad. Estoy aburrido de todos estos predicadores que ahora proliferan (ahora hasta actúan en teatros) que no dicen más que obviedades de manera muy efectista y que hablan de la actitud y de cosas así. Estoy harto de formaciones que nos dan charlatanes de feria que parecen fabricados en serie porque todos hablan igual, gesticulan igual, visten igual y dicen lo mismo. Estoy cansado de las grandes palabras vacías tan bien presentadas. Estoy hasta las narices del humo. Porque no. Porque la mente podrá creer, pero pregúntale a tus piernas antes, que se han ganado no sólo el derecho a opinar sino también de decidir. Y no. No vamos a ser olímpicos (bueno, Eliud. Tú, sí). No vamos a serlo. Y es entonces cuando vuelvo a creer que el escepticismo es posible. Que la inteligencia es posible. Y que la realidad, aunque pueda parecer lo contrario escuchando a estos memos (Eliud, tú, no), también es posible.

sábado, 23 de marzo de 2024

Libros y películas. "El bosque animado"

No hay nada risible, sino de conmovedor en estas despedidas en las que el candor del pueblo da un acento especial a su idea de que la muerte no es desaparecer, sino ausentarse.

Quedamos aquel miércoles para ir al cine. Era el día del espectador. Nuestra intención era ver “El corazón del ángel”, de Alan Parker. Después de “El expreso de medianoche”, “Fama” y “El muro”, teníamos cierta devoción por Parker. No éramos los únicos. Realmente estaba de moda. La cola para sacar la entrada era enorme. En la sala de al lado ponían “El bosque animado”, de José Luis Cuerda. Apenas gente para entrar. Cambiamos de idea y entramos a ver esta última.

Fin de semana que me toca pasarlo con mi madre. Me llevé dos libros que tenía ya avanzados: “Dublineses”, de James Joyce y “Las bicicletas son para el verano”, de Fernán Gómez. Supuse que tendría lectura suficiente. Supuse mal. El sábado a la noche ya tenía los dos terminados.

Salimos encantados del cine. Esto sí que lo recuerdo. Y algunas escenas, algunos personajes, también las recuerdo. Ha pasado mucho tiempo. No he vuelto a ver aquella película. Pero el poso que tengo al pensar en ella me hace sonreír.

Busqué en las estanterías de casa de mis padres por si encontraba algo. No era muy optimista. Sé lo que contienen. Me vi leyendo otra de las aventuras del comisario Brunetti, que tanto le gustan a mi madre. Me encontré, una vez más, con “El bosque animado”, de Wenceslao Fernández Flórez. Nunca me había planteado el leerlo. El viejo complejo de que si te gusta la película, no leas el libro. Ésta vez el libro me miró a los ojos. Y ante los prejuicios, siempre está la posibilidad del autoengaño –lo empiezas y, si no te gusta, lo dejas y ya tienes un argumento más en tu guerra libros películas.

Lo empecé.

Lo acabé.

He buscado la película, para volver a verla. No la encontré. Sí he tenido la posibilidad de ver distintas escenas de la misma.

La protagonista del libro es la fraga de Cecebre, Un bosque (de distintas especies) en la Galicia profunda. Son dieciséis capítulos (estancias las llama el autor) que, realmente, son dieciséis relatos independientes con la fraga como nexo. La fraga tiene sus días, sus noches, sus estaciones, sus habitantes (humanos, animales, vegetales), sus leyendas, sus poblaciones cercanas, su bandido, su fantasma, su loco, su bruja.

La película se centra en los personajes humanos. Y qué personajes. Qué historias. Qué interpretaciones. He leído sobre ella y he visto que en algunos sitios la califican como surrealista. No lo sé. Yo más bien diría que se trata de “realismo gallego” (mi abuela materna era gallega. Algo de su visión de la realidad se me ha quedado), que tiene sus peculiaridades. Y esa forma de realismo produce situaciones tiernas, cómicas, duras y lógicas, dentro de sus propias reglas.

El libro tal vez sea desigual. Irregular. No todas las estancias están al mismo nivel. Pero la mayoría son maravillosas. La llegada del telégrafo a la fraga. La historia de Geraldo y Hermelinda. El topo Furacroyos, buscando a su esposa. Las hermanas Roade y su terapia rural. La reflexión sobre los perros. El bandido Fendetestas y Fiz de Cotovelos, vagando en pena. La Santa Compaña. Las aventuras de Morriña, el gato. El murciélago Abrenoite. Moucha, la bruja, y Marica de Fame. Juana Arellano y Pilara, su criada. Vos el loco visitando la casa D’Abondo. Fendetestas atracando a Roque Freire. Las moscas y sus conspiraciones. Las luciérnagas. Las truchas y su espíritu olímpico. Fendetestas de partero. El final de Pilara (¿por qué, Wenceslao? ¿Por qué?). El final de Geraldo, tan hermoso. El libro destila humor e ironía. Pero, sobre todo, rezuma sensibilidad. Rezuma poesía. No está el lenguaje utilizado únicamente al servicio de las historias. Cada frase es un tesoro. Hay belleza en cada palabra. No es un libro para recorrer. Por donde transitar. En un libro para quedarse a vivir en muchos de sus fragmentos. No son las historias sólo. Es cómo están contadas. No son dieciséis estancias. Es…la fraga de Cecebre.

Y respecto a la polémica libros películas, en este caso no la hay. La película sería impensable sin el libro y, aunque no puede abarcarlo, no lo traiciona en absoluto. Lo respeta. Y en este respeto nació algo brillante. Y respecto al libro, he de decir que, mientras lo leía, ver a Alfredo Landa como Fendetestas, a Encarna Paso como Juana Arellano, a Miguel Rellán como Fiz de Cotovelos, a Manuel Aleixandre como Roque Freire, a Fernando Rey como el señor de D’Abondo, a Tito Valverde como Geraldo, a Amparo Baró y a Alicia Hermida como las hermanas Roura, a Luis Ciges como el Vos el loco y a María Isbert como la Moucha me hizo disfrutarlo más todavía.

Luego salió por el alero del pazo y cobijó con su vuelo incierto la tierra. Sus alas parpadeaban rápidamente en la luz todavía gris de la tarde que se acababa, que se había acabado ya, porque la leve claridad que se iba extinguiendo era como el sonido que aún queda en el aire cuando ya la campana está inmóvil; algo desprendido de su causa, que parece vivir por sí mismo y que languidece tan suavemente que nadie puede decir cuál es su último segundo. Acaso el fulgor o la nota se sepan tan bellos que se resistan a morir y crean que hay bastante fuerza en su encanto para sostenerlos. Es posible también que cuando nos muramos siga habiendo en el alma por algunos segundos la impresión de que no ha terminado nuestra vida.

viernes, 15 de marzo de 2024

Humor fallero

No me caen bien los falleros. Y mira que me gustan las Fallas. Llegan estos días y ni me planteo el irme. La Ofrenda y las mascletaes oscilan en mi percepción entre lo óptimo y lo sublime. Y el ambiente en las calles. La música. Las luces. Y nuestra Ronda Fallera, cuando madrugamos y recorremos corriendo los principales monumentos, que es muy divertida, aunque he de decir que, al final, nunca recuerdo cuál era cuál. No me terminan de entrar por los ojos. No se me quedan. No suelo entenderlas. Y siempre me pregunto por qué hay premios de “Ingenio y gracia”. Porque no son graciosas. De hecho, humor fallero es uno de los oxímoron por excelencia (y su máxima expresión, el caballo camina palante, el caballo camina patrás). Y ésa es una de las razones por las que no me caen bien los falleros. Se creen graciosos y no lo son en absoluto. Y no por ello dejan de intentarlo. Supongo que pasa con la mayoría de las agrupaciones. El ser humano, en cuanto se colectiviza, se desvirtúa (joder, qué frase me acaba de salir. Colectiviza. Desvirtúa. La leche). Y estos días oscilo entre la emoción y las ganas de hacer jabón. Un péndulo. Sin término medio.

Salí a correr. Como iba solo pude hacer mi ruta puerto, Nazaret, La Punta, huerta, barrio de la Fuente de San Luis, Ronda, Jamonero y a casa. Había bastante ambiente fallero. Era el día de la recogida de los ninots infantiles. Como esta ruta es muy solitaria (uno de sus encantos) me sentía aislado de los días que son. Hasta que llegué a la Ronda. Me crucé con dos fallas que venían con su ninot en andas. Me vinieron de cara las dos. Una llevaba charanga. La otra, no. Las dos iban ocupando la acera. Me abrí a la calzada. Las dos consideraron que jalear y vitorear a uno que pasa corriendo por su lado como si estuviese a punto de batir un récord del mundo era gracioso. E inevitable, me temo. Debe ser uno de los puntos del "Reglamento de Ingenio y gracia fallero". Lo ejecutaron con entusiasmo. Y con el resultado habitual. Saludé con la mano e hice una mueca en forma de sonrisa. Y me puse a calcular cuánto jabón podría sacar de todos estos mendrugos.

viernes, 8 de marzo de 2024

Magdalenas, Mamas y Papas

Me llama un compañero de trabajo y me enseña lo siguiente:


Y ya estamos con el poder evocador de los sentidos.

La vuelta del viaje final de COU a París la hicimos pasando (y parando) por Andorra. No fue casualidad aquella parada. Para muchos de mis compañeros era fundamental pues allí ciertos pantalones vaqueros eran más baratos. Mientras unos buscaban pantalones yo me dediqué a comprar regalos para mis padres y hermanos. Y cuando hube terminado, pensé que faltaba el mío. Entré en una tienda de discos y allí lo vi: uno doble de grandes éxitos de The Mamas and the Papas.


No recuerdo qué regalé a los demás. Sí sé que mi regalo fue buenísimo. Colosal, vamos. La de veces que lo habré escuchado. Y aquí está. Conmigo. Por siempre.

(En la contraportada hay un texto un tanto largo con una frase que me gustaría reseñar: Una vez, hace mucho tiempo, en 1966, cuando el mundo parecía mucho más simple (¿recuerdas aquella época?)...).

Tengo pendiente escribir una entrada sobre versiones de canciones de los Beatles que, en mi opinión, que es la buena, superan al original. Y dos tengo en esa lista de The Mamas and The Papas: “I call your name” y “Twist and shout” (ésta última no es exactamente de los Beatles, pero, ¿quién recuerda la original?).

Ya lo escribí en una entrada anterior, pero lo vuelvo a repetir. El verano no termina con el equinoccio de otoño. El verano termina el segundo domingo de septiembre. El día de la Virgen de Gracia. Y la canción del final del verano es, sin duda, y mi hermano está también de acuerdo, “Twelve thirty (Young girls are coming to the canyon)”.

Y ya que estoy, mi canción favorita suya (por la melodía, por esos sobretonos locos alrededor de sus temas y porque es una barbaridad) es “I saw her again”.

Me gustan las magdalenas. Sobre todo cuando son como ésta.

viernes, 1 de marzo de 2024

En excedencia

Llegué pronto. Me apetecía darme un paseo, despidiéndome de los sitios. Me fui después hacia la piscina. Lo vi secándose. Salí. Le esperé fuera. El día anterior estaba nervioso. No sabía cómo decirlo. Cómo iba a reaccionar Javi, su entrenador. -No creo que le sorprenda- le dije. -Y él está cansado de decir adiós. ¿Cuántos se lo han dejado desde que estás aquí? Me hizo un gesto de ya, pero eso no cambia nada. Salió. - ¿Qué tal? -Mal. Que le daba mucha pena. Que no cierre la puerta. Que siempre la tendré abierta. Pensaba que no iba a ser un día triste pero sí, lo estaba siendo. Empezamos a hablar. Le comenté el regusto que tenía tan amargo del anterior club, en donde pasó diez años. Me contestó que a él le pasaba lo mismo. Después comenzamos a recordar competiciones. Viajes. Días pasados. Días vividos. La gente que ha conocido. Los amigos que ha hecho. Y ahí no había amargura. Ni siquiera tristeza. Todo aquello era real. Era vida. Estaba allí. Había ocurrido. Al llegar a casa me refugié en las entradas escritas sobre su vida nadadora (algunas veces este cuaderno puede ser útil). Pensaba que estaba preparado para este día, pero, a lo mejor, no lo estaba tanto. Me volví a emocionar. Y pensé que lo malo no podía ser más fuerte que lo bueno. No lo pensé realmente. Lo sentí. Lo supe. Y no, no siento tristeza. Han sido un regalo en mi vida todos estos años de piscinas. De horas de espera. De acompañarte. De llevarte y traerte. Ha sido un regalo cada vez que te tiraste al agua. En cada una de tus pruebas. En cada una de tus postas en los relevos. Lo que me has hecho disfrutar. Lo que me has hecho vivir. Lo que me has hecho emocionarme. Sufrir. Sentir. Lo orgulloso que he estado tantas y tantas y tantas veces. Lo que he aprendido contigo. Gracias a ti. No puedo estar triste porque se haya cerrado esta puerta. No puedo consentir que ninguna mancha emborrone lo que he vivido. Porque he sido tan feliz. Me has hecho tan feliz. Ha sido un regalo tan hermoso en mi vida que…gracias, hijo mío. Gracias. Gracias.

sábado, 24 de febrero de 2024

Varios

Volver a ver “Hannah y sus hermanas”, de Woody Allen, más de treinta años después y, a pesar de lo que pudo removernos, comprobar que el temor de descubrir que ya no era lo mismo era absurdo, que no ha perdido nada, que hay versos que siguen siendo conmovedores, canciones que nos siguen haciendo sonreír de felicidad. Y también, gracias a Ana, encontrarme no con la crónica que me hubiera gustado escribir sino con la que me hubiera gustado ser capaz de escribir. Y suscribirla, sin gafas de pasta, sin pipa y sin beber bourbon, casi palabra por palabra. Porque, qué película.

Volver a ponerme un dorsal dos meses y medio después del maratón. Plantarme en la salida habiendo hecho kilómetros, sí, pero con muy pocos de calidad, con la incertidumbre de cómo estaría y, sobre todo, con el miedo a que el ciático se manifestase y mira, un diez mil a cuatro quince y disfrutando. Sin miedo. Sin molestias. Sin dolor. Y terminando poderoso. Y con ganas de más. Empieza la temporada.

Ir a trabajar el pasado miércoles y que, en la radio, sin solución de continuidad, sonaran Joni Mitchell, los Crosby, Stills, Nash & Young, los Beatles y Neil Diamond. No voy a decir que fuera un gran miércoles, pero sí que me sentí invulnerable.

El otro día mi hijo me dijo que tenía intención de abandonar la natación. Como le escuche una vez a un gran prócer de la humanidad (Fernando Torres), cuando uno dice adiós es porque ya hace mucho que se fue. Y en este caso ha sido así. No me ha sorprendido. Para hacer deporte hay que tener ilusión. Con ilusión no existe el sacrificio. Sin ilusión…Sus prioridades son otras. Se cierra una etapa. Y pensaba que me iba a entristecer cuando esta puerta se cerrase, pero no ha sido así. Será porque llevo año y medio preparándome. Será porque la salida del anterior club, el de toda la vida, fue amarga y que los años pasados allí, especialmente los que estuve en la Junta (si tonto es el que hace tonterías, yo soy rematadamente tonto por muchas razones, y el aceptar entrar en la Junta del club destaca especialmente entre ellas) aún pesan y no me permiten disfrutar de todo lo que viví llevándolo y trayéndolo y en cada una de las competiciones. Con el tiempo supongo que lo bueno borrará a lo malo. O eso espero. Pero ahora no estoy triste porque se aleje de la piscina. Siento quizá más pena porque ya no tendré que ir a Benimamet. En este último año y medio iba allí a recogerlo. Y he pasado muchos ratos esperando. Y he paseado. He leído en la puerta del velódromo. En el “jardí del xalet de Panach”. He estado dentro del velódromo viendo entrenar a equipos ciclistas. He paseado por su cementerio, mirando las fotos y leyendo epitafios. He visto su árbol de Navidad hecho de ganchillo. No es la pedanía más bonita del mundo, pero al final la cogí cariño. Y también siento algo de pena porque me gustaban mucho nuestras conversaciones cuando volvíamos. Aunque esto espero que no lo perdamos nunca.

sábado, 17 de febrero de 2024

De porqué amo (y perdonaré) a Giovanni Guareschi

Dentro del mundo laboral, los que se dedican al humo y a la nada son más cada vez. Y estarían bien si no molestasen a nadie. Pero, como todos los personajes innecesarios, tienen tendencia a darse importancia. Y consideran que su humo y su nada es imprescindible. Y así, me vi en una sala en una formación sobre autoconocimiento con más de diez personas tratando de responder a la pregunta -¿Cuál consideras que es tu mayor virtud y cuál tu mayor defecto (perdón, ahora se dice fortaleza y oportunidad de mejora) y en qué medida consideras que aportas a tu grupo de trabajo?

Era de los últimos en tener que responder. La leche. Y ahora, ¿qué digo? Cuando vi la solemnidad y la fatuidad que usaban los otros asistentes (algunos muy felices. El poder embriagador del humo y de la nada) decidí no complicarme la vida y tiré por el camino corto. Mi principal virtud (fortaleza) creo que es que soy muy emocional. Mi principal defecto (u oportunidad de mejora) creo que es que soy muy emocional. Y lo que aporto al grupo, creo, es que tengo voluntad de humanizarlo, siempre y cuando mis filias superen a mis fobias, claro. Si no, que le den.

En la estantería de la casa familiar de la capital del Secarral están “Don Camilo” y “La vuelta de don Camilo”, de Giovanni Guareschi. Son dos libros de relatos. En el primero, los protagonistas son don Camilo, el cura, y Pepón (Peppone), el alcalde comunista. Su relación. Sus trifulcas. Su amistad. El tono es humorístico. Irónico. Y está conseguido. Me lo pasé muy bien cuando me lo leí. Y es un libro que, de alguna manera, me sigue acompañando. Cuando estoy por allí, no es raro que lo abra y me lea alguna de las historias. Quizá no hayan envejecido bien, pero me siguen divirtiendo. Y además, desde que se lo dejamos a Gabi y nos lo devolvió no sin antes haberle derramado encima un frasco de colonia, pues es una lectura perfumada.

“La vuelta de Don Camilo” tiene otro tono. Don Camilo y Pepón pierden protagonismo. Y aparecen los relatos de la Tierra Baja. El humor y la ironía siguen. Pero aparece también la ternura. Y de qué manera. Hay cuentos preciosos. Muchos. La mayoría. Y tengo que decir que, por Navidad, lo que el “Cuento de Navidad” de Dickens es para otros, yo tengo “Conseja de Santa Lucía”, de este libro. Y nunca falla. Siempre me emociona. Y me temo que nunca dejará de hacerlo.

Recientemente me encontré con otro libro de Guareschi titulado “Vida en familia”. También de relatos. Guareschi convirtió en personajes a su mujer, a sus dos hijos, a su asistenta y a sí mismo y se dedicó a publicar historias sobre ellos en el periódico, historias que después recopiló en varios tomos. Me hizo mucha ilusión encontrar este libro porque eso suponía reencontrarme con Guareschi, después de tantos años. Y abrí el libro con avidez, pensando en el humor, en la ironía y en la ternura que me esperaban.

No he llegado ni a la mitad.

No es gracioso. No es tierno. Ha perdido toda la frescura. Se ha creído un personaje. Se ha empezado a tomar en serio.

Y vuelvo ahora al segundo párrafo, a lo de emocional y emocional.

Me enorgullece el tener cierta sensibilidad que me permite emocionarme y disfrutar con tantas cosas.

Lo malo es cuando esa sensibilidad se te vuelve en contra.

Porque lo normal es que, si un libro no te gusta, lo cierras, lo mandas a hacer puñetas, y pasas al siguiente.

Pero yo ahora tengo un disgusto de mil demonios.

Porque me siento incluso traicionado.

Guareschi era de mis intocables. Y ahora tiene un borrón. Por supuesto que se lo voy a perdonar y que esto no va a cambiar lo que, sobre todo “La vuelta de Don Camilo”, es para mí.

Pero tiene un borrón.

Y mandar un libro suyo a hacer puñetas no veas lo que me duele.

domingo, 11 de febrero de 2024

Matrícula

Pues pensaba escribir sobre la primera vez que corrí la San Silvestre Vallecana. 2006. Todos con aquella camiseta dorsal amarilla fosforescente (aún la tengo), en cuyo pecho se leía el eslogan de aquel año (¿Sufres más cuando corres o cuando no sales a correr?). Yo estaba desbordado. Aquella era una carrera mítica. Nunca había visto un ambiente parecido. Y yo allí, en el primer cajón, siendo de los mejores, sintiéndome de los mejores. Nervioso. Orgulloso. Dieron la salida. Y justo después del disparo, empezó a sonar de manera atronadora “Back in black” de AC/DC. Una canción, en mi opinión, infinita, ilimitada, que nunca terminaré de abarcar (me pasa igual, de ellos, con “Shoot to thrill”). Y aquellos primeros acordes completaron y multiplicaron todo lo que estaba sintiendo en aquel momento. Y no hay vez que no escuche esta canción que no me lleve a aquel momento.

También pensaba escribir sobre una serie llamada “Aquellos maravillosos años”. Creo recordar que la emitían los lunes en televisión. Allí estábamos los seis, mis padres y los cuatro hermanos, sentados delante, viendo, viviendo cada episodio. La sintonía de Joe Cocker y su versión de “With a little help from my friends”. Los avatares de Kevin Arnold, de sus padres, de sus hermanos, de Paul, su amigo. Y de Winnie Cooper. Todos estábamos enamorados de Winnie Cooper. Kevin también. Y deseábamos con toda el alma que estuvieran juntos. Y cuando llegó ese día, cuando la cámara se quedó fija y ellos se fueron alejando cogidos de la mano, mientras de fondo Tami Terrell y Marvin Gaye cantaban “You’re all i need to get by” (canción señera dentro de la categoría “canciones maravillosas”) todos nos sentimos felices. Y emocionados. Y no hay vez que escuche esta canción que no me lleve a aquel momento.

También tenía idea de escribir sobre relatos, sobre Herman Melville, sobre John Steinbeck, sobre Joseph Roth, sobre con cuántas páginas un relato pasa a convertirse en novela, cuando mi hijo nos envió un mensaje.

Y en ese mensaje nos informaba de que habían salido las actas de las asignaturas del segundo cuatrimestre y, en una de ellas, “Matemáticas III”, tenía matrícula de honor.

Matrícula de honor.

En la jungla que supone segundo en la Escuela, tú has sacado una matrícula de honor.

A mí ya no me quedan palabras.

Y esto, evidentemente, lo eclipsa todo.

domingo, 4 de febrero de 2024

Carencias

Mis mayores carencias a la hora de escribir se muestran cuando quiero hablar sobre algo que me haya gustado mucho. Cuando quiero justificar esa emoción. Explicarla. Siento que siempre me quedo corto, plano, que no logro argumentarlo, que no paso de un entusiasmo poco menos que infantil.

No es la primera vez que trato este tema. Recuerdo cuando escribí sobre “Crónicas marcianas”, de Ray Bradbury. Y ahora, cuando me apetece escribir sobre John Dos Passos, pienso en cómo podría hacerlo, y no veo la manera.

Cuando se habla de la Generación Perdida, en primera línea suelen aparecer Francis Scott Fitgerald y Ernest Hemingway (y también William Faulkner, aunque éste supongo que por ser coetáneo únicamente. Nunca mantuvo mucha relación con los anteriores) y, en un segundo plano, John Steinbeck y John Dos Passos. Me acabo de terminar “Años inolvidables”, de este último, un libro de memorias que llega hasta sus treinta y tantos años, en plena Segunda República española. Me ha gustado. Y, sobre todo, me ha renovado la devoción que siento por este escritor. Y las ganas de reivindicarlo, aunque sea de manera modesta. Porque Hemingway no fue el único que estuvo conduciendo ambulancias en Italia durante la Primera Guerra Mundial (aunque, todo hay que decirlo, “Adiós a las armas” me pareció mucho mejor que “La iniciación de un hombre”). Y porque, si alguna vez alguien me preguntara de qué me siento orgulloso, respondería, entre otras cosas (tampoco tantas) que de haberme leído “Manhattan Transfer” y la Trilogía USA (“El paralelo cuarenta y dos”, “1919” y “El gran dinero”). Y porque…y aquí es donde viene mi frustración. En querer explicar porqué este hombre me parece tan bueno y quedarme tan sólo en el entusiasmo, en enumerar el vínculo que tengo con él y en sentir que soy muy pobre con las palabras a la hora de argumentar a favor y justificar porqué.

Vi mucho cine hasta mis treinta y largos años. Desde entonces me consideré un cinéfilo en excedencia. Hasta ahora. Porque he vuelto. Cada fin de semana vemos una o dos películas. El criterio es el mismo que con los libros: no se trata de buscar sino de encontrar. Me da igual de la época que sea. Llevo demasiado retraso. Vemos las opciones disponibles (hay mucha oferta ahora) y, normalmente, es la película la que nos elige a nosotros

Este viernes pasado vimos “Big fish”, de Tim Burton.

Creo que era la segunda película que veía de él. La primera fue “Ed Wood”. En el cine, además. Con Sanfélix y más gente que no recuerdo.

Y aquí viene el entusiasmo.

“Big fish” me pareció un peliculón.

La historia. Cómo está contada. Los personajes. Las escenas.

Y el final.

El final es tan bonito.

Pero tan bonito.

No sé en qué momento esta película dejó de ser ficción para convertirse en una emoción.

También pienso en que esta película ha llegado a mi vida en el momento justo. No deja de ser una historia de un padre y un hijo. Y ahora mismo estoy muy sensibilizado con este tipo de historias.

(Al hilo de esto, y por poner un ejemplo, abro un paréntesis. Otra de las películas que hemos visto recientemente es “Quiz show”. También me gustó mucho: la trama, la recreación y, sobre todo, los diálogos. Brillantes. Muy inteligentes. Pues de toda la película, me quedo con una escena que fue la que me perforó, la que me desnudó el alma: a la salida de la declaración, cuando el protagonista responde a la prensa. La decepción y la tristeza del padre al enterarse de que su hijo va a ser expulsado como profesor de la universidad de Columbia por todo el escándalo…no se me va de la cabeza. Y cierro paréntesis).

Y también siento que soy incapaz de transmitir, de contar lo que “Big fish” me hizo sentir.

Siempre he pensado que las pasiones tal vez se puedan compartir  pero que jamás se pueden explicar.

Pero tal vez sí que se pueda.

Sólo soy yo, que no sé.

Y esto me frustra.

sábado, 27 de enero de 2024

Tú vales, chaval: supersticiones

Mi hijo, la temporada pasada y ésta, suele entrenar en Benimamet. Allí lo hace un grupo universitario de nadadores, al cual pertenece. Cuando salgo de trabajar, paso por allí, lo recojo y vamos para casa. Las rutas posibles de vuelta son muchas: pista de Ademuz, Ronda Norte, V-30. Y ya dentro de Valencia, río, tránsitos, grandes vías. Al principio variábamos el itinerario. Luego ya cogimos la rutina de Ronda Norte, Clariano, Cardenal Benlloch, Eduardo Boscá, Alameda y se convirtió en fija.

En la primavera del año pasado comenzaron las obras del carril bici en Cardenal Benlloch y Eduardo Boscá. Y aquello se convirtió en una trampa. Sólo un carril. Los que entran y salen de los garajes. De las bocacalles. Los semáforos. Entrar, entrabas. Salir, pues yo que sé. Alguna vez.

-Me parece que vamos a cambiar de itinerario. Esto es insoportable.
-No.
-¿Por qué?
-Porque desde que venimos por aquí no he suspendido ningún examen.

Y es verdad. Recuperó el único parcial que le quedó en el primer cuatrimestre del año pasado. Se sacó por parciales el segundo del curso pasado y, éste, ya se quitado el primer cuatrimestre y limpio (el que piense que escribo esta entrada para presumir de hijo, está en lo cierto). Es supersticioso, sí. Pero practica el ora et labora de manera estajanovista. Y estoy convencido de que tus resultados vienen por tu capacidad y por tu esfuerzo. Lo consigues porque eres alguien admirable. Extraordinario. Pero... no quiero sobre mi conciencia cualquier revés. Así que, por mucho que proteste, no cambiaremos el camino. Y no sólo por el placer de sentirme un pequeño dios (ayúdate y te ayudaré). Cumpliré mi parte. Y tú sigue cumpliendo la tuya. Es un tramo infernal. Pero tiene su porqué.

domingo, 21 de enero de 2024

Lacrimosa

Allí ya sólo quedábamos los más cercanos. Mi madre. Sus hijos. Sus nietos. La ceremonia fue emotiva. La chica que la dirigió lo habría hecho cientos de veces, pero era tan buena que no nos dio nunca esa sensación. Y nos conmovió. Yo había llegado el primero y me preguntaron qué música queríamos que sonase en la ceremonia y algún texto que le identificase para leerlo en la misma. Elegí el primer movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven y el “Lacrimosa” del Requiem de Mozart. Luego pensé en muchas otras que sabía que también le entusiasmaban, aunque no me arrepiento de las que elegí. Le encantaban. Y le gustaba dirigirlas, sintiéndose Von Karajan. Respecto al texto, les pedí cualquiera de “Don Quijote”. Era el libro que más citaba. Curiosamente nunca lo había leído entero. Pero lo ojeaba a menudo. Y siempre encontraba algo. Y disfrutaba comentándolo con nosotros.

Al final de la ceremonia, la chica que la dirigía nos dijo –pensad en un recuerdo que tengáis hermoso con él. Os dejo en silencio, para que lo disfrutéis.

Y yo recordé, recordé su silencio, recordé sus ánimos sin reproches, recordé su orgullo y recordé su alegría cuando le llamé y le dije –lo conseguí. Porque era a él y sólo a él a quien tenía que hacer esa primera llamada. Porque fue en él y sólo en él en quien primero pensé cuando lo supe. Y allí, en aquel banco, cerré los ojos. Y me sentí feliz como nunca recordando el haber logrado que se sintiera orgulloso de mí. Me sentí feliz como nunca al recordar la paz que sentí en aquel momento. Y después de aquellos dos días, pude por fin llorar.

sábado, 13 de enero de 2024

Inconfesables

Creo que le debo una entrada a “Xanadu”.

Me refiero a la canción de la ELO que cantaba Olivia Newton John.

Esta semana la he escuchado dos veces en las radios que suenan por la planta y he sentido que sonaban como un reproche.

Porque esta canción me emociona.

O, por decirlo de una manera más melosa, está hecha del material que se cuela por mis poros y me desarma.

Y no es de ahora.

Cuando salió, allá por el año ochenta, aún vivía en Madrid. Recuerdo, al volver del colegio, con mis catorce años, subiendo solo por la avenida del Mediterráneo, al pasar por delante de un taller mecánico, escuchar que en la radio que tenían dentro estaba sonando esta canción. Me quedé en la puerta. Paralizado. Estático. Extático.

La ELO es uno de mis grupos favoritos. No lo suelo decir muy alto por los complejos tontos que tenemos los listos, pero, ya que estoy, pues sí, me gusta el almíbar de sus canciones y su orquestación tan recargada. Cuando fui a comprarme mi primer LP, un momento histórico en la vida de cualquier persona de mi generación, dudé entre uno de grandes éxitos de Simon y Garfunkel y el “Discovery” de la ELO. Ganaron los americanos. Tenían más nombre en el mundo de los listos, al que yo aspiraba. No me arrepiento de la elección. Me sigue gustando más el disco de Simon y Garfunkel. Y aún no sabía que el gran disco de la ELO, un disco redondo de principio a fin, es “Eldorado”.

“Xanadu” era la banda sonora de una película del mismo nombre, que nunca vi. La película no parece haber pasado a la historia.

La canción, sí. Sigue sonando. Me sigo encontrando con ella.

Y sigue recordándome un momento que fue único.

Fuimos a Madrid. Quedamos a cenar con Virginia, Jose, FM y Toñín. Virginia madrugaba al día siguiente y ella y Jose se retiraron pronto. Ana propuso ir a Morocco. Mario Vaquerizo sentado en la puerta de entrada. Yo estaba a gusto. Muy a gusto. No sólo la compañía. La música que sonaba. Dinarama. Raphael. Cada canción era una magdalena de Proust. “La bambola”. “Corazón contento”. Ana dijo que estaba cansada. La acompañé a que cogiera un taxi y me volví. No podía irme. Sonó “Un mundo nuevo” de Karina. Esta canción es un himno. Y entonces, “Xanadu”. Cerré los ojos y no dejé que nada pudiese distraer ese momento. Cuando acabó la canción, me acerqué al que estaba pinchando, le tendí la mano y le dije –gracias por haberme hecho pasar la mejor noche de mi vida.

Y entonces pensé que ya podía irme a casa.

Y cada vez que escucho “Xanadu”, cada vez que se cruza por mi vida, me sonríe y me dice –yo he estado contigo en la cima de la felicidad. De hecho, te llevé de la mano. ¿No me vas a escribir nada? ¿Tanto reparo te da reconocérmelo?

Sí.

Pero ya no.

Ya no. 

martes, 2 de enero de 2024

Recompensas

Tenemos mi hija y yo una lista conjunta de canciones (el resto no opina) que solemos poner durante los viajes que hacemos en coche. Ayer fue uno de esos días. En un momento dado, sonó la versión de “Amor de mis amores” de Natalia Lafourcade. Yo ya estaba haciendo el amago de ponerme a cantar (algo que tengo restringido. Textualmente –si se te oye más a ti que al cantante…no) cuando mi hija recordó una entrada que escribí en el pasado con esta canción como parte de la misma. –Era muy bonita. Mira que lloré leyéndola.

Se puso a buscarla. -¿De cuándo era? Como recordaba dónde tuvieron lugar las escenas, le contesté –será de la segunda mitad de 2014. No, era de principio de 2015. La encontró. Ella venía en el asiento de atrás. Y mezclada con la canción, escuché cómo esa entrada aún le seguía conmoviendo.

Y yo, en aquel momento, me sentí el mejor escritor del mundo.