viernes, 13 de mayo de 2022

Motivos para sentirse orgulloso

Hay canciones que me poseen. Llegan, se cuelan y ya no puedo salir de ellas. Y las escucho de manera obsesiva. Sin parar. Diez, quince, veinte veces. Un día, otro, otro, otro. ¿Ejemplos? Ahora me vienen a la memoria “Murmullo” de Buena Vista Social Club, “Se todos fossem iguais a voce” de Toquinho, Vinicius y María Creuza, “Any day now” de Elvis Presley, “Wanting you” de April Stevens, “Ángel guardia” de El Niño Gusano o “Goodbye Joe” de Laura Nyro. Canciones que se convierten en hitos, en imprescindibles en mi vida.

No puedo competir con TikTok. Yo le sugiero canciones a mi hija y ni me escucha. Mira que veo que tiene un criterio que yo podría enriquecer, pero no me tiene en cuenta. Sólo hace caso a sus amigos. Y a TikTok. Me tiene apartado. Y cuando, a través de TikTok, llega a alguna joya del siglo XX (donde están la mayoría de las joyas) me lo comenta. Entonces me crezco, le hablo de esa canción, del autor, de otras canciones del mismo y en ese momento descubro que hace ya mucho rato que dejó de escucharme. Sigue su camino y lo tiene claro. Llegará, pero no quiere coger mi atajo.

Pero que no me escuche no quiere decir que ella no sepa cuáles son mis debilidades, lo que me gusta, lo que me emociona. -Papá, tienes que escuchar esta canción. -¿TikTok? -Sí. Es trend en TikTok (lo cual debe de ser la leche). –Venga.

Lana del Rey.


No salgo de aquí.

No puedo salir.

Mi hija me descubre canciones que me poseen, que me desarbolan, que me absorben, que me obsesionan.

Mi hija me trae hitos, canciones imprescindibles.

No quiere coger mi atajo.

Cogeré yo el suyo.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Aquí el fenómeno negando el Empirismo

 


Algún día disertaré sobre artistas, poetas y filósofos urbanos, sobre las normas a las que les sometería, sobre lo que les exigiría, sobre los riesgos que asumirían al perpetrar, sobre las penalizaciones que les aplicaría. Algún día lo haré.

miércoles, 27 de abril de 2022

Tú vales, chaval. Castellón

Éste es el noveno año que mi hijo compite en natación y siempre con el mismo club. Son pocos, en general, los que nadan en Valencia. La natación es un deporte minoritario y, siendo así, sería de entender que todos estuvieran unidos defendiendo y sintiendo su deporte. Pues no. Como en cualquier colectivo en España, en la natación también caben ególatras acomplejados y demás miserias que hace que se cumpla aquello de –para qué vamos a vivir bien pudiendo vivir mal. El verano pasado hubo una desbandada de nadadores en el club, en parte porque se enseñó la puerta de salida a dos entrenadores. Mi hijo decidió quedarse, principalmente porque no hubo una alternativa mejor. Quería seguir nadando, la piscina está cerca de casa y sus amigos también se quedaron. ¿Con la misma motivación de siempre? No exactamente.

Mi hijo tenía mucha confianza con uno de los entrenadores que fue ido. Tiene ya dieciocho años. Su prioridad ahora mismo es académica. Tiene un objetivo exigente y está yendo a por él. Nadar está como complemento físico y mental, aparte de sus amigos y el grupo que tiene en el agua. No le gustan muchas cosas que ve dentro. No le gusta la línea que se está siguiendo pero él se centra en lo suyo y tres o cuatro días a la semana de entrenamiento siempre sacaba. Y con esos metros las marcas le iban saliendo. En su línea, pero manteniendo o mejorando.

Llegó el autonómico de invierno. Sin haber hecho un metro de preparación en piscina de cincuenta metros, donde se hizo el campeonato, se tiró en sus pruebas y en cuatro de los relevos y rayó a un nivel muy digno. Estuvo como en Elche en al autonómico de verano. Los entrenadores, los mismos que en la charla de motivación dijeron que los nadadores allí presentes eran la esencia, del club, representaban los valores del mismo, llevaban su adn (odio esta expresión), le empezaron a marear sobre lo que podría hacer si doblase, si gimnasio, si tal y si cual. Y, por supuesto, que confiaban en él para la Copa Autonómica que se iba a celebrar en Castellón, competición que se disputa por equipos, donde iba a ser uno de los puntales del mismo y donde iba a nadar todos los relevos.

Diez días después se entera de que el club está en tratos con varios nadadores, llamémosle mercenarios, para que compitan en la Copa. Mi hijo le pregunta a su entrenador que qué hay de cierto y en qué medida le va a afectar a él. Le responde, repito, diez días después de adn, esencia y valores, que no está claro que vaya a nadar ninguna prueba y que se olvide de los relevos.

La respuesta de mi hijo fue clara: de aquí a final de temporada voy a entrenar cuando pueda y eso, como mucho, será uno o dos días por semana. La natación pasa a un segundo, tercer, cuarto plano. No pienso nadar ni una prueba individual más. Sólo voy a preparar los relevos junior en el autonómico de verano y por no dejar tirado a mis amigos (son cuatro). Si me queréis llevar a la Copa, me lleváis. Y si no, pues no me llevéis.

Cuando me lo contó traté de hacer de adulto y pensé que tenía que aportar mesura y equilibrio. Ayudar, tranquilizar, explicar otros puntos de vista. Pero no lo hice. Todo lo contrario. Fue mi hijo el que me tuvo que sujetar porque yo ya me iba directo al club con un subfusil y doscientos litros de gasolina a perpetrar una masacre. Cuando te engañan a ti te molesta. Cuando se están riendo de tu hijo, es algo infinitamente peor.

Lo llevaron. Tres pruebas. Ni un relevo. Debió de ser una decisión dolorosa para el responsable del equipo porque no le dirigió la palabra en toda la competición. Aunque seguro que disfrutó al dejar fuera a nadadores de manera arbitraria. Una decisión inteligente para alguien que cobra un sueldo que, proviene, en buena parte, de las cuotas que pagan los socios de un club. Un nadador indignado por una injusticia es un padre rabioso con un pie fuera. Así allí, con el grupo, donde se animaban y cantaban a unos nadadores, donde, como he dicho, se ninguneaba a otros, donde el relevo lo nadaron los ucranianos, el italiano, el vasco y el argentino mientras los valores, la esencia y el adn con suerte nadaron alguna prueba, él nadó tres. Estuvo en su marca en cuatrocientos estilos. Mejoró tres segundos en el cien braza. Mejoró cuatro segundos en el doscientos estilos. Porque da igual que no te hablen. Porque da igual que ni te lo agradezcan. Porque es lo mismo que este equipo ya no sea tu equipo. A ti a casta y a orgullo a ti no te gana nadie. A ti a carácter y a coraje no te gana nadie. Porque tú sí que tienes valores. Y yo nunca dejaré de admirarte. Porque tú, hijo mío, eres extraordinario.

martes, 19 de abril de 2022

Motivos para sentirse orgulloso

La secuencia es sencilla. Mi hija va andando. Ve algo que le llama la atención. Le hace una foto. Le añade un texto y me lo envía.


Muy orgulloso.

miércoles, 6 de abril de 2022

Ocho razones para amar a Mamas Gun

Tienen más. Cinco discos, con un cuarto (“Golden days”), en mi opinión, fabuloso. Pop soulero, blandengue, meloso, que a veces recuerda a Stevie Wonder, a Marvin Gaye, a The Temptations, a Bill Withers, a Anita Baker, a la ELO, a Terence Trent D’Arby, a Daft Punk … Si David Bowie decía de sí mismo que era un ladrón con muy buen gusto (gracias, Sanfélix), Mamas Gun no desmerecen a Bowie porque roban con tal elegancia, con tal clase que, al menos a mí, me tienen cautivo y arrebatado. Ahí van mis ocho razones favoritas. Tengo bastantes más.

We

sábado, 2 de abril de 2022

Best of my love

Pasillo del supermercado. Ana va delante. Yo voy detrás empujando el carro. La música que suena de fondo es anodina. Hasta que deja de serlo. “Best of my love”. The Emotions. Se me van los pies. Me contengo. No puede ser, bailar aquí, ahora. Son las Emotions, sí pero…no. Levanto la cabeza y veo que Ana sigue delante. Pero ya no anda. Está bailando. No vas a bailar sola.

miércoles, 30 de marzo de 2022

martes, 22 de marzo de 2022

Que si quiere bolsa

Suelo estirar en la calle de atrás antes de subir a casa. Hora y cuarto venía de hacer entre la llovizna y el viento, metiéndome por la Marina y por la huerta. Yo solo. Hay días, muchos, que pagaría por correr. Había sido uno de ellos. Mientras estiraba escucho que alguien me dice:

-No lo dejes nunca.

Me giro. Un señor ya mayor veo que me mira mientras pasa por detrás. Va abrigado con un chambergo, con una pelliza de la marca Kelme con el logotipo de la Sociedad Deportiva Correcaminos.

-Ese abrigo tiene historia.

-Mucha.

Se para. Sonríe.

-Veintidós maratones.

-Dieciséis. Usted gana.

-Háblame de tú.

Hablé poco. Le tocaba a él. Son las reglas no escritas. Del Grupo Salvaje. Legendarios en la carrera pedestre en Valencia. Setenta y nueve años tenía. L’home Vicent. No le faltaban ganas de hablar, de contarme cosas y yo le animé más todavía citando a Roberto Ferrándis, a Quique Jomeini, a Quique Lucas, a Toni Lastra, a Paco Borao, recordando cuando éramos cuatro los que corríamos en la Alameda de fuente a fuente, confesándome lector de las crónicas de los macrofondos del Grupo Salvaje que siempre salían en las revistas del maratón, diciéndole que el maratón de Valencia ahora es uno de los mejores del mundo pero que aquel que corríamos en febrero siempre será el nuestro. Aquel hombre era feliz contándome todo, cada carrera, sus vivencias con el grupo, siempre con el cuchillo entre los dientes, cada preparación, sus marcas, dónde, cómo. –Ya no corro. La rodilla. Pero no me arrepiento de nada. Que me quiten lo bailao. Y yo era feliz escuchándole. Era un maestro. Un catedrático. Y yo apreciaba su lección. La entendía. Sentía cada una de sus palabras. Sabía la felicidad que hubo en cada de sus zancadas. No sé el tiempo que pasó. Comenzó a llover. Nos despedimos. Da igual. Vivimos cerca. Volveremos a encontrarnos. Seguiremos.

Soy ameno. Sé que lo soy. Tengo muchas historias corredoras que contar. Muchísimas. Y unas ganas bárbaras de contarlas. Y sé que las contaría de manera brillante. Todavía el pudor me puede y me modero. Pero se me está yendo el pudor. No soy todavía l’home Vicent aunque lo seré. Pronto. Y, con modestia (infinita. Ya que me pongo, nada de medianías), sé que también diré más de una vez –no lo dejes nunca. Y sólo espero encontrarme alguna vez (o muchas. Mejor muchas) con alguien que me escuche, no que me aguante, sino que me escuche con la misma sensibilidad, simpatía, elegancia y entusiasmo con que le escuché yo. Porque si narrando soy bueno, apreciando y sintiendo soy fabuloso. Pero fabuloso. Poco puede haber mejor a que alguien como yo se encuentre con alguien como yo. Desde la modestia, por supuesto. Infinita.

viernes, 11 de marzo de 2022

Autocontrol

Acabo de terminar un libro que he tenido que leer por compromiso. En ese libro el anfitrión era magnífico; los corceles, briosos; el tiempo avanzaba inexorablemente; el esfuerzo era hercúleo; el rocín, majestuoso; el plato de sopa estaba humeante; el desayuno fue opíparo; la cena, frugal; el camino, largo y tortuoso; el tono, contumaz; los crímenes, atroces; la importancia, vital; el apetito, insaciable; se caía en los brazos de Morfeo; la situación era compleja; el espectáculo, dantesco; la representación, fantasmagórica; el escenario, lúgubre; el anciano, venerable; la luminosidad, flamígera y etcétera, etcétera, etcétera.

Recientemente tuve una conversación profesional con una persona. Dicha persona no paraba de hablar. No sólo eso. Cada vez que yo iba a decir algo, ella me interrumpía porque ya sabía lo que yo iba a decir y así me lo hacía ver. Además, tenía una forma de hablar singular ya que le gustaba terminar las frases con preposiciones. Y se recreaba en ello, con un tono satisfecho que rezumaba –qué bien hablo. Cómo domino el idioma. Así, ella se había visto con, se había quedado sin, no había estado allí desde, le gustaría entrar en, encontrarse entre pues sería una buena experiencia para y lo haría por.

Se dice que se tiene autocontrol cuando uno desea algo pero no lo quiere. Impresionante mi autocontrol. Porque lo que deseé leyendo dicho libro o hablando con aquella persona prefiero no escribirlo. Pero no lo quise. Me terminé el libro (me toca hacer llegar mi opinión. Seré, como se dice ahora, asertivo: Es digna de admirar la ambición que se percibe en tu propuesta. Quizá demasiada ambiciosa para tu madurez actual como escritor, pero el trabajo previo que hiciste y la intención de tu obra merece ser reconocido. Mejor eso que decirle –menuda puta mierda, chaval. Dedícate a leer, a ver si aprendes cómo lo hacen los que saben). También fui cortés en mi conversación (lo que pude decir) con aquella persona e, incluso, me despedí de ella con una sonrisa (no la mandé a). Si el autocontrol está ligado con la madurez, estoy en ello. Un paso de gigante he dado. Un paso de.

sábado, 5 de marzo de 2022

Dieciocho

Ana se quedó ingresada la noche interior. Su madre pasó aquella noche con ella. A la mañana siguiente, a las siete, se la llevaron a la sala donde le conectaron las oxitocinas. Ahí ya estaba yo con ella. Junto a su ginecóloga había decidido programar el parto. Y aquel era el día elegido para la inducción. La mañana fue larga. El proceso resultó ser lento. Ana no paraba de hablar sobre la gente de la aldea, primos, amigos y demás. Yo llevaba un libro (de relatos de Stevenson) y procuraba leer. Sobre las doce y media del mediodía sería cuando se la llevaron al paritorio. Yo fui detrás. Tenía intención de entrar pero luego me di cuenta de que no tuve otra opción. Me puse tras Ana. No sé qué compañía se puede hacer en ese momento pero, bueno, ahí estaba. Yo sólo observaba a la ginecóloga y al resto del personal que estaba dentro. Estaban de buen humor. Bromeaban. Y mientras estuvieran así, todo iba bien. Que no hubiera silencios. Que no se callasen. Habíamos cumplido con la tradición y habíamos dado las nueve vueltas a la catedral bajo el auspicio de la Virgen del Buen Parto y nada podía salir mal, pero el miedo es el miedo. Ana no estaba tan de buen humor. Sufría. Le animaban. Le daban instrucciones. Yo veía caer al suelo trozos que parecían casquería. –Joder con el milagro de la maternidad- pensaba. De repente, allí estaba. Morado. Arrugado. Retorcido. Gritaba. Era la una y media. Cortaron el cordón. Me vino a la mente un episodio de una serie llamada V, donde nacía un niño que luego resultó ser un lagarto. De la boca de aquel recién nacido no salió una lengua bífida. Menos mal. Lo lavaron. Lo vistieron. Lo pusieron sobre una cuna. Me dijeron que empujase aquella cuna hasta el ascensor y la llevase a la habitación. Dudo mucho que ningún torero al salir por la puerta grande de las Ventas o de la Maestranza (Puerta del Príncipe) tuviera la sonrisa que tenía yo cuando se abrió la puerta del paritorio y salí al pasillo. Subimos a la habitación. Al poco trajeron a Ana. Y aquel recién llegado nos dejó muy claro sin hablar que había llegado para quedarse, que pasaba a ser el centro de todo y que a partir de ese momento pensaríamos a través de él. Acatamos las reglas de manera natural y empezó nuestra nueva vida.

Hoy se cumplen dieciocho años de aquel día. Mayor de edad. Nuestro hijo es mayor de edad. Nos han pasado muchas cosas en todo este tiempo. Muchísimas. Pero algo no cambió. Ni cambiará. Las instrucciones fueron claras y precisas. Las cumplimos. Contigo y con tu hermana (para no cumplir con tu hermana. Cualquiera). Eres mayor de edad. Seguirán pasando cosas. Vendrán cambios. Más cambios. Y aquel niño en aquella cuna siempre estará. En ti. Con nosotros.

lunes, 14 de febrero de 2022

Descartes

 

Hice esta foto y pensé publicarla titulándola “Me gusta callejear por Valencia”. Lo vi pobre y no lo hice.

Conté una anécdota y quien me escuchaba se rio. La anécdota es la siguiente: Una madre del colegio al que iban nuestros críos apareció un día con la letra griega pi tatuada en uno de sus antebrazos.

 -¿Y eso?

 -Es que yo soy así. Irracional.

 

Desde aquel día Ana y yo nunca decimos de nadie que sea un gilipollas. Sólo decimos -es que él/ella es así. Irracional.

 

Cuando la vi escrita dudé si se habrían reído por cortesía. Y se quedó como borrador.

 

Dentro del ir y venir que es mi carrera atlética de la euforia a la desolación y viceversa (siempre en los extremos. Jamás en la mesura) quise escribir sobre lo feliz que fui cruzando la meta en las dos San Silvestres del Secarral casi dos años después de haberlo hecho por última vez. También ayer estuve tentado al correr un cinco mil a un ritmo que empieza a parecer decente ( a 4’ 16” el kilómetro) disfrutando sintiéndome corredor. Me contuve. Celebraré como corresponda y cuando corresponda metas mayores, yo, que tantos atletas he sido.




Pensé titular esta foto -¿Cuántos colores tiene el arco iris?- y ya aprovecharla para dejar constancia de un pensamiento que siempre he tenido y no es otro que ¿para qué sirve el color añil? y, sobre todo, ¿qué leches pita en el arco iris? Ya sé lo de la descomposición de la luz (en el espectro visible. Me gusta decir espectro visible) y lo de las longitudes de onda pero, bueno, están los tres colores primarios, los intermedios y, luego, el añil, que se coló y no hay quien lo eche. Y alguien tendría que poner orden. Iba a crear una plataforma para eliminarlo, pero temí ser malinterpretado y sigue como proyecto.

 

También escribí una entrada que se quedó en nada a la cual titulé “Pensamiento profundo”. En ella hablaba de que en las mayorías de deportes de equipo se celebra una competición por eliminatorias denominada Copa. Si la competición es masculina se hace llamar Copa del Rey. Si es femenina, Copa de la Reina. ¿Por qué? Es más, si llega a reinar Leonor. ¿Qué van a hacer? ¿Cómo lo harán?

viernes, 4 de febrero de 2022

Propuesta

La norma afirma que los participios terminan en ado o en ido y eliminar esa d, especialmente en el lenguaje hablado, es una irregularidad. Un vulgarismo. Y es así en la mayoría de los casos. Decir llegao, comío o partío no suena bien. No es correcto. No ayuda al que lo dice. No mejora la comunicación.

Pero hay otros verbos en los que esa d sí que tiene un significado ya que determina el grado. Pongamos varios ejemplos. Cuando decimos que algo o alguien está dejado o descuidado, o que alguien está alelado, estamos dando información sobre un estado que podríamos definir como preocupante pero no alarmante. Sí, está descuidado, pero es reversible. No es lo mismo que si dijésemos que algo está dejao o descuidao, o que alguien está alelao. No es lo mismo ya que esa falta de d implica que el estado no es que sea preocupante. Es que es desesperado. Es más, es prácticamente irreversible. Alguien que está dejado tiene solución. Si está dejao, poco se puede hacer ya.

También hay otros verbos, digamos de posición, donde esa d puede matizar el significado. Si decimos de alguien que está sentado o tumbado, significará que lo está de manera correcta, ordenada y educada. Si decimos que está sentao o tumbao se indica que está desparramado (o desparramao) sobre la silla o la cama de cualquier manera como si hubiese caído de un quinto piso y hubiera quedado así.

Así, ya que tengo tantos seguidores dentro de la RAE, pido desde aquí que revisen la ortografía de los participios y que estas excepciones (y otras similares) sean consideradas como tales y aceptadas por el bien y riqueza de nuestro idioma (toma ya). Gracias.

sábado, 29 de enero de 2022

The Golden Girls

Aunque no lo parezca, procuro que la edad no sea excesivamente determinante en mi vida y trato de que sea lo que realmente es: un número, la cantidad de veces que la tierra, en su movimiento rototraslatorio (me encanta decir rototraslatorio) completó una órbita alrededor del sol estando aquí. Con todo, hay trampas en el camino que suelen, o dejarme pensativo o, directamente, afectarme. Recuerdo lo mal que me sentó cuando se retiró Carboni y ya no quedaba ni un jugador en primera división mayor que yo. O cuando vi que todos los árbitros de primera ya eran más jóvenes. Aun así, pese a las cornadas, ahí vamos, con la cabeza gacha, centrados en el día a día y relativizando cifras y limitaciones con ironía o mirando hacia otro lado no dándome por aludido.

Hace poco me enteré de que todos los personajes principales (salvo Sofía) de la primera temporada de “Las chicas de oro” tenían menos edad que la que tengo yo ahora.

Cornada con triple trayectoria mortal de necesidad.

A ver cómo relativizo esto.

A ver cómo lo digiero.

A ver a dónde miro.

domingo, 23 de enero de 2022

Pregunta respondida

“Otra mujer”, de Woody Allen, se cierra con las siguientes frases:

Cerré el libro y sentí una extraña mezcla de melancolía y esperanza. Y me pregunté si un recuerdo es algo que se tiene o algo que se ha perdido. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí en paz.

Prácticamente al final de “Medianoche en París”, de Woody Allen (otra vez, sí. Y las veces que haga falta), se cita a Faulkner:

El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado.

Por tanto, y de acuerdo con Faulkner, los recuerdos se tienen. Todo es presente. Todo somos nosotros.

domingo, 9 de enero de 2022

Morrocotudos y melancólicus

Cuatro novelas escribió Enrique Jardiel Poncela: “Amor se escribe sin h”, “Espérame en Siberia, vida mía”, “Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?” y “La tournee de Dios”. Las cuatro me las leí antes de los treinta años. Las cuatro me encantaron. Son historias disparatadas, con constantes juegos de palabras, ingeniosas, absurdas, cínicas, surrealistas, delirantes. No sólo me hicieran sonreír. Me hicieron reír a carcajadas. Me hicieron pasar ratos verdaderamente inolvidables.

Las cuatro novelas las leí de prestado. Y nunca dudé de que debían tener su sitio en mi biblioteca. Y comenzaron a cruzarse en mi camino. Y fue hace no mucho tiempo. Primero me encontré con “La tournee de Diós”. La compré. Comencé a leerla. Duré dos páginas. No era lo mismo. Pero ni mucho menos. Lo guardé en la estantería. “Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?”. Lo mismo. Pero lo mismo, lo mismo. Comprada, dos páginas leídas y a la estantería. Tropecé una tercera vez. “Espérame en Siberia, vida mía”. La secuencia se repitió. (No descarto tropezar una cuarta y última vez con “Amor se escribe sin h”. Sólo es que aún no nos hemos cruzado. Con quien sí me crucé fue con “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole y la experiencia también fue idéntica, pasada y presente).

En una comida reciente con Maroto, Sanfélix y Luis Santángel, comenzaron a hablar de un libro titulado “Viajes morrocotudos en busca del trifinus melacólicus”, de Juan Pérez Zúñiga, con entusiasmo. Como el criterio de los tres es muy fiable, tomé nota y, aunque los Reyes Magos ya estaban de camino, envié carta a Oriente por si acaso y, la noche del cinco de enero, el libro apareció sobre mis zapatos (pues claro que existen).

El libro fue escrito a principios del siglo pasado. Juan Pérez Zúñiga es de la escuela (y precursor) de los Mihura y Jardiel Poncela. La novela es también una sucesión de disparates ingeniosos, donde el autor juega con cierta habilidad con las palabras. No llega al nivel de Jardiel, pero el libro es brillante. Llevo más de cien páginas leídas y, como mucho, habré sonreído dos veces. Reírme, ninguna.

No voy a entrar en si es oportuno o inteligente volver a leer libros que fueron importantes en nuestra vida o volver a caminos que transitamos hace tiempo. No es ahí donde quiero llegar. Lo que me choca de todo esto, lo que me hace pensar es: ¿Qué ha pasado? ¿Por qué lo que nos hizo reír a carcajadas ahora no nos provoca ni una sonrisa? ¿En qué momento lo que fue gracioso dejó de serlo? ¿Tiene que ver algo con madurar? ¿Hacerse mayor también es esto?

domingo, 12 de diciembre de 2021

¿Quién mató a Laura Porter?

Él llevaba siempre un gorro de colores y más que simpático era simpaticón. Solían acompañarle otras tres médicos, bastante más jóvenes que él, a quienes nunca dejaba hablar. Acaparaba la conversación, era el más gracioso y se creía con ese derecho por haber vivido los ochenta de manera intensa. Pasaban casi a diario. Sobre el butacón donde me sentaba, mientras la visita, dejé el libro que me estaba leyendo, uno de Dashiell Hammett. Cogió el libro. Me guiñó un ojo. -Verás- dijo. -¿Sabéis quién era Dashiell Hammett?- preguntó a las más jóvenes. Ni idea. -¿Y Humphrey Bogart?- pregunté yo. Misma respuesta. El médico vivido de gorro de colores me miró haciendo un gesto mostrando su desolación por el nivel cultural de las nuevas generaciones. Sonreí y pensé que todos nuestros referentes, nuestros iconos, nuestros intocables morirán con nosotros.

No está Dashiell Hammett entre mis intocables. Pero me hizo mucha compañía durante el mes de septiembre pasado. Tres libros suyos me leí: “La llave de cristal”, “La maldición de los Dain” y “Cosecha roja”. Muy buenos, en mi opinión, el primero y el tercero. El segundo, aunque también protagonizado por el agente de la Continental…no. Los tres libros llamaron mi atención desde la estantería de una librería salmantina. Tenía a Hammett apartado. Y la razón quizá sea un tanto estúpida. Raymond Chandler y Dashiell Hammett siempre salían en la misma frase, al menos en mi mente. Y tras leerme “El largo adiós”, “El sueño eterno” y “Adiós muñeca” y subir a los cielos de los intocables a Chandler, busqué “El halcón maltés” y ni Hammett era Chandler ni el libro era la película. Y dejé a un lado a Hammett hasta que lo vi en aquella estantería y, sensible como estaba, decidí darle otra oportunidad. Y no me arrepiento en absoluto.

Como lector de novela negra o de novela policiaca soy totalmente pasivo. Yo me siento y me dejo llevar. Me gustará más o menos, pero nunca me entran tentaciones de jugar a ser detective. Sigo de manera dócil el hilo, me trago todos los trucos, me sorprendo con las deducciones y con la perspicacia del detective y me suelo quedar con la duda de que el asesino podría haber sido otro si el autor hubiese querido sin necesidad de modificar excesivamente los capítulos previos. Pero, en la novela negra, quién es el malo es lo de menos (entre otras cosas porque nadie es bueno). Me fascinan esas escenas, esos diálogos, esos ambientes, esos personajes. Me siento como Woody Allen en “Sueños de un seductor”. A mí también me habría gustado ser Ned Beamount, Sam Spade o el agente de la Continental casi tanto como Philip Marlowe.

He vuelto a Dashiell Hammett. Encontré en la biblioteca dos libros suyos. En uno estaban todos los relatos protagonizados por Sam Spade. El otro se titula “El primer hombre delgado”. Hammett comenzó un libro titulado “El hombre delgado”. Escribió diez capítulos. Los guardó en un cajón. Escribió otro libro al que tituló “El hombre delgado”. Los diez capítulos aquellos se perdieron. Se encontraron y, muchos años después, se publicaron. Me he leído los diez capítulos y, aquí estoy, con un libro inconcluso cerrado por la última página habiendo disfrutado mucho de diálogos, escenas, personajes y ambientes pero… ¿quién mató a Columbia Forrest/Laura Porter? ¿Por qué?

Casualmente es el segundo libro inconcluso que, de manera consecutiva, me he leído. El anterior fue “Clarissa” de Stefan Zweig. No estaba terminado cuando Zweig, austriaco él, judío él, en Brasil, huyendo del nazismo, se tomó muchos más barbitúricos de los recomendables.

Buscando información sobre “Clarissa” encontré un texto de una chica donde contaba que había leído esa novela como parte de un ejercicio. En una asignatura que tenía, el profesor les hacía leer obras sin terminar y ellos debían plantear cómo continuarlas y acabarlas. 

No sé hasta qué punto es ético realizar dicho ejercicio, pero, como es un trabajo de clase, bajaremos nuestro listón moral (¿más?) y trataremos de jugar también. Con "Clarissa" no es difícil. En la época y el lugar en las que está situada la novela, y dado el carácter de Clarissa, un barco de papel que siempre es arrastrado por todas las corrientes/circunstancias sin que ella haga nada por evitarlo, y dada su suerte, puedo imaginar que no habrían puesto los alemanes un pie en Polonia cuando su hijo, reclutado a la fuerza, ya habría caído. Y a partir de ahí, a vivir otra guerra como enfermera, otra guerra en la que su marido trataría de sacar partido haciendo contrabando y donde moriría fusilado y, al final de la misma, y como concesión sentimental, se reencontraría con Leonard y, por supuesto, no terminarían juntos. El melodrama no es fácil de escribir pero sí de pergeñar. Este ejercicio podría hacerlo y con nota.

El problema lo tengo con “El primer hombre delgado”. Como lector pasivo de novela negra, estoy incapacitado de dar un paso adelante. Aquí suspendo. Pero suspendo dejando el folio en blanco. Si acaso podría dibujar un escenario lleno de botellas y de humo (lo que se bebe y lo que se fuma en una novela de Hammett), pero ¿cómo? ¿Por qué? No puedo. ¿Quién mató a Columbia Forrest/Laura Porter? Me moriré sin saberlo. Y sin imaginarlo. Quizá lo sepa el médico del gorro de colores. Voy a llamarlo. 

lunes, 29 de noviembre de 2021

No, ninguno de nosotros estamos hechos con frío

No están en su mejor forma Ángel Carmona y Gustavo Iglesias. Hace mucho que no aciertan. No son conscientes de su responsabilidad. A ellos, a “Hoy empieza todo”, me encomiendo todas las mañanas cuando voy a trabajar. Media hora de música de donde tiene que salir la canción que me ha de proteger durante el día. Y llevo semanas desprotegido, teniendo que enfrentarme desnudo con lo que me encuentro. Un programa de radio es bueno en función de las veces que me hace cantar o me hace utilizar el Shazam. Y “Hoy empieza todo”, mis queridos Ángel y Gustavo, está perdiendo puestos en la clasificación y, a este paso, ni a la Europa League. Con lo que habéis sido.

Este viernes, al subir al coche, estaba sonando una versión de “Tenía tanto que darte” de La La Love You con Nena Daconte. No empezaba mal la mañana. Le tengo mucho cariño a esta canción. Mi hijo la cantaba constantemente cuando era pequeño. Y aunque no llega al nivel de canción que te protege durante el día (y menos un viernes, tan artero y tan ruin), sí que algo he tarareado. Ha entrado Gustavo Iglesias entonces y ha anunciado que, ya que estaban con versiones, iban a seguir con versiones. Tres exactamente. Han empezado con una de una canción de Green Day de un tío con su guitarra y silencio en los tendidos. Han seguido con otra de Anastacia por un músico finlandés totalmente innecesaria. Para terminar, una versión que ha grabado un grupo español llamado Cucudrulu de…no lo dice. Sólo afirma que es un clásico que forma parte del patrimonio inmaterial español y prefiere que nos la encontremos. También anuncia que, al final de la misma, hay otra sorpresa.

Empieza la canción. Introducción. Los instrumentos entran en secuencia. Silencio.

Hola mi amor, tengo que hablar contigo. Estoy cansado. Estoy hecho un lío.

Por supuesto que, inmediatamente, me pongo a cantar. Vamos a empezar a hacer las paces, Ángel y Gustavo. La versión de la canción de Junco es muy buena (aparte del poder que tiene en sí misma). Este viernes empieza a coger color.

La canción avanza y, a los tres minutos, cambia el ritmo y empieza a sonar una trompeta. Y, entonces… 

No, ninguno de nosotros estamos hechos con frío.

Pon tu mente al sol”. Sergio Algora. El Niño Gusano. No es que me haya puesto a cantar como un loco (que también). Es que he sido inmensamente feliz por unos momentos. Y he entrado a trabajar sintiendo una alegría infinita. Ningún viernes habría podido conmigo. Ángel. Gustavo. Cuando queréis sois los mejores. Os perdono todas estas últimas semanas y las que puedan venir. Volvéis al paraíso de mis elegidos. Y por la puerta grande.

miércoles, 24 de noviembre de 2021

Que este sueño de amor terminó

Hagamos útil este cuaderno y dejemos en él escritas ciertas reflexiones ya que, si de todas las facultades mentales sólo poseo la memoria, parece ser que ésta a veces se ve arrollada por la estupidez vestida de costumbre o de nostalgia y tal vez sea útil tener un lugar donde acudir y donde encontrar, si no sabiduría, sí la respuesta a una pregunta que se repite.

Me he vuelto a lesionar preparando un maratón. Es la tercera vez. Alguien podría decir que tampoco son tantas tres de las veinte que he preparado. Gracias por el intento pero, como han sido las tres últimas, cabe la posibilidad de que signifique algo.

Han sido tres lesiones y en tres sitios distintos. Una fue la cadera y sus calcificaciones que terminaron causando una rotura en el soleo. Otra, un desgarro en el abductor. Ahora tengo inflamado el nervio ciático en la pierna derecha. Podría parecer que no tengo un punto débil. Podría parecer que sí que hay un punto débil y que se manifiesta donde quiere.

Tras un mes parado, a finales de septiembre volví a correr. Y me fui encontrando bien. El maratón estaba ahí delante y no lo taché del calendario. Hice una semana de casi cincuenta kilómetros. La siguiente ya llegué a setenta. La siguiente a setenta y cinco con seis series de mil y dos tresmiles y un largo de hora y tres cuartos fabuloso por el Secarral entre los tiros de los cazadores. Ochenta y cinco kilómetros la semana posterior, con sus diez miles, sus tres tresmiles y sus dos horas del sábado. Noventa kilómetros la siguiente, con menos kilómetros en series (doce) y un largo de veintiocho kilómetros en progresión aprovechando la media de Valencia. A noventa y cinco llegué la siguiente, con dos seismiles, catorce quinientos al amanecer por la Marina Sur mientras el Infanta Cristina amarraba en el canal y el largo siempre entrañable Osa-Fuentelespino-Villaescusa de veintinueve kilómetros con un cielo que amenazaba y un viento que cumplía. Faltaban cinco semanas.

El caso es que sabía que me iba a lesionar. Las series las iba haciendo en progresión y a ritmos no muy exigentes. En ese aspecto sí tenía memoria y recordaba promesas anteriores. Pero notaba las piernas muy cargadas. Cada vez más. Tenía teclas por todas partes. El cerebro me decía –para, haz una semana de cincuenta kilómetros tranquilos, descarga. Y nadie escuchaba. La misma mentalidad de siempre: voy con todo. Moriré matado. Y no. Morí sin hacer ruido. Haciendo series de mil por el río. En la cuarta la pierna derecha dijo basta. Un dolor muy fuerte en la cara posterior del muslo me dejó clavado. Era jueves. Fisio. Inflamación del nervio ciático. En las tres semanas siguientes he salido a correr cinco veces muy suave, a probar, y he vuelto andando cuatro y la quinta con molestias. Me ha tocado volver a hacer una de las cosas más tristes del mundo: animar durante la Behobia San Sebastián. En realidad, nada que no me haya pasado antes. Nada que no haya vivido.

No es fácil estar lesionado. Se piensa mucho. Reflexionas sobre qué has hecho mal. Te preguntas qué hay que hacer para que no vuelva a ocurrir. Y en este caso, la respuesta es clara y por eso la dejo escrita, por si hiciera falta releerla en un futuro. Hace años escribí que uno no deja el fútbol sino que es el fútbol el que lo deja a uno. Y se tarda tiempo en reconocerlo y en asimilarlo. Pues es lo mismo: el maratón me ha dejado. En realidad me dejó en 2018. El maratón como lo he concebido siempre, con su plan, sus kilómetros, sus series y sus largos, pendiente del tiempo. Mi cuerpo ya no da. Se rompe. Se ha roto tres veces. No es casualidad. No es mala suerte. Es así. Nos hemos querido mucho. Hemos sido muy felices. Llegó la hora de decir adiós a quien hace tiempo que se fue.

Tampoco es fácil hacerse mayor. Bromeamos siempre, hacemos chistes riéndonos de lo que somos frente a lo que fuimos. Pero no es fácil. Para mí correr es algo muy importante. Correr es un fin en sí mismo en mi vida. Y el maratón siempre fue el centro de todo, el eje sobre el que giraba cada año, cada paso que daba. En realidad basta con cambiar de planteamiento. En el último año y medio he disfrutado mucho sin carreras, sin maratones, saliendo cinco días por semana, haciendo mis sesenta kilómetros semanales, sin presión, sin series, sin lesiones. Tengo un camino por delante, así que, puerta que se cierra, puertas que se abren. Y también, con poco más de preparación podría volver a recorrer los cuarenta y dos y pico sin cronómetro y sin importarme si soy el último. Pero decir adiós al que ha sido uno de los amores de tu vida, reconocer que quien te hizo feliz no va a volver…no es fácil. No lo es.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Mi querida sin nombre


El dolor es conocido. Nos han cerrado puertas muchas veces. No son pocos los lugares donde hemos sido felices y que ya no existen. Pero el dolor no es menor. Buscaremos otros refugios. Conoceremos otras moradas donde habrá un sitio para nosotros. Llevaremos siempre en nuestra memoria lo que nos hizo sentirnos y ser mejores. Pero el dolor no es menor. Creeremos que el tiempo nos hizo más fuertes. Que las arrugas y las cicatrices pueden servir de coraza. Que a fuerza de ver y de vivir hemos llegado a ser insensibles. Pero el dolor no es menor.

viernes, 5 de noviembre de 2021

Tres palabras

Recuerdo un relato que leí hace ya mucho tiempo. No me acuerdo exactamente de quién era (tal vez de Borges. Tal vez recopilado por Borges) ni tampoco recuerdo bien quién me lo recomendó (Sanfélix, Santángel o Sierpe), pero de su argumento sí que me acuerdo. El rey de un país oriental mostraba ufano a un poeta todas sus posesiones y todas sus riquezas y declaraba orgulloso que nada podría haber más bello que aquello. El poeta, entonces, dijo una palabra, una sola, que resultó ser mucho más hermosa que todo aquel país y que todas aquellas riquezas. El rey, demostrando talante, ordenó ejecutar al poeta. Fin del relato.

No consta cuál fue la palabra que dijo el poeta. Ni falta que hace. Cada uno podrá imaginar una. Cada cual tal vez tenga la suya. O quizá baste con saber que existe una palabra, aunque sea desconocida, cuya belleza es superior a cualquier cosa.

Vuelvo al siempre fascinante mundo de las letras de las canciones. Esta vez nos centraremos en “Tres palabras” (por si alguno no la conoce y quiere fiarse de mi excelso criterio, mi versión favorita es la de Nat King Cole, otro que, como Nina Simone, convertía en oro todo lo que tocaba). Vamos con la primera estrofa.

Oye la confesión de mis secretos.
Nace de un corazón que está desierto.
Con tres palabras te diré todas mis cosas.
Cosas del corazón, que son preciosas.

Tres palabras va a utilizar nuestro enamorado. No es como el poeta del relato, que con una tuvo bastante, pero respetaremos que sean tres. Tal vez abuse del sedapenismo (nace de un corazón que está desierto) pero voluntad tiene y si con tres palabras condensa sus secretos y dice todas sus cosas, olé ahí. Por lo pronto, nuestra atención no se la negamos y podemos imaginarnos a la deseada expectante ante lo que va a ser, seguro, un momento irrepetible en su vida. Seguimos.

Dame tus manos. Ven, toma las mías.
Que te voy a confiar las ansias mías.

Desde luego nuestro enamorado es único creando expectación. Las ansias suyas también en tres palabras. Los ojos como platos esperando.

Son tres palabras solamente mis angustias.
Y esas palabras son:

(Redoble de tambor).

¡Cómo me gustas!

¿Cómo me gustas?

¿De verdad?

Amos, no me jodas.

Indudablemente la deseada se levantó y se fue dejándolo allí con su corazón desierto. Y todos nosotros aplaudiendo su decisión porque eres un rato capullo. Porque, si no vas a estar a la altura, cállate. Haz como el autor del relato: omite las tres palabras y muéstranos los resultados. Y tendrías nuestro respeto y nuestra veneración. Pero no, nos haces contener la respiración esperando algo grandioso y vas y sueltas esa bobada. Gary Cooper convirtiéndose en Fernando Esteso. Rita Hayworth convirtiéndose en Lina Morgan.

¡Cómo me gustas!

Qué pena.

sábado, 23 de octubre de 2021

Letesenbet

Me la quedé mirando fijamente. No dudo que con la boca abierta. Seguro que con la boca abierta. Parece Gidey. ¿Es Gidey? Sí, es Gidey. Había un grupo de atletas. Y varios más con el chándal de Nationale Nederlanden. Pero, a un lado del grupo, de pie, estaba ella. Y mis ojos se fueron directos. Sin el menor disimulo. Notó que la estaba mirando. Me miró y rápidamente cambió la mirada con un gesto tímido. La ruboriza que la reconozcan. Para mí ya era alguien a quien admirar. Ahora la venero. No sólo tenía delante a la mujer que tiene el récord del mundo de cinco mil y de diez mil. No sólo tenía delante a la mujer que me tuvo en pie toda la final de diez mil en Tokio mientras tiraba como sólo los grandes tiran en un gran campeonato. También tenía delante, allí, en el Viejo Cauce, a alguien que, con su grandeza, aún mantiene su timidez. Y allí, a mis años, cuando ya piensas que la capacidad de mitificar se quedó en el camino, con la boca abierta, con la mirada fija, como un chiquillo. Sí, es Gidey. ¡Es Gidey! ¡ES GIDEY!

sábado, 16 de octubre de 2021

Libros y poderes

Tuve que ir un viernes a la comisaría por un trámite administrativo. Había cola. Me dijeron que tardaría en torno a una hora. Decidí esperar. Cuando llevaba dos horas esperando y estaba en el mismo sitio en la cola, me fui para casa. Volví el lunes y me lo resolvieron al momento. ¿Por qué tardaron tan poco el lunes y tanto el viernes? Muy fácil. El viernes no me llevé ningún libro para aprovechar la espera. El lunes, sí.

Fui a casa de mis padres. Mi madre estaba en la terraza haciendo ganchillo. Me senté junto a ella. Llevaba un libro. Estábamos callados. Abrí el libro. Se puso a hablar. Lo cerré. Se calló. Lo abrí. Se puso a hablar. Lo cerré. Se calló. Así hasta cuatro veces. Me recordó a un viaje que tuve que hacer en autobús hace algún tiempo. Al ocupar mi sitio, vi que tenía de acompañante a una chica de, más o menos, mi edad. Di las buenas tardes, me senté y abrí el libro que llevaba.

-No me digas que vas a leer.

Cerré el libro.

-Me temo que no.

No leí en todo el viaje. No paró de hablar ni con el libro cerrado.

(Algo parecido pasa con la música. Hora de almorzar. Estoy solo en mi cubículo (de lunes a jueves. El viernes el almuerzo tiene otra dimensión). Saco mi bocadillo. Me preparo una canción (con una segunda en mente) en YouTube para acompañarme. Empieza a sonar. No ha pasado un minuto sin que entre alguien por la puerta con ganas de hablar).

Sabemos que los libros te enriquecen, te transportan, te hacen sentir y calzan mesas. Es hora de reconocerles también su poder para hacerte ganar tiempo y su capacidad (quién sabe si terapéutica) de estimular la expresión oral en los demás. Abiertos y cerrados.

lunes, 11 de octubre de 2021

Nosotros

Cuando Eydie Gormé entra cantando –escúchame- se para el mundo. No hay otra cosa. No puede haberla. La canción es “Nosotros”, primer corte del primer disco que grabaron juntos Los Panchos y Eydie Gormé, un disco que, cuando mandan un cohete al espacio con información de la humanidad y sus logros, por si cae en manos de otras formas de vida u otras civilizaciones, seguro que está. Grabaron un segundo disco que, siendo bueno,…no. En el cohete número quinientos, tal vez. Pero el primero es una maravilla. Y “Nosotros” es una canción muy especial, por la melodía y por su letra, una letra que…

Atiéndeme. Quiero decirte algo que quizá no esperes. Doloroso, tal vez.

Escúchame, aunque me duela el alma. Yo necesito hablarte, y así lo haré.

Nosotros, que fuimos tan sinceros, que desde que nos vimos amándonos estamos.

Nosotros, que del amor hicimos un sol maravilloso, romance tan divino.

Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos. No me preguntes más.

No es falta de cariño. Te quiero con el alma. Te juro que te adoro y en nombre de este amor, y por tu bien, te digo adiós.

…siempre me deja pensativo. Supongo que será un error el tratar de buscar el sentido de una canción, encontrarle su lógica. El porqué. No puedo evitarlo. Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos, no me preguntes más. ¿Cómo que no? ¿Por qué? ¿Eres un agente secreto y has de partir en misión especial para no volver? ¿Eres un perseguido por la mafia (o un testigo protegido) y no puedes establecer lazos por las posibles represalias con tus seres queridos? ¿Eres el agregado cultural de alguna embajada y has de volver a tu país donde te esperan tu mujer y tus tres retoños? ¿Por qué os debéis separar? ¿Por qué?

Pedro Junco, cubano, músico, de buena familia, bohemio, mujeriego, se enamoró. Y fue correspondido. Ella era también una chica de buena familia, familia que no se alegró con la noticia. Todo lo contrario. La mala fama de Pedro cayó como una bomba. Su padre le prohibió verle. No fue obstáculo. Siempre encontraron la forma pues, desde que se vieron, amándose estaban.

Pedro estaba enfermo. Tuberculosis. La enfermedad se fue agravando hasta que tuvieron que ingresarlo y aislarlo. Pedro sabía que iba a morir. Y no se quería ir sin despedirse. Podría haber escrito una carta, pero estaba seguro de que esa carta nunca hubiera llegado a ella. Su padre abría la correspondencia. Decidió escribir una canción. Llamó a un amigo, músico también y le pidió un favor. El amigo acudió a una emisora de radio y cantó esa canción en un programa que ella escuchaba siempre. Ella la escuchó. Comprendió. Salió corriendo a buscarlo pero, según la leyenda, cuando llegó ya era tarde. Acababa de morir.

Así que, enigma resuelto. Satisfecho me quedo. Ya tengo mi porqué. Gracias a Juan Pablo Silvestre, que me puso en el camino.

domingo, 26 de septiembre de 2021

Gracias

Veinticuatro de agosto. Habíamos terminado de cenar. Eran las nueve y media. Ana y nuestra hija se subieron a la habitación. A nuestro hijo y a mí nos apetecía más dar un paseo. No estábamos cansados y la tentación de callejear por Ávila y recorrer la muralla nos pudo y nos fuimos a dar una vuelta.

A las diez nos llamó nuestra hija. –Venid corriendo, que mamá no está bien. No estaba bien. Fuera de sí, medio ida, nos gritaba que llamásemos a un médico.

Llamamos al 112. Tomaron nota. Al minuto nos llamaron. Ponedla de lado. Obedecimos. Comenzó a vomitar. A los cinco minutos llegó la policía. Poco después, los sanitarios. Ana respondía. Seguía con la mirada. Tal vez una intoxicación. Tal vez la fatiga del día. Se la llevaron al hospital Nuestra Señora de Sonsoles. No pudimos acompañarla. Restricciones de la pandemia. Nos metimos los tres en una de las habitaciones del hotel y nos preparamos para esperar lo que hiciera falta.

A las doce y media sonó el teléfono. Nos informaron de que Ana había sufrido un aneurisma, un derrame cerebral, y de que iba a ser trasladada al hospital Virgen de la Vega en Salamanca.

A las dos de la madrugada llegamos al hospital. En un banco a la entrada del mismo, tapados con unas mantas que llevábamos en el coche, nos sentamos los tres a esperar la llegada de la ambulancia.

Poco después de las dos sonó el teléfono. Era el médico de guardia de Ávila. Nos informaba de que una UVI móvil se estaba preparando para llevarla a Salamanca.

A las tres volvió a llamar el médico de guardia. Había habido complicaciones. Ana había sufrido convulsiones. La habían tenido que sedar. La UVI móvil salía en ese momento.

Algo pasadas las cuatro, llegó. Allí estaba Ana. El médico que la acompañaba nos informó de que el viaje había sido complicado, que había tenido muchas alteraciones cardiacas durante el mismo, aunque, bueno, había llegado. Luego añadió –hemos hecho todo lo que hemos podido. Y concluyó –dadle un beso.

Se la llevaron a la UCI. Nos dejaron subir a los tres a la sala de espera. Sobre las cinco y media salió la médico intensivista. –Voy a ser muy rápida. Le hemos hecho un escáner. Las convulsiones han sido debidas a la presencia de sangre en el cerebro. Vamos a llevarla ahora mismo al quirófano para ponerle un drenaje (probablemente el lenguaje técnico que esté usando no sea muy correcto. Lo siento). Las neurólogas ya están preparadas. Esperadnos en la planta quinta.

No sé qué hora sería (aún no había amanecido) cuando salieron las neurólogas del quirófano. El drenaje estaba puesto y funcionando. Aunque la operación había sido, según nos dijeron, un tanto a ciegas, el resultado era positivo.

-¿Podemos tener esperanza?

-Las lesiones cerebrales tienen una componente imprevisible muy acusada. Toca esperar.

Sobre las ocho nos volvió a llamar la intensivista. Nos informó de que en el escáner hecho en Salamanca, al compararlo con el que habían hecho en Ávila, habían detectado que había habido un resangrado, una segunda hemorragia y que el paso siguiente era que le hicieran una arteriografía (meter una cámara por la arteria) en el Hospital Clínico, que estaba justo al lado.

A las ocho y media llamé a la madre de Ana para contarle lo que había pasado.

Se la llevaron al Clínico. Allí sólo podía entrar uno. Dejé a nuestros hijos en la cafetería (sin dormir y sin desayunar estaban) y me fui para dentro. Salió el radiólogo. Me explicó con dibujos. Son cuatro las arterias que alimentan el cerebro. Las arterias están formadas por varias capas concéntricas. En una de ellas había una malformación muy singular, probablemente de nacimiento, y las paredes se habían ido separando colándose la sangre entre ellas hasta romper (Ana llevaba todo el verano quejándose de dolores de cabeza. Quién iba a suponer). Había dos opciones para solucionar el problema: colocar una prótesis, prótesis que no tenían y que tardaría, mínimo, veinticuatro horas, o condenar la arteria de la malformación cegándola (ellos decían embolizar).

-¿Qué riesgo tiene para el cerebro si se ciega una de las arterias?

-La malformación que tiene es muy inestable. El riesgo de que haya otra hemorragia es muy alto. Y podría ser ya definitiva. Ése es el riesgo mayor. Nosotros recomendamos embolizar. Y los neurólogos, también.

-¿Cuándo podrían operarla?

-Ahora mismo. Ya está preparada.

-Tendría que firmarle un papel, ¿no?

-Sí.

-Démelo.

Una hora y media después me informó de que la operación había salido bien. Le abracé con toda mi alma. Salí corriendo a informar a nuestros hijos. Y a verla otra vez mientras se la llevaban de nuevo a la UCI del Virgen (de la) Vega.

El horario de visitas en la UCI está muy restringido. Todos los días (todos), a partir de las doce del mediodía, los médicos se reúnen con cada uno de los familiares de los pacientes para informar de la situación. Después, a través de un pasillo acristalado, te dejan media hora para que los veas. Y, por la tarde, a partir de las cinco y media, tienes otra media hora. Sólo se permitían dos acompañantes por enfermo. Mi hermano y mi cuñada se vinieron desde el Secarral y se llevaron a nuestra hija. Tenía una labor importante que hacer con su abuela. Muy importante. Tenía que ser su soporte. Nos quedamos nuestro hijo y yo. No se permiten la entrada de menores de edad en los hospitales salvo que sean pacientes. Con él miraron a otro lado.

Los días pasaban muy lentos. Vivíamos pegados al teléfono. Podía sonar en cualquier momento. El riesgo de lo que no nos atrevemos ni a nombrar era alto. Cada vez que entrábamos a hablar con los médicos lo hacíamos con el pulso alterado. En la UCI aprendimos que pocas palabras hay más bonitas que estable. Nos repetíamos siempre que si hoy está igual que ayer, hoy está mejor que ayer.

Durante las visitas podíamos hablarla mediante un telefonillo. Ella estaba dormida pero vimos que el pulso le subía un poco cuando hablábamos. Y eso nos hacía sentirnos útiles. Y le contábamos nuestro día a día, quién había llamado, quién había venido. También, mediante el teléfono, le hablaba nuestra hija. Somos cuatro, Ana. No lo olvides.

Conforme fueron pasando los días, el miedo no disminuyó aunque sí cambió. Al principio temíamos una cosa. Luego ya empezamos a pensar en si despertaría, en cómo despertaría, en cuál sería su punto de partida. Yo sólo pedía tener esperanza. Lo que fuera trabajo y tiempo, lo que dependiera de nosotros, se podría conseguir. Y pedía poder tener esa oportunidad.

Ana estaba sedada. Y los médicos comenzaron a jugar con la sedación para ver cómo respondía. El lunes treinta de agosto por la tarde la vimos toser. El martes nos dijeron que habían tratado de quitársela pero que había tenido desajustes respiratorios y tuvieron que volver a sedarla. El poco tiempo que estuvo sin sedación no había habido ningún tipo de respuesta, pero no lo consideraron significativo. El miércoles nos dijeron que había llegado a mover un brazo y aquella tarde la vimos bostezar, toser, y mover la boca.

El jueves dos de septiembre nos dijo la intensivista que le habían retirado por completo la sedación. Y que se había despertado. Y que escuchaba. Y que entendía. Y que movía las dos piernas y el brazo derecho. Y que querían ver, cuando entrásemos, si era capaz de reconocernos. Entramos. Nos vio. Se giró. La intensivista nos dijo por gestos que se había puesto a llorar al vernos. Nos había reconocido.

No he vivido muchos momentos tan felices en mi vida como ése. Y dudo mucho que nuestro hijo vaya a vivir muchos más como éste en toda su vida.

Aquella tarde ya vimos que también movía el brazo izquierdo. También veíamos que trataba de decirnos cosas. Leyéndole los labios intentábamos averiguar. Preguntábamos y ella gesticulaba si sí o si no. Hubo algo que no podíamos averiguar. No entendíamos. Hasta que gritó –sed. La voz también la había recuperado.

Al día siguiente nos llamaron por la mañana. Estaba muy alterada. Preguntaba por nosotros. No se permite la entrada a la UCI pero, dada la situación, y si manteníamos el secreto con los familiares de otros pacientes, que podrían sentirse agraviados, nos pidieron que fuéramos a hablar con ella. Fuimos corriendo. Luego nos contó Ana que, al despertar, pensó que estaba secuestrada. Nosotros tratamos de tranquilizarla. Le dijimos que tenía que colaborar, que allí no tenía enemigos. Todo lo contrario. Por la tarde nos hicieron señas para que nos quedásemos y nos volvieron a dejar entrar y estar un rato con ella. Nos pidió que no nos fuésemos. Que se aburría. Antes de entrar, durante la visita, vimos que se llevaba un dedo a la nariz. Ella siempre nos está reprochando nuestra bonita costumbre de hurgar. -A ver qué vas a hacer. Ella entonces nos enseñó su dedo corazón. No sólo se había despertado. También había vuelto.

El sábado cuatro nos informaron de que la iban a subir a planta. Nos quedamos. En planta ya sólo podía haber un acompañante. La tarde del sábado nos turnamos. La noche ya la pasé yo en la habitación con ella.

El domingo por la mañana llevé a nuestro hijo a la estación. Cogió el tren para Valencia. La semana siguiente comenzaba las clases. Los últimos once días no nos habíamos separado en ningún momento. Lo habíamos vivido todo juntos. El viaje a Salamanca lo habíamos hecho de la mano. Habíamos rezado juntos, llorado, animado, acompañado. El abrazo cuando vimos que Ana nos reconocía fue nuestro. No éramos padre e hijo. Éramos dos. Nos apuntalábamos el uno al otro. Cuando se bajó del coche y se fue, sentí un vacío enorme. Me sentí muy solo. Pero no tenía tiempo que perder. Ana estaba en la habitación del hospital. Y me necesitaba.

Ese lunes llevaron a nuestra hija y a la madre de Ana a Valencia.

Lo primero, al hablar con los médicos en planta, que hicimos fue plantear la posibilidad de un traslado. Imposible. Mientras tuviese el drenaje en la cabeza, imposible. Un viaje tan largo no se podía aceptar porque existía riesgo de que se saliese y volverlo a poner requería de cirugía.

Una de mis ocupaciones era observar el líquido que salía del drenaje. Era de un rojo muy oscuro. Pregunté a una de las enfermeras cuál era el color objetivo. –Como el agua de roca- respondió. Estábamos lejos.

Otra de mis ocupaciones, la mayor, era vigilar a Ana. El drenaje obliga a cierta inmovilidad y a tener fijo el nivel de la cabeza para que el cerebro drene bien. Hay personas que cuando les dices –no te muevas y no te toques la cabeza- entienden que no tienen que moverse ni tocarse la cabeza. Otras entienden que tienen que sentarse, girarse y tocarse la cabeza cada treinta segundos. Tuvo que estar atada a la cama los dos primeros días en planta. Ella me pedía que la soltara. Me recordaba a esas presas que, con zalamerías, conquistan a sus carceleros hasta que les abren la puerta y vuelan. No fui un carcelero ejemplar.

Los primeros días en planta tuvo fiebre. Eso contribuía a su alteración, desde luego. Le hicieron varios cultivos para determinar su causa. Antibióticos. El miércoles ocho ya no tuvo fiebre. Y no volvió a tener. El líquido ya era anaranjado. El jueves, amarillo. Y el viernes, amarillo claro. Los neurólogos decidieron probar y cerrar la válvula del drenaje. Se trataba de evaluar la respuesta del cerebro. Me pidieron que la vigilara y que si sufría dolores fuertes de cabeza, decía incongruencias o que si le costaba mucho despertarse, avisase.

Vigilé. El comportamiento de Ana era normal. Nada extraño. Sólo nos llamó la atención que tenía la cabeza mojada, que tenía que haber algún punto por donde se fugase el líquido. Pero no nos preocupó.

Cuando el neurólogo lo vio, abrió la válvula del drenaje. El cerebro no era capaz por sí mismo de reabsorber el líquido. Hidrocefalia, dijo. El domingo volvería a cerrar la válvula y a ver qué tal. Pero no era muy optimista. La alternativa sería operar y poner una válvula. Y con la mirada nos dijo que nos fuésemos haciendo a la idea.

Aquel fue el primer paso atrás. Y no lo encajamos bien. Hasta ese momento Ana siempre había avanzado. Con pasos pequeños, con pasos más largos, pero siempre hacia adelante. Y aquel revés, al menos yo, no lo acepté con elegancia. Luego nos tranquilizamos. Había una alternativa. Y empecé a ver que, bueno, tener un artefacto mecánico en el cerebro como elemento de seguridad tampoco era una mala cosa.

El domingo doce volvieron a cerrar la válvula. Y no habían pasado tres horas cuando el pelo empezó a mojarse. Volvieron a abrirla. Por la tarde pasó el neurólogo. -Voy a decir que no te pasen la cena. Mañana te opero. Nos explicó la operación. Fontanería. Un tubo que desagua. Relativizó el peligro de la misma puesto que la realizan con mucha frecuencia. –Os sorprendería saber cuánta gente lleva una válvula en el cerebro.

Se fue. Volvió. –Mañana no puedo operarte. Se necesitan dos cultivos negativos del líquido y sólo tienes uno. Es el protocolo para evitar el riesgo de meningitis. Mañana te tomarán la muestra.

La semana siguiente la pasamos esperando la operación. En una habitación de hospital estás controlado, desde luego. Ana cada día estaba mejor. Con la fisio trabajaba y se preparaba para cuando pudiese levantarse. Y mentalmente era la de siempre. El lunes le tomaron la muestra. Y el martes ocurrió un hecho que lo retrasó todo.

Catorce años han tardado en construir el Hospital Universitario de Salamanca. Catorce. Y el traslado de la planta de Neurología del Hospital Virgen (de la) Vega al nuevo nos tocó vivirlo a nosotros. Ese martes estuvimos de mudanza. Salió el día lluvioso, además. Dejamos nuestra habitación con terraza orientada a levante con las siguientes vistas:


Y llegamos a una habitación con ventana, desde donde veíamos lo siguiente:


Aunque también he de decir que las vistas del Tormes desde la sala de espera del hospital nuevo elevaban el espíritu.

El miércoles ya estaban los resultados de la muestra. Negativo. Operaremos jueves o viernes. El jueves nos dijeron que era mucho mejor hacerlo el viernes, dónde iba a parar. Y era cierto. Es mucho mejor operar en un quirófano terminado que en uno por terminar. Pero esto último no nos lo quisieron decir.

El viernes diecisiete de septiembre a las diez de la mañana se la llevaron al quirófano. Antes nos habían explicado todos los riesgos. Es su obligación pero, aunque estadísticamente sean residuales, -danos el papel que te lo firmamos. No te preocupes. Si no tenemos alternativa. Pero suavízanos este trago.

A las dos del mediodía entró el neurólogo que la había operado. Había que esperar la evolución y tendrían que hacer una radiografía y un escáner (o un TAC) para asegurarse pero, en principio, la operación había salido bien. Me dio la tarjeta de la válvula, tarjeta que Ana tendrá que llevar siempre encima. Ella estaba en reanimación. Enseguida la subirían. La subieron. Se fue despertando. Ya no había drenaje. Podía sentarse. Podía moverse.

El sábado por la tarde se la llevaron a hacer una radiografía. El domingo, con ayuda de un andador, ya se levantó y se movió por la habitación.

El domingo también ocurrió algo que nos llamó la atención. Hasta ese momento en la habitación no paraban de entrar y salir médicos, enfermeras, auxiliares o celadores. Visitas, medicación, temperatura, azúcar, tensión, pulso, limpieza, aseo, comidas, controles. A cualquier hora. Ese domingo apenas se abrió la puerta. Lo justo. Nos habían dejado caer que, si el TAC (o el escáner) no decía lo contrario, no es que la trasladasen a Valencia, es que se podría ir con el alta hospitalaria. Y ese domingo empecé a creer en esa posibilidad. De un hospital no te vas. Te echan. Y Ana daba toda la sensación de que estaba ocupando una cama de manera innecesaria.

El lunes veinte de septiembre ya se levantó (con andador) y se aseó ella sola. Se la llevaron para el escanertac. Volvió. Pasó la mañana. Nadie entraba. A las dos y media entró el neurólogo. Todo estaba bien. Ellos tenían el alta redactada. Pero, para completar el historial, faltaba el informe de la embolización. Y, tratándose de Comunidades Autónomas distintas, el historial tenía que estar completo para poder llevárnoslo. Habían reclamado el informe. Nadie contestaba. Y, a las tres de la tarde, mañana será otro día.

La tarde del lunes estuve un tanto rabioso. Estábamos en el hospital por un problema administrativo. Existen las normas. No lo discuto. También existe el correo electrónico. No sé. En fin. Un día más en el hospital no le iba a hacer daño a Ana.

El martes por la mañana los médicos nos dijeron –tranquilos, que hoy os vais. -A ver si puede ser pronto, que tenemos un viaje muy largo. A las nueve y media estaba tranquilo. Y a las diez. A las once, menos. A las doce, pregunté. Me torearon con la derecha. A la una me torearon con la izquierda. A las dos podría haber matado a alguien. A las dos y cuarto le quitaron la vía a Ana. A las dos y media llegaron con el historial. Nos explicaron el procedimiento a seguir a partir de ese momento, administrativo y médico. A las tres vino una celadora y la bajó a la puerta en una silla de ruedas.

A las tres y media del martes veintiuno de septiembre salimos de Salamanca.

A las nueve y veinte de la noche Ana entraba en casa. Allí esperaban nuestros hijos y su madre. Veintiocho días después, once en la UCI, diecisiete en planta, estábamos otra vez en casa.

En los primeros momentos, cuando nos trasladamos a Salamanca, cuando la veíamos, repetíamos y nos repetíamos –Ana, somos cuatro. Somos cuatro. No lo olvides. Pero pronto tuve la sensación (y la certeza) de que no éramos cuatro. Éramos más. Muchos más. Muchísimos más. La gente se volcó con ella. Algunos nos lo hicieron saber directamente a nosotros. Otros, de manera indirecta. Y todos pidieron por ella. Todos hicieron fuerza. Cada uno según su fe y sus convicciones, pero todos con el mismo objetivo, muchas veces involucrando a grupos de gente que ni siquiera la conocían. No puedo dar nombres porque terminaría siendo tremendamente injusto. Los que escribieron, los que llamaron, los que pidieron, los que encendieron velas, los que vinieron a visitarnos a Salamanca, los que iban a hacerlo y no vinieron porque se lo pedimos nosotros, ya que no íbamos a poder estar con ellos, los que se fueron en bicicleta a la ermita de Manjavacas a pedir, los que llevaron flores y sacaron las andas de la Virgen de Gracia. El Santísimo Cristo y la Virgen del Favor y Ayuda estuvieron siempre no sólo de nuestro lado sino a nuestro lado. Nosotros fichamos a San Sebastián y a San Francisco. Y sé que todo esto ayudó. No sé en qué medida, pero dio un empujón. Desniveló la balanza. ¿Cuánto? Lo que sea. Pensando en Ana, en lo que podía haber ocurrido, en cómo podía haber quedado y en cómo está ahora, la palabra milagro siempre la tengo presente. Y toda esa fuerza que generamos entre tantísimos, pero tantísimos, muchísimos más de cuatro, sumó. Estoy convencido de ello.

No olvidaremos jamás al equipo de la UCI del hospital Virgen (de la) Vega. No tratamos con nadie de allí que no tuviera una calidad humana excepcional. Alejados del paternalismo, fueron muy claros siempre en sus explicaciones, en las posibilidades, en los caminos a seguir. La celeridad con la que trabajaron las doce primeras horas, siempre claros, siempre transparentes, siempre humanos…inolvidable. Como tampoco podremos olvidar los lazos establecidos en la sala de espera de la UCI. Allí nos tocaba pasar mucho rato hasta nuestra cita o hasta que abrían la puerta para la visita. Lo lazos que se establecen en el dolor, en el miedo, en la incertidumbre son muy especiales. Allí nos confortábamos unos a otros, nos dábamos esperanza, vivíamos con alegría cada pequeño paso hacia adelante que se daba. Cada subida a planta, cuando se despertó José María del coma diabético, los progresos de Begoña y de Mariano, las operaciones de María, la angustia porque Joaquín no se despertaba…todo. Y tampoco olvidaremos nunca al personal de planta de Neurología del Virgen (de la) Vega. Enfermeras (había dos enfermeros pero, como ellos decían enfermeras para referirse al conjunto, lo respeto), auxiliares y celadores. No sé si habrá habido muchos pacientes que, al recibir el alta, al despedirse, lo hayan hecho llorando. No sé a cuántos hemos invitado a Valencia, a cuántos les hemos dado el teléfono. Como vengan todos a la vez igual tenemos un problema, pero ojalá vinieran. Ojalá tengamos la oportunidad de corresponder, aunque sea un poco, por todo el cariño y el cuidado que Ana ha recibido. Ojalá.

Cuando, tras llegar Ana a Salamanca, en aquella sala de espera nos dolía el temor de que se abriese la puerta y alguien nos informase de lo que sigo siendo incapaz de decir y escribir, cuando buscábamos aferrarnos a cualquier tipo de esperanza, empecé a pensar que en Salamanca eso no podía pasar. Había estado allí tres veces antes y allí había sido siempre feliz. Y no sólo eso. Allí nunca me sentí un extraño. Siempre sentí esa ciudad como algo mío. O yo suyo. Y por eso repetía que no, que imposible, que en Salamanca no podía ocurrir, no iba a ocurrir. Y en los paseos que nos dimos nuestro hijo y yo para llenar el tiempo durante los días de UCI, en las escapadas que hacía a diario, ya en planta, aunque no fuera más que para que me diera el aire, todos los sentimientos que tenía por esta ciudad se reforzaron. Y ya le he dicho a Ana que volveremos. Porque Salamanca también estuvo de nuestro lado. Salamanca también sumó.

Y, por último, Ana. Has vuelto. Estás aquí. Has luchado y has vencido. Con heridas de guerra que se irán con el tiempo y que serán sólo cicatrices y que te han hecho más fuerte. Más grande. Y estás aquí. Porque somos muchísimos más que cuatro. Y también somos cuatro. Seguimos siendo cuatro. No podía ser de otra manera. No hubiéramos sido sin ti.

sábado, 14 de agosto de 2021

Por eso en días de mucho aire como hoy no conviene pensar

He vuelto a leer. O, por decirlo de manera más apropiada, he vuelto a leer con continuidad. Este año no está siendo demasiado productivo. Tres libros llegué a empezar y los tres se quedaron a medias. Y no era un tema de gustar o no gustar. Leer dejó de ser una prioridad. A veces el cuerpo manda y hay que escucharlo y se ve que quería descansar. Y llegué a temer que esa desgana podría llegar a ser definitiva.

Llegan las vacaciones. Cargo con los libros. Mi tendencia hacia la misantropía sigue en aumento, y como si naciste para gruñón del cielo te caen los gilipollas, la soledad empieza a ser un estado de necesidad, de higiene mental. Mejor solo que cabreado. El coste de oportunidad. Y la soledad se traduce en tiempo. Y, con ese tiempo, una opción era leer. Y puedo decir que he vuelto. Y estoy muy contento.

El primer libro que me he terminado es “Juegos de la edad tardía”, de Luis Landero (qué sensación produce el terminar un libro. No pierde la fuerza. Siempre es especial). Con este libro mi relación no es de ahora y, aunque no sea más que para rellenar, la contaré.

Hace no sé cuánto tiempo (igual diez años) José Antonio me regaló “El guitarrista”, del mismo autor. Me gustó. Mucho. En una librería de lance encontré “Juegos de la edad tardía”. Lo compré. Fue a la mesita. Ocupó su sitio en la cola. Cada vez que le llegaba su turno, lo abría, lo cerraba y lo volvía a poner en lo alto del montón. No era el momento. De la mesita pasó a la estantería. Tu momento llegará. Cada vez que reordenaba o guardaba, si lo veía, con vergüenza pensaba –algún día. Y a principio de este año –ahora. Y lo empecé. Y me estaba gustando. Y me invadió la desgana. Y ahí se quedó.

Bien, terminado. No escribo para celebrar como una hazaña el que me he leído un libro. Escribo porque me siento obligado a reseñar esos libros que son más que libros, esos de los que te sientes orgulloso por añadirlo a tu acervo, esos de los que notas que te hacen mejor.

Vamos ahora a tratar de hacer una reseña digna del libro. O algo digna. Conforme iba leyendo la novela me recordaba al Quijote. Alguna vez he comentado mi inseguridad lectora ya que leo, busco información y descubro que no me he enterado, que mis sensaciones y mis opiniones van en otra dirección a las presuntamente intelectuales. Aquí busqué y vi que la influencia quijotesca se cita en todos los análisis del libro que consulté. Incluso el autor no la niega. Más bien al contrario. Mi ego intelectual salió reforzado y levanté la nariz un poco.

La primera influencia la vi en el uso del idioma. Sin llegar al nivel de Cervantes, la prosa es desbordante. Cada palabra está es su sitio. Cada frase está en su sitio. Hay un sentido del ritmo en la narración. No sigues el hilo de una historia sino que disfrutas con cada palabra de la historia porque hay diamantes en cada rincón. Lamenté no tener un cuaderno de notas porque lo hubiese llenado sólo con citas de este libro. Muy raro fue el párrafo en que no tuviese que pararme para saborearlo.

La segunda la vi en los personajes secundarios y cómo se incorporan, participan, influyen o sirven de contrapunto a la historia. El tío Félix, don Isaías, Elicio, Alicia, la suegra, doña Gloria, Paquita, Antón Requejo. Menciono aparte a Angelina, mi personaje favorito. Su simplicidad, su sentido común, su parquedad y su practicidad me conmovían en cada una de sus frases. No oculto que, al involucrarme en la trama, era con ella con quien más me identificaba. Y me tocó sufrir.

La mayor influencia la vi en la pareja protagonista (Gregorio Olías/Faroni y Gil Gil/Dacio Gil) y en la trama. El hombre que sueña y mantiene esos sueños contenidos. Y el día en que esos sueños tienen oportunidad de salir, ya nadie los para. Y cuando la realidad se impone, los sueños no ceden. Y cuando la realidad te castiga, los sueños siguen su camino. Y cuando la realidad te hace tocar fondo y perderlo todo, cuando bastaba con plantarse, reconocer y pedir perdón, los sueños son los que dirigen. Y cuando, al final, la esperanza se abre paso (licencia del autor no quijotesca), lo hace ya desde los sueños. Rotos, mutilados, pero desde los sueños.

lunes, 9 de agosto de 2021

Jesús Ángel

Es común confundir Olimpiada con Juegos Olímpicos cuando son términos con distinto significado. Olimpiada es un concepto temporal aunque, como he leído esta mañana, podríamos decir también que Olimpiada es el vacío que uno siente cuando terminan los Juegos Olímpicos y que dura hasta que llegan los siguientes. Y en ese vacío estoy. En esa pena. En esa melancolía.

Los Juegos Olímpicos son la felicidad permanente, una exaltación continua de las emociones, de los sentimientos. Vas de alegría en disgusto sin parar, gritando delante del televisor (del móvil), con ganas de abrazar a quien te encuentres, de llorar, de saltar. En dos semanas tu sistema nervioso trabaja lo que en cuatro (o cinco) años (una olimpiada) no. Menos mal que entre medias tenemos Europeos y Mundiales (Atleti aparte). Si no, parecería un vegetal.

Aunque hago a muchos deportes, no sigo todos. Hay algunos de los que están en los Juegos que ni siquiera me parecen deportes (la Sincronizada y la Rítmica, aunque estén practicadas por deportistas, las vería mejor en unos Juegos Florales o Circenses). El medallero me da igual porque no todas las medallas valen lo mismo y porque no soporto la idea de podio igual a triunfo y, a partir del cuarto, fracaso (el periodismo deportivo español. Qué no haría con este colectivo de manera ejemplar. “Medalla de chocolate”. Mataría cada vez que lo escuchase. “Ya tenemos la plata asegurada”. Diciendo esa frase se ve que ya pasas directamente a cuarto de Periodismo. Y ya que he abierto la ventana del odio y del rencor, espero no tener que volver a escuchar a Erika Villaécija diciendo nada durante la natación, ni las obviedades, simplezas y grititos de María Vasco ni a Higuero diciendo Pablo Nurmi. Ya que lleváis comentaristas, por favor, llevad a alguien que sepa, que instruya, que enseñe, que cuente (viva Castillejo), no a gente que provoque úlceras de indignación. Me pasé a Eurosport, donde estaban Chema (otro capullo) y el Pájaro y, vamos, no había color. Por otra parte, y amparándome en que el uso hace la norma, a sabiendas de que no seré académicamente correcto, seguiré diciendo Sapporo y no Sápporo, keniata en vez de keniano y holandés por no decir neerlandés).

Pero vamos a lo positivo, que es casi todo. Deportes individuales. Aquí confieso que soy poco patriota. Tomo partido por las personas más que por las camisetas. Triatlón, ciclismo, tenis. Un espectáculo. Antes seguía más la gimnasia deportiva, pero me quedé en Shushunova, Boginskaia, Bilozerchev, Gushiken y Scherbo (Simone Biles, si no estás para competir, pues no compitas. Pero el circo que has (y han) montado dejando tirado a tu equipo (lo peor) en plena competición me ha parecido vergonzoso). La natación me la he visto entera. Maravilloso. Los duelos Titmus Ledecky. Las salidas de Dressel. Todo Dressel (su posta en el 4 x 100 estilos, una barbaridad). Las australianas. El tunecino del cuatrocientos ganando por la calle ocho. Las despedidas de Laszlo Cseh y de la gran (divina, maravillosa) Federica Pellegrini nadando finales. Los relevos. Los entrenadores de Milak tirando con rabia los papeles al suelo (la propia cara de Milak era un poema) porque éste había arrasado en el doscientos mariposa pero no había batido el record del mundo (no siempre gana el primero). El propio Milak sonriendo al ser segundo tras Dressel en el cien mariposa tras estar a punto de cazarlo. Peaty y su pinta de hooligan. Los últimos cincuenta metros de Finke en el mil quinientos y, sobre todo, en el ochocientos.

Y luego está el atletismo, que si de por sí es lo más bonito del mundo, en unos Juegos es el paraíso. Elaine Thompson reinando y la cara de poker de Shelley Ann y de Jackson. La polémica con el oro compartido entre Barshim y Tamberi, que personalmente no vi mal aunque pueda entender a quien lo critique. Espero que no se cumpla nunca eso de que, al inicio de una competición, todos hagan nulos y pacten el oro. Por cierto, a Tamberi no le vendría mal una leche con la mano vuelta, a tiempo o a destiempo. Mira que le gusta una cámara y montar su espectáculo. Yo lo he visto competir teñido de rubio y con media cara afeitada. Le auguro un gran futuro como tertuliano o como tronista. La maravillosa final de triple salto femenino, con unas fabulosas Rojas, Mamona y Peleteiro demostrando qué es competir (porque el que se supera en el momento y en el lugar preciso es el que es digno de admiración y a quien hay que ensalzar. Es al que compite al que hay que destacar. Al que se rinde habrá igual que ayudarlo pero, ¿tomarlo como ejemplo? Amos, no me jodas). Cuando Yulimar arrancó en su último salto todos sabíamos que ahí estaba el record. Y lo estuvo. Los dos suecos del disco que seguro que dejaron a Tokio sin cerveza la noche de su triunfo. La pena de no poder ver a Lavillenie siendo competitivo en los que, probablemente, serán sus últimos Juegos. Comprobar que los mismos que dijimos –donde Bubka dejó la pértiga es casi imposible que nadie pueda llegar- ahora decimos –donde Duplantis va a dejar la pértiga es casi imposible que nadie vaya a llegar. La fabulosa Mu, que arrancó el ochocientos en cabeza (si dices front runner ya te convalidan el resto de periodismo deportivo) y, al llegar a meta, miró detrás a ver dónde estaban las demás. La inolvidable cabalgada de Frerichs en el tres mil obstáculos femenino. Lo largos que se le hicieron a Holloway los últimos veinte metros. El triunvirato Crouser, Kovacs, Walsh. Los polacos en los lanzamientos de martillo. Los giros de Allman. El ritmo que marcó Gidey para tratar de dejar atrás (infructuosamente) a la innombrable. El repaso que le dio Kipyegon a la innombrable (lo celebré como un gol. Sí, soy mala persona). La elegancia y la clase de Gardiner. La elegancia y la clase de Kipchoge. Ver a un indio ganando la jabalina con dos checos, como siempre, en el podio (Uwe Hohn derrotó a Zelezny). Allyson Felix siendo tercera (también lo celebré como un gol. A veces puedo ser buena persona). El equipo de 4x400 femenino estadounidense que, como escribió Juan Manuel Botella, fue una carta de amor al atletismo. La justicia poética con Kuchina Lasistskene. El descubrimiento de la McDermott, al único competidor que he visto concentrarse sonriendo y al único que, tras saltar, he visto abrir su diario para escribir sus sensaciones. Dijo Rubí que tenía un café y estoy de acuerdo con él. Y, por supuesto, las tres carreras que pasarán a la historia (del atletismo y del arte) de estos Juegos: las dos de cuatrocientos vallas (Warholm, Benjamin y Dos Santos en los chicos, McLaughlin y Muhammad en las chicas) y la de mil quinientos masculino. He visto ya tres o cuatro veces cada una de ellas (y no pienso parar) y siempre con los pelos de punta. Y, aunque haya dicho que, en los deportes individuales, soy más de nombres que de camisetas, ver que llevan una camiseta en la que se lee España gente como Asier Martínez, Fontes, Peleteiro, Ben, Marta Pérez, Adán, Ureña, Mechaal, los marchadores con Tur (qué grande eres) a la cabeza, Eusebio Cáceres o Cienfuegos, me hacen sentir que éste es el equipo en el que quiero estar.

En los deportes colectivos soy mucho más patriota. Y vivo en un sufrimiento permanente. La masculina de baloncesto se quedó donde tenía que quedarse. No había más. Fue muy hermoso. Nos esperan años largos. Con el hockey hierba pensaba que las chicas iban a llegar más lejos. Y me quedé despagado. Con el balonmano femenino, lo mismo. Aún no puedo conciliar el sueño por culpa del waterpolo masculino. Dejar escapar dos goles de ventaja en el último cuarto de la semifinal contra Serbia fue demasiado doloroso. Las chicas del waterpolo, fabulosas. Como siempre. Dejo para el final las dos selecciones con las que más me identifico (al fútbol ni lo voy a nombrar porque el fútbol en unos Juegos me molesta. Ya acaparan todo, ya se comen todo permanentemente. Y en estos quince días de oasis, ¿también fútbol? No. La milonga Messi Barcelona PSG me indignó sobremanera. ¿No podrían haberse esperado? ¿No podían dejar que terminasen los Juegos? No. El fútbol no respeta nada). La primera de las selecciones es la femenina de baloncesto. Triste. No nos ganaron las francesas. Perdimos nosotros. Lo tuvimos y fallamos. Y estas chicas, al menos a mí, me arrastran y me quedé hundido en el sofá sin poder levantarme. No se merece Laura Gil el escarnio que sufrió. Y tampoco está siendo edificante que se hayan cargado a Mondelo y estén empezando a soltar basura sobre él. La segunda es la masculina de balonmano. Cuando aplazaron los Juegos el año pasado sólo pensaba en un atleta y en los Entrerríos, Aginagalde, Morros, Guardiola, García y demás. Y han llegado. Y han competido. Y han hecho bronce. En el partido contra Egipto perdí dos kilos de todo lo que anduve y salté durante la segunda parte. Y ganaron. Ganamos. Esta generación se ha despedido donde tenía que hacerlo: arriba. Este equipo es mi equipo. Esta selección es MI SELECCIÓN.

Y, por último, decir que, ante todo y sobre todo, estos Juegos fueron los octavos Juegos de García Bragado.

lunes, 19 de julio de 2021

Tú vales, chaval. Elche

Al principio los llevas y los traes y te despides de ellos y los recibes con un beso en la puerta. Luego el beso ya te piden que se lo des una manzana antes, no vaya a ser que los vean. Un buen día ya no hay beso. Pronto ya sólo los acompañas un tramo. Ese tramo es cada día más corto y depende del horario. Al final, no depende de nada. Van y vienen solos. No te necesitan. Es más, les molestas. ¿Qué día tus hijos se hacen mayores? Nunca.

Junior de primer año. Ésta es la categoría en la que ha nadado mi hijo esta temporada. Ha vuelto a ser una temporada extraña. La anterior terminó en marzo. Ésta empezó, tuvo un parón de un mes, y la han podido terminar. No ha habido mínimas para los campeonatos de España. Van los quince mejores de cada prueba.

Una de las restricciones de esta temporada ha sido que no podía haber público durante las competiciones en las piscinas. Es decir, que no había padres en la grada. ¿Han protestado los nadadores por esta medida? Ninguno. De ninguna categoría. ¿Somos los padres cronómetro en mano y grandes expertos en natación porque hemos visto dos vídeos en Youtube nocivos para nuestros hijos? No lo sé. Desde luego, nadie nos ha echado de menos.

Mi papel como padre de nadador cada vez es menor. Va y viene solo a los entrenamientos. Al entrenar con los mayores, como algunos tienen coche, para ir a las competiciones se organizan. Y si no hay coche, nos organizan a los padres. El sábado que viene a las cinco tienes que venir a recogernos a Castellón. –Como desees. Algunas veces me consulta las pruebas a elegir. Rara vez me escucha. Hace bien. El que nada es él. El que sabe cómo está y cómo está entrenando es él. Si quiere charlar, sabe que estoy. Si se quiere desahogar, sabe que estoy. Si quiere opinión, sabe que estoy. Y si no quiere nada levanto la mano para que sepa que estoy. El ostracismo para la madre de la Pantoja es toda una prueba y de las duras.

La temporada empezó bien. No notó demasiado el parón y, cada vez que se tiraba al agua, iba rascando décimas a sus marcas (sí, tengo una hoja Excel donde anoto sus tiempos). En diciembre tuvo el premio de ir a la Copa de España. Llegó la Navidad y, a la vuelta, enseguida, otra vez todas las instalaciones cerradas. Vuelta a empezar. Se suspendió el autonómico de invierno. Arrancaron con la primavera. Llegaron las competiciones. Alzira. Gandía. Castellón. La misma inercia. Trofeo del club. Ahí no estuvo fino (aunque hubo un doscientos libre muy decente, un cien libre notable y una última posta del cuatro por cien que pocos como él son capaces de hacer). Copa Autonómica por clubes. Lo tiran en el cuatrocientos libre (fabuloso) y en el cuatrocientos estilos (colosal, soberbio, portentoso). Quedan segundos autonómicos. Y tras la Copa Autonómica, el momento estelar: el Autonómico.

El Autonómico para mi hijo es sus Juegos Olímpicos. Cada deportista tiene su nivel, sus objetivos y dónde puede ser competitivo. Cada uno lucha siempre contra sí mismo, por mejorar, por crecer. Pero en el deporte hay rivales y tener un sitio donde eres alguien, donde te conocen y donde te respetan te motiva. Y ese sitio es el Autonómico.

Este año era en Elche. Se fueron en autobús. La madre de la Pantoja anotó en la chuleta horarios y las calles por las que nadaba en cada prueba. Arrancó el ordenador y se preparó para pasar un fin de semana detrás de la pantalla siguiendo las cuatro sesiones de la competición. La dura vida de nuestros quedados especiales.

Durante toda la temporada se han retransmitido las competiciones. En la mayoría de ellas estaba detrás un club de Alzira que, con toda la voluntad del mundo, ha hecho que podamos verlas. La calidad sería mejor o peor, pero cumplían sus objetivos. Allí estábamos todos pegados a las pantallas (No siempre. En el trofeo del club me preguntaron si quería ser voluntario. Por una parte estaba el pasarme un fin de semana a treinta y tantos grados junto a una piscina sin poder bañarme moviendo sillas, montando carpas, diciendo a seiscientos chavales que si la mascarilla y que si la distancia y poder ver nadar en directo a mi hijo después de más de un año. Por la otra, verlo en casa por el ordenador. Aún me dura el moreno). En la página de la federación yo buscaba el enlace pero no encontraba nada. En el grupo de padres pronto saltó la noticia: no lo iban a retransmitir. ¿Por qué? No lo sé.

Apagué el ordenador y me resigné a, o bien a esperar el mensaje de mi hijo tras cada prueba, o esperar a que salieran los resultados en la página de la federación. La de veces que habré actualizado la página cuando sabía que ya había competido. Y confieso que la sensación era muy parecida a cuando iba a ver si habían salido las listas con las notas (mira que ha pasado tiempo pero hay cosas que jamás se olvidan).

Las notas fueron buenas. Muy buenas. Excelentes. Tenía diez mínimas pero sólo puedes nadar cuatro pruebas individuales y él eligió el doscientos estilos, el cien libre, el doscientos braza y el cuatrocientos estilos. Y en todas ellas mejoró marca y de largo. En el doscientos estilos fue quinto quedándose a nada de la mínima nacional (de haberla habido). En los cien libre, decimocuarto pero quedándose también muy cerca de la mínima (si vuelve a haberla). En doscientos braza volvió a ser quinto, aunque aquí no estaba tan exultante. Lo mismo le pasó en el cuatrocientos estilos. Fue sexto. Hizo su mejor marca por cuatro segundos. Pero sabe que vale menos y que tenía la mínima nacional (volverá) dentro. Aún así, motivos para estar contento y satisfecho tenía más que de sobra. Y la madre de la Pantoja estaba como unas castañuelas y sonreía a todo el mundo y se lo contaba a todo aquel que tuviese la mala suerte de pasar por delante.

Falta una última prueba. Sólo quedan en su club dos nadadores junior masculinos con mínimas. Imposible presentar relevo. El Autonómico era junior y absoluto. El equipo de relevos absoluto es muy potente. Uno de los nadadores, tras la Copa, decidió que su temporada había terminado. Había una plaza vacante en el cuatro por doscientos. Por tiempos le correspondía a mi hijo. Confieso que no quería que lo metieran. Hay mucha diferencia. Demasiada presión que se podía volver en contra. Había otras opciones con nadadores más veteranos y que no iban a estar tan presionados. Se decantaron por él. (Luego me contó que el mejor de los nadadores del club le dijo –sal a divertirte. Ya nos encargamos nosotros del resto). Cuando salió la nota, cuando salió el resultado, y vi que habíais sido terceros, cuando vi tu tiempo, bajando cuatro segundos tu marca, estando cerca de los otros, no grité. Sólo me puse a llorar. El Autonómico te debía un podio. No sé cuántos cuartos, quintos o sextos llevas en todos estos años. Y ya te tocaba. Te le merecías. Y, además, te lo habías ganado. Vale que te habías subido a un bólido en marcha, pero apenas perdió velocidad ese bólido (no tuvieron que encargarse del resto). Y ver lo que eres y de lo que eres capaz, por muchas veces que lo haya visto, jamás dejará de enorgullecerme y de emocionarme.

Los hijos crecen. Van ganando en seguridad, en confianza. Son cada vez más independientes. Poco a poco van teniendo su vida. Toman sus decisiones. Se hacen responsables de sus decisiones. ¿Cuándo dejaremos de estar pendientes, de vigilarlos, de observarlos, de sufrir, de enorgullecernos, de emocionarnos con ellos?

Nunca.

Hijo mío, eres extraordinario.