sábado, 14 de agosto de 2021

Por eso en días de mucho aire como hoy no conviene pensar

He vuelto a leer. O, por decirlo de manera más apropiada, he vuelto a leer con continuidad. Este año no está siendo demasiado productivo. Tres libros llegué a empezar y los tres se quedaron a medias. Y no era un tema de gustar o no gustar. Leer dejó de ser una prioridad. A veces el cuerpo manda y hay que escucharlo y se ve que quería descansar. Y llegué a temer que esa desgana podría llegar a ser definitiva.

Llegan las vacaciones. Cargo con los libros. Mi tendencia hacia la misantropía sigue en aumento, y como si naciste para gruñón del cielo te caen los gilipollas, la soledad empieza a ser un estado de necesidad, de higiene mental. Mejor solo que cabreado. El coste de oportunidad. Y la soledad se traduce en tiempo. Y, con ese tiempo, una opción era leer. Y puedo decir que he vuelto. Y estoy muy contento.

El primer libro que me he terminado es “Juegos de la edad tardía”, de Luis Landero (qué sensación produce el terminar un libro. No pierde la fuerza. Siempre es especial). Con este libro mi relación no es de ahora y, aunque no sea más que para rellenar, la contaré.

Hace no sé cuánto tiempo (igual diez años) José Antonio me regaló “El guitarrista”, del mismo autor. Me gustó. Mucho. En una librería de lance encontré “Juegos de la edad tardía”. Lo compré. Fue a la mesita. Ocupó su sitio en la cola. Cada vez que le llegaba su turno, lo abría, lo cerraba y lo volvía a poner en lo alto del montón. No era el momento. De la mesita pasó a la estantería. Tu momento llegará. Cada vez que reordenaba o guardaba, si lo veía, con vergüenza pensaba –algún día. Y a principio de este año –ahora. Y lo empecé. Y me estaba gustando. Y me invadió la desgana. Y ahí se quedó.

Bien, terminado. No escribo para celebrar como una hazaña el que me he leído un libro. Escribo porque me siento obligado a reseñar esos libros que son más que libros, esos de los que te sientes orgulloso por añadirlo a tu acervo, esos de los que notas que te hacen mejor.

Vamos ahora a tratar de hacer una reseña digna del libro. O algo digna. Conforme iba leyendo la novela me recordaba al Quijote. Alguna vez he comentado mi inseguridad lectora ya que leo, busco información y descubro que no me he enterado, que mis sensaciones y mis opiniones van en otra dirección a las presuntamente intelectuales. Aquí busqué y vi que la influencia quijotesca se cita en todos los análisis del libro que consulté. Incluso el autor no la niega. Más bien al contrario. Mi ego intelectual salió reforzado y levanté la nariz un poco.

La primera influencia la vi en el uso del idioma. Sin llegar al nivel de Cervantes, la prosa es desbordante. Cada palabra está es su sitio. Cada frase está en su sitio. Hay un sentido del ritmo en la narración. No sigues el hilo de una historia sino que disfrutas con cada palabra de la historia porque hay diamantes en cada rincón. Lamenté no tener un cuaderno de notas porque lo hubiese llenado sólo con citas de este libro. Muy raro fue el párrafo en que no tuviese que pararme para saborearlo.

La segunda la vi en los personajes secundarios y cómo se incorporan, participan, influyen o sirven de contrapunto a la historia. El tío Félix, don Isaías, Elicio, Alicia, la suegra, doña Gloria, Paquita, Antón Requejo. Menciono aparte a Angelina, mi personaje favorito. Su simplicidad, su sentido común, su parquedad y su practicidad me conmovían en cada una de sus frases. No oculto que, al involucrarme en la trama, era con ella con quien más me identificaba. Y me tocó sufrir.

La mayor influencia la vi en la pareja protagonista (Gregorio Olías/Faroni y Gil Gil/Dacio Gil) y en la trama. El hombre que sueña y mantiene esos sueños contenidos. Y el día en que esos sueños tienen oportunidad de salir, ya nadie los para. Y cuando la realidad se impone, los sueños no ceden. Y cuando la realidad te castiga, los sueños siguen su camino. Y cuando la realidad te hace tocar fondo y perderlo todo, cuando bastaba con plantarse, reconocer y pedir perdón, los sueños son los que dirigen. Y cuando, al final, la esperanza se abre paso (licencia del autor no quijotesca), lo hace ya desde los sueños. Rotos, mutilados, pero desde los sueños.

lunes, 9 de agosto de 2021

Jesús Ángel

Es común confundir Olimpiada con Juegos Olímpicos cuando son términos con distinto significado. Olimpiada es un concepto temporal aunque, como he leído esta mañana, podríamos decir también que Olimpiada es el vacío que uno siente cuando terminan los Juegos Olímpicos y que dura hasta que llegan los siguientes. Y en ese vacío estoy. En esa pena. En esa melancolía.

Los Juegos Olímpicos son la felicidad permanente, una exaltación continua de las emociones, de los sentimientos. Vas de alegría en disgusto sin parar, gritando delante del televisor (del móvil), con ganas de abrazar a quien te encuentres, de llorar, de saltar. En dos semanas tu sistema nervioso trabaja lo que en cuatro (o cinco) años (una olimpiada) no. Menos mal que entre medias tenemos Europeos y Mundiales (Atleti aparte). Si no, parecería un vegetal.

Aunque hago a muchos deportes, no sigo todos. Hay algunos de los que están en los Juegos que ni siquiera me parecen deportes (la Sincronizada y la Rítmica, aunque estén practicadas por deportistas, las vería mejor en unos Juegos Florales o Circenses). El medallero me da igual porque no todas las medallas valen lo mismo y porque no soporto la idea de podio igual a triunfo y, a partir del cuarto, fracaso (el periodismo deportivo español. Qué no haría con este colectivo de manera ejemplar. “Medalla de chocolate”. Mataría cada vez que lo escuchase. “Ya tenemos la plata asegurada”. Diciendo esa frase se ve que ya pasas directamente a cuarto de Periodismo. Y ya que he abierto la ventana del odio y del rencor, espero no tener que volver a escuchar a Erika Villaécija diciendo nada durante la natación, ni las obviedades, simplezas y grititos de María Vasco ni a Higuero diciendo Pablo Nurmi. Ya que lleváis comentaristas, por favor, llevad a alguien que sepa, que instruya, que enseñe, que cuente (viva Castillejo), no a gente que provoque úlceras de indignación. Me pasé a Eurosport, donde estaban Chema (otro capullo) y el Pájaro y, vamos, no había color. Por otra parte, y amparándome en que el uso hace la norma, a sabiendas de que no seré académicamente correcto, seguiré diciendo Sapporo y no Sápporo, keniata en vez de keniano y holandés por no decir neerlandés).

Pero vamos a lo positivo, que es casi todo. Deportes individuales. Aquí confieso que soy poco patriota. Tomo partido por las personas más que por las camisetas. Triatlón, ciclismo, tenis. Un espectáculo. Antes seguía más la gimnasia deportiva, pero me quedé en Shushunova, Boginskaia, Bilozerchev, Gushiken y Scherbo (Simone Biles, si no estás para competir, pues no compitas. Pero el circo que has (y han) montado dejando tirado a tu equipo (lo peor) en plena competición me ha parecido vergonzoso). La natación me la he visto entera. Maravilloso. Los duelos Titmus Ledecky. Las salidas de Dressel. Todo Dressel (su posta en el 4 x 100 estilos, una barbaridad). Las australianas. El tunecino del cuatrocientos ganando por la calle ocho. Las despedidas de Laszlo Cseh y de la gran (divina, maravillosa) Federica Pellegrini nadando finales. Los relevos. Los entrenadores de Milak tirando con rabia los papeles al suelo (la propia cara de Milak era un poema) porque éste había arrasado en el doscientos mariposa pero no había batido el record del mundo (no siempre gana el primero). El propio Milak sonriendo al ser segundo tras Dressel en el cien mariposa tras estar a punto de cazarlo. Peaty y su pinta de hooligan. Los últimos cincuenta metros de Finke en el mil quinientos y, sobre todo, en el ochocientos.

Y luego está el atletismo, que si de por sí es lo más bonito del mundo, en unos Juegos es el paraíso. Elaine Thompson reinando y la cara de poker de Shelley Ann y de Jackson. La polémica con el oro compartido entre Barshim y Tamberi, que personalmente no vi mal aunque pueda entender a quien lo critique. Espero que no se cumpla nunca eso de que, al inicio de una competición, todos hagan nulos y pacten el oro. Por cierto, a Tamberi no le vendría mal una leche con la mano vuelta, a tiempo o a destiempo. Mira que le gusta una cámara y montar su espectáculo. Yo lo he visto competir teñido de rubio y con media cara afeitada. Le auguro un gran futuro como tertuliano o como tronista. La maravillosa final de triple salto femenino, con unas fabulosas Rojas, Mamona y Peleteiro demostrando qué es competir (porque el que se supera en el momento y en el lugar preciso es el que es digno de admiración y a quien hay que ensalzar. Es al que compite al que hay que destacar. Al que se rinde habrá igual que ayudarlo pero, ¿tomarlo como ejemplo? Amos, no me jodas). Cuando Yulimar arrancó en su último salto todos sabíamos que ahí estaba el record. Y lo estuvo. Los dos suecos del disco que seguro que dejaron a Tokio sin cerveza la noche de su triunfo. La pena de no poder ver a Lavillenie siendo competitivo en los que, probablemente, serán sus últimos Juegos. Comprobar que los mismos que dijimos –donde Bubka dejó la pértiga es casi imposible que nadie pueda llegar- ahora decimos –donde Duplantis va a dejar la pértiga es casi imposible que nadie vaya a llegar. La fabulosa Mu, que arrancó el ochocientos en cabeza (si dices front runner ya te convalidan el resto de periodismo deportivo) y, al llegar a meta, miró detrás a ver dónde estaban las demás. La inolvidable cabalgada de Frerichs en el tres mil obstáculos femenino. Lo largos que se le hicieron a Holloway los últimos veinte metros. El triunvirato Crouser, Kovacs, Walsh. Los polacos en los lanzamientos de martillo. Los giros de Allman. El ritmo que marcó Gidey para tratar de dejar atrás (infructuosamente) a la innombrable. El repaso que le dio Kipyegon a la innombrable (lo celebré como un gol. Sí, soy mala persona). La elegancia y la clase de Gardiner. La elegancia y la clase de Kipchoge. Ver a un indio ganando la jabalina con dos checos, como siempre, en el podio (Uwe Hohn derrotó a Zelezny). Allyson Felix siendo tercera (también lo celebré como un gol. A veces puedo ser buena persona). El equipo de 4x400 femenino estadounidense que, como escribió Juan Manuel Botella, fue una carta de amor al atletismo. La justicia poética con Kuchina Lasistskene. El descubrimiento de la McDermott, al único competidor que he visto concentrarse sonriendo y al único que, tras saltar, he visto abrir su diario para escribir sus sensaciones. Dijo Rubí que tenía un café y estoy de acuerdo con él. Y, por supuesto, las tres carreras que pasarán a la historia (del atletismo y del arte) de estos Juegos: las dos de cuatrocientos vallas (Warholm, Benjamin y Dos Santos en los chicos, McLaughlin y Muhammad en las chicas) y la de mil quinientos masculino. He visto ya tres o cuatro veces cada una de ellas (y no pienso parar) y siempre con los pelos de punta. Y, aunque haya dicho que, en los deportes individuales, soy más de nombres que de camisetas, ver que llevan una camiseta en la que se lee España gente como Asier Martínez, Fontes, Peleteiro, Ben, Marta Pérez, Adán, Ureña, Mechaal, los marchadores con Tur (qué grande eres) a la cabeza, Eusebio Cáceres o Cienfuegos, me hacen sentir que éste es el equipo en el que quiero estar.

En los deportes colectivos soy mucho más patriota. Y vivo en un sufrimiento permanente. La masculina de baloncesto se quedó donde tenía que quedarse. No había más. Fue muy hermoso. Nos esperan años largos. Con el hockey hierba pensaba que las chicas iban a llegar más lejos. Y me quedé despagado. Con el balonmano femenino, lo mismo. Aún no puedo conciliar el sueño por culpa del waterpolo masculino. Dejar escapar dos goles de ventaja en el último cuarto de la semifinal contra Serbia fue demasiado doloroso. Las chicas del waterpolo, fabulosas. Como siempre. Dejo para el final las dos selecciones con las que más me identifico (al fútbol ni lo voy a nombrar porque el fútbol en unos Juegos me molesta. Ya acaparan todo, ya se comen todo permanentemente. Y en estos quince días de oasis, ¿también fútbol? No. La milonga Messi Barcelona PSG me indignó sobremanera. ¿No podrían haberse esperado? ¿No podían dejar que terminasen los Juegos? No. El fútbol no respeta nada). La primera de las selecciones es la femenina de baloncesto. Triste. No nos ganaron las francesas. Perdimos nosotros. Lo tuvimos y fallamos. Y estas chicas, al menos a mí, me arrastran y me quedé hundido en el sofá sin poder levantarme. No se merece Laura Gil el escarnio que sufrió. Y tampoco está siendo edificante que se hayan cargado a Mondelo y estén empezando a soltar basura sobre él. La segunda es la masculina de balonmano. Cuando aplazaron los Juegos el año pasado sólo pensaba en un atleta y en los Entrerríos, Aginagalde, Morros, Guardiola, García y demás. Y han llegado. Y han competido. Y han hecho bronce. En el partido contra Egipto perdí dos kilos de todo lo que anduve y salté durante la segunda parte. Y ganaron. Ganamos. Esta generación se ha despedido donde tenía que hacerlo: arriba. Este equipo es mi equipo. Esta selección es MI SELECCIÓN.

Y, por último, decir que, ante todo y sobre todo, estos Juegos fueron los octavos Juegos de García Bragado.

lunes, 19 de julio de 2021

Tú vales, chaval. Elche

Al principio los llevas y los traes y te despides de ellos y los recibes con un beso en la puerta. Luego el beso ya te piden que se lo des una manzana antes, no vaya a ser que lo vean. Un buen día ya no hay beso. Pronto ya sólo los acompañas un tramo. Ese tramo es cada día más corto y depende del horario. Al final, no depende de nada. Van y vienen solos. No te necesitan. Es más, les molestas. ¿Qué día tus hijos se hacen mayores? Nunca.

Junior de primer año. Ésta es la categoría en la que ha nadado mi hijo esta temporada. Ha vuelto a ser una temporada extraña. La anterior terminó en marzo. Ésta empezó, tuvo un parón de un mes, y la han podido terminar. No ha habido mínimas para los campeonatos de España. Van los quince mejores de cada prueba.

Una de las restricciones de esta temporada ha sido que no podía haber público durante las competiciones en las piscinas. Es decir, que no había padres en la grada. ¿Han protestado los nadadores por esta medida? Ninguno. De ninguna categoría. ¿Somos los padres cronómetro en mano y grandes expertos en natación porque hemos visto dos vídeos en Youtube nocivos para nuestros hijos? No lo sé. Desde luego, nadie nos ha echado de menos.

Mi papel como padre de nadador cada vez es menor. Va y viene solo a los entrenamientos. Al entrenar con los mayores, como algunos tienen coche, para ir a las competiciones se organizan. Y si no hay coche, nos organizan a los padres. El sábado que viene a las cinco tienes que venir a recogernos a Castellón. –Como desees. Algunas veces me consulta las pruebas a elegir. Rara vez me escucha. Hace bien. El que nada es él. El que sabe cómo está y cómo está entrenando es él. Si quiere charlar, sabe que estoy. Si se quiere desahogar, sabe que estoy. Si quiere opinión, sabe que estoy. Y si no quiere nada levanto la mano para que sepa que estoy. El ostracismo para la madre de la Pantoja es toda una prueba y de las duras.

La temporada empezó bien. No notó demasiado el parón y, cada vez que se tiraba al agua, iba rascando décimas a sus marcas (sí, tengo una hoja Excel donde anoto sus tiempos). En diciembre tuvo el premio de ir a la Copa de España. Llegó la Navidad y, a la vuelta, enseguida, otra vez todas las instalaciones cerradas. Vuelta a empezar. Se suspendió el autonómico de invierno. Arrancaron con la primavera. Llegaron las competiciones. Alzira. Gandía. Castellón. La misma inercia. Trofeo del club. Ahí no estuvo fino (aunque hubo un doscientos libre muy decente, un cien libre notable y una última posta del cuatro por cien que pocos como él son capaces de hacer). Copa Autonómica por clubes. Lo tiran en el cuatrocientos libre (fabuloso) y en el cuatrocientos estilos (colosal, soberbio, portentoso). Quedan segundos autonómicos. Y tras la Copa Autonómica, el momento estelar: el Autonómico.

El Autonómico para mi hijo es sus Juegos Olímpicos. Cada deportista tiene su nivel, sus objetivos y dónde puede ser competitivo. Cada uno lucha siempre contra sí mismo, por mejorar, por crecer. Pero en el deporte hay rivales y tener un sitio donde eres alguien, donde te conocen y donde te respetan te motiva. Y ese sitio es el Autonómico.

Este año era en Elche. Se fueron en autobús. La madre de la Pantoja anotó en la chuleta horarios y las calles por las que nadaba en cada prueba. Arrancó el ordenador y se preparó para pasar un fin de semana detrás de la pantalla siguiendo las cuatro sesiones de la competición. La dura vida de nuestros quedados especiales.

Durante toda la temporada se han retransmitido las competiciones. En la mayoría de ellas estaba detrás un club de Alzira que, con toda la voluntad del mundo, ha hecho que podamos verlas. La calidad sería mejor o peor, pero cumplían sus objetivos. Allí estábamos todos pegados a las pantallas (No siempre. En el trofeo del club me preguntaron si quería ser voluntario. Por una parte estaba el pasarme un fin de semana a treinta y tantos grados junto a una piscina sin poder bañarme moviendo sillas, montando carpas, diciendo a seiscientos chavales que si la mascarilla y que si la distancia y poder ver nadar en directo a mi hijo después de más de un año. Por la otra, verlo en casa por el ordenador. Aún me dura el moreno). En la página de la federación yo buscaba el enlace pero no encontraba nada. En el grupo de padres pronto saltó la noticia: no lo iban a retransmitir. ¿Por qué? No lo sé.

Apagué el ordenador y me resigné a, o bien a esperar el mensaje de mi hijo tras cada prueba, o esperar a que salieran los resultados en la página de la federación. La de veces que habré actualizado la página cuando sabía que ya había competido. Y confieso que la sensación era muy parecida a cuando iba a ver si habían salido las listas con las notas (mira que ha pasado tiempo pero hay cosas que jamás se olvidan).

Las notas fueron buenas. Muy buenas. Excelentes. Tenía diez mínimas pero sólo puedes nadar cuatro pruebas individuales y él eligió el doscientos estilos, el cien libre, el doscientos braza y el cuatrocientos estilos. Y en todas ellas mejoró marca y de largo. En el doscientos estilos fue quinto quedándose a nada de la mínima nacional (de haberla habido). En los cien libre, decimocuarto pero quedándose también muy cerca de la mínima (si vuelve a haberla). En doscientos braza volvió a ser quinto, aunque aquí no estaba tan exultante. Lo mismo le pasó en el cuatrocientos estilos. Fue sexto. Hizo su mejor marca por cuatro segundos. Pero sabe que vale menos y que tenía la mínima nacional (volverá) dentro. Aún así, motivos para estar contento y satisfecho tenía más que de sobra. Y la madre de la Pantoja estaba como unas castañuelas y sonreía a todo el mundo y se lo contaba a todo aquel que tuviese la mala suerte de pasar por delante.

Falta una última prueba. Sólo quedan en su club dos nadadores junior masculinos con mínimas. Imposible presentar relevo. El Autonómico era junior y absoluto. El equipo de relevos absoluto es muy potente. Uno de los nadadores, tras la Copa, decidió que su temporada había terminado. Había una plaza vacante en el cuatro por doscientos. Por tiempos le correspondía a mi hijo. Confieso que no quería que lo metieran. Hay mucha diferencia. Demasiada presión que se podía volver en contra. Había otras opciones con nadadores más veteranos y que no iban a estar tan presionados. Se decantaron por él. (Luego me contó que el mejor de los nadadores del club le dijo –sal a divertirte. Ya nos encargamos nosotros del resto). Cuando salió la nota, cuando salió el resultado, y vi que habíais sido terceros, cuando vi tu tiempo, bajando cuatro segundos tu marca, estando cerca de los otros, no grité. Sólo me puse a llorar. El Autonómico te debía un podio. No sé cuántos cuartos, quintos o sextos llevas en todos estos años. Y ya te tocaba. Te le merecías. Y, además, te lo habías ganado. Vale que te habías subido a un bólido en marcha, pero apenas perdió velocidad ese bólido (no tuvieron que encargarse del resto). Y ver lo que eres y de lo que eres capaz, por muchas veces que lo haya visto, jamás dejará de enorgullecerme y de emocionarme.

Los hijos crecen. Van ganando en seguridad, en confianza. Son cada vez más independientes. Poco a poco van teniendo su vida. Toman sus decisiones. Se hacen responsables de sus decisiones. ¿Cuándo dejaremos de estar pendientes, de vigilarlos, de observarlos, de sufrir, de enorgullecernos, de emocionarnos con ellos? Nunca.

Hijo mío, eres extraordinario.


lunes, 12 de julio de 2021

Porque el amor llega así, de esta manera

 La conocí ayer.





Emma Noble. Tengo el corazón contento y lleno de alegría.

martes, 6 de julio de 2021

Tus cuernos, Warholm

Karsten Warholm batió la semana pasada el record del mundo de cuatrocientos metros vallas. No fue ninguna sorpresa. Llevaba un par de años quedándose muy cerca cada vez que competía. Y, siendo tan sólido, estaba cantado que lo acabaría logrando. Y el pasado uno de julio, en Oslo, lo consiguió.

Dentro del atletismo (también) soy un nostálgico pero no tengo un apego excesivo por los record del mundo. Están bien, pero creo que reflejan lo que es una marca, un dato, no quién ha sido o es el mejor. Hay una evolución y cada época tiene sus circunstancias, sus tiempos y sus maneras. Puestos a preferir, prefiero, especialmente en las carreras, los que se consiguieron en una gran competición (el de ochocientos de Rudisha en Londres 2012, por ejemplo) más que los que se consiguen en reuniones con liebres (humanas o lumínicas), pero, repito, como no considero a Cheptegei mejor que a Bekele o a Nurmi, a Powell mejor que a Lewis, a Bolt mejor que a Hayes o a Owens, a Warholm mejor que a Moses, o a El Guerrouj mejor que a Herb Elliot, pues disfruto desde la barrera del espectáculo sin sentir desazón cuando desaparecen de las listas atletas que fueron verdaderos referentes para mí. No dejan de ser grandes. No dejan de ser eternos. Corren una línea en la estadística. Sólo eso. Y así ha sido casi siempre. Casi. Porque el record de Warholm me supo a cuerno quemado (para los no iniciados he de decir que Warholm es noruego, así podrán apreciar la grandeza del chiste cuando digo cuerno, en clara referencia al casco de los vikingos, quemado; un sutil y hábil juego de palabras que refleja mi agudeza e ingenio).

No me importa la edad que tengo. Es la que es. No necesito que me traten con condescendencia cuando la digo. No soporto cuando alguien se dirige a mí con la coletilla –para tu edad (para mi edad, ¿qué? Gilipollas (aquí abro un segundo paréntesis para contar que el otro día nos juntamos varios de la cuadrilla del futbolín, todos vacunados y un tanto gruñones, y llegamos a la conclusión de que si en todos nuestros teclados hubiese una tecla para la palabra gilipollas, nos ahorraríamos mucho tiempo. Cierro los dos paréntesis)), o utilizan los verbos conservar (se conservan los tomates, las sardinas y la momia de Tutankhamon, gilipollas) o aparentar (yo soy o estoy. No aparento, gilipollas) refiriéndose a mí. Y creo que una de las razones por la que no me suele afectar cumplir años es por el vínculo generacional que siento. No es mi edad sino nuestra edad. ¿Mal de muchos? O bien de muchos. Y ese vínculo me hacía mirar el listado de record mundiales y disfrutar viendo allí a Jonathan Edwards, a Jan Zelezny y a Kevin Young, y no porque me sienta medio británico, checo o estadounidense, sino porque los tres nacieron en el glorioso año de mil novecientos sesenta y seis y allí estaban los tres como estandartes de nuestra generación, diciéndoles al mundo quiénes somos desde hace más de dos décadas. Y ahora llega el mamarracho de Warholm y destrona a Young. Y esto es un atropello. Una falta de respeto. Y sí, una línea en la estadística, un reflejo de una era nueva y lo que tú quieras. Pero no. Warholm, no. Pagarás por ello. Nos quedan dos. Que no se atrevan.

viernes, 25 de junio de 2021

Yo soy una extrovertida que adopta a introvertidos

 Nueva entrega de "Títulos sin entrada". La autora es la misma que un día dijo "yo no me considero graciosa, pero sé que lo soy". Una fuente inagotable. Ella. Mi hija.

sábado, 19 de junio de 2021

Muñiz y H. de Alba

Hemos estado de comida. De despedida. Apetece, por una parte, con los que compartes tantas horas durante la semana, verte fuera y tomarte unas cervezas y no hablar de lo de siempre. Por otra parte, este tipo de eventos me generan mucha inseguridad. Soy mayor (por no decir mucho más mayor) que la mayoría. Suelo ir preparado, concentrado, imponiéndome unas normas de comportamiento, porque, para qué engañarnos, me siento desubicado (cuando en la misma frase tú citas a Los Enemigos, a Nat King Cole, a “El jovencito Frankenstein” y a “La vida de Brian” y tu interlocutor consulta cuatro veces el Google, el vínculo tiende a cero). Y no estoy cómodo. No me veo capaz de comportarme de una manera natural. Y callo más que hablo. Y escucho más que cuento. Y observo más que hago. Y, al principio, pues bueno. Pero, llegado cierto momento, estoy incómodo. Muy incómodo. Cada vez más. Tengo visto lo que tenía que ver, oído lo que tenía que oír, dicho lo que tenía que decir, comido lo que tenía que comer y bebido lo que tenía que beber. Hay un concepto que manejan los economistas, y que nunca me quito de la cabeza, que es el llamado “coste de oportunidad”, que podría traducirse al día a día como lo que dejas de hacer por lo que haces. Y en ese momento, cansado de pensar no sé qué hago aquí cuando podría estar mejor, decido cambiar de dejar de hacer. Y, ventajas de la edad, me voy sin decir nada, a la francesa. Los señores mayores gruñones juegan otra liga que, a los más jóvenes, ni les preocupa ni les afecta.

Me he vuelto andando. Estaba a un cuarto de hora de casa. Y aunque hubiese estado a una hora. Me encanta andar por Valencia. Me encanta callejear. Músico Ginés. He bordeado Ayora. Humanista Furió. Al llegar a Ramiro de Maeztu he girado hacia la derecha y ya me he metido por Muñiz y H. de Alba.

La calle estaba desierta. La tarde estaba siendo tormentosa. El suelo estaba mojado. La luz que se colaba por las nubes era cautivadora. No circulaba ningún coche. Iba andando por mitad de la calle sintiéndome…bien. Muy bien. Había pasado de no ser yo a ser yo. Y la luz, la lluvia, la calle, la soledad estaban ahí por mí y para mí. Cerca ya de la avenida del Puerto me ha llegado un olor muy fuerte a marihuana. He levantado la cabeza. En el hueco de una de las ventanas del hotel que está en el lateral he visto a una chica recostada fumando. Tendría veinte años. Llevaba las piernas desnudas. Era guapa. Estaba feliz. Cuando la he visto, en vez de agachar la cabeza, he buscado su mirada y, al encontrarla, la he sonreído. Ella también me ha sonreído y ha agitado su mano saludándome. La he devuelto el saludo. Y, al entrar en la avenida, he sentido que la tarde estaba completa.

lunes, 14 de junio de 2021

martes, 8 de junio de 2021

Vacunas

Cuando hablan de vacunas siempre me quedo pensando en cómo lo harán. No hablo del proceso de investigación o de desarrollo sino de su producción (deformación profesional). Me imagino a un montón de Panorámix con sus marmitas preparando el mejunje y llevándolos a la Coca Cola o a otras plantas para el embotellado. ¿A qué velocidad embotellarán? ¿Cuántas plantas existen? Porque el día tiene ochenta y seis mil cuatrocientos segundos y estamos hablando de millones de ampollas. Hay quejas de que no se cumplen los plazos y todo el mundo se cree con derecho a ser exigente pero, solidario como soy con los departamentos de producción (la misma deformación de antes), creo que no se valora lo asombroso que es llegar a esas cantidades en ese tiempo. Igual en Google o en Youtube podría averiguar más sobre el proceso productivo. Buscaré. O no. Prefiero quedarme con Panorámix. 

Ya me han puesto la primera dosis. Se habían olvidado de mí. Me dijeron que no tenían mi número de teléfono. Ya lo tienen. Me ha tocado con los de la siguiente franja de edad y hay que ver qué mayores son los de la siguiente franja de edad. Relacionado con la edad esto de la vacuna me ha hecho sentir sensaciones extrañas. Nosotros somos cuatro hermanos y yo soy el mayor. Y, por distintas circunstancias, me han vacunado el último. La primogenitura ya se la cedí de facto a mi hermano hace muchos años (y sin necesidad de un plato de lentejas a cambio), pero que mis hermanas también me hayan hecho la envolvente me cuesta más de asimilar. Siempre he sido el hermano mayor y ahora parezco el pequeño. Y no me encuentro.

Me ha tocado una enfermera muy joven y muy amable. Mientras me inoculaba el mejunje (con su microchip (chiz, chis) incorporado y mi obsolescencia programada (aunque nosotros ya estamos obsoletos, ¿verdad, Sanfélix?)) me he sentido en la obligación de defender a los de mi franja de edad legal (aunque ya no sea la mía) y he sido mucho más simpaticón con ella que lo que podrían ser estos cuarentones tan mal envejecidos con los que he coincido. Mis hijos se habrían muerto de vergüenza si me hubiesen visto (aunque avergonzarlos requiera de muy poco esfuerzo). Y eso me ha hecho sentirme todavía más orgulloso de mi actuación. Creo que aún puedo volver a ser el hermano mayor.

jueves, 3 de junio de 2021

¿Es “Jigsaw falling into place” la mejor canción de Radiohead?

No lo sé.

Me está pasando con Radiohead lo mismo que me pasó con los Pulp. Si con estos últimos fue “Disco 2000” el desencadenante, con Radiohead ha sido la canción que figura en el título.

Otra vez lo mismo. Los tuve delante y no los vi. Me hago el interesante y digo que necesito el paso (el poso) del tiempo para valorar (porque yo valoro, no pongo en valor) algo. No es verdad. Es sólo una pose (paso, poso, pose).

Y aquí estoy, obsesivo con Radiohead, peinando todos sus discos, haciendo una selección de donde sé que no saldré en semanas. Son buenos. Muy buenos.

Pero, de cada tres canciones que escucho de ellos, una es “Jigsaw falling into place”.

Qué canción.

Qué intensidad.

Qué crescendo.

Qué atmósfera.

Una canción inagotable. Infinitos matices. La sensación de que nunca llegaré a abarcarla.

¿La mejor?

No lo sé.

Sí que lo sé.

domingo, 23 de mayo de 2021

Nunca dejes de sufrir

Cincuenta puntos en los primeros diecinueve partidos (no se puede decir primera vuelta ya que, realmente, no lo era). De cincuenta y siete, cincuenta. Increíble. Dos empates y una derrota (casualmente contra el Real Madrid, y por incomparecencia. No hicimos nada). Eran excesivos aquellos cincuenta puntos. Marcos Llorente seguía desatado. Luis Suárez perdonaba poco (¿no hay otro jugador que les sobre a Madrid o Barcelona?). Oblak seguía siendo Oblak. Lemar era (cien años después) el jugador que habíamos fichado. Carrasco había vuelto de China siendo cien veces mejor que el que se fue (la calidad china va a más). Pero, cuando el partido se torcía, la suerte estaba de nuestro lado. Y jugando bien y con el viento a favor, cincuenta puntos. La gente me felicitaba. Lo tenéis hecho. La Liga es vuestra. ¿Nuestra? En una Liga de tres puntos las ventajas se esfuman. Y, además, que somos nosotros. Que Atlético de Madrid, ganar y fácil en la misma frase es un imposible. Teníamos cincuenta puntos y, por un fatalismo inoculado en mil batallas (el pesimismo, el optimismo y la experiencia) yo tenía temblor de piernas y mucho miedo ante la certeza de lo que se avecinaba.

El siguiente partido fue contra el Celta en casa. Empezaron ganando, remontamos y nos empataron en el último minuto. Se había acabado la buena suerte. No era aquel empate. Era lo que significaba. ¿Supersticioso? Mucho.

El siguiente ganamos en Granada. 1-2. El Atlético ya no es un equipo binario (0-1, 1-0). Necesitamos marcar dos goles porque siempre nos marcan. Después vienen los dos partidos contra el Levante. Ahí supe que no ganábamos la Liga. En dos partidos que pudimos ganar fácil por cómo jugamos, un punto. El balón no entraba. Veinticinco tiros a puerta. Y, en una contra, a hacer puñetas. La ventaja empieza a esfumarse. En cuatro partidos nos hemos dejado lo mismo que en los primeros diecinueve. ¿Pesimista? La suerte nos había abandonado. Lesiones, cuarentenas. La sanción (de chiste) a Trippier. Quedaban quince partidos y la sensación de que acabaríamos muriendo en la orilla no es que tomase cuerpo. Es que era una certeza.

Ganamos en Villarreal (un campo maldito. Inyección de moral (¿y si…?)). Empatamos en casa con el Madrid porque no rematamos ni un partido y siempre dejamos vivos a los rivales. Ganamos (agónicamente) al Athletic. Empatamos en Getafe porque sólo quisimos ganar en los últimos veinte minutos (el Atleti siempre me deja la sensación de qué hubiese pasado si hubiésemos querido). Ganamos 1-0 al Alavés en casa parando Oblak un penalti a falta de cinco minutos (Savic, mira que has hecho buena temporada pero te hubiese matado con mis manos ese día). Decían que teníamos buen calendario, pero, ¿qué calendario? ¡Si hacíamos buenos a todos los rivales! ¡Si el de enfrente nos daba siempre un baño de fútbol, fuera quien fuese! En aquel momento ya mi corazón pidió una excedencia, mis no canas se pasaron a canas y mi estado nervioso era permanente. Y todavía quedaba lo que quedaba.

El Sevilla nos gana bien (parando Oblak otro penalti) aunque tuvimos el empate al final. Empatamos en el campo del Betis después de ponernos por delante. La sangría de puntos está incontrolada. Ya no es que sepamos que vamos a morir en la orilla. Ya sólo se trata de saber cuándo va a ser nuestra muerte. Porque no vamos a ganar esta Liga. Es imposible.

Ganamos al Eibar (5-0. Es posible ganar bien). Ganamos con cierto apuro al Huesca. Vamos a San Mamés. El Athletic lleva diez partidos sin ganar. Ha perdido dos finales de Copa. Está deseando que termine la temporada. Se ponen por delante. Empatamos. A falta de cinco minutos, nos meten en un córner el 2-1. Ya no puedo más. Deseo con toda mi alma que el Barcelona le gane al Granada ese jueves el partido que tiene aplazado y nos pase y que termine esta agonía.

El Barcelona pierde con el Granada en casa después de ir ganando. Bola extra. Nos da otra vida. Vamos al campo del Elche. Jugamos bien. Nos ponemos por delante. Y después, lo de siempre. En el último minuto tiran un penalti al palo (volvía de Castellón con el coche lleno de nadadores. No sé el concepto que tenían los amigos de mi hijo de mí. Sé el que tienen ahora. Qué manera de jurar, gritar y saltar). Vamos al Nou Camp. Si perdemos, nos adelantan. Jugamos un partidazo yendo a por el partido con ganas. Pudimos ganar. Pudimos perder. Empate. Bola extra. Otra vida. El Madrid juega al día siguiente contra el Sevilla. Si gana, se pone líder. Empata (por los pelos). Bola extra. Otra vida.

Nos quedan tres partidos. Dos en casa (Real Sociedad y Osasuna) y uno fuera (Valladolid). Si ganamos los tres somos campeones. No puedo pensar en tres partidos, en nueve puntos, vista la angustia de la segunda vuelta. El partido a partido no es una frase hecha sino la única opción vital cuando la orilla está cada vez más cerca y sabes que vas a morir. Real Sociedad. Después…no hay después.

El partido es a las diez de la noche. Muy tarde. Dudo, ¿lo veo o no lo veo? La duda es tonta. No voy a dormir igual así que, ahí estamos, mi hijo y yo a las diez frente al televisor. La Real viene con muchos chavales. La temporada la tiene hecha. Nos ponemos dos a cero. Y después, en vez de meter el tercero, les regalamos el balón y el campo. Y aquellos serán chavales pero saben jugar al fútbol. Y Oblak empieza a salvarnos. Hasta que nos marcan. Faltan diez minutos. Y el descuento. Diez minutos andando por toda la casa, sin poder gritar (no son horas), sufriendo. Cuando pitan el final el abrazo con mi hijo es de antología. Osasuna. Tengo lo que queda de noche y tres días más para prepararme para el partido siguiente.

Salimos en tromba. Pero el balón no entra. Luis Suárez está negado. Nos anulan dos goles. El partido me recuerda cada vez más al segundo contra el Levante. En cuanto tengan una contra nos cazan. Seguimos fallando. Llega la contra. Paradón de Oblak. Reclaman. En la repetición se ve claro que el balón ha entrado. Gol de Osasuna. Quedan quince minutos. Mi hijo se levanta y apaga el televisor. Yo me pongo la mascarilla y me voy a la calle.

Había que comprar no sé qué. Iba andando con lágrimas en los ojos. Esto me lo sé. Lisboa. Milán. Otra vez. Otra vez. Pensé que podría haber otro milagro, que, tal vez, el Bilbao le empatase al Madrid y nos diese otra vida. Pero sólo mi mente podía ser optimista. Mi corazón, mi estómago, estaban desolados. Otra vez. Otra vez. Abro la puerta de casa y sale mi hijo corriendo -¡Dos! ¡Dos! -¿Dos qué? -¡Dos uno! ¡Dos uno! Voy al televisor. Estamos en el descuento. Soy yo el gafe. Salgo de casa (¿supersticioso?). Empiezo a subir y a bajar escaleras (creo que llegué a los doce pisos). Entro cuando sé que el partido se ha acabado. Vuelve a salir mi hijo. Sonríe. El abrazo es apoteósico. Gritamos los dos. Es un milagro. Es un milagro. Estamos vivos. Seguimos vivos. Queda un partido. Sólo un partido.

El partido era el sábado. El jueves ya dormí mal. Tenía buenas sensaciones. Ellos se jugaban la vida. Tenían que salir abiertos. La Real les había metido cuatro la semana anterior. Preveía un partido como contra el Albacete en el noventa y seis, con un dos cero en el descanso. Aún así, el jueves dormí mal. Y, el viernes, peor.

A las seis empieza el partido. Ahí estamos mi hijo y yo con nuestras camisetas rojiblancas puestas. Los días grandes uno se viste con solemnidad. No salimos en tromba. No salimos a por el partido. Hoy toca especular. Hoy toca hacer bueno a nuestro rival, que se crea que es capaz. Y en un córner a favor nuestro (Cholo, ¿nunca te has planteado renunciar a los córner? No sólo somos inofensivos sino que, de vez en cuando, se nos vuelven en contra), nos hacen un contraataque de libro y 1-0. Nos quitamos las camisetas oficiales (por superstición, por supuesto) y nos ponemos las de remar porque hoy tampoco va a ser fácil y la posibilidad de morir en la orilla es absolutamente real. El Real Madrid también va perdiendo, pero eso no hace que nos podamos sentar. Empata Correa con un gol que se inventa. A Luis Suárez le regalan un pase y él no está para perdonar esto. 2-1. El Madrid sigue perdiendo. El partido avanza. Seguimos sin sentarnos. No rematamos el partido. Parece difícil que podamos perder la Liga. El Madrid tendría que marcar dos goles y, el Valladolid, uno. El Madrid marca dos goles. Qué cinco minutos. Qué cinco minutos. El Valladolid está en Segunda. El Elche va ganando. Da igual. Vamos a morir en la orilla. Vamos a morir en la orilla. Lo sé. Lo sé. El árbitro pita. El abrazo es antológico, apoteósico, sublime, colosal, homérico, glorioso. Somos campeones. Somos campeones. Hemos vuelto a ganar la Liga.

Vuelvo a lugares ya transitados. No es muy inteligente confiar tu felicidad a algo en lo que no tienes la menor influencia, que no depende de ti. La pasión no se rige por la razón o, por decirlo de otra manera, tiene su propia razón, de ahí que, tal vez, se pueda compartir pero jamás explicar. Y luego está el fanatismo o la devoción por unos colores. Uno no elige a su equipo de fútbol. Es el equipo, siguiendo vericuetos y circunstancias, el que te elige a ti. Y a mí (y a mi hijo. Y a mi hermano) me (nos) tocó ser del Atleti. Y llevamos con orgullo y con resignación nuestra ininteligencia. Y ahora me diréis que voy a empezar con los tópicos colchoneros pero es que son una verdad como un templo y este año ha sido la prueba definitiva. ¿Puede ganar el Atleti? Puede. ¿Puede ganar fácil? Imposible (de once Ligas, diez en la última jornada. Esto es un dato). ¿Nos cuestan las cosas más que a los demás? Seguro. ¿Hay una mente retorcida que pensó –vale, este año vais a ganar la Liga vosotros pero, a cambio, me vais a dar cinco años de vuestra vida? No me cabe ninguna duda. ¿Hemos nacido para sufrir? No. Hemos nacido para la felicidad y para el placer pero esto es lo que nos ha tocado. Y nunca me acostumbraré a sufrir tanto. Nunca. Y si hubiese un médico que curase ser del Atleti creedme que me plantearía ir a ser tratado.

Pero hoy me he despertado y he pensado –soy campeón de Liga.

Y este año la mente retorcida no nos ha puesto un Lisboa en el camino que nos impida disfrutar de este momento.

Somos campeones de Liga.

Soy feliz. Simple y feliz.

La vida puede ser absolutamente maravillosa.

lunes, 10 de mayo de 2021

Niño Jesús

El uno de noviembre de mil novecientos ochenta estábamos mi hermano y yo de acampada con los Scouts en la sierra de Madrid. Era después de comer y jugábamos a que había que pasar de un lado a otro y los de en medio tenían que impedirlo, añadiendo a su equipo a todos aquellos a los que hacían tocar con la espalda en el suelo. Fueron a por mí y, al caer, note un crujido por mi muñeca derecha. La mano se me hinchó enseguida. Corriendo me llevaron a las urgencias del hospital del Niño Jesús. No pudieron reducir la fractura. El radio tenía una rotura limpia, pero el cúbito estaba astillado. Tenían que operarme. Decidieron ingresarme. Era sábado por la tarde. Yo tenía catorce años. Teniendo en cuenta que no me iban a operar hasta el lunes por la mañana, y viendo mi cara, mezcla de miedo y de pena, se compadecieron y me dejaron dormir en casa aquella noche. Mis padres, con mis hermanas, estaban en el Secarral. Pudieron localizarlos en un bar en la aldea. Volvieron corriendo. Apenas dormí aquella noche, con el antebrazo en vertical atado a la pata de una mesa. El día pasó lento y muy deprisa. Era el chaval más desdichado del mundo. Vale que era el protagonista, que la familia llamó para interesarse. Pero esa noche me iban a ingresar en un hospital. Me iban a operar al día siguiente. Tenía miedo. Era demasiado niño como para enfrentarme con aquello. Llegó la hora. Mis padres me acompañaron hasta el vestíbulo del Niño Jesús. Admisión. Crucé una puerta. Mis padres se quedaron fuera. Me dijeron cuál era mi cama. Dejé mis cosas. Me acerqué a una sala. Entré. Allí estaba Toñi, feliz porque su novio, que estaba en la mili, había ido a visitarla. Me enseñó su foto. Muy guapo, de uniforme y con la boina puesta. Allí estaba Juan Carlos, que se movía como una anguila apoyado siempre en sus muletas. Estaba Antonio, culé por todos sus poros, quien pocos días después se llevó un disgusto enorme al ver cómo el Colonia de Schuster le daba un repaso importante al Barcelona eliminándolo de la UEFA. Estaba Teresa, salmantina ella, con sus gafillas, con su sonrisa. Estaba un grupo de chavales que había pasado buena parte de su infancia dentro de un hospital, saliendo a veces pero siempre volviendo. Y allí estaba yo, con mi brazo en cabestrillo, avergonzado, sintiéndome culpable por mi miedo, por mi tristeza. No tenía derecho. Me operaron aquel lunes (el tiempo los ha ido borrando, pero tengo veinte puntos de sutura en cicatrices repartidos por mi antebrazo). Estuve ingresado hasta el jueves (tiempo suficiente para leerme “Diez negritos” de Agatha Christie). Me dieron el alta. Me fui llorando. Más avergonzado. Más culpable. Yo me iba. Ellos se quedaban. Los jueves por la tarde no tenía clase. Muchos jueves me fui a verlos. Me sentía obligado. No sólo eso. Con ellos había sido feliz. De verdad. Con ellos había pasado cuatro días imborrables. Pero ya no era lo mismo. El horario de visita terminaba. Yo me iba. Ellos se quedaban. Le di mi dirección a Teresa, por si quería escribirme. Llegó el verano. Nos vinimos a vivir a Valencia. Tantas veces como volvimos a Madrid miré en el buzón con la esperanza de que hubiese carta de Teresa, esperanza que me acompañó hasta que el piso de Madrid dejó de ser el piso de Madrid, y de ello no hace tanto. Ya no volví al Niño Jesús. Ya nunca volví a verlos. No hubo carta. Nunca les he olvidado.

domingo, 25 de abril de 2021

Conclusiones

Dos, exactamente. Las dos muy obvias. La primera, siempre existió la sospecha de que la estupidez humana era infinita. Y así ha sido hasta este siglo, en el que la llegada de las llamadas redes sociales ha confirmado la sospecha y la ha convertido en axioma. La segunda, corolario de la primera, es que la edad no protege de la estupidez. No sé cómo fue en el pasado. Me miro y miro alrededor y no veo que estemos en el camino de la sabiduría. Todo lo contrario. Nuestro “Consejo de ancianos” estará desierto. Nuestro diablo sabrá por diablo. No seremos venerables. Nuestra opinión será inútil y estéril. Nuestra experiencia, un páramo. Seremos viejos. No seremos sabios.

viernes, 16 de abril de 2021

Pena capital

Para los que no les da la vida; para los que esperan, necesitan, reclaman feedback (y para los que se resetean, los que están en stand-by, los que están en shock, los que…podría ser infinito); para los que, al hacer maniobra con el coche, giran el volante con una sola mano estando ésta extendida y la palma apoyada en el volante; para los que entran, salen o están en la zona de confort; para los que dicen poeta en vez de poetisa; para los que llevan ropa de abrigo con la bandera de Noruega en el pecho; para los que, a estas alturas, se siguen echando unas risas, que si hace treinta años daba grima ahora supera el patetismo; para los que tienen huellas digitales; para los del tardeo, postureo y resto de eos; para los que se dejan comida en el plato; para los que le quitan la miga al pan; para los que interactúan; para los que no se comen el borde de las pizzas; para los que arrugan los tickets de compra en vez de doblarlos con los vértices coincidentes y siempre en paralelo; para los que, al coger un trozo de pan de la barra, dejan un corte en ésta inclinado (horroroso) o escalonado (pavoroso); para los que se te comen el pincho (tengan la edad que tengan); para los que no piensan ni reflexionan sino que le dan una vuelta a las cosas; para los que me devuelven el bolígrafo que me han pedido prestado sin capucha y para los que, al anotar algo en una hoja de papel, rasgan lo que han escrito dejando sobre la mesa la hoja mutilada.

lunes, 12 de abril de 2021

Siempre se puede ser más gilipollas

 Porque aquí los gatos ya no hacen (dicen) miau.


Ahora hacen (dicen) meow. Con w.

sábado, 27 de marzo de 2021

De porqué la vida no es una serie policiaca

Nazaret. Bordeado por la desembocadura del Turia y el puerto. Tuvo su playa. Ya no. Tuvo su zona noble, con sus chalets y el complejo Benimar. Ahora quedan restos. Ya hace tiempo que lo incluí entre mis circuitos corredores huyendo del viejo cauce del Turia (la última vez que corrí por allí me pregunté por qué habían aplazado/suspendido las Fallas de este año). Tranquilo, con poco movimiento y que permite hacer una de las cosas que más me gustan: correr por mitad de la calle. Y tiene un parque con fuente. Y se puede combinar con la Marina Sur, con La Punta o con Pinedo. Gran desconocido el barrio de Nazaret. Arrastra su mala fama. Un barrio conflictivo, arrabalero, portuario. Para muchos valencianos su nombre genera temor. A mí no me intimida, aunque sea sólo porque lo que llevo encima de más valor es un cronómetro del Decathlón y que, como objeto de deseo, mi provecta edad me protege. Y tampoco creo que sea para tener miedo. Los que desconfían de Nazaret sospecho que se lo están perdiendo.

Rodaje nocturno por Nazaret. Ni un alma. Tras beber agua en la fuente me dirijo a bordear las últimas casas antes de enfilar hacia el carril bici que lleva a Pinedo. Cien metros antes de llegar, de la esquina a oscuras surge un ruido de motor con una serie de luces que me cuesta descifrar. No es una moto aunque lleva una luz frontal. Puede ser una moto de tres ruedas aunque las dos luces traseras tienen la separación de un coche. Y la separación entre la luz delantera y las traseras es superior a la de una furgoneta. Se aproxima. Es algo extraño. Por delante es parecida a una moto de las que llevan los Ángeles del Infierno o sus primos hermanos, de ésas con la horquilla delantera muy alargada en la que el piloto va sentado casi en el suelo. Y detrás del asiento del piloto lleva acoplada lo que parece una calesa, con su banco almohadillado y su capota. De día, un vehículo verdaderamente singular y bonito. De noche y a oscuras, una herramienta del infierno. Se acerca más. Veo que el que conduce este trasto es un bárbaro de manual, descendiente directo de los hunos o de los vándalos. Al llegar a mi altura, para el motor y me hace una señal.

Me acerco. En mi cabeza empieza a escribirse el guion. La primera escena es la narrada: un vehículo infernal pilotado en mitad de la noche por un secuaz del demonio que pretende reverdecer y engrandecer la leyenda negra de Nazaret se cruza con un corredor incauto. Para la segunda escena tengo tres posibilidades. En la primera, en la comisaria comentan la desaparición del corredor. En la segunda, en la comisaría revisan las fotos tomadas en el lugar del crimen con los restos ensangrentados del corredor y comentan todas las torturas y vejaciones que ha sufrido. En la tercera, las fuerzas de la ley revisan el lugar del crimen y ponen numeritos donde aparecen mis gafas, mis falanges y mi esófago arrancado a mordiscos.

Al acercarme voy mirando a mi alrededor porque, aunque el bárbaro sería capaz de reducirme en tres segundos (y me sobran los tres), no parece una moto con sofá el mejor lugar para secuestrar a una persona, así que, pienso, tiene compinches que serán los que me atraparán mientras él me distrae. No observo a nadie. Me saluda con un movimiento de cabeza y, entonces, me enseña su móvil.

Ajá, no quiere secuestrarme. Quiere matarme directamente. Sólo necesita dos de sus dedos para estrangularme o romperme las cervicales. Entre el miedo a morir o ser un maleducado elijo la muerte y me acerco. En su móvil, con el texto en alemán, sale un plano. Está buscando un hotel en el Camino Viejo de La Punta y anda perdido. Y pide ayuda. Sé dónde está el Camino Viejo de La Punta. Está por la iglesia. No está muy lejos. Pero por allí no hay un hotel. No me suena. A lo mejor es un hotel clandestino sólo para asesinos suevos o alanos. O una tapadera. No sé. Le explico en inglés por dónde ir. Digo iglesia y digo campanario porque me encanta decir campanario (algún día explicaré porqué cualquier aficionado al atletismo de cualquier lugar del mundo sabe cómo se dice campanario en inglés). Me mira con cara de no entender nada. Se pone de pie.

Si sentado es el doble que yo, de pie es setenta veces yo. Se abre la cazadora y empieza a buscar por dentro. No me va a estrangular. Prefiere matarme de un disparo porque seguro que ahora va a sacar un pistolón que ni Harry el Sucio que va a mandar mi cabeza al campanario. Busca y rebusca. Eternas pasan las centésimas. Miro a mi alrededor por si se trata de una maniobra. No descarto el secuestro. Por fin saca las manos. Contengo el aliento. No hay pistola. Hay un papel. Su reserva en el hotel. Le pido un bolígrafo. Tiene. Le hago un croquis. Asiente con la cabeza. Dice gracias (fonéticamente grrrratsiass). Arranca el motor. Se va.

Estoy vivo. Sorprendente. Pero no me fio. Puede haber otro giro en el guion porque, ¿y si me ha envenenado? ¿y si me ha drogado? ¿Y si ha encontrado la manera de inocularme cualquier tipo de sustancia? Voy corriendo con el temor de, a cada paso, caer desplomado, bien muerto, bien inconsciente para que, ahora sí, procedan a mi secuestro.

Cincuenta metros.

Nada.

Cien metros.

Nada.

Doscientos metros.

Nada.

Me voy a Pinedo.

jueves, 18 de marzo de 2021

Majestad, no hay segundo

La novena regata fue un espectáculo. Qué tensión. Los italianos siempre por delante, con los neozelandeses echándoles el aliento. Hasta la quinta manga. Los italianos se fueron hacia la izquierda del campo de regatas (¿babor?). Los neozelandeses hacia la derecha (¿estribor?). A la derecha había más viento. Los neozelandeses ganaron. Se pusieron seis tres. Lo tenían hecho. Su barco era más rápido, además. Eran los favoritos. El Luna Rossa venía de ganar la Copa Prada. Me la vi entera. Tres equipos sólo este año: los americanos, los británicos y los italianos. Con los americanos estaba mi idolatrado Dean Barker. Volcaron el barco. Eso no son barcos. No tocan el agua. Aerodinámica mucho más que hidrodinámica. No levantaron cabeza. Las mangas previas las dominaron los británicos, con sir Ben Ainslie al timón. Llegó la final de la Copa Prada. Luna Rossa contra Ineos. Jim Spithill y Francesco Bruni contra Ainslie. Gano Italia. De paliza. Siete uno. La Copa del América, la America’s Cup, estaba servida. Nueva Zelanda contra Italia. Team New Zealand contra Luna Rossa. Sigo la Copa del América desde que sé que existe, es decir, desde 1983, cuando Australia derrotó a Dennis Conner, cuando la Jarra de las Cien Guineas salió por primera vez en la historia de los Estados Unidos. Y me enamoré definitivamente de esta prueba en 2007, cuando estuvieron en Valencia, cuando hicimos obra en el Shosholoza y el Alinghi, cuando veía a los regatistas por todas partes, cuando Sanfélix y yo nos íbamos al puerto a ver el ambiente y las regatas. Y la sigo siempre. Y sufro. En vela (y en rugby) soy neozelandés. ¿Por qué? Ni idea. Siempre tomo partido y me dejo guiar por el corazón y algo de kiwi debo de tener ahí dentro. Pero esta vez no lo tenía tan claro. Yo veía a Peter Burling, a Glenn Ashby o a Blair Tuke y pensaba –estos son los míos. Y veía a Max Sirena, a Spithill o a Bruni y pensaba –os merecéis la Jarra. Porque siempre están ahí. Han llegado a la final creo que cuatro veces. En Valencia presentaron tres equipos. Un país con esa tradición se la merece. Así, vi todas las regatas con el corazón en un puño, ganando y perdiendo a la vez. Porque me las he visto todas. Las diez. Muchas de ellas en directo, a las cuatro de la mañana. La vela en sí me da igual, pero la America’s Cup es otra cosa. Las seis primeras regatas fueron un calco. El que salía mejor y pasaba delante en el primer viraje, ganaba. Los italianos siempre por poco. Los neozelandeses, de calle, Tres a tres. En la séptima la cosa empezó a cambiar. Viró primero Italia, pero Nueva Zelanda remontó ya en la segunda manga y terminó ganando. Como experto en regatas (no voy a negar que las veo, leo sobre lo que he visto y las vuelvo a ver fijándome en los detalles que se me han pasado por alto, que son la mayoría) he observado que el ganador de la Copa Prada llega siempre con el barco más rodado mientras que el defensor, por mucho que haya entrenado, no llega con el barco al cien por cien. Y, conforme avanza la prueba, crece. Y Nueva Zelanda fue creciendo. Y llegó la octava regata. Estaban igualados cuando, de repente, los neozelandeses se quedaron planchados. Pozos de viento les llaman. Italia volaba y el barco neozelandés ni se movía. Todo parecía hecho. Cuatro minutos les sacaban. Hasta que el Luna Rossa se metió en otro pozo. Angustioso. Allí estaban clavados. Nueva Zelanda encontró viento, remontó y ganó. Cinco tres. Llegó la novena. Puro espectáculo. Italia plantando cara, de tú a tú. Y volvieron a perder. Estaba hecho. A Nueva Zelanda le faltaba una victoria y todos sabían que iba a llegar en la décima regata. Y llegó. No hubo historia. Una regata similar a cualquiera de las seis primeras. Habían ganado los míos. Pero no estaba feliz. Vi la rueda de prensa final. Allí estaban los Burling, Ashby y Tuke. Moderados en la victoria. Elegantes. Respetuosos. Al otro lado estaban Sirena, Bruni y Spithill, dando una lección de cómo perder. Max Sirena, con su pinta de camorrista, brillante, emotivo. Francesco Bruni, con una humanidad desbordante, con una clase descomunal, todo un ejemplo. Y Jim Spithill, el Pitbull, el hombre que aprendió a boxear para defenderse de las palizas que le daban en el colegio por ser pelirrojo, a quien tenía por un ser arrogante, dando una lección de liderazgo, de compromiso, de señorío. Habían ganado los míos. Habían perdido los míos. Había terminado la Copa del América, un espectáculo maravilloso. Cuatro años hasta la próxima. Tocará otra vez madrugar. Estaremos. Por supuesto.

sábado, 6 de marzo de 2021

Descartes o breves o algo así

Escuché el otro día a una chica contar en la radio que había tenido un consultorio musical. La gente le llamaba contándole sus problemas y ella les recetaba canciones. Me gustó la idea.

Mi padre nunca ha podido estarse quieto. Especialmente en la casa familiar en la capital del Secarral, si no estaba pintando, estaba podando. O cavando. O arreglando cualquier cosa que se hubiese estropeado. Mi hermano y yo nunca tuvimos esas inquietudes (mis hermanas tampoco, aunque nunca se dieron por aludidas) pero, por vergüenza, siempre ejercimos de peones suyos y hemos pintado, podado, cavado, limpiado el patio o hemos visto pasar nuestra vida por delante subidos a una escalera de inestabilidad total tratando de arreglar cualquier cosa. Ha llegado la siguiente generación. Nuestros hijos. Los nietos. Mi padre los llama los pastores alemanes. Aparecen tumbados en cualquier sitio. Se desperezan. Se mueven con lentitud y sólo lo hacen para llegar hasta el frigorífico. Luego vuelven a su estado de letargo. Ni se inmutan cuando su abuelo está por ahí trajinando. Ni se conmueven cuando ven a sus padres con la sierra en lo alto de la escalera. Algo hemos hecho mal. No sé cómo será la siguiente generación. Igual se vuelve al principio. Me temo que no.

Nunca presté demasiada atención a Nick Cave and the Black Seeds. Vía sugerencia (a veces les perdono a Spotify y a YouTube su impertinencia) se han colado en mi vida dos melocotonazos que me tienen arrebatado: “There she goes, my beautiful world” y “Get ready for love”. Qué barbaridad. Qué coros. Qué guitarras. Qué actitud. Qué camisas blancas. He consultado al experto y tengo pendiente una lista que me ha preparado Sanfélix (soy hombre de obsesiones y aún no he podido salir de estas dos). Nick Cave va a entrar en el recetario.

El día que más odio de todo el año es aquel en el que tengo el reconocimiento médico de la empresa, y lo odio porque hay que ir en ayunas. Lo primero que hago al levantarme es desayunar. El no poder hacerlo me supera. Este lunes toca. Y ya llevo cabreado tres días.

Con todo este lío de las vacunas se está hablando mucho de los mayores y de los menores de cincuenta y cinco años. Dicen mayores y menores, y no mayor o igual o menor o igual. Así, los de cincuenta y cinco estamos en un limbo que me lleva a mal traer. Porque no es lo mismo ser el más viejo de los jóvenes que el más joven de los viejos. Y no sólo porque eso puede suponer que te vacunen pronto (luego buscaremos la equivalencia en meses de pronto) o a saber cuándo. Es por saber si estoy al final o al principio.

sábado, 20 de febrero de 2021

Crímenes y fechorías

Sigo sin poder tener demasiada conversación ya que no termino de entrar en el mundo de las series televisivas. Hice un amago. Vi “Crimen en seis escenas” y… bueno. Como a Woody Allen le perdono todo diré que tenía algún momento brillante. Luego me dejé arrastrar por la corriente y empecé a ver “Peaky blinders”. Qué ambientación. Qué decorados. Qué selección musical. Qué sintonía. Qué vestuario. Qué tía Polly. Iba viendo los episodios por orden. Ocho capítulos duré. La carcasa seguía siendo espectacular, pero estaba ahíto. Y no tuve necesidad de más.

La verdad es que no me veo con ganas de seguir una serie. Me gusta más sentarme y ver capítulos sueltos, que empiecen y terminen, que sean relativamente independientes. CSI, por ejemplo. Me da igual la temporada. Ves uno, te entretienes, y ya. Con matices, claro. En Nueva York hay un personaje, mulato él y con gafillas, que siempre está ísimo (concentradísimo, motivadísimo, atentísimo). Y, a ver, no. Que no. No es así. Nadie trabaja así. No cuela. No eres investigador. No me creo tu papel. Eres un capullo. Y me genera tensión. Y me paso el capítulo insultándolo. Me pasa lo mismo con una tía que sale en la franquicia de Miami, una que tiene apellido portugués y que, vamos, se ve a la legua que a duras penas hará la o con un canuto y suelta unas frases que por los cojones se te va a ocurrir a ti eso, monina. Y persigue a los malos pistola en mano con una actitud que seguro los tiene aterrorizados a todos. Pero aquí alterno los insultos a la muchacha ésta con los vítores, jaleos y aplausos a Horatio, a sus aforismos brillantes (mejorables de vez en cuando, Horatio. Te venero, pero podría venerarte más) y a sus posturitas. A Horatio sí que me lo creo. Como me creo Las Vegas. Seguro que es así (como Nueva York o Miami). No hay feos. No hay gordos. Pura realidad. Sobre Las Vegas sí que quería añadir algo ya que, en la publicidad, siempre sacan a Grissom o a Sam Malone (por los siglos de los siglos) como reclamo. Y quiero reivindicar el periodo de Ray Langston (Lawrence Fishburne), que, sí, era un poco intensito y torturado, pero le gustaba el blues de Chicago (que no sé cuál es, pero seguro que es respetable) y que, sobre todo, vivió un duelo con Nate Hashkell sólo comparable a los Ovett Coe o Borg McEnroe.

Además de CSI, también me gustan los episodios de “Mentes criminales”. Son de características similares a los otros, aunque estos últimos tienen más poder adictivo. Hay una cadena que los pone en tirereta, sin parar, y, como veas empezar el siguiente, ya sabes que te lo vas a acabar. Hay días que me siento y, cuando me levanto, llevo más de cien muertos. Y esto no es saludable.

“Mentes criminales” la supongo conocida. Son unos criminólogos del FBI que tienen el despacho en la sede central (Quantico. Qué bien suena), que disponen de avión privado y que se dedican a perseguir asesinos en serie. Hay que decir que Estados Unidos es un país muy grande con unos asesinos en serie muy bien organizados ya que cada vez actúan en una ciudad distinta y eso permite a nuestros protagonistas llevar su avión de aquí para allá (mientras una voz de fondo suelta una cita de Lao Tse o del Apocalipsis) sin necesidad de repetir ruta y así no caer en el aburrimiento y poder hacer siempre amigos nuevos. También he de decir que admiro cómo hacen la serie y que ésta resulte creíble. Porque un caso en Phoenix o en Pittsburg impone respeto. Luego te la imaginas hecha en España con los protagonistas cogiendo su avión para resolver casos en Lugo, Jaén o Albacete y…bueno. No sería lo mismo.

La estructura de los capítulos se suele repetir. Los protagonistas llegan a la ciudad, toman contacto con los casos (con la reticencia de la policía local por lo que consideran una intromisión en los capítulos impares, reticencia que, al final del episodio, se convierte en adhesión; con la total colaboración de la policía local en los capítulos pares), analizan cuatro cosas y, automáticamente, reúnen a las fuerzas del orden para dar el perfil del asesino. Hablando una vez cada uno, en perfecta secuencia, sin trabucarse, sin atropellarse, nuestros protagonistas dan muchos datos mientras la policía local toma nota. Este acto, muy efectista, es absolutamente inútil. Jamás, en todos los episodios que llevo vistos, la policía local resolvió el caso. Siempre, el cien por cien de las veces, el caso fue resuelto por nuestros muchachos del FBI. Si en vez de hablar del perfil del asesino recitasen letras de muñeiras con la policía local tomando nota, tal vez le escena perdiese vistosidad, pero sería igual de efectiva.

Los investigadores, a pesar de la dureza de su trabajo, no dimiten. No se van. Se quejan, pero no se van. Y, cuando un personaje desaparece, ya sabes que es porque pidió más dinero, porque se lio a puñetazos o algo así. En cada capítulo uno de los criminólogos es más protagonista. Y ahí descubrimos su naturaleza oculta, su alma torturada, sus cicatrices, su amargura, sus fantasmas, su pesar. Está claro que, cuando te hacen las entrevistas para ficharte como criminólogo, como te dé por reírte o por contar que tu infancia fue feliz no tienes nada que hacer. Ser listísimo es lo básico y apenas suma. Ser un amargado es lo que te garantiza el puesto.

Otra cosa que admiro sobremanera de los investigadores es su absoluto dominio de la geografía estadounidense. Cuando van como locos con sus coches (cochazos) y les indican una dirección por la radio o el teléfono, el que conduce, con residencia en Quantico, dice -eso está a dos manzanas. ¡Coño! ¡Tienen todos los callejeros de Estados Unidos en la cabeza! ¡Da igual que estén en Alaska o en Portland! ¡Saben dónde están todas y cada una de las calles y la numeración correspondiente! Acojonante. También me gusta que, en cada episodio, rinden homenaje a “Starsky y Hutch”. Nunca, cuando les dan una dirección, están yendo en el sentido correcto. Siempre van mal – ¡Agarraos! Giro de noventa a ciento ochenta grados, chirrían las ruedas y a correr. Doctorado, un punto. Amargura, punto y medio. Callejero en mente, un punto. Piloto de rallyes, un punto. Vamos acercándonos al perfil de criminólogo tipo.

Más cosas. El procedimiento dice que, cuando allanan una morada (qué bien escribo), las fuerzas del bien entran con los brazos estirados pistola en ristre y haciendo giros bruscos cubriendo todos los ángulos. Es espectacular y seguro que tiene un porqué. Lo que no entiendo es que si entran quince policías en una casa por la misma puerta (nuestros investigadores los últimos), los quince hagan lo mismo. Con que lo hagan los tres primeros sería suficiente. El resto, ¿para qué? También tengo que decir que este gesto es muy contagioso. Cuando me levanto del sofá con mis más de cien cadáveres a cuestas lo hago con los brazos juntos y estirados y haciendo giros bruscos cada puerta que atravieso. Es inevitable.

El final también es repetitivo. El malo tiene a su presa. No sabemos si los criminólogos llegarán a tiempo de salvarla (bueno, sí que lo sabemos. Siempre lo hacen). Entran (siguiendo el procedimiento). El malo coge a su víctima de rehén. A partir de aquí, hay tres opciones: muere el malo (cosido a balazos o suicidado), muere el malo y el rehén (sólo cuando el rehén tiene lazos afectivos con alguno de las protagonistas, para aumentar su amargura) o no muere ninguno. Luego avión de vuelta, es muy tarde, ¿te vas a casa?, me quedo un rato, tengo que hacer unas cosas, voz de fondo soltando una cita de Helen Keller o de Bertrand Russell y sal corriendo que, como empiece el siguiente episodio, vuelta a empezar.

viernes, 12 de febrero de 2021

Citas

Dos citas que no guardan relación alguna con mi realidad laboral actual. Cualquier intento de vincularlas será producto de la mala intención del lector, no de la voluntad del redactor.

La primera es de un compañero. No me ha autorizado a dar su nombre: Cada cual le llama trabajar a lo que quiere.

La segunda es un proverbio rumano: Entre la razón y la paz, elige la paz.

viernes, 22 de enero de 2021

Cinco razones para amar a Laura

No sé si Laura Nyro no triunfó porque no quiso o porque no pudo. He leído sobre ella y no he llegado a ninguna conclusión. Escribía canciones y grababa discos con regularidad. Nunca llegó al estrellato. Sus canciones fueron grabadas por Blood, Sweat & Tears, Barbra Streisand, The Fifth Dimension o Three Dog Night (estos últimos los cito como si los conociese, pero no) y sí que tuvieron repercusión. Ella pasó más desapercibida. No quiso entrar en el circuito. O eso parece. Murió muy joven (con cuarenta y nueve años) de un cáncer de ovarios a finales de los noventa. Luego Hall of Fame y esas cosas. Yo la amo. Por sus dos primeros discos (“More than a new discovery (the first songs)” y “Eli and the thirteenth confession”). Por su voz. Por su piano. Por sus melodías. Por los coros en sus canciones. Porque hace conmigo lo que quiere. La amo. Y aunque el amor no necesita de razones, aparte de las citadas dejo cinco. Cinco soles. Cinco joyas. Cinco maravillas.

And when i die”. Puedo jurar que no hay cielo pero rezo para que no haya infierno.

Sweet blindness”. Nada como bajar a la bodega de tu padre, abrir un par de botellas y celebrarlo con el mundo en plena exaltación de la amistad. Es imposible no ser feliz escuchando esta canción.

Wedding bell blues”. Parece ser que Bill no se quiere casar y ella argumenta para que cambie de opinión de manera muy convincente.

Eli’s comin’”. Eli viene y es mejor que te escondas.

Goodbye Joe”. Aunque seas capaz de despedirte de Joe todavía no sabes que nunca serás capaz de olvidarle.

jueves, 14 de enero de 2021

Yo no sé. Sólo sé

Me siento en la obligación de pagar una deuda. A pesar de mi afición a hacer listas, sería incapaz de hacer una con mis canciones favoritas. Da igual la cantidad: diez, cien, mil. Imposible. Empezaría e iría añadiendo conforme las fuese recordando o fuesen apareciendo. Y sería tan injusto con los descartes que prefiero ni planteármelo. Pero eso no quita que, si tuviese que elegir una, sólo una, lo tendría clarísimo. Y sé la respuesta desde que tenía… no sé. Seis, siete años. Y no es porque sea mi canción favorita. Es porque es mi canción. Y ésta no es otra que “Esta tarde vi llover” de Armando Manzanero. Y ahora que está tan reciente su muerte, siento que por lo menos tengo que citarlo, no tanto para darle las gracias (esto ya lo he hecho muchas veces durante su vida, por ésta y por otras canciones) como para…joder, pues porque era un grande. Y qué menos. Y para poder decir aquello que da igual donde estés porque eterno ya eres.

viernes, 8 de enero de 2021

Solsticio de invierno

Salí a rodar (solo) mis doce kilómetros reglamentarios. Volvía por el puente del tranvía por donde no pasa ningún tranvía. Bajando vi delante a uno que iba corriendo mientras se acomodaba unos auriculares y la capucha de un chubasquero. Lo pasé. Me saludó. Lo saludé. Dijo no sé qué. Como vi que tenía ganas de charlar y yo no tenía ninguna prisa, le esperé. Empezó a contarme que venía de hacer series. Le gusta hacerlas por el puerto. Allí tiene su circuito. También por el PAI de Nazaret. Me dijo que llevaba en esto del running (sic) desde principio de año y que tenía la teoría (menos de un año corriendo y ya tenía teorías) de que, si se va a competir en asfalto, las series hay que hacerlas en asfalto. Estaba entrenando duro. Se había propuesto preparar una 15K (sic) (segundo paréntesis, no sé cuál). Y tenía un objetivo ambicioso. Para ello había diseñado un plan de entrenamiento (menos de un año corriendo y ya preparaba planes de entrenamiento) que se resumía en pocos kilómetros pero siempre intensos, con un porcentaje muy alto de calidad.

Yo le iba escuchando. Tenía a mí lado a una gacelilla, a un tierno gazapillo. Me habría bastado medio zarpazo y un leve movimiento de mandíbula para haberlo descuartizado y haber despedazado sus restos. No lo hice. Le dije que ajá, que muy bien, que fenomenal, que por supuesto y que claro que sí. Nos despedimos. Nos dimos los nombres, para cuando volviésemos a coincidir. Se fue. Cruzando el Jamonero me sentía desconcertado. Lo había dejado vivo. Esto no me había pasado nunca. He disfrutado machacando cada gallito que se me ha cruzado por el camino tirando de marcas y de currículo. Me lo he pasado en grande tratando con condescendencia a todo corredor impúber con el pecho hinchado que me he encontrado. Y éste se fue crudo. Entero. Y se fue así porque no quise masacrarlo. No tuve ganas. No me apeteció. Y aquí entra mi desconcierto. ¿Qué me está pasando? ¿Fue sólo un momento puntual o hay algo más de fondo? ¿Es éste el camino hacia la misantropía, el de la desgana? ¿Estoy en la antesala de la vejez? ¿Me tengo que preocupar?

sábado, 2 de enero de 2021

Juan Valdés (segunda parte)

Conté, hace ya unos cuantos años, la anécdota (brillante) de cuando estábamos Maroto y yo en un local apoyados en la barra y vimos acercarse a un camarero muerto de risa. -Ahora sí que ya lo he visto todo. Toma nota: bombón descafeinado de máquina, del tiempo tocado de Baileys. (Y, como entonces, enlazo aquí sin venir a cuento “Juan Valdés”, de Los Enemigos, porque sí, porque es una canción que, cogiendo aceituna, siempre por estas fechas, me pasaba el día cantado –currando como un enano, de uno en uno cojo el grano. Pobre Juan Valdés (¡éste sí!), pobre Juan Valdés (¡éste no!)- y porque me apetece más que nunca cantar este año en que no cogeremos aceituna).

Me hubiera gustado ver la cara de aquel camarero cuando, el otro día, tras un almuerzo corredor bien ganado, Paco, siguiendo la estela de la mayoría, se pidió un cremaet. -Pero el mío, por favor, con café descafeinado.

Hablando de camareros. Estábamos en San Sebastián. Llegó la hora de los cafés. Mi turno.

-Querría un bombón. No sé si sabe lo que es.
-Aquí no hacemos guarradas con el café.
-Y un cortado, ¿podría ser?
-Podría.
-Gracias.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Tú vales, chaval. Castellón

De todas las competiciones que pueda haber, las más bonitas (o de las más bonitas) son las competiciones por equipos. Bonitas y crueles. Bonitas por el ambiente que tienes, por la convivencia, por cómo vive el grupo, el equipo, cada prueba, la competición. Crueles porque la presión es muy alta y no me refiero sólo a la que te ejercen los demás. Competir mal no es fácil de digerir. Fallarle al equipo cuesta mucho más de superar. Y el miedo a fallar te puede atenazar.

En el club de mi hijo hay un grupo de nadadores en categoría absoluta de buen nivel. Bueno, hay uno de categoría excepcional, tres o cuatro que son buenos y otros cuatro que se defienden. Haciendo números hablaron con el club para que los inscribiesen para la Copa de España. Dentro de la segunda división hay doce plazas a las que se acceden por concurso. Se presentaron y…hubo suerte. Bueno, suerte y marcas.

La competición estaba prevista que se celebrase en Castellón a mediados de diciembre. Mi hijo está en su primer año de junior y entrena con los mayores. Le comentó el entrenador que, para completar el equipo, y como reserva, lo iba a inscribir. Para él fue una inyección de motivación tremenda. Yo miraba las noticias y, dudando que se pudiese celebrar la competición, observaba rogando que, por favor, no la suspendiesen.

Pasaban los días y no mejoraban los datos. Pero la competición seguía. La Comunidad Valenciana estaba cerrada y tenían que venir nadadores de toda España. Pero la competición seguía prevista. Le dicen que lo van a inscribir en el cincuenta espalda. Es su peor estilo, pero todo sea por competir en la Copa. Una semana antes uno de los nadadores comunica que no podrá incorporarse hasta el sábado por la tarde. A mi hijo le toca sustituirlo en los cien y doscientos braza. Se acerca el fin de semana y nada parece que pueda detener la competición. Salen las listas. El nivel es descomunal. Viene un equipo de Madrid, escisión del Canoe, que acaba de hincharse a ganar medallas en los Campeonatos de España. Viene un equipo de Barcelona que ha fichado a unos cuantos rusos para la competición. Dos nadadores que han sido olímpicos. Nada de esto puede con la ilusión de mi hijo, de sentirse parte del equipo, de saber que va a vivir una Copa de España desde dentro. Yo, además, le refuerzo. Siempre nadas bien los relevos. Nunca fallas a tus compañeros. Lo vas a hacer bien. ¿Y qué es hacerlo bien? Dar más de lo que tienes. El puesto es secundario.

Salen un viernes por la mañana. Quedan para almorzar. Cogen los coches. Se van al hotel. Mi hijo, con sus dieciséis años, en un grupo en el que el siguiente tiene veinte. A media tarde se van para la piscina. Calientan. Comienza la competición. Está prohibido el paso a la instalación salvo para jueces, técnicos y nadadores. La competición se puede seguir a través de la página de la federación española. Si en la grada se sufre, detrás de una pantalla de ordenador se sufre por dos. Llegan los doscientos braza. Ahí está mi chico. Se tira. Pasa el cincuenta y el cien pegado a sus vecinos de calle. El segundo cien se le hace eterno. Se descuelga. Llega. Ha mejorado, en la misma prueba, sus marcas en cincuenta, cien y doscientos braza (se homologan). Nada que reprochar. Todo lo contrario. Hablo con él. Está contento. Ha sufrido más que en ninguna otra prueba que haya nadado en su vida pero ha sido valiente (palabras textuales –le he echado huevos. Hasta ahora moderaba su lenguaje delante de mí. El juntarse con los mayores le refuerza en todos los sentidos) y se siente satisfecho. Fenomenal entonces.

Sábado por la mañana. Cien braza. Ahí está mi chico. Sale valiente. Pasa el cincuenta bien (mejor que el día anterior) pero la vuelta no va. Se queda. Se descuelga. Toca. Sale el crono. Dos segundos y medio más que en el día anterior en el paso por el cien. Le escribo tratando de relativizar, preguntando si ha notado la fatiga del doscientos braza. Me responde con dos palabras.

-He fallado.

Le pregunto que si quiere hablar. No me contesta. A las cuatro y cuarto me escribe. Nada el cuatrocientos estilos. Le han cambiado la prueba con otro nadador. Estrategia de entrenador. Cuatrocientos estilos. No es lo mismo que, para terminar, te falte llegar a la esquina a que te falte llegar a la esquina pasando por el Mortirolo. Le llamo. Me lo coge. Está hundido. No se quita la prueba de la mañana de la cabeza. No se ve con ánimo para afrontar la prueba de la tarde. Tiene miedo. Está tocado. Sobrepasado. Me dice que esta competición no es para él, que le viene muy grande. Trato de tranquilizarlo. No te eches toda la responsabilidad sobre los hombros. Tú eres el chaval del filial al que han llamado para el primer equipo para completar la convocatoria. No llevas el peso. No eres el responsable. Estás para aportar en la medida de tus posibilidades. Aprovecha que estás allí para disfrutarlo. Que no se convierta en un mal recuerdo. No son tantos los nadadores que han nadado en una Copa de España. Y a ti esto ya no te lo va a quitar nadie. Sal ahí, cómete el cuatro estilos, haz tu carrera y nada más. El resto, el puesto, el tiempo, es secundario. Sal y nada un cuatrocientos estilos en una Copa de España. Sal y sube al Mortirolo en una Copa de España. Sólo por eso ya muy pocos podrán toserte a partir de ahora.

Cuatrocientos estilos. Ahí está mi chico. Estoy muerto de miedo pero, al verlo antes de subir al poyete, me tranquilizo. –Va a salir bien. Se tira. Hace una mariposa fabulosa (mejora su marca en cincuenta y en cien). Me asusto pensando en que se va a hundir. Pero no. Se descuelga pero va a su ritmo. Y pasa la espalda. Y la braza. Y llega el crol. Y toca. Ha mejorado en dieciocho segundos su marca en piscina de cincuenta. No paro de gritar y de saltar delante de la pantalla. Le escribo. Me contesta con un -¡VAMOS!- que lo dice todo. En una Copa de España (el mejor nadador del club, un tío que ha sido campeón de España en todas las categorías, incluida la absoluta. Un tío que ha tenido el record de España y que ha estado en competiciones internacionales con la selección, les dice –ahora sí que lo he vivido todo como nadador. Sólo me faltaba nadar una Copa de España con mis amigos, con mis colegas, con mi club. Y ya lo he hecho, lo hemos hecho) has nadado de una manera fabulosa levantándote después de haber caído. En un cuatrocientos estilos has vuelto a demostrar y a demostrarte lo que eres y de lo que eres capaz. Porque tú, hijo mío, no eres el mejor (en un deporte que se mide con el cronómetro no hay mucha posibilidad de mentira). Pero sí eres el más grande. Porque tú, hijo mío, eres extraordinario.



jueves, 24 de diciembre de 2020

viernes, 18 de diciembre de 2020

Son cuatro mil setecientos treinta y cinco días, son

Vamos a suponer que la tierra es una esfera perfecta. Dicha esfera tiene un radio de seis mil trescientos setenta y un kilómetros. Aceptamos este dato como bueno. Si no ha cambiado la fórmula, diremos entonces que la distancia mínima que hay que recorrer para dar la vuelta al mundo es de cuarenta mil treinta kilómetros.

Desde el uno de enero de dos mil ocho me apunto semanalmente todos los kilómetros que hago corriendo. Saco promedios, comparo un año con otro y voy sumando también los totales. Y este jueves diecisiete de diciembre de dos mil veinte llegué a los cuarenta mil treinta kilómetros. Me ha costado casi trece años dar la vuelta al mundo corriendo (bueno, recorrer la distancia. Viajar, he viajado poco). Cuatro mil setecientos treinta y cinco días. Lo habría hecho antes sin lesiones ni confinamientos, pero bien está así. Me sale casi a ocho kilómetros y medio diarios. Algo más de cincuenta y nueve semanales. Tres mil ochenta y seis anuales. No voy a decir que objetivo cumplido porque esto no era un objetivo. He pasado por el hito y, porque puedo, chuleo. Y sigo. Y si paso por otro hito que sea rimbombante, pues hala. Y seguiré. Corriendo. Chuleando. Porque puedo.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Test de inteligencia

Dentro del término municipal de Picassent se encuentra un centro penitenciario. Yo trabajo en Picassent, concretamente en el polígono. Cada vez que digo dónde trabajo, la probabilidad de que alguien haga un chiste relacionado con la cárcel es del cien por cien.

Vamos a ver, señores. No. Ése no es el camino. Vamos a dar un paso más. Está bien tratar de ser gracioso, de intentar crear buen ambiente pero no podemos quedarnos ahí, en lo obvio. No podemos ser de los que esperan que alguien diga cinco para hacer su gracia. Hay que esforzarse. El domingo pasado, día del maratón de Valencia, salí a correr pronto, me metí en el recorrido, hice un rato, di la vuelta, volví por donde había ido y, casualmente, me crucé con la media y el maratón y pude verlas. No había un alma por la calle. Sólo los voluntarios que cortaban calles y se preparaban para los avituallamientos. ¿Cuántos, a la ida, me dijeron -¡que vas el primero!- (un clásico cuando calientas por cualquier circuito un día de carrera) y -¡que vas al revés!- a la vuelta? Pongamos dos de cada tres. Mal. No. De verdad, agradezco la intención pero me sabe a nada el esfuerzo. Vamos a esmerarnos. Vamos a intentarlo. El ingenio existe pero hay que trabajarlo. No podemos quedarnos en lo fácil, en lo de siempre. Hay que aportar. Hay que crecer. Al terminar de correr siempre estiro. Varios de los ejercicios los hago apoyado en una pared. Tres de cada cuatro personas que pasan, sean conocidos o no, me dicen que si estoy sujetando la casa, que si la voy a mover, que si no sé qué de la Torre de Pisa. Innecesario. Que no. Tenemos que exigirnos, ser brillantes, originales. ¿Queremos ser graciosos? Pues vamos a serlo, pero de verdad. Con estilo. Con clase. No somos obvios. Vamos a dar el paso siguiente. Vamos a esforzarnos. Vamos a crecer.

viernes, 27 de noviembre de 2020

El mejor amigo del hombre

Si mobiliario viene de movimiento, ésta es la foto del mueble más mueble que tenemos en casa. Llegó cuando mi hijo daba sus primeros pasos. Fueron muchos los partidos en el pasillo. Al principio me ganaba a trampas. Luego ya, sin trampas. De los partidos pasamos a los tiros a puerta, a los juegos a un solo toque. Más tarde, a las tandas de penaltis. Mi hija también se apuntaba. Luego ya dejamos de jugar. Pero el balón nunca se fue. Siempre está. En todas partes. No tiene un sitio fijo. Donde lo vemos, lo pateamos. A la escuadra del sofá. Al marco de cualquier puerta, tratando de que dé en los dos palos y luego entre. El balón es el mueble que más ejerce como tal y que, además, realiza una labor psicológica primordial donde las haya. Puedes ir pensando en cualquier cosa. Puedes estar decaído. Enfadado. El balón tiene el don de aparecer entonces en tu camino. Y logra que, un segundo después, hayas marcado el gol de la victoria, con lo que eso significa. Y que lo celebres como corresponde. Y, si fallas, pues marcas el rechace, que también da mucha alegría. Y problema olvidado. El mueble más mueble no tiene más que ventajas. Siempre está en el sitio oportuno. El mejor amigo del hombre. Nuestro mejor amigo.