jueves, 26 de febrero de 2026

Calles. Cosas. Y enamorarse


Sus calles. Los nombres de las mismas.


Qué bien suena la calle Candiota.


O pasar por aquí cantando -silencio en la noche, ya todo está en calma.


O tener un edificio para que la genta riña y no en cualquier sitio. Todo bien organizado.


Y un paseo para los tristes. Sólo para ellos. Sólo.

Sus cosas. Parecerá raro, pero me sorprendió que, en Granada, te encuentres granadas por todas partes.

En los bancos.


En los parques.


En los bolardos.


Se acerca la Semana Santa. Vimos músicos ya ensayando, uniformados. Dos bares temáticos encontramos, decorados con imágenes, en cuya televisión sólo se emitían pasos. Y muchos puntos de venta de recuerdos relacionados.


Qué alegría ver a Patricio Estrella como cofrade.


Y esta imagen de un Cristo que ha trabajado duro en el gimnasio antes de la Pasión.

Los bares. De la parte de España donde ponen tapa. Y con generosidad. Y con una amabilidad, una simpatía, una profesionalidad y una eficiencia de la cual ya no nos acordábamos. Íbamos advertidos y la realidad estuvo a la altura de las advertencias. Comimos y cenamos de vaso mientras estuvimos allí. Y con la emoción de la imprevisibilidad. Si pides algo, te lo sirven. Pero no hay sorpresa. Con la tapa, hay sorpresa. Y siempre acompañada de alegría. A veces se hace esperar. Una de las veces más de la cuenta y sentí una tristeza sólo comparable al día en que retiraron el helado de tutti frutti en Mercadona (ya me iba a ir al Paseo de los Tristes). Pero llegó. Y compensó mi desazón. No hicimos fotos. No somos de esos que tienen necesidad de presumir y exhibirse constantemente, hagan lo que hagan.


Bueno, no siempre.

Enamora. Podría hablar de todos los lugares vistos, de la sensación de correr de madrugada por allí (a pesar de que la gente con la que te cruzas no saluda), de nuestros paseos erráticos, deambulando, con la belleza siempre apareciendo en cualquier rincón. Pero me quedaré con un momento. Era de noche ya. Acabábamos de llegar. Nos fuimos hacia el centro. Callejeando, aparecimos en la plaza de las Pasiegas. La fachada principal de la catedral, justo enfrente, con esa iluminación tenue que tanto embellece. No había casi nadie en la plaza. Un guitarrista tocaba. No tocaba una guitarra clásica. Era un guitarrista de jazz. Empezó “Que nadie sepa mi sufrir”. Me paré. Sentí que era Django Reinhardt tocando para mí. Para nosotros. En aquel lugar. Con aquella luz. Con aquel aire. Mirando la fachada de la catedral, tarareando ensimismado -no te asombres si te digo lo que fuiste. Una ingrata con mi pobre corazón. Sentí que nada podía ser más hermoso. Sentí que me acababa de enamorar de esta ciudad para siempre.

Y no. No vimos la Alhambra. Ya tenemos excusa para volver. Aunque no haría falta excusa. Porque Granada es una ciudad para volver. O dicho mejor y de otra manera:


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