lunes, 2 de noviembre de 2026

Comandante Tom

William Sidney Porter nació en 1862 en Carolina del Norte, Estados Unidos. Vivió en Tejas y en Nueva York. También en Honduras, donde huyó tras ser acusado de desfalco en el banco donde trabajaba. Y en Ohio, en el penal donde cumplió condena por ese desfalco tras su regreso. Se casó dos veces, tuvo una hija y murió a los cuarenta y siete años, alcoholizado, de cirrosis hepática.

Durante su estancia en la cárcel, Porter empezó a escribir relatos cortos para poder mantener a su hija. Y siguió escribiendo una vez salió de presidio y se estableció en Nueva York, historias que firmaba con el seudónimo de O. Henry. Tuvo éxito y ganó dinero, dinero que se bebió. Llegó a escribir unos seiscientos relatos, y en ellos siempre incluía un final inesperado, un giro sorprendente pero lógico, dejando en el idioma la expresión –un final O. Henry (O. Henry ending)- para describir la sorpresa o el desconcierto. Dejar tu nombre como legado en el idioma no es un mal reconocimiento.

Sus historias se agruparon en varios libros. Me estoy leyendo un tomo que incluye tres de éstos: “Los cuatro millones”, una serie de escenas neoyorquinas, con personajes de lo más variopinto, que espero me perdonen si las catalogo como deliciosas; “El honrado tramposo”, distintas aventuras de dos truhanes, dos estafadores, dos timadores con cierto poso ético de quita y pon (a los que, inconscientemente, les he puesto la cara de Paul Newman y Robert Redford) que a veces ganan y otras salen trasquilados, no tan tiernas como las del anterior libro y sí más divertidas y “Los caminos del destino”, relatos más largos, brillantes muchos de ellos, con distintos escenarios, donde pasamos de la picaresca a los valores más arraigados, de los buscavidas a la gente de una pieza, de los califas del dinero (sic) de Nueva York, al polvo de Tejas.

Uno de los relatos (buenísimo) se titula “Amigos de San Rosario”. En él, un auditor del gobierno llega a uno de los dos bancos del pueblo a ejercer su trabajo. El dueño de uno de ellos, un hombre de edad avanzada que trabajó en mil oficios y que hizo fortuna con la compra y venta de ganado, tiene por nombre Tomas B. Kingman, aunque todos lo conocen como el comandante Tom.

Comandante Tom en inglés se escribe major Tom.

Major Tom.

Ground control to major Tom.

David Bowie. “Space oddity”.

Estás sentado sintiéndote en un pueblo de Tejas a comienzos del siglo XX y, de repente, estás en la cuenta atrás para el despegue de un cohete.

Estás sentado escuchando el trote de los caballos, el ruido de los carruajes y el mugido de las vacas y, en un instante, estás flotando en el espacio a la puerta de la nave.

Estás sentado sintiendo el calor y el polvo y tu mente se va a una conversación con Javier, en la que afirmaba que David Bowie era el timo del siglo y yo argumentaba citando a David Summers –tienes repertorio cuando el público te reclama y celebra más de veinticinco canciones-, y que Bowie, sin negarle que cuando era un tostón, lo era con mayúsculas, tenía repertorio y de un nivel enorme.

Estás sentado y te conviertes en espectador de cuando, desde el espacio, viendo de qué color es la tierra (la cual, sorprendentemente, es esférica), habiendo perdido la comunicación con la sala de control, el comandante Tom vuelve a su despacho en el banco donde le cuenta una historia al auditor poco antes de que el autor nos vuelva a sorprender, a emocionar, a dejar descolocados y con una sonrisa en la boca. Desde el vacío a un final O. Henry.

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