El plan era el siguiente: delante de una casa encendíamos una vela y ésta quedaba dentro de la calabaza. Luego llamábamos a la puerta y nos escondíamos (estas cosas se hacían en España en esa noche a principios de los años setenta). Si se daba bien, provocábamos un susto, nos reíamos y seguíamos a por otra casa. A por otro susto.
Llegamos a la primera. Vela encendida. Calabaza en su sitio. Golpes en la puerta. Carreras para escondernos. Puerta que se abre. Susto. Hasta aquí, el plan había funcionado.
Luego, no. El asustado primero le dio tal patada a la calabaza que la desintegró (sin noticias de la vela). Después empezó a insultarnos y amagó con salir detrás de nosotros. Y corrimos. Y corrimos. Y corrimos hasta mucho después de sentirnos seguros. El susto digamos que nos lo devolvió. Pero reírnos, ahí creo que ganamos nosotros.
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