No doy un paso más, alma triste que hay en mí. Me siento destrozado. Murámonos aquí.
Como me pareció la letra de una canción, seguramente de un tango, le pregunté a Google. Puse la cita tal cual y me contestó la inteligencia artificial, que es quien lo suele hacer ahora. Su respuesta me gustó, ya que me indicó el número del Teléfono de la Esperanza y me explicó cuál era su labor y todo lo que podía hacer por mí, dado mi estado de ánimo, recomendándome que llamara. Como me entró la duda de que lo hubiera hecho directamente ella (o ello), rápidamente añadí al texto la coletilla -letra de canción- y, entonces, sí: “Tres esperanzas", de Enrique Santos Discépolo.
Me acordé de aquella cita de Nick Hornby, en “Alta fidelidad”.
La música como alimento de la tristeza, que nos deja asomarnos a la amargura. Visitarla. Recrearnos. La melancolía, que busca refugio y compañía en las canciones, que envuelve a las melodías de belleza, de sentido, de sentimiento, de emoción ¿Qué fue primero? Las dos.
La cita de Nick Hornby seguía:
Hay quien se preocupa, y mucho, de que los niños pequeños jueguen con armas de fuego, de que los adolescentes vean vídeos en los que la violencia es moneda corriente; nos da miedo que esa especie de cultura de la violencia termine por tragárselos como si tal cosa. A nadie le preocupa sin embargo que los niños escuchen miles, literalmente miles de canciones que tratan siempre de corazones destrozados, de rechazos y abandonos, de dolor, tristeza, pérdida. Las personas más desgraciadas que yo he conocido, románticamente hablando, son las que tienen un desarrollado gusto por la música pop. Y no sé si la música pop es la causante de esta infelicidad, pero sí tengo muy claro que han escuchado esas canciones infelices desde hace más tiempo del que llevan viviendo una vida más o menos infeliz. Así de claro.
La primera vez que leí este texto de Hornby (el libro no me gustó tanto como la película, pero casi, por si a alguno le sirve) me solacé en él. Incluso lo puse en una entrada en este cuaderno hace más de dieciocho años. He recorrido el trayecto entre la música y la tristeza, en los dos sentidos, tantas veces que por supuesto me sentí identificado. Y siempre fue un camino muy hermoso. De hecho consideré mucho tiempo la belleza como patrimonio de la tristeza y tardé en aprender a ver la belleza en todas partes. Y ese recorrido lo viví siempre como algo personal, pueril, inocente, ingenuo. Nunca como algo peligroso. No como una puerta a la infelicidad. Y la respuesta primera de una máquina, de alguien externo, extraño, a aquella consulta me hizo dudar que tal vez ese camino no sea algo tan ingenuo como creía. Que tal vez haya estado muchas (muchísimas) veces caminando en el filo, al borde del abismo. Llamando a la puerta de la infelicidad. Cerca del Teléfono de la Esperanza.
Y esto da que pensar.
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