jueves, 10 de septiembre de 2026

El Purgador Justiciero

La pasada final de Copa la perdió el Atlético de Madrid por mi culpa. Tengo dos camisetas rojiblancas que ya hace tiempo perdieron su poder para influir en el resultado (positivamente, claro) y que sólo me pongo cuando voy (vamos) al estadio a ver a mi (nuestro) equipo por una cuestión de afirmación (y de forofismo). Para los partidos importantes, igual que cuando salgo (salía) a correr, cojo siempre la que está más abajo en el montón de las camisetas que me han dado en distintas carreras. Y en la final de Copa, tocaba una de la Behobia San Sebastián. ¿Cómo me iba a poner esa camiseta para un partido contra la Real Sociedad? Parecería un infiltrado. Vi que la siguiente era una de la Volta a Peu a Quart de Poblet, roja, con letras blancas y pensé -Mejor ésta. Más apropiada. Y luego pasó lo que pasó. Y por eso no dejo de sentirme culpable. Al menos aprendí. Para la final del Mundial tocó una sin mangas (en verano, el montón de las de tirantes) bastante fea de la Volta a Peu a El Perelló. No era muy digna, desde luego. No dudé y ahora estoy por enmarcarla y colgarla en el Prado junto a Las Hilanderas.

Las camisetas me hablan. Me las he ganado. No las compré. Y me cuentan historias de carreras que corrí. De lugares. De marcas. De compañía. Por muy feas que sean, siempre son bonitas. Y ahora, además, también hablan de partidos. De títulos. Tienen poderes. Y estaría bien si tuviera un espacio infinito para guardarlas. Pero no es así. La cantidad de camisetas crece (o crecía. Aún así, entre tirantes, manga corta y manga larga, superan la centena). Y no es fácil desprenderse de ellas. Alguna vez me piden y me gusta regalarlas. Van a tener otra vida en territorio amigo. Y también hubo una época en la que, la Noche de Reyes, hacíamos una cena con una especie de amigo invisible concurso en la cual cada uno llegaba un presente y, por sorteo, recibías el que te tocaba y tenías que averiguar quién te había regalado. El concurso lo ganaba el que hacía el regalo más horroroso. Nunca gané (injustamente), aunque siempre averiguaron que era yo quien regalaba porque mi presente solía incluir la camiseta más fea (en su belleza) conseguida aquel año y otros detalles no especialmente agradables recibidos en las carreras. Tenía su aliciente elegirla. Era un premio. Aquella cena dejó de hacerse. Ahora descartar camisetas es muy parecido a hacer una purga. 

Son bonitas. Cuentan historias. Dan suerte. Y algunas, además, tienen inmunidad añadida. Son las que te dan en carreras largas o singulares. Medias. Maratones. Estoy limitado a la hora de purgar. Hay categorías. Castas. Camisetas fuertes y camisetas débiles. Soy dócil con las poderosas. Permisivo. Implacable con las vulnerables. Tendencioso. Y eso hace que cometa injusticias. 




Estas camisetas son más feas de lo que parece en las fotos. Y no favorecen puestas (a pesar de que la gente me mira cuando las llevo. Sospecho que no es por la percha). Y tampoco son de un material ligero y que facilite la transpiración. Y, sin embargo, están exentas. Liberadas. Rebajadas. No estoy siendo equitativo con mis camisetas. Debiera cambiar el criterio. Convertirme en el primer tirano ecuánime. El Purgador Justiciero. No sé si seré capaz.

2 comentarios:

GARRATY dijo...

Me cuesta mucho desprenderme de las camisetas por feas que sean. Sin embargo, últimamente, parece que asisto a un proceso de selección natural en el que las camisetas de la talla M (alguna vez estuvimos finos) me hacen parecer un chorizo parrillero y entonces las regalo. Vamos por la L de momento.

El Impenitente dijo...

Podrías verlo como los boxeadores o los judocas y decir que tienes trofeos en dos categorías distintas.