Sadam Hussein tal vez no fuera un gobernante ejemplar, pero como publicista no tuvo rival cuando dijo “la madre de todas las batallas”.
Vivimos la era de los nuevos predicadores, los charlatanes de feria modernos, los legendarios vendedores de crecepelo que ahora motivan vendiendo humo, Perogrullos de tres al cuarto que no dicen más que obviedades muy bien envueltas, cantamañanas que llenan pabellones y que viven de la estupidez humana.
En mi empresa el humo ciega. Embelesa. Embriaga. Trastorna. El humo cotiza. La producción está mal vista. Poca y denostada. Las sandeces hacen levitar.
Si facturásemos humo, estaríamos en el Ibex 35.
Nos están llenando la planta de carteles como el de la foto.
Hay gente que es mejor que no vaya a hacer formaciones o cursos de este tipo, no vaya a ser que se trague el humo y le dé por hacer proselitismo.
Hay más carteles. Son los llamados “árboles de la excelencia”. No sé cuántos hay. Todos tienen unos eslóganes divertidísimos: "Lo que hacemos cada día fortalece las raíces de nuestro futuro" (o no); “Las acciones pasan, el ejemplo permanece” (¡Toma ya!); “Cada experiencia es una oportunidad para crecer y ser mejores” (David Hume y los empiristas nunca lo hubieran dicho mejor). Nos los van suministrando como píldoras, poco a poco. Yo, al pasar por el pasillo, me pego a la pared a ver si las sombras de los árboles de la excelencia me excelentizan (perdón por el palabro).
Pero no.
Entre otras cosas porque siempre me paro ante el primer cartel y leo la “madre de todas las reglas”.
Y me pregunto, ¿cuál será?
Porque no lo dice.
A mí se me ocurre -todo esto es una gilipollez- o -todo esto es una puta mierda- pero no creo que fuera ésta la conclusión de las jornadas de formación sectaria tan súper ferolíticas a las que acudieron unos cuantos entregados a la causa.
Igual hay que esperar al último árbol de la excelencia para averiguarlo.
Esperaremos, por tanto.
Ávidos.
Perplejos.
Descojonados.
2 comentarios:
Una de las discusiones recurrentes que tenía en la última oficina era cuando a la gente se le hacía el culo agua limón con Víctor Kuipers (o como se escriba) y a mí es un tipo que siempre me ha parecido un charlatán de feria
Una compañera mía pagó sesenta euros por ver al Kuipers (o como se escriba) en el Palacio de Congresos, asiento de gallinero. A reventar. Más difícil conseguir entrada que dorsales preferentes en el maratón de Valencia. Me pasa como a ti. ¿Es que no veis que os están timando? ¿Es que no lo veis?
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