La noche del lunes terminó el Mundial de snooker. El quinto que vivo. Porque no lo veo. Lo vivo. Fue mi padre quien me llevó al snooker. Me sentaba con él a verlo. Al principio para hacerle compañía. Luego quedábamos para ver los partidos juntos. O nos llamábamos por teléfono para comentarlos. Cada vez me gusta más, sobre todo las batallas tácticas, el juego defensivo. He cometido el error de tomar partido (Mark Selby. Tengo debilidad por los grandes campeones que tienen un poso de malditismo, de drama, de tragedia, como puede ser Roger Federer), pero no es un error demasiado grave ya que no hay jugador que me caiga mal, por lo que nunca las derrotas son dolorosas. O sí. Un juego tan mental, donde el error es tan factible y el brazo se puede encoger (ahora mismo sólo puedo pensar en la bola negra que falló Mark Allen en semifinales y que le acompañará toda la vida), donde se convive tanto con la derrota (si un torneo de tenis se volviera a empezar una vez termina, el resultado sería muy similar. En uno de snooker, sería completamente distinto. Sirva como ejemplo que las últimas cinco finales del campeonato del mundo la han jugado diez jugadores distintos), donde la igualdad es tan grande y los detalles tan importantes, termino siempre sufriendo, juegue quien juegue. Pero la belleza de este deporte es tan enorme, es tanta la emoción, tanta la elegancia, la caballerosidad, el respeto por su propio deporte. Es tanta la fascinación que me despierta, que sigo todos los torneos. Tengo la página web del World Snooker Tour completamente machacada. Tal vez sienta la ilusión de un advenedizo, pero es con los jugadores de snooker con los únicos que me gustaría hacerme una foto (y con algún atleta legendario como Moses, Beamon o Marita Koch). Y el Campeonato del Mundo, el Mundial, esos diecisiete días en el Crucible son el summum. Y hoy, apenas horas después de que Wu Yize levantara el trofeo (yo iba con Shaun Murphy. Qué partidazo, decider incluido) siento la misma tristeza, la misma desazón, la misma nostalgia que al final de unos Juegos Olímpicos o de un Mundial del atletismo. Nostalgia de felicidad, de emoción, de belleza. Nostalgia de Crucible. Del teatro Crucible. El mayor teatro de los sueños. Y esta vez no es una frase manida.
Este viernes empieza el Giro. Y venimos de una primavera ciclista tremenda. Como en los últimos años. Del ciclismo no soy un advenedizo, aunque sí de las clásicas y de los monumentos. He llegado tarde y a tiempo. Porque puedo vivir esta generación. Porque los Van der Poel, Van Aert, Pogaçar, Evenepoel y demás te levantan del asiento y te mantienen en vilo con la boca abierta. He visto y he seguido todo, desde la Strade Bianche hasta la Lieja Bastoña Lieja. Como con el snooker, aquí también he tomado partido (tengo debilidad por Van der Poel y por Van Aert. El triunfo de Van Aert en la París Roubaix fue lo más parecido a la canasta de Epi a la URSS en el Europeo del 83) pero, como con el snooker, simpatizo con todos, por lo que la emoción y la belleza no pierden por los colores. Y disfruto. El ciclismo es felicidad. No pediré que esparzan parte de mis cenizas por el Muro de Huy o por el Viejo Kwaremont porque esos puertos hay que ganárselos, pero todos los años hacen una prueba del Mundial de ciclocross en Benidorm, donde suelen acudir Van der Poel y Van Aert. Y también hay una farola, en el circuito, que es un lugar de peregrinación porque allí se dio un buen golpe Van der Poel. Benidorm es más fácil ganárselo. Y el ciclocross también es belleza. Y emoción. Y felicidad. Como el ciclismo. Como el snooker.
Y luego está el Atlético de Madrid. No el fútbol, que cada vez me importa menos. El Atleti. Frente a la belleza, el sufrimiento. Frente al placer, el drama. Frente a la felicidad, la irracionalidad de la pasión absoluta. Una pasión que comparto con mi hijo, con un sentimiento de culpa cada vez mayor por haberle mostrado una puerta que sólo lleva a la angustia, a las noches sin dormir, a la euforia desatada, a la desolación más profunda. Atletismo, snooker y ciclismo son caminos de equilibrio, de armonía, de paz, de alegría, de calma, de felicidad, de emoción, de belleza. Caminos que transito y me llenan. Caminos iluminados por un sol brillante. Y frente al sol, los nubarrones. El camino tortuoso. La intemperie. La tierra quemada. El absurdo. La irracionalidad. Las cenizas. Lo inevitable.
1 comentario:
Qué bonito. Qué envidia. Cuántas cenizas.
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