viernes, 20 de marzo de 2026

Postales desde el resentimiento: el voluntario

La fachada que se ve en la foto está en el chaflán entre las calles Navarro Reverter y Grabador Esteve, justo enfrente de la Porta de la Mar, en Valencia. Se trata de un edificio oficial, como se puede observar por las banderas. No sé ahora mismo cuál es su utilidad, qué oficinas aloja. Sólo una vez entré, y de eso ha pasado mucho tiempo, aunque no el suficiente.

A mediados de octubre de mil novecientos ochenta y seis Barcelona fue designada para organizar los Juegos Olímpicos de mil novecientos noventa y dos. Hubo un sentimiento de euforia general, euforia que me arrastró, al ser ya entonces un fanático y un devoto del deporte, del deporte de competición y, por tanto, de los Juegos Olímpicos. Tenía entonces veinte años, era universitario y se me suponían muchas cosas.

Esa euforia me llevó a querer presentarme como voluntario olímpico. Yo quería vivir unos Juegos desde dentro. Como deportista ya sabía que no era posible. Y ser voluntario era un buen sucedáneo. Estar allí, cerca de los atletas, de los competidores. Demasiado tentador como para no intentarlo.

Escribí una carta con mis datos y con una presentación en la cual exponía mis razones. Hablaba de mi condición de deportista y de mi amor por el deporte. De las ganas de participar y de vivir aquello. Todo desde el entusiasmo y las ganas de aportar.

¿Dónde había que enviar esa carta? No sé por qué, no sé si alguien me lo dijo o yo me lo imaginé, pero el caso fue que me dirigí a las oficinas cuya puerta se ve en la foto de arriba. Ése era el lugar. Desde ahí tramitarían mi petición. Estaba convencido de ello.

Entré. Vi a dos personas detrás de un mostrador. Fui. Me presenté. Les expliqué qué hacía allí. Se miraron entre sí. Cogieron mi carta. Me dijeron que ya se encargaban ellos. Me giré y salí por la puerta con la misma ilusión con la que había entrado.

No hay vez que pase por allí que no recuerde aquella escena. Y se me remueven muchas cosas. Siento vergüenza de haber sido tan pardal, tan inmaduro, tan infantil para no haberme dado cuenta en aquel momento de que lo que había hecho había sido inútil (no, nunca me llamaron. No fui voluntario), de que no era ni el lugar ni eran las personas apropiadas. Tenía veinte años, era universitario y se me suponían muchas cosas, pero sólo se me suponían, porque me faltaba tanto, estaba tan verde…

Pero lo que más siento es rabia. Rabia por aquellos dos tíos, que podían haber sido sinceros –no, no tenemos ni idea, no es aquí, no podemos ayudarte. Y en vez de eso prefirieron mirarse, seguirme la corriente como si fuese un lunático y dejar que me marchara a casa con toda la ilusión del mundo mientras ellos volvían a mirarse con media sonrisa y gesto resignado tirando mi carta, con mis datos y mis argumentos, poderosísimos argumentos, a la papelera.

Aunque no son los únicos sentimientos que me vienen ante esta puerta. Dijo Eduardo Mendoza cuando agradeció el premio Príncipe (perdón, Princesa. No me acostumbro) de Asturias, que, en contra de lo que se cree, no es la esperanza sino la vanidad lo último que se pierde. Me hizo pensar. Desde luego que ninguna edad está libre de los estragos de la vanidad. Ninguna. Pero me sigo decantando por la esperanza como último elemento, venciendo por una milésima en meta, si queréis. Necesitamos siempre tener esperanza. Y esa necesidad hace que, frente a esa puerta, junto a la vergüenza y a la rabia, sueñe que un día de estos tendré respuesta a aquella petición, sin importar el retraso. Porque no sueño por mí. Sueño por aquel chaval de veinte años, tan iluso, tan tierno, tan ingenuo. Sueño por él. Porque se merecía tener respuesta. Se la merecía.

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