sábado, 10 de enero de 2026

Grandes inventos en la historia de la humanidad. Hoy: la bola de espejos

Entramos al teatro. Mientras nos acomodamos suena “September”, de Earth, Wind and Fire. Nos sentamos. Allí arriba está, girando. Nos llega su reflejo. Avisan de que quedan cinco minutos para que empiece la representación. La última canción seleccionada antes de que se apaguen las luces es “Last dance”, de Donna Summer. Sin que hubiera subido el telón la noche ya era perfecta.

(Y aquí quiero abrir un paréntesis:


No sólo en mi sueño. Cada vez que la escucho).

“Las aventuras de Priscilla, reina del desierto”. No habíamos visto el musical. Sí la película. Muchas veces. Película de culto en mi casa. Para mí. Por mi cumpleaños, entonces, me regalaron la banda sonora. Mis hermanas aprovecharon aquel regalo sin reparo. Nos llama el Senséi. Nos comenta la posibilidad de ir a ver el musical. Consulto a Ana con la mirada. Una diezmillonésima de segundo después, contesto afirmativamente.

Campo de Criptana. No sólo hay molinos de viento allí. Tienen un teatro. Y un conservatorio. Y una bola de espejos. Y una asociación cultural con una ambición tal que se meten en proyectos de esta envergadura. ¿Cabe un autobús en un escenario? Cabe. ¿Son posibles más de ciento sesenta y cinco trajes en escena? Son. ¿Aficionados? No se ganan la vida con esto, desde luego. ¿Podrían? Tal vez los actores no. Los bailarines, es posible. Los músicos y los cantantes, desde luego que sí. Los miembros del vestuario, maquillaje y los distintos directores musicales y de escena, también.

Dos años han tardado en preparar este proyecto. Y allí, en el patio de butacas, estamos María Luisa, Cruz, Mar, el Senséi, Ana y yo. Se apagan las luces. Suenan los acordes de “It’s raining men”. Se ilumina el escenario y tres divas aparecen suspendidas en el aire, como ángeles con lentejuelas. Empiezan a cantar. A mitad de canción, los bailarines irrumpen en escena. En aquel momento ya me duelen las manos de aplaudir. Voz tengo, porque canto muy bajito. Y lágrimas en los ojos, también.

Hay ciertas diferencias entre el musical y la película. La historia es, más o menos, la misma. Varían algunas canciones. Una de las que aparecen es “We belong”, de Pat Benatar (con una versión varios puntos por encima de descomunal, por la interpretación y por la emoción de la escena). También en el musical emergen las figuras de las tres divas. Suspendidas en el aire, moviéndose (y llenando) el escenario, con esas voces, con esa presencia, con esa fuerza, con esa elegancia. Y son insuperables. Por otra parte, en la película Abba está omnipresente. Aquí ni se menciona y se sustituye por Madonna. Y, bueno, Madonna tiene sus cosas. Pero Abba es Abba. Y también, en la película, la escena de “Finally”, al final (claro), es uno de los hitos de la misma. Y en el musical sólo aparece un fragmento de la canción y un tanto tangencialmente. Y la eché de menos. Aunque las tres divas lo compensaron. Con creces.

¿Habría sido este musical lo mismo con otra selección de canciones? No. Los números habrían sido igual de espectaculares. Las divas habrían sido más que divas. El musical habría sido admirable, fabuloso. De manera racional lo hubiera disfrutado, apreciado, valorado, analizado, aprobado.

Pero las canciones fueros las que fueron. Y, afortunadamente, “It's raining men", "Don’t leave me this way”, “I say a little prayer”, “I love the nightlife”, “I will survive”, "A fine romance", “MacArthur park”, “Boogie wonderland”. ¿Racional en mi análisis? Imposible. Desde el alma, desde el corazón, desde el nudo permanente de garganta, desde el dolor que me nacía directamente en los antebrazos, ¿es posible la felicidad en la tierra? Sí, es posible. ¿Es posible el cielo en la tierra? Sí. Y tiene una bola de espejos.

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