Me despierto con el sol. Y me suelo levantar. Da igual la hora a la que me haya acostado. No es un castigo. No me importa, aunque esté de vacaciones. Me gusta. Nadie se mueve dentro de casa. Normalmente suelo coger la bicicleta y me marcho a dar una vuelta. No siempre. Otras veces, me salgo a la terraza con mi libro (“El factor humano” de Graham Greene, “Pacto de sangre” (o “Perdición” o “Double indemnity”) de James M. Cain, “Galíndez” de Manuel Vázquez Montalbán, con “La Regenta” (llegó su momento), esperando), me siento en el balancín y leo. Esa luz. Ese silencio, que ni siquiera los coches, cuando pasan, importunan. El frescor de la mañana. Esa calma. Hasta que llegan. Ellas. Y se posan en el cable. Y no sé si trinan, cantan, parlotean o chafardean. Allí están. Mis compañeras. Las golondrinas. Y cierro el libro. ¿Cómo estáis? Buenos días.

Éstos no son. Éstos vuelan, imponentes, majestuosos, elegantes, por el cielo de la aldea. O cerca de Las Pedroñeras. Y se posan en los cerros. O sobre las pacas o alpacas. Y allí pierden su majestuosidad. Su elegancia. Y se convierten en desasosiego. En inquietud. En miedo. Y me ven pasar en bicicleta. Y me miran. No trinan. No cantan. No parlotean. Miran. Indiferentes. Los buitres. No soy su objetivo. No soy su presa. Da igual. Paso de largo. Acelerando. Temeroso. Fascinado. Callado.
Vosotras, sí. Mis compañeras. Vosotras sois el tiempo detenido. Vosotras sois las vacaciones. Vosotras sois el verano.
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