domingo, 16 de agosto de 2026

Porque en agosto, por las noches, refresca: los cuñados

Me comentaba una vez un compañero de trabajo, natural de un país del cono sur americano, que había dos cosas que le habían llamado especialmente la atención de España en comparación con su país. La primera era la forma en que se viven aquí las fiestas populares. Cómo se celebran. En cualquier rincón. Y la cantidad de gente que participa en ellas. La segunda era el concepto de cuñado o cuñadismo como definición del sabelotodo experto en cualquier materia que sientan cátedra en todas sus afirmaciones.

Esta segunda era su favorita. Le comenté que quizá le faltaría complementarla con el humor de cuñado o los chistes de cuñado, que son todos los que cuenta un adulto a los ojos (y oídos) de los adolescentes e, incluso, jóvenes. Ser cuñado no es sólo cuestión de actitud sino también de edad. Por mucho que te esfuerces en negarlo o evitarlo.

Salimos con la bicicleta Gonzalo, Sergio y yo, camino de los molinos de Mota para tomarnos nuestro almuerzo junto al Museo de la Molienda en el balcón de La Mancha. Como siempre, íbamos hablando. Salió el tema de las bicicletas de grável, intermedias entre las de carreras (o de carretera) y las de montaña. Contó Gonzalo que un conocido nuestro se compró una antes de que se pusieran de moda habiendo pagado un precio muy alto por una máquina que luego tuvo su evolución, por lo que quedó anticuada, pecado mortal para los ciclistas.

-Cometió un error muy grável.

Silencio valorativo.

-Que sepas, Gonzalo, que ahora mismo estarían mis hijos con la mirada perdida moviendo su cabeza de un lado a otro y resoplando.

Conté entonces la anécdota del profesor de mi hijo que, explicando una fórmula en clase, al llegar al término UA dijo ¡JU! ¡JA! como Chimo Bayo quedando frustrado ante la nula respuesta de su alumnado. Y también cuando, en los toros de la Virgen, con nuestra cuerva y los pasodobles, Gabi contó uno de sus chistes horrendos que a él le hacen encanarse y que a nosotros, por simpatía, pues nos hacen gracia. Estaba aquel día con nosotros el hijo de Ángel Luis que, tras el chiste, siguió comiendo pipas mirando al ruedo sin gesticular. Fue abroncado severamente diciéndole que, si quería estar allí, los chistes de cuñado de Gabi eran obligatoriamente graciosos por lo que, o se reía con estruendo, o lo tirábamos al albero y, más tarde, al pilón (con nosotros detrás).

Tomó Sergio la palabra. Sergio es profesor de instituto y, cuando explica a sus alumnos las temperaturas y sus formas de medición, les habla de los grados Celsius, de los grados Farenheit y de los grados Kelvin.

-¿Y?

-Los grados Kelvin Costner.

-Joder.

Cuando llegué a casa conté nuestra conversación. Ana y yo no parábamos de reírnos. Nuestros hijos estaban con la mirada perdida moviendo su cabeza de un lado a otro. Y resoplaban.

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