viernes, 26 de junio de 2026

Su padre es carpintero

Nos llevaron a cantar al auditorio del Parque de Atracciones. Era un concurso. No ganamos. La mayoría de los grupos que actuaron estaban compuestos por unos cuantos chavales vestidos como les apetecía (a sus madres) acompañados por uno o dos adultos que tocaban la guitarra o la percusión (seguramente con unas barbas enormes ellos). Nosotros fuimos el coro completo, el coro de cantores de un colegio de curas, uniformados, en perfecto orden y con una armonía vocal voluntariosa. Tendríamos nosotros diez, once años. Recuerdo a Jose y a mi hermano. Y al padre de Jose y al nuestro, que por allí andaban. Después de cantar estuvimos jugando hasta que salieron los resultados. Públicamente, desde el escenario, dieron la clasificación empezando por el primero. Quedamos los últimos, con catorce puntos, teniendo el penúltimo más de cincuenta. Luego nos enteramos de que unos cuantos miembros del jurado se negaron a votarnos con el argumento que podríamos resumir como –qué pintará esta panda de niñatos aquí. Esos catorce puntos se habrían quedado en anécdota y habrían sido olvidados si no hubiera sido porque el padre de Jose y nuestro padre nos lo recordaron numerosas veces y en cualquier situación, bien para reírse, bien para aplicarnos alguna cura de humildad o bien para las dos cosas.

No sé por qué me vino a la mente la actuación de los catorce puntos. Bueno, sí. Fue porque estuve recordando al padre de Jose y su peculiar sentido del humor. Procuro apartar todo lo que tiene que ver con los años del coro y eso se me coló. Reniego. No es la primera vez que lo escribo. Es parecido a cuando les contamos a nuestros hijos cosas de su niñez –calla, calla. Qué vergüenza. Pues me pasa lo mismo, pero unos cuantos años después. Uno se suele reconciliar con su infancia con el paso del tiempo, y más cuando tiene hijos. Pero, en mi caso, no con todo. Puedo reírme con los catorce puntos. Pero cuando pienso en la imagen del coro sobre el escenario cantando…vamos a hablar de otra cosa.

En la radio sonaba un programa de peticiones al oyente. Y pidieron la “Nana de Sevilla”, en versión de Carmen Linares. La letra es un verso de García Lorca, cuyas dos últimas frases no sé si son suyas o son populares:

Este niño chiquito no tiene cuna.
Su padre es carpintero, le hará una.

Nosotros cantábamos esta canción en el coro.

No exactamente así. De hecho la letra era distinta (y muy bonita).

Este niño chiquito no tiene cuna.
Su padre es carpintero, le hará una.
Duerme, luz de mis noches.
Duerme, claro de luna.
Su padre es carpintero, le hará una.

Aquella canción me gustaba. Creía que era un villancico, pues siempre la cantábamos en Navidad. Y era una nana. Una nana. Los años que estuvo esta canción oculta en mi memoria. Los años que me perdí pudiendo habérsela cantado a mis hijos.

Los recuerdos nunca vienen solos. Vienen de dos en dos.

Y algunas veces son un regalo.

Porque tal vez hubiera un hombre justo en Sodoma. 

Porque es posible una luz en el coro de los catorce puntos olvidado a cal y canto.

No hay comentarios: