viernes, 19 de junio de 2026

El Don apacible

Mil seiscientas veinticuatro páginas. “El Don apacible”, de Mijail Alexandrovich Sholojov. Mil seiscientas veinticuatro páginas. Me lo acabo de terminar. No es muy académico hablar de un libro como si fuera un reto deportivo, pero es que lo es. Una ultramaratón. Una travesía. Los catorce ochomiles. “El Don apacible”. Lo he terminado. Lo he conquistado. Siguiendo un plan. Disciplinado. Día a día. Fijando objetivos intermedios. Cumpliéndolos. No te dan una medalla cuando lo acabas. Deberían.

Mi madre me habló muchas veces de este libro. Ella se lo leyó ya en su madurez y siempre me lo recomendó, dada mi afición a los rusos y a sus tochos. Mi madre y yo no coincidíamos en nuestros gustos, pero esta recomendación nunca la desdeñé. Por ruso, por tocho y por el título, que siempre me sonó muy bien. Y cuando caí (me costó) que éste hacía referencia al río, me sonó todavía mejor. Sólo faltaba que el libro y yo coincidiéramos. Y eso no ocurría.

Detrás del Pío V, en Valencia, hay un rastrillo y un sábado de este último marzo Ana me llevó. Tienen muchas cosas en aquella nave, algunas muy singulares, pero vi dos pasillos de estanterías llenas de libros y hacia allá que me fui. Y mirando…


Aquí estaba. Por fin nos habíamos encontrado. Una edición de otro tiempo, de cuando se ponía sobrecubierta y protección de plástico. Cogí uno de los tomos. Pesaba, claro. Del rastrillo íbamos a ir después a la mascletá. No era práctico llevárnoslo en ese momento. Ni inteligente, cuando nos esperaban más de tres horas de andar y de estar de pie. –Volveré- me dije. -Y si están, será porque es inevitable.

Me llevé otros dos libros, más ligeros. “El huerto de mi amada”, de Alfredo Bryce Echenique (un disparate) y “¿Acaso no matan a los caballos?”, de Horace McCoy, del cual se hizo una película en su momento (“Danzad danzad malditos” en España) que tuvo bastante éxito. Al ir a pagar, tras el mostrador vi a una pareja, hombre y mujer, de edades desiguales que supuse eran matrimonio pero que tenían una forma de tratarse muy extraña. No me cuadraba. Le di los dos libros al hombre, me cobró, me preguntó si había visto la película, le contesté que sí, pero me dio igual, porque me la contó entera. Saliendo, le comenté a Ana lo rara que me había parecido la relación entre el matrimonio. -¿Matrimonio? ¿No sabes que este sitio (El Rastrell) lo lleva una asociación de extoxicómanos? No lo sabía. Y me cuadró más.

Después de Pascua le dije a Ana de volver. Fui directo a la estantería y…

-Me estaban esperando.

-Pero, ¿qué esperando? ¡Y aunque hubiéramos vuelto dentro de cinco años! ¿Quién se los iba a llevar? ¿Quién los va a leer? Estos libros ya no esperan. Estos libros viven en un letargo permanente.

-Me estaban esperando.

Cuando fui a pagar, detrás del mostrador había una mujer. Como todo el rato que estuvimos allí había sonado Ella Fitzgerald, le pregunté si era la responsable. Me respondió que sí. Le di las gracias. Y ella me dio una bolsa súper reforzada para poder llevar mi carga.

Los libros de segunda mano a veces traen sorpresas. Y éste las tenía.


Antonio Cortés Armas, vecino de Sagunto, que en marzo del glorioso año de mil novecientos sesenta y seis aprobó la oposición de Director Escolar. Y sus amigos (buenos) y compañeros (excelentes) le obsequiaron con mil seiscientas y pico (veinticuatro) páginas de libro y se lo dedicaron con una prosa que, por desgracia, se ha perdido. Y no sabemos si Antonio Cortés, un hombre piadoso y cumplidor, de acuerdo con el marcapáginas que utilizaba,


Un hombre que pedía recibo de sus donativos a la iglesia, agradeció el regalo o si, tal vez, terminó perdonando a sus compañeros (y amigos).

Cuando uno se lee un libro de esta longitud, cuando uno llega a un lugar donde la mayoría de la gente no ha estado nunca, la tendencia es mitificar lo conseguido ensalzándolo, contando maravillas de él, dándole una trascendencia que con la cuarta parte de páginas no tendría. Y no se crean que eso nos ocurre sólo a los mortales. Los miembros de la Academia Sueca se leyeron “El Don apacible” y, para dejar constancia de que ellos formaban parte de los elegidos que lo habían terminado, le dieron el Premio Nobel de Literatura a Sholojov. Las malas lenguas dicen que ese Nobel fue para congraciarse con los dirigentes de la Unión Soviética, molestos por el premio que había recibido años antes Boris Pasternak, autor de ese tostonazo llamado “Doctor Zhivago”. Eso dicen, pero yo estoy convencido de que la Academia Sueca sólo quiso premiar su propio esfuerzo.

Mijail Sholojov fue una figura dentro de la Unión Soviética. Comunista convencido, era diputado en el Soviet Supremo. Sin ahondar demasiado, yo creo que lo tenían junto a todos los que habían logrado grandes gestas deportivas o similares, como Stajanov, que sacó ciento dos toneladas de carbón en seis horas. Imagino la conversación entre varios diputados –Y éste, ¿por qué está aquí? –Porque ha escrito un libro de mil seiscientas veinticuatro páginas. -Qué barbaridad. ¿Y de qué va? –Ni idea. -¿No te lo has leído? –No. Y si alguien lo hubiera hecho estaría también aquí sentado.

“El Don apacible” realmente son cuatro libros, con dos partes en cada uno de ellos, y fue escrito entre mil novecientos veinticinco y mil novecientos cuarenta. En él se nos cuenta la vida de los cosacos del Alto Don, tomando como protagonistas a la familia Melejov, y más concretamente al segundo de los hijos, Grigori Panteleievich Melejov, que vivían en el poblado (jútor) llamado Tatarski, perteneciente al distrito (stanitsa) Veshenskaia. (No escribo jútor ni stanitsa para demostrar el ruso que he aprendido. El traductor, José Laín Entralgo, siempre utiliza estos términos. Como llama sotnia a los oficiales y a los batallones. Ganas de complicarlo más, cuando ya es de por sí complicado, en una novela con tantísimos personajes, todos con su nombre, su patronímico, su apellido y su diminutivo, a los que se dirigen cada vez de una manera, por lo que cuesta llegar a saber de quién están hablando. Y luego los lugares por donde transcurre la acción, que nunca sabes. Adjunto los nombres de algunas de las stanitsas del Alto Don: Shumilinskaia, Kazanskaia, Migulinskaia, Meshkovskaia, Veshenskaia, Elanskaia, Slaschevskaia. Lo bien que suenan y lo difícil que son de memorizar). La acción se sitúa durante la segunda década del siglo XX, con la Primera Guerra Mundial, el derrocamiento del Zar, la Revolución de Octubre y la Guerra Civil Rusa.

Los cosacos bebían como cosacos (algunas veces, té. Pocas), comían como cosacos, fumaban como cosacos, bailaban como cosacos, cantaban como cosacos, cazaban y pescaban como cosacos, aprendían a montar a caballo antes que a andar, luchaban como cosacos y respetaban las fiestas como cosacos. Eran gente muy enraizada en su tierra, en su paisaje, y absolutamente hermanados con su río. Muy apañados, tranquilamente te labraban el terreno, te reparaban una cerca y te levantaban un cobertizo, todo en el mismo día, y con un litro de vodka en el cuerpo. Y las cosacas eran mujeres de armas tomar.

Los cosacos, en la Rusia zarista, tenían autonomía en su organización y en sus formas de gobierno, bajo la dirección de sus líderes o atamanes, que elegían de manera democrática. El Zar les concedía dicha autonomía, además de tierras y exenciones fiscales, a cambio de cumplir con el servicio militar y de servir como guardia fronteriza. Con la Primera Guerra Mundial, tuvieron que incorporarse a filas. Tras la revolución, unos tomaron partido y se hicieron comunistas. El resto, estando en el ejército, se vio arrastrado por los Blancos, dirigidos por oficiales que anhelaban el antiguo régimen, pero poco a poco fueron desertando porque entendían que esa guerra no era su guerra y sólo querían volver a sus jútores junto a su Don apacible porque era tiempo de siega o de siembra. No les dura mucho la paz puesto que son los bolcheviques los que entran en sus casas, requisando, sacando a la gente y fusilándolos. Y aquí los cosacos se levantan contra los Rojos (a los que llaman despectivamente mujiks o campesinos. Y si eran ucranianos, y también de manera peyorativa, jojoles. Por si conocéis a algún ucraniano y queréis hacerle la puñeta), empezando otra guerra civil dentro de la guerra civil. Los soviéticos tenían dos flancos: los Blancos y los cosacos. Estuvo la cosa muy equilibrada, con idas y venidas constantes (hubo momentos en que pensaba – ¿y si terminaron ganado la guerra los Blancos y nos han estado engañando todos estos años con la URSS?). Los Rojos fueron desnivelando a su favor la lucha. A la desesperada, los cosacos tuvieron que unirse a los Blancos, sin llegar ni a aceptar ni a ser aceptados nunca. Y al final, pues Lenin, Stalin y demás. Y la vida de los cosacos nunca volvió a ser la misma.

(Aquí abro un paréntesis para contar que, como la casualidad no existe, tengo muy reciente “El maestro Juan Martínez que estaba allí” de Manuel Chaves Nogales, en el que se cuenta todos estos años en Rusia en primera persona por un bailaor (de Burgos) que, huyendo de la Primera Guerra Mundial, cuyo estallido le pilló actuando en Turquía junto a su mujer, la Sole, se refugió en Rusia, porque era el país más tranquilo del entorno. Y es un libro muy interesante, por si a alguien le atrae aquella época).

Vamos con la novela. Si ahora digo que este libro es una historia de amor, alguno me mirará con los ojos inyectados en sangre, pero es que también es una historia de amor. Es una historia de personajes en medio de la corriente de lo que les tocó vivir. Y está muy bien narrada. Sholojov es un narrador. Un observador, que no da su opinión, que no juzga. Cuenta la historia, la sucesión de hechos, sin tomar partido. Aquí no hay ni buenos ni malos. Sólo hay circunstancias (por eso tengo mis dudas de que los comunistas se leyeran este libro, porque los Rojos saquean y fusilan y cometen tropelías e injusticias que no se tratan de edulcorar ni de justificar. Y es legendario el sentido del humor de Stalin) y, en esas circunstancias, cada cual actúa según su conciencia, su necesidad u obligado por la situación. Quizá, por reprochar algo, al final, en mi opinión, castiga en exceso a Grigori por todos los bolcheviques que lleva a sus espaldas. Y, también, que puedo entender la identificación que el autor (era cosaco. No lo he dicho) y los personajes tienen con su paisaje, con su río, con su tierra. Pero, a cada paso que daba la acción, se nos contaba cómo estaba el río, si estaba más o menos crecido, si tenía más o menos hielo. Se nos informaba de la fase de la luna (el sol de los cosacos), de la situación del sol, de si había rocío, nieve o escarcha. Luego se contaba cómo estaba la estepa, sus tonos, su brillo. De ahí pasábamos al viento, sobre sí mecía o no las mieses y sobre los olores que arrastraba. Tras describir dichos olores, nos centrábamos en la flora: árboles, bosques, flores, frutales, fase de maduración, colorido y variedad. Tras la flora, la fauna, especialmente la acuática y aérea (terrestre, liebres y lobos). Hay trescientas especies de aves, por lo menos, en el Alto Don. Las conocemos todas, tanto físicamente como sus costumbres. Y también hemos aprobado primero de Entomología (y sin contar todo lo que hemos aprendido sobre caballos). Y así, cada dos o tres páginas. El paisaje siempre era un personaje. Habrá gente que disfrute con estas descripciones. Yo resoplaba cada vez.

Aún así, tengo que decir que el libro me ha gustado. No es difícil de leer. Sólo lleva tiempo. Y me he enamorado del Don apacible (y de sus afluentes, el Chir, el Jopior y el Donetz, que también nos los hemos aprendido). Y de la estepa. Y de los jútores. Y de las stanitsas. Y de los cosacos. A pesar del frío pasado y de lo que hemos sudado. Y del hambre. Y de los piojos y del tifus. Y de las gachas de mijo y de la sopa de col, que sólo de pensarlo se me revolvían las tripas. Y de las jarras de vodka (lo lees y se te agujerea el estómago). Y de los lodazales. Y del olor a sudor de los caballos. Y de todos los olores que hay en el libro (no se nombra la palabra jabón en las mil seiscientas veinticuatro páginas. Para qué). Y de todos los cuerpos partidos por la mitad de un sablazo. Y de los saqueos y las violaciones. Y de tanta muerte, alguna especialmente dura. Me ha gustado. ¿Es una obra maestra? En mi opinión, no. Es una novela muy bien escrita, interesante, amena, didáctica, con altibajos, un poco embrollada en lo que se refiere a la parte militar, con tanto general y tanto frente, y con un exceso (para mí) de descripciones. Un buen trabajo de un artesano, de un escritor que conocía su oficio. Lamento por tanto, a pesar de considerarme un héroe por haber cruzado la meta en la travesía tan enorme que es este libro, no hablar de él como si fuera El Dorado, el mirlo blanco o el unicornio azul. No lo es. Pero estoy contento por haber sido capaz de afrontarlo y de leerlo sin desfallecer. Y por poder decirle a mi madre –mira, en éste sí que coincidimos.

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