domingo, 19 de abril de 2026

El café virtual y el segundo limbo

Me invitaron a lo que llaman “café virtual”. Dentro de todos los fastos organizados para el mes de marzo, mes de la mujer, y bajo el prisma de la diversidad, buscaban una perspectiva tanto “júnior” como “sénior” y pensaron en mí, no por mi perfil sino por mi edad (provecta).

Acepté. Mis problemas para decir que no y un mucho de bienquedismo. Me tragué lo que opino de estos cafés virtuales y de toda la gente ociosa que promueve y asiste a estos eventos y que tiene que llenar su tiempo (y hacérselo perder a los demás para así darse importancia) con este tipo de actos tan obvios y resultones. Me pasaron un esquema orientativo y me lo leí.

Hay un director de cine de nombre Nacho Vigalondo que, en la radio, confesó que tenía escrito desde hacía tiempo el discurso para cuando le den el Goya de honor por su trayectoria, un discurso de rechazo del premio, por cierto. Ana lo escuchó y me dijo -mira, otro como tú.

Pues sí. Me encanta preparar discursos. En mis soledades, corriendo, en el coche, para cualquier situación, desde perder Wimbledon hasta para callar bocas e impresionar en las reuniones de trabajo. Pocas veces dichos discursos fueron útiles. Mejor dicho, pocas veces (muy pocas) fueron prácticos, pues no llegué a ejecutarlos (útiles sí que fueron. ¿Y lo bien que me lo pasé?). Y ahora, en un café virtual, iba a tener una oportunidad.

Y empecé a prepararme intervenciones. Lo primero, por supuesto, era decirles que eso de sénior se lo podían tragar, que a mí estos anglicismos, estos eufemismos que apestan a condescendencia me revientan. En mi caso, veterano, viejo o similar se ajustaba más y pensaba reivindicarlo.

Preparé otras. Puestos a ser diversos, recordar algunas de las lecciones aprendidas en mis experiencias africanas. O la relación de trabajo que pueda tener con los más jóvenes. Tuve que controlarme, pues más que intervenciones parecía que estuviera escribiendo entradas para este cuaderno. Tenía que ser breve. Tenía que ser ameno. Tenía que no ser graciosito (qué bien me suena este diminutivo). Un reto.

Llegó el día. Sentado delante del ordenador, con mis papeles. Nervioso.

Se olvidaron de mí.

Fueron presentando a cada uno de los que intervenían, y no me nombraron.

Como soy un chiquillo enfadique, cogí y me fui. Yo estaba para hablar, para epatar, para impresionar. No para escuchar tonterías ni perder el tiempo.

Vinieron a buscarme. Me volví a conectar. Ya me preguntaron.

Tres veces intervine. La primera, mejorable. Las otras dos, aprobado alto.

Y no dije nada que tuviera preparado. Mis discursos, mis maravillosos discursos breves, amenos y en absoluto graciositos, volvieron a quedarse en el limbo.

En el limbo de las frases que quedaron por decir. De los discursos que no fueron.

Un limbo que tengo a punto de reventar.

Pronto, el segundo.

No hay comentarios: