sábado, 11 de abril de 2026

Sal si puedes, apariciones marianas y Vázquez (Muñoz) Molina: Alma, corazón y vida

No empezó bien el viaje. Vi que había dos itinerarios posibles y me decidí por el que pasaba por Albacete y ya después, por autovía, llegaba hasta Jaén. Y no era mal camino salvo por el detalle de que aún faltarán unos ciento cincuenta kilómetros para terminar dicha autovía. Y atravesar sierras por carreteras tortuosas de doble sentido puede ser muy bonito, y de hecho lo era, por el paisaje, el arbolado y, una vez entras en Andalucía, por los olivares infinitos (no sé cuántas fotos haría Ana. Yo sólo podía pensar en quien los tenga que recolectar) pero, para el que conduce, con el ansia que te produce el querer llegar cuanto antes para aprovechar el tiempo, de camión en camión, de adelantamiento en adelantamiento, de curva en curva…-me he equivocado. Qué error venir por aquí. Qué error.

Llegamos a Jaén y comenzó a diluviar. Aparcamos, dejamos los trastos en el hotel y empezamos nuestro deambular. Ya vimos que Jaén no era Granada. Ni siquiera prima lejana. Además, en ciudades donde la Semana Santa se vive tanto, la semana siguiente no debiera existir. Y allí estábamos nosotros. Con hambre de belleza y sed de bares. ¿Bares? ¿Hay algún bar abierto?

Encontramos uno, típico, con muy buenas reseñas, con bastante gente dentro, lugareños ellos y, además, de edad. ¿Qué podía salir mal? La primera tapa jienense consistió en unas habas, dentro de su vaina, un trozo de rábano crudo, una porción (escasita) de bacalao y un trozo de pan con un chorrito de aceite (exquisito). Tal vez era su pincho estrella. Los abuelos de nuestro lado lo saborearon como un manjar. Nuestras caras eran un poema. ¿Habas crudas? ¿Rábano? ¿De verdad?

(Luego la cosa mejoró, pero, en aquel momento, la desolación ganaba enteros).

Jaén. Qué ciudad más fea. Pero hombre, ¿cómo puedes decir eso? Matizaré. La catedral, con sus sesenta y dos balcones (y su plaza delantera. Y los alrededores), una maravilla. Pocas hay como ella. El palacio de la Diputación, el palacio de Villardompardo, con sus baños árabes, con sus vistas desde la azotea, con sus distintas salas, con su patio; el ayuntamiento y el castillo y unos cuantos monumentos sueltos, verdaderamente hermosos. Pero aparte de lo que he citado (me recuerda a aquella escena de “La vida de Brian” de -aparte del acueducto, el alcantarillado, las carreteras, la irrigación, la sanidad, la enseñanza, el vino, los baños públicos y el orden público, ¿qué nos han dado los romanos?), Jaén me ha parecido una ciudad deslavazada, sin criterio, donde abunda el feísmo (el feísmo gallego tiene la fama, seguido por el feísmo de Las Pedroñeras. Jaén pelea por el podio). Una ciudad que, al menos a nosotros, no nos ha conmovido. Ni siquiera en mi rodaje matutino (qué cuestas. La leche. Hacen una carrera la noche de San Antón, la carrera de las antorchas, de mucha fama que varios climaturios han corrido y que siempre nos animan a hacer. Animado estaba. Me he desinflado un poco) le encontré las entrañas. No culpo a la ciudad. Quizá vinimos pensando en que iba a ser como Granada (y nada es como Granada). Quizá no hayamos sabido leerla.

Aunque algo sí encontré.



Y la universidad de Jaén es la UJA. Después de cien intentos de leerlo apartando a Chimo Bayo de mi mente (sin conseguirlo), busqué ayuda, en la distancia, en Gonzalo y en J.P. También fracasaron. Si alguno de mis innumerables lectores lo consigue, no me lo creeré.

Abandonamos Jaén un tanto despagados y nos fuimos hasta nuestra siguiente estación: Baeza.

Y aquí hicimos las paces con la belleza.

Bueno, la belleza nos apalizó por goleada.

No es muy grande Baeza. La abarcas enseguida. Aún así sabes que, cuando te vas, apenas has visto la cascara.

Dos anécdotas baezanas. La primera, se me acercó una mujer mayor para decirme que el móvil me sobresalía mucho del bolsillo trasero del pantalón (y lo dijo de una forma que me encantó –llevas el teléfono un poco somero). Luego me preguntó de dónde venía. -De Valencia. –La Virgen de los Desamparados. –En efecto. Hizo señas a mi hija para que se acercara. –Os voy a contar una cosa. Dentro de muy poco, en un pueblo muy pequeño de Cantabria, en San Sebastián de Garabandal, se va a aparecer la Virgen. Y tenemos que estar preparados. Porque ese día los ciegos verán, los sordos oirán y los mudos hablarán. Y nos encargó que, donde fuéramos, compartiéramos esta información. Y aquí la cuento.

La segunda anécdota ocurrió (y no ocurrió) comiendo. Teníamos al lado una mesa con dos matrimonios de más de setenta años. Y hablaban en valenciano. –No lo hagas. -¿El qué? –El acercarte a su mesa a hablar con ellos. -¿Por qué no? Me lo prohibieron. Ana y nuestra hija me prohibieron que me acercara con mi valenciano churro a darles conversación. No dejaron que el señor mayor cansino que llevo dentro (y fuera) aflorara en su plenitud. Pude escuchar que venían de Denia y de Carcagente. También al dueño del local cuando le avisó al camarero –a estos señores le voy a preparar yo el café. Y al pasar junto a nuestra mesa le dije –si le prepara usted unos cremaets los va a dejar con los ojos vueltos. No tenía ni idea de lo que le estaba hablando. Me miró, con toda su educación y cortesía, con cara de –señor, cállese. Y ya no dije más. Y nos fuimos y ni siquiera me despedí de ellos en valenciano. Obedecí la prohibición. Y no pasa un minuto en que no me arrepienta de haberlo hecho.

De Baeza pasamos a nuestra última estación: Úbeda.

Si Baeza compensó a Jaén, Úbeda nos llevó a otros estadios que desconocíamos.

No me veo capaz de describir Úbeda.

Tengo debilidad por las plazas. En Úbeda hay cuatro sobresalientes. Tres de ellas compiten en belleza en las Ligas Mayores: la plaza de Andalucía, la del primero de mayo y la del ayuntamiento.

La cuarta, la de Vázquez Molina, con su belleza infinita, está fuera de concurso. Stendhal habría levitado en ella años y años.

Sólo una cosa fue capaz de enturbiar esta plaza, y es que llegaron unos cuantos tunos cincuentones a ella haciendo el tuno y que despertaron mis peores instintos asesinos (de donde se demuestra que mis instintos asesinos son más fuertes que mi sensibilidad a la belleza) y los hubiera desollado vivos con mis propias manos salvo los dos minutos y pico en que tocaron “Alma, corazón y vida” y que yo también canté (de donde se demuestra que mi afición a cantar es más fuerte que mis instintos asesinos).

Tengo muy reciente “El jinete polaco” de Antonio Muñoz Molina, ilustre ubetense, y la mayor parte de esta novela transcurre en Úbeda (bueno, en Mágina, trasunto de la misma). Y en muchas partes de la ciudad hay fragmentos tanto de este libro como de “Plenilunio”. Y en la plaza de Vázquez Molina, junto a la basílica, el parador, los juzgados y el ayuntamiento, está la jefatura de policía, donde ejerció, dentro de la novela, el inspector Florencio Pérez, a quien dediqué una entrada. De este inspector se nos cuenta que tuvo un hijo que entró en el seminario y que luego abandonó para hacerse músico e irse a Madrid, donde terminó triunfando. Músicos de Úbeda que coincidan con las fechas y que triunfase sólo hay uno, en cuya casa natal, en la plaza del primero de mayo, hay una placa conmemorativa.

Es Joaquín Sabina, sí.

Mi rodaje matutino por Úbeda fue absolutamente legendario. Pasé por las cuatro plazas (ya sin tunos), por la Casa de las Torres (donde, en “El jinete polaco”, se encuentran el cuerpo emparedado de un personaje que protagoniza una historia tan hermosa como triste), por infinidad de palacios y monumentos, por los miradores desde donde se observa la sierra de Mágina (los cerros de Úbeda), por un jardín donde leí un fragmento de “Plenilunio” que no debí leer, ya que contaba que en la ladera junto a aquel jardín fue donde encontraron el cuerpo de la niña. Mirando aquella ladera pensaba –si es ficción, ¿cómo te puede impresionar tanto? -¿Ficción? ¿Los libros son ficción? Abandoné ya el casco antiguo, me fui hacia la zona más moderna, me crucé con un polideportivo, pedí permiso, entré, y le di dos vueltas, junto a unos cuantos colegiales en clase de educación física, a una pista de atletismo de tartán de cuatrocientos metros. No voy a comparar una pista de atletismo con el casco antiguo de Úbeda. Pero sentí que era el remate perfecto a aquella mañana.

Más tarde ocurrió algo insólito, algo que no puedo dejar de mencionar, algo extraordinario, algo sobrenatural, algo absolutamente increíble: nuestra hija, a quien acababan de ingresar el dinero de una beca, pagó el desayuno. Nos invitó. Si en aquel momento se hubieran abierto las aguas del Mar Rojo, la sorpresa no habría sido menor.

Y volvimos al casco antiguo de Úbeda. Y deambulamos. Y nos perdimos una y mil veces con verdadero deleite sintiendo que todo aquello era inagotable y que algo nuestro se iba a quedar allí y que algo de Úbeda ya se vendría para siempre con nosotros. Llegó la hora de marcharnos y, con devoción religiosa, pasamos por cada una de las cuatro plazas a despedirnos, prometiendo volver. Porque volveremos. Y al subir al coche, cogí la misma dirección por la que habíamos venido. Porque un viaje que había terminado de una manera tan hermosa merecía el mismo recorrido, pero esta vez disfrutándolo, sin prisas, sin ansias. Y de camión en camión, de adelantamiento en adelantamiento, de curva en curva, olivos, carrascas, chopos y pinos fueron nuestros compañeros. Y aquel paisaje fue nuestro consuelo en la tristeza de una despedida de un lugar donde fuimos alma, corazón y vida.

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