lunes, 22 de mayo de 2017

Ferpectamente

Cuando en un reconocimiento médico te preguntan si bebes alcohol y las posibles respuestas son sí o no pues, como abstemio no soy, respondo con cierta vergüenza y con ganas de matizar la respuesta. Porque no soy un alcohólico. Soy lo que se llama un bebedor social. Incluso puedo decir que soy un bebedor geográfico, ya que a nivel del mar no pruebo el alcohol durante semanas y es subir a la meseta y hasta el agua de los floreros. Pero no tengo problemas de conciencia. No siento que sea un enfermo. Ni siquiera cuando en los reconocimientos me incluyen dentro del grupo de los que beben.

Hice la mili con veintisiete años. La hice en Paterna, muy cerca de Valencia. Entonces estaba en todo su apogeo lo que se conocía como la “Ruta del bacalao”. Mis queridos compañeros de mili tenían casi todos dieciocho años y eran asiduos a la misma. El viernes salían atacando y el lunes aparecían tras haber pasado tres noches sin dormir de discoteca en discoteca. Fumaban porros como quien respiraba y trapicheaban con pastillas con toda la naturalidad del mundo. Yo estaba escandalizado. Era mayor que ellos, pero me daban mil vueltas. Y llegué a apreciarlos de verdad, porque eran muy buenos chavales, pero su forma de divertirse, que para ellos era normal, a mí me tenía los ojos como platos.

Nos fuimos de maniobras y me tocó la no siempre reconocida labor de cantinero. En la parte trasera de un camión monté mi chiringuito y allí vivía. Tenía una visión reducida del exterior, ya que las lonas del camión la limitaban, y tenía la sensación de ser espectador de una obra de teatro con personajes que entraban y salían y con los que me relacionaba ( ahora a eso se le llama interactuar). Como la tropa se pasaba el día por ahí pegando barrigazos tenía bastante tiempo libre, tiempo que aprovechaba para leer (“Rayuela” de Cortázar. Lo recuerdo) y para irme a correr. Estábamos por la zona de Alcublas y Casinos, en plena comarca de los Serranos, y no podía desaprovechar esa oportunidad. Dejaba a alguno de los que estaban por allí despistados vigilándome el negocio y a subir y bajar. Una de las veces, tras terminar y ducharme, me subí al camión y me bebí una cerveza. En ello estaba cuando apareció la tropa en escena. Y noté que me miraban y que hablaban entre ellos. Y uno de ellos, uno de los ruteros, porreros, pastilleros, se acercó y me dijo:

-Pero Furri, ¡tú bebes!

Si me hubiese pillado con una jeringuilla en las venas no habría puesto la misma cara.

-Bueno, técnicamente sí.

-Pero, tú eres deportista. Tú corres. ¿Y bebes? No lo entiendo. ¿Tú sabes lo que estás haciendo?

Cuestión de criterios, desde luego. No tengo problemas de conciencia. No siento que sea un enfermo. Pero vamos, que a veces no es fácil.

4 comentarios:

kyezitri dijo...

¡Te deberían haber metido al calabozo todo el servicio militar por ser tan chulo de llevarte Rayuela al cuartel!

El Impenitente dijo...

Pues podían haberme metido en el calabozo por llevarme libros al cuartel y del cuartel. Curioseando por la batería me encontré con varias cajas llenas de libros. Preguntando me respondieron que, en una ubicación anterior, habían tenido una biblioteca que desmantelaron en la mudanza y no volvieron a montar.

-Y, mi Sargento Primero, ¿qué pasaría se desapareciesen algunos de estos libros?
-Mientras yo no lo vea...

Slim dijo...

pero la cerveza cuenta como alcohol? ahora me entero yo...

El Impenitente dijo...

Pues sí. Y toda la vida pensando que era como el agua.