lunes, 27 de marzo de 2017

Grafarpögn Hantverkargatan

Son muchas las horas que paso en las piscinas ejerciendo de padre de nadador. Y son muchos los ratos que paso con la mayoría del resto de padres que ejercen. Las conversaciones que mantenemos suelen moverse casi siempre por los mismos sitios: actualidad, fútbol, competiciones, la educación de los hijos, viajes, entrenamientos y críticas. De vez en cuando echo de menos hablar de otros temas y lanzo un globo sonda pero cuando te responden -¿los qué?- tras mencionar a los Kinks mientras suena de fondo “You really got me”, pues casi mejor nos quedamos donde estamos.

Había un padre que no tenía muy controlado. Se relacionaba poco y parecía un tanto huraño. Y en una competición apareció con una camiseta con la carátula de un disco de Thelonious Monk y Miles Davis. Y te podrá gustar o no el jazz, pero un tío que se pone esa camiseta seguro que tiene muchas cosas interesantes que contar, así que a por él que me fui.

-Me gusta tu camiseta.

Nos hemos hecho muy amigos. De la música pasamos al cine y del cine a la literatura (da la casualidad que también es del sesenta y seis y de que estudiamos en la misma Escuela. La casualidad no existe). Y, por una vez, no se trató sólo de una sucesión entusiasta de monólogos, sino que estamos ejerciendo cierta influencia el uno en el otro. Él ya ha empezado a leer a Dostoievski y, puesto que es un fanático de la novela negra, me hizo una lista de sus autores y libros favoritos, comenzando por los nórdicos y por ellos he empezado. Dos libros me he leído ya y me apetece comentarlos.

¿Existe Islandia? Bueno, en los mapas sale. Y hace no demasiado un volcán de por allí dejó a un montón de aviones en tierra. La lista de islandeses famosos ocupa lo mismo que la de héroes italianos. Yo, realmente, sólo conozco a tres: Bjork, Gudjohnsen y Finnbogason. Y ahora he de añadir a un cuarto: Arnaldur Indridason, autor de “La mujer de verde” (también publicada como “Silencio sepulcral”), primero de los libros recomendados leídos. En unas excavaciones que se han hecho en Rejkiavik (todos juntos: Rejkiavik, Rejkiavik) aparecen unos huesos humanos. A partir de ahí se van desarrollando dos historias paralelas que, a su vez, se van desdoblando y que terminarán convergiendo. ¿Que qué me ha parecido el libro? Muy bueno. Muy bien escrito, con unos personajes muy bien desarrollados (salvo, quizá, los dos ayudantes del inspector Erlendur, protagonista de la investigación, que podían haber dado más juego) y con una trama que te posee por completo. ¿Que si me ha gustado? No. Nada. Bien está que la literatura te haga sentir, pero todo dentro de un límite. Porque ésta no es una novela sino un fenómeno atmosférico, y no precisamente el anticiclón de las Azores, sino uno de esos accidentes meteorológicos que abren los noticieros con recuento de víctimas y balance de los daños. Porque una cosa es sufrir y otra es lo que te ocurre leyendo este libro, uno de los que puedes decir, y sin pretensiones efectistas, que no eres la misma persona al terminarlo que cuando lo empezaste. Y no, no me gusta sufrir tanto. No me gusta sufrir tantísimo. Así que, señor Indridason, bienvenido a mi lista de islandeses conocidos, perdón por su cuarto puesto y me temo que hasta nunca salvo que algún día se cierren las heridas que su libro me ha causado, algo que dudo ya que estoy de acuerdo con su inspector Erlendur cuando afirma que el tiempo no cura nada.

Maj Sjöwall y Per Wahlöö (espero haber puesto todas las diéresis en su sitio) son (o fueron) un matrimonio sueco que entre 1965 y 1975 escribieron y publicaron diez novelas, de treinta capítulos cada una, protagonizadas por el inspector Martin Beck. Ambos eran comunistas convencidos y decidieron utilizar el soporte de novela negra para dejar caer sus críticas contra el, entonces, idílico modelo sueco (pero, ¿cómo? ¿Suecia no era el paraíso?). “Roseanne” fue la primera de estas novelas y ésta es la que me he leído, no porque mi mente cuadriculada me obligue a seguir el orden (no es necesario) sino porque fue la que encontré en la biblioteca. Para dar mi opinión sobre dicha novela utilizaré un símil tan poco sueco y tan valenciano como son las mascletaes. ¿Cómo me gusta que sea una mascletá? Para mí lo fundamental es el ritmo. Una buena mascletá no ha de perder nunca el ritmo, un ritmo que debe ir creciendo de manera progresiva, sin cortes ni altibajos. El comienzo tendrá que ser ya poderoso y ha de terminar con un terratremol apoteósico y prolongado que te reviente tanto los tímpanos como los lacrimales. Podrá tener otro tipo de aditamentos pero, manteniendo esta estructura, el cum laude ya se lo doy. Pues bien, “Roseanne” me ha parecido una mascletá de las buenas. Tiene un ritmo fabuloso, tanto que parece que haya sido escrito utilizando un metrónomo. El libro comienza con la aparición de un cadáver (una novela negra sin muerto es como un belmonteño sin chándal: inconcebible), continúa con un ritmo implacable que va aumentando sin pausa para terminar con una sucesión de escenas que te dejan sin respiración. Sí que aparecen críticas contra la sociedad sueca, pero siempre desde la ironía, una ironía que te provoca desde la sonrisa hasta la carcajada, y siempre dejadas caer como quien no quiere la cosa. Así que aquí estoy, dejándome las manos aplaudiendo al senyor pirotecnic. Mis queridos Maj y Per, ruego me hagan un hueco en sus agendas. Creo que tenemos nueve citas pendientes.

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