lunes, 20 de febrero de 2017

Catorce

El pasado veinte de noviembre, en el kilómetro nueve, decía adiós en el maratón de Valencia. Y juré venganza. Cuando me retiré en Madrid en 2007, a pesar de que había sido por mi culpa, por ir a un ritmo que no era el mío en un perfil como aquel, me sentí derrotado por Madrid, y fue en 2011 cuando volví y sentí que la afrenta había quedado resarcida. Esta vez, a pesar de que fue un problema muscular, me sentí derrotado por el maratón. Y al maratón tenía que volver, a ajustar cuentas pendientes.

Castellón. No tiene medalla de oro. No es un major. No tiene el brillo de otras carreras, aunque puede presumir (y presume) de tener una campeona olímpica en su palmarés. Ni siquiera la ciudad figura entre las cincuenta capitales de provincia más bonitas de España. Pero su maratón estaba a trece semanas de Valencia. Y cuando uno suspende en maratón en noviembre en Valencia tiene la opción de volver a examinarse en febrero en Castellón (de hecho te hacen descuento). Las fechas encajaban. Además, desde Valencia puedes levantarte, ir, correr y volver. Y su circuito medía, exactamente, cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros. Y eso, para lo mío, era más que suficiente.

Pero sí, queda muy bonito y muy heroico decir –voy a Castellón a vengarme- pero luego hay que prepararlo. Y conforme la rabia iba menguando, ver todo lo que quedaba por delante, con las piernas llenas con los kilómetros de los meses previos, se me hacía duro. Menos mal que Gustavo decidió sumarse al reto. Era un regalo envenenado, ya que Gustavo nos lleva siempre al retortero, pero siempre es mejor acompañado que solo.

La preparación fue muy irregular. La lesión que me retiró resultó ser, al final, una contractura y a la semana ya estaba corriendo. Yo siempre corro con molestias en la cadera izquierda, algo a lo que me he acostumbrado y que soporto bien. El problema venía con los dolores que aparecían en la zona del abductor derecho, dolores que me hicieron levantar el pie más de un día de series cortas y que llegaron a su máxima expresión en la media de Picanya-Paiporta, cuatro semanas antes, y que me obligaron a retirarme en la primera vuelta (empezaba a ser una costumbre lo de retirarse). Ahí lo vi todo perdido, aunque decidí seguir los consejos de Rafa de visitar al fisio porque a lo mejor no era tan grave. Fui y me dijeron palabras como desequilibrio, piramidal, psoas y algunas más que no recuerdo, me mandaron unos cuantos ejercicios (he hecho más sentadillas en estas últimas cuatro semanas que en toda mi vida) y no me cerraron la puerta. De hecho la semana siguiente a la retirada no la perdí y llegué a hacer, aunque muy tranquilos, más de setenta kilómetros. Entonces levanté la cabeza, me estudié el plan, vi que quedaban tres días especialmente duros y determiné que si los superaba decentemente y sin dolor, me inscribía. 6x1000 (con Paco) a 3’42” de promedio, 1x12.000 (solo y con mucho viento) a 4’14” y 1x10.000 (solo) a 4’08”. No tuve dolores. Aquel mismo jueves, diez días antes de la carrera, me inscribí.

Aquí he de hacer mención a Gustavo. En Picanya hizo 1:24. Estaba como un tiro. Y, a partir de ahí, dolores (el ciático) y a parar. Una putada. Una pena. Te debe una el maratón, desde luego.

Castellón, diecinueve de febrero. Llevaban toda la semana dando lluvia pero, al final, no. Nubes al principio. Luego, no. Doce grados al principio. Luego, no. Decían 3.800 inscritos aunque han (hemos) terminado 1.500, por lo que no me cuadra mucho. A las seis y media salíamos de Valencia Ramón, Gustavo (que habían decidido venir a acompañarme. No sé si me quedarán días en este mundo para poder terminar de agradecérselo) y yo. A las siete y media estábamos por la salida. Calentando ya he visto que por allí había nivel y que runners había muy pocos. Baste decir que apenas se veían camisetas de la carrera, las favoritas de los runners. Me he confiado a la hora de entrar en mi cajón de salida y me ha tocado sufrir una cola enorme, con los nervios que ello te genera, ya que han puesto un pasillo muy estrecho. A las 8:56 entraba. A las 9:00, disparo y a correr.

A pesar de ese detalle, he de decir que la organización me ha gustado. La feria estaba bien, la bolsa del corredor era decente, daban agua cada dos kilómetros y medio, bebida isotónica cada cinco (en botellas de un tercio de litro. Una pena. La de bebida que se ha tirado) y geles y alimento sólido cada cinco también. El problema es que Castellón no es muy grande y hemos pasado veinte veces por cada sitio. Y tampoco es muy llana (¿de la Plana? Amos, no me jodas). No es el Himalaya, pero estás siempre subiendo y bajando. No son grandes pendientes, pero te acaban minando. Y la subida a la universidad y la vuelta desde el Grao tocan las narices. Pero, por lo general, muy bien, con mucho ambiente en muchas zonas (o en una zona por donde pasábamos muchas veces. No lo sé. Hoy he agradecido no conocer Castellón, porque te tiene que reventar ser consciente de todas las vueltas que estás dando). Una carrera con un regusto entrañable que recordaba al maratón de Valencia en febrero, mi maratón sin ninguna duda.

Mi objetivo era acabar. Por supuesto que iba a ir a lo que diese, pero la marca no era lo primordial. No estaba tan fino como para Valencia. No había podido entrenar tan bien. Aunque he de confesar que, como estaba bien de peso y, al final, había acumulado dos preparaciones, tenía la sensación de que, si el adbuctor o el psoas me dejaban, iba a terminar muy entero.

A pesar de no haberme colocado bien en la salida, he pasado el primer mil en 4:35. Perfecto. Pensaba que mi ritmo podía estar entre 4:25 y 4:30 el kilómetro y a ese ritmo iba. Los diez primeros kilómetros parecía la princesa del guisante: todo me molestaba, todo me dolía, todo me alarmaba. Pero no. Falsas alarmas. Iba avanzando. En el cielo había nubes, la temperatura era agradable y había una brisa que no molestaba. Y Ramón y Gustavo, que estaban por todas partes. Sí que existe el don de la ubicuidad. Puedo dar fe.

He pasado la media en 1:34:30. No estaba mal. Tampoco estaba para florituras, pero bueno. No tenía molestias. O tenía las habituales. La media estaba en el Grao, en el punto más bajo de la carrera. He hecho la vuelta muy bien. Pero ya no había nubes. Y la temperatura iba subiendo. Al pasar el treinta he visto que todavía iba a 4:30 de promedio pero he pensado –me da que no vas a terminar muy entero hoy. Joder, qué pedazo de muro. Ni siquiera la belleza arquitectónica y monumental de Castellón me servía de alivio. Menos mal que Ramón y Gustavo seguían siendo omnipresentes. Iba mendigando por un poco de sombra, por algo de aire. Llevaba mal cuerpo, no me entraba el agua y mucho menos el isotónico. Y los putos adoquines. Tendrían que prohibirlos. Lo que es el maratón, vamos, lo que te hace preguntarte siempre -¿de verdad es esto necesario? Y así, paso a paso, y de manera inexplicable, los kilómetros han ido cayendo (muy lentamente) y he llegado hasta el cuarenta. Y luego el cuarenta y uno. Y ya hemos subido la última cuesta y entrado en el parque Ribalta y, ya que estaba allí, pues he cruzado la meta. 3:13:21. He tenido días mejores pero había vuelto a cruzar la meta del maratón. Lo había vuelto a derrotar (y, sobre todo y más importante, había terminado el sufrimiento). Ya son catorce.

Casi salgo de la zona de meta. No podía moverme. No se me iban las ganas de vomitar. Quería comer y no podía. Quería beber y tampoco (Telepizza patrocinaba la carrera y había un montón de pizza. Imposible acercarme. Menos mal que estaba por allí la gente de la federación de atletismo (la carrera era también campeonato de España) que no ha dejado ni una miga). He cogido sitio para que me dieran un masaje y ya he reviscolado un poco. Y vuelta a Valencia. Conducía Ramón. Gracias a Dios.

Y ya está vengada Valencia. Sentía que tenía unas agujetas pendientes y aquí están. Unas agujetas gloriosas. Y también he sumado Castellón a mi currículo. Ahora me toca descansar y a pensar en las siguientes. Me apetece mucho empezar a correr carreras cortas. Me apetece volver al agua. Lo que hago siempre en estas fechas pero que siempre parece nuevo. Y ya sin ánimo de revancha, sólo por diversión. Porque, como dice Robert Reford en “El golpe” –la venganza no lo es todo…pero ayuda.