domingo, 9 de octubre de 2016

Carne de you should be dancing

Este viernes pasado Gustavo Iglesias hizo su “Top Gus” sobre los Bee Gees. Normalmente no puedo opinar, pero esta vez sí que podía y se me empezaron a llevar los demonios cuando, en su relación de diez mejores canciones, no figuraban ni “Massachussets”, ni “I started a joke”, ni “How deep is your love” ni “How can you mend a broken heart” (en lo referente al criterio musical no estoy en posesión de la verdad absoluta. En lo referente al criterio musical no estoy en posesión de la verdad absoluta), aunque todo cambió cuando puso en lo más alto del podio “You should be dancing”. Y se lo perdoné todo. Y quizá fue excesivo, porque una cosa es que una canción te pueda hacer sentir protegido e invulnerable para el resto del día y otra es entrar a trabajar andando con paso firme y mirada al frente (como los Bee Gees) alternando con pasos de baile a lo John Travolta Tony Manero. Echadme viernes a mí que me los como. Y fue un buen viernes. Por muchas razones, entre otras porque a media mañana apareció “Carne de Bakunin” de Klaus & Kinski.

-¿Qué es triunfar?- dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. Dinero y vanidad, desde luego. Esos son los patrones. ¿He triunfado como escritor? Evidentemente, no. ¿Por qué? Pues por la misma razón que no triunfé ni en el fútbol ni en el atletismo: porque soy malo de cojones. ¿Fue eso un motivo para jugar menos al fútbol o para dejar de correr? No. Leí una vez que el mayor triunfo de un deportista es no dejar nunca de serlo. Y me gustó la frase. Espero se pueda aplicar al mundo de la escritura. ¿Que no me lee ni Dios? ¿Y qué? No dejemos nunca de escribir. Sigamos triunfando.

Pero la vanidad es la vanidad. Y siempre echaré en falta haberme perdido los focos y el oropel, en parte por todas esas respuestas tan fabulosas que tenía preparadas para las entrevistas que me iban a hacer. A veces la vida es una mierda simplemente porque la realidad no te obedece. Anda que no me gustaría ver pasar por delante de mí los cadáveres (y no sólo en sentido metafórico) de todos los hijoputas que me amargaron la existencia o de todos los gilipollas que me tocó y me toca sufrir. Pero no, no pasan, por mucho mal de ojo que les haya echado o les eche. Ni siquiera se han molestado en deshacerse en disculpas o en suplicar mi perdón. Y todas las peroratas que preparé, todos los discursos espectaculares, todas las grandes argumentaciones que hubieran convencido a españoles y a extranjeros y que se fueron al limbo únicamente porque nadie me preguntó. Mira que jode tener preparada la respuesta y que nadie te haga la pregunta. Y no me refiero a quién gano el ciento diez vallas en Munich 72 (Rodney Milburn). Me refiero a no tener la oportunidad de ganar, triunfar, epatar, dar la vuelta a la tortilla, doblegar, convencer, vengarte cuando lo tienes preparado. La vida es injusta porque esas cosas apenas pasan, al menos a mí, de la misma manera que ha sido injusta por todas las respuestas de gran literato brillante e ingenioso que tenía preparadas para las cientos de entrevistas que me iban a hacer y que parece ser que no.

Aunque según se mire. Hay una escena en “El tercer hombre” que tengo grabada (en realidad las tengo todas) y es aquella en la que secuestran a Joseph Cotten Holly Martins y lo llevan al coloquio literario donde entra como un gran escritor y sale como un escritor (ridículo) de novelas del oeste. Siempre temí la pregunta -¿cuáles son tus influencias?- porque sí, podría hablar de Dostoievski, Conrad o Faulkner, que para algo me los he leído prácticamente de pe a pa, pero habría quedado en evidencia enseguida si al entrevistador le hubiese dado por rascar y hubiese comprobado lo poco que quedé impregnado de estos escritores. Y habría tenido que decir la verdad: mi mayor influencia fueron siempre las letras de las canciones. Y ahí se habría terminado la entrevista. Y se me habría puesto cara de Holly Martins. Porque, para qué nos vamos a engañar, escuché “Carne de Bakunin” y mi mente volvió a expandirse como en los tiempos del Niño Gusano. Mi sensibilidad es la que es. Y me pareció colosal escuchar en una canción frases como –pero es que hoy la madurez me ha revelado un grave conflicto moral- o - puede que encuentre una nueva organización para la gestión de los medios de producción. Y esta sensibilidad me parece que no me va a llevar por el camino ni de las entrevistas, ni de la gloria literaria ni pijos. Aunque esa lectura del discurso de ingreso en la RAE (Teoría aplicada sobre la influencia de las letras de las canciones en la literatura) bajo los acordes de “You should be dancing” dirigiéndome al atril andando con paso firme y mirada al frente alternando con pasos de baile a lo John Travolta Tony Manero…pero no. La realidad nunca nos obedece. La vida es una mierda.

P.D. Premio Nobel para Bob Dylan. Las letras de las canciones ya son, oficialmente, literatura.

2 comentarios:

kyezitri dijo...

Este post es genial, impenitente. Sé que preferirías ser portada de Time a que alabemos tus posts, pero bueno, es lo que hay; más aún, agradecemos que mantengas esto vivo. Nunca serás Zatopek y no por eso te tumbas en el sofá por las tardes.

El Impenitente dijo...

Hombre, novensano, empezaba a echarte en falta. Y se agradecen los halagos. A ver si es cierto que debilitan, que no lo sé. Y no te voy a desdeñar la portada de "Time", pero haber sido portada de "Track and fields" o de "Athletics weekly" también me habría hecho gran ilusión.