martes, 10 de septiembre de 2013

Queso y aceite

Todo comenzó el catorce de agosto del año dos mil doce. Volvíamos Nacho y yo de Fuentelespino de Haro y nos dijimos –esto podemos hacerlo nosotros.

¿Qué era lo que podíamos hacer? Pues lo que habíamos visto en Fuentelespino: una carrera popular, con inscripción gratuita, con un pueblo volcado en la carrera, con competiciones infantiles, con un circuito sin salir del pueblo de distancia asequible, con cena posterior y con una participación total algo por encima de las cien personas.

No nos quedamos Nacho y yo en el –hay que- o en el -se podría- y empezamos a madurar la idea. Nuestra intención desde el primer momento fue que la carrera no se convirtiese en la de Nacho y El Impenitente sino en la carrera de la aldea del secarral, por lo que nos propusimos involucrar a todo el mundo. Comenzamos hablando con las fuerzas vivas, es decir, con Kyezitri, quien nos dijo que adelante mientras no le resultase muy gravoso. Más tarde hablamos con el grupo ciclista, con los jubilados, con las amas de casa y con cualquiera con quien nos cruzásemos y quisiera escucharnos. Estábamos en otoño y todos nos daban buenas palabras y nos mostraban su apoyo.

En Navidad ya teníamos hasta fecha: el trece de agosto, martes. Martes y trece. ¿Por qué? El quince es fiesta grande de la aldea. El catorce es la víspera. Esa semana está todo el mundo en el pueblo. El fin de semana anterior y posterior hay carrera del circuito de la diputación de Cuenca por lo que, pensando en la gente que pudiera venir de fuera, decidimos que sería entre semana. Dadas todas las actividades que se organizan durante las fiestas, especialmente la “Fiesta del vino”, comentamos la fecha con los distintos grupos y asociaciones, los cuales nos miraban extrañados- ¿Nos estáis hablando ahora de lo que va a pasar en agosto? Sí. Somos así de organizados. Y nos encanta planificar. Y no somos supersticiosos. Bueno, sí. Pero de otra pasta.

En carnaval le dijimos a Eugenio que entraba a formar parte del comité organizador. Es Eugenio corredor y ciclista, con mucha mano para los críos, y con un carácter que siempre aporta. Siempre suma. Siempre positivo. Nunca negativo. Y como Eugenio no sabe decir que no, y como tampoco tuvo esa opción, pues le dimos voz, voto y quebraderos de cabeza.

Poco antes de Semana Santa estaba escribiéndole a Nacho. Ana me preguntó que qué hacía y se lo dije. -Mira que estáis pesados con vuestra carrerita del queso en aceite. -¿Cómo has dicho? –Que estáis muy pesados con vuestra carrera. –No, lo otro. –Queso en aceite. –Primera carrera del queso en aceite. Suena bien. Suena muy bien. Voy a proponerlo ahora mismo. Ya teníamos nombre para la carrera. Y ya teníamos obsequio para los corredores.

En Semana Santa fijamos ya el circuito. Eugenio, Nacho y yo, armados con un GPS, nos dedicamos a dar vueltas hasta que completamos un trazado por dentro del pueblo que pasaba por delante de casi todos los lugares emblemáticos (se nos quedaron fuera las balsas y la fuente romana, pero eso nos obligaba a salirnos) y que medía algo más de dos kilómetros y medio. Con dos vueltas conseguíamos los cinco kilómetros y pico, una distancia que no echa para atrás a los que no son corredores habituales y que es suficiente para seducir a los que puedan venir de fuera.

Por aquel entonces los correos electrónicos ya eran casi diarios y siempre con copia a Kyezitri. No sólo se trataba de poner a prueba una y otra vez su paciencia (recuerdo que lo abordé en Semana Santa en mitad de una procesión sólo para preguntarle si nos dejaría marcar en el suelo el recorrido de la carrera y los puntos kilométricos) y de que estuviese enterado de todo. También su concurso iba a resultar fundamental. Se hizo cargo del diseño del cartel. Y luego nos solucionó uno de nuestros mayores problemas: el seguro de la carrera. Estábamos obligados a contratar un seguro que cubriese a la misma. Eso suponía un coste que tendríamos que repercutir o absorber. El Ayuntamiento contrata un seguro que cubre todas las actividades que se celebran durante el verano. El Ayuntamiento nos propuso acoger la carrera como algo suyo y que su seguro nos cubriese. El Ayuntamiento se constituía como organizador de la carrera. La carrera, oficialmente, ya no era de Nacho, Eugenio y El Impenitente. La carrera ya era la carrera de la aldea. Perfecto.

Para esas fechas Nacho ya tenía su diagrama de Gantt hecho con todas las actividades a realizar y en su fecha correspondiente. Teníamos la fecha y el circuito. Teníamos pendiente la cena, la música, la megafonía, regalos para los corredores y para los críos, las categorías, los horarios, hablar con el cura para que ese día adelantase la novena…Muchas cosas. Y entre ellas, el presupuesto.

El presupuesto. Yo lo iba posponiendo porque no lo tenía claro. Tampoco tenía claro de dónde íbamos a sacar el dinero salvo que lo pusiésemos nosotros. Pedir ayuda a los comercios locales no me seducía, entre otras cosas porque no me veía yendo a pedirlo. Mal que bien hice una lista, la medio valoré y vi que nos podíamos estar moviendo en torno a los trescientos euros. ¿Trescientos euros?-me dijo Kyezitri. ¿Sólo? Si estamos en esa cifra, teniendo en cuenta lo que nos han prometido los ciclistas, el resto lo puede cubrir el ayuntamiento.

El cielo se abrió definitivamente. Mi único temor era que la carrera se hubiese podido torcer por un problema de dinero y vi que ya nadie nos paraba. Es más, aquí apareció la pata que nos faltaba para completar el banco y ésa no era otra que Carlos. Carlos, además de verlo claro desde el principio, es un ejecutor nato. Los demás somos más tímidos. Él sabe siempre con quién se está jugando los cuartos y si tiene que dar un puñetazo en la mesa, lo da. Y se involucró. Y dijo que la carrera se hacía sí o sí, y que si faltaba dinero él daba un paso adelante. Pues yo también. Y yo. Y yo. El dinero ya no era un problema.

Para hacer queso en aceite hace falta queso y aceite (y en nuestro caso, pimienta negra). El aceite no era mucho problema pues podíamos robárselo a nuestros suegros, aunque en mi caso tampoco es robar ya que siempre voy con él a coger la aceituna. Para el queso Nacho escribió a García Baquero informándoles de nuestra existencia. Creo que están a punto de contestarnos. Por otra parte Nacho también se puso en contacto con su cuñado, que tiene una empresa que organiza eventos, la mayoría de ellos deportivos. El cuñado sí que respondió y respondió afirmativamente. Quedó con él en pasar por sus instalaciones un día en verano y le facilitó un contacto para conseguir bebidas isotónicas.

Bien, llegó el verano y comenzamos las compras, desde los imperdibles hasta los tarros para el queso, desde los manteles hasta el queso, desde los cubiertos hasta las velas para la cena. Setecientas velas. ¿Setecientas? Nacho, tú estás loco. ¿Habéis visto cómo adornan Pedraza? Pues nosotros vamos a hacer lo mismo.

Pensando en los trofeos, y dado nuestro presupuesto, Nacho tuvo otra idea: compramos arcilla y se la damos a los niños de la Escuela de Verano (en el secarral le llamamos así. Por Valencia los padres mandan a sus hijos a la Summer School. A nosotros nos gusta el castellano. Es otra de nuestras peculiaridades) para que nos los hagan ellos. Trofeos de corte naíf, creo que se llaman. Bien, un problema menos. Y una solución económica.

De la música dije que me encargaba yo, aunque inmediatamente se lo subcontraté a Marta, de cuyo criterio me fío aunque tenga tendencia a crecerse. Más o menos le dije –tienes carta blanca para seleccionar lo que quieras. En mi opinión se trata de que escojas canciones que sean buenas, que animen y que sean conocidas. No se trata de mostrar al mundo lo listos que somos. Y también dejo a tu criterio la canción con la cual se dé la salida. Puedes elegir entre “Eye of the tiger” o “Highway to hell”. Marta aceptó y se puso manos a la obra.

Más mano de obra. Había que preparar los tarros de queso en aceite. Cien tarros preparamos. Trabajo en equipo. Juli, María José, Ana y yo. Trae tarros, abre tarros, corta queso, hazlo tacos, mételo en los botes, rellena con aceite, añade la pimienta, cierra los tarros. Retira. Trae nuevos. Tres horas estuvimos. Y aún faltaba adornarlos: ponerles papel de seda atados con un cordel y rotular el nombre del pueblo. De eso ya se encargó Ana. Y fueron más de tres horas.

A todo esto Nacho fue a ver a su cuñado. Entró en su almacén y éste le dijo -coge lo que quieras. Y Nacho lamentó no haberse llevado un tráiler. Nos dejaron un arco para la salida. Nos dieron cerca de quinientas botellas de Gatorade, otros tantos sobres de gel de frutas, dorsales, aplaudidores y, sobre todo, nos dieron trescientas camisetas técnicas que les habían sobrado de una carrera de apoyo a Madrid 2020. Además, el contacto de las bebidas nos dio otra barbaridad de botes de Aquarius. Íbamos a dar una bolsa del corredor con camiseta, queso, bebida y alimento. Y luego la cena. Y todo sin cobrar.

La cena. ¿Qué hacemos? ¿Qué preparamos? En el cartel pedímos a la gente que colaborara. A los jubilados les pedimos la cuerva. Nos dijeron que sí y luego nos trajeron, además, las patatas fritas y frutos secos que tenían por su local. A las amas de casa les pedimos los postres. Con ellas hubo una serie de malentendidos que al final no dejaron de ser eso pero que algo de mala sangre me causaron. Ante la duda de qué más ofrecer, sabiendo que nosotros pondríamos tortillas de patata y gazpacho, la peña de los Vazines (ellos lo escriben así) se ofrecieron a preparar dos empanadas gigantes y una paella para sesenta personas. La cena estaba resuelta. Por si fuera poco, no teniendo claro lo de las amas de casa y pensando que nos íbamos a quedar sin postre, los Majaras dieron un paso al frente y se comprometieron a traer helados, además de pulseras luminosas para los niños. La carrera era cosa de todos. Todo el mundo se involucraba. Era fabuloso.

Más temas pendientes: los niños. Ésta era materia de Eugenio. Y Eugenio es un fiera. Setenta bolsas de regalo les sacó a los de Coca Cola. Y unas cuantas medallas le sacó al Ayuntamiento. Y luego, removiendo, consiguió a muy buen precio chucherías y helados para los críos. También teníamos obsequios para los niños. Otro problema resuelto. Todo iba encajando.

Viendo el ambiente previo Nacho tuvo la idea de realizar sesiones de entrenamiento colectivas. Desde una semana antes de la carrera, todos los días a las ocho de la tarde junto a la piscina. Pegamos carteles. -Nacho, vamos a estar tú y yo solos. Ya verás como no. El primer día fuimos ocho. El segundo, quince. El tercero ya superamos la veintena y ya nunca bajamos de esa cifra. Y los niños aparte, que también tuvieron sus sesiones. Veintitantas personas corriendo por el pueblo, recorriendo el circuito. Lo nunca visto.

Y luego la estrategia comercial. Imprimimos los carteles y fuimos a pegarlos al Pedernoso, Belmonte, Monreal, Fuentelespino, Rada, Villalgordo, la Almarcha, Garcimuñoz, Horubia. Álvaro me pidió carteles y me dijo que él se encargaba de la Osa, Tresjuncos, Hontanaya, Hinojosos y Alconchel. A Rocío, la cuñada de Carlos, la nombramos coordinadora para la relación con Mota del Cuervo y con su club de corredores. Publicamos la carrera en la página web especializada “Carreras populares”. Y en la página web del Ayuntamiento. Y se crearon eventos en Facebook (creo que se dice así). Y luego fuimos uno a uno. No sé si quedó alguien en la aldea a quien no le dijese –te espero el trece. Y a los corredores que conozco del contorno me fui a visitarlos o les llamé: a Juan Diego, a Miguel Ángel, a GV, a Gonzalo, a Julián, al yerno de Gregorio y a sus nietos (a estos con la ayuda de FV), etc. También cursé invitación a los climaterios, que me respondieron que la distancia no es el olvido pero sí es la distancia. El tío Javier me dijo que él correr, no, pero que si le dejaba hacerla en bicicleta. Le dije que sí pero con una condición: que tenía que llevar una escoba amarrada a la misma. Se rio. No hizo falta más. Ya tenía cometido en la carrera.

Cuando fui a recoger los trofeos se me cayó el alma a los pies. Naíf, naíf, lo que se dice naíf no eran. Más bien me acordé del chiste aquel en el cual se contaba la visita de Franco a una exposición de Picasso –observe, Generalísimo, qué cara, qué gesto. -¿Qué carajo es esto? Pues eso. Pero no teníamos otra cosa. Y fue a Ana a la que le tocó la tarea de sacar algo de la nada, y con sus pinceles y sus pinturas algo consiguió. Por lo menos podíamos entregar algo presentable. Más que trofeos eran detalles, pero eran detalles dignos.

A todo esto Marta me dice que ha preparado cinco horas de música. ¿Cinco horas? No sé, igual me he pasado. Ven y échale un vistazo. Fui, lo repasamos y creo que quitamos una canción y todavía añadimos diez más. Y si pensaba que ya había terminado, estaba muy equivocada: todavía le quedaba seleccionar la música para la entrega de trofeos. Aceptó sin rechistar.

El aspecto sanitario lo teníamos bajo control. Protección Civil estaba avisada y se iba a personar. El Centro de Salud de la capital estaba sobreaviso y teníamos a su coordinadora medio en plantilla. También conseguimos un botiquín. Todo iba bien. Y los números nos iban cuadrando. No nos íbamos a pasar de los trescientos euros y si nos pasábamos iba a ser por muy poco. Aunque, eso sí, la generosidad de la gente seguía siendo crucial. Jesús dijo que nos regalaba el pan para la cena. Mi hermano nos regaló las flores que íbamos a entregar a las chicas (sí, les dimos rosas a las féminas que terminaron la carrera. Discriminación sexista, creo que se llama. Una aberración, según tengo entendido. Todavía no hemos recibido ninguna protesta. Seguro que están en camino). Y Pedro, en nombre de la Asociación Juvenil, nos dijo que no estaban mal de tesorería y que contásemos con cien euros. Fue entonces cuando Kyezitri pensó que debíamos personalizar las camisetas. Lo de Madrid 2020, pues bueno, pero mucho mejor si en la espalda ponía “Carrera del queso en aceite” y el nombre de la aldea. Por supuesto que mucho mejor pero, ¿cuánto? ¿Quién? Y ¿cuándo? Que faltan cuatro días. Vamos a preguntarlo. ¿Cuánto? Ciento cincuenta euros. ¿Quién? El Ayuntamiento. ¿Cuándo? Dos días. Adelante. Corriendo a llevar las camisetas.

A unos treinta kilómetros de la aldea se encuentra la localidad de Villar de Cañas. Es en el término de este pueblo donde se ha aprobado la construcción del cementerio nuclear. Se ha constituido una plataforma en contra de la construcción de dicho cementerio y tenían previsto hacer una concentración el día de la carrera pero en otro lugar. Viendo la fuerza que iba cogiendo la carrera decidieron trasladarla a la Plaza, lugar de salida y llegada de la misma, y a la misma hora y avisaron a Eugenio de sus intenciones. Le informaron que no pensaban interferir. Tan sólo pretendían correr con camisetas reivindicativas e informar a la gente. Eugenio no dijo nada. La Plaza no es nuestra, no tenemos derecho de admisión. Y tampoco tenemos poder sobre la camiseta que se pueda poner cada uno para correr. Cuando me enteré me puse de muy mala leche. Me daban igual los motivos de la concentración. Aprovecharse del trabajo de los demás y tratar de convertir una manifestación deportiva en otra cosa podrá ser legal pero está mal. Está mal. O, al menos, ésa es mi opinión. Y me da igual que lo hagan los de la Cruz Roja, los de Bildu (que lo hacen siempre), los del cementerio nuclear o los del Ku Klux Klan. Y me costó más de una discusión con aquellos que piensan que el fin, cuando me es simpático, claro, justifica los medios. Y, sobre todo, me costó una discusión con Nacho que nunca debiera haber ocurrido. A mí se me llevaban los demonios y, como no tengo ningún aplomo, iba echando espuma por la boca. Y Nacho me decía –cállate. No sigas. Tranquilízate. Estás haciendo tú la pelota más gorda. Cállate. CÁLLATE. ¡CÁLLATE! Pero Nacho también estaba preocupado. Y mucho. A Nacho le habían dejado un arco donde se leía “Marca”. Y, puestos a pensar, ¿y si salía publicada una foto donde se viese el arco y el nombre de “Marca” junto al texto –gran éxito de la carrera anticementerio nuclear? Podía tener aquello repercusiones y no buenas. También estaba la opción de no montar el arco, pero no queríamos renunciar a ello. Un arco siempre da categoría a una carrera. En realidad llegamos a plantearnos el suspender la carrera ante el uso externo que podía hacerse de ella. Pero ya nadie podía parar la carrera. Y decidimos confiar en la suerte y en las promesas de normalidad que nos hicieron algunos de la plataforma.

El día anterior a la carrera, lunes, quedamos por la mañana con Fernando y con su camión para empezar con el traslado de enseres. Íbamos a utilizar como base en la Plaza el edificio del Pósito y allí dentro guardamos todo lo que el Ayuntamiento nos prestó y todo lo que Nacho había conseguido: cámaras, mesas, megafonía, sillas, vallas, bebida, camisetas, el arco, una pérgola, cintas, las tarimas que íbamos a utilizar para preparar el podio, los regalos que Kyezitri consiguió de la Caja…Por tener, teníamos hasta urinarios químicos. Resulta un poco chocante estando rodeados de campo por todas partes como estamos, pero allí estaban, a disposición de los atletas. Dejamos las cámaras enchufadas y cargadas con la bebida y cerramos. Aquella tarde Nacho y yo medimos el circuito y marcamos los puntos kilométricos de la carrera. Dos mil setecientos veinticinco metros medía cada vuelta. Lo medimos con GPS subidos en una moto. La distancia fiable al milímetro no es, desde luego, pero dicen los estrategas del marketing que, en este caso, es mejor que la distancia real sea más corta que la oficial porque así las marcas salen buenas y la gente repite. Nosotros no falseamos la medida que salió en el GPS. Tampoco las curvas las tomamos apurando la tangente. Por la noche le toco el turno a Eugenio quien, ayudado por su mujer, Montse, y sus dos hijos, estuvo hasta las tantas preparando los obsequios para los niños. Faltaban menos de veinticuatro horas.

Aquella noche no dormí mucho. Me fui temprano a recoger las camisetas serigrafiadas. Me tocó esperar, claro, pero a las nueve, la hora a la que habíamos quedado, ya estaba en la Plaza. Habíamos quedado Carlos, Nacho, Fernando, Eugenio y yo. Pero también se presentó Benito. Y Juanfran. Y Rafa. Y Manolo. Y Antonio. Y Bernardo. Bueno, Antonio y Bernardo más que a las nueve de la mañana vinieron a las nueve de la madrugada, porque les costó un buen rato conseguir abrir los ojos. Juli, María, María José y Ana llegaron poco después. Y también Marta. Y Raquel. Y Carlos Vazín, con sus paellas, sus bombonas de butano y sus fogones. Nadie había sido citado. La carrera era de todos y, con naturalidad y sin preguntar ni pedir permiso, la gente se fue acercando a echar una mano. Comenzó el reparto de tareas: colocar las mesas, preparar la megafonía, armar el podio, adornarlo, iluminarlo, preparar carteles gigantes que había que ir confeccionando partiendo de formatos A3 como si fuesen puzles, probar la música, armar la pérgola, empezar a confeccionar las bolsas del corredor…Juanfran y su suegro cogieron las cintas y se fueron a dejarlo todo preparado para que luego, a la hora de la carrera, sólo hubiera que atarlas para cortar las calles. Eugenio y yo mezclamos azulete con agua y nos fuimos a marcar el circuito y a poner carteles de no aparcar. A mitad de recorrido se nos acabó la mezcla y entonces caí que no había cogido los sobres de azulete que habían sobrado. Volví a por ellos y, antes de llegar, ya me estaba llamando Eugenio metiéndome prisa. –Estoy en el bar de Chema, pero no te entretengas que nos pilla el toro. –Ya voy, hombre. Ya voy. Volví corriendo y, al entrar, vi en la barra dos bocadillos de lomo con queso, una Coca-Cola y un tercio de cerveza. –Habrá que reponer fuerzas. –Si no hay más remedio. Tal y como salíamos entraban Benito y Bernardo. –No estamos aquí. –Nosotros tampoco. Seguimos marcando. Pusimos carteles. Llamamos a las puertas para que retiraran coches. No teníamos que explicar nada. La gente sabía que esa tarde había una carrera en el pueblo. Nadie puso problemas.

Por la mañana dejamos casi todo preparado. Abriríamos inscripciones a las siete y sólo quedaba cortar la Plaza, hinchar el arco y preparar las vallas para las carreras de los críos. Quedamos a las cinco y media. A las cuatro y media ya estábamos por allí. Nadie podía estarse en casa. Llevamos los tarros con queso, las flores y los trofeos. Y también los postres que nos habían preparado la tía Domi y Anita. Poco había que hacer, pero allí estábamos mejor. Estábamos preparados. Teníamos regalos y dorsales con el número uno para setenta niños, cien tarros de queso en aceite y ciento cincuenta camisetas serigrafiadas. Tenía miedo de quedarnos cortos con los niños. Al futbol sala se habían apuntado sesenta y no los tenía todas conmigo de que a la carrera vinieran más. Con los adultos estaba más tranquilo. ¿Cien? Ojalá. ¿Ciento cincuenta? Ni en sueños.

Teníamos previsto abrir a las siete, pero a las seis y media ya había gente por la Plaza y abrimos las inscripciones. A las siete la cola llegaba a la mitad de la Plaza. A las siete y cuarto ya no quedaban dorsales con el número uno. Sacamos folios de no sé dónde y empezamos a prepararlos a mano. Teníamos tres ordenadores inscribiendo y no daban abasto. Allí estaban Raquel, Nuria (que había trabajado esa mañana en Madrid y esa noche tenía que volverse. Había venido exprofeso. Teniendo en cuenta las discusiones que mantuvimos por culpa del cementerio nuclear y la plataforma, gracias es poco), Marta (que tuvo que desatender la música), Juli, María, Rocío (villaescusera de New Jersey. Qué bien decía junior), Pili, María José, Ana. Estaban desbordadas. Y seguía viniendo gente a colaborar: Julián, J.P., Silvia, que fue nombrada responsable de las flores, José Luis que, como siempre, estuvo en todas partes y aún tuvo tiempo de hacer, junto a Yiyo, el reportaje fotográfico de la carrera. Salimos fuera y tratamos de contemporizar a los que esperaban al sol, pero nadie estaba nervioso. La gente estaba tan tranquila. Es más, se vieron detalles como el de GV, que al ver que nos estábamos quedando sin imperdibles, cogió el coche y se fue a su casa a la capital para traernos todos los que tenía. Nacho ya había cogido el micrófono y había comenzado su labor de speaker, amenizando y repitiendo a quien quisiera escucharle que aquello era una fiesta deportiva. Porque allí estaban los de la plataforma. No eran ni veinte. Estaban en un lado y apenas se les veía. Si hicieron mucho ruido o captaron muchos simpatizantes o dieron mucha guerra ni me enteré (por cierto, en el periódico sí que salió una foto que decía –gran éxito de la multitudinaria concentración. Pero ni citaban la carrera ni salió el arco. Un detalle). Y el tiempo seguía pasando y la cola cada vez era más grande. Yo tenía miedo a los retrasos. A las ocho tenían que empezar las carreras de críos y a las nueve debiera empezar la de adultos. Retrasarnos, aparte de que considero la impuntualidad una falta de educación, suponía que la última carrera podía terminar de noche teniendo en el circuito varios puntos de poca iluminación, con el riesgo que ello conlleva. También estaba preocupado con lo cortos que nos habíamos quedado con las previsiones de los niños. Le dije a Eugenio que teníamos que redistribuir las bolsas y dar sólo medallas a los más pequeños. Eugenio tenía muy mala cara. -¿Qué te pasa? –Estoy mal. –Cuando he salido de casa tenía treinta y ocho de fiebre. No voy a poder correr. Además, me ha llamado mi madre para decirme que una prima mía ha muerto. Mañana me tendré que ir temprano para Madrid. –Si te encuentras mal, vete a casa. –Una mierda me voy a ir a mi casa. –Una mierda me voy a perder esto.

Y no se lo perdió. A las ocho en punto comenzó la primera carrera. No sé cómo lo hicimos, pero lo hicimos. El tío Javier de bici-escoba y Eugenio abriendo carrera marcando el recorrido. La salida era complicada, pues había una zanja delante y tuvimos que poner vallas. Primera salida y primera caída. Fuimos a curar a la niña y se quejó del hombro. Al ambulatorio. Rotura de clavícula. Mientras tanto ya apenas quedaba gente inscribiéndose y preparábamos la entrega de obsequios para la primera carrera de niños redistribuyéndolos como podíamos. ¿Cuántos se han apuntado en total? Ciento sesenta dorsales hemos dado. ¿Ciento sesenta? ¿Y adultos? Llevamos doscientos diez. Aquello se nos estaba yendo de las manos pero también era una fiesta maravillosa y lo segundo podía claramente con lo primero.

Segunda carrera de niños. Allí estaban los dos nuestros. Salida y caída. Rasguños. A la vuelta venía mi hijo desfondado con su camiseta rojiblanca con el nueve de Falcao (todavía no había comprado el Tipp-ex). Detrás venía mi hija, siempre sonriente y siempre feliz (hija mía, no cambies nunca) saludando –¡pero corre! También estaban mis sobrinos, que fueron obligados a correr por el artículo treinta y tres y que cumplieron. Llegó la tercera carrera, la de los críos más pequeños. No hubo caídas. Aquello seguía siendo una fiesta. Y entonces empecé a pensar que a las nueve tenía que correr. Me cambié y comencé el calentamiento, un calentamiento singular puesto que tuve que acompañar a los de Protección Civil y, mientras Juanfran y Jesús daban la vuelta en sentido antihorario, yo la daba en sentido horario atando cintas a la par que teníamos que movilizarnos para retirar un coche que cortaba el paso a la puerta de la iglesia. A menos cinco me puse en la zona de salida. Nacho y su micrófono rayaban a gran nivel (al día siguiente volvimos a Fuentelespino y la gente le paraba por la calle. Nacho Superstar. ¿Tú te dedicas a esto? ¿En qué cadena trabajas?). A menos tres comenzó a sonar “Eye of the tiger”. Sabía que no ibas a fallar, Marta. Qué grande eres. De repente vi que a mi lado estaba Kyezitri. Nos abrazamos –Lo hemos hecho, tío. Lo hemos hecho. A falta de treinta segundos empezó a sonar “Highway to hell”. Yo miraba alrededor y veía toda la gente que estábamos para correr y... bueno. Alguna lágrima se me escapó. Comenzó Nacho la cuenta atrás. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno. Cero.

Salimos. Hubo una caída. Un punto de sutura en la frente. Si te pones delante y corres menos que los de detrás te arrollan. Como toda carrera que se precie nosotros contamos con Juan, que salió a tope apretando a Bernardo y a Luismi que iban con las motos abriendo y a los trescientos metros llevaba cien al segundo. A los quinientos ya le habíamos pasado todos. Como siempre cogí mi sitio y mi ritmo y a correr. Pero esta vez fue distinto. No estaba en las mejores condiciones después de todo el trajín de ese día y del anterior, pero eso era lo de menos. Llevo muchos años corriendo pero, hasta ahora, nunca había corrido mi carrera o, por decirlo como corresponde, nunca había corrido nuestra carrera. La primera vuelta la di pendiente de que todas las cintas estuviesen atadas, de que la Puerta del Cerezo, uno de los puntos de más riesgo, estuviese preparada (qué bueno eres, Juanfran), pendiente de los coches que pudiesen molestar, de la gente que estaba animando, que me parecieron pocos aunque luego pensé -¡cómo van a estar animando si están todos corriendo! Todo esto se me pasó al primer paso por meta. Vi que estaba la mesa con los avituallamientos, vi que al final Carlos consiguió una campanilla para dar el aviso de última vuelta y, a partir de ahí, a disfrutar, a vivirla, a sentirla. A muerte, eso sí. Codo a codo con uno de Albacete, cuñado de Fernando, que me dejó en la última rampa. Pero, al final de esa rampa, cuando ya se empieza a oler la meta, cuando ya, por fin, enfilas la calle que va a desembocar a la Plaza, compuse la figura como un torero y, a partir de ahí...bueno, sensaciones puras. Algo hermoso. Muy hermoso.

Crucé la meta, saludé a Eugenio que estaba en la misma junto a Carlos tratando de confeccionar la clasificación, vi que las chicas tenían organizada la entrega de bolsas, sacamos el resto de camisetas que teníamos sin serigrafiar para darlas y me dediqué a recibir a los corredores. Impresionante la alegría de Isabel, que daba saltos para celebrar que la había hecho sin pararse. Impresionante la cara de orgullo de Feli, que me restregó mil veces que la había hecho a pesar de que le vaticiné que no lo conseguiría. Luego Pedro, que vino directo a decirme que mantuviéramos el circuito, que el año que viene lo tenía que hacer mejor. Y Benjamín y Lourdes, que corrieron junto a sus cuatro hijas. Y Trini, también feliz por haberla terminado. Y Montse, que me estampó un par de besos de lo emocionada que estaba, cuando jamás habíamos pasado de buenos días o buenas tardes. Y Javier. Cuando Javier me dijo que pensaba correr le dije que le dejaba con condiciones: tenía que olvidarse de que estaba en una carrera, de la adrenalina de la salida, de que estaba en su pueblo y de lo mal que le cae el que va delante de él. Tenía entrenamiento para acabarla, pero para no mucho más. Y me hizo caso. Y terminó. Y dio la segunda vuelta más rápida que la primera. Y la sonrisa que tenía en la meta era la expresión misma de la felicidad, una de esas sonrisas que me hicieron pensar –hemos hecho algo bueno.

Tras la carrera comenzó la entrega de trofeos. Habíamos armado el podio justo debajo de la casa de Carlos. Con la luz del atardecer, con el foco que puso en su ventana, con los carteles y banderas que colocamos en su pared y con la altura que tenía el podio la entrega de premios me pareció espectacular. Tal vez mi criterio no sea objetivo, pero, tras la entrega, el podio se convirtió en un photocall. Todos los que corrieron pasaron por el mismo a hacerse fotos. Cuadrillas enteras que habían corrido la carrera lo celebraban fotografiándose allí. El atractivo del podio nos dio tiempo para empezar a organizar la cena.

La cena. Carlos Vazín estaba desesperado. Se había salido al patio trasero a preparar las paellas y no podía con el aire que se había levantado. El aire. Tratamos de encender las velas y adornar la Plaza y resultó imposible. Con la ayuda añadida de José Aníbal y de Calle, preparamos las mesas y empezamos a sacar todo lo que teníamos preparado (incluido el gazpacho y la tortilla de patata de mi madre. Lo mejor de la cena. Gracias, mamá. Y ya que hablo de la familia, un beso para Celia María y para Arantza, que también estuvieron y que estaban tan emocionadas como yo. Muchas gracias), mientras salían las paellas. La cena fue…bueno. Cuando hay más gente de la que esperas, y cuando algo es gratis y no puedes decir tú sí, tú no puesto que la has preparado con lo que te han aportado, pues siempre hay gente que da más que recibe y gente que recibe más que da. Y esos agravios pues duelen cuando tienes cierta responsabilidad. Pero miraré la cena por el lado bueno y pensaré que fue parte de la fiesta y ver que habíamos tenido la Plaza llena desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche y que habíamos llenado de manera satisfactoria la vida de un pueblo toda una tarde del mes de agosto eran razones sobradas para estar contento y nada podía empañarlo.

Cuando se empezó a vaciar la Plaza nos quedamos los que éramos y recogimos todo en el Pósito. Limpiamos y nos fuimos para el bar de la piscina. Nacho y yo siempre decíamos que, si la carrera salía bien, lo celebraríamos tomándonos un queso en aceite, que es como llamamos al granizado de limón con ron. Dicho y hecho. Lo malo fue que no lo disfrutamos como tocaba. Estábamos fundidos los dos, con la mirada ida. Bueno, los dos y todos. El día había sido muy largo y, sobre todo, muy intenso. Y se nos cayó todo encima de golpe.

Habíamos quedado al día siguiente a las diez para terminar de limpiar y recoger y para devolver todo lo que nos habían prestado. Me desperté temprano, desayuné y me fui a la calle con la intención de recoger todas las cintas que habíamos utilizado para el corte de las calles. Vi que ya no estaban. Alguien se había adelantado (Fernando). Me fui para la Plaza. Me crucé con Valentín. Estaba radiante. Sesenta y dos años y había corrido. Y no sólo eso. Lleva Valentín muchos kilómetros a sus espaldas en muchas carreras por todas partes y su satisfacción era haber vivido lo que había vivido en su pueblo. Luego me crucé con Tomás. No había corrido y estaba arrepentido. –Pensaba que iba a ser otra cosa, pero ahora pienso que me lo he perdido. El año que viene corro. Te lo prometo. -Tomo nota, Tomás. Ya puedes empezar a entrenar. En el móvil me empezaron a entrar mensajes. Eran GV y Gonzalo, dándonos la enhorabuena y las gracias por todo. No sé qué me complació más. Llegué a la Plaza y la peiné recogiendo la basura que se nos escapó la noche anterior. Poco después llego Nacho. Y Benito. Y Carlos. Y Fernando con su camión. Incluso Javi, que iba a comprar el pan y se quedó. Recogimos. Cargamos. Descargamos. Visitamos a los lesionados y, al que no, le llamamos por teléfono. Y nos fuimos al bar de Chema. Benito decía que tenía que almorzar. En fin almorzaremos. Y tal como nos sentamos empezamos –para el año que viene…

Porque, Nacho: habrá año que viene. Tenemos muchas cosas que mejorar: la salida, las inscripciones, los circuitos de los críos, conseguir dorsales de colores, hacer dos categorías de féminas, hacer clasificaciones, adecuar la carrera y prepararnos para trescientos adultos y doscientos niños, los trofeos, los avituallamientos, hablar con el viento para que descanse ese día, la cena…Tenemos que hacer las cosas mejor. Pero tenemos que mantener lo que hemos hecho. Porque lo hemos hecho. No lo podemos hacer. Lo hemos hecho. Lo hemos conseguido. Y lo hemos conseguido todos porque la carrera fue de todos, desde el Ayuntamiento, que nos dio todas las facilidades y todo el apoyo del mundo, incluido el económico, hasta del crío más pequeño que corrió. La carrera fue nuestra y eso es algo bueno. Muy bueno. Y volveremos a hacerlo y será todavía mejor porque esta carrera sólo puede hacerse desde la humildad y el entusiasmo y, con la experiencia adquirida y el entusiasmo redoblado, no podemos fallar. El año que viene será mejor que este año pero este año…este año...Este año fue muy grande. Este año mereció la pena.

13 comentarios:

GARRATY dijo...

Gran crónica, me has emocionado.
Y pensar que estuve a punto de ir, y habría aparecido aquí como único climaturio presente en el evento. Lástima.
Apuntada queda la cita para el año que viene, cuadraré agendas con mi señora para poder acudir.

kyezitri dijo...

Impenitente, impresionante crónica, casi lloro, ¡no te has fumao ni un detalle! Está bien poner nombre a cada colaborador para que quede constancia de quién se implicó: mucha gente.

Y a seguir trabajando y mejorando, como siempre, que hay margen...

Una cosa estaba clara: la financiación no iba a ser impedimento bajo ninguna circunstancia para que se celebrara la carrera por mi parte.

Slim dijo...

Oye,me han entrado ganas de ir a mí también!
Muy bonito. Y muy real. Pero que muy bonito.

SisterBoy dijo...

¡Si tu hubieras presidido el COE ahora estaríamos tomando un relaxing cup of cafe y leche! SECARRAL 2020

El Impenitente dijo...

Un relaxing cheese in oil. ¿Secarral 2020? Ya llegamos tarde, pero para el 2024 todo es ponerse (all is to put it).

Pues muchas gracias. Me alegro que os haya gustado. Y bienvenido será todo el mundo que venga al secarral. Allí somos muy acogedores, ¿verdad que sí, Kyezitri?

Por cierto, Kyezitri. Tenemos un par de ideas para la financiación que queríamos comentar contigo. A ver si te vemos en alguna procesión y las comentamos.

3'14 dijo...

Muy grande. Fántastico. Emocionante. Y envidiable. Sería incapaz de organizar algo así. Enhorabuena y que la carrera del Queso y aceite se siga celebrando por muchos años.

El Impenitente dijo...

Ojalá. Y que no pierda nunca su esencia.

Y muchas gracias.

Adela dijo...

Impresionante Carlos!!! desde el otro lado ( la del público) te aseguro que la sensación fue la de estar viviendo algo muy grande.Enhorabuena

El Impenitente dijo...

Pues muchas gracias. Y empieza a entrenar. Fuiste la única que no corrió. Este año tenías excusa pero el año que viene, como tu pueblo, sin excusas.

modern1974 dijo...

Y terminé la carraera!!!!!
Muchas gracias!!! Soy famoso!!!!

El Impenitente dijo...

Leyenda viva del deporte villaescusero, y no sólo como corredor. También formaste parte del glorioso equipo que se quedó a un peldaño del podio en la final de relevos en la competición de natación.

Gracias a ti. Me alegra muchísimo leerte por aquí. Un abrazo.

Nuria. dijo...

Emocionada y acelerada aquel dia. Gracias.

El Impenitente dijo...

Vaya, qué sorpresa. Gracias a ti, mujer, por pasarte y escribir aquí y por otras muchas cosas.