lunes, 16 de junio de 2008

Ni los suecos son tan altos, ni las suecas son tan guapas

Pocas veces he vivido la emoción de un gran campeonato de fútbol. Cuando el Mundial 82, España jugó (bueno, estuvo en el campo) la primera fase en Mestalla, pero entonces el fútbol no arrastraba tanta gente a los grandes campeonatos como ahora. Mestalla se llenaba. Los otros campos estaban prácticamente vacíos con cuatro gatos gritando España, España, al menos durante la primera fase y donde no jugaban ni Inglaterra ni Escocia ni Brasil, que eran los únicos que movían gente. Y tampoco en Valencia había un ambiente desmedido. Sólo el día de los partidos.

Luego sí he estado en ciudades donde se disputaban finales de Copa y ese día sí que era bonito, con las aficiones paseando por la calle y jaleando. Y también he vivido los dos años que el Valencia llegó a la final de Champions. El ambiente del día de la final era tremendo. Luego se hizo el silencio, pero fueron días imborrables. Auque se trataban de partidos concretos, con nombre y apellidos.

La primera fase de un Europeo o de un Mundial es un estado de ánimo. Es la felicidad suprema. Fútbol a todas horas, con muchos frentes abiertos. Cuando empiezan los cruces y aquello ya se pone serio, también es bonito (bueno, es precioso) pero el fútbol se dosifica, hay días sin partido y ya no es una fiesta. Hay demasiada tensión (o eso dicen los que pasan de cuartos).

Hemos pasado cuatro días en Ginebra, en casa de un primo de Ana. Ginebra es sede del Europeo. Allí estaban jugando Turquía, Suiza, República Checa y Portugal. La ciudad entera está engalanada. Escaparates, fachadas. El símbolo de la ciudad, un surtidor de agua en el lago Leman, está coronado con un globo gigante en forma de balón. Los taxis van con banderas suizas y banderas de otro país que participe en el Europeo. Ginebra tiene una población de unos cuatrocientos mil habitantes y, aproximadamente, la mitad son extranjeros (bueno, no son suizos. Para mí eran extranjeros la mayoría). En muchísimos balcones había banderas. Cada uno tiene la bandera de su país puesta. Y gente caminando con la camiseta de su selección por todas partes. Eran mayoría los portugueses, aunque checos había un montón. Y franceses y españoles e italianos y holandeses. Este domingo pasado, turcos y checos ocuparon la ciudad. Un espectáculo precioso.

La afición al fútbol en Ginebra es enorme. Otros años, me contaba el primo de Ana, Jose A., la gente se concentraba en distintas zonas de la ciudad donde colocaban pantallas. Este año, por motivos de seguridad, han organizado, dentro de una explanada conocida como Plainpalais, en el centro de la ciudad, una única zona de concentración con una pantalla descomunal y un montón de chiringuitos, que pagan una pasta al ayuntamiento por estar allí. El coste de organizar todo eso era de medio millón de francos suizos, cincuenta millones de pesetas, trescientos mil euros. Y la gente estaba escandalizada por el despilfarro. Por eso son ricos los suizos. En España trescientos mil euros es calderilla. Y en Valencia y sus grandes eventos, una limosneja.

A mí los partidos importantes me gusta verlos o escucharlos concentrado y, a ser posible, sólo. Partidos importantes son todos los que juega el Atleti y todos los que juega la Selección en fases finales. Puedo verlos con mi padre. Puedo verlos con mi hermano, pero con poca más gente. No me gusta. Prefiero no ver un partido y escucharlo por la radio que irme a un bar a verlo. Son manías. O supersticiones.

Pasamos el sábado en Gruyeres y volvimos escopetados pues a las seis teníamos una cita ineludible. Nos perdimos los himnos. Comenzó el partido. Marcó Torres (alguno debiera escribir cuando se le pase el disgusto una entrada de desagravio para Fernando Torres. Y eso va por ti, Álex). Después de festejar el gol dijo Jose A. –menudo ambiente debe haber en Plainpalais. Le contesté –en el descanso nos vamos para allá.

Nunca había vivido un partido de la Selección en el extranjero. Difícil era pues nunca estoy en el extranjero. Fuera la bandera de España es más bonita, el castellano un lugar entrañable y la Selección otra cosa. Lamenté no tener una camiseta que ponerme, una bufanda, una gorra, un caftán rojigualdo. Lo que jamás hubiese hecho aquí deseaba hacerlo allí. Curioso. En el descanso, nos fuimos para Plainpalais.

Aquello estaba bastante nutrido, aunque se podía ver muy bien el fútbol. Nos cachearon a la entrada como sólo la policía suiza o israelí debe de ser capaz de hacerlo y nos emplazamos. Estaba muy equilibrado. Muchísimo sueco. Muchísimo español. Un ambiente sano. Familias enteras, montonazos de erasmus y españoles de segunda y tercera generación de emigrantes en Suiza. Nos pusimos al principio junto a un grupo con sus camisetas, banderas y caras pintadas en rojo y amarillo que hablaban entre ellos en francés sin el menor acento español. Es más, cuando España robaba el balón gritaban allez, allez. Nos acercamos más y ya nos quedamos con un grupo de estudiantes.

El partido ya se sabe. Teníamos el balón pero siempre había diez suecos dentro del área. Mucho grito, mucho taco, pero poco más. Ya estábamos haciendo cuentas con el empate y con que tenía que ganar Rusia cuando Capdevila pegó el patadón, Villa recogió el melón y para adentro.

Jose A. y yo nos llevamos bien, pero no somos realmente amigos. Nuestro trato es cordial, nos preguntamos por nuestras cosas y luego cada uno tiene sus amistades y su propia vida. Tal y como vimos que el balón entraba nos dimos la madre de todos los abrazos y estuvimos saltando y gritando tanto rato que hemos establecido unos lazos de hermandad imborrables. Vamos, ya le he dicho que me guarde sitio en Plainpalais que la final me voy a verla con él.

Después, pues lo normal. Nos tomamos nuestra cerveza de medio litro cada uno y nos volvimos muy sonrientes paseando por la vieja Genève y visitando la casa donde pasó sus últimos años y murió Borges. Pero del resto de mis avatares ginebrinos ya trataré otro día.

7 comentarios:

Sett dijo...

Estuve en Ginebra en el mes de Abril del 92,en una excursion por Suiza.

Recuerdo su limpieza,sus jardines,y como no,su geiser.

Bella es Suiza, y hermoso es el futbol,pero un abrazo con otro en el extrangero por un gol de España...tiene que ser la leche.

J.P. dijo...

Vaya, qué emoción. La verdad es que vivir un partido de tu selección en otro país tiene que ser divertido.
Yo también me apunto a ver la final allí.

Un apunte:
Suiza=Suizas/os
Suecia=Suecas/os. ¿no?

Slim dijo...

siempre digo que espero que españa organice una eurocopa o un mundial y poder ir a ver un partido de la seleccion al campo (en el 82 era demasiado pequeña). jope, seguro que me da algo. si soy de las que en casa me pongo siempre una camiseta roja y me pongo a dar botes y no paro cuando meten gol.entiendo que te emocionaras.

a mi lo unico que me gusta de suiza es la raclette.

El Impenitente dijo...

J.P., los de amarillo y azul que jugaron contra España eran suecos de la Suecia. Todos los que vi pintados, con camisetas amarillas y envueltos en banderas azules con una cruz amarilla supuse que serían suecos de la Suecia.

Además, los suizos de Suiza son más elegantes. El rojo y el blanco tienen otra prestancia.

No probé la raclette aunque sí la fondue. Tengo previsto extenderme, pero ese lago Leman es una maravilla. Y la estampa de los Alpes al fondo no tiene precio.

Álex E. dijo...

Y dale con Torres... A Villa le pesa menos la roja.

Lo malo es que nos echará Italia el domingo y no habrá oportunidad de resarcir al Niño (dicho sea con ánimo de que meta tres y conozcamos cómo es eso de las semifinales).

SisterBoy dijo...

Tengo amigos que se han paseado por mundiales y/o europeos y les entra el mismo cosquilleo cuando se unen a la masa rojigualda. Yo también veo los partidos solo o por lo menos jamas voy a bares.

elbé dijo...

Yo lo ví en un bar. Fue emocionante, pero te envidio.