Veintiocho años tiene y de él se puede decir aquello de que ojalá cumpla alguna vez la edad que aparenta.
En la capital del Secarral hay un grupo de amigos con los cuales tengo muy buena relación. Les saco unos quince años, pero correr y la bicicleta quitan bastantes complejos respecto a las diferencias generacionales. Me llaman el señor mayor y me han admitido en su grupo, donde el deporte predomina en las conversaciones. Fútbol y ciclismo son los favoritos, sin haber conseguido, por mi parte, gran éxito hablándoles de snooker o del mundial femenino de baloncesto.
El domingo por la tarde, con el mundial de ciclismo, el grupo echaba humo. Y el lunes por la mañana aún estábamos bajo el influjo (qué carrerón. Qué carrerón). Alguien puso la foto de McNulty. Fue Gonzalo el que dijo -pues a mí me recuerda a aquel de los bigotes de “Trainspotting”.
Todos los jueves por la noche nos sentábamos delante del televisor. La felicidad empezaba con esta introducción.
“Un hombre en casa”. Dos chicas (Jo y Chrissy) que comparten piso con Robin Tripp, cocinero y forofo del Southampton (este último sábado de la Virgen, estando en la Casona, vimos pasar a uno de los que estaban allí alojados con una camiseta rojiblanca con el nombre en la espalda de Matthew Le Tissier. Yo sabía que aquella camiseta era la del Southampton y no por Le Tissier, sino por Robin Tripp). Los caseros del piso donde vivían, un matrimonio de mediana edad avanzada, George y Mildred Roper.
Era una serie británica. Divertidísima. Finales de los setenta, cuando sólo teníamos dos canales. La serie tuvo un éxito enorme. Todos los personajes eran tremendos. Pero George Roper (el de la foto) creo que se llevaba la palma. Mezquino, tacaño, ridículo, grotesco. No sé si hubo en España algún colegio o instituto que no tuviera un profesor apodado El Roper. Recuerdo muchas cosas de la serie. Pero lo que más recuerdo era la sensación de que era jueves y que esa noche, los seis, estaríamos sentados viéndola juntos.
No. No conocían al hombre de la foto. No sabían quién era George Roper. Y no, no me sentí mayor por ello. Me sentí un privilegiado.
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