La fantasía.
O el surrealismo. O el onirismo. O la psicodelia. O la influencia de ciertos ácidos lisérgicos durante el diseño. O de cómo, al pasar por delante con la bicicleta, tener que parar porque mi mente se expandía sin freno.
¿Cómo se adelanta un rebaño de ovejas que va ocupando todo el ancho del camino y que, además, circula en tu mismo sentido?
Eso mismo me preguntaba cuando me lo encontré. Por los laterales, imposible. Mi habilidad ciclista no da para tanto. Frené y, muy despacio, me fui acercando. El pastor giró su cuello y, de soslayo, me vio. Después miró a uno de los perros pastores e hizo un levísimo movimiento de cabeza. El perro comenzó a correr y, entre carreras, ladridos y empujones, abrió un pasillo, por donde me colé. Al llegar a la altura del pastor, levanté la mano, en señal de agradecimiento. Este contestó apenas moviendo las pestañas. Al pasar junto al perro, ni hablé ni gesticulé, dado su carácter. No me miró. Espero que percibiera mi mirada de admiración.
Según Ana, uno pasa a ser viejo cuando le es revelada la Gran Verdad. Y esta Gran Verdad no llega ni por el conocimiento ajeno, ni a través de los libros ni por la experiencia, sino que aparece de repente, por ciencia infusa, por algún oscuro designio. Es decir, la vejez no depende ni de la edad, ni de lo castigado que esté tu cuerpo ni de lo que hayas vivido. Te conviertes en viejo cuando, al ir al puesto del mercado donde venden fruta (frutería), coges una sandía, la golpeas y sabes, en ese mismo instante, por el sonido, si esa sandía es mejor o peor (la Gran Verdad). Y, además, razonas y discutes con el resto de viejos (homologados) que están ahí, dando azotes a todas las sandías del puesto. Ese día te dan el carnet. No antes.

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