Como si me leyera el pensamiento, cambió de tema. Parcialmente. Nos habló de un bar donde el café se lo servían a su gusto y del cual era cliente habitual. Un día les pidió si podía cargar allí el portátil. Le negaron el favor. -Hay que ahorrar. Otros diez minutos (no exagero) de monólogo indignado. -Pero ¿tú te crees? ¡Que iba allí siempre! ¡Que me conocían! ¡Y no me dejaron conectar el cargador! ¡No me dejaron! ¡Que iba siempre! ¡Que me conocían! ¡Y no me dejaron! - Sí, Mao. Sí. Unos capullos. Bien que hiciste cambiando de bar. Muy bien que hiciste. No te merecían. (Y no se calla. Qué cruz. Menos mal que nosotros todavía no).
Fue Sanfélix quien, para rematar una conversación, dijo -el morado es el más caro. -No es verdad- respondió Maroto. -Es el azul. Aquí entré yo. -Es el morado. -No, es el azul. -Dijiste el morado. -Yo no pude haber dicho eso. -Lo dijiste. -Imposible. Consultó con su móvil - ¿Lo veis? Es el azul. Y leyó algo sobre el cloruro de cobre y otros aditivos para conseguir que luzca en todo su esplendor cuando explota. Sanfélix y yo estábamos indignados. -Vamos a ver, Maroto. Llevamos más de cuarenta años yendo a los castillos de fuegos artificiales sólo para estar pendientes del morado y poder decir -qué caro es. Es el más caro. Y esto es porque tú lo dijiste. No nos lo hemos inventado. Además, hemos corrido la voz. Hemos creado una secta. No puedes salir ahora con el azul. Es el morado. Es como en Liberty Vallance: “Esto es el Oeste, señor. Cuando la leyenda se convierte en realidad, imprime la leyenda”. Y la leyenda dice que el morado es el más caro. El morado. Y nos da igual el azul, la inteligencia artificial, el cloruro de cobre, los aditivos y la tabla periódica entera. Nos da igual lo que puedas decir ahora. El morado es el más caro. Lo era hace más de cuarenta años, lo sigue siendo y lo será siempre. ¿Lo tienes claro?
Diez minutos estuvimos (no exagero) repitiendo nuestro argumentario. Una y otra vez. No lo tiene claro.
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