miércoles, 3 de junio de 2026

Ay, don Pío

Los escritores de la Generación del 98 son VABUM. Así nos lo explicó un profesor en el colegio y la regla mnemotécnica sigue funcionando: Valle-Inclán, Azorín, Baroja, Unamuno y Machado.

De Azorín no he leído nada y no es algo que me atraiga. De Machado, las canciones de Serrat y Alberto Cortez, el verso de “A un olmo seco” que nos hicieron aprender de memoria en el colegio y aún recuerdo (a un olmo seco hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo…) y no mucho más. Aquí sí que me siento en deuda, y más después de la omnipresencia machadiana en Baeza. De Valle-Inclán, Unamuno y Baroja sí que he leído. Y sigo leyendo.

Pío Baroja nació en San Sebastián. Por la profesión de su padre (ingeniero de minas) vivió en innumerables sitios. Estudió Medicina (por cierto, la carrera la terminó en Valencia), aunque ejerció poco. Pronto se dedicó a escribir. Y terminó siendo madrileño de adopción (y un urbanita furibundo. Se cuenta (la fuente de esta anécdota es Sanfélix) que iba un día paseando por Madrid junto a otro ilustre urbanita, canario éste, que era Benito Pérez Galdós. Andaban ensimismados en su conversación cuando, de repente, Pérez Galdós gritó -¡Cuidado, don Pío! ¡El campo! Y, horrorizados, se giraron y volvieron sobre sus pasos). En la Cuesta de Moyano tiene una estatua. Y como esta cuesta es un lugar por el que me gusta pasar cada vez que voy a Madrid, nunca olvido saludarle. -Buenos días, don Pío. ¿Todo bien?

No creo que le vaya todo bien, dada su tendencia al nihilismo y al pesimismo que rezuman sus páginas. He leído unas cuantas: “El árbol de la ciencia”, “Zalacaín el aventurero”, “Las inquietudes de Shanti Andía”, “La ciudad de la niebla” y acabo de terminar “La busca”.

Me estoy leyendo un tocho de más de mil seiscientas páginas de un ruso sobre los cosacos del Don durante la segunda década del siglo XX. Realmente son cuatro libros en dos tomos. Al terminar el primero decidí tomar aire y lo busqué en Pío Baroja. “La busca” podríamos definirla como una novela picaresca en el Madrid de final del siglo XIX. El Madrid más humilde, el de los arrabales, con sus granujas, sus desharrapados, sus corralas, sus traperos, sus buscavidas, sus miserias, sus dramas. Me ha gustado. Además, considerando que en aquella época el límite de Madrid estaba por Atocha, Embajadores y las Rondas de Toledo y Segovia, y que es parte del escenario de la novela, y dado que mi abuela paterna vivió una temporada en la Ronda de Segovia y que todo aquello me resulta muy familiar, aparte de lo que he disfrutado leyéndola, se me han despertado unas ganas enormes de volver a callejear por allí, de recuperar todo aquello que ya sólo existe en mi memoria.

Un viernes muy reciente me deseó un compañero de trabajo, de unos cuarenta y cinco años, un buen fin de semana y me preguntó que qué planes tenía. Dado que, una vez más, estoy cojo (ésa es otra) y que, además, apenas podía andar, le respondí - ¿Planes? Estar con la pierna levantada siguiendo las etapas del Giro y leyendo, que estoy ahora con Pío Baroja y a lo mejor hasta me lo termino.

- ¿Pío Baroja? ¿Ése no era el nombre de un instituto en una serie que hicieron en televisión?

-No te sé decir. Lo que sí te aseguro es que era escritor.

Ay, don Pío. En lo que ha quedado. ¿Pesimista? ¿Nihilista? No me extraña.

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