Dentro de la trama central tenemos como protagonista a Ana Ozores, casada con Víctor Quintanar, ex regente o juez de Vetusta, bastante mayor que La Regenta, con quien mantiene una relación más paterno filial o de amistad que matrimonial. Ana, que tuvo una infancia difícil, sin madre, con un padre ausente, y que fue educada de manera despótica, es una mujer joven y muy atractiva, con un carácter que tiende al romanticismo y a la melancolía. Ana se encuentra entre dos personajes: Fermín de Pas, sacerdote con un alto cargo dentro de la iglesia de Vetusta (Magistral y Provisor) y Álvaro Mesía, presidente del Casino, un galán otoñal, símbolo de la carnalidad y de lo profano, según el autor. Podríamos decir que se encuentra entre el ángel y el demonio, pero no sería verdad, puesto que los dos quieren lo mismo, cada uno utilizando sus armas. Fermín de Pas también oscila entre su madre, una mujer tan codiciosa como ambiciosa, para quien su hijo fue siempre una herramienta en sus objetivos, su propia ambición y la pasión que despierta en él La Regenta. Álvaro Mesía no oscila, sino que se mueve en línea recta. A él se le puede aplicar aquello de Les Luthiers: “porque yo el poder lo quiero para satisfacer todos mis deseos, los más íntimos y los más perversos; mientras que a María la quiero para…caramba, qué coincidencia”. Así, Álvaro Mesía caramba, qué coincidencia, tiene pocas dudas, con su caballo blanco y con su ropa confeccionada en París.
La trama central del libro es un coñazo. Es innegable que los tres personajes centrales están fabulosamente construidos. Pero Ana Ozores es como el agua: inodora, incolora, insípida. Tiene la personalidad justa para dar los buenos días. Sus crisis nerviosas y místicas son insoportables (estoy convencido de que Glenn Ford le habría aplicado su método) y no mejora cuando se vuelve mundana. Su inteligencia se escribe con hache. Y su magnetismo, su carisma y su atractivo no llegan al lector. O no me ha llegado a mí. Fermín de Pas es un cansino. Soberbio, retórico, atractivo, brillante, pero un cansino. Y el galán será un estratega, pero el ritual del apareamiento de Álvaro Mesía es de una lentitud tal que, entre paso y paso, te da tiempo a ver crecer la hierba diez centímetros de diez millonésima en diez millonésima parte. Llegado el momento ataca como una cobra, aunque para entonces el lector ya ha entrado en coma cerebral.
Pero tengo mis dudas de que la trama central del libro sea la trama central del libro. Alrededor del Magistral, de la Regenta y del don Juan acartonado (y cobardón) hay una ciudad del norte de España, Vetusta (Oviedo, según el cien por cien de los encuestados). Y más de cien personajes de la nobleza, burguesía, clero y clases menesterosas. Y este libro es un retrato de la ciudad, de su sociedad, de sus costumbres, de sus códigos. Bueno, no es un retrato. Es una caricatura. Porque Clarín aprovecha una historia para caricaturizarlo todo: la ciudad, las normas morales, la religiosidad, el clericalismo, el anticlericalismo, la política, las luchas de poder, el convencionalismo, la hipocresía, las apariencias, la ignorancia, el machismo, la beatería. Todos los personajes los vemos reflejados en espejos cóncavos, distorsionados, ridículos. En cierta medida me recordó a “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift, sin tener nada que ver en la trama. Swift aprovechó una historia para ajustar cuentas, criticar y despedazar. Pero mientras que “Los viajes de Gulliver” está escrita con rabia, en “La Regenta” el arma es la ironía. Una ironía brillante, inteligente, elegante, incluso, a veces, hilarante. Con una prosa que te desborda, arrolladora, fabulosa.
¿Puede gustarte una novela con un núcleo central aburrido y con una colección de personajes con los cuales no simpatizas (con ninguno)? Pues no sé si se puede o no. A mí me ha encantado. Hay tramos más densos. De vez en cuando hay que volver atrás para ver quién era quién. Pero la prosa de Clarín, a mí al menos, me arrastró. Y me guio. He sido espectador, observador. La suerte de los personajes me era indiferente. El drama del final (un dramón. Clarín, a diferencia de Tolstoi y Flaubert, deja viva a su heroína. Muerta en vida, al menos socialmente, pero viva. No sé quién fue más cruel. Por cierto, "La Regenta", "Madame Bovary" y "Ana Karenina". En ese orden) lo he vivido sentado en la platea. No me ha salpicado. No me he llenado de barro (y en Vetusta había). Pero no se me va de la cabeza el libro. La historia. La ciudad. El drama. Sus miserias. Me siento huérfano. Tengo cuatro libros en la mesita y no me apetece empezar ninguno. ¿La gran novela española del siglo XIX? ¿Una de las mejores obras de la literatura española? ¿La obra cumbre del Naturalismo, del Realismo español? Ni idea. ¿Un libro que deja huella? Sí. Sin duda. Y profunda. Muy profunda.
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