viernes, 4 de septiembre de 2026

Octaedro: secuelas

Me acabo de terminar “Octaedro”, una colección de ocho relatos de Julio Cortázar. No son los mejores suyos, desde luego. Pero no es por cómo están contados. No es por cómo están escritos. Y mantienen sus textos el poder de empujarte a escribir. De intentarlo. Relatos desde la nada. De lo nimio. La tara, seguro que heredada de nuestra madre, de estar pendientes siempre de lo que pasa alrededor, de inventar historias con todas las mesas cercanas, de ser la peor compañía hasta que cazas en el aire, por ejemplo, la palabra –paleocristianismo- (quince de agosto. Mediodía. Terraza del Saga) y le da sentido a tanta distracción, y tratas de hacerla tuya, de incorporarla a tu conversación, de distorsionarla hasta adaptarla, de recrearte. ¿Quién no dice –paleocristianismo- diez veces, mínimo, al día? La foto que no hice de la caja llena de rolletes, mantecados y galletas de almendra, el sabor de la aldea en la terreta, y de la caja vacía, como metáfora de la nostalgia, de la distancia, del tiempo que se acelera, del final del verano, diga lo que diga el calendario. La imagen de dos sexagenarios en el gimnasio, uno haciendo remo, yo sobre la elíptica. El señor del remo se levanta y me dice –voy al baño. ¿Le importaría vigilarme la toalla? –No se preocupe. En la televisión, Marino Lejarreta e imágenes de la Vuelta del año 83, aquella colosal que terminó ganando Bernard Hinault. La cantidad de cosas buenas que me ocurrieron en mil novecientos ochenta y tres. Pensaba en esto y pensaba en el señor que había ido al baño, lo que creería que iba a ocurrir durante su ausencia, el sinfín de acontecimientos que podrían hacer que su toalla, seguramente ya vieja en el año 83, tal vez Marino se secó en ella, desapareciera. Volvió. –Gracias. La toalla estaba. Nadie había entrado en la sala. Nada había ocurrido. Y, sin embargo, tal vez para él, seguro que para mí, sí que habían pasado cosas. Porque, además, sonaba la radio de fondo. La televisión estaba sin sonido. Tino Casal empezó a cantar su versión del “Eloise” de los hermanos Ryan. –Es un huracán profesional. De profesión, huracán. ¿Es un trabajo bien pagado? ¿En qué grupo de cotización está? ¿Hay huracanes aficionados? Cortázar, ¿habría escrito sobre Tino Casal y sus letras? No. Tangos, jazz, música francesa que suenan de fondo. El señor de la toalla va y vuelve siempre con su mate, en un gimnasio en París, a principios de los años sesenta, lleno de carteles de boxeo y de pistards. Entonces sí, Cortázar. Ahí sí.

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