Según mis cuentas, la pasada Behobia San Sebastián fue mi media maratón/carrera de veinte kilómetros número noventa y nueve (cincuenta y una en la primera década de este siglo. Qué años). Noventa y nueve veces que me puse un dorsal y crucé la meta completando estas distancias. Como desde 2023 recuperé lo costumbre de preparar una media en primavera, puse el objetivo en la media maratón de Alcácer. ¿La razón? Bueno, me parecía bonito cumplir cien donde fue la primera. Y me hacía ilusión.
Desde la Behobia no ha habido mucha diferencia con respecto al año anterior. Hacer kilómetros y muy pocas carreras. Las dos San Silvestre del Secarral, un cinco mil en enero por Valencia y nada más. Empecé con el plan para Alcácer y quise meter carreras pero, entre unas cosas y otras, o bien porque al inscribirme ya no quedaban dorsales, o bien por festejos varios, pues como una piedra en el camino (rodar y rodar) más algún que otro cambio y unos cuantos días de series. Disciplinado en las distancias, no tanto en la calidad de los ritmos.
Dos semanas antes de la media había una carrera de quince kilómetros en Valencia que ya corrí el año pasado y que resultó entonces un desastre. Me animé. Tenía la salida cerca de casa y podía ser un buen test. Y lo fue. Calamitoso. Un minuto más que el año anterior. Fue de esos días en los que todo sale mal. Dos carreras en una: siete y medio y quince kilómetros. Doce mil inscritos. Carrera de runners (social runners apuntados en algún run club. Ellos lo dicen así). Pocos habrían superado un psicotécnico. Un montón de chicas arregladas que se ve que tenían boda después y no les daba tiempo. La música sonaba (ni idea qué canciones eran) y todos bailaban. Nadie sin su móvil para hacerse fotos en la salida y durante la carrera. Un calor de muerte (y los tres o cuatro kilos que me sobran). Un locutor empeñado en sentir nuestra energía, que pedía que levantáramos las manos y todos las levantaban. y que, segundos antes de salir, para crear tensión (supongo), imitaba los latidos del corazón: cocún, cocún. Corrí fatal. Me sentí mal todo el rato. Y, cuando parecía que nada podía ser peor, resulta que los de la carrera de siete y medio habían salido media hora después y que el trece de nuestra carrera coincidía con el cinco y medio suyo, es decir, que en el trece te encontrabas con un muro de gente corriendo a ritmo de dos minutos por kilómetro más que tú. Zigzag, por la acera, metiendo codos y todo ello sin dejar de jurar en arameo, mi lengua materna en aquellos dos kilómetros. Tal y como crucé la meta, hecho un ecce homo, pensé –si fueras un poco listo ni te acercabas por Alcácer (esto ya en castellano).
Y dudé. Fue una pugna entre mi lado cerebral y mi lado emocional. Ir a sufrir para hacer un tiempo mediocre o ir a ser centenario. Aunque, la verdad, tampoco fue tanta pugna. Mi lado emocional no tiene mucho rival normalmente así que, el último día posible, me apunté. –Tú sabrás lo que haces. -Ya te lo contaré.
Carrera a las siete de la tarde. Todo el sábado estuvo lloviendo. No me importaba. Salió el sol a media tarde, aunque la temperatura no era mala para correr. Como fui solo, recuperé mi rutina. Llegué con tiempo, recogí mi dorsal, la bolsa para el corredor con una camiseta que recuerda enormemente a la del Arsenal (hijos de…), me alejé, hice mi calentamiento y ya me acerqué para la salida quince minutos antes.
Cerca de mil inscritos. Pocos runners o muy discretos. Un locutor a quien le importaba una mierda nuestra energía ni los latidos de nuestro corazón (como debe de ser), que no quiso ver nuestras manos aunque sí que pidió un aplauso para la organización (aplaudí) y que ponía “All apologies”, de Nirvana, “Sweet Caroline” y la música de “Carros de fuego” (cuadragésimo cuarta edición de la media de Alcácer. La segunda más antigua de la provincia. ¿Cómo no iban a poner “Carros de fuego”? Me emocioné). Nadie bailó. Un tío cabal para una carrera cabal.
A la siete, tres dos uno, cohetes y a correr. Sol, aunque enseguida se nubló y quedó muy buena tarde. De los veintiún kilómetros, ocho eran por Alcácer, con un ambiente fabuloso, con gente por todas partes animando, aplaudiendo. Los otros trece, pues por polígonos, campos abandonados, barrancos, junto a la vía del tren o el by pass. Belleza decadente. El circuito era rápido, aunque del dieciocho al veinte picaba para arriba con una pendiente que en la provincia de Cuenca no da ni para cuesta pero que aquí nos parecieron los Dolomitas.
Sólo tenía como objetivo no sufrir. Y salí con cabeza. Cogí un buen ritmo y me pegué a un grupo hasta el diez. A partir de ahí, mi piernas tenían ganas de más y las obedecí. Pasé el quince cuarenta y cinco segundos mejor que en la carrera de Valencia de dos semanas antes. Y mantuve el ritmo hasta el final. Entré en Alcácer sintiéndome fuerte, eufórico, y más con aquel ambiente. El crono fue el que fue (1:38:22). El tiempo ya no, pero las sensaciones sí. Y disfrutando. Me quedé a un minuto del podio de mi categoría. No tenía un minuto menos, desde luego. Pero estuve cerca. Y pensando en mi estado de ánimo dos semanas antes, me alegré. Y mucho. (Mi lado emocional acertó esta vez. No siempre pasa. Puede presumir).
Y me alegré también porque fue un buen día para convertirme en centenario en medias. Fue una buena celebración. Y como en meta nos dieron una medalla, sentí que su valor era doble. O, mejor dicho, valía por cien.
Y, desde luego, esta medalla me la guardo.

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