La ceremonia de la toma de posesión del nuevo Presidente se llevó a cabo en la Avenida de Sam Malone, junto a la Gran Vía Maribel Bravo y el Bulevar Rosita de España ¿qué te está pasando? Dicha ceremonia puede ser calificada como sobria, aunque repleta de símbolos y matices. Trescientas bandas de música acompañaron el acto, siendo especialmente trascendente el momento en que sonó el himno oficial de la República Serenísima de la Gran Medusa (I never can say goodbye) mientras se izaba su bandera (un trapo gris sobre fondo naranja y rojiblanco) en cuyo centro brillaba con dignidad y soberbia el escudo oficial (el Loro Primigenio).
Tras el himno y el izado de bandera, y después de haber pasado revista a las cheer leaders de los Lakers, vino el acto de proclamación propiamente dicho. Bajo la supervisión del cuerpo diplomático, a saber, Luis Santángel como embajador en el Reino dels Forelluts (Luis Santángel siempre cerca de la realeza) y Maroto como embajador en el resto del mundo pavoneándose del dudoso prurito de ser el diplomático que más conflictos internacionales genera por minuto, Tomoya I juró, prometió, hizo votos, promesas, genuflexiones, reverencias, pero cuando se vio con la banda puesta y el cetro en la mano se giró con los ojos inyectados y proclamó a los cuatro vientos que de allí ya no le movía ni Dios y comenzó a recalificar terrenos.
Tras la toma de posesión vino el discurso de investidura, donde Tomoya I volvió a realizar su ya clásico canto a la molicie, no como madre de todos los vicios, sino como madre de todo. El momento más inesperado y sorprendente se produjo cuando el nuevo Presidente anunció el nombramiento de Zepporro Máximo, en honor a su antiguo cargo y en agradecimiento a los servicios prestados, como Alto Comisionado para la luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad. El Zepporro, atribulado y aturdido, se emocionó.
Como colofón y antes de proceder a la recepción oficial y al aperitivo de honor a base de bravas y caracoles, los platos nacionales, el Gorras, como manda la tradición, procedió a realizar un strip-tease de su lado izquierdo bajo los acordes de "Eres alta y delgada (como tu madre)". Después se lanzaron vivas y parabienes y todos felices y contentos concluyeron con solemnidad que aquí paz y, después, gloria. Gaynor.
Este juego creció con la incorporación de Zente, que firmaba como Señor del Sie7e. Llegamos a crear un cuaderno donde se desarrollaron las distintas luchas intestinas (esto de luchas intestinas es un poco cero sesenta, pero me suena bien, así que, lo dejo) por el poder, con sangre (poca), derrocamientos, exilios, mazmorras y conspiraciones. Los tres personajes principales, el Señor del Sie7e, Tomoya I y Zepporro Máximo, realmente eran alter ego nuestros un tanto distorsionados (aunque no demasiado). Tomoya y Zepporro eran más parecidos, recordando un tanto al Nerón caricaturizado que tocaba la lira mientras el incendio de Roma, al Calígula de “Yo Claudio” o al Chaplin de “El Gran Dictador” jugando con el globo terráqueo. El Señor del Sie7e era siniestro, de estética lovecraftiana, con su liturgia oscura, recargada.
El juego no duró demasiado. El ansia de poder, el no tener un orden, un poco de ego (el mío), las circunstancias de cada uno y que dejó de ser divertido hizo que lo fuéramos dejando hasta que lo dejamos. Zente recopiló todo, lo imprimió, hizo tres copias y nos las repartió. Y allí se quedaron Tomoya I, el Señor del Sie7e y Zepporro Máximo.
En mi cofre del tesoro, junto a los cuadernos de poesía, fotos, dorsales y distintos recuerdos está aquella recopilación. De vez en cuando la saco y la ojeo. Y me sigo riendo con muchos fragmentos. Podría parecer que era un disparate, pero tenía momentos muy brillantes. Y cuando lo vuelvo a guardar en el cofre, me quedo con la sensación de que aquello quedó incompleto, que lo cerramos en falso, que había mimbres para un cesto mejor que el que quedó.
Nos faltó un guion. Una estructura. Pienso que esta historia se podría contar de manera circular, donde el último capítulo sería igual al primero. Y entre medias, los tres personajes tendrían que pasar las mismas vicisitudes. Cada capítulo lo escribiría uno. Y en ellos viviríamos la llegada al poder, la forma de gobierno, la caída en desgracia, el derrocamiento, el presidio, el exilio, la conspiración, las alianzas, las traiciones de cada uno de ellos.
Creo que prepararé ese guion. Y cuando lo tenga, trataré de volver a juntar al equipo. Como John Belushi y Dan Aykroyd en “The Blues brothers” (“Granujas a todo ritmo”), trataré de reunir a la banda. Ellos decían que estaban en una misión de Dios. Yo lo haré porque estaré en una misión de la Gran Medusa. Y a Ella nos debemos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario