Después de leer y releer y de haber cambiado el último párrafo varias veces publiqué la entrada el lunes nueve. La tarde del día siguiente me escribe Sanfélix contándome que la había leído, había bajado a un recado, había subido, se había puesto a leer las noticias y se había encontrado con la muerte de Bryce Echenique. -¿Acaso escribes con guadaña?
Le expliqué que no. Que era todo casualidad. -¿Seguro? ¿No tienes un contacto en la agencia EFE que te filtra las noticias? –De verdad que no. E hizo mutis quedándose entre la duda y la desconfianza.
No. No tengo nada que ver con la muerte de Bryce Echenique. No escribo con guadaña. Pero el Dios del Antiguo Testamento que habita en mí respondió –ojalá- a la pregunta de Sanfélix. Se me vinieron a la mente unas cuantas personas, de la aldea, del trabajo, los que dicen no me da la vida, los del feedback, los resilientes, los del gesto de las comillas, los springsteenianos. Hasta pensé en cómo empezaría mis escritos guadañescos: Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y esta gran responsabilidad me lleva a escribir de … Rápidamente mi sentimiento de culpa saltó, tratando de hacerme sentir un monstruo por estos deseos, ese sentimiento de culpa que, en mis arrebatos de ira, me permite desear el poder causar al elegido/a un dolor tremendo de muelas, una piedra en el riñón, la rotura de todos sus tendones de súbito o un destierro austral, pero no pasar de ahí. Así, culpable y avergonzado, guardé la guadaña. Y callé.
En 1973 Billy Joel publicó la canción “Piano man”. En él se cuenta la escena de un bar donde se concentran unos cuantos perdedores, cada uno con su historia, y que le piden al pianista (porque este bar tiene piano y pianista) que toque algo que les haga sentir mejor. Una escena que nadie le tuvo que contar a Billy Joel. En 1980 se publicó una versión en español, con una letra en la que se convierte en protagonista al pianista y a su drama personal. Odio la versión en español, tan obvia, tan mal escrita (pero aún hay borrachos con babas que le recuerdan quién es), que podría haber mejorado levemente cambiando miel por hiel (¿Sabe a derrota y a miel? Amos, no me jodas), una versión absolutamente innecesaria y que, ni por asomo, hace justicia al original.
Como la mayoría de los libros que leo son de segunda mano, no es raro que me encuentre nombres, fechas, dedicatorias. Eso los convierte en libros que vivieron otra vida (y que suena mejor que segunda mano). Y, a veces, me permiten imaginarme historias (soy hijo de mi madre, verdadera especialista en crearlas ante cualquier escena).
Ante esta dedicatoria, uno no puede quedar impasible. Se trata de un regalo. Él le regala un libro a ella. Y le escribe una dedicatoria. Los libros y las canciones suelen ser herramientas muy usadas a la hora de tratar de definirse. Y no sólo para eso. También para tratar de impresionar. No seré yo quien lo critique cuando la mayoría de mis escritos las utilizan con ésas y otras intenciones. Él ha elegido un libro de Chandler como medio para sus fines sentimentales (porque sus fines son, en principio, sentimentales). Le alabamos el gusto. Y le deseamos éxito incluso. Y luego le pone esta dedicatoria. En su subconsciente, relaciona a Raymond Chandler con Humphrey Bogart. No es raro. Pero confunde al Bogart Philip Marlowe con el Bogart Rick de “Tócala, Sam” en "Casablanca", confusión rayana en el delirio. No sólo usas un libro de Chandler para tus intenciones sin tener ni idea de él. Además lo dedicas con este fragmento de letra tan infame, tan pretencioso, tan grimoso. Y, para colmo, ¿Joe Cocker? No es que ya no le desee éxito. No sólo es que le desee el mayor de los ridículos, el mayor de los rechazos, el mayor de los abandonos. No sólo…
Ante esta dedicatoria, uno no puede quedar impasible. Se trata de un regalo. Él le regala un libro a ella. Y le escribe una dedicatoria. Los libros y las canciones suelen ser herramientas muy usadas a la hora de tratar de definirse. Y no sólo para eso. También para tratar de impresionar. No seré yo quien lo critique cuando la mayoría de mis escritos las utilizan con ésas y otras intenciones. Él ha elegido un libro de Chandler como medio para sus fines sentimentales (porque sus fines son, en principio, sentimentales). Le alabamos el gusto. Y le deseamos éxito incluso. Y luego le pone esta dedicatoria. En su subconsciente, relaciona a Raymond Chandler con Humphrey Bogart. No es raro. Pero confunde al Bogart Philip Marlowe con el Bogart Rick de “Tócala, Sam” en "Casablanca", confusión rayana en el delirio. No sólo usas un libro de Chandler para tus intenciones sin tener ni idea de él. Además lo dedicas con este fragmento de letra tan infame, tan pretencioso, tan grimoso. Y, para colmo, ¿Joe Cocker? No es que ya no le desee éxito. No sólo es que le desee el mayor de los ridículos, el mayor de los rechazos, el mayor de los abandonos. No sólo…
Todo gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y esta gran responsabilidad me lleva a escribir sobre este cretino que mancilló el nombre de Raymond Chandler y que…
A ver, a ver, tranquilízate, guarda la guadaña, que te vas a hacer daño, y no seas bruto y deja que decir tonterías que luego te arrepientes. Negociemos. La dedicatoria es del 92. Igual hasta ha caducado. Si el libro ha llegado a tus manos es que mucho éxito no tuvo. ¿No te parece bastante? ¿O te conformarías con un dolor de oídos? ¿Y con una fractura de escafoides?
Escafoides.
Arreglado.

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