jueves, 12 de febrero de 2026

El presente y el futuro

Me suena el teléfono. En la pantalla leo que están llamando desde la oficina de turismo de la capital del Secarral. Es extraño. Primero, porque no sabía que hubiera oficina de turismo. Segundo, ¿para qué me podrían llamar?

Contesto. Es alguien conocido. Nos saludamos. Charlamos. Va, después, al grano. Me dice dos nombres y me pregunta si sé quiénes son. No los voy a conocer. Mi padre y mi tío.

Resulta que han llamado al ayuntamiento pidiendo información sobre ellos. Y, por la coincidencia en el primer apellido, han pensado que tal vez yo sabría quién. No hay problema. Si vuelven a llamar le podéis dar mi número y ya les cuento.

A los dos días, número desconocido. Lo cojo. Se presenta. Conoce a mi padre, pero, sobre todo, a mi tío, de quien se confiesa muy amigo y con quien no puede ponerse en contacto, por mucho que lo intenta. Y por eso lo buscó a través del ayuntamiento. Su primera pregunta es sutil, discreta. ¿Ha muerto tu tío? No. Pero, bueno, tiene noventa y tres años y sus circunstancias han cambiado últimamente. Me cuenta entonces que son quintos, que es de Osa de la Vega, que estudiaron juntos el bachillerato en Tarancón y la carrera de Farmacia en Madrid y han mantenido la amistad desde entonces, hablando con regularidad. Y se extiende en sus explicaciones. No oye bien, por lo que, tras dos intentos de decir yo algo, me callo y le dejo hablar. Y habla. Ya lo creo que habla. Al final, le digo que me encargaré de trasmitir su mensaje.

Llamo a uno de mis primos. Me viene bien la excusa pues hace tiempo que no sé nada de ellos porque somos unos descastados de los que se quieren mucho y apenas hablan y se ven. Y como cuando nos llamamos es sólo para darnos malas noticias, ni buenos días. -Tranquilo, que todo está bien. Nos ponemos al día de nosotros y de los cercanos y ya le cuento mis peripecias con el amigo de su padre. Toma nota, se apunta su número y me dice que esa misma tarde hablará con mi tío.

Habló. Se acordaba perfectamente de él. Tan perfectamente, que, según mi primo, dijo su nombre, sus dos apellidos añadiendo -y es un pesado.

De esto ya me había dado cuenta yo también.

A los días, número ya no tan desconocido. Me pregunta, le cuento exagerando un poco el estado actual de mi tío, diciéndole que ya tiene su teléfono, pero que no sé si podrá llamarle. No sé si el reporte le afectó o no, pues no estoy seguro de que lo escuchara. Dio igual. Volvió a contarme lo mismo que en su primera llamada, extendiéndose exactamente lo mismo. Y se despidió igual pues habla, habla y, de repente, bueno, adiós. Y cuelga. Pues nada, adiós.

Todo estaría bien si acabase aquí. Pero no termina aquí. Porque ya no llama a mi tío. Ahora me llama a mí. Regularmente. Apenas hay diferencia entre una llamada y otra. Cuenta lo mismo y en el mismo orden. Cada vez que veo su número en la pantalla, resoplo con resignación. Pero siempre contesto. Y escucho. Y aguanto. Por tres razones. La primera, por educación y por respeto. La segunda porque, aunque siempre cuente lo mismo, me habla de mi tío y, de vez en cuando, también de mi padre. Y la tercera porque, como diría mi hija, siento que mi yo del presente está escuchando a mi yo del futuro. Y el no hacerlo sería una descortesía. Con él. Y también conmigo.

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