La embajada de España en Gabón organiza siempre esa noche una recepción para todos los españoles que se encuentran allí. Y fuimos invitados. Y acudimos. Hubo un pequeño ágape de recepción. Luego entraron los Reyes Magos (no fue complicado conseguir un Baltasar) con toda su comitiva, con sus ropajes, sus barbas y sus melenas, al borde de la deshidratación. Nos repartieron unos números y nos anunciaron que se iba a celebrar una rifa. Cada número que salía, el agraciado tenía que acercarse a los Reyes, presentarse, explicar porqué estaba allí y recibir su regalo. Salimos todos. Hubo regalos para todos. En mi caso, “La colmena”, de Cela. Tras la rifa, el embajador, alto, pulcro, atildado, impecable, empezando por los Reyes, nos fue condecorando a cada uno de manera solemne con la Gran Orden de la Menina de Oro. Había pasado durante las Navidades por el Museo del Prado y había comprado unas cuantas insignias (o pines). Y así, condecorado y con mi regalo, terminó el acto.
Desde que mis hijos se hicieron mayores, la Navidad perdió su encanto. Sin ilusión, el escepticismo lo llenó todo. Tiene mucho de rutina y la sensación es que al final no se trata más que de comer, de beber y de responder. Sin embargo, la Noche de Reyes sigue siendo especial. Ahí el escepticismo todavía no ha llegado y la ilusión mantiene su reino. Y pongo mis zapatos. Tendré o no tendré nada. Y el no tener no significará decepción. Mi aprecio por los Reyes Magos no depende de su generosidad presente. Porque ya fueron generosos conmigo. Muchas veces. Porque cuando estuve en la otra esquina del mundo se acordaron de mí. Porque, aquel seis de enero de 2001, en Libreville, cuando me levanté tenía un libro (“La colmena”, de Cela) sobre mis zapatos, un libro que sabían me quería leer. Porque son sabios. Porque son magos. Y yo creo en ellos. Por supuesto que creo.
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