Otras no me dictan. No me guían. No me muestran el camino. –Escribe. -Ya, pero ¿qué? -Tú sabrás. Pero escribe sobre mí.
“La jungla de asfalto”, de W. R. Burnett. Por supuesto que he visto la película, de John Huston. Y soy de sus devotos. Uno más en su legión de acólitos. Escribes “La jungla de asfalto” en un buscador y te remite, principalmente, a la película. Y críticas entusiastas se leen en abundancia. Y hacen, en mi opinión, justicia. Hablan de un clásico del cine negro, pero no es del todo cierto, porque de lo que realmente es un clásico es del cine. O del Cine. Con mayúsculas.
Tenía la novela en la mano. Recordemos el axioma –no te leas el libro de una película que te haya gustado, no veas la película sobre un libro que te haya gustado. Pero como no existen los principios, sino las circunstancias, éstas decidieron a favor de la novela, sin siquiera darme opción. –Déjate de axiomas. Me voy contigo a tu casa.
Y en una novela donde hay casi tantas pistolas como personajes, no era cuestión de desobedecer.
W. R. Burnett era un prolífico escritor de novela negra (a novela por año, prácticamente), además de un guionista de renombre en Hollywood. Se le considera pionero, dentro de las descripciones de los llamados bajos fondos, con sus tramas de denuncia y corrupción, de no utilizar al detective como el eje de la novela, sino de convertir en protagonistas a los bandidos, a los gánsteres, a los malos y, a partir de ellos, narrar la historia.
En 1949 publicó “La jungla de asfalto”. Podríamos resumirla como la historia de un atraco a una joyería. Resumen muy pobre. Primero se nos va presentando a cada uno de los personajes de la trama. Y no se presentan a estereotipos marginales. Conocemos a seres humanos. Con sus vidas. Con sus pasados. Con sus ilusiones. Con sus objetivos. Con sus motivaciones. La trama avanza y va juntando a los personajes. Los combina. Es un atraco, sí. Lo planean. Lo llevan a cabo. Algo sale mal. Todo sale mal.
En esta novela se acusó a Burnett de simpatizar con sus personajes, de convertir en héroes a quienes no son más que ladrones y asesinos. Lo hace muy bien. La novela se va cerrando con la suerte de cada uno. De cada individuo. De cada ser humano. Podría decir que los buenos ganan y los malos pierden, pero, de verdad, ¿son los malos realmente malos? ¿Por qué he sentido esta congoja ante el final? ¿Por qué no dejo de pensar en qué habrá sido de Herr Doktor? ¿Y Doll? ¿Encontraría la paz donde se quedó?
Como dije, este libro me impulsó a escribir, sin saber bien qué contar. He sido dócil con él. Me llevó durante la trama. Me arrastró en sus simpatías. Me ha conmovido una y otra vez. Y obedezco escribiendo, aunque no sea más que para decir que éste no es un libro cualquiera, que es algo más. Mucho más. Muchísimo más.
Decía John Huston que para hacer una buena película sólo era preciso un buen guion y elegir a los actores adecuados. En “La jungla de asfalto” el mérito de elegir a los actores fue suyo. Y el guion, en el que participó, también era muy brillante. Pero aquí no fue tanto mérito suyo. Porque apenas tuvo que adaptar la novela original. Una novela que está a la altura de una de las mejores películas de la historia.
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