domingo, 29 de marzo de 2015

Deus bonus sustentans cum eo quod malus

-¿Y por qué os gustan tanto a los tíos las películas de tiros y de puñetazos? Así, de sopetón, me soltó la pregunta una amiga de Ana. No recuerdo de qué estábamos hablando aunque supongo que estaría relacionado. Lo de erigirme portavoz del género masculino suponía una responsabilidad y empecé a preparar más que una respuesta una justificación, pero desistí enseguida, en parte por pereza, en parte porque no tenía ganas de ponerme sesudo, así que me fui por el camino fácil. –Y a ti, ¿por qué te gusta “Anatomía de Grey”? Ella entendió y seguimos hablando de otra cosa.

En la página quince del ensayo escrito por Thierry Vigneron titulado “Porqué a los tíos nos gustan las películas de tiros y de puñetazos” se lee –la clave está en que se jodan los malos. Interesante. Personalmente, ¿me gusta que Bud Spencer reparta mandobles a diestro y siniestro y parezca Obélix atravesando a la carrera las cohortes romanas? Pues sí. Es divertido. ¿Por qué? Porque los que salen volando son malos malísimos. No deja de tener un trasfondo justiciero. Pongamos el gran ejemplo: Charles Bronson. Noventa minutos de película. Durante los setenta y cinco primeros minutos ves a los malos haciendo desmanes que lo único que hacen es ponerte mala sangre. Y estás que no paras de moverte en el sillón de la mala leche que se está poniendo. Pero en el fondo te estás relamiendo, porque sabes que al final llegará Charles Bronson y les va a dar a todos y cada uno de los malos su merecido. Porque lo importante no es que ganen los buenos, sino que pierdan los malos. Aunque Charles Bronson lo hace mejor porque, al menos en mi caso, consigue que simpatices con él. Steven Seagal lo intentó pero no lo logró, primero porque es un gilipollas y tiene un pelo repulsivo, segundo por esa obsesión suya de fracturar huesos, mucho más desagradable que un tiro a bocajarro con una recortada, y tercero porque siempre tenía que sacrificar a un pariente. Steven Seagal sólo se ponía en marcha cuando mataban a su mujer, a su cuñada o a su resobrino. Si yo trabajase en una compañía de seguros y llegase alguno a hacerse un seguro de vida, la primera pregunta que le haría sería -¿Es usted familiar de Steven Seagal? Pero me estoy dispersando. Volviendo a la pregunta inicial: ¿Por qué a los tíos les gustan las películas de puñetazos y de tiros? respondo que no creo que sea una cuestión de sexo sino de una forma de entender la justicia. ¿Odias a los malos? Sí. ¿Quieres que pierdan? Sí. ¿Quieres que pierdan endotérmicamente o exotérmicamente? Como una explosión nuclear mínimo ¿Quién quieres que imparta justicia: un juez que se ajuste a un código penal políticamente correcto o el Dios del Antiguo Testamento? Las trompetas de Jericó. Eso sí que era música. ¿Es todo esto un concepto masculino? No exactamente. Es…justicia.

Una Navidad mi amigo invisible en forma de primo de Ana me regaló la trilogía de Publio Cornelio Escipión escrita por Santiago Posteguillo (valenciano él), tres tochos de mil páginas cada uno (“Africanus, el hijo del cónsul”, “Las legiones malditas” y “La traición de Roma”). Tres mil páginas delante de mí que tenía que leerme sí o sí, pues uno tal vez pueda desairar a su familia pero que no se te ocurra jamás faltarle a la familia política. Los empecé y los terminé sin siquiera tomar aire para respirar (y no sólo eso. Cuando Posteguillo escribe sobre romanos lo hace de tres en tres libros y tras Escipión vino Trajano (andaluz él. Por muy emperador que fuese siempre me entra la risa imaginándomelo hablando en latín con acento andaluz), de cuya trilogía ya han caído los dos primeros (“Los asesinos del emperador” y “Circo máximo”) y no así el tercero, pero sólo porque Posteguillo todavía no lo ha terminado de escribir. Santiago, date prisa). Los cinco libros están cortados, más o menos, por el mismo patrón. Novela histórica muy documentada y llena de detalles, basada siempre en datos históricos (por supuesto) pero completada por el autor allá donde la historia no llega (de hecho Posteguillo, al final de cada libro, te cuenta lo que es verdad y lo que se ha inventado pero que podría ser verdad y porqué). La forma en que están escritos los libros es muy amena, con un montón de personajes y de historias cruzadas y construidos en una sucesión de escenas teatrales o cinematográficas. Y las batallas están narradas de manera portentosa, sobre todo las de Escipión (especialmente Cannae y Magnesia y, por encima de todo, Zama. Al final de la batalla de Zama tuve que recluirme en un balneario a descansar porque estaba reventado y porque la sangre me llegaba hasta las rodillas. Me llevé un ordenador al balneario y allí me entretuve viendo vídeos en donde se recreaban las batallas y las estrategias. Todo está en Youtube). Pero, aparte, lo que, en mi opinión, hace más atractivo a los libros de Posteguillo es que los plantea como una historia de buenos y de malos (recomiendo leer el ensayo de Igor Paklin titulado “Yo soy maniqueo porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amor”), y si bien no siempre consigue que simpatices con los buenos (tanto almíbar da grima. Digo yo que a los Escipiones o a Trajano alguna vez se les escaparía un eructito o se les caería un lamparón en la toga. Blancanieves y Cenicienta al lado de estos parecen Cruella de Vil. Aunque aquí quiero hacer mención aparte a Aníbal. Será por su condición de perdedor pero, y en esto coincidimos todos los miembros de la secta de los Posteguillos con los que he hablado, todos adoramos a Aníbal. Cada vez que paso por Sagunto miro hacia a las ruinas y pienso –ahí estuvo Aníbal tirando piedras y matando de hambre a los saguntinos. Ahí lo hirieron. Qué gran hombre Aníbal) sí que consigue que odies a los malos. Y que los odies a muerte. Y sí, es novela histórica, pero Posteguillo siempre tiene el detalle de castigar a los malos. Y los odiamos tanto que, cuanto mayor es el castigo, más nos recreamos (no sé cuántas veces habré leído el capítulo del asesinato de Domiciano, aunque casi tantas como la del revolcón que le da en el Senado el hijo de Publio Cornelio Escipión a Marco Poncio Catón) Y, repito, lo importante no es que ganen los buenos sino que pierdan los malos. ¿Literatura de tíos? No. Literatura con un alto valor pedagógico y con un profundo sentido de la justicia. ¿Es pedagogía y es justicia darle a Domiciano más de cien puñaladas? Por supuesto. Es más, pocas me parecen. Menudo hijoputa.

Vamos con otro libro. Nos invita un amigo a su casa a merendar, empezamos a hablar de libros y su mujer me dice –llévate éste. Te gustará. El libro se titula “Perdida” y su autora se llama Gillian Flynn. Indago un poco y descubro que “Perdida” es lo que toda la vida se ha llamado un best-seller. ¿Y qué es un best-seller? Como leí una vez, un best-seller es un libro que no puedes parar de leer y que, cuando lo terminas, te dan ganas de tirarlo a la basura. La definición sigue vigente. Bien, el libro es de estos de suspense, de giros inesperados y de sorpresa al final de cada capítulo, por lo que, si alguno piensa leérselo, casi mejor que no siga leyendo. Los protagonistas del libro son un matrimonio, hombre y mujer. Cada capítulo lo narra uno y se van alternando. Uno de ellos es tonto, no tonto de no ser listo, sino tonto de hacer tonterías. El otro está loco, pero no loco de creerse Napoleón o de dirigir el tráfico en pelotas, sino loco peligroso. Y malo. Muy malo. Peor que eso. La novela avanza. Como he comentado, se lee deprisa pero no llego a involucrarme. Estoy como un espectador, pero un espectador imparcial. Veo los giros, contemplo con simpatía los trucos que el escritor va utilizando y espero con curiosidad el final, para ver cómo resuelve la autora el libro. Y no sólo con curiosidad. La suerte del tonto me la trae al pairo, pero no así la suerte del loco/malo. La autora ha conseguido involucrarme y se me ha despertado un odio visceral hacia ese personaje. Y mi sentido de la justicia exige un castigo que esté a la altura. Y no. No hay castigo. El libro termina y el loco/malo se va de rositas. Gillian Flynn. Mujer. Viendo cómo redacta la autora el capítulo de agradecimientos le tiene que gustar sí o sí “Anatomía de Grey”. ¿Literatura femenina? No. Apología de la injusticia. Y como escribió Sorin Matei en su ensayo titulado “Todos los personajes de “Anatomía de Grey” son unos majaderos”: si no sacias el odio que has generado, se volverá en tu contra. Gillian Flynn, exijo justicia. Si no, aténgase a las consecuencias.

3 comentarios:

SisterBoy dijo...

La definición de un best seller procede de Carlos Pumares o al menos se la escuché a él una vez hace años.

Hace años también que no leo ninguno, tendríamos que retroceder a la época previa a Internet para eso, ahora ya no hay tiempo.

Slim dijo...

los romanos me los apunto para el verano. Estaba esperando que mi madre se leyera la trilogia y me contara, pero te has adelantado.
La otra ni me la apunto.

Te digo la que estoy leyendo yo: El gran frio, de Rosa Ribas. En este espero que Ana Martí castigue a los malos. Bien castigados. Pero de momento no te puedo decir si lo hace o no.

El Impenitente dijo...

Me sonaba Pumares y me sonaba habértela leído a ti. Cierto. Te debo tu comisión.

Yo acabo de terminarme "Blitz" de Trueba (David) y aquí no hay ni malos ni buenos ni frío ni calor ni sí ni no. Si acaso que el gachó tiene fantasías sexuales no resultas con abuelas y tenía ganas de desahogarse.