sábado, 31 de enero de 2009

Irina

Creo que terminaré matándome en la carretera. No es que conduzca mal ni que sea un temerario o un imprudente, sólo es que me distraigo con facilidad. Suelo tener tendencia al ensimismamiento y a observar todo lo que me rodea, las dos cosas a la vez. Leo todos los carteles, me fijo en los polígonos, en los solares, en las estructuras, si son metálicas o de hormigón, en los acabados, en los nombres de las empresas. Y también me encanta fijarme en los camiones, sobre todo si llevan murales, sean estos religiosos o de tías macizas. Y me encantan las leyendas que suelen llevar. Podría escribirse un libro sobre la estética de los camiones.

Recientemente me crucé con uno que llevaba escrito en su frontal tres nombres: Pili, Ricard e Irina. Y ya te quedas pensando.

Por supuesto en seguida piensas que son los nombres de los tres hijos del camionero. Y te planteas el por qué de cada uno de los nombres. Evidentemente Pili es por su madre y por la Virgen del Pilar, patrona de España, nombre bonito y sonoro aunque en su diminutivo pierda mucho de su fuerza y dignidad pero, bueno, es un nombre cariñoso, familiar y entrañable. Bien, Pili. Normal.

Luego viene lo de Ricard. Realmente el camionero se llama Ricardo y, al igual que su mujer, proviene de Teruel pero, oye, viven en Valencia y se sienten muy integrados y para demostrar su valencianía a su segundo hijo le ponen Ricard. Además, queda muy políticamente correcto el utilizar las lenguas cooficiales del Estado. Ellos no saben ni una palabra de valenciano, pero son muy políticamente correctos, tanto que incluso saben decir solidario y sostenible.

Y ahora llegamos a Irina. Irina. Tal vez fuese en una biblioteca, tan vez fuese en un seminario sobre Estrategia Logística, tal vez fuese en otro lugar pero es innegable que Ricardo conoció a una eslava de piernas interminables rematadas con una falda cinturón y, claro, llegó a casa con la boca abierta y se dio cuenta que su mujer tenía la cadera ancha y baja y le dijo: Pilar, estoy enamorado. Pilar le tiró a la cabeza toda la vajilla de la boda, esa que tenían sin estrenar por si algún día se presentaba en su casa a comer la Reina de Inglaterra o la Duquesa de Alba, y lloró mucho. Pero el amor es el amor, indudablemente, y ahora Irina es el capullito del rosal del jardín de papá.

1 comentario:

3'14 dijo...

Y si no te matas en la carretera morirás al estallarte la cabeza de tanto pensar... Hay que ver para lo que da un nombre...