lunes, 29 de septiembre de 2014

Me pidieron que lo escribiera y lo escribí

Me remitió mi hermana una especie de decálogo del corredor. Lo leí y no me dijo gran cosa, pero eso no fue obstáculo para que se lo reenviase a los climaterios, que sufren en silencio mis alegatos a favor de los corredores y en contra de los runners. Contestó Altos y bajos afirmando que, efectivamente, era un tanto flojillo y me retó a que escribiese yo uno. Y entré al trapo, por supuesto, en parte porque lo hago siempre y en parte porque me recordó a aquellos años en que había tanto bullicio por la blogosfera (no como ahora que parece una película del oeste, que sólo se escucha el viento que empuja los cenizos y arrastra el polvo) y este tipo de cosas eran moneda común y casi diaria. Y lo he escrito. Y ahí va.

Para el corredor correr es un fin y no un medio para estar más sano, adelgazar, conocer gente, ligar, etc.

El corredor nunca trata de hacer proselitismo. Sabe que correr es una pasión y que las pasiones se pueden compartir, pero jamás se pueden ni explicar ni mucho menos imponer.

El corredor, cuando sale a correr, tiene prohibido volver por donde ha ido. Y si, en su trayecto, se le abre la posibilidad de explorar un recorrido nuevo, lo explorará.

El cerebro del corredor funciona de tal manera que las frases –tienes que parar, tienes que reposar, tienes que descansar y tienes que recuperar- las interpreta como –esto no es nada. Esto se cura corriendo.

Un corredor nunca se pondrá una camiseta de una carrera que no haya corrido, aunque se hubiese inscrito a la misma. Las camisetas no se compran. Se ganan.

El corredor, en el momento del esfuerzo, es un marrano de tomo y lomo y se le consentirá y disculpará que expulse todo lo que le moleste, sea sólido, líquido o gaseoso.

Cuando un corredor se pone un dorsal no conoce ni a su padre.

En contra de lo que afirma la leyenda, el corredor no es un ser solitario. Es un ser social que, además, sabe disfrutar enormemente de la soledad, especialmente cuando la soledad es un bien escaso.

Es una ley no escrita la que obliga a que cuando dos corredores que no se conocen coinciden, antes de cinco minutos ya ha expuesto cada uno su currículo corredor y, a partir de ahí, ya sabemos quién habla y quién escucha.

Si a un corredor le pagasen por correr, no correría.

4 comentarios:

GARRATY dijo...

No se equivocaba Altos y Bajos, lo has clavado.
La camiseta que me dieron en el maratón de Valencia que no completé esta cuidadosamente plegada y guardada en el armario, ahí reposará hasta el fin de los días.

El Impenitente dijo...

Me comentó un día el Mortirolo que su hija se ponía camisetas suyas para correr. Se echó la muchacha un noviete, y un día que había quedado con él llevaba puesta una de las camisetas del Mortirolo. El muchacho reprochó a la muchacha que la llevase.

-¿Y eso?
-Tú no has corrido esa carrera. No tienes derecho a llevarla.

Ni que decir tiene que le dije al Mortirolo que cuidase a ese yerno, que era de los buenos.

Altosybajos dijo...

Gracias.

El Impenitente dijo...

De res.