viernes, 29 de marzo de 2013

Diecinueve setenta y dos

Tuve, siendo un chaval, un reloj digital que tenía cronómetro con centésimas. Me entretenía mucho jugando con aquel cronómetro. El juego era muy simple: lo ponía en marcha y tenía que intentar pararlo a los nueve segundos y noventa y cinco centésimas, a los trece segundos exactos y a los diecinueve segundos y setenta y dos centésimas. No eran porque sí esas cifras. Eran los records del mundo en aquella época de los cien, de los ciento diez vallas y de los doscientos metros. Nueve noventa y cinco fue el crono que paró Jim Hines en la final de cien en los Juegos del 68 en Méjico (en atletismo y, para mí, LOS JUEGOS). Fue la primera vez que se bajó de diez (en cronometraje eléctrico, que siempre hay que puntualizar). Hasta el año ochenta y tres duró ese record. Calvin Smith lo superó. Luego ya vinieron los Lewis, Burrell, Bailey, Greene, Powell y Bolt (bueno, y Ben Johnson) que fueron dejando la marca de Hines hecha añicos, pero, cuando vuelvo a jugar a aquel juego (y lo sigo haciendo de vez en cuando) yo respeto la memoria de Hines. Como respeto la de Renaldo Nehemiah. Trece justos hizo en el año setenta y nueve. Dos años después mejoró su record siendo el primer hombre en bajar de trece en los ciento diez vallas. Luego abandonó el atletismo (deporte amateur entonces) seducido por los dólares del fútbol americano. Una pena. Se perdió un grandísimo vallista y se ganó un mediocre jugador de fútbol. Tras Nehemiah vinieron Kingdom, Jackson, Liu, Robles y, el verano pasado, Merritt, grandes nombres pero que en mis cronómetros y en mis juegos no tienen hueco. Trece cero cero. El romanticismo es el romanticismo.

El doce de septiembre de mil novecientos setenta y nueve, durante la Universiada que se celebraba en la ciudad de Méjico, un italiano llamado Pietro Mennea batió el record del mundo de los doscientos metros dejándolo en diecinueve segundos y setenta y dos centésimas. Siempre se dijo que la marca fue conseguida de manera irregular puesto que Mennea había invadido la calle interior en la curva. Nunca se demostró, así que se quedó como leyenda (aunque siendo Mennea entonces estudiante de derecho, y teniendo en cuenta que Pietro Mennea llegó a ser, simultáneamente, italiano, abogado y político, pues…hombre. La duda es razonable). Aquel record siempre fue considerado una marca menor, que no podía durar mucho, pero soportó perfectamente todas las embestidas de Carl Lewis (aunque siempre pensé que Lewis nunca se tomó el doscientos en serio), de Calvin Smith, de Joe De Loach, de Mike Marsh y demás. A lo tonto permaneció vigente hasta el año noventa y seis, que fue cuando Michael Johnson primero lo superó y luego lo masacró. Después llegó Usain Bolt e hizo con el record lo que Bolt hace con los records. Pero Pietro Mennea, tan blanquito él, tan italiano, tan europeo, pues ahí estuvo, en lo más alto de la velocidad, diecisiete años. Ni más ni menos.

El pasado veintiuno de marzo falleció Pietro Mennea. Tras una larga enfermedad, dicen. Cáncer, supongo. Tenía sesenta y un años. Pietro Mennea. Cuando yo me enamoré del atletismo el bueno de Pietro estaba ahí, peleando, sosteniendo la antorcha, junto a mi primo Allan Wells y tras Valery Borzov, de la velocidad blanca y europea frente a la tiranía negra estadounidense, canadiense y caribeña, una antorcha que se apagó con ellos y que sólo se ha encendido levemente y de manera reciente con Lemaitre. Pietro Mennea, que ganó el oro en el 80, en Moscú, los primeros Juegos que me tragué de cabo a rabo. No estaban los gringos, ya. Pero sí los cubanos, con Silvio Leonard. Y los jamaicanos, con Donald Quarrie. Y también estaba Pietro Mennea. Él era el recordman mundial. Y ganó el doscientos. Y aún aguantó cuatro años más en primera línea. Pietro Mennea. Él estaba allí cuando yo empecé a no despegarme del televisor al ver una pista de atletismo. Ahora se ha muerto. Bueno, quizá se haya muerto el italiano. O el abogado. O el político. El atleta, pues no. No en los vídeos de sus carreras, que me siguen emocionando. Y no en mi cronómetro, que sigue corriendo tratando de pararse exactamente en diecinueve segundos y setenta y dos centésimas, como hiciste tú, como seguirás haciendo tú durante todos los años que me queden de vida. Sigues vivo, Pietro. Sigues vivo.

2 comentarios:

Paco dijo...

¡Pero qué bien cuentas las cosas que te emocionan, coño!

El Impenitente dijo...

De donde se deduce que las cosas que no me emocionan las cuento mal.

Sí, me parece que disimulo muy mal cuando algo me gusta.

Un abrazo, Paco.